Café e Industria

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Café e Industria
MARIANO ARANGO
CAFE E INDUSTRIA
1850-1930
C.I.E., Universidad de Antioquia
Carlos Valencia Editores
Primera Edición: Septiembre de 1977
Arango, Mariano
Café e Industria 1850 - 1930 / Mariano Arango.
— Bogotá: Carlos Valencia Editores, 1977.
260 p. : il.
Bibliografía : pp. 249-253
1. CAFE - COLOMBIA - INDUSTRIA Y COMERCIO
I. Tit.
CDD 338.17373
338.18861
Derechos Reservados: C.I.E, Mariano Arango
Carlos Valencia Editores
Bogotá, Colombia 1977
A Cecilia, Pedro y Luz Mercedes.
TABLA DE CONTENIDO
Página
Introducción
6
Notas
15
I. Acumulación de capital y producción cafetera
17
A. Propiedad territorial e industria cafetera
23
1. Producción parcelaria, industria a domicilio y producción cafetera
en Santander
23
2. La formación de la gran propiedad territorial en Cundinamarca y el
oriente del Tolima y el desarrollo de las haciendas cafeteras en la
39
segunda mitad del siglo XIX
3. Propiedad territorial e industria cafetera en Antioquia, Caldas y
Valle del Cauca
49
B. El desarrollo de una clase desposeída y la industrialización
69
Notas
79
II. Formas de producción del café
87
A. Características del proceso de producción en las explotaciones cafeteras
87
B. Formas de producción de café
92
1. Propiedad parcelaria
92
2. Haciendas cafeteras
95
a. Haciendas de arrendatarios-jornaleros
95
b. Haciendas de aparceros
100
c. Haciendas de “aparceros” en Santander
103
1. Sistema de compañías
104
2. Sistema de contratistas
104
3. Evolución de las formas de producción en Santander
105
d. Decadencia de las haciendas del oriente después de la ley 200 de 1936
107
3. Sistemas de arrendamiento y aparcería en pequeña escala
111
C. Importancia histórica de las diversas formas de producción
111
Notas
120
III. Relación entre el procesamiento y el comercio del café y el capital
Industrial
123
A. El beneficio y exportación de café en las haciendas cafeteras
123
1. Haciendas de Cundinamarca y oriente del Tolima
123
2. Región santandereana
132
3. Las haciendas antioqueñas
135
B. El comercio de café y la producción parcelaria
136
1. Los comerciantes-usureros locales
138
2. La exportación de café antes de 1930
140
3. Comercio y trilla de café y capital industrial en Antioquia y Caldas
153
a. Comerciantes y empresarios industriales en Antioquia
154
b. El caso de Caldas
158
c. Diferencias entre Antioquia y Caldas
160
Notas
167
Anexos
172
Bibliografía
180
Publicaciones periódicas
182
Periódicos
183
Censos
183
INTRODUCCION
1) El surgimiento y desarrollo industrial en el país se ha explicado en función
de ciertos cambios en los países capitalistas desarrollados y a un conjunto de
factores favorables del mercado interno en los países dependientes. Otros
estudios, algunos muy serios, se sitúan explícita o implícitamente en un punto de
vista subjetivo, donde lo principal es el empresario, la política del estado, la
superioridad racial, etc. La aparición de la industria fabril en los países periféricos,
sólo se puede entender referida a la evolución del régimen capitalista de
producción en los países metropolitanos de Europa y Estados Unidos, al papel de
aquellos en la división internacional del trabajo y a su potencia dominante. Pero el
desarrollo de relaciones capitalistas en el mundo colonial no surgió
espontáneamente de los países capitalistas desarrollados; como se sabe, la
inversión directa de éstos en los países dependientes se efectuó inicialmente
sobre todo en minería y plantaciones, que formaron enclaves aislados en las
sociedades atrasadas. Las relaciones capitalistas debieron alcanzar cierto grado
de desarrollo en los países periféricos para lograr interesar el capital extranjero en
entrar a los sectores capitalistas nativos: los inversionistas externos sólo se
vincularon a la industria latinoamericana cuando ésta había avanzado bastante en
la sustitución de importaciones, después de la segunda guerra mundial. Entonces
no basta considerar la situación general del régimen capitalista y la articulación de
los países dependientes con él, para comprender el surgimiento de industrias en
éstos, sino que es necesario investigar más a fondo las condiciones internas que
lo hicieron posible. Se trata específicamente de investigar la acumulación de
capital, entendida como los procesos sociales conducentes a la formación de una
clase de trabajadores desposeídos y a la concentración de la propiedad de los
medios de producción y dé la tierra en clases no trabajadoras. La acumulación
generalmente se ha ignorado o presupuesto, lo que constituye una seria omisión
en la explicación sobre el origen de la industria, pues aquella es una condición
general del régimen capitalista de producción. La investigación de este punto
permitirá aclarar varias cuestiones importantes, como son, las clases sociales
comprometidas en la industrialización, el papel del empresario, el aporte regional
al proceso y la época probable de aparición de los primeros núcleos de industrias
(1).
No se trata de negar las explicaciones de la industrialización del mundo
colonial concentradas en una teoría de la dependencia, sino de considerar puntos
importantes que se han dado por supuestos. Para evitar malas interpretaciones se
exponen seguidamente los aspectos válidos de ellas. Lo más indicado es
empezar por Mario Arrubla, que sentó las bases de esta tendencia, en una lúcida
reelaboración de las tesis de Cepal (2).
El surgimiento de industrias en los países dependientes es considerada
consecuencia y eslabón necesario de una división del trabajo distinta y más
adecuada a las nuevas condiciones internas en los países capitalistas
desarrollados. Lo anterior corresponde al cambio del sistema semicolonial, en el
cual los países dependientes de Asia, África y América Latina —coloniales o
formalmente independientes— producían y exportaban principalmente materias
primas y compraban bienes de consumo industriales a las metrópolis capitalistas,
por una división neocolonial del trabajo. En este caso las neocolonias seguían
siendo fuentes de materias primas de las potencias capitalistas, pero algunas se
convirtieron principalmente en compradores de medios de producción (maquinaria
y productos intermedios) para una industria nativa de bienes de consumo, que
reclamaba para sí el mercado nacional de tales productos. Esto se manifestó al
interior de los países latinoamericanos en una industrialización basada en la
sustitución de importaciones, que iba copando gradualmente la capacidad para
importar, determinada principalmente por las exportaciones primarias. Pero el
rasgo central de la dependencia neocolonial no es un mejor aprovechamiento de
las limitadas divisas obtenidas por los países dependientes con sus exportaciones
de alimentos y materias primas, su utilización en la compra de equipos y
productos intermedios destinados a la industria en vez de bienes de consumo;
sino que, la industria neocolonial representa sobre todo el resultado y
complemento necesario de una nueva división del trabajo en los países
capitalistas metropolitanos, donde el sector de medios de producción había
pasado a determinar el ritmo de crecimiento global de la producción industrial y
presentaba una concentración del capital considerablemente mayor que el sector
de bienes de consumo. Esto implicó, así mismo, un cambio en la correlación de
fuerzas entre los países capitalistas, favorable a aquellos que como Estados
Unidos y Alemania, habían avanzado más en esa dirección, y adverso a Inglaterra
y Francia. Dicha tendencia venía imponiéndose en las tres ultimas décadas del
siglo XIX y se manifestó violentamente en la guerra hispano-norteamericana de
1898, que convirtió a Estados Unidos en potencia colonial y en la intervención del
mismo en la separación de Panamá de Colombia en 1903.
Este fenómeno se manifestó en Europa en la lucha por un nuevo reparto del
mundo entre Alemania y los demás países colonialistas europeos, principalmente
Francia e Inglaterra, en la primera guerra mundial (1914 a 1918). La tendencia al
monopolio y el desajuste en los mercados, derivados del crecimiento excesivo del
sector de bienes de producción en los países capitalistas, explotó por fin en la
crisis mundial de 1929.
El desarrollo de la industria neocolonial no dependía solamente de las nuevas
condiciones creadas en las metrópolis capitalistas; era necesario, al mismo
tiempo, que el mercado interno y la acumulación de capital en los países
semicoloniales hubiera alcanzado cierto nivel mínimo. Para ello se requería, en
primer lugar, que los nacionales fueran propietarios de una parte importante de la
industria de exportación, lo que permitía la acumulación interna de capital.
En segundo término, de la baja composición orgánica de capital en las
actividades exportadoras, es decir, que los salarios constituyeran una proporción
importante de los desembolsos totales de capital. Esto favorecería una elevada
participación de los bienes de consumo en la demanda agregada total, lo que se
compaginaba muy bien con las posibilidades de desarrollo en ese momento, que
favorecían claramente a las ramas de bienes de consumo. En consecuencia, las
semicolonias agrícolas estaban en mejores condiciones para desarrollarse
industrialmente que los países mineros. Por último, entre los países agrícolas,
estaban en mejores condiciones para crear industrias, aquellos en que la
producción dependía de campesinos parcelarios, que donde estuviera controlada
por grandes propietarios territoriales rentistas. Este factor jugaba un papel
importante porque favorecía una composición de la demanda de bienes de
consumo donde pesaran más las manufacturas producidas en grande escala por
la industria, que los bienes de lujo. Lo enunciado hasta aquí, incluye los aspectos
señalados por Arrubla necesarios para la comprensión del surgimiento de la
industria latinoamericana, en una época marcada por la gran industria capitalista y
el imperialismo.
Otros puntos anotados por él son más cuestionables en cuanto al origen de la
industria, aunque fueron importantes en su consolidación, características y
desarrollo posterior. Se trata, de un lado, de la aparición de la industria
latinoamericana en los años de gran depresión posterior a la crisis económica
mundial de 1929, y del otro de la ley por la cual las crisis capitalistas son el motor
de la industria, por su efecto depresivo sobre la capacidad para importar en los
países dependientes y el consiguiente abandono de sus mercados internos a una
eventual industria nativa. Celso Furtado muestra cómo los sectores industriales
de Argentina, Brasil y México habían alcanzado participaciones en el producto
bruto interno cercanas al 20% en 1920, con un tipo de desarrollo basado en la
expansión del sector de exportación (3). Respecto a Colombia, una investigación
del CIE (4), que sigue las directivas trazadas por Arrubla, explica cómo en los
años 1925-1930 se efectuó gran parte de la inversión industrial que permitiría la
gran expansión de la producción de 1930-1945. Por el mismo tiempo Alvaro
Tirado señaló la importancia de la primera guerra mundial en el surgimiento de la
industria en el país y los efectos estimulantes de la drástica baja en el tipo de
interés que trajo consigo la organización del mercado de capitales en 1923, a raíz
de la creación del Banco de la República (5). Posteriormente Hugo López
abandonó la crisis y la primera guerra como únicos factores del impulso inicial a la
industria y adoptó más bien una teoría del desarrollo industrial basado en el
crecimiento del sector de exportación, donde el proteccionismo objetivo de las
crisis se completa por el proteccionismo geográfico y la política estatal de la
administración de Reyes (6).
Arrubla reduce la ley de movimiento de la industria neocolonial a las
depresiones económicas de las metrópolis capitalistas y el empujón inicial a la
crisis de 1929. Esta posición exagerada parece corresponder, de un lado, al
deseo de relevar el papel determinante de los cambios en las metrópolis
capitalistas en los procesos sociales de los países dependientes, y del otro, a un
esfuerzo por escapar a la explicación voluntarista del desarrollo de la sociedad,
representado, en este caso, por las posiciones que consideran el proteccionismo
estatal o al empresario como los elementos decisivos de la industrialización,
procurando ante todo centrar la investigación en las condiciones objetivas de los
fenómenos. Pero, una cosa son los buenos deseos de los gobiernos al introducir
ciertos cambios, y otra muy distinta sus posibilidades de éxito. La política de los
sucesivos gobiernos desde la independencia hasta el de José Hilario López
protegió las artesanías de Santander y Boyacá y promovió activamente algunas
industrias modernas, pero fracasó en forma estruendosa, como bien lo mostró
Luis Ospina Vásquez (7).
Igual suerte corrió una política similar implementada por Núñez en 1886 (8).
En cambio, la política de Reyes, inscrita en las nuevas condiciones de los países
capitalistas metropolitanos, con una creciente acumulación de capital y fuerza de
trabajo desposeída en el país y un sector externo cada vez más orientado a los
mercados de EE. UU. y Alemania, a consecuencia de la participación cada vez
mayor del café en las exportaciones, tuvo éxito en impulsar el desarrollo industrial.
2) Es necesario investigar la acumulación de capital por dos razones
principales: una se refiere a que su omisión oscurece la historia del país, pues
aparentemente habrían existido rasgos capitalistas en las épocas más disímiles;
un buen ejemplo de esto es el concierto agrario (9). Esta fue una institución
colonial importante en las regiones donde subsistió una población indígena
después de la conquista, como en Boyacá, Cundinamarca, Cauca y Nariño, entre
1657 y 1756. Los hacendados pagaban a los indígenas en concierto forzoso cierta
cantidad de dinero y bienes de consumo convenida con el corregidor. Pero los
indios no eran asalariados, aunque sólo trabajaran transitoriamente en las
haciendas, porque no lo hacían en forma libre sino obligatoriamente y podían
asegurarse la subsistencia en sus resguardos sin necesidad de la retribución de
las haciendas. El concierto expresaba la necesidad de éstas de asegurarse la
fuerza de trabajo indígena En cambio, el salario del obrero moderno se basa en
su necesidad de vender su fuerza de trabajo al capitalista para poder vivir, pues
carece de medios de producción propios para trabajar por su cuenta. Desde
comienzos del siglo XVII empezó a desarrollarse en Boyacá y Cundinamarca el
concierto voluntario, lo que se ha interpretado equivocadamente como un avance
en el mercado libre de fuerza de trabajo (10). Pero esto fue más bien
consecuencia de la concertación permanente de los indios en las haciendas y
poblaciones (11), donde podían evadir la mita minera y el tributo al rey y a los
encomenderos; además, los hacendados les ofrecían garantías para radicarse en
sus propiedades, pues los indios de los resguardos se asignaban preferentemente
en las haciendas más antiguas y de mayor tamaño (12). Esto agudizó la
despoblación de los resguardos y la consiguiente pérdida de importancia del
concierto como mecanismo que aseguraba la fuerza de trabajo indígena a las
haciendas: "... el sistema decayó poco a poco hasta convertirse en un arreglo
señorial o semifeudal. Los concertados salían anualmente de los resguardos, es
cierto, pero muchos de ellos no regresaban y se quedaban por un período
indefinido en las haciendas donde se les mandaba a trabajar. Una vez que los
dueños empezaron a ofrecer jornales y lotes en los cuales pudieran permanecer
tales indios con sus familias comenzó a funcionar... el presente sistema de
trabajadores residentes..." (13). Numerosos pobladores blancos y mestizos
sustituyeron a los indígenas que se marchaban de los resguardos, arrendando
tierras en ellos y contribuyendo de este modo a pagar el tributo de indios. Esto
sirvió de justificación a las autoridades españolas para trasladar obligatoriamente
a los indígenas de los pueblos menos poblados a otros resguardos y vender las
tierras restantes; este proceso se inició luego de la visita de don Andrés Berdugo y
Oquendo en 1775. Las ventas de tierras de resguardo no proletarizó a los
arrendatarios de los indios, sino que los convirtió en pequeños propietarios
cuando uno de ellos en representación de los demás remató las tierras (sistema
de encabezamiento). En los casos en que la compra fue efectuada por un solo
terrateniente, se transformaron en terrazgueros de éste: "... en cada uno de los
pueblos 'demolidos' se estableció una parroquia... Y la condición predominante de
la tenencia varió, puesto que un buen número de vecinos subió del nivel de
arrendatarios al de propietarios. Tal cosa sucedió en comunidades donde se
empleó el método de encabezamiento para efectuar la tradición de la propiedad
de manos de los indios a otras personas como, por ejemplo, en Ramiriquí,
Guateque, Soatá, Ceriza, Betéitiva, Pasca, Tarzo y Tibasosa. Pero en Tinjacá,
Tutasá y Toca sólo un vecino quedó como único beneficiario de cada localidad. En
estos tres casos, con la posible excepción de Tutasá, la numerosa clase de
arrendatarios continuó sin variar, en tal forma que los pocos propietarios pudieron
vivir como 'señores solariegos'. Por ejemplo, cuando se levantó un censo de
vecinos en Toca, en 1785, se descubrió que no había sino cinco dueños, que
tenían, respectivamente, 84, 53, 47, 27 y 4 familias de arrendatarios en sus
tierras" (14). Además, los indios que no se acomodaron en los resguardos donde
los habían trasladado y regresaron a las tierras que habían sido suyas, se
convirtieron en terrazgueros de los nuevos propietarios: "... Así ocurrió a los indios
de Ceriza que no se fueron a Duitama: en 1784 se les identificó como agregados
a la parroquia de Belén y a los de Ramiriquí, quienes quedaron prácticamente
como siervos del cura y del alcalde " (15). Igual suerte corrieron los indios del
Cocuy, cuyos resguardos fueron adjudicados al cura para construir la torre de la
iglesia (16).
De otra parte, se trata principalmente de que algunas proposiciones centrales
relativas al origen de la industria parecen contradictorias. Es prácticamente un
axioma la existencia de una estrecha relación entre la democratización de la
propiedad cafetera y la amplitud del mercado de productos industriales. De ahí
que se haya desarrollado primero y más intensamente la industria fabril en los
departamentos occidentales del país, donde predominó la producción campesina
de café, que en los del oriente, en que se producía sobre todo en haciendas. El
argumento consiste en el fondo en asociar una distribución más o menos
equitativa del ingreso cafetero con la formación de un patrón de demanda más o
menos adecuado a las posibilidades iniciales del desarrollo industrial.
Pero lo anterior no aclara realmente el problema: primero, porque una mayor
amplitud del mercado de bienes industriales coincidirá con un mercado estrecho
de fuerza de trabajo en las regiones de campesinos, pues éstos preferirían
explotar sus tierras a trabajar para otros; y a la inversa, donde se producía el café
en haciendas, habría una demanda estrecha de bienes y una oferta abundante de
trabajadores.
En segundo término, una distribución más equitativa de la propiedad y del
ingreso puede ampliar la demanda de bienes de consumo, pero restringe la
acumulación de capital-dinero por las clases propietarias. Ahora bien, no es cierto
que la propiedad campesina amplíe más la demanda de consumo que el trabajo
asalariado: los productores campesinos pueden producir sin dificultad a un precio
equivalente al precio de costo capitalista; su trabajo excedente, materializado en
la diferencia entre el precio medio de venta y la suma del valor de los medios de
producción desgastados y el "salario" que se abona a sí mismo, es apropiado
generalmente por los comerciantes, usureros o consumidores, o por todos ellos
en mayor o menor medida. Su ingreso tiende a igualarse al de los trabajadores
asalariados, en circunstancias normales, y en situaciones de dura competencia
puede ser menor por un trabajo mayor, debido al apegamiento de los campesinos
a su propiedad. Esto nos lleva de nuevo a la acumulación, pues tanto la teoría
como los hechos indican que la mayor parte del ingreso neto de los campesinos
cafeteros fue concentrado por los exportadores de café y los comerciantes
usureros locales, desarrollando principalmente el mercado y el capital-dinero en
los centros urbanos.
En tercer lugar, si las haciendas cafeteras hubiesen funcionado con obreros
asalariados no podría sostenerse que ampliasen menos el mercado industrial que
la producción campesina, sino todo lo contrario: los obreros pueden consumir
menos que los campesinos pero compran más, pues mientras todo el salario de
los primeros demanda mercancías, los otros consumen una parte apreciable de
su producción, son mercado de sí mismos. Respecto a los medios de producción,
el campesino produce muchos en su explotación; el capitalista, en cambio, suele
adquirirlos en otras ramas de la producción. Sin embargo, cuando se comparan
explotaciones campesinas con haciendas cafeteras, no parece que se aluda a
explotaciones capitalistas sino a propiedades señoriales. Esta idea es
esencialmente cierta, aunque no tan simple, porque, de un lado, los hacendados
cundinamarqueses, tolimenses y antioqueños mostraron una notable capacidad
empresarial en el montaje de sus establecimientos, el cuidadoso manejo de los
cafetales y el excelente beneficio final del grano (trilla), realizado a menudo con
moderna maquinaria importada, por lo menos hasta fines del siglo pasado. De
otra parte, muchos hacendados exportaron café propio y ajeno durante bastante
tiempo. En tercer lugar, las grandes plantaciones ocupaban numerosos peones
asalariados, especialmente en época de cosecha. Por último, las haciendas
cafeteras también fueron muy importantes en Antioquia y la producción en grande
escala empezó por éstas, de donde se extendió a las propiedades campesinas. Y
aunque superaron rápidamente en importancia a las primeras en el departamento,
la producción fue mucho más democrática en Caldas y Valle del Cauca (ver Cap.
II); sin embargo, la industria fabril avanzó mucho más en Antioquia hasta 1930.
Las observaciones anteriores permiten formular algunas hipótesis a
investigar: en primer lugar, la propiedad territorial estaba efectivamente muy
concentrada en Antioquia y Caldas, aunque había un número suficiente de
propietarios medianos y pequeños para establecer una industria cafetera
dependiente de productores campesinos. Las grandes propiedades abarcarían la
mayor parte de la superficie útil en las nuevas tierras ocupadas, formando un
cerco alrededor de las estancias de los colonos y reproduciendo a la larga el
peonaje y el pequeño arrendatario, a medida que avanzaba la frontera agrícola.
Esto haría compatible la producción campesina de café y una masa considerable
de trabajadores sin tierra ni medios de producción que pudieran vender su fuerza
de trabajo a una industria naciente. Lo anterior exige referirse a la apropiación de
la tierra, su uso económico y al proceso de formación de la propiedad territorial,
relacionado íntimamente con los anteriores (17), en las zonas ocupadas por la
colonización antioqueña. Como se ve, la acumulación del capital y el desarrollo
industrial resultado de ella no puede explicarse sólo con el café. Aunque la
mención de dichos temas son muy esclarecedores del surgimiento de la industria
cafetera en el occidente del país. Estos puntos se tratarán en el capítulo I
En segundo término, las relaciones de producción en las haciendas del
oriente del país no eran capitalistas, a pesar de la notable capacidad empresarial
de los hacendados y su control sobre la trilla y comercialización del café en sus
departamentos. La fuerza de trabajo cafetera era sometida principalmente por la
propiedad territorial y sólo dependía secundariamente del control de los
hacendados sobre los medios de producción producidos, consistentes en el
cafetal, instalaciones de beneficio y el capital-dinero necesario para la producción
y comercio del grano. Por tanto, la condición social de los hacendados estaba
determinada por la propiedad territorial y los elementos capitalistas eran
accesorios; lo que embotó su capacidad empresarial original y redujo
notablemente sus iniciativas en el campo industrial. Lo anterior exige considerar
las relaciones de producción en las haciendas cafeteras, el procesamiento y el
comercio de café en ellas y su papel en la determinación de la clase social de los
hacendados. Esto se investiga en los capítulos II y III. Pero las formas de
dominación de los trabajadores en las haciendas cafeteras del oriente del país
cambiaron mucho entre 1870 y 1920, de unas relaciones en que era muy
importante el peonaje a otras donde las plantaciones funcionaban principalmente
con arrendatarios-jornaleros y "aparceros". Esto hace necesario abordar tres
temas: primero, la concentración de la propiedad territorial, el uso de la tierra y la
formación de la propiedad territorial en las zonas de clima templado de
Cundinamarca, Tolima y los Santanderes, en cuanto determinantes de las formas
de sometimiento de la fuerza de trabajo, mencionados en el capítulo I . Segundo,
el atraso en la tecnología y la productividad del trabajo cafetero, que impidió a las
haciendas cafeteras y a la propiedad parcelaria evolucionar hacia relaciones
capitalistas, tratado en el capítulo II. Y tercero, el significado social de las
relaciones de peonaje, que permitirá resolver la cuestión del aparente retroceso
de las relaciones capitalistas a precapitalistas en las haciendas; mientras que lo
ocurrido realmente fue el paso de una modalidad de relaciones precapitalistas a
otra. Esto se considera en el capítulo I.
En tercer lugar, el efecto principal de la propiedad campesina cafetera no fue
el de distribuir el ingreso en una forma especialmente equitativa en los
departamentos donde fue importante la producción campesina, sino sobre todo el
concentrarlo en manos de los comerciantes exportadores de café. Allí se
originaría el núcleo empresarial y el capital-dinero necesarios para la formación de
las primeras concentraciones industriales significativas, cuando fueran propicias
las circunstancias internas e internacionales. El mediador en este proceso habría
sido el control de la trilla industrial de café por los comerciantes; pues éste
constituía a la vez un eslabón clave del monopolio comercial frente a los
campesinos cafeteros y la vinculación del capital comercial a la extracción directa
de plusvalía a los obreros en la producción y no sólo del trabajo excedente
campesino en la compra-venta de mercancías, en la circulación. La trilla de café
presenta algunas diferencias esenciales entre el occidente y oriente del país: de
un lado, mientras en el primer caso se desarrolló independientemente y en
oposición a la propiedad territorial campesina, en el oriente la trilla estaba
subordinada a la gran propiedad territorial. En consecuencia, la una era realizada
por obreros asalariados concentrados en los centros urbanos y la otra dependía
de familias de arrendatarios o aparceros sometidas a un terrateniente y estaba
dispersa por el campo en las haciendas. Y, de otra parte, el desarrollo de las
haciendas cafeteras en Santander del Sur, Cundinamarca y oriente del Tolima fue
un largo proceso de cincuenta años de 1860 a 1910, mientras la producción
campesina de café se consolidó como una actividad decisiva en las economías de
Antioquia y Caldas en sólo dieciséis años entre 1890 y 1906. La rápida irrupción
de las trilladoras y el comercio de café en la quieta vida de los centros urbanos de
la región significó un profundo cambio en sus economías y en la mentalidad de la
clase comercial. Este último aspecto se trata en el capítulo I y los anteriores en
los capítulos II y II.
Por último, el proceso de formación de clases desposeídas en el sector rural,
que permitieran con su emigración a la ciudad el surgimiento de la industria fabril,
se dio con igual o mayor intensidad en el occidente del país que en el oriente. En
efecto, el predominio de las haciendas cafeteras en los Santanderes,
Cundinamarca y oriente del Tolima produjo allí una escasez relativa de peones
para la recolección de café, que llevó a los hacendados a implantar gradualmente
el arrendamiento y la aparcería entre fines del ochenta y 1925. Esta situación sólo
cambió significativamente allí con las intensas inversiones en obras públicas
realizadas en el país entre 1924 y 1930 y las luchas agrarias por romper las
relaciones atrasadas resultado de ellas. Tal proceso se aceleró notablemente a
raíz de la crisis de 1929 y la Ley 200 de 1936. La concentración de la tierra y el
intenso desarrollo de la ganadería extensiva en los nuevos territorios ocupados en
Antioquia, Caldas y Valle del Cauca, proveyeron en cambio masas crecientes de
peones y sirvientes obligados a vender su fuerza de trabajo, muy por encima de
las necesidades de trabajadores estacionales para la cosecha de café. La
emigración de estos trabajadores marginales en el campo a los centros urbanos
suministraron brazos más que suficientes a la naciente industria. Estos aspectos
se tratan en el capítulo I principalmente y también en el capítulo II.
3) Algunos han sostenido que la desacertada política librecambista implantada
por los liberales radicales frustró la primera vía de desarrollo en el país en ciertas
regiones de los actuales departamentos de Santander del Sur y Boyacá, donde
había según ellos prósperas manufacturas (18).
Pero, como se verá, no existieron en esa región sino muy pocas
manufacturas; fundamentalmente se trataba de una industria doméstica rural y
urbana comercializada, que en los textiles evolucionó parcialmente hacia la
industria a domicilio. Tampoco es cierto la súbita desaparición en la década de
1850 de las actividades que satisfacían sobre todo el mercado interno, como es el
caso de los tejidos de algodón; éstas mantuvieron prácticamente igual la
producción hasta fines del siglo diecinueve, aunque se debieron especializar
progresivamente en los productos más burdos, el denominado batán. No ocurrió
igual con la industria doméstica de exportación, como era la de los sombreros,
que sufrió un colapso casi completo a comienzos de la década de 1860. Esto dejó
a miles de artesanos urbanos de Soto y Zapatoca, pertenecientes hoy a
Santander del Sur, sin ocupación y contribuyó a la disolución de numerosas
explotaciones campesinas en las mismas regiones. Esta población pauperizada
permitió el montaje de las primeras haciendas cafeteras en Bucaramanga y el
fortalecimiento de la ya próspera industria cafetera norte Santandereana.
Entonces, tenemos un movimiento de la industria doméstica de exportación a la
formación de la producción cafetera nacional en los Santanderes en la segunda
mitad del siglo pasado y un proceso posterior del café a la industria fabril en el
occidente del país en las tres primeras décadas del siglo veinte; a esto alude el
título del trabajo y no al desarrollo de la industria en la segunda mitad del siglo
pasado.
La industria fabril de Antioquia, Caldas y Valle del Cauca aventajó
notablemente a la de Boyacá, Cundinamarca y Santander hasta 1945, a pesar de
que la tradición artesanal del oriente se remonta a la colonia y en los primeros
había tenido un desarrollo bastante modesto. El trabajo confirma por senderos
tortuosos el importante papel de la producción cafetera campesina de los
departamentos del occidente en su mayor desarrollo industrial inicial, aunque no
pasando por la distribución del ingreso, sino de la acumulación de capital.
NOTAS
(1) Algunos autores se han ocupado recientemente del tema, como Carmenza Gallo
y Jesús Antonio Bejarano. La primera hace interesantes observaciones sobre los años
veinte. Pero su análisis es muy general y pasa por alto las diferencias regionales, no
distingue fracciones entre los comerciantes y limita el estudio a un período muy corto de
la historia nacional. Bejarano sólo se refiere a la acumulación muy marginalmente; sin
embargo, aporta interesantes datos empíricos sobre la expropiación de los trabajadores e
interesantes observaciones sobre la ampliación del mercado principalmente en las
ciudades. Falla, así mismo, en su generalidad.
Carmenza Gallo; "Hipótesis sobre la acumulación originaria de capital en Colombia
1925-1930"; Universidad Nacional de Colombia, facultad de Ciencias Humanas, Bogotá,
mayo de 1971.
Jesús Antonio Bejarano; "El fin de la economía exportadora y los orígenes del
problema agrario"; Cuadernos Colombianos; Medellín, 2o. trimestre de 1975, pp. 251273.
(2) Mario Arrubla; "Estudios sobre el desarrollo Colombiano"; La oveja Negra,
Medellín, 1969, especialmente el capítulo: " Esquema histórico sobre las formas de
dependencia".
Algunos aspectos importantes de su exposición, como el cierre estructural del
mercado en los países neocoloniales, no se mencionan aquí, pues no se refieren al
surgimiento de la industria, sino más bien a sus características y a sus posibilidades de
desarrollo futuro en base al sector productivo de medios de producción. De los descritos
a continuación, no habla explícitamente sino que están implícitos en sus escritos.
(3) Celso Furtado; " L a Economía Latinoamericana desde la Conquista Ibérica hasta
la Revolución Cubana " ; Editorial Universitaria, Santiago de Chile, 1969.
(4) J. F. Gaviria, F. J. Gómez y Hugo López; "Contribución al estudio del desempleo
en Colombia"; Bogotá, DAÑE, 1971.
(5) Ver: Alvaro Tirado M.; "Introducción a la Historia Económica de Colombia";
Dirección de Divulgación Cultural de la Universidad Nacional, Bogotá, 1971.
(6) Ver: Hugo López; " Estudio sobre la inflación en Colombia en el período de los
años 20s"; Medellín, CIE , 1973.
(7) Ver: Luis Ospina Vásquez; "Industria y protección en Colombia 1810-1930"; Ed.
Santa Fe, Medellín. 1955, pp. 85-194.
(8) Ibid; pp. 276-321.
(9) La extensa referencia al concierto pretende dar, así mismo, una idea de las
relaciones de producción surgidas en Cundinamarca a raíz de la disolución de numerosos
resguardos en la segunda mitad del siglo XVIII. El sistema de arrendatarios no parece
haber avanzado allí desde la independencia hasta 1880, sino sobre todo el peonaje;
aunque debió subsistir en algunas partes, sirviendo de pauta para su resurgimiento en las
haciendas cundinamarquesas a fines del ochenta, a consecuencia de la escasez relativa
de trabajadores asociada al avance de la producción cafetera.
(10) Ver: Luis Ospina Vásquez; op. cit., cap. I.
(11) Ver: Margarita González; "El Resguardo en el Nuevo Reino de Granada";
Dirección de Divulgación Cultural, Universidad Nacional, Bogotá, 1970.
(12) Según la reglamentación del concierto por el presidente Pérez Manrique en
1656; tomado de: Orlando Fals Borda; " El hombre y la tierra en Boyacá"; Ed .
Documentos Colombianos, Bogotá, 1957, p. 79.
(13) Orlando Fals Borda; op. cit., pp. 79-80.
(14) Ibid; pp. 90-91.
(15) Ibid; p. 95.
(16) Ibid; p. 96.
(17) Se entiende por propiedad territorial de la tierra ocupada y que, por lo tanto,
reporta ciertas ventajas económicas a su propietario; no de los títulos sobre la selva
virgen. Estos son más bien títulos que permiten la propiedad territorial futura, cuando
esas tierras hayan sido pobladas.
(18) Luis Eduardo Nieto Arteta e Indalecio Liévano Aguirre.
I. ACUMULACION DE CAPITAL Y PRODUCCION CAFETERA
El predominio de la producción parcelaria cafetera (1) en los departamentos
de Antioquia y Caldas parece contradictoria con la necesaria formación de una
población trabajadora desposeída que vendiera su fuerza de trabajo a la naciente
industria. Sin embargo, tal contradicción no existe en los hechos: la participación
de los jornaleros en la población activa era superior en Cundinamarca y los
Santanderes que en Antioquia y Caldas en 1912, según el censo de ese año;
pero, relativamente a la demanda estacional de trabajadores en la cosecha de
café había una abundancia relativa de jornales en los primeros, permitida por su
importante producción campesina, y una escasez en los segundos, donde
predominaban las haciendas. De otro lado, el enorme número de sirvientes en
Antioquia y Caldas acrecentaba muchísimo la masa trabajadora vendedora de
fuerza de trabajo. La ventaja de éstos aumentó notablemente del primer año hasta
1938, cuando presentaron los más altos porcentajes de población asalariada en el
país (ver al respecto I.B.).
Entonces, la contradicción parece provenir de dos falsas ideas que asaltan la
mente cuando se considera la historia de Antioquia y Caldas durante el siglo
pasado: una, producción, agrícola igual a producción de café, lo cual es falso,
incluso para las explotaciones cafeteras, donde por mucho tiempo se han
cultivado otros productos junto con el café, que ha representado para los
campesinos sobre todo una fuente de ingresos monetarios. Y dos, a los enormes
movimientos de población y ocupación de tierras de la Colonización Antioqueña
correspondió un proceso igualmente intenso de democratización de la propiedad
en las nuevas tierras conquistadas a la selva. Como se verá, la mayor parte de
ellas fueron apropiadas por grandes terratenientes (ver I.A.3). El caso
vallecaucano ilustra bastante bien la diferencia entre distribución equitativa de la
propiedad territorial y producción cafetera campesina. La propiedad de las tierras
planas de ese departamento ha sido muy concentrada desde los tiempos
coloniales; pero las tierras altas en las cordilleras Central y Occidental del mismo
fueron ocupadas por numerosos colonos antioqueños en las tres primeras
décadas del siglo veinte, según muestra Parsons. Ahora bien, el Valle del Cauca
fue el departamento donde mayor importancia tuvo la producción campesina de
café en las décadas de 1920 y 1930 (ver Cap. II) (2), no obstante la inequitativa
distribución de la propiedad territorial vigente en él.
Por tanto, se hace necesario revisar los conceptos sobre el efecto de la
Colonización Antioqueña en la apropiación de la tierra; procurando establecer en
qué medida la enorme ocupación y cultivo de tierras baldías realizada por los
colonos antioqueños durante todo el siglo pasado y las tres primeras décadas del
actual produjo una democratización efectiva de la propiedad territorial en las
zonas ocupadas; o si, permitió la aparición de un número significativo de
propietarios medianos y pequeños, pero sin modificar substancialmente la elevada
concentración de la propiedad de la tierra que ha regido en la mayor parte del país
desde la Colonia. Las observaciones de Alejandro López son bastante pesimistas
al respecto:
“... La verdad... es que (con la República) no hubo movimiento especial alguno respecto a
la repartición de los grandes feudos territoriales, y antes bien, según entiendo, la República
recompensó a algunos de sus próceres con amplias concesiones territoriales... todavía al final
del S. XIX se asignaba a una sola familia, por medio de fáciles rodeos de las leyes existentes,
decenas de miles de hectáreas...
“...Alcanzo a saber que existían dos medios distintos para obtener tierras baldías (hasta
fines del S. XIX)... el uno es el papel sellado, ayudado de más o menos influencias personales
o de ese detestable papel lanzado al mercado con el nombre de Bonos Territoriales; el otro el
hacha. Con un poco de papel sellado y un mucho de influencias, se obtuvieron de los agentes
de la Corona de España todas las tierras que hoy constituyen la parte más poblada de
Colombia... con papel sellado, bonos territoriales y alguna influencia en las esferas respectivas
adquirieron muchos ciudadanos de la República grandes concesiones territoriales, en parajes
de buenas perspectivas de valorización futura.
“El incauto colono que ignore que la propiedad ya ha sido asignada, y que los montes que
va a tumbar son ajenos, pierde irremisiblemente su esfuerzo, ante el derecho excluyente del
gran propietario” (3).
La acumulación de capital en el país dependió, de un lado, de la creciente
expropiación de la tierra a los campesinos resultado de la monopolización
creciente de la propiedad territorial desde 1756. Especialmente por su
intensificación desde la independencia al amparo de las guerras civiles, del
crónico déficit presupuestal de los gobiernos centrales y de los estados federales
y de la ideología individualista profesada por los liberales radicales. Esto se
recrudeció desde la Regeneración en 1884 hasta los años 1906-1912, en los que
la Ley 56 de 1905 lo moderó un poco. De otra parte, la intensificación de la
producción de café desde 1865 había permitido una notable acumulación de
capital-dinero en los comerciantes exportadores del grano. El considerable
aumento de los peones desposeídos en el campo desde la Regeneración no
permitió, sin embargo, desarrollar relaciones capitalistas de producción en la
agricultura, debido a las rudimentarias técnicas de producción (4). El café se
producía principalmente por campesinos parcelarios en el occidente del país y
bajo relaciones muy atrasadas en la región oriental. El atraso tecnológico del
sector cafetero se expresaba en que la mayor parte de la inversión consistía en
trabajo directo y sólo en un reducido porcentaje medios de producción, tanto en la
formación del cafetal, como en su cultivo y en la recolección del café. De tal
manera que, si la producción se hubiera establecido sobre bases capitalistas, los
salarios y la parte variable del capital habrían predominado ampliamente. La gran
importancia del trabajo directo en el proceso de producción y la imposibilidad de
mecanización del mismo (5) era compatible con el empleo de peones asalariados
sólo en la recolección del grano; pero, aun esto sólo parece haberse dado
ampliamente en situaciones económicas compatibles con remuneraciones muy
bajas de los trabajadores, como la creada por las fuertes emisiones de papel
moneda efectuadas entre 1884 y 1910, o por la existencia de una oferta de
trabajo notablemente superior a la demanda.
La masa de peones parece haber aumentado bastante en las zonas rurales
del país en las dos últimas décadas del siglo pasado y de manera muy acelerada
desde los primeros años del actual. Pero estos trabajadores no conformaban un
proletariado agrícola sino que constituían más bien una fuerza de trabajo marginal
y en transición, bien a relaciones de producción atrasadas en las grandes
propiedades, a la conversión en campesinos independientes (propietarios o
poseedores libres) por medio de la colonización, o a la condición de proletarios
industriales, a través de la emigración a las ciudades; los peones se ocupaban
principalmente en la recolección de las cosechas y en las haciendas de ganadería
extensiva, que demandaban muy poca fuerza de trabajo. Pero aun esta
vinculación relativamente marginal a la producción estaba condicionada a la
existencia de salarios ínfimos. La reducción en el salario real agudizada desde la
Regeneración se redujo en 1910, cuando la Junta de Conversión constituida
después de la caída del gobierno de Rafael Reyes (1904 -1909) recogió gran
parte del papel moneda que se había emitido y la circulación monetaria volvió a
basarse principalmente en el oro. Unos años más tarde, el desarrollo económico
posterior a la primera guerra mundial elevó el salario real. Las haciendas
cafeteras de Santander y de algunas regiones del Tolima debieron entonces
cambiar las relaciones asalariadas por otras más atrasadas, pues la débil base
tecnológica de la producción cafetera no resistía dichas relaciones dentro de un
mercado de fuerza de trabajo relativamente normal. Sin embargo, los jornales
eran aún tan bajos a comienzos de los años veinte que permitían emplear peones
como bestias de carga;
“... el empleo de la fuerza mecánica no ha podido reemplazar al brazo barato en ciertos
menesteres; y así se ven gentes con inmensos fardos a espaldas, andando por las carreteras
paralelas al ferrocarril” (6).
Ahora bien, no se trata solamente de que los peones subsistiesen en los
poros de las grandes explotaciones agrícolas, basadas en relaciones de
producción precapitalistas, o de que la existencia de asalariados en las zonas
rurales dependiese de circunstancias más o menos fortuitas, como la inflación;
sino, y sobre todo, de que el peonaje encubría relaciones de producción no
capitalistas bajo formas salariales. En efecto, el peón “era sometido al
terrateniente por medio de anticipos a cuenta del “salario” , los cuales debían ser
cubiertos al patrón por el peón en trabajo. Si éste se iba podía ser capturado para
obligarlo a que lo hiciera. Como señala Marx, el peonaje es una forma encubierta
de esclavitud:
“En los pueblos en los que reina el trabajo libre, todos los códigos reglamentan las
condiciones de denuncia del contrato. En algunos países, sobre todo en México... la
esclavitud aparece disfrazada bajo la forma de peonaje. Mediante anticipos que han de
rescatarse trabajando y que se transmiten de generación en generación, el peón, y no sólo el,
sino también su familia, pasa a ser, de hecho, propiedad de otras personas y de sus familias.
Juárez abolió el peonaje. Pero el titulado emperador Maximiliano volvió a establecer esta
institución por medio de un decreto...” (7).
Este punto se tratará más detenidamente adelante (I B.).
Si los peones del campo no estaban sometidos a los monopolistas de los
medios de producción a través de la venta libre de su fuerza de trabajo, sino que,
de hecho, estaban esclavizados por el conjunto de los propietarios territoriales,
¿cómo pudieron ser un elemento positivo en el desarrollo de relaciones de
producción capitalistas en Colombia? Con su emigración a las ciudades; la
intensificación de la expropiación campesina en el país desde comienzos del siglo
veinte aceleró el proceso de urbanización. En efecto, mientras los jornaleros
representaban el 14.6% de la población activa nacional en 1912, la participación
de los obreros y peones era ya del 37% del total en 1938. Paralelamente a lo
anterior avanzaba la urbanización, como lo expresa el notable aumento del
porcentaje de la población de las principales ciudades capitales respecto al total
de sus departamentos; así, Barranquilla pasó del 42.6% en 1912 al 56.7%, en
1938, Bogotá del 16.9 al 28.1%, Cali del 12.3 al 16.6% y Medellín del 10 al 14.2%,
entre los mismos años (8).
El mercado libre de fuerza de trabajo se estaba desarrollando principalmente
en los grandes centros urbanos, al igual que el mercado de bienes y servicios. La
migración de los campesinos pauperizados a las ciudades en busca de cualquier
empleo, así fuera muy mal remunerado, fue una precondición de la
industrialización. Este aspecto es señalado como un factor importante de la
industrialización, aunque no el principal, por Luis Ospina Vásquez en su clásica
obra; así mismo, observa que las trilladoras de café eran inicialmente la principal
fuente de empleo para los migrantes del campo (9). La concentración del
beneficio final del grano en algunas ciudades parece constituir la base para la
formación de los primeros núcleos industriales y grupos de empresarios
capitalistas, con recursos materiales suficientes y capacidad de organización
necesaria para enfrentar los riesgos propios de la producción capitalista. Este es
un fenómeno de suficiente magnitud como para explicar el desarrollo inicial de la
industria, pues, como se verá (I.A.3.), tuvo que responder al montaje de una gran
producción cafetera en el occidente del país durante el corto lapso comprendido
entre 1890 y 1905.
Pero, el aspecto principal de la trilla de café en cuanto a la acumulación de
capital no es cuantitativa; sino que se refiere a su papel central en la conversión
de los exportadores del grano en capitalistas industriales. Esto representa un
cambio cualitativo en la naturaleza del capital, que pasa de la esfera de
circulación a la de producción: de una situación en la cual, la existencia
independiente del capital en la circulación, presupone el atraso en el régimen de
producción de los vendedores y / o compradores de las mercancías con que
trafica, y a los cuales explota por medio del monopolio comercial; es decir, en la
que el capitalista existe de una forma más o menos fortuita; se pasa a otra
esencialmente distinta, donde el capital extrae la plusvalía a los obreros
directamente en la producción, y en la cual, la circulación es convertida en una
fase subordinada en la reproducción del capital total de la sociedad, su fase de
realización. Si en este caso se invierte independientemente capital en el comercio
de mercancías, éste sólo representa una parte del capital total de la sociedad,
aquella que debería desembolsar el capitalista industrial para continuar la
producción mientras vende sus mercancías, si no hubiesen comerciantes; por
tanto, aquí el comerciante sólo debe obtener en circunstancias normales la cuota
media de ganancia del capital (10).
El control de la trilla por los exportadores de café los llevó a extraer
directamente plusvalía a sus obreros en la producción, y no solamente el trabajo
excedente de los campesinos parcelarios cafeteros.
El control de los exportadores cafeteros de la trilla industrial fue un elemento
clave en su monopolio comercial. El manejo del sistema de transporte y la
formación de asociaciones de comerciantes contribuyeron también mucho a su
manejo del comercio del grano, hasta la crisis de 1920-1921 más o menos; pero
estos factores perdieron importancia en los años siguientes, debido al
mejoramiento sustancial de la red vial y al control extranjero de la mayor parte del
comercio de exportación. Lo anterior todavía se cumplía para las trilladoras de
café hace poco tiempo: “Por mucho tiempo la propiedad de las trilladoras de café
o de las trilladoras de arroz... creó monopolios virtuales de compra que todavía
subsisten parcialmente...” (11). La necesidad de los exportadores de café de
mantener su ganancia comercial los llevó también a convertirse en capitalistas
industriales, a explotar directamente fuerza de trabajo asalariada en la trilla
industrial de café. Esa doble condición de capitalista comercial e industrial,
impuesta por el café a los exportadores del producto, parece estar en el origen de
los empresarios capitalistas.
La acumulación sitúa el surgimiento de los capitalistas industriales sobre una
base mucho más racional que otras explicaciones consagradas por el prejuicio,
como es, por ejemplo, la supuesta superioridad racial de los antioqueños. Esta
última posición ignora bizarramente toda la historia nacional del siglo diecinueve.
En efecto, la mayoría de las grandes empresas tendientes a incorporar el país a la
economía mundial se efectuaron en el centro y oriente del país: el tabaco en
Tolima, el café en los Santanderes, Cundinamarca y Tolima. La producción
artesanal de telas de algodón, de sombreros y las manufacturas de tabaco, en
Santander, y los tejidos de lana en Boyacá. Así mismo, la gran mayoría de las
iniciativas encaminadas a establecer modernos establecimientos industriales el
siglo anterior partieron del oriente; mientras en Antioquia sólo son dignas de
mención en esa época la ferretería de Amaga, los talleres artesanales de Robledo
y las locerías semiartesanales de El Carmen y Caldas (12).
Los comerciantes antioqueños no se marginaron, sin embargo, de las grandes
empresas económicas del oriente del país en el siglo pasado. Alvaro López Toro
(13) señaló el papel fundamental jugado por la casa antioqueña “Montoya Sáenz y
Cia.” , en la expansión del cultivo y exportación del tabaco en Ambalema. de 1847
a 1857. De otro lado, su participación también fue muy notable en el café.
Algunos comerciantes emigrados de Antioquia contribuyeron muy eficazmente al
desarrollo de las haciendas cafeteras de Cundinamarca y el resto del país.
Camacho Roldan menciona el municipio de Sasaima, donde todos los
hacendados eran antioqueños: “... Forma esta colonia de cultivadores de café un
grupo de familias antioqueñas todas, en que se notan las cualidades
colonizadoras de la raza. Los señores Lorenzana y Montoya Restrepo Sáenz,
Herrera Restrepo...” (14). Esta no fue una excepción; Medardo Rivas (15) incluye
a varios antioqueños entre los fundadores de haciendas cafeteras de
Cundinamarca y el oriente del Tolima. Entre ellos se destacan José María Sáenz,
uno de los fundadores de la casa comercial “Montoya Sáenz y Cia.“, sus hijos
Nicolas, Francisco y José María; el hijo de Francisco Montoya, socio igualmente
de esa empresa, Francisco Ospina y Roberto Herrera. Otros nombres
mencionados por él son los de los señores Basilio Martínez y Ricardo Herrera.
Pero la importancia del aporte antioqueño a la industria cafetera de Cundinamarca
no se puede medir sólo numéricamente, Francisco Ospina y Nicolás Sáenz fueron
pioneros e impulsadores del cultivo en grande de café en ese departamento. No
se limitaron a explotar con esmero sus haciendas sino que plasmaron sus
experiencias en sendos escritos donde explicaban en detalle los procedimientos
apropiados para el establecimiento de grandes plantaciones, los cuales se
publicaron en Bogotá en 1872 y 1895 respectivamente. Debe relievarse sobre
todo el papel del señor Francisco Ospina, pues su folleto vio la luz en 1872,
cuando cerca del 90% de la producción cafetera se originaba en los Santanderes.
De él dice Medardo Rivas:
“ El señor Francisco Ospina, de origen antioqueño fue de los primeros en establecer en
Chimbe un hermoso cafetal, cultivado con esmero; y no contento con ésto, lo vendió, y se fue
del todo a Anolaima, y en la 'Mesita de Santa Inés' fundó el establecimiento más hermoso y
más bien arreglado que tiene Colombia” (16).
Es importante referirse a Roberto Herrera porque ilustra el doble carácter de
productores y exportadores de café de los hacendados cundinamarqueses y el
papel crucial del capital comercial en la formación de las haciendas de ese
departamento:
“ El señor Roberto Herrera es hombre de muchas virtudes... y de vasta capacidad para
los negocios, pues no sólo atiende su bien cultivado cafetal y exporta sus productos, sino que
es dueño de la hacienda de 'El Peñón' en el distrito de Tocaima, que está perfectamente bien
arreglada; tiene cebas de ganado en Jerusalén y crías y sementeras en la Sabana de Bogotá,
y es también el director y el jefe de la gran 'Compañía de Colombia', la más grande empresa
que se conoce en el país” (17).
Las observaciones anteriores no pretenden probar, ni mucho menos, que el
desarrollo de las haciendas cafeteras de Cundinamarca dependió de la
intervención de los antioqueños, pues ese cultivo fue introducido en gran escala al
país por los santandereanos; y si los capitales antioqueños se interesaron en esa
actividad fue porque las condiciones objetivas de ese departamento la hicieron
lucrativa; aunque, ciertamente, muestran el importante aporte de los empresarios
de Antioquia a ese proceso. Con ésto no se pretende exaltar la supuesta
superioridad de los antioqueños, sino observar el papel de los comerciantes en la
formación de las haciendas cafeteras y la poca importancia del origen regional en
la condición de los hacendados. Si se deja de lado el aspecto de la movilidad del
capital- dinero acumulado por los comerciantes antioqueños en la minería de oro y
el comercio exterior, a las esferas más ventajosas de inversión, y se atiende más
bien al carácter de terratenientes rentistas que adquirieron a la postre los
hacendados de Cundinamarca, a pesar de que ellos mismos trillaran y exportaran
su café, los hechos prueban algo muy distinto. En efecto, las formas atrasadas de
subordinación de la fuerza de trabajo utilizadas por los hacendados, consistentes
en rentas en trabajo, en especie y / o por deducciones en el “salario” , los
convirtieron en terratenientes, a pesar de la capacidad empresarial mostrada
originalmente por los comerciantes, sin distingos de procedencia regional. Si algo
llama la atención en las grandes plantaciones de café cundinamarquesas de fines
del siglo XIX es el esmerado cultivo de los cafetales y el excelente procesamiento
del grano, como se verá más adelante (Cap. III). Por ahora basta con un ejemplo:
Nicolás Sáenz menciona el uso de la guardiola para el secado de café en las
mayores haciendas de Cundinamarca en 1895 (18). En cambio, el uso de esa
máquina en las trilladoras de café de Caldas, para secar el café húmedo de los
campesinos parcelarios, era considerado en 1935 por Antonio García una
innovación en la trilla industrial (19). Las habilidades empresariales desplegadas
por los cafeteros cundinamarqueses fueron muy notables; pero las relaciones
atrasadas de trabajo vigente en ese departamento, así como la imposibilidad de
controlar el mercado de fuerza de trabajo a través de la mecanización del cultivo y
la cosecha, impidieron el desarrollo del trabajo asalariado en las haciendas,
mellando de paso el filo de la iniciativa a los hacendados y volviéndolos rentistas.
Lo anterior pone de manifiesto que él capital no es una suma de medios de
producción, o de dinero, sino una relación de explotación de los productores
directos por los monopolistas de los medios de producción, basada en la
compraventa en el mercado de la fuerza de trabajo de los primeros y en una
producción de mercancías controlada y dirigida por los segundos. Por lo tanto, el
problema sólo puede aclararlo la investigación de las características del proceso
productivo del grano y de las relaciones de producción en las haciendas
cafeteras, tema que será tratado en el capítulo II.
A. PROPIEDAD TERRITORIAL E INDUSTRIA CAFETERA.
1. Producción parcelaria, industria a domicilio y producción cafetera en
Santander.
Marx es enfático en sostener que uno de los presupuestos del régimen
capitalista es el desarrollo de la producción de mercancias y de que el avance del
comercio tiende a disolver las relaciones de producción anteriores, aunque el
nuevo régimen de producción que surja no depende del comercio en sí sino del
grado de desarrollo alcanzado por el régimen anterior. A ese respecto observa
cómo, históricamente, no fue en España y Portugal, las grandes naciones
descubridoras de los siglos XV y XVI, donde se desarrollaron primero y con más
intensidad las relaciones capitalistas de producción, sino en Holanda y
especialmente en Inglaterra. Marx desconfiaba del papel desempeñado por el
capital comercial en la formación del régimen capitalista de producción, en efecto,
en el capítulo histórico de “El Capital“ plantea una ley sobre el capital comercial,
“... según la cual, el desarrollo independiente del capital comercial está en razón
inversa del grado de desarrollo de la producción capitalista...” (20). La existencia
del capital primordialmente en la circulación de mercancías, como capital
comercial, implica que el capital no ha sometido todavía a la producción. La
historia de los pueblos comerciales como los venecianos y los holandeses,
revelan que su monopolio comercial se basaba en el atraso económico de los
pueblos que explotaban y desaparecía a medida que se desarrollaban (21). Marx
plantea dos maneras de descomposición del régimen feudal, el primero, la
transformación del productor en capitalista y comerciante, esta es la vía
verdaderamente revolucionaria; el segundo es la industria a domicilio, en la que el
comerciante se apodera de la producción; de este último afirma que no
revoluciona el régimen de producción “... sino que lo conserva y mantiene como
su premisa...” (22).
Algunos autores (23) han sostenido la tesis de que en las provincias del
Socorro y de Vélez, pertenecientes a lo que es actualmente Santander del Sur,
existieron prósperas manufacturas textiles hasta la década de 1850, en que
sucumbieron, debido a la política librecambista implantada en esos años por los
liberales radicales. Esto habría frustrado la primera vía de desarrollo capitalista en
el país. Pero esa idea es falsa. Como se verá más adelante, hasta 1850-52 en
que Ancízar presenta una descripción detallada de la región, sólo existieron allí
contadísimos casos de manufacturas y eso en la industria de sombreros, no en
los textiles. La producción industrial de Santander y Boyacá estaba organizada
generalmente, como una industria doméstica comercializada en el campo y en los
centros urbanos, y, en lo referente a los tejidos de algodón, era muy común la
industria a domicilio. Por lo demás, éste no es un planteamiento nuevo, sino que
ha sido expuesto claramente por serios investigadores modernos; si se vuelve
aquí sobre este punto es porque el desarrollo de la industria cafetera de los
Santanderes, y por ende del país, no puede entenderse por fuera del proceso de
disolución de la industria doméstica rural y de la propiedad parcelaria a ella unida
en ciertas regiones de lo que es hoy Santander, durante la segunda mitad del
siglo pasado.
Mario Galán muestra en la “Geografía Económica de Santander” que la
producción industrial de ese departamento, en la segunda mitad del siglo pasado,
era efectuada por las mujeres campesinas en el hogar, mientras los hombres se
dedicaban a la agricultura o a la guerra: “ En este punto es preciso detenernos
para rendir un justiciero reconocimiento a la mujer santandereana. Nunca
podríamos explicarnos el florecimiento de la pequeña industria regional en el siglo
XIX, tan convulsionado por las revoluciones y las empresas guerreras, si no
reparamos, en que estas industrias se desarrollaron y aprestigiaron en manos de
mujeres en el recinto del hogar. Las mujeres santandereanas eran, en efecto, las
que hilaban el algodón y el fique, maceraban el añil, manufacturaban el tabaco,
molían el cacao, tejían los sombreros y elaboraban las conservas de guayaba.
Todo a mano, en afanoso laborar... el hombre en el agro o en el taller, entre guerra
y guerra y la mujer en el hogar constantemente...'' (24). Las investigaciones de
Luis Ospina V. vinieron a confirmar la justeza de esa apreciación. En “Industria y
Protección en Colombia” se muestra cómo el proceso de mestizaje y asimilación
cultural de la población de Guanentá, permitió la modificación de la propiedad
territorial “... una formación caracterizada por la preponderancia de la propiedad
pequeña y mediana de tipo campesino. El proceso parece haber quedado a
principios del 700” (25). En la explotación campesina se formó, a comienzos de
ese siglo, una industria doméstica rural a cargo de mujeres y niños, mientras el
jefe del hogar se ocupaba en la producción agrícola de alimentos y de materias
primas necesarias, como el algodón. A mediados del siglo dieciocho esa industria
estaba en pleno desarrollo (26). La producción textil no era una actividad
complementaria de la producción agrícola, como en el modelo clásico de la
pequeña explotación campesina, sino que desde el comienzo se había
comercializado (27). Luis Ospina observa que esta industria “... se basaba en el
uso parcial de una mano de obra de agricultores campesinos y sus familias, con
alguna complicación en la organización, correspondiente a la división personal de
las funciones productivas” , y que, sólo excepcionalmente superó “... el nivel
preeconómico, en el cual una parte muy grande de los posibles costos, no
cuentan como tales, particularmente los de mano de obra...” (28). Los
comentaristas del siglo dieciocho atribuyen la prosperidad y la gran densidad de
población de los distritos de Vélez, Socorro, San Gil y Girón a la difusión
alcanzada por esas industrias (29). Luis Ospina considera que al final de ese siglo
la industria textil de la región había evolucionado de una industria doméstica
campesina comercializada a la industria a domicilio “... en que un empresario
compra el hilo y lo da a tejer al tejedor, a quien le compra la tela “ (30). Esta
apreciación es corroborada por la descripción de la industria socorrana de textiles
hecha por Mollien en 1823 (ver nota 58).
Las descripciones de Manuel Ancízar sobre la producción, tenencia de la
tierra y condiciones de vida en las provincias de Vélez, Socorro y Soto en
1850-52, donde se concentró la mayor parte de la producción industrial del
Oriente colombiano el siglo pasado, son especialmente valiosas, pues quien las
hizo trabajó en esa región con la Comisión Corográfica, dirigida por Agustín
Codazzi. Las condiciones de vida observadas por el autor en esas provincias a
mediados del ochocientos, corresponden aproximadamente con la caracterización
de la región en el siglo anterior hecha por Ospina Vásquez: ocupación productiva
de una parte muy considerable de la tierra útil; amplio predominio de la propiedad
parcelaria mediana y pequeña; gran importancia de las industrias caseras y a
domicilio, y producción abundante y variada de alimentos y materias primas
agrícolas. A este respecto, en los distritos de tierras templadas y cálidas, los
principales cultivos comerciales eran: caña, con la que se fabricaba azúcar,
panela y aguardiente; algodón y fique para la producción textil; tabaco; añil; cacao
y palma de nacuma para sombreros; entre los productos de consumo directo se
contaban el maíz, el fríjol, el plátano y las hortalizas. En los distritos de tierra fría
se producía trigo, maíz, papa, plátano y lana. La situación general de los
campesinos en las regiones visitadas por el autor era de abundancia y de amplio
acceso a la propiedad de la tierra; la siguiente descripción resume otras muchas
del libro en el mismo sentido: “... Para el que se transporta con el pensamiento al
porvenir de este país, 'lastrado con oro', como dice Oviedo, es un espectáculo
interesante el que presentan las reuniones numerosas de los mercados, donde se
ve una población compuesta de agricultores blancos y robustos, ostentando los
firmes colores de la salud y la alegría bulliciosa del bienestar, todos bien vestidos
y abrigados, todos teniendo de que vivir con independencia, y algunos
manifestando en el aseo del traje y gravedad de las personas que son hombres
de caudal... La fecunda tierra, les afianza los medios de holgura y existencia” (31).
Ese panorama feliz se nublaba en los mayores centros urbanos de la región,
donde había una apreciable acumulación de brazos ociosos y la población
trabajadora se hallaba sometida a los comerciantes y gente adinerada En ese
caso estaban las ciudades de Vélez, Socorro, San Gil, Barichara y Mogotes (32).
Sin embargo, el autor sólo menciona la existencia de nueve pequeñas
manufacturas de sombreros en Barichara de las cuales ocho eran escuelas de
artes y oficios, donde se educaban cien muchachas (33); el resto de la producción
industrial en esas ciudades parecía provenir de la industria a domicilio, quizá con
la excepción de 16 ferreterías en San Gil (34). En cuanto a la producción de
textiles de algodón, no parece haber pasado nunca de la industria a domicilio;
Ancízar dice refiriéndose a la ciudad de Socorro, el mayor centro productor: “... Se
halla de repente el viajero con las primeras casas de la ciudad capital, amobladas
con telares compuestos de maderas toscas y cañas amarradas, y habitadas por
infatigables tejedores de ambos sexos, que a fuerza de industria y parsimonia
fabrican telas y ruanas de vistosa contextura” (35). Esta descripción es muy
similar a la de Mollien en 1823; sólo que éste señalaba el sometimiento de los
artesanos a los comerciantes (36).
La producción textil, de sombreros y demás productos industriales en los
restantes distritos de la región se efectuaba en una industria doméstica rural
comercializada, dentro de las explotaciones agrícolas, o independiente de éstas
en las poblaciones, por lo menos en la época descrita por Ancízar (1850). Los
productores no parecían estar sometidos a un comerciante, sino que, en
ocasiones el jefe de la familia hacía sus veces, y en otras, las mujeres vendían
sus productos a los comerciantes en el mercado del pueblo, esta última forma
parece haber sido predominante en los sombreros. La primera modalidad
comercial se presentaba, sobre todo, aunque no exclusivamente, en los cantones
del Socorro y Vélez que luego formarían parte de Boyacá; tal es el caso del
campesino de Moniquirá en quien: “vi personificado el pequeño agricultor
granadino de las tierras altas...: obediente, laborioso y honrado, está seguro de
satisfacer sus pocas necesidades con los productos ciertos de la industria
doméstica... comerciante por instinto, viaja de mercado en mercado una parte del
año, llevando a la espalda los frutos que cambia en sus multiplicadas
contrataciones, hasta que la estación de siembra lo llama a la estancia, propiedad
suya, donde lo esperan la mujer y las hijas constantemente ocupadas en hilar y
tejer... labra su campo y cuida las nuevas sementeras sin apartarse de ellas…”
(37). La segunda forma de comercio predominaba en los distritos donde la
producción de sombreros de nacuma era la industria principal, como en
Bucaramanga, Pie de Cuesta y Girón en la provincia de Soto y en Zapatoca,
Betulia y San Vicente del cantón de Zapatoca en la provincia del Socorro, aunque
en este caso los campesinos también eran activos comerciantes. De Zapatoca
comenta Ancízar: “... Los hombres pasan la semana en las estancias cuidando y
mejorando sus labranzas o andan en viajes de comercio por las ardientes
soledades del Opón o por los pueblos inmediatos. Las mujeres viven encerradas
tejiendo sombreros de nacuma... ni un vestido sucio, ni un harapo de miseria
mancha el cuadro que después de la misa forman en la plaza de mercado estas
mujeres ejemplares... a las tres de la tarde cesa el comercio de sombreros, cuyo
valor anual se calcula en 31.200 pesos, las mujeres vuelven a sus casas con
manojos de nacuma y desde entonces comienzan el sombrero que habrán de
vender el otro domingo...” (38). La descripción de las tejedoras de sombreros de
Bucaramanga es similar: “... La tejedora permanece toda la semana en la casa...
llega el sábado: el sombrero se ha terminado la noche anterior a la luz del candil...
se encamina a la plaza en busca de los compradores de sombreros, quienes la
esperan sentados... y junto al taburete la rolliza mochila de reales... la vendedora
no se deja engañar por la indiferencia postiza de sus contrarios: sabe que ellos
deben completar las partidas de sombreros exigidas por los comerciantes de
Cúcuta...” (39).
La producción de sombreros en Zapatoca, Bucaramanga, Piedecuesta y Girón
había alcanzado un desarrollo tan considerable que constituía un rasgo
característico de la economía regional. En Bucaramanga había en 1850 tres mil
mujeres ocupadas en la producción de 83.000 sombreros, la mayor parte de ellas
en la zona urbana, que les dejaban 59.000 pesos de ingreso neto anual, con un
gasto de 20.000 pesos en materiales (40). Los ingresos de las artesanas eran
elevados en relación al precio de las subsistencias y debían permitir una vida
cómoda a una familia urbana o ingresos monetarios suficientes a una pequeña
explotación campesina; la siguiente observación de Ancízar confirma lo dicho : “...
habiendo mujer que realiza una renta de 200 pesos anuales, suficiente para cubrir
los gastos de existencia, y algunos de placer y regalo, en un país en que la
manutención abundante no cuesta más de 92 pesos al año... “ (41). En el cantón
de Girón está aún más extendida la producción de sombreros: éste era el
segundo renglón en la exportación regional después del tabaco, los que rendían
ingresos de 112.000 y 120.000 pesos anuales respectivamente en 1850, y
superaba ampliamente el valor de los alimentos de consumo interno, cuyo precio
total fue apenas de 43.900 pesos en ese año (42). En Girón la mayor parte de la
producción provenía de las explotaciones campesinas, como se aprecia en el
párrafo que sigue:
“Hubo, pues, en aquel año, un movimiento de valores por 332.520 pesos, que,
suponiéndolos repartidos con igualdad entre los adultos numerados en el censo de 1850,
como concurrentes a la producción, correspondería a cada uno 38.5 pesos. Y no es
enteramente hipotética esta repartición, pues allí la propiedad territorial es sobremanera
fraccionada, y por consiguiente el bienestar es general y los moradores gastan cierto lujo en
los alimentos...” (43).
La mayor parte de la producción agrícola y una proporción muy considerable
de los productos industriales de Santander en 1850 se originaban en las
explotaciones pequeñas y medianas de los campesinos parcelarios, excepto parte
de los textiles, de los sombreros y la ferretería, que eran producidos por la
industria a domicilio y el artesanado casero en los principales centros urbanos de
la región.
La propiedad parcelaria santandereana se acercaba mucho al modelo clásico,
pues no era sólo una explotación agrícola, sino que también producía artículos
industriales. Pero, se distinguía de él en que la industria doméstica no era un
complemento de la producción agrícola en una economía cerrada, sino una
sección productora de mercancías de la explotación campesina, que subordinaba
a sus necesidades una parte considerable de la producción agrícola de la misma,
la de sus materias primas, como el algodón, el fique, la palma, el tabaco, etc. La
producción agrícola restante incluía principalmente los alimentos de consumo
directo de los campesinos (maíz, fríjol, yuca, plátano, etc.), pero también
importantes productos agrícolas comerciales, como panela, azúcar, tabaco y
cacao, que casi siempre suponían algún grado de elaboración por el productor.
La producción cafetera empezó a desarrollarse en la década de 1860 en
aquellos distritos de Santander del Sur actual donde la industria casera estaba
especializada en sombreros, y con más fuerza en los lugares en que el principal
producto agrícola comercial era el tabaco. En efecto, los municipios cafeteros más
fuertes de Santander pertenecen a los antiguos cantones de Zapatoca en la
provincia del Socorro y de Bucaramanga, Piedecuesta y Girón pertenecientes a la
provincia de Soto. Los sombreros y el tabaco tenían en común la condición de
productos exportables y de que sus exportaciones sufrieron un colapso casi
completo en la segunda mitad del siglo pasado; los sombreros a comienzos de
1860 y el tabaco al final de esa década. La práctica desaparición de la
exportación de sombreros representó un duro golpe para la industria campesina,
que debió descomponer las explotaciones parcelarias más pequeñas, por
privarlas de una parte sustancial de sus ingresos monetarios; pero, los
campesinos se pudieron defender unos años más, especializándose en la
producción de tabaco. La crisis debió sentirse con especial intensidad en la
industria doméstica urbana de Zapatoca y Bucaramanga, pues allí dejaba sin
empleo varios miles de tejedoras de sombreros. Y, en efecto, la industria cafetera
de Santander del Sur empezó a desarrollarse en grande: “... En Bucaramanga, el
cultivo del café tomó gran auge por los años 1860 a 1870, debido a la propaganda
y diligencia del padre Romero (44), cura de la villa; y por los años de los 70, 80 y
90 la venta del preciado grano trajo bonanza económica y prosperidad a muchas
regiones del Departamento...” (45). Sin querer demeritar el buen corazón del
padre Romero con las artesanas sin empleo y sus buenos consejos a los
feligreses ricos de la ciudad, lo cierto es que sin los brazos ociosos de las
tejedoras de sombreros y sin las buenas tierras cafeteras de la provincia de Soto
no hubieran podido surgir las haciendas cafeteras de Santander. En efecto, el
café se conocía de tiempo atrás en ese departamento; los señores Francisco
Puyana y Bernabé Ordóñez sembraron en 1774 las primeras matas de café en
Bucaramanga, de granos traídos de Venezuela, y “... y a por los años de 1840 el
cultivo del cafeto se había iniciado en Vélez y en otros municipios del sur...” (46).
En 1850 se menciona el cultivo de café de buena calidad de Charalá; pero, la falta
de vías de comunicación impedía el desarrollo de esa riqueza, mantenía ociosas
tierras de buena calidad y reducía la agricultura a la producción de subsistencia
(47). En cuanto a la propagación de la industria cafetera, dice Mario Galán: “... De
Bucaramanga se extendieron los cultivos a Lebrija, Rionegro y demás municipios
del Departamento” (48).
La tendencia de las exportaciones nacionales de sombreros y café de 1854 a
1881 ilustran bastante bien lo dicho, pues, en esos años, la mayor parte de tales
productos se originaban en los Santanderes (49). Allí se nota que la drástica baja
de la exportación de sombreros en 1859-64 fue seguida por un rápido ascenso del
café en 1864-67, que permanecía estancada desde 1856 (ver Cuadro No. I.1).
La industria cafetera recibió un notable impulso desde 1858, frenado en parte,
por la expansión de la pequeña producción tabacalera en la provincia de Soto en
esos mismos años: en Girón, el principal centro productor de tabaco de Santander
(50), la producción aumentó rápidamente de 1858 a 1865, por los mismos años
en que se derrumbaba la exportación de sombreros. De 1865 en adelante la
producción de tabaco en ese distrito descendió pronunciadamente, hasta llegar en
1875 a un nivel inferior al de 1858. En los años 1867-70, recién empezada la
caída en la producción tabacalera de Girón, la industria cafetera recibió un nuevo
impulso, qué la llevó de 503.300 pesos en 1864-67 a 1870-73 (ver Cuadros Nos.
I.1 y I.2).
Cuadro I.1. COLOMBIA: EXPORTACIONES DE SOMBREROS Y CAFÉ
1854 - 1881
Cuadro I.2. PRODUCCIÓN ESTIMADA DE TABACO EN LOS
GRANDES CENTROS 1840 – 1875 (Miles de arrobas)
FUENTE: Luis F. Sierra; “El tabaco en la economía colombiana del siglo XIX” Dirección de
divulgación cultural, Universidad Nacional; Bogotá, 1971; Tabla No. 3-VI, p. 98.
El considerable crecimiento en la producción y exportación del tabaco de
Girón en los años 1858-65 no obedeció a condiciones especialmente favorables
en los mercados externos, por el contrario, fue valorado casi siempre muy por
debajo de los de Ambalema y Carmen de Bolívar, y sufrió más intensamente las
coyunturas adversas de precios en 1858-59 y en 1863, pues, mientras las
cotizaciones de otros tabacos se sostuvieron o aumentaron ligeramente, la de
Girón tuvo una fuerte baja (ver Cuadro No. I.3). Este tabaco fue aceptado en el
mercado de Bremen en 1858, cuando la oferta del de Ambalema se había
reducido en un 46.8%, pero, a pesar de la coyuntura favorable, el volumen
desusado de su oferta allí hizo bajar su precio de 36.6 centavos por libra en 1857
a 34.8 en 1858 y a 26.8 en 1859 (ver Cuadro No. I.3). Lo anterior tiende a
confirmar la tesis de que, la expansión del cultivo de tabaco en Santander de 1858
a 1865 correspondió, sobre todo, al esfuerzo de los campesinos parcelarios por
reemplazar la decadente industria doméstica de sombreros por otra fuente más
promisoria de ingresos.
Las cotizaciones del tabaco de Santander en Bremen fueron muy inferiores a
las de los otros tabacos. La diferencia desfavorable de precios del Girón respecto
al Ambalema se fue reduciendo hasta 1856, pero, de ahí en adelante volvió a las
magnitudes de 1853: en 1859 la cotización del primero fue la mitad del segundo y
en 1865 del 60%, y, desde 1860, cuando se empezaron a seleccionar más
cuidadosamente ambos tabacos, el precio del Girón de 1ª clase estuvo por debajo
del de 2ª clase de Ambalema El deterioro relativo del tabaco de Girón respecto al
del Carmen fue aún más dramático, pues su precio era 52% mayor en 1856, pero,
a partir de 1858, cuando el tabaco del Carmen se seleccionó más
cuidadosamente, el precio del Girón estuvo casi siempre muy por debajo de las 1ª
y 2ª clases de aquél (ver Cuadro No. I.3). Esta baja de precio desde 1858 por el
fraude en las calidades se explica por el fraccionamiento de la propiedad
territorial, la reducida monopolización del comercio del producto y la amplitud de
la zona de cultivo (51). Lo anterior parece haber dirigido este tabaco hacia el
mercado interno, en el que debía haber mejorado significativamente su precio,
pues los consumidores del país estaban habituados a la buena calidad del tabaco
de Ambalema, pero desde 1850 se estaba exportando la mayor parte de éste. El
limitado interés de los productores y exportadores santandereanos de tabaco por
los mercados externos se refleja en la evolución de la producción de 1845 a 1858;
del Girón se produjeron 25.000 arrobas anualmente en los años 1845-1850; en
ese último año la producción alcanzó las 40.000 arrobas, como resultado de la
abolición del monopolio estatal del producto, cifra que se mantuvo inalterada
hasta 1855. Sólo fue en 1858 cuando, el cultivo inició una nueva línea
ascendente, que duró hasta 1865, en que empezó a decaer; en efecto la cantidad
producida aquel año fue de 58.000 arrobas, avanzó a 100.000 en 1865 y cayó a
54.000 arrobas en 1875 (ver Cuadro No. I.2).
El descuido en la selección del tabaco de Santander parece expresar, sobre
todo, el escaso interés de los productores y exportadores por los mercados
externos; pues cuando las ventas al exterior se convirtieron en el componente
dinámico de la demanda, desde 1858, y, a consecuencia de ello cayeron
drásticamente los precios de ese tabaco en 1859, se efectuó una selección más
cuidadosa del producto al año siguiente (52), que permitió una notable reacción
en las cotizaciones en el mercado de Bremen (ver Cuadro No. I.3). El desarrollo
de la producción de sombreros fue más ventajoso para los campesinos
parcelarios que la de tabaco de exportación, pues el primer producto tenía un
valor específico notablemente mayor que el segundo, y estaba, en consecuencia,
menos afectado por los elevados costos de transporte. Pero a fines de la década
de 1850 las ventajas comparativas empezaron a favorecer la producción de
tabaco en la región: en primer lugar, el precio del tabaco de Girón en el mercado
de Bremen había estado aumentando a lo largo de la década, aunque se
mantenía por debajo de los de Ambalema y Carmen, pues, mientras en 1853 se
cotizaba a 14 cvs. la arroba, en 1857 alcanzaba ya los 36.6 cvs. (ver cuadro No.
I.4). En segundo término, el precio de los sombreros estaba cayendo y presentaba
violentas fluctuaciones de un año a otro, como se puede apreciar en los pocos
datos presentados por Nieto Arteta para los años 1866 a 1871 (53). De otro lado,
a comienzos de la década de 1870 Santander había dejado de ser centro
importante de producción de sombreros; en efecto, en la Memoria de Hacienda de
1872 don Salvador Camacho dice que la mayor parte de tales exportaciones
procedían de Neiva y Antioquia y el resto de Bucaramanga (54). Y, en tercer
lugar, la exportación de tabaco en Ambalema y Carmen de Bolívar durante los
años anteriores había permitido sustituir la piragua por la navegación a vapor en
el río Magdalena, lo que había abaratado los costos de transporte; y si bien en
este aspecto también estaba en desventaja el tabaco santandereano respecto a
las otras regiones productoras, contiguas a esa vía acuática, hacía más factible la
exportación del tabaco de Girón, aunque ésta no parece haber sido nunca un
negocio muy lucrativo.
Después de 1865 empieza a decaer la producción tabacalera de Santander
como consecuencia de la caída de los precios externos iniciada en 1863, hasta
alcanzar en 1875 un nivel ligeramente inferior al de 1858. Sin embargo, el cultivo
del tabaco no desapareció en Santander como en Ambalema con la crisis de las
exportaciones en 1875-76, sino que continuó siendo un elemento característico de
la economía de ese departamento. De un lado, los comerciantes santandereanos
parece que habían adquirido un firme dominio del mercado nacional del producto,
Cuadro I.3. PRECIOS DE EXPORTACIONES DE TABACOS
DE AMBALEMA, GIRON Y CARMEN EN EL MERCADO DE BREMEN.
1853 -1865
(*) A falta de los precios del tabaco de 1a . en esos años se supuso un aumento absoluto de
precios igual al de los tabacos de 2a.
(**) Ese año se seleccionaron los tabacos del Carmen en 4 clases.
(***) Ese año se seleccionaron los tabacos de Ambalema y Girón en 4 clases.
FUENTE: Luis F. Sierra; op. cit.. Tablas Nos. 2 A-V, 2 B-V, 2 C-V y 3-V, en pp. 112-116.
abandonado por los tabacos de Ambalema, Palmira y Carmen desde 1850, y
habituado a los consumidores del país al gusto del Girón. De otra parte, los
campesinos parcelarios de Santander eran capaces de resistir mejor los precios
bajos que los capitales comerciales que explotaban directamente el negocio en
Ambalema; pues un precio igual al precio de costo del capitalista no le permite a
éste producir, pero en cambio posibilita la reproducción de la propiedad parcelaria.
Y, por último, la industria doméstica rural se fue especializando en las regiones
tabacaleras en la producción de cigarrillos:
“La exportación, aunque notoriamente disminuida, se sostuvo por algún tiempo, pero sus
resultados no fueron ya benéficos sino de quiebra para cultivadores y comerciantes. A pesar
de esa crisis que afectó visiblemente la economía del departamento y la del país en general,
Santander continuó en el cultivo, tratando de mejorar cada vez más la calidad de la hoja para
conquistar por este medio el mercado nacional. Al mismo tiempo perfeccionó la elaboración
de cigarros y dio principio a la industria de cigarrillos que tanto había de significar más tarde
dentro de la economía nacional...” (55).
Las condiciones notablemente adversas de los mercados externos para el
tabaco santandereano desde 1863 arruinaron a numerosos campesinos
parcelarios desde ese año hasta 1875, en que se extinguieron casi por completo
las exportaciones del producto, y debieron dejar a los demás en condiciones muy
precarias. La industria doméstica de sombreros no era ya una alternativa a las
explotaciones campesinas, pues había sido abandonada años atrás. Los
campesinos de Soto y Zapacota consideraron más acorde con sus intereses
transformar la hoja de tabaco en cigarros, agregando, por este procedimiento,
más valor a la materia prima; pero, es muy dudoso que esto les permitiera
compensar significativamente la baja en sus ingresos, resultado de la drástica
caída de precios externos e internos del tabaco.
Grandes masas de campesinos parcelarios debieron quedar ociosos de 1863
a 1875 y muchos otros se debieron sumar en los años siguientes. Paralelamente
al proceso de disolución de la propiedad parcelaria en las regiones tabacaleras de
Santander se fueron desarrollando las haciendas cafeteras: Ancízar sólo se refiere
en 1850 a unos primeros intentos de producir café en el distrito de Charalá de la
provincia del Socorro, en cambio, de los distritos pertenecientes a la provincia de
Soto y al cantón de Zapatoca, que posteriormente serían los mayores productores
de café en Santander del Sur, únicamente menciona las producciones de
sombreros, de tabaco y de alimentos de subsistencia para los mismos
campesinos. Ya en 1874 se produjeron en ese departamento 10.000 sacos de
café, que representaron el 8.8% del total nacional; de ahí hasta 1913 la
producción se multiplicó por 10.5, alcanzando los 105.000 sacos. Esto contrasta
con el crecimiento mucho más lento en las regiones pertenecientes actualmente a
Santander del Norte, donde entre los mismos años pasó de 90.000 sacos a
223.000 (56).
La difusión de la producción de café de Bucaramanga a otras regiones de
Santander ocurrió en las décadas de 1860 y 1870. Este hecho coincidió temporal
y espacialmente con la decadencia en las exportaciones del tabaco
santandereano, producido en ese entonces principalmente en los distritos de la
provincia de Soto y en cantidades apreciable en los del cantón de Zapatoca de la
provincia del Socorro. Llama la atención de que en 1945, ochenta y cinco años
después de iniciada en grande la producción cafetera de Santander del Sur,
todavía se concentrara la mayor parte de la misma en tierras de Soto y Zapatoca:
el 61.4% de los cafetos en producción ese año estaban localizados en los
municipios de Bucaramanga, Girón, Lebrija, Matanza y Rionegro, pertenecientes a
la provincia de Soto, y el 24.3% en los de Betulia, San Vicente y Zapatoca, del
antiguo cantón de Zapatoca; el resto se hallaba diseminado en los otros
municipios del departamento (ver Cuadro No. I.4).
La producción cafetera santandereana se estableció y desarrolló por mucho
tiempo en grandes haciendas, basadas en buena medida en el empleo de peones
asalariados (ver adelante, II.B.2). Pero, a partir de la década de 1910 empezó a
cambiar lentamente el predominio de la gran propiedad: la sustitución del papel
moneda, en el que se basó la circulación monetaria del país desde la
Regeneración, por el oro, ocurrida en esos años, puso en dificultades a los
hacendados, que no pudieron más trasladar automáticamente las bajas en los
precios externos del grano a sus jornaleros, y los indujo a establecer
paulatinamente el arrendamiento y la aparcería en sus propiedades (57); el
fenómeno anterior afectaba muy poco a los pequeños productores del grano, que
no empleaban trabajadores asalariados. Sin embargo, aún en 1925, según datos
de Diego Monsalve, la mayor parte del café de ese departamento se producía
todavía en grandes haciendas (ver II.C); así mismo, el considerable tamaño medio
de las propiedades cafeteras en 1945 (ver cuadro No. I.4), muestra la capacidad
de adaptación de los grandes propietarios de Santander a la difícil situación
monetaria desde 1910 y a la dura prueba de la Ley 200 de 1936.
Cuadro I.4. SANTANDER DEL SUR: CAFETOS EN PRODUCCIÓN Y TAMAÑO MEDIO
DE LAS PROPIEDADES CAFETERAS EN 1945
Miles de arbustos y porcentajes
FUENTE: Mario Galán Gómez; op. cit., p. 351.
Los empresarios cafeteros de Santander no sólo dispusieron de grandes
contingentes de campesinos arruinados en la producción de tabaco, a partir de
1863, sino que pudieron ocupar abundantes tierras baldías aptas para la
producción de café en Soto y Zapatoca, bien comunicadas por los ríos Lebrija y
Sogamoso con el Magdalena. Ancízar refiere de Soto: “Tiene la provincia de Soto
249 leguas cuadradas, 113 de ellas desiertas. Los ríos Sogamoso y Lebrija le dan
fácil acceso al Magdalena, contra el cual se recuestan 64 leguas cuadradas de
tierras inmejorables para la cría de ganados, y plantaciones de café, caña, cacao
y añil, pero aún no desmontadas ni utilizadas...” (58). En el cantón de Zapatoca
no menciona explícitamente tierras cafeteras, pero sí pone de presente la
ocupación reciente de Betulia y San Vicente, así como la reducida densidad de
población, la abundancia de tierras baldías y su economía de subsistencia,
derivadas de la anterior. Del primero dice: “No hace mucho tiempo que la
fundación de Betulia... interrumpió con su modesto caserío la continuidad del
desierto por este lado, que como a la banda del oeste se extendía
indefinidamente... hoy cuenta con 1800 habitantes...” (59). En cuanto a San
Vicente: “En mitad de estas soledades (selvas del río Chucurí)... se halla el pueblo
de San Vicente, con 500 vecinos segregado de la vida civil, sin artes ni comercio,
y subsistiendo de las dotes inagotables y casi espontáneas de la tierra...” (60).
Los empresarios requerían para la formación de haciendas cafeteras, sobre
todo, poder controlar la fuerza de trabajo y las tierras aptas para producir café. La
disponibilidad inmediata de dinero era un factor secundario, pues la mayor parte
de las inversiones fijas y de explotación del cafetal consistían, hasta el desarrollo
de la variedad caturra en la década de 1960, en el trabajo de los productores
directos (ver II.A). Esto es especialmente válido en Santander, donde el
procesamiento final de café se hacía artesanalmente. Cabe observar, sin
embargo, una notable acumulación de capital-dinero en el activo comercio interior
y exterior de la región, así como la reducción de sus esferas de inversión
lucrativa, resultado de la decadencia de la industria de sombreros primero y
posteriormente de la producción de tabaco. El capital acumulado en Santander a
mediados de la década de 1880 era muy considerable: según estimativos de
Camacho Roldan la riqueza del Estado alcanzaba los 80 millones de pesos, lo
que se compara favorablemente con los 75 a 80 millones en que valoraba el autor
la de Antioquia (incluido Manizales), pero en este caso los capitales eran grandes
y se concentraban principalmente en Medellín y algunos en Manizales, en tanto
que en Santander había muchos pequeños capitalistas (61). De éste escribe
Camacho Roldan:
“...Santander... donde la población enérgica y trabajadora ha suplido con la industria las
deficiencias del suelo inclinado, empobrecido por la falta de bosques surte de azúcar y
melaza a Boyacá y Santander, exporta de sus valles de Cúcuta. Bucaramanga y Ocaña
200.000 quintales de café, provee con Boyacá los vestidos de los habitantes del interior con
sus tejidos de algodón... “La riqueza de este Estado debe aproximarse a $80.000.000, pues
sus tierras, aunque apenas de mediana fertilidad, valen generalmente de $80 a $150 por
hectárea... el número de capitalistas de $ 1.000 a $ 4.000 se cuenta por decenas de miles
entre sus habitantes. No hay tal vez un solo millonario en esa región; pero en cambio es muy
notable la proporción de eso que se llama 'hombres acomodados'“(62).
La disolución de la propiedad parcelaria santandereana no parece haber
dependido solamente de factores económicos, sino más bien, que éstos
agudizaron el proceso de expropiación directa de los campesinos presente a todo
lo largo de la segunda mitad del siglo XIX. Se ha planteado la tesis de que la
expropiación fue la base oculta de las guerras civiles del siglo pasado (63), gran
parte de las cuales se libraron en Santander; esto es bastante difícil de probar,
pero sin duda ese fue el efecto de la lucha. La descripción de Mario Galán de la
mujer santandereana atendiendo la industria doméstica mientras el hombre se
ocupaba en la agricultura o hacía la guerra, llama la atención sobre las constantes
interrupciones a que estaba sometida la producción por las luchas civiles. Miguel
Samper escribía al respecto en 1867:
“Rebaños de aquellos ciudadanos... entran a los cuarteles bajo la garantía de la soga,
dejando sus familias, sus talleres, sus labranzas bajo la garantía del tinterillo que ha
empuñado el bastón de alcalde...” (64).
Pero el abandono de la explotación agrícola durante la guerra no fue el
principal factor de disolución de la pequeña propiedad derivada de las contiendas
civiles; lo fueron mucho más, la destrucción de documentos en las notarías, las
expropiaciones decretadas por los estados y por el gobierno central y la
incautación de ganados y cosechas por los ocupantes de turno. Veamos el
testimonio de Miguel Samper:
“Los rebeldes entre tanto han ido formando sus guerrillas... Desgraciado el primer pueblo
que escojan para proclamar sus principios, porque los labriegos son arrastrados a la fuerza,
los propietarios puestos a recate, las rentas y edificios públicos saqueados... En los archivos
de los juzgados, notarías y cabildos se buscan los procesos, las escrituras y todo cuanto
documento pueda, con su ocultación, establecer la impunidad, cancelar las deudas o preparar
albricias para más tarde...” (65).
Más adelante se refiere al hurto de la propiedad mueble y a las retaliaciones
de los gamonales de las poblaciones:
“Las partidas enemigas se cruzan por doquiera, deteniéndose en los poblados el tiempo
necesario para recoger los ganados y las bestias, deponer las autoridades, establecer otras,
vejar a los neutrales, ultrajar y despojar a los del contrario bando. El gamonal o tinterillo A, es
por la mañana alcalde y sirve de guía a los sabuesos para encontrar en sus escondites a sus
enemigos personales, que califica de enemigos de la causa: por la tarde le llega el turno al
compadre B, que es del otro partido y que no se queda atrás en punto a represalias” (66).
En cuanto a las expropiaciones decretadas por los estados federales, son
ilustradas bastante bien por un proyecto presentado por Aníbal Galindo en 1879,
en el que se pedía la reposición de los derechos de los rebeldes de la guerra de
1876, cuyas propiedades habían sido confiscadas y rematadas por los estados de
Cauca y Cundinamarca: dice en su exposición de motivos:
“Permítaseme decirle: los rematadores de las fincas confiscadas a los rebeldes de la
última guerra civil, sólo adquirieron un derecho de simple expectativa, sujeto a la ratificación
de las leyes federales...
“... Las leyes cundinamarquesas que durante la última guerra civil abrieron el camino
para estas confiscaciones han causado más daño moral a la sociedad que todos los daños
materiales causados por la revolución. “El espectáculo que hoy ofrecen millares de
colombianos despojados de sus propiedades en el sur del Cauca, vagando en la miseria y
consignados al látigo de los esbirros del Ecuador, es realmente afrentoso...” (67).
Las observaciones anteriores muestran las condiciones generales
extremadamente desfavorables creadas por las guerras civiles para propietarios
rurales, que son particularmente válidas para Santander, donde se libraron buena
parte de las batallas. Es pertinente referirse a esos hechos aquí, porque, la
expropiación de los campesinos parcelarios santandereanos no se limitó a los
años de conflictos bélicos, sino que también fue muy intensa en tiempos de paz.
El valioso testimonio de Manuel Ancízar ilustra muy bien este punto: según él, los
gamonales y caciques locales se valieron de la complejidad de los códigos,
algunos de ellos coloniales, y de la ingenuidad de los campesinos para promover
litigios entre ellos con el fin de expropiarlos más adelante. Empecemos por
Zapatoca, donde el proceso estaba en sus comienzos por el tiempo de su visita:
“Sobre este pueblo afortunado y tranquilo cayó de repente el azote de los tinterillos... ora
tramando por cuenta propia ora empleando su infernal habilidad en fomentar rencillas que no
faltan entre los vecinos, ha creado tal cúmulo de causas criminales, que la mitad de ellos se
hallan comprometidos como reos de imaginarios delitos, y la otra mitad como testigos, a
quienes han hecho perjurar para sumariarlos si no le rinden obediencia... Por manera de
cuando estuvimos en Zapatoca se hallaban divididos los moradores en dos bandos: los
secuaces del tinterillo y sus opositores o víctimas. El ha sabido insinuarse en los negocios
cantonales y ha introducido una especie de policía chicanera, sin cuya intervención y licencia
no puede darse un paso, nadie puede reunirse ni aun para la diversión más inocente...
Cuando más adelante tuve la ocasión de contemplar la ruina de dos pueblos que fueron
prósperos, Mogotes y El Páramo, convertidos en campos de discordia y desolación por otros
malvados del mismo oficio... comprendí hasta dónde puede llegar la candidez de nuestros
pueblos de agricultores y la maldad de algunos hombres...” (68).
En Mogotes, donde la acción expropiadora había avanzado mucho, el cuadro
de ruina y desolación evoca las descripciones de Marx en la “Acumulación
Originaria” sobre Inglaterra:
“...Consta éste de un caserío extenso, interrumpido a trechos por ruinas recientes de
habitaciones, donde antes moraban familias acomodadas, industriosas y pacíficas, que en
número de 700 hubieron de abandonar sus hogares y emigrar, perseguidos y arruinados por
los malvados tinterillos, que cual buitres cayeron sobre el pueblo, sembrando la discordia y el
aborrecimiento y mataron en flor la prosperidad del lugar, que sin ellos y los malos curas, sus
cómplices en la obra de destrucción, sería la joya más preciada del cantón de San Gil...
“...Mientras subsista el sistema de enjuiciamiento que nos legaron nuestros abuelos, de
todo punto incompatible con el régimen civil de la República, los picapleitos brotarán entre los
tenebrosos laberintos de la vieja legislación...” (69).
La expoliación de los campesinos concentró la riqueza en manos de los
expropiadores:
“Al poniente de Mogotes queda Pataquero, distante tres leguas y media del buen camino,
que atraviesa por tierras feraces, limpias y bien ragadas, con las cuáles hacen triste contraste
las casitas abandonadas y los restos de cercados en que antes de la discordia introducida por
los tinterillos se aposentaban familias enteras de agricultores, cuyas mujeres e hijas tejían las
afamadas mantas de Mogotes. Hoy la emigración ha dejado desiertas las estancias y
cabañas y se conoce la pesadumbre con que sus dueños la abandonaran, por el cuidado con
que amontonaron ramas de espino en el hueco de la puerta para impedir el daño de los
animales; inútil precaución, pues los matorrales invadían y desquiciaban las humildes
paredes, y los fuertes vientos arrancaban pedazos del techo desamparado. La impresión que
causa la vista de estas ruinas, imagen de la resignación del desvalido, es indecible,
mayormente si se comparan con la infame riqueza y las cómodas habitaciones del tinterillo
que se ha dejado tranquilo y satisfecho reposando en las mejores casas del pueblo...” (70).
Los campesinos arruinados en Socorro (71) debieron emigrar inicialmente,
sobre todo, a los poblados de la provincia de Socorro y de Vélez, donde se
ocuparon en la industria textil, en la que tenían considerable experiencia; también
buscaron empleo en la producción de sombreros en Bucaramanga, Girón y
Zapatoca y algunos se radicaron en las zonas rurales de las provincias de Ocaña
y Santander (72), pertenecientes actualmente a Santander Norte, como jornaleros
en las haciendas cafeteras y azucareras o en nuevas explotaciones campesinas
formadas en las grandes extensiones de tierras baldías de esas provincias. En
efecto, las descripciones de Ancízar en 1850-52 se refieren al elevado porcentaje
de trabajadores por cuenta ajena y al desempleo en las villas de Socorro, San Gil,
Vélez y Barichara, a las numerosas mujeres dedicadas a tejer sombreros en la
parte urbana de Bucaramanga y al peso considerable de los jornaleros en la
población activa de la provincia de Santander, fenómenos todos ellos explicables
por fuertes migraciones campesinas.
El cuadro de relativa abundancia del Socorro en 1850, descrito por Ancízar,
parece denotar un aceptable crecimiento de las industrias de la región desde la
independencia, favorecido por la clara política proteccionista del gobierno central.
En cambio durante la segunda mitad del siglo XIX, la industria textil de la región
estuvo notablemente estancada, y, aunque no desapareció, como afirma Indalecio
Liévano, si se redujo mucho su crecimiento (73). La mayor eficacia de la gran
industria inglesa y el desarrollo de la navegación a vapor por el Magdalena en esa
época, estaba permitiendo a las telas importadas abastecer una proporción
creciente del mercado nacional, pero como éste estaba aumentando
notablemente por la expansión de las exportaciones, la industria socorrana pudo
mantener su producción (74), especializándose en tejidos de algodón y lana más
burdos, para los sectores pobres de la población y en empaques y cordelería de
fique para atender a las exportaciones de tabaco y café de los Santanderes:
“A medida que crecía y se enriquecía la población del país, y que la mercancía extranjera
relegaba la producción de telas nacionales a las clases más toscas, tendían éstas a quedar
incorporadas en el 'batán'. Con este nombre se ha designado entre nosotros un conjunto de
artículos de la industria casera: costalería y cordelería, alpargatería, artefactos de cuero, y
también, los tejidos de algodón y de lana más ordinarios...” (75).
La ideología librecambista de los liberales radicales en el poder desde 1850,
tuvo poco que ver con el decaimiento de la producción textil socorrana;
ciertamente el arancel dejó de ser un instrumento proteccionista y se convirtió en
un simple recurso fiscal, pero, por esto mismo, los impuestos de importación no
sólo no se redujeron, sino que incluso aumentaron en los años siguientes. La
razón de esto es muy simple: la reforma fiscal de 1850 abolió el monopolio del
tabaco y otros gravámenes coloniales y transfirió otros impuestos a las provincias
y los municipios, lo que reducía los ingresos tributarios del gobierno central
prácticamente al impuesto a las importaciones (76). Luis Ospina muestra en su
bien documentada obra que los gravámenes a los textiles importados
aumentaron, en general, entre 1845 y 1880:
“...Las telas de consumo más corriente, sobre todo las de algodón, estaban fuertemente
gravadas, y esos gravámenes van en aumento a medida que avanza el período de manera
que al final son muy altos, en proporción al valor inicial.
“En esta primera etapa (1845-1861) del segundo período librecambista se había llegado
a una altura en los gravámenes sobre los textiles que no se había visto antes.
“Este fenómeno, con alguna intermitencia, se continúa en la segunda etapa (1861-80),
sin que ello implicara que la tarifa dejara de ser eminentemente fiscal y librecambista...” (77).
El estancamiento de la producción textil del Socorro, después de 1850, debió
orientar las migraciones campesinas de esa región hacia Bucaramanga y Girón,
en la provincia de Soto, y a Zapatoca, donde en esos años se estaba
desarrollando mucho la industria de sombreros; pocos debieron ir a tierras del
Norte de Santander actual, como parece denotarlo el estancamiento de la
producción cafetera en la década de 1850, ubicada principalmente allí (ver Cuadro
No. 1) (78). Cuando la producción de sombreros de Soto y Zapatoca entró en
crisis a comienzos de 1860, y unos años después, en 1865, empezó a decaer la
de tabaco; esto permitió desarrollar la producción cafetera a escala comercial en
Bucaramanga y Girón y la impulsó notablemente en Norte de Santander. Esto se
manifiesta en un notable aumento de las exportaciones de café entre 1860 y
1874. El rápido desarrollo de la industria cafetera en la provincia de Soto no
parece haber sido suficiente para absorber las grandes masas campesinas y
trabajadores urbanos arruinados por la decadencia de las producciones de
sombreros y tabaco y a causa de las guerras civiles, sino que muchos de ellos,
quizá la mayor parte, debieron emigrar a las zonas cafeteras de Ocaña,
Santander y Venezuela. A este respecto, Salvador Camacho se refiere a una gran
colonia de socorranos dedicados a la producción de café en Táchira, hacia el año
1885: “ Por desgracia, las tierras que ocupa no son de las más fértiles y aunque a
fuerza de trabajo logra rodearse de una abundancia comparativa, se muestra
dispuesto a cambiar de teatro de acción (el habitante del Socorro) en busca de
otros más favorecidos por la naturaleza, y aparte de haber enviado no pocos de
sus hijos a cultivar las tierras calientes de Boyacá y aun Cundinamarca, es suya,
quizá en su mayor parte, una colonia de más de 30.000 colombianos que se
ocupa en el próspero cultivo del café en los distritos fronterizos de Venezuela...”
(79).
A medida que la producción de café en Santander alcanzó una magnitud
considerable en el último cuarto del siglo pasado y la industria tabacalera de la
región se repuso del descalabro en el comercio exterior de los años anteriores y
volvió a crecer, se debieron reducir considerablemente las migraciones a Ocaña,
Salazar y Cúcuta. Quizá ésta sea la explicación del lento crecimiento de la
producción cafetera norte santandereana, que sólo aumentó en 147% entre 1874
y 1913, mientras en Santander Sur se decuplicó en esos mismos años.
La producción cafetera de Santander Norte no empezó a desarrollarse a
escala comercial en haciendas, como en el caso de Soto, sino por campesinos
parcelarios del cantón de Salazar en la provincia de Santander, hacia 1834. La
industria doméstica no había logrado aclimatarse en la provincia, debido al activo
comercio exterior realizado a través de Venezuela por los cucuteños, y al elevado
consumo de productos extranjeros, que en solo ropas alcanzó a 394.250 pesos
en 1851. De ahí que una economía campesina notablemente cerrada necesitara
desarrollar un producto agrícola comercial, como el café. Ancízar dice refiriéndose
al distrito de Salazar de las Palmas, capital del cantón de ese nombre: el cura
Romero (el mismo de Bucaramanga) empezó a impulsar el cultivo de café en
1834; ya en 1851 se exportaron del distrito 6.000 quintales del producto,
“recogiendo cerca de 80.000 pesos en cambio de ese precioso grano, los cuales
se distribuyeron entre multitud de cosecheros pequeños, que hoy bendicen a su
buen cura” (80). La considerable producción campesina de café en el distrito de
Salazar de las Palmas es consistente con la información del autor sobre amplias
capas medias en el cantón, que comprendían a 2000 trabajadores (ver Cuadro).
Cuadro I.5. FUERZA DE TRABAJO Y CONSUMO DE ROPA EXTRANJERA EN LA
PROVINCIA DE SANTANDER POR CANTONES EN 1851
(*) Indios
FUENTE: Manuel Ancízar; op. cit., pp. 520ss.
Sin embargo, no parece probable que los campesinos parcelarios de Salazar
de las Palmas produjeran siquiera la mitad del café exportado por la provincia de
Santander a comienzos de la década de 1850. El gran número de jornaleros en
los cantones de San José, Rosario y el resto de Salazar indican la existencia de
grandes haciendas cafeteras; los jornaleros constituían el 66.5% de la población
activa provincial en 1851 y el 68.8% en la de Salazar (ver Cuadro I.5). De otro
lado, para los comerciantes de Cúcuta y el resto de la Provincia, que habían
acumulado apreciables sumas de capital-dinero en un activo comercio exterior, las
haciendas cafeteras debían representar una inversión muy lucrativa: los
cucuteños eran los encargados de exportar el café de Santander, los sombreros
de Soto y Zapatoca vendidos a Estados Unidos y Cuba y cerca de 300.000 pesos
en telas del Socorro y Boyacá consumidas en ese entonces en Venezuela, según
datos de Camacho Roldan. Los 205.000 pesos consumidos en ropas extranjeras
por los comerciantes y terratenientes de la región pueden dar idea de la riqueza
que habían logrado acumular. Por último, los 80.000 pesos que valió la
exportación cafetera de los campesinos parcelarios de Salazar en 1851, según
Ancízar, no alcanzaban a la tercera parte de los 288.000 pesos del café exportado
en 1854-55, originado en su mayor parte en Santander Norte.
La industria cafetera de Ocaña, que llegaría a ser importante en los años
siguientes, parecía estar en sus comienzos en 1851, aunque ya era uno de los
productos de exportación de la región. Esa provincia era al tiempo de la visita de
Ancízar muy deshabitada, con una población campesina amplia, radicada en
explotaciones recién arrebatadas a la selva y ocupada principalmente en la
producción de bienes de subsistencia (maíz, frijoles, plátanos, papas, etc.) (81),
complementada por una industria doméstica bastante variada. “... En el interior de
las familias pobres se manufacturan lienzos de algodón, ruanas de lana e hilo,
mantas, manteles, toallas, encajes finos, sombreros de nacuma y palma y obras
de talabartería...” (82).
2. La formación de la gran propiedad territorial en Cundinamarca y el oriente
del Tolima y el desarrollo de las haciendas cafeteras en la segunda mitad del
siglo XIX.
El efecto de la partición de los resguardos en la formación de la gran
propiedad en el oriente del país ha sido enfatizado por quienes se han ocupado
del estudio de la propiedad territorial en el siglo pasado, por lo que sólo debería
mencionarse aquí muy de pasada, si hubiera acuerdo en ciertos puntos
importantes. Algunos autores modernos (83) han interpretado muy a la ligera la
explicación de Camacho Roldan sobre la partición de todos los resguardos en
1850, la venta inmediata de las parcelas indígenas a los terratenientes y la
emigración masiva de los indios a trabajar como peones a las “plantaciones'' de
tabaco en Ambalema. Los terratenientes concentraron efectivamente la tierra de
los resguardos de Cundinamarca y Boyacá, pero este proceso parece haber sido
bastante lento desde 1835-1840, cuando se midieron y asignaron las parcelas de
muchos de ellos, hasta 1858 más o menos, en que la complicación de la
legislación sobre la división de bienes comunes permitió a los grandes
propietarios la compra anticipada de numerosas parcelas a precios ínfimos,
intensificando considerablemente la partición de las comunidades indígenas. Sólo
una parte de éstas se dividió en 1850 y la concentración de los lotes fue
inicialmente lenta. Según Friede, pocos resguardos del Cauca se parcelaron
entonces, debido al apegamiento de los indios a la propiedad colectiva de la
tierra, y los restantes tuvieron una época de relativa estabilidad desde 1840, luego
de la venta de los lotes para el sostenimiento de la escuela y los gastos de
agrimensura, hasta la Ley de 1890 (84). En Cundinamarca también subsistieron
resguardos importantes hasta fines del siglo XIX: Hernández Rodríguez se refiere
a la partición del resguardo de Suba en 1878, que tenía 699 indígenas comuneros
en ese momento (85) y Diego Mendoza Pérez afirmaba en 1897 haber conocido
recientemente en su despacho de abogado la división de comunidades indígenas
(86).
La Ley de 1832 dispuso la repartición inmediata de los resguardos y su
división en doceavas partes, dos de las cuales se destinarían para el
sostenimiento de la escuela y los gastos de medición, pero prohibía la venta de la
parcela hasta diez años después de la entrega (87); esta prohibición se extendió
veinte años más en 1843. La Ley del 22 de junio de 1850 autorizó a las cámaras
provinciales el repartimiento de los resguardos y permitió la enajenación inmediata
de las parcelas (88).
En cumplimiento de lo dispuesto en 1832 se repartieron muchos resguardos
en todo el país de 1836 a 1840, y aunque las parcelas no se podían enajenar, no
pasaba lo mismo con los lotes de la escuela y los gastos de agrimensura, que se
vendieron generalmente en los primeros años de la década de 1840 y
constituyeron la base inicial para la formación de grandes propiedades. Las
haciendas “La Constancia” y “El Retiro” formadas del resguardo de los indios
pascas partieron de los lotes de la escuela y los gastos de medición, vendidos en
1839 y 1840 (89). La hacienda “Las Julias” en Chocontá también partió de la
adquisición de Maldonado Neira —dueño de la mayor hacienda de la región— de
tales terrenos en 1851, vendidos inicialmente a otro en 1844 (90).
Cuando se autorizó a los indios a vender sus parcelas en 1850, parece que
sólo quienes estaban en peores condiciones hicieron uso de este derecho los
años siguientes. El primer propietario de “Las Julias“ sólo logró comprar dieciséis
lotes entre 1851 y 1868 a los miembros de las mismas familias (91); de los
vendedores siete eran mujeres y cuatro propietarios de menos de dos hectáreas,
las primeras llevadas por su manifiesta incapacidad de manejar sus tierras y los
segundos debido al reducido tamaño de las mismas (92). En 1868 Maldonado
Neira había conseguido adquirir sólo 100 fanegadas, que fueron vendidas por su
hijo al señor Porras en 1896; este último logró hacer 31 compras de mayor
tamaño de ese año hasta 1947, que le permitieron aumentar la hacienda a 187
hectáreas (93).
La venta de las parcelas de los indios hasta finales de la década de 1850 no
parece haber sido rápida ni a precios muy bajos, pues provenían principalmente
de los resguardos divididos en 1836-1840, en los que se entregó directamente la
propiedad de los lotes a los miembros de la comunidad. La práctica de vender
anticipadamente las parcelas surgió, según Hernández Rodríguez, en los
resguardos partidos en la segunda mitad del siglo XIX. Los resguardos de Chía y
Chocontá se parcelaron directamente entre los indios en 1839 y los terratenientes
concentraron la tierra después de la división del resguardo. Esto contrasta con la
partición del resguardo de Suba, ocurrido en 1878, en que se compraron
anticipadamente los derechos de 199 indígenas de un total de 699 (94).
Dos factores parecen haber incidido en las ventas anticipadas a precios
ínfimos de las parcelas de los resguardos divididos después de 1850: el
minúsculo tamaño de los lotes y la progresiva complicación de la legislación sobre
división de bienes comunes. El tamaño de las explotaciones repartidas en Saucío
no era muy pequeño, por ejemplo, Felipe Valenzuela recibió 20 fanegadas y 4.800
varas y Pedro Landino fanegada y media de una clase y cuatro fanegadas y 6.800
varas de la otra; los problemas se les presentaron a aquellos que dividieron sus
fundos entre los miembros de la familia (95). En cambio, el tamaño de los
derechos en el resguardo de Suba era de 4.500 y 2.250 varas cuadradas.
De otro lado, después de 1850 los indios sólo tenían derechos indeterminados
sobre las tierras del resguardo antes de su partición. Diego Mendoza Pérez decía
en su “Ensayo sobre la evolución de la propiedad privada en Colombia”, escrito en
1897, lo siguiente:
“En los juicios sobre división de comunidades de que hemos tenido conocimiento en
nuestro despacho de abogado, hemos visto no sin sorpresa que los comuneros venden cada
derecho en la comunidad por unos pocos centavos, sin saber a qué corresponden: de donde
resulta que con unos pocos pesos se adquieren grandes proporciones de tierra.
“Nos explicamos que las cosas pasen así: las leyes sobre división de bienes comunes
han sido últimamente muy complicadas y costosas: de manera que los primitivos comuneros,
dueños de uno o más derechos indeterminados, no tienen con qué hacerlos efectivos y
prefieren ceder... En resumen: los dueños de los resguardos, realizada la venta, quedan en
cierto modo en condición de siervos de la gleba” (96).
La suerte de los miembros de las comunidades indígenas cundinamarquesas
disueltas el siglo pasado no se ha aclarado suficientemente. Los autores
modernos que se han referido al tema se han limitado prácticamente a tomar
partido por las explicaciones de la “proletarización” de Camacho Roldan o de la
servilización de Miguel Samper (97).
La aparente contradicción entre los dos autores parece provenir de que se
referían a épocas distintas, el primero a 1858 y el segundo a la década de 1890,
pues las apreciaciones de Samper en “La Miseria en Bogotá”, escrita en 1867,
son similares a las de Camacho; en efecto, allí se dice: “El movimiento que se
verificó en Ambalema y sus contornos fue tan rápido como vigoroso y vivificante...
Los brazos que el monopolio del tabaco empleaba para su cultivo fueron desde
luego insuficientes para la tarea de la libertad, y una gran corriente de jornaleros y
trabajadores de todas clases, partió de las faldas y mesas de la cordillera hacia
las vegas del Magdalena y sus afluentes...” (98). Camacho Roldan escribía,
refiriéndose a 1858: “Autorizados para enajenar sus resguardos en 1858,
inmediatamente los vendieron a vil precio a los gamonales de sus pueblos, los
indígenas se transformaron en peones a jornal, con un salario de cinco a diez
centavos por día, escasearon y encarecieron los víveres, las tierras de labor
fueron transformadas en dehesas de ganado, y los restos de la raza poseedora
siglos atrás se dispersaron en busca de mejor salario en las tierras calientes, en
donde tampoco ha mejorado su triste condición. Al menos, sin embargo, han
contribuido a la formación de esas haciendas notables que pueden observarse en
todo el descenso de la cordillera hacia el sur y hacia el suroeste hasta
Ambalema...” (99).
El pasaje anterior de Camacho Roldan ha sido interpretado, en forma inexacta
como la venta de las parcelas de los resguardos en 1850 y la emigración de los
indios a trabajar como jornaleros en Ambalema pero allí se habla de 1858 y de
migración a las haciendas “ en todo el descenso de la cordillera hasta Ambalema”,
donde inicialmente se criaba y cebaba ganado y posteriormente, en las tierras
templadas, se produciría café y ganado; el hasta, parece indicar que en
Ambalema también se establecieron haciendas ganaderas. La descripción de
Camacho Roldan no es cierta cuando habla de la completa extinción de los
resguardos en 1858, pues como ya se vio, ese proceso abarca toda la segunda
mitad del siglo XIX pero quizá exprese la profunda impresión causada al autor por
la iniciación de la etapa de compras previas observada por Hernández Rodríguez.
La tesis de la “proletarización” de los indígenas en las “plantaciones” o las
factorías de tabaco en Ambalema es insostenible: de un lado, Camacho Roldan
dice que la situación de los indios no mejoró en las tierras altas ni en las calientes,
pero, según Medardo Rivas “...mientras que el jornal de los artesanos en
Ambalema, Honda y todas las regiones productoras de tabaco, era hasta de seis
pesos diarios, para Bogotá apenas mejoraba…” (100). La tesis de una fuerte
migración indígena es incompatible con los bajos ingresos de los migrantes en las
tierras altas y en Ambalema a no ser que los indígenas llegaran a otras partes,
donde los salarios fuesen también muy bajos y / o existiese una notable
inmovilidad de la fuerza de trabajo entre las actividades o de los oficios al interior
de las mismas. Las elevadas remuneraciones en Ambalema respecto a otras
partes del país sugieren una escasez relativa de trabajadores en la primera y una
reducida movilidad geográfica y por ramas de la producción de los mismos, por
ejemplo, entre el cultivo de tabaco y la ganadería. Así, cuando Medardo Rivas
quiso establecer potreros para cebar ganado en “Guatequisito” tuvo que conseguir
peones antioqueños en Manizales (ver arriba). Murillo Toro expresaba en una
carta escrita a Miguel Samper en 1853 su preocupación por que los terratenientes
estaban siendo los grandes beneficiarios del auge tabacalero en Ambalema; pues
estaban acaparando las tierras baldías contiguas a sus propiedades, reteniendo a
sus cosecheros de tabaco y controlándolos por medio de la obligación de
venderles el producto (101). De otra parte, el cultivo del tabaco era realizado por
familias de cosecheros; los asalariados eran ocupados en las factorías donde se
preparaba el producto para la exportación, pero allí empleaban principalmente
mujeres; Medardo Rivas decía al respecto lo siguiente:
“Es que la industria de tabaco es más democrática que la de las quinas, la ceba de
ganado, el cultivo de café o la extracción de añil; porque los tabacales no se pueden cuidar
sino por las familias, quienes reciben un jornal remunerador para todos sus miembros, y esto
establece íntimas e indispensables relaciones entre el propietario, el capitalista y el cultivador.
“Magníficas factorías donde se recibía el tabaco, se preparaba para la exportación o se
elaboraba para el consumo, y donde más de doscientas mujeres, en cada una de ellas, bien
vestidas, cargadas de oro y alegres y contentas... ganaban un jornal como nunca se había
visto en el país” (102).
Es ilusorio pensar que las familias indígenas pudieran dedicarse de la noche a
la mañana a un cultivo tan complicado como el tabaco, y no sólo eso, sino a la
producción del de mejor clase en el país. Las haciendas de ceba de ganado en
Ambalema si parece que dieron ocupación a peones de tierra fría, por ejemplo,
Medardo Rivas tenía en “Guatequisito” indios sabaneros (103), pero la ganadería
extensiva genera muy poco empleo.
Las observaciones anteriores no pretenden negar la existencia de migración a
Ambalema, sino señalar que sólo una pequeña parte de ella estaba integrada por
indios de los resguardos de Cundinamarca, la mayoría de éstos se quedó en las
haciendas ganaderas que se estaban montando en las tierras templadas y
calientes de ese departamento. Medardo Rivas habla de migrantes en Ambalema,
pero de todo el país: “... apenas el trabajo se manifestó fecundo y remunerador en
Ambalema, de todos los puntos de la República afluyeron allí hombres de
diversas condiciones sociales y de todas las profesiones en busca de trabajo y
ayudaron a civilizar esas regiones” (104). Es más posible que el crecido número
de nuevos cosecheros y trabajadoras de las factorías, necesarios en Ambalema,
vinieran de Carmen de Bolívar, Girón y Palmira, las otras zonas tabacaleras
importantes del país, atraídas por las más altas cotizaciones de este tabaco y la
más temprana eliminación de las trabas del monopolio, pues a la casa “Montoya,
Sáenz y Cia.” se le permitió establecer factorías para la exportación desde 1846.
Miguel Samper no parecía tener una visión clara de las migraciones indígenas
en 1867. Así, en un pasaje de “La Miseria en Bogotá” anterior al citado decía:
“... Las costas y las hoyas de los ríos continúan brindándonos con la riqueza
natural en todas sus formas las mayores facilidades para el cambio interior y
exterior de los productos de la industria; pero la población no baja de las faldas y
mesas sino con lentitud y precaución, porque allí donde está la riqueza fácil, la
muerte ha establecido también su imperio...” (105). Ahora bien, en la misma parte
donde habla de las migraciones se refiere a la evolución de los ingresos de las
distintas clases sociales en Bogotá como resultado del aumento de la demanda
de mercancías en Ambalema, pero de los salarios de los peones no dice nada;
curioso olvido en un conocedor de la economía política: “La presencia de un
número tan considerable de trabajadores, que tenían medios y hambre atrasada
de consumir, estimuló la actividad de todos los servicios, la fecundidad de todos
los capitales, la aptitud productiva de todas las tierras, no sólo en el teatro mismo
de los sucesos, sino en toda la comarca, que sentía el vacío dejado por la
emigración y la demanda activa de todo cuanto podía satisfacer las nuevas y
crecientes necesidades. Bogotá, su sabana y los demás pueblos circunvecinos
sintieron pronto los efectos de este movimiento, y no quedó clase social que no se
aprovechara de ellos. El propietario de la tierra vio elevarse sus arriendos; el
capitalista no tuvo suficiente dinero para colocar; el joven pisaverde halló nuevos
escritorios y colocaciones; el artesano tuvo que calzar, vestir y aperar al
cosechero enriquecido; y el agricultor completar con carnes abundantes, papas,
queso y legumbres, el apetito del nuevo sibarita que poco antes tenía de sobra
con plátano y bagre“ (106). Los indios de los primeros resguardos disueltos en
1850 se transformaron inicialmente en peones de los nuevos propietarios de
tierras del resguardo, pero al poco tiempo, hacia 1857, parece haberse
desarrollado el peonaje por deudas. Fals Borda dice de Saucío: “Maldonado Neira
dio empleo a obreros de la localidad... De las listas se infiere claramente que
muchos de estos trabajadores pertenecían a familias que habían tenido que
vender sus tierras. Maldonado Neira no los llamaba concertados sino peones...
Hay indicios de que se desarrolló una especie de peonaje por deuda. Los
documentos de Maldonado indican que los trabajadores le estaban debiendo
siempre al hacendado...” (107).
El concertaje tomó impulso en “Las Julias” después de 1896, cuando el hijo de
Maldonado vendió la finca a Juan Porras. “...Con la ampliación de la principal
hacienda local el sistema de concertaje se intensificó en Saucío...” (108). Este
sistema de trabajo consistía en la cesión de una casa y un pequeño lote de una
fanegada que el concertado podía explotar en su provecho, “... a cambio de esto,
debía trabajar cierto número de días por semana para el dueño de la tierra a un
jornal nominal. Esto se llama pagar la obligación...” (109).
En la misma década de 1890 decía Diego Mendoza Pérez que se estaba
convirtiendo en siervos a los indios de los resguardos disueltos en esos años (ver
atrás). Por esos años Miguel Samper en “Escritos Económicos y Políticos” era de
la misma opinión: “Los pobres indígenas fueron inducidos a vender sus pequeños
lotes de tierra... En pocos años toda esa propiedad quedó concentrada en pocas
manos, el indio pasó a ser arrendatario, la tierra fue destinada a cría o cebas de
ganado y el consumo perdió gran parte de las fuentes que lo alimentaban...” (110),
¿Se tratará de una evolución en el pensamiento del autor, o acaso este punto de
vista diferente obedece a un cambio en las formas de dominación de la fuerza de
trabajo entre 1867, en que escribió “La Miseria en Bogotá”, y 1892? Lo último
parece más probable, pues entre esas fechas se operó un gran cambio en el uso
de la tierra en las zonas de clima templado de Cundinamarca, consistente en el
paso de la ganadería extensiva al cultivo de café, que transformó la situación de
abundancia relativa en una escasez de fuerza de trabajo allí mismo y en las
tierras frías.
El desarrollo de la ganadería extensiva en las tierras de los resguardos
cundinamarqueses es un punto en el que coinciden Miguel Samper, Camacho
Roldan y Medardo Rivas: la sustitución de la agricultura indígena por la cría y
ceba de ganado privó al consumo de gran parte de las fuentes que la alimentaban
y escasearon y se encarecieron los víveres. Al mismo tiempo estaba avanzando
rápidamente la gran propiedad basada en la ganadería extensiva en las tierras
templadas y calientes de Cundinamarca desde la década de 1840; así, hacia
1835 estableció Manuel Samper los primeros potreros de pasto guinea en Honda
y en 1880 las praderas artificiales del alto Magdalena podían sostener 200.000
cabezas de ganado, Cundinamarca tenía cultivada la ribera oriental del
Magdalena y no necesitó más el ganado traído de los llanos de San Martín (111).
Este doble movimiento encareció el costo de la vida y creó una sobrepoblación
relativa de peones en Cundinamarca.
En las regiones templadas y calientes de Cundinamarca la gran propiedad
ganadera desplazó a la pequeña producción agrícola de 1840 a 1880, lo que
permitió formar una gran masa de peones empobrecidos y encareció las
subsistencias propias de esos climas; Medardo Rivas decía en 1895 refiriéndose
a ese punto: “Las grandes haciendas de la tierra caliente han acabado con las
estancias de que antes estaba llena, y que con el cultivo por menor, con la cría y
cuidado de cerdos en cada una de ellas, y con los árboles frutales y totumos que
alrededor de sus chozas había, contribuían a abaratar poderosamente los
artículos de consumo...” (112). La expropiación de los campesinos calentanos
encontró el terreno abonado en los dudosos títulos coloniales y las enormes
adjudicaciones de baldíos sin linderos, definidos con las tierras de la nación;
Miguel Samper decía en 1880: “Tenemos enajenados millones de hectáreas de
baldíos... Ellos no están deslindados de lo qué le queda a la
nación...Disfrutémoslos mientras esa propiedad es reclamada, seguros de que
siempre se nos pedirá en los terrenos más ricos y mejor situados...” (ver I.A.3)
(113).
El auge tabacalero en Ambalema fue un poderoso estímulo para el rápido
establecimiento de haciendas ganaderas en Cundinamarca y Tolima, pues la
notable elevación del ingreso de los cosecheros y trabajadores de las factorías de
tabaco y de amplias capas de la población bogotana les permitió el consumo de
carne y creó una gran demanda de ganado hasta 1865, cuando empezó la
definitiva decadencia del cultivo de la hoja en esta región. Pero el establecimiento
de haciendas no se suspendió a partir de ahí, sino que, como se verá, más bien
se aceleró.
En 1850-1858 los hacendados de tierra caliente debieron emplear
principalmente a campesinos expropiados en la región y en menor medida a
indios sabaneros, pues la migración de éstos fue baja hasta más o menos 1858,
ya que las ventas de tierras procedían de resguardos divididos antes de 1840, en
los que la concentración de la propiedad fue relativamente lenta y los indígenas se
quedaron como peones en las tierras frías o se fueron a las poblaciones. La
lentitud de las migraciones de los altiplanos a tierra caliente señalada por Samper
en 1867 (“La Miseria en Bogotá” ) quizá aluda a esos años. De otro lado, el auge
tabacalero de Ambalema aumentó considerablemente las posibilidades de empleo
urbano: como señalaban Miguel Samper y Medardo Rivas, el consumo de las
artesanías de Bogotá era enorme en el Magdalena y los comerciantes y
propietarios enriquecidos con el tabaco realizaron numerosas construcciones
lujosas en la ciudad (114); esto debió exigir bastantes brazos adicionales, en
oficios apropiados para los indígenas, que tenían una larga tradición artesanal.
Esto no implicaba grandes alzas en el salario de los peones agrícolas, pues los
nuevos propietarios de las tierras de los resguardos desarrollaron la ganadería
extensiva y retuvieron los trabajadores por medio del peonaje por deudas, en una
economía donde las actividades urbanas ocupaban sólo una parte pequeña de la
fuerza de trabajo total. La situación de aquellos que se fueron a tierra caliente no
debió mejorar mucho, pues ante su incapacidad de trabajar en la producción de
tabaco se debieron ocupar en haciendas ganaderas.
Las observaciones de Camacho Roldan dan pie a pensar que después de
1858 se presentó una significativa aceleración de la expropiación de los
resguardos cundinamarqueses, aunque no su completa extinción como afirma.
Los terratenientes parece que hubieran encontrado la fórmula para la rápida
concentración de las tierras de resguardo: la compra de los derechos de los indios
en la comunidad y la promoción de juicios de partición. Ese fue el procedimiento
seguido por Medardo Rivas en 1857 para apoderarse de las tierras de
“Guatequisito” en el alto Magdalena:
“...había una hermosa vega, que permanecía casi inculta hasta 1857, y que era de los
antiguos indígenas de Guataquí, quienes la poseían proindivisa, ellos o las personas a
quienes ellos habían cedido sus derechos en el transcurso de cincuenta años, y esa vega se
llamaba Guatequisito.
“El número de los que tenían derecho a esas tierras era trescientos. De esos derechos
setenta y tres eran míos, y los de personas que pretendían tener derecho sobre la tierra
serían tres mil; y para desenmarañar ese enredo tuve que seguir un complicado juicio, cuyo
expediente llegó a ser la carga de una mula. El día en que el juicio se concluyó, envié el
expediente al tribunal para su aprobación, y tomé una canoa y me embarqué para
Ambalema...” (115).
Camacho Roldan consideraba que desde 1858 los indios de los resguardos
habían contribuido “ a la formación de esas haciendas notables que pueden
observarse en todo el descenso de la cordillera hacia el sur y hacia el suroeste
hasta Ambalema” . Esta apreciación es similar a la de Miguel Samper en 1880:
“ La población ha ido bajando paulatinamente de las altiplanicies a las faldas, y de
éstas a los valles, tomando posesión del suelo por medio del cultivo. La libertad
del cultivo de tabaco aceleró prodigiosamente este movimiento, que hoy se
sostiene a pesar de la decadencia del cultivo, pues los moradores de las tierras
frías van encontrando que es más fácil la subsistencia en las tierras calientes...”
(116). Lo anterior denota un cambio de la situación respecto a la de 1867 cuando
escribió “La Miseria en Bogotá”, donde decía que la población de tierra fría bajaba
con cautela a las regiones de clima caliente.
La intensificación de la expropiación de los indios de los resguardos a partir
de 1858 debió ser un factor que aumentó considerablemente la migración de las
zonas altas a tierra caliente desde ese año. Al mismo tiempo estaba creciendo
notablemente el desempleo en Bogotá a causa de la decadencia del cultivo de
tabaco en Ambalema, lo que reducía las posibilidades de ocupación urbana a los
indígenas, mientras que el avance de la ganadería extensiva en la sabana
disminuía el empleo agrícola. La decadencia de Ambalema empezó en 1858; en
efecto, ese año se produjeron allí 500.000 arrobas de tabaco y en 1865 sólo
250.000, mientras la producción de Palmira, Girón y Carmen de Bolívar alcanzó
las 550.000 arrobas, de las cuales 300.000 correspondían a esta última; en 1875
se producían 511.000 arrobas de tabaco en el país, pero en Ambalema ya no se
cultivaba (117). El panorama que nos presenta Miguel Samper de Bogotá en 1867
es deprimente, con mendigos deambulando por todas partes, sin embargo,
consideraba que la ociosidad del capital y la fuerza de trabajo le daba a la ciudad
una clara vocación industrial: “...Bogotá ha de ser esencialmente fabril. Un gran
centro de población que no sabe cómo emplear sus brazos, y una acumulación de
capitales relativamente considerables y sin colocación determinada, son
elementos que convidan a la industria fabril...” (118). Sin embargo los capitalistas
prefirieron desarrollar la gran producción cafetera y dejar el establecimiento de
fábricas para después.
La migración de las tierras altas de Cundinamarca a las zonas de clima
templado y caliente se intensificó notablemente después de 1858, como resultado
de la expropiación más rápida de los indígenas y el principio de la decadencia de
Ambalema, y se aceleró mucho más a partir de 1865, pues el cultivo de tabaco en
esta región empezó a extinguirse definitivamente. El proceso de poblamiento de
las comarcas de clima templado de Cundinamarca parece haberse completado en
lo fundamental entre fines de la década de 1860 y comienzos de la de 1870; así
Miguel Samper decía en un pasaje donde se refería a las buenas perspectivas de
la producción cafetera de este departamento en 1880: “Los terrenos propios para
ese cultivo son de temperatura benigna, de clima sano y están densamente
poblados, a lo que se agrega la buena voluntad con que los capitalistas de Bogotá
hacen compras en tierras que pueden visitar con facilidad...” (119).
El desarrollo de la ganadería extensiva a costa de la agricultura campesina en
la altiplanicie y en las zonas de clima templado y cálido de Cundinamarca creó
una sobreproducción de peones empobrecidos en todas partes, pero sobre todo
en las últimas, hizo encarecer las subsistencias y aumentó el costo de la vida. El
salario real de los jornaleros cayó profundamente desde 1848 hasta 1892, según
los datos de Miguel Samper (ver Cuadro No. I.6).
La fuerza de trabajo abundante y barata en las tierras templadas de
Cundinamarca y la creciente ociosidad en que estaban quedando los capitales en
Bogotá por la decadencia de Ambalema, muy notable en 1867 según Miguel
Samper, creó las condiciones para el montaje de las primeras haciendas cafeteras
del Estado a fines de la década de 1860; como se desprende de que en 1874 se
producían allí 6.000 sacos (120), una producción modesta pero significativa (121),
y estaban empezando a producir varias haciendas más, pues en 1880 las
exportaciones de Cundinamarca y Tolima llegaban ya a 6.000 cargas (12.000
sacos): “ En siete años la exportación de café por el río Magdalena se ha
cuadruplicado, y aunque este progreso, en la mayor parte corresponde a los
departamentos de Ocaña y Soto en Santander, es de notarse que la exportación
de Cundinamarca y Tolima figura por las 6.000 cargas al año...” (122). Pero el
empujón decisivo de la industria cafetera cundinamarquesa se dio en los años
1875-1880, durante los cuales numerosos comerciantes bogotanos compraron
tierras cafeteras y montaron haciendas; en efecto, Miguel Samper refería en 1880
lo siguiente:
“Toda la hoya del alto Magdalena... partiendo de la embocadura de
los ríos Negro y Guarindó con las hoyas secundarias de éstos y del Bogotá y
Fusagasugá, será dentro de pocos años teatro de una producción de $5.000.000
en café de superior calidad...” (123).
El montaje de grandes haciendas en Cundinamarca fue iniciado por Tyrrel
Moore hacia 1864, en el distrito de Chimbe; Miguel Samper decía sobre este
punto, refiriéndose a los elevados precios del café Sasaima en Londres: “Este
resultado se debe en gran parte a que el movimiento ha sido iniciado por el señor
Tyrrel Moore, hombre científico que ha fundado un establecimiento modelo desde
la siembra hasta el empaque...” (124). Moore fue un ingeniero inglés que vino a
Antioquia en 1829 y jugó un papel de primer orden en el desarrollo de la minería
empresarial en este estado, hasta 1863, cuando se trasladó a Bogotá a los
sesenta años. La producción cafetera le atrajo desde su juventud, pues en 1830
estableció con Pedro y Julián Vásquez una plantación de café y caña en Valdivia,
Antioquia (125). Parece que logró interesar en su proyecto a varios antioqueños,
entre ellos, Francisco Ospina, que fue, según M. Rivas “...de los primeros en
establecer en Chimbe un hermoso cafetal...” y escribió en 1872 un folleto sobre el
montaje de haciendas cafeteras. En el distrito contiguo de Sasaima se formó una
importante colonia de hacendados antioqueños, entre ellos, los hermanos Roberto
y Ricardo Herrera Restrepo.
La industria cafetera de Cundinamarca no tuvo un origen único. Si bien, el que dio
el primer gran impulso a la producción fue Moore, la introducción del cultivo en el
Estado se le debe al presidente Murillo Toro, quien estableció una plantación en
su finca “Tusuelo” en Guaduas, hacia 1856, con semillas traídas por él de
Venezuela (126). La plantación creció lentamente por varios años, hasta que se
Cuadro I.6. CUNDINAMARCA: SALARIOS REALES EN 1848 Y 1882, EXPRESADOS
EN LOS JORNALES NECESARIOS PARA COMPRAR UN QUINTAL DE DISTINTOS
ALIMENTOS DE LA CANASTA (*)
* Los precios están reducidos a pesos de oro y en el cálculo de los jornales también se tuvo
en cuenta.
FUENTE: Miguel Samper; “Escritos Económicos y Políticos”; tomo II, p.422
hizo cargo de ella su hijo Marcelino Murillo por el año 1874 y la hizo avanzar
mucho. Estimulada por este ejemplo se fue formando en Guaduas una colonia de
pequeños cultivadores; Miguel Samper comentaba en 1880: “...El señor Marcelino
Murillo, sucesor del doctor Manuel Murillo, en su bella plantación de “Tusuelo” en
Guaduas, montó en el poblado su establecimiento, al cual acuden con sus granos
frescos los pequeños cultivadores de las cercanías...” (127).
En los años 1840-1870 se dio en Cundinamarca un intenso desarrollo de la
gran propiedad basado en la ganadería extensiva a costa de la propiedad
colectiva de los resguardos en las tierras altas y de las pequeñas explotaciones
campesinas en las zonas de clima cálido y templado, que produjo una gran masa
de peones empobrecidos y encareció el costo de la vida Desde 1865 se operó,
con el cultivo de café, un regreso de la ganadería a la agricultura de exportación
en las grandes propiedades de clima templado. Esta fase fue preparada por la
anterior, a través de la formación de una gran masa de trabajadores
empobrecidos, indispensable para desarrollar un cultivo altamente intensivo en
trabajo, donde los salarios tienen un peso decisivo en el precio de costo y por
ende, en la viabilidad de la producción cuando se basa en relaciones capitalistas o
depende de grandes propietarios territoriales. El progresivo avance del cultivo de
café en las décadas de 1870, 1880 y 1890 debió implicar una demanda creciente
de fuerza de trabajo, especialmente intensa en períodos de cosecha, y
consiguientemente, una presión alcista sobre el salario. La implantación del papel
moneda en 1884 sirvió, sin duda, para mantener un salario real bastante bajo,
pues permitía trasladar a los jornaleros las pérdidas en los precios externos del
café a través de mecanismos inflacionarios, contribuyendo efectivamente a
mantener una rápida expansión de la industria cafetera después de ese año. Sin
embargo, lo anterior no parece que haya sido suficiente para contrarrestar la
escasez creciente de fuerza de trabajo, debida al notable aumento de la
producción de café, a la lenta recuperación de la agricultura en la Sabana en el
último cuarto del siglo XIX, estimulada por los elevados precios agrícolas, y al
florecimiento de la industria de la construcción en Bogotá, resultado de la
demanda de los propietarios enriquecidos con el café (128). Esta situación
produjo una fuerte pugna entre los propietarios del altiplano y de las tierras
templadas por retener los trabajadores en las haciendas desde la década de
1890: los primeros convirtieron sus peones en concertados, como se expuso
antes; los segundos establecieron el sistema de arrendatarios, que parece haber
sido la forma típica de sometimiento de los trabajadores en las haciendas
cafeteras de Cundinamarca y el oriente del Tolima hasta 1935. Estos sistemas se
debieron extender ampliamente después de 1910, a raíz de que la Junta de
Conversión empezó a recoger el papel moneda y el oro pasó a jugar un papel
central en la circulación monetaria lo que restó fluidez a las bajas automáticas del
salario a través de la inflación.
En muchas haciendas de Cundinamarca y Boyacá había trabajadores
residentes desde la Colonia, pero este sistema parece haber perdido importancia
entre 1850 y 1890. Los indios que dejaban los resguardos para evadir el tributo y
la mita minera y se concertaban permanentemente en las haciendas tenían
derecho a recibir tierras suficientes para explotarlas en su provecho y pagar el
tributo (129). De otro lado, los terratenientes que compraron tierras de resguardo
en la segunda mitad del siglo XVIII establecieron el sistema de arrendatarios. Los
terrazgueros fueron probablemente una parte importante de los trabajadores
cundinamarqueses durante todo el siglo pasado, lo que contribuye a explicar la
rápida difusión de estas relaciones de trabajo después de 1890.
El arrendamiento en las haciendas cafeteras cundinamarquesas y del oriente
del Tolima consistía, a grandes rasgos, en la entrega al campesino de una parcela
en usufructo, donde obtenía sus medios esenciales de subsistencia, pero se le
prohibía sembrar café, y casa de habitación. A cambio de lo anterior el
arrendatario estaba obligado a trabajar gratuitamente en la hacienda cierto
número de días semanales, realizar labores de vigilancia sin retribución (policía
rural) y prestar sus servicios a un salario convenido cuando se le requiriese,
generalmente en la cosecha cafetera. El sistema era seguro y lucrativo, pues la
plantación se cultivaba con trabajo gratuito, que era directamente renta, el trabajo
obligatorio en la cosecha permitía apreciables deducciones de salario respecto a
los trabajadores libres y el propietario obtenía ingresos netos positivos a pesar de
las fluctuaciones en los precios externos del grano.
3. Propiedad territorial e industria cafetera en Antioquia, Caldas y Valle del
Cauca
La gran propiedad territorial avanzó aceleradamente en toda la región andina
del país desde 1840: las tierras baldías se adjudicaron en forma muy inequitativa
y fueron usurpadas en gran escala por los terratenientes; los indígenas de los
resguardos fueron expropiados y los campesinos parcelarios fueron desalojados,
en ciertos casos, como en Socorro, San Gil y Soto, a pesar de una tradición de
propiedad centenaria, en otros, como en Cundinamarca y el oriente del Tolima,
donde principalmente eran poseedores de hecho de tierras baldías (130).
La inequitativa distribución de la propiedad en 1912 se manifiesta claramente
en el reducido número de propietarios rurales respecto al total de agricultores y
ganaderos en el censo de población de ese año. La propiedad rural estaba
notablemente concentrada en el país en 1912, pues sólo el 27.1 % de los
agricultores y el 13.4% de la población activa tenían propiedad en el campo. La
colonización antioqueña, contrariamente a lo que se ha creído, no permitió
democratizar la propiedad de la tierra en Antioquia (131) y Caldas; en efecto, el
porcentaje de propietarios en estos departamentos era notablemente inferior a los
de la Costa Atlántica, Huila, Nariño, Santander del Sur y el Valle del Cauca y muy
similares a los de Cauca y Cundinamarca, tanto respecto al total de agricultores
como a la población activa, aunque la diferencia era menos acusada en el
segundo caso, debido a que en casi todos estos departamentos la población de
jornaleros era relativamente más importante (ver Cuadro No. I.7). Lo anterior lleva
a
pensar
que
una
parte
muy
considerable
de
los
colonos
Cuadro I.7. COLOMBIA: PROPIETARIOS RURALES Y AGRICULTORES
EN EL CENSO DE 1912
(1)La definición censal entiende por agricultores y ganaderos, aquellos que desarrollan la
actividad agropecuaria por cuenta propia: es decir, incluiría a los propietarios que dirigen o
ejercen por sí mismos la explotación de sus tierras, los arrendatarios, aparceros y colonos,
pero no jornaleros. Estos son definidos como los que sin arte ni oficio trabajan por un jornal a
cuenta de otros.
(2) Se supuso el mismo porcentaje de Caldas porque fue el único departamento que no
dio información de propietarios.
(3) Sin Magdalena, Intendencias y Comisarías.
FUENTE: Censo de Población de 1912.
antioqueños permanecían por mucho tiempo como ocupantes de hecho de las
tierras baldías, protegidos más bien por su aislamiento que por un título de
propiedad difícil de adquirir para el pequeño cultivador, hasta que, en muchos
casos, un usurpador se hacía titular sus tierras. De otro lado, al parecer los
terratenientes consiguieron la rápida adjudicación de las selvas que escapaban al
hacha de la primera ola colonizadora, que debían ser una parte sustancial de la
tierra útil, pues las técnicas primitivas de los agricultores campesinos y la
legislación de baldíos imponían un estrecho límite al tamaño máximo de sus
explotaciones. Así, en 1907 había 136.656 hectáreas de bosques de propiedad
privada en el suroeste y 1.733.095 en Antioquia, mientras las superficies
cultivadas eran respectivamente de 136.656 y 928.327 hectáreas (132). Una
breve consideración sobre los efectos de la Colonización Antioqueña y las formas
de apropiación de las tierras baldías puede aclarar lo anterior.
La Colonización Antioqueña abarcó dos grandes etapas. La primera fue la
colonización colectiva, que va de 1770 a 1874. En esos años se formaron
verdaderas expediciones de pobladores para establecer colonias bien
organizadas, que incluían la fundación de población y el reparto de tierras de
acuerdo a un plan. La segunda se caracteriza por la ocupación individual de la
tierra, a partir de la Ley 61 de 1874 sobre adjudicación de baldíos nacionales a
cultivadores. En ambos períodos subsistieron formas de apropiación de grandes
extensiones de tierra en las regiones colonizadas, que con el tiempo permitieron
ampliar la frontera del latifundio, convirtiendo a los campesinos en arrendatarios,
aparceros o peones, u obligándolos a emigrar.
La colonización colectiva ocupó, según Alvaro López Toro, tres clases de
territorios: los primeros, eran tierras baldías cedidas por el Estado de Antioquia
para el establecimiento de colonias con un grado aceptable de organización, que
incluía la obligación de fundar una población. En segundo lugar, se ocuparon
tierras selváticas sobre las que existían títulos de propiedad coloniales (tierras
realengas). Por último, los comerciantes antioqueños organizaron por su cuenta
colonias agrícolas, vendiendo a cultivadores parte de las tierras adquiridas por
compra de las adjudicaciones hechas a los próceres de la independencia y los
vales de baldíos, con los que se pagaba parte del salario a los funcionarios
públicos en la administración Santander. En los tres casos subsistieron enormes
extensiones de selva virgen al lado de las parcelas de los colonos, que se fueron
convirtiendo en grandes haciendas ganaderas cuando la población estaba bien
establecida en los nuevos territorios. Este proceso avanzó con especial celeridad
después de la introducción del pasto pará en los primeros años de 1860.
La misma forma de organización de las expediciones patrocinadas por el
Estado de Antioquia suponía la formación de un grupo relativamente reducido de
propietarios medianos; en efecto: “...La concesión típica de tierras baldías para
nuevas poblaciones era 15.000 fanegadas, distribuidas en parcelas que
fluctuaban entre 60 y 150 fanegadas. Es decir, que apenas 150 ó 200 familias
recibían tierra en cada caso. Sonsón, Abejorral, Pácora y Salamina fueron
fundadas por un número reducido de familias; Manizales, por la célebre
expedición de los veinte...” (133). Los nuevos migrantes debían convertirse en
trabajadores dependientes o emigrar, ampliando la frontera de la colonización.
Existen pruebas de una notable estratificación social al cabo de poco tiempo de
establecidas las colonias: “...Parsons encontró en un documento censal de
comienzos del siglo diez y nueve, que el número de familias agregadas en
Abejorral era el triple de aquellas “dueñas de posesión” (134); esta colonia se
había asentado sólo en 1808 en tierras realengas.
El limitado número de adjudicaciones a colonos era un impedimento a la
democratización de la propiedad en las regiones ocupadas porque “... en torno a
los núcleos de colonización...subsistían vastos espacios en poder de los
terratenientes, cuya explotación renovaría las relaciones sociales entre peón y
patrono en detrimento del labriego independiente...” (135). Los dueños de títulos
coloniales asumían una posición de tolerancia inicial y accedían a entregar una
porción limitada a los primeros colonos, pero una vez que éstos habían valorizado
las tierras de la región con obras de infraestructura y con su misma presencia,
pasaban a defender violentamente o por medios jurídicos las extensiones no
ocupadas (136). En otros casos el gamonal del pueblo vecino a las zonas de
colonización se hacía adjudicar las tierras baldías, según observaba Aníbal
Galindo; o bien, como señalaba Alejandro López, los propietarios de bonos
territoriales buscaban las adjudicaciones en las regiones abiertas por los colonos.
La colonización del norte de Caldas es un buen ejemplo sobre el
comportamiento de los propietarios de títulos coloniales. José María Aranzazu
había obtenido una concesión real de 200.000 hectáreas, que hoy comprende los
municipios caldenses de Salamina, Aranzazu, Filadelfia, Neira, Manizales y
Marulanda. Los herederos del anterior, “González, Salazar, y Compañía”, se
dedicaron a hostilizar a los colonos de la concesión por todos los medios,
quemándoles sus ranchos y cosechas. A raíz del levantamiento popular de
Manizales y del asesinato de Elías González, el gobierno central colombiano
accedió a mediar en el conflicto. La solución acordada consistió en dejar la mitad
de las tierras a “González, Salazar y Compañía” y un lote de diez fanegadas a
cada colono y otro tanto en baldíos nacionales (137). La concentración de la
propiedad en las zonas de colonización del norte de Caldas era muy considerable
a mediados de 1850, lo que había producido una cantidad apreciable de peones
especializados en tumbar selva; Medardo Rivas toca este punto cuando refiere la
apertura de su hacienda “Guatequisito” en Ambalema, hacia 1857:
“...Para convertir a 'Guatequisito' en una pradera envié a Manizales por trabajadores; y el
día menos pensado se me presentaron doscientos antioqueños con sus mujeres, niños y
perros...”
“Estableciéronse por cuadrillas, bajo la dirección de capitanes, con quienes hice contrato
para la rocería por cuadras a $25 cada una... A los tres meses el bosque íntegro había
desaparecido; a los seis meses se recogían mil cargas de maíz; al año estaba formado el
potrero de Lurá para cebar quinientas reses” (138).
Otros medios, quizá más importantes, de acaparamiento de grandes
extensiones de selva fueron la amplia adjudicación de baldíos para fomentar la
apertura de caminos, pago de deuda pública y recompensas a militares; Luis
Ospina dice refiriéndose a los años 1830-1845:
“Para fomentar la construcción de caminos y para otros fines (fundación de poblaciones,
pago de deuda pública, recompensa de servicios militares...) se dispuso muy pródigamente
de los baldíos nacionales en este período. Es cierto... que se cancelaron ciertas concesiones
hechas en tiempo de Colombia para objetos de colonización que no se habían cumplido...”
(139).
El efecto de estas formas de apropiación de los baldíos sobre la
concentración de la propiedad debió ser muy importante en las regiones de
poblamiento antioqueño, pues, según Safford, la mayor parte de los caminos de
herradura construidos en Colombia con recursos particulares entre 1820 y 1850
estaban en la región de Antioquia (140).
La adjudicación de baldíos nacionales desde la independencia hasta 1874
concentró la mayor parte de las selvas en las zonas de colonización existentes en
ese momento en un reducido número de tenedores de títulos, permitiendo de esa
manera ampliar la frontera de la gran propiedad a esas regiones, a medida que
iban siendo ocupadas por colonos. La encendida exposición de motivos de la Ley
48 de 1882 presentada al Congreso Federal en 1878 por Aníbal Galindo, es un
testimonio invaluable de lo dicho:
“Yo creo... que la nación incurre en un gravísimo error... cuando se presta... a continuar
fundando sobre el régimen feudal de las Encomiendas, la propiedad anticipada de la tierra
que deben ocupar las generaciones futuras. Estas inmensas adjudicaciones de tierras
baldías, en favor de propietarios que no las reciben para cultivarlas, sino para situarse a
monopolizar el valor que les va agregando el trabajo de todos con el desarrollo social; y para
oprimir a las generaciones venideras...
“...si la tierra desierta e inculta se encuentra por todas partes ya apropiada: si unos
pocos, como sucede ya entre nosotros tienen adquirido ya el derecho de impedir la accesión
del género humano al desierto, la gran masa tiene que caer forzosamente en la pobreza o en
la servidumbre... (se refiere a las tierras accesibles con los medios de transporte existentes
en ese momento)” (141).
El autor muestra seguidamente la monopolización de la mayor parte de los
baldíos adjudicados hasta 1874 por unos pocos propietarios ausentitas:
“En el número 3211 del Diario Oficial, del 15 de julio de 1874, se halla la cuenta
publicada por mí como Jefe de la Oficina de Estadística Nacional, de la concesión y
adjudicación de tierras baldías, de la cual resulta que hasta la fecha se habían emitido títulos
de concesión por 3.318.506 hectáreas, y se habían hecho o aprobado adjudicaciones
materiales sobre el terreno por 1.159.502 hectáreas.
“De esa inmensa cantidad de baldíos adjudicados, no hay sino unas 100.000 hectáreas
que hayan sido concedidas a los ocupantes y cultivadores del suelo... las demás representan
concesiones hechas sin discriminación, en contratos siempre onerosos que han llevado
siempre implícita la condición de colonizar, pero que no han sido cumplidos. y del millón y
cien mil hectáreas que han pasado a dominio privado por adjudicaciones materiales hechas
sobre el terreno, puede asegurarse, sin temor de equivocación, que no llega a la centésima
parte la porción de esa superficie que ha sido realmente ocupada y modificada por el cultivo”
(142).
Esas enormes adjudicaciones de selva buscaban, según Galindo, obstaculizar
el libre acceso de la población a la tierra y la formación de una clase de
propietarios campesinos (143). Esta observación es certera, pues la ampliación de
la frontera de la gran propiedad exigía asegurar el sometimiento de la fuerza de
trabajo, para que la propiedad dejara de ser un simple título jurídico y adquiriera
una existencia real, como derecho sobre el trabajo excedente de los productores
directos; y, esto suponía impedir el acceso de los colonos a la mayor parte de las
tierras utilizables, adjudicándoselas a los futuros terratenientes.
Los gamonales y tinterillos de los pueblos vecinos a las zonas de colonización
fueron un factor importante en la concentración de la propiedad territorial,
convirtiendo de nuevo a los colonos en arrendatarios o peones, o en caso
contrario, expulsándolos y obligándoles a emigrar:
“Perseguidos por la necesidad, animados por la dulce esperanza de conquistar la
independencia personal, de recuperar la dignidad de hombres perdida bajo el látigo del dueño
de tierras, emigran a las montañas los valerosos hijos del pueblo... y cuando estos hombres
que principian por disputar a las fieras el dominio del suelo, han descuajado los montes y
convertido en amenos prados, cubiertos por los plantíos del café, del plátano y de la caña de
azúcar la honda cañada, o el áspero declive de montaña, entonces, invitados por la codicia,
salen del pueblo vecino esas aves de rapiña que se llaman el gamonal y el tinterillo, y hacen
el portentoso descubrimiento, de que esas tierras que permanecían tan ignoradas... cuyo
primer sendero fue trazado por sus actuales moradores tienen otro dueño; o si ha sido
imposible descubrirles un dueño, solicitan la adjudicación del terreno como baldío, y reducen
de nuevo a la esclavitud, a la condición de siervos a esos infelices...” (144).
Aníbal Galindo relata al respecto un triste caso de su experiencia personal:
“Encontrábame de paseo visitando las plantaciones de una colonia de cultivadores
recientemente establecida en una de las obras de la cordillera central, que de la ciudad de
Ibagué sube al fondo de las montañas por las márgenes del río Coello. Quejábase uno de los
colonos... que iba a ser despojado de su labranza por alguien que se pretendía dueño del
bosque desierto, y habiéndole preguntado si no tenía arreglados sus títulos de propiedad del
terreno... me contestó lo siguiente: sí señor, mis títulos están allí en la enramada del trapiche:
son 18 cueros de tigre y 44 de oso que tuve que matar para establecerme aquí” (145).
La Ley 61 de 1874 sobre adjudicación de baldíos a cultivadores marcó el
límite entre la colonización colectiva e individual. En ella se establecía el derecho
a la propiedad sobre las tierras del estado a través del cultivo y limitaba la
extensión adjudicable a los ocupantes con ganado a lo explotado y otro tanto, con
un máximo de 4.000 hectáreas por adjudicación. La Ley 48 de 1882 ampliaba las
garantías a los cultivadores: en los artículos 1º y 2º. se establecía el principio del
cultivo como medio de acceder a la propiedad sobre tierras baldías y consideraba
al cultivador con casa y labranza ocupante de buena fe; por el artículo 3º. se
reputaban los baldíos bienes de uso público; en el artículo 4º. se exigían títulos de
más de diez años en juicios contra cultivadores; el artículo 5º. estipulaba el
reconocimiento del valor de las mejoras a los colonos vencidos en juicio, y en el
artículo 6o. se exigía la explotación de las tierras adjudicadas en el curso de los
diez años siguientes, en caso contrario volvían los baldíos a dominio de la nación
(146). Además, se condicionaban las adjudicaciones por bonos territoriales y a
ocupantes con ganados a dejar a salvo los derechos de los cultivadores. Así
mismo, a los ganaderos sólo se les podían dar en propiedad los baldíos
sembrados con pastos artificiales, cuando se tratara de praderas naturales sólo se
concedía la posesión (parágrafo 1º. del artículo 1º.). Los buenos deseos del
legislador por proteger a los colonos y restringir las adjudicaciones a grandes
propietarios están fuera de duda; pero es más cuestionable el efecto de las
medidas adoptadas respecto a la democratización efectiva de la propiedad
territorial en las regiones de colonización.
Alvaro López considera que hubo un mejoramiento en la distribución de la
tierra con el paso de la colonización colectiva a la individual (147); sin embargo,
los hechos parecen indicar lo contrario. Porque, una cosa es el incuestionable
mejoramiento de las oportunidades a los colonos en la legislación de baldíos o la
aceleración de las migraciones y la ocupación de tierras a partir de 1874,
señalado por Antonio García y Álvaro López, y otra muy distinta, que ello haya
significado un sensible mejoramiento en la distribución de la propiedad territorial
en las regiones colonizadas.
El estudio de las adjudicaciones de baldíos nacionales a cultivadores,
ocupantes con ganado y por bonos territoriales entre 1891 y 1920, no da pie a
pensar que el sensible mejoramiento en la legislación de tierras a partir de 1874
haya permitido una distribución más equitativa de la propiedad territorial en las
regiones de colonización (148). Parece más bien haberse presentado un
retroceso en la política de adjudicación desde la Regeneración, respecto al
irrisorio resultado alcanzado en la etapa de la colonización colectiva, expuesto por
Aníbal Galindo en 1878; y, aunque las adjudicaciones a colonos aumentaron
transitoriamente desde la Ley 56 de 1905 hasta 1912 (sin pasar del 25%), en los
años siguientes cayeron a niveles muy inferiores a los alcanzados antes de la
guerra de los mil días.
En efecto, según los datos de Galindo, los colonos recibieron desde la
independencia hasta 1874 el 9.1 % de la tierra adjudicada, en tanto que, después
de 1891 el máximo fue del 8.8%, exceptuando los años 1905-1912 en que el
porcentaje fue mayor. Ahora bien, si se tiene en cuenta que los cálculos de
Galindo incluyen los baldíos cedidos a los contratistas de obras públicas (149) y
por servicios militares y en los cálculos anteriores no, la comparación es aún más
desfavorable al período de la colonización individual. Pero el problema no
consiste solamente en la reducida extensión adjudicada a los colonos, sino en los
poquísimos cultivadores pequeños convertidos en propietarios: la información
disponible revela que, después de 1874, como en la etapa de colonización
colectiva, se favoreció a un reducido grupo de medianos agricultores y ganaderos,
en lugar de formar un número considerable de pequeños cultivadores
independientes. Así, la adjudicación promedio a cultivadores fue mayor de 45
hectáreas en los años estudiados (excepto en 1920) y antes de 1905 superó
generalmente las 65 hectáreas; de otro lado, el número de adjudicatarios en este
grupo fue muy reducido, pues, hasta 1905 y después de 1912 no llegó a los 50
anuales, y, aunque entre esos años fue ligeramente superior, el máximo fue de
sólo 86 en 1909. A este respecto no difieren las adjudicaciones en los
departamentos de importante poblamiento antioqueño, como son Antioquia,
Caldas, Quindío, Tolima y Valle, del resto del país. Muy pocos campesinos
realmente pequeños (hasta veinte hectáreas) recibieron título de propiedad, y esto
ocurría generalmente cuando se dejaban a salvo los derechos de los colonos que
tenían su parcela dentro o al lado de los baldíos adjudicados a grandes ocupantes
con ganado o plantaciones de caucho o cacao o a tenedores de bonos
territoriales (150).
La apropiación de tierras baldías, tanto en los departamentos de importante
poblamiento antioqueño como en aquellos dominados tradicionalmente por
grandes propietarios territoriales, estuvo marcada por un predominio casi
completo de las adjudicaciones por bonos territoriales y a ganaderos. La
comparación de los municipios de Ituango en Antioquia y Uribe en Cundinamarca,
en la última década del siglo pasado, ilustra bien esa tendencia; allí se ve
claramente cómo, en ambos casos, la gran mayoría de las tierras fueron
apropiadas por grandes terratenientes y sólo una parte insignificante por unos
cuantos propietarios medianos (ver Cuadro No. I.8).
Cuadro I.8. COMPARACIÓN DE LAS ADJUDICACIONES DE TIERRAS BALDÍAS EN
ITUANGO, ANTIOQUIA Y URIBE, CUNDINAMARCA DE 1891 A 1897
(1) Suma de 1891, 1895 y 1897
(2) Sólo hubo adjudicaciones en 1891.
FUENTE: Diario Oficial (los números y años se especifican en la bibliografía).
La legislación de tierras de 1874 y 1882 dejó en pie la apropiación de baldíos
a través de bonos territoriales y a título de ocupante con ganados, y no podía ser
de otra manera, porque, de un lado, el permanente déficit fiscal del gobierno
central lo obligaba a recurrir a emisiones de bonos pagaderos en tierras y a
impulsar las obras públicas con subvenciones en títulos de adjudicación de los
baldíos contiguos a las mismas, y del otro, el mantenimiento de esas
prerrogativas era el costo de aprobación de esas leyes en un congreso
fuertemente representado por propietarios territoriales conservadores y liberales.
La aprobación de las leyes favorables a los colonos no impidió que la política de
adjudicación de baldíos siguiera concentrando la propiedad territorial en las
nuevas áreas ocupadas durante los años siguientes, incluso más que antes; así,
de 1891 a 1904: los tenedores de títulos de deuda y los ocupantes con ganado
monopolizaron más del 90% de las tierras adjudicadas.
El surgimiento de fuertes guerrillas liberales en la guerra de los mil días fue un
factor importante adverso a un acuerdo rápido entre los dirigentes de ambos
partidos, después de la victoria conservadora en los principales combates
regulares; eso explica en parte la ferocidad y duración excesiva de esa guerra en
relación a las contiendas civiles anteriores. Esto impresionó mucho a los
dirigentes e intelectuales de ambos partidos.
La situación política arriba mencionada debió contribuir eficazmente a la
aprobación de la Ley 56 de 1905 sobre adjudicación de baldíos; pues de otra
forma no se entiende como pudo ser aprobada una legislación tan avanzada por
un partido conservador fuertemente influenciado por los grandes terratenientes,
después de haber resultado victorioso en la guerra. La Ley 56 supera
ampliamente a la Ley 200 de 1936 en ciertos aspectos considerados nodulares
por los ideólogos de la revolución en marcha. En efecto, uno de los puntos
centrales de la Ley 200 era el de conseguir la explotación económica de las tierras
baldías adjudicadas a particulares; con ese objeto disponía el regreso a dominio
del estado de las tierras que no fueran explotadas en el curso de diez años a
partir de su expedición. La Ley 56 avanzaba mucho por este camino (151), así, en
su artículo 7º. decía: “Los terrenos baldíos que no hayan sido cultivados desde la
expedición de la ley 48 de 1882 volverán ipso facto al dominio de la nación, y
exhibida la prueba de que no están cultivados, pueden ser denunciados.” En el
artículo 13 se gravaba con impuestos los demás baldíos ociosos: “Todas las
adjudicaciones de baldíos que estén vigentes, por cualquier título, y cuyos
terrenos no hayan sido cultivados, pagarán un impuesto igual al que rige para los
predios rústicos” , y en el artículo 21 se estipulaba que “ las adjudicaciones de
tierras baldías, a cambio de títulos ya entregados a favor de empresarios o
contratistas de obras públicas, como subvención a éstas, no se considerarán
definitivas sino en tanto que el Gobierno haga la declaratoria de que los
contratistas han cumplido con las obligaciones...”. De otro lado, la ley imponía
fuertes restricciones jurídicas a las adjudicaciones grandes, pues limitaba la
extensión máxima adjudicable por cualquier título a 1.000 hectáreas (art. 11) y
prohibía terminantemente la emisión de bonos territoriales a partir de la
expedición de la ley (art. 15).
La Ley 56 permitió aumentar las tierras baldías concedidas a los colonos por
algunos años, más o menos hasta 1912, aunque la política de baldíos siguió
favoreciendo principalmente a los grandes propietarios. Las adjudicaciones a
cultivadores pasaron del 5.6% del total en 1904 al 14.2% en 1907 y al 21.5% en
1909, aunque el aumento de la superficie no fue muy importante porque el total
adjudicado fue relativamente reducido. La mayor parte de los nuevos pequeños
propietarios eran campesinos del Quindío y Tolima, donde era fuerte el
movimiento colonizador en ese tiempo. De otra parte, los ocupantes con ganado
recibieron la mayor parte de las tierras adjudicadas a grandes propietarios,
mientras que hasta ese momento los más favorecidos habían sido los tenedores
de bonos territoriales; lo que significaba un mejor aprovechamiento económico de
los baldíos, así fuera con unas cuantas cabezas de ganado, pero al menos se
dejaba de ceder la propiedad sobre la selva virgen. Así mismo, se tendió a
favorecer a los ganaderos medianos, pues la adjudicación promedio por este
concepto disminuyó de 1904 a 1912.
Cuando se alejó el espectro de la guerra civil y el gobierno republicano de
Carlos E. Restrepo dio una participación mayor a los liberales en el gobierno se
pudo implantar una política de baldíos todavía más regresiva que la de la
Regeneración. El punto de viraje parece señalarlo la Ley de 1911, que arrebató el
Valle de Sibundoy a los indígenas: “... Sin juicios ni presentación de títulos, sólo
por medio de un simple decreto, se entregan mil fanegadas para fundar una
escuela de misiones en Sibundoy, trescientas fanegadas a cada una de las
poblaciones de Santiago, San Andrés, Sibundoy, San Francisco y Sucre; cien
fanegadas a las Beneficencias de cada uno de estos pueblos; cincuenta
fanegadas por cada huerto modelo, dirigido por los hermanos Maristas, y dos
hectáreas a cada indio...” (152). Las adjudicaciones a cultivadores cayeron al
6.9% de la superficie en 1912 y a sólo el 1.8% en 1920, mientras el área
adjudicada aumentaba de 26.000 hectáreas en 1909, a 44.600 en 1912 y a
33.700 en 1920. La prohibición terminante de la Ley 56 sobre la emisión de bonos
territoriales se quedó en el papel; en efecto, la ley se aprobó en mayo de 1905 y
ya en noviembre de ese año se hizo una emisión de ellos (153) y también en los
años siguientes (154). La adjudicación a tenedores de bono decayó notablemente
de 1905 a 1909, pero a partir de ese año ganaron importancia rápidamente; así,
mientras en 1907 se entregaron a propietarios privados 1.940 hectáreas de selva
virgen, que representaban el 12.6% de la superficie adjudicada, en 1920 se
entregaron 12.367 hectáreas por ese concepto, que comprendían el 37% del área
entregada. Los ocupantes con ganado continuaron siendo los mayores
beneficiarios de la política de baldíos después de 1912, pero se tendió a favorecer
progresivamente a los propietarios mayores, pues la superficie media de estas
adjudicaciones se duplicó entre 1912 y 1920.
Los cambios en la legislación de baldíos confirmaron jurídicamente el
atropello práctico a los colonos, por supuesto, bajo formas veladas que pretendían
favorecerlo. Así, hasta la Ley 71 de 1917 el área adjudicable a cultivadores era lo
cultivado y una extensión igual en selva, dispuesto por la Ley 56, y allí se
estableció un máximo de 10 hectáreas cultivadas y otro tanto, es decir, se redujo a
20 hectáreas (155). La Ley 85 de 1920 aumentó la extensión máxima adjudicable
a 2.500 hectáreas, dejando el límite de 1.000 hectáreas de la Ley 56 para las
adjudicaciones agrícolas (artículo 1º.) (156).
El recurrente déficit presupuestal del gobierno nacional desde la reforma fiscal
de 1850, así como la gran dificultad de obtener financiación internacional a causa
de las endémicas guerras civiles, llevó a las autoridades a procurar fomentar las
obras públicas a través de generosos subsidios en dinero y tierras baldías,
contiguas a las vías, a contratistas particulares. Los trabajos pocas veces se
realizaban pero las tierras adjudicadas pasaban generalmente a dominio privado,
a pesar de que los contratos hacían depender la subvención de la entrega de las
obras; por este medio pasaron a propiedad privada gran parte de los mejores
baldíos.
La poca efectividad de esta política para incentivar la iniciativa privada y el
progresivo deterioro de los ingresos fiscales, derivado de la decadencia de las
exportaciones de tabaco, indujeron al gobierno nacional a disponer cada vez más
pródigamente de las tierras baldías. El considerable impulso dado desde la
Regeneración a las obras públicas implicó un fuerte crecimiento de los baldíos
adjudicados a empresarios privados. Las ventajas concedidas por el estado a
éstos aumentaron progresivamente: dejó de cobrarles las fianzas con que
procuraba asegurar la realización de las obras, aumentó la concesión de baldíos y
estableció considerables y crecientes subvenciones en oro. En este punto había
notables diferencias según la importancia de las obras, pero de los baldíos
dispuso cada vez más con mayor amplitud; de manera que la concesión típica por
un camino de herradura llegó a ser similar a la que correspondía anteriormente a
un ferrocarril.
Los concesionarios de obras públicas incumplían frecuentemente los
contratos, pero casi siempre hacían efectivos los títulos de adjudicación. En otros
casos se realizaban los trabajos, pero se cobraban subvenciones muy superiores
a las estipuladas contractualmente. El convenio del gobierno con los
concesionarios del Ferrocarril de la Dorada es un buen ejemplo de lo anterior: el
concesionario debía recibir una subvención de 861.300 pesos oro en bonos de
6% de interés amortizables en las aduanas, a razón de 9.900 por kilómetro de vía
construida, y 26.000 hectáreas de baldíos, pero había cobrado 1.722.000 pesos
oro y 52.000 hectáreas de baldíos, es decir, el doble de lo que tenía derecho. El
gobierno exigió reintegrar la diferencia en agosto de 1915 (157).
Las subvenciones a los contratistas de obras públicas parecen haber
aumentado en las primeras décadas del siglo XX. Así, al concesionario del
ferrocarril Valledupar-Riohacha le fueron asignadas 200 hectáreas de baldíos por
kilómetro construido, en 1904 (158) y a los constructores del camino de Pacho a
Utica una extensión igual el mismo año (159). Tres años después, en 1907, la
concesión al ferrocarril de Tundama ascendía a 300 hectáreas y 9.900 pesos oro
por kilómetro de vía construida (160), la del camino de herradura de Bogotá a
Choachí a 1.000 hectáreas por legua terminada (de 180 a 250 hectáreas por
kilómetro según se considere la legua de 4.000 o de 5.572 metros) y la del camino
de Ituango a las cabeceras del Sinú 1.000 hectáreas y 500 pesos oro por legua
construida (161).
La gran propiedad territorial ha terminado por imponerse en las zonas de
colonización desde el comienzo de la nación hasta nuestros días. Carlos Lleras
decía al respecto en 1961:
“...A pesar de que un número considerable de campesinos pobres emprenden
colonizaciones espontáneas en las tierras baldías, las formas de la gran propiedad acaban
por predominar... Dos causas principales han favorecido una relativa concentración de la
propiedad de las tierras nuevas: defectos de nuestra legislación y debilidad económica de los
pequeños colonizadores... Existe la posibilidad de obtener adjudicaciones a cambio de bonos
territoriales de baldíos... sin embargo, no aparece en el código fiscal ni en las normas
posteriores nada que prohíba hacer adjudicaciones a una persona natural o jurídica o... a sus
parientes cercanos o sociedades de que formen parte...” (162).
Los grandes propietarios han acostumbrado ocupar de hecho grandes
extensiones de tierras baldías contiguas a sus propiedades o relativamente
cercanas a las zonas pobladas. La extremada vaguedad de los títulos de
propiedad coloniales, especialmente en aquellos parajes alejados de las
principales poblaciones de entonces, permitía correr los linderos y ampliar muchas
veces la extensión original de las propiedades a costa de los baldíos. Donde éstos
eran adjudicados en forma más precisa por el gobierno republicano, como en las
regiones de poblamiento antioqueño, la ocupación de los baldíos se ha hecho
recurriendo a una ganadería muy extensiva. En época tan reciente como 1960 el
CIDA encontró enormes extensiones de baldíos ocupados sin título por grandes
terratenientes. Así, de 3.76 millones de hectáreas ocupadas de hecho, 2.98
millones, o sea el 79%, correspondía a poseedores de más de 100 hectáreas. En
los departamentos andinos había 1.65 millones de hectáreas, principalmente en
Boyacá, Norte de Santander y Antioquia y 417.276 hectáreas en la Costa Atlántica
(163).
En la década de 1920 se intensificó mucho la expulsión de colonos como
resultado de los cercamientos de baldíos por los terratenientes. En los Anales del
Congreso de esos años están consignadas las repetidas solicitudes de los
colonos caucanos y de otros departamentos a ese organismo reclamando a los
grandes propietarios “...demarcar precisa y prontamente... los linderos de sus
propiedades, con especialidad, por los lados que colindan con baldíos habitados
por colonos...” (164). Hacia 1929 la expulsión de colonos adquirió mucha fuerza,
especialmente “... en departamentos, como el Valle del Cauca, en donde existían
grandes extensiones de tierras incultas o ganaderas… miles de colonos fueron
expulsados de las tierras que habían cultivado por varios años, mediante
sentencias judiciales dictadas a favor de los presuntos propietarios...” (165).
Existen evidencias de que esta forma de apropiación de la tierra fue utilizada
en las regiones de poblamiento antioqueño. En 1934, mientras estaban en su
punto más álgido las luchas agrarias en Cundinamarca y Tolima, los terratenientes
caldenses se estaban apropiando de los baldíos vecinos:
“Como en 1934 se midieron las extensiones territoriales de las haciendas y se trazaron
líneas divisorias entre éstas y los baldíos, los terratenientes se extendieron a estos terrenos
en calidad de 'colonos'” (166).
La expulsión de los colonos estuvo asociada frecuentemente a la ocupación
de hecho de tierras selváticas de propiedad privada. La debilidad inicial del
movimiento colonizador en algunos municipios caldenses como Montenegro, Pijao
y Belalcázar permitió a un puñado de terratenientes apropiarse de la mayor parte
de las tierras, que eran dejadas sin utilizar. “Esta es nuestra conclusión en el caso
concreto de Montenegro... casi todo él acaparado por una sola familia”. Allí se
establecieron posteriormente colonos. En dicho municipio había 650 colonos en
1935, en las colonias de Orinoco, Nápoles y San José, que, en los casos de
conflicto, eran desalojados por las autoridades locales (167).
Pero los enfrentamientos no parecen haberse presentado solamente por la
ocupación de selvas de propietarios privados. En 1917 se establecieron
sutilmente las bases jurídicas para la expulsión de los colonos establecidos en
baldíos nacionales. Las Leyes 48 de 1882 y 56 de 1905 establecían claramente
en las adjudicaciones a cualquier título la condición de dejar a salvo los derechos
de los cultivadores. La Ley 71 de 1917, en cambio, permitía el lanzamiento de los
colonos establecidos en las tierras adjudicadas siempre que se les pagara el
“justo precio” de las mejoras: “Artículo 12. En ningún caso el adjudicatario de
baldíos podrá privar a los colonos o cultivadores de sus cultivos, sin comprobar
previamente ante la autoridad judicial, que se les ha pagado el justo precio de sus
habitaciones y labranzas y que aquellos renuncian a su carácter de colonos o
cultivadores del lote respectivo” (168).
El derecho de los terratenientes a excluir a los colonos de las tierras baldías
se debió ejercer ampliamente en los años siguientes. Todavía en 1935 Antonio
García refiere un caso ocurrido en Belalcázar, Caldas:
“En Belalcázar (márgenes del Cauca) cerca de 150 colonos tienen un litigio con una finca
de una extensión aproximada de 1060 cuadras, muchos de los cuales han hecho inversiones
de trabajo hasta de 20 años. Como los antiguos colonizadores, utilizan el trabajo colectivo en
el desmonte y en la siembra, y para reforzar y defender su pequeña propiedad...
“Pero frente a esta propiedad nacida del trabajo directo y en algunos casos con una larga
tradición, está la adjudicación hecha en 1935 (Resolución No. 28 del Ministerio de Industrias)
a un solo individuo, quedando los colonos automáticamente en situación de 'perturbadores de
la propiedad y del orden público'.” (169).
Unos cuantos acabaron de acaparar las selvas en la región andina del país y
en sus valles internos, entre 1910 y 1930; al menos, tal era la situación descrita
por Alejandro López el último año: “... ¿Dónde sobran tierras a Colombia que no
sea en el Caquetá, y el Putumayo y los demás extremos del mapa? Porque lo que
es el bloque central de selvas que media entre Cali y Medellín de un lado y
Cúcuta y Bogotá del otro, están asignadas, y muy bien asignadas en las notarías,
donde viven agazapados sus dueños, esperando a que el campesino colombiano
establezca su conuco en tierras de ellos para tirarles encima al alcalde del lugar
más próximo. Sobran tierras, y es ésta la hora de que el Ministerio de Industrias
tiene demorados dos mil expedientes de cultivadores en tierras de Santa Marta
según declaraciones de un senador de la República. Sobran tierras, y nuestro
Ministerio de Industrias no encontraría una legua cuadrada que perteneciese de
firme al Estado en dónde acomodar cien familias campesinas que quisieran
derribar monte para alzar su tienda...” (170).
Grandes extensiones de selva virgen en las zonas ocupadas por la
Colonización Antioqueña fueron monopolizadas por unos cuantos que las fueron
convirtiendo en haciendas ganaderas. El desarrollo de la ganadería extensiva era
muy notorio desde comienzos del siglo XIX y avanzó muchísimo desde la
adaptación de los pastos guinea y pará en los años 1861-1880: “... El ganado
había aumentado mucho en Antioquia. Para mediados del 70 las cabezas de
ganado mayor del Estado pasaban de 360.000... (mientras) en 1807 no había sino
15.000 a 18.000 cabezas, y en 1852, 115.000” (171); la masa ganadera de
Antioquia se multiplicó por 3.2 entre 1852 y 1875. Este proceso es descrito
magistralmente por Alejandro López:
“Esta conquista del sur por medio del hacha como título de propiedad no fue uniforme,
sino que iba dejando grandes claros de monte primitivo en tierras que resultaron ser las
mejores, si no las únicas del territorio antioqueño: las del Sur-oeste... La propiedad de esas
tierras había sido adjudicada, bien sea por agentes de la corona de España... bien sea por
unas pocas hojas de papel sellado en la naciente República... Esas tierras, huelga agregarlo,
permanecían incultas y con sus selvas vírgenes, bien custodiadas por sus propietarios... en
espera que el crecimiento vegetativo de la población, como bocas de consumo y como
abundancia de mano de obra, las valorizaran.
“Este estado de inercia vino a romperse hacia el año 1860, la época de la gran
expansión. La raza criolla se había multiplicado de modo sorprendente; ya no cabía dentro de
tierras tan pobremente trabajadas con cultivos extensivos... El equilibrio estático en que
yacían esas tierras vino a romperse por un acontecimiento nuevo, de fausta recordación en
los anales antioqueños: la adaptación del pasto pará, para el engorde de ganado en la
explotación de esas tierras. Y entonces vino a tierra esa inmensa selva y surgieron dehesas
de ganado, que al fin del siglo pasado podían engordar 60.000 o más cabezas de ganado...
“Acontecimientos de otro orden vinieron a fortalecer la posición, ya de suyo fuerte de
esos propietarios. Debido a fenómenos no bien estudiados aún, la importación de ganado del
Valle del Cauca fue desapareciendo, quizá al desaparecer el comercio que hacían los
negociantes antioqueños con el sur del Cauca...” (172).
El fuerte desarrollo de la ganadería extensiva en Antioquia y después de 1860
no condujo a la formación de una gran masa de peones sin tierras sino hasta fines
del siglo XIX, pues la saturación de población que produjo se resolvió
inicialmente, sobre todo, en fuertes corrientes migratorias hacia el Quindío y el
Tolima:
"Hacia mediados del siglo pasado, o quizá menos vagamente, tras la guerra del 60 se acentuó
muy notablemente el movimiento de expansión de la población antioqueña. Los pequeños
poblados se saturaban fácilmente con unos pocos miles de habitantes, y tendían a arrojar el
crecimiento vegetativo de la población hacia tierras nuevas, por un fenómeno bastante
explicable: el aislamiento de cada poblado y el cultivo simplemente extensivo de las tierras
creaba en cada poblado una economía cerrada con pocas posibilidades de intercambio de
productos con otras más o menos lejanas...
"Esos campesinos que invadieron el Quindío no llevaban ni papel sellado ni mayor sonante en
sus morrales... No iban a comprar tierras; iban a ocuparlas... la ley no los protegía, pero la
inmensa distancia... los prevació contra acciones legales que habían de establecerse desde
Popayán... "(173).
El pasaje anterior pone de presente, así mismo, cómo los colonos
antioqueños fundaban su derecho sobre la tierra principalmente en su aislamiento,
más bien que en títulos jurídicos de propiedad.
La ganadería extensiva no sólo se desarrolló en Antioquia, sino también en el
antiguo Caldas, aunque en éste con algún retraso. En 1906, un año después de la
fundación de este departamento, había en él una ganadería muy respetable, que
contaba con 131.700 vacunos y 24.900 caballos y mulas; de la superficie
explotada ese año había 12.609 hectáreas en café y 18.000 en pastos artificiales
(174). Entre ese año y 1935, la producción pecuaria caldense tuvo un crecimiento
gigantesco: el ganado vacuno se había multiplicado por 3.65 alcanzando 481.202
cabezas y el caballar y mular llegaba a 57.661. En cuanto al área en explotación,
había en 1932, según la Oficina Departamental de Estadística, 167.500 hectáreas
cultivadas, de las cuales 92.000 en café, y 500.000 hectáreas sembradas con
pasto (175). En el corto espacio de 26 años se había conseguido una proporción
más o menos adecuada hombre-tierra: la ganadería extensiva ocupaba en 1932 el
74% de la superficie agropecuaria del Departamento.
La ganadería caldense no tendió a situarse preferencialmente en ciertas
regiones, como los valles del Magdalena y el Risaralda, sino que parecía formar
un cerco alrededor de las pequeñas propiedades cafeteras; Ramírez dice
refiriéndose al occidente de Caldas (176): “Las empresas cafeteras están
distribuidas en pequeñas propiedades; puede decirse que cada campesino posee
una pequeña parcela bellamente cultivada con café... abundan los cultivos
complementarios... y numerosas fincas de ricos pastos donde el ganado adelanta
y se multiplica prodigiosamente” . En cuanto a los municipios de más antiguo
poblamiento del norte del departamento (177); “...Posee centros cafeteros tan
importantes como Aguadas y Salamina y además de la prosperidad que les brinda
el café, la industria agropecuaria es de gran aliento y por si sola y sería suficiente
para asegurar el porvenir a varios de los más importantes municipios de la
región...”
Las condiciones de baja productividad del trabajo campesino y de una masa
suficiente de tierras incultas susceptibles de incorporarse a la producción en la
medida de las exigencias del crecimiento poblacional y de la capacidad productiva
social, en que discurrió históricamente el desarrollo del sector rural en Colombia
hasta 1950, habría permitido una formación social agraria claramente dominada
por la propiedad parcelaria campesina, si la ganadería extensiva no hubiese
cumplido entre nosotros el papel desempeñado por el progreso tecnológico en las
sociedades capitalistas desarrolladas, esto es: la formación de un ejército de
trabajadores desposeídos obligados a vender su fuerza de trabajo para poder
vivir. Pero, mientras el régimen capitalista reproduce por este medio sus propias
condiciones de existencia, las formas de sometimiento capitalistas o no
capitalistas de los trabajadores expropiados por la ganadería no dependen de ella,
sino de condiciones sociales independientes de la misma, como son, el desarrollo
de la industria capitalista en las ciudades o el establecimiento de enclaves
mineros o agrícolas del capital extranjero; las reses pueden llevar en la frente la
marca de la propiedad territorial o del capital.
Cuando la ganadería extensiva avanza en unas condiciones de débil
desarrollo del capital productivo y de predominio aplastante de los métodos de
producción atrasados de los campesinos, como los correspondientes a la época
en estudio, sólo representa la forma más económica de desarrollo de la gran
propiedad, por varias razones: de un lado, la inversión de relativamente poco
dinero permite abarcar grandes extensiones de tierra, cuya magnitud depende,
dentro de límites muy elásticos, del carácter más o menos extensivo de la
ganadería. El montaje de los potreros a menudo no cuesta nada, pues basta
permitir al campesino tumbar monte, sacar una o dos cosechas de maíz o arroz,
con la condición de dejar sembrado pasto. De otra parte, las vacas mismas
proveen la vigilancia de la propiedad contra los campesinos que traten de
establecer cultivos de ella, y en tercer lugar, la ganadería impone un uso de la
tierra aprovechable en un momento dado; de tal naturaleza, que asegura
elevados ingresos futuros a la propiedad territorial.
El efecto de la ganadería extensiva sobre la formación de una clase de
peones sin tierra en un primer momento y de arrendatarios y aparceros después,
así como en el encarecimiento del costo de la vida, fue comprendido muy bien por
Miguel Samper, Salvador Camacho y Medardo Rivas y fue objeto de largas
reflexiones de Alejandro López; este último decía en 1926:
“... si el jornal normal tiende a subir, muchos prescinden de nuevos cultivos o se refugian
en el cultivo de pastos; así la inercia se encarga del sostenimiento automático de la
pretendida ley de la oferta y la demanda, manteniendo el salario al nivel convenido.
“Este nivel es bien bajo por cierto, y apenas es 'necesario y suficiente' para que la clase
trabajadora 'subsista y viva'.... en el nivel más bajo que pueda soportar criatura humana,
satisfaciendo necesidades de simple orden fisiológico; esa clase inferior no consume sino
unos cuantos víveres del modo más ordinario, anda a pie descalzo, viste telas burdas
remendadas hasta lo inverosímil, duerme casi siempre en el suelo o en jergones infames, y
su vajilla es vegetal, si acaso no han de servirse con las uñas, dedos y sorbo a modo de
cubiertos; añádase a esto un poco de aguardiente o chicha o guarapo con no poca frecuencia
proporcionado por el patrón, y en veces como parte del salario...” (178).
En otra parte comenta que el ideal de los grandes propietarios era el cultivo
del cocotero.
De otro lado, el avance de la ganadería a costa de la agricultura, en la
segunda mitad del siglo XIX y las primeras décadas del XX, produjo un alza
tendencial de los precios agrícolas y de la carne, que se manifestaba
dramáticamente en el abyecto nivel alcanzado por el “salario” de los peones. El
desplazamiento de la producción agrícola a las tierras más alejadas y de peor
calidad debía producir necesariamente este resultado, en unas condiciones de
bajísima productividad del trabajo campesino y de enormes costos del transporte,
que exigía semanas y a veces meses el traslado de mercancías y personas a
lomo de mula o de hombre entre las distintas secciones del país. La baja oferta
agrícola permitía, a su vez, altos precios de la carne y elevadas rentas del suelo
en las tierras ganaderas.
Volviendo a lo anterior, los campesinos sólo lograban cultivar una parte
relativamente pequeña del área útil en las regiones de colonización y basaban sus
derechos sobre la tierra principalmente en su explotación y su aislamiento de la
civilización, hasta cuando un puñado de terratenientes o aspirantes a serlo se
hacían titular la selva restante. Una vez eran convertidas dichas tierras en
haciendas ganaderas se saturaba la población por el uso extensivo de la tierra:
dada la estructura de la propiedad y de la utilización de la tierra sobraban en la
zona los campesinos expropiados por el avance de la ganadería, los inmigrantes
que encontraban ocupada la tierra, y posteriormente, los hijos de los afortunados
que habían logrado salvar sus fincas. Los más intrépidos de ellos se jugaban la
vida contra la libertad, emigrando cada vez más al sur, al Quindío y a las tierras
altas del Tolima y el Valle del Cauca, a abrir nuevos frentes de colonización; los
más timoratos, en quienes pesaba más la resignación cristiana que el ansia de
independencia personal, se quedaban como jornaleros en las haciendas
ganaderas o en ocupaciones marginales, haciendo bajar el salario real. El rápido
crecimiento de la gran propiedad territorial a medida que avanzaba la frontera
agrícola convirtió a la Colonización Antioqueña en un proceso autosostenido,
mientras
los
campesinos
tuvieron
oportunidad
de
establecerse
independientemente en otras comarcas de clima benigno.
La intensificación del movimiento colonizador desde 1860 impidió la formación
de una población importante de peones en Antioquia hasta mediados de la
década de 1870 más o menos, y los pocos que había apenas si darían abasto a
las demandas de la minería empresarial (179). Es muy significativo que Tyrrell
Moore, establecido en el Departamento desde hacía 36 años, donde había
formado su familia y conocedor del mismo como el que más, debiera trasladarse
en 1863 a Cundinamarca con sus compañeros de aventura a establecer
haciendas cafeteras. Pero, a medida que se alejaban cada vez más hacia el sur
los frentes de colonización y se iba saturando rápidamente la población en las
zonas ocupadas con anterioridad, la utilización extensiva del suelo fue formando
una capa importante de trabajadores desposeídos en los lugares de más antigua
población, a partir de la segunda mitad de los años setenta. Desde comienzos de
esta década algunos grandes propietarios que no encontraban campos lucrativos
de inversión experimentaron en pequeña escala con el cultivo de café; Parsons
dice: “ En 1871 se hizo una plantación de 2.000 árboles en el tablazo, a pocas
millas de Rionegro, por José María Jaramillo, era éste uno de los terratenientes
acaudalados a quienes sobra tiempo y capital, y que fueron autores de la
expansión del cultivo de café en los años siguientes...” (180).
Pero no fue sino a comienzos de la década de 1880 cuando maduraron las
condiciones para que un grupo de grandes propietarios iniciara el desarrollo a
escala comercial del café en Antioquia, en la región de Fredonia; Parsons
comenta al respecto: “ En 1882 Ospina comenzaba a poner a prueba sus
recomendaciones cuando en unión de Julián y Eduardo Vásquez estableció la
primera de varias haciendas de café en grande escala, empleando métodos
científicos de cultivo y beneficio... al norte de Fredonia. Aquí se establecieron las
primeras máquinas despulpadoras y trilladoras mecánicas del Departamento y a
éstos siguieron en breve otros ricos hacendados en los suelos pedregosos de la
región de Fredonia, rápidamente se convirtieron en el centro de la industria
cafetera en Antioquia... en contraste con otros distritos antioqueños el cultivo del
café ha continuado siendo aquí de gentes acomodadas, producido técnicamente y
en gran volumen” (181). A la región de Fredonia la favorecía además su
contigüidad a la importante zona minera de Titiribí y Amaga, que entonces estaba
en decadencia y empleaba numerosos trabajadores asalariados.
Este núcleo inicial de grandes productores se fue desarrollando lentamente y
extendiéndose a los municipios vecinos de Titiribí, Amaga y Caldas hasta 1892,
en que constituía el único centro de producción de alguna importancia en el
Departamento, pues estaban allí el 48.6% de los cafetos productivos y se
originaba el 47.9% de la producción, el resto eran unas cuantas plantaciones
dispersas por buena parte de la región andina del Departamento; la producción
caldense era aún más incipiente que en el resto de Antioquia (ver Cuadro
No. I.9).
La producción cafetera de Antioquia y Caldas sólo alcanzó un volumen muy
modesto en el período 1882-1892, aunque ésta fue una etapa indispensable de
experimentación y difusión del conocimiento del cultivo en el sudoeste y sur de
Antioquia y norte de Caldas, que se convertirían en importantísimas regiones
productoras, a raíz de la enorme expansión de la industria cafetera en los 21 años
siguientes, cuya condición fue aquella fase preparatoria. La política de fomento de
la Asamblea de Antioquia influyó mucho en el conocimiento del cafeto por los
campesinos parcelarios antioqueños y del norte de Caldas:
“Aunque la bonificación de la Asamblea Provincial de Antioquia en 1881, se había
destinado a rebaños de ovejas o viñedos y también a café, casi todos los pagos que fueron
hechos en los primeros años se dedicaron a nuevos plantíos de café... varias circunstancias
entre ellas la baja del precio, contribuyeron a disminuir el entusiasmo de los que ya tenían
sembrados almácigos. Pero los auxilios habían sido al parecer efectivos, pues 18 años más
tarde se comentaba que los premios ofrecidos por la ordenanza de 1881 habían sido un factor
del auge del café en Antioquia” (182).
Cuadro I.9. ARBOLES EN PRODUCCION, PRODUCCION Y RENDIMIENTO
DEL CAFE EN ANTIOQUIA Y ANTIGUO CALDAS EN 1892
(1) Los principales productores eran en su orden Fredonia, Titiribí, Amaga, Heliconia, Caldas
y Medellín, con 686.500 cafetos.
(2) Andes, Bolívar, Concordia, Jardín, Jericó, Nueva Caramanta, Támesis y Valparaíso.
(3) Los distritos de la provincia sur de Antioquia; los de la provincia caucana del Quindío, es
decir, María, Pereira, Salento, San Francisco o Chinchiná y Santa Rosa, se exceptuaron Cartago,
La Unión, Toro y la Victoria, que harían parte del Valle del Cauca; Manzanares, Victoria y
Marulanda del Tolima y Supía de la provincia caucana de Marmato, porque no había datos del
resto de la provincia.
(4) Aguadas, Aránzazu, Filadelfia, Manizales, Neira, Pacora, Pensilvania y Salamina de la
provincia sur de Antioquia y San Francisco o Chinchiná del Quindío, por su proximidad a
Manizales.
FUENTE: Reordenación de los datos del Censo Nacional de Productos Exportables del 29 de
noviembre de 1892; Estadística Nacional; “Quinto Boletín Trimestral” ; Bogotá, agosto de 1894.
En 1892 cerca del 50% de las plantaciones de café estaban en la provincia
del centro de Antioquia, en los municipios de Fredonia, Amaga, Titiribí y Heliconia,
caracterizados por el predominio de las grandes haciendas, a pesar de que en el
primero se establecieron numerosas pequeñas plantaciones de 1892 a 1925
(183). En cambio la producción de Titiribí estuvo completamente dominada por
grandes hacendados hasta 1925, cuando había solamente 77 plantaciones con un
promedio de 60.000 arbustos cada una. Otra parte importante de los cafetales
estaban en las provincias de Sopetrán y de oriente, donde los rendimientos eran
muy reducidos, de sólo 6.1 y 3.9 sacos por mil árboles respectivamente, mientras
el promedio departamental alcanzaba a 6.6 sacos. Si se suman estas provincias a
la del centro se encuentra que en el área cercana a Medellín estaban localizados
en 1892 el 74.4% de los cafetales y el 66.2% de la producción de café; esto tal
vez explica el temprano y acelerado establecimiento de la industria de trilla en la
ciudad y en los otros municipios del Valle de Aburra.
En los distritos del sudoeste y sur de Antioquia y del Caldas antioqueño, que
serían zonas cafeteras importantísimas, sólo se habían establecido las primeras
plantaciones en 1892, pues sólo en contados municipios de esas provincias había
más de 40.000 cafetos en producción (Andes, 40.800 y Concordia, 44.000); sin
embargo, estos primeros experimentos efectuados en dichas regiones de 1881 a
1892 sentaron, sin duda, las bases para la enorme expansión cafetera en las
mismas de 1892 a 1925 y en los años siguientes: de un lado, difundieron el
conocimiento de un cultivo comercial que podía ser explotado ventajosamente por
pequeños productores, cuyos requerimientos de inversión y de explotación eran
entonces principalmente su propio trabajo, entre una población considerable de
medianos y pequeños propietarios campesinos surgida de la Colonización
Antioqueña, que habían tenido hasta ahí una economía cerrada; y de otra parte,
mostró las buenas cualidades de sus tierras para la producción de café: mientras
el rendimiento medio de Antioquia era de 6.6 sacos por mil árboles y en la
provincia Central 6.5, los rendimientos de las provincias Sur, Sudoeste y del
Caldas antioqueño eran de 12.0, 8.7 y 12.2 sacos respectivamente (ver Cuadro
No. I.12). El crecimiento de las plantaciones y de la producción en los años
siguientes fue enorme: la superficie en producción de Antioquia era en 1892 de
953.3 hectáreas y la de Caldas 160.8 (184) y en 1906 el área total del primero
llegaba a 26.820 hectáreas y la del segundo a 12.609 (185). La producción de
Antioquia se multiplicó por 19.5 entre 1892 y 1913, alcanzando los 185.000 sacos
de 60 kilos en este año y la de Caldas aumentó 73.4 veces hasta 199.000 sacos
(ver Cuadro No. I.11).
Esta gran expansión de la industria cafetera en Antioquia y Caldas dependió
en su mayor parte de la iniciativa y el esfuerzo de medianos y pequeños
propietarios campesinos. En efecto, según los datos de Diego Monsalve, en 1925
los propietarios de cafetales mayores de 20.000 plantas sólo controlaban el 17.7%
de la superficie cafetera del Departamento; los grandes propietarios eran
especialmente importantes en los municipios de Pensilvania, donde controlaban la
producción, y Santa Rosa, en que tenían una presencia muy significativa, aunque
claramente minoritaria. La producción cafetera de Antioquia provino hasta
comienzos de la década de 1950 de tres zonas muy definidas: la primera y más
antigua es la región cafetera de Fredonia, Venecia y los municipios mineros de
Amaga, Angelópolis y Titiribí, donde tradicionalmente predominaron las grandes
haciendas cafeteras, aunque después de 1892 surgieron numerosos productores
campesinos; en segundo término, el suroeste y el sur, que comprenden un
conjunto de municipios predominantemente cafeteros, sobre todo de pequeños y
medianos campesinos con cafetales entre 3.25 y 13 hectáreas, y, por último, los
demás municipios andinos del Departamento, donde el café generalmente no es
el producto principal, pero que representan en conjunto una producción muy
importante, la mayor parte de la cual dependía de campesinos propietarios de
cafetales menores de 3.25 hectáreas. La producción de la zona de Fredonia
creció intensamente en el período 1892-1922, pero en una proporción muy inferior
a las regiones en que la producción dependía de campesinos parcelarios; de tal
manera que en 1922 sólo el 28.2% de los cafetos en producción y el 26.3% de la
producción provenía de la región de Fredonia, donde se había desarrollado
también una población importante de productores campesinos. Desde este año
hasta 1931 se presenta un notable estancamiento en la zona, resultado del
drenaje de trabajadores por las obras públicas y la industrialización, que redujo su
participación en las plantaciones al 18.5% y en la producción al 18.8% en 1931
(ver Cuadro No. I.10).
Los primeros en establecer plantaciones de café en el Valle del Cauca fueron
algunos grandes y medianos propietarios en las tierras planas cercanas a Cali y
Palmira. La extensión de los cafetales de este departamento era
aproximadamente la mitad de Antioquia en 1892, pero la producción era similar,
debido a los admirables rendimientos, que alcanzaban un promedio de 15.5 sacos
por mil árboles en Cali y Palmira y de 23.0 en Cartago, sólo superados por los de
Chinchiná en Caldas (23.4 sacos). No se sabe a ciencia cierta cuándo se
establecieron esas plantaciones, pero parece probable que fuera por la misma
época de Fredonia en Antioquia, esto es a comienzos de los años 80, por grandes
propietarios de los distritos de Palmira y Pavas; pues allí estaban en 1892 el
88.4% de los cafetos en producción y se obtenía el 89.8% del café del Valle del
Cauca. El predominio de los grandes propietarios en estos distritos era muy
notorio, pues el tamaño medio de las plantaciones en Pradera en 1925 era de
61.900 arbustos y de 27.300 en Pavas. De allí debió extenderse el conocimiento
del cultivo cada vez más al norte del Departamento, a Tuluá, Cartago y de éste
pasar al Quindío. Esta parece haber sido la vía de conocimiento del cultivo por los
campesinos de esta región caldense, pues, de un lado, tanto el Quindío como el
Valle pertenecían administrativamente al Cauca; pero, sobre todo, los magníficos
rendimientos del café en tierras vallecaucanas debieron llamar la atención de los
colonos, urgidos de un producto comercial (ver Cuadro No. I.11).
Después de un período de difusión del conocimiento del cultivo del café en las
regiones del Valle del Cauca, Quindío y Risaralda, donde había una población
considerable de medianos y pequeños campesinos, en los años 1882-1892, éstos
dieron un empuje prodigioso a la producción cafetera en esos departamentos, del
último año hasta 1930, transformando profundamente sus economías.
Cuadro I.10. ANTIOQUIA: ARBOLES EN PRODUCCION Y PRODUCCION POR
REGIONES DE 1892 A 1931
(1) Fredonia, Venecia, Angelópolis, Titiribí y Amaga.
(2) Suroeste menos la zona de Fredonia cercana a Medellín.
(3) Abejorral, Nariño y Sonsón.
(4) Municipios del Valle de Aburra y los cercanos de Armenia, Ebéjico y Heliconia.
(5) El rendimiento de los demás se supuso como el más bajo donde había información.
(6) La producción se obtuvo multiplicando el rendimiento por los árboles en producción. La
estimación es muy aproximada, pues en 1931 dio 607.210 sacos y el dato del Censo Cafetero de
1932 es de 617.500 sacos.
FUENTE: 1926: Diego Monsalve; “Colombia Cafetera”.
1922 y 1931: Censos Cafeteros de Antioquia en esos años; “Anuario Estadístico de
Antioquia”.
1892: Censo Nacional de Productos Exportables de 1892.
Cuadro I.11. ARBOLES EN PRODUCCION, RENDIMIENTOS, PRODUCCION Y
TAMAÑO DE LOS CAFETALES EN EL VALLE DEL CAUCA Y EL QUINDIO EN
1892 Y1925
(1) No había información de las provincias de Buga, Buenaventura y Tuluá, ni de los distritos
de Cali y Yotoco en la de Cali en 1892. En esta provincia eran productores de café en 1892, en su
orden de importancia: Pavas, Salado, Yumbo y Jamundí. En Palmira sólo Pradera era productor.
(2) La provincia caucana del Quindío se componía de los distritos de Cartago, La Victoria,
Toro y La Unión, agregados luego al Valle y los distritos de María, San Francisco o Chinchiná,
Pereira, Santa Rosa y Salento unidos a Caldas. No se conoce cuáles de los actuales municipios
de Quindío y Risaralda correspondían a las cabezas del distrito de esos nombres, pero deben ser
la mayoría. Aquí se denomina Quindío en 1892 a Pereira, Santa Rosa y Salento y se los compara
con los tres municipios del mismo nombre en 1925, aunque no sea exacto y se subvalúe
fuertemente las plantaciones de Quindío y Risaralda este año.
FUENTE: 1892: Censo Nacional de productos exportables de 1892.
1925: Diego Monsalve; “Colombia cafetera”.
La iniciación de la industria cafetera en Antioquia, Caldas y Valle se debe a
algunos grandes propietarios, que establecieron algunas haciendas de café en las
cercanías de las ciudades de Medellín y Cali, en los años 1882-1892. Pero la gran
expansión cafetera en estos departamentos se dio en el corto lapso de 21 años
entre 1892 y 1913, en que la producción de Antioquia se multiplicó por 19.5, la de
Caldas por 73.4 y en el Valle del Cauca aumentó 5.7 veces (ver Cuadro No. I.12),
y dependió, sobre todo, de la iniciativa de los productores campesinos.
Cuadro I.12. PRODUCCION DE CAFE EN ANTIOQUIA, CALDAS Y VALLE DEL
CAUCA; 1874-1913
FUENTE: 1874 y 1913: Paul McGreevey; “Exportaciones y precios de tabaco y café”; M.
Urrutia y M. Arrubla; op. cit.
1892: Censo Nacional de Productos Exportables de 1892.
B. EL DESARROLLO DE UNA CLASE DESPOSEIDA Y LA
INDUSTRIALIZACION.
El continuo fortalecimiento de la gran propiedad territorial en la segunda mitad
del siglo XIX y las tres primeras décadas del XX, supuso el sometimiento de una
parte creciente de la población rural a través del peonaje o como concertados,
arrendatarios o aparceros dependientes de los terratenientes. El predominio de
una u otra forma de dominación de los trabajadores parecía ser función de su
mayor o menor adecuación a la explotación más intensa de éstos, dada la
reducidísima productividad del trabajo agropecuario; esto dependió, en primer
lugar, de la eficacia y rapidez de la destrucción de las formas de producción
campesina por medios violentos y / o por vías jurídicas, y, en segundo término, del
uso extensivo o intensivo de la tierra impuesto por la gran propiedad territorial.
El tranquilo manejo de la fuerza de trabajo por los terratenientes fue cambiado
desde el comienzos del siglo XX a medida que el crecimiento gradual de la
industria urbana, la urbanización y el moderno sistema de transporte, brindaron
crecientes oportunidades de empleo no agrícola a los trabajadores y la pérdida de
importancia del papel moneda impidió mantener bajo el salario real. Esto llevó a
los grandes propietarios del oriente del país a retener la fuerza de trabajo,
recurriendo más ampliamente a formas directas de opresión a costa del peonaje,
y en el occidente a acelerar la apropiación de las tierras baldías y el montaje de
haciendas ganaderas en las zonas de colonización, lo que mantuvo una oferta
creciente de peones. El sistema de dominación de los trabajadores del campo en
Cundinamarca y el oriente del Tolima, se trastornó profundamente en 1924-1930
por las crecientes exigencias de los campesinos, a consecuencia de la intensa
campaña de obras públicas adelantada en esos años; empezó a derrumbarse a
raíz del retorno de parte de los trabajadores ocupados en ellas después de la
crisis de 1929 y recibió su golpe de gracia de las disposiciones de la Ley 200 de
1936 sobre revisión de la validez de los títulos de propiedad y la obligación de
poner en explotación las propiedades incultas en un lapso de diez años.
Es necesario discutir ahora el significado social del peonaje, porque parecería
que el cambio de éste por el pequeño arrendamiento campesino o la “aparcería”
representara un retroceso de la producción capitalista a formas de producción
anteriores. Pero en realidad constituye el paso de unas relaciones atrasadas a
otras; porque el peonaje encubre relaciones de producción no capitalistas bajo
formas salariales. En efecto, el peón estaba sometido al terrateniente por medio
de anticipos a cuenta del “salario”, que debía cubrir a su patrón para poder
marcharse; si se iba sin pagarle, el alcalde del nuevo lugar de residencia del
trabajador lo devolvía al hacendado para que saldara sus deudas con trabajo. El
permanente endeudamiento de los peones se conseguía pagando el salario por
meses vencidos, de tal manera que los trabajadores tuvieran que fiar en las
proveedurías de las haciendas.
Las penetrantes observaciones de Alejandro López permiten esclarecer este
punto. Empieza explicando cómo el pago de salarios vencidos implica la venta a
crédito del trabajo del asalariado al patrón, lo que supone el endeudamiento del
primero mientras recibe el salario. Observa seguidamente la implantación de
largos períodos de pago en Colombia para obligar a los asalariados a fiar en las
proveedurías de los patronos, deduciéndose lo fiado del salario. La proveeduría
se complementó con disposiciones legales que permitían al patrón capturar al
“obrero” para pagarse con su trabajo los anticipos a cuenta del salario (186).
Señala, finalmente, cómo esa situación equivalía al servilismo reforzado por la ley:
“Considero como uno de mis justos títulos como reformador, haber contribuido a que en
la Asamblea de Antioquia se anulase la disposición de policía en virtud de la cual un obrero
podía ser reclamado por medio de la autoridad, para que fuera a pagarle al patrón, en trabajo,
el dinero o géneros que éste le había anticipado, lo que equivalía al servilismo reforzado por
medio de la ley. Mas no estoy seguro de que en todos los rincones de Colombia se haya
logrado otro tanto, y hace muy poco tiempo que las haciendas del Departamento de Bolívar
se vendían incluyendo en el precio los peones a los que se había servilizado por el anticipo
de dineros o de géneros...
“No podía omitirse este dato, que muestra una porción de la clase directiva valiéndose
del fiado como medio de esclavizar a los más ignorantes...” (187).
En “Idearium Liberal” el mismo autor precisa más claramente los mecanismos
de sometimiento de los peones descritos arriba:
“¿Qué explicación tiene el pago de salarios y sueldos por mensualidades? ¿Por qué la
parte más pobre de la sociedad se ha de ver obligada a trabajar tanto tiempo sin recibir su
salario, esto es, a trabajar concediendo crédito a su patrón?
“En Colombia florece la proveeduría a la sombra de la inercia social. Es herencia
española... Ese régimen ha subsistido y progresado durante la República. El sistema es
cómodo y lucrativo. El empresario le vende al fiado a su subalterno, reservándose el derecho
de cubrirse al pagar el salario. Es una venta sin competencia y sin riesgos. El obrero nada
recibe el día de pago, y en ocasiones apenas alcanza a abonar la suma devengada en una
cuenta más o menos auténtica. En tanto el empresario prospera por partida doble: ganancias
en la empresa y utilidades en la proveeduría. De ahí surgió indudablemente el pago mensual,
que no es en realidad sino una liquidación por meses transcurridos.
“Menos mal si este abuso no condujese a otro semejante y congruente. No sé si por
causa de leyes nacionales como medida de policía, que regía en varios departamentos, que
yo sepa, la verdad es que existían o existen medios legales coercitivos para hacer volver al
obrero del lugar donde estuviere, por remoto que sea, a trabajar a la empresa de donde
hubiese salido dejando deudas de trabajo. Esto engrana con aquello. Se le venden al obrero
golosinas y licores a cuenta del salario; si se queda trabajando sale desplumado por la
proveeduría; si se va, bastará que el empresario se queje al alcalde de su lugar, quien
inmediatamente exhorta a su colega del lugar de nueva residencia del obrero, a fin de que lo
obligue a volver a trabajar hasta extinguir la deuda. Mi experiencia personal, con pobres
gentes de mi dependencia, me obligó a plantear el caso ante la Asamblea de Antioquia, y
aunque hubo varias resistencias... se aprobó la ordenanza que prohibía a la autoridad
intervenir en el cobro de deudas de trabajo. Pero hasta donde llega mi información, el mismo
régimen subsiste todavía en otros departamentos'' (188).
Los peones que no se apresuraban a ocuparse en cualquier oficio y bajo las
condiciones que fuera, eran recluidos en colonias penales a colonizar tierras
vírgenes. La Ley 105 de 1922 establecía penas de reclusión en colonias penales
y agrícolas hasta de nueve años a los reincidentes en delitos contra la propiedad y
a aquellos considerados vagos por la policía. Algunos artículos importantes de esa
ley decían:
Artículo 4º. Serán relegados a colonias penales los declarados vagos por la policía...
Artículo 5º. Se entiende por vago para los fines de esta ley a quien no posee bienes o rentas,
o no ejerce profesión, arte u oficio, ocupación lícita o algún medio legítimo conocido de
subsistencia... y que habiendo sido requerido por la autoridad competente hasta por dos
veces, en el curso de un semestre, no cambie sus hábitos viciosos. Artículo 13º . A cada
relegado se le señalará para su cultivo una hectárea de tierra y si tuviese familia que
mantener hasta dos... Artículo 14º . El relegado tendrá derecho a que se le señalen
progresivamente, para cultivarlas hasta 10 hectáreas más... las cuales, si se hallasen en
cultivo al cumplir la pena, se les darán en dominio y posesión” (189).
La gran concentración de la propiedad territorial en el país y el uso extensivo
de la tierra impuesto por los grandes propietarios condujo a la formación de una
gran masa de peones y de sirvientes, que era ya muy importante en 1912, según
el censo de población de ese año, aunque la importancia del fenómeno variaba
regionalmente (ver Cuadro I.13).
Los departamentos de Bolívar, Valle del Cauca, Norte de Santander,
Cundinamarca, Huila y Boyacá eran, en ese orden, los que tenían las poblaciones
de peones relativamente más importantes del país en 1912; la participación de
estos trabajadores en la población activa era más bien modesta en Antioquia,
Caldas, Cauca y Nariño. Pero si se mira el fenómeno en términos absolutos
cambia completamente, pues se advierte que la población de jornaleros de
Antioquia era de 38.700, casi iguala la de Cundinamarca (40.300); Santander del
Sur estaba en tercer lugar con 36.800, Bolívar lo seguía con 31.000 y Tolima
estaba en quinto lugar con 19.400. Es más significativo considerar el problema de
esta manera, porque el trabajo femenino e infantil pesaba mucho en la población
activa de Antioquia, Caldas, Tolima y los Santanderes (ver la última columna del
cuadro), y de otro lado, lo que interesa desde el punto de vista del capital es la
disponibilidad de una masa de trabajadores suficiente para sus necesidades de
desarrollo en un momento dado y no la parte que ellos representen en la fuerza
de trabajo total.
Cuadro I.13 COLOMBIA: TRABAJADORES ASALARIADOS
POR DEPARTAMENTOS EN 1912
(1) Según la definición censal: “son jornaleros todos aquellos que sin arte, oficio, ni profesión
especial, y sin ser aprendices de taller, trabajan a diario por cuenta de otro, según salario
convenido, en distintas industrias, oficios, artes o profesiones” .
(2) La población activa considerada aquí es mayor a la presentada en el cuadro de
propietarios rurales, pues en este caso se incluyen en la misma los sirvientes y no antes. Con eso
se pretendía no distorsionar la comparación, pues la inclusión de estos trabajadores aumenta
mucho la población activa de Antioquia, Caldas, Tolima y los Santanderes, donde el trabajo
femenino e infantil era sumamente importante, como se constata en las elevadas tasas de
participación.
(3) Tasa de participación de la población económicamente activa en la población total.
(4) Total sin Magdalena.
FUENTE: Censo de Población de 1912.
La oferta total de jornaleros agrícolas y no agrícolas en Antioquia, Caldas,
Cundinamarca, los Santanderes, Tolima y el Valle del Cauca, los principales
departamentos cafeteros, sumaba 178.600 en 1912, suficiente apenas para
atender estrechamente la demanda de recolectores en la cosecha de café. Según
cálculos de la SAC (190), los 160 millones de cafetos encontrados en el país por
el censo agrícola de 1913 requerían 80.000 trabajadores permanentes en tiempo
de cultivo y 160.000 adicionales en época de cosecha Los 141.3 millones de
arbustos en los departamentos mencionados arriba exigían 141.300 trabajadores
más durante la recolección del grano. Si se asume que las familias de los
arrendatarios y aparceros de las haciendas y de los campesinos parcelarios se
encargaban del cultivo del cafetal y de la tercera parte de la cosecha (191), la
realización de ésta demandaría 160 mil jornaleros en el país y 141.3 mil en los
departamentos más cafeteros. Pero la situación no era uniforme en todos ellos, en
algunos la situación del mercado de fuerza de trabajo era relativamente holgada y
en otros de escasez aguda (192): en Santander del Norte había un déficit de
22.300 jornaleros para la recolección, que debían venir de Santander del Sur,
creando allí un faltante de 9.500; sin embargo, la situación laboral de este último
no debía ser complicada, pues había allí 91.900 sirvientes domésticos, que
seguramente participaban en la cosecha cafetera. En Cundinamarca era
necesario movilizar cerca del 68% de los jornaleros existentes para la recolección
del grano y se podía disponer de pocos trabajadores domésticos, por tanto, debía
haber una notable presión alcista sobre el salario por esa época. Caldas
presentaba aparentemente un déficit de 4.600 trabajadores, pero realmente la
situación laboral era más bien holgada, pues, de un lado, alrededor del 50% del
área cafetera estaba controlada por propietarios de plantaciones de menos de 2
hectáreas (193), que podían atender la cosecha con la fuerza de trabajo familiar, y
de otra parte, había 67.600 sirvientes que podían colaborar en la cosecha. La
disponibilidad de jornaleros era aparentemente suficiente en Antioquia, Tolima y el
Valle del Cauca; detengámonos en el primero.
En Antioquia había 38.700 jornaleros en 1912 y la cosecha cafetera
demandaba 22.800 trabajadores adicionales, pero como por lo menos el 25% de
la superficie plantada eran cafetales de un promedio de 1.33 hectáreas atendidos
por sus propietarios, la cantidad de jornaleros necesarios se reducía a 17.100, lo
que dejaba 21.600 trabajadores disponibles para la minería, la ganadería, el
transporte a espalda y las actividades urbanas. Estas últimas habían alcanzado
un desarrollo considerable, pues sólo en Medellín había 3.305 jornaleros en 1912,
según el censo de ese año. Pero la característica principal del mercado laboral en
Antioquia no era la disponibilidad más amplia de jornaleros, sino una masa grande
de mujeres y niños que trabajaban en oficios domésticos con una remuneración
muy baja y que, como los jornaleros, no poseían medios de producción: en el
censo de 1912 había en el Departamento 169.300 sirvientes domésticos, de los
cuales 15.388 residían en Medellín. Los trabajadores desposeídos en Antioquia
en 1912, sumando los peones y los sirvientes, llegaban a 208.000, mientras en
Cundinamarca eran 40.300, en el Valle del Cauca 15.600 y en Caldas 77.700. Ni
los jornaleros ni los sirvientes eran obreros asalariados, pero eran trabajadores
desposeídos, susceptibles de ser proletarizados por el capital comercial en ciertas
condiciones.
Pero, si los peones del campo no eran vendedores libres de fuerza de trabajo,
sino que, de hecho, estaban esclavizados por la gran propiedad territorial, ¿cómo
pudieron contribuir al desarrollo de relaciones de producción capitalistas en el
país? Emigrando a las ciudades. La intensificación de la expropiación campesina
desde comienzos del siglo veinte aceleró la urbanización, como se expresa en el
notable aumento de la participación de las principales ciudades en la población
total de sus departamentos, entre 1912 y 1938: Barranquilla aumentó del 42.6% al
56.7%; Bogotá, del 16.9 al 28.1%; Cali del 12.8 al 16.6% y Medellín del 10 al
14.2% (194).
El mercado libre de fuerza de trabajo se estaba desarrollando principalmente
en los grandes centros urbanos, al igual que el mercado de bienes y servicios. La
migración de los campesinos pauperizados a las ciudades en busca de empleo,
así fuera muy mal remunerado, es una precondición de la industrialización. Luis
Ospina V. dice, refiriéndose a los años 1902- 1909:
“Otro factor era la creciente y ya apreciable acumulación de brazos ociosos, sobre todo
de mujeres, en las ciudades. Estas se habían aumentado por el simple crecimiento
vegetativo, mayor entonces en ellas, tal vez que en los campos, y además, se había marcado
una tendencia fuerte a la migración a las ciudades. En mucha parte era debida al aliciente de
una vida distinta, a la vaga esperanza de mejorar su suerte, no a la certeza de encontrar
trabajo mejor remunerado que en el campo... En las poblaciones mayores, las trilladoras y las
fábricas y fabriquines de cigarros, cigarrillos, etc., habían ensanchado las posibilidades de
empleo. Esto alentaba la tendencia a la migración, pero esas empresas no copaban, ni con
mucho, los brazos que se ofrecían.
“En algunas regiones, en Antioquia especialmente, la situación se agravaba por
fenómenos de sobrepoblación local... La migración de las mujeres ocurría, generalmente,
como parte de una familia, no como unidades sueltas. El salario entraba como un suplemento
de la ganancia del jefe de la familia...
“Y esto obraba de dos maneras: le valía la simpatía y el apoyo (del gobierno) al
establecimiento de las industrias, y era realmente una razón para establecerlas (aunque por sí
sola no suficiente) para sus buenos resultados. Las primeras fábricas (de textiles,
especialmente) se establecieron empleando esa mano de obra marginal, que se contentaba
con remuneraciones muy bajas'' (195).
Luis Ospina señala agudamente, así mismo, el papel decisivo de las
trilladoras de café en el desarrollo inicial de un núcleo industrial en los grandes
centros urbanos. Esta parece ser la clave de otro aspecto de la acumulación de
capital, el de la formación del primer grupo importante de capitalistas industriales,
de esa clase social con los recursos materiales suficientes y la capacidad
necesaria de organización y de asumir los riesgos propios de la producción
capitalista. El procesamiento final del café en establecimientos industriales
urbanos constituye un fenómeno de la suficiente magnitud para explicar el
desarrollo inicial de la industria; pues correspondió al establecimiento de una gran
producción cafetera en Antioquia y Caldas en el corto lapso entre 1890 y 1905.
Pero el aspecto principal de la trilla industrial de café en cuanto a la
acumulación de capital no es su importancia cuantitativa, sino su papel en la
conversión de los exportadores cafeteros en capitalistas industriales. Esto
representa un cambio cualitativo en la naturaleza del capital, que pasa de la
esfera de circulación a la de la producción; de una situación en que la existencia
independiente del capital en la circulación presupone el atraso en el régimen de
producción de los vendedores y/o compradores de las mercancías con que trafica,
y a los cuales explota por medio del monopolio comercial, es decir, en que el
capital existe de una forma más o menos fortuita. Se pasa a otra muy distinta, en
la cual el capital extrae la plusvalía directamente a sus obreros en la producción, y
en la que, la circulación es tan solo una fase subordinada de la reproducción total
del capital, su etapa de realización; si en este caso se invierte
independientemente capital en el comercio de mercancías, éste sólo representa
una parte del capital de la sociedad, aquella que debería desembolsar el
capitalista industrial para continuar la producción mientras vende sus mercancías
si no existen comerciantes, por tanto, el comerciante en condiciones normales
sólo debe obtener la cuota media de ganancia del capital (196).
El control de los exportadores de la trilla industrial de café fue un elemento
clave de su monopolio frente a los productores campesinos, que les permitía
convertir su trabajo excedente en ganancia comercial. El manejo del sistema de
transporte y la formación de asociaciones de comerciantes fueron también
factores importantes en su manejo del comercio cafetero, hasta la crisis de 19201921 más o menos; pero estos factores perdieron importancia en los años
siguientes, con el mejoramiento substancial de la red vial y el control extranjero de
la mayor parte del comercio de exportación.
El control de las trilladoras, en cambio, subsistió hasta hace muy poco como
elemento importante del monopolio comercial (ver arriba). El mantenimiento de su
posición comercial llevó a los exportadores de café a convertirse en capitalistas
industriales, a extraer directamente plusvalía a sus obreros en la producción,
además del trabajo excedente de los campesinos obtenido en el comercio. Esta
doble condición de capitalistas comerciales e industriales, impuesta a los
comerciantes por el café, parece estar en el origen de los empresarios
capitalistas.
La disponibilidad de fuerza de trabajo para desarrollar esta actividad era muy
amplia, pues las mujeres eran especialmente adecuadas para el delicado trabajo
de seleccionar los granos de café en las trilladoras y había una gran cantidad de
ellas ocupadas en oficios domésticos con remuneraciones muy bajas. Los
campesinos parcelarios de Antioquia y Caldas lograron en el corto lapso de
catorce años, entre 1892 y 1906, transformar la reducida producción cafetera del
primer año en una actividad muy considerable. La velocidad de este cambio y el
marcado predominio de la pequeña producción llevó a los exportadores de café a
montar con igual celeridad una industria de trilla urbana en Medellín y otras
localidades del Valle de Aburra, de gran magnitud para las reducidas actividades
de las poblaciones en esa época; aquí se formó un amplio semillero de
capitalistas industriales, entre ellos, los Echavarría, que fundaron Coltejer y
Fabricato (197).
Las primeras trilladoras mecánicas de Antioquia y Caldas parecen haberse
montado en los años 1892-1894 por exportadores dé café aconsejados por firmas
inglesas, pues hasta entonces los campesinos pilaban el grano o lo vendían en
pergamino a los comerciantes, que lo exportaban en esta forma. Sinforoso
Ocampo decía refiriéndose a Caldas:
“...las primeras exportaciones se hicieron en pergamino a Inglaterra. Más adelante se
inició la exportación de café en almendra y la trilla se hacía en pilones de madera al igual que
el maíz; pero por insinuaciones de firmas inglesas, don José María Mejía introdujo a
Manizales, hacia el año 1894, poco más o menos, la primera trilladora para mover a mano, la
que fue situada en el local de la primera calle real de esta ciudad (Manizales)...pero bien
pronto vinieron más perfeccionadas máquinas, que en grandes y cómodos establecimientos
han venido beneficiando la gran cantidad de café que aquí se produce...” (198).
A los pocos años, en 1899, se empezaba a gestar la primera iniciativa
industrial de importancia en Antioquia, la Fábrica de Hilados y Tejidos de Bello,
pero que debió aplazar su iniciación hasta 1904, debido a la guerra de los mil días
y los trastornos monetarios subsiguientes. Otro grupo se hizo cargo de la fábrica y
la puso a funcionar en 1906, con 102 telares y capacidad para 300; empleaba 150
personas, casi todas mujeres. En 1910-1911 se había duplicado su capacidad y
daba empleo a 500 mujeres. Coltejer empezó a funcionar en 1908 sin mucha
dificultad, aprovechando la experiencia de la empresa anterior (199). La enorme
población de sirvientes en Antioquia fue un factor muy propicio para el
establecimiento de trilladoras e industrias en la ciudades; como señalaba Luis
Ospina, la creciente acumulación de brazos ociosos, especialmente de mujeres
en las ciudades, fue un factor importante para el establecimiento de industrias a
comienzos del presente siglo; y más adelante agrega: “Las primeras fábricas (de
textiles, especialmente) se establecieron empleando esa mano de obra marginal,
que se contentaba con remuneraciones muy bajas” . La industria fabril antioqueña
empleó hasta 1930 principalmente mujeres; así, las estadísticas sobre empleo y
salario industrial, presentadas por el “Anuario Estadístico de Medellín” desde
1916, se referían a obreras, como se verá más adelante (capítulo III).
Los trabajadores desposeídos aumentaron mucho y en forma general en todo
el país entre los censos de población de 1912 y 1938: así, mientras en el primer
año había 265.000 jornaleros (200), que representaban el 14.6% de la población
activa, en el segundo los peones agrícolas llegaban a 785.300 y los obreros a
318.900 y en conjunto significaban el 37% de la fuerza de trabajo. Los sirvientes
domésticos, en cambio, disminuyeron de 393.100 a 261.700 entre los dos años,
por desplazamiento a mejores empleos en la industria, la construcción, etc., el
retiro de mujeres y niños de la fuerza de trabajo permitido por el mejoramiento del
nivel de vida, y en ciertos casos, como en Antioquia y Caldas, debido al
desempleo, que se manifestaba en tasas de participación muy bajas, 31.2% y
32.6%, cuando el promedio del país era 35.5% (ver Cuadros Nos. I.13 y I.14).
El mercado de fuerza de trabajo se desarrolló mucho más aceleradamente en
Antioquia, Caldas, Valle y Tolima, que en Cundinamarca y los Santanderes en
estos años (ver Cuadros Nos. I.13 y I.14). Sin embargo el proceso tendió a
nivelarse desde 1925 a raíz de la campaña de obras públicas, que proletarizó una
parte importante de los trabajadores de Cundinamarca, el oriente del Tolima y los
Santanderes, generando con esto intensas luchas campesinas por mejorar las
condiciones de trabajo. El regreso de parte de los obreros al campo después de
la crisis de 1929 radicalizó a los campesinos, que empezaron a desconocer la
legitimidad de la propiedad de los hacendados, lo que condujo, de un lado, al
aumento considerable de los propietarios campesinos en estos departamentos, y
del otro, a la expulsión de numerosos arrendatarios de las grandes propiedades.
Cuadro I.14. COLOMBIA: TRABAJADORES ASALARIADOS
POR DEPARTAMENTOS EN 1938
(1) Diferencia entre el total de obreros y peones y los peones agrícolas.
(2) Sirvientes urbanos y rurales.
FUENTE: Censo de Población de 1938.
La expropiación de los colonos y el avance de la ganadería extensiva (201)
produjo un crecimiento suficientemente grande en la oferta de trabajadores
desposeídos en Antioquia, Caldas y el Valle del Cauca desde 1912, como para
satisfacer con amplitud la demanda del sector rural y permitir el avance de las
actividades no agrícolas sin grandes presiones sobre los salarios. Los peones
agrícolas en estos departamentos eran 122.400, 89.300 y 62.200
respectivamente, en 1938, lo que significaba aumentos respecto al total de
jornaleros en 1912 del 316.3, 884.2 y 398.7 por ciento para cada uno de ellos. En
cambio, los trabajadores temporales requeridos por la cosecha de café eran
68.700 en Antioquia, 45.700 en Caldas y 17.400 en el Valle (202). De otro lado,
las reducidas tasas de participación en 1938 y la gran reducción de éstas desde
1912 en Antioquia y Caldas parecen indicar un notable desempleo. En Antioquia
era donde había una oferta más abundante de fuerza de trabajo, pues al mismo
tiempo que alcanzó el mayor índice de trabajadores desposeídos del país, la
evolución de la población total del Departamento indica una considerable
emigración a Caldas, Valle del Cauca y Tolima. La población antioqueña aumentó
en el siglo pasado notablemente más rápido que la del país; así la tasa de
crecimiento intercensal 1843-1851 fue del 3.1% anual para el primero y 1.9% la
del segundo y las tasas anuales entre los censos de 1851 y 1870 fueron del 2.1 y
1.4 por ciento respectivamente (203). En cambio, entre 1912 y 1938, la población
total de Antioquia aumentó al 1.8% anual y la del país al 2.1%; las tasas de
crecimiento de Caldas, Valle y Tolima fueron en éstos años del 3.2, 4.1 y 2.6 por
ciento anuales respectivamente, considerablemente mayores que el total (204).
Los trabajadores desposeídos aumentaron notablemente en Cundinamarca y
los Santanderes entre 1912 y 1938, pero mucho más lentamente que en el
occidente del país; en Tolima, donde hubo una fuerte migración antioqueña, el
crecimiento fue muy rápido. El retraso en la formación del mercado de fuerza de
trabajo en estos departamentos era el resultado de la retención de los
trabajadores agrícolas a través de relaciones de producción atrasadas aplicada
allí desde 1890 e intensificadas de 1910 a 1925, que no pudo ser compensado
por los grandes cambios ocurridos en las condiciones de existencia de la fuerza
de trabajo en esos departamentos entre el último año y 1938. Los aumentos en
los peones agrícolas durante estos años fueron el 221.8. 208.5, 197.6 y 346.9
para Cundinamarca, Santander Norte, Santander Sur y Tolima respectivamente.
La oferta de trabajadores era más bien estrecha respecto a las necesidades del
sector rural en Cundinamarca y Tolima y marcadamente deficitaria en los
Santanderes.
Los trabajadores adicionales requeridos por la cosecha de café en 1938
representaban el 61.8% de los peones agrícolas disponibles en Cundinamarca y
el 87.3% en Tolima. En Santander Norte la recolección del grano requería los
36.900 peones disponibles y 11.200 venidos de Santander Sur, que significaba
una demanda de 50.000 trabajadores en este último sobre una fuerza de trabajo
disponible de 72.700 peones (205). De otro lado, las elevadas tasas de
participación en Cundinamarca (38%) y Santander del Sur (39.2%), así como la
cantidad desusualmente alta de sirvientes (ver Cuadro No. I.14.), parece indicar
cierta escasez de fuerza de trabajo en esos departamentos.
El número de obreros en Cundinamarca era mayor que en Antioquia en 1938,
pero en el primero había muchos trabajadores de obras públicas, que se habían
recuperado desde 1932, financiadas con recursos del estado (206), y una
cantidad apreciable en la edificación privada y el transporte; en el segundo, la
minería ocupaba más de 10.000 obreros. Si se restringe la comparación a los
trabajadores fabriles, la mayor concentración de ellos estaba en Antioquia hasta el
Censo Industrial de 1945. Pero, incluso el número de obreros de Antioquia,
Caldas y el Valle del Cauca en 1938 era mayor al de Cundinamarca y Santander
del Sur reunidos (ver Cuadro No. I.14). La industria fabril del occidente del país
había tomado la delantera a la del oriente, a pesar de que la tradición
manufacturera de la primera región es un fenómeno del siglo XX y en
Cundinamarca y Santander data de la Colonia.
NOTAS
(1) Cuando se habla en el trabajo de producción parcelaria se refiere a una forma de
producción en la cual los campesinos son propietarios o poseedores libres de la tierra y los demás
medios de producción, de un lado; y del otro, organizan, controlan y realizan el proceso de
producción fundamentalmente con la fuerza de trabajo familiar. Esto no excluye a los propietarios
medios que contratan trabajadores extraños en la cosecha, ni a las explotaciones campesinas que
venden una parte pequeña de su fuerza de trabajo.
(2) Entre los principales departamentos productores de café, no de aquellos, como Cauca y
Nariño, donde predominaba el minifundio cafetero.
(3) Alejandro López; “Problemas Colombianos” ; Editorial París América, París, 1927, pp. 4445.
(4) Salvador Camacho Roldan en el discurso de instalación de la SAC en 1878 presenta un
panorama sombrío de las técnicas de producción agrícola: los medios de producción eran muy
rudimentarios y los sistemas de cultivo destructores de la tierra, porque no se usaban abonos ni se
rotaban los cultivos. Llegaba incluso a considerar la agricultura de entonces inferior a la de los
chibchas. Ver: Salvador Camacho Roldan; “Artículos Escogidos” ; Librería Colombiana, pp. 25-31.
(5) Excepto el beneficio, donde se realizaron avances muy notables.
(6) Alejandro López; op. cit., p. 150.
(7) Carlos Marx; “ El Capital” ; México, Fondo de Cultura Económica, 1971, tomo I , p . 121
(nota VI).
(8) Jesús Antonio Bejarano; op. cit., Cuadro no. 12.
(9) Luis Ospina Vásquez; op. cit., pp. 331-332.
(10) Sobre el capital comercial, ver: C. Marx; “ El Capital” ; tomo III, cap. XX.
(11) Carlos Lleras Restrepo; “10 Ensayos sobre la Reforma Agraria”; Editorial Tercer Mundo,
Bogotá, 1962, p. 16.
(12) Ver: Luis Ospina V.; op. cit., capítulos V y VI.
(13) Alvaro López Toro; “Migración y Cambio Social en Antioquia durante el siglo diecinueve” ;
U. de los Andes, Bogotá, 1970.
(14) Salvador Camacho Roldan; “Notas de Viaje” ; Ediciones del Banco de la República,
Bogotá, 1973, tomo I, p. 25.
(15) Medardo Rivas; “Los trabajadores de tierra caliente” ; Biblioteca del Banco Popular,
Bogotá, 1972, pp. 297-312, 338-339.
(16) Ibid; p. 299.
(17) Ibid; p. 339.
(18) Nicolás Sáenz; “Memorias sobre el cultivo del café en Colombia” ; Banco de la República,
Bogotá, 1952.
(19) Antonio García; “Geografía Económica de Colombia-Caldas” ; Contraloría General de la
República, Bogotá, 1937, pp. 449-456.
(20) C. Marx; op. cit., tomo III , p. 318.
(21) Ibid; tomo III, p. 318.
(22) Ibid; tomo III, p. 323.
(23) Ver: Indalecio Liévano Aguirre; “Rafael Núñez” ; Festival del Libro Colombiano; y Luis
Eduardo Nieto Arteta; “Economía y Cultura en la Historia Colombiana” ; Ed. La Oveja Negra,
Medellín, 1970, tomo I , p, 131.
(24) Mario Galán Gómez; “Geografía Económica de Colombia-Santander” ; Contraloría
General de la República, Bogotá, 1947, p. 209. Subrayados nuestros.
(25) Luis Ospina V.; op. cit., p. 20.
(26) Ibid; pp. 70-71.
(27) Ibid; p. 67.
(28) Ibid; p. 68.
(29) Ibid; p. 69.
(30) Ibid; p. 69.
(31) Manuel Ancízar; “Peregrinación de Alpha” ; Editorial ABC, Bogotá, 1942, p. 250 ( la . ed.,
1853). Sobre el predominio de la propiedad parcelaria, ver: pp. 86,109-110,117,157, 280 y 447.
Ospina Vásquez opina que a comienzos de 1700 predominaba ya en la región la pequeña
propiedad; op. cit., p.20.
(32) Ibid; pp. 94-95,144,162, 223 y 230.
(33) Ibid; p. 172.
(34) Ibid; p. 227.
(35) Ibid; p. 187.
(36) G. Mollien; “Viaje por la República de Colombia en 1825”; Biblioteca de Cultura
Colombiana, Bogotá, 1948, p. 92.
(37) Manuel Ancízar; op. cit., pp. 114-116. Ver también sobre Sogamoso, p. 315; Chita, p. 280.
(38) Ibid; p . 170. Subrayados nuestros.
(39) Ibid; p. 443. Subrayados Nuestros.
(40) Ibid; p. 441.
(41) Ibid; p. 441.
(42) Ibid; p.447.
(43) Ibid; p. 447. Subrayados nuestros.
(44) El mismo que lo fomentó en Salazar de las Palmas, en Norte de Santander, en 1834
(Ancízar).
(45) Mario Galán Gómez; op. cit., p. 347.
(46) Ibid; p. 347.
(47) Manuel Ancízar; op. cit., pp. 212-213.
(48) Mario Galán Gómez; op. cit., p. 347.
(49) En 1874 se producía allí el 87.7% del café exportado; Urrutia y Arrubla; op. cit., p. 210.
(50) En la colonia quedaba una de las cuatro factorías en Zapatoca. En 1821 ésta fue
trasladada a San Gil y en 1834 a Girón. La producción de tabaco se desarrolló en éste en 1829,
cuando el monopolio del estado estableció distritos de siembras en Girón y en Floridablanca.
Posteriormente se amplió el área de siembras a Santos, Piedecuesta y Bucaramanga en 1832. De
tal manera que Girón era desde 1834 el centro de un amplio distrito de siembras. Luis F. Sierra;
op. cit., p. 44.
(51) Un comentario del Boletín Industrial de Neogranadino del 2 de febrero de 1856 corrobora
esa tesis: “ El fraude y la mala fe... se presentaron a entrabar el prodigioso desarrollo con que
empezaba ya el cultivo y exportación del tabaco de 'Girón'. Fraudes de todo género de los
cosecheros...y, lo que es más escandaloso, fraudes cometidos por los exportadores
mismos...Subdividida la propiedad en multitud de individuos que se blasonan de ser más
independientes de lo que les convendría ser, cada uno cultiva por su propia cuenta y su arbitrio...
de ahí resulta que el tabaco de las muy diferentes cosechas es esencialmente distinto en cuanto al
color, olor y finura de hoja y hasta en las cualidades intrínsecas...”. Luis F. Sierra; op. cit., p. 123.
Subrayados nuestros.
(52) En 1860 se clasificaron los tabacos Girón y Ambalema en tres clases, mientras que hasta
ese momento sólo se separaban dos.
(53) En esos años se pueden calcular los precios, pues hay información de la cantidad y el
valor exportado. El precio promedio móvil se redujo de 9.37 pesos por kg. en 1867-68 a 8.13 en
1870-71, con un mínimo de 6.13 en 1869-70. Luis Eduardo Nieto Arteta; op. cit., tomo II , pp. 16970.
(54) Ibid; tomo y II, p. 145.
(55) Mario Galán Gómez; op. cit., p. 304. Subrayados nuestros.
(56) Ver: Miguel Urrutia y Mario Arrubla; op. cit., p. 210.
(57) El crecimiento de la producción cafetera de Santander se redujo sensiblemente entre
1913 y 1925. La elevación de los jornales agrícolas a raíz de la campaña de obras públicas
adelantada desde la 2a. mitad de 1924 aceleró sin duda este proceso, pero hay evidencias de que
empezó mucho antes (ver al respecto II.B.2 y II.C).
(58) Manuel Ancízar; op. cit., pp. 461-462. Subrayados nuestros.
(59) Ibid; p. 173. Debe observarse que Betulia, San Vicente y Zapatoca están al frente de
Girón, en la otra banda del río Sogamoso. Así mismo, la zona cafetera de ellos aparece en el
mapa como una prolongación de la de Girón, Lebrija y Rionegro.
(60) Ibid; p. 175.
(61) Salvador Camacho Roldan; “Notas de Viaje” ; tomo I, pp. 67-68.
El autor incluye evidentemente el precio de la propiedad inmueble entre la riqueza y confunde
ésta con el capital. De ahí que la comparación del capital-dinero en los dos estados no sea muy
exacta. Pero, el autor no se está refiriendo tan sólo al precio de la propiedad inmueble; en efecto,
en el cálculo de los capitales de Bogotá, que es más explícito, no sólo menciona las tierras de la
Sabana y los inmuebles de la ciudad, sino también las existencias de mercancías de los
comerciantes y el dinero en circulación.
(62) Ibid; tomo I, p. 68.
(63) Ver: Alvaro Tirado; op. cit.
(64) Miguel Samper; “ La Miseria en Bogotá” ; Universidad Nacional, Biblioteca Universitaria
de Cultura Colombiana, Bogotá, 1969, p. 48.
(65) Ibid; p. 49. Subrayados nuestros.
(66) Ibid: p. 51. Subrayados nuestros.
(67) Anibal Galindo; “Estudios Económicos y Fiscales”; Imprenta de H. Andrade, Bogotá,
1880, pp. 290. 293 y 294.
(68) Manuel Ancízar; op. cit., pp. 171-172.
(69) Ibid; pp. 230-231. Subrayados nuestros.
(70) Ibid; p. 234. Subrayados nuestros.
(71) Cuando se alude aquí a la provincia del Socorro se habla también de la de San Gil o
Guanatá; pues, cuando Ancízar visitó la región, El Socorro incluía a San Gil y algunas regiones de
Boyacá tales como Santa Rosa, Sogamoso, el Cocuy, etc.
(72) Esta provincia comprendía en ese entonces los cantones de Rosario, Salazar y San
José.
(73) Luis Ospina V.; op. cit., pp. 224-227 y 260-263.
(74) Ibid; p. 261.
(75) Ibid; p. 263.
(76) Se eliminaron el monopolio del tabaco, el impuesto de exportación y la alcabala. Se
pasaron a las provincias las rentas del aguardiente, diezmos, quintos, derechos de fundición,
peajes provinciales, hipotecas y registro, derecho de sello y título, el gobierno central quedaba sólo
con las aduanas, los correos, amonedación, salinas, papel sellado, peaje en vías nacionales y
venta y arriendo de baldíos. Ver: Luis E. Nieto Arteta; op. cit., pp. 134-158.
(77) Luis Ospina V.; op. cit., p. 224.
(78) En 1874, más de 10 años después de intenso desarrollo de la industria cafetera en la
provincia de Soto, todavía se producía en Santander Norte el 78.9% de la producción nacional.
Ver: Urrutia y Arrubla; op. cit., p. 210.
(79) Salvador Camacho Roldan; “Notas de viaje” ; tomo I , p. 123. Subrayados nuestros.
(80) Manuel Ancízar; op. cit., pp. 520ss.
(81) Ver: Manuel Ancízar; op. cit., pp. 486, 487, 497, 517, y 519.
(82) Ibid; p. 519.
(83) Por ejemplo, Nieto Arteta, Liévano Aguirre, Alvaro López Toro y Alvaro Tirado; aunque el
primero también da crédito a la tesis de servilización de Miguel Samper.
(84) Juan Friede; “El indio en la lucha por la tierra”; Ed. La Chispa, 1972.
(85) Guillermo Hernández Rodríguez; “De los Chibchas a la Colonia y a la República”;
Instituto Colombiano de Cultura, Bogotá, 1975, p. 318.
(86) Ibid; p. 318.
(87) Juan Friede; op. cit.
(88) Nieto Arteta; op. cit., tomo I, p. 177.
(89) Ministerio de Industrias; op. cit., pp. 1-15.
(90) Orlando Fals Borda; “Campesinos de los Andes”; Facultad de Sociología, Universidad
Nacional, Bogotá, 1961, p. 131.
(91) Ibid; p. 134.
(92) Ibid; PP-121-130.
(93) ibid; pp. 136-137.
(94) Guillermo Hernández Rodríguez; op. cit., pp. 318-319.
(95) Orlando Fals Borda; op. cit., p. 123.
(96) Citado por Guillermo Hernández Rodríguez; op. cit., p. 318. Subrayados nuestros.
(97) Entre los últimos está Hernández Rodríguez.
(98) Miguel Samper; op. cit., p. 35. Subrayados nuestros.
(99) Salvador Camacho Roldán; citado por: Luis E. Nieto Arteta; op. cit., tomo l. pp. 178-179.
Subrayados nuestros.
(100) Medardo Rivas; op. cit., p. 161.
(101) Gerardo Molina; “Las Ideas Liberales en Colombia 1840-1914”; Unión Nacional, 1971;
apéndice.
(102) Medardo Rivas; op. cit., pp. 155-156. Subrayados nuestros.
(103) Medardo Rivas; op. cit., p. 239.
(104) Ibid; p. 155. Subrayados nuestros.
(105) Miguel Samper; op. cit., pp. 15-16.
(106) Ibid; p. 36.
(107) Orlando Fals Borda; op. cií., pp. 135-136.
(108) Ibid; pp. 136-138.
(109) Ibid; pp. 181-182.
(110) Miguel Samper; citado por: Luis Eduardo Nieto Arteta; op. cit., tomo I, p. 179.
(111) Miguel Samper; “Escritos: La Protección” ; Ed. Minerva, Bogotá, mayo de 1880, p. 212.
(112) Medardo Rivas; op. cit., p. 99. Subrayados nuestros.
(113) Miguel Samper; “Escritos: La Protección” ; p. 139. Subrayados nuestros.
(114) Medardo Rivas; op. cit., pp. 160-161.
(115) Ibid; pp. 225-226.
(116) Miguel Samper; “Escritos: La Protección” ; p. 212. Subrayados nuestros.
(117) Ver: Luis F. Sierra; op. cit., p. 98.
(118) Miguel Samper; “La Miseria en Bogotá” ; p. 99.
(119) Miguel Samper; “Escritos” ; p. 134. Subrayados nuestros.
(120) Paul McGreevey; “Producción y precios del tabaco y del café”, en M. Urrutia y Mario
Arrubla; op. cit.
(121) En Antioquia sólo se producían 9.000 en 1892 y en Caldas menos de 2.000 sacos.
(122) Miguel Samper; “Escritos: La Protección” ; p. 133.
(123) Ibid; pp. 133-134. Subrayados nuestros.
(124) Ibid, p. 133 (Medardo Rivas parece estar de acuerdo con él).
(125) E. Libardo Ospina; “El señor Moore en Antioquia” ; en “ La Minería en Antioquia” ;
compilación de la Asociación Colombiana de Mineros, Bogotá, 1972.
(126) José Chalarca y Héctor Hernández; “Enciclopedia del Desarrollo Colombiano”; Vol. III,
El Café; Bogotá, 1974, p. 83.
(127) Miguel Samper; “Escritos”; pp. 134-135.
(128) Ver: Miguel Samper; “Retrospecto (1896)”; Dirección de divulgación Cultural,
Universidad Nacional, Bogotá, 1969.
(129) Reglamentación del 27 de junio de 1973; Guillermo Hernández Rodríguez; op. cit., p.
295.
(130) La exportación de bienes de manos muertas más bien transformó el latifundio
eclesiástico en latifundio laico.
(131) Antioquia es el único departamento que no presenta información de propietarios, por lo
que se debió suponer igual proporción que en Caldas, pero esto parece más bien inflar el número
de propietarios; en efecto, según una información del “Anuario Estadístico de Antioquia” de 1883,
citado por Gabriel Poveda, en 1869 había en Antioquia 616 propietarios y una población de
agricultores y ganaderos de 97672 y en 1883 los primeros alcanzaron 958 y los segundos
110.150. La información no distinguía propietarios urbanos, rurales y mineros. Citado por: Jaime
Piedrahita Y. y otros; “Elementos para la discusión del análisis global del Plan de Desarrollo de
Antioquia” ; Gobernación de Antioquia, Medellín, febrero de 1976, p. 25.
(132) Revista del Ministerio de Obras Públicas; año IV, Imprenta Moderna, Bogotá, 1909, p.
199.
(133) Alvaro López Toro; op. cit., p.46.
(134) Ibid; pp. 49-50.
(135) Ibid; p. 50.
(136) Ibid; p. 38.
(137) Ver: José Fernando Ocampo; “Historia y dominio de clase en Manizales”; CIE, Medellín,
1970, p. 4.
(139) Medardo Rivas; op. cit. pp .238-239.
(139) Luis Ospina V.; op. cit., p.192.
(140) Citado por Alvaro López Toro; op. cit., p.41.
(141) Aníbal Galindo; op. cit., pp.258-259 (la ortografía poco usual del autor corresponde a la
recomendada por Andrés Bello). Subrayados nuestros.
(142) Ibid; p. 264.
(143) Ibid; p. 259.
(144) Ibid; p. 266. Subrayados nuestros.
(145) Ibid; p. 266.
(146) Diario Oficial; No. 8418 del 2 de junio de 1891.
(147) Alvaro López Toro; op. cit., p. 47.
(148) Las subvenciones de tierras baldías a contratistas de obras públicas, que rara vez se
llevaban a cabo, aumentaron considerablemente desde 1884 hasta 1924, en que éstas empezaron
a financiarse principalmente con créditos externos.
(149) Se clasificaron como cultivadores a los adjudicatarios de menos de 110 hectáreas. Esta
superficie superaba la que podía explotar en agricultura un campesino parcelario con sus
rudimentarios métodos de cultivo sin contratar fuerza de trabajo extraña a su familia, que
difícilmente supera las 10 hectáreas en tierras montañosas. Dicho límite de área, a todas luces
excesivo, se escogió por dos razones: 1º . Una superficie más ajustada a la situación real del
campesino parcelario prácticamente haría desaparecer este tipo de adjudicaciones, y 2º . Para
recibir la propiedad de 110 hectáreas de baldíos sólo se exigía el cultivo de la cuarta parte, es
decir, 27.5 hectáreas, pues, además de lo cultivado se adjudicaba hasta tres veces más de tierras
selváticas contiguas.
Diario Oficial; los números y los años se especifican en la bibliografía.
(150) En los años estudiados sólo se encontró una adjudicación explícita a pequeños
cultivadores, a una colonia de 23 de ellos en el Huila en 1920, en lotes desde 2.38 hasta 54.3
hectáreas (Diario Oficial; p. 11 del 3er. trimestre de 1920).
(151) Diario Oficial del 10 de mayo de 1905. Subrayados nuestros.
(152) Juan Friede; op. cit., p. 116. Subrayados nuestros.
(153) En 1912 se adjudicaron 4.989,38 hectáreas en Tumaco, Nariño. por bonos territoriales
emitidos en noviembre de 1905.1er. semestre, 1912.
(154) En el 2o. semestre de 1912 se adjudicaron 1.000 hectáreas en Mocoa por bonos
territoriales de Londres de 1861 y un certificado de adjudicación del 18 de marzo de 1912. Diario
Oficial; 2o. semestre de 1912.
(155) Diario Oficial; 27 de noviembre de 1917.
(156) Diario Oficial; 22 de noviembre de 1920.
(157) “El Tiempo”, agosto 24 de 1915; citado por: Jorge Villegas; “Colombia 1900-1924
Cronología y Documentos” ; Vol. III. p. 32 (inédito).
(158) Diario Oficial; no. 11971-12246 de 1904.
(159) Diario Oficial; no. 12242 de diciembre 26 de 1904.
(160) Diario Oficial; no. 12902 de marzo 15 de 1907.
(161) Diario Oficial; no. 12844 y 12910 de 1907.
(162) Carlos Lleras Restrepo; op. cit., pp. 45-47. Subrayados nuestros.
(163) Comité Interamericano de Desarrollo Agrícola; “Tenencia de la Tierra y Desarrollo SocioEconómico del Sector Agrícola-Colombia”; OEA, Washington D. C , 1966, apéndice, p. 413.
(164) Carmenza Gallo; op. cit., p. 32.
(165) Ibid; p. 33.
(166) Antonio García; op. cit., p. 239.
(167) Ibid; pp. 237-238.
(168) Diario Oficial; del 27 de noviembre de 1917. Subrayados nuestros.
(169) Antonio García: op. cit., p. 239.
(170) Alejandro López; ''Idearium Liberal” ; p. 106. subrayados nuestros.
(171) Luis Ospina V.; op. cit., p. 242.
(172) Alejandro López; “Problemas Colombianos” ; pp. 50- 55. Subrayados nuestros.
(173) Ibid; pp. 50-55.Subrayados nuestros
(174) José Luis Ramírez Hoyos; “La Industria Cafetera”; Bogotá, 1937, p. 68.
(175) Ibid; p. 69.
(176) Timaná, Belalcázar, Risaralda, Apia, Anserma, Mocotán, Riosucio. Balboa, Quinchía,
Guática, Mistrató, Marmato y Pueblo Rico. Ibid; p. 75.
(177) Aguadas, Salamina, Pácora, Aranzazu, Filadelfia y Marulanda. Ibid; p. 75.
(178) Alejandro López; “Problemas Colombianos” ; p. 169. Subrayados nuestros.
(179) La sola mina del Zancudo daba empleo a 1350 trabajadores en 1890.
(180) J. Parsons; “La colonización antioqueña en el Occidente de Colombia” ; p. 143; citado
por: Jaime Piedrahita Y. y otros; op. cit.
(181) |Ibid; p. 141. En 1880 Mariano Ospina Rodríguez había escrito un folleto sobre el cultivo
del café. En la parte referente a la trilla describe la retrilla, a la que se refería Francisco Ospina en
1872. Esto lleva a pensar que inicialmente se establecieron en las haciendas estos aparatos y no
trilladoras mecánicas, como las descritas por Nicolás Sáenz en 1895.
(182) J. Parsons; op. cit., p. 141.
(183) En este año había en Fredonia 1.078 plantaciones, por lo que el medio por plantación
era sólo de 8.700 cafetos.
(184) Se supuso las mismas densidades de plantación del Censo Cafetero de 1932, es decir,
1213 cafetos por hectárea en Caldas y 1537 para Antioquia.
(185) El dato de Caldas, es de José Luis Ramírez (ver arriba); el dato de Antioquia es del
Censo Agrícola de Antioquia de 1907.
(186) Alejandro López; op. cit., pp. 97-100.
(187) Ibid; p. 101. Subrayados nuestros.
(188) Alejandro López; “Idearium Liberal”; Ediciones La Antorcha, París, 1930, pp. 185-187.
Subrayados nuestros.
(189) Diario Oficial; 2o. semestre de 1922. Subrayados nuestros.
(190) Reduciendo los cafetales a 3.200 haciendas de 50.000 árboles, cada una de las cuales
requería 25 trabajadores por día en época de cultivo y 75 diarios en tiempo de cosecha. Sociedad
de Agricultores de Colombia; “Revista Nacional de Agricultura” ; No. 115, enero de 1914, p. 224.
(191) A razón del equivalente de los trabajadores adultos por familia.
(192) Con la misma forma de cálculo y los cafetos por departamentos en 1913 se pueden
obtener los trabajadores adicionales necesarios en la cosecha; éstos eran en miles: Caldas, 14.7;
Antioquia, 22.8; Cundinamarca, 27.3; Santander Norte, 41.0; Santander Sur, 23.0; Tolima, 7.8; y
Valle del Cauca, 4.7.
(193) Según los datos de Diego Monsalve en 1925, el 30.8% de la superficie cafetera
correspondía a propietarios de cafetales de 1.33 hectáreas en promedio en Antioquia y el 51.1 %
de la de Caldas a cafeteros con plantaciones de 1.94 hectáreas.
(194) Ver comienzos del capítulo.
(195) Luis Ospina V.; op. cit., pp. 331-332. Subrayados nuestros.
(196) Sobre el capital comercial, ver: C. Marx; “ El Capital” ; tomo III, capítulo XX.
(197) Según Paul McGreevey, los Echavarría fueron trilladores y exportadores de café. “ An
economic history of Colombia 1845-1930” ; Cambridge, 1971.
(198) Sinforoso Ocampo; citado por: Luis Ramírez Hoyos; op. cit., p. 67.
(199) Luis Ospina V.; op. cit., pp.410-411 (edición La Oveja Negra).
(200) Sin incluir los trabajadores fabriles, que son clasificados en el censo de 1912 en la
categoría 3,'“artes y oficios” , con la mayoría de los artesanos, aprendices de artesanos y
trabajadores de servicios, como barberos, cocheros, estibadores, lustrabotas, etc. Algunos obreros
calificados, como maquinistas y mecánicos están incluidos en la categoría 1, “profesiones
liberales”. En “artes y oficios” había 182.700 trabajadores en 1912.
(201) El número de cabezas de ganado vacuno de Antioquia aumentó de 196.400 en 1911 a
607.800 en 1930 y en el sudoeste antioqueño de 10.800 a 113.000. “Boletín Estadístico de
Antioquia”; 1912 y 1931. En Caldas la ganadería creció aún más. (ver arriba) (202) Estimados de
la misma manera que en 1912. Se supuso que estaban en producción todos los cafetos
sembrados en el censo cafetero de 1932, es decir, se considera que en esos años entraron en
producción los improductivos ese año. Se consideró además que la superficie correspondiente a
cafetales menores de 5.000 plantas no demandaban trabajadores adicionales en la cosecha.
(203) Fernando Gómez; “Los Censos de Colombia antes de 1905”; en: Urrutia y Arrubla; op.
cit.
(204) Tasas geométricas anuales calculadas con los datos de los censos de 1912 y 1938.
(205) La demanda de trabajadores en la cosecha de café se estimó de la misma forma que en
los departamentos del occidente.
(206) Ver: CEPAL; “Colombia: Análisis y Proyecciones del Desarrollo”.
II. FORMAS DE PRODUCCION DEL CAFE
La relación de la industria cafetera con el proceso de concentración de los
medios de producción y la formación de una clase interesada en y capaz de
impulsar el surgimiento de industrias fabriles, tiene su base profunda en las
formas de producción del café predominantes en las distintas regiones del país.
Por tal razón se trata en este capítulo de precisar algunas características básicas
del proceso productivo comunes a todas ellas, así como la naturaleza e
importancia de las distintas relaciones de producción. Para este cometido se
dispone de escasa información, por lo cual se recurre a veces a datos de trabajos
recientes, cuando existen bases razonables para pensar que esto no se opone a
los hechos, como es el caso de la tecnología, que evolucionó muy lentamente
hasta la década de 1960.
A. CARACTERISTICAS DEL PROCESO
EXPLOTACIONES CAFETERAS.
DE
PRODUCCION
EN
LAS
El proceso de producción de café se efectúa actualmente en dos fases muy
definidas; una de ellas realizada en las explotaciones agrícolas y la otra, su
transformación final, en la industria urbana. La fase agrícola comprende la
formación del cafetal, el cultivo del mismo, la cosecha y el beneficio hasta obtener
café pergamino seco. La fase industrial consiste en la separación del pergamino,
la selección final y el empaque. Esta última se realizó en trilladoras industriales
desde fines del siglo pasado en los departamentos de Antioquia y Caldas, en los
que predominaba la propiedad parcelaria; pero numerosas haciendas de
Cundinamarca, Tolima, Santanderes y Antioquia dispusieron de sus propias
trilladoras, más o menos modernas, hasta fines de la década de 1930. Pero, hacia
mediados de la década siguiente se había impuesto la trilla industrial en casi todo
el país (excepto en los Santanderes).
La producción de café en Colombia ha presentado un conjunto de
características que han contribuido decisivamente en la capacidad de
reproducción de las distintas formas de producción, en la magnitud de los
desembolsos de dinero necesarios para la formación y explotación de los
cafetales y en la amplitud del mercado de otros productos agrícolas y de la
industria.
Se debe destacar, en primer lugar, el atraso y estancamiento en las técnicas de
producción desde mediados del siglo pasado hasta la década de 1960, en que se
empezó a cultivar la variedad caturra. El Jefe del Departamento técnico de la
Federación de cafeteros comentaba al respecto en 1940:
“En síntesis, de mediados del siglo pasado hasta nuestros días, si se analizan las formas en
que fueron sembradas las plantaciones de café en todo el país y los sistemas de sostenimiento
y explotación, encontramos que muy poco se ha avanzado en esta primera centuria...
"Resumiendo podemos decir que en tanto tiempo de influencia de los tres grandes núcleos
de zona cafetera, ni las posteriores enseñanzas de la Federación han logrado influir sobre las
zonas de libre crecimiento para que adopten el descope definitivo de los árboles.
“...Nuestras observaciones en todo el país nos hacen llegar a la siguiente conclusión: en
Colombia el árbol de café se sostiene en forma de “libre crecimiento", a saber: un libre
crecimiento horizontal, que es el de los árboles descopados y que permanentemente sufren la
eliminación de "chupones” o tallos verticales superiores y un libre crecimiento en sentido
vertical, mediante el cual el árbol, sin el descope no produce ramas laterales sino chupones o
ramas verticales...” (1).
El atraso tecnológico de la producción cafetera se manifiesta en el predominio
abrumador del trabajo directo respecto a los medios de producción en la fase
agrícola del proceso productivo o, en términos capitalistas, por un elevado
porcentaje del capital variable en los desembolsos totales de capital; lo que
expresa, a su vez, la existencia de una productividad del trabajo muy baja. Esta
característica de la producción ha sido tan marcada históricamente, que aún a
mediados de 1950 era uno de sus rasgos propios; así del total gastado por
hectáreas de cafetal adulto en el país el año cafetero 1955-1956, el 77.8%
correspondía a pagos a los trabajadores directos, de los cuales el 69.5% eran
atribuibles al cultivo, 7% al beneficio en la finca y 1.3% al transporte a los
mercados locales. El 22.2% restante se distribuía así: 5% en sueldos a los
empleados administrativos, 3.6% en herramientas, abonos e insecticidas, 7.7%
por transporte animal y motorizado a los centros locales y arreglo de vías, 2.4%
de intereses y 3% en impuestos (2). Las cifras anteriores son bastantes
ilustrativas del atraso tecnológico de la industria cafetera; más aún, si con ellos se
obtiene un cálculo aproximado del precio de costo, deduciendo a los gastos
totales el 10.4% de intereses, impuestos y gastos administrativos, que
normalmente deben salir de excedente del precio de venta sobre el costo.
Considerada la cuestión, así, los salarios de los productores directos
representarían 86.8% del precio de costo del café en ese año (3).
La baja productividad del trabajo cafetero no constituye un rasgo propio de una
forma de producción en especial, sino una característica común a todas ellas; así
parecen revelar los datos del Censo Cafetero de 1932 y de otros trabajos
posteriores: la producción de café por fanegada de cafetal en los departamentos
de Antioquia, Caldas y Valle del Cauca, donde predominaba la pequeña propiedad
eran en ese año, 428,569.6 y 442.5 kilogramos respectivamente. En cambio,
Cundinamarca y Santander, en los cuales las haciendas suministraban el grueso
de la producción, presentaban rendimientos de 427.7 kilogramos el primero y 368
el segundo (4). Esto no quiere decir que las explotaciones campesinas fueran más
productivas que las haciendas, pues el escaso rendimiento de éstas se
compensaba con la inversión más extensiva: así, en el año 1955-1956, las horashombre por hectárea de cafetal adulto empleadas en las plantaciones de menos
de 10 hectáreas era 808, en las mayores de 50 hectáreas, 642, y el promedio
general de 799 horas (5). La productividad del trabajo era ligeramente mayor en
los cafetales de más de 50 hectáreas que en los menores de 10, pues mientras en
los primeros se requerían 152 horas-hombre para producir 100 kilogramos de
café, en los segundos eran necesarias 159 horas; las plantaciones más
productivas estaban en el rango de 10.1 a 50 hectáreas, con un insumo de trabajo
de 147 horas por 100 kilogramos (6).
El atraso tecnológico en la industria cafetera hacía más ventajosas las formas
atrasadas de sometimiento de los trabajadores en las haciendas que las
relaciones de producción capitalistas. La amplia utilización de peones asalariados
(7) en la cosecha de café en las grandes plantaciones del oriente del país antes
de 1900 y en Antioquia y Caldas después de ese año sólo era posible por una
amplia oferta de trabajadores desposeídos y el funcionamiento del papel moneda
de 1884 a 1910; cuando desaparecieron esas circunstancias propicias se
generalizaron en las haciendas del oriente del país relaciones de producción
atrasadas (ver Cap. I). Cuando a raíz de la Ley 200 de 1936 se suprimieron en
muchas grandes plantaciones el arrendamiento y la aparcería y pasaron a
funcionar en todas sus fases productivas con peones permanentes, esto no les
dio resultado y reclamaron al gobierno, desde el X Congreso Cafetero en 1939, la
aclaración de las implicaciones de la Ley 200 sobre la aparcería, con el fin de
poder volver a utilizarla, porque era un sistema más rentable que el trabajo
asalariado (ver II.B).
En segundo término, una parte muy importante de las instalaciones fijas de las
explotaciones cafeteras consiste en inversiones del trabajo de los productores
directos y en los intereses por los salarios cuando se incurre en estos gastos, es
decir, en aquellos casos en los cuales el establecimiento y explotación del cafetal
no dependen de campesinos o los propietarios no utilizan sistemas especiales de
aparcería para la formación de la plantación. La inversión por hectárea de cafetal
adulto en el país era de 577 dólares en 1955-1956 y representaba el 75% del
costo de las instalaciones fijas en ese año; el 89.1% de esa suma correspondía a
inversiones en mano de obra directa y a sus intereses y el 10.9% restante a
transporte, materiales e intereses sobre los mismos. El otro 25% de las
inversiones fijas consistían en instalaciones de beneficio, animales de trabajo y
máquinas. La construcción y obtención de los materiales en los dos primeros
rubros, que constituían el 16.7%, emplea una cantidad apreciable de trabajo
campesino; las maquinarias y animales de trabajo, que deben comprarse casi en
su totalidad, sólo eran el 8.3% del capital fijo (8).
De otro lado, ha sido una práctica muy generalizada en el país la de sembrar
cultivos intercalados de alimentos entre los arbustos de café de la plantación en
formación y utilizar plátano y banano como sombrío provisional y a veces
permanente. Este ha sido un factor de mucha importancia en la reducción de los
gastos monetarios requeridos para la formación de los cafetales. Los cultivos
intercalados son eliminados a medida que se desarrolla la plantación: éstos
representaban el 60.2% de la superficie sembrada en cafetales menores de 3
años, el 40.2% en los comprendidos entre 4 y 15 años y el 25% en los mayores
de 15 años, en 1955-1956 (9).
La economía en la inversión inicial de capital-dinero conseguida con los
productos intercalados y los primeros frutos del cafetal antes de entrar en plena
producción era muy considerable, lo que originó formas especiales de aparcería
para la formación del cafetal en varias partes del país. Antonio García efectuó
cálculos detallados de los costos e ingresos necesarios para el establecimiento de
una hectárea de cafetal en varios municipios representativos de Caldas en 1935,
que ilustran muy bien lo dicho (ver Cuadro No. II.1).
Cuadro II.1 CALDAS: GASTOS NETOS DE ESTABLECIMIENTO DE UNA
HECTAREA DE CAFE EN VARIOS MUNICIPIOS DEL DEPARTAMENTO
DE CALDAS EN 1935 (pesos)
FUENTE: Antonio García; "Geografía Económica de Caldas”; Contraloría General de la
República; Imprenta Nacional; Bogotá, 1935; pp. 565 y 571.
(*) Queda un saldo a su favor de $10.9.
Como se ve, la intercalación de cultivos reducía a un mínimo el desembolso de
capital-dinero necesario para la formación del cafetal. Este era aún inferior para el
campesino parcelario (o el aparcero) que no invertía capital en salarios sino su
propio trabajo, y no debía, en consecuencia, considerar los intereses en los
costos.
Los terratenientes caldenses se valieron de aquellas condiciones para disminuir
a un mínimo la inversión en sus plantaciones de café. Antonio García describe un
contrato de aparcería en el Quindío, por el cual el propietario de la tierra
compraba al agregado cada cafeto en producción a 5 centavos y los árboles de
sombrío al mismo precio, dejándoles entre tanto cultivar entre los cafetales (10).
Una hectárea de una densidad igual a la considerada por Antonio García le
costaría a un terrateniente 75 pesos (1.000 cafetos y 500 árboles de sombrío),
una suma muy similar a los desembolsos netos de los campesinos en los
municipios de Montenegro, Calarcá y Armenia, pertenecientes al Quindío (ver
Cuadro No. II.1).
Contratos de este tipo también fueron utilizados en la fundación de las
haciendas cafeteras de Cundinamarca en el siglo pasado: “Un ejemplo de tales
contratos es uno firmado por Sixto Duran, importante cafetero liberal, con Martín
Romero, quién tomaba un pedazo de tierra de Duran en el occidente de
Cundinamarca para sembrar árboles de café. De acuerdo a los términos del
contrato Romero recibiría 40 pesos por mil árboles al fin del contrato, pero
mientras tanto debía depositarle a Duran la suma de 320 pesos, cuyos intereses
cubrirían la renta de la tierra por cinco años (11).
Presumiblemente Romero podría usar la tierra en su provecho, quizá para la
plantación de alimentos entre los cafetos jóvenes. Esta clase de arreglos suplió a
los terratenientes la falta de capital. Poseyendo sólo la tierra y sin ningún gasto
propio el terrateniente tomaba el cafetal justo cuando empezaba a producir” (12).
El terrateniente no sólo conseguía gratuitamente el cafetal, sino que obtenía
una jugosa renta entre tanto; en efecto, 320 colocados al 10%, la tasa de interés
corriente en Cundinamarca en la década de 1890 (13), rendían en 5 años 150
pesos, que deducidos los 40 pesos "pagados” al campesino, dejaban un ingreso
neto al propietario de 110 pesos.
Por último, debe señalarse, la diversificación de las explotaciones cafeteras. En
éstas se producía además de café otra serie de productos agrícolas secundarios,
tales como caña de azúcar, maíz, frijoles, yuca, ganado vacuno, etc. En el año
cafetero 1955-56 las explotaciones diversificadas representaban el 69.3% de las
explotaciones cafeteras y las especializadas el 30.7% restante. Las fincas de
mayor tamaño tendían a ser especializadas, en tanto que las explotaciones con
plantaciones de café menores de 10 hectáreas eran muy diversificadas, como se
puede ver en el Cuadro No. II.2.
En las fincas más pequeñas el café parece haber representado una fuente de
ingresos en efectivo una vez satisfechas las necesidades alimenticias de la familia
con los productos de diversificación (14). Estos pequeños cafetales no eran
generalmente minifundios, pues la superficie media de las fincas en que estaban
era 20 hectáreas en 1955-1956 (15). En las fincas entre 1 y 10 hectáreas los
productos agrícolas complementarios valían 532 dólares, cantidad suficiente para
Cuadro II.2. COLOMBIA: IMPORTANCIA DE LOS PRINCIPALES
PRODUCTOS, APARTE DEL CAFE, QUE SE PRODUCEN
EN LAS FINCAS CAFETERAS POR TAMAÑO DE SUS CAFETALES
Y VALOR DE LOS PRODUCTOS AGRICOLAS POR FINCA, 1955-1956
(1) Porcentaje respecto al valor del café.
FUENTE: CEPAL - FAO ; op. cit., p. 39.
satisfacer con amplitud el consumo de alimentos de la familia. Existen numerosas
referencias a la diversificación de las pequeñas fincas cafeteras; por ejemplo
Jaime Jaramillo dice de Caldas: "La finca del agricultor caldense presenta siempre
la triple combinación de café, pasto y sementera” (16). La Revista Cafetera
comentaba del Cauca en 1958: "Dentro de la finca, en términos generales, el 30%
de la superficie está sembrada en café... Al establecer las plantaciones es usual
intercalar cultivos tales como la yuca, el maíz y la caña"... (17). Del Huila dice la
misma revista: "Después de la quema del monte se siembra maíz, frísol o alverja;
algunos siembran plátano que les serviría de sombrío...” (18).
La especialización de las fincas medianas y grandes en la producción de café
es un fenómeno posterior a la Ley 200 de 1936. Hasta esa época las haciendas
cafeteras eran organismos complejos, en los que se producía alimentos en las
parcelas de los arrendatarios y aparceros y los cafetales eran propiedad de la
hacienda, pero además de café se producía en éstas panela y ganado; en las
instrucciones de Nicolás Sáenz para el montaje de haciendas cafeteras
recomendaba dividir la tierra en tres partes para cultivar en ellas café, pastos y
caña de azúcar (19). Todavía en 1957 las haciendas santandereanas estaban
organizadas así: “El café, la caña de azúcar y la ganadería son las actividades
predominantes en la mayoría de las grandes fincas santandereanas y en no
pocas de las de tipo medio... los cultivos de café, de caña de azúcar y los pastos
cubren en cada finca superficies de terreno más o menos iguales. Actualmente se
tratan de reducir al mínimo los cultivos de caña en beneficio de la producción
cafetera, a causa de las frecuentes oscilaciones de los precios de la
panela...”(20). La expedición de la Ley 200 creó incertidumbres entre los
hacendados y los llevó a expulsar numerosos arrendatarios y aparceros, a
especializar las haciendas y a explotarlas con peones.
La diversificación de las explotaciones cafeteras cerraba notablemente el
mercado de otros productos agrícolas, y a través de ellos, restringía la demanda
de productos industriales. Aunque esto último no es muy claro, pues por lo
mismo, una parte sustancial de ingreso cafetero podía gastarse en manufacturas
y ciertos alimentos como la sal y la carne vacuna.
B. FORMAS DE PRODUCCION DE CAFÉ
En los departamentos del occidente del país predominaron hasta el Censo
Cafetero de 1932 las pequeñas y medianas propiedades cafeteras; estas
pequeñas fincas no eran generalmente minifundios, excepto en Cauca y Nariño
donde eran muy numerosos. En los departamentos de Cundinamarca,
Magdalena, Santander y oriente del Tolima, en cambio, el grueso de la producción
de café se originó hasta 1925 en grandes haciendas, que funcionaban con
arrendatarios-jornaleros, aparceros, o la combinación de una de estas formas en
el cultivo con el empleo de peones en la cosecha. En las regiones de propiedad
parcelaria se fue desarrollando, así mismo, el arrendamiento y la aparcería en
pequeña escala, en las cuales un campesino producía café en una pequeña finca
y pagaba renta al propietario de ésta, que era frecuentemente el comerciante
usurero local.
1. Propiedad Parcelaria
La propiedad parcelaria es un régimen de producción en el que el campesino
es propietario de la tierra que cultiva, “la cual aparece como su instrumento
fundamental de producción, como el campo indispensable de acción de su trabajo
y su capital” (21). La propiedad parcelaria es la forma de propiedad territorial más
adecuada para un desarrollo pleno del régimen de pequeña producción, es decir,
aquel en el que el campesino, ya sea propietario independiente o vasallo, "tiene
que producir siempre sus medios de subsistencia por sí mismo, con su familia,
independientemente y como trabajador aislado", y en el cual la posesión de la
tierra es la condición para la propiedad del campesino sobre el producto de su
propio trabajo (22).
La producción parcelaria es una explotación esencialmente autosuficiente, "una
parte predominante del producto agrícola ha de ser consumido directamente por
sus productores, los campesinos, como medio directo de subsistencia,
destinándose solamente el resto a servir como mercancía en el comercio con la
ciudad” (23). La industria doméstica rural constituye su complemento, y su
eliminación por la competencia de la gran industria es una de las causas de su
desaparición.
Cualquiera que sea la forma como se regule el precio medio de mercado de los
productos agrícolas, debe existir renta diferencial para las tierras mejores y más
bien situadas. En cambio, no debe presentarse renta absoluta, porque, la
agricultura se dedica en gran parte a la subsistencia de los productores y la tierra
es para los campesinos el campo de acción indispensable de su trabajo y sus
medios de producción. La propiedad territorial no es aquí un monopolio que exige
una parte de la plusvalía al capital por invertirse en la agricultura, la renta del
suelo; sino la condición para que los campesinos puedan producir libremente sus
medios de vida en la tierra. Los demás medios de producción, producidos en su
mayor parte por los mismos campesinos, tampoco son el monopolio de una clase
social, los capitalistas, que reclame la otra parte de la plusvalía, como ganancia
media. El límite de la explotación para el campesino parcelario no es la ganancia
media del capital ni la necesidad de renta: “El límite absoluto con el que tropieza
como pequeño capitalista no es sino el salario que se abona a sí mismo, después
de deducir lo que constituye realmente el costo de producción (los medios de
producción comprados). Mientras el precio del producto lo cubra, cultivará sus
tierras, reduciendo no pocas veces su salario hasta el límite estrictamente físico.
En cuanto a su condición de propietario de la tierra, desaparece para el límite de
la propiedad, que sólo puede imponerse por oposición al capital desglosado de
ella (incluyendo el trabajo), cuando ésta representa un obstáculo para su
inversión". La única parte del trabajo excedente de los productores que debe
cubrir el precio de mercado son los intereses de los acreedores hipotecarios. Para
que el campesino parcelario cultive sus tierras o compre tierras para cultivar no es
necesario, como en el régimen capitalista, que el precio de mercado deba ser
suficientemente alto para cubrir la ganancia media, y menos aún un remanente
sobre dicha ganancia media en forma de renta. Esta es una de las razones por las
cuales donde domina la propiedad parcelaria el precio de los alimentos es más
bajo que donde impera el régimen capitalista en la agricultura Una parte del
trabajo sobrante de los productores es regalado a la sociedad (24).
La importancia de la pequeña producción cafetera en la historia económica del
país es un hecho incuestionable; pero, esos pequeños campesinos fueron
efectivamente propietarios de la tierra o dependían de un terrateniente? Lo
primero parece haber sido la norma; Mariano Ospina Pérez, gerente de la
Federación de Cafeteros en 1934, consideraba la industria cafetera del país muy
fuerte frente a la competencia internacional debido al predominio de la pequeña
producción y a la diversificación de las explotaciones: "Analizando el Censo
Cafetero, vemos que de las 149.348 propiedades cafeteras que tiene el país,
146.477, o sea el 98% son menores de 20.000 árboles, que, como ya dije,
constituyen la pequeña propiedad. Estas son fincas manejadas en su gran
mayoría por sus propios dueños, es decir, por núcleos de pequeñas familias, que
atienden personalmente su administración y manejo, dando ocupación sana a las
mujeres y a los niños, y cultivando a la sombra del café muchos otros productos,
de los cuales derivan su propia subsistencia, abaratando el costo de producción”
(25). La declaración anterior, basada en los resultados del Censo Cafetero, es
enfática en afirmar la importancia del pequeño propietario cafetero; así mismo,
confirma lo dicho acerca de la diversificación de la producción en las pequeñas
fincas cafeteras.
La idea directriz de la exposición de Ospina Pérez consiste en considerar la
capacidad de los campesinos parcelarios para mantener y ampliar la producción
en situaciones de precios reducidos, como la que imperó desde la crisis de 1929
hasta 1943, en condiciones en que los productores capitalistas y los propietarios
territoriales tuvieron grandes dificultades. El gran crecimiento de la producción de
café en Antioquia, Caldas, Valle del Cauca, Huila, Cauca y Nariño, departamentos
predominantes de pequeña propiedad, entre la crisis y la segunda posguerra,
confirmó la justeza de ese análisis (ver II.3): el límite del precio agrícola para que
el productor parcelario produzca es aquel que le permite abonarse un "salario” a
sí mismo, lo que exceda de ese precio es para él "ganancia". La pequeña
propiedad cafetera era esencialmente una unidad de producción autosuficiente,
aunque no incluyera la industria doméstica rural. En primer lugar, el café sólo
constituía la parte monetaria de los ingresos de los campesinos, que producían
gran parte de sus subsistencias (los alimentos) en la explotación.
En segundo término, los medios de producción básicos además de la tierra,
eran trabajo acumulado de los productores, por tanto, obtenidos directamente por
ellos. Y, por último, la mayor parte del valor del café y de su precio de costo era
trabajo de los productores directos y una parte ínfima correspondía á medios de
producción comprados (el 3.6% de los gastos monetarios de los productores en
1955-56). La capacidad de los campesinos parcelarios de vender sus productos a
precios equivalentes a lo que constituye para el productor capitalista el precio de
costo, y aún por menos, así como el carácter autosuficiente de la producción
parcelaria, constituyeron la base de la explotación de los pequeños productores
por el capital comercial.
La propiedad parcelaria cafetera de Antioquia, Caldas, Valle del Cauca y el
occidente y norte del Tolima se originó en la apropiación de las tierras montañosas
de esos departamentos por los campesinos en la Colonización Antioqueña. En
cambio, en Cauca y Nariño las pequeñas fincas cafeteras fueron, sobre todo, los
minifundios resultantes de la tardía partición, de los resguardos del sur del país, a
fines del siglo pasado y en las tres primeras décadas del siglo XX. La Revista
Cafetera No. 135 decía de la industria cafetera de Nariño: "Con la adjudicación de
los resguardos se subdividieron las propiedades por herencia...hasta el punto de
que no es raro el caso de una familia de 7 miembros que dependa de una parcela
de 1/8 de hectárea para su manutención” (26). Del Cauca comentaba la misma
revista: "...La producción está en manos de pequeños productores, quienes en un
65% poseen fincas entre una y seis plazas (1 plaza 6.400 mts2.). Tal porcentaje
está constantemente en aumento, ya que la subdivisión de las pequeñas
propiedades adquiere cada día mayores proporciones” (27). No se encuentran
otras referencias anteriores en las publicaciones de la Federación sobre el
predominio del minifundio cafetero en otras regiones del país. Esto da lugar a
pensar que este fenómeno es relativamente reciente en los departamentos del
occidente del país.
2. Haciendas Cafeteras
Las haciendas cafeteras existieron en casi todos los departamentos donde se
producía café en escala comercial, pero sólo en los departamentos del oriente del
país y en el Magdalena éstas tuvieron una importancia decisiva en la producción,
al menos hasta 1932. Por tal razón se puede restringir el estudio a las formas de
organización de las haciendas en Cundinamarca, Tolima y Santander, para los
que hay alguna información accesible, sin invalidar el análisis global de la
producción cafetera (28).
a. Haciendas de arrendatarios-jornaleros. La mayoría de las haciendas de
Cundinamarca y el oriente del Tolima, funcionaron, hasta mediados de los años
1930, por medio de arrendatarios y peones; los primeros eran los trabajadores
permanentes de la plantación, que atendían al cultivo y parte de la cosecha y los
otros satisfacían la demanda adicional de fuerza de trabajo en la recolección de
café.
Estas haciendas eran unidades productivas en las que de café, del ganado y la
caña de azúcar, cuando se cultivaban, estaba controlado por los propietarios o
sus administradores. La producción cafetera se basaba en la existencia de
pequeñas unidades productoras de alimentos en los mismos dominios del
hacendado, donde los arrendatarios obtenían por su cuenta una parte
considerable de sus medios de subsistencia Pero la explotación de las pequeñas
parcelas no era libre sino que estaba condicionada al cumplimiento de ciertas
obligaciones del arrendatario con la hacienda; éstas consistían generalmente en
rendir gratuitamente dos o tres días de trabajo semanales en el cultivo del cafetal;
trabajar como jornaleros durante la recolección y el beneficio de café; vender
alimentos a la hacienda para la manutención de los peones en tiempo de
cosecha, y prestar servicios de policía rural sin remuneración cierto tiempo en el
año. Las prestaciones de los trabajadores a la hacienda eran forzosas, porque si
se resistían a cumplirlas eran despojados de sus pequeños fundos en los que
habían invertido años de trabajo, indemnizándoles, en el mejor de los casos, con
un pago mínimo por las mejoras permanentes de la tierra, porque la legislación
existente favorecía sobre todo a los colonos. Las leyes nacionales no protegían a
los arrendatarios y la acción decididamente parcial de los jueces, alcaldes e
inspectores de policía locales a favor de los grandes propietarios en los
lanzamientos las convertían en un instrumento arbitrario al servicio de los
intereses de éstos; cuando no era que los hacendados establecían sus propias
normas abiertamente contradictorias con la constitución y las leyes de la
República, como en el caso de la Hacienda Sumapaz, denunciado por Gaitán en
1930. Los campesinos estuvieron completamente a merced de los grandes
propietarios hasta la iniciación de la campaña de obras públicas a fines de 1924.
Los hacendados invertían sumas considerables de dinero en el establecimiento
de la plantación y en las instalaciones de beneficio de café, que incluían equipos
muchas veces importados, y frecuentemente comprendía no sólo las fases de
descerezada, lavado y secamiento del grano, sino también las de trilla y selección
mecánica del mismo. En cambio, las herramientas, canastos y demás medios de
producción necesarios para el cultivo y recolección de café eran aportados
generalmente por los trabajadores, como se desprende de las exigencias de
eliminar esa obligación de los arrendatarios del municipio de Quipile en 1925 (29)
y de las haciendas San José y Arabia en 1928 (30).
Los hacendados eran a la vez propietarios territoriales e inversionistas de
importantes sumas de dinero en instalaciones fijas, en salarios durante la cosecha
y en la comercialización de su café. Entonces, ¿en virtud de qué arrancaba el
trabajo excedente a sus arrendatarios, por la propiedad de la tierra o de los
medios de producción producidos? ¿el sobretrabajo debía plasmarse ante todo
como ganancia del capital o como renta del suelo? La solución de lo anterior exige
responder estas dos cuestiones: primero, ¿qué obligaba a los arrendatarios a
trabajar para otros, el monopolio del "capital” o el de la tierra? y, segundo, ¿el
precio de costo era dato impuesto al hacendado individual por el régimen de
producción, independiente de su voluntad, que le servía de pauta para medir la
ganancia respecto al precio de mercado, y cuya obtención era la condición
mínima de la recuperación del capital y de su reproducción como hacendado?.
En cuanto a lo primero, el arrendatario era un productor en su parcela de
subsistencia: la producción era efectuada por él y su familia, con sus medios de
producción, sin la vigilancia o supervisión ajena, es decir, organizaba y controlaba
el proceso productivo. Esas unidades productoras de alimentos existían en la
generalidad de las haciendas, así Mariano Ospina decía en 1934: "Igualmente, en
las plantaciones grandes las parcelas destinadas a los arrendatarios se emplean
para el cultivo y producción de alimentos que necesitan éstos y la empresa” (31).
Pero la tierra cultivada por él era propiedad del hacendado, que sólo autorizaba
su explotación al arrendatario si éste se comprometía a cultivarle gratuitamente
una porción de cafetal y a trabajarle como jornalero en la cosecha de café; si se
negaba lo despojaba de la parcela y de las mejoras permanentes de ésta. El
arrendatario trabajaba en la plantación por una coacción extraeconómica del
hacendado, consistente en la amenaza de desahucio, que era ejecutado
prontamente por el juez y el alcalde locales en caso de incumplimiento del
convenio. Don Jesús del Corral, exministro de hacienda, decía en 1925,
refiriéndose a la situación de los campesinos de Cundinamarca:
“Los hacendados nombran alcaldes incondicionales que encarcelan por deudas a los
arrendatarios. Los señores imponen semanalmente multas desproporcionadas a los
campesinos, que regalan al distrito. El alcalde sin hacer averiguaciones los pone en la
alternativa de pagar o ir a la cárcel. Otro abuso es despojar al arrendatario de sus parcelas
pagando precios ínfimos por las mejoras, segándoles los caminos y las aguas” (32).
Las inversiones en el cafetal y las instalaciones de la hacienda eran
condiciones de producción necesarias para el hacendado que producía café pero
no para el arrendatario como productor de alimentos. Sin duda éste necesitaba el
ingreso en dinero por su trabajo forzoso como jornalero en la cosecha, porque,
como no disponía de una industria doméstica, debía comprar algunos productos
no agrícolas; pero esa necesidad no surgía de que la propiedad del hacendado
sobre el cafetal lo obligara a vender su fuerza de trabajo para conseguir un
salario, sino de la prohibición de sembrar café en su parcela de subsistencia.
Esto permite comprender la razón de que las reivindicaciones de los arrendatarios
de Cundinamarca y Tolima, anteriores a 1930, se centraran en obtener la
autorización de los hacendados a sembrar café en sus parcelas de subsistencia y
a cambiar las prestaciones en trabajo por rentas en dinero. Existen ejemplos muy
notables al respecto: diez mil arrendatarios de haciendas cafeteras de
Cundinamarca, en pliego de peticiones presentado antes de la cosecha de café
pedían que les permitieran sembrar café en sus parcelas de subsistencia (33).
Pero, los hacendados se negaron obstinadamente a permitirlo: 3.000
arrendatarios de los municipios cundinamarqueses de San Antonio, Viotá y el
Colegio entraron en huelga de recolección de café porque no les dejaban sembrar
cafetos en las parcelas en que vivían. El gerente de la Federación de cafeteros de
ese entonces, Alfredo Cortázar, decía que no se les podía hacer esa concesión
porque, "...los arrendatarios con la ganga del café no vuelven a cultivar los
productos de primera necesidad, imprescindibles para el sostenimiento de las
haciendas” (34).
Respecto al precio de costo, no parece que éste constituyera un dato impuesto
por el régimen de producción al hacendado individual, independientemente de su
voluntad; porque, de un lado, el trabajo necesario para el cultivo del cafetal se lo
rendían gratuitamente sus arrendatarios como renta por sus parcelas de
subsistencia, por lo tanto, los salarios correspondientes no entraban en el precio
de costo. De otra parte, la fuerza de trabajo para la recolección no era comprada
por los hacendados en un mercado libre, sino que una parte de ella la
suministraban obligatoriamente sus arrendatarios y la otra por peones
asalariados, que estaban sometidos al conjunto de los propietarios territoriales por
las deudas de trabajo, la prisión por deudas, las leyes contra la vagancia y las
disposiciones contra la movilidad de los trabajadores (ver cap. I). Entonces el
"salario” no dependía de condiciones sociales generales impuestas a los cafeteros
individuales, sino que era ampliamente manipulado por éstos a través de la
coacción extraeconómica de sus arrendatarios y del sometimiento de los peones a
los terratenientes. En tercer lugar, el trabajo directo ha constituido históricamente
la mayor parte del valor del café producido en el país y el valor de los medios de
producción sólo una pequeña porción, de ahí que, el precio de costo del mismo ha
consistido principalmente en los salarios de los productores directos. La
composición de los costos monetarios de las plantaciones cafeteras
cundinamarquesas en 1955-1956 puede dar una idea cuantitativa de lo anterior: el
81.1 % de éstos eran salarios a los productores directos, el 4% capital constante
circulante (abonos, insecticidas, herramientas, etc.) y el resto, gastos de
circulación, intereses, impuestos y gastos de administración (35). El cultivo del
cafetal, que era renta para los hacendados de Cundinamarca, requería allí 497
horas-hombre por hectárea anuales y la cosecha 315 (36). ¿Qué significado
podría tener el precio de costo para los hacendados de Cundinamarca y el oriente
del Tolima que cultivaban gratuitamente el cafetal, pagaban salarios ínfimos en la
recolección del grano y frecuentemente no desembolsaban capital constante
circulante (herramientas, canastos, etc.)? A esto debe agregarse que, en
ocasiones, las inversiones fijas en el cafetal eran simplemente acumulación de
rentas por medio de contratos de aparcería para la formación de la plantación (ver
II.A).
El sistema utilizado por la hacienda cafetera "Canadá” situada en el municipio
de Cunday en el oriente del Tolima es ilustrativo de las formas de organización de
la producción descritas arriba: el hacendado cedía una y media hectáreas a sus
arrendatarios en las partes menos fértiles de la montaña para explotarlas en
provecho de ellos. A cambio de esto debían cuidarle hectárea y media de cafetal,
darle las desyerbas, cosechar y transportar los frutos a la máquina de beneficio.
Por cada arroba de café cosechada se le pagaba al arrendatario 8 centavos y el
máximo que lograba coger en un día eran 5 arrobas; cuando la cosecha era
escasa sólo obtenía 2 arrobas diarias. Si el campesino por cualquier razón no
podía recoger café la hacienda lo mandaba cosechar y le cobraba al arrendatario
5 centavos por arroba Los campesinos que no cumplían sus obligaciones con la
hacienda eran lanzados de sus parcelas (37).
El contrato de arriendo en las haciendas de Cundinamarca y Boyacá era
descrito en 1929 así: “El dueño de la finca arrienda una parcela de mayor o menor
extensión a un trabajador y éste paga el arrendamiento en trabajo; la diferencia de
precio que resulta a favor del patrón se paga en dinero; la que resulta en favor del
obrero, en alimentos o dinero. Los arrendatarios constituyen el núcleo de los
trabajadores de la finca pero alrededor de ellos hay también un número apreciable
de peones voluntarios que contratan sus servicios en dinero. La emigración del
pueblo rural hacia las ciudades en busca de trabajo urbano (construcción,
fábricas, etc.), hacia las obras públicas, ha hecho disminuir sensiblemente el
número de arrendatarios y voluntarios dedicados a las faenas agrícolas al paso
que éstas se ensanchan” (38). Una parte muy considerable de las haciendas
cafeteras de Cundinamarca y el oriente del Tolima funcionaron a base de
arrendatarios-jornaleros en la década de 1920 y en los primeros años de la
década del treinta, como se desprende del contenido de las luchas agrarias de los
campesinos de esos departamentos en esa época: tres mil miembros de la
organización campesina de Quipile entraron en huelga; entre sus peticiones
estaba la de cambiar las rentas en trabajo por rentas en dinero. En Quipile se
obligaba a pagar el arrendamiento de las parcelas en trabajo; se daba el caso de
campesinos que debían trabajar obligatoriamente en las haciendas sin
remuneración dos semanas al mes (39). La hacienda “El Chocho", en
Fusagasugá, tenía quinientas familias de arrendatarios obligados a pagar el
arrendamiento de sus parcelas en trabajo (40). Esta forma de organización de la
producción se puede rastrear en la región desde la segunda mitad de la década
de 1880 y parece haber respondido a la necesidad de retener los trabajadores; C.
Berquist dice refiriéndose a los años 1886-1904: "La producción de café dependió
de varios sistemas de trabajo. Los grandes cultivadores requirieron de
trabajadores estacionales conseguidos frecuentemente en Cundinamarca por el
sistema de enganches. Se les ofreció pagos en dinero (acompañados
posiblemente de coerción) a los trabajadores de tierra fría para inducirlos a
trabajar en las tierras calientes durante la cosecha o para la apertura de nuevas
tierras cafeteras. Con el fin de asegurarse la fuerza de trabajo, los cultivadores de
café arrendaron tierra a sus trabajadores y, dependiendo de sus necesidades
cobraron el pago en trabajo o en dinero efectivo” (41).
Medardo Rivas también menciona haciendas cafeteras de arrendatarios en el
siglo pasado: "Compraron la hacienda (de Tena) los señores Julio y Pablo
Barriga... dividieron la tierra en pequeños predios que arrendaron, de modo que
hoy en cada colina se ve una habitación y en cada valle un cotijo; sembraron de
caña la fértil vega que da al Bogotá; establecieron un molino movido por agua... y
fundaron un la parte alta de la hacienda un cafetal con medio millón de árboles
que ya producen frutos... La finca se dividió en dos... y cada una de sus partes da
una renta como la de un nabab de la India” (42). También hay evidencias sobre
este tipo de haciendas en los primeros años del siglo XX: "Una hacienda de un
millón de cafetos, como la de Subia en el Valle del río Bogotá, requería en 1906,
300 trabajadores agrícolas permanentes. Estos peones no habían sido
encontrados en las regiones dedicadas al nuevo cultivo. Eran más bien habitantes
de las zonas de minifundio indígena de las altiplanicies de Cundinamarca y
Boyacá que habían emigrado de sus regiones por falta de alimentos, para
mantener a estos trabajadores en su hacienda, el propietario que los recibía a
medida que descendían de la altiplanicie acostumbraba a dar a cada uno un
pequeño lote de subsistencia en la parte montañosa de su propiedad donde podía
establecerse el peón y establecer su choza” (43).
Los propietarios de las haciendas organizadas en la forma descrita eran ante
todo terratenientes, aunque las instalaciones fijas les exigiese considerables
desembolsos de dinero, de los cuales a veces se eximían en buena parte
"capitalizando” rentas durante la formación del cafetal, porque, de un lado, la
propiedad territorial era la base de la extracción del trabajo excedente de los
productores directos y del otro, su reproducción como clase social no dependía de
la valorización de un capital, sino de la obtención de una renta y del
mantenimiento de las condiciones jurídicas y políticas de existencia de esta forma
de propiedad de la tierra, que permitía ejercer una coacción extraeconómica sobre
los productores directos para que rindieran trabajo sobrante.
Las haciendas no podían explotarse ventajosamente con trabajadores
asalariados contratados en un mercado libre de fuerza de trabajo, debido a que el
atraso tecnológico de la producción y la consiguiente baja productividad del
trabajo sólo eran compatibles con "salarios” ínfimos. Esto se manifestó claramente
en una polémica sobre el costo de producción de café entre Gabriel Ortiz
Williamson, propietario de la hacienda "La Magdalena” en Viotá e importante
dirigente cafetero de Cundinamarca y Francisco Antonio Benavides hacendado de
La Mesa, a mediados de 1917.
Ortiz Williamson sostenía a mediados de ese año que la reducción en el precio
externo del grano había llevado a los cafeteros a la crítica situación de vender el
producto casi al costo de producción. Jorge Ancízar hacía eco a esa opinión en un
artículo de “El Tiempo” del 17 de Julio, donde valoraba el costo del café en 11 1/4
centavos la libra y 22 pesos la carga (44). Benavides replicaba al primero el 10 de
Agosto de 1917 en el mismo periódico, mostrándole que el costo de producción
por carga era solamente 7 pesos, de los cuales $2,40 el cultivo, $4.00 la
recolección y $ 0.60 el beneficio, incluida la trilla (45).
En el artículo del 15 de Agosto explica Ortiz su posición; ésta era:
"Ahora señor director, es preciso decir la verdad de que el negocio del café en Colombia ha
sido especulación de jornales baratos, los que nos han permitido sostener la competencia
formidable de otros países que tienen gastos de transporte menores para el artículo. La
industria cafetera necesita durante cuatro o seis meses del año una gran cantidad de brazos
para la recolección. El que quiera obtener mediana utilidad en el negocio debe empezar por
dedicar una parte del terreno para colocar arrendatarios o estancieros que le trabajen muy
barato. "Que es lo que está sucediendo en Viotá por ejemplo? Pues que los dueños de
cafetales han dicho a sus arrendatarios: conviertan sus estancias en plantaciones de café y yo
les pago un centavo por mata en producción'. En tal virtud el arrendatario ha sembrado el café
y lo ha entregado al patrón desvinculándose de la tierra y por consecuencia de la obligación de
trabajar por un jornal miserable, debido a este procedimiento gran parte del terreno antes
ocupado por labranzas está hoy ocupado por plantaciones de cafetos. Llega la cosecha, y en el
afán de recolectarla, cada cafetero sube y sube el precio de la recolección de la cuartilla y de
los jornales con lo cual se obtiene la consecuencia ineludible de que a medida que se retiran
los brazos que estaban vinculados a la tierra, por medio del sistema de estancieros, se
aumenta el costo de producción del café” (46).
El pasaje anterior revela claramente que la vinculación de los arrendatarios a
sus parcelas de subsistencia era lo que permitía su explotación en las haciendas
cafeteras. Muestran así mismo, que éstas no podían funcionar con un mercado
libre de fuerza de trabajo. Los hacendados de Viotá quisieron hacer de aprendices
de brujo, reduciendo el costo de sus instalaciones fijas para reducir más sus
desembolsos de dinero, pero, al liberar a los trabajadores de sus ataduras a la
tierra sólo consiguieron elevar el costo individual de su café.
b. Haciendas de ''aparceros". — En Cundinamarca y Tolima se conocieron
también sistemas denominados de aparcería. Estas formas organizativas diferían
notablemente de la aparcería clásica, donde el campesino aporta una parte del
capital y el propietario de la tierra la otra y se dividen las ganancias, pues, aunque
presentaban ciertos rasgos capitalistas como la industria a domicilio y el salario
por piezas los "aparceros” estaban sometidos sobre todo por la propiedad
territorial.
Un caso de ellos es la hacienda "La Aurora", situada en el Líbano,
departamento del Tolima, que estaba organizada en 1926 de la siguiente forma
(47): El cafetal consta de 120.000 arbustos divididos en tablones de 3.000 entre
cuarenta familias, a razón de 1.000 por persona, de tal manera que los
trabajadores fueran suficientes para la cosecha. El tablonero estaba obligado a
cultivar su tablón, recolectar el café, entregar todo el producto en cereza a la
hacienda y a trabajar cuando se le pidiera el mismo salario de los otros
trabajadores. Debía aportar, así mismo, los medios de producción diferentes a la
tierra y el cafetal como herramientas, canastos, etc., que se los vendía el
hacendado a crédito y al costo. El café se procesaba en las instalaciones de la
hacienda, pero los gastos correspondientes los pagaba el arrendatario de su parte
en la producción; con tal fin se le deducía una libra de café pergamino de cada
ocho que le correspondían (48). Al aparcero se le pagaba semanalmente la mitad
del café al precio del pueblo vecino, deduciendo de allí gastos de procesamiento,
el valor de las herramientas, canastas etc., y los préstamos para el cultivo del
cafetal; el pago se reducía prácticamente a la cancelación de deudas a la
hacienda y a la liquidación eventual de un pequeño salario por la cosecha (49). El
tablonero recibía libres de renta casa de habitación y una parcela donde ' 'obtiene
los víveres de su “gasto''.
El ingreso neto del propietario era igual a,"el valor líquido de la mitad del
producido anual"; el precio del café podía fluctuar, pero "siempre se obtiene libre
dicha mitad". No cargaba intereses por el capital invertido porque juzgaba sus
ingresos como las utilidades de una compañía en la que uno aporta el capital y el
otro la industria. La hacienda no era una unidad de producción, sino un conjunto
de pequeñas parcelas explotadas individualmente por familias de aparceros
pertenecientes a un propietario común. El tablonero era el productor de café
porque organizaba por su cuenta en su parcela, sin la supervisión y vigilancia
ajena, con sus propios medios de producción, aunque fueran comprados a crédito
a la hacienda. Como tal debía tener derecho al producto de su trabajo y en efecto,
nominalmente se le reconocía el precio de la mitad de la producción. Pero el
tablonero estaba obligado a entregar la totalidad de la producción a la hacienda, y
de su parte se deducían los préstamos y los gastos de beneficio del café, lo que
convertía al hacendado en el propietario efectivo de toda la producción.
La producción de café se organizaba como una industria a domicilio, donde el
hacendado vendía a los tabloneros los medios de producción a crédito; éstos
producían por su cuenta en sus parcelas y aquél les compraba forzosamente el
producto. Pero esto no es todo, la hacienda hacía préstamos a los productores
para el cultivo del cafetal, adicionalmente a la venta a crédito de los medios de
producción, que, como en la parcela no se ocupaban trabajadores asalariados,
debían servir para que la familia del tablonero pudiera efectuar sus gastos
monetarios durante la producción y puesto que el hacendado era propietario
efectivo de todo el producto, tales créditos eran efectivamente salario. En
consecuencia, las relaciones de producción en el café eran una combinación de
industria a domicilio y trabajo asalariado. Si los créditos a los tabloneros para
adquirir medios de producción y de consumo eran capital circulante para el
hacendado, el cual desembolsaba también un capital fijo, representado por el
cafetal y las instalaciones de beneficio del café, que los valorizaba en la
producción de mercancías, entonces el hacendado sería un capitalista.
Aparentemente sólo se trataba de una producción capitalista organizada en forma
tal que eliminaba el riesgo del propietario, el cual fijaba de antemano el valor de la
mitad de la producción como precio de costo y la otra mitad como ganancia, y en
que las pérdidas eran siempre del productor directo: si el precio del café era igual
o menor a los "préstamos” recibidos, el "aparcero” no recibía salario por la
cosecha o se endeudaba adicionalmente, si el precio superaba ese nivel obtenía
el salario normal y en ciertas circunstancias favorables, una "ganancia".
Este sistema era, sin duda, muy eficiente para asegurar elevados ingresos a
los hacendados exentos de riesgos. Queda por resolver como podía reproducirse
la fuerza de trabajo en tan precarias condiciones.
Esto era posible porque los tabloneros no gastaban todo su tiempo en el
cafetal, sino que eran también productores de alimentos en parcelas de
subsistencia cedidas sin renta por la hacienda al igual que la vivienda. Los
anticipos recibidos durante el cultivo del cafetal y el eventual salario en la cosecha
constituían tan sólo el componente monetario del ingreso del tablonero; la
reducción de éstos podían empeorar su nivel de vida pero no cuestionaba sus
producción como tablonero que se basaba en la producción de alimentos y en la
vivienda gratuita. Entonces, las relaciones de producción en las haciendas de
aparceros coincidían en lo esencial con las de arrendatarios-jornaleros: en las dos
se combinaban necesariamente la producción independiente de subsistencia de
los productores directos, con relaciones asalariadas atrasadas en la producción
de café, y en ambas la explotación del productor directo se basaba en la
propiedad del hacendado sobre las parcelas de subsistencia y en la vinculación
de aquél a la tierra Este último aspecto se aprecia más claramente en sistema de
compañías de Santander. Sin embargo, el sistema de tabloneros representa un
progreso respecto al sistema de arrendatarios. El tablonero no debía prestar
servicios gratuitos en el cultivo del café a cambio del usufructo de su parcela de
subsistencia sino que su acceso a ella dependía de su condición de productor de
café. De otra parte, la explotación de su parte de cafetal era organizada por su
cuenta, no bajo la supervisión y control del hacendado como ocurría con los
arrendatarios. Por último, el ingreso monetario de los tabloneros era más elevado
que el de éstos, pues recibían un pago por el cultivo del café (50).
Estas formas de producción parecen haber surgido de otros sistemas en los
cuales el peonaje era bastante importante, especialmente en la recolección del
café. Así en "La Aurora” se efectuaba la cosecha con peones asalariados traídos
de Boyacá, hasta 1922; el propietario comentaba al respecto en 1926: "...los
enganches de peones traídos de Boyacá eran malos y costosos... la alimentación
del crecido personal de cosecheros era otro rompecabezas que nunca pude
organizar” (51). En cambio, con el sistema de tabloneros no tenía problemas:
"Ahora veo llegar sin cuidado la recolección del grano, por mucha abundancia que
de él haya, ya que los tabloneros tienen el mayor interés en cogerlo totalmente
pues han hecho los gastos de deshierbe, deschuponado, etc...”(52). La base del
funcionamiento de estas haciendas era la disponibilidad de suficientes
trabajadores permanentes para la cosecha no sólo de los requeridos por el cultivo;
esto es, si la fuerza de trabajo necesaria para la recolección de café era triple que
en tiempo normal, entonces, los "aparceros” deberían ser tres veces más que los
arrendatarios (53). La restricción era la extensión de la propiedad que debía
bastar para entregar parcelas de subsistencia a un número muy superior de
trabajadores permanentes demandados por un cafetal de tamaño dado. Las
observaciones anteriores no pretenden probar una evolución del sistema de
arrendatarios al de aparceros, aunque pudo presentarse en algunos casos, sino
más bien, señalar las condiciones para la retención de la fuerza de trabajo en las
haciendas y la eliminación de la necesidad de contratar peones en la cosecha,
implícitas en la "aparcería"; pues las haciendas de arrendatarios-jornaleros podían
también funcionar completamente con trabajadores permanentes si disponían de
tierra suficiente para que sus trabajadores produjeran alimentos. Posiblemente
esto último ocurrió más frecuentemente que lo primero, hasta 1925, a medida que
el crecimiento de la producción cafetera y el desarrollo económico general
producían una escasez relativa de peones en la región, pero tal vez el fenómeno
pasó más desapercibido porque representaba cambios menos bruscos en las
formas organizativas de las haciendas.
El crecimiento de la industria cafetera en la década de 1880 y la consiguiente
reanimación de las actividades urbanas en Bogotá y otras poblaciones había
hecho escasear la oferta de peones ocasionando presiones sobre los salarios en
las épocas de recolección de café. Esto produjo desde comienzos de los años
noventa presiones sobre los salarios y la tendencia a retener los trabajadores en
las haciendas cafeteras de Cundinamarca y el oriente del Tolima Pero lo anterior
fue compensado en buena medida por la circulación del papel moneda entre 1885
y 1910, que permitía trasladar por mecanismo inflacionario las reducciones en el
precio externo del café a los salarios reales. La extremada dependencia de los
ingresos del gobierno central de la renta de aduanas, desde la reforma fiscal de
1850 hasta 1924, hacía que una baja en las exportaciones producida por la
reducción en los precios externos de las mismas, produjera casi indefectiblemente
un déficit presupuestal que se cubría desde la implantación del papel moneda con
emisiones inflacionarias. La tendencia al déficit presupuestal se agudizó por la
formación de un ejército nacional fuerte desde la Regeneración y llegó al máximo
con la financiación inflacionaria de las guerras civiles de 1885 y 1899 a 1902. Así,
entre 1897 y 1909 aumentó la tasa de cambio externa en el 4.130% y los salarios
monetarios de los jornaleros sólo en el 1.732%, lo que permitió un crecimiento en
el índice del precio real del café de 147.5 a 286.0 a pesar de la reducción en el
índice del precio externo de 59 a 48, en esos mismos años (54).
La restricción impuesta a la circulación del papel moneda por el decreto 35 de
1905 estabilizó la tasa de cambio del peso alrededor del 10.400% hasta 1909
(55). En este año se creó la Junta de Conversión, que empezó a recoger el papel
moneda, lo que hizo depender cada vez más la circulación monetaria de especies
más sólidas, como el oro, los certificados de oro, etc. Esto creó una dificultad
creciente al traslado automático de las pérdidas en el precio externo del café a los
jornaleros y arrendatarios a través de la inflación, pues de ahí en adelante la baja
en los ingresos debía ser compartida entre trabajadores y propietarios. Pero lo
principal no era la rigidez en el salario real, resultado de la estabilidad monetaria,
sino su tendencia a crecer, derivadas de la escasez relativa de los peones creada
por el continuo aumento de la producción cafetera, la aceleración de la
urbanización y el rápido desarrollo del moderno sistema de transporte. Ante la
imposibilidad de modernizar la producción cafetera los propietarios optaron por
retener los trabajadores en las haciendas, generalizando el arrendamiento a la
cosecha de café o desarrollando sistemas de "aparcería". Quizá ésta sea la
explicación del fuerte aumento de las grandes propiedades a costa de los baldíos
después de 1910, debido a la necesidad de más tierra para asentar los nuevos
trabajadores necesarios. La necesidad de adoptar las nuevas formas de
producción debió revelarse con especial intensidad a los hacendados en las
coyunturas de bajos precios externos del grano, como fueron, la primera guerra
mundial y la crisis de 1920-1921.
c. Haciendas de ''aparceros''en Santander.— Las haciendas cafeteras de
Santander atravesaban a comienzos de los años treinta por un período de
decadencia de varios años; las que lograban mantener la misma escala de
producción debieron retener a sus trabajadores recurriendo a sistemas de
"aparcería” y abandonando el empleo de jornaleros. La Revista Cafetera
comentaba al respecto en 1932: "Es un hecho que no admite discusión que las
grandes haciendas dedicadas en Santander a la industria del café decaen día a
día en su producción. En cambio, la pequeña propiedad dedicada a la misma
industria aumenta incesantemente. Aquellas que subsisten con la misma
producción de años atrás se organizaron con sistemas de compañías y de
contratistas” (56). El primer sistema coincide en lo esencial con las haciendas de
"aparceros” de Cundinamarca y Tolima; en cambio, el sistema de contratistas era
una forma encubierta de trabajo asalariado que permitía retener a los trabajadores
para explotarlos más eficazmente.
1. Sistema de Compañías — El propietario de la finca sólo admitía a vivientes
o aparceros que se comprometían con él a tomar en compañías una porción de
suficiente extensión de cafetal en producción. "Las obligaciones del dueño de la
tierra con respecto al compañero son las siguientes: suministro de casa de
habitación sin cobrar canon de arrendamiento; tierras de labor, dejando al
compañero tres cuartas partes de la producción..; suministro de avances en
víveres y dinero a medida que se vaya cultivando el cafetal...; facilitarles las mulas
y los aperos para el transporte de café en baba a la maquinaría de beneficio; el
café es dado a tres partes, dos para éste y una para el dueño de la tierra; se
obliga a comprar la parte del compañero al precio corriente del mercado el día del
arreglo. "El compañero se compromete a darles las desyerbas anuales, efectuar
la poda, resiembra, despalizada, desbejuque, arreglo del sombrío etc., en tiempo
oportuno del cafetal; a entregar sin demora el café en baba producido; aceptar por
carga de café en blanco la producción de 50 arrobas en baba (5.2 Kgs. x 1); a
pagar por sus dos partes el beneficio y la escogida, a razón de 3 pesos por carga
sencilla” (57). Las haciendas cafeteras santandereanas a base de compañías se
organizaban básicamente en la misma forma que las haciendas de aparceros en
Cundinamarca y Tolima. En ambos casos, el café se producía en una combinación
de industria a domicilio y relaciones asalariadas atrasadas, y la producción de
alimentos en las parcelas de subsistencia de los trabajadores era la base de esta
forma de producción; sólo que aquí se revelan mucho más claramente sus
características esenciales: de un lado el hacendado se define como un
terrateniente, "el dueño de la tierra"; de otra parte, el sometimiento de los
trabajadores se basaba en la propiedad de las parcelas de subsistencia, pues el
propietario sólo aceptaba a los vivientes o aparceros que accedían a encargarse
de cierta parte del cafetal. En tercer lugar, aparecen más evidentes las relaciones
asalariadas; los desembolsos del propietario durante el cultivo eran "avances de
víveres y dinero” y no préstamos, como en la hacienda “La Aurora"; ya no cabe
duda de que se trata de salarios. Por último, los rasgos de industria a domicilio
también se manifiestan en este caso: el hacendado aportaba parte de los medios
de producción (mulas y aperos) y adelantaba el dinero para los demás; el
compañero organizaba la producción por su cuenta, sin la vigilancia ajena, en su
parte de cafetal, y debía vender el café anticipadamente al hacendado, pues
debía entregarlo todo a la hacienda a un precio convenido al principio del
contrato. El ingreso del propietario consistía en la tercera parte del café producido
y una renta en especie de la cuarta parte de la producción de subsistencia.
2. Sistema de Contratistas.
“El dueño de la hacienda la divide en varias secciones según la extensión de los cultivos de
café. En cada sección se establece un contratista. Este atiende la sección respectiva y el dueño
de la finca paga semanalmente los jornales que se hayan empleado en el cultivo, de acuerdo al
dato diario tomado por un empleado de la hacienda. "A cada contratista se le lleva una cuenta
especial donde se le cargan las sumas recibidas. Al entregar el café en baba se le abona como si fuera comprado - a determinado precio por arroba convenido al comienzo de las
faenas de cultivo” (58).
La organización de la producción en estas haciendas no era sino un sistema de
trabajo asalariado que ataba a los trabajadores a la finca y permitía sobreexplotarlos en la cosecha. En efecto, los anticipos al cultivador se presentaban ya
como salarios; eran los pagos semanales por los jornales empleados en el cultivo.
El compañero no era un trabajador independiente, sino que estaba vigilado por el
hacendado pues un empleado de la hacienda controlaba y registraba el trabajo
realizado, y de acuerdo con esos datos se efectuaban los pagos. De otro lado, el
dueño de la hacienda era el propietario efectivo de la producción. La venta del
producto no sólo era una operación formal, sino que se la comprendía como tal:
se le abonaba al compañero un precio por el café recibido, "como si fuera
comprado". Por último, no se menciona para nada las parcelas de subsistencia.
3. Evolución de las formas de producción en Santander.— Las haciendas
cafeteras santandereanas parecen haber funcionado por mucho tiempo basadas
en el trabajo de los jornaleros quizá porque fue allí donde se desarrolló primero y
con más intensidad una población de trabajadores desposeídos. El efecto
disolvente de las guerras civiles del siglo pasado sobre la propiedad campesina
en las provincias densamente pobladas de Socorro, Guanentá y Soto,
pertenecientes actualmente a Santander del Sur, produjo un intenso flujo
migratorio a los cantones de San José, Rosario y Salazar, en Santander del Norte,
que permitió un rápido montaje de haciendas cafeteras allí; según los datos de
Manuel Ancízar, cerca del 65% de la población activa de dichos cantones eran
jornaleros en 1852 (ver cap. I). La disolución de la industria doméstica rural y
urbana de sombreros en la provincia de Soto y el cantón de Zapatoca, en Socorro,
a fines de la década de 1850 permitieron la iniciación del montaje de haciendas
cafeteras en esas regiones sursantandereanas. La rápida decadencia de la
producción campesina de tabaco en dichas zonas, durante los años 1865-1875, le
dio un poderoso impulso a la industria cafetera allí, sin detrimento del progreso de
la misma en Santander del Norte (ver cap. I).
La relativa estabilidad de las explotaciones campesinas de Socorro, Guanentá
y Soto posteriormente a la guerra de 1885 y la lenta recuperación de la
producción de tabaco para el mercado nacional por la misma época en la última
provincia, restringió notablemente el flujo de campesinos arruinados a las
haciendas cafeteras. El montaje y los buenos resultados económicos de éstas
había dependido hasta ese momento principalmente de la disponibilidad de
abundantes trabajadores baratos en las zonas cafeteras y en muy poca medida
en la selección de las tierras más fértiles para la producción del grano. El grueso
de la producción de café de estos departamentos se concentró hasta 1892 en los
distritos de Chinácota y Salazar de las Palmas en Santander del Norte y en
Bucaramanga, sus distritos vecinos de Matanza, Lebrija y Betulia, perteneciente al
antiguo cantón de Zapatoca, en Santander del Sur, donde los rendimientos de las
plantaciones eran más reducidos (ver Cuadro II.3).
Cuadro II.3 SANTANDER: COMPARACION DE LOS CAFETOS EN
PRODUCCION EN 1892 y 1925 EN LOS PRINCIPALES DISTRITOS
PRODUCTORES Y RENDIMIENTOS POR ARBOL EN 1892
FUENTE: (1) Censo Nacional de productos exportables del 29-XI-1892; op. cit.
(2) Diego Monsalve; "Colombia Cafetera"; Barcelona, 1927; citado en: José Chalarca
y Héctor Hernández; "Enciclopedia del Desarrollo Colombiano - El Café”
La disminución en el ritmo de crecimiento de la oferta de jornaleros a fines del
ochenta, se presentó cuando la industria cafetera santandereana había alcanzado
un volumen de producción considerable y estaba en pleno florecimiento, lo que
debió traducirse en una notable presión alcista sobre los salarios, especialmente
en Santander del Norte, donde era mucho menor la población y la producción de
café más del doble que en el Sur. El establecimiento del papel moneda en 1885
vino a reforzar la oferta y la demanda de fuerza de trabajo, en el mantenimiento
de un nivel suficientemente bajo del salario real de los jornaleros, que permitió un
crecimiento bastante rápido de la industria cafetera regional hasta 1912,
especialmente en Santander del Sur, aunque bastante inferior respecto al
occidente del país. La disponibilidad de peones en la región era notablemente
mayor que en otras partes del país por esta época; así en el censo de población
de 1912 los jornaleros eran el 28.1 % de la población activa nortesantandereana y
el 23.6% en Santander del Sur, mientras en Cundinamarca y Tolima eran sólo el
20.4 y el 16.9% respectivamente (59). Sin embargo, la oferta de trabajadores para
la cosecha de café era escasa respecto a las necesidades de los Santanderes,
pues, si bien en el Sur había bastantes jornaleros y sirvientes, en el Norte se
presentaba un gran déficit de recolectores, que debía satisfacerse
necesariamente con migraciones estacionales provenientes del primero (ver cap.
I.3). La situación anterior impuso una transformación completa a la industria
cafetera santandereana: de un lado, se establecieron nuevas haciendas en otros
distritos donde había abundantes tierras buenas para la producción de café. En
Santander del Norte se redujeron drásticamente las plantaciones de Chinácota y
Salazar y se establecieron otras nuevas en Arboledas, Bochalema y Gramalote;
en Santander del Sur se estancó la producción en Bucaramanga, Matanza,
Betulia y Lebrija y se desarrolló impetuosamente en Rionegro y San Vicente (ver
Cuadro II.3). En segundo término, los propietarios debieron restringir el empleo de
peones y adoptar formas de producción que permitieran retener a los
trabajadores, como los sistemas de "aparcería” descritos arriba, no sólo por la
escasez general de peones, sino también porque la nueva zona cafetera era
notablemente más despoblada. Por último, en las nuevas regiones existía un
número apreciable de pequeños colonos, que desarrollaron bastante
dinámicamente la pequeña producción de café en esos departamentos. Esto
explica el gran dinamismo de la industria cafetera en los distritos de Ocaña, a
pesar de la mediocridad de sus tierras para el cultivo de café; a esto debió
contribuir también bastante su proximidad al río Magdalena.
d. Decadencia de las haciendas del oriente después de la Ley 200 de 1936. –
Las grandes propiedades en la zona cafetera de Cundinamarca, Tolima y los
Santanderes se basaban muy frecuentemente en dudosos títulos coloniales y en
las sucesivas usurpaciones de tierras baldías durante el siglo pasado y las
primeras décadas del actual. Los campesinos del oriente del país, posiblemente
informados de ese hecho por las organizaciones agrarias de entonces,
radicalizaron los objetivos de la lucha contra los grandes propietarios en la
primera mitad de los treinta: ya no pretendían tan sólo sembrar café en sus
parcelas de subsistencia y mejorar sus condiciones de trabajo, como en los años
anteriores, sino que negaron el derecho de propiedad, renunciando a su condición
de arrendatarios y declarándose colonos. Esto llevó a la parcelación de algunas
grandes haciendas, como “El Chocho” en Cundinamarca y la "Hacienda Tolima",
ocurridas en 1934. A esta aguda situación social en el campo dio respuesta al
gobierno con la Ley 200 de 1936. Allí se concedían una serie de garantías a los
colonos en los casos de lanzamiento por ocupación de hecho de tierras donde
hubiera duda sobre el derecho de propiedad y sobre el pago justo por las mejoras
permanentes que hubiesen introducido los cultivadores a la tierra. Al mismo
tiempo se exigía demostrar la validez de los títulos de las grandes propiedades,
especialmente cuando una extensión considerable de ellas estuviera en selva
virgen y/o hubiese litigio con colonos. Para evitar los abusos de las autoridades
locales, parcializadas siempre a favor de los terratenientes, se establecieron los
jueces de tierras que substituían a los jueces ordinarios en los conflictos agrarios;
lo que permitía cierto grado de operancia práctica a la ley.
La Ley 200 no cuestiona en ninguna de sus partes las grandes propiedades
basadas en el arriendo y la aparcería; por el contrario, a los pocos días de su
aprobación se votó en el Congreso otra ley donde se colmaban de garantías estas
formas de producción y se restringían estrictamente los cultivos permanentes en
las parcelas de subsistencia de arrendatarios y aparceros a los autorizados por
los propietarios (60). Sin embargo, los dudosos títulos de propiedad de las
haciendas de Cundinamarca y Tolima (ver cap. I.3) y la tendencia de los
arrendatarios y aparceros de las mismas a hacerse pasar por colonos
representaba un peligro inminente para la propiedad de los hacendados. Estos
respondieron con la expulsión masiva de arrendatarios y aparceros; y, en el caso
del café, pusieron a funcionar todo el proceso productivo de las haciendas con
peones asalariados, alojados muchas veces en barrancones, sin casa de
habitación ni parcela de subsistencia. El empleo de trabajadores libres en
condiciones de productividad del trabajo muy reducida y relativa escasez de
jornaleros fue más corrosivo para las haciendas cafeteras del oriente del país que
los doce años de luchas agrarias de 1925 a 1936, pues, a consecuencia de ella,
entraron en un largo período de decadencia del que no se recuperaron, hasta su
desaparición a fines de la década de 1950. Desde el X Congreso Cafetero, en
1939, se lamentaron los hacendados del elevado costo de producción del grano
derivado del empleo de trabajadores asalariados y reclamaron un claro
pronunciamiento al gobierno sobre el contrato de aparcería, porque ésta era la
forma más barata para producir café: La resolución número 11 de dicho congreso
decía:
"Considerando:
“Que una de las mayores necesidades de la industria cafetera es reducir los costos de
producción, a fin de poder competir con los demás países productores.
"Que el sistema de trabajo generalmente conocido con el nombre de 'cosecheros' o
'aparceros' ha sido de los mejores para llegar a dicho fin.
“Que por temores desprovistos de todo fundamento legal se vienen sustrayendo al cultivo
grandes extensiones de tierras que antes se cultivaban con magníficos beneficios para
propietarios y cultivadores.
"Que como consecuencia de esta substracción se está sintiendo un apreciable descenso de
la producción, especialmente de numerosos artículos alimenticios, cuyo encarecimiento está
determinando un mayor costo en el cultivo de café.
"Resuelve:
1° Solicitar encarecidamente del Gobierno Nacional una precisa interpretación de las
disposiciones legales que regulan las relaciones entre propietarios y cultivadores aparceros...
2º Solicitar del Ministerio del Trabajo, Higiene y Previsión Social, la publicación de un
modelo de contrato de aparceros...
3º Recomendar a la Gerencia de la Federación Nacional de Cafeteros la conveniencia de
abrir y sostener una intensa campaña a favor del sistema de cosecheros, sugiriendo su
adopción tanto en producción de café como en los demás cultivos que contribuyeron a rebajar
el costo de producción y a radicar en las haciendas el personal de trabajadores que todos
necesitan, especialmente en época de recolección” (61).
La resolución número 2 del XI Congreso Cafetero en 1941 decía así:
1° La Federación de Cafeteros procurará por todos los medios posibles, fomentar la
celebración del contrato de aparcería, haciendo conocer a terratenientes y trabajadores las
ventajas que tienen para unos y otros...
2º En el propósito del punto anterior, la Federación divulgará un modelo de contrato...” (62).
La proposición número 25 del mismo congreso enfatizaba la necesidad de
establecer la aparcería para poder aumentar la producción y rebajar el costo del
café:
"Nómbrese por la presidencia una comisión que sobre los estudios practicados en torno al
contrato de aparcería rinda un informe... con el propósito de dar a propietarios y trabajadores
agrícolas un sentido claro de sus deberes y derechos y devolver a los campos, la tranquilidad y
la confianza necesarios como base para elevar el volumen de la producción, rebajar el costo de
ésta y obtener la estabilización de la población campesina” (63).
La proposición 78 pedía al gobierno precisar los alcances de la Ley 200, con el
fin de disipar la incertidumbre creada por ella entre los propietarios:
“El XI Congreso Cafetero se permite insinuar al Gobierno Nacional la conveniencia de
publicar de una manera muy clara y profusa, una interpretación oficial sobre el alcance de la
Ley de tierras... para hacer del mencionado estatuto un instrumento de justicia y fácil
comprensión y no un motivo de permanente intranquilidad y constante zozobra como es en la
actualidad... “(64).
La comisión nombrada por el XI Congreso para estudiar el contrato de
aparcería rindió un informe, cuyos apartes más interesantes se transcriben a
continuación:
“De tiempo atrás ha habido en los miembros de la Federación una viva inquietud sobre el
estudio del contrato de aparcería, a causa de haberse abandonado en aquellas regiones del
país en que fue de común práctica antes de la Ley 200 de 1936..:
“Se ha tenido muy en cuenta... que el contrato en referencia consulta de excepcional modo
las circunstancias económicas de nuestro medio, pues los terratenientes carecen, por lo
general, de dinero para la explotación de sus predios, de un lado, y, del otro, el cultivo de las
tierras de clima medio, que son las más propias para el café, no pueden intensificarse por
medios verdaderamente industriales o mecánicos que son los más económicos, sino por el
trabajo a mano...
“...no nos es posible sentar bases precisas del contrato... pero sí podemos anotar que la
liberalidad y la intervención eficaz del dueño en la parte técnica del cultivo, serán prenda
segura del éxito en el negocio... y, por último, que el aparcero debe tener completa libertad para
hacer siembras de otras plantas de vida precaria único modo de que pueda atender a su
subsistencia y a la de su familia...” (65).
En síntesis, la aparcería desapareció a consecuencia de la Ley 200 y el empleo
de peones que la sustituyó no había resultado económico porque los
terratenientes no tenían suficiente capital-dinero y el café no era un cultivo
mecanizable.
El clamor de los grandes cafeteros y otros terratenientes llevó a la segunda
administración López Pumarejo en 1944 a expedir la Ley 100 de ese año, en la
que se declaraba "de conveniencia pública el incremento... de la producción por
sistemas que entrañen alguna especie de sociedad o de coparticipación en los
productos entre el arrendador o dueño de la tierra y el cultivador, tales como los
contratos de aparcería y los conocidos, según la región, como de agregados,
poramberos, arrendatarios de parcelas, vivientes, mediasqueros, cosecheros,
etc..“ (66) y se estipulaban toda clase de garantías a los terratenientes.
En un artículo de Arturo Gómez Jaramillo de Marzo de 1947 se expone el
efecto de la Ley 200 en la desaparición del arriendo y la aparcería, la sustitución
de esos sistemas por peones asalariados y las esperanzas del gremio cafetero en
la Ley 100:
“Por causas que han sido suficientemente examinadas, la Ley 200 de 1936 ocasionó casi
completamente la ruina del sistema de explotación de tierras, conocido generalmente como
Contrato de Aparcería... Anteriormente, los propietarios de haciendas tenían el sistema de
suministrar al agregado o aparcero, una pequeña casa de habitación y un lote de terreno donde
podía sembrar plátano, yuca, frijol y maíz. En casi todos los potreros de las grandes haciendas
se veía una casa rodeada de una pequeña huerta. La hacienda se surtía de esas pequeñas
huertas y lo que no era consumido en ella se daba al consumo en la cabecera del municipio.
“En la actualidad han desaparecido por completo esas casas de habitación y los cultivos
correspondientes. Los propietarios ya no utilizan para las labores ordinarias de la hacienda sino
el número indispensable de peones y los aloja en cuarteles, dándoles la alimentación como
parte del salario. Y esas haciendas se ven obligadas a comprar todos esos comestibles en el
mercado del pueblo...
“Los perjuicios ocasionados a la economía del país por la interpretación equivocada de la
Ley de Tierras... en forma concisa son los siguientes: despoblación de los campos, disminución
de la producción y aumento de la inseguridad rural. Tal estado de cosas movió al legislador a
expedir la Ley 100 de 1944, que podemos calificar, sin ser tachados de optimistas, como una
verdadera contrarreforma agraria.
“Esta última ley tiene por objeto el fomento del contrato de aparcería en el país establecer
normas que garanticen adecuadamente los derechos de los propietarios, poniéndoles a
cubierto de las tentativas, tan comunes antes de su expedición, por parte de pretendidos
colonos, de convertirse en amos y señores de las pequeñas parcelas cultivadas... circunscribe
al aparcero al cultivo de aquellos productos denominados de 'pancoger' entre los cuales
anotamos la papa, la yuca, el frijol y el maíz...” (67).
El discurso de Mariano Ospina Pérez ante el XVI Congreso Cafetero en 1947
insiste de nuevo en la explicación de la desaparición de la aparcería después de
1939 y el efecto que esto tuvo sobre la especialización de las haciendas cafeteras
y la reducción en la oferta de alimentos:
"...Evidentemente, en épocas pasadas en las mismas parcelas en que se cultivaba café, se
disponía de espacio para la producción de otros artículos destinados a la alimentación, lo que
no ocurre ahora, pues en lo general todas las tierras disponibles en aquellas haciendas están
destinadas al cultivo de grano. La merma de la producción de artículos alimenticios en las
regiones cafeteras, parece deberse a distintas circunstancias, entre ellas a los resultados
obtenidos en la práctica con la llamada Ley de Tierras, a pesar de que ésta fue modificada
favorablemente por una ley en 1944;...la reducción de los cultivos de otro orden en las zonas
cafeteras es realmente desconcertante...” (68).
Muy pocas haciendas cafeteras desaparecieron en Cundinamarca y Tolima
entre el Censo Cafetero de 1932 y 1941, en que se hizo un censo especial en
estos departamentos; pero la situación de muchas de ellas era desesperada por
estos años. Así, en 1945, a pesar de la notable recuperación de los precios
externos del café y de la expedición de la Ley 100 el año anterior, muchos
hacendados decidieron parcelar sus propiedades, como se desprende de la
resolución número 4 del XIV Congreso Cafetero:
“El XIV Congreso Nacional de Cafeteros considerando:
''Que la explotación de las grandes haciendas de café resulta hoy antieconómica y su
producción declina continuamente mientras que las pequeñas plantaciones progresan; “Que
una de las principales causas del malestar social que reina hoy en la agricultura consiste en
que quienes trabajan directamente la tierra tropiezan con dificultades para conseguir pequeñas
parcelas... “Resuelve:
"La Federación Nacional de Cafeteros servirá de intermediario entre los propietarios de
cafetales que quieran parcelarlos y la oficina de Parcelaciones de la Caja de Crédito Agrario
Industrial y Minero. La Federación llevará a cabo con tal fin, el estudio de las regiones donde
sea más conveniente fomentar parcelaciones...” (69).
3. Sistemas de arrendamiento y aparcería en pequeña escala
En los departamentos donde predominaba la propiedad parcelaria cafetera se
fueron desarrollando el arrendamiento y la aparcería en pequeñas explotaciones,
expropiadas a los campesinos por los comerciantes-usureros locales; Antonio
García decía en 1936, refiriéndose a Caldas: "Donde más abundan los capitales
comerciales son más frecuentes los contratos de administración, sistema que
permite el acaparamiento de tierras y sin pérdida de la apariencia minifundista. En
algunas regiones centro y del Quindío hasta 12 fincas cafeteras menores de 5.000
árboles pertenecen a un solo propietario. El agregado reemplaza al pequeño
cultivador propietario... el pequeño propietario endeudado tiende a convertirse en
arrendatario” (70). Los sistemas más comunes de arrendamiento en Caldas en
esa época eran según dicho autor (71):
1º) Sistema de compañía: en este arreglo el propietario recibía la mitad del café, pergamino
seco de trilla. Cuando el dueño beneficiaba el deducía $ 0.20 por arroba a la mitad que le
correspondía al agregado.
2º) Arrendamiento de formación del cafetal: el propietario dejaba sembrar cultivos
intercalados y compraba a los cuatro años cada cafeto en producción o árbol de sombrío a 5
centavos.
3º) Compañía en beneficio: el propietario suministraba todos los medios de producción y
pagaba al trabajador 1 peso por arroba por la cosecha y el beneficio del café. Cuando el
contratista recibía la tercera parte de la cosecha debía efectuar todos los gastos de beneficio y
transporte a la plaza. Esta relación es evidentemente una forma de trabajo asalariado por
piezas.
C.IMPORTANCIA HISTÓRICA DE LAS DIVERSAS FORMAS DE PRODUCCION
La investigación de este aspecto no se puede abordar directamente por falta de
la información pertinente. Sin embargo, es posible formarse al menos una idea
imperfecta sobre la importancia relativa de la producción de los campesinos
parcelarios y de las haciendas cafeteras, en base a los datos sobre tamaño de las
fincas del censo cafetero de 1932 y del recuento de éstas realizado por Diego
Monsalve en 1925. Tal información presenta dos inconvenientes: de un lado, se
refiere a propiedades no a unidades de producción, lo que impide distinguir las
fincas manejadas por los propietarios de las de arrendatarios y aparceros, o si una
hacienda es una unidad de producción o una suma de explotaciones individuales
de arrendatarios o aparceros que funcionan en la misma propiedad. De otra parte,
considera la superficie cafetera, no el tamaño de las fincas, por lo cual no es
posible diferenciar la pequeña propiedad del minifundio. Pero, a pesar de todo, se
puede saber aproximadamente el número de haciendas, su participación en el
área sembrada y la importancia de ellas y de la propiedad parcelaria en la
superficie cafetera de los departamentos y del país.
Antes de mirar las estadísticas relativas al tamaño de las fincas cafeteras se
debe precisar lo que se entiende por propiedad parcelaria y los límites de ésta en
el caso del café, para distinguirla de la gran propiedad y del minifundio. Una
unidad de producción se considera propiedad parcelaria si el productor directo
tiene la propiedad jurídica o es poseedor libre de la tierra y los demás medios de
producción y la capacidad de trabajo de la familia campesina es suficiente para su
explotación completa, o sólo para el cultivo y parte de la cosecha y únicamente en
ésta se ocupan trabajadores extraños. Se diferencia del minifundio cafetero en
que éste depende de la venta de fuerza de trabajo a las propiedades medianas y
grandes, mientras los campesinos parcelarios subsisten principalmente de la
producción.
El concepto en cuestión admite, dentro de ciertos límites,
plantaciones de muy variadas extensiones, cuyo tamaño fluctúa, de un lado, con
el grado de especialización de la unidad productiva en el café, así, fincas con
plantaciones reducidas, pero muy diversificadas, pueden requerir toda la
capacidad productiva de una familia campesina y permitir su sustento; éste parece
haber sido el caso en la mayoría de los cafetales pequeños durante la época
investigada y no la proliferación del minifundio cafetero. En segundo término,
depende de la inversión más o menos intensiva por unidad de superficie; por esta
causa, las explotaciones campesinas son más reducidas en Antioquia y Caldas
que en los Santanderes y Tolima. Por último, varía de acuerdo a la riqueza de los
campesinos; los más pobres tendrán que trabajar parte del año para otros, los
medianos podrán ocuparse todo el tiempo en su propiedad y los más ricos,
además de su fuerza de. trabajo, deberán emplear trabajadores extraños durante
la cosecha.
La detallada investigación de Cepal-FAO en 1955-56 sobre insumos utilizados
en la producción de café permite formarse una idea aproximada de las
extensiones media y máxima de las fincas de campesinos parcelarios
especializados en café; pues, aunque la información es de una época distinta a la
considerada en este trabajo, no debe diferir mucho de las condiciones vigentes
entonces, porque el avance tecnológico de la industria cafetera fue muy lento
desde sus comienzos hasta mediados de la década de 1960, cuando se introdujo
el caturra:
Cuadro II.4. COLOMBIA: EXTENSION DE LAS FINCAS DE CAMPESINOS
PARCELARIOS ESPECIALIZADAS EN LA PRODUCCION DE CAFE (HECTAREAS)
NOTA: (1) Los insumos de trabajo medios por departamentos se rectificaron de acuerdo a los
correspondientes a cafetales entre 1.1 y 10 hectáreas.
(2) Se supuso, de acuerdo a CEPAL - FAO, 3 trabajadores por familia campesina, 226 días de
trabajo al año y una jornada de 9 horas diarias.
(3) Superficie media de la finca parcelaria especializada: es aquella que puede ser cultivada y
cosechada por la familia campesina sin necesidad de recurrir a trabajadores extraños a ésta o de
vender parte de su fuerza de trabajo. Se obtuvo dividiendo la fuerza de trabajo por el insumo total
de trabajo por hectárea.
(4) Superficie máxima de la finca parcelaria especializada: es aquella que puede ser cultivada
por la familia campesina, contratando trabajadores extraños para efectuar toda la cosecha del
café.
FUENTE: CEPAL - FAO; op. cit.; pp. 47, 54 y 80.
La extensión de la finca promedio en el grupo de 5.000 a 20.000 cafetos en
1925 era prácticamente igual a la de las fincas parcelarias medias, donde la
fuerza de trabajo familiar bastaba para la explotación completa del cafetal, es
decir, para el cultivo y la cosecha (ver Cuadros II.4 y II.5).
Las fincas de tamaño máximo, cultivadas por la familia campesina y cuya
producción era cosechada completamente por trabajadores extraños, coincide
prácticamente con las propiedades de 20.000 cafetos descritas en el censo
cafetero de 1932, en el cual la extensión máxima de las mismas era 17.76
hectáreas en Huila, donde había la menor densidad de plantación. Tales fincas
demandaban una cantidad apreciable de trabajo adicional en la cosecha principal;
que alcanzaba a 5.9 trabajadores en cada una de ellas en Antioquia y 4.8 en
Cundinamarca. Las propiedades con cafetales entre 5.000 y 20.000 plantas en
1925 pertenecían generalmente a campesinos parcelarios, aunque en algunos
casos el productor directo estuviera sometido a un terrateniente (ver II.2.A).
¿Entonces, las fincas con menos de 5.000 cafetos eran minifundios, porque la
plantación media en 1925 era solamente de 1.94 hectáreas? Esto sería
incuestionablemente así, si hubiesen estado especializadas en café; pero, como
se dejó dicho (ver II.1 y II.A), la mayoría de ellas eran explotaciones parcelarias
diversificadas, en las que el café permitía obtener el ingreso en dinero de los
campesinos. La hipótesis de que esos pequeños cafetales eran minifundios
cafeteros impediría comprender la escasez de fuerza de trabajo en la zona
cafetera durante la campaña de obras públicas en los años 1925-1929, pues
aquellos hubiesen permitido una oferta superabundante de trabajadores en la
cosecha de café después de atender plenamente las necesidades de las
pequeñas parcelas (72). Aquí se parte de que las fincas con menos de 20.000
cafetales eran por lo general propiedades parcelarias: las con menos de 10.000
plantas serían explotaciones diversificadas y las comprendidas entre 10.000 y
20.000 especializadas en la producción cafetera.
En el cuadro siguiente se considera la distribución porcentual de la superficie
cafetera adulta, de acuerdo a los tamaños de las plantaciones en las propiedades
donde se producía café en 1925, según los listados de cafetales publicados en
“Colombia Cafetera".
Las cifras anteriores confirman empíricamente el predominio de la producción
parcelaria cafetera en los departamentos del occidente del país y de las grandes
plantaciones en las del oriente, antes de 1930. Así, en Antioquia, Caldas y Valle
del Cauca la superficie ocupada por cafetales de menos de 20.000 arbustos
representaba respectivamente el 62.6, 82.3 y el 88.4% del área cafetera total en
esos departamentos. La importancia de la producción campesina era
progresivamente mayor en las regiones sucesivamente ocupadas por la
colonización antioqueña; notablemente menor en Antioquia que en Caldas y en el
Valle del Cauca, en los que ocupaba más de los cuatro quintos del área plantada.
En cambio, en Cundinamarca, Santander del Norte y del Sur, las grandes
propiedades abarcaban el 72.6 el 49.9 y el 69.5% de las superficies cafeteras
respectivas.
Tolima representa un caso intermedio entre Cundinamarca y los departamentos
occidentales; en la parte oriental se producían en grandes haciendas y en el
occidente en pequeñas propiedades de colonos antioqueños y caldenses. En los
departamentos de Huila y Cauca, donde el café se había desarrollado
recientemente predominaban las fincas pequeñas, con manifestaciones de
minifundio en el segundo, donde el 70.1 % de la superficie correspondía a
propiedades menores de 5.000 cafetos y una superficie promedio en ese grupo de
0.62 hectáreas, menos de la mitad de la del país. La producción cafetera nacional
en 1925 provenía principalmente de propiedades de menos de 20.000 cafetos,
que disponían del 60.3% de la superficie total. Estas aumentaron mucho más
intensamente que las propiedades mayores de 20.000 cafetos entre 1925 y 1932,
sin excepción regional, pero mucho más rápido en los departamentos de gran
propiedad, como Cundinamarca, los Santanderes y Tolima, y en el Cauca, Nariño
y Huila, donde el café se había desarrollado recientemente, (ver Cuadro II.6 y
II.7).
Las pequeñas propiedades con menos de 20.000 cafetos se incrementaron en
un 236.0% entre 1925 y 1932, lo que significó un aumento en la superficie
cafetera del 161.4% en esos años y un crecimiento de su participación en el área
sembrada del 60.3% en el primer año al 70.2% en 1932. La superficie media de
estas fincas descendió en esos años, pero esto no parece atribuible a la
fragmentación de las mismas, sino al cultivo de pequeñas parcelas de café en
fincas que no eran productoras del grano. Mariano Ospina Pérez, gerente de la
Federación en 1934, comentaba ese año: "Por lo general, no son los actuales
empresarios... los que están haciendo nuevas siembras de café en Colombia.
Estas siembras las hacen generalmente los nuevos colonos, los propietarios de
Cuadro II.5. COLOMBIA: DISTRIBUCION DE LA SUPERFICIE CAFETERA ADULTA Y
AREA MEDIA DE LAS PLANTACIONES SEGUN EL TAMAÑO DE LOS CAFETALES
POR DEPARTAMENTOS EN 1925 (HECTAREAS Y PORCENTAJES)
NOTA: (1) Diego Monsalve sólo clasifica cafetos en producción.
(2) Para obtener el área se supuso la misma densidad de cafetos por fanegada del censo
cafetero de 1932.
(3) Los intervalos máximos de tamaño están dados por el Huila, que tenía la menor densidad
de plantación en 1932 (1125 cafetos por hectárea), estos son: cafetales de menos de 4.44 Has;
entre 4.45 y 17.76 Has; entre 17.77 y 53.31 Has y de más de 53.32 Has.
(4) Un cafetal es una propiedad con una superficie en café dada, que se clasifica según el
número de árboles para poder comparar los datos con los del censo cafetero de 1932.
FUENTE: Diego Monsalve; "Colombia Cafetera"; Ed. Artes Gráficas; Barcelona, 1927; Cap. II,
pp. 205ss. El listado de cafetales fue tabulado por el CIE.
terrenos que están hoy incultos o dedicados a cultivos no remunerados, y los
empresarios de aquellos departamentos donde apenas empiezan a desarrollarse
la industria del café...” (73). Las grandes propiedades también aumentaron mucho
en número (82.2%) y superficie cultivada (59.7%), pero en una proporción mucho
menor a las fincas de menor tamaño.
Cuadro II.6. COLOMBIA: AUMENTO DE LA SUPERFICIE PLANTADA Y DEL
NUMERO DE PROPIEDADES CAFETERAS ENTRE 1925 y 1932
FUENTE: Diego Monsalve; "Colombia Cafetera” y Federación Nacional de Cafeteros; "Censo
Cafetero de 1932".
La propiedad parcelaria ganó importancia en Antioquia y Caldas durante los
años considerados como lo indica la evolución de la participación de las
propiedades menores de 20.000 cafetos en la superficie sembrada, que pasó del
62.6 y 82.3% en 1925 al 69.8 y 88.1% en 1932 respectivamente, aunque este
fenómeno fue mucho más acentuado en otras regiones del país. La proporción de
la pequeña propiedad en el total sembrado en el Valle del Cauca se mantuvo
alrededor del 89.0%, pero esto sólo contribuyó más a la modificación en la
estructura global de propiedad de la industria que los cambios ocurridos en
Antioquia y Caldas, pues la superficie cafetera de este departamento se
quintuplicó entre 1925 y 1932. Pero lo más notable fue el fuerte avance de las
pequeñas explotaciones en Cundinamarca, los Santanderes y Tolima,
departamentos típicamente de gran producción, y el enorme aumento de las
plantaciones en Cauca y Huila, donde era completamente hegemónica la pequeña
propiedad cafetera (ver Cuadros II.5 y II.7).
El gran aumento de los cafetales pequeños en Cundinamarca y Tolima en esos
años (los dé menos de 5.000 arbustos pasaron de 2.428 a 12.194 para el primero
y de 2.966 a 9.610 para el segundo entre 1925 y 1932) posiblemente exprese el
cultivo de café en las parcelas de subsistencia de los trabajadores de las
haciendas, pues éste era uno de los objetivos centrales de las luchas agrarias de
los arrendatarios antes de 1930 (74). En el caso de Santander las nuevas fincas
menores de 20.000 cafetos eran casi seguramente pequeñas propiedades, como
se desprende de declaraciones de la Federación de Cafeteros al respecto
(ver II.B.2). Independientemente del significado de los cambios anteriores en los
departamentos dominados por la gran propiedad, parece incuestionable el avance
de la propiedad parcelaria cafetera a escala nacional en esos años, como lo indica
el aumento en la participación de las fincas menores de 20.000 árboles en la
superficie cultivada, que pasa del 60.3% en 1925 al 70.2% en 1932.
Las estadísticas sobre la producción de café por departamentos permiten
complementar la visión sobre la evolución histórica de las formas de producción
del grano.
La producción cafetera del país era relativamente reducida en 1892, aunque ya
estaba sólidamente establecida desde años atrás. Esta sólo alcanzaba una
magnitud respetable en los Santanderes y Cundinamarca, donde la mayor parte
del café era producido en haciendas y en zonas bastante restringidas de
Antioquia, Tolima y el Valle del Cauca, en las que el cultivo había sido
desarrollado por unos cuantos grandes propietarios. La industria cafetera creció
lentamente entre 1874 y 1892, excepto en Santander del Sur y en Cundinamarca,
pero en este período se crearon las condiciones para la gran expansión de los
años siguientes: algunos terratenientes establecieron grandes plantaciones en
Fredonia, Antioquia, en Ibagué, Tolima y en las cercanías de Cali y Palmira en el
Valle del Cauca, lo que permitió la difusión del conocimiento del cultivo entre una
considerable población de campesinos parcelarios de esos departamentos y en el
de Caldas, acuciados por la necesidad de un producto comercial y que
encontraron en el café uno que se adaptaba muy bien a la producción en pequeña
escala. La primera fase de la gran expansión de la producción parcelaria de café
se dio en el corto lapso de veintiún años entre 1892 y 1913; la producción de
Antioquia, Caldas y el Valle del Cauca se multiplicó por 20.7 y alcanzó el 39.8%
Cuadro II.7. COLOMBIA: DISTRIBUCION DE LA SUPE RFICIE CAFETERA SEGÚN
TAMAÑO DE LOS CAFETALES POR DEPARTAMENTOS EN 1932 (HECTAREAS Y
PORCENTAJES)
TAMAÑO DE LOS CAFETALES (EN CAFETOS)
FUENTE: Estimaciones CIE en base a:
(1) Número de cafetales según tamaño y área cultivada, por departamentos: "Censo Cafetero
de 1932".
(2) Superficie media de los cafetales según tamaño en 1925, calculada con los datos de: Diego
Monsalve; "Colombia Cafetera".
(3) Se partió del número de cafetales por tamaño del censo de 1932 y se supuso que la
superficie media de 1925 no variaba para los cafetales de más de 20000 arbustos, pero se podía
reducir en los menores de 20000. Se calculó el incremento del área total 1925-1932 sin variar las
áreas medias por tamaño. La diferencia del área estimada con lo real del censo cafetero de 1932
se restó de las estimadas en los cafetales menores de 20000 cafetos. Es decir, se castigó a las
propiedades de menos de 20000 arbustos.
(*) No variaron las superficies medias; el área estimada fue casi igual a la real.
del total nacional en el último año, debido en su mayor parte al esfuerzo de los
campesinos parcelarios, aunque las haciendas cafeteras de Antioquia y Valle
también aumentaron mucho; lo mismo puede decirse de las grandes propiedades
del oriente del país, donde aumentó la producción de 94.100 sacos en el primer
año a 618.000 en el segundo (75). De 1913 a 1925 se estancó notablemente la
producción cafetera en Cundinamarca, Tolima y los Santanderes, así como en las
haciendas antioqueñas y vallecaucanas, en tanto que los campesinos parcelarios
de Antioquia y Caldas siguieron en un rápido ascenso, lo que permitió a los
departamentos del occidente del país superar el 50% de la producción nacional
(ver Cuadro II.8 y cap. I.3.d). Entre el último año y 1932 alcanzó la industria
cafetera un carácter eminentemente campesino: la pequeña producción
antioqueña y caldense siguió un rápido ascenso, los campesinos parcelarios
imprimieron un impulso formidable a la industria cafetera en el Tolima y el Valle del
Cauca y las explotaciones campesinas permitieron un nuevo florecimiento de la
producción en los Santanderes y Cundinamarca.
Cuadro II.8. COLOMBIA: PRODUCCION CAFETERA POR DEPARTAMENTOS 18741943 (MILES DE SACOS DE 60 KGRS)
(*) El dato del Valle del Cauca está incompleto porque falta la información de las provincias de
Buga, Buenaventura y Tuluá. La cifra de Cundinamarca está muy subvaluada porque faltan
muchos distritos cafeteros importantes, como: El Colegio, La Vega, La Mesa, Pandi, San Antonio y
Viotá. Lo mismo pasa en Norte de Santander, donde no dieron información en los distritos de
Convención y Salazar.
FUENTE: 1874, 1913, 1932 y 1943: Paul McGreevey; "Exportaciones y precios de tabaco y
café"; en: Miguel Urrutia y Mario Arrubla; op. cit.
1892: Censo Nacional de Productos, Exportables de 1892; op. cit.
1925: Calculado con el rendimiento de café por árbol del Censo Cafetero de 1932 y la
superficie cafetera adulta en 1925 de “Colombia Cafetera"; op. cit.
La progresiva importancia de la producción parcelaria de café desde 1892 y el
rápido crecimiento de la industria cafetera que eso trajo como resultado permitió
una ampliación muy grande del mercado interno, muy superior al que se hubiera
presentado de haber continuado el predominio de las grandes haciendas: de un
lado, los grandes hacendados del oriente del país eran principalmente rentistas,
aunque beneficiaran y exportaran su café, por lo cual, en lugar de capitalizar su
ingreso lo consumían principalmente en bienes de lujo importados, en viajes y en
residencias lujosas, como refiere Miguel Samper en la "Miseria en Bogotá",
refiriéndose a la década de 1890 (76). Los ingresos de los trabajadores de las
haciendas debían ser muy inferiores a los de los campesinos parcelarios, aunque
éstos fueran explotados duramente por comerciantes y usureros, pues se reducía
casi siempre a un "salario” miserable en época de cosecha. Y, de otra parte,
porque la producción campesina permitió desarrollar mucho más rápidamente la
industria cafetera.
Pero la propiedad parcelaria cafetera no solamente amplió el mercado interno.
Quizá fue más importante su papel en lo referente al desarrollo de un patrimonio
monetario independiente de la propiedad territorial, que funcionaba como capital
en la esfera de la circulación: el capital-dinero ligado a la exportación de café.
Este capital no sólo estaba desligado de la pequeña y mediana propiedad, a las
cuales explotaba sino que, sobre todo, para asegurar su ganancia comercial debió
transformarse también en capital industrial: uno de los elementos esenciales del
monopolio comercial de los exportadores de café frente a los campesinos
parcelarios era el control de la trilla industrial del grano en los centros urbanos,
utilizando obreros asalariados y técnicas modernas de producción. Así, el
comercio de café se convirtió en un semillero de capitalistas industriales, que en
coyunturas favorables, como la política proteccionista de Reyes, la primera guerra
mundial, etc., invertirían sus excedentes de capital en la industria fabril.
NOTAS
(1) Federación de Cafeteros; “Revista Cafetera“; no. 105, junio de 1940, pp. 2.607-2.609.
(2) CEPAL - FAO ; “El café en América Latina - I Colombia y el Salvador"; México, 1958, p. 81.
La dificultad para elevar la composición técnica en la producción cafetera correspondía en gran
medida a factores naturales, como son el de constituir un cultivo arbóreo y de ladera, y en menor
grado a condiciones sociales. El atraso tecnológico cafetero ha sido común a todos los países
productores del grano.
(3) 86.8% — (77.8¢89.6) x 100. Se dice salario por brevedad; en los casos de campesinos
independientes y aparceros se trata de la parte de sus ingresos netos equivalente al x salario.
(4) Censo cafetero de 1932.
(5) CEPAL - FAO ; op. cit., p. 63.
(6) Ibid ; p . 63.
(7) No se habla de obreros asalariados.
(8) Ibid; pp. 75-76.
(9) Ibid; pp. 35-36.
(10) Antonio García; op. cit., p. 305.
(11) Esta clase de arreglos eran utilizados en Boyacá en la década de 1950. Ver: Orlando Fals
Borda; “El Hombre y la Tierra en Boyacá".
(12) C. Bergquist; "Coffee and conflicts in Colombia, 1886-1904: Origin and outcome of the war
of the thousand days “; Stanford University, 1973, mimeografiado, p. 40.
(13) La tasa de interés se tomó de: Darío Bustamante; "Efectos económicos del papel moneda
durante la regeneración"; Cuadernos Colombianos, no. 4, Bogotá, 1974, p. 596.
(14) CEPAL - FAO ; op. cit., p. 30.
(15) Ibid; p. 30.
(16) Jaime Jaramillo Uribe; "Historia de Pereira “; citado por: J. A. Bejarano; op. cit., p. 243.
(17) “Revista Cafetera"; no. 134; enero de 1958, p. 15.
(18) "Revista Cafetera"; no. 135; julio de 1958, p. 233 (ver también II.B.1).
(19) Nicolás Saénz; "Memorias sobre el cultivo de café".
(20) “Revista Cafetera“; no. 131; junio de 1957, p. 92.
(21) C. Marx; op. cit., tomo III, p. 744.
(22) Ibid; tomo III, p. 747.
(23) Ibid; tomo III, p. 745
(24) Ibid; tomo III, pp. 745-746.
(25) Carta de Mariano Ospina Pérez a Alfonso López sobre la inconveniencia de llegar a un
acuerdo de limitación de siembras con Brasil. Federación de Cafeteros;' 'revista Cafetera; nos. 5862; junio de 1934, p. 1857. Subrayados nuestros.
(26) “El café en el departamento de Nariño"; en: “Revista Cafetera"; no. 135; julio de 1958.
(27) “El café en el departamento del Cauca “; en: “Revista Cafetera"; no. 134; enero de 1958.
(28) Sería importante poder considerar las haciendas de Antioquia y el Valle del Cauca, pero
eso sólo sería posible en una investigación directa en los archivos, que se ocupara exclusivamente
de este punto.
(29) “El Tiempo “; 11 de junio de 1925.
(30) “El Tiempo “; 14 de diciembre de 1928.
(31) “Revista Cafetera “; no. 54-57; Bogotá, 1933, pp. 1731-1749.
(32) “El Tiempo “; Bogotá, julio 31 de 1925.
(33) “El Tiempo “; Bogotá, diciembre 1º . de 1928.
(34) “El Tiempo “; Bogotá, junio de 1929.
(35) Los ejemplos de gastos e inversiones de trabajo extraídos de “El café en América Latina: I
Colombia y El Salvador” son ilustrativos, no obstante referirse a épocas muy distintas (1925 y
1955-56), por el lento progreso histórico de la tecnología cafetera. Pero, si se postulase que tuvo
un progreso significativo, se debe esperar que los salarios de ese entonces fueran una parte aún
mayor del precio de costo. CEPAL - FAO; op. cit., p. 81.
(36) Ibid; pp. 47-54.
(37) Ministerio de Industrias; "Boletín de la Oficina Nacional del Trabajo“; tomo IV, nos. 36-38,
Bogotá, octubre a diciembre de 1933, pp. 1637- 1638.
(38) Ministerio de Industrias; "Boletín de la Oficina Nacional del Trabajo“; Bogotá, agosto de
1929. Citado por: Carmenza Gallo; op. cit., p. 37.
(39) “ El Tiempo “; 30 de noviembre de 1934.
(40) “El Tiempo"; 28 de febrero de 1934 (artículo de Guillermo Nannetty) .
(41) C. Bergquist; op. cit., pp. 40-41.
(42) Medardo Rivas; op. cit., pp. 30-31.
(43) J . A . Bejarano; op. cit.
(44) Jorge Villegas; "Colombia 1900-1924 Cronología y Documentos"; vol. III (en prensa).
(45) Ibid; vol. III.
(46) Ibid; vol. III
(47) “La salvación de los cafeteros"; El Tiempo; 27 de febrero de 1926.
(48) Una libra de cada 16 representa el 6.25% del costo de producción; según CEPAL - FAO,
los gastos del beneficio del café representaban sólo el 3 % de los gastos monetarios en los
cafetales de más de 50 hectáreas en 1955- 1956.
(49) Según el propietario de “La Aurora “: “Los préstamos que hace la finca al tablonero no
corren peligro, porque en caso de que se vaya, su trabajo equivale aproximadamente al dinero
prestado".
(50) El propietario de “La Aurora “consideraba que las utilidades eran menores con su sistema
porque no deducía los intereses por el capital invertido; pero no era porque no cargara los
intereses sino porque pagaba una parte del trabajo que las haciendas de arrendatarios recibían
como renta.
(51) Ibid.
(52) Ibid.
(53) En el caso de haber funcionado antes con una combinación de arrendatarios y peones.
(54) J. A. Bejarano; op. cit., p. 261. El índice del precio real indica el ingreso en pesos de los
cafeteros, descontando el aumento en el salario monetario.
(55) Ver: Luis Ospina V.; op. cit., p. 323 y J. A. Bejarano; op. cit., p. 261.
(56) Federación de Cafeteros; “Revista Cafetera"; nos. 38-39, Bogotá, 1932.
(57) Ibid. Subrayados nuestros.
(58) Ibid. Subrayados nuestros.
(59) Estas cifras, difieren de las del punto 3.e. del capítulo anterior, en que, en este caso se
excluyeron los sirvientes domésticos de la población activa, la mayoría de los cuales estaban en
Antioquia, Caldas y Santander del Sur. Este con el fin de no distorsionar la comparación.
(60) Ver: Diario Oficial; 4o. trimestre de 1936.
(61) Federación de Cafeteros; "Revista Cafetera"; no. 104, Bogotá, 1939, p. 561. Subrayados
nuestros.
(62) “Revista Cafetera"; no. 106, Bogotá, 1941, p. 2692.
(63) Ibid; p. 2694. Subrayados nuestros.
(64) Ibid; p. 2697. Subrayados nuestros.
(65) Ibid; pp. 2699-2701. Subrayados nuestros.
(66) “Revista Cafetera"; no. 112, marzo de 1945, p. 3117.
(67) “Revista Cafetera“; no. 114, marzo de 1947, pp. 3221-3222. Subrayados nuestros.
(68) Discurso de Mariano Ospina Pérez ante el XVI Congreso Cafetero. “Revista Cafetera"; no.
115, junio de 1947, p. 3273.
(69) “Revista Cafetera “; no. 112, marzo de 1945, p. 3096. Subrayados nuestros.
(70) Antonio García; "Geografía económica de Caldas “; p. 304.
(71) Ibid; pp. 304-305.
(72) Por ejemplo, las fincas con cafetales-menores de 5000 plantas permitirían una oferta del
equivalente a 58642 trabajadores, durante la cosecha en Antioquia y de 30120 en Cundinamarca,
después de atender las parcelas; frente a una demanda de las fincas mayores de 20000 cafetos
en la cosecha principal de 8667 trabajadores en el primero y 8327 en el segundo.
(73) Mariano Ospina Pérez; "Revista Cafetera"; nos. 58-62, junio de 1934, pp. 1731-1749.
(74) Esta explicación sólo sería válida si el Censo Cafetero de 1932 hubiera considerado a la
vez propiedades y parcelas en estos departamentos, como se hizo efectivamente en el Censo
Cafetero de Cundinamarca y Tolima en 1941.
(75) El aumento real fue considerablemente menor porque las producciones de Cundinamarca
y Norte de Santander están subvaluadas en 1892.
(76) Miguel Samper; op. cit., pp. 146-152.
III. RELACION ENTRE EL PROCESAMIENTO Y EL COMERCIO DEL CAFE Y
EL CAPITAL INDUSTRIAL
A. EL BENEFICIO Y EXPORTACION DE CAFE EN LAS HACIENDAS CAFETERAS
El montaje de las haciendas cafeteras incluía generalmente instalaciones
para beneficiar el café hasta ponerlo en condiciones de exportación. El comercio
del grano fue realizado, así mismo, por los hacendados durante muchos años,
tanto el suyo como del producido en pequeñas explotaciones situadas en las
regiones predominantemente de gran propiedad. La importancia en aumento de la
producción cafetera campesina y el desarrollo de técnicas de beneficio en
pequeña escala al final de los años ochenta permitió la formación de un capital
comercial independiente de la propiedad territorial y la penetración del capital
extranjero, que rompió el monopolio comercial de las haciendas y limitó su esfera
de negocios al café producido en las mismas. Posteriormente, hacia 1915, un
número apreciable de hacendados empezaron a exportar su producto a través de
los bancos y casas comerciales, que les suministraron abundante crédito a cuenta
de las exportaciones futuras. Los comerciantes independientes de café también
recibían anticipos de dinero de las casas comisionistas de Londres y New York y
lo daban a los pequeños y medianos productores a través de los comerciantesusureros locales. Este sistema comercial altamente especulativo fue desplazado
en gran parte por el capital extranjero y sus agentes nacionales a raíz de la
repentina baja en los precios externos del café y la drástica contracción del crédito
a los exportadores nacionales en Londres y New York en la crisis de 1920.
1. Haciendas de Cundinamarca y oriente del Tolima
Los grandes hacendados de Cundinamarca y el oriente del Tolima (1)
generalmente beneficiaron el café en sus instalaciones y lo exportaron por su
cuenta hasta la crisis de 1920, en que el capital extranjero se apoderó de gran
parte del comercio de exportación. En unos casos el procesamiento de café
incluía la fase de trilla y en otros se dejaba el grano en pergamino seco y se lo
exportaba en esa forma; esto último predominó al parecer en las haciendas más
pequeñas, donde dejó de ser económico el uso de trilladoras hacia el final de la
década de 1880, a medida que los hacendados iban perdiendo el control del café
de los pequeños productores y se introducían máquinas de beneficio más
modernas y costosas.
La mayoría de las haciendas trillaban el café hasta fines de los años ochenta
y compraban el grano en cereza a los pequeños productores de sus localidades
para beneficiarlo y exportarlo. Miguel Samper decía en 1880, refiriéndose al éxito
de la industria cafetera cundinamarquesa: "Este resultado se debe en gran parte a
que el movimiento ha sido iniciado por el señor Tyrrel Moore, hombre científico
que ha fundado un establecimiento modelo desde la siembra hasta el empaque"
(2). Más adelante, donde describe las ventajas del cultivo en pequeño, dice:
"...Préstese este cultivo a una separación de funciones favorables en sumo grado
al bienestar del pobre, pues éste puede ser cultivado en pequeño... y llevar el fruto
al establecimiento de un propietario vecino, que comprará en fresco los granos y
los hará sufrir en sus máquinas y aparatos, todas las operaciones que exige hasta
su empaque. El señor Marcelino Murillo, sucesor del doctor Manuel Murillo en su
bella plantación de "Tusuelo" en Guaduas, montó en el poblado su
establecimiento, al cual acuden con su grano fresco los pequeños cultivadores de
las cercanías..." (3). La descripción de Camacho Roldan sobre las plantaciones de
Chimbe en Cundinamarca, hacia 1887, coinciden con las de Samper de unos
años antes: "En Chimbe, principian extensas plantaciones de café, iniciadas hace
quince años... De entonces acá se han establecido diez o doce grandes
establecimientos provistos de la maquinaria adecuada a las diversas operaciones
de descerezar, secar, trillar, limpiar y escoger los granos; se han fundado huertas
y estancias de cultivadores en pequeño, que venden el café en cereza a los
dueños de las máquinas" (4).
Las instalaciones de beneficio del café en las haciendas de Cundinamarca a
comienzos de la década de 1870 eran relativamente sencillas y podían ser
montadas por los hacendados con materiales de la región. Francisco Ospina, sin
duda uno de los pioneros de la gran producción en este departamento (ver I.3),
escribió un folleto con instrucciones para el montaje de grandes plantaciones
cafeteras en 1872. Su explicación del proceso de beneficio del café se refiere a la
estufa de zarzos como el procedimiento más aconsejable para el secamiento del
grano. En cuanto a la trilla, describe un aparato relativamente sencillo pero de
rendimiento considerable, denominado tahona o retrilla, consistente en una o dos
ruedas de madera unidas a un eje que giran alrededor de un canal circular sobre
el café pergamino seco colocado allí; la máquina se movía con tracción animal. La
cascarilla se separaba de la almendra manualmente en la aventada; ésta
consistía en lanzar para arriba el producto por medio de una tela para que el
viento se llevara el pergamino (5).
El proceso de beneficio del café en las haciendas cafeteras de
Cundinamarca tuvo un notable avance tecnológico en los años siguientes,
consistente en la introducción de moderna maquinaria inglesa. La descripción de
Camacho Roldan sobre Chimbe parece indicar la iniciación del cambio hacia 1880
y un estado muy avanzado del proceso por 1887; en todo caso, la evolución
estaba prácticamente concluida en 1895, como se desprende de las instrucciones
de Nicolás Sáenz sobre el montaje de grandes haciendas, publicadas en un
folleto ese año.
Las instalaciones esenciales de beneficio de las haciendas consistían, según
Sáenz, de un edificio de 25 metros de largo, 20 de ancho, 3.5 de alto en el primer
piso y 3 metros en el segundo, en el centro del cual debía instalarse una rueda
hidráulica o una máquina de vapor de 15 a 20 caballos de potencia, de tal manera
que por uno de sus lados moviera las máquinas para procesar el café en cereza y
por el otro las de trillar y escoger el grano. La descerezada exigía dos máquinas
de cuatro chorros modelo B de Gordon para una hacienda de 100.000 cafetos,
que era la descrita en la explicación. El lavado se efectuaba en una máquina
cilíndrica que rotaba, en la cual se introducía el café en agua por doce horas. Para
el secado se utilizaban estufas y guardiolas, en lugar de patios, como era usual en
Santander. Inicialmente se empleaban estufas de zarzos, pero éstas fueron
desplazadas por la estufa Mejía, que era mucho más económica, pues exigía un
edificio de sólo la tercera parte, permitía un secamiento mucho más rápido y no
desmejoraba la calidad del grano. "Las estufas descritas en las líneas anteriores
son, relativamente, poco costosas y se han empleado aun en grandes
plantaciones con muy buen éxito... Hay otras de orden diferente, propias de las
mayores producciones, que son, relativamente costosas, pero que dan un
rendimiento considerable", entre las últimas se refiere a la estufa Gordon y la
Guardiola. Estas eran modernas instalaciones importadas, accionadas por
corrientes de aire caliente, que permitían secar el café entre 24 y 36 horas,
mientras en la estufa Mejía se requerían de 6 a 10 días (6).
Algunos empresarios suspenden en el secamiento el beneficio de su café y lo exportan
en pergamino; operación que ha dado resultados diferentes. Yo no lo aconsejaría sino en el
caso de que no sea posible beneficiarlo por falta de maquinaria... Es un negocio alucinador,
que no creo que deba hacerse sino en circunstancias especiales (7).
La trilla del grano se efectuaba por varios sistemas, según la cantidad de
café a trillar y los recursos del empresario: en algunas pequeñas explotaciones se
utilizaban pilones de madera y en las haciendas tahonas o modernas trilladoras
importadas.
La tahona consistía en un canal circular de madera, de diámetro entre 2 y 5
metros, en el fondo del cual se ponía el café. Encima de éste pasaban dos
ruedas de madera de 1.2 metros de diámetro y 10 centímetros de ancho unidas
entre sí, que giraban en torno a un eje de hierro situado en un poste en el centro
del círculo, a una velocidad de 20 a 25 revoluciones por minuto. El rendimiento de
esta máquina era considerable, pues trillaba un promedio de 220 arrobas diarias;
pero presentaba el inconveniente de que quebraba parte del café (8). El avance
respecto al sistema descrito por F. Ospina consistía en el empleo de un motor
mecánico en lugar de tracción animal.
Respecto a las trilladoras, se empleaban varios modelos de la Squier y la
Smout de Gordon; esta última era la más usada y por ello es la que describe el
autor. La máquina consistía en un eje con acanaladuras en espiral que giraba
dentro de un cilindro de hierro con rebordes longitudinales, a una velocidad entre
80 y 100 revoluciones por minuto. El café pergamino entraba por un extremo de la
máquina y salía por el otro trillado. La Smout tenía un aspirador que separaba la
almendra del pergamino y de la película delgada; mientras que con otros sistemas
era necesario aventar el café con un ventilador o exponiéndolo al viento (9).
El café trillado se debe escoger para separar los granos quebrados,
podridos, blancos o negros de los bien formados. En algunas haciendas se
llevaba el café a mesas de escoger, donde era separado por mujeres que lo
dejaban listo para el empaque; en otras se hacía una escogencia previa en una
máquina separadora Smout y una selección final a mano. Con ésto se reducía el
personal de escogedores a menos de la mitad (10).
El beneficio del café en las pequeñas explotaciones de Cundinamarca y
Tolima también evolucionó profundamente a fines de los años ochenta y
comienzos de los noventa: de un lado, se adoptó la pequeña despulpadora
desarrollada por los antioqueños y del otro, se introdujo la estufa Mejía, mucho
más barata y económica que la estufa de zarzos. Estos cambios permitieron
liberar a los pequeños productores dé la venta obligada del café en cereza a los
hacendados, pues en adelante pudieron negociar más libremente el café
pergamino o trillado en pilones con los comerciantes. La primera modalidad de
venta todavía estaba vigente en 1887, de acuerdo con Camacho Roldan; en
cambio, en 1895, según Nicolás Sáenz, las haciendas procesaban su propio café
y algunos pequeños productores pilaban el suyo.
La evolución anterior produjo tres resultados principales: en primer lugar,
permitió el desarrollo del capital comercial independiente de la gran propiedad
territorial, pero, sobre todo, condujo a la introducción del capital extranjero en el
negocio de café de los productores campesinos. En segundo término, el
mejoramiento de las condiciones de vida de éstos dio un notable impulso a la
pequeña producción en la región. Por último, volvió antieconómico la trilla del
grano en las haciendas más pequeñas, que debieron exportar el producto en
pergamino.
Las modalidades del comercio cafetero en Cundinamarca desde la década
de 1890 difieren notablemente de las descritas por Camacho Roldan en 1887;
Bergquist las describe así:
"El comercio de café fue dominado por grandes casas comisionistas localizadas
principalmente en Londres y New York, algunas de ellas controladas por capitalistas
colombianos. Los grandes productores de café lo despachaban directamente a las casas
comisionistas y estaban a menudo endeudados con ellas. Los pequeños cultivadores lo
vendían a almacenes de depósito, cuyos propietarios eran agentes extranjeros de las casas
comerciales o comerciantes locales que financiaban sus compras con letras a setenta y
noventa días a favor de las casas comisionistas. Estos almacenes generales fueron a la vez
exportadores e importadores... Los comerciantes que manejaban los almacenes generales
eran a menudo cultivadores de café" (11).
Deben destacarse dos aspectos: primero, por los años noventa los
pequeños productores ya no vendían el café en cereza a los hacendados, sino al
capital extranjero representado en los almacenes de depósito, y segundo, los
hacendados y comerciantes financiaban sus exportaciones con crédito de las
casas comisionistas. Esto último parece exagerado, pues, como se verá, el
comercio cafetero no dependió esencialmente de los anticipos del capital
extranjero a cuenta de las ventas futuras sino hasta después de 1915.
El costo creciente de los equipos de trilla en las grandes plantaciones y la
pérdida del control sobre el comercio del café de los pequeños productores, volvió
antieconómica la operación de trilla en las haciendas más pequeñas, lo que llevó
a numerosos hacendados a exportar el producto en pergamino. Salvador
Camacho Roldan decía al respecto en 1897: " En algunas partes se ha montado
una maquinaria costosa, en lo general con muy poca habilidad, en otras se ha
prescindido de aparatos para despergaminar el grano, y la exportación se hace en
esta forma primitiva, pero más económica de capital de primer establecimiento...
Este sistema ha prevalecido últimamente en las nueve décimas partes de las
empresas de exportación'' (12). Esta descripción coincide con las observaciones
de Nicolás Saénz en 1895 sobre la exportación de café pergamino en algunas
haciendas cundinamarquesas (ver arriba).
Jorge Ancízar, presidente de la SAC, recomendaba en una conferencia en
1915 exportar el café pergamino en lugar de pilado, siempre que el primero se
escogiera muy bien a mano. Pues el flete y el pilado del café en Londres costaba
4 chelines y la diferencia de precio entre éste y el trillado en el país era superior a
esa cantidad, porque el último se desmejoraba en el transporte. "Uno de esos
muelles (de Londres), llamado el 'León Rojo', que tiene una maquinaria
espléndida, era el muelle que nos recibía y beneficiaba el café que llegaba a
nuestra consignación" (13). Sin embargo, en las haciendas era usual la trilla del
café: "Aconsejo también repasar varias veces el café en las trilladoras o pulidoras
porque ese repase mejora el color... yo repasé seis veces con buen éxito, y el
señor Luis Mejía, que obtiene precios altísimos por su café, me dice que el repasa
hasta sesenta veces" (14).
Hasta 1915 los hacendados exportaban el café por su cuenta hasta el puerto
del país comprador, donde se le consignaba a una firma comisionista, que, una
vez descontado el importe de sus servicios y el del corredor de café, les giraba el
resto del precio de venta. La descripción de Jorge Ancízar es muy ilustrativa al
respecto:
"Los conocimientos de embarque que un comisionista recibe se endosan a la compañía
del muelle, para que ésta se encargue de recibir, almacenar, beneficiar el café y dar las
muestras de cada lote. Las compañías de muelles expiden recibos llamados Warrants, los
cuales se reciben en prenda por los bancos.
"Las muestras de café se entregan a los corredores que se encargan de repartirlas en
toda su clientela y recibir ofertas; y la venta, siendo el corredor responsable de la solvencia
del cliente, pues el café se vende en Londres con un mes de plazo y 1% de descuento. Si la
oferta privada no satisface se efectúa la venta en pública subasta...
"Una vez efectuada la venta, el corredor descuenta el mes de plazo al 6% anual y le
pasa al comisionista la respectiva cuenta, junto con el precio líquido. Con esta cuenta como
base el comisionista formula la suya, descontando lo que haya tenido que pagar por fletes,
seguros, gastos varios y cargando su comisión, que generalmente es del 2 1/2..." (15).
Como se ve, el comisionista no deducía al propietario del café anticipos
efectuados a cuenta de las ventas; esto indica que si se daban eran secundarios.
El sistema especulativo de girar a los exportadores parte del precio futuro del
grano, para financiar las compras internas de los comerciantes independientes y
los gastos de producción y exportación de los hacendados, parece haberse
establecido durante la primera guerra mundial Esta modalidad comercial se
desarrolló durante esos años en conexión con el cambio del mercado cafetero de
Europa a Estados Unidos, ocurrido entre 1914 y 1918; pues hasta entonces se
habían enviado a Inglaterra y Alemania los cafés de superior calidad, mientras
una parte importante del producto colocado en el mercado norteamericano era
caracol y pasilla (ver Nicolás Sáenz), en cambio, desde esa época la mayor parte
de las ventas se dirigieron a ese país. El sistema de anticipos fue propuesto al
Banco de Colombia a comienzos de 1915 por poderosos corredores de café y
bancos newyorkinos, y aquél no tardó en llevarlo a efecto; con tal fin encargó a
Jorge Ancízar de transmitir la idea a los cafeteros, e incluso, llegó hasta ofrecerle
contratar sus servicios:
"En primer lugar los corresponsales del Banco son corredores o Bancos de primera
clase. Basta decir que los encargados de las ventas en New York son los corredores,
señores Crosssman y Sielken, quienes fueron encargados por el gobierno del Brasil para
manejar el café de la valorización, que en esa época llegó a ser de ocho millones de sacos.
Las ventajas que obtiene el Banco en comisión, pueden estimarse en 1.5% y en 1% las que
obtiene en seguros. Los retornos en fletes y comisiones fluviales suman unos $0.90 por
tonelada, y todo esto sumado con otras economías, representa para el exportador un ahorro
de cerca de un dólar por carga, que nos deja amplio margen para pagarle la mínima
comisión de 1% que el Banco cobra sobre el producido líquido... El Banco se propone hacer
anticipos sobre entregas en Honda y Girardot, a interés bajo; a facilitarnos el pago de los
fletes férreos y de mula, y más tarde suministrarnos los sacos que necesitemos a precio de
costo, y si la situación del país mejora, podrá más tarde, ayudarnos con anticipos a la
recolección de nuestras cosechas...
" El Banco piensa destinar una suma respetable para emplearla pródigamente en cables,
de tal manera que los lotes de café que valgan la pena, no serán vendidos sino después de
recibir las ofertas por cable... "(16).
La crisis capitalista de 1920 trajo consigo una rápida caída en los precios
externos del café, de los elevados niveles alcanzados en 1919, así como una
drástica contracción del crédito en los mercados de New York y Londres, que
transformaron por completo el entable comercial vigente: los bancos de esas
plazas reclamaron el reembolso de los créditos a las casas comisionistas, que, a
su vez exigieron el pago de las obligaciones con ellos a los hacendados y
comerciantes, consistentes en giros anticipados sobre las ventas; pero los
exportadores no tenían fondos suficientes con que responder, porque habían
invertido la mayor parte de los mismos en café en una especulación al alza de
precios, que había sido muy fuerte el año anterior. La situación se agravó mucho
debido a la gran dificultad de exportar rápidamente, aprovechando unos precios
aceptables del café: de un lado, los enormes pedidos de la bonanza de 1919
atestaron los puertos de mercancías importadas en el primer semestre de 1920, y
del otro, los exportadores demoraron las ventas, en la creencia de que la baja de
precios era transitoria, y trataron de sortear el temporal inundando el mercado
nacional de letras, con lo que sólo hicieron empeorar las cosas, pues produjeron
una restricción aún mayor del crédito interno. Tales circunstancias permitieron al
capital extranjero controlar gran parte de las exportaciones de café, aunque este
hecho aparezca velado por el encubrimiento de sus operaciones en antiguas y
respetables firmas nacionales, como la de Pedro A. López (ver adelante). Algunas
casas comerciales importantes quebraron, pero el capital extranjero prefirió salvar
a muchas de ellas, convirtiéndolas en agentes suyas; Antonio García menciona al
respecto a la "Compañía Cafetera de Manizales". La cautela de las firmas
norteamericanas, que las llevó en un principio a no figurar abiertamente, pretendía
evitar enfrentamientos innecesarios con el gobierno nacional, como los ocurridos
en 1919, porque entre sus cuadros directivos se contaban importantes figuras de
la oposición al régimen, entre ellas, Alfonso López Pumarejo y Laureano Gómez.
El capital extranjero no logró, sin embargo, controlar completamente la trilla y
exportación del grano, pues los mayores hacendados siguieron encargándose de
dichas operaciones, por lo menos hasta 1925, en que los datos de Diego
Monsalve permiten hacer comparaciones.
Cuadro III.1. CUNDINAMARCA: TRILLADORAS DE CAFE Y PROPIETARIOS DE MAS
DE 40.000 CAFETOS EN 1925 EN MUNICIPIOS CAFETEROS IMPORTANTES
FUENTE: Diego Monsalve; citado por Jorge Chalarca y Héctor Hernández; op. cit.; pp. 8590y 168.
Como se observa en el cuadro anterior, existe un notable paralelismo entre
el número de trilladoras y grandes propietarios enumerados por Diego Monsalve
en 1925. Se puede señalar, así mismo la inexistencia de trilla de café en Bogotá.
La información presentada por Monsalve sobre las trilladoras en el Tolima es más
detallada, lo que permitió además confrontar los nombres de los grandes
propietarios con los de los dueños de las principales trilladoras, en algunos
municipios de gran propiedad.
En Tolima se encontró que las trilladoras más importantes de los municipios
considerados pertenecían a grandes propietarios cafeteros: En Cunday había 14
trilladoras de café y 11 propietarios de más de 45.000 árboles, en 1925; de las
cuales, las más importantes eran " La Ruidosa"; "La Alcadía" y "Valparaíso", cuyos
dueños eran respectivamente Ferdinand de Foche, Francisco Pineda y Federico
Arbeláez, propietarios, a su vez de las haciendas, "La Ruidosa" de 65.000 cafetos,
"Villarica" con 85.000 y "Valparaíso" de 30.000. En el municipio de El Líbano había
9 trilladoras y 11 propietarios de más de 45.000 cafetos. De cinco trilladoras
importantes, dos, "La Aurora" y " El Aguador", pertenecían a Carlos Estrada y
Cayetano Camacho, dueños de las haciendas de esos mismos nombres. En
Melgar existían 8 trilladoras y 9 propietarios de más de 45.000 cafetos. De éstos,
tenían hacienda y trilladora los propietarios de las fincas "La Granja", "Calcuta",
"Arabia", "Palestina" y "Santa Bárbara" (17).
La trilla de café en las haciendas de Cundinamarca se manifiesta, así
mismo, en el reducido tamaño de las trilladoras de ese departamento respecto a
las de Antioquia y Caldas. Así, mientras las del primero procesaban 1.910 sacos
de café anualmente, las de Antioquia transformaban 6.380 sacos y las de Caldas
9.000, en 1925 (18).
De otra parte, la Federación de Cafeteros obtuvo en 1947 una información
detallada de las trilladoras industriales de café existentes en el país ese año. De
las 21 trilladoras de Cundinamarca descritas allí, sólo una había sido fundada
antes de 1930 (en 1920) y de las del Tolima únicamente cuatro se establecieron
antes de ese año, tres de ellas en 1928 (19). La trilla de café en las haciendas de
esos departamentos fue sustituida por trilladoras industriales en grande escala en
la década de 1930 y los primeros años de la década siguiente; como lo indica el
hecho de que las trilladoras de Cundinamarca disminuyeron de 163 enumeradas
por Diego Monsalve en 1925 (20) a sólo 21 encontradas por la Federación de
Cafeteros en 1947, al tiempo que la producción cundinamarquesa se elevaba de
312.400 sacos en el primer año a 480.000 en 1943. Dicho fenómeno debió
obedecer a la drástica disminución de los precios de la trilla industrial en ese
departamento después de 1930. Los gastos de trilla representaban el 5.01% del
precio externo del café Girardot en 1933, el 2.68% en 1937 y solamente el 2.38%
en 1944. En cambio, dichos gastos significaban el 4.23% del precio externo del
café Medellín en el primer año y el 5.75% en 1944 (21). Los datos anteriores
denotan el profundo cambio tecnológico ocurrido en la trilla de café en
Cundinamarca durante esos años.
Los cambios producidos en el procesamiento del café en Cundinamarca y
Tolima después de 1930 corresponden a profundas modificaciones en la
producción ocurridas en esos años. Las pequeñas explotaciones campesinas
alcanzaron una importancia creciente, a costa de las grandes propiedades, que
subsistieron difícilmente; de tal manera que, en 1941, las primeras ocupaban la
mayor parte de la superficie cafetera en esos departamentos, cuando en 1925
predominaban las haciendas. La producción campesina debió constituir la base
para la formación de trilladoras industriales separadas de las haciendas, provistas
de técnicas modernas de producción y considerables escala de planta, que
reducirían los costos de trilla, eliminando por antieconómicas las pequeñas y
anticuadas instalaciones de las haciendas.
El café de Cundinamarca era exportado en la década de 1920 por los
hacendados y por firmas extranjeras que se lo compraban a los pequeños y
medianos productores. Las exportaciones directas de café de los hacendados
cundinamarqueses fueron considerables en los años en cuestión. De la
comparación entre las listas de propietarios de plantaciones de más de 50.000
cafetos y de exportadores de café en 1925 (22), se pudo comprobar que los
siguientes hacendados exportaban ellos mismos su café: Pedro S. Rey,
Compañía de la Hacienda Misiones, sucesores de M Vargas, Gómez Sáenz.
Vanegas, Compañía de las Haciendas Aguadita y Usatama, Liévano Hermanos,
Leo S. Kopp & Cía., Jorge Holguín, Francisco Peña, William Klingue, José María
Gómez, Aya Hermanos, Lastenia de Rodríguez, Sáenz & Cía., Camacho Roldan y
Juan E. Gaviria. Los anteriores eran propietarios de 5.36 millones de cafetos, de
un total de 52.91 millones del departamento, esto es, el 10.13% del total; lo que
nos puede dar una idea de la importancia alcanzada en otras épocas por esta
forma de comercio del café. Los distintos exportadores identificaban su café con
nombres especiales; por ejemplo, la marca de Pedro S. Rey era P.S.R., la de
Francisco Peña, F.P, la de Liévano Hermanos, J.L.B., etc.
Aparte del café exportado directamente por algunos hacendados, el resto era
exportado principalmente por compañías extranjeras, como se desprende de las
cifras sobre exportaciones según compañías nacionales y extranjeras por el
puerto de Girardot en 1931-35 (ver Cuadro III.2).
Los hacendados desempeñaron por mucho tiempo un papel central en las
exportaciones cafeteras y frecuentemente fueron comerciantes antes de ocuparse
en el negocio de café, como se vio anteriormente (ver Cap. I.3) (23); se
desempeñaban como empresarios en sus actividades comerciales y eran a la vez
señores en sus haciendas, pero, con el tiempo, las relaciones de producción
atrasadas hicieron que predominara en ellos la condición de terratenientes:
"Todavía en los veintes eran frecuentes las 'marcas' de las haciendas que se
negociaban en los mercados extranjeros mediante un sistema similar al de los
vinos franceses. La mayoría de los grandes hacendados en todo el país, sin
excepción regional, fueron exportadores y muchos importadores. Su espíritu
empresarial e innovador estaba por fuera de las haciendas y en cierta forma
constituían una élite inicialmente urbana y mercantil volcada al café,
pero no dentro de la concepción inicial del latifundista... sino del productor que
especula con el café... Pero rápidamente devino también en una fuente de
prestigio y de poder y el sistema de trabajo en el interior de las haciendas
convirtió al comerciante en un señor. Así fuera liberal como en Cundinamarca"
(24).
Cuadro III.2. EXPORTACION DE CAFE DE COMPAÑIAS NACIONALES Y
EXTRANJERAS POR EL PUERTO DE GIRARDOT; 1931-1935
(Miles de sacos de 60 kgr.)
FUENTE: Federación de Cafeteros; "Boletines de Estadística Cafetera".
Los hacendados de Cundinamarca y el oriente del Tolima extraían el trabajo
excedente a sus arrendatarios y aparceros, sobre todo, por la propiedad de la
tierra, que se enfrentaba a los productores directos como una condición de
producción ajena, exigiéndoles un tributo, la renta en trabajo o en especie. La
parte del sobre-trabajo reclamado por los hacendados como propietarios del
capital fijo representado por el cafetal y las instalaciones de beneficio del café,
asumía para ellos la forma de interés, no de ganancia de empresarios (ver II.B.2).
En cuanto comerciantes de su propio café, los hacendados realizaban en la
circulación la renta apropiada en la producción, el trabajo gratuito rendido por los
arrendatarios, la renta en especie de los aparceros y las deducciones en el salario
normal de ambos. El comercio del café por los hacendados no era la fase de
circulación de un capital productivo, en que se realizaba el precio de costo y la
plusvalía contenida en la mercancía y se recuperaba el capital necesario para
reiniciar la producción capitalista; en efecto, los desembolsos en salarios, que
para un capitalista representarían la mayor parte del precio de costo, eran
reducidos a un mínimo por los hacendados. Tampoco se trataba de un capital
comercial, pues su "ganancia" no provenía de la extracción del sobre-trabajo en
las sucesivas compras y ventas de mercancías; ellos no compraban el café, sino
que lo obtenían directamente de los arrendatarios y aparceros. Ciertamente,
debían invertir capital-dinero en gastos de circulación (transporte,
almacenamiento, seguros, etc.), que debían recuperar en el precio de venta de su
mercancía con una ganancia; pero, el capital-dinero arriesgado era mucho menor
al requerido por el comerciante en café, que debía comprar el grano al productor.
Pero, lo esencial consiste en que, mientras el capital comercial debe obtener la
plusvalía en la circulación, los hacendados extraían el trabajo sobrante
directamente a los productores
El carácter de terrateniente era lo dominante en la posición de los
hacendados de Cundinamarca y Tolima. Su reproducción como clase social
dependía, ante todo, de la renta y del mantenimiento de las condiciones jurídicas
y políticas de existencia de la gran propiedad territorial; de que la tierra pudiera
enfrentarse al productor directo como propiedad de otro, como un monopolio que
condicionase la producción al pago de un tributo, la renta del suelo. La
valorización de un capital-dinero en la circulación, como comerciantes y como
prestamistas del capital fijo (el cafetal y las instalaciones de la hacienda) eran
accesorios en la posición social del hacendado; podían hacer variar sus ingresos,
pero no cuestionaban su existencia como clase social, porque, de un lado, no
todos los hacendados fueron comerciantes, y del otro, la propiedad territorial
misma podía permitirles obtener casi gratuitamente la mayor parte de los medios
de producción fijos, consistentes en el cafetal. Estos gastos podían reducirse a un
mínimo a través de la acumulación de rentas obtenidas en contratos especiales
de arrendamiento durante la formación del cafetal, tales como los usados en
Cundinamarca en el siglo pasado o los que eran corrientes en Caldas en la
década de 1930 (ver II.A).
2. Región Santandereana
Las haciendas cafeteras santandereanas grandes realizaban por su cuenta
la trilla de café hasta hace poco tiempo, pues, todavía en 1946 era un
procedimiento usual en las mismas. Mario Galán decía ese año refiriéndose a
Santander del Sur: "Las labores de beneficio se realizan en buenas condiciones
en todas aquellas explotaciones de mayor extensión, que disponen de equipo
completo de maquinaria adecuada, como despulpadoras, piladoras, secadoras,
etc., y, en tales partes, la fermentación, lavada y secada del grano se realizan, por
lo general, en condiciones convenientes..." (25).
Hacía 1955-56 la trilla industrial estaba desplazando la efectuada en las
haciendas de los Santanderes Norte y Sur; en " El café en América Latina" se
señala lo siguiente:
..."Una mínima proporción es elaborado en las fincas hasta el estado de café trillado, sin
clasificar. Este último procedimiento se empleó sobre todo en los departamentos de
Santander del Norte y Sur, pero tiende a abandonarse a medida que aumenta el nivel de los
salarios rurales, pues la operación de trillar con los procedimientos primitivos que
normalmente se usan en pequeña escala requiere mucha mano de obra…'' (26).
La cita anterior revela, así mismo, que el proceso de trilla en las haciendas
de estos departamentos fue siempre artesanal y sólo excepcionalmente se
recurrió a maquinaria importada. En esto difiere de las grandes haciendas de
Cundinamarca y Tolima, donde se emplearon métodos modernos de beneficio.
En este punto parece haber acuerdo con Mario Galán, que se refiere al uso de
piladoras o retrillas en Santander y no a máquinas trilladoras.
Los datos de Diego Monsalve referentes a trilladoras y propiedades
cafeteras en 1925 indican una notable difusión de la trilla de café en las grandes
haciendas santandereanas de esa época (ver Cuadro No. III.3).
Cuadro III.3. SANTANDERES: TRILLADORAS DE CAFE Y HACIENDAS
CAFETERAS EN ALGUNOS MUNICIPIOS CAFETEROS
IMPORTANTES EN 1925
FUENTE: Diego Monsalve; citado por: José Chalarca y Héctor Hernández; op. cit.; pp. 168,
103-109 y 116-118.
Sin embargo, se observa generalmente un mayor número de trilladoras que
de grandes propiedades, lo cual indica la existencia de establecimientos de
beneficio independientes de las haciendas, que se debían encargar del
procesamiento del café de una parte importante de la producción campesina y de
las plantaciones grandes y medianas que no disponían de las instalaciones
necesarias. En Santander del Norte hay noticia de la existencia de tales
establecimientos, que se denominaban "ingenios". Estos utilizaban métodos de
producción artesanales, similares a los empleados al comienzo en las grandes
plantaciones cundinamarquesas, y que posiblemente eran los aplicados en las
haciendas santandereanas. La "Enciclopedia del Desarrollo Colombiano" trae una
buena descripción de los mismos:
"En el departamento de Norte de Santander, se utilizó para trillar el café, el sistema de
'piladora'. Era una máquina rudimentaria que consistía en un círculo de madera o cajón
circular... en el centro del círculo, había un malacate o árbol del que se desprendía un eje de
madera, provisto hacia el extremo, de una piedra de unos 60 cmts. de radio. El extremo del
eje se unía a una bestia — mula o caballo — que se movía alrededor del círculo arrastrando
el eje sobre el que se movía la piedra. El café en pergamino...se regaba en el piso del cajón
circular..." (27).
Como se ve, estamos ante nuestra antigua conocida, la tahona o retrilla.
"Una vez trillado o pilado el café, pasaba a la 'aventadora,' máquina también
rudimentaria, integrada por una tolva en la que se colocaban los granos, un juego de
angeos y un ventilador -operado a mano- en la que se limpiaba el grano del tamo (cisco)
para dejarlo en almendra.
"La aventada cuando no había aventadora se hacía en bateas; el café con el pergamino
ya desprendido se echaba en bateas y se lanzaba al aire, el cisco y la pastilla, por su menor
peso, los llevaba el viento... la bateriada era labor sobre todo de mujeres.
"El propietario de la piladora y aventadora- ingenio -cobraba el servicio en especie
'maquila' y la tarifa era del 3% del grano beneficiado para la sola pilada y el 4% del grano
pilado y tamizado. La piladora podía trillar hasta 8 bultos (4 cargas) de café en el día. La
selección del café se efectuaba a mano" (28).
Una porción apreciable del café santandereano debió exportarse en
pergamino o pilado con métodos muy rudimentarios por los productores
campesinos hasta muy avanzados los años treinta: en sólo 12 de los 45
municipios cafeteros de Santander Sur se disponía de trilladoras de café en 1925
según Diego Monsalve y entre los que contaban con muy pocas o ninguna se
contaban zonas productoras importantes, como, Betulia, Florida, Girón, San
Vicente y Socorro (29). Y es improbable que resultara ventajoso trasladar el café
grandes distancias para ser pilado en los primitivos ingenios descritos arriba.
Varios importantes municipios cafeteros nortesantandereanos tampoco tenían
trilladoras, entre ellos, Arboledas, Bochalema, Carmen, Cúcuta y Salazar (30).
La Revista Cafetera describía en 1932 un método primitivo de pilar el café,
utilizado frecuentemente por los pequeños productores y los arrendatarios de
Santander; éste consistía en un pilón accionado por un sistema de palancas que
golpeaba un mortero de piedra donde se depositaba el café. El aparato era
movido por una mujer sentada en el suelo o en un banco (31).
La trilla de café contribuyó poco al desarrollo del capital industrial en los
Santanderes, porque de un lado la escasez relativa de fuerza de trabajo para la
cosecha llevó a los hacendados a implantar relaciones de producción atrasadas
como hicieron los de Cundinamarca y Tolima; con la desventaja de que en
aquellos se utilizaron métodos de beneficio más atrasados. De otra parte, aunque
se formaron establecimientos independientes de trilla, éstos no parecen haber
sido muy numerosos y utilizaron técnicas de producción artesanales.
3. Las haciendas antioqueñas
El primer núcleo importante de productores de café en Antioquia surgió en
los años 1882-1892 en los municipios de Fredonia, Titiribí y Amaga en la región
de Fredonia, cercana a Medellín; el cultivo se efectuaba en haciendas. En algunas
de ellas se trillaba el grano con procedimientos artesanales similares a los
descritos por Francisco Ospina en 1872, refiriéndose a Cundinamarca. Mariano
Ospina Rodríguez, el primero en establecer una hacienda cafetera en Fredonia en
1882, escribió un folleto sobre el montaje de grandes plantaciones en 1880.
Cuando se refiere a la trilla, explica el funcionamiento de la tahona o retrilla de
tracción animal: "Se llama trilla un aparato que consiste en un canal circular... en
el cual corren una o más ruedas de peso conveniente para romper la cascara de
café...Estas se hacen correr en el canal tiradas por bueyes o caballos…” (32).
Para las pequeñas plantaciones recomendaba utilizar pilones. Esto sugiere que la
retrilla era el método más avanzado conocido entonces por el autor para
descascarar el café. La aventada era similar a la usual en Norte de Santander:
"Descascarado el café se procede a separar la cascara triturada. Esto se hace por
medio de un aparato llamado ventilador o aventador; o exponiendo el café al
viento..." (33). La escogencia la realizaban mujeres y niños en mesas de escoger;
"el café negro, blanco o dañado que resulta de la escogencia se vende para
consumo interior..." (34). En cuanto a la separación por tamaños parece referirse a
una tolva con cribas, como las empleadas en los ingenios nortesantandereanos:
"Para el efecto hay cribas que consiste en una pequeña máquina de poco valor
con láminas perforadas de manera que al pasar por ellas el café queda separado
en tres clases, grano grande, mediano y pequeño. Cada clase debe empacarse
separadamente" (35).
Parsons refiere que las primeras trilladoras mecánicas de Antioquia se
instalaron en Fredonia. Esto ocurrió probablemente por la misma época que en
Caldas, donde se estableció la primera de ellas en 1894, según cuenta Sinforoso
Ocampo como resultado de las indicaciones de los compradores ingleses a los
exportadores del grano (ver cap. I.3), Las haciendas cafeteras eran numerosas en
Antioquia. En 1925 incluso excedían a las de Cundinamarca, aunque en éste
había bastante más haciendas grandes: en el primero había 338 propiedades
entre 20 y 60 mil cafetos, 46 de 60 a 100 mil y 46 mayores de 100 mil; las
haciendas cundinamarquesas se distribuían así 189, 46 y 77 en cada uno de los
tamaños (36). Sin embargo, la trilla se practicaba en relativamente pocas
haciendas antioqueñas: el cruce de la lista de nombres de trilladoras y sus
propietarios con la de las haciendas, elaboradas por Diego Monsalve en 1925,
mostró que en sólo 13 de estas había trilladoras ese año (37).
Aún menos hacendados trillaban y exportaban su café en 1925, pues de 17
exportadores propietarios de trilladora, sólo 5 eran hacendados; éstos eran: Tulio
Ospina & Cía. Trilladora y Hacienda El Amparo. (Fredonia); Uribes Boteros & Cía.
Trilladora y Hacienda San José (Sonsón); Luis Heiniger, Trilladora y Hacienda la
Suiza (Titiribí); Banco de Sucre, Trilladora y Hacienda San Pedro (Fredonia) y
Mariano Ospina Vásquez, Trilladora y Hacienda Jonás (Fredonia) (38).
Sólo unos cuantos grandes hacendados exportaban directamente el café, el
resto de ellos, así como los pequeños y medianos cafeteros vendían su
producción a comerciantes independientes; al menos, tal cosa da a entender la
descripción siguiente de Monsalve:
"Los municipios restantes (los principales), atienden al consumo local y dedican el resto,
que es la mayoría de la producción, a la exportación la cual se hace directamente por
aquellos productores que son a la vez exportadores, o indirectamente por medio de
personas dedicadas a la exportación. Otros productores venden su producto en las
cabeceras de los municipios a personas que se consagran a esta clase de negocios, y los
cultivadores en pequeña escala hacen con sus pequeños lotes transacciones comerciales a
cambio de mercancías" (39).
Si bien, las haciendas cafeteras crecieron notablemente en Antioquia desde
1892, la producción parcelaria de café se desarrolló mucho más aceleradamente y
redujo drásticamente la importancia de las primeras en los años siguientes; de tal
manera que la participación de la zona de gran propiedad de Fredonia (40) en la
producción departamental cayó a una tercera parte en 1922 (ver cap. I.3). Por
tanto la esfera de negocios del capital comercial independiente abarcaba en ese
momento bastante más de las dos terceras partes del café producido en Antioquia
pues comercializaba el de numerosas haciendas. Pero, no sólo eso, los
comerciantes antioqueños controlaban hasta 1921 una parte considerable de la
producción caldense, la de los municipios del norte de ese departamento (41), que
fue hasta entonces la zona más importante (ver III.C). Pero algunos hacendados
fueron connotados exponentes del capital industrial antioqueño. La relativa
abundancia de peones para la recolección de café en Antioquia (ver cap. I.3) no
obligó a las haciendas cafeteras del mismo a recurrir a relaciones de producción
serviles para asegurar la baratura de la cosecha como ocurrió en el oriente del
país. Es muy significativo que fuera Antioquia donde, a iniciativa de Alejandro
López, primero se eliminó la disposición de policía por la cual se podía detener a
los asalariados para obligarlos a pagar deudas de trabajo (ver cap. I.1). La familia
Ospina es el ejemplo más notable de síntesis de la burguesía con la propiedad
territorial, salida de las haciendas cafeteras antioqueñas: tenían dos grandes
haciendas en Fredonia, " El Amparo", los Ospina Pérez y "Jonás", los Ospina
Vásquez, donde trillaban el café, que era exportado por ellos mismos. Estaban
vinculados familiarmente con la principal casa comercial antioqueña "Vásquez,
Correas & Cía." y el "Banco de Sucre" dependiente de ella (42). Pedro Nel Ospina
compró en Inglaterra la maquinaria para la primera fábrica textil que pensó
montarse en Medellín, pero cuyo funcionamiento se aplazó unos años por los
trastornos monetarios de la guerra de los mil días (43). Por último, Mariano
Ospina Pérez era propietario de una fábrica de cigarrillos en Medellín en 1916
(44) y fue el primer gerente de la Compañía Colombiana de Tabaco. Ahora bien,
los Ospina no han dejado de ser hasta ahora grandes ganaderos y cafeteros.
B. EL COMERCIO DE CAFE Y LA PRODUCCION PARCELARIA
La producción parcelaria se caracteriza por la propiedad campesina de la
tierra y los demás medios de producción, buena parte de los cuales son
producidos directamente por los productores. La propiedad representa en este
caso la condición, la inversión libre del trabajo y los medios de producción de los
campesinos en la tierra, con el fin de procurarse los bienes necesarios para su
subsistencia y la de su familia. Se diferencia de la gran propiedad territorial
basada en la pequeña producción campesina y de aquella correspondiente a una
agricultura capitalista en que no es un monopolio que condicione la producción a
la expropiación del trabajo excedente de los campesinos como la primera, o el
remanente de la plusvalía agrícola total respecto a la que toma cuerpo en la
ganancia media del capital, como la segunda. De esta característica de la
propiedad parcelaria se sigue que la condición mínima para que el campesino
produzca y compre tierras para cultivar es un precio medio de mercado
equivalente al precio de costo capitalista en unas condiciones de producción
similares, es decir, que le permita reponer los medios de producción desgastados
en el proceso productivo y obtener un ingreso similar al salario obrero. No es
necesario, como en el régimen capitalista de producción, el predominio de un
precio medio comercial suficientemente elevado para cubrir la ganancia media del
capital, y menos aún, de que deba subir adicionalmente para permitir una renta a
la propiedad territorial. El campesino parcelario tratará, por supuesto, de vender
su producción al mayor precio posible, pero lo que exceda del precio de costo es
considerado ganancia para él; excepto, los intereses del capital usurario que suele
ser la única parte del trabajo excedente del campesino que interviene en la
determinación de su precio medio de producción. La competencia entre
campesinos parcelarios determina precios bajos de los productos agrícolas y el
regalo de la mayor parte del trabajo excedente de los productores a la sociedad o
permite la expoliación del mismo por los comerciantes y usureros (45).
La producción parcelaria de café en el país parece corresponder al patrón
general de la misma descrita arriba. Así, Antonio García dice refiriéndose a los
propietarios campesinos caldenses en 1935: "Como interviene en la producción el
elemento hábil de la familia, el productor sustrae de los costos de producción los
aportes de trabajo considerando como ganancia neta lo que le resta al pagar
deudas. Para este pequeño cultivador es remunerativa la industria que paga los
préstamos en especie (artículos alimenticios, vestidos, etc.) y en metálico, que se
hacen en tiempos que no son de cosecha" (46). Es decir, la condición de la
producción parcelaria de café era un precio medio de mercado que le permitiera al
campesino comprar los medios de subsistencia que no producía en su
explotación, el exceso del precio corriente sobre dicho precio era considerado
ganancia por él. En otras palabras, lo que se expresa en la forma embrolladora
de, "el productor sustrae de los costos de producción los aportes de trabajo
considerando como ganancia neta lo que le resta al pagar deudas", es: el
campesino valora el trabajo invertido en la producción de café en una suma de
dinero igual al precio de las mercancías y el dinero anticipado a él por el
comerciante-usurero, ese es su costo de producción. Esto también era así para
los pequeños productores antioqueños según Diego Monsalve (ver III.A.3). Ahora
bien, el café era principalmente una mercancía exportable, lo que vedaba a los
campesinos la posibilidad de vender directamente su producción a los
consumidores, porque, de un lado, los complejos mecanismos del comercio
mundial son inaccesibles al pequeño productor aislado, y del otro, la exportación a
escala reducida no resiste los gastos de circulación, que son proporcionalmente
mayores en las masas pequeñas de mercancías que en las grandes, ni
compensaría el tiempo sustraído por el campesino a la producción para dedicarse
al comercio. Además de que, en igualdad de circunstancias, el período de rotación
del capital comercial es más corto que el del capital productivo que debería invertir
un capitalista individual en la fase de circulación de sus mercancías; esto también
es cierto para los productores no capitalistas. Entonces, la producción cafetera
efectuada por campesinos libres imponía la división del trabajo entre productores
y comerciantes, el desarrollo de un capital comercial independiente de la
propiedad parcelaria, en la esfera de la circulación del café o en su defecto, la
entrada del capital extranjero al comercio del producto. Lo anterior no se opone a
que algunos campesinos acomodados hayan llegado con el tiempo a ser
exportadores de café, dejando de ser productores, sino que se refiere a la
imposibilidad de los campesinos cafeteros de exportar directamente su
producción.
La cadena de intermediarios comerciales estaba formada de abajo hacia
arriba por los siguientes agentes: los comerciantes-usureros locales, los
exportadores, las casas comisionistas, los corredores de café y las empresas
tostadoras: los dos primeros estaban radicados en el país y los demás en los
mercados extranjeros. Ellos estaban estrechamente relacionados: los
comerciantes-usureros en las cabeceras municipales o en las veredas compraban
anticipadamente el café a los campesinos a precios muy reducidos, generalmente
a menos del 50% del precio en las plazas del interior, valiéndose de préstamos en
víveres y dinero durante la época de cultivo del cafetal, reembolsables en la
cosecha. Los fondos de estos pequeños intermediarios eran suministrados en su
mayoría por los exportadores. Estos, a su vez recibían crédito para sus compras
de las casas comisionistas de Londres y New York, en forma de giros anticipados
pagaderos con el importe de las ventas; a veces los exportadores eran simples
agentes de los comisionistas. Sin embargo, hasta la crisis de 1920-21, la mayor
parte del comercio cafetero estuvo controlado por capitalistas colombianos: de un
lado, había poderosas casas comisionistas de nacionales, como, Alejandro Ángel
& Cía., Vásquez, Correas & Cía, Antioquia Comercial Corporation, la casa de
Jorge Ancízar. De otra parte los exportadores nacionales sólo empezaron a
depender del crédito de los comisionistas a comienzos de la primera guerra
mundial (1914-1915) pero ni aun así, los exportadores se convirtieron en meros
agentes de éstas; era más bien la relación del deudor con el acreedor, en la que
el primero es relativamente autónomo mientras no llegue a la insolvencia. Los
comisionistas norteamericanos actuaban a través de la banca, por lo que, a partir
de entonces un número creciente de exportadores envió su café a través de los
bancos, que servían de intermediarios entre los comerciantes y los comisionistas.
No fue sino hasta la crisis de 1920-21 cuando el capital extranjero se apoderó de
la mayor parte del comercio cafetero.
1. Los comerciantes - usureros locales
Antonio García describe muy bien la forma de operar los pequeños
intermediarios en los municipios caldenses con una población campesina
importante y que debe ser similar al Suroeste y Sur de Antioquia, pues ambos
tienen un origen común en la colonización antioqueña. Los comerciantes-usureros
locales eran sobre todo tenderos situados en las veredas y cruces de caminos,
cuyo negocio consistía en vender sus mercancías a crédito y conceder préstamos
en dinero a los campesinos, con la obligación de venderles a ellos el café y otros
productos agrícolas; en la "Geografía Económica de Caldas", dice:
"...La fonda es el único intermediario comercial: el comprador, el vendedor y el
prestamista. Es un eje de la comunidad que luego, al disolverse los estrechos vínculos
semipatriarcales se habrá de convertir en especulador y en usurero..." (47)
Más adelante precisa su forma de operar:
"En las veredas y cruces de caminos aparece la fonda, dedicada a los préstamos, las
compraventas y los trueques. Como se ocupa de preferencia en la adquisición de café abre
crédito en las agencias compradoras... crédito que reparte en los campos entre su cliéntela
de pequeños propietarios y cosecheros, en metálico o en especie y con intereses comunes
del 25 por ciento a cortos plazos.
"Cuando se cambian mercancías por productos agrícolas (café, panela), el margen de
ganancia supera hasta el 35 por ciento. El anticipo, en mercancía o en moneda, que hace el
tendero a los pequeños cafeteros, es lo que asegura su posición de acaparador y lo pone en
sus manos el nivel de precios para dichos productores.
"En cuanto a los pequeños propietarios rurales... Su problema fundamental consiste en la
falta de créditos pequeños que los liberen de los intermediarios prestamistas... Aunque haya
facilidad de transportes para tener contactos con las plazas de mejores precios, los sistemas
de compras por anticipos —en especie o en metálico— reducen al mínimo sus ganancias y
apenas ven cubiertas las necesidades de subsistencia..." (48).
El pequeño comercio y la usura estaban unidos indisolublemente a través
del sistema de anticipos de los tenderos a los pequeños productores de café, que
era la base de monopolio comercial de los primeros. Pero esta expoliación de los
campesinos parcelarios no era independiente del gran capital exportador, que
suministraba los fondos para los anticipos de los tenderos locales. Pero la mejora
en el sistema de transporte y desplazamiento del capital nacional por el extranjero
en los años 1920-1923, permitió a los comerciantes usureros negociar por su
cuenta; García decía refiriéndose a los años veinte:
"Pero a pesar de las facilidades de transporte, no mejoraron los precios para el pequeño
cultivador cafetero, por razón de la sujeción de éste al pequeño intermediario prestamista.
La situación creada facilita la centralización de los mercados cafeteros y su monopolio por
firmas exportadoras. Se produce, pues, un doble fenómeno: aumento de la dependencia
respecto a los capitales exportadores y aparición de una cadena de intermediarios
comerciales que obran por su propia cuenta '' (49).
El fortalecimiento relativo de la posición de los tenderos no es contradictorio
con el aumento en la concentración de las exportaciones cafeteras por la entrada
de fuertes firmas extranjeras, como se verá más adelante, especialmente en una
época de vertiginosa expansión del volumen exportado. Cierto grado de
concentración no elimina la competencia: la reducción del período de rotación del
capital comercial permitía a los exportadores hacer grandes beneficios con
pequeños márgenes de ganancia, sacrificando parte de éstos a favor de los
productores y los comerciantes locales. Quizá por tal razón la participación de
éstos en el precio del café era mayor que la de los exportadores en la década de
1930.
El negocio de los comerciantes-usureros locales era muy lucrativo. Cuando
se trataba de zonas relativamente aisladas la explotación de los campesinos era
despiadada, y entonces se garantizaban las entregas de café con hipotecas sobre
las fincas; si el productor se resistía a vender era expropiado. Antonio García
refiere el caso de Belalcázar:
"En algunos municipios en que se vende el café por anticipado, con precios menores
hasta en un 50 y 55 por ciento a los de las propias plazas interiores, casi siempre se hacen
escrituras registradas de promesa de venta comprometiéndose el cultivador a pagar en caso
de incumplimiento. Así en el municipio de Belalcázar se verificaban aproximadamente en el
año 200 embargos de propiedades inmuebles por incumplimiento en la entrega de café"
(50).
Ahora bien, durante los períodos de fuerte y prolongada expansión
económica, como la posterior a 1924, los productores de café contrajeron deudas
hipotecarias que se hicieron exigibles en la deflación; los pequeños cultivadores
endeudaron con prestamistas particulares y los grandes con los bancos: "Las
hipotecas de los pequeños cultivadores están en manos de particulares ya que las
condiciones de los bancos y la cuantía de sus préstamos sólo pueden ser
aceptables para los más grandes cultivadores o empresarios" (51). Así, las
pequeñas hipotecas a particulares en Manizales pasaron de 44 por valor de
18.472 pesos, con una media de 419 pesos en 1925 a 667 por 1.069.375 pesos y
un promedio de 1.600 pesos en 1.928 (52).
Los comerciantes-usureros no parecen haber invertido el dinero acumulado
en el desarrollo de actividades capitalistas rurales o urbanas, sino que se
convirtieron sobre todo en terratenientes en las fincas expropiadas por ellos a los
campesinos, a los que sometían con relaciones de arrendamiento o aparcería:
"Donde más abundan los capitales comerciales es más frecuente el sistema de
contratos de administración sistema que permite el acaparamiento de tierras...sin
pérdida de la apariencia minifundista. En algunas regiones del centro y el Quindío,
hasta 12 fincas cafeteras menores de 5.000 árboles pertenecen a un solo
propietario. El agregado reemplaza al pequeño cultivador propietario,
representando una nueva etapa en las condiciones agrícolas de Caldas" (53).
2. La exportación de café antes de 1930
Pueden distinguirse tres etapas principales en el comercio de exportación de
café, antes de 1930: la primera, desde la iniciación de la industria cafetera hasta
la crisis mundial de 1920-1921 se caracteriza por control de la actividad por
comerciantes nacionales. Esta se divide, a su vez, en dos fases marcadas por el
comienzo de la primera guerra mundial en 1914; pues, antes de ese año los
exportadores efectuaban sus negocios sobre todo con recursos propios, en tanto
que, después del mismo una parte considerable de las exportaciones dependió
del crédito de las casas comisionistas de Londres y New York. La segunda etapa
comenzó en el primer semestre de 1918, con la entrada al país del Banco
Mercantil Americano de Colombia y su filial, la compañía Mercantil de Ultramar, de
propiedad norteamericana; alcanzo su auge entre fines de 1920 y mediados de
1923 y declinó repentinamente con la liquidación del Banco López en julio del
mismo año. En esta etapa el capital extranjero controló en forma prácticamente
monopolista el comercio de exportación. Por último, entre 1924 y 1930, subsistió
el predominio comercial extranjero, pero ya no monopólico, sino de competencia
entre varias poderosas casas tostadoras norteamericanas, inglesas y alemanas y
algunas firmas nacionales más pequeñas.
Los comerciantes nacionales y los grandes hacendados manejaron el
comercio de café hasta la crisis de 1920-1921. Su control del negocio cafetero, es
decir la base de su monopolio comercial, dependía de dos elementos principales:
el uno era la propiedad de las trilladoras de café, que impedía la competencia de
capitales relativamente más pequeños; el otro, el suministro de dinero a los
comerciantes-usureros locales, con el que éstos hacían los anticipos a los
pequeños y medianos cafeteros, por medio de los cuales se aseguraban los
suministros de café.
Otros mecanismos importantes utilizados por los
exportadores nacionales fueron la formación de asociaciones y el control de los
transportes, especialmente las recuas de mulas.
Los comerciantes independientes adquirían el café en los municipios
productores a través de los comerciantes locales o de sus agencias en las
cabeceras municipales. De ahí lo llevaban a las ciudades, donde lo trillaban,
seleccionaban, empacaban y exportaban y en ciertos casos, escogían el café
pergamino y lo despachaban en esa forma. En los mercados de Londres y New
York lo recibían en consignación las casas comisionistas que lo mandaban a trillar
cuando era pergamino, y lo entregaban a un corredor de café para que se
encargara de la venta. Este sacaba su comisión y enviaba el resto del precio al
comisionista, que deducía la suya, así como los gastos en que hubiese incurrido
(trilla, fletes, etc.). El importe de las ventas menos las deducciones anteriores se
le giraba al exportador (54).
Los exportadores más grandes establecieron importantes casas
comisionistas en New York y Londres, cuyos negocios estaban estrechamente
relacionados con los de las correspondientes casas de exportación en el país; su
considerable volumen de negocios dependía evidentemente de los créditos
conseguidos por sus filiales comisionistas en los centros financieros mundiales.
Los comerciantes antioqueños se destacaron mucho en este campo, ejemplos
notables de ello son: Alejandro Ángel Londoño, que tenía una importante
compañía de exportación con Jesús María López, la casa Ángel López & Cia. con
una importante trilladora en Medellín hasta 1924 en que se disolvió la sociedad.
En 1909 se trasladó a New York con su familia y fundó la casa Ángel & Cia. Inc. y
extendió su negocio a las principales plazas del país. Logró hacer conocer el café
colombiano en el mercado norteamericano, denominado despectivamente allí
"Bogotá Coffee", donde se empezaron a distinguir los tipos Medellín, Manizales,
Armenia, Bogotá, etc. Su compañía alcanzó a ser tan notable que durante la
primera guerra mundial fletó las embarcaciones necesarias para el comercio del
grano (55). Otra firma antioqueña importante fue "Vásquez, Correas y Cia.", que
tenía una casa concesionista en New York y un banco importante, El Banco de
Sucre. Pero los exportadores de otras parte del país también establecieron
importantes casas comisionistas, como la de Jorge Ancízar en Londres,
mencionada anteriormente. También hay ejemplos de crédito concedido por los
compradores extranjeros a los exportadores nacionales, como refiere Darío
Bustamante de la hacienda cundinamarquesa Santa Bárbara a fines del siglo
pasado (56), o los casos de los almacenes generales de depósito de que habla
Bergquinst
Sin embargo, no parece que el comercio de exportación de café empezó a
depender estrechamente del crédito de las casas comisionistas sino desde 1915,
en conexión con el desplazamiento del grueso de las exportaciones del grano de
Europa a los Estados Unidos (ver III.A.1). Esta se dio simultáneamente con la
creciente importancia de los bancos como intermediarios entre los exportadores y
los comisionistas. Se estableció entonces una forma altamente especulativa en el
comercio de café, que predominó más o menos hasta 1924; un comentario de "El
Tiempo" del 25 de noviembre de 1920 sobre la quiebra de la "Antioquia Comercial
Corporation" en New York, describe bastante bien tal sistema:
"No se puede concebir nada más empírico, absurdo y peligroso que el sistema que
tenemos para negociar nuestro café. Se compra el grano aquí, tomando como base el
precio del día en el mercado de New York, como si fuera a despacharse por cable, cuando
es bien sabido que el cargamento que va más aprisa, tarda de cuatro a seis meses para
llegar a New York. Se gira por el café tan pronto sale del lugar de producción, se sigue
comprando y girando sin la menor idea del precio a que la consignación se colocará. Es
este un negocio en el que... el precio de venta lo fija el comprador y el verdadero vendedor
no tiene en esa fijación la participación más mínima. De aquí que cuando en épocas de
prosperidad y buen precio del artículo, como en el año pasado, se gira a altos precios por
las consignaciones despachadas... y cuando sobreviene una baja del artículo, tan aguda
como la que acabamos de pasar, los exportadores se ven de un momento a otro deudores
de crecidos saldos que no pueden pagar porque todo lo han invertido en el grano y éste se
desvaloriza.
"Y se agrava el mal cuando las casas comisionistas piden a sus clientes reembolsos que
éstos están en incapacidad de hacer, y el comisionista forzado a cumplir compromisos ya
contraídos con el mismo consignante, tiene que forzar ventas haciendo más y más efectiva
la baja del café y la pérdida del exportador " (57).
Alejandro López decía en 1926, refiriéndose a los anticipos en el comercio
de café:
“...la de café colombiano es una de las pocas ofertas que se presentan en el mercado
extranjero sin el menor acuerdo, en luchas individuales y aisladas y acosada por el afán de
vender para pagar deudas contraídas. Si el café colombiano no alcanza la plenitud de precio
que merece su alta calidad, ello se debe en nuestra opinión, a que el exportador se coloca
en un plano de inferioridad, por razón de las prácticas establecidas en la sistematización del
negocio.
"Una de las más costosas es el método de financiación, que consiste en girar
anticipadamente por el valor de las ventas. Quien permite el giro anticipado del dinero tiene
que cobrar caro ese servicio y estimar por lo alto los riesgos; por eso ese método resulta
caro fuera de que implica la venta anticipada del grano, en condiciones que excluyen la
búsqueda de oportunidades de mercado..." (58).
Esta organización del comercio cafetero implicaba una explotación
despiadada de los campesinos parcelarios, que generalmente recibían sólo el
50% de los precios vigentes; en la Revista Cafetera se comentaba al respecto en
1931: "Con anterioridad al funcionamiento de la Federación (1927) se presentaba
una gran especulación en la comercialización del café. Los comerciantes
compraban anticipadamente la cosecha a los pequeños productores al 50% de los
precios vigentes, propagaban especies falsas en los mercados sobre la situación
en los centros productores, y en éstos sobre los precios de los primeros, con fines
especulativos; además era corriente la realización de ofertas en descubierto'' (59).
Las elevadas ganancias de los exportadores nacionales procedían de su
monopolio comercial, impuesto a los productores, a través del control de las
trilladoras de café y de los fondos utilizados por los intermediarios locales para los
anticipos a los pequeños productores; pero también tenían que ver con la lenta
rotación del capital comercial, pues los cargamentos de café se demoraban de 4 a
6 meses para llegar a New York, y con los riesgos excesivos de un negocio
excesivamente especulativo.
El capital nacional dominó el comercio cafetero hasta la crisis de 1920-1921
en que el capital extranjero subordinó a algunas casas exportadoras importantes y
relegó a los comerciantes nacionales a un segundo plano. El sistema de recibir
giros anticipados sobre las ventas de los comisionistas de Londres y New York y
comprar anticipadamente el café con esos fondos permitía grandes ganancias a
los exportadores en los períodos prolongados de precios al alza o estables pero
era excesivamente vulnerable a las fluctuaciones repentinas en las cotizaciones y
los trastornos monetarios y financieros. Cuando elevaciones fuertes y rápido del
precio eran seguidas por grandes bajas, como en 1918 y 1920, sobrevenían las
liquidaciones y quiebras de exportadores y comisionistas: éstos acuciados por sus
acreedores exigían a los exportadores el pago de sus créditos, pero todos los
fondos a su disposición los habían invertido en café porque estaban especulando
al alza de precio; como éste iba bajando y la realización del producto se
demoraba de 4 a 6 meses obtenían fuertes pérdidas y se le cerraban las puertas
del crédito. Entonces, el exportador se veía obligado a suspender los pagos,
arrastrando frecuentemente en su caída a los comisionistas.
El capital extranjero entró en grande escala al comercio cafetero en el primer
semestre de 1918, pero no consiguió dominarlo sino hasta la crisis de 1920-1921.
Sin embargo, la Federación de Cafeteros ubicaba el control extranjero de las
exportaciones en 1918, quizá confundiendo los dos hechos:
"Aunque, es cierto que algunos exportadores abrieron el mercado americano para el café
colombiano antes de la Primera guerra mundial, éstas quebraron en su mayoría en 1918 y
fueron sustituidos por casas extranjeras" (60).
El segundo semestre de 1917 y el primero de 1918 fueron realmente difíciles
para los productores y comerciantes de café en el país: de un lado, el precio
externo del grano había bajado desde comienzos de la guerra de 15.6 centavos
de dólar la libra en 1914 a 12 centavos en julio de 1917, debido al bloqueo inglés
de las exportaciones de café a Europa y a la obligada reorientación de las mismas
al mercado norteamericano. Pero el principal problema de los exportadores era la
fuerte caída en el precio de la moneda extranjera; así la cotización del dólar
norteamericano cayó al 75% a fines de 1917 y en mayo de 1918 sólo alcanzaba al
80%. Esto significaba una considerable disminución adicional del precio en pesos
del grano. Dicha situación se debía a la notable acumulación de divisas durante la
guerra, resultado de la restricción en las exportaciones de los países beligerantes
(61), y a la prohibición norteamericana de exportar oro, lo que habría permitido
aumentar la cotización del dólar. La situación de los productores era bastante
difícil; "El Tiempo" comentaba el 10 de septiembre de 1917 sobre la situación de
los cafetales caldenses entre Cartago y Manizales:
"Al siguiente día seguimos el viaje a Cartago (por ferrocarril)... atravesamos una región
muy fértil, en la cual hay cultivos de café principalmente.
"Debido a la baja actual en el precio de ese grano, las plantaciones están casi
abandonadas pues no alcanzan a dar los gastos de exportación y la maleza principia a
invadirlas" (62).
La entrada de los Estados Unidos a la guerra produjo una reacción notable
en los precios del café al final de 1917 y en los primeros meses de 1918, y a
consecuencia de ella una gran recuperación de la producción y las exportaciones;
pero esto acentuó más la baja en el precio del dólar, que llegó al 80% en mayo de
1918, y produjo pánico entre productores y exportadores. "El Tiempo" del 16 de
julio de ese año decía, refiriéndose a una conferencia de cámaras de comercio:
"Hace algunos meses se inició un gran movimiento dé exportación. Pareció el momento
de hacer grandes utilidades, debido al precio alcanzado por los artículos en los países en
guerra...
"Desgraciadamente, cuando esto sucedió, vino una rápida baja del cambio sobre el
exterior, lo que hizo que muchos se desilusionaran por el temor de que los buenos precios
que pudieran adquirir por sus artículos vinieran a quedar anulados por la baja en el
cambio... desde luego que los pagos de los artículos de exportación eran hechos en giros
sobre el exterior o en billetes americanos.
Al llegar la baja del cambio, en mayo último al 80% fue verdadero pánico el que se
produjo pues los productores de café veían que con ese cambio, o al bajar un poco más, les
sería imposible continuar sus exportaciones. La Cámara de Comercio de Medellín se dirigió
a la de Bogotá y propuso una conferencia financiera que estudiara medidas conducentes.
"Informe de Mayoría: Propone que se haga una asociación de bancos para que, por medio
de contrato con el gobierno... emita billetes representativos en oro, para comprar con éstos
el oro en barras que se le ofrezca debiéndolo hacer acuñar. También comprará los giros que
se le ofrezcan a un precio que no baje, en giros a la vista del 97% y que no exceda el 103%"
(63).
La coyuntura de los primeros meses de 1918 no produjo quiebras o
suspensiones de pagos de casas comerciales importantes, por lo menos no hay
noticias de ellas en la prensa diaria; y realmente no existían razones de peso para
que las hubiese: de un lado, los precios externos del café estaban aumentando y
las perspectivas de éstos eran excelentes; entre el 26 y el 30 de junio se habían
presentado heladas en Brasil, la guerra tocaba a su fin, y con él terminaba el
cierre del mercado cafetero de Europa, y la reconstrucción de posguerra en los
países contendientes auguraba un buen comportamiento de la demanda. De otro
lado, los problemas cambiarios eran transitorios, pues dependían principalmente
de la eliminación de las restricciones de Europa y Estados Unidos a sus
exportaciones y a las salidas de oro, y esto también se resolvería con el fin del
conflicto.
El 7 de febrero de 1918 empezó a funcionar en New York el Banco Mercantil
Americano de Colombia y su filial, la Compañía Mercantil de Ultramar, con el fin
principal de exportar café y otros productos colombianos. El segundo
representante de todos los negocios del Banco en el país y promotor de la idea
fue Alfonso López Pumarejo. El siguiente comentario de Zuleta Ángel da una idea
de la magnitud de las operaciones del Banco, así como sobre el papel de López
en su establecimiento:
"Basta anotar que cuando el país esperaba ansiosamente que el Congreso Americano
aprobara, como indemnización por la separación de Panamá la suma de 25 millones de
dólares, pagaderos en 5 cuotas anuales, López trajo a Colombia en menos tiempo, una
cantidad aproximadamente igual..." (64).
Una carta de la junta directiva al representante norteamericano del Banco en
Colombia del 7 de febrero, explicaba las ventajas de la designación de Alfonso
López. Se referían elogiosamente a él como una de las primeras autoridades
monetarias, bancarias y cambiarias del país y a su experiencia en importación y
distribución de mercancías "...ya que durante varios años manejó la firma de su
padre Pedro A. López & Cia., que fue y quizá aún lo es, una de las firmas
importadoras más grandes de Colombia.. El señor López después de separarse
de su padre... fundó la firma López y Michelsen para exportación e importación
(65). Señalemos por el momento que la posición de la casa Pedro A. López en el
comercio de importación y exportación no parecía muy fuerte a comienzos de
1918, como lo expresa la duda del directivo del Banco Mercantil: " la firma
A. López, que fue y quizá aún lo es, una de las firmas... más grandes de
Colombia".
Si bien, el Banco Mercantil empezó actividades en una buena coyuntura de
precios, la situación política le era adversa, pues entonces se estaba discutiendo
la indemnización de Panamá y la opinión pública sentía antipatía por el capital
norteamericano, especialmente en una actividad controlada por nacionales. Ya el
17 de abril de 1918 los socialistas denunciaban al Banco Mercantil ante el país
por estar jugando a la baja de precios del café en el mercado interno: " El 17 de
abril el socialista abrió una importante y bien sostenida campaña contra él Banco
Mercantil Americano de 'Colombia', consorcio yanki establecido en la ciudad de
Hadford que instaló una red de agencias en nuestro país para jugar a la baja en el
mercado interior cafetero, surtiendo para ello a sus agentes con el dinero
necesario para asegurarse las cosechas por anticipado. Esta campaña, bien vista
inclusive por otros bancos competidores en el mercado interior cafetero, despertó
interés nacional, y en sectores populares la sensación de lucha contra el
imperialismo yanki..." (66). El capital extranjero empezó aplicando los mismos
procedimientos que los comerciantes nacionales, consistentes en adelantar
fondos a los intermediarios locales para comprar anticipadamente el café a los
productores.
Alfonso López era al mismo tiempo importante dirigente del partido liberal,
en cuya representación asistía a la Cámara, alto funcionario de la mayor empresa
extranjera dedicada al comercio cafetero y copropietario de dos firmas nacionales
ocupadas en el mismo negocio, Pedro A. López y Cia. y López Michelsen. Su
militancia política comprometería al poco tiempo su actividad comercial, y ésta lo
estaba poniendo en evidencia ante la opinión pública como el principal agente del
capital extranjero. Los ataques a López y al Banco Mercantil no eran sólo de los
socialistas sino también de la derecha: " A principios de 1919 los periódicos 'La
Época' y 'La Crónica' comenzaron a atacar a Alfonso López y a Luis Samper
Sordo de mezclarse en política colombiana siendo altos funcionarios del Banco
Mercantil " (67).
Las dificultades políticas del Banco Mercantil se agudizaron mucho en el
primer semestre de 1919, al extremo de enfrentarlo con el presidente de la
República, debido a que en su nómina de altos funcionarios estaban varias de las
principales figuras de la oposición al régimen de Suárez, como Alfonso López,
Luis Samper y Laureano Gómez. El día 12 de marzo de 1919 el ejército ametralló
a los artesanos de Bogotá que protestaban ante el palacio presidencial por la
importación de uniformes para aquél. Alfonso López y Luis Samper encabezaron
la delegación de la convención liberal que se presentó al presidente Suárez a
exigirle la destitución del ministro de guerra y a ofrecerle su mediación en el
conflicto con los artesanos. " El Tiempo" del 24 de agosto informaba que Suárez
había dirigido un memorando al embajador norteamericano en Colombia en junio,
amenazando con cancelar la licencia de funcionamiento en el país al Banco
Mercantil Americano de Colombia si no destituía a sus funcionarios Alfonso López
y Luis Samper Sordo por haber intervenido en política nacional (68).
El Banco López se fundó en 1919, precisamente cuando estaba en su
apogeo la ofensiva gubernamental y de prensa contra Alfonso López y el Banco
Mercantil. Su capital era de 4 millones de pesos, muy superior al de los demás
bancos nacionales que funcionaban entonces. El capital de los principales bancos
nacionales era en junio de 1920: Banco López, 4 millones de pesos; Central, 2.3
millones; Sucre y Central 2 millones cada uno; Banco de Colombia, 1.02 millones;
Bancos Hipotecario de Colombia, Industrial, Mutualidad Nacional e Hipotecario del
Pacífico, 1 millón cada uno; Banco de Bogotá, 600.000 pesos, etc. (69). La casa
de Pedro A. López & Co. había pasado de ser "...quizá... una de las firmas... más
grandes de Colombia..." en 1918 a exportar en los años siguientes el 25% del
café del país y "Llegó a exportar en un año 383.000 sacos, cuando toda nuestra
exportación no llegaba a un millón de sacos" (70), es decir, cerca del 40%.
Al parecer, Alfonso López y el Banco Mercantil habían logrado comprometer
a Pedro A. López en sus negocios, con el fin de encubrir parte de sus
exportaciones de café en una casa nacional importante y respetable, establecida
desde 1912. Con ello lograban salvar parcialmente los problemas políticos
inherentes al control de una actividad dominada hasta allí por nacionales. Varios
hechos llevan a pensar en la vinculación de la casa y el Banco López con el
capital extranjero: en primer lugar el principio de las dificultades que llevaron a la
liquidación del Banco López fue el cierre del crédito y el embargo de sus saldos
en Estados Unidos por una firma norteamericana: "Por razones...que no hemos
podido averiguar, una casa americana donde Pedro A. López & Co. tenían un
amplio crédito rotatorio para sus consignaciones de café embargó judicialmente a
principios de la semana los saldos de la casa López en otras instituciones que
negociaban con ella, lo cual dio inmediatamente lugar al protesto de sus giros y
rompió la red de sus operaciones ordinarias; y no contenta esa firma... embargó
asimismo los saldos del Banco López en poder de sus corresponsales de New
York..." (71); en segundo lugar, los despachos de la prensa extranjera relativos a
la liquidación del Banco López se referían a éste como al "Gibraltar Colombiano",
denominación corriente del mismo en los medios financieros newyorkinos, que
aludía claramente a su condición de enclave extranjero en el país (72), y, en tercer
lugar la política de inversiones norteamericanas respecto al comercio cafetero no
era la quiebra de las casas nacionales, sino la compra o el control de ellas como
se verá más adelante.
Las heladas brasileñas de junio de 1918, la reapertura de los mercados
europeos por la terminación de la guerra y la prosperidad de posguerra en los
países capitalistas confluyeron para crear una coyuntura excepcionalmente
favorable en los precios externos del café, a fines de 1918. La prosperidad
cafetera no se hizo esperar: el precio del café Manizalez en New York aumentó de
12.92 centavos de dólar la libra en 1917 a 16.38 en 1918 y a 27.67 centavos en
1919 (73); en junio de este año llegó a 30 centavos y en septiembre a 31. Esto
produjo un auge tremendo en las exportaciones del país que aumentaron de un
promedio de 36.7 millones de pesos en 1916-1918 a 79 millones en 1919 (74).
Las importaciones también crecieron notablemente pues de un promedio de 25.4
millones de pesos en los primeros años se pasó a 47.5 millones en el segundo;
pero éstas se quedaron rezagadas respecto a las exportaciones debido a una
lenta respuesta en la oferta exportable de los países europeos empeñados en la
reconstrucción postbélica, así como por la concentración de la mayor parte de los
pedidos al exterior en el segundo semestre de 1919. Las importaciones se
desbordaron en el primer semestre de 1920, por lo cual alcanzaron el valor sin
precedentes de 113.6 millones de pesos en el año, es decir 4.5 veces mayor que
el promedio importado en 1916-1918; esto llevó al sistema portuario y de
transporte del país al borde de la parálisis. Según noticias de " El Tiempo" de
marzo 7 de 1920 la carga de importación se arrumaba en los terminales marítimos
y la de exportación permanecía meses en Girardot, La Dorada y Puerto Berrio, sin
poder salir a aprovecharse de los buenos precios externos (75).
Cuando en el país se llegaba al clímax de la orgía consumidora empezaban
ya a aparecer los primeros nubarrones de la crisis mundial de 1920. " El Tiempo"
publicó el 11 de enero de 1920 un informe de la casa Rolsan & Co. de New York
del 28 de noviembre del año anterior, según el cual, el 13 de ese mes se había
presentado un semipánico en la bolsa de New York, conjurado por la intervención
del Banco de la Reserva Federal: "Con todo, los bancos, comenzando por el
Federal Reserve Bank, han comenzado una política de restricción del crédito, que
no se limita sólo a las operaciones en Wall Street sino también a las transacciones
comerciales corrientes, incluyendo también el comercio de exportación e
importación'' (76). Continúa el informe señalando la contracción en la capacidad
de compra de Europa así como las sombrías perspectivas derivadas de ese
hecho para el volumen exportado y los precios de los productos latinoamericanos,
dos terceras partes de los cuales se venden en ese mercado.
El auge importador del país en el primer semestre de 1920 coincidió con una
coyuntura fuertemente depresiva en los precios externos del café y la contracción
del crédito a los exportadores nacionales en el mercado de New York. Las
importaciones aumentaron de 47.5 millones de pesos en 1919 a 113.6 en 1920,
mientras las exportaciones bajaban de 79 millones en el primer año a 71.0 en el
segundo, por una reducción en el precio del café de 27.67 centavos de dólar la
libra a 21.50. El enorme déficit comercial de 1920 se pudo cubrir inicialmente con
la gran acumulación de divisas ocurrida entre 1914 y 1919, en que hubo superávit
comercial; pero rápidamente produjo una escasez crónica de giros sobre el
exterior y un fuerte aumento en tasa de cambio externa: el precio del dólar
norteamericano subió al 105% el 13 de marzo de 1920, aumentó al 120% el 2 de
julio, donde se mantuvo durante el mes y el 22 de octubre, en lo más álgido de la
crisis estaba estabilizado en el 130%; cabe recordar que el dólar se cotizaba al
80% en mayo de 1918. El déficit comercial y la baja del cambio produjo una fuerte
contracción de la masa monetaria en circulación: así, mientras ésta era de 65.1
millones de pesos en junio de 1920, de los cuales 27.84 millones de oro acuñado
y certificados de oro y 10.15 millones en billetes representativos de oro, según el
informe presentado al gobierno por el inspector de circulación; en septiembre se
había reducido el circulante a 25 millones de pesos en billetes, cédulas bancarias
y monedas de níquel y de plata. El oro había salido de la circulación, pues se lo
estaba atesorando y exportando clandestinamente para atender las obligaciones
de los importadores y exportadores, que trataban de evadir así el alto precio de
los giros en moneda extranjera.
Pero lo más grave no era la disminución de la masa monetaria, sino una
violenta contracción del crédito interno. P. Blanco S. se refería a ese punto en un
interesante artículo de el " El Tiempo" del 17 de septiembre de 1920 (77), en el
que consideraba que la crisis había producido una fuerte contracción del crédito
interno, la cual se manifestaba en una disminución del dinero en circulación con
una masa monetaria inflada; la masa monetaria era de 62 millones de pesos el 30
de junio anterior, de los cuales 36 en oro, y según sus estimaciones la exportación
de oro de ahí hasta el 17 de septiembre no pasaba de 10 millones, (Por lo tanto
no debía bajar de 52 millones) en la fecha; pero las transacciones requerían sólo
42 millones y se estaban atendiendo con 25 millones. Entonces, la situación era
de una masa monetaria excedentaria en 10 millones de pesos y déficit simultáneo
de 17 millones en la oferta de dinero, atribuible al atesoramiento de 27 millones,
resultado de la contracción del crédito interno. La baja exportación de oro
producía la depreciación del peso y el encarecimiento de los giros en moneda
extranjera para pagar las importaciones y atender a los créditos de los
exportadores con las casas comisionistas. "Ante el alza del cambio sobre el
exterior producida por la restricción de los créditos, las dificultades de los
transportes y la baja de los principales frutos de exportación, el oro se ocultó;
parte en las arcas de los bancos, parte a las de los comerciantes, y buena parte a
los fondos de los baúles. La circulación monetaria está reducida a los 25 millones
en billetes, cédulas bancarias. etc., el oro no se ve, esto lo palpa cualquier
observador atento". Concluye el articulista recomendando la legalización de la
exportación de oro para que éste salga a la circulación y se normalice la tasa de
cambio
Los exportadores de café estaban en una situación angustiosa; el crédito
externo cerrado y el interno reducido al mínimo; deudores de gruesas sumas con
los comisionistas de New York y Londres, para ser cubiertas en moneda
extranjera, cuando el dólar estaba al 130%, y que, por lo tanto, expresadas en
pesos eran un 30% mayores; con pérdidas superiores al 30% en las existencias
de café por la baja del precio externo, y sin posibilidades de realizarlas en menos
de 6 meses, debido a los cuellos de botella en el sistema de transporte y
almacenamiento.
Carlos E, Restrepo se refería a la crisis, el 10 de noviembre de 1920, en
estos términos:
"La situación de Antioquia que, más o menos es y será la de Colombia concrétola así:
Este año las importaciones exceden el doble a las exportaciones de donde resulta un saldo
contra Colombia alrededor de 25 millones de pesos. Al satisfacer ese saldo con pieles y
café, los exportadores han perdido 20%, 30% y hasta 50% porque giraron sobre esos
artículos y, al llegar éstos a New York, no valen sino 20%, 30% y hasta 50% menos que los
respectivos giros.
"Este déficit ha podido pagarse en oro, artículo exportable, pero este gobierno lo ha
impedido desatinadamente. Es esta una de las eficientes causas del alza del cambio. Otro
modo de cubrir el saldo desfavorable era el crédito; pero éste cerróse en EEUU, donde
niéganse a descontar nuestras letras a plazo, precisamente porque los giros anteriores no
se cubrieron oportunamente.
"Para colmar desfalco idearon algunos antioqueños y sospecho que otros compatriotas,
la emisión de letras, emisiones semejantes al papel moneda, sin cálculo, respaldo ni
responsabilidad. Estas emisiones y la falta de exportaciones equivalentes a las
importaciones debían producir naturalmente el efecto que produjeron: protestos de letras y
descubiertos por las casas americanas que alcanzaron a protestar oportunamente, y
quiebra de otras de esas casas que aceptaron los giros y no pudieron resistir descubiertos
que en ocasiones ascienden a millones de pesos. "Aquellos protestos oportunos y estas
quiebras inevitables devuelven sobre los mercados colombianos miles de letras por varios
millones de pesos exigibles en giros a la vista y aun cablegráficos; de aquí otra causa para
el alza del cambio" (78).
Y se podía agregar: para la contracción del crédito interno. Los comerciantes
trataron de forzar la apertura de éste, pero el Congreso Nacional lo rechazó en
forma abrumadora. El primer Congreso Cafetero solicitaba en un memorial de
septiembre 20 dirigido al Congreso Nacional adoptar medidas extremas para abrir
el crédito interno:
"Cerrado el crédito exterior para nosotros, y restringido el interior a las limitadas
posibilidades de un medio circulante insuficiente, quedaría el recurso para atender a
nuestras necesidades apremiantes, de enviar prontamente a los mercados extranjeros
nuestros productos de exportación; pero acontece que la dificultad de los transportes y la
depreciación actual de estos productos, especialmente del café en plazas extranjeras,
hacen ineficaz tal arbitrio.
"Pero, existe la posibilidad de resolver estas dificultades? Si: El crédito interior... Con este
objeto se presenta a vuestra consideración un proyecto sobre emisión de billetes de banco,
proyecto que desgraciadamente ha encontrado resistencia en las cámaras, y según se dice,
desdeñosa actitud en el gobierno " (79).
"El Tiempo" del 26 de septiembre explicaba más ampliamente el contenido
de la propuesta de los exportadores de café, así como el rechazo del Congreso a
la misma. Esta consistía en emitir billetes respaldados en café, para resolver la
extremada iliquidez de los exportadores:
"El Congreso de Cafeteros, en resolución unánimemente aprobada, recomendó la
aprobación de un proyecto de ley que autoriza la emisión de certificados garantizados con
café.
"Según el proyecto deberá formarse una sociedad, a la cual otorgará el gobierno por
contrato la concesión de emitir y dar a la circulación certificados al portador, de un peso para
arriba, garantizados con café. Se trata de verdaderos billetes.
"Creemos reflejar la opinión de la enorme mayoría del congreso al decir que no podrá ser
aprobado, pues vendría a constituir un privilegio de excepcionales caracteres. Introduciría a
la circulación monetaria un factor anómalo, de características todavía menos aceptables que
los de las ya conocidas cédulas hipotecarias " (80).
La crisis económica alcanzó su punto más agudo en el país en octubre y
noviembre de 1920, con una intensidad máxima del 10 al 25 de octubre: en esos
días se cotizó el café entre 10 y 11 centavos de dólar la libra y el dólar al 130%,
cuando el precio promedio del primero había sido de 27.67 en 1919 y el dólar se
tranzaba a la par en enero de 1920; el crédito externo estaba cerrado y el interno
reducido al mínimo. La casa Vásquez, Correas y Cia. de New York, filial de la
mayor casa comercial de Antioquia, del mismo nombre, suspendió pagos el 20 de
dicho mes. El 10 de noviembre del mes siguiente otras poderosas firmas
antioqueñas estaban en la misma situación; "Vuelven a llegar graves noticias de
Antioquia y Caldas sobre la crisis económica que confrontan aquellas enantes
prósperas regiones...son muchas las casas comerciales ayer poderosas, que han
suspendido pagos o están a punto de hacerlo. Además, la falta absoluta de dinero
disponible, obliga se dice, a muchos agricultores a dejar perder sus cosechas de
café... "(81). La Antioquia Comercial Corporation" de New York suspendió pagos el
25 de noviembre y Alejandro Ángel & Co. suspendió provisionalmente pagos en la
misma ciudad el 18 de diciembre.
Alfonso López, el Banco Mercantil, y presumiblemente, Pedro A. López,
estaban preparados para obtener el control del comercio cafetero para el capital
extranjero. La casa Vásquez, Correas y Cia. es un buen ejemplo de su forma de
operar, aunque al parecer no tuvo éxito. Según Zuleta Ángel , Alfonso López, en
representación del capital norteamericano, se fue a mediados de octubre a
Medellín a tratar de salvar al Banco de Sucre y a la casa Vásquez, Correas & Cia.
muy ligada al mismo. Con ese objeto se comprometió a entregar a dicho banco
250.000 dólares y al Banco del Ruiz 100.000 (82). Sin embargo, " El Tiempo" del
28 de octubre decía lo siguiente: " El Banco de Sucre de Medellín, fue salvado de
la quiebra, mediante préstamos de bancos bogotanos nacionales por valor de
750.000. Para salvarlo habían propuesto las casas norteamericanas prestar el
dinero, siempre y cuando, se permitiera entrar igual cantidad de oro al país. Los
bancos nacionales hicieron un préstamo común y corriente"(83). El año siguiente
se supo que en la salvación de la casa Vásquez, Correas & Cia. fue definitiva la
actuación de Pedro Nel Ospina como gobernador de Antioquia, al decretar la
venta de 150.000 pesos de barras de oro de la casa de Moneda de Medellín a
dicha firma y el préstamo de otros 100.000 pesos (84). La política del capital
norteamericano no parecía ser la de substituir en el comercio cafetero a las casas
nacionales quebradas, sino adquirirlas y reestructurarlas sobre bases modernas.
Un comentario del The New York Times del 17 de octubre de 1920, en lo más
agudo de la crisis, decía, refiriéndose a las perspectivas comerciales de
Colombia:
"El futuro comercio con Colombia ha de ser patrimonio, en su mayoría, de grandes casas
financieras. Estas podrían establecerse ventajosamente en Barranquilla, Medellín y Bogotá,
con amplios capitales para emprender el comercio en gran escala, otorgando once meses
de crédito, y hasta adelantando dinero cuando la ocasión lo requiera.
"La mejor manera de establecer esos negocios sería la de absorber las casas ya
establecidas, montarlas a la moderna y proveerlas de los últimos métodos comerciales en
uso " (85).
El Banco Mercantil, su filial la Compañía Mercantil de Ultramar y sus
compañías asociadas y subsidiarias parecen haber logrado el control de una parte
substancial del comercio cafetero, entre 1921 y el segundo semestre de 1923; su
posición declinó rápidamente de 1924 a 1930, a medida que las obras públicas
mejoraban sustancialmente el sistema de transporte. La compra y el control de las
casas comerciales nacionales por el capital extranjero, dejó a éste operando
inicialmente con los mismos medios y métodos anteriores, con las mismas
pequeñas trilladoras y el suministro de los fondos para los anticipos de los
intermediarios locales a los productores. Su superioridad sobre los exportadores
nacionales que subsistieron al tremendo golpe de 1920-1921 no se basaba tanto
en el refinamiento de su organización comercial sino en la magnitud muy superior
de su capital. Las casas comerciales nacionales más importantes, que lograron
cruzar la crisis sin ser absorbidos por el capital extranjero, tuvieron que disolverse
en los años siguientes o continuar el negocio en escalas bastante más pequeñas:
del pasado esplendor de Vásquez, Correas y Cia. sólo quedaron después de
1925 unas modestas exportaciones del Banco de Sucre; Alejandro Ángel liquidó
su casa comisionista en Estados Unidos en 1924, se separó de J. M. López y
estableció una firma de exportaciones con su respectiva trilladora en Medellín. Los
comerciantes nacionales no fueron completamente desplazados en 1920-1921,
sino que siguieron controlando del 35 al 40 por ciento de las exportaciones de
café (86), pues el enorme crecimiento de éstas en la década de los veinte les
permitió medrar al lado del capital extranjero: el volumen exportado por el país en
1914-1918 era de 900.000 sacos más o menos, pasó a 1.7 millones en 1925 y a
3.2 millones en 1932.
El notable mejoramiento del sistema de transporte a partir de 1924,
financiados con empréstitos norteamericanos y con la indemnización por Panamá,
permitió la vinculación en grande escala de los grandes tostadores
norteamericanos y algunos europeos en el comercio cafetero del país, donde los
principales firmas eran, American Coffee Corp., W.R. Grace & Cia., Hard and
Rank Inc., Schaeffer Klussman Inc., Steinwender Stoffregen Corp., United States
Coffee Corp., etc. Estas competían con las casas controladas por el capital
bancario newyorkino representado por el Banco Mercantil Americano de
Colombia, la compañía Mercantil de Ultramar, la Compañía Cafetera de
Manizales, etc. Se organizó entonces el mercado sobre la base de una
competencia oligopoIista entre grandes casas extranjeras, que dominaron las
exportaciones de café entre 1925 y 1940, cuando la Federación de Cafeteros
asumió el control de la comercialización del grano a raíz de la creación del Fondo
Nacional del Café.
En esta etapa se desenvolvió el comercio sobre bases menos especulativas,
pues las empresas norteamericanas disponían de grandes capitales, tenían una
sólida organización comercial y financiera y establecieron modernas trilladoras en
los principales centros comerciales de las regiones productoras. El sustancial
mejoramiento de los transportes después de 1925 disminuyó significativamente el
período de rotación del capital comercial, lo que, debido a la competencia entre
los grandes exportadores extranjeros y a la disminución del riesgo de éstas,
redujo los márgenes de seguridad y de ganancia de los comerciantes; el negocio
pasó a depender de la realización de grandes volúmenes de operaciones con
pequeños márgenes en cada una, pero con una rápida rotación del capital.
Antonio García dice que antes del desarrollo vial los márgenes de seguridad
fluctuaban entre 3 1/2 y 6 centavos por libra, a los que se sumaban los de
ganancia, variables según el precio del mercado. Posteriormente, al mejorar los
transportes se redujeron drásticamente, de tal manera que, en mayo de 1936 el
máximo margen de seguridad era de 1/8 de centavo de dólar por libra (87). Esto
redundó, según García, principalmente en beneficio de los comerciantes usureros
locales, pero también debió favorecer a los pequeños productores hasta 1930,
mientras los precios externos del café estuvieron altos; como se ve por la
duplicación de la producción cafetera nacional entre 1925 y 1932 debido, en gran
parte, a los campesinos de Caldas, Valle y Antioquia.
Las observaciones de Antonio García, referentes a Caldas, sobre la
organización del comercio cafetero antes y después del desarrollo vial, distingue
una organización monopólica controlada por comerciantes nacionales, en el
primer período, y una etapa de monopolio por firmas extranjeras, '' que se verifica
a través de la competencia", posteriormente, o más exactamente, de competencia
oligopolista:
"El desenvolvimiento de las vías y transporte, la modificación de posición en los
mercados internacionales, la introducción de grandes firmas capitalistas en los mercados
internos de café, son las causas generales que transforman los modos de compra,
determinando sus dos fundamentales etapas:
"1) La del monopolio por exportadores nacionales, con eliminación casi total de la
competencia. Se usa en gran escala el sistema de anticipos, los márgenes de riesgo y
ganancia fluctúan entre 40 y 50 por 100 y se hacen asociaciones o 'pools' para imponer
bajos precios.
"2) La del monopolio por exportadores extranjeros o agentes nacionales de empresas
extranjeras... que se verifica a través de la competencia. Las firmas monopolistas
extranjeras, multiplicando las cadenas de intermediarios y desalojando a los exportadores
nacionales... aparecen como estimulantes del mercado libre " (88).
3. Comercio y trilla de café y capital industrial en Antioquia y Caldas
El monopolio comercial de los exportadores de café se basaba en buena
medida en el control de la trilla industrial del grano. El mantenimiento de su
posición comercial los llevó a iniciarse como capitalistas industriales, a extraer
directamente plusvalía a los obreros en las trilladoras. Ahora bien, como el
comercio cafetero dependía principalmente de la explotación de los productores
campesinos y no de la propiedad territorial, la trilla tendió a concentrarse en los
mayores centros comerciales urbanos y en las zonas aledañas a los mismos. Esto
permitió, de un lado, formar una primera base de proletariado industrial, y del otro,
familiarizar a los comerciantes con las actividades industriales y desarrollar su
capacidad organizativa y empresarial, especialmente si se tiene en cuenta que, en
sólo nueve años, entre 1895 y 1904 el café exportado en Antioquia aumentó de
20.000 a 160.000 sacos, lo que exigía aumentar ocho veces la capacidad de trilla.
El otro factor estructural para el desarrollo de trilladoras industriales, y
posteriormente, de industrias fabriles era la amplia disponibilidad de peones y
sirvientes en el occidente del país (ver I.3).
Sin embargo, la industria fabril no parece haber surgido espontáneamente
de la trilla industrial de café, sino que dependió de un conjunto de circunstancias
propicias. En primer lugar, la forma violenta y prolongada como afectó a Antioquia
la crisis de 1904, que vino a interrumpir un período de intenso crecimiento en las
exportaciones, y por ende, en el conjunto de la economía departamental, iniciado
en 1890: las exportaciones bajaron de 159.000 sacos en 1904 a 63.000 en 1905,
para luego estabilizarse en alrededor de 104.000 sacos de 1907 a 1911. En
previsión de la crisis o a consecuencia de ella se debieron liquidar doce bancos
importantes de Medellín en 1903-1905, cinco de las cuales eran antiguas y sólidas
firmas establecidas entre 1871 y 1884, otros cinco se habían fundado o habían
aumentado considerablemente su capital (Banco Popular) en 1900-1902, con
aportes cercanos a 30 millones de pesos (papel moneda), gran parte de ellos
suministrados por los comerciantes de la ciudad (89). Luego de un período de
rápida expansión éstos se encontraron con sus negocios violentamente reducidos
por la crisis y por la segregación de importantes territorios antioqueños, que
fueron integrados en el departamento de Caldas, creado, en 1905. Tal situación
debió dejar considerables capitales ociosos, que debieron buscar nuevos campos
de inversión fuera del comercio. De otro lado, la política proteccionista de la
administración Reyes hizo atractiva la inversión en ciertos campos de la industria.
Por último, los comerciantes antioqueños conocían bastante los mercados de
manufacturas, servidos por ellos con productos importados; por ejemplo,
Alejandro y Rudecindo Echavarría, fueron importadores de telas en una firma
establecida por su padre desde 1872, posteriormente serían los iniciadores de
Coltejer y Fabricato respectivamente. Las mayores empresas establecidas en
Antioquia hasta 1923 enviaban entre el 40 y 50% de su producción a otros
departamentos o los atendían desde fábricas establecidas en los mismos (90).
En esta parte del trabajo se trata de ilustrar con algunos datos la importancia
alcanzada por las trilladoras en Antioquia antes de 1925, cuando estaba en sus
comienzos la industria fabril. Así mismo, se trata de mostrar el control de los
comerciantes sobre las trilladoras, así como la participación de los mismos en el
desarrollo del capital industrial en ambos departamentos.
a. Comerciantes y empresarios industriales en Antioquia. — Los primeros en
establecer trilladoras mecánicas en Antioquia fueron exportadores de café:
"Don Joaquín Jaramillo importó la primera máquina para su beneficio. La primera
trilladora con fuerza hidráulica la montó don Antonio Botero B. quien hizo exportaciones de
alguna consideración.
"Don Alejandro Ángel estableció la primera máquina de manubrio para trilla de café,
exportó café y estableció una casa de comisiones en Estados Unidos para hacerle
propaganda al café colombiano" (91).
El anterior era propietario en 1923 de la casa Alejandro Ángel L. fundada en
1880, ocupada en negocios de banca y compra de café en comisión, con
agencias en Manizales, Honda, Girardot y Bogotá (92); tenía, así mismo, una
firma comisionista de café en New York, fundada en 1909. En los años 1916-1923
estuvo asociado con J.M. López en la firma Ángel, López & Cía., que se ocupaba
en la trilla y exportación de café (93); en 1925, luego de liquidada su comisión, se
separó la sociedad en dos, Alejandro Ángel e Hijo y Jesús M. López & Co., ambas
casas dedicadas a la trilla y exportación de café (94). Uno de sus hijos, Juan José
Ángel estaba asociado en la firma Greiffenstein Ángel & Cía., propietaria del Taller
Industrial de Caldas, que producía ruedas pelton, molinos cálifornianos, trapiches
para caña, despulpadoras de café y montajes de plantas eléctricas y empresas
industriales (95). Por último, Alejandro Ángel fue el promotor de la construcción
del Ferrocarril de Amaga.
La trilla urbana de café alcanzó una gran importancia en Medellín y los
municipios aledaños. Así, entre 1916 y 1923, después de trece años de
considerable actividad en el montaje de industrias fabriles las trilladoras todavía
generaban una parte considerable del empleo en el área urbana de Medellín.
La industria fabril había alcanzado una magnitud considerable en Medellín y
sus municipios cercanos en 1923 (96); así, los obreros ocupados en las
principales ramas industriales llegaban a 5.702. La trilla de café generaba aún una
parte substancial del empleo industrial con el 33.2%, pero su importancia
disminuía marcadamente. La industria de transformación para el mercado interno,
relativamente independiente del sector externo de la economía, parecía bien
establecida y dinámica, especialmente en los textiles, alimentos elaborados,
bebidas y tabaco; aunque no sólo en ellas, pues también se presentaban
producciones significativas de calzado, confecciones, productos metálicos,
baldosas y fósforos. El sector industrial presentaba cierto grado de diversificación
dentro de su estado relativamente incipiente. La industria textil era entonces la
más importante, como lo ha sido hasta ahora, con el 84.9% del empleo; en la
rama había cinco empresas de más de 100 trabajadores: Compañía de Tejidos de
Medellín, propietaria de la Fábrica de Tejidos de Bello, 550; Compañía
Colombiana de Tejidos, 350; Tejidos Rosellón, 400; Fábrica de Hilados y Tejidos
del Hato, 396 y Tejidos Hernández, 130; estaban además Montoya Hermanos &
Cía., 60: Compañía Antioqueña de Tejidos, 45; Tejidos Unión y Tejidos Medina con
30 obreros cada una (97). Las industrias de alimentos, bebidas y tabaco también
Cuadro III.4. OBRERAS OCUPADAS EN LA INDUSTRIA FABRIL EN EL AREA
URBANA DE MEDELLIN POR ACTIVIDADES ECONOMICAS
ENTRE 1916 y 1923
(*) Es una información más amplia, pues se refiere a los principales establecimientos del
área urbana de Medellín y de los municipios cercanos e incluye obreras y obreros. Están los
trabajadores de las fábricas en otras ciudades del país de Coltabaco y Chocolate Cruz Roja.
(**) Incluye confecciones, calzado, cuero, baldosas, fósforos, sombrerería.
FUENTE: Anuario Estadístico de Medellín; vol. I-VII.
Se complementa con la información de, "Medellín 1923"; op. cit., pp. 73-103.
estaban bastante desarrolladas en Antioquia y mostraba en algunos rubros el
predominio de los capitalistas de Medellín. La Compañía Colombiana de Tabaco
era la empresa más grande del departamento, con 1.414.000 pesos oro de capital
y reservas; tenía prácticamente el monopolio de los cigarrillos en el país, con
fábricas en Medellín, Bogotá, Barranquilla y Manizales (98). Gaseosas Posada
Tobón había conseguido el control de la industria nacional de gaseosas, con
fábricas en Barranquilla, Bogotá, Bucaramanga, Cali, Manizales, Medellín, y
Pereira (99) . En la industria de alimentos, la compañía de chocolate Cruz Roja,
posteriormente la compañía Nacional de Chocolates S. A. era una sociedad
anónima, con 450.000 pesos oro de capital pagado y "10 fábricas en las
principales ciudades del país" (100). La fábrica Nacional de Galletas y Confites,
posteriormente "Noel" era una sociedad anónima, tenía 254.600 pesos de capital
y reservas y fábricas en Bogotá, Medellín y Pereira (101). Volviendo a las
trilladoras de café y al capital comercial; en el cuadro III.5 se presenta el empleo
en los establecimientos del área urbana de Medellín entre 1916 y 1922 y el de los
situados en la ciudad y los municipios cercanos en 1923.
De las firmas anteriores se pudo comprobar que eran exportadores hasta
1923 las siguientes: Bernardo Mora, Alejandro Ángel, Pedro Estrada, Vásquez,
Correas & Cía., Escobar & Cía., Cía. Nacional de Exportadores, Unión cafetera
Colombiana, Pedro A. López, Banco Mercantil, Cía. Mercantil de Ultramar; J. M.
López figura como gran exportador de 1925 a 1934; Enrique Mejía y Mejía y
Echavarría eran exportadores importantes en 1931-1934; Gallón Hermanos
tuvieron desde 1902 hasta 1923 una casa de exportación de café.
Según la información de Diego Monsalve, eran exportadores y trilladoras en
Antioquia en 1925 las siguientes firmas: Alejandro Ángel e Hijo, trilladora La
Merced en Medellín; Enrique Mejía & Cía., trilladora La Cruz en Medellín; Escobar
& Co., trilladora Bolívar en Medellín y Los Dolores en Abejorral; Nolasco Posada e
Hijos, trilladora El Cid en Medellín; Pedro Estrada G., trilladora Santa Teresa en
Medellín; J.M. López & Co., trilladora Lopezue en Medellín; J. Cano & Co.,
trilladora América en Medellín; Epifanio y Aquileo Montoya & Co., trilladora Santa
Ana en Medellín; Ricardo Londoño & Co., trilladora Ancón en La Estrella;
Bernardo Mora, trilladora Central en Medellín; Juan de la C. Escobar, trilladora
Ayacucho en Medellín. Los Echavarría tenían una casa de exportación,
"Echavarría Inc." y dos trilladoras: Jaime Echavarría, la trilladora Colón en
Medellín y la hacienda "Los Micos" de 32.000 cafetos con su respectiva trilladora
en Titiribí. Los siguientes hacendados trillaban y exportaban su café: Tulio Ospina
& Co., trilladora y hacienda El Amparo en Fredonia; Mariano Ospina Vásquez,
trilladora y hacienda Jonás; Uribes, Boteros & Co., trilladora y hacienda San José
en Sonsón; Banco de Sucre, trilladora y hacienda San Pedro en Fredonia y Luis
Heiniger, trilladora y hacienda La Suiza en Titiribí (102).
Cuadro III.5. OBREROS OCUPADOS EN LAS TRILLADORAS DEL AREA
URBANA DE MEDELLIN POR COMPAÑIAS ENTRE 1916 y 1923
(*) Los datos de 1923 se refieren a Medellín y los Municipios cercanos. Los datos excepto
los de este año, se refieren a obreras.
FUENTE: Anuario Estadístico de Medellín; numero I al VIII, 1916-1923.
Los principales nombres y apellidos de la burguesía industrial de Medellín
parecen haber estado relacionados con la trilla y exportación de café y con el
comercio de importación: Echavarrías, Mora, Ángel, Ospina, Vélez, Escobar,
Restrepos, Posadas, Londoños, etc., jugaron un papel importante en el
surgimiento de la industria antioqueña, fueron comerciantes y siguieron siéndolo
durante bastantes años después de establecida ésta. A continuación se presentan
algunos ejemplos al respecto. Echavarría: Alejandro Echavarría fue el fundador de
Coltejer y en 1953 era gerente de dicha empresa. En este año aún funcionaba la
casa Alejandro Echavarría e Hijos de importación de textiles, fundada en 1904;
era sucesora de la firma Rudecindo Echavarría e Hijo, establecida desde 1872
(103). En 1918 se asoció con Carlos E. Restrepo y Escobar y Cía. en "C. E.
Restrepo & Cía., representante de casas extranjeras (104). La familia figuraba
como propietaria de una firma de exportación con comisión en New York,
"Echavarría Inc.'' y tenían una hacienda con trilladora, "Los Micos". Rudecindo y
Ramón Echavarría, hermanos del primero, fundaron a Fabricato en 1920,
asociados a la familia Mejía. Además, estuvieron unidos en la casa de exportación
Mejía y Echavarría, desde 1916 hasta 1934, que tuvo una trilladora del mismo
nombre entre el primer año y 1918; en 1919 separaron las trilladoras y Enrique
Mejía estableció "La Cruz" y Jaime Echavarría la "Colón". Luis Echavarría tenía en
1923 una empresa de representación de casas extranjeras.
Mora: Bernardo Mora fue propietario de la Trilladora Central de 1916 a 1925;
era, así mismo, propietario de la casa comercial del mismo nombre, dedicada a la
importación y la exportación de café, azúcar y tabaco, fundada en 1898 (105). En
1923 era gerente del Ingenio Santana, una sociedad anónima fundada en 1920
con un capital de 200.000 pesos: "Refinería de azúcar con maquinaria moderna
con una capacidad para producir 5.000 kilos de azúcar diarios. Fábrica en Itaguí"
(106). Los Mora fundaron "Landers Mora" y otras empresas importantes.
Vélez y Escobar: J. Escobar Vélez & Cía. era en 1923 una casa de
exportación de café e importación de ferretería y utensilios domésticos; Escobar &
Cía. era una casa de exportación y compra de café fundada en 1902, que figura
como propietaria de trilladora en 1916-1917 y en 1925 (107); J. Escobar y Cía. era
una firma trilladora de café entre 1916 y 1921. Esos apellidos aparecen vinculados
a varias empresas industriales en 1923: Fernando Escobar era gerente de la
"Fábrica Nacional de Galletas y Confites; la firma "Hijos de Diego Escobar & Cía.
fundada en 1904, productora de chocolate y tostadora de café. Justiniano Escobar
era gerente de Fundición y Talleres de Robledo S.A., fabricante de maquinaria
para café, caña, etc. desde 1900. De otro lado, Guillermo Vélez era propietario
con Francisco Arango V. de la Fábrica de Mosaicos "Roca" y dueño de la principal
ebanistería de Medellín. Matilde Vélez de E. era propietaria de una fábrica de
calzado (108).
Pedro Estrada estableció su firma de exportación de café y pieles en 1910,
con agencias de compra en algunas plazas productoras y en 1931-1932 era
mayor exportador por Medellín. Para la trilla de café estuvo asociado con Enrique
Vásquez hasta 1918; al año siguiente se separaron y estableció la trilladora Santa
Teresa, que todavía existía en 1925. En cuanto a sus actividades industriales,
estuvo asociado mucho tiempo con los Echavarría en Coltejer.
Epifanio y Aquileo Montoya & Co. era una firma de exportación de café en
1925, propietaria de la trilladora Santa Ana en Medellín. La fábrica de tejidos " La
Constancia" de 60 obreros pertenecía en 1923 a la firma Montoya Hermanos &
Co. (109). Los apellidos Restrepo, Londoño, Posada, etc., aparecen vinculados
también a casas de exportación e importación, a trilladoras de café y a empresas
industriales en 1923 (110), pero, los ejemplos anteriores son suficientes para los
fines del trabajo (ver arriba).
b. El caso de Caldas.
Los exportadores caldenses de café también se dedicaron tempranamente a
la trilla del grano y jugaron un papel destacado en la fundación de empresas
industriales en este departamento y en otras actividades capitalistas, como la
construcción de obras públicas, el transporte, etc. La industria fabril sólo alcanzó
en Caldas un desarrollo modesto, contrariamente a lo que cabría esperar del
enorme volumen alcanzado allí por la producción cafetera en 1932 y el gran
crecimiento de la misma después de ese año (111). La existencia de varios
centros urbanos importantes, los niveles relativamente altos del ingreso per cápita
y la densidad de población, su buena infraestructura vial y la buena posición
geográfica del departamento respecto a los mercados. Varios factores parecen
haber contribuido a ese resultado: en primer lugar, la menor concentración del
capital comercial en Caldas donde había numerosos pequeños capitales, mientras
en Antioquia había un grupo relativamente pequeño de grandes capitalistas. Tal
vez por esa razón los comerciantes caldenses sufrieron con especial violencia la
crisis de 1920-1921, en la cual fueron desplazados en gran parte por el capital
extranjero; lo que, a su vez, fue una de las causas de la enorme expansión de la
producción cafetera de Caldas entre 1925 y 1940, debido a la considerable
reducción en los márgenes de comercialización (ver III.13.2). Así mismo, los
grandes comerciantes caldenses fueron frecuentemente grandes propietarios. En
segundo término, la relativa debilidad de los exportadores caldenses permitió el
control de una parte considerable del comercio cafetero de Caldas antes de 1920
por casas comerciales antioqueñas, bogotanas, vallecaucanas y extranjeras, en
esto colaboraron activamente algunos caldenses. En tercer lugar, antes del
desarrollo vial (1924), las trilladoras eran pequeñas y estaban dispersas en los
centros locales y en las vías de comunicación, en lugar de concentrarse en los
centros comerciales (Manizales, Pereira, Armenia). Por último, las empresas
industriales que se establecieron eran más bien pequeñas y sufrieron un rudo
golpe en los años 1930-1933, a consecuencia de la crisis mundial de 1929.
Volviendo al comercio y la trilla de café. Cuando la industria cafetera
caldense estaba en sus comienzos, por los años 1890-1893, el café se trillaba en
pilones de madera "... pero por insinuaciones de firmas inglesas, don José María
Mejía introdujo a Manizales, hacia el año 1894... la primera trilladora para mover a
mano..." (112).
Luis Jaramillo Walker fue, según Rudecindo Ocampo, de los primeros
exportadores y trilladores de café en Caldas; así mismo, se le deben importantes
iniciativas industriales y mineras; "...entre los primeros exportadores en Manizales
se encuentran, entre otros, don Luis Jaramillo Walker, quien ayudó a su tío
Eduardo Walker Robledo en la siembra de los primeros cafetales en 'La Cabaña',
fue además un gran emprendedor, pues trabajó en la industria minera; estableció
la primera chocolatería en Caldas; la primera fábrica mecánica para producir
velas; la primera trilladora de café en Pereira en su hacienda 'La Julia...” (113).
Rafael Arango Villegas dice de Luis Jaramillo:
"Ahí están todavía en plena actividad la mayor parte de las empresas a que él dio vida...
Los cafetales de 'La Julia'... el montaje de la trilladora llamada también 'La Julia' que fue la
primera que se instaló en el Quindío y de 'La Argentina' en Manizales; la chocolatería 'Luker'
que estableció en Manizales con don Enrique Cardona, antes que nadie otro pensara en
iniciar tal negocio...
"El sembró el segundo cafetal... También fue don Luis el primero que compró café en el
departamento y lo exportó. Cuando todavía no tenía trilladora lo pilaba en su casa de la
Quiebra en pilones de piedra o de madera...Fundó en esta ciudad la primera fábrica
mecánica para hacer velas..." (114).
El general Pantaleón González Ospina (1829-1901), fue un hacendado
cafetero, trillador de café, compró la maquinaria de Luis Jaramillo, le adaptó una
máquina de vapor y la instaló en su hacienda " El Arenillo" (115). Fue además
empresario industrial de la industria azucarera. Tomás Carrasquilla dice del
general:
“...inició y llevó a cabo la fundación de las grandes haciendas con los nombres de
'Arabia', 'Colombia' y 'El Charco'... fundó y desarrolló un ingenio de azúcar en proporciones
hasta entonces desconocidas en el país y fue el primero que a Neiva y a Manizales introdujo
trapiches de hierro movidos por agua...
A inmediaciones de Manizales en un punto denominado El Arenillo, montó la más
importante de las empresas cafeteras de esa región, y fue el primero que hizo pitar el vapor
en su maquinaria para beneficiar el café propio y ajeno... "(116).
Justiniano Londoño Mejía fue un gran propietario cafetero y empresario
capitalista del transporte y las obras públicas:
"...Agricultor nato, estuvo también dedicado a otras actividades: el nombre de Justiniano
Londoño se cita con respeto en la gesta de la arriería...con su recua de 800 bueyes y mulas
tuvo un contrato de transporte del correo nacional entre Bogotá y Medellín; contratista
constructor de los ferrocarriles de Santander-Timba (Cauca) y Nacederos-Alcalá (Caldas) y
del cable aéreo de Occidente "(117).
Manuel Mejía Jaramillo (1887-1958), fue inicialmente productor de café,
posteriormente se ocupó en el comercio y la trilla del grano y de 1935 a 1958 fue
gerente de la Federación Nacional de Cafeteros: "Toda su vida estuvo dedicado al
café, primero como cultivador en su finca San Carlos, luego como exportador en
asocio de José de Jesús Robledo y finalmente como gerente de la Federación
Nacional de Cafeteros, cargo para el que fue nombrado en 1935" (118). También
se dedicó a la trilla de café, pues en 1925 figuraba como propietario de una
trilladora en Caldas (119).
El capital extranjero contó desde muy pronto con activos servidores
caldenses, tal es el caso de Carlos E. Pinzón Posada (1874-1925), que logró el
establecimiento de las casas tostadoras extranjeras en Caldas y el
establecimiento por cuenta de ellas de numerosas trilladoras en todo el
departamento. Fue así mismo empresario de obras públicas, en minería y
capitalista industrial:
"La industria cafetera nacional le deben a don Carlos Pinzón el haber contribuido muy
eficazmente a aprestigiar el grano producido en Colombia en el extranjero. Propugnó la
relación directa entre el productor y el tostador; a su iniciativa se debe el establecimiento en
el país de varias casas compradoras extranjeras...
"Construyó trilladoras en casi todos los municipios caldenses y fue el primero en
introducir el sistema de guardiolas para el beneficio del café. "Pero la actividad de don
Carlos no se limitó sólo a la industria cafetera. Estuvo vinculado a la industria bancaria,
estableció muchas plantas eléctricas, introdujo, entre los primeros, maquinaria apropiada
para la explotación de minas y fundó en Salamina el molino San Carlos, primer
establecimiento de su género en el departamento para beneficiar trigo con métodos
modernos" (120).
c. Diferencias entre Antioquia y Caldas.
La industria cafetera se consolidó y alcanzó una influencia decisiva en las
economías antioqueña y caldense entre 1890 y 1930; pero, la evolución no fue
lineal en esos años, sino que se presentaron fases de rápida expansión; de
estancamiento y retroceso: el período 1890-1904 fue de vertiginoso crecimiento
de la producción en ambos departamentos, con una pausa en 1898-1902; el
avance fue más rápido en Caldas, sin embargo, la superficie cafetera de éste no
llegó a alcanzar siquiera la mitad de Antioquia hasta 1907; la producción
antioqueña era de 9.089 sacos de 621/2 kilos y 958.4 hectáreas en 1892, mientras
en Caldas eran sólo 2.602 sacos y 162.6 hectáreas, respectivamente, en el
mismo año; la extensión de los cafetales aumentó a 26.820 hectáreas en el
primero en 1907 y a 12.606 para el segundo en 1906 (ver I.3). Estas superficies
cafeteras representaban capacidades de producción en estos años de 289.000
sacos en Antioquia y 179.000 en Caldas y exportaciones potenciales de 249.000 y
166.000 sacos (121). La crisis de 1904 produjo una profunda depresión en la
industria cafetera de ambos departamentos, aunque mucho más fuerte en
Antioquia: las exportaciones de éste cayeron de 159.000 sacos de 621/2 kilos en
1904 a sólo 63.000 en 1905, para luego estabilizarse alrededor de 104.000 sacos
entre 1907 y 1911, es decir, en el 41.8% del potencial exportable de 249.000
sacos (ver Cuadro III.6). Las exportaciones caldenses no pasaron de 96.000
sacos antes de 1910, según Antonio García (122). Mientras la capacidad
exportadora llegaba a 166.000.
La inflación galopante ocurrida en la guerra de los mil días (123), y la
recuperación de los precios externos del café, que pasaron de un índice de 30 en
1900 a 47 en 1902 (124), permitieron un rápido crecimiento de la industria
cafetera antioqueña y caldense (ver Cuadro III.6). Pero la restricción de la emisión
de papel moneda desde el comienzo de la administración Reyes (1904-1909)
llevó a estabilizar el cambio alrededor del 10.000% y redujo considerablemente la
inflación. Esto impidió compensar el alza en el salario nominal de los recolectores
de café, debida a la triplicación de la demanda de ellos, por el aumento en las
exportaciones cafeteras de 53.000 a 159.000 sacos, y permitió cierta recuperación
del salario real (ver Bejarano; op. cit.). El freno a la especulación con los salarios
coincidió con una coyuntura adversa en los precios externos del café, que se
estabilizaron a un nivel relativamente bajo de 1902 a 1909; en un índice entre 46 y
50 (125). La situación anterior golpeó duramente la industria cafetera, que tuvo un
fuerte retroceso en el período 1905-1911. La producción y las exportaciones
cafeteras antioqueñas superaron notablemente a las de Caldas en estos años.
Numerosos peones y sirvientes ocupados en la recolección de café quedaron sin
empleo y debieron emigrar a Medellín y otros centros urbanos del valle de Aburra
a ofrecer sus brazos baratos a la industria naciente. Lo mismo ocurrió en Caldas,
aunque mucho menos que en Antioquia, porque la producción cafetera de éste
era bastante mayor entonces, la depresión antioqueña fue especialmente violenta
y las haciendas y propiedades medianas empleaban numerosos recolectores, en
tanto que la propiedad parcelaria cafetera era más importante en Caldas.
Después de 1911 la producción cafetera de ambos departamentos aumentó
en forma casi ininterrumpida hasta 1932, con una breve pausa en 1917-1918
debida a la primera guerra mundial: la producción exportable de Antioquia
aumentó de 119.000 sacos de 621/2 kilos en 1913 a 265.000 en 1920 y a 528.000
en 1932 y la de Caldas de 181.000 en el primer año a 354.000 sacos en el
segundo y a 921.000 a comienzos de los treinta (ver Cuadro III.6). El considerable
mejoramiento en los precios externos del grano a partir de 1910 parece haber sido
un factor esencial de la recuperación de la industria cafetera; así, el índice de
precios aumentó de 48 en 1909 a 66 en 1910 y a 73 en 1911 y se mantuvo por
encima de 62 hasta 1931, excepto en 1917 cuando bajó a 56 (126). Sin embargo,
la recuperación cafetera se debió aplazar hasta 1912, pues desde fines de 1909
la Junta de Conversión empezó a recoger el papel moneda y la circulación
monetaria pasó a depender principalmente del oro, lo que restringía aún más la
manipulación del salario real a través de la inflación.
La posición relativa de los dos departamentos se invirtió después de 1910: la
producción cafetera de Caldas superó ligeramente a la de Antioquia entre 1913 y
1916 y en forma muy marcada después de ese año. En cambio, los comerciantes
antioqueños exportaron bastante más café que en Caldas hasta 1921 y una
cantidad más o menos igual hasta 1925 (ver Cuadro III.6). Esto se debía a que
aproximadamente el 25% de la producción caldense se comercializaba por la
plaza de Medellín hasta 1930 (ver Cuadro III.6), cuando la mejora del sistema vial
de Caldas permitió un transporte más barato de varios municipios del norte de
este departamento (no de todos) con Manizales o Pereira, que con Medellín,
como había sido hasta ahí.
Los municipios de Aguadas, Aranzazu, Filadelfia, Pácora, Pensilvania,
Salamina, Samaná, Supía, Riosucio, pertenecientes al norte de Caldas,
estuvieron vinculados económicamente a Antioquia hasta 1930 y algunos hasta
después de 1935. Esto se explica por la pertenencia de la mayoría de ellos a este
departamento hasta 1905 (excepto Supía y Riosucio), cuando se creó el
departamento de Caldas. Dicha situación empezó a cambiar con la construcción
del cable del Norte (1930), que " logra influir en regiones como Aguadas, Pacora,
Salamina, Aranzazu dependientes económicamente de Antioquia y de sus vías..."
(127). Más adelante dice García: "La carretera Salamina-Aranzazu y el cable
Cuadro III.6. PRODUCCION EXPORTABLE Y EXPORTACIONES DE
ANTIOQUIA Y CALDAS 1895-1932
(miles de sacos de 62 ½ kilos)
FUENTE: (1) Diego Monsalve; op. cit., p. 283. Los datos vienen en sacos de 60 kilos y se
expresaron en sacos de 62 1/2 para compararlo con Caldas.
En producción en esos años según el Censo Agrícola de Antioquia y Diego Monsalve,
respectivamente, y el rendimiento por árbol del Censo Cafetero de 1932. El consumo interno se
calculó con la población y el consumo per cápita del Censo Cafetero de 1932. La producción
exportable se considera igual a la producción menos el consumo interno.
La producción exportable de 1923 a 1925 se obtuvo por interpelación de 1922 y 1926, y la
de 1921 por extrapolación.
Las estimaciones de los demás años se obtuvieron restando a las exportaciones el
porcentaje promedio de café Medellín procedente del norte de Caldas exportado por esta plaza
entre 1921 y 1926. Tal porcentaje era el 23.2%.
1932 se obtuvo del Censo Cafetero de ese año.
(3) Diferencia entre 1 y 2.
(4) 1913-1921: datos de producción y consumo de Antonio García: op. cit., pp. 581 y 585.
1922-1925: Diego Monsalve; op. cit., p. 363. Los datos de producción y consumo se
expresaron en sacos de 62 1/2 kilos.
1932: Censo Cafetero de 1932.
(5) 1922-1925: Diego Monsalve; op. cit., p. 363. Las exportaciones de otros años se
obtuvieron deduciendo a la producción exportable el porcentaje promedio de ella exportado por
otras plazas entre 1922 y 1925 en que hay datos. Ese porcentaje era el 25.7%. El porcentaje
anterior es igual al de los cafetos en producción de los municipios del norte de Caldas respecto al
total de este departamento en el Censo Cafetero de 1932. Es decir de, Aranzazu, Aguadas,
Filadelfia, Pácora, Pensilvania, Salamina, Samaná, Supía y Riosucio, que dependieron
económicamente de Antioquia hasta 1930-1935.
(6) Diferencia entre 4 y 5.
Aranzazu-Manizales han disminuido los costos de transporte en un 48 por 100
(128). Sin embargo, todavía en 1935 era más barato el transporte de Aguadas y
Pácora a Medellín que a Manizales (ver Cuadro III.7).
Cuadro III.7. COSTO DE TRANSPORTE DE UNA CARGA DE CAFE DE 10 ARROBAS
A MANIZALES Y MEDELLIN EN 1935 (pesos)
FUENTE: Antonio García; op. cit., p. 395.
Riosucio y Supía se integraron a Caldas desde octubre de 1929, con la
construcción de la carretera Riosucio-Virginia, redujo el costo del transporte desde
esa fecha hasta enero de 1932 en un 78.2% y, "en los sectores en los que se
asegura un tráfico voluminoso, como en el carreteable Riosucio-Pereira, los
costos de transporte han sufrido bajas hasta el 600 por 100..." (129).
La gran diferencia entre la producción exportable y las exportaciones caldenses
después de 1920 (ver Cuadro III.6), no parece atribuible solamente a las
exportaciones de café Medellín procedente de Caldas, sino también en buena
medida al control de parte de dicha producción por comerciantes vallecaucanos y
tolimenses. Los primeros tal vez comerciaban una porción del café del Quindío
por Caicedonia y Sevilla, pues el tipo Sevilla tenía cotizaciones internacionales
muy similares a los de Manizales y Armenia. Así mismo, una parte de la producción de los municipios de Marulanda, Victoria y Manzanares en el oriente de
Caldas, muy aislados de los centros comerciales del departamento, podía salir por
la cercana localidad tolimense de Honda.
Ahora bien, no sólo escapaba al control de los comerciantes caldenses una parte
considerable del café producido en las zonas limítrofes con otros departamentos,
sino también que otra porción grande del negociado por Manizales, Armenia,
Pereira y La Dorada era comercializado por poderosas casas nacionales y
extranjeras: Alejandro Angel realizaba importantes negocios de café por Manizales
desde comienzos del presente siglo; Pedro A. López & Cia. operaba en Caldas
desde 1910; la casa caleña Aristizábal & Cia. exportaba un porcentaje importante
del café de Caldas en 1931-1935 (130) y muy posiblemente realizaba negocios
importantes allí desde los años veinte. De otro lado, las empresas tostadoras
norteamericanas parecen haber entrado tempranamente al comercio y a la trilla
de café en este departamento, por intermedio de Carlos E. Pinzón (ver III.B.3.b).
La debilidad de los capitales comerciales en Caldas los hizo sucumbir en la crisis
de 1920-1921, en que fueron desplazados o sometidos en su mayoría por el
capital extranjero; mientras en Antioquia y el Valle los comerciantes nacionales siguieron controlando el grueso del café producido en sus departamentos.
Las estadísticas de exportación por compañías en Antioquia, Valle del Cauca y
Caldas entre 1931 y 1935, muestra una fortaleza mucho mayor del capital
nacional en los dos primeros que en el último (ver cuadro III.8).
Cuadro III.8. EXPORTACION DE CAFE POR COMPAÑIAS NACIONALES Y
EXTRANJERAS EN ANTIOQUIA, CALDAS Y VALLE DEL CAUCA 1931-1935 (miles de
sacos 60 kg. y porcentajes)
(1) Exportaciones por Medellín.
(2) Exportaciones por Manizales, Pereira, Armenia, La Dorada y Virginia.
En 1931-1932 sólo hay datos de Armenia y Pereira.
Una parte, muy importante de lo exportado por nacionales correspondía a la firma caleña
"Aristizabal & Cía."
(3) Exportaciones por Cali.
FUENTE: Federación de Cafeteros; "Boletín de Estadística del Café".
La trilla de café en Antioquia se concentraba en gran parte en Medellín y los
municipios del Valle de Aburra y los establecimientos eran relativamente grandes
(ver arriba). En cambio, las trilladoras de Caldas eran pequeñas y se encontraban
dispersas en las vías de exportación hasta la crisis de 1920-1921, mientras una
parte apreciable de las exportaciones cafeteras del departamento estuvo
controlada por comerciantes nacionales. Desde 1922 el capital extranjero se
apoderó de la mayoría del comercio de café caldense y montó grandes y
modernas trilladoras en Manizales, Pereira y Armenia; las pequeñas trilladoras
que subsistieron procesaban principalmente café para el consumo interno. Antonio
García dice al respecto:
"Antes del desarrollo vial (1915-1916), el beneficio de café está disperso en pequeñas
trilladoras. Aunque los mercados de café son monopolizados por unas pocas firmas, no
existen grandes centrales de beneficio.Las trilladoras buscan las caídas de agua y los
terrenos con fuertes declives; así tienen fuerza hidráulica a bajo costo y caídas que facilitan
la continuidad de los diferentes procesos de beneficio. ¿Cuál es su localización? Los sitios
donde ya es menos contingente la exportación: La Virginia, El Fresno (Tolima), Manizales,
La Dorada..." (131).
Antes de la primera etapa del desarrollo vial, es decir, de 1916-1917, las
trilladoras caldenses eran pequeñas y se dispersaban en la zona rural de los
centros comerciales donde se beneficiaba el café, buscando las caídas de agua.
Los establecimientos de beneficio se situaban preferentemente en los puertos y
en Manizales, en los otros centros urbanos importantes, como Pereira y Armenia,
estaba poco desarrollada la trilla. Con la construcción de los primeros tramos del
ferrocarril y algunos cables y carreteras en 1916-1917, las trilladoras se
dispersaron por las vías de transportes y los centros de compra locales:
"Construidos el ferrocarril, los cables y algunas carreteras, el grano ya no pierde
calidad con los transportes, y como no existe un control sobre los tipos
exportables ni el beneficio implica mayores condiciones técnicas, las trilladoras
comerciales se multiplican en los sitios de compra o se localizan sobre las vías de
exportación. Es ésta una verdadera época de descentralización....la disminución
de los gastos de mano de obra no se verifica como simple recorte de jornales,
sino también como una intensificación en el rendimiento del trabajo por medio de
la racionalización..." (132). En las nuevas trilladoras se generaliza el uso de
energía eléctrica y de elevadores, lo que las libera de los lugares con saltos de
agua y con pendientes; así mismo, se introducen mejores mesas de escoger y se
organiza mejor el proceso de trabajo. En los lugares aislados, como en el oriente
y occidente del departamento subsistieron las trilladoras tradicionales (133).
La crisis de 1920-1921 y el intenso desarrollo vial de Caldas posterior a 1922
produjo el desplazamiento de gran parte de los comerciantes nacionales por el
capital extranjero. Este monta modernas trilladoras en los principales centros
comerciales (Manizales, Pereira y Armenia), que desplazan a un buen número de
las anteriores; esto implica considerables mejoras técnicas en la trilla, tales como,
la sustitución de las antiguas estufas de secamiento por la guardiola, la
introducción de bandas de transmisión en las mesas de escoger y la mejora en la
distribución del café para las mesas o bandas. Antonio García comenta de este
período:
"La selección de tipos y su control; el crecimiento de la demanda del grano; el intenso
desarrollo vial y de la competencia en los transportes, traen aun nuevas mejoras técnicas
(guardiolas, bandas, etc.).
"Bajando casi verticalmente los fletes, las pequeñas trilladoras del centro, del Quindío y
del Occidente, no pueden competir con las tecnificadas (de los grandes centros de compra),
a menos que se encuentren en circunstancias excepcionales respecto al bajo costo de la
mano de obra. “Este el es período de la centralización del beneficio de las trilladoras, la que
ha de aumentar casi proporcionalmente con la nueva red de troncales y transversales
(ferrocarril y carreteras), acondicionadas para la exportación. Pero es menester observar
que la centralización no se efectúa todavía en todos los tipos de café, sino en el de los
excelsos, o sea, los que necesitan un beneficio más técnico" (134).
Es decir, en esta etapa el capital extranjero monopolizó la trilla de los cafés
de exportación en trilladoras tecnificadas y dejó al capital nacional las calidades
para el consumo interno.
Por último, cabe señalar que en Caldas se establecieron hasta 1930 muchas
pequeñas empresas, en consonancia con el reducido tamaño de los capitales
comerciales, pero que se liquidaron en su mayoría en la crisis de 1929 y en los
primeros años de la depresión (1930-1935). Antonio García menciona el caso de
las empresas de chocolates, doce de las cuales quebraron entre 1933 y 1935
(135). Así mismo, se refiere al caso de los talleres, la mayoría de los cuales sé
disolvieron entre 1931- 1932, como se desprende de la reducción del número de
motores eléctricos instalados en los mismos. Estos disminuyeron en el 85% en los
talleres de mecánica, 89% en los de carpintería, 78% en tipografía y el 84% en
curtiembres (136).
NOTAS
(1) En los municipios de Cunday, Icononzo, Melgar y Líbano.
(2) Miguel Samper; "Escritos"; p. 133.
(3) Ibid; pp. 134-135. Subrayados nuestros.
(4) Salvador Camacho Roldan; "Notas de Viaje"; tomo I , pp. 23-24.
(5) Francisco Ospina; "Memorias sobre el cultivo del café"; op. cit.
(6) Nicolás Sáenz; "Memorias sobre el cultivo del café"; 1895, pp. 149-159. Subrayados
nuestros.
(7) Ibid; pp. 160.
(8) Ibid; p. 161.
(9) Ibid; pp. 161-162.
(10) Ibid; pp. 163-164.
(11) C. Bergquinst; op. cit., pp. 40-41. Subrayados nuestros.
(12) Salvador Camacho Roldan; "Memorias"; Biblioteca Popular de Cultura Colombiana,
Bogotá, 1946, pp. 168-169. Subrayados nuestros.
(13) Conferencia de Jorge Ancízar, presidente de la SAC; "Revista Nacional de Agricultura";
no. 131, Bogotá, mayo de 1915, p. 375.
(14) Ibid; p. 374.
(15) Ibid; p. 375.
(16) Ibid; pp. 376-377.
(17) Diego Monsalve; citado por: José Chalarca y Héctor Hernández; op. cit., pp. 124-126 y
168-169.
(18) Según datos de Diego Monsalve; op. cit.
(19) Federación de Cafeteros; "Boletín de Estadística Cafetera"; no. 28, junio de 1948.
(20) José Chalarca y Héctor Hernández; op. cit., p. 168.
(21) El costo de trilla se calculó como la diferencia entre los precios del café trillado y
pergamino en las plazas internas, eliminando las pérdidas de peso del pergamino, es decir, costo
de trilla igual a precio de la arroba de trillado, menos precio de 1.25 arrobas de pergamino. "Boletín
de Estadística Cafetero"; nos. 25 y 29.
(22) Diego Monsalve; op. cit., pp. 414-425 y 647-660.
(23) Darío Bustamante ilustra este aspecto bastante bien en un trabajo publicado en
Cuadernos Colombianos; no. 4.
(24) Marco Palacios; "Las condiciones de la oferta de café; una aproximación de crítica
socio-histórica al modelo empleado por McGreevey"; Instituto de Estudios Colombianos, Bogotá,
julio de 1975 (mimeo).
(25) Mario Galán Gómez; op. cit., p. 350. Subrayados nuestros.
(26) CEPAL-FAO; op. cit., p. 69. Subrayados nuestros.
(27) José Chalarca y Héctor Hernández; op. cit., pp. 166-167.
(28) Ibid; p. 167.
(29) Ibid; p. 168.
(30) Ibid; p. 168.
(31) Federación de Cafeteros;'' Revista Cafetera".
(32) Mariano Ospina Rodríguez; "Memorias sobre el cultivo del café"; pp. 69-70.
(33) Ibid; p. 70.
(34) lbid ; p . 71.
(35) Ibid; p. 71.
(36) Diego Monsalve; op. cit.
(37) Ibid.
(38) Ibid.
(39) Ibid; p. 279. Subrayados nuestros.
(40) Amaga, Fredonia, Titiribí y Venecia.
(41) Aguadas, Anserma, Aranzazu, Filadelfia, Neira, Pácora, Pensilvania, Riosucio.
(42) Esto se reveló en la crisis de 1920-21 (ver III.B).
(43) Luis Ospina V.; op. cit.
(44) Anuario Estadístico de Medellín, 1917.
(45) C. Marx; op. cit., tomo III, pp. 743-753 (ver también, tomo III, " Algunas consideraciones
históricas sobre el capital comercial").
(46) Antonio García; op. cit., p. 169 (ver también capítulo II.B). Subrayados nuestros.
(47) Antonio García; op. cit., p. 34.
(48) Ibid; pp. 299-300. Subrayados nuestros.
(49) Ibid; p. 259. Subrayados nuestros.
(50) Ibid; p. 300. Subrayados nuestros.
(51) Ibid; p. 301.
(52) Ibid; p. 302.
(53) Ibid; p. 304. Subrayados nuestros.
(54) Ver al respecto la descripción de Jorge Ancízar (III.A.1).
(55) Ver: José Chalarca y Héctor Hernández; op. cit., pp. 42-43.
(56) Darío Bustamante; op. cit.
(57) Jorge Villegas; op. cit., Vol. III, p. M.F.S. 54. Subrayados nuestros.
(58) Alejandro López; "Problemas Colombianos"; pp. 249-250. Subrayados nuestros.
(59) Federación de Cafeteros; "Revista Cafetera"; no. 25, abril de 1931, pp. 875-879.
(60) Ibid; pp. 875-879.
(61) Según los datos de Paul McGreevey de 1914 a 1919 el país tuvo un notable superávit
en la balanza comercial; Paul McGreevey y otro; "Colombia: Comercio Exterior 1835-1962"; en
Urrutia y Arrubla; op. cit., pp. 117- 121.
(62) Jorge Villegas; op. cit, vol. III, pp. 89-90.
(63) Jorge Villegas; op. cit., vol. III, p. M.F.S. 5.
(64) Jorge Villegas; op. cit., vol. III, p. M.F.S. 3.
(65) Ibid; vol. III, p. M.F.S. 4. Subrayados nuestros.
(66) Ibid; vol. III, p. M.F.S. 6.
(67) Ibid; vol. III, p. M.F.S. 13.
(68) Ver: Jorge Villegas; op. cit., vol. III, pp. M.F.S. 19-20.
(69) Ibid; vol. III, pp. 41-42.
(70) "Revista Nacional de Agricultura"; julio de 1932, p. 252.
(71) " La República"; 16 de julio de 1923.
(72) Como se sabe, el peñón de Gibraltar es un enclave inglés en España.
(73) Federación de Cafeteros; "Boletín de Estadística"; no. 24, abril de 1943, p. 138.
(74) Ver: Paul McGreevey y otro; Urrutia y Arrubla; op. cit., pp. 117-121.
(75) Jorge Villegas; op. cit., vol. III, p. M.F.S. 37.
(76) Ibid; vol. III, pp. M.F.S. 33-34. Subrayados nuestros.
(77) Alfonso López P. parece que era quien escribía con dicho seudónimo. Jorge Villegas;
op. cit., vol. III, pp. M.F.S. 45-46.
(78) Ibid; vol. III, pp. M.F.S. 52-53.
(79) Ibid; vol. III, p. M.F.S. 47.
(80) Ibid; vol. III, pp. M.F.S. 47-48.
(81) Ibid; vol. III, p. M.F.S. 52. Subrayados nuestros.
(82) Ibid; vol. III, p. M.F.S. 51.
(83) Ibid; vol. III, p. M.F.S. 51.
(84) Ibid; vol. III, pp. M.F.S. 61-62.
(85) Ibid: vol. DJ, p. M.F.S. 53. Subrayados nuestros.
(86) En 1930-1934 controlaban más o menos esa proporción.
(87) Antonio García; op. cit., p. 574.
(88) Antonio García; op. cit., pp. 572-573. Subrayados nuestros.
(89) Banco de Antioquia (1871), Banco de Medellín (1881), Banco Popular de Medellín
(1882), Banco del Progreso (1883), Vicente B. Villa e Hijos (1884), Banco del Comercio (18%),
Chaves Vásquez (1890), Agencia Bancaria (1900), Banco Central (1901), Banco del Atlántico
(1901), Banco de los Mineros de Antioquia (1902). Arturo Botero; "Algunos datos históricos sobre
el Desarrollo de la Industria Bancaria en Medellín"; en: Propaganda Comercial; Medellín, 1923,
The Schilling Press Inc., New York.
(90) Anuario Estadístico de Medellín; no. VIII vol. III, 7 de agosto de 1923. (ver anexo 1).
(91) Luis Ramírez Hoyos; op. cit., pp. 54-55.
(92) Propaganda Comercial; Medellín 1923, p. 39.
(93) Anuario Estadístico de Medellín.
(94) Ver: Diego Monsalve; op. cit.
(95) Propaganda Comercial; Medellín 1923, p. 99.
(96) Medellín, Bello, Caldas, Envigado e Itagüí. (ver anexo 1).
(97) anuario Estadístico de Medellín; vol. VIII, agosto de 1923.
(98) Ibid y Medellín; 1923, pp. 79-80.
(99) Anuario Estadístico de Medellín; vol. VIII.
(100) Medellín; 1923, p. 92.
(101) Ibid; p. 91.
(102) Diego Monsalve; op. cit.
(103) Medellín; 1923, p. 115.
(104) Ibid; p. 107.
(105) Medellín; 1923, p. 153.
(106) Ibid; p. 93.
(107) Ibid; pp. 153-155.
(108) Ibid; pp. 79 y 89-93.
(109) Ibid; p. 85.
(110) Cervecería Antioqueña, Calzado Rey Sol, Cia. de Chocolates Cruz Roja, Compañía
Colombiana de Tabaco, Cia. de Tejidos Medellín. De los Ospina se habló en III.A. (ver anexo 1).
(111) Según el Censo Cafetero de 1932, ese año se produjeron en Caldas 1.003000 sacos
de café y en Antioquia, el segundo productor, 617.500.
(112) Rudecindo Ocampo y Tulio Londoño; citado por: Luis Ramírez Hoyos; op. cit., p. 66.
(113) lbid ; p . 66.
(114) Rafael Arango Villegas; " El Cambio Cafetero"; citado por: José Chalarca y Héctor
Hernández; op. cit., p. 60. Subrayados nuestros.
(115) Ibid ; p . 166.
(116) Tomás Carrasquilla; "General Pantaleón González Ospina"; citado por: José Chalarca
y Héctor Hernández; op. cit., pp. 53-54. Subrayados nuestros.
(117) Ibid; p. 62.
(118) Ibid.
(119) Diego Monsalve; op. cit.
(120) José Chalarca y Héctor Hernández; op. cit., p. 60. Subrayados nuestros.
(121) Para calcular la capacidad de producción se suponen iguales rendimientos por
hectárea a los del Censo Cafetero de 1932 y que toda la superficie era adulta en estos años; esta
última se basa en el supuesto de que desde la crisis de 1904 no se efectuaron nuevas
plantaciones, lo cual es muy posible en una situación en que sólo se estaba cosechando una parte
de los cafetales. Las exportaciones potenciales se obtuvieron restando a las capacidades de
producción los consumos internos de los departamentos. Estos se obtuvieron con el consumo por
el capital del Censo Cafetero de 1932 y las poblaciones del Censo de Población de 1905. Se
considera que no se acumularon existencias.
(122) Antonio García; op. cit., p. 402.
(123) La tasa de cambio pasó del 292% en 1898 a 9.853% en 1903. Ver: J .A. Bejarano; op.
cit., p. 261.
(124) W. Paul McGreevey; "Exportaciones y precios de Tabaco y Café"; en Urrutia y Arrubla;
op. cit., p. 212.
(125) Ibid; p. 212.
(126) Ibid; p. 212.
(127) Antonio García; op. cit., pp. 393-394.
(128) Ibid; p. 395.
(129) Ibid; p. 395.
(130) Federación de Cafeteros; "Boletín de Estadística del Café".
(131) Antonio García; op. cit., p. 438 (ver también, pp. 449-456, sobre la industria de trilla).
(132) Ibid; p. 439. Subrayados nuestros.
(133) Ibid; p. 439.
(134) Ibid; pp. 439-440. Subrayados nuestros.
(135) Ibid; p. 447.
(136) Ibid; p. 443.
ANEXOS
Anexo III.1. PRINCIPALES EMPRESAS INDUSTRIALES EN MEDELLÍN Y
MUNICIPIOS CERCANOS EN 1923
Anexo III.2. TRILLADORAS DE CAFÉ EN COLOMBIA POR DEPARTAMENTOS-1947
Anexo III.3. ESTADISTICAS DE OBREROS EN LA PARTE URBANA DE MEDELLIÍN
EN 1916*
Anexo III.4. DISTRIBUCIÓN DEL VALOR AGREGADO Y VALOR DE LA PRODUCCIÓN
POR RAMAS INDUSTRIALES 1925 – 29 (Porcentajes)
Anexo III.5. PRODUCCIÓN EXPORTABLE Y EXPORTACIONES DE ANTIOQUIA Y
CALDAS 1895 – 1932
(miles de sacos de 62 ½ kilos)
FUENTE:
(1) Diego Monsalve. Op.cit. p. 283. los datos vienen en sacos de 60 kilos y se
expresaron en sacos de 62 ½ para compararlo con Caldas.
(2) Las producciones de 1922 y 1926 se calcularon con los árboles en producción en
esos años según el Censo Agrícola de Antioquia y Diego Monsalve, respectivamente, y el
rendimiento por árbol del Censo Cafetero de 1932. el consumo interno se calculó con la
población y el consumo per cápita del Censo Cafetero de 1932. la producción exportable se
considera igual a la producción menos el consumo interno.
La producción exportable de 1923 a 1925 se obtuvo por interpelación de 1922 y 1026 y la de
1921 por extrapolación.
Anexo III.6. EMPLEO, VALOR AGREGADO Y VALOR DE LA PRODUCCIÓN DE LA
INDUSTRÍA FABRIL EN 1945 POR DEPARTAMENTOS
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903, 904, 919, 920, 936, 938, 972, 973, 1032-1036, 1133, 1184, 1264,1310,
1343,1375, 1506, 1660, 1740, 1937 del primer semestre de 1912; pp. 37,
140, 141, 196, 217, 269, 291, 423, 426, 538, 589, 636, 794, 886, 893, 908,
1342, 1014, 931, 940, 926 del segundo semestre de 1912; pp. 237, 238,
251, 257-259, 268, 274, 282, 301 del primer trimestre, p. 1743 del segundo
trimestre y pp. 2075-2077 y 2100-2102 del cuarto trimestre de 1915. pp.
206, 221 y 230, primer trimestre; pp. 163, 186, 279, 284 y 290 del segundo
trimestre; pp. 11, 40, 298, 314, 340, 358, 366, 367, 372, 401, 465, 474 y
488 del tercer trimestre; pp. 157, 166,193, 206, 213, 238, 262, 263, 268,
269, 311, 319, 339, 351, 352, 415, 423, 430, 431 y 516 del cuarto trimestre
de 1920; segundo semestre de 1922; 10 de mayo de 1905; no. 14998 de
1912; 27 de noviembre de 1917; 22 de noviembre de 1920; tercer trimestre
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