Volver a Cervantes

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Volver a Cervantes
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VOLVER A CERVANTES
ACTAS DEL
IV CONGRESO INTERNACIONAL
DE LA
ASOCIACIÓN DE CERVANTISTAS
Lepanto, 1/8 de octubre de 2000
Antonio Bernat Vistarini (Ed.)
Universitat de les Illes Balears
Palma, 2001
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Esta obra ha sido integramente subvencionada por la Dirección General
del Libro, Archivos y Bibliotecas del
Ministerio de Educación, Cultura y
Deporte.
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© de l’edició: Universitat de les Illes Balears, Servei de Publicacions i Intercanvi Científic. Cas Jai.
Campus de la UIB. Cra. de Valldemossa, km 7.5. E-07071 Palma (Illes Balears)
Impressió: Esment. Centre especial de treball d’AMADIP
ISBN: 84-7632-639-4 (Actas del IV Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas)
84-7632-645-9 (Tomo I. Actas del IV Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas)
84-7632-646-7 (Tomo II. Actas del IV Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas)
DL:
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Índice
Tomo I
Presentación
IX
I. Lepanto
F. Javier Campos y Fernández de Sevilla: Cervantes, Lepanto y El
Escorial (Nueva interpretación de la historiografía clásica sobre
la relación existente entre la batalla naval y el monasterio, a la
luz de los documentos de la época y del propio testimonio de
Cervantes) ....................................................................................
Mary Malcolm Gaylord: El Lepanto intercalado de Don Quijote ....
I. K. Hassiotis: Hacia una re-evaluación de Lepanto........................
Alicia Parodi de Geltman: Lepanto en las Ejemplares ......................
Joseph V. Ricapito: Cervantes, Lepanto, el cuerpo y el sufrimiento
físico ............................................................................................
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II. Grecia
Dimitris E. Filippís: Mijaíl Chervantes-Servantis-Kervantis-Kervantes-Cervantés…Cervantes (datos sobre la difusión de la
obra cervantina en Grecia) ........................................................
Alicia Villar Lecumberri: La presencia de Cervantes en los
manuales griegos ........................................................................
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III. Aspectos biográficos
Sarantis Antiochos: Cervantes y El Greco: ¿sólo contemporáneos?
José Manuel Bailón Blancas: Los celos como persistente ideación
temática en la obra cervantina: aproximaciones psicológicas y
psicopatológicas. ........................................................................
Pina Rosa Piras: Cervantes: la Información en Argel entre ficción y
documento. ..................................................................................
Krzysztof Sliwa: La supuesta hidalguía de Rodrigo de Cervantes,
padre del autor del Quijote ........................................................
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IV. Estado de la crítica
José Manuel Martín Morán: Palacio quijotista. Actitudes sensoriales
en la crítica sobre el Quijote de la segunda mitad del siglo XX
José Montero Reguera: La crítica sobre el Quijote en la primera
mitad del siglo XX........................................................................
Jorge H. Valdivieso y L. Teresa Valdivieso: Acotaciones bibliográficas a los estudios cervantinos realizados en los Estados Unidos
durante las dos últimas décadas del siglo XX ............................
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V. Temas generales
José Luis Abellán: Cervantes y el problema morisco........................
Anthony J. Cascardi: Dos Formas del Saber en Cervantes, Platón y
Aristóteles ....................................................................................
Antonio Castillo Gómez: La escritura representada. Imágenes de
lo escrito en la obra de Cervantes ..............................................
Park Chul: La república bien ordenada en el mundo literario de
Cervantes ....................................................................................
María Cruz García de Enterría: A vueltas con los celos cervantinos
Luis Larroque Allende: El humanismo universalista de Miguel de
Cervantes ....................................................................................
Juan Antonio López Férez: Algunos dioses de la mitología clásica en
Cervantes ....................................................................................
Ertugrul Önalp: Algunas realidades otomanas en dos obras de cervantes: El amante liberal y La gran sultana doña Catalina de
Oviedo ..........................................................................................
Leonor Sierra Macarrón: Escribir y leer para otros: Figuras del
analfabetismo en el texto cervantino ..........................................
María G. Tomsich: Un inciso acerca de razias y rescates ................
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VI. Iconografía
Rodolfo Cardona: Cervantes, Platón y el Ticiano: De nuptiis et concupiscentia ..................................................................................
Isabel Escandell Proust: Goya, autor de dos imágenes de don
Quijote ........................................................................................
Rachel Schmidt: Nuevas aportaciones al estudio de la iconografía
cervantina en la obra de Goya ....................................................
409
415
439
VII. Quijote
Texto
Eduardo Urbina: Hacia una edición variorum textual y crítica del
Quijote ........................................................................................
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Intertextos
Cristina Castillo Martínez: «Cuevas subterráneas», «maletas abandonadas» y otros paralelismos entre el Quijote y algunas
novelas pastoriles del siglo XVII ................................................
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V
Ruth Fine: La presencia del Antiguo Testamento en el Quijote ........
Louis Imperiale: Las lagunas en las lecturas que hizo don Quijote
Augustin Redondo: El episodio barcelonés de don Quijote y Sancho
frente a don Antonio Moreno (II, 61-62): intertextualidad, burla
y elaboración cervantina. ............................................................
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499
Caballerías
Jesús Duce García: Apuntes de realismo y originalidad en Don
Olivante de Laura ........................................................................
Daniel Eisenberg: Estado actual del estudio de los libros de caballerías castellanos ........................................................................
517
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Autores, lectores
Gonzalo Díaz Migoyo: Antes de leer el Quijote: impertinencia
prologal y deformación lectora ..................................................
María Stoopen: El amplio espectro de la tríada autores, libro,
lectores en el Quijote ..................................................................
539
545
Temas
Antonio Barbagallo: El Quijote: verosimilitud en la ficción o la
ficción de la verdad ....................................................................
David Estrada Herrero: Belleza y fealdad en el Quijote....................
Jaume Garau: Notas sobre la predicación en el Quijote ....................
Victor Ivanovici: Arcadia, la última locura de don Quijote..............
Heinrich Merkl: Cervantes, Protágoras y la «posmodernidad»: funciones del engaño en el Quijote ..................................................
Michel Moner: Cervantes y el tema hagiográfico en el Quijote:
cuatro bultos en un pradecillo (II, 58) ........................................
María Rosa Palazón Mayoral: El don del Quijote que enamora, o la
esperanza de sus testigos ............................................................
Svetlana Piskunova: Motivos e imágenes de las fiestas vernales en
el Quijote......................................................................................
Silvia M. Potel: La ruta simbólica de don Quijote. El regreso de la
segunda salida. ..........................................................................
Bénédicte Torres: Percepciones sensoriales, ilusión y locura en El
ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes ..........................................................................................
Anthony N. Zahareas: La función historica de la locura en el
Quijote (La secularización de los discursos quijotescos) ..........
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Personajes, episodios
José Ángel Ascunce Arrieta: De Alonso Quijano a Dulcinea del
Toboso: historia de un amor imposible. ....................................
Antonio Bernat Vistarini: «Componer libros para dar a la estampa»
y las maravillas de la Cueva de Montesinos. ..............................
Lilia Boscán de Lombardi: Visiones y encantamientos en la Cueva
de Montesinos ..............................................................................
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VI
Claudia Demattè: «De los azotes, abernuncio»: comentario al
margen de la penitencia metaliteraria de Sancho. ....................
Isabel Lozano-Renieblas: La oración de santa Apolonia y las intenciones de Sansón Carrasco: La Celestina en el Quijote ............
Miguel José Pérez y Julia Enciso: El capítulo XVI de la segunda
parte del Quijote. El tema de la educación y su actualidad ......
Alberto Porqueras-Mayo: Claudia Jerónima (Quijote II, cap. 60).
Celos a través de tradiciones culturales, técnicas pictóricas y
emblemáticas. ............................................................................
M. Victoria Sáez Pascual: Zaragoza y don Quijote: ¿una aventura
frustrada o un mito inalcanzable? ..............................................
Lía Noemí Uriarte Rebaudi: Las bodas de Camacho ........................
Juan Diego Vila: Claudia Jerónima, mujer que mata: Género y violencia en el final del Quijote de 1615 ........................................
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Lengua
Mario García-Page: Un capítulo de retórica en el Quijote de Cervantes: figuras de repetición de «igualdad relajada» ................
Ángela Morales: Lengua y poder: una lectura sociolingüística del
Quijote ........................................................................................
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Tomo II
VIII. Ejemplares
Mercedes Alcalá Galán: Ese «divino don del habla»: hacia una
poética de la narración en el Coloquio de los perros y El casamiento engañoso ..........................................................................
Marsha S. Collins: Entre el apetito y la razón: El poder de la confesión en Las dos doncellas ........................................................
Francisca García Jáñez: Innovación estética del retrato en La Gitanilla ..............................................................................................
Ernesto J. Gil López: Reflexiones sobre la figura de la mujer en las
Novelas ejemplares de Cervantes................................................
Steven Hutchinson: «Haga yo lo que en mí es»: Preciosa como
encarnación del valor ..................................................................
Frances Luttikhuizen: Tolerancia e intolerancia en El amante
liberal ......................................................................................
Christine Pabón: La unión de los mundos secular y milagroso en
los protagonistas varones de La fuerza de la sangre de Cervantes y All’s Well That Ends Well de Shakespeare ..................
Tomás Pabón Corominas: «Estimar lo inestimable», un estudio del
autodominio de Ricardo, El amante liberal ................................
Jorge E. Rojas Otálora: El camino de la vida como elemento estructural en El casamiento engañoso y Coloquio de los perros, de
Miguel de Cervantes ....................................................................
Hugo Salcedo: Rinconete y Cortadillo: apunte para una recreación
dramática ....................................................................................
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VII
IX. Persiles
David A. Boruchoff: Persiles y la poética de la salvación cristiana
Mª Carmen Díaz de Alda Heikkilä: «Ultima Thule» y el contexto
nórdico de Los trabajos de Persiles y Sigismunda ......................
Laura Fernández García: Las erratas del Persiles: nuevas, falsas y
enmendadas ................................................................................
Manuel Ferrer-Chivite: Aspectos de la oralidad en el Persiles ........
Adelia Lupi: El ut pictura poesis cervantino: alegorías y bodegones
en el Persiles ................................................................................
Beatriz Mariscal: Cervantes, creador de géneros literarios: el desarrollo de un motivo narrativo ......................................................
Carlos Romero Muñoz: Las «luengas colas de caballos» turcas......
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X. Teatro
Heinz-Peter Endress: «…una breve plática de arenga les quiero
hacer». Discursos y retórica en La Numancia............................
Aurelio González: El manejo del espacio teatral en las comedias
cervantinas ..................................................................................
Jesús G. Maestro: La poética de lo trágico en el teatro de Miguel de
Cervantes y de Georg Büchner....................................................
Agapita Jurado Santos: El Quijote en entremeses y comedias del
siglo XVII. Don Gil de la Mancha ..............................................
Claude Labère: La problemática del guerrero en el teatro o don
Quijote magnificado ....................................................................
Carlos Mata Induráin: Cervantes y Calderón: el episodio de Clavileño (Quijote, II, 40-41) y la burla a Otáñez en El astrólogo
fingido ..........................................................................................
Irene Romera Pintor: Reminiscencias italianas en una Comedia de
Cervantes: La Casa de los celos y Selvas de Ardenia ................
Javier Rubiera: Algunos aspectos de la construcción del espacio
teatral en tres comedias de cautivos: El gallardo español, Los
baños de argel y La gran sultana ................................................
Kazimierz Sabik: La evolución del teatro cervantino: teoría y
práctica (comedias) ....................................................................
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XI. Poesía
Carlos M. Gutiérrez: Ironía, poeticidad y decorum en el Viaje del
Parnaso ........................................................................................
Maria Grazia Profeti: Apolo, su Laurel, y el Viaje del Parnaso ........
Fernando Romo Feito: Cervantes ante la palabra lírica ..................
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XII. Ecos, influencias
Maria Fernanda de Abreu: De un melancólico movido a risa o la
risa salvadora del Quijote en la obra de Eça de Queirós ..........
Ángel Manuel Aguirre: Homenaje a un cervantista hispanoamericano, José Echeverría: In Memoriam. ........................................
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VIII
María Luz Blanco Camblor: Cervantes y el Quijote en la obra de los
escritores exiliados del Nacionalsocialismo (1933-1945) ..........
Ermanno Caldera: Lo amoroso y lo popular en dos elaboraciones
teatrales románticas del Quijote ................................................
Antonella Cancellier: Don Quijote en la pampa, de Pedro Manuel
Eguía y Fernando Vargas Caba: una reescritura en versos gauchescos de la I Parte del Quijote ................................................
Jorge Chen Sham: Teoría y práctica del héroe cervantino según la
Generación del 98........................................................................
Marco Cipolloni: Frestón mirado con el ojo de los perros: Edad de
Oro, literatura y poder en el Quijote teatral de M. A. Bulgakov
Maria Augusta da Costa Vieira: Crítica, creación e historia en la
recepción del Quijote en Brasil (1890–1950) ............................
Mariana Dimitrova: La figura de don Quijote en la poesía búlgara
Ana Eva Guasch Melis: Cervantes desde la atenta mirada de
Antonio Espina García (1894-1972) ..........................................
Gustavo Illades: Borges, lector quijotesco del Quijote ....................
Marcelino Jiménez León: Rafael Alberti y La Numancia de Cervantes ..........................................................................................
Emilio Martínez Mata: El sentido oculto del Quijote: el origen de las
interpretaciones trascendentes ....................................................
Carmen Teresa Pabón de Acuña: Cervantes y Papadiamandis: dos
semblanzas de una muchacha gitana ..........................................
Cristina Patiño Eirín: Cervantes en la obra de Pardo Bazán............
Rostislao Pazukhin: Don Quijote y las cuatro éticas de Dostoyevsky ......................................................................................
Nieves Pintor Mazaeda: Traducciones francesas del Quijote en el
siglo XX: Estudio del prólogo de la primera parte.....................
Alberto Rodríguez: El cervantismo de Enrique José Varona ............
Mª de los Ángeles Rodríguez Sánchez: El Quijote y el cine español
..................................................................................................
Pilar V. Rotella: Cervantes y Smollett: Una lectura de The Expedition of Humphry Clinker ............................................................
José Servera Baño: Personajes y aspectos formales cervantinos en
El comedido hidalgo, de Juan Eslava Galán ..............................
Alan E. Smith: La española inglesa de Cervantes y Bleak House de
Charles Dickens ..........................................................................
Marcela Beatriz Sosa: Una reescritura contemporánea de El retablo
de las maravillas: El retablo de Eldorado de J. J. Sanchis Sinisterra ............................................................................................
Óscar Tacca: Cervantes, don Quijote y el sueño en Borges ..............
Juan Manuel Villanueva Fernández: Ideas de Américo Castro ........
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Presentación
Cumpliendo escrupulosamente con el calendario, la Asociación de Cervantistas convocó su IV Congreso Internacional del 1 al 8 de octubre de 2000.
Por tercera ocasión consecutiva, tras Nápoles y Menorca, la sede iba a estar a
orillas del Mediterráneo, solo que ahora la mera mención del lugar geográfico
nos imponía a todos un notable respeto: Lepanto. Fue José María Casasayas,
tomándose la organización del Congreso como un desafío personal y a veces
—he llegado a sospecharlo— como un mandato de la Providencia, quien de
nuevo consiguió movilizar las mesnadas, organizar la tropa y proveer las
ayudas de costa necesarias para que finalmente se reunieran allí más de doscientos cervantistas. Ni qué decir tiene que la pequeña ciudad de Náupactos
(ayer Lepanto) que nos acogió se vio durante una semana, con sus días y sus
noches, sorprendida y no poco alterada por nuestro continuo homenaje a
Miguel de Cervantes. Se trabajó duramente, con intensas jornadas de ponencias, comunicaciones y debates, de los que aquí queda el resultado. Pero
también se disfrutó del extraordinario espacio elegido para las sesiones. En
efecto, nada nos faltó en el Monasterio de la Transfiguración del Salvador que
puso sus salas y sus instalaciones magníficas a nuestra disposición y a cuya
comunidad de monjes, con el padre Espiridón a la cabeza, quedamos desde
entonces agradecidos.
Atestiguamos así, una vez más, la inmensa capacidad de convocatoria
internacional del cervantismo y el crédito obtenido por la Asociación de Cervantistas después de tantos años de congresos, coloquios, encuentros, publicaciones. Tan buen aval hizo que enseguida se sumaran de manera entusiasta a
nuestra aventura una gran cantidad de instituciones y personas de España y de
Grecia. En primer lugar, el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte por
medio de la Dirección General de Cooperación y Comunicación Cultural y de
la Dirección General del Libro, Archivos y Bibliotecas, pero igualmente quisieron ayudarnos el Ministerio de Asuntos Exteriores a través de su Dirección
General de Relaciones Culturales y Científicas, y el Instituto Español de
Comercio Exterior, del Ministerio de Economía. Prestaron también su generoso
apoyo la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, la Junta de Castilla y
León, La Comunidad de Madrid y el Gobierno de Navarra; los Ayuntamientos
de Palma de Mallorca, de Alcalá de Henares, de Argamasilla de Alba y de El
Toboso; las Diputaciones Provinciales de Albacete, de Ciudad Real y de
Toledo; y las Universidades de Alcalá, de les Illes Balears y de Castilla-La
Mancha. Entre las instituciones españolas, por último pero no de menor importancia, contamos con la colaboración de Caja Madrid. Además, el proyecto
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despertó elevado interés en Grecia, cuyo Ministerio de Cultura siempre estuvo
a nuestro lado. Pero, sobre todo, en un lugar muy especial de nuestro afecto
permanecerá el Ayuntamiento de Náupactos que literalmente se desvivió por
agasajarnos y por hacer agradable nuestra estancia con ellos. En homenaje y
como agradecimiento, la Asociación de Cervantistas donó a la ciudad una
estatua en bronce, obra del escultor Jaume Mir, que quedó erigida desde esos
días en el puerto de Lepanto.
Al final de esta relación debería ir una lista larguísima de nombres propios
en la que seguramente olvidaría unos cuantos. En realidad, la mayor injusticia
sería no repetir un nombre que me he apresurado a escribir líneas arriba: José
María Casasayas fue el responsable de que todo llegara a buen término y de
que la Asociación de Cervantistas tenga hoy el empuje que prueban encuentros
como este.
Nos quedaba entregar las Actas. Aquí están. Dos volúmenes que toman
seriamente el pulso al cervantismo internacional. Ahora viene el trabajo
sosegado de leer lo que queda escrito, aceptar las palabras o rebatirlas, discutir
las opiniones vertidas, dialogar, enfadarnos, sonreír, volver a Cervantes… y
prepararnos para el próximo Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas que tendrá lugar, puntualmente, en 2003. Y a saber adónde nos lleva
entonces Casasayas.
Antonio Bernat Vistarini (UIB)
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I
Lepanto
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CERVANTES, LEPANTO Y EL ESCORIAL
(NUEVA INTERPRETACIÓN DE LA HISTORIOGRAFÍA CLÁSICA
SOBRE LA RELACIÓN EXISTENTE ENTRE LA BATALLA NAVAL Y
EL MONASTERIO, A LA LUZ DE LOS DOCUMENTOS DE LA ÉPOCA
Y DEL PROPIO TESTIMONIO DE CERVANTES)
F. Javier Campos y Fernández de Sevilla
I. INTRODUCCIÓN
La causalidad ha querido conducir a un congreso cervantino celebrado en
Lepanto a un investigador sobre El Escorial. Buen momento para revisar las
fuentes documentales españolas sobre la victoria de la Liga Santa que sólo
aparentemente se contradicen, restableciendo el calendario del monarca
durante Octubre y Noviembre de 1571, y detenernos un momento para ratificar
que las referencias de Cervantes pasan de ser un mero testimonio literario de
un testigo para convertirse en prueba histórica basada en documentos.
II. FUENTES
DOCUMENTALES ESCURIALENSES
Don Juan de Austria envió desde Corfú un correo (Angulo) con la noticia
oficial del triunfo que la armada de la Liga Santa había obtenido en el golfo de
Lepanto sobre la escuadra turca; le llegó a Felipe II un mes después (el 8 de
Noviembre de 1571) estando en El Escorial, acompañando a los monjes en el
rezo del oficio litúrgico de Vísperas de la octava de la fiesta de Todos los
Santos, celebrados en la «Iglesia vieja o de prestado», puesto que aún no estaba
terminada las obras de la Basílica.1 D. Pedro Manuel, gentilhombre de Cámara
de S. M. es quien se acerca al monarca a comunicarle que hay un correo del
Príncipe D. Juan con buenas de la guerra; «entró en el dicho coro demudado y
de prisa, y no con la cotidiana composición».2 Es curioso que las crónicas
escurialenses no hayan recogido el nombre completo de este alto dignatario, y
ninguno de los historiadores posteriores que toman la noticia de las fuentes
jerónimas escurialenses se han preocupado de completarlo; en algún caso, una
mala lectura de esas historias ponen a D. Pedro Manuel como el mensajero de
Don Juan de Austria.
El rey no se altera ni interrumpe el oficio coral; sólo al final del mismo
indicó al prior Fray Hernando de Ciudad Real que se cantase un Te Deum en
acción de gracias por el triunfo que el Señor había dado a la armas cristianas.
Posteriormente los historiadores jerónimos del Escorial narran el suceso desde
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F. Javier Campos y Fernández de Sevilla
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ópticas distintas, ya con evidente sentido de interpretación de los hechos.
Como relato o crónica de lo acontecido lo hace Fray Juan de San Jerónimo,
bibliotecario de la Librería Real, quien describe el comportamiento del rey de
forma humana: «Y luego el Rey nuestro Señor se fue a su aposento con muy
gran regocijo y alegría como la nueva lo pedía».3 Sin embargo, el P. Sigüenza,
años después, ya no hace crónica; su Historia es un análisis de los acontecimientos, explicándolos en función de unas claves que conviene tener presente.
Interpreta los sucesos bélicos en clave providencialista, describiendo la
reacción de los protagonistas en El Escorial (rey-prior-gentilhombre), como
actitudes alegóricas, unidas a las funciones que desempeñan: serenidadmajestad (Felipe II): «No hizo el magnánimo Príncipe mudanza ni sentimiento,
gran privilegio de la Casa de Austria, entre otros, no perder por ningún suceso
la serenidad del rostro ni la gravedad del imperio»; sumisión-fidelidad (Fr.
Hernando): «Fuele a besar la mano luego el Prior y darle la enhorabuena de
parte de todo el convento»; agitación-alegría (D. Pedro Manuel): «Entró…
alborozado. En el semblante y meneo se le conoció luego que había alguna
cosa grande».4
Esta imagen narrativa de la reacción del rey, convertida en símbolo
político-moral, será similar a la que la iconografía refleje del monarca (Pantoja
y no sólo él). Su biógrafo L. Cabrera de Córdoba —sólo él de las fuentes contemporáneas— adorna la escena poniendo en labios de Felipe II la famosa y
repetida palabra (que helaba a cualquiera) de «sosegaos»5; de ahí la tomará
toda una corriente de historiadores, incluso recientemente, sin verificar las
descripciones de los testigos presenciales que no la ponen, como por ejemplo
M. Fernández Álvarez6 y H. Kamen.7
Con motivo de la buena noticia, y a imitación de lo hecho en Madrid,
como luego se verá, ordenó el rey que se hiciese al día siguiente (9 de
Noviembre) una solemne procesión, antes de la misa mayor, a la que asistió el
monarca con los nobles que le acompañaban en El Escorial, y por la tarde se
cantó la vigilia del oficio de difuntos, completado con la misa de réquiem al
otro día (10 de Noviembre), por el eterno descanso de las víctimas, oficiada por
el P. Alonso de Madrid, Vicario del Monasterio, por enfermedad del Prior.
También aquí vuelven a individualizarse las interpretaciones de los historiadores escurialenses. Para Fray Juan de San Jerónimo, el relato es la simple
narración de los hechos desde una visión religiosa, ya que esos sufragios se
hicieron «por todos los cristianos que murieron en aquella guerra: lo cual todo
mandó S.M. compadeciéndose de ellos».8 Fray José de Sigüenza, en cambio,
matiza los hechos explicándolos desde la óptica oficial, que también es
católica; parte igualmente de que se hicieron esas horas fúnebres por orden del
rey… «que todo arguye ánimo no menos valeroso que pío, y que tenía
conocido cuyo es el poder y la virtud y de que mano venía la victoria».9
La noticia recibida de la victoria había sido escueta; el rey permanece en
El Escorial y, con el paso de los días, y sin llegar ningún correo que lo
confirme, aumenta la inquietud. En una carta del secretario de D. Juan de
Austria, J. Luis de Alzamora, a su señor, fechada en Madrid el 11-XI-1571, le
cuenta el estado tenso de los ánimos del rey, con una fina observación: «…
tiene a S.M. [la falta de información] aunque lo sabe disimular, en cuidado, y
asimismo a toda la corte… Plegue a nuestro Señor que llegue presto este caba-
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Cervantes, Lepanto y El Escorial
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llero, y con las cartas de V.A. nos libre desta guerra»10. Confirmado posteriormente por el propio Felipe II en carta personal a su hermano: «…he estado con
mucho cuydado hasta que llegó aviso vuestro de lo sucedido, por saberlo por
él y de tener nuevas de vos».11
Este nerviosismo del monarca aún se prolongará hasta el día 22 en que el
enviado especial de D. Juan, general Lope de Figueroa, llegue al Escorial.12
Felipe II le recibió dos veces en audiencia especial hasta quedar completamente informado, con la minuciosidad que llevó todos los asuntos oficiales
importantes. Así se lo refiere después a D. Juan en carta personal: «Fui tan bien
rescibido de S.M., como lo sería V.A. del papa, que en media hora fue todo:
“mi hermano, ¿está cierto bueno?” con todas las preguntas que se podían hacer
en este caso; y luego me mandó le contasse todo lo que había pasado desde el
principio, que no dexase ninguna particularidad, donde tres veces me hizo
referir algunas, y otras tantas me llamó después de haber acabado».13 Una de
las veces estuvo presente la reina y sus damas, haciéndole agudas preguntas:
«me detuvo una ora con la mayor alegría que se pueda pensar».14
El rey quedó enterado a plena satisfacción porque así se lo comunica a D.
Luis de Requesens, respondiendo a las cartas enviadas por el lugarteniente de
D. Juan y dándole las gracias, de puño y letra, por lo que había hecho en su
servicio: «…D. Lope de Figueroa me ha hecho bien larga relación dello».15
En una de esas dos entrevistas —posiblemente en la primera, por uso
diplomático— D. Lope de Figueroa entregó al rey los despachos que le
enviaba D. Juan y un especial presente, símbolo de la victoria, que era el estandarte de la galera capitana de Alí Pachá (Sultana), y «el estandarte rescibió con
la mayor alegría que se puede pensar»16. Si hacemos caso de una Relación
anónima —aunque incorporada a las Memorias de Fray Juan de San Jerónimo
por él mismo— la entrevista regia y la entrega del presente fue el día 25 de
Noviembre, pero entonces Lope de Figueroa estuvo en El Escorial desde el día
22 sin ser recibido por Felipe II17; verosímil, pero creemos que poco probable
si era cierto su nerviosismo —y lo era— como se ha visto. Por la carta de
Felipe II a D. Juan, en que lo repite dos veces, hay que poner la fecha en el día
27 de Octubre puesto que está firmada el 29 y le dice: «recibí antes de ayer de
mano de… haviendo llegado D. Lope antes de ayer…»18
Ninguna de las Relaciones que analizamos detalla la muerte de Alí Pachá,
la captura del Sanjac y el izado del estandarte cristiano, aunque algún historiador lo describe brevemente, dividiéndose los que dicen que fue muerto y
cayó al mar, y los que afirman que, después de cortada la cabeza, fue mostrada
pinchada en una lanza, con enfado de D. Juan. Así lo recogieron dos poetas:
A.
DE
ERCILLA:
En esto con gran ímpetu y ruido
por el valor de la cristiana espada
el furor mahomético oprimido,
y la turca real del todo entrada:
do el estandarte bárbaro abatido
la Cruz del Redentor fue enarbolada
con un triunfo solene y grande gloria,
cantando abiertamente la victoria» .
(La Araucana, Canto XXIV; 2ª edición, 1ª Parte, Madrid 1572;
3ª edición, Salamanca 1574).
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J. CORTE
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REAL:
Aquel Baxá feroz,, sabio y prudente
subido a real estado y gloria honrosa,
ya cuerpo muerto como plaze al cielo
sin nombre y sin cabeça en tierra yaze.
…
derriban con presteza el estandarte
del Turco capitán, y al punto arbolan
en lo alto del carces la cruz sagrada,
con la effigie mortal de Iesu Christo».
(Felicissima Victoria, Canto XIV. 1ª edeción, Lisboa 1578)
De nuevo los historiadores del Escorial vuelven a coincidir al afirmar que
aquí recibió el rey el estandarte logrado al turco, aunque ambos jerónimos
adelanten la fecha, ya que ellos ponen la entrega del trofeo el día 8 de
Noviembre con la llegada de la noticia de la victoria y no con la presencia del
general Figueroa como acabamos de ver19.
Así lo describe e interpreta su significado simbólico el P. Sigüenza:
El estandarte real Turco [es] tenido entre ellos en tanta reverencia como si fuera el
Sacramento; dicen le había mandado traer de la casa de Meca para que, en virtud de tan
preciosa reliquia, fuese su armada inexpugnable.
Echóse de ver su deidad en el suceso: la materia es como tejida de algodón y lino,
la forma o figura como una sábana mediana, el campo todo blanco, y escrito por una
parte y por otra de letras arábigas, mayores y menores, muchas de ellas doradas, lleno de
círculos, cuadrados y triángulos que, entre otros errores de aquella perniciosa y maldita
secta que tanto ha fatigado a la Iglesia, es que no admiten figuras ni imágenes vivas, y
así usan de esta labor de círculos y cuadros y lazos, y en las orlas y centros letras en que
de ordinario, como se ve en este estandarte, están muchas alabanzas de Dios, epítetos y
atributos, llamándole omnipotente, sabio, misericordioso, alto, excelente, invencible y
otros muchos de esta suerte, con que los engañó aquel astuto enemigo del nombre cristiano, persuadiéndole que les había dado grande y clara noticia del verdadero Dios, no
habiendo cosa más lejos de este conocimiento que la ceguedad suya. Pudiera poner aquí
la interpretación toda a la larga si fuera cosa de importancia, porque guardamos aquí esta
abominable joya, no para estimarla, sino para recuerdo de tan gran victoria, junto con los
faroles o fanales de la galera capitana. Así lo quiso nuestro fundador para que se entendiese que le cogió aquí la nueva de la victoria.20
En la Biblioteca Real del Escorial se conserva la historia del estandarte y
un dibujo con la distribución del contenido y la traducción de las inscripciones
árabes del mismo, hecho por Luis del Mármol y dos esclavos (uno turco y otro
moro)21, en casa del secretario del rey A. Gracián, y por su orden, en Enero de
157222. El 11 de Marzo había visto Felipe II la transcripción y se la dio a su
secretario para que la entregase al prior del Escorial, según anota en su diario
Gracián23. No debió de gustar la versión, porque existe otra traducción hecha
por el Licenciado Antonio del Castillo, intérprete de la Inquisición de Granada,
el 18-VIII-1583, estando en San Lorenzo, en cuya Biblioteca se conserva24,
aunque creemos que esa fecha debe adelantarse nueve años, según carta de A.
Gracián al prior Fray Hernando de Ciudad Real, de 18-VIII-157425.
En la Relación del Escorial existe un párrafo al final, no transcrito en la
edición de CODOIN, en que, tras describir muy someramente el estandarte,
afirma: «mandó su majestad se quedase en este monesterio suyo del glorioso
san lorenço, y ansi fue otro día entregado al padre sacristán para perpetua
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memoria desta victoria».26 ¿Por qué al P. sacristán? En la descripción que hace
el P. Sigüenza de las líneas superiores hemos visto que contrapone ‘preciosa
reliquia’ a ‘abominable joya’, y conviene recordar también que entonces el
sacristán era el encargado directo del cuidado y custodia de las reliquias del
Monasterio, hasta que se instituyó el cargo de «reliquiero», nombrándose a
Fray Bartolomé de Santiago.
III. FUENTES
DOCUMENTALES MADRILEÑAS
Un poco inadecuadamente llamamos «madrileñas» a toda la documentación sobre la victoria de Lepanto no generada por los monjes jerónimos, es
decir, correspondencia diplomática y de grandes personajes y relaciones
firmadas o anónimas que describen la batalla, la llegada de la noticia de la
victoria a Madrid y el eco que tuvo. Quede claro que la recepción de esta
noticia es oficiosa, aunque su importancia fuese enorme, por llegar antes que
la oficial, y por ser de una victoria de la trascendencia que tenía la guerra
contra los turcos.
La primera noticia de la victoria de la Liga Santa se tuvo en la Corte
española el 31 de Octubre, a través del embajador veneciano en Madrid, quien
la había recibido por conducto diplomático del Dux, según le refiere Luis de
Alzamora a D. Juan de Austria en la carta ya citada del día 11;27 información
ratificada en la carta que el rey escribe a D. Juan dándole la enhorabuena por
la victoria y acusándole recibo de haber escuchado el testimonio personal del
general Lope de Figueroa con la buena nueva del triunfo y el obsequio del
Sanjac turco.28
Como Capitán General de la Armada de la Liga Santa a D. Juan de Austria
le correspondía comunicar oficialmente el resultado de la batalla. Atracada la
flota en el puerto de Petala (golfo de Lepanto) se redactó una Relación de los
hechos y unas cartas que D. Lope de Figeroa llevaría a Madrid, al tiempo que
entregaría otras misivas a las autoridades de Sicilia, Nápoles, Civitavechia y
Génova; D. Pedro Zapata de Cárdenas, gentilhombre de su Cámara llevaría la
noticia a la Serenísima, y el conde de Priego fue el mensajero enviado al
Vaticano; diez días después llegaba la noticia a la República de San Marcos y
cuarenta y ocho horas más tarde, el día 21 por la noche, S.S. Pío V la conocía,
al tiempo que el embajador español le entregaba una carta con idéntica información.29
Volviendo a Madrid nos encontramos con versiones distintas de los hechos,
que sintetizamos:
1) El secretario de D. Juan le informa que las cartas del Dux y las nuevas
de la victoria «dio luego el embaxador de Venecia a S. M. en la capilla de
palacio, dentro de la cortina, estando oyendo bísperas de todos los Santos»;30
también vinieron de Venecia cartas del embajador español D. Diego Guzmán
de Silva para S. M. Sospechoso parecido con la descripción que hacen las
fuentes jerónimas de cómo recibió Felipe II la misma noticia en El Escorial;
mientras que el Monasterio laurentino el rezo coral era actividad cotidiana de
la comunidad, en la capilla del Alcázar madrileño, no era obligación canónica
el rezo del oficio por parte de los capellanes, aunque lo hacían en determinadas
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fiestas, y aquí se especifica que eran las Vísperas del día de todos los Santos.
La «Capilla del Rey» atendía a las necesidades musicales —vocales e instrumentales— en las ceremonias y en las grandes solemnidades.31
2) El gran historiador Juan de Mariana aúna las dos tradiciones asegurando que Felipe II recibió la noticia en El Escorial, ocupado en el rezo de las
Vísperas de Todos los Santos, de boca del embajador de Venecia, sin inmutarse. «Dio orden de cantar el Te Deum, y los asistentes conmovidos y con gran
entusiasmo, unieron sus voces a las de los monges».32
3) El biógrafo de Felipe II Luis Cabrera altera el orden de los hechos:
quita la escena de palacio y sitúa la llegada de la noticia en El Escorial, el 8 de
Noviembre, según las fuentes escurialenses. Luego hace venir pronto al rey
para presidir la procesión que se hizo, sin indicar fecha, sabiendo que esa ceremonia tuvo lugar el día 1, precedida de un solemne pontifical que no cita33.
4) El puntual cronista de Madrid, Antonio de León Pinelo, oscurece el
relato dejando serios interrogantes en la información que facilita. Sitúa al rey
en El Escorial donde recibe la noticia «a las vísperas de todos los Santos», es
decir, el 31 de Octubre, sin indicar nada de haber sido durante el rezo; luego
cuando habla de la procesión de acción de gracias celebrada en Madrid el día
siguiente afirma que «asistió a ella el rey D. Felipe».34
IV. FIESTAS
CONMEMORATIVAS
Con una mezcla de sentimientos religiosos, políticos y populares, la noticia
oficiosa se propagó con enorme celeridad por la corte, siendo acogida con
alegría desbordante por el miedo contenido que había ante el enfrentamiento
con los temibles turcos, señores del mar desde hacía mucho. «A todos los
parecía un sueño, por ser cosa que no se ha jamás visto ni oído esta batalla y
victoria naval», según expresa D. Luis de Alzamora35. La celebración se hacía
justa, oportuna y necesaria. En San Marcos de Venecia y en San Pedro de
Roma se habían cantado sendos Te Deum y luego se había tenido una gran procesión con asistencia de todas las autoridades, cuerpo diplomático y mucho
público, dando muestras de enorme júbilo.36
En Madrid el rey mandó decir inmediatamente después de recibir la noticia
un Te Deum en la capilla de palacio, mientras el pueblo se apresuró espontáneamente a celebrarlo, «y aquella noche por todas las calles y casas huvo
grandes fuegos [¿artificales?] y lumbres»37. Con no menor rapidez se preparó
todo para tener al día siguiente, fiesta de Todos los Santos, una solemne misa
de pontifical y gran procesión; se celebró la misa en el convento agustiniano de
San Felipe el Real (Puerta del Sol-Calle Mayor), y fue oficiada por el legado
pontificio, Cardenal Alejandrino, asistido por los obispos Same y Temi.
Estuvo presente Felipe II, el presidente del Consejo de Castilla, Cardenal
Espinosa y miembros del Consejo, la Corte, Grandes, Cabildos y Religiones38,
que después se dirigieron procesionalmente a Sta. María (de la Almudena)
para dar gracias a la Virgen; también participó Su Majestad «que a cuerpo y
voz de corona celebró y llevó a su lado al Embaxador de Venecia»39. Ya hemos
visto que de forma muy similar —Te Deum, misa, procesión y funeral— se
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repetirán los mismos actos cuando llegue al Escorial el enviado especial de D.
Juan con la noticia oficial.
Junto a los actos religiosos, en algunas ciudades europeas se organizaron
grandes celebraciones civiles para festejar el triunfo de la Liga Santa40, destacando Mesina que colocó a la plaza de Ntra. Sra. del Piller una gran estatua de
D. Juan de Austria, obra en bronce de A. Calamech, luego reproducida en una
de las monedas que se acuñaron41. Los poetas se volcaron en elogios a D. Juan
con himnos y cantos épicos42, y los pintores también inmortalizaron el acontecimiento, el lienzos, frescos, láminas y cartones para tapices43. Sin embargo,
ningún elogio fue tan oportuno y tan contundente —el Vaticano siempre fue
maestro— como la escueta y sentida exclamación de Pío V: «Fuit homo missus
a Deo cui nomen erat Joannes», que pronunció en la misa de acción de gracias
que celebró al día siguiente de conocer la noticia, el 22-X-1571.44
¿Y Madrid? De nuevo tenemos escasa información y no coincidente. Ya
hemos visto que espontáneamente la noche del 31 de Octubre, nada más correr
la noticia por la Corte, el pueblo manifestó su alegría45; al día siguiente, aún
siendo la fiesta de los Santos, pero sumándose el Concejo a las conmemoraciones oficiales que se celebraron, «en este Ayuntamiento se acordó que a la
buena nueva que ayer miércoles, último de Octubre, vino de la victoria que la
armada cristiana hubo contra la turquesa, esta noche, después de lo que anoche
se hizo, se hagan alegrías…»46. No debieron ser fiestas importantes porque
cuando el 28 de Noviembre, D. Lope de Figueroa escribe a D. Juan de Austria,
sólo le dice: «Fiestas se están apercibiendo; no se lo que serán»47. De Sevilla
tenemos constancia que se organizaron según el modelo ya establecido desde
hacía más de un siglo; celebración de compleja simbiosis de géneros artísticos, arquitecturas efímeras, elementos decorativos, variedad de partes, manifestación de ideales, exposición de símbolos, etc.48
Llama la atención que en esos mismos años se organicen fiestas por tantos
hechos y a este colosal triunfo y a su artífice se haya hurtado un público reconocimiento; da la sensación que en España, al menos oficialmente, se quiere
poner como artífice de la victoria de Lepanto a Felipe II, disminuyendo los
méritos de D. Juan. Si observamos detenidamente el lienzo de Tiziano que, por
simbólico tiene más carga intencional, recordando además que desde Madrid
se le dieron ciertas instrucciones al viejo artista, vemos que en el cuadro están
todos —personas y símbolos— de esos momentos, menos el generalísimo de
la Liga49; tampoco es casualidad que se organizasen tantas fiestas para celebrar
el viaje de Felipe II a Sevilla (1570), para el recibimiento de la reina Dª Ana de
Austria (1570) y el nacimiento, bautizo y jura del príncipe Fernando (1571)50,
o que el arzobispo de Tarragona el gran Antonio Agustín componga un poema
latino en alabanza de Felipe II por la victoria de Lepanto51, y que Alonso de
Ercilla se dirija al rey para cantar a Lepanto.52
Para El Escorial el pintor Lucas Cambiaso (Cangiaso o Luqueto) realizó un
ciclo de seis grandes lienzos53 sobre la batalla naval de Lepanto que se colocaron en la galería del patio de «mascarones», en la fachada de Oriente, en la
parte inferior del ábside de la basílica, que corresponde a las habitaciones
privadas de los Cuartos de los reyes54. Muy deteriorados, al haber estado
expuestos durante siglos en una galería abierta a la inclemencias del tiempo, se
retiraron a un zaguán del palacio donde fueron identificados por el Intendente
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de la Real Casa, en 1855, quien ordenó fueran restaurados y colgados en la
planta baja de la galería de palacio, en 185655.
Temas de los lienzos:56
1) Salida de la armada de la Liga Santa del puerto de Mesina.
2) La armada cristiana sale al encuentro de la turca.
3) Disposición de las naves momentos antes de la lucha.
4) La batalla.
5) Retirada de los restos de la armada turca, aprovechando la primera
oscuridad.
6) Regreso triunfal de la armada cristiana al puerto de Mesina.
Solamente en tres lienzos se hace mención a D. Juan de Austria, pero para
indicar detalles de la batalla; no hay ningún tipo de elogio personal57. Muy
lacónicamente el P. Sigüenza cuando habla de la ubicación de los cuadros dice
de ellos que «se ve hecho al vivo aquella batalla naval de Lepanto en que con
tan gloriosa victoria el señor don Juan de Austria, hijo de Carlos V, siendo
Capitán General de la Liga, venció, echó a fondo y trajo cautiva toda una
gruesa armada del Turco», y elogiando la obra pictórica de Cambiaso, termina
diciendo «que le dio la fuerza y la viveza que él tenía en todas sus obras».58
En la documentación que existe en El Escorial sobre Cambiaso, no hay
alusión al ciclo de óleos sobre Lepanto; sabemos que Felipe II le fijó un salario
de 500 ducs. anuales, además de la cantidad en que se tasasen cada una de sus
obras59. Teniendo en cuenta que en una ocasión «se le acaban de librar dos mill
y quinientos ducados en rreales, que obo de aver por quatro lienços o quadros
grandes de pintura»60, similares a los de Lepanto, la tasación de los de la batalla
naval sería muy similar a ésta, es decir, 625 ducs. por unidad, total del ciclo
3750 ducs., aproximadamente.
Cambiaso falleció en la Villa del Escorial, el 6-IX-1585 y «está sepultado
junto al altar mayor»61. Los lienzos quedaron terminados pero sin poner los
marcos; el 1-II-1592 se libran a los carpinteros Antonio Recas y Hernán
Sánchez 240 rs. por «seis quadros moldados [marcos] para los lienzos de la
batalla naval», a 40 rs. unidad.62
Todavía un último apunte para dejar constancia que entre los bienes personales de Felipe II, hay constancia de que tenía «seis quadros de papel, sobre
lienzo, pintados en ellos, de aguada, la jornada de la batalla naval de Lepanto;
puestos sobre marco de madera, guarnecidos a la redonda de unos pasamanos
de seda azul y por la haz de otro pasamanillo de oro y plata carmesí por la haz,
clavados con tachuelas de latón; que tienen en quadro diez dozabos»63. Por
supuesto, estas obras nada tienen que ver con el ciclo de Luqueto; recuérdese
que la batalla de Lepanto fue un tema muy utilizado en el último cuarto del
siglo XVI por los artistas alemanes para láminas y grabados.
Contrasta con el texto de la carta privada que el rey dirige al príncipe en la
que hay un sincero reconocimiento al papel decisivo que ha desempeñado en
la batalla y a sus cualidades personales. Como rey, le felicita: «a vos (después
que a Dios) se ha de dar el parabien y las gracias della, como yo os las doy…»;
como hermano —y con esa expresión familar comienza, teniendo en cuenta
que siempre solía llamarle Ilustrísimo— le muestra un poco los sentimientos
que ha tenido esos últimos tiempos: «he estado con mucho cuydado hasta que
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llegó aviso de lo sucedido… y a mi [también se me ha de felicitar] de que por
mano de persona que tanto me toca como la vuestra, y a quien yo tanto quiero
se haya hecho un tan gran negocio…y aunque yo holgara estraordinariamente
de veros agora y de congratularme con vos en presencia desta tan gran victoria,
pospongo este mi contentamiento por lo que conviene agora mas que nunca
vuestra presencia ahí…» 64
Junto a esto tenemos la actitud ambivalente y desconcertante del rey: no
atendió, aunque parece que hizo una vaga promesa, el gran sueño de D. Juan,
que era recibir el título de Alteza y honores de Infante de España, a él que
como héroe y salvador de Europa le habían reconocido tantas personas y le
habían aclamado en tantos lugares.
Aunque no guarde relación inmediata con el asunto concreto que aquí se
estudia, convendría también recordar la carta que Felipe II dirige a D. Juan con
motivo del nombramiento de General de la Mar. Es un texto de carácter didáctico —tratado de moral política para gobernantes cristianos— que le envía
como «Hermano… por el amor grande que os tengo…»65
V. «RELACIÓN»
DE LA BATALLA
El origen de la información española sobre la batalla de Lepanto hay que
ponerla en la Relación que envió D. Juan; efectivamente, estando la armada
española atracada en el golfo de Lepanto (puerto de Petala) reparando las
averías más urgentes de las galeras y atendiendo a los heridos más graves,
escribió una breve Relación de la batalla y unas cartas. Desde Corfú partió el
mensajero Angulo con el correo del Generalísimo. «Llegó la dicha relación a
este monasterio… a 8 de noviembre, octava de todos los Santos, estando el
católico Rey D. Felipe, nuestro Señor, en vísperas en el coro…»66; existe un
desajuste de días, porque al final se afirma que «cinco días después de llegada
esta relación, día de la bienaventurada Sta. Catalina y 25 de noviembre, año de
1571, llegó un correo embiado por el Sr. D. Juan de Austria a Su Magestad,
que traxo el estandarte Real de los enemigos» (el general Lope de Figueroa)67.
Si damos por buena la primera fecha, la otra sería el día 13; si optamos por la
segunda, puesto que Lope de Figueroa fue recibido en El Escorial en la última
decena del mes, habría que retrasar la llegada de Angulo hasta el día 21.
Creemos que hay que mantener las fechas del 8 y del 25 de Octubre, admitiendo un error en el historiador jerónimo. Este texto está transcrito de su
propia mano por Fray Juan de San Jerónimo, e incluido el cuadernillo —en 4º
y con numeración propia— en el códice de sus Memorias.68
Existen varios textos de Relaciones que, con pequeñas variantes, narran
escuetamente la batalla de Lepanto, escritos y editados en ese mismo año
157169:
A) RELACIÓN del Escorial ya citada. Transcripción y edición, en CODOIN,
t. III, pp. 239-25670
B) RELACIÓN de lo sucedido en el armada de la sancta liga desde los doze
días del mes de Septiembre, hasta los doze del mes de Octubre, la qual fue
embiada por un criado del señor don Juan que se llama, don Gómez de
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Figueroa. Con la confesión del Hayo de los hijos del Baxá. Impreso en Medina
del Campo, por Francisco del Canto, 1571.
C) RELACIÓN. Copia y traslado de una carta venida a la corte de su
magestad a los veynte y tres de Noviembre, en que se cuenta muy en particular
la victoria avida de los Turcos en la batalla naval, con el repartimiento que se
hizo de los baxeles y artillería de la armada vencida, y otras cosas muy
notables. Impresa en Medina del Campo, por Vicente de Millis. Año de 1571.
D) RELACIÓN de la batalla de Lepanto. Madrid, Biblioteca Nacional-1, ms.
18.718/75. Transcripción y edición, en CODOIN, t. III, pp. 259-269.
E) RELACIÓN de lo sucedido en la armada desde los 30 del mes de septiembre hasta los 10 de octubre de 1571 años. Madrid, Biblioteca Nacional-2,
ms. 1750, ff. 162-16671.
F) RELACIÓN de lo que hizo la Armada de la Liga Christiana desde los
treinta de Setiembre de M.D.LXXI años hasta diez de Otubre después de la
Vicytoria que ubo a los 7 deste de la Armada del Turco. Archivo General de
Simanca, Estado, leg. 1134/83, ff. 1-6v.72
Tenemos constancia de una Relación, editada en Barcelona, en 1571, por
Pablo Corte y Pedro Malo, cuyo texto no conocemos; también se editó otra en
Sevilla, por Alonso de la Barrera, enviada por el Senado de Venecia a su embajador en Madrid 73 ; tampoco hacemos referencia a otras dos Relaciones,
editadas en Roma y Milán, más un Verdadero discurso de la Victoria, publicado en París en 1571.
Con pequeñas diferencias todas las Relaciones vistas coinciden, debiendo
corresponder sin duda a un texto inicial del que luego salieron las demás,
modificadas levemente según se escuchaban relatos de testigos, añadiendo o
suprimiendo algunos detalles concretos. Veamos algunos aspectos más otros
que luego se señalarán al hablar de Cervantes:
Así refieren el momento crítico de la victoria:
RELACIÓN A (Escorial): «Luego mandó el Señor D. Juan gritar victoria en
la galera Real, y por consiguiente se gritó lo mismo en las demás galeras que
estaban cerca».
RELACIÓN B (Medina del Campo, F. del Canto): «Mandó el señor don Iuan
gritar victoria, en la galera real, y por consiguiente lo mismo en las demás
galeras que estavan cerca».
RELACIÓN C (Medina del Campo, V. de Millis): «Don Iuan… mandó apellidar: Victoria, victoria, en su galera real, y lo mismo se hizo en las demás que
estavan cerca, gritando todos con gran efficacia: Victoria, victoria».
RELACIÓN D (Madrid, Biblioteca Nacional-1): «S. A. mandó, visto esto,
gritar la victoria en la galera Real, y lo mesmo se gritó en las demás galeras
que estaban cerca».
RELACIÓN E (Madrid, Biblioteca Nacional-2): «Mandó el Señor don Juan
gritar victoria, victoria, en la galera Real, y por consiguiente se gritó lo mismo
en las demás galeras que estaban cerca».
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RELACIÓN F (Simancas): «El Señor don Juan mandó gritar la Victoria y
por el consiguiente las demás galeras».
Inspirándose en esta descripción, así lo cantó J. Corte Real:
Alçase de improviso por los ayres
una alta viva voz de acento alegre:
que una ves y otra vez grita victoria:
victoria clama ya victoria grita.
(Felicissima victoria, Canto XIV)
Testigo de los hechos desde la galera Real de D. Juan fue Juan Rufo, cuyo
poema es la crónica épica de la batalla; en su minuciosa descripción, canta lo
que fue, porque lo vio:
Mas no se quiso dar [Alí Bajá] hasta que el pecho,
Abierto de herida penetrante,
mostró camino al alma, y con despecho
bajó por los abismos adelante;
dado remate a aqueste gran hecho,
cantóse la victoria resonante,
y abatido el real turco estandarte,
la cruz se enarboló en la misma parte.
(Austriada, Canto XXIV)
Ercilla se aparta de la Relación y así lo narra:
Mas la real cristiana aventajada
por el grande valor de su caudillo,
a puros brazos y a rigor de espada
abre recio en la turca un gran portillo,
por do un grueso tropel de gente armada,
sin poder los contrarios resistillo,
entra con un rumor y fueria estraña,
gritando: ¡Cierra, cierra, España, España!
(La Araucana, Canto XXIV)
Inspirándose en ella, vemos como repite Lope de Vega en su tragicomedia
La Liga Santa:
Roma: Ya las armas se encuentran,
ya se embisten, ya se traban;
de don Juan y el turco Alí
las galeras capitanas
furiosos tiros escupen,
fieros cañones disparan,
humo que los aires ciega,
fuego que los hombres mata.
¡Qué de mástiles y proas
desmenuzan y quebrantan
los herrados espolones
deshacen y desencajan!
‘Santiago, dice don Juan
cierra España, cierra España’.
(Acto Tercero)
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Así justifican la brevedad del texto:
RELACIÓN A (Escorial): «Las hazañas que los capitanes y otras personas
particulares que se han hallado en esta batalla, han hecho, que han sido
muchas, no se escriben en esta relación por la brevedad y presteza con que se
envían a S.M.: haráse cuando haya más tiempo y comodidad, y se tengan
mejor entendidas las cosas».
RELACIÓN B (Medina del Campo, F. del Canto): «Las hazañas que los capitanes y otras personas particulares que se han hallado en esta batalla han hecho,
que han sido muchas, no se escriven en esta relación, por la brevedad y
presteza con que se embía a S. Mag. Haráse como aya más tiempo, y se tengan
mejor entendidas las cosas».
RELACIÓN C (Medina del Campo, V. de Millis). No hay pasaje paralelo; en
su lugar hace un excursus interpretativo sobre la misericordia de Dios que
derriba a los soberbios y enaltece a los humildes.
RELACIÓN D (Madrid, Biblioteca Nacional-1): «Las hazañas que los capitanes y otras personas particulares que se han hallado en esta batalla han hecho,
que han sido muchas, no se escriben en esta relación por la brevedad y presteza
con que se envía a su Majestad: haráse como haya más tiempo y se tengan
mejor entendidas las cosas que se han podido saber».
RELACIÓN E (Madrid, Biblioteca Nacional-2). No hay pasaje paralelo.
RELACIÓN F (Simancas): «Las hazañas particulares de los que se an hallado
en esta batalla han sido muchas y fuera necesario estar en cada galera para
verlas y notarlas como era razón… de los quales los bivos pueden dar testimonio de ser obras que es razón que el mundo las celebre».
VI. SECUENCIA DE
LOS ACONTECIMIENTOS
Según todo lo visto hasta ahora, hay que trazar un calendario en el que se
establezca la sucesión de los acontecimientos, armonizando las fuentes documentales de la época; ordenación por lo menos con valor aproximativo, hasta
que nuevas investigaciones retoquen o lo fijen como definitivo.
1) Efectivamente, Felipe II recibió en Madrid la noticia oficiosa de la
victoria de Lepanto, por el embajador de Venecia, el 31 de Octubre.
2) El día siguiente, fiesta de todos los Santos, se celebró una misa de pontifical en el convento de San Felipe el Real, seguido de solemne procesión a la
iglesia de Sta. María, en acción de gracias.
3) Las fiestas y regocijos populares con que el pueblo de Madrid celebró
la victoria, sumándose el Ayuntamiento corporativamente a la alegría, fueron
más sencillas que en otras ocasiones, durante el 31 de Octubre y el 1 de
Noviembre.
4) Trasladado el monarca poco después al Escorial, allí fue donde recibió
la noticia oficial de la victoria, enviada por el generalísimo de la Liga Santa, el
día 8 de Noviembre, durante el oficio litúrgico de Vísperas de la octava de los
Santos, cantándose al final un Te Deum.
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5) Los días 9 y 10 de Noviembre se celebraron en el monasterio laurentino
procesión, y sendas misas de acción de gracias, por la victoria, y de réquiem,
por el eterno descanso de las víctimas.
6) Posteriormente —después del 22 y antes del 28 de Noviembre— Felipe
II recibió en El Escorial al enviado personal de D. Juan, general Lope de
Figueroa, que le dio cuenta pormenorizada de la batalla y le entregó el estandarte turco como presente de su hermano.
7) Al año siguiente (2-X-1572) el rey fundó en la catedral primada de
Toledo una fiesta perpetua en acción de gracias para conmemorar la victoria74.
A comienzos de Octubre de 1616, Felipe III entregó al tesoro de la Santa
Iglesia Catedral primada el estandarte de la Liga Santa junto a otras banderas
(pendones, flámulas, grímpolas o gallardetes) para que, como las de las Navas
y Orán, se saquen y cuelguen en el día de la fiesta. Desde 1961 está depositado
por el Cabildo en el Museo de Santa Cruz de la ciudad imperial75. Es de
damasco azul, de 16 m. de largo y 200 kgs. de peso, con un gran crucifijo
bordado en el centro, y al pié las armas pontificias, con las de España a su
derecha y las de Venecia a su izquierda, unidas entre si por una cadena, de la
cual pendía también las armas del generalísimo de la Liga Santa D. Juan de
Austria.76
8) Dos años después (20-VIII-1573) llegan al Escorial cuatro faroles
ganados a los turcos —tres en Lepanto y uno al año siguiente por D. Álvaro de
Bazán— que D. Juan envía al Monasterio de San Lorenzo para que dos se
queden allí y los otros dos se entreguen a Montserrat77 y a Guadalupe78.
9) En el incendio que asoló al Escorial el 1671 perecieron los trofeos de
Lepanto allí depositados: el Sanjac y los dos faroles de la galera de Alí Pachá.
10) Existe la tradición, pero no hay ratificación en las entregas y otra documentación contemporánea hasta ahora localizada, de que procedente del botín
de Lepanto ingresaron en la Librería Real del Escorial unos 20 códices en
árabe, persa y turco, entre ellos un famoso Corán conocido como «de
Lepanto».79
VII. TESTIMONIO
DE
MIGUEL DE CERVANTES
La relación de Cervantes con las fuentes escurialenses sobre Lepanto (Historiadores y Relación), es indirecta. Por un lado está la posible conexión para
la definición lapidaria de la batalla, y, en segundo lugar, a través del valiente
capitán leonés Ruy Pérez de Viedma, el «cautivo» del Quijote. De todas
formas, el relato que D. Miguel pone en labios de este personaje se ajusta fielmente a la verdad histórica, con tanta precisión, que esa información sólo
podía partir de un testigo presencial.
En la breve descripción que de los textos del Escorial relacionados con
nuestro tema hacen de la batalla de Lepanto sorprende la coincidencia que
existe para resumir en una frase solemne aquel suceso, con la que utilizara años
después Cervantes, como para sospechar que es posible alguna relación.
En el Prólogo de las Novelas Ejemplares (1613), el «Manco de Lepanto»
afirma que fue «la más memorable y alta ocasión que vieron los siglos»,
retocada un poco en el Prólogo de la Segunda Parte del Quijote (1614): «La
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más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los
venideros». Al fin de la centuria anterior, Fray Juan de San Jerónimo (falleció
en 1591) la había descrito como «la más solemne y notable batalla cual nunca
jamás se ha oído ni visto en guerra naval hasta agora»80; casi lo mismo repite
poco después Fray Antonio de Villacastín, Obrero Mayor del Escorial (falleció
en 1603), al afirmar que «fue la más solemne batalla que se ha visto no oído en
la mar hasta agora».81
Remontándonos al inicio, así la describen las Relaciones de la batalla antes
analizadas, en 1571:
RELACIÓN A (Escorial): «Este fin y suceso tuvo la mayor batalla naval que
ha habido muchos años ha».
RELACIÓN B (Medina del Campo, F. del Canto): «Este fin en sustancia tuvo
la mayor batalla naval que ha avido muchos años ha».
RELACIÓN C (Medina del Campo, V. de Millis): «Este felicíssimo fin y
successo tuvo (con el favor divino) la mayor batalla naval que en el mundo ha
avido».
RELACIÓN D (Madrid, Biblioteca Nacional-1): «este fin en sustancia tuvo la
mayor batalla naval que se ha visto».
RELACIÓN E (Madrid, Biblioteca Nacional-2): «Esto fue en sustancia [lo]
que tuvo la mayor batalla naval que ha habido muchos años ha».
RELACIÓN F (Simancas): «Esta fue en sustancia el fin que tuvo la mayor
batalla naval que a avido muchos años ha, y aún se podrá dezir sin agraviar a
nadie, jamás se vio ni oyo…»
Por lo que se refiere al relato que el «cautivo» del Quijote hace de su peripecia nos encontramos con que define a Lepanto como «aquella felicísima
jornada»82; luego narra las circunstancias de su apresamiento que fue cuando
el hábil corsario Uluch Alí (o Uchalí) habiendo acabado con la capitana de
Malta quiso poner en grave aprieto a Andrea Doria, general de la flota de
Nápoles, que acudió presto a socorrerlo, de cuya galera capitana era oficial de
infantería nuestro Ruy Pérez de Viedma, y tras una encarnizada lucha, allí fue
hecho prisionero del renegado argelino.83 Hasta aquí el relato literario.
Así lo describe A.
DE
ERCILLA:
En esto por tres partes fue embestida
la famosa de Malta capitana,
y apretada de tosas y batida
con vieja enemistad y furia insana;
mas la fuerza y virtud tan conocida
de aquella audaz caballería cristiana,
la multitud pagana contrastando,
iba de punto en punto mejorando.
(La Araucana, Canto XXIV)
Siguiendo ahora con la historia, también atacó Uluch Alí a D. Juan de
Cardona, ocasionándole fuertes bajas en el Tercio de Sicilia, y resultando él
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mismo herido, junto a otros desastres en algunas galeras pontificias y saboyanas. La llegada de D. Álvaro de Bazán cambió el signo del combate; allí
estaba la Marquesa (y Cervantes), que fue asaltada por los valientes jinízaros
del argelino, cayendo muertos bastantes de sus hombres, entre ellos el capitán,
y heridos por arcabuz o acero un buen número de la tripulación, siendo salvada
en esos momentos críticos por la intervención de la Leona. Era la primera
hora de la tarde.
Poco después se aproximó Don Juan con las capitanas de Veniero y
Colonna, que pusieron en fuga al corsario turco, causándole bajas y siendo perseguido hasta alta mar por el marqués de Santa Cruz y el propio Doria, ya recuperado. Dentro de la derrota, la escuadra de Uluch Alí, futuro almirante de la
flota turca de Saladino, es la menos dañada; además, pudo presentar al Sultán,
como trofeo de la batalla, el estandarte de la galera de Guistiniani, capitana de
Malta, que sería colgado en la mezquita de Santa Sofía de Constantinopla.
Como señal de triunfo y exvoto, el estandarte de la Liga Santa, pendió durante
siglos en el crucero de la catedral de Toledo, y el Papa perpetuó la victoria en
una fiesta universal para toda la Iglesia.84
Volviendo a la narración literaria, el segundo año del cautiverio de Ruy
Pérez de Viedma (1572) transcurrió, según su relato, navegando en la capitana
del corsario, en Navarino, y luego en la isla de Mondón, donde fortificó el
puerto para guarecerse; tuvo lugar un encuentro de naves cristianas y turcas en
la cual fue tomada la galera La Presa, de la que era capitán Mahomet Bey, hijo
de Barbarroja, que pereció en la batalla, por la capitana de Nápoles La Loba,
«regida por aquel rayo de la guerra, por el padre de los soldados, por aquel
venturoso y jamás vencido capitán Don Álvaro de Bazán»85. Efectivamente la
historia nos dice que la galera apresada fue regalada por el marqués de Santa
Cruz a Don Juan de Austria, quien ordenó unir su linterna a las tres de Lepanto
para depositarlas en el Escorial, según los cronistas jerónimos (cuatro en total),
aunque dos de ellas salieron para Monserrat y Guadalupe, por expreso deseo
del Príncipe, que se cumplió, puesto que en el incendio se afirma que ardieron
dos faroles de Lepanto.86
Como colofón, un apunte sobre la valoración que hace Cervantes de la
batalla naval, en línea con la bibliografía más sólida de la época; afirma en el
Quijote por boca del Cautivo, que aquel día «se desengañó el mundo y todas
las naciones del error en que estaban, creyendo que los turcos eran invencibles
por el mar…»87. Cabrera de Córdoba escribirá en su biografía de Felipe II
(Madrid 1619) que «La victoria mayor que en el mar jamás alcanzaron los cristianos rompió la potencia del turco, tenida por invencible y sus fuerzas por
insuperables della»88; sin duda, ambos autores la tomaron del balance que hizo
el almirante de las galeras pontificias, Marco Antonio Colonna, inmediatamente después de la batalla, afirmando en una carta personal que «acabamos
de saber que los turcos eran hombres como los demás»89. Pero conviene de
nuevo tener presente que, las Relaciones antes citadas, recogen la misma
opinión de forma muy similar, en aquel mismo año 1571, según podemos ver:
RELACIÓN A (Escorial): «Estaban acostumbrados estos enemigos [los
turcos] a tener continuas victorias de nuestras galeras, y hechos menosprecia-
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dores de nuestras fuerzas y valor por los buenos subcesos que por lo pasado
habían tenido».
RELACIÓN B (Medina del Campo, F. del Canto): Los turcos «estavan acostumbrados a tener casi continuas victorias de nuestras galeras, y hecho menospreciador de nuestras fuerças y valor, por los buenos sucessos que por lo
passado avía tenido».
RELACIÓN C (Medina del Campo, V. de Millis): Los turcos «estavan acostumbrados a tener continuas victorias de nuestras galeras, y hechos menospreciadores de nuestras fuerças y valor, por los buenos successos que por lo
passado avían tenido».
RELACIÓN D (Madrid, Biblioteca Nacional-1): Los turcos «estaban acostumbrados a tener continuas victorias de nuestras galeras, y habíanse hecho
menospreciadores de nuestras fuerzas y valor con los buenos sucesos que
habían tenido».
RELACIÓN E (Madrid, Biblioteca Nacional-2). No hay pasaje paralelo.
RELACIÓN F (Simancas): No hay pasaje paralelo.90
Y de la misma forma así cantado por A. de Ercilla y F. de Herrera:
En las ausonias olas defendidas:
la soberbia otomana derrocada,
su marítima fuerza destruida.
(La Araucana, comienzo del Canto XXIV)
Cantemos al Señor, que en la llanura
venció del ancho mar al Trace fiero;
tú, Dios de las batallas, tu eres la diestra,
salud y gloria nuestra.
Tú rompiste las fuerzas y la dura
frente del Faraón, feroz guerrero;
sus escogidos príncipes cubrieron
los abismos del mar y descendieron,
cual piedra, en el profundo, y tu ira luego
los tragó, como arista seca el fuego.
(Canción [tercera]… por la victoria de Lepanto. 1ª edición,
Sevilla 1572)91
VIII. 1671: NUEVA BATALLA DE LEPANTO
EN
EL ESCORIAL
Cien años después de aquella alta ocasión sucedió otra no menos singular
circunstancia en que Lepanto vuelve a cobrar protagonismo en El Escorial. Si
la primera fue gloriosa y motivo de inmensa alegría, esta segunda será jornada
para el olvido y momento de profunda tristeza. El azar ha jugado en ocasiones
papel de protagonista no habiendo sido invitado a la ceremonia.
En 1571 el fuego vuela sobre el agua; en 1671 es el agua la que aletea
sobre el fuego92. En ambos trances, al principio el viento sopla en contra. En el
golfo de Lepanto el domingo 7 de Octubre, a las doce del mediodía, el viento
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cayó de golpe; en El Escorial, el domingo 7 de Junio a primera hora de la tarde
el viento levanto la tragedia.
Todo empezó en una chimenea del Colegio —casi en la parte N.O. del
edificio— que se incendió; advertidos inmediatamente corrieron a sofocarlo, e
inadvertidamente quedó alguna brasa; estando rezando las segundas Vísperas
de San Fernando (cuya festividad se celebraba por primera vez en España) el
fuego reavivado dio la cara: potente, terrorífico, alentado repentinamente por
un espantoso viento aquilón que lo hizo propagarse a ritmo vertiginoso en
varias direcciones hasta prender el Colegio, Seminario, todo el Palacio, torre de
las Campanillas (carillón)…; por la fachada principal saltó del Colegio al
Convento prendiendo en la Biblioteca y la fachada Sur, Refectorio, Cocina,
Iglesia vieja, Escalera principal, Torre de las campanas (derritiendo más de
quince). Así lo resume un testigo:
La confusión de todos fue terrible. Cuando estaban procurando apagar el fuego en una
parte, venían alaridos y voces que acudiesen a otra, porque estaba ya ardiendo; acudían
muchos a aquella parte y allí les asaltaban otras voces para que acudiesen a otra, porque
ya el fuego había llegado allá. Veíase a un tiempo arder toda la casa y no había consejo,
ni bastaban fuerzas para remediarlo. Acudióse a Dios con rogativas, y a voces le pedían
misericordia y remedio. Sacaron el Santísimo Sacramento de su custodia, y el padre
vicario, revestido, le tuvo en sus manos, a vista del fuego algunas horas. Trajeron en procesión a nuestra Señora de la Herrería, del lugar del Escorial.
Todo era alaridos, llanto y gemidos; parecía un día de juicio, por las
ventanas salían tantas llamas que aterrorizaba el verlo…93
A los días de confusión e impotencia le sucedían noches de terror y desolación. Hubo que evacuar precipitadamente los archivos, la biblioteca principal y la de manuscritos, la sacristía del coro y disponer lo demás; en la lonja
se apilaban documentos, libros y ropa sagrada… muchos manuscritos árabes
que se habían salvado del fuego inicialmente se colocaron en el ángulo
Suroeste del claustro principal alto por ser todo abovedado de piedra (entre la
Sala de capas y la puerta del coro) y poniendo sobre ellos el estandarte turco
de Lepanto. El P. Fco. de los Santos, gran historiador, prior del Escorial y
testigo, termina el relato:
Y allí con admiración de todos, los buscó la llama… que salió de la pieza de Capas al
claustro, y prendiendo en la Bandera, cayó sobre ellos; con que perecieron reducidos en
cenizas, dejando las señales del estrago en el lugar donde estaban, estampadas en las
piedras de el solado, que ha de ser forzoso el quitarlas y poner otras… Derritiéronse dos
faroles de metal dorado de la Capitana del Turco apresados en la batalla naval94.
Durante quince días las llamas cobraron un alto tributo en joyas y obras de
arte; solamente de la Biblioteca perecieron 4000 manuscritos, auténticas ejemplares únicos de ciencia, letras, teología, medicina, filosofía, botánica…;
también se consumió unas importantes colecciones de cuadros, láminas, instrumentos matemáticos y de cosmografía, medallas, ídolos gentiles… «Por fin
el 22 de Junio, se logró apagar de todo punto las llamas… El Escorial parecía
una antigua ciudad abandonada y destruida por la mano inexorable del
tiempo».95
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NOTAS
1 A comienzos de Agosto se había trasladado la pequeña comunidad desde la villa del Escorial
(20 monjes y el prior) instalándose en el Monasterio hacia la mitad de la fachada Sur, en torno a
unos patios secundarios, para impulsar las obras, pero faltando aún mucho por hacer y bastantes
años para finalizar. SIGÜENZA, J. de, Fundación del Monasterio del Escorial, Madrid 1963, pp.
42-43; SAN JERÓNIMO, J. de, «Memorias», en Colección de Documentos Inéditos para la
Historia de España, Madrid 1845, t. VII, pp. 77-80 (en adelante, CODOIN); CAMPOS, F.J., Un
manchego en los orígenes del Escorial: Fray Hernando de Ciudad Real, tercer prior (1571-1575),
Ciudad Real 1989.
2 SAN JERÓNIMO, J. de, Memorias, o.c., p. 81.
3 Ibid, p. 82.
4 SIGÜENZA, J. de, Fundación, o.c., p. 44.
5 Felipe Segundo, Rey de España, Madrid 1876, t. II. P. 121. 1ª Edición, Madrid 1619.
6 Felipe II y su tiempo, Madrid 1998, p. 477.
7 Felipe de España, Madrid 1997, p. 145.
8 Memorias, o.c., p. 82
9 Fundación, o.c., p. 44.
10 Biblioteca Nacional Madrid, ms. 783, ff. 92-93. Original. En adelante, BNM.
11 San Lorenzo, 29-XI-1571. BNM, ms. 783, ff.276-277v.
12 Nació y murió en Valladolid (1520-1595). Luchó en Lepanto apresando la galera capitana del
turco; Calderón recogió el arrojo y valentía de este militar en El Alcalde de Zalamea y Amor
después de la muerte; Lope de Vega en la comedia Tanto hagas cuanto pagues, describe la batalla
de Lepanto por labios de este famoso militar.
13 Madrid, 28-XI-1571 BNM, ms. 783, ff. 104-105v. Original.
14 Ibid. Dado el interés, incluso le comenta al príncipe: «yo no se como V. A. no scrivió a la
Reina».
15 San Lorenzo, 25-XI-1571. Texto en CODOIN, t. III, p. 238.
16 Madrid, 28-XI-1571. BNM, ms. 783, ff. 104-105v.
17 Biblioteca Real del Escorial, ms. K.I.7, ff. 37(1-13v): «… día 25 de noviembre de 1571 llegó
un correo enviado por el Señor D. Juan de Austria a S.M., que trujo el estandarte Real de los
enemigos, que tenían siempre en Meca…». Transcrito y publicado en CODOIN, t. III, p. 256.
18 BNM, ms. 1750, ff. 276-277.
19 «Y el correo que traía la nueva… trujo el estandarte Real del Turco». SAN JERÓNIMO, J.
de, Memorias, o.c., p.81; «Trujo el correo también, como por señas y despojo de gran estima el
estandarte…». SIGÜENZA, J. de, Fundación, o.c., p. 44.
20 Fundación, o.c., pp. 44-45.
21 Historiador del siglo XVI, natural de Granada; desde muy joven se alistó en el ejército
imperial cuando la campaña de Túnez, permaneciendo en África muchos años, algunos como
cautivo, y recorriendo todo el norte del continente, al que volvió en otras ocasiones; su amplio conocimiento del paisaje, la lengua y tradiciones le hizo escribir una Descripción General de África, sus
guerras y vicisitudes, desde la fundación del mahometismo hasta el año 1571, Granada 1573, ts. I
y II; Málaga 1599, t. III. Igualmente famosa fue su Historia de la rebelión y castigo de los moriscos
de Granada, Málaga 1600. Su lenguaje sencillo y directo hizo que la Real Academia le incluyera
en el Diccionario de Autoridades.
22 Ms. Y.II.13, ff. 149-149v (relación); ff. 151-151v (dibujo). La descripción fue transcrita y
publicada en CODOIN, t. III, pp. 270-272. Un dibujo con la traducción fue reproducido por A.
ROTONDO, en Historia descriptiva, artística y pintoresca del Real Monasterio de S. Lorenzo
comúnmente llamado del Escorial, Madrid 1862, lám. entre las pp. 34 y 35.
23 «Diurnal del año de 1572 del Secretario Antonio Gracián», en Documentos para la Historia
del Monasterio de San Lorenzo el Real de El Escorial, Madrid 1962, t. V, pp. 19 y 21; (en adelante
DHME) Otras críticas recientes, cfr. JUSTEL, B., La Real Biblioteca de El Escorial y sus manuscritos árabes, Madrid 1987, pp. 137-138.
24 Ms. K.I.7, ff. 175-177; fue transcrita y publicada en CODOIN, t. VII, pp. 372-377.
25 British Museum. Londres. Egerton, 2047, f. 335. Texto, en MODINO DE LUCAS, M.,
«Los Priores de la construcción del Monasterio de El Escorial», en DHME, t. IX/2, p. 141: «…
también podrá ver el estandarte de la armada turquesca y su declaración, que luego verá si está bien
hecha, y V. Pd. Me avisará de lo que hiciese…».
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Ms. K.I.7, f. 37 (13v).
BNM, ms. 783, ff. 104-105v. H. KAMEN incomprensiblemente —será una inadvertencia—
lo adelanta al día 29 de Octubre y omite la llegada al Escorial del correo de D. Juan el 8 de
Noviembre, dejando sólo la visita de Lope de Figueroa el día 22. Felipe de España, o.c., pp. 144 y
145, respect.
28 Ibid, ff. 276-277v.
29 CABRERA DE CÓRDOBA, L., Felipe II, o.c., p. 117; SERRANO, L., España en Lepanto,
Madrid 1943, pp. 161-162.
30 Madrid, 11-XI-1571. BNM, ms. 783, ff. 92-93.
31 ROBLEDO, L., «La música en la corte de Felipe II», en Felipe II y su época. Actas del Simposium. San Lorenzo del Escorial 1998, t. I, pp. 145-160.
32 Historia General de España, Madrid 1867, L. III, cap. 16. 1ª edición en latín, Toledo 1592.
33 Felipe Segundo, o.c., t. II, p. 121; 1ª edición, Madrid 1619.
34 Anales de Madrid (desde el año 447 al de 1658), Madrid 1971, p. 107.
35 Madrid, 11-XI-1571. BNM, ms. 783, ff. 92-93.
36 SERRANO, L., España en Lepanto, o.c., pp. 161-162; FERNÁNDEZ Y FERNÁNDEZ DE
RETANA, L., España en tiempos de Felipe II, Madrid 1981, t. II (1568-1598), p. 123 (Historia de
España de Espasa-Calpe, t. XXII/2).
37 Madrid, 11-XI-1571. BNM, ms. 783, ff. 92-93.
38 LEÓN PINELO, A. de, Anales, o.c., p. 107.
39 CABRERA DE CÓRDOBA, L., Felipe Segundo, o.c., p. 121.
40 — Venecia, 1571: Le très-excellent et somptueux Triomphe faict en la ville a Venise en la
publication de la Ligue, avec les advertissements de la très-heureuse et vraiment miraculeuse
victoire obtenue par l’armée chrestienne, à l’encontredu grand Turc, Lyon, Benoist Rigaud, 1571.
— Amberes, 1752: Arcus aliquot triumphal. et monumenta victor. classieae in honor. Jaui
Austriae, auctore Joan. Sambuco. Antuerpiae, apud Ph. Gallaum. 1572.
— En Roma «A Marco Antonio [Colonna] quiere hacer el pueblo romano un gran recibimiento a manera de triunfo de los antiguos…». Carta del embajador español D. Juan de Zúñiga a
D. Juan de Austria. Roma, 28-XI-1571. BNM. Ms. 783, f. 110. Definitivamente le recibimiento fue
solemne pero menos de lo proyectado.
41 — Mesina, 1571: Se levantó un gran arco de triunfo a Don Juan de Austria, en el muelle del
puerto de Mesina, el 26-VIII-1571, con motivo de la toma del mando de generalísimo de la flota de
la Liga Santa.
— Mesina, 1572: Un arc de triomphe élevé à Messine pour l’entrée de don Juan d’Autriche,
aprês sa victoire de Lépante, 14 octobre 1572. Lorenzo VANDER HAMMEN Y LEÓN, en su gran
biografía de D. Juan describe brevemente las fiestas de Mesina y recoge las cuatro inscripciones de
la base del monumento, así como los textos de las cartelas de uno de los arcoa triunfales que erigieron. Don Ivan de Avstria. Historia, Madrid 1627, pp. 159v-163 y 149v.151, respect. (sic); recordamos que la paginación de la obra se repite a partir de la p.188.
42 F. Herrera, «Canción de alabanza»; J. Rufo, «Austriada»; J. Corte Real, «Felicíssima
Victoria»; A. Ercilla, «Araucana»; C. de Virués, «El Monserrate» y «La batalla naval»; A. Durán
(recopilador), «Romances sobre la Liga Santa y la batalla de Lepanto»; F. de Pedrosa, «Austriaca»;
P. Manrique, «La Naval»; J. Latino, «Austriadi»; S. de Nieva, «La mejor mujer, madre y virgen»;
A. de Azevedo, «Creación del Mundo»; F. S. Wertius, «Epitaphia»; J. Costiol (trad.) «Canto…
felicísima Victoria»; D. Pont, «Poema a Lepanto» (en mallorquín); J. Pujol, «Historia Poética»
(Canto III), etc.
43 Recuérdense los ciclos de Vasari (Palacio Vaticano), Cambiaso (Escorial); los frescos de los
palacio Ducal de Venecia y Colonna de Roma; la rica colección de tapices de la Galería Doria de
Roma; obras de Tintoretto, Broncino, Veronés, Monleón, Francioli, Micheli, Vicentino, Calamosta,
Novelli, Vicelio, Schrenckius, Luna, etc.
44 GARCÍA-VILLOSLADA, R., Historia de la Iglesia en España, Madrid 1980, t. III-2, p. 62;
sigue repitiendo los tópicos de que Felipe II se entera en El Escorial de la noticia, de que pronuncia
el famoso «sosegaos», etc.
45 «Madrid, iluminado en aquella noche por sus vecinos solemnizó con músicas y otras fiestas
la derrota de los infieles y el triunfo de la Cristiandad». MARIANA, J. de, Historia, o.c., L. III, cap.
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46 Acta del Cabildo Municipal, 1-XI-1571. Ayuntamiento de Madrid, Archivo de la Villa,
microfilm nº 396/87. Con evidente exageración o desinformación, H. KAMEN afirma que «Madrid
estalló en una orgía de celebraciones».Felipe de España, o.c., p. 144.
47 BNM, ms. 783, ff. 104-105v.
48 — Sevilla, 1572: Relación de las sumptuosas y ricas fiestas, que la… ciudad de Sevilla hizo,
por el felice nascimiento del príncipe nuestro señor. Y por el vencimiento de la batalla naval, que
el Sereníssimo de Austria ovo contra el armada del Turco. Sevilla, en casa de Hernando Díaz,
1572; CAMPOS, F.J., «La fiesta del Seiscientos: Representación artística y evocación literaria.
Materiales para un debate», en Anuario Jurídico y Económico Escurialense (San Lorenzo del
Escorial), 31 (1998) 993-1016.; MATEU LLOPIS, F., Bibliografía de la Historia Monasteria de
España, Madrid 1958.
49 Comentario histórico-político, en FERNÁNDEZ ÁLVAREZ, M., Felipe II, o.c., pp. 466-468.
50 ALENDA Y MIRA, J., Relaciones de Solemnidades y Fiestas públicas de España, Madrid
1903, t. I, pp. 69-84, SIMÓN DÍAZ, J., Relaciones breves de actos públicos celebrados en Madrid
de 1540 a 1650, Madrid 1982, pp. 14-19.
51 «Ad Philippum invictissimum Hispaniarum Principem ob partam de turcis victoriam carmen
gratulatorium».
52 «La sazón, gran Felipe, es ya llegada / en que mi voz de vos favorecida / cante la universal
y gran jornada…». La Araucana, comienzo del canto XXIV.
53 9 piés, 8 pulg., 4 lín. X 13 piés, 4 pulg. (= 373 X 270 cm, aprox.).
54 Así los describe el P. Santos: «En la Galería que diximos [del patio de Mascarones]…
adornan toda la pared de frente de las ventanas seis quadros muy grandes, donde representó Lucas
Canxioso, con toda viveza, y valentía aquella Batalla Naval de Lepanto, en que con tan glorioso
valor, y esfuerço, el Señor Don Juan de Austria, hijo del emperador Carlos quinto, Capitán General
de la Liga, venció, y echó a fondo, y traxo cautiva toda una gruessa Armada del turco… «. Descripción del Real Monasterio de S. Lorenzo del Escorial, única Maravilla del Mundo… reedificada
por nuestro Rey y Señor Carlos II, Madrid 1681, pp. 98v-99. Durante siglos permanecieron en
aquel lugar, porque allí los ubica el P. Damián Bermejo en su Descripción artística del Real Monasterio de S. Lorenzo del Escorial y sus preciosidades, Madrid 1820, pp. 334-335.
55 ROTONDO, A., Historia, o.c., p. 34, nota 3.
56 La transcripción latina de los tarjetones, en POLERÓ Y TOLEDO, V., Catálogo de los
cuadros del Real Monasterio de San Lorenzo, llamado del Escorial, Madrid 1858, nº 511-516, pp.
120-122.
57 A la vista de los lienzos y los textos de las cartelas, creemos totalmente inexacto el comentario de H. Kamen, cuando dice: «Don Juan fue debidamente representado en los seis largos lienzos
que Felipe encargó algunos años después al pintor genovés Luca Cambiaso, para colocarlos en la
residencia veraniega de Monasterio». Felipe de España, o.c., p. 145. Llamar «residencia veraniega» al Monasterio del Escorial, aplicándolo a Felipe II, es un disparate considerable, en una obra
de esas características, y conociendo un poco las relaciones de Felipe II y El Escorial.
58 Fundación, o.c., pp. 277-278.
59 Cédula firmada en El Pardo, 19-XI-1583. Archivo del Monasterio, VIII, 26, f. 10; VIII, 28,
f. 22; IX, 25, f. 4, etc.
60 Documentación sobre Luqueto, en ZARCO, J., Pintores Italianos en San Lorenzo el Real del
Escorial de El Escorial (1575-1613), Madrid 1932, pp. 12-27; la tasación de los cuatro lienzos
citados, pp. 16-17.
61 Parroquia de San Bernabé, Libro de Sepulturas (1580-1617), Año 1585, f. 61; texto, en
ZARCO, J., Pintores Italianos, o.c., p. 27.
62 Archivo Monasterio, XII, 8, f. 9; dimensiones: 14 X 10, 5 pies.
63 SANCHEZ CANTÓN, F.J., «Inventarios Reales. Bienes Muebles que pertenecieron a Felipe
II», en Archivo Documental Español, t. XI, Madrid 1956-1959, vol. II, nº 5.240, p. 404.
64 San Lorenzo, 29-XI-1571. BNM, ms. 783, ff. 276-277v.
65 Aranjuez, 23-V-1568. BNM, ms. 1750, ff. 269-272.
66 Biblioteca Real del Escorial, ms. K.I.7, f. 37.
67 Ibid, ff. 37(13-13v).
68 Ibid, ff. 37(1-20). Incluye otra Relación y unos poemas alusivos a la victoria.
69 Suelen diferenciarse al final, porque algunas incluyen un listado de muertos ilustres y las
confesiones del ayo de los hijos de Alí Pachá, Mahomet de Constantinopla, del interrogatorio que
le hizo D. Juan de Soto, secretario de D. Juan y por su orden, estando en el puerto de Petala.
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Cervantes, Lepanto y El Escorial
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70 Aunque conservada en la Librería escurialense, no incluimos aquí la Relación copiada del
Comendador Romagesto, que Fray Juan de San Jerónimo copia con dificultad e incluye en el cuadernillo antes citado inserto en sus Memorias, cfr. ff. 37 (14-17); tampoco lo hacemos con la Descripcio belli nautici et expurgatio Lepanti per D. Joan de Austria, de A. de MORALES, ms. &.III.8,
ff. 416-432 Transcripción del P. F. V. Cifuentes, en Ambrosii Morales, Opuscula Historica…, t. III,
pp.233-272.
71 Es practicamente una copia literal de la primera parte —la mitad— de la Relación de Medina
del campo, impresa por F. del Canto.
72 Se trata de tres Relaciones (leg. 1134/83-85); una completa, otra media y otra iniciada del
mismo texto, bastante próximo a la Relación del Escorial, transcrita y editada en CODOIN. Incluye
también el interrogatorio que tomó el secretario de D. Juan, Juan de Soto, a Alhamet, ayo de los
hijos de Alí Bajá; la última Relación lleva una nota que dice: «este papel estaba en el legajo de
Estado nº 1543 y se unió al legajo de Lepanto». Solo citaremos los textos de la primera que es la
completa.
73 Así lo certifica en la autorización que concede el Licenciado Pedro López de Mesa al
impresor Alonso de la Barrera; Sevilla, 15-XI-1571. Es una relación «italiana» en el sentido que
prácticamente solo describe la actuación de las galeras y los generales italianos y D. Juan de Austria.
Transcripción y edición en CODOIN, t. III, pp. 346-351.
74 «Venerable Deán y cabildo de la Santa Iglesia de Toledo… habemos acordado que se instituya y funde en esa Santa Iglesia una memoria para que perpetuamente en cada un año, a siete de
octubre, se den en ella gracias a Nuestro Señor, por la victoria que fue servido dar aquel día en el
año pasado…». San Lorenzo, 2-X-1572. BNM, ms. 13.040, ff. 187-188v.
75 Museo de Sta. Cruz, Inventario General, nº 1576. FERNÁNDEZ DURO, C., «El estandarte
de D. Juan de Austria», en Tradiciones infundadas, Madrid 1888; IDEM, «Estandarte de la Liga y
espada que San Pío V envió al Serenísimo Don Juan de Austria», en Boletín de la Real Academia
de la Historia, 13 (1888) 299-306; IDEM, «Pormenores del estandarte de la Liga Santa», en Boletín
de la Real Academia de la Historia, 14 (1889) 427-432; GONZÁLEZ, H., «Las banderas de
Lepanto en la Catedral de Toledo», en Toledo. Revista de Arte (Toledo), nº 176 (1921) 185-190;
REVUELTA, M., Museo de Santa Cruz, Toledo 1966, p. 48, láms. 18 y 19.
76 El estandarte, bendecido por Pío V, lo había recibido D. Juan en Sta. Clara de Nápoles, el 14VIII-1571, junto al bastón del mando supremo, de manos del Cardenal Granvela. El solemne acto
y la procesión de los principales participantes de la Liga, en VANDER HAMMEN, L., Don Ivan de
Avstria, o.c., pp. 159-159v. Así descrito por L. de Vega en su tragicomedia La Santa Liga: «Rosales:
Llegó, Carpio, el señor don Juan a Nápoles, / acompañado de la flor del mundo: dióle el virrey
Granvela el estandarte / y el gran bastón, de General insignia, / benditos uno y otro de Pío quinto.
/ Es de damasco carmesí, y en medio / tiene la imagen del Cordero santo / que puso por nosotros
las espaldas / en una cruz; y luego, en orden puestas, / sus armas, las de España y de Venecia. / Irá
a Mecina, donde ya le aguarda / con la embajada, monseñor Salviati» (Acto Tercero).
77 Se conservó hasta la invasión francesa pereciendo en el incendio de 1811 en el que desaparecieron tantas joyas del monasterio, víctimas de la barbarie del ejército del mariscal Suchet. El
farol fue muy popular entre el pueblo que lo llamaba «la llantía del rey moro». En el Libro de Bienhechores, escrito en 1637, se hace este asiento en 1569 (sic): «en este mismo año el sereníssimo señor
Don Juan de Austria ofreció a esta Reyna del cielo un fanal muy curioso que fue de la armada de los
turcos que venció en Lepanto, y una lámpara de plata de peso de treynta marcos, y para su dotación
cien ducados». Otra referencia encontramos en ARGAIZ, G. de, La perla de Cataluña. Historia de
Nuestra Señora de Monserrate, Madrid 1677, pp. 204-205: «No le pareció bastante ofrenda para
ostentación de triunfo que imputava a la protección y amparo de María; y assí colgó en su capilla el
farol que avía estado en la capitana del general de la armada Halí Baxa, que hasta el día de oy persevera, y treze banderolas, que están colgadas en la iglesia vieja»
78 Ingresó en el monasterio extremeño en 1577 y en la sacristía (capilla de San Jerónimo), iluminando dos lienzos de la vida del santo, de Zurbarán (las tentaciones y los azotes), se conserva en
la actualidad. Cfr. SÁNCHEZ PRIETO, N., «Lepanto: La más alta ocasión», en Guadalupe (Monasterio de Guadalupe), nº 595 (1971) 261-267. Reproducciones, en GARCÍA, S. (coord.), Guadalupe:
siete siglos de fe y cultura, Madrid 1993, p. 419; PALOMERO PÁRAMO, J.M., La Sacristía de
Guadalupe. Sala digna de los cielos, Madrid 1998, pp. 14, 19, 39 y 146.
79 QUEVEDO, J. de, Historia del Real Monasterio de San Lorenzo del Escorial, Madrid 1849,
p. 27; MORATA, N., «Los fondos árabes primitivos de El Escorial», en Al-Andalus (Madrid), II/1
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(1934) 88-89 y 180; ANDRÉS, G. de La Real Biblioteca de El Escorial, Madrid 1970, p. 31;
JUSTEL, B., La Real Biblioteca, o.c., p. 138.
80 Memorias, o.c., p. 81.
81 Memorias, en DHME, Madrid 1916, t. I, p. 15.
82 Parte I, caps. 39 y 42.
83 Se le califica en algunos textos «rey de Argel»; lo de renegado o apóstata le viene porque
siendo calabrés de nacimiento y cristiano de religión, se convirtió al islam.
84 Pío V, en señal de perpetua memoria, añadió a la letanía la invocación de «Auxilium christianorum» y estableció para el 7 de Octubre la fiesta litúrgica de Ntra. Sra. de la «Victoria», pasándola Gregorio XIII al primer domingo de Octubre bajo la advocación de Ntra. Sra. del «Rosario»;
Clemente VIII extendería la fiesta al calendario universal de la Iglesia.
85 Quijote, I Parte, cap. 39.
86 «En 20 de agosto del año de 1573 el señor D. Juan de Austria, hermano del Rey Don
Philippe nuestro Señor, envió a S.M. cuatro fanales o linternas de las galeras del Turco, que eran las
que había tomado y vencido en el año pasado de 1571 en la guerra naval, los cuales se pusieron en
la librería deste monesterio por memoria de tan señalada victoria. Los tres fanales fueron de la
galera capitana de Ali Baxá, al que cortaron la cabeza, y el cuarto fue el que tomó el Marqués de
Sancta Cruz en el año de 1572 de un nieto de Barbarroja, a quien mató el dicho Marqués en la dicha
galera. Después mandó S.M. del rey nuestro Señor que se llevase uno destos faroles al monesterio
de nuestra Señora de Guadalupe, y otro se llevase al monesterio de nuestra Señora de Monserrate,
porque ansí lo había prometido el dicho señor D. Juan de Austria». SAN JERÓNIMO, J. de,
Memorias, o.c., p. 88; VILLACASTÍN, Memorias, o.c., p. 15.
87 Quijote, I Parte, cap. 39.
88 Felipe Segundo, o.c., p. 123.
89 Citado por CARRERO, L., «La batalla naval de Lepanto», en El Escorial (1563-1963),
Madrid 1963, t. I, p. 255. La misma idea, pero ya con otras palabras, expresa el P. MARIANA, cfr.
Historia, o.c., L. III, cap. 15.
90 El autor de esta copia se sale de la línea narrativa de las anteriores para hacer un elogio de
los vencidos: «Porque al enemigo no se debe quitar lo que le toca de honor en cubrir su valor, se
dize por cosa muy cierta, y que es buen testigo la sangre que de nuestra armada se derramó, que
combatieron con grande esfuerzo y obstinación…».
91 El «divino» Fernando de Herrera no sigue el texto de ninguna relación, porque su pluma
vuela por las regiones más altas de la inspiración, cantando el hecho grande de Lepanto, sin ceñirse
al dato.
92 Agua y fuego como elementos primigenios que se atraen y repelen. También así lo vio y
expresó A. de ERCILLA: «Unos al mar se arrojan por salvarse / del crudo hierro y llamas perseguidos, / otros que habían probado el ahogarse / se abrazan a los leños encendidos: / así que, con la
gana de escaparse / a cualquiera remedio vano asidos, / dentro del agua mueren abrasados, / y en
medio de las llamas ahogados». La Araucana, Canto XXIV.
93 TOLEDO, Fr. J. de, Relación sumaria del incendio de esta casa y convento de San Lorenzo
el Real del Escorial en el año 1671, en DHME, t. VIII, p. 76; todo el incendio, pp. 69-81.
94 Quarta Parte de la Historia de la Orden de San Gerónimo, Madrid 1680, p. 226; todo lo
relacionado con el incendio y los problemas de la restauración, pp. 215-256. Para ver cómo quedó
después, cfr. Ibid., Descripción del Real Monasterio, o.c.
95 QUEVEDO, J. de, Historia, o.c., p. 128; todo el relato del incendio, pp. 121-128.
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EL LEPANTO INTERCALADO DE DON QUIJOTE
Mary Malcolm Gaylord
Con la «Historia del Cautivo», Cervantes integra por primera vez en el
mundo ficticio del Quijote de 1605 un auténtico acontecimiento histórico,
reconocido como tal tanto por los personajes de la obra como por sus lectores.
Como el autor que lo inventa, el personaje Ruy Pérez de Viedma, a quien
conocen don Quijote y compañía en la congregada venta de la Cuarta parte de
la novela, acaba de regresar a España tras largos años de cautiverio. Aunque la
mayor parte de su relato, a más de su indumentaria y la mujer africana que lo
acompaña, lo identifican con aquella involuntaria estancia argelina, el relato
del Cautivo lo vincula también con varios encuentros militares que pertenecen
a la historia política de su época. Entre éstos, el principal es la célebre batalla
de 1571, en la que la Santa Liga cristiana de italianos y españoles quita a los
turcos su dominio absoluto sobre el Mediterráneo oriental.
El «discurso verdadero» que promete el Cautivo a sus oyentes cuenta con
la corroboración no sólo de historiadores y poetas contemporáneos, sino
también de la experiencia personal del autor. Cervantes nos recuerda, en textos
de diversa índole, una y otra vez a lo largo de su carrera de escritor, su presencia en «la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni
esperan ver los venideros».1 Nos recuerda también que lleva en su cuerpo la
marca indeleble de su propia participación en la famosa jornada: la mano que
quedó inútil a consecuencia de una grave herida.2 Si tras el éxito del Quijote
Cervantes se consolaría en el Viaje del Parnaso (1614) de haber perdido la
mano izquierda «para gloria de la diestra»,3 sus demás declaraciones acerca de
Lepanto siempre parecen elevar el día 7 de octubre a la condición de cima de
su existencia.
Dada su trascendencia histórica y autobiográfica, no es la repetida invocación cervantina de los eventos de 1571 lo que debe sorprendernos, sino el
hecho de que el escritor nunca los hiciera tema principal de una obra entera.
Acaso el número elevado de obras contemporáneas dedicadas a la batalla
naval, que incluía la célebre Canción herreriana, la Relación de la guerra de
Chipre, y Sucesso de la Batalla Naval de Lepanto (1572) del sevillano, y La
Austríada de Juan Rufo (1584), elogiada por Cervantes en varias ocasiones, le
dejaría poco espacio para elaborar por extenso su propia visión del triunfo
cristiano. A pesar del lugar de honor que evidentemente tuvo con él aquel día
cumbre, es imposible no notar la brevedad de sus apariciones textuales y la
consiguiente condición de viñeta, o de emblema, que se da a todas las instancias del tema de Lepanto en la obra cervantina. Su estatuto de fragmento narra-
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tivo lo separa de otros eventos históricos menos significatvos para el autor, que
merecieron sin embargo obras propias de la pluma del veterano de la batalla.4
¿Cómo hemos de entender esta anomalía? ¿Cuál puede ser la explicación
de la subordinación estética de un tema que goza de un privilegio ético sin
igual en los escritos de Cervantes? En el caso de la historia del Quijote, por
cierto, podríamos hacer la pregunta inversa: dadas la escasa ejemplaridad del
protagonista, la poca fiabilidad del «mentiroso historiador árabe» y la densa
nube de ficciones que envuelve la «verdadera historia» del hidalgo manchego,
¿con qué propósito decide Cervantes fiar la narración del magno acontecimiento a las arenas movedizas de una saga pseudo-heroica? Si se propone
agudizar el caos epistemológico de su extraordinario mundo novelesco, a fin de
renovar su pretendido asalto contra libros de caballerías e historias inventadas,
¿por qué arriesga para ello nada menos que el día más importante de su vida?
¿Puede que, más allá de agendas metaliterarias, el autor quiera decir algo sobre
la historia política de España, y sobre la representación de esa historia? Cualquiera que sea nuestra impresión preliminar de su importancia, un episodio que
acerca al singular personaje don Quijote a los umbrales de la historia verificable y de la vida de su autor pide un escrutinio particularmente escrupuloso.
Comencemos por lo más obvio: en la Historia del Ingenioso Hidalgo, la
famosa batalla naval se inserta en una secuencia novelística cuyo centro se
encuentra, aparentemente, en otra parte. En su condición de intruso en el relato
principal, la batalla misma constituye un episodio intercalado, tan ajeno a la
fábrica de la historia de don Quijote como cualquiera de las llamadas «novelas
intercaladas» del Quijote de 1605. Tan ajeno, pero a la vez tan capaz como
cualquiera de éstas de despertar resonancias retóricas y temáticas con la ambiciosa trama narrativa que les sirve de marco. Es precisamente en su calidad de
injerto en el tronco de la fábula principal que nos proponemos considerar el
Lepanto novelesco de Cervantes, buscando la lógica literaria de su presencia en
la gran obra en sus relaciones intratextuales. Para ello, hemos de escudriñar la
densa red de contextos ficticios construidos por el novelista, en el interior de
la cual anida el breve recuento de los sucesos de la memorable jornada.
I. LEPANTO
SEGÚN
RUY PÉREZ
DE
VIEDMA
En la «tela de varios y hermosos lazos tejida» por la mano diestra del
autor, la intromisión de una dosis de realidad histórica, todavia presente en la
memoria de sus testigos, no tarda en agudizar el vértigo ontológico de un
conjunto de relatos cuya aspiración a la condición de «verdaderos» descansa
sobre premisas muy variadas. Lepanto debe su introducción en el mundo novelesco de Cervantes a un narrador ficticio, cuyas elecciones narrativas determinan el lugar que ha de ocupar y la importancia que se le atribuye. Sobre el
andamiaje de una materia prima histórica que es también en parte autobiográfica (expedición de la Santa Liga, batalla de Lepanto, pérdida de La Goleta,
piratería mediterránea, cautiverio argelino), el novelista hace que su personaje
construya una fábula de proporciones y énfasis propios.
En el relato de Ruy Pérez de Viedma, las vicisitudes de la experiencia
personal tienen una proyección más amplia que su actuación estrictamente
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pública y militar. De las tres partes desiguales de su «discurso verdadero»,
solamente una, bastante breve, recuerda su actuación como capitán entre
soldados cristianos. Si la historia familiar de los Pérez de Viedma guarda
siempre relaciones más o menos visibles con una trayectoria histórico-cultural
que afectara a muchos individuos, es en el segundo segmento de su narración
(segunda mitad del capítulo 39 y comienzo del 40) donde el Cautivo vincula su
propia experiencia directamente con la historia política. A esta parte, precede
otra aún más sucinta, que esboza la historia de la familia; la sigue la secuencia
narrativa más larga de las atribuidas al Cautivo, la accidentada historia de su
cautiverio. Es esta segunda parte sentimental, íntima, de su historia, la que
fijará la atención no sólo del narrador, sino la de los personajes ficticios que
son sus oyentes inmediatos, y la del mayor número de lectores en la actualidad.5 Nuestro propósito en las páginas que siguen es nadar contra esta
corriente crítica, devolviendo la atención momentáneamente a la representación de la batalla misma y a algunos aspectos olvidados de su encuadre novelesco.
La dispositio narrativa determina que, así como la historia del Cautivo se
intercala en la de don Quijote, la relación de la batalla de Lepanto que ofrece
Ruy Pérez de Viedma se intercala a su vez en el relato del participante ficticio.
En el interior del juego de cajas chinas de la narración cervantina, esta brevísima relación ocupa apenas una página de la novela. Lepanto aparece primero
como una noticia que ha llegado hasta Flandes, donde se encuentra el leonés en
1570 con las tropas del Duque de Alba. La prometedora nueva —que se ha
formado un liga cristiana para responder a la toma otomana de Chipre, que don
Juan de Austria ha sido nombrado general de la armada, que se prepara ya
«gran aparato de guerra»— no tarda en despertar «el ánimo y deseo» del joven
hidalgo. Este pronto «deja todo» para ir a Génova, donde por su «buena
suerte» ha llegado el «Señor don Juan», con quien pasa luego a Nápoles y a
Mesina de Sicilia donde la liga se está juntando, y finalmente a Lepanto. Allí
se destaca en la acción militar como capitán de su compañía, pero tiene la
mala suerte de ser separado de los suyos, accidente que lo deja en manos del
rey Uchalí de Argel. Desde este punto —que se coloca en la mitad del primero
de tres capítulos que se consagran a su historia— el relato del soldado se ocupa
de varios encuentros posteriores a Lepanto antes de pasar a la narración del
largo cautiverio que dura hasta que Viedma huye a tierra española con Zoraida.
Además de su extrema concisión textual, la representación en torno al
famoso acontecimiento tiene un aspecto retórico curiosamente reductivo. Tras
la sumaria relación preliminar del camino que lleva al narrador a Lepanto,
éste se limita a evocar unos poquísimos elementos de la batalla. Se sirve,
primero, de un lugar común celebratorio de los más trillados: «aquel dia, que
fue para la cristiandad tan dichoso, porque en él se desengañó el mundo y
todas las naciones del error en que estaban, creyendo que los turcos eran invencibles por la mar, en aquel día, digo…» (I, 477).6 Algo que puede tardar en
llamar nuestra atención es la cualidad formulaica, de frase hecha, que ostenta
el homenaje en miniatura que Cervantes dedica al magno encuentro.
Podríamos preguntarnos por qué no se esforzara el «raro inventor» a fin de
representar de una manera más original aquel día de días. No es ésta, sin
embargo, la única marca de reductividad que lleva este segmento del relato.
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Para evocar una batalla inmensa en la que perecieron muchos miles de
hombres, el personaje narrador señala una sola acción, su propio salto atrevido;
y saca de su propio destino oximorónico, el cautiverio en la victoria, la figura
emblemática que estructura el resto de su historia.
El gesto heroico de Pérez de Viedma, de saltar a otra galera en un intento
de socorrer a una pequeña banda de cristianos desamparados, ciertamente
revela en el leonés una conciencia del deber y una voluntad de ejemplaridad:
hizo, en sus propias palabras, «lo que debía en ocasión semejante» (I, 477).
Pero tan generosa acción no está destinada a lograr su intención, sino que
separa al héroe irremediablemente de los suyos. Al mismo tiempo, tiende un
puente narrativo hacia el «otro lado» de la historia triunfal de la Santa Liga.
Desde el momento de su heroico salto, el Cautivo narrará su historia no desde
su «propio» lugar, sino desde un lugar ajeno. A partir de este instante decisivo,
el personaje ficticio —a diferencia del autor histórico— verá, oirá, vivirá los
subsecuentes acontecimientos de la campaña cristiana —Navarino (1572),
Túnez (1573), La Goleta y su fuerte (1574), cuya narración llena la segunda
mitad del capítulo 39— desde el otro lado de la frontera política y cultural. «En
todos estos trances» —nos aclara— «andaba yo al remo» (I, 479).
La decisión autorial de subir a este alter ego novelesco en las escalas
oficial y activa de eminencia militar suele atribuirse al «ánimo y deseo»
todavía vivos en el veterano Miguel de Cervantes Saavedra. Pero la decisión
artística de representar la campaña cristiana posterior a Lepanto desde la
otredad tiene otras posibles explicaciones y otras consecuencias literarias.
Entre éstas, la más estudiada en años recientes es la imposición argumental de
una interacción personal, incluso íntima, con los «enemigos» del cristianismo.
En estos tratos —que llegan a dar su nombre a una comedia cervantina, El
trato de Argel— cobran relieve cuestiones candentes de comunicación interlingüística y de identidad cultural. Pero bien antes de llegar a Argel, el personaje Ruy Pérez de Viedma, quien vive las campañas de 1571 a 1574 desde el
lugar del Otro, revela cambios significativos en su ángulo de visión. Si la
nueva perspectiva —privilegio dudoso— le permite observar en alguna
ocasión la cobardía de los «leventes y genízaros» de las fuerzas turcas («tanto
era el miedo que habían cobrado a nuestra armada» [I, 478]), o la sagacidad
diplomática del enemigo que hace unas paces estratégicas con los venecianos
a fin de preparar un nuevo asalto, también le deja ver ocasiones perdidas por
los cristianos y hasta juzgar una victoria musulmana como castigo de Dios,
«porque quiere y permite Dios que tengamos siempre verdugos que nos castiguen» (I, 478).
No se nos pase que, en su recorrido del teatro de guerra mediterráneo en la
década de 1570, el Cautivo se sirve de una sagacidad narrativa muy cervantina.
En medio de su relato «desde el cautiverio», varía su ángulo de visión y sin
aviso previo empieza a contar no solamente lo que pudo ver, sino también
cosas que el cautiverio necesariamente vedaría a su experiencia: «la presa de
La Presa», por ejemplo, o toma de la galera de Barbarroja por los napolitanos,
capitaneados por el Marqués de Santa Cruz; el detalle de la defensa del fuerte
de la Goleta, pormenores que pudo sin embargo haber escuchado a Pedro de
Aguilar, autor de los dos sonetos sobre esta derrota que se recitan a continuación, y antiguo compañero de banco del Cautivo («la suerte le trujo a mi galera
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y a mi banco, y a ser esclavo del mismo patrón» [I, 482]). Este zigzagueo
narrativo del Cautivo, en el capítulo 39, en ningún momento lo lleva a identificarse ideológicamente con el enemigo, pero deja entrever su escepticismo.
En su nadir, la historia cambia notablemente de guión narrativo y de
registro retórico. Mientras el Cautivo insiste, acerca de la pérdida de la Goleta,
que «fue particular gracia y merced que el cielo hizo a España en permitir que
se asolase aquella oficina y capa de maldades» (I, 480), también crea un
espacio para los sonetos fúnebres de Pedro de Aguilar, grabados en la memoria
de los antiguos compañeros de éste. Es muy significativo que sea el desastre de
1574, no una victoria cristiana, ni menos la máxima victoria del 7 de octubre
de 1571, el que inspira la única efusión poética del episodio, que convierte a
los defensores de la Goleta en heroicas almas inmortales.7 En ambas expresiones, mucho antes de abandonar la esfera militar, la historia del Cautivo
empieza a distanciarse de la representación orgullosa de los triunfos de la Fe.
El doble perfil de la Goleta —teatro de virtudes, teatro de vicios— cierra la
fase naval de la carrera del Capitán con un emblema ambivalente de la empresa
cristiana en el Mediterráneo. Estas vacilaciones contribuyen a la construcción
de un relato inestable, que pasa abruptamente de la exaltación a la melancolía.
Si su participación activa en conflictos militares tiene poca duración, el
narrador protagoniza una contienda discursiva entre el impulso celebratorio y
el lamento. Después de Lepanto, la historia se va alejando progresivamente del
lugar común autocongratulatorio. La «verdad» que promete el Cautivo en su
discurso no es, pues, una verdad unívoca. La historia del héroe de la gran
batalla nos acerca al memorable día para distanciarnos del mismo. Como el
doble epíteto de Ruy Pérez —el Capitán Cautivo— su versión de la historia
política es un tejido de contradicciones.
II. LEPANTO,
INTERCALADO EN LA
HISTORIA DEL CAUTIVO
El camino que lleva al futuro capitán a la batalla de Lepanto tiene su
comienzo en una decisión tomada, allá en las montañas de León, cuando Pérez
de Viedma, padre, decide repartir su hacienda, in vita, entre sus tres hijos. Las
raíces folklóricas de esta parte del «discurso verdadero» de la vida del Cautivo
han sido reconocidas. La historia sigue, y compara, la fortuna posterior de los
proverbiales tres hijos, pero se desvia en algunos aspectos significativos del
cuento prototípico. Tres son, a mi manera de ver, los particulares que cobran
significación en función del marco narrativo de la batalla de Lepanto, y de la
trama principal de la novela: 1) el carácter idiosincrático de la figura paterna,
2) el mapa emblemático que trazan —y ponen al día— los hijos Viedma y 3)
los nuevos sentidos que adquiere la noción de valor personal en el transcurso
de su historia, dentro y fuera del relato de Ruy Pérez.
Como infinidad de personajes cervantinos, Pérez de Viedma, padre, se
ajusta con dificultad al papel que le ha dado la vida. Se ha retirado a su solar
leonés tras una vida cuya única época digna de mención parece ser la milicia
de su juventud. Cualesquiera que hayan sido los momentos decisivos de la
experiencia juvenil del padre, éstos no pasan al relato del hijo. Lo que sí pasa,
en cambio, es el peligro que constituyen los hábitos de «liberal y gastador» que
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adquiriera como soldado: «que es escuela la soldadesca donde el mezquino se
hace franco, y el franco, pródigo». La condición paterna «pasaba..los términos
de la liberalidad y rayaba en los de ser pródigo» (I, 473). En esta curiosa reedición de la parábola del Hijo Pródigo (con ecos también de la de los Talentos),
los personajes cambian de lugar generacional: aquí el Pródigo no es el hijo,
sino el padre.8 Pero el padre tampoco cumple perfectamente con las expectativas que sugiere su prodigalidad, porque es el padre mismo quien encarna la
prudencia (pro-videntia), poniendo frenos a su propia liberalidad, aunque sea
con el paradójico gesto de un nuevo regalo. El hijo mayor —futuro soldado—
se encarga directamente de las circunstancias económicas de su padre, devolviéndole una parte de su herencia, y persuadiendo a sus hermanos a seguir su
ejemplo. Esta inversión de roles tradicionales tiene una consecuencia importante para los hijos, quienes no solamente buscarán una vida propia, sino
también se ocuparán de proteger el «nombre» y el «ser» de su padre. La
historia juzgará su éxito relativo en ambos terrenos.
Cuando los tres hermanos abandonan la casa paterna y se dispersan, hacen
visible el horizonte de expectativas de su generación. Y cuando, de acuerdo al
refrán «Iglesia, o mar, o casa real» (I, 474) que les recuerda el padre, eligen
carrera —el mayor la milicia, el segundo la navegación, y el menor las letras—
y parten luego en sendos viajes —a Génova por Alicante, a Sevilla rumbo a las
Indias, y a las prestigiosas aulas de Salamanca—, sus destinos esbozan un
mapa emblemático de la aspiración personal del hidalgo seiscentista. Nuevo es,
en este siglo, el reconocimiento de la preeminencia de las Indias occidentales
como espacio idóneo para el comercio, que también podría cultivarse en el
Mediterráneo, como lo indica la nave cargada de lana en la que viaja a Génova
el futuro capitán. Pero los arquetipos actualizados por esta cartografía emblemática identifican el espacio mediterráneo con la milicia de Ruy Pérez de
Viedma, quien a continuación se verá en medio de importantes acciones
navales. A pesar de las derrotas sufridas por los cristianos, el Mediterráneo
sigue siendo habitación «natural» de héroes, aun cuando lo dicho sobre la futilidad de la defensa de la Goleta sugiere que la misma geografía ayuda más a
perder riquezas que a acumularlas. Con la llegada del hermano letrado, después
de terminada la narración del Cautivo, nos enteramos de que ha sido el
hermano indiano, el de la más segura profesión mercantil, quien ha garantizado
el bienestar material del viejo. El que mayor prosperidad ha conseguido de los
tres es este perulero, ahora «tan rico que con lo que ha enviado a mi padre y a
mí, ha satisfecho la parte que él se llevó y aun dado a las manos de mi padre
con que hartar su liberalidad natural» (I, 518). El mismo gesto ha permitido a
su hermano menor la mayor libertad de movimiento que llevará a éste también
a tierras americanas como Oidor en la audiencia de México.9
Evidentemente, en comparaciones de esta índole ha de sufrir el Capitán,
quien gastaría su hacienda en armas milanesas y en «algunas galas de soldado»
para luego caer en manos del enemigo, circunstancia que le impide ayudar a su
padre y que le cohibe hasta el punto de no querer mandarle una noticia siquiera
sobre su mala suerte. Si lo hiciera, la consecuencia más probable seria liquidar
los recursos económicos de la familia para pagar su rescate. En el contexto de
la saga familiar, el valor de ejemplaridad que puede tener la figura del Capitán
se atenúa. Su participación en la batalla no viene a ser menos heroica, pero el
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personaje se retrata como tan poco atento a posibles consecuencias negativas
de sus acciones como lo era el padre en su exagerada liberalidad. Sobre todo,
la historia en su conjunto sugiere que la vida militar —antes preferencia lógica
del más privilegiado, del primogénito— no cumple con su antigua promesa de
fama ni de fortuna. El mismo padre se anticipa al caso, cuando observa que «ya
que la guerra no dé muchas riquezas, suele dar mucho valor y mucha fama» (I,
474).
Pero aun el valor y la fama peligran en esta historia. La ruin fortuna del
Cautivo indica que el sintagma del consejo paterno inaugural —«valer y ser
rico»— se está consolidando en el sentido de unir el valor personal cada vez
menos con el valor de los brazos de sus hijos, y cada vez más con las riquezas
que sean capaces de acumular. En la familia Pérez de Viedma, quienes logran
más en el campo económico, el perulero y el Oidor, pueden más. Son éstos los
que protegen, acogen, acompañan, sostienen al soldado, y no viceversa. Lo
hacen, además, sobre un terreno alterado: una vez efectuada la reunificación de
los hermanos, la familia se dirigirá no a su solar leonés, sino a Sevilla. Allí, en
el principal puerto del comercio transatlántico, el padre será invitado a presenciar el bautizo de su futura nuera y una boda que se celebrará en vísperas de
la partida de un segundo hijo para las Indias. El centro de gravedad de la vida
de esta familia arquetípica se mueve inexorablemente hacia el Oeste.
Con este movimiento, y mientras la atención familiar se vuelve hacia conversiones, bodas (la del Cautivo con Zoraida, la posible de doña Clara con el
joven don Luis), cargos oficiales, dotes y rentas, la batalla de Lepanto se queda
atrás, como victoria que no tuvo las consecuencias que de ella se esperaban,
como emblema de un orden que ha sido sustituido por otro. La heroica actuación del Capitán no lo ha llevado a cumplir con las expectativas de su familia:
su historia ha culminado en el regreso a una playa patria donde apenas es reconocido como cristiano. El relato del Cautivo nos invita a contemplar el nombre
y el ser de una familia en peligro. Hasta el desenlace feliz de la historia de cautiverio mantiene en su primer plano la crisis de identidad cultural: la conversión de Zoraida no es sino la más evidente de las múltiples instancias de migración y de transformación que ostenta la crónica familiar de los Viedma. Y
mientras observamos la evolución socio-económica de la tribu, no podemos
dejar de notar que no solamente estos individuos, sino también una nueva
noción de «progreso» se reorientan hacia Occidente. No todas las trayectorias
personales han de volver a su punto de origen. Los itinerarios del perulero y del
futuro Oidor mejicano no se presentan como viajes de ida y vuelta. El horizonte transoceánico hacia donde se encaminan se postula como espacio
propicio para la metamorfosis, como escenario de próximos cambios de profesión, de aspiración y de identidad personales. Hay en esta visión de inevitables transformaciones obradas por la nueva geografía del éxito, una nota profundamente melancólica, porque en ella se han alterado las mismas medidas
del valor.
En su posible proyección alegórica sobre la época de Felipe II, la figura del
paterfamilias sugiere que el capítulo americano de la historia familiar se ha
hecho necesario en consecuencia de la excesiva prodigalidad europea de la
generación paterna. La ética de la ejemplaridad que subyace a todo texto
heroico reta a los jóvenes a imitar lo mejor del pasado y de sus antepasados.
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No debe sorprendernos por lo tanto ver la historia del Cautivo repleta de sucesiones de padre a hijo, y por lo tanto de genealogías del valor. La comparación
de las dos campañas en la Goleta —triunfo del padre, derrota de los hijos—
mide la distancia que separa 1535 de 1574 y la que separa a Carlos V de don
Juan de Austria y de su hermano el Rey. A la familia real de España y los
Pérez de Viedma, se agregan otros casos: la sucesión musulmana en Argel
(Uchalí, hijo de sus obras, y su heredero y favorito Azán Agá; los Barbarroja,
padre e hijo según el narrador (en realidad abuelo y nieto); y «aquel venturoso
y jamás vencido capitán don Alvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz,» «rayo
de la guerra», a quien el Cautivo honra además como «padre de los soldados»
(I, 470). En estos casos, es muy varia la fortuna del valor en su transmisión de
padres a hijos, aunque prevalece la ley del deterioro. El valor hasta puede
cambiar de signo, como ocurre en la familia leonesa, como ocurre de manera
depravada con Uchalí y su «garzón regalado», y como pasa por implicación en
la sucesión de «nuestro buen rey Felipe II» al trono del «invictísimo» César.
III. EL LEPANTO
DEL
CAUTIVO,
INTERCALADO EN LA
«CUARTA PARTE»
La estructura formal de la Cuarta parte da a los tres capítulos de la historia
de Ruy Pérez el lugar central: once capitulos la anteceden, once la siguen,
creando el engaste narrativo de su representación autobiográfica. La presencia
de don Quijote durante la estancia del Capitán y Zoraida en la venta es pintada
por el narrador de fondo con una minuciosidad que no deja lugar a dudas sobre
la intención autorial de crear complejas resonancias entre la actuación de su
protagonista y las aventuras del Cautivo rescatado. A la narración de éste,
preceden y siguen dos discursos de don Quijote sobre la milicia heroica;
también lo enmarcan acciones elocuentes que se pueden leer en su conjunto
como un grotesco contrafactum de la carrera del Capitán.
Atendamos primero a los dos discursos quijotescos. Apenas llega el forastero, cuando éste, haciendo de tácito apuntador de la obsesión del caballero
andante, lo inspira a lanzar su «Discurso de las armas y las letras», en el que
el manchego saca de su imaginación una figura militar ideal casi idéntica a la
del Capitán. En lo que el narrador presenta como «largo preámbulo» a una
historia que todavía no se ha anunciado, don Quijote conjura con maravillosa
presciencia una intervención idéntica a la que Pérez de Viedma ha de contar a
continuación. El preámbulo que no se sabe preámbulo adelanta el acto que será
eje de la historia a venir: el salto heroico a la galera enemiga. Pero evoca no
solamente a uno, sino a toda una procesión de soldados valientes y arrojados:
cuando cae uno, luego llega otro a llenar su lugar, hasta que él también se cae,
y llega otro, y así sucesivamente en lo que anuncia un cuento heroico de nunca
acabar. Al pintar una especie de danza de la muerte militar, inevitable según
don Quijote por el uso de la artillería «en edad tan detestable como la nuestra»,
el discurso se va convirtiendo subrepticiamente en un elogio fúnebre por todos
los injustamente caídos de todos los tiempos. De esta manera también se
entronca retórica y temáticamente con los versos del personaje Pedro de
Aguilar sobre los fallecidos en la Goleta que interrumpirán el relato del
Capitán.
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Un nuevo discurso, menos afortunado, se oye en un capítulo posterior
(I.43) a la historia del Cautivo: después de la conclusión del relato de éste y de
la reunión de los dos hermanos, que él atribuye a «las quimeras de la andante
caballería» (I, 520), don Quijote se ofrece «a hacer la guardia del castillo».
Durante su vigilia, extiende hacia Maritornes y la hija del ventero su propia
mano heroica, bautizándola como «verdugo de los malhechores del mundo» (I,
528). En este discurso vanaglorioso que se expone en seguida a la contradicción de los hechos, el novel caballero se olvida de que Ruy Pérez ha dado este
nombre a los vencedores musulmanes de la Goleta, como probablemente se
olvida también, cuando acude al «agujero que a él le parecía ventana», de la
caña y el pañuelo con los que Zoraida atrajera la atención del Cautivo.
Tampoco sabemos si estos detalles del relato que acaba de terminar han sido
capaces de estimular la imaginación perversa de las dos semi-doncellas. Al
señalar resonancias mutuas entre las palabras de don Quijote y las del Cautivo,
no podemos dejar de notar el eco alto, sonoro y significativo que vincula la
exaltada expresión mesiánica del manchego con la oración hiperbólica que
dedica el leonés a la gran jornada de 1571: «en él se desengañó el mundo y
todas las naciones del error en que estaban, …en aquel día, digo, quedó el
orgullo y soberbia otomana quebrantada…» (I, 477). Si las palabras del
Capitán quedan en pie, la «suerte» (máscara siempre de la voluntad autorial)
castigará a don Quijote por pronunciar discurso tan vanaglorioso, convirtiéndolo en vivo emblema, no del valor de su brazo, como querría, sino de su condición de pecador y, peor aún, de su perfecta impotencia.10 En una obra tan cuidadosamente armada, tampoco puede ser casualidad el hecho de que don
Quijote es castigado en el momento mismo cuando sus palabras se acercan más
a la retórica congratulatoria que Ruy Pérez dedica a la victoria de Lepanto.
Agreguemos ahora al complejísimo entramado novelesco la contribución
de las acciones del protagonista. Cuando se asoman Ruy Pérez y su señora a la
venta, interrumpen la secuencia que se elabora en torno a la lectura de La
novela del Curioso impertinente, durante la cual un Quijote alucinado acuchilla unos cueros de vino, para él gigante a quien «no [le] ha de valer [su]
cimitarra» (I, 438).11 A la evocación de este «Gran Turco», sigue la afirmación
de Sancho, de que «sin duda alguna, el gigante está ya muerto,….que yo vi
correr la sangre por todo el suelo, y la cabeza cortada» (I, 438). La búsqueda
de la cabeza esquiva preocupa al escudero, quien piensa que por no encontrarla
le pueden quitar su ínsula, durante casi dos capítulos. Es cierto que la decapitación de gigantes ha ocupado ab initio un lugar de honor en la agenda heroica
del manchego (recuérdese a Caraculiambro [I.1]), pero la búsqueda de esta
cabeza contribuye de manera burlesca al vértigo ontológico creado en torno a
la doble historia de Dorotea/Micomicona. Aunque el tironeo entre fabulosas
fábulas heroicas y casos aldeanos de honras y casamientos logra desconcertar
en más de una ocasión a amo y escudero, don Quijote nunca abandona la
imagen de la cabeza del moro, prueba de su valentía y trofeo de su «victoria».
Y cuando no satisface a personajes ni lectores sobre el destino de la imaginada
cabeza, el novelista sembrará recuerdos de la fantasmagoría quijotesca en el
relato del Cautivo: el trágico destino de Pagán Doria (hermano de Juan
Andrea), a quien unos «alárabes» que se ofrecieron a ayudarlo le cortan la
cabeza, para llevársela al general del ejército turco (I, 481). Aquí puede que
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Cervamtes recuerde también la decapitación de Alí Pashá, general de la armada
turca en Lepanto, cuya cabeza los soldados cristianos presentaron como trofeo
de victoria a don Juan de Austria.12 Este además, según los bardos de Lepanto,
bien pudo haber contemplado la mar hecha un lago de sangre, aludido quizás
en el aposento «hecho un lago» (I, 460) del episodio de los Cueros de Vino.13
La fábula principal del Quijote de 1605, la del Ingenioso Hidalgo, también
contrahace a grandes rasgos la del Cautivo. Los dos comparten la vocación
militar que los saca de pueblo y solar, la exaltación del combate y amargura de
la derrota, hasta la compañía de una «doncella» o «princesa» africana. Y al fin
compartirán la pérdida de la libertad. Poco después de pronunciar el segundo
de los discursos heroicos que enmarcan la Historia del Cautivo, don Quijote irá
a ocupar el lugar emblemático de éste, cuando lo prenden y lo llevan enjaulado
hacia su pueblo, convencido de que está en poder de encantadores. El
«discurso verdadero» del veterano de Lepanto no ha logrado sacar al desfacedor de entuertos de la jaula de sus ficciones, ni mucho menos de la confusión
entre historia y ficción. Con don Quijote, el recuerdo de la acción heroica real
sólo ha servido para alentar fantasmagorías.
IV. LEPANTO Y LA CRÍTICA CERVANTINA DE
LA IMITACIÓN
Gran parte de la confusión que se genera en la novela en torno a la viñeta
que evoca la batalla de Lepanto radica en la práctica, y en el problema, de la
imitación de modelos. Si la imitación es capaz de promover agendas heroicas,
no es menos capaz de hundirlas. Recuérdese que, a la hora de censurar la
desastrada política exterior que lleva a la pérdida de la Goleta, lo que más
exaspera al narrador de la Historia del Cautivo no es lo que tuvo la preservación de la base militar tunecina de inútil y de contraproducente en lo material
y en lo moral: lo que lo desquicia es el haberse emprendido su defensa únicamente para «conservar la memoria de haberla ganado la felicísima del invictísimo Carlos Quinto, como si fuera menester para hacerla eterna, como lo es y
será, que aquellas piedras la sustentasen» (I, 480-81). En la expresión de Ruy
Pérez, una de las formas predilectas de la imitación renacentista, la imitación
de modelos heroicos, se funde con otra no menos valorada, la imitación
estética, la que emprende el acto de representar. Al imitar al Emperador, según
el Capitán, los defensores de la Goleta se propusieron no solamente repetir su
triunfo, sino además convertir el fuerte, siempre que quedara en manos cristianas, en vivo monumento de la gloria de aquel primus inter pares de la
historia militar. Su fracaso se ha de entender, pues, como un doble fracaso: el
fracaso de armas se une al fracaso de un proyecto de representación.
A la vez que emplea a su personaje para fustigar una malpensada empresa,
Cervantes pone en boca del Cautivo la idea de que los hechos verdaderamente
grandes no necesitan monumentos materiales. Quien intenta edificar monumentos, lo hace a su propia cuenta y riesgo. El héroe que ha entrado ya en la
casa de la Fama no tiene necesidad ni de quien lo conmemore ni de quien lo
imite, como por implicación imitarían los defensores de la Goleta, en vano, al
«invictísimo Carlos Quinto». El recelo ante un impulso monumentalizador no
es, por cierto, nuevo en la obra de Cervantes. Lo que sorprende aquí es la
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declaración directa, carente de las ambigüedades e indirectas que caracterizan,
por ejemplo, los poemas a Felipe II y a su magnígico túmulo.14 Por muy breve
que sea la amarga diatriba del Cautivo, sus efectos se dejan sentir en detalles
trágicos de la narración militar como la muerte de Pagán Doria y en los versos
de Pedro de Aguilar, repletos de expresiones herrerianas como «esta estéril
tierra, derribada» y «este suelo…de mil memorias lamentables lleno» (I, 483).
Y más allá de cualquier alusión local, las expresiones anti-monumentalizadoras del personaje —él mismo, como el autor histórico, un fracasado en la
imitación heroica— se proyectan hacia otras regiones de una novela cuyo protagonista es archi-imitador y archi-automonumentalizador. El proyecto de vida
quijotesco ofrece por implicación una emulación de la carrera militar, no sólo
de Amadís o de Orlando, sino de su contemporáneo el Capitán, a la vez que
constituye un desafío a la ley histórica de decaimiento implícita en la trayectoria mediterránea de éste. No es menos urgente para el hidalgo de la Mancha
asegurar la compilación de la crónica que celebrará sus hazañas, haciendo
eterna su memoria. De estos dos proyectos, estrechamente vinculados, el
narrador cervantino se burla despiadadamente a lo largo de la obra.
Volvamos a nuestra pregunta original: ¿por qué se nos da en esta novela un
Lepanto tan corto, tan banal, y tan pronto abandonado como historia verdadera? Si juntamos la invectiva del personaje ficticio contra la vanidad de los
monumentos con el espectáculo novelesco, entre festivo y trágico, de una imitación heroico-literaria desenfrenada, grotesca, a veces involuntaria, quizás
podemos descubrir la solución al enigma de la brevedad del Lepanto intercalado del Quijote en su misma convencionalidad. Cuando, con la Historia del
Cautivo, la realidad histórica se asoma a la cámara de espejos que es la ficción
cervantina, se desencadena un proceso de deformación mimética en el que, al
querer imitar la acción ejemplar de la gran batalla, personajes y texto se van
alejando cada vez más de su precario ejemplo. Dicho proceso de transformación de la batalla en grotescos contrafacta de su ejemplaridad sólo puede ser
creación de una ironía autorial que no deja de sorprender en este contexto. Tal
postura haría inevitable, en todo caso, que cualquier intento de representar
más cabalmente a Lepanto en el discurso irónico de la novela habiera de
terminar como la segunda campaña (mimética) de la Goleta: en un desastre tan
inevitable como innecesario. Es probable que, para dejarlo íntegro a la
memoria nacional del mismo, «que es y será eterna», Cervantes reconociera la
necesidad de revestir al Lepanto histórico de una fórmula lapidaria capaz de
garantizarle cierta inmutabilidad verbal.
NOTAS
1
«Prólogo al lector», Novelas ejemplares (1613), ed. Harry Sieber. Madrid: Cátedra, 1986. I,
51.
2 Para otra interpretación de las huellas de la experiencia cervantina en Lepanto, consúltese la
contribución de Alicia Parodi a este volumen.
3 En el primer capítulo de Viaje del Parnaso, el dios Mercurio le dice al autor-personaje:
«Bien sé que en la naval dura palestra/ perdiste el movimiento de la mano/ izquierda, para gloria de
la diestra» (vv. 214-216). Poesias completas, edición de Vicente Gaos (Madrid: Castalia, 1973), I,
61.
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4 Piénsese, por ejemplo, en La Numancia, en las tempranas canciones sobre la Armada Invencible o la muerte de Felipe II, y los versos y obras dramáticas sobre el cautiverio argelino del
escritor.
5 Sobre la narración del cautiverio, se pueden consultar los importantes trabajos de Francisco
Márquez Villanueva, Personajes y temas de Don Quijote (Madrid: Taurus, 1975), págs. 92-146;
María Antonia Garcés, «Zoraida’s Veil: ‘The Other Scene’ of ‘The Captive’s Tale’» (Revista de
Estudios Hispánicos 22 [1989]: 65-98); y Paul Julian Smith, «‘The Captive’s Tale’: Race, Text,
Gender» (Quixotic Desire: Psychoanalytic Perspectives on Cervantes, ed. de R. El Saffar y D. de
Armas Wilson, Ithaca, Cornell University Press, 1993), págs. 227-235.
6 Citamos aquí y a continuación por la edición de Luis A. Murillo (Madrid: Castalia, 1978).
Para la difusión contemporánea de semejantes fórmulas celebratorias, véase la contribución a estas
actas de Francisco Javier Campos y Fernández de Sevilla.
7 En estos sonetos, Cervantes hace eco no del Herrera triunfal de la «Canción en alabança de
la Diuina Magestad por la vitoria del Señor Don Juan», sino de la «Voz de dolor i canto de gemido»,
composición en que el poeta sevillano llora la derrota de portugueses y la muerte del Rey Sebastián
en Alcazarquivir en 1578. Fernando de Herrera, Poesía original castellana completa, edición de
Cristóbal Cuevas (Madrid: Cátedra, 1985).
8 En el capítulo 15 del Evangelio según San Lucas, el pródigo de la famosa parábola es el hijo
menor. Stith Thompson señala que la misma distribución de papeles se hace en cuentos folklóricos
europeos sobre el retorno del Pródigo (motivo número 935 en su sistema de catalogación). The
Folktale (Berkeley, California: University of California Press, 1977), págs. 129-30.
9 El Oidor, sin embargo, se cuida de separar su propio ascenso del éxito mercantil de su
hermano: «Dios y mi diligencia me han puesto en el grado que me veis» (I, 518).
10 Estas ideas se amplían en nuestro «‘The Whole Body of Fable With All of Its Members’:
Cervantes, Pinciano, Freud» en Quixotic Desire: Psychoanalytic Perspectives on Cervantes, págs.
117-134.
11 Murillo aclara que don Quijote obedece una convención de la literatura caballeresca al
suponer que su gigante es turco (I, 438, nota 3).
12 El dato se recoge en forma novelesca en el tercer libro del Persiles, como apunta J. B.
Avalle-Arce en su Enciclopedia cervantina (Alcalá de Henares: Centro de Estudios Cervantinos,
1997).
13 Sobre la imagen del mar teñido de la sangre de los miles de muertos y heridos en la batalla,
consúltese la antología de José López de Toro, Los poetas de Lepanto (Instituto Histórico de Marina,
1944).
14 Sobre este poema, y sobre la sátira cervantina de la representación imperial, véase nuestro
«‘Yo el Soneto’: Cervantes’s Poetics of the Cenotaph» en Self-Conscious Art: A Tribute to John W.
Kronik, ed. Susan L. Fischer (Lewisburg: Bucknell University Press, 1996), págs. 128-150.
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HACIA UNA RE-EVALUACIÓN DE LEPANTO
I. K. Hassiotis
La mayor parte de los análisis no descriptivos que se han hecho sobre la
batalla naval de Lepanto, se preocupó de poner en duda la importancia de ésta
a través del tiempo y, en consecuencia, de desvirtuar la apreciación cervantina
por la «más alta ocasión que vieron los siglos».1 Esta puesta en duda tiene su
origen principalmente en los años de la Ilustración y, hasta el periodo de entreguerras, no sólo fue de orden historiográfico, sino que, en mi opinión, fundamentalmente ideológico; y para ser más preciso, de evidente carácter antihispánico y no al margen de lo que se conoce como «leyenda negra».2 No
obstante, la subvaloración de la batalla naval se hizo mucho más sistemática
después de la Segunda Guerra Mundial, claramente cuando cambian las prioridades de la historiografía contemporánea; en otras palabras, cuando ésta,
mostrando un obstinado rechazo por la llamada «historia de los acontecimientos» y, en especial, por la historia política, se inclina, al contrario, por los
fenómenos económicos y sociales de la «larga duracion»3. En todo caso,
algunos enfoques más tradicionales de la historia del Mediterráneo también
pusieron en tela de juicio la importancia de la batalla de Lepanto, enfatizando,
por el contrario, las consecuencias a largo plazo de otros hechos bélicos y
diplomáticos de la misma época, aunque menos conocidos: de la derrota de los
portugueses en el Alcazarquivir marroquí, el 4 de agosto de 1578, o, de la
tregua hispano-turca de 1580.4 ¿Qué significa entonces discutir hoy día sobre
un acontecimiento bélico, ocurrido hace 430 años y que para muchos historiadores ha constituido, a pesar de su carácter espectacular, una mera estrella
fugaz sin mayores consecuencias?
Trataré aquí de responder, de la forma más breve posible, a las objeciones
más serias que se han hecho en cuanto a la significación de Lepanto, insistiendo en aquellos aspectos que son menos conocidos, es decir, que están relacionados con los pueblos de Europa Oriental y en particular con los griegos.
Ahora, aunque estos aspectos no invalidan las apreciaciones generales que
encontramos en la historiografía contemporánea, muestran, a mi modo de ver,
lo exageradamente negativo de dichas objeciones.5
Primera objeción: La actuación de la Santa Liga fue transitoria (duró sólo
entre dos y tres años) y, lo más importante, no produjo ningún cambio a largo
plazo en la política tradicional de las potencias involucradas: Los venecianos,
un año y medio después de la batalla, en marzo de 1573, habían firmado, en
secreto e independientemente de sus aliados, un tratado de paz con la Sublime
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I. K. Hassiotis
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Puerta, reconociendo con ello la soberania otomana en Chipre6. Los españoles,
por su parte, que constituían el factor principal en la victoria de Lepanto, a
partir de 1574 centraron una vez más su política, ya no en el Mediterráneo,
sino que en el Atlántico y en Europa del Norte.7 Además, desde 1577 se interesarán en lograr una tregua con la Sublime Puerta, la cual firmarán efectivamente en 1580, como ya se ha dicho8. Por último, a la Santa Sede, el eje
central de la campaña antiturca, le tomó cerca de veinte años realizar un intento
similar, como fue el de la década de 1590, en los años del Papa Clemente VIII
(1592-1605)9 y, más de cien años, para llegar a jugar nuevamente un papel unificador de las fuerzas europeas contra los otomanos, lo que ocurrió recién en
1684, durante el papado de Inocencio XI (1676-1689).10 Por otra parte, la destrucción de la flota otomana en Lepanto no impidió que los turcos, dos años
después, hicieran una reaparición enérgica en el Mediterráneo central y que,
una vez ocupada la base española de La Goleta, en Túnez, en el verano de
1574, reconquistaran y mantuvieran a lo largo de varios decenios su hegemonía en los pequeños estados del norte de Africa11. En consecuencia, la gran
victoria cristiana del 7 de octubre de 1571, si bien había tenido un carácter
espectacular, resultó «inútil» y no trajo mayores consecuencias.12
Sin embargo, el clima político tras la batalla naval, tanto en el Occidente
cristiano, como en el Mediterráneo, sufrió un cambio perceptible en relación al
periodo anterior. Primero que nada, los desembarcos otomanos en el Mediterráneo central y occidental se vieron limitados claramente después de Lepanto.
Podríamos decir que en el Mediterráneo se consolida una especie de frontera
marina, un limes, que separaba el lado oriental (que continuó estando bajo la
soberanía otomana) del lado central y occidental (bajo soberanía indiscutiblemente cristiana). Además, el único triunfo militar de los turcos, que tuvo lugar
más allá de dicha frontera, fue la ya citada reconquista de La Goleta, en 1574,
un acontecimiento realmente impresionante pero que no invalidaba más que el
éxito efímero que había tenido Don Juan el año anterior.13 Es claro entonces
que no se la puede igualar a la batalla de 1571, ni siquiera al asedio de Malta
en 1565.
Por otro lado, desde entonces y durante dos siglos, no se produjo ningún
conflicto cristiano-musulmán importante en aguas mediterráneas, ni de este, ni
de oeste. Este hecho no se debía sólo a que el interés español se encontrara
centrado ahora en el Atlántico y en Europa del norte14; se debía principalmente
a la decadencia del poder marítimo otomano, decadencia que Cervantes ya
había notado en 157115 y, que los mismos cristianos que habitaban en el
imperio turco, verán de cerca durante las primeras décadas que siguieron a
Lepanto16. Por supuesto, la reducción del poder militar otomano fue un proceso
lento, pero continuo: fue necesario que transcurriera casi un siglo para que los
turcos empezaran su retirada de la región norte de los Balcanes, es decir,
después del segundo, siniestro para ellos, sitio de Viena, en 1683, y sobre todo,
con la intervención, en 1684, de una nueva alianza, la Liga Sacra de Linz;17 y
esperaremos dos siglos enteros para ver un nuevo desastre de la flota otomana
en el Mediterráneo, como fue durante la batalla naval del 7 de julio de 1770 en
el golfo de Çesmé, al este de la isla de Quíos.18
Pero aun cuando pareciera haber entonces una especie de estancamiento, la
presencia marítima de los dos grandes rivales no dejó de existir en el Medite-
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rráneo, si bien se había reducido, claro, en tamaño y eficacia. Es por ello que
el período inmediatamente posterior a Lepanto pertenece a un nuevo capítulo
de la historia mediterránea, caracterizado por continuos enfrentamientos
navales, aunque a menor escala. Las fuerzas cristianas —fundamentalmente las
flotas españolas de Nápoles y Sicilia, así como las flotillas de los caballeros de
Malta y de Toscana— se limitaron a reiteradas campañas corsarias en el archipiélago del Egeo y las costas del mar Jonio.19 Los otomanos, a su vez, se conformaban con las incursiones de menor alcalce, que realizaban sus aliados
norteafricanos en las costas de Sicilia, del sur de Italia, Cerdeña, las islas
Baleares y, cada vez menos, en las costas de Cataluña y del sureste de la península ibérica20. No obstante, mientras los ataques de los norteafricanos apenas si
ejercerán un cambio serio en la situación política y económica del Mediterráneo occidental, no se puede afirmar lo mismo de las incesantes operaciones
de los cristianos en el Levante, las cuales, llevadas a cabo casi anualmente y,
a pesar de su limitada extensión, traían sus consecuencias: primero, fomentaban conflictos de orden político que ponían en duda una y otra vez la legitimidad de la soberanía otomana, influyendo así en las relaciones entre la
Sublime Puerta y las potencias europeas; segundo, minaban continuamente el
desarrollo de la marina mercante otomana, como resultado de sus constantes
operaciones navales (barcos hundidos, prisioneros cautivos, daños causados en
los desastres y los saqueos etc.).21 Esta situación, en cambio, favoreció directamente las actividades marítimas mercantiles de los griegos, quienes, gozando
de una relativa tolerancia por parte de los corsarios cristianos, se encargaron
del tráfico de productos del imperio otomano hacia las rutas del Levante e
incluso del Mediterráneo central.22 Para quienes están familiarizados con la
historia neohelénica, este hecho es de especial interés, ya que está conectado
con circunstancias que, más tarde, llevarán a un cambio en el escenario económico y, en cierto modo, también político, del mundo griego moderno.
Objeción segunda: El gran impacto de la batalla naval en el mundo cristiano no tuvo posteriores resultados, puesto que la Liga, aparte de su actuación
colectiva, no era en realidad paneuropea y no influyó en la totalidad de éste, ni
siquiera en el lado occidental.
Para empezar, cuando, el 20 de mayo de 1571, se constituye la «Santa
Liga Antiturca» como confederatio perpetua, a pesar de que mostró un carácter
no duradero, desde un principio se sumaron a ella no sólo España, Venecia y
la Santa Sede, sino que también Génova (que, de todas maneras, se encontraba
hacía años al servicio de la marina española), los caballeros de Malta y casi
todos los pequeños estados italianos (Toscana, Saboya, etc.), incluso aquellos
que eran enemigos de Venecia y España23. Desde este punto de vista entonces,
tenemos una repercusión importante de orden político, aun cuando fuese transitoria: la pacificación, en primer lugar, de los pequeños estados italianos y su
coalición, suceso que podríamos considerarlo como una muestra, muy
temprana, de la unificación italiana.24
Pero además, la batalla naval no fue sólo obra exclusiva de españoles e italianos. La presencia paralela, dentro de la Liga, de aventureros y mercenarios,
provenientes de diversos países de Europa (de Suiza, la mayor parte, pero
también de Portugal, Irlanda, Dinamarca, Suecia, Alemania, Austria, Polonia e,
incluso, de una Francia filoturca25), le daba a esa enorme movilización de
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fuerzas, más que un simple carácter mediterráneo; hasta cierto punto era
paneuropea.
Al mismo tiempo, el clima ideológico que surge tras la batalla en Europa
occidental (y, como veremos, también en el Oriente cristiano), no tenía precedentes: la victoria cristiana en sí constituyó una razón para que reviviera el
espíritu de cruzada a nivel pancristiano, incluso en aquellos países que colaboraban con los otomanos (por ejemplo en Francia)26. Y este resurgimiento del
clima antiturco se ve, justamente, reflejado de dos maneras: primero, en la
circulación de numerosos impresos breves y de carácter popular, que se
referían al Turco y a su régimen tiránico27 y, segundo, en una abundante producción literaria y artística. No sé de otro acontecimiento de la historia
moderna europea, anterior a la Revolución francesa, que haya inspirado tantas
obras de la literatura y del arte, como ocurrió con la batalla naval de Lepanto.
Independientemente de su calidad, la abundancia de estas manifestaciones, así
como su alcance geográfico y su constante presencia a través del tiempo en
diversos campos artísticos —desde la literatura popular y los singulares
escritos profético-escatológicos, hasta la literatura erudita, junto con el teatro,
la música, la escultura y la pintura—28 apuntan a un mismo hecho histórico:
que los pueblos europeos, a pesar de su disgregación política y, más notable
aun, a pesar de la gran escisión eclesiástica que los marcaba, continuaron
actuando, ideológicamente, como miembros de una misma comunidad,
compacta, o, si se quiere, de un «cuerpo cristiano común».29
Por otro lado, aunque la opinión pública europea no se liberó completamente de su tradicional «turcofobia»30, aun así el mundo occidental dejó atrás,
en gran parte, su complejo de inferioridad frente al poderío otomano tanto
militar como naval, pero sobre todo frente a este último.31 Es más, el número
de desembarcos enemigos que realizan los turcos, ya sea en el Mediterráneo
central u occidental, se ve, como ya se ha dicho, claramente reducido a partir
de 1571.
Las dos objeciones que veremos ahora conciernen principalmente a los
griegos: La batalla naval, si bien tuvo lugar en aguas helénicas, los griegos
mismos no participaron en ella; estamos, pues, hablando de un enfrentamiento
en el que se debatieron las fuerzas occidentales con las otomanas, pero en el
que no tomaron parte los pueblos cristianos del Levante turco.
Y no obstante: la intervención, al menos del factor griego, en la guerra de
Chipre y, en particular, en Lepanto, no era despreciable. El silencio que caracterizó a la bibliografía occidental, respecto a este punto, debido comúnmente
a la ignorancia sobre la existencia de las fuentes correspondientes (las «orientales», en particular), así como a la parcialidad con que los historiadores seleccionaban las suyas, no borra una realidad bastante bien documentada: que la
participación en el terreno militar, primero que nada de los griegos y, hasta
cierto punto, de otros pueblos cristianos del territorio otomano, constituye un
fenómeno con bastante importancia.32
En concreto, la presencia griega la podemos apreciar sobre todo en los
siguientes campos:
a) En la tripulación de las naves. Los casos más conocidos son las 4
galeras equipadas con comandantes y marinos griegos de Corfú, las 5 galeras
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con tripulación de la isla de Zante y las 20 con cretenses. Dichas naves, junto
con otras menores y menos equipadas, las cuales, operaban en las costas occidentales del Epiro y del Peloponeso, tomaron parte, a excepción de unas pocas,
en la batalla naval de Lepanto. A este mismo campo de acción pertenecen los
marinos griegos que operaban, ya fuera en conjunto con la flota cristiana o
independientemente.33
b) En el potencial humano que intervino tanto en la defensa de Chipre,
como en la de otras regiones bajo dominio veneciano, en Lepanto y en las
operaciones, en general, de la Liga hasta el final de la guerra. En las fuerzas de
tierra servían primeramente los «stradioti» o «estradiotas» y, en segundo lugar,
las unidades militares irregulares greco-albanesas, que, como se sabe, eran
empleadas tanto por los venecianos (en especial en sus dominios del Levante),
como por los españoles en Nápoles y Sicilia, así como en casi todas las guerras
itálicas y en Flandes.34 No disponemos de cifras exactas con respecto al
número de los combatientes griegos provenientes de los territorios españoles
de Italia. En todo caso, en base a los datos disponibles, sabemos que la mayoría
de la población masculina adulta de origen griego y albanés, residente en la
Italia española de esa época, sirvió en el ejército, la caballería ligera y en la
marina.35 Además, numerosos testimonios, guardados principalmente en el
archivo general de Simancas, hacen referencia a la participación de denominados griegos en «la batalla naval», la «jornada de Navarino» y en las operaciones de Don Juan en Túnez36. Los venecianos, por su parte, hacían reclutamientos masivos, generalmente obligatorios, para el ejército y la marina, pero
no sólo en sus territorios, sino que también en aquellos bajo dominio otomano
(como, por ejemplo, en las islas Cícladas)37. Se calcula que en 1570-1572
fueron reclutados, por lo menos en Creta, 3.841 remeros y marinos, además de
3.721 soldados.38
Sin embargo, en el número de griegos combatientes en Lepanto hay que
considerar a los griegos de la parte turca. Es así como se calcula que en las
vísperas de la guerra había entre 7.500 a 10.000 griegos, provenientes de Asia
Menor y de las islas del Egeo, reclutados obligatoriamente como marinos y
remeros en la flota otomana39. La mayor parte de ellos desapareció al hundirse
las galeras otomanas en el golfo de Corinto. Paralelamente, casi todas las
narraciones hechas por testigos presenciales de la época, hacen mención el
papel decisivo que tuvieron en la batalla naval los motines y sublevaciones en
masa por parte de los marinos y remeros cristianos de la flota enemiga. Por
esta razón todos los prisioneros griegos, sin excepciones, fueron liberados,
tras la batalla por los comandantes de la Liga.40 Como conclusión, podemos
estimar que, exceptuando a españoles e italianos, la participación griega en las
operaciones bélicas de la Santa Liga fue mayor comparativamente a la de los
demás pueblos europeos beligerantes.
Igualmente debe hacerse notar que los griegos también se sumaron, a su
modo, a la euforia que se produjo en toda Europa con la creación de la Santa
Liga y, en especial, con la victoria de los aliados cristianos en las islas Echínades. Las fuentes griegas respectivas, las llamadas «enthymiseis» (glosas
recordatorias) y «crónicas breves» lograron, con su laconismo y todo, expresar
de una manera indirecta y reservada la alegría que había provocado en estos
autores anónimos la aparición en aguas griegas del «millar de bajeles latinos»
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y, más tarde, «la admirable y magna guerra» en la que precisamente —dice—
«vencieron los Romaios»41.
En los territorios bajo dominio veneciano y entre los griegos de la
Diáspora, dicha euforia fue abierta y, en consecuencia, mucho más notoria, por
razones obvias; por ello las muestras artísticas y literarias griegas que tienen
como tema la guerra de Chipre, provienen justamente de estas regiones. No me
refiero sólo a los escasos versos que se salvaron del paso del tiempo, sino que
en especial, a las representaciones pictóricas de la batalla naval, ya sean
dibujos (p. ejemplo los de Jorge Klontsas), iconos de la escuela jonia o las
grandes composiciones (como las obras de Doménico Theotocópulos, con su
retrato de Don Juan y, más aún, con su «Alegoría de la Santa Liga», o, los
frescos de Antonio Vasilakis (o Aliense), que decoraban el palacio ducal de
Venecia.42
Cuarta y última objeción: La intervención del factor griego en la guerra no
impidió el avance turco en Chipre, ni la conquista de la isla; tampoco puso en
serio peligro la soberanía otomana en otras regiones griegas.
No obstante, la actuación de la Santa Liga y el desastre de la flota otomana
en Lepanto no están totalmente desconectadas del destino del pueblo heleno:
En las vísperas mismas de la batalla naval se había producido un clima revolucionario, único, en numerosas regiones del mundo griega (desde Chipre,
Rodas y Peloponeso hasta Macedonia y el Epiro del norte), que se relacionaba
directamente con el curso que tomaban las operaciones de la armada cristiana43. He aquí como describe las cosas en su patria el autor de un importante
texto de la época: la Crónica de Galaxidi, escrita por el monje Eutimio, proveniente de un pueblo cercano a Delfos: «Disponiéndose los francos (los occidentales) a vencer a la armada turca, le dijeron a todos los cristianos que se
levantaran en armas contra los turcos, y que ellos los ayudarían. Escuchando
entonces los cristianos tales palabras de alivio con gran alegría y muy ocultamente se prepararon… y acordaron que algunos de tierra firme y otros del
mar atacaran a los turcos diciendo ‘o la muerte o la liberación, y quien se arrepienta y nos traicione que no vea mejores días en el rostro de Dios’. Y todos
pusieron las manos sobre los iconos y juraron por su vida… etc.»44
Todas aquellas rebeliones fracasaron o terminaron en sangrientos encuentros. Aun así, la esperanza de que algún día reaparecería «la armada», sirvió
para mantener, durante décadas, un continuo espíritu revolucionario casi en
todos las regiones griegas. Dichos intentos de sublevación, por su parte, incluso
aquellos que constituían meros planes antiturcos y que no se llevaron nunca a
cabo, fueron todos organizados inspirándose en el eco permanente de «aquel
gran día»; y, al comienzo, en conjunto con las fuerzas aliadas cristianas que
habían tomado parte en los hechos de 1570-72, y, más tarde, en colaboración
con otros continuadores de la causa.45
Pero todos estos intentos, claro, no tuvieron resultados inmediatos; en los
casos más desafortunados terminaron en rebeliones desorganizadas y de
carácter local (en Chipre, el Peloponeso, en la Macedonia nordoccidental, en
Tesalia y en el Epiro). Sin embargo, no por ello dejarían de tener consecuencias en el futuro. Primero que nada, revivieron la idea de que el régimen
otomano no era ni legítimo ni tampoco irrevocable; de este modo, atizaban la
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llama de la resistencia griega durante décadas. Segundo, permitieron que el
asunto de la liberación se mantuviera pendiente, conectando, al mismo tiempo,
la cuestión griega con la política europea en el Mediterráneo oriental.46
La importancia de este hecho se hace más evidente cuando la analizamos
dentro de la perspectiva del tiempo. Porque, en último caso, la batalla naval de
Lepanto, el 7 de octubre de 1571, preparó a largo plazo el terreno para la
batalla naval de Navarino, que 256 años más tarde, el 8/20 de octubre de 1827,
abrirá finalmente el camino para la liberación de Grecia y, con la independencia helénica como una suerte de catalítico, precipitará los procesos históricos que cambiarán, en forma radical, el mapa político de Europa sudoriental.
NOTAS
1 Don Quijote de la Mancha, ed. Juan Bautista de Avalle-Arce, Madrid, 1979, vol. 1, Prólogo
al lector.
2 Ya que el blanco de la mayoría de las acusaciones fueron la casa de Austria y, en particular,
Felipe II, quienes, evidentemente habían cosechado los honores de la victoria a través de Don Juan.
De la enorme bibliografia sobre el tema, me limito aquí a citar sólo el estudio clásico, aunque
polémico, de J. Juderías, La leyenda negra, Madrid 1917 (última ed. 1986), y las obras más
recientes de H. Kamen y J. Pérez, La imagen internacional de la España de Felipe II: Leyenda
negra o conflicto de intereses, Valladolid 1980, y de Ricardo García Cárcel, La leyenda negra:
Historia y opinión, Madrid 1998.
3 De todos modos es evidente la inseguridad del destacado representante de la historiografía de
la «larga duración», Fernand Braudel, en el capítulo que dedica justamente a Lepanto en su ya consagrada obra El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II, 2a ed. francesa,
París 1966, 2a española Madrid 1976; véase la edición inglesa (utilizada para el presente estudio)
The Mediterranean and the Mediterranean World in the Age of Philip II, London 1972, vol. II, p.
1089. La inseguridad de Braudel, que de cierta forma también está presente en su «Bilan d’un
bataille», en Il Mediterraneo nella seconda metà del ’500 alla luce di Lepanto, ed. G. Benzoni, Florencia 1974, págs. 109-120 (= «Lepanto: Balance de una batalla», En torno al Mediterráneo, Barcelona 1997, págs. 287-298), llevó a Andrew Hess a ver en el destacado historiador francés la tendencia a atribuirle a la batalla una imagen similar a la de «previous imperial histories»; véase su
artículo «The Battle of Lepanto and its Place in Mediterranean History», Past and Present, 57
(Nov. 1972), págs. 55-56. Para una valoración de la política filipina en el contexto de Lepanto,
véanse las observaciones de E. Martínez Ruiz, «Felipe II en la encrucijada, 1565-1575», Madrid,
Revista de Arte, Geografía e Historia, 1 (1998), págs. 73 y ss.
4 Para lo primero véase el análisis de Hess, op. cit., págs. 65-68. Respecto a las negociaciones
hispano-turcas, que llevaron a la tregua de 1580, Braudel dedica bastantes páginas originales en The
Mediterranean, II, págs. 1143 y ss.
5 Cf. también los interesantes análisis positivos sobre la importancia de la batalla, presentados
en dos recientes estudios: Jean Dumont, Lépante, l’histoire étouffée, París 1997 (ed. esp.: Lepanto,
La historia oculta, Madrid 1999, págs. 75 y ss.); David García Hernán y Enrique García Hernán,
Lepanto: El día después, Madrid 1999, págs. 15-19, 157-162.
6 Michel Lesure, «Notes et documents sur les relations vénéto-ottomanes, 1570-1573, I»,
Turcica, 4 (1972), págs. 134-164; cf. M. Brunetti, «La crisi finale della Sacra Lega (1573)», Miscellanea in onore di Roberto Cessi, vol. 2, Roma 1958, págs. 145-155.
7 Sobre el cambio de la política naval española después de Lepanto, cf. M. de P. Pi Corrales,
El declive de la marina filipina, 1570-1590, Madrid 1989.
8 Para la bibliografía reciente cf. J. M. Floristán, «Los prolegómenos de la tregua hispano-turca
de 1578», Südostforschungen, 57 (1998), págs. 53 y ss.
9 Con respecto a la política antiturca de la Santa Sede después de Lepanto se puede consultar
la monografía breve de Massimo Petrocchi, La politica della Santa Sede di fronte all’invasione
ottomana (1444-1718), Nápoles 1955, págs. 78 y ss. Sobre la Liga del papa Clemente VIII, cf. Alexander Randa, Pro Republica Christiana: Die Walachei im «Langen» Türkenkrieg der katholischen
Universalmächte (1593-1606), Munich 1964, págs 63 y ss., Peter Bartl, «Marciare verso Constantinopoli. Zur Türkenpolitik Klemens’ VIII», Saeculum, 20 (1969), págs. 44-56, y, recientemente,
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Marko Jakov, I Balcani tra Impero Ottomano e potenze europee (sec. XVI e XVII): Il ruolo della
diplomazia pontificia, Cosenza 1997.
10 En cuanto a la intervención de Inocencio XI en la Sacra Liga de Linz, además de las abundantes relaciones que comprende la extensa obra de Ludwig von Pastor, Geschichte der Päpste, vol.
XIV-2, págs. 694 y ss., cf. Petrocchi, op. cit., págs. 95 y ss.
11 Braudel, The Mediterranean, vol. 2, págs. 1127-1142; cf. Hess, op. cit., págs. 64-66.
12 Cf. Michel Lesure, Lépante: La crise de l’empire ottoman, París 1972, págs. 10 y ss,
254-255.
13 Dumont, op. cit., págs. 85-86, cita la «paradójica» evaluación de Cervantes, testigo presencial en las operaciones de Túnez, quien, en el Quijote (1a parte, cap. xxxix), afirma que «fue particular gracia y merced que el Cielo hizo a España el permitir que se asolase aquella oficina y capa
de maldades y aquella gomia o esponja y polilla de la infinidad de dineros que allí [en Túnez] sin
provecho se gastaban».
14 Cerca este eje estratégico se refiere más o menos la opinión de Braudel sobre la «paz en el
Mediterráneo» tras la recuperación de Túnez por los turcos: The Mediterranean, vol. 2, págs. 1139
y ss.
15 Quijote, I, xxxix.
16 I. K. Hassiotis, «O archiepískopos Achridos Ioakeím kai oi synomotikés kiniseis sti Vóreio
Épeiro, 1572-1576)» [El arzobispo de Ocrida Joaquín y los movimientos conspiratorios en el Epiro
del Norte], Makedonicá, 6 (1964), págs. 238 y ss., y «Spanish Policy towards the Greek Insurrectionary Movements of the Early Seventeenth Century», Actes du IIe Congrès Intern. des Études du
Sud-est Européen, vol. 2, Atenas 1978, págs. 313 y ss.
17 Sobre la euforia que surgió en Europa occidental, análoga a la de Lepanto, aunque de menor
alcance geográfico, después del fracaso turco en Viena, véase S. C. Chew, The Crescent and the
Rose: Islam and England during the Renaissance, Nueva York 1937, págs. 141 y ss., Cl. D. Rouillard, The Turk in French History, Thought and Literature (1520-1660), París 1938, págs. 70-72,
365-366, 379, 414-415, y D. M. Vaughan, Europe and the Turk. A Pattern of Alliances, 1350-1700,
Liverpool 1954, págs. 284-285; cf. L. Drapeyron, «Un projet français de conquête de l’empire
ottoman du XVIe et XVIIe siècles», Revue des Deux Mondes, 18 (1876), págs. 144-145.
18 La reacción de la opinión pública europea ante los éxitos rusos durante la guerra de 17681774 y, en particular, después de su victoria en Çesmé, se refleja en la circulación de publicaciones
populares y en la producción literaria de intelectuales, italianos, en particular: Franco Venturi, Settecento riformatore, vol. III: La prima crisi dell’Antico Regime, 1768-1776, Torino 1979, págs. 110124. En cuanto a la postura de los griegos de Nápoles, cf. Costantino Nicas, «Cultura arcadica e
Greci a Napoli nel settecento», Italohelenicá, Rivista di cultura greco-moderna, 2 (1989), págs.
237-251.
19 De la extensa, aunque variada, bibliografía sobre el tema, me limito aquí a citar, además de
la obra general de Cesáreo Fernández Duro, Armada española, desde la unión de los reinos de
Castilla y Aragón, vol. 3, Madrid 1897 (reimpr. en 1972), los estudios especiales de Gino Guarnieri,
I cavalieri di Santo Stefano nella storia della marina italiana (1562-1589), Pisa 1960, págs. 138 y
ss., Alberto Tenenti, Venezia e i corsari, 1580-1615, Bari 1961, págs. 48 y ss., y Jaime Salvá, La
orden de Malta y las acciones navales españolas contra turcos y berberiscos en los siglos XVI y XVII,
Madrid 1944, págs. 287 y ss.
20 Véase, por ej., los estudios registrados por Florentino Pérez-Embid y Francisco Morales
Padrón en su Bibliografía española de historia marítima, 1932-1962, Sevilla 1970, pág. 83, núm.
1.355-1.364, y el libro de Salvatore Bono, I corsari barbareschi, Turín 1964.
21 Ferrucio Sassi, «La politica navale veneziana dopo Lepanto. Il primo periodo: Da Lepanto
ai tentativi di Lega Italica», Archivio Veneto, n.s., 38-41 (1946-47), págs. 99-200.
22 Alexandra Krantonelli, «I simasía tis navmachías tis Navpaktu stin anáptixi tis ellinikís navtilías» (La importancia de la batalla naval de Lepanto en el desarrollo de la marina mercante griega),
Símikta (Instituto Nacional de Investigaciones, Atenas), 9 (1994), págs.269-282.
23 Cf. Dumont, op. cit., págs. 43-44, 62.
24 Cf. Dumont, op. cit., págs. 44-45: «Una prefiguración de la unidad italiana».
25 Cf. Dumont, op. cit., págs. 71-72. Sobre los «fanti foresteri» de las fuerzas venecianas que
han participado en la guerra de Chipre y en Lepanto cf. las referencias de John R. Hale, «From Peacetime Establishment to Fighting Machine: The Venetian Army and the War of Cyprus and
Lepanto», en Il Mediterraneo nella seconda metà del ’500 alla luce di Lepanto, ed. Gino Benzoni,
Florencia 1974, págs. 174-175, 182.
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26 Chew, op. cit., págs. 3 y ss., 100 y ss., y Rouillard, op. cit., págs. 37 y ss., 169 y ss., 646 y
ss. Es importante notar que después de Lepanto se produjo un clima anticristiano en la sociedad
otomana que, por décadas, influyó también negativamente en las relaciones entre la Sublime Puerta
y las potencias católicas, en especial, con España; cf. Angelo Tamborra, Gli stati italiani, l’Europa
e il problema turco dopo Lepanto, Florencia 1961, págs. 2-3.
27 La bibliografía más completa sobre estos impresos (turcica), aunque sólo del siglo XVI, se
registró en dos tomos por C. Göllner, Turcica: Die europäischen Türkendrücke des XVI. Jahrhunderts, Berlín-Bucurest 1961.
28 La bibliografía es extensa. A modo de ejemplo se puede citar a José López de Toro, Los
poetas de Lepanto, Madrid 1950, págs. 26 y ss. Cf. también la obra impresionante de Albert Mas,
Les Turcs dans la littérature espagnole du siècle d’or. Recherches sur l’évolution d’un thème littéraire, vols. 1-2, París 1967, así como las contribuciones de Carlo Dionisotti, Giovanni Gorini,
Achille Olivieri y Anna Pallucchini en Il Mediterraneo nella seconda metà, págs. 127-151, 153-162,
257-277, 279-287.
29 Sobre el significado que tenía en esa época este término y el papel del desafío turco en la
evolución histórica del mismo, cf. I. K. Hassiotis, Anazitontas tin enotita stin polimorfía: Oi
aparchés tis evropaïkís enotitas (Buscando la unidad en la variedad: Los orígenes de la unidad
europea), Tesalónica 2000, págs. 59 y ss.
30 Relacionado con este fenomeno: H. J. Kissling, «Türkenfurcht und Türkenhoffnung im
15./16. Jahrhundert. Zur Geschichte eines Komplexes», Südost-Forschungen, 23 (1964), págs. 1-18.
31 Braudel, The Mediterranean, vol. 2, págs. 1088, 1103 y ss.
32 En cuanto a la participación de los griegos en la guerra de Chipre y en la batalla de Lepanto:
I. K. Hassiotis, Oi Éllines stis paramonés tis navmachias tis Navpaktu, 1568-1571 (Los griegos en
las vísperas de la batalla naval de Lepanto, 1568-1571), Tesalónica 1970, págs. 135 y ss., 194 y ss.,
209 y ss.; cf. Manoussos Manoussacas, «Lepanto e i Greci», Il Mediterraneo nella seconda metà,
págs 224 y ss. Sobre la impresión que causó la batalla en los pueblos de los estados danubianos:
Andrei Pippidi, «Les pays danubiens et Lépante», ib., págs. 289 y ss.
33 Hassiotis, op. cit., págs. 91 y ss., 197 y ss.
34 Hassiotis, op. cit., págs. 135 y ss. Cf. Nasa Patapíu, «I káthodos ton Ellinoalvanón stradioti
stin Kypro» (El avance de los estradiotas griego-albaneses en Chipre», Epetirida (Centro de Investigaciones Científicas, Nicosia), 24 (1998), págs. 194 y ss.
35 Cf. I. K. Hassiotis, «Sull’organizzazione, integrazione e ideologia politica dei Greci a Napoli
(XV-XIX sec.)», Epistimoniki Epetiris (Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Tesalónica), 20
(1981), págs. 443-444, 446 ss.
36 Sobre el desembarco de las fuerzas de la Liga en Navarino, en 4/5 de octubre de 1572, véase
Braudel, The Mediterranean, vol. 2, pág. 1123.
37 Hassiotis, Oi Éllines, págs. 169 y ss.
38 Hassiotis, op. cit., págs. 205-206.
39 Basilis Sfiróeras, Ta elliniká plirómata tu turkikú stólu (La tripulación griega de la armada
turca), Atenas 1968, págs. 24-27; cf. Lesure, Lépante, pág. 192.
40 Sfiróeras, op. cit., págs. 29-30; Manoussacas, op. cit., pág. 229.
41 Es curioso el uso en esta frase del término «Romaioi», que se aplicaba a los griegos, ya
desde la Edad Media; cf. Spyros Vryonis, «Recent Scholarship on Continuity and Discontinuity of
Culture: Classical Greeks, Byzantines, Modern Greeks», Byzantina kai Metabyzantina, 1 (Malibu,
1978), págs. 248 y ss.
42 Manoussacas, op. cit., págs. 231-232.
43 Hassiotis, Oi Éllines, págs. 91 y ss., 135 y ss, y passim.
44 Véase la primera edición de Constantino Sathas, Chronicón anékdoton Galaxidíu (Crónica
inédita de Galaxidi), Atenas 1865, págs. 212 y ss.
45 I. K. Hassiotis, «Oi evropaïkés dynameis kai to próvlima tis ellinikís anexartisías» (Las
potencias europeas y el problema de la independencia griega), en Ellada: Historía kai politismós,
Tesalónica 1981, págs. 97 y ss.
46 Cf. Hassiotis, op. cit., págs. 108-109, 114 y ss.
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LEPANTO EN LAS EJEMPLARES
Alicia Parodi de Geltman
Era inevitable que esta vez habláramos de Cervantes en Lepanto. Pero,
¿acaso lo hace el autor, por lo menos en este corpus de las Ejemplares prologado por el más encendido elogio en toda su obra a «la más memorable y alta
ocasión que vieron los siglos»? Sabemos que lleva el recuerdo en el cuerpo,
más exactamente en la mano izquierda, que es la única marca corporal que
exhibe su literatura, puesto que el retrato —el escamoteado del amigo, el
apócrifo de Juan de Jáuregui y el repuesto (hecho y deshecho por él mismo),
más el par de docenas de testimonios inventados, se resiste a la representación.
Dé él no queda otra cosa que un blanco de página, una no-figura. Debemos de
suponer, entonces, para Lepanto un proceso similar de borramiento y rescritura.
La colección que sigue a este Prólogo está compuesta por doce u once
narraciones cortas, según donde se mire; aunque luego de un extenso trabajo
sobre la poética alegorizada, hemos decidido que se trata de una sola novela,
armada en tres series y algunos recovecos. Lepanto, como el retrato prologal,
y asociado a él, es un blanco, una no-figura.
En la primera de las tres series en que las Ejemplares parecen estructurarse
(La gitanilla, El amante liberal y Rinconete y Cortadillo), el primer síntoma lo
ofrece Chipre en El amante, la novela medial. Contra las ruinas de las murallas
de Nicosia, construidas / destruidas y evocadas en parlamento directo por el
amante como gran apertura escenográfica, se recortará la figura de Leonisa,
aparentemente muerta y verdaderamente resucitada. El único judío que usa la
colección la lleva hasta allí para ser vendida apenas el amante da por concluido el largo relato retrospectivo que nos coloca en los acontecimientos.
Como reapertura de ellos se suceden dos retratos de Leonisa. Leonisa con
antifaz-Leonisa sin él. En los turcos, la luz de su belleza despierta lujuriosos
deseos, no en Ricardo, «el que más la conocía». No es difícil que ahora asociemos Chipre al arquetipo femenino de Venus, y ésta a las Venus del neoplatonismo florentino de las que nos habla Panovsky,1 vestidas y desnudas. Como
las que no llevan vestimenta, Leonisa es símbolo de verdad. A su vez, los
mitógrafos ven en Venus una prefiguración de la Virgen María. Y efectivamente, Leonisa es una mujer, que como la Virgen reabre el ciclo de la Creación
en el que resucita la criatura humana, precisamente con su Concepción Inmaculada, cuya imagen entre resplandores se difunde muy especialmente en
España después de Trento, en sustitución de aquella que la representaba en el
beso de Joaquín y santa Ana. (Santa Ana, el primer romance de Preciosa, recordemos).2
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Todavía, y a pesar de saber que la toma de Chipre indujo a Pío V a reunir
en contra del Turco a la Liga Santa3, el lector no tiene suficientes datos como
para establecer el nexo entre Lepanto y Leonisa.4
Pero si sigue leyendo en orden la colección se encontrará con el mapa de
la Liga Santa en el viaje a Italia del Licenciado Vidriera, la novela central de
la segunda serie, cuyos laterales son La española inglesa y La fuerza de la
sangre.
Cervantes ha marcado las tres novelas de esta segunda serie con un recurrente y autobiográfico viaje a Italia5 . El cautiverio está retratado en la
Española inglesa, pero la geografía no va más allá de Roma. La primera
hazaña naval de Ricaredo (recordemos que Lepanto es llamada así, «la naval»),
toca sí las Tres Marías donde fue capturado nuestro autor6, pero más bien
recuerda las incursiones de los ingleses en el Mediterráneo que dieron lugar a
la construcción de la Armada Invencible, en que la participación de Cervantes
no tuvo carácter heroico. Lepanto en La española inglesa es por lo tanto un
lugar prometido y constantemente soslayado. Y en La fuerza de la sangre,
poco hay de autobiográfico: quizás su mecenas o un hijo anotado en el
Parnaso.
Hay que llegar al Licenciado. Antes de convertirse en «intocable», Tomás
viaja desde España a Italia. Si sólo contamos los renglones veríamos que las
ciudades a las que dedica más espacio son Roma y Venecia, y que pasa dos
veces por Nápoles para ir a Mesina, en un circuito no planeado7. Roma,
Venecia y Mesina constituyen aproximadamente los extremos del recorrido
italiano: Roma y Venecia, no hace falta decirlo, fueron, junto con España,
socios de la Liga Santa. Mesina, es el puerto donde embarcaron los hermanos
Cervantes.
Esta vez Cervantes está tocando Lepanto. Casi. La posible asociación que
traspasa los mares se produce a propósito de Venecia. Venecia, sin embargo
envía la imaginación de Tomás, que todo lo ve y registra, al Occidente, a
América. Los lectores que, desde el prólogo, buscamos Lepanto, quedamos una
vez más burlados.
En cambio, cercana a la costa oriental, en el centro, hay una ciudad y en
ella sólo un «aposento» que suscita el asombro. Se trata del aposento donde se
relató la más alta embajada y de más importancia que vieron, y no entendieron, todos los cielos, y todos los ángeles, y todos los moradores de las
moradas sempiternas.
Los habitantes de la altura no entienden este acontecimiento político. Sin
embargo, para algunos terrestres, como san Agustín, se trata del viaje que parte
la historia del hombre en dos, el del ángel que anuncia a la Virgen la Encarnación Divina en su vientre. El aposento de Jerusalén, trasladado por los
ángeles a la ciudad de Loreto, es el que visita Tomás, después de volver a
Nápoles y Roma.
Nunca ningún personaje como el cristalino licenciado reflejó simultáneamente a Cervantes y a la Virgen. La Anunciación se corresponde a la etapa de
formación de Tomás. La decisión heroica de Cervantes, recordada por uno de
los vértices del triángulo, también: ¿que nos quiere decir?
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Como el lector lee alegorías en el mapa cifrado que es la escritura cervantina, así Tomás ve el aposento de Nuestra Señora de Loreto desde las reliquias:
…no vio paredes ni murallas, porque todas estaban cubiertas de muletas, de mortajas, de
cadenas, de grillos, de esposas, de cabelleras, de medios bultos de cera y de pinturas y
retablos, que daban manifiesto de las innumerables mercedes que muchos habían
recibido de la mano de Dios por intercesión de su divina Madre.
Tomás no representa la mirada del «que más la conocía» como Ricardo, ni
siquiera ve las murallas. Tomás se prepara para licenciado, lo confundiríamos
con el último Quevedo, el que hace sonar la Hora, por ejemplo. Es la mirada
histórica que sin embargo ve el centro porque mira simultáneamente desde
arriba. Por eso ve, a saber: la mano divina, a través de la intercesión de la
Virgen, y luego la debilidad y miseria del hombre salvado, el agradecimiento
a través de su dignidad rescatada en obra de artificio, y todavía más, ve su
propia mirada, aguzada para reconstruir la totalidad. Casi como emblemas de
estas perspectivas que parecen diferenciar las series de novelas, la Inmaculada
de la primera restituye la imagen de la criatura humana antes de la caída. La
Anunciación es ya historia.
Diremos además, que la poética de la doble perspectiva está novelada dos
veces en la colección: en el poema amebeo a Preciosa de Andrés y Clemente
y en las coplas del relato de Ricardo en El amante liberal. En cambio, si
releemos Rinconete, vamos a reconocer el producto de la doble mirada.
Pues bien, después de lo que hemos llamado la novela de giro, El celoso
extremeño, la tercera serie (La ilustre fregona, Las dos doncellas, La señora
Cornelia, es serie de vuelta. Esta difícil mirada que conjuga dignidad y miseria,
modélica en El licenciado (segunda serie) se va a desplegar en matices en la
tercera serie.
Sucede que Cervantes ha ido variando la manera de construir el sentido y
por lo tanto de obligarnos a leer. Ahora podemos caracterizar a la primera
serie por sus arquetipos. Si no fuera por lo que nos costó, diríamos que éstos
se presentan casi directamente, con obviedad. Sólo Leonisa, la que en principio
no asociaríamos con Lepanto es la que lleva tras sí capas superpuestas de
intertextos históricos, habida cuenta de que no hemos hecho jugar las acaloradas polémicas que agitaron a las distintas órdenes religiosas a propósito de la
Inmaculada. La segunda serie sí es histórica. Allí, más que arquetipos, reconocemos prototipos, personajes de una historia que es sagrada. Los intertextos
culturales, si bien nos obligan a cierto ingenio, tienen lógica, por lo menos a la
luz de la poética.
La tercera serie, en cambio, más que jugar con personajes o con personajes
más intertextos culturales, es serie de miradas y artificios, contemplación e
imitación. La podríamos caracterizar con la conclusión tridentina tomada de la
Carta de Santiago, la fe con obras, citada en La ilustre fregona. El padecimiento del lector aquí es supremo.
Veamos: nada nos recuerda a Lepanto en La ilustre. Pero otra vez, la
novela medial, Las dos doncellas, parece escrita desde la mirada de un ángel
en la tierra. O un arcángel, Rafael, arcángel médico. Las tres novelas terminan
renovando los orígenes, pero en ésta, desde la necesidad que significa la
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deshonra de dos doncellas, terminaremos rehaciendo la dignidad de quienes
debieran presidir la pirámide: la de los padres.
Rafael de Villavicencio cura a ambas doncellas: casa a su hermana Teodora
con el amante desentendido, Marco Antonio, da su nombre y vestidos de mujer
a Leocadia, más que deshonrada, culpable. Cuando el orden parece restituido,
la promesa de Marco Antonio de purificarse en peregrinación a Santiago, revitaliza la acción que ahora dibujará otro triángulo, netamente hispánico.
Recorramos sus vértices: en Andalucía las dos doncellas han caído con
diverso grado de culpabilidad; en Barcelona, recuperan la honra gracias al
doble casamiento, y la ayuda de cirujanos de mar y tierra, convocados por
Sancho de Cardona. A la vuelta a la casa paterna, los recién casados y purificados deben impedir —y pueden, seguramente gracias al apóstol— que la
deshonra sea cobrada con sangre. El trío de arcaicos caballeros está compuesto
por el padre de Marco Antonio Adorno, de familia de banqueros y el padre de
los hermanos de Villavicencio, señores de tierras. El juez del duelo es el padre
de Leocadia, que no es mayordomo, y se llama Enrique, no Sancho como
primero dijo Leocadia: Enrique de Cárdenas. Un nombre que denota riqueza
como el de los banqueros genoveses, y un apellido muy parecido al del señor
que los auxilió en Barcelona.
En las tres novelas de la serie hay «obras», pero aquí comienzan a gestarse
las obras de arte hechas con la palabra. La literatura del Siglo de Oro bautizó
significativamente a sus personajes y Cervantes, muy particularmente. Las tres
novelas de la serie nos obligan a arduas peregrinaciones por diccionarios, historias, iconografías, pero en Las dos doncellas, no podemos entender nada si
no comenzamos por esa tarea filológica.
Pues bien, Leocadia, el nombre de la protagonista, viene de Leucades ‘el
que proviene de las rosas blancas’. La asociación con Leonisa-Inmaculada es
instantánea, mucho más si recordamos que Rodolfo, el nombre de su padre
viene de ródon ‘rosa’.
¿Qué tiene entoces que ver este triángulo hispánico que trazan los jóvenes
de la novela con Lepanto? Si el triángulo del Licenciado nombraba lugares, los
vértices de este itinerario están ocupados por héores: Marcantonio Colonna,
gran Condestable de Nápoles, es quien, sin demasiada experiencia en el mar
—el personaje que lo representa en la novela cae hasta las rodillas— comandó
las tropas cristianas en los preliminares de la formación de la liga Santa. Juan
Cardona es uno de los hombres de Juan de Austria. Y la adarga blanquísima
que ostenta en su brazo izquierdo el padre de Leocadia, a quien ella ha llamado
Sancho, recuerda la figura de Santiago/Sancho, el Santo Patrono cuando, como
en la batalla de Clavijo, luchaba del lado español, contra los moros. Invisiblemente: sólo los españoles veían su blanquísima armadura ¿Estará aquí este
santo «medieval» auspiciando la renovación que traen los jóvenes desde su
santuario, y al mismo tiempo asegurando la continuidad entre un tiempo
antiguo y uno moderno?
Si insistimos en buscar repeticiones que estructuran las series de novelas,
deberíamos encontrar aquí un centro con una Virgen. Podemos suponer en
este ambiente patronal que la ciudad puede ser Zaragoza, borrada por el
tiempo, o por la culpa de haber engendrado un antipapa como Pedro de Luna.
En ella queda aun el pilar sobre el que pisaba la Virgen cuando se le apareció
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a Santiago, señal —dice Villegas en su Flos sanctorum8— de que éste efectivamente evangelizó España. Si la Inmaculada de la primera serie gozaba de la
mayor visibilidad, pero poco nexo con Lepanto y la Anunciación, explícita en
el texto, debemos evocarla detrás de un consistente y emblemático monumento
histórico, la tercera, en cambio, nos obliga a entrecerrar los ojos, y adivinar, y
quizás a equivocarnos9.
¿Será tan exigente Cervantes que nos obligue a atisbar detrás de la pía
y el piovano de La señora Cornelia al dominico Pío V, el que percibe el
avance de los turcos en Chipre e instiga a armarse a los reyes critianos? Lo
cierto es que en la novela siguiente encontramos domini-canes. Un soldado
(un alférez, recordemos que el licenciado es un anti-alférez, condenado a
sufrir de alferecía por comer el membrillo toledano) cree que ha oído hablar
a perros y escribe una novela. Nosotros la conocemos como El coloquio de
los perros. Allí, los perros son dominicos, tanto como santo Domingo cuya
madre soñó un día antes del parto que de su vientre nacería un perro con una
luz, o san Vicente Ferrer, también dominico, a cuya madre le pasó lo mismo,
y que creo que Cervantes lo tiene muy en cuenta, a la hora de recordar
cismas.
En el centro de esa novela, sin embargo, no hay nada parecido a un perfil
esculpido del rostro de Pío V, como acostumbraban los relieves de época: sostenidas por el círculo del relato de la bruja, en cambio, se oyen palabras del
Magníficat, el poema por el que el Renacimiento, en la escalada de inventores, registró a la Virgen como la primera poeta entre todos los humanos10. No
es casual que algunos de sus versos coincidan con los de un poema heroico, La
Eneida.
Una alumna de grado, Mirta Aguayo, me alcanzó la explicación: en el
Quijote de 1605, las instancias narrativas de la salida de don Quijote de Sierra
Morena están simbolizadas por el rosario que el protagonista fabrica con su
camisa: diez cuentas y una mayor. Las Ejemplares también, deduje. No son
once ni doce novelas, sino diez y una mayor, El casamiento-Coloquio. He
aquí el «misterio escondido» que nos anunciaba en el Prólogo.
Si cuando abrimos el libro, nos pareció que vendrían filosofías de pastores,
a la platónica, ahora sabemos que se trata de un objeto (concretamente, cuentas
ensartadas), usado para practicar una devoción que tiene datación histórica. Fue
difundida en la Contrarreforma, muy especialmente por Pio V desde la victoria
de Lepanto, y que este objeto, en tanto comunica al hombre con su Creador,
emblematiza el carácter mediador del artificio, obra del hombre. Las Ejemplares como «misterio» revelan ahora su valor sacramental.
Nuestra búsqueda de Lepanto en las Ejemplares ha concluido. Podemos
decir que Cervantes desplaza la victoria armada y la sustituye por una imagen
de la Virgen. Como el alférez Campuzano, pasó de las armas a las letras.
Repite así el gesto de su capitán admirado, don Juan de Austria, quien había
ofrecido sus armas a la Virgen en Nápoles. Pero quizás la inscripción que lleva
el cuadro de la batalla que hizo pintar el Senado de Venecia puede representar
con mayor fidelidad la estrategia autorial. Dice así: «Non virtus, non duces,
non armas, sed Maria rosarii victores nos fecit».11
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NOTAS
1 En su Estudios sobre iconología (Madrid, Alianza, 1972); ver «Cupido el ciego» y «El movimiento platónico en Florencia y en el norte de Italia (Bandinelli y Tiziano)» , pp.188-237.
2 Louis Réau data la primera Inmaculada que ya representa a la Virgen a fines del siglo XV, del
veneciano Carlo Crivelli. A principios del siglo XVI, se vio también en Libros de Horas, con sus atributos tomados de letanías, y éstas a su vez del Cantar de los Cantares y del Apocalipsis (Iconografía del arte cristiano, t.1, vol.2, Barcelona, del Serbal, 1992.Los españoles prefieren reducir el
número de personajes acompañantes y destacar a la Inmaculada, sólo entre ángeles, nubes, y rayos
que la traspasan. Ver, de Émile Mâle, L’art réligieux après le Concile de Trente (III, II y III), Paris,
Colin, 1932.
3 Tomo como base historiográfica, El Mediterráneo y el mundo mediterráneo, de Fernand
Braudel (México, FCE, 1952).
4 El lector hipotético no lee en alemán y por eso no puede conocer el artículo de WentzleffEggebert quien ve en los itinerarios de las Ejemplares una alegoría política («Zur Topographie der
‘Novelas ejemplares’», Iberorromania, 18 Neve Folge, 1983) , aunque su interpretación está muy
lejos de la nuestra, que no es política.
5 Leo la autobiografía de Jean Cannavaggio, Cervantes, Madrid, Espasa-Calpe, 1986.
6 Avalle-Arce, cuya edición uso (Madrid, Castalia, 1982), lo cree imposible y propone la costa
catalana.
7 Tomás no quiso hacer el viaje al Piamonte con los soldados, sino»irse desde allí (Génova) por
tierra a Roma y a Nápoles, como lo hizo, quedando de volver por la gran Venecia y por Loreto a
Milán y al Piamonte». Este fue su plan inicial. Después del inesperado descenso a Sicilia, «volvióse
a Nápoles y a Roma» y de allí a Loreto».
8 Leo la versión de Toledo de 1591 (R 14743, de BN)
9 Excluí Montserrat de este análisis, en la visita negada y luego cumplida al santuario, porque
creo que tienen relación exclusivamente con la purificación de las doncellas. Y también por el
gusto de equivocarme con Zaragoza.
10 Ver el excurso XXII de la Literatura europea y Edad Media latina, de Ernst Curtius.
11 Op. cit., de Mâle, p. 467.
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CERVANTES, LEPANTO, EL CUERPO
Y EL SUFRIMIENTO FÍSICO
Joseph V. Ricapito
Resulta apropiado decir que la mención de la palabra «Lepanto» para el
crítico literario trae a la mente más a Cervantes que el acontecimiento histórico
que tuvo lugar el 7 de octubre de 1571. Al mismo tiempo «Lepanto» tiene un
significado para Cervantes como la cosa más importante de su biografía. Para
él, significaba su participación en la mayor experiencia de su vida y acaso del
Renacimiento. Es en Lepanto que Cervantes recibió heridas en el pecho, el
brazo y la mano, que se convirtieron en recuerdos de su participación en esa
batalla. De hecho, las heridas en su brazo y mano izquierda lo dejaron con una
incapacidad física permanente.
Al margen de las alusiones a su participacion en Lepanto (se refiere a ello
en el prólogo de Las novelas ejemplares y en el prólogo de la segunda parte del
Quijote), lo que nos interesa es su relativo silencio sobre el tema. Que sus
heridas fueron permanentes y obvias y con consecuencias visibles a los demás
queda de manifiesto cuando Lope de Vega se refiere a él como «el estropeado
español». Una experiencia de este tipo debe haber sido traumática para Cervantes. Como dice Navarro Ledesma, hoy en día tendemos a examinar cosas
de este tipo desde un punto de vista moderno sin tener en cuenta que en el
hospital de Mesina la sobrevivencia era un asunto de suerte: primaba la acción
de ladrones y la falta de medicamentos, recursos y caridad, entre otros. Cualquiera de estas razones podía condenar a alguien a una muerte rápida.1 Toda la
experiencia desde la herida a la convalecencia estuvo llena de terror y miedo.
En vista de la importancia de la experiencia, cabe preguntarse, ¿por qué ese
relativo silencio por parte de Cervantes?
En una breve nota, Maldonado de Guevara ve un lazo simbólico entre «la
pesadilla» de Lepanto y el episodio de los molinos de viento del Quiijote.
Dice: «Don Quijote, armado, acomete el remolino de los molinos de viento,
asimiladas ahora las aspas —oníricamente— a las velas de los barcos en
batalla naval. Acometida, riesgo y salvación» (247).2 Además, intuye un lazo
catártico: «Me atrevo, pues, a aventurar mi estimación hasta poner en los
poderes del artista la pesadilla creadora por la virtud de la creación misma, por
su transfiguración en la estatura de una figuración y configuración en el firmamento del arte. Si Cervantes fue víctima de tal pesadilla, tengo por cierto
que se libró definitivamente de ella al estampar en el blanco papel la que es la
aventura primordial de la gran obra» (248).
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Joseph V, Ricapito
[2]
Stanislav Zimic asocia Lepanto con la perspectiva de la vida de Cervantes.
Para Zimic, «La batalla de Lepanto se convertiría también en una representación valiosa de aquella tragicomedia que para él era la vida: exaltación de
ideales, comicidad de recursos en el intento de materializarlos, heroísmo que
se manifiesta hasta lo absurdo, tragedia, ironía, gravedad, comedia, inutilidad
del esfuerzo… Fue el acto humano en sí, independiente de la significación
ideológica lo que, en definitiva, debió de impresionar a Cervantes» (175).3
Para mí, y para el análisis que quiero hacer, Lepanto es un comienzo
trágico y traumático de la vida madura de Cervantes, que con la experiencia de
Argelia, complementa la experiencia de la herida. Teniendo presente el silencio
de Cervantes, hay que notar que Cervantes la cruz de su trauma en silencio y
lo traspasó deliberadamente a sus obras a manera de sublimación con la cual
los sentimientos y experiencias físicas se canalizan en su análisis. En el Quijote
hay una conciencia especial del proceso de curación de las heridas, una sensibilidad del cuerpo ante el herir a otros o a ser herido. El Quijote evidenciará,
como dicen Zimic y Maldonado de Guevara, Lepanto y su presencia en la
vida de Cervantes y su obra.
Después de su recuperación, Cervantes parte para España donde es secuestrado por corsarios y llevado a un baño argelino. Como en cualquier situación
de enclaustramiento, hay soledad, dolor, sufrimiento, tanto psicológico como
físico. Argelia es el episodio que complementa el de Lepanto.
En su interesante libro sobre los capítulos del Cautivo, Donald P. McCrory,
rellena algunas lacunae de la experiencia de Cervantes, mostrando que el confinamiento en un baño para un cristiano no era un pasatiempo sino una experiencia de miedo constante, terror y muchas veces de muerte.4 Acaso las
mejores paginas sobre la vida en un baño fueron escritas por Diego de Haedo.5
Básicamente, describe la vida ahí como un ejemplo de las más grandes
crueldades imaginables, torturas de todo tipo, el cercenamiento de orejas y de
narices, donde los prisioneros eran golpeados y maltratados hasta la muerte.
Los ahorcaban, los quemaban vivos; fueron enganchados sin que nadie interfiriera para controlar a los guardias, muchas veces borrachos, en defensa de los
pobres presos. Sabemos que Miguel de Cervantes estuvo allí, gracias a una
alusión de Haedo. El rey «retuvo solamente en casa de Miguel de Cervantes»
(III, 163). Desde luego, además de su propia experiencia con la herida, Cervantes tuvo que ver muchas escenas de crueldad física. Cómo Cervantes se
salvó de la muerte es un gran misterio cuando se considera que trató de escapar
varias veces (sabemos que las cartas de recomendación que Cervantes llevaba
fueron consideradas de importancia para el rescate, pero creo que esto no
habría bastado para salvarle de la crueldad).
En vista del papel primordial de la razón en la filosofía cartesiana, Blaise
Pascal se preguntó cuán razonable una persona podía ser si era colgada en una
jaula de la torre de la catedral de Notre Dame en Paris. Además de la importancia de la razón en nuestra cultura sabemos que una persona es tan fuerte
cuanto controle sus miedos y emociones. Surgen fuerzas por debajo de la
superficie psicológica. Dijo Descartes que el alma no está solamente en el
cuerpo como un piloto al timón; sino está coenvuelta con el cuerpo. Es este
juego entre el cuerpo y el alma, especialmente el alma creadora, donde vamos
a estudiar esta cuestión de la herida de Lepanto.
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Cervantes, Lepanto y el sufrimiento físico
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El libro fundamental de Edmund Wilson, The Wound and the Bow, es un
estudio psicológico de cómo los fenómenos psicológicos afectan a la persona.6
Para Wilson, Charles Dickens tuvo ciertas experiencias en la juventud, al
trabajar seis meses en una fábrica, cuyos efectos negativos soportó de por
vida. La actitud negativa que esta experiencia le produjo le afectó para siempre
y nunca perdonó a su madre por haberle llevado ahí.
En su libro El jugo de la vida, Piero Camporesi estudia la presencia y el
significado de la sangre en varias épocas.7 Nota las varias asociaciones de la
sangre, religiosas, médicas, en la crucifixión.
Pienso que la herida que sufrió Cervantes significaba más que la pérdida
de sangre. ¿Sería un castigo de Dios? ¿Sería un prueba de Dios? La herida era
un símbolo con contornos semióticos más allá de un mero accidente. Como
dice David Waterman pensando en autores ingleses, «El cuerpo es señalado por
poder e ideología y llega a ser el lugar primario de resistencia, haciéndose de
hecho un texto que se puede leer e interpretar».8 Como participante en Lepanto
y prisionero en Argelia, el cuerpo de Cervantes se plaga de distingos históricos.
Hay un desarrollo circular entre el cuerpo y la historia. Dice además Waterman,
«El cuerpo/texto llega a ser un texto político como un resultado de su contacto
en relaciones sociales de poder, donde el sujeto se pone en posiciones diferentes o en oposiciones, dependiendo de cómo el cuerpo esté marcado en
términos de edad, raza, nacionalidad, clase socio-económica, género y orientación sexual.» (Las traducciones del inglés son mías).
Dennis Slattery comenta: «El cuerpo herido ciertamente refleja la cultura
de la herida [the wound culture] que le da vida y un lugar». y enfocando la idea
de la centralidad de la herida, Slattery dice: «Al mismo tiempo la vulnerabilidad y mutabilidad del cuerpo, su mortalidad y susceptibilidad ‘recordaba’ a la
audiencia la naturaleza efímera del cuerpo, de la vida humana, y de ahí, la
importancia de la casa» (38). Es esta fugacidad lo que debía afectar a Cervantes, la idea que su vida habría podido acabar si las balas hubieran tocado
otras partes de su cuerpo.
He guardado lo siguiente como la última de estas observaciones que resulta
ser uno de los mejores ejemplos de dolor y herida, equiparable a las experiencias de Cervantes y que ofrece numerosas sugerencias de cómo Cervantes
asimila su propia situación; es el caso de Ignacio de Loyola, estudiado magistralmente por el psicoanalista, médico, y jesuita, el Padre Dr. W.W. Meissner.9
En Pamplona, Iñigo fue alcanzado por una bala de cañón produciéndole
numerosas heridas. Después, fue sometido a una intervención quirúrgica; luego
los cirujanos pensaron que la pierna necesitaba una segunda operación.
Meissner nos informa que el proceso de conversión religiosa a la que Iñigo
se somete está entrelazado a esta experiencia crucial en su vida, al igual que
Lepanto para Cervantes. La herida de Pamplona le estragó su personalidad, sus
ideales y sus ambiciones de cortesano. Meissner nota como «una grandiosidad
y omnipotencia narcisista» (55) que caracterizaba su personalidad fue destrozada. Iñigo había desarrollado íntimamente una autoimagen de hidalgo bizarro
y fanfarrón. Esto se acabó, dejándole con sus heridas y una visible cojera.
Meissner estudia el procedimiento que lleva a Ignacio de un tipo de vida
(«héroe fanfarrón») a otra como converso religioso y soldado de Cristo. Dice:
«La hipótesis que hemos estado siguiendo aquí es que la identidad fuerte,
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corajuda y sin miedo que el joven Inigo había formado en la imagen del caballero valeroso que no tenía miedo a nada y que buscó la gloria y conquista en
todos lados, sea libinidosa, sea agresiva, se formó alrededor de un núcleo fálico
y narcisista que le dejó vulnerable a ciertos tipos de estrés regresivo» (77).
Esencialmente, Meissner señala que «el trauma físico sufrido en Pamplona, y
la convalecencia posterior, la dependencia forzada, la dependencia dolorosa,
como también la deformidad resultante, atacó severamente su narcisismo
básico, y con consecuencias posteriores» (77). Aquí tenemos una experiencia
paralela a la de Cervantes. Cervantes compartió con Iñigo la amenaza turca;
aunque fue en otro tiempo, la preocupación es la misma. El tipo de narcisismo
y vanidad que resaltaba en la personalidad de Iñigo ahora tenía que dar paso a
la idea de que ya no podía ser el ejemplo físico de un caballero. Dice el Dr.
Meissner: «Verdaderamente Iñigo no habría sido una gran figura en ese tiempo.
Cuarentón, era un ex-hombre de armas que había sido rechazado a causa de su
herida de guerra que le dejó con una pierna deformada y una cojera notable»
(143).
Podríamos estar hablando de Cervantes. Los dos tenían que vivir para
siempre con sus heridas, heridas que Cervantes esconde psicológicamente. Es
la gran ocultación de su vida. Para Ignacio, se podía decir «no hay mal que por
bien no venga.» Empezó el camino hacia la conversión y desarrollo de una
nueva persona. Para Cervantes, significaba una vida de trabajos y tribulaciones, la re-configuración de su conciencia creadora, culminando en la
creación del Quijote.
Sobre la herida que hace a Cervantes un hombre marcado, señalado,
valdría la pena estudiar algunos episodios del Quijote en los que el cuerpo
figura en su fisicalidad tangible.
Cuando conocemos a don Quijote, se nos describe en términos que aluden
a su fragilidad: «Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años: era
de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro» (I, 1, 19a).10 Esta descripción subraya, para mí, cierta endeblez de don Quijote. Cervantes se ha
negado a un personaje central que correspondiera a la visión pictórica y retrato
de la perfección; el tipo de perfección que leemos en el Cortigiano de Castiglione. No es sino la descripción de un anti-héroe cuyas fragilidades tienen una
parte importante en su experiencia, y no como Amadís de Gaula que representa
en su idealidad al perfecto caballero. Su «complexión recia» podría sugerir
cierto malestar físico así como ser seco de carnes podría hablar de un físico no
muy fuerte, y ser enjuto de carnes crea la imagen menos de caballero y más de
asceta. Todo esto lo calcula Cervantes para reducir la imagen de un caballero
andante a la de una caricatura de tal, basada en sus características negativas.
Cuando se habla de la locura, como se suele hacer cuando se habla de don
Quijote, se tiende a pensar en la mente como una entidad intangible, abstracta.
Pero la locura trae consigo también sus características físicas. Si don Quijote
está loco, su apariencia, su delgadez, su cara pálida será reflejo de algo que no
está particularmente bien. En el curso de sus aventuras, llama la atención no
solamente por su manera de vestir anacrónica, sino porque su cara revela algo
insano. Pinturas y grabados de don Quijote, como los de Daumier y otros, lo
representan como bizarro y curioso.
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Otro ejemplo de la conexión entre una mente enferma y el cuerpo es el personaje de Cardenio quien enloquece después de saber que la mujer a quien
amaba, supuestamente se había casado con otro. Leemos: «Figurósele que iba
desnudo, la barba negra y espesa, los cabellos muchos y rebultados, los pies
descalzos y las piernas sin cosa alguna; los muslos cubrían unos calzones, al
parecer, de terciopelo leonado; mas tan hechos pedazos, que por muchas partes
se le descubrían las carnes» (I, 23, 105a). La melancolía y espíritu depresivo de
Cardenio da al cuerpo la apariencia de alguien turbado, y su amor frustrado ha
vaciado su cuerpo de vitalidad; se asemeja menos a un hombre que a un espantapájaros. A veces, cuando su depresión le sobreviene baja la cabeza y su conocimiento retrocede a algún punto en la oscuridad de su mente.
Si, como dice Scarry, un mero objeto puede revelar su potencial daño al
cuerpo, pues la «celada de encaje» es un símbolo del daño que una espada o
lanza puede hacer a la cabeza humana, así Cervantes hace que su personaje
comprenda el daño que puede pasar a una cabeza en una celada de encaje que
no sea fuerte y pesada.11 Don Quijote estudia la seguridad de la celada y luego
la destruye con una cuchillada. Pero el episodio es meramente un anticipo de
episodios semejantes que están por venir. Don Quijote sabe lo que le pasará si
recibe un golpe, pero prefiere no probar la realidad. Sin embargo recibimos una
sugerencia del daño que puede pasar. El daño a don Quijote con un arma es
análogo al daño que acusó Cervantes. La desgana de probar la seguridad de la
celada podría ser producto del recuerdo del daño que sufrió en Lepanto y de su
deseo de no someterse al dolor.
El episodio de Andrés y Haldudo nos introduce en la cuestión de las
palizas. Con su manía de interpretar todo lo que ve como perteneciente al
mundo caballeresco y su adoptado proyecto vital, asume que Andrés es una
víctima. Reminiscencias de su experiencia en Argelia podrían haberse presentado, porque Cervantes describe al muchacho/víctima quien da gritos porque
«le estaba dando con una pretina muchos azotes un labrador de buen talle» (I,
4, 28a). Negociando con Haldudo, don Quijote dice: «que si él rompió el cuero
de los zapatos que vos pagastes, vos le habéis rompido el de su cuerpo» (I, 4,
28a). La imagen de las heridas de la paliza («romper el cuerpo») acentúa la
fisicalidad del castigo en la misma manera en que lo hace el castigo físico que
se daba en el baño de Argelia.
Más fisicalidad y castigo se puede ver cuando don Quijote encuentra a
los toledanos y les urge que digan que Dulcinea es la mujer mas bella del
mundo. Todo esto crea una matriz de humor que tiende a disminuir el cometido
de don Quijote en el episodio. Cuando uno de ellos rehúsa, empieza una batalla
donde por accidente caen don Quijote y Rocinante al suelo, no pudiendo
moverse. Un labrador los encuentra en el suelo y procede a darle una paliza. Se
lee: «le molió como cibera… Dábanle voces sus amos que no le diese tanto y
que le dejase; pero estaba ya el mozo picado, y no quiso dejar el juego… y
acudiendo por los demás trozos de la lanza, los acabó de dejar sobre el miserable caido, que, con toda aquella tempestad de palos que sobre él vía, no
cerraba la boca. Amenazando al cielo y a la tierra, y a los malandrines, que tal
le parecían» (I, 4, 30b).
La experiencia con los molinos de viento, que es la parte del Quijote que
aparece más en las antologías, describe a don Quijote alucinando y atacando
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los molinos en la idea que son gigantes. La fuerza del viento tira las aspas que,
al caer, chocan con don Quijote echándoles a él y al caballo al suelo, con daño
para los dos en el proceso. A esto sigue la escaramuza con el Vizcaíno donde
por poco éste quita la vida a don Quijote, pegándole en una parte del cuerpo e
hiriéndole en la oreja «que todo ello con espantosa ruina vino al suelo, dejándole muy maltrecho» (I, 9, 45b). Su contrincante recibe golpes también. Quizás
porque muchas aventuras de don Quijote están envueltas en el humor, los
aspectos físicos de algunas de ellas llegan a perder su seriedad real. Hasta su
caballo recibe golpes siendo así un claro espejo de su dueño. Después de la
batalla con los yangüeses, esta vez con la ayuda de Sancho, los yangüeses les
pegan a los dos. El texto reza: «donde se echa de ver la furia con que machacan
estacas puestas en manos rústicas y enojadas» (I, 15, 64a). No queda ninguna
duda en la mente del lector que don Quijote y Sancho salen mal en esta riña,
con las consecuencias impresas en sus carnes.
Otro episodio muy citado al tratar el tema de la libertad es el de los
galeotes. El intento irónico del autor es catalogar los varios niveles en los que
don Quijote y los galeotes actúan. De la misma manera que en el episodio de
Andrés y Haldudo, don Quijote pone sus obligaciones caballerescas al servicio
de su espada y demanda que los galeotes sean liberados, pidiendo sólo que
vayan al Toboso a contar la hazaña a Dulcinea. Ante la persistencia de don
Quijote los galeotes se impacientan al punto de apedrear a don Quijote y
Sancho. Las piedras les llueven encima: «No se pudo escudar tan bien don
Quijote que no le acertasen no sé cuántos guijarros en el cuerpo, con tanta
fuerza, que dieron con él en el suelo» (II, 22, 101b). El cuerpo de don Quijote
revelará que tal conducta idealista puede llevar al castigo físico.
En lo que se refiere a la sangre, no hay mejor ejemplo que la novela de El
Curioso impertinente. El propósito de la novela intercalada es exponer de un
lado la estupidez humana, y del otro tratar el tema de la verdad. La trama es
bien conocida. Anselmo quiere que su amigo compruebe la virtud de su esposa.
Hace todo lo posible por convencer a su amigo de que siga adelante con el
proyecto de seducir a la mujer, pero el amigo se mantiene fiel hasta que no
puede más y finalmente se rinde al proyecto. La comedia humana empieza en
el momento que los personajes fingen un juego (comedia) en el que llevan a
cabo un melodrama delante del marido que está escondido, aunque está observando todo. Parte del drama consiste en el apuñalamiento y la salida de la
sangre en un intento de mostrar al marido que lo que está pasando delante de
sus ojos es la pura y santa verdad. Pero, claro, no lo es. Viendo la sangre, al
marido no le queda más que aceptar la escena como verdad. La sangre, como
cree Camporesi, es «el jugo de la vida» con sus asociaciones con Cristo y
otras asociaciones religiosas. La sangre de Lotario es el aparente sello de la
verdad. La pareja culpable utiliza el símbolo para su propio beneficio sabiendo
que su presencia otorga hasta la santidad a sus acciones. Para Cervantes, la
sangre es el símbolo de su propio desastre. ¿No será Cervantes, visto desde
cierta perspectiva, una oveja sacrificial de la batalla de Lepanto, cuyo propósito militar posee fines religiosos entre una cristiandad convencida y un islam
nocivo? Podemos sentir que el uso de la sangre deriva de las reminiscencias de
su propia experiencia triste en Lepanto, enterrada dentro de sí pero nunca
olvidada.
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En el capitulo 37 de la primera parte leemos del descabezamiento del
monstruo. Don Quijote confunde los cueros de vino con un monstruo. Tenemos
que pensar de nuevo en las cualidades religiosas que el vino posee en la cultura
cristiana y que se podrían aplicar también a esta experiencia. En la mente de
don Quijote el vino experimenta una metamorfosis en sangre de monstruo,
creado así por contacto con su color. Para don Quijote será la sangre de su
víctima. En su mente todo lo que se necesita es un signo, un símbolo para que
algo entre en el drama de su proyecto vital, no importa cuán erroneo sea a los
ojos de los demás.
Los capítulos dedicados a las aventuras del Cautivo serían, como piensan
algunos críticos, un reflejo de las mismas aventuras de Cervantes en el baño.
Sin duda, le dieron a Cervantes la base de realismo a la aventura. Pero en vez
de desarrollar las bases «reales» de la experiencia, Cervantes usa el tema del
amor como fuerza generadora de experiencias. De nuevo, Cervantes esconde el
verdadero sentido de su pasada vida en el baño: tortura, dolor y muerte. La
realidad una vez más es enterrada porque es tan dolorosa, como podemos
inferir. El amor como dinamo de la obra llega a ser la parte más importante del
episodio. El amor y la victoria de la cristiandad sobre el Islam, una clara señal
tridentina, predomina. Dado que sabemos la verdad de los baños, el tratamiento otorgado a las experiencias del Cautivo es un mundo de ensueño, como
se puede leer en algunos detalles melodramáticos como la transmisión de las
cartas amorosas por un palo y cosas semejantes de imaginación.
Un pecadillo de algunos hispanistas es interpretar cierto número de obras
del Siglo de Oro como aspectos de un «funny book», la obra de arte como un
ejercicio para hacer reír al lector. Esta perspectiva crítica estrecha atrajo a uno
de los más grandes hispanistas franceses, nada menos que a Marcel Bataillon,
cuando dijo que el Lazarillo era un «livre pour faire rire.»
Este punto de vista exige aclaración. Seguramente hay episodios en el
Quijote que provocan la risa y fueron escritos por Cervantes con este motivo.
Pero cuando se revisan estas experiencias en su totalidad algunos de los
supuestamente más entretenidos episodios pueden ser vistos desde el punto de
vista de acciones dolorosas y maliciosas, que exponen el tema del dolor. Uno
de ellos es cuando las mujeres en la venta (I, 43) piden a don Quijote que les
dé la mano en la ventanilla. Don Quijote se pone de pie sobre la silla del
caballo para acceder caballerosamente. El texto dice: «Tomad, señora esa
mano, o, por mejor decir, ese verdugo de los malhechores del mundo: tomad
esa mano, dijo, a quien no ha tocado otra de mujer alguna ni aun la de aquella
que tiene entera posesión de todo mi cuerpo» (I, 43, 219b). Luego don Quijote
se da cuenta de que es víctima de una broma pesada: «Pero todas estas razones
de don Quijote ya no las escuchaba nadie, porque así como Maritornes la ató,
ella y la otra se fueron, muertas de risa, y le dejaron asido, de manera que fue
imposible soltarse» (I, 43, 220a). Don Quijote está sobre el caballo con la
mano atada a la ventanilla. «Con todo esto, tiraba de su brazo, por ver si podía
soltarse; mas él estaba tan bien asido, que todas sus pruebas fueron en vano.
Bien es verdad que tiraba con tiento, porque Rocinante no se moviese, y
aunque él quisiera sentarse y ponerse en la silla, no podía sino estar en pie o
arrancarse la mano» (I, 40, 220a). Es una broma pesadísima y de pésimo gusto,
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especialmente cuando se entiende como un acto de hostilidad cuyos resultados
se asocian con el dolor. Nadie me podrá convencer de que esto es «funny».
En términos de nuestro tema, la primera parte acabó con la batalla que don
Quijote tiene con el pastor en la que ambos terminan muy maltratados. Un
detalle de este episodio no debe escapar a nuestra vista. Como en el episodio
en que don Quijote está atado a la ventana, la reacción de algunos presentes es
reveladora. De acuerdo con el deseo de Cervantes de presentar todos los
aspectos de la vida, hermosos y feos, el narrador dice: «Reventaba de risa el
Canónigo, y el Cura, saltaban los cuadrilleros de gozo, zuzaban los unos y los
otros, como hacen a los perros cuando en pendencia están trabados» (I, 52,
253B-254a). Ambos participantes salen bastante molidos. Ni tampoco es casualidad que el narrador los compare mediante una imagen canina. El nivel
humano es rebajado al nivel perruno, en uno de los episodios que nos aproxima
a la perspectiva de la vida de Mateo Alemán.
En la segunda parte de la obra, habrá episodios similares de dolor y
heridas, empezando con la riña de Sancho con el ama y la sobrina, durante el
que notamos una particular transferencia entre don Quijote y Sancho. Don
Quijote se refiere a cuando Sancho fue manteado. Dice: «¿Querrrás tú decir
ahora, Sancho… que no me dolía yo cuando a ti te manteaban? Y si lo dices,
no lo digas, ni lo pienses; pues más dolor sentía yo entonces en mi espíritu que
tú en tu cuerpo» (II, 2, 275b). Esta pequeña observación acentúa meramente la
tangibilidad del tipo de experiencia que los personajes de Cervantes tienen.
También subraya el hecho de que el manteamiento al que Sancho fue sometido
es otra forma de broma pesada, hecha con malicia y que deja su impronta en
los huesos dolidos de Sancho.
El episodio de Basilio y Quiteria es el episodio gemelo del capitulo de «El
curioso impertinente» otra vez. Cervantes tienta al lector quien se fijará en los
aspectos religiosos de la sangre.
El rico Camacho quiere casarse con la bella Quiteria, aunque ella es amada
por Basilio. Cervantes crea una escena digna de la primera Soledad de
Góngora con opulencia de comida y bebida. En medio de la fiesta llega
Basilio: «Y diciendo esto, asió del bastón que tenía hincado en el suelo, y quedándose la mitad dél en la tierra, mostró que servía de vaina a un mediano
estoque que en él se ocultaba; y puesta la que se podía llamar empuñadura en
el suelo, con ligero desenfado y determinado propósito se arrojó sobre él, y en
un punto mostró la punta sangrienta a las espaldas con la mitad del acerada
cuchilla, quedando el triste bañado en su sangre y tendido en el suelo, de sus
mismas armas traspasado» (II, 21, 343, a, b). Cervantes usa la sangre como un
palo sobre los lectores y los personajes. La sangre, como hemos notado arriba,
posee poderes de persuasión. La propia presencia habla en su silencio.
En este episodio nadie se atreve a dudar del significado del gesto de
Basilio, gracias a la sangre. La sangre que echa cubre cualquiera pregunta o
duda. Es solamente debido al poder sugestivo de la sangre que Basilio puede
salirse con la suya. Aparentemente expirando en el suelo pide la mano a
Quiteria en matrimonio como el último acto de su vida, lo que ella otorga,
pensando hacer un acto de caridad al último deseo de Basilio. Todos los presentes están convencidos excepto Sancho, que empieza a tener sus dudas. El
aspecto convincente del episodio se debe leer en lo siguiente: «Estando, pues,
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asidos de las mano Basilio y Quiteria, el cura, tierno y lloroso, los echó la bendicion y pidió al Cielo diese buen poso al alma del nuevo desposado, el cual así
como recibió la bendición, con presta ligereza se levantó en pie, y con no vista
desenvoltura se saca el estoque a quien servía de vaina su cuerpo. Quedaron
todos los circunstantes admirados, y algunos de ellos más simples que curiosos,
en altas voces, comenzando a decir: «¡Milagro, milagro! Pero Basilio replicó:
¡No milagro, milagro, sino industria, industria» (II, 21, 344b). El lector tiene
que descifrar el cómo del acto de Basilio, pero sin la presencia de la sangre
esto no habría pasado. La sangre le da el último toque de credibilidad al juego
de Basilio. Sin ella, no creo que nadie le hubiera permitido casarse con Basilio.
Pero irónicamente cuando se enteran del truco, Quiteria acepta a Basilio como
esposo. La sangre desde luego no solamente tiene significados símbólicos sino
también tiene significados íntimos para Cervantes, quien pasó seis meses en
Mesina curándose sus propias heridas sangrantes en el hospital.
En vista de todo lo que hemos dicho de la experiencia en el baño de
Argelia, parecería un detalle interesante que Merlin obligara a Sancho a que se
diera 3.330 latigazos. El tema de la tortura y el castigo debía tener numerosas
reminiscencias para Cervantes. A juzgar por lo que dice Fray Diego de Haedo,
sería un milagro que alguien se salvara de tal tortura. Lo que es importante para
mí en el contexto que estoy estudiando es la sugerencia implícita del significado de 3.330. De nuevo Cervantes encubre la seriedad del significado con un
tono humorístico. Sabemos que Sancho no se dará los latigazos, pero el significado pesa mucho.
Otro episodio que nos hace dudar de lo divertido de los episodios tiene que
ver con otra broma pesada de que es víctima don Quijote; es el encuentro con
los gatos. Un saco con cien cencerros es vaciado y le sigue otro gran número
de gatos con cencerros atados a sus colas. Don Quijote es cogido por sorpresa
y saca la espada de la vaina y empieza a tirar contra los gatos: «aunque uno,
viéndose tan acosado de las cuchilladas de don Quijote, le saltó al rostro y le
asió de las narices con las uñas y los dientes, por cuyo dolor don Quijote
comenzó a dar los mayores gritos que pudo» (II, 46, 432a). No requiere un
gran esfuerzo de imaginación ver el daño en la cara de don Quijote. La alusión
al perjuicio en las narices de don Quijote recuerda al lector una de las torturas
más comunes del baño: su cercenamiento (y de las orejas). Una vez el duque
y la duquesa en cuyo castillo pasa todo esto reaccionan culpablemente: «le [a
don Quijote] dejaron sosegar, y se fueron, pesarosos del mal suceso de la burla;
que no creyeron que tan pesada y costosa le saliera a don Quijote aquella
aventura que le costó cinco dias de encerramiento y de cama» (II, 47, 432b),
Cervantes continúa jugando con el lector, incapaz de predecir el resultado
de las cosas. En un próximo episodio se narra la historia de Claudia Jeronima
y la situación con Vicente Torrellas. Cervantes repite los episodios de Cardenio
/ Lucinda, Basilio / Quiteria que versan sobre el abandono y la presencia de la
sangre. En este caso Claudia se venga de Vicente después de que éste le
hubiera dado la palabra de casarse con ella, y ella se entere (equivocándose) de
que él se casaría con otra. Al saberlo le mete dos balas a Vicente. Después,
cuando conoce la verdad, se desmaya; «Volvió de su desmayo Claudia; pero no
de su parasismo don Vicente, porque se le acabó la vida» (II, 60, 486a). No hay
«industria» como dijo Basilio cuando milagrosamente se recompuso. La escena
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del hombre que, al parecer, se muere, se da con Claudia y Vicente, pero el
lector debe esperar por si acaso hay un cambio como el de Basilio; pero no lo
hay. Cervantes vuelve al concepto de la sangre y su conexión con la incapacidad o la muerte; en este caso, la muerte. Este episodio, como varios otros que
hemos discutido tienen que ver con la herida, sangrante y la muerte. Pero el
concepto de herir se ve por la presencia de la sangre y la destrucción del
cuerpo.
Cualquier lector del Quijote sabe que Sansón Carrasco finalmente logra
vencer a don Quijote quien ahora tiene que regresar a su casa. Don Quijote cae
en una depresión y poco a poco se muere. Su cuerpo es la acumulación de
todos los golpes, tajos, quebrantos. El cuerpo, ya obviamente débil por la edad
al comienzo de la obra, va en descenso hasta que termina con la vida. Su
depresión es una enfermedad mental, la herida mental que provocará la ruina
del cuerpo hasta su muerte.
Se me podría oponerme que en los libros de caballerias contra los que
Cervantes lucha hay mucha sangre derramada, pero, a diferencia de los autores
de tales obras, conocemos la vida de Cervantes y las experiencias básicas que
tuvo con sus heridas. Las aventuras de los Amadises, Belianises y otros caballeros andantes es literatura, o sea, son el producto de la pura imaginación
como lo son ciertas novelas de ciencia ficción; las experiencias de Cervantes
que él transfiere a sus personajes y a sus aventuras son vitales; experiencias
que el mismo Cervantes vivió dolorosamente y que encubre por lo dolorosas
que le resultaron. Hay una gran diferencia entre la literatura y la vida en este
caso, y estoy convencido de que los varios episodios que he analizado y
acentúan la presencia de la sangre tienen su origen en la herida crucial y traumática de Lepanto y su estancia en el baño argelino. Su experiencia traumática
es como la que Ignacio de Loyola sufrió en Pamplona y con los mismos
efectos en su vida. Miguel de Cervantes e Iñigo de Loyola son, si se puede
decir, hermanos en el dolor y en el sufrimiento.
NOTAS
1 NAVARRO LEDESMA, Francisco. Cervantes, The Man and the Genius. Translated and Revised
by Don and Gabriela Bliss. N.Y.: Chartershouse, 1973.
2 MALDONADO DE GUEVARA, Francisco. «La pesadilla de Cervantes: Lepanto», Anales cervantinos, 15 (1976): 247-48.
3 ZIMIC, Stanislav. «Un eco de Lepanto en la ironía cervantina,» Romance Notes, 12, #1 (1970):
174-176.
4 MCCRORY, Donald P. Miguel de Cervantes. The Captain’s Tale (La historia del cautivo), Don
Quijote, Part One, Chapters, 39-41. Westminster (England): Aris and Phillips, 1999.
5 HAEDO, Fray Diego de. Topografía e historia general de Argel. Vol. I. Madrid: Sociedad de
Bibliófilos españoles, 1927; Vol. II, 1929; Vol. III, 1929.
6 WILSON, Edmund. The Wound and the Bow in The triple Thinkers and The Wound and the
Bow, a combined volume, with a new forward by Frank Kermode. Boston: Northeastern University
Press, 1984.
7 CAMPORESI, Piero. The Juice of Life. The Symbol and Magic Significance of Blood. Forward
by Umberto Eco. Translated by Robert R. Barr. N.Y.: Continuum, 1995.
8 WATERMAN, David. Disordered Bodies Disrupted Borders. Representations of Resistence in
Modern British Literature. Lanham: University Press of America, 1999.
9 MEISSNER, S.J. M.D., W.W. The Psychology of a Saint. Ignatius of Loyola. New Haven: Yale
University Press, 1992.
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10 Miguel de CERVANTES. El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Prólogo y esquema
biográfico por Américo Castro, séptima edición. México, D.F.: Porrua, 1967.
11 SCARRY, Edith. The Body in Pain. The Making and Unmaking of the World. N.Y.: Oxford
University Press, 1985.
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Grecia
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MIJAÍL CHERVANTES-SERVANTIS-KERVANTIS-KERVANTESCERVANTÉS-CERVANTES (DATOS SOBRE LA DIFUSIÓN
DE LA OBRA CERVANTINA EN GRECIA)
Dimitris E. Filippís
I. UNA ANOTACIÓN
BIBLIOGRÁFICA CON DEDUCCIONES
Hasta principios del siglo veinte Cervantes tenìa muchos nombres en
Grecia, como da a entender el título de esa ponencia. Las primeras traducciones de su obra maestra se hicieron con cierto retraso —segunda mitad del
siglo XIX—, no obstante se han encontrado en los últimos años traducciones
manuscritas inéditas de buena parte del Quijote, que pertenecen a la primera
mitad del siglo XVIII. Ninguna obra cervantina se tradujo (por lo menos
durante el siglo XIX) directamente del original sino a través de un texto intermediario, francés o italiano. La participación del escritor español más distinguido en la batalla de Lepanto no parece que conmoviera particularmente a
romanticismo y realismo helénicos, ni tampoco su obra (discutida por lo
general durante un largo período) adquirió en nuestro país la importancia de
la de otros autores europeos contemporáneos a Cervantes, como por ejemplo
la de Shakespeare. Estas son las deducciones más importantes que va a
exponer a continuación esta ponencia, eligiendo y contraponiendo a la vez
unos datos (algunos más o menos desconocidos) relativos a nuestro tema de
«la difusión de la obra cervantina en Grecia». Y todo esto mientras estamos
esperando una —hace tiempo anunciada— edición crítica de «la primera traducción del Quijote fuera de la Europa occidental» (al cuidado de los profesores A.Tambaki-G.Kejagioglu), que corresponde a un manuscrito griego de
la primera mitad del siglo dieciocho (1720-1745), cuya existencia —con sus
elementos originales y primarios— nos ha presentado la investigación filológica neohelénica.1
Desde el momento en que la susodicha traducción manuscrita (hecha,
según parece, por mano femenina y con el supuesto título El erudito ciudadano
Don Quisotis de la Manchía, escrito por Mijaíl Chervantes Saavedra)2 quedó
sin publicarse, pasó más de un siglo hasta que el gran público de los lectores
griegos conociera la obra cervantina, por medio de aquellas traducciones
«adaptadas» y siempre abreviadas (de la segunda mitad del siglo XIX y puestas
en nuestro conocimiento por la investigación bibliográfica)3 y que hoy en día
representan una fuente imprescindible para los estudiosos.
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II. EL QUIJOTE: «OBRA VANA E
INDIGNA DE LEER»
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Empezamos, pues, con el indudable hecho de que, en comparación con
otros países, el conocimiento del público griego de la obra maestra de Cervantes ocurrió con importante retraso, «mientras que muchos otros romances,
por muy inferiores que fueran a aquél, se habían traducido a la lengua griega».4
No obstante su autor era conocido de nombre y por su fama —«no decimos
nada nuevo a los griegos añadiendo que el autor de este libro sobresaliente es
el español Kervantis», subraya en su excelente introducción a la traducción del
Quijote el buen traductor Ioannis Skylissis o Skylitsis —edición de 1864, bajo
el título Mijaíl Kervantis, Don Kijotis el Maguísios.—5
Ahora bien, no sabemos si (ni cuanto) es atrevido sostener la opinión de
que este retraso se puede relacionar con aquel parecer negativo («para muchos
—el Quijote— se consideraba como romance vano e indigno de leer»6), que en
su momento formuló sobre la literatura de ese género la corriente dominante de
la Ilustración helénica, Adamántios Koraís en concreto. Y citamos cierto libro
de Ôá ñ
 ïëåãüìåíá de Koraís7 en el que nos refiere tanto la introducción de
Skilitsis anteriormente mencionada, como también la introducción y la «conclusión moral» de aquella edición infantil «adaptada y mucho más de lo usual
abreviada» que se publicó en 1860 con el título Don Kisot o las aventuras más
curiosas de él.8 El adaptador anónimo de esa edición, después de haber dado
unos elementos biográficos creíbles del autor Mijaíl Servantis y, a la vez,
algunas informaciones dignas respecto a los libros de caballería, con un inspirado diálogo ficticio entre una abuela (la narradora) y su nieto (el oyente)
subraya que: «estos escritos o ficciones que se llaman «romaná» (ñùìáíÜ) y
que se caracterizan por discursos insensatos y palabras sin razón, cuando no se
escriben con un fin moral e instructivo son muy dañinos para los jóvenes».9
«Alejar a los jóvenes de la lectura de esas bárbaras obras (eróticas, dramáticas
o ficticias), las cuales los europeos llaman “romaná”» aconseja también Koraís,
quien —y, a lo mejor, no hace falta especificarlo— en vez de ellas propone
«por provecho de los lectores, las historias de agravios eróticos, escritas por los
griegos… como las de Antífanes, Arístides el Milesio…». Es interesante en ese
mismo libro la referencia de Koraís a la literatura española de ese género al
expresar su rechazo «al término foráneo ñùìáíÜ a favor de los términos absolutamente griegos ∂ëáóìáôéêü éóôüñçìá (=historia ficticia) o ìõèéóôïñßá
(=ficciòn)… porque todavía hoy los españoles llaman romance (=ñùìáíÜ) a su
propia lengua y al traducir a ella de otra lengua se llama romancear»10. (Y
resulta natural en ese punto apuntar que la opinión de Koraìs concuerda absolutamente con la del canónigo del capítulo XLIX de la primera parte del
Quijote11).
III. EL TEXTO
ORIGINAL CERVANTINO NO EXISTE
Sin duda es interesante por sí misma la susodicha opinión desfavorable de
la Ilustración helénica, pero nos parece que sobre ese juicio general negativo
de la obra cervantina pesó mucho más la total ignorancia de la lengua española
del texto original. Desde el principio el original en español —no sólo de Cer-
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vantes sino de otros autores españoles— es inaccesible y, por eso, presenta una
dificultad práctica. La obra original cervantina no existe en Grecia, por lo
menos hasta la segunda década del siglo veinte, dado que todavía no existían
hispanistas que pudieran utilizarla. El texto intermediario (y casi siempre
adaptado ese mismo) anula el texto original. Los traductores «eran desafortunadamente ignorantes del idioma en que se ecribió el original» apunta Skilitsis
y este hecho añade demasiada particularidad en el caso de la difusión de la
obra cervantina en Grecia. Sobre todo es muy indicativo el hecho de que en
una de sus primeras apariciones (1852) El Don Kisotos de Magji se considera
como «romance del glorioso Florián»12, pero como se concluye fácilmente «se
trata de la obra de Cervantes de la cual es una adaptación muy creativa».13 Skilitsis declara por su parte que tradujo «por medio de la traducción francesa, eligiendo exactamente la traducción de Florián por haber preservado aquélla el
espíritu del original o, por lo menos, por haber intentado conservar la letra del
mismo».14 Más tarde cuando (en 1883) se tradujo Galatea y Estella… su autor
es demasiado curioso: «Florián por imitación de CERVANTES», como exactamente nos informa la portada de aquella edición,15 que, sin duda, por ese
curioso aspecto adquiere valor para los coleccionistas.
En conclusión: a la ignorancia de la lengua del original se debe la variedad
de los términos traducidos por lo que respecta tanto a la nomenclatura (Kervantis, Servantis —Don Kisotos, Don Kijotis), como a la topografía de la obra
(Magji, Magui, por eso que Maguísios, en vez de Mancha) y de esa manera
resulta muy natural la variación al título del libro, como ya hemos visto. En
todo caso, lo cierto es que la terminología que se consagró al final fue la de
Skilitsis, cuya traducción muchos la consideran como la primera, la más creíble
y además fue la que tuvo indudable éxito editorial.16 Este traductor sabiendo
que «nosotros, griegos, nos acercamos a la pronunciación española más que
ningún pueblo europeo», procuró por lo menos transcribir bien el nombre del
protagonista («Äïí Êé÷˛ôçò» «con el elemento «÷» que tenemos en griego»),
aunque no el del autor —tal vez porque era costumbre traducir todo nombre
del autor según convenía a la grafía y a la pronunciación griegas.
De esa manera en la enciclopedia de la época más creíble desde el punto
de vista literario (edición guiada por el escritor N. G. Politis) en la entrada
correspondiente a Cervantes los griegos aprendían que: «Kervantes Mijaíl (…)
era poeta español excelente (…) que entró en el ejército hispanonapolitano y se
distinguió por su valentía en la batalla de Naupactos / Lepanto en 7-11-1571
(…) publicó auténticas novelas de carácter nacional (…); sin embargo su obra
maestra es Don Kijotis, traducida a toda lengua e incluso a la nuestra por I. Skilitsis con extraordinario éxito».17 Mientras tanto en otra gran enciclopedía de la
época Cervantes no aparecía bajo ningún nombre (!),18 fue exactamente en
1900 cuando otra nueva edición enciclopédica reproducía en resumen el texto
anterior, sin embargo con una corrección sobresaliente, llamando al autor Cervantés (palabra aguda) y «no Kervantes como mal se ha traducido en nuestra
lengua».19
Nuestro parecer que el texto intermediario anuló el original cervantino
(repetimos: hasta principios del siglo veinte y en los casos más conocidos) se
consolida tanto por un testimonio de gran consideración según el cual la
mayoría de los sefarditas (incluso los de Grecia) muy a menudo «conossieron
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al genial Cervantes y su obra Don Quijote no por la lectura de libros en español
o en judeo-español, sino por los libros (en francés) de las famosas escuelas religiosas de la Alliance Israèlite Universelle»,20 así como también por un suceso
muy conmovedor: cuando, en 1960, el primer traductor-hispanista del Quijote,
Kléarjos Karceos, murió dejando incompleta la traducción de la segunda parte
de la obra que se publicaba por entregas en la más importante revista filológica
N˙á Åóôßá (bajo el mismo título de la primera parte: Mijaíl Cervantes, Don
Kijotis), la revista encargó a la buena traductora e hispanista distinguida Iulía
Iatridu continuar la traducción «directamente del español como lo ha querido
y lo ha deseado el mismo Karceos».21
IV. «CARDENIO
FURIOSO»: UNA OBRA ITALO-GRIEGA MUY DRAMÁTICA
Igualmente insólitas son las adaptaciones teatrales que se inspiran en la
obra cervantina. En febrero de 1880 se presentó en el teatro «Apolon» de Filipúpoli por la «compañía dramática griega» de «Cespis» la obra el Furioso
(=Ìáíé˛äçò) «drama muy trágico en cinco actos traducido del italiano». En el
cartel de aquella representación teatral se anuncian incluso los personajes de la
obra: Cardenios (el Furioso), Eleonor (su amante), Fernando (amigo de
Cardenio), etc.22 El nombre del protagonista crea sospechas y buscando uno el
texto de aquella obra —difícilmente encontrable hoy en día23— y una vez
leyéndola averigua que en sustancia (aunque no en todos los detalles) reproduce la novela de Cardenio, como la escribe Cervantes en la primera parte del
Quijote. Cuál es el texto intermediario italiano y cuáles son las diferencias
con el texto cervantino tienen un valor secundario. Lo importante es que aquel
texto se ha atribuido al «letrado» J. Mijalópulos natural de Esmirna «quien
tradujo del italiano y publicó en Esmirna (en 1836) la «tragicomedia» el
«Furioso», la cual se estrenó repetidamente por muchas compañías teatrales».24
Esta obra, hay que decirlo, tuvo gran éxito (25 representaciones en Filipúpoli)
aunque Koraís en su tiempo aconsejaba a los jóvenes «no acercarse a los
furiosos»,25 principales protagonistas de las obras por el estilo…
El 27 de julio de 1896 la compañía de teatro «Próodos» representó en
Atenas el Don Kijotis del director teatral Idomenefs Stratigópulos, y como se
ve en el correspondiente cartel se trataba de una «tragicomedia en cinco actos
con 16 canciones y con músicas del primer músico de la Corte Iosíf Késaris
(…) 22 eran los personajes protagonistas, muchos los secundarios y entre ellos
hay toreros, caballeros, condenados, y un coro de diablos (!)». Hoy uno,
leyendo aquella adaptación26, no puede no estar de acuerdo con aquella crítica
la cual a posteriori (y a propósito del gran estreno del Quijote en 1972)
observó que «se trata de una adaptación muy original y, hasta cierto punto, justamente el adaptador puso su nombre en primer lugar (…). El éxito fue inmediato y las canciones de aquellas (11) representaciones se hicieron muy populares».27 De esa manera la obra volvió a estrenarse en diciembre de 1911 por
otra compañìa teatral pero con el mismo protagonista (Dimitris Kotopulis) en
el papel de Don Kijotis, «quien se lanzaba con su caballo desde la entrada del
teatro hacia la escena. Le seguía Sancho, mientas que los circundaban los
reflejos de los fuegos artificales».
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La siguiente representación teatral (sátira en 4 actos con imágenes y 12
ballets) en adaptación del director del «Teatro del Reino» Ceódoros Sinadinós
(enero 1936) y con actores muy famosos (Paraskevás, Mirat, Katrakis, Kotsópulos) no consiguió buena crítica «por su falta de originalidad, por ser un
resumen muy malo del original, y por haber alterado la obra maestra
española».28 Hoy en día no tiene mucha importancia si nosotros estamos o no
de acuerdo con aquella crítica. Hablar de esas adaptaciones teatrales es, a lo
mejor, tema de otro estudio. Lo que queremos aquí subrayar es la falta inexcusable que se observa leyendo el programa de aquel estreno de 1936, en
donde (hablando de la biografìa de «Saavedra Migouel de Cervantes» —así se
escribe su nombre) no se hace referencia a su participación en la batalla de
Lepanto. Falta inexcusable porque mientras tanto se habían publicado ya
buenos textos acerca del autor español.29
V. LOS
MOLINOS DE
NAUPACTOS (=LEPANTO)
La participación del «estradiote»30 Cervantes en la batalla de Lepanto ha
pasado casi inadvertida en nuestro país hasta una época muy reciente31 (como
tampoco se ha notado la participación de Garcilaso de la Vega en la toma de
Rodas, en 1522). Decimos «participación casi inadvertida» en comparación
con la abundancia de las informaciones con respecto a esa batalla, que, finalmente, han creado una verdadera leyenda. Y nos referimos sobre todo al grandísimo catálogo de poemas y obras relativos a la batalla de Lepanto,32 a las consideraciones que hicieron historiadores europeos distinguidos sobre esa
batalla,33 a algunos interesantes estudios de contenido lingüístico que analizan
la etimología del nombre de la ciudad ( «Lepanto» deriva del nombre antiguo
griego Å∂á÷ôïò —Í˙∂á÷ôïò-Epacto-Népactos-Nepanto=Lepanto— que significa «sobre la playa», mientas el nombre griego «Naupactos» deriva de la
palabra Íáõ∂çãåßï (= astillero,íáõò+ ∂˚ãíõìé).34 E, incluso, a la fama que ha
cultivado la prensa griega del 1896 según la cual las fiestas victoriosas de esa
batalla naval «se festejaron en su tiempo de modo particular en la isla de Zante,
en donde después de un banquete demasiado lujoso se estrenaron Los Persas de
Esquilo, «en traducción italiana, por una compañía de jóvenes nobles»35, fama
no confirmada, por supuesto hasta que no se encuentre el texto de la traducción
italiana de la tragedia en cuestión. Y sostenemos que la participación de Cervantes fue casi inadvertida por el hecho adicional de que tampoco se refiere a
ella el gran historiador K. Paparigópulos en el respectivo tomo de su excelente
Historia de la nación helénica.36 No vamos, claro, ahora a reprochar al
Menéndez Pidal griego —sería además un insulto— esa falta. Sin embargo
deberíamos subrayar que su opinión con respecto a la batalla como la expresa
a través de los versos del romancero griego («no es así tan fuerte el Turco
como dicen / ese Occidente que oyes que domina / ya todo es cristiano hasta
el último rincón») coincide absolutamente con la opinión de Cervantes («y
aquel día se desengañó el mundo y todas las naciones del error en que estaban
creyendo que los turcos eran invencibles por la mar»37).
Objeto del presente estudio era hablar de la difusión particular de la obra
cervantina en Grecia y no registrar faltas ni tampoco presentar las distintas edi-
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ciones del Quijote (un estudio crítico-comparativo sobre ese tema de las traducciones griegas del Quijote tendría que ser tema de otra ponencia en ese
Congreso). Sin embargo si las referencias de los escritores griegos a Cervantes
(«a ese mayor de los farsantes»38) hubieran sido muchas más, si las influencias
de la obra cervantina fuesen algo más evidentes en la literatura neogriega, si
existiesen estudios monográficos en las revistas filológicas griegas (muchas
para Shakespeare, una para Cervantes39), si en fin la observación aguda de
Pirandello según la cual «detrás de los molinos de viento en el Quijote está la
batalla de Lepanto» (Opere, V, 99), la hubiera hecho un escritor griego, esta
ponencia hubiera podido ser incluso un libro.
NOTAS
1 Véase los estudios de Luquía Drulia, «Åëëçíéê˚ ìåôÜöñáóç ôïõ Äïí Êé÷˛ôç (åñéãñáö˚
åíüò ê˛äéêá)», O Åñáíéóô˚ò Ä´ (1966), Atenas, p. 25-29. Giorgos Kejagioglu, «Ç ∂ñ˛ôç ãíùóô˚
íåïåëëçíéê˚ ìåôÜöñáóç ôïõ Äïí Êé÷˛ôç», Å∂éóôçìïíéê˚ Å∂åôçñßäá Öéëïóïöéê˚ò ó÷ïë˚òÔéìçôéêüò ôüìïò óôïí Óô. ÊáñáôæÜ, Universidad de Salónica, 1990, p. 175-184. Anna Tambaki,
«Öáíáñé˛ôéêåò ìåôáöñÜóåéò ôùí ˙ñãùí ôïõ Ìïëé˙ñïõ», Ï Åñáíéóô˚ò ËÄ´-ËÅ´ (1997), Atenas,
p. 378-379. (De la misma autora es inédito el estudio «Ç äåîßùóç ôçò äõôéê˚ò ∂áéäåßáò ì˙óá
á∂ü ôéò ëïãïôå÷íéê˙ò ìåôáöñÜóåéò: Ç ∂åñß∂ôùóç ôïõ Äïí Êé÷˛ôç», presentado en un
congreso del Instituto Nacional de Investigaciones, Atenas 1994).
2 Ï ∂ïë îåõñïò ∂ïëßôçò Äïí Êé÷˛ôçò ôçò Ìáíôóßáò, óõíôåèåßò ∂áñÜ ôïõ Ìé÷á˚ë
ÔóåñâÜíôåò Óááâ˙äñá, como propone el tìtulo Kejagioglu, op.cit., p. 182. (El manuscrito
proviene de los dominios griegos de Danubio en Rumanía y su propietaria, copiadora y traductora
parece ser la tercera mujer de Nikolaos Mavrokordastos, doña Smaragda Panagiotaki Stavrupoleos.
En el mismo lugar se han encontrado también otras traducciones manuscritas de obras de Cervantes y de Gracián).
3 Véase las obras bibliográficas generales de Popi Polemi, Ç âéâëéïè˚êç ôïõ ÅËÉÁ,
ÅëëçíéêÜ âéâëßá 1864-1990, Á´ Êáôáãñáö˚, Atenas, 1990 y de Kyriakos Delópulos,
á
 éäéêÜ êáé íåáíéêÜ âéâëßá ôïõ 19 ïõ áé˛íá, ÅËÉÁ, Atenas, 1995, mientras tanto se lleva al
cabo el estudio del detallado catálogo de Ç Åëëçíéê˚ Âéâëéïãñáößá ôïõ 19ïõ áé˛íá,1801-1818
al cuidado de Fìlippos Iliù, vol. 1., 1997.
4 Opinión de Skilitsis del trabajo de quien nos referimos repetidamente enseguida y en
adelante.
5 Äïí Êé÷˛ôçò ï Ìáãê˚óéïò, ìåôáöñáóèåßò åê ôïõ ãáëëéêï
êáé åêäïèåßò õ∂ü É.
Éóéäùñßäïõ Óêõëßóóç, êïóìçèåßò äå äéÜ 13 åéêïíïãñáöé˛í õ∂ü Gustave Dorè, Trieste 1864,
Constadinopla 1882 (2a ed.). Sobre las traducciones de Cervantes al griego véase la revista
ÄéáâÜæù 14-10-1987 (vol. 61, dedicado a Cervantes), y Mari Ceodosopulu, «Áîéåò ìíåßáò ïé
åëëçíéê˙ò ìåôáöñÜóåéò ôïõ Äïí Êé÷˛ôç», Å∂ï÷˚, 28-5-1995.
6 Nos referimos siempre a la intoducción de Skilitsis de la ediciòn de Trieste.
7 Adamantios Koraís, Óõëëïã˚ ñ
 ïëåãïì˙íùí. Ôá åéò äéáöüñïõò óõããñáöåßò åêäïè˙íôá
õ∂ü ôïõ Êïñá˚ ñ
 ïëåãüìåíá , Viena 1815 (2a ed.), p. 13-54. (Nuestras referencias son prácticamente un resumen de esas páginas).
8 Äïí Êéóüô ˚ ôá 
åñéåñãüôåñá ôùí óõìâÜíôùí áõôï . ÌåôÜ åéêïíïãñáöé˛í êáé
óõíï∂ôéê˚ò éóôïñßáò ôïõ ÔÜãìáôïò ôùí É∂∂ïô˛í, Âéâëéïè˚êç ôùí áßäùí, Atenas, 1860.
9 La palabra romaná se refiere a todo lo escrito en lengua romance. Hoy la lingüìstica griega
usa los términos romanikès o neolatinikès (ñïìáíéê˙ò ˚ íåïëáôéíéê˙ò) para designar todo lo que se
refiere a las lenguas y literaturas romances.
10 A. Koraís, op. cit. Las palabras romance y romancear son escritas con letras latinas.
11 Véase la edición de Castalia (del profesor Murillo), Madrid, 1978, p. 578-579.
12 Äïí Êéó˛ôïò ôçò ÌÜã÷çò-Ìõèéóôüñçìá ôïõ êëåéíï
ÖëùñéÜí-Ìåôáöñáóè˙í åê ôïõ
Ãáëëéêï õ∂ü Èåïä˛ñïõ Êáôñáìßæ-Ôüìïò ñ˛ôïò, Esmirna 1852.
13 K. Delópulos, op.cit. p.194
14 Véase n.4,5.
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15 Florian êáôÜ ìßìçóéí ôïõ CERVANTES, ÃáëÜôåéá êáé Åóô˙ëëá, ˚ôïé ä ï âïõêïëéêÜ
äéçã˚ìáôá ìåôÜ ∂ëåßóôùí åí áõôïßò áóìÜôùí ìåôáöñáóè˙íôá õ∂ü Ê.. Öùôü∂ïõëïõ êáé
óõíïäåõüìåíá åí ô˙ëåé õ∂ü ∂ñùôïô˝∂ùí ôéí˛í êáé Üëëùí åê ìåôáöñÜóåùí áóìÜôùí, Constadinopla, 1883.
16 Véase ÄéáâÜæù op.cit. y Í˙á Åóôßá v. 278(1938) donde a propósito de una traducción del
poema de Sveitislav Stefanivitc «Don Kijotis» se emplean los terminos propuestos por Skilitsis, y
mientas tanto se había publicado, como veremos, la traducción de Karceos.
17 Véase el volumen 4 de Ëåîéêüí Åãêõêëï∂áéäéêüí, Ì∂Üñô êáé ˘ßñóô åêäüôáé, Atenas
1893-94 (con colaboración de los máximos esritores de la època: Palamàs, Drosinis, Roìdis etc.)
18 Ëåîéêüí Éóôïñßáò êáé Ãåùãñáößáò, äéáëáìâÜíïí ∂åñßëçøéí ôçò éóôïñßáò, öõóéê˚í
êáé ∂ïëéôéê˚í ÷ùñïãñáößáí, ôïõò âßïõò ôùí ìåãÜëùí áíäñ˛í, ôïõò ì èïõò êáé ôáò
∂áñáäüóåéò ∂Üíôùí ôùí åèí˛í á∂ü ôùí áñ÷áéïôÜôùí ÷ñüíùí ì˙÷ñé ôïõ íõí, Costadinopla 18691890 (9 volúmenes, y uno de los autores-editores es S.I. Vutirás quien publicó Galatea y Estella, v.,
n.15 )
19 M.N.Bouillet, Ëåîéêüí Éóôïñßáò, Ãåùãñáößáò, Âéïãñáößáò, ìåôÜöñáóç Çëßá É.
Ïéêïíïìü∂ïõëïõ, å∂åêôáèåßóá êáé óõì∂ëçñùèåßóá åéò ôá áöïñ˛íôá ôïí åëëçíéóìüí Üñèñá,
Atenas 1900.
20 I. Ben Rubi, «Don Quijote y los judíos sefarditas», Anales Cervantinos, II (1952), p. 374375.
21 N˙á Åóôßá 1-4-1960 (v. 67, p. 443). La traducciòn de Karceos se ha interumpido en el cap.
XXVIII. La primera parte del Quijote en la traducción de Karceos se publicó también por entregas
en otra revista importante ÍïõìÜò (2-11-1919 hasta 30-1-1921).
22 Todo el material de este capítulo lo hemos encontrado en el archivo del Museo Teatral de
Atenas. Agradecemos al prof. D.Spacis de centrarnos la atención sobre esos temas.
23 Véase el primer texto de Óõëëïã˚ ÄñáìÜôùí n. 17 de la Biblioteca Teatral de Atenas.
24 Véase en la enciclopedia de autores griegos de ˘Üñç Ü
 ôóç la entrada correspondiente…
25 Como n. 7.
26 Se publicó en Atenas en 1903.
27 Nos referimos al texto de Giannis Sideris publicado en el programa de la representación
teatral de 1972 en el Teatro Nacional de Atenas, adaptación del francés Yves Jamiaque, con la particpación de grandes actores (Katrakis, Zervós) y con traducción del esritor Pavlos Mátesis. Del
mismo texto es la referencia que sigue.
28 Í˙á Åóôßá 1-2-1936 (vol. 19, p. 216).
29 Como por ejemplo él de la gran enciclopedia de õ
 ñóüò (1929, que se basaba en la Espasa
Galpe) y otro de Kostas Kerofilas «Ï ÈåñâÜíôåò åéò ôçí ÅëëÜäá», Çìåñïëüãéïí ôçò ÌåãÜëçò
ÅëëÜäïò (guiado por el poeta G. Drosinis), Atenas, 1927.
30 «Estradioti» (del griego óôñáôé˛ôçò=soldado) se llamaban los mercenarios de aquel
período, véase I.K. Hassiotis, Ó÷˙óåéò Åëë˚íùí êáé Éó∂áí˛í óôá ÷ñüíéá ôçò Ôïõñêïêñáôßáò,
Salònica, 1969. Del mismo, Ïé Åëëçíåò ôéò ∂áñáìïí˙ò ôçò íáõìá÷ßáò ôçò Íáõ∂Üêôïõ, Salònica
1970.
31 Despuès de los estudios mencionados en la n. 29, la referencia más interesante a la participación de Cervantes en la batalla es de Georgios Azanasiadis Novas en ocasión del 4o Centenario
de la Batalla de Lepanto, festejado en Venecia en octubre de 1971. Esa conferencia «Å∂ß ôç
óõì∂ëçñ˛óåé 400 åô˛í á∂ü ôçò íáõìá÷ßáò ôçò Íáõ∂Üêôïõ», se ha publicado en ñ
 áêôéêÜ ôçò
Áêáäçìßáò Áèçí˛í, vol 46, 1972.
32 Por ejemplo, Josè Lopez de Toros, Los poetas de Lepanto, Madrid, 1950. Guido Cuarti, La
battaglia diLepanto nei canti popolari dell epoca, Milàn 1930. Hay distintas publicaciones sobre el
tema «Ç íáõìá÷ßá ôçò Íáõ∂Üêôïõ óôï åëëçíéêü äçìïôéêü ôñáãï˝äé» tanto en la revista de la
ciudad Íáõ∂áêôéáêÜ como en el periòdico Íáõ∂áêôéáê˚. Para una bibliografía general sobre ese
tema véase en el próximo volumen n. 10 de Íáõ∂áêôéáêÜ el estudio de Giannis Vardakulas,
«Áãíùóôá êåßìåíá ãéá ôç íáõìá÷ßá ôçò Íáõ∂Üêôïõ».
33 G. Vardaculas op. cit. y también Arjim. Damaskinós, Ç íáõìá÷ßá ôçò Íáõ∂Üêôïõ, Lepanto,
1998 (con bibliografìa internacional completa).
34 Bruno Migliorini, «Íá˝∂áêôïò=Lepanto», Studi Bizantini, vol 2 (1927), p. 303-311, y
Íáõ∂áêôéáêÜ, vol. 5 (1990-91), p.144-154.
35 Ôá Ïë ì∂éá 13-1-1896, Áôôéê˚ Çñéò 13-4-1896.
36 Konstantinos Paparigópulos, Éóôïñßá ôïõ Åëëçíéêï
˙èíïõò á∂ü ôçò Áë˛óåùò ôçò
Êùíóôáíôéíïõ∂üëåùò ì˙÷ñé ôùí êáè´ çìÜò ÷ñüíùí, Atenas, 1874, p. 129.
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Dimitris E. Filippís
[8]
P. 477 de la edición de Castalia.
Sobre todo eso vèase en ÄéáâÜæù y M. Ceodosopulu op. cit. La frase es del escritor K.
Mitsakis.
39 Como resulta del estudio de Marza Karpozilu, Ôå˝÷ç-áöéåñ˛ìáôá ôùí åëëçíéê˛í
∂åñéïäéê˛í (1879-1997), Atenas, 1999.
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LA PRESENCIA DE CERVANTES EN LOS MANUALES GRIEGOS
Alicia Villar Lecumberri
Grecia es el país elegido por la Asociación de Cervantistas para la celebración de su IV Congreso Internacional. Grecia, el país que eligió a Cervantes para luchar en defensa de la cristiandad. Fue la Batalla de Lepanto la
que trajo a estas tierras a Cervantes. Grecia, Lepanto, Cervantes… nombres
amigos. En Grecia estamos, concretamente en Lepanto, rodeados de cervantistas. Cervantes nos ha convocado en una tierra a la que está llegando el eco
de la cultura española. De hecho, los estudios de lengua y civilización
española ya están incluidos en los planes de estudios de la universidad griega.
Sólo que los adolescentes griegos al elegir los estudios que quieren realizar
se ven desbordados por la cantidad de «especialidades» existentes. Y además,
de las letras españolas poco conocen. De ahí que con motivo de este
Congreso sintiera la necesidad de plantear el tema. Hablemos de Cervantes.
Es un hecho que Cervantes está contemplado en los planes de estudio
griegos, tanto en la enseñanza primaria como en la secundaria. El Ministerio
de Educación Griego edita los manuales que van a ser utilizados por los
alumnos griegos. En Grecia, a los estudios superiores les preceden tres ciclos:
el llamado Dimotikó, esto es, la Enseñanza Primaria (de los 6 a los 12 años),
y la Enseñanza Secundaria, que consta de dos ciclos: el primero, el Gymnasio
(de los 12 a los 15 años) y el segundo, el Lykeio, los años del instituto (de los
16 a los 18). En estas páginas vamos a contemplar la presencia de Cervantes
en los manuales griegos. Un alumno griego va a tener la oportunidad de
encontrarse con Cervantes en tres ocasiones: a los 9-10 años, edad en la que
está cursando quinto de Primaria, en segundo del primer ciclo de la enseñanza secundaria, y en el primer año del instituto. Sin embargo, nos consta
que los capítulos dedicados a Cervantes tan sólo se ven en clase, con seguridad, en Primaria, dado que el temario de Literatura de Secundaria es tan
amplio como inabarcable, y en la mayoría de los centros no se llega a ver
todo. De ahí que las nociones que traen los alumnos que llegan a las aulas
universitarias sean tan escasas. Con todo, mi objetivo es presentar el estado
de la cuestión teniendo en cuenta todo el material publicado por el Ministerio
de Educación Griego, dado que esos son los libros de texto que nuestros
alumnos tienen en sus casas y constituyen la única bibliografía real en
muchas de las bibliotecas de los estudiantes.
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A. CERVANTES
[2]
EN LA ENSEÑANZA PRIMARIA GRIEGA1
Pues bien, comencemos presentando a Cervantes en los textos de Primaria.
En el libro de quinto de Primaria los alumnos de lengua griega se topan con un
don Quijote dispuesto a luchar con ovejas y carneros. Esta aventura abarca dos
de las primeras lecciones del libro. Así las cosas, al niño griego le despiertan
la imaginación sirviéndose de estas palabras:
DON QUIJOTE Y LA BATALLA CON
LAS OVEJAS Y LOS CARNEROS2
¡Tal vez hayáis oído el nombre de don Quijote! Don Quijote era un noble, que no tenía
ni blanca, pero sí mucha imaginación, y vivía hace unos cuantos años en España, en la
famosa región de La Mancha. Don Quijote, en un principio, llevaba la vida que llevaban
los nobles de su época: acostumbraba ir a cazar y jugaba a los dados con el barbero del
pueblo.Sin embargo, más tarde, cuando llegó a los cincuenta, Don Quijote lo abandonó
todo y se volcó en la lectura. Así pues, llenó su biblioteca con un montón de libros, que
para comprarlos se vio obligado a ir vendiendo poco a poco sus tierras. Pero los libros
que compaba no le proporcionaban beneficio alguno. ¡Lástima los dineros que daba! Y
es que eran unas novelas, que en aquel entonces eran llamadas «caballerescas» y que
relataban las más inverosímiles hazañas de los caballeros antiguos. Así pues, don Quijote
se encerraba en su habitación y se pasaba noche y día leyendo las bobadas más increíbles del mundo, con una pasión inusitada. Y todo lo que leía, se lo creía. De ahí que
creyera que lo héroes de los libros eran capaces de partir de un tajo ocho gigantes3, con
la misma facilidad que se cortan los puerros, o que podían atravesar montañas enteras,
de una lanzada, como si las montañas fueran tan fáciles de atravesar como un queso. Al
final, acabó viéndolos delante de él e imaginándose que él mismo era uno de ellos. Y
como había adelgazado de tanto leer, de comer y dormir poco, fue perdiendo el juicio y
empezó a confundir las maravillas de los caballeros con las pequeñas cosas que le iban
ocurriendo día a día. No podía discernir la verdad, de la mentira; lo correcto, de las
patrañas.
—¡Pero —decía para sus adentros—, para hacer todo esto se necesitan armas y un
caballo!
Las armas no tardó en encontrarlas. Eran las armas de sus antepasados, que estaban
olvidadas en un desván y estaban llenas de orín y moho. Caballo, tenía el suyo. Un
caballo viejo, huesudo, con las patas torcidas y las crines caídas. Con todo, tenía que
darle un nombre llamativo, tal como hacían los caballeros de sus amados libros. Estuvo
cuatro días dándole vueltas a la cabeza, hasta que encontró el nombre apropiado. Y así
bautizó a su rocín, dándole el nombre de Rocinante, y al punto se imaginó que era semejante a Bucéfalo. Además, a don Quijote se le metió en la cabeza otra idea: hacer de
Sancho su escudero, ya que todas las novelas de caballería que había leído decían que no
había caballero andante que se lanzara a recorrer el mundo sin escudero. Así que
encontró a Sancho Panza solo, en la cocina, en el momento en el que estaba comiéndose
una sopera de habas. ¡Qué contraste entre estos dos hombres! Don Quijote era alto,
delgado y enjuto, con unos bigotes largos que partían en dos su amarillento y melancólico rostro. Sancho era bajo y gordo, y tenía una sonrisa perpetua que hacía más ancha
si cabe su redondeada cara. Don Quijote enseguida le explicó a Sancho para qué le
quería: quería hacerle escudero y recorrrer juntos el mundo. Y le aseguró que gracias a
sus acciones heroicas y a su fama, el rey le concedería una isla y le nombraría gobernador de la misma. Con estas promesas y otras tales, Sancho, que era pobre, en sólo una
hora, aceptó seguir a su vecino. Así pues, a los pocos días, antes de que saliera el sol, dos
jinetes se marchaban furtivamente de su pueblo: se trataba de don Quijote, a lomos de
Rocinante y Panza, encima de su jumento. Iban a conquistar la fama.
(Continuará)
(Continuación del texto anterior)4
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La presencia de Cervantes en los manuales griegos
DON QUIJOTE Y LA BATALLA CON
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LAS OVEJAS Y LOS CARNEROS
Habrían andado un día entero, cuando de repente don Quijote se puso de pie sobre los
estribos de su caballo.
—He aquí el día, mi querido Sancho, en el que se ha de mostrar el valor de mi
brazo, y las hazañas de este día quedarán escritas por siempre en la historia. ¿Ves aquella
polvareda que se levanta allá a lo lejos, Sancho? Has de saber, pues, que viene un gran
ejército hacia nosotros5.
—Si es así, entonces serán dos ejércitos, respondió Sancho. Pues por este otro lado
se levanta otra polvareda semejante.
Don Quijote volvió a mirar y vio que Sancho tenía razón. No cupo en sí de gozo,
ya que pensó que los dos ejércitos iban a embestirles en mitad del inmenso campo. La
polvareda la levantaban dos grandes manadas de ovejas y carneros, que venían de dos
partes opuestas. Y con tal ahínco afirmaba don Quijote que las nubes de polvo eran
ejércitos, que Sancho acabó por creérselo y dijo:
—Señor, pues ¿qué hemos de hacer en este caso?
—¿Que qué hemos de hacer?, dijo don Quijote, con la frente en alto: Nos pondremos del lado de quienes necesiten nuestra ayuda.
—Pero, señor, gritó Sancho ofuscado, giro y giro la cabeza, estiro el cuello tanto
tanto que se me va a despegar, abro los ojos de par en par, tanto tanto que parece que se
me van a salir de las órbitas, pero que me lleve el diablo si veo a alguno de los que me
ensalzas.
—¡Qué! ¿No oyes el relinchar de los caballos, los clarines, los timbales?
—No oigo nada, respondió Sancho… Como mucho, oigo balidos de ovejas y
carneros.
—¡Ah! Exclamó don Quijote—, temes tanto la guerra, mi pobre Sancho, que estás
desorientado. Muy bien, quédate aquí, que yo iré solo a dar la victoria a aquel que
ayude.
Así que, dio de espuelas a Rocinante y se marchó raudo y veloz sin escuchar las
voces de su escudero.
—¡Por el amor de Dios! Gritó Sancho, vuelva atrás, señor don Quijote, que son
ovejas y carneros esos con los que va a luchar. ¡Qué locura es ésta! ¡Pecador de mí!6
Don Quijote corría y corría, clavando las espuelas a su caballo, de cuando en
cuando, al tiempo que gritaba, como loco: «arre, arre». Y sin perder tiempo, dio con una
de las manadas de ovejas y carneros y empezó a propinar golpes a diestro y siniestro, con
rabia y enfado. Los pastores empezaron a vociferar, a insultarle y a amedrentarle; pero
él, ni caso. Entonces cogieron unas piedras y empezaron a tirárselas. Una piedra le dio
justo en la boca y le partió tres dientes, una segunda le dio un fuerte golpe en el costado;
y la tercera le dio en la frente, y le causó tal mareo que se desplomó del caballo, cayendo
en tierra. Los pastores creían que lo habían matado. Recogieron a toda prisa su rebaño,
cargaron al hombro las ovejas y los carneros muertos, y si te he visto, no me acuerdo.7
Todo este tiempo Sancho se quedó apoyado en unas rocas y estuvo mirando las locuras
de su amo, mesándose las barbas de pura desesperación. Y cuando los pastores se perdieron de la faz de la tierra, bajó de su atalaya y se acercó a su amo, quel estaba en una
situación deplorable.
—¿No le decía yo, mi señor don Quijote? —dijo Sancho, mientras iba retirando la
sangre del rostro del caballero herido. ¿No le decía yo que no eran ejércitos, sino
manadas de ovejas y carneros?
Cervantes
Adaptación: Kostas Bárnalis
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Alicia Villar Lecumberri
COMENTARIOS A LA ADAPTACIÓN
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DEL TEXTO
El texto que acabamos de presentar está tomado de la adaptación infantil
que hizo el escritor griego, Kostas Bárnalis (1883-1974). Se trata de una
lograda versión del Quijote para niños, publicada en Atenas, en 1975, en la editorial Kedros. En el libro de texto encontramos dos lecciones dedicadas a la
obra de Cervantes, unificadas por un título conjunto: Don Quijote y la batalla
con las ovejas y los carneros. Bajo el mismo epígrafe nos encontramos un
primer fragmento en el que se presenta a nuestros héroes y un segundo que
describe la batalla en sí. El primer texto corresponde a la adaptación de los
capítulos I y VII del Quijote. Se presenta a don Quijote, su linaje, sus inquietudes, y la necesidad de armas y caballo para un caballero andante. A Rocinante Bárnalis nos lo presenta semejante a Bucéfalo, si bien Cervantes insiste
en que no existía parangón alguno: «le pareció que ni el Bucéfalo de Alejandro ni Babieca el del Cid con él se igualaba» (Quijote, I. 1). Una vez
provisto nuestro héroe de caballo, a los ojos de Bárnalis, don Quijote necesita
un escudero, y así sigue su texto, que es la adaptación del capítulo VII de la
primera parte del Quijote. No se les presenta a los niños la falta de una dama
de la que enamorarse, ni el ritual de armarse caballero, ni el escrutinio que el
cura y el barbero hicieron de la librería de don Quijote. Es muy curiosa la
presentación que hace Bárnalis de Sancho: ¡nos lo sitúa en la cocina de su casa,
comiendo una sopera de habas! Allí es donde lo encuentra don Quijote. De este
modo, Bárnalis transmite a los niños la idea de que Sancho es un glotón. Esta
caracterización es muy acertada y consigue hacer de Sancho Panza un personaje simpático del que los niños fácilmente se van a encariñar. A continuación
Bárnalis describe a su manera, a los dos personajes. De don Quijote dice que
era alto, delgado y enjuto8, y añade, de su cosecha: «con unos bigotes largos
que partían en dos su amarillento y melancólico rostro». Por el contrario
Sancho era bajo y gordo, y destaca que «tenía una sonrisa perpetua que hacía
más ancha si cabe su redondeada cara». Estos añadidos están muy conseguidos, dado que tiñen de sensibilidad la personalidad de los protagonistas del
relato. Respecto a las acotaciones temporales, Bárnalis no respeta el original.
Nada se dice en El Quijote de que Sancho «en sólo una hora» aceptara seguir
a su vecino. Y respecto a la salida conjunta y furtiva de los dos jinetes, Bárnalis
dice que salieron «antes de que saliera el sol», si bien el texto cervantino habla
de «una noche», dado que teniendo toda la noche por delante a la mañana
siguiente, cuando les echaran en falta, ellos ya estarían lo bastante lejos como
para que no les encontrasen.9
El segundo texto relata el episodio en sí de la lucha de don Quijote con las
ovejas y los carneros, episodio que en El Quijote, como sabemos, no aparecerá
hasta el capítulo XVIII de la primera parte. Con todo, estos dos textos aparecen,
como decíamos, bajo el mismo epígrafe y no se hace mención de los capítulos
del texto original. Para retomar el hilo del texto de la lección anterior, Bárnalis
decide introducir otra locución temporal: «Habrían andado un día entero»…
Respecto al texto dialogado original, Bárnalis sigue el texto prácticamente de
modo literal, pero suprime las digresiones y las palabras del narrador para
aligerar el texto. Así, no encontramos en el texto infantil la digresión que
podíamos denominar «el catálogo de los contrincantes». Y es que, tras anunciar
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don Quijote que se pondrán del lado de los menesterosos y desvalidos, Bárnalis
decide saltarse toda la digresión del texto original en la que don Quijote va
imaginando y describiendo a sus contrincantes: el emperador Alifanfarón, el
rey de los garamantas, Pentapolín, el valeroso Laurcalco, el temido Micocolembo, el nunca medroso Brandabarbarán de Boliche, el siempre vencedor y
jamás vencido Timonel de Carcajona, un caballero novel, llamado Pierres
Papín, el poderoso duque de Nerbia, Espartafilardo del Bosque, al tiempo que
enumera las gentes que lidian en uno u otro ejército de su fantasía, a saber,
númidas, persas, partos, medos, árabes, (es)citas, etíopes, en el ejército pagano,
y andaluces, tartesios, manchegos, vizcaínos, palentinos, vallisoletanos, albacetenses, pirenaicos y «cuantos toda Europa en sí contiene y encierra», en el
ejército cristiano. Esta enumeración podría llegar a cansar a los niños y de ahí
que el autor de esta adaptación infantil del Quijote haya decidido agilizar el
texto. De ahí que Bárnalis retome el diálogo para contarnos qué ocurrió al fin
con los ejércitos de ovejas y carneros. En ese momento Sancho increpa a don
Quijote con estas palabras: «Pero, señor, —gritó Sancho ofuscado— giro y
giro la cabeza»… En esta ocasión Bárnalis añade dos elocuciones en las que
aprovecha la ocasión para utilizar un lenguaje infantil con el que consigue
acercar a este público el mensaje del texto original. Es una inserción logradísima: «estiro el cuello tanto tanto que se me va a despegar, abro los ojos tanto
tanto que parece que se me van a salir de las órbitas.
Por otra parte, con el fin de aligerar el episodio, tampoco encontraremos el
reflejo de estas palabras: «Porque tenía a todas horas y momentos llena la
fantasía de aquellas batallas, encantamentos, sucesos, desatinos, amores,
desafíos, que en los libros de caballerías cuentan, y todo cuanto hablaba,
pensaba o hacía era encaminado a cosas semejantes» (Quijote, I. 18). Llegados
a este punto, tres apreciaciones lexicográficas que vienen a colación del cotejo
del texto cervantino con la adaptación de Bárnalis. Dice Cervantes que don
Quijote empezó a lancear cuando arremetió contra la manada de ovejas y
carneros. Sin embargo Bárnalis no emplea el verbo griego ____i__ que significa lancear, sino simplemente el verbo ___π_, que significa golpear, propinar
golpes. Por otra parte, respecto a las piedras que lanzan los pastores, en el
original Cervantes nos dice cómo a don Quijote le alcanzó una peladilla de
arroyo, esto es, un guijarro. Pero Bárnalis no emplea la palabra griega _______
que significa guijarro, sino la palabra π____, que designa a una piedra en
general. De ahí que nuestra traducción refleje la versión infantil. Y por último,
Cervantes cuando Sancho está esperando a que don Quijote acabe con la
batalla con las ovejas y los carneros, sitúa a Sancho en una «cuesta», pero
Bárnalis utiliza dos palabras diferentes: en la primera ocasión Sancho se quedó
apoyado en unas rocas (______), mientras que al final del episodio Sancho
bajó de su atalaya (________).
Presentación y comentarios del libro de texto
Las dos lecciones dedicadas al Quijote abarcan las páginas 32-45 del libro
de texto. La estructura de todas las lecciones es la misma: texto literario acompañado de notas a pie de página y ejercicios gramaticales. En la educación
primaria griega (de los 6 a los 12 años) el niño aprende la lengua a través de
textos literarios. La literatura es el pretexto de la gramática. Pues bien, el
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primer texto va acompañado de cuatro notas lexicográficas. Se les explican a
los niños tres sustantivos: _π___π____, ______, __________, barbero, sopera
y acción heroica respectivamente, y un adjetivo: __________ enjuto. Estas
palabras impedirían la comprensión del texto, las dos primeras por tratarse de
vocablos, si bien propios del lenguaje popular, arcaicos (hoy en día sustituidos
por las palabras _______ y ___π____ respectivamente), y las otras dos, por no
ser palabras de uso frecuente. No corren tiempos para acciones heroicas, de ahí
el desconocimiento de la palabra __________ por parte de un niño. Por otra
parte, describir a un señor como __________ es como decirle en España a un
niño de diez años que se trataba de un señor enjuto. Un niño de esa edad
conoce los adjetivos delgado, flaco, como mucho huesudo (________, __π___,
__________ en griego).
A continuación del texto tenemos los ejercicios gramaticales. El primero es
uno de léxico: se le presentan al alumno diez palabras que han aparecido en el
texto literario y se le dan otras diez sinónimas para que las relacione. El acierto
de la elección de estos vocablos es decisiva, porque constituyen el hilo conductor del relato. Por su parte, no deja de ser curioso que los niños griegos
aprendan a conjugar determinados verbos, teniendo como punto de referencia
el texto cervantino. Deberán encontrar la forma verbal adecuada que exprese
los devaneos de don Quijote, quien, se vio obligado a vender parte de sus
tierras para comprar esos libros de caballerías, que en realidad, no le proporcionaban beneficio alguno (es el caso de los ejercicios 2, 3 y 5). Otro de los
objetivos de estos ejercicios gramaticales es transmitir al niño la idea de las
diferentes fases de la lengua griega. Para ello, nada mejor que explicarles
cómo don Quijote tenía un caballo (_____; palabra actual que designa a dicho
animal), pero su sueño era hacerse caballero andante, puesto que quería ser
como uno de los héroes de las novelas de caballería que había leído (para
formar los compuestos hay que recurrir al antiguo _ππ__, y así, don Quijote
quería ser un antiguo _ππ____ , tal y como lo había leído en las _ππ_____
_____________). El texto cervantino, a su vez, se emplea para presentar a los
niños el concepto de la hipérbole, dado que los héroes del libro son capaces de
partir de un tajo ocho gigantes. Por otra parte, de cada lección, los alumnos
deberán escribir el vocabulario básico en fichas. Con el texto literario de referencia, el niño aprenderá fácilmente expresiones del tipo: «acabó creyéndose lo
que allí se decía», y recordará cómo se dice «dar vueltas a la cabeza» con sólo
acordarse de los devaneos de don Quijote a la hora de buscar un nombre para
su rocín.
El segundo texto, considerado como continuación del primero, lleva el
mismo título que aquel. Otras cuatro notas lexicográficas aclaran el significado
de tres sustantivos: __ ______, _ _π________ y __ ________, estribos, brújula
y atalaya respectivamente, y de un verbo: _______ ofuscarse. A continuación
vienen siete ejercicios gramaticales. En el primero el objetivo es que los niños
asimilen la formación del participio. Esta labor se simplifica por el hecho de
que, gracias al texto que han leído, saben que don Quijote estuvo propinando
golpes a las ovejas y carneros, ante un ofuscado Sancho. Esta vez, las fichas de
vocabulario se van a engrosar con un Sancho que abre los ojos de par en par,
o con el mareo que le entró a don Quijote a causa de la pedrada que recibió.
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El último ejercicio es un ejercicio de composición. Los alumnos deben
pensar y escribir. Tienen que leer unas cuantas frases que se han escogido del
texto literario y utilizar sólo las expresiones subrayadas, del tipo: «Has de
saber que…», para construir sus propias frases.
Este último ejercicio ayudará a los alumnos a asimilar el sentido de este
pasaje de la batalla con las ovejas y los carneros. Y además, los alumnos ya se
habrán familiarizado con nuestros héroes, les habrán caído simpáticos, y por lo
tanto estáran en condiciones de utilizar correctamente estas expresiones.
Llegados a este punto no nos queda sino señalar que al final del libro10 hay
una relación de los escritores de los que se han tomado los textos. En el lema
Cervantes, M. leemos: «Escritor español (1547-1616). Escribió muchos libros,
pero su obra maestra es don Quijote. En este libro describe las aventuras imaginarias de un caballero venido a menos, con alma buena, pero sin sentido
alguno de la realidad. El adaptador de la novela al griego, Kostas Bárnalis
(1883-1974) es uno de los escritores más prestigiosos que fue galardonado
con el Premio Lenin.
A. CERVANTES
EN LA ENSEÑANZA SECUNDARIA GRIEGA
B.1 Primer ciclo
La Enseñanza Secundaria del primer ciclo va dirigida los alumnos de
edades entre los 12 y los 15 años. Es la época del ________, que consta de tres
cursos. En del libro de Literatura de segundo, 11 encontramos el conocidísimo
pasaje de los molinos de viento. Lo que me parece más curioso de todo es que
se haya incluido en un libro que se dedica exclusivamente a Grecia y a sus
gentes, y se haya incluido en el capítulo dedicado a «la vida en tiempos
pasados». En este libro los textos literarios están agrupados de acuerdo a XVI
unidades temáticas: el mar, el colegio y la vida, la ciudad y el campo, la década
de los 40 y la Ocupación, los jóvenes en lucha por la libertad, el cariño, la vida
religiosa, lo que aconteció en Asia Menor, lo que se siente cuando se está en
tierras lejanas, el helenismo más allá de las fronteras, los problemas de la vida
contemporánea, relatos de viajes, la víspera de la Gran Batalla, la vida en
tiempos pasados, las luchas de los akritas-ladrones, el arte popular. Todos estos
temas se abordan desde un punto de vista exclusivamente griego. Y de pronto,
en la vida en otros tiempos, nos encontramos con el buen don Quijote.
El capítulo dedicado a Cervantes abarca tres de las 358 páginas de las que
consta el libro. Los autores del libro han elegido el comienzo del capítulo VIII
de la Primera Parte del Quijote, esto es, la aventura de los molinos de viento.12
El fragmento va precedido del siguiente párrafo:
Don Quijote es una novela española que se publicó por primera vez en 1605.13 Su héroe,
don Quijote de la Mancha, se convirtió en el símbolo del hombre que se deja llevar por
la imaginación y se imagina cosas irreales, pero que a su vez tiene sentimientos nobles
y le domina la pasión de la aventura. Tenía cincuenta años cuando decidió abandonar su
apacible vida y convertirse en caballero andante, ya que le había obnubilado la fama de
los caballeros andantes. Y es que, de eso daban buena cuenta en las muchas novelas de
caballería que había leído. Arrastrado por sus lecturas, se planteó el objetivo de enmendar
todas las injusticias que fuera encontrando en su camino. Ve enemigos imaginarios por
todas partes. En sus aventuras le acompaña su fiel escudero Sancho Panza. Hizo señora
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de sus desvelos a una bella aldeana, a la que puso el nombre de Dulcinea. Leemos un
fragmento del capítulo octavo.14
A continuación viene el fragmento, acompañado de dos notas aclaratorias,
a pie de página, en las que se explica quiénes son Briareo y Frestón. Del
primero se dice que es un gigante de la mitología griega, que tenía cien brazos,
y tras el nombre de Frestón (transcrito en griego como Festón), la nota reza:
El cura y el barbero quemaron los libros de caballería de don Quijote, para librarlo de su
locura. Don Quijote echó la culpa del desastre a un enemigo suyo imaginario, al mago
Festón. El fragmento de la aventura de los molinos de viento ha sido tomado de la traducción de _. Karthaios15, publicada en Atenas, en la editorial Estia, en 1964.16
Él se ocupó de la traducción y el prólogo de la Primera Parte del Quijote
y la Segunda la publicó conjuntamente con la señora I. Iatridou. Esta es la traducción más leída del Quijote, si bien existe otra de Mathaios, publicada posteriormente.17
Con todo, la edición consagrada es la traducción de 1964 —de ahí que en
los textos oficiales sea la que se viene utilizando— y el éxito de esta traducción
ha llevado a la editorial Pataki a reeditarla y según fuentes de la editorial,
saldrá a la luz en el 2001. Personalmente he de decir que, tras el cotejo de la
traducción de Karthaios con el original18 —tentación lícita en la Filología—, he
de decir que esta es una buena traducción del Quijote , en griego moderno, si
bien habría que retocar algunos detalles. A modo de ejemplo señalaríamos que
don Quijote no estaba seguro de haber visto treinta o cuarenta molinos,
mientras que Karthaios ha decidido que eran treinta. Detalles sin importancia,
que no impiden la comprensión del texto, pero que están ahí. Lo único que se
le ha escapado al traductor en el pasaje elegido para el libro de texto es el significado de la palabra lanzada, y es que no ha dado con la palabra griega
________. Así, en lugar del texto cervantino: «dándole una lanzada en el
aspa», nos encontramos en la traducción: «clavó el filo de la lanza en el aspa».
Otro detalle es el hecho de que el traductor ha topado con la dificultad de
encontrar en su lengua una palabra con la que designar un puerto de montaña,
y así el texto nos habla del «estrecho» de Lápice. Como se puede ver las inexactitudes apuntadas son mínimas y en ningún caso impiden la comprensión
del texto cervantino.
Tras esta digresión filológica, volvamos al libro de texto. El pasaje de la
aventura de los molinos de viento va seguido de cuatro cuestiones a las que
deberán responder los alumnos. Deben contestar a las siguientes preguntas:
1. ¿Al servicio de qué ideales cree que está don Quijote al luchar con
gigantes imaginarios?
2. ¿Os habéis reído o habéis sentido lástima de lo que le ocurrió al caballero andante? ¿Por qué?
3. En la introducción hemos visto qué tipo de persona simboliza don
Quijote. ¿Y Sancho Panza? ¿Qué tipo de persona simboliza?
4. ¿Qué quiere satirizar Cervantes con la caricaturización de su héroe?
Al final del capítulo los alumnos disponen de una pequeña biografía de
MIGUEL DE CERVANTES (1547-1616): Gran escritor español. Provenía de una
familia aristocrática, pero sin recursos. Pronto adquirió una vasta cultura filológica. Su vida estuvo llena de aventuras y privaciones. Prestó servicio en el
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ejército español de Italia y participó en la Batalla de Lepanto (1571), donde
fue herido y perdió su brazo.19 De regreso a España fue cautivado por unos
piratas argelinos y durante cinco años llevó la vida miserable que llevan los
esclavos en las cárceles de Argel. Tras muchas vicisitudes logró ser liberado y
regresar a su patria, donde cambió muchas veces de oficio: comisario de los
bienes del ejército, recaudador de contribuciones, trabajador por cuenta propia.
Sus obras: Don Quijote, Viaje al Parnaso, Novelas Ejemplares, obras teatrales
y otras. Don Quijote está considerada como una de las obras maestras de la
Literatura Universal.
B.2 Segundo ciclo: Cervantes en el instituto
El libro de Literatura Neohelénica20 consta de tres apartados: el primero
reúne los textos de la literatura griega neohelénica desde sus comienzos hasta
el año 1830 (excepto la Escuela del Heptaneso), en el segundo hay textos de
literatura griega contemporánea, y en el tercero aparecen textos de la literatura
extranjera traducidos al griego moderno. Concretamente se trata de textos traducidos del latín, del italiano de los siglos XIV y XV, del francés, del español y
del inglés del siglo XVI y principios del XVII. Así pues, la tercera parte del libro,
titulada: Literatura Extranjera, está encabezada por textos de Plauto, Lucrecio
y Virgilio. A continuación viene el capítulo de la Literatura Europea del Renacimiento, en el que se incluye la Divina Comedia de Dante, un soneto de
Petrarca, el capítulo XXI de la Primera Parte del Quijote,21 un fragmento de
Montaigne, otro de Moliere, y dos fragmentos del Rey Lear de Shakespeare.
Todos los textos van acompañados de la biografía del autor correspondiente.
Con todo, las páginas en las que nos vamos a centrar son las dedicadas a
España y concretamente a Miguel de Cervantes. Tras el epígrafe de ESPAÑA,
aparece el nombre de Miguel Cervantes (sin «de»), en negrita, seguido de un
«Don Quijote», a modo de título y entre paréntesis (cap. XXI). De esta manera
el estudiante difícilmente se hará a la idea si lo que viene a continuación tiene
que ver con el personaje en sí, don Quijote, o con la obra, dado que no se le da
el título completo. Lo que se encuentra el estudiante es una nota introductoria
al capítulo en el que se le dice cómo: «En el capítulo XXI aparte del episodio
acerca de la adquisición del yelmo22 de Mambrino, asistiremos a una conversación muy interesante entre don Quijote y su escudero. Con gran maestría
Cervantes consigue criticar y caricaturizar al mismo tiempo a su héroe, y todo
tipo de novelas de caballería que tenían como tema los caballeros andantes».
A continuación viene casi en su totalidad el capítulo XXI, traducido por Karthaios. Este capítulo ha traído de calle al traductor, que si yelmo (palabra que no
puede ser traducida, sin más, por casco, vocablo demasiado actual), que si
celada (la pieza que cubría la cabeza, de la que una parte es el encaje, esto es,
la babera, que cubría la boca y las quijadas), que si almete (la pieza que cubría
sólo el casco de la cabeza)… Con todo, la labor del traductor es afinar al
máximo, y no olvidemos que los guerreros griegos vestían todas estas armas.
Basta con documentarse a fondo. Por otra parte hemos detectado variantes
innecesarias: se emplean dos palabras diferentes para designar al barbero
(_______, _π___π____), cuando con la segunda basta. Por su parte, el pasaje
de la mutatio caparum no ha llegado a entenderlo el traductor y ha salido del
entuerto como ha podido. Allá donde leemos: «Y luego, habilitado con aquella
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licencia, hizo mutatio caparum y puso su jumento a las mil lindezas, dejándolo
mejorado en tercio y quinto. Hecho esto, almorzaron las sobras del real». Pues
bien, la traducción reza: «Haciendo uso de esta licencia, cambió las alforjas, de
manera que el animal le pareció que estaba mucho más bonito que antes. Y
después de esto se sentaron y comieron de lo que había sobrado del botín que
habían cogido a los curas». Esos latinajos… ¡algo tendrán que ver con los
curas! Por otra parte, la palabra malencolía no ha conseguido llegar a la lengua
de salida, ya que el traductor ha interpretado que se allí se habla de melancolía.
El texto va seguido de cinco preguntas a las que los alumnos deberán de
contestar:
1. De todas…. las ciencias. ¿Qué dirías del planteamiento que afirma que
la experiencia es la madre de todas las ciencias?
2. Prestad atención a la reacción de don Quijote y de Sancho ante la aparición del barbero. ¿Cómo se crea el elemento cómico del que depende todo el
episodio? Tened en cuenta a) cómo ven la realidad don Quijote y Sancho, b)
¿es proporcional el ataque impulsivo de don Quijote a la realidad?, c) ¿cómo
plantea las cosas el propio escritor en el pasaje: «Sea como fuere… su imaginación».
3. Justificad el punto de vista que se plantea en la nota introductoria, en el
párrafo: «Con gran… andantes».
4. ¿Cómo reacciona Sancho ante las fantasías de don Quijote? ¿Habéis
observado algún cambio? Si es así, ¿cómo lo justificaríais?
5. ¿Cuál es el papel del narrador?
Como colofón del capítulo leemos la biografía de Miguel Cervantes (15471616). Dice así: «De su vida poco es lo que se sabe con certeza: su nombre
completo es Miguel de Cervantes Saavedra. Nació en Alcalá de Henares y
provenía de familia aristocrática, pero con pocos recursos. Llevó una vida
atormentada, llena de aventuras y ambiciones no cumplidas, que influyeron
decisivamente en la configuración de su intelecto y de su arte. De sus estudios
juveniles no tenemos noticias concretas. Sea como fuere, lo que es seguro es
que durante un largo período de tiempo tuvo como profesor de Filología y en
materias de Humanidades a un clérigo culto, Juan López de Hoyos, quien
sobresalía por su vasta cultura y su educación humanista. Sin embargo, a pesar
de no disponer datos concretos acerca de sus estudios, parece que su educación
fue variada. Era un buen conocedor de lla poesía antigua y moderna, especialmente en lo tocante a la Filología hispánica e italiana. En líneas generales, su
vida se resume como sigue: En 1570 se enroló en el ejército español de Italia,
como soldado y con este grado participó en la conocida, históricamente,
Batalla de Lepanto (1571). Luchó valientemente y recibió tres balas de
arcabuz, dos en el pecho y una en el brazo izquierdo, el cual se le quedó inutilizado23. Hasta 1574 siguió al servicio del ejército como soldado, en Italia. En
su regreso a España fue capturado por unos piratas argelinos y fue liberado en
1580, con el rescate que enviaron sus padres24. Del resto de su vida sabemos
poco. Se casó en 1584, abandonó el ejército, y empezó a dedicarse a la literatura, al tiempo que realizó diversos oficios. Los siglos XVI y XVII, durante los
cuales vivió Cervantes, constituyen una gran época de las letras españolas.
Por eso a ese período se le denominó «Siglo de Oro». De la época anterior, que
constituye el medievo español (siglos XII-XV), ejercició gran influencia la
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novela El Amadís de Gaula de Rodríguez Montalvo. Su éxito en toda Europa
fue enorme y se convirtió en el modelo de las novelas de caballería. De los
escritores del Siglo de Oro los más importantes fueron Cervantes y Lope de
Vega (1562-1635). Lope de Vega es un escritor teatral y escribió comedias
cuyos temas están sacados de la mitología, la Biblia y la historia. Aunque sus
comedias no profundizan en los caracteres de sus héroes, destacan por el
lirismo, el amor a la naturaleza y la acción. Miguel de Cervantes puede considerarse el creador de la novela contemporánea. Con la novela Don Quijote de
la Mancha nos dio una imagen de las costumbres de la España del Siglo de
Oro y satirizó las exageraciones de su novela de caballería».
CONCLUSIÓN
Este es el estado de la cuestión respecto a la presencia de Cervantes en los
manuales griegos. Su nombre aparece también, de paso, en el libro de Historia
Moderna y Contemporánea, en tercero del primer ciclo de la Enseñanza Secundaria. De Cervantes se les dice cómo con su obra pionera «Don Quijote», está
clasificado por los historiadores de la Literatura Europea, junto a Dante y Shakespeare, en la tríada de creadores que llegaron a la altura de las grandes
figuras poéticas de la Grecia antigua. (Véase: B. ________, _______ _______
___ ________, ___________, Atenas, ____, pág. 34). Cervantes está presente
al lado de Shakespeare, Moliere, Goethe… Con todo, los griegos están mucho
más familiarizados con las obras de los escritores clásicos ingleses, italianos,
franceses o alemanes, dado que incluso en sus teatros pueden asistir a obras de
estos autores. Cervantes falta del panorama cultural griego (en Madrid, el
pasado año, sin ir más lejos, pudimos asistir a un musical basado en el
Quijote), quizá si el teatro cervantino tuviera cabida en las salas griegas, y
cómo no, en la televisión, Cervantes empezaría a ser más conocido y el Quijote
dejaría de ser dos tomos, en el mejor de los casos, a los que no hay quién les
hinque el diente.
NOTAS
1 Existen varios trabajos dedicados a la Enseñanza Primaria Griega, cuyo compendio bibliográfico se puede consultar en elartículo de G. Andreiomenos, «La Literatura Extranjera traducida al
griego: El ejemplo de los libros de texto escolares recientes», publicado en la revista Comparaison,
9 (1998), págs. 110-130. Gracias a este artículo, la localización del pasaje cervantino incluido en
Primaria fue inmediata.
2 _ ______ ___ ___ ___ _’ _________, _____ _____, ____, págs. 32-34.
3 Expresión que Cervantes utiliza en el cap. XXXII de la primera parte del Quijote: «(Felixmarte
de Hircania)… que de un revés solo partió cinco gigantes por la cintura, como si fueran hechos de
habas, como los frailecicos que hacen los niños»
4 _ ______ ___ ___ ___ _’ _________, _____ _____, ____, págs. 39— 41.
5 A partir de aquí Bárnalis sigue prácticamente el texto original al pie de la letra. El texto cervantino reza así: «Este es el día, ¡oh Sancho!, en el cual se ha de ver el bien que me tiene guardado
mi suerte; éste es el día, digo, en que se ha de mostrar, tanto como en otro alguno, el valor de mi
brazo, y en el que tengo que hacer obras que quedan escritas en el libro de la Fama por todos los
venideros siglos. ¿Ves aquella polvareda que allí se levanta, Sancho? Pues toda es cuajada de un
copiosísimo ejército que de diversas e innumerables gentes por allí viene marchando» (El Quijote,
I.18).
6 En el texto cervantino: «¡Pecador soy yo a Dios!» (Quijote I. 18)
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En el texto cervantino: «y sin averiguar otra cosa, se fueron» (Quijote I. 18)
Con la enumeración de estos tres adjetivos, los niños pueden llegar a la conclusión que don
Quijote era un tipo delgaducho, cosa algo alejada del texto cervantino: «Frisaba la edad de nuestro
hidalgo con los 50 años; era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador
y amigo de la caza» (I. VII).
9 El texto cervantino dice así: «Una noche se salieron del lugar sin que persona los viese; en
la cual caminaron tanto, que al amanecer se tuvieron por seguros de que no los hallarían aunque los
buscasen.
10 Pág. 130: Biografías de los escritores.
11 _______ ____________ ___________, _’ _________, ____.
12 Págs.322-324: ______ _________: _ ___ _______ ___ __ __________, es decir, Miguel
Cervantes: Don Quijote y los molinos de viento.
13 Obsérvese que no se habla para nada de una Primera y una Segunda Parte de la obra, hecho
que desconoce el alumno. Y esto lo he comprobado en la Facultad. Los alumnos ¡creían que Cervantes sólo había escrito la primera parte, y que la segunda no era de Cervantes! Algo habían oído
de una segunda parte apócrifa…
14 Nótese cómo, de nuevo, no se especifica que este capítulo pertenece a la Primera Parte del
Quijote.
15 K. ________-_. ________, _____, _____, 1964.
16 Está por hacer un estudio bibliográfico exhaustivo y comentado de las traducciones cervantinas al griego moderno. La primera es de mediadios del siglo XVIII (hacia 1720-1745). Recoge los
catorce pimeros capítulos del Quijote, traducidos al griego partiendo de la traducción que había
hecho al italiano Lorenzo Franciosini (Venecia 1622-1625, Roma 1677). Es la primera traducción
del Quijote fuera de las fronteras de la Europa Occidental. Procede de las Soberanías del Danubio.
Posteriormente sabemos que la primera traducción rusa es de 1769, las escandinavas del tercer
tercio del siglo XVIII, la rumana de 1840, la serbia de 1856-57, la turca alrededor de 1860, la checa
de 1864 y la armenoturca de 1868. Estamos con el profesor K__________, quien en su artículo: «La
primera traducción de El Quijote al griego moderno», publicado en Salónica en 1990, páginas 175184, dice que el estudio de esta traducción y de otras que se hicieron en la misma época muestran
interesantes orientaciones narrativas y dramáticas de las letras neohelénicas, que no han sido estudiadas como se debiera y es imprescindible hacer un estudio analítico en profundidad.
17 Concretamente la Primera Parte vio la luz en octubre de 1994 y la Segunda Parte en abril de
1995. Se publicó en Atenas, en la editorial Exantas.
18 Hecho que espero que sea del agrado de Karthaios, pues al parecer Mathaios sugirió que no
se hiciera con su versión, y esta opinión ha llegado a intimidar a los estudiosos hasta tal punto que
se han visto obligados a respetar su voluntad. Véase la reseña que publicó V. Ivanovich, con motivo
de la aparición de la traducción del Quijote de I. Mathaios: «Cervantes en griego: Traducción,
«Norma», Recepción», Atenas, revista M________ 96, pág.171: «Voy a evitar hacer una valoración
comparativa (a través de procedimientos filológicos de confrontación de las dos versiones entre sí,
y de cada una con el original), respetando así la sugerencia del escritor».
19 Esta frase ha dado pie a no pocos equívocos. A modo de chascarrillo me viene a la mente la
preocupación de un corfiota, quien me preguntó a ver si en alguna parte se decía o se insinuaba
dónde se encontraba el brazo que perdió Cervantes en la Batalla de Lepanto. Decía el buen hombre,
que en la Iglesia Católica de la Anunciación, en Corfú, hay una tumba en la que se sabe que fueron
enterradas víctimas de la Batalla de Lepanto. ¿No estaría el brazo de Cervantes entre aquellos
restos? De ser así habría que darlo a conocer.
20 _______ ____________ ___________, _’ _______ _______, _____, ____.
21 Aunque tampoco en el libro del Instituto se especifica que este capítulo pertenece a la
Primera Parte. Se cita capítulo 21, sin más.
22 En realidad los autores del libro utilizan la palabra ______, que significa casco, y no
π___________ , que es la palabra griega que significa yelmo.
23 En esta ocasión no se dice que «perdió el brazo». Por lo tanto, al menos a los alumnos del
Instituto les quedará claro que el brazo tan sólo le quedó inutilizado. Es curioso observar cómo
este verbo ha sido modificado después de haber sido impreso el texto, ya que se nota perfectamente el añadido. Seguro que la modificación obedece al craso error que conduce la primera
versión.
24 No fue Miguel, sino su hermano Rodrigo, el que fue rescatado, en 1577, con dinero que pudo
reunir su familia. Fue un fraile de la orden Trinitaria el que consiguió redimirlo a último momento,
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pagando la suma de 500 escudos por su rescate. Véase: Miguel de Cervantes, El Ingenioso Hidalgo
Don Quijote de La Mancha, Edición, introducción y notas de Luis Andrés Murillo, Madrid, Clásicos
Castalia, 1978, pág. 21.
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III
Aspectos biográficos
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CERVANTES Y EL GRECO: ¿SÓLO CONTEMPORÁNEOS?
Sarantis Antiochos
En la vida intelectual hay alguna vez encuentros accidentales que nos
abren nuevos caminos venturosos e insospechables. Hace casi tres décadas,
durante mis primeras andanzas por España, con el propósito de investigar el
impacto de los célebres «Polos del desarrollo», conocí en el Castillo de
Monzón del Campo, en la provincia de Palencia, un fraile salesiano. Era un
personaje casi de leyenda: culto, amabilísimo, muy erudito, conocedor de
griego y latín, algo vividor, en fin, un verdadero humanista. Resultó para mí un
maestro sabio y atípico que me introdujo, aparte de la historia del lugar, a las
maravillas literarias y artísticas del Siglo de Oro, que era al parecer su especialidad. Todavía conservo los cuadernos con los apuntes de aquellas largas
conversaciones. Don Gaspar —este era su nombre— me habló de la Batalla de
Lepanto, tema que me había fascinado en mi juventud, en mi isla natal de
Zante, por la influencia de los historiadores locales. Él me dio datos de la prodigiosa producción literaria que disparó, dentro y fuera de España, aquella
gran victoria de la Cristiandad contra el Gran Turco. Me habló de Cervantes
lamentándose de la pérdida del texto de su obra teatral «La Batalla Naval» que
trataba sobre ese glorioso acontecimiento. De su boca escuché por primera
vez los nombres de algunos de los llamados «Poetas de Lepanto»: Juan de
Rufo, autor de La Austriada; Alonso de Ercilla, autor de La Araucana —elogiados ambos por Cervantes y cuyas obras fueron salvadas del auto de fe del
Quijote—; Juan de Mal-Lara, autor de la Descripción de la Galera Real del
Serenísimo D. Juan de Austria; Fernando Herrera, poeta «divino», autor de la
«Canción por la victoria de Lepanto»… De estos y de muchos otros, cuyos
nombres deberían ser grabados con letras de oro en un monumento de granito
negro, aquí en esta ciudad de Lepanto, entre el mar eterno y el Parnaso.
Don Gaspar era un gran conocedor de la obra de Cervantes. De sus comentarios sobre el Quijote quiero recordar uno sólo: a pesar de su admiración por
Cervantes no le perdonaba el hecho de haber devuelto la cordura a su héroe al
final del libro y de su vida. No entendí bien su razonamiento. Tal vez era, más
que religioso, poeta y soñador a quien molestaba la sujeción a la cruda realidad
y la renuncia a toda esperanza.
No obstante, lo que más me interesó entonces fue su gran erudición sobre
la vida y la obra de El Greco. Unos días antes yo había visitado Toledo y
sentía todavía viva la emoción de mi primer contacto con la obra y el entorno
de Theotokópoulos. Quise pues saber todo lo que él pudiera contarme al
respecto. Fue entonces cuando, entre otros detalles que no vienen al caso, me
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habló, en un tono casi confidencial, del gran parentesco existente, según sus
averiguaciones, entre la pintura del Cretense y la literatura de Cervantes. Don
Gaspar sostenía que Cervantes y El Greco, ambos vecinos de Toledo, se
trataban y había intercambios de opiniones e influencias mutuas. Años más
tarde, cuando pasé de nuevo por Palencia y quise ponerme en contacto con mi
viejo amigo, él había desaparecido del lugar. Lo único que conseguí averiguar
era que estaba enclaustrado en algún convento en Galicia. No he vuelto a
verle.
Desde entonces, principios de los setenta, he tenido siempre presente en
mis indagaciones sobre El Greco esta supuesta relación con Cervantes, y
alguna vez empecé a reunir todo lo relativo a este asunto. Así pues, un día,
hace varios años, en una librería de viejo de Madrid, encontré un libro curioso.
Su título: El Greco, personaje y autor secreto del Quijote. Autor: un tal
Guillem Morey Mora. Lugar y fecha de publicación: Mallorca, 1969. Mi
sorpresa y curiosidad fueron inmensas. En un principio pensé que se trataba de
una obra de ficción, o sea de una novela. Al hojear el libro comprobé que no
era así. Parecía una obra de investigación. Por eso, y recordando mis conversaciones con Fray Gaspar, decidí adquirirlo, a pesar de su elevado precio.
Confío que alguno de ustedes conozca ese libro.
Aunque ignorado por la crítica especializada, está incluido en la bibliografía cervantina. Veamos pues de que trata: la tesis de Morey Mora es, brevemente, la siguiente: el autor de los manuscritos arábigos adquiridos por Cervantes en Alcaná de Toledo es El Greco, bajo el nombre de Cide Hamete
Benengeli. Tal afirmación se basa, en primer lugar, en las declaraciones de
Cervantes sobre la paternidad del Quijote, tomadas como vemos al pie de la
letra, y en segundo lugar, en un complicado y reiterativo análisis e interpretación de las supuestas alusiones contenidas en los siguientes textos: los poemas
preliminares y finales de la primera parte del Quijote; el Quijote apócrifo de
Avellaneda; un romance de Góngora a la supuesta conversión religiosa de El
Greco; el «Poema heroico de las necedades y locuras de Orlando enamorado»
de Quevedo; y, por último, el capítulo VI de Viaje del Parnaso. A todo esto
sigue una interpretación de varios cuadros de El Greco.1
Me limitaré a citar aquí un par de párrafos de este libro que revelan el tipo
de análisis empleado por su autor:
Una exégesis de la equilibrada relación entre el contenido de las composiciones poéticas
preliminares y finales de la primera parte de El Quijote y la objetividad elemental y
lógica de las mismas nos da, como resultado científico, una perfecta deducción de que
tales composiciones no celebran al héroe de La Mancha, sino al ‘gran Quijote’ (Cide
Hamete Benengeli, es decir, Dominico Greco) ya que reflejan, absoluta y perfectamente,
las principales efemérides ciertamente biográficas (y no poco quijotescas) del pintor
Cretense. (Pág. 26).
Tras minuciosos y detenidos exámenes creemos sinceramente que el verdadero retrato de don Quijote, pintado por El Greco a plena conciencia intencional, es el llamado San Luis de Francia del Museo del Louvre. (Pág. 216).
[El poema de las Necedades de Quevedo] Tiene por objeto satirizar la sorda lucha entre
Cervantes y Avellaneda… (En el poema, Angélica representa a la materia del Quijote,
Orlando representa a Avellaneda y Farragut a Cervantes. …el rey Grandonio, de testuz
arisco… parece retratar al soberbio Dominico Greco. (Pág. 311).
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No quiero abusar más de su paciencia. Es obvio que el autor trae a
colación aspectos dispares que sólo en apariencia pueden tener alguna relación
o similitud. Y de allí saca sus conclusiones. Casi todo lo que dice sobre El
Greco no es cierto —por no decir invención— y no necesita comentario
alguno. Lo mismo podríamos decir por lo que a Cervantes respecta, con excepción quizás del caso de Avellaneda. Morey Mora sostiene que Avellaneda era
Fray Félix Hortensio de Paravicino y Arteaga, amigo de El reco y de Lope de
Vega. Es un tema apasionante. Otros, con más autoridad que yo en este asunto,
tienen la palabra.
En general, esta tesis espectacular sobre la primera autoría del Quijote y
los contenidos autobiográficos supuestamente referentes Theotokópoulos, responden a una fantasía galopante y son producto de la falacia de métodos más
bien esotéricos2. Este autor llega hasta el punto de emplear un análisis astrológico en su interpretación de la composición de cierto cuadro de El Greco. Se
trata, en fin, de una tesis insostenible que me recuerda otras tendencias y
teorías espantosas en el mundo de la cultura, como aquella teoría contemporánea de origen afroamericano sobre la llamada «Atenea Negra».
Anécdotas aparte, la pregunta crucial es: ¿Hubo relación personal entre
Cervantes y el Greco? La respuesta es fácil: no. No hay datos que lo prueben.
Cervantes nunca mencionó en sus obras el nombre de El Greco, ni tenemos
retrato conocido de Cervantes por el pincel del Cretense. Recurrir a alusiones
poéticas, por lo general conceptistas y alegóricas, y a suposiciones fantasiosas
no me parece la mejor manera de acercarse a la verdad histórica.
Los paralelismos y las semejanzas entre el pintor y el autor, a nivel artístico, son evidentes pero no presuponen un contacto personal directo. Más bien
responden a otras coordenadas y factores que veremos más adelante. Adoptaré,
pues, la vía convencional para revisar los nexos de unión entre El Greco y Cervantes para llegar así a alguna conclusión.
Domenicos Theotokópoulos (1541-1614) era seis años mayor que Miguel
de Cervantes Saavedra (1547-1616). A finales de la década de 1560, ambos
dejan sus respectivas patrias, en busca de una mejor suerte, para ir a Italia, hervidero cultural de la Europa de entonces. El primero es ya un «maestro» pintor,
formado en el estilo postbizantino de la Escuela Cretense, con influencias
venecianas. El segundo es un poeta principiante. Ambos pasarán por palacios
cardenalicios, bajo papeles distintos: Cervantes como camarero del Cardenal
Acquaviva; El Greco como invitado de honor del Cardenal Farnesio. Cervantes abandona este oficio y elige las armas que le darán la gloria y la manquedad de Lepanto. Theotokópoulos seguirá perfeccionando su arte y se mete
en otro tipo de luchas. La estancia de ambos en Italia durará siete y nueve años,
respectivamente. Cuando Cervantes vuelve a España en 1580, tras cinco años
de cautiverio en Argel, Theotokópoulos lleva ya un trienio en España y está
establecido en Toledo, una vez cosechada la amargura de su fracasada relación
con la Corte de Felipe II. La misma desilusión espera a Cervantes, que al
mismo tiempo prueba suerte con la literatura y se convierte pronto en autor
teatral, alcanzando cierta fama que le facilita relaciones amistosas con destacados poetas de la época como Laynez, Padilla, Figueroa y otros. Cuando Cervantes llega a Esquivias, en la provincia de Toledo, en 1584, tiene ya nombre
propio en el mundo literario y está a punto de publicar su primera novela La
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Galatea. El propósito literario de este viaje —la entrevista con Juana Gaitán,
viuda de Pedro Laynez, para tratar de promover la publicación de las obras de
su amigo— desemboca en una rápida boda. Como todo el mundo conoce, Cervantes contrae matrimonio el 12 de diciembre de 1584 con Catalina de Salazar
y Palacios, una hidalga de diecinueve años, o sea, dieciocho años más joven
que él. Cervantes se instala con su mujer en Esquivias, donde residirá casi tres
años. Entretanto viaja con cierta frecuencia a Madrid y a la Ciudad Imperial,
capital espiritual y cultural de España3. Lo bien que conoce Cervantes Toledo
y su mundo se puede apreciar en muchas de sus obras, llenas de elogios hacia
la ciudad del Tajo y sus gentes. Citaré un sólo ejemplo: cuatro versos del
«Canto de Calíope» que forma parte de La Galatea:
Del claro Tajo la ribera hermosa
adornan mil espíritus divinos,
que hacen nuestra edad más venturosa,
que aquella de los griegos y latinos.
En este canto, como más tarde en su Viaje del Parnaso, hay una letanía de
nombres de literatos, muchos de ellos amigos suyos, a excepción del nombre
de El Greco.
No obstante, hay suficientes datos para sostener la hipótesis de un
encuentro personal entre Cervantes y El Greco en aquellas fechas en Toledo.
La clave nos la da su matrimonio con Catalina.
Está bien documentado que el párroco de Theotokópoulos, o sea el cura de
Santo Tomé, Don Andrés Núñez de Madrid, el mismo que por aquellas fechas
había encargado al Cretense El entierro del Conde de Orgaz, tenía estrechas
relaciones y hasta un cierto parentesco con la familia y otros parientes cercanos
de la mujer de Cervantes en Esquivias. En efecto, un sobrino de su mujer,
Gonzalo de Guzmán Salazar, se casó el 26 de diciembre de 1586 con Elvira de
Ávalos, sobrina del cura de Santo Tomé, hija de su hermana Elvira de Madrid,
casada con Antonio de Ávalos, vecino de Esquivias. Astrana Marín, a quien
debemos esta valiosa documentación, 3 especula sssobre si el párroco de Santo
Tomé «quiso hacer coincidir la boda de su sobrina con la terminación, por El
Greco, del cuadro… de El Entierro del Conde de Orgaz»3. En efecto, el
contrato entre el cura y El Greco, firmado el 18 de marzo de 1586, preveía
como fecha de entrega del mismo, la Navidad de ese mismo año (…), condición que aparentemente no fue cumplida. La obra probablemente se entregó
con un retraso de más de un año4. Esta segunda boda y la «continua y cordial
amistad» existente, según Astrana Marín, entre Cervantes y Doña Isabel de
Cárdenas, madre de Gonzalo de Guzmán Salazar, hace suponer que Cervantes
conoció al cura Don Andrés y, a través de él, a Theotokópoulos. Un dato más
que apoya esta posible relación, e incluso amistad, entre Cervantes y Núñez de
Madrid, son las documentadas frecuentes visitas de Don Andrés a Esquivias,
donde además de vivir sus sobrinas, las hijas de su hermana Elvira, tenía
muchas amistades, incluida la familia de la mujer de Cervantes.3 En esta red de
relaciones, un factor no menos significativo es el hecho de que el tío de
Catalina, Juan de Palacios, era entonces el párroco de Esquivias. Religiosos,
también, serán más tarde los dos hermanos de la mujer de Cervantes.
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Por la parte de Theotokópoulos hay una tercera boda que podría haber
contribuido a hacer más estrechas las relaciones con su párroco, quien le
encargó el entierro. Así podríamos confeccionar un título de película: tres
bodas y un entierro. Entre el Cretense y el cura Núñez de Madrid hubo una
relación que también lindaba con el parentesco, después de esa tercera boda. Se
trata de lo siguiente: Juan de las Cuevas, a todas luces hermano de Jerónima de
las Cuevas, la compañera de El Greco, como diríamos hoy, se casó con Petronila de Madrid, sobrina de Don Andrés. El matrimonio tuvo un hijo, Manuel de
las Cuevas nacido en 1588. Cuando éste se quedó huérfano, se encargó de
cuidar de su persona y bienes su primo Jorge Manuel, el hijo de El Greco3, 4. A
la muerte de Petronila, en 1603, El Greco actuó como testigo y redactó de su
puño y letra, parte del inventario de los bienes de la difunta, quien poseía un
lienzo de Theotokópoulos.4
El encargo de El Entierro fue fundamental para la estabilidad económica
y resonancia artística de El Greco en aquel momento. A todas luces, no se
trataba de una transacción puramente comercial entre El Greco y su párroco. A
pesar de haber un pleito, interpuesto como de costumbre por el Cretense, éste
fue pronto resuelto con el pago al pintor, de forma aplazada, de 1.200 ducados,
suma muy elevada en aquella época. Una segunda tasación había elevado el
valor del cuadro a 1.600 ducados, cantidad enorme a la que la Iglesia no podría
hacer frente. Este incidente no parece haber perturbado las relaciones amistosas
entre El Greco y su párroco3. Está documentado3, 5 que Theotokópoulos había
retratado dos veces a Núñez de Madrid: la primera en El Entierro, en la figura
de oficiante, y más tarde en un Cristo Crucificado que poseía don Andrés a su
muerte, en 1601, junto con otro lienzo del Cretense, una imagen de Nuestra
Señora. No se sabe si esos dos cuadros eran de encargo o regalados.
Dado que la ejecución de El Entierro por El Greco coincidió con la
estancia de Cervantes en Esquivias y sus visitas a Toledo, muchos han especulado si entre los personajes del célebre cuadro está retratado también Cervantes. Como no hay datos, no se puede insistir mucho en este tema. Sin
embargo no me parece producto de «viva imaginación», como tachó algún
severo académico6 el siguiente razonamiento de Astrana Marín, que subscribo
íntegramente:
Por razón de ser Doña Jerónima de las Cuevas, probable cuñada de Petronila de Madrid;
por las referencias de Villegas y de Pisa a haber reproducido Theotokópoulos en su
cuadro las efigies de muchos varones insignes de la época; por ser a la sazón Cervantes
un poco el hombre del momento gracias a sus triunfos escénicos y a la reciente publicación de La Galatea, a quien naturalmente vería El Greco con Núñez de Madrid, los
Guzmán de Salazar y los ingenios toledanos de mayor relieve, algunos de los cuales
acababa de celebrar en la misma Galatea; por todas estas circunstancias, digo, juzgo
posible que el candiota recogiera su imagen… en el célebre lienzo.3
Las posibilidades de encuentro personal entre Cervantes y Theotokópoulos, naturalmente, no se limitan a sus relaciones con Núñez de Madrid y la
mediación de éste. Cervantes estuvo también en Toledo después de la muerte
del cura, y amplió su círculo de amistades en la Ciudad Imperial. Hay pues,
una serie de personajes y situaciones que avalan la hipótesis de tal encuentro.
Thetokópoulos había retratado a varios ilustres personajes en Toledo. Éstos
no eran simplemente «clientes» ni se trataba siempre de actos de «mera
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relación comercial», como ha afirmado en nuestros días un biógrafo del
Cretense.4 Algunos eran sus mecenas, protectores y amigos sin lugar a dudas.
Cervantes se refiere a varios de ellos, como veremos, elogiosamente.
Se ha dado por seguro que El Greco pertenecía a la Academia Fuensalida
de Toledo, cuya sede estaba junto a la Iglesia de Santo Tomé, o sea, cerca de
su casa7. Entre sus miembros figuraban el poeta Valdivieso, gran amigo de
Cervantes, muchas veces citado en sus obras, y posiblemente uno de los retratados en El Entierro, según Marañón7; el doctor Rodrigo de la Fuente, elogiado
por Cervantes en La ilustre fregona, y retratado y admirado por El Greco —«el
bien llamado Fuente» dice en una anotación suya8. También era miembro de
dicha Academia el jurado y regidor de Toledo, Gregorio Angulo, «protector,
fiador, verdadera providencia de Theotokópoulos»7, también elogiado por Cervantes: «el que sepulta la canalla», nos dice en su Viaje del Parnaso9. En 1604
Gregorio de Angulo fue padrino del nieto de Theotokópoulos, Gabriel de los
Morales. Otro académico de Fuensalida era el famoso historiador de Toledo,
Francisco de Pisa, retratado por El Greco (Museo del Prado y posiblemente
también en El Entierro según Marañón), y citado por Cervantes también en el
Viaje del Parnaso.
En esa misma época había en Toledo otra Academia, con sede en el palacio
del Conde de Mora. El conde, retratado por El Greco (Museo del Prado) era
sobrino del Cardenal Bernardo de Sandoval y Rojas, Arzobispo de Toledo
entre 1599 y 1618. El Cardenal era gran protector de Cervantes y en su palacio
de Buenavista, con sus espléndidos jardines, se reunía toda la intelingetsia
toledana7, 4. Hoy sabemos con certeza que uno de los cuadros de El Greco
expuesto en el Metropolitan Museum de Nueva York, considerado durante
decenios como retrato del Cardenal Niño de Guevara, en realidad inmortaliza
al Cardenal Sandoval y Rojas. Otros dos retratos de este Cardenal por Luis
Tristán, discípulo de El Greco, y otro retrato suyo por un pintor anónimo, han
permitido esta nueva e importantísima identificación.10 El mismo Cardenal
Sandoval parece haber encargado a Theotokópoulos la serie del Apostolado y
un Cristo Salvador, que poseía a su muerte, lienzos que parecen ser los mismos
que están hoy en la Catedral de Toledo4. Miembros de la Academia de Mora,
retratados por El Greco, eran el licenciado Jerónimo de Ceballos, regidor de
Toledo, y el poeta Baltasar Elisio de Medinilla, citado varias veces por Cervantes, gran defensor de la primicia del color sobre el dibujo en la pintura,
coincidiendo en este tema con El Greco, de quien tal vez escuchara esta
opinión, como especula el doctor Marañón.
Hay pues, suficientes datos e indicios para afirmar que Cervantes y El
Greco tuvieron varios amigos comunes. Hubo también posibilidades y lugares
de encuentro de interés común. El hecho de que Cervantes no mencionara
nunca el nombre de Theotokópoulos no quiere decir que no se conocieran.
Tampoco Medinilla, tan extrovertido, menciona el nombre de El Greco, quien
—me olvidé mencionar— le había retratado (Museo del Prado). Tampoco
Lope de Vega mencionó en sus escritos a su retratista Luis Tristán.
La relación personal entre Cervantes y el Greco, a pesar de su importancia,
no es, no obstante, un factor imprescindible para el mutuo conocimiento de sus
obras. A la pregunta, pues, si había visto Cervantes obras de Theotokópoulos
diré, sin ninguna duda, que sí. Al menos El Entierro.
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En una primera lectura mía de la comedia El rufián dichoso9, he subrayado, en la tercera jornada, unos versos que me parecen una clara alusión al
célebre cuadro. Permítanme leerlos:
Oyéronse en los aires divididos
coros de voces dulces, de manera
que quedaron suspensos los sentidos;
dijo al partir de la mortal carrera
que las once mil vírgenes estaban
todas entorno de su cabecera;
por los ojos las almas distilaban
de gozo y maravilla los presentes,
que la suave música escuchaban;
y, apenas por los aires transparentes
voló de la contrita pecadora
el alma a las regiones refulgentes.
(versos 2206-2217)
No quiero insistir en este tipo de análisis. Ustedes, los cervantistas, quizás
hayan observado otras analogías contextuales. Es preciso comunicarlas.
Por lo que se refiere a que si Theotokópoulos por su parte había leído
algún libro de Cervantes, sobre todo el Quijote, la respuesta es que «muy probablemente», aunque no haya documentación que lo verifique. Hay, no
obstante, un dato: según el inventario de bienes de El Greco, redactado a su
muerte en 1614, entre los libros de su biblioteca había diecisiete volúmenes
«de romanze», es decir, en castellano, sin especificar título alguno.11, 5, 4 Cabe
suponer que entre esos libros hubiera alguno de Cervantes: La Galatea o El
Quijote, tal vez.
Los eruditos en la obra de El Greco, como Cossío, Marañón y otros, hace
ya muchas décadas, observaron grandes analogías entre el Cretense y Cervantes, más bien entre El Entierro y el Quijote. Así lo ve Cossío:
Siendo el libro de Cervantes la más acortada expresión literaria para conocer a fondo,
tras de su universal sentido humano, el genio peculiar de nuestra raza, es, por su parte,
el Entierro el ejemplar que más adecuadamente responde al mismo fin, dentro de la
pintura… Por los mismos años se concebían, en la misma amplia y soleada llanura castellana, se engendraban, a la vista una de otro, la novela y el cuadro.5
Don Manuel peca un poco de exaltación nacional. O sea, Cervantes y El
Greco como máximos exponentes de «lo español». Eran otros tiempos. En
esta cita suya lo que más me impresiona es la frase: «se engendraban, a la vista
una de otro». ¿Era así, o lo dice metafóricamente? No obstante Astrana Marín
sostiene que «Cervantes empezó a escribir en Toledo la continuación de su
Quijote desde el capítulo IX».3
No sólo españoles, sino también extranjeros han observado estas similitudes, como por ejemplo Rosenkranz12 y Morone13. Este último autor cree que
el considerado como Autorretrato de El Greco, en el Metropolitan Museum de
Nueva York, pintado entre 1605 y 1610, «puede ser una representación del
caballero don Quijote, que justamente en aquellos años conquistaba España y
Europa».13
El Autorretrato, no obstante, puede ser anterior a la publicación de la
primera parte del Quijote. Wethey14 da como fecha los años 1595-1600.
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Otro célebre paralelismo, tradicionalmente observado, entre Cervantes y El
Greco, es el llamado «casticismo» a que responden sus respectivas obras.
Cossío llamará a El Greco «el más castizo de los pintores españoles; impregnando de tristeza a sus héroes en los mismos días en que Cervantes forjaba su
eternamente castizo Caballero de la Triste Figura»5. Cossío considera El
Entierro como «el prototipo de esa corriente, siempre melancólica, las más
veces fúnebre, que atraviesa por todo español». Cervantes, en el prólogo de la
primera parte del Quijote, califica a su héroe como «el más casto enamorado».
Es una mofa, como otras, una contradicción, un concepto estéril. No podría ser
de otra manera, porque Cervantes cultiva la duda sobre la existencia del objeto
de deseo. Por boca de don Quijote dirá: «Dios sabe si hay Dulcinea o no en el
mundo» (Quijote, II, 32).
Rosa Chacel decía, allá por los años setenta, que entre las cosas que andan
mal en España, hace siglos, la que peor andaba era el eros, y calificaba El
Quijote, no sólo a don Quijote, como libro casto.
Si la castidad —decía— fuera del personaje podría tomarse como nota caracterizadora,
pero… alcanza todo el libro. Sancho es igualmente casto… No bordea siquiera una idea
lasciva… No reclama jamás una satisfacción ni un esparcimiento en el terreno del sexo.
El Quijote, en total, es un libro casto porque el eros de Cervantes no entra en conflicto
ni positivo ni negativo con la carne.15
No estoy seguro a qué tipo de factores responde ese aspecto de castidad en
Cervantes y El Greco, o sea, psicológicos, sociales o estéticos, o a todos ellos
juntos, Tal vez se trata de un casticismo sólo en apariencia.
La neutralidad que observa Chacel en el Quijote, en el caso de Theotokópoulos es más ambigüedad o ambivalencia. Sus desnudos, por ejemplo, especialmente los del último período de su pintura, son ambiguos; «intersexuales»
los llama Marañón, quien ve en ellos rasgos de «ángeles asexuados»7. Aunque
es cierto que los «apuntes eróticos» desaparecen en su obra tardía en España,
proceso que también se observa en la obra de Cervantes, permanece un substrato sensual, onírico, desmaterializado, y, por consiguiente, anodino para la
moral reinante.
Se ha observado que tanto Theotokópoulos como Cervantes, no encajan
bien en los cánones de la Contrarreforma. Ambos, cuando tratan de representar sujetos de naturaleza dogmática lo hacen en forma desapasionada e
indiferente, con un lenguaje frío que está lejos de suscitar la requerida veneración13. La pintura de El Greco había suscitado ciertas críticas entre sus contemporáneos por la desvirtuación formal de su temática sacra, «por exceso de
esteticismo y por falta de propiedad y carácter devocional»4. Esta falta de conformismo con la doctrina de la Contrarreforma ha motivado a varios destacados eruditos a hablar de influencias erasmistas, tanto en Theotokópoulos
como en Cervantes. Grandes exponentes de tal tesis en lo referente a Cervantes han sido Américo Castro y Marcel Bataillon. Sabemos también que
Cervantes era asiduo lector de Erasmo16. No obstante, Cervantes y El Greco
habían establecido un modus vivendi con la España Contrarreformista. Ambos
tuvieron mecenas y protectores entre la alta jerarquía eclesiástica toledana,
hecho que al parecer, y como es lógico, motivó cierta moderación en la expresión artística de nuestros célebres creadores. Por ejemplo, sabemos que Cer-
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vantes modificó considerablemente el texto de sus novelas El celoso extremeño y Rinconete y Cortadillo —esta última concebida como una sátira de la
vida monástica. ¿Por qué razón Cervantes se autocensura? Es obvio: para no
ofender algunas sensibilidades importantes, como su protector el Cardenal
Sandoval y Rojas. En la misma época Cervantes ingresa en la Cofradía de los
Esclavos del Santísimo Sacramento y en la Orden Tercera de San Francisco.
Cabe preguntarse: ¿se volvió beato Cervantes? No parece que así fuera.
El Greco, por su parte, aunque nunca se hiciera miembro de cofradía devocional alguna, y a pesar de sus continuas disputas de carácter profesional con
las autoridades eclesiásticas, después de 1603 fue llamado por el Consejo
Archidiocesano para juzgar si una pintura sacra se ajustaba a la doctrina de la
Iglesia. Y actuó en ese papel, y también su hijo10. Por consiguiente, él también
mostró moderación e hizo alguna concesión. Marañón indica que en la versión
de La expulsión de los mercaderes, de la Iglesia de Santa Inés de Madrid,
pintada después de 1590, El Greco había suprimido la imagen de la mujer
«con la pierna impúdica», que figuraba en el cuadro original pintado en Italia,
conservando intacta la otra parte de la composición.7
Este aparente cambio de actitud pertenece quizás a esa «heroica hipocresía» de que nos habla Ortega y Gasset en referencia a Cervantes. Ambos,
Cervantes y El Greco, eran en el fondo humanistas y librepensadores, y valoraban al máximo la libertad intelectual. Y ambos con su ingenio consiguieron
mantener en esencia su independencia creativa.
Los paralelismos, las coincidencias y analogías entre Cervantes y El Greco
es un tema vasto. Me limitaré, por tanto, a señalar muy escuetamente algunos
aspectos más, evidentes, de mayor o menor grado, en cada uno de ellos. En
primer lugar, el dualismo, la mezcla de elementos opuestos, las contradicciones, las antítesis. Tenemos pues, sin distinción, en el mismo contexto: lo
terreno y lo celeste, lo natural y lo artificial, lo real y lo irreal, la claridad y la
abstracción, la locura y la razón, lo pagano y la piedad más bien laica, don
Quijote y Sancho, y también la escisión de cada uno de ellos en Quijote /
Sancho y Sancho / Quijote, la «doble verdad», lo picaresco y lo austero, las
«dos Españas».
En cuanto a los esquemas de la composición tenemos, de igual modo en
Cervantes y El Greco, la repetición de las formas y los motivos: la novela
dentro de la novela, el teatro dentro del teatro, el cuadro dentro del cuadro, la
mándorla dentro de la mándorla, y así ocurre en infinidad de motivos y detalles
hasta la saciedad.
Otro aspecto más es la representación dramática. El Quijote ha sido visto
como una obra teatral y muchos de los cuadros de El Greco parecen representaciones escénicas de una gran tensión dramática. La división pictórica de
tema, espacio y tiempo en varios de sus cuadros, como El Entierro, San
Mauricio, El sueño de Felipe II, y otros, da la impresión de actos y jornadas
escénicas.
Un último aspecto común: el alargamiento de las figuras. El semblante de
don Quijote, según describe Cervantes a su héroe, recuerda mucho las figuras
de Theotokópoulos.
Estas analogías tienen, en parte, una fácil explicación: responden a los
cánones manieristas de la época. Cervantes y El Greco, desde su estancia en
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Italia, siguen la órbita del manierismo, fieles, cada uno a su manera, a los postulados estilísticos e ideológicos de ese gran movimiento cultural. Cervantes y
El Greco son, junto a Shakespeare, de la misma época, los máximos exponentes de aquel estilo, fuera de Italia.4, 8, 13, 17, 18
Creo, sin embargo, que no podemos interpretar a nuestros dos genios
exclusivamente bajo los cánones manieristas, como está hoy de moda en el
caso de El Greco19. Como es lógico entran en juego muchos más factores. Me
pregunto, y también pregunto a ustedes: ¿a qué estilo responden el final del
Quijote y algunos de los últimos cuadros de Theotokópoulos? Es obvio que
España, su inmensa, fantástica y aplastante realidad, ha jugado aquí un papel
determinante. No sólo, pues, Italia, sino también España y Oriente, Grecia y
Bizancio, están presentes en ambos. Cervantes y Theotokópoulos me parecen
como dos viajeros que van siempre con la Osa a su izquierda. El Complutense navega por este mar donde derramó su sangre, va a menudo a Lepanto,
viaja al Parnaso, desembarca en Constantinopla, entra en los sótanos de la
novela bizantina, apunta nombres, prueba delicias. Y el Cretense vuelve a
Creta, a los manantiales de su primera formación artística, a la pintura bizantina y a sus orígenes, llega hasta los retratos de El Fayum, y después pasa, sin
apenas descansar, por las maravillas del primer Renacimiento: aquello de los
Paleólogos. Siempre habrá una «mejor patria» que le espere…
Un día, un joven, guiado por un clérigo, quiso acercarse, por pura curiosidad intelectual, a los talleres colindantes de dos grandes artistas. Al llegar oyó
voces. No era una pelea sino una viva y rara discusión entre dos personas
mayores.
Decía el Uno:
Un cuerpo bien proporcionado vale más en cualquier acción, un caballo, un perro, en
suma todo; que tanto vale decir hermoso que bueno.
Anotaciones a Vitruvio 8
Y el Otro:
La belleza de cuerpo muchas veces es indicio de la hermosura del alma.
Persiles
El Uno:
Como no hay nombre más digno que la hermosura, así no existe cosa que le falte; en ella
están la fortaleza y la perpetuidad de las fábricas, en ella está el menor gasto y el ahorro
de los materiales, pues que, de suyo, es hermosa por la proporción, que es la verdadera
hermosura.
Anotaciones
El Otro:
Milagros de la hermosura, que tenga vuestra figura tanta fuerza en una tabla.
Persiles
El Uno:
Cada arte tiene simpatía natural en lo que tiene de común con otra.
Anotaciones
El Otro:
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La historia, la poesía y la pintura se simbolizan entre sí y se parecen tanto, que cuando
escribes historias pintas y cuando pintas compones.
Persiles
El Uno:
Las artes aumentan y crecen por medio del tiempo, heredándose unas a las otras.
Anotaciones
El Otro:
Digo asimismo que cuando algún pintor quiere salir famoso en su arte, procura imitar los
originales de los más únicos pintores que sabe.
Quijote, I, 25
El Uno:
Los buenos ingenios apoyándose en facultades ajenas… alivian las suyas.
Anotaciones
El Otro:
Y esta misma regla corre por todos los demás oficios de cuenta, que sirven para adorno
de las repúblicas.
Quijote, I, 25
El Uno:
Los que han triunfado son poquísimos, puesto que entre los griegos, donde tantos años
florecieron, si consideramos a los poetas, no existe más que un Homero; entre los latinos
un Virgilio; y en nuestros tiempos un Ariosto.
Anotaciones
El Otro:
Yo no quiero encarecerte el servicio que te hago… pero quiero que me agradezcas el
conocimiento.
Quijote, I, Prólogo
El Uno:
¿Qué arte por si misma y sin otros principios… puede tener el conocimiento que se
requiere para juzgar?
Anotaciones
El Otro:
Donde hay música no puede haber cosa mala.
Quijote, II, 34
El Uno:
Yo no sé de música, pero si el oído del músico es como el ojo del pintor… es gran cosa.
Anotaciones
El Otro:
El ver mucho y el leer mucho aviva los ingenios de los hombres.
Persiles
El Uno:
No se puede tener autoridad alguna por medio de la industria de los estudios.
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Anotaciones
El Otro:
La costumbre del vicio se vuelve en naturaleza.
Coloquio de los perros
El Uno:
Esto es manifiesto a los ojos de la razón… Los malos usos no son otra cosa que la vejez
del vicio.
Anotaciones
El Otro:
Los engaños, aunque sean honrosos y provechosos, tienen un no sé qué de traición
cuando se dilatan y se entretienen.
Persiles
El Uno:
Los hombres con sus ingenios usurpan las facultades ajenas y las desmembran… componiendo nombres y adornándolas de manera que asombran y engañan a los simples y
los llevan.
Anotaciones
El Otro:
Yo he visto engaños por verdad creídos.
El laberinto de amor
El Uno:
Lo vergonzoso y el engaño siempre tienen la mayor parte.
Anotaciones
El Otro:
La verdad bien puede enfermar, pero no morir del todo.
Persiles
El Uno:
También las edades tienen sus enfermedades.
Anotaciones
El Otro:
Si a los oídos de los príncipes llegase la verdad desnuda… otros siglos correrían.
Quijote, II, 2
El Uno:
Sin embargo, nuestra edad no es de las enfermas.
Anotaciones
El Otro:
Yo no soy bueno para palacio, porque tengo vergüenza y no se lisonjear.
El Licenciado Vidriera
El Uno:
El verdadero camino es decirles la verdad y no aplaudirles.
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Anotaciones
Así eran, señoras y señores, rigurosamente, en sus propias palabras, Theotokópoulos y Cervantes.
BIBLIOGRAFÍA Y NOTAS
MOREY MORA, Guillem: El Greco, personaje y autor secreto de «El Quijote».
Palma de Mallorca: (edición del autor), 1969.
2 PERCAS DE PONSETI, Helena: Cervantes y su concepto del arte. Madrid: Ed.
Gredos, 1975.
3 ASTRANA MARÍN, Luis: vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes
Saavedra. Madrid: Instituto Editorial Reus, 1948-1958 (Tomo 5º).
4 MARÍAS, Fernando: El Greco. Biografía de un pintor extravagante. Madrid:
Ed. Nerea, 1997.
5 COSSÍO, Manuel B.: El Greco. Madrid: Espasa-Calpe, Colección Austral,
1983.
6 CANAVAGGIO, Jean: Cervantes. En busca del perfil perdido. Madrid: EspasaCalpe, 1992.
7 MARAÑÓN, Gregorio: El Greco y Toledo. Madrid: Espasa-Calpe, 1956.
8 MARÍAS, Fernando - BUSTAMANTE, Agustín: Las ideas artísticas de El Greco
(en el texto de sus Anotaciones a Vitrubio). Madrid: Ediciones Cátedra,
1981.
9 CERVANTES, Miguel de: Obras completas. Madrid: Ed. Castalia, 199..
10 KAGAN, Richard L.: «La Toledo de El Greco». Catálogo de la exposición El
Greco de Toledo. Madrid, Ministerio de Cultura, 1982, págs. 25-74.
11 CAMÓN AZNAR, José: Dominico Greco. Madrid: Espasa-Calpe, 1970 (2 vols.).
12 ROSENKRANZ, Hans: El Greco and Cervantes in the Rhythm of Experience.
London: Peter Davies, 1932.
13 MARONE, Gerardo: Las dos Españas y otros ensayos. Buenos Aires: Compañía
Impresora Argentina, 1972.
14 WETHEY, Harold E.: El Greco y su Escuela. Madrid: Ed. Guadarrama, 1967
(2 vols).
15 CHACEL, Rosa: La Confesión. Barcelona: Edhasa, 1971.
16 P EÑA , Aniano: Américo Castro y su visión de España y de Cervantes.
Madrid: Ed. Gredos, 1975.
17 HAUSER, Arnold: Pintura y Manierismo. Madrid: Ed. Guadarrama, 1974.
18 HAUSER, Arnold: Literatura y Manierismo. Madrid: Ed. Guadarrama, 1974.
19 ÁLVAREZ LOPERA, José: «La construcción de un pintor». En El Greco. Identidad y transformación. Madrid: Fundación Colección Thyssen-Bornemisza y Ed. Skira, 1999.
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LOS CELOS COMO PERSISTENTE IDEACIÓN TEMÁTICA
EN LA OBRA CERVANTINA: APROXIMACIONES PSICOLÓGICAS
Y PSICOPATOLÓGICAS.
José Manuel Bailón Blancas
I. INTRODUCCIÓN
Como ya apuntábamos en un estudio anterior a propósito de los rasgos y
configuraciones psicopatológicas refiriéndonos a la Galatea, es en esta primera
expresión de Cervantes donde encontramos ya implícitas ideas temáticas que
hemos dado en llamar «ideas matrices cervantinas», apuntadas a veces como
temáticas claras, otras como pretemáticas, en ocasiones difuminadas, más allá
con claridad, a la espera de tomar carta de naturaleza en las futuras obras cervantinas. Sus propiedades son la permanencia y presencia a lo largo de la vida
de Cervantes. De aquí que, aun siendo una característica en la psicología de
Cervantes la variabilidad ideacional, esas estructuras se nos presenten como
fijaciones necesitadas de estudio psicobiográfico. Con ello, entraríamos a considerar que su evolución va signada al carácter y temperamento cervantino, por
decirlo de algún modo, y de hecho a la constitución psicológica como afirmaría
Jaspers, de tal modo que pertenecen al metabolismo de las estructuras profundas de la mismidad total de Cervantes. Dentro de esas ideaciones persistentes, entramos ahora a considerar los celos, a fin de evaluar su profundidad
como un código necesitado de explicación, a través del muestreo de diferentes
etiologías causales y de una posterior actuación funcional psicógena.1
II. LOS
CELOS COMO FIGURA RETÓRICA
Los celos ya aparecen perfectamente dibujados, incluso como pasión celotípica de modo gráfico en la pastoril Galatea. Y aunque de unos y otros de sus
personajes, diga Cervantes que son pastores fingidos, y los celos sean una
necesidad argumental, ésta será, una faceta a la que nos hemos de acercar y
distanciar con el debido respeto, por su pertenencia al campo de la filología,
dejando campo libre a los artesanos de la lengua. Pero a propósito de ello, no
es lícito olvidar los comentarios de Sebastián de Covarrubias, cuando al referirse al vocablo «celoso», describe lo que sólo con ello nos bastaría para confirmar los celos como figuración retórica. En el Tesoro de la lengua Castellana
se lee, que «los poetas españoles e italianos tienen escrito tanto de zelos, que
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José Manuel Bailón Blancas
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me ha parecido no tratar aquí de ellos..». Aparente o no la ironía de Covarrubias pasemos adelante, porque prosigue ahora como moralista, describiendo los
celos como anomalía; «los que en el siglo zelan a sus mujeres indiscretamente,
son hombres de poco valor, y el demonio los trae atormentados y ellos atormentan a sus mujeres y algunas veces las ponen en condición de hacer lo que
no les pasara por pensamiento». Con anterioridad nos habrá apuntado, su
origen «Zelotypus, del vocablo en latín…». El Diccionario de Autoridades, no
le va a la zaga al definir «Zelotypia: La pasión de los celos. Es voz griega…».
Con lo que nos acerca a nuestro glosario psiquiátrico actual, que entiende
como celotipia, aquella afección que engloba los trastornos psicopatológicos en
sus diferentes modalidades de expresión delirante, y las acentuaciones con
carácter patológico referidas a los celos. Pero ya que se ha nombrado en Autoridades la «pasión», sí que estamos obligados a consultar el Diccionario
español de terminos médicos antiguos, que nos remite a «arteriaca, compasión,
dolencia, enfermedad, morbo y padecimiento». De pasión llegamos, lo primero
a «lo opuesto a la acción»; segundo, «perturbación o afecto desordenado del
ánimo». Y tercero, «padecimiento, alteración de la salud, enfermedad», siendo
«formas atestiguadas: pasión y pasiones, passio, passión, passiones, passyon».
Ante lo cual, por una parte Autoridades nos introduce como hemos venido
conviniendo en esa «Perturbación o afecto desordenado del ánimo» que
llamamos celotipia, y Sebastián de Covarrubias nos aclara otra de las premisas
a que están sujetos los celos, al describirlos por su cualidad, como figuración
retórica. Ambos diccionarios, nos están deslindando de modo bifronte una
primera configuración ideológica cervantina: Configuración retórica unas
veces, enfermedad pasional otras.
III. LOS
CELOS EN EL ECOSISTEMA AMBIENTAL Y SOCIAL
Pasemos revista al ámbito social, como circunstancia capaz de influenciar
a los escritos cervantinos que debemos denominar ecosistema psicosocial
—ahora referido sólo a los celos—, como estructura que influencia al individuo en los siglos XVI y XVII, sistema ambiental en que está inmerso Cervantes. Aunque hubiese incluso querido Cervantes, que no es el caso, mantenerse al margen del mismo, de tal ambiente tendrá que recibir influencias y a
su vez, él también, influenciará en diferentes grados a ese ambiente, aunque
siempre en parámetros sociales fijos.
Antes, se muestra necesario recordar que de las variadas fuentes utilizadas
por los autores para reconstruir la vida cotidiana y sus diversos aspectos una de
ellas continúa siendo la de las producciones literarias. Escribir marginándose
de la sociedad es correr el riesgo de ser marginado por esa misma sociedad.
Hay que adaptarse o pseudoadaptarse al público. Siempre al gusto del respetable porque si no, no se vende o representa. Y Lope de Vega así lo afirma con
versos propios, llamando al «vulgo», de paso, «necio». Todo por sentirse
obligado a seguir los gustos que en algún modo le marcaría el ecosistema
social de la época. Porque todo esto es lo que desea oír el público, y a veces
especialmente aquello extraordinario con pícara tendencia morbosa. Siempre
realidad deformada, nunca lo pleno y verdadero, quizás hasta mentiroso. Será
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por esto mismo, por lo que prevenido Mateo Alemán de futuras críticas, se
apoyó en la vanidad de sus futuros lectores haciendo que ellos mismos escojan
de sus dos introducciones al Guzmán de Alfarache, entre un «vulgo» o
«discreto» lector. En este apartado nos hacemos eco de la profesora Mariló
Vigil, y de su estudio sobre la mujer de los siglos XVI y XVII, a propósito de los
escritores y dramaturgos: «…las obras de los escritores y dramaturgos contienen estilizaciones, elementos compensatorios, exageraciones y omisiones».
Los libros de viaje son otra de las fuentes a tratar, aunque no dejan de
reflejar ocasionalmente fantasías o estereotipos, como los denunciados por el
Duque de Maura y Agustín González-Amezua, en su trabajo histórico y crítico
a propósito del reportaje Viaje por España, de la mal llamada Condesa
D´Aulnoy. Paso aparte, los consejos, comentarios y denuncias vertidos en
tratados de moralistas y teólogos van a estar dirigidos a una sociedad a la que
quieren corregir unas veces, cuando no otras guiarla a la perfección armónica,
porque conocen sus defectos. Sociedad ésta, en donde los extremos se tocan,
conviviendo lo ascético o místico con la picaresca; y la Celestina se codea con
De los nombres de Cristo. El individuo en esos momentos históricos es capaz
de balancearse de uno a otro extremo, a través de una abigarrada pero deslizante escala, porque precisamente las tendencias del hombre de esos siglos
tiene esa misma tendencia psicológica de reacción entre extremos. Sin embargo
el camino marcado por moralistas, teólogos e inquisidores, no es nada despreciable si nos percatamos de la profundidad de sus conocimientos, cuyo origen
en gran parte es «de confesionario». Por lo que su aproximación a la veracidad
de los sucesos, está fuera de toda duda ante la desnuda realidad. De todas
maneras, aún centrando nuestra atención sobre la última premisa documental
de la que nos haremos eco brevemente, no hemos evadido nuestra atención a
los moralistas, dramaturgos o teólogos, en gran medida ante todos los eruditos
trabajos, basados precisamente en sus producciones, y porque el todo incluye
la parte.
Camino de líneas, ya apuntábamos una última opción que no debemos
soslayar, cuando buscamos información de primera mano. Los «avisos», «relaciones», «cartas», «comentarios» y «autobiografías», ocasionalmente sin ánimo
de verse publicados, creemos que son los documentos menos deformados y
más objetivos de cara a informarnos sobre el ambiente social en general, y los
celos en particular. Las autobiografías están marcadas por el sello de «cargarse
sobre la conciencia», a modo de testamento, lo verdadero o falso. Las relaciones y avisos, unas veces son información denuncia y otras, curiosidad informativa. Y en la correspondencia, no cabe duda que prima y late la vida privada
sin cortapisas.
En primer término, ¿qué son los celos para el hombre, de estos siglos
cuestionados? De antemano se nos dice que una pasión. Pero la tal «pasión»
presenta ayer como hoy diferentes gradaciones, que a su vez se corresponderían con diferentes estructuras fenomenológicas. Y así qué duda cabe que objetivaremos desde una reacción puramente ambiental por mimetismo, a la
ideación obsesiva por inseguridad; aparte de encontrarnos la simple proyección
de un sujeto celoso, por sus mismas tendencias o iguales pensamientos amatorios, achacados al otro. Y en otros supuestos, nos hallaremos ante una
verídica ideación sobrevalorada, para ya entrar de lleno en la situación refe-
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rencial y dar en última instancia con un sistema delirante celotípico. Y en
todos los casos con el peligro social consiguiente en aumento, según nuestra
ascendente escalada celotípica patológica expuesta, que conlleva, para aquel y
aquella que se encuentran inmersos en el sistema delirante del individuo
enfermo, otra también escalada de violencia y temor.
Otra pregunta obligada: ¿Cómo y quienes van a ser celosos en el ecosistema social de los siglos XVI y XVII? Si los celos motivados pueden ser una
reacción normal y los inmotivados una estructura psicopatológica, sobre ambas
formaciones, normal y anormal, pesará la situación medio ambiental. Y tanto
en los matrimonios, como en buscadas aventuras con cualquier mujer, incluyendo los escarceos con cortesanas formando con ellas o no una simple pareja
estable —más acentuados siempre, cuanto más estables sean las relaciones—,
gravitan los celos y la celotipia. Por lo pronto, a ello contribuyen las diferencias de edades en el acercamiento entre hombre mujer. El hombre suele casarse
más maduro. Y hacen por esto a ese hombre más proclive por sus miedos a la
pérdida del objeto amado. Dejemos aparte las problemáticas amatorias de la
corta vida frívola de la cortesana, dama del tusón convertida en «celestina» por
ramera vieja, cuando no, mendiga y carnaza de hospital. Pero no olvidemos a
la mujer mayor, mal aceptando su vejez, encerrada en los «rabiosos» celos
frente a la belleza juvenil femenina de la «otra».
Particularizando, está claro que las mujeres iban más jóvenes que los
hombres al matrimonio o a la simple relación amorosa. Pero además de
casarse, a veces como decimos mucho más jóvenes las mujeres, su preparación
estaba tradicionalmente basada en un patriarcalismo, paternalismo y en funciones propias de su sexo, estado y condición. No en balde, la cultura autóctona, romana y las influencias árabe y hebrea, se podían palpar. Quizás más
aún en el ámbito familiar, doméstico y generatriz. (Olvidamos adrede diferentes posturas sobre el tema femenino, por no ser éste el objeto del trabajo).
A todo esto se le va a unir por parte del hombre el sentido posesivo, el honor
y la honra, que a pesar de sus creídos matices elitistas, estaban frecuentemente
arraigados en todas las clases sociales, con trasvase de modos de sentir y
pensar, que se mimetizaban en las clases populares. Sin importar llegado el
caso ante la sospecha la reacción vivencial, sin tenerse en cuenta la clase social
a la que se pertenece, ni el estrato que le corresponde. No vamos a entrar ahora
en aquellos modelos en los que hay un trastorno claro de la personalidad, muy
evidente, si hablamos de los maridos consentidos y consentidores, que a
nuestro juicio pertenecen a otras patologías, principalmente a las psicopatías y
a bajos cocientes intelectuales de estos mismos individuos. (Evitemos digresiones profesionales)2. Lo cierto es que la sospecha no sólo afecta al casado,
que en ocasiones él mismo busca fuera de su casa «servir» a otra mujer, sino
en esa desconfianza y «guarda» que se exteriorizan en el hombre por supuesto
hacia la esposa, aunque también a todo el elemento femenino que le rodea,
hijas, hermanas, cuñadas, y demás. Individuo que, como decimos, va buscando
en corral ajeno y teme, por lo mismo, que entren en su propia casa a robarle sus
gallinas.
Después de lo dicho, nos vemos obligados a otra pregunta «celosa».
¿Cómo debe comportarse el afectado ante una situación comprobada o sólo
presumida? El saberse injuriado, cualquiera que sea su pertenencia social,
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tocado gravemente en la honra, el honor o solamente en algo, como esa mujer
que se vivencia como posesión propia, trae consecuencias manifiestas. Por lo
mismo deberá «desagraviarse», porque salvo excepciones se sabe señalado. Y
siendo necesario tomar venganza, mejor será salvo también excepciones en
privado que en público, porque esta última forma de satisfacción, trae consigo
precisamente esto, la publicidad «salida a plaza» de su deshonra. Y además
sabemos por los comentarios de Zabaleta que «…los que saben que aquella
mujer fué adúltera (que en el mundo todo se sabe) miran al marido con la
misma desestimación que si hubiera tenido la culpa de que lo fuera…» Y esto
mismo nos reafirma en lo que hemos venimos repitiendo en estudios anteriores, al considerar que la vida cotidiana en los siglos XVI y XVII, se desarrolla
con la intimidad de un «patio de vecindad», en donde todo se sabe.3 Si el
ofendido no es bueno para tomar venganza, siempre hay quien de el paso que
a él no le es posible. Y todo por un razonable precio. Siempre así, hay alguien
en el «patio de Monipodio» que ayude. ¿Qué nos viene a decir, leído con objetividad historicista, el proceso incoado en Valladolid por cuchilladas al caballero navarro Ezpeleta? Todo es un artificio escribanil para nada. Porque
«todos», empezando quizás por la propia víctima —claramente expresado—,
pensaron que se lo tenía merecido. El tal proceso de 1605 en Valladolid, es una
mera información abierta, para despistar la atención hacia los verdaderos culpables. Como sabemos, el caballero Ezpeleta calló en todo momento la causa
de su querella, y el nombre de su matador. Sí que sabía de sobra los motivos,
pero fue en el escenario de la vida, en el último acto de su tragicomedia,
cuando se comporta como un hombre de honor. (P. Pastor, Documentos II).
Volviendo al tema principal, se nos escaparía a la observación clínica, el
qué y el cómo se consideran las «ideas delirantes verdaderas» con características patológicas de «celotipia» en los siglos XVI y XVII. De hecho estos individuos enfermos de celos, tuvieron que ser peligrosos, buscando situaciones
extremas y celos existentes solo en su mente enferma. Por una parte, salvo
casos excepcionales, podemos figurarnos, que no eran lo suficientemente locos
para encerrar, ni tan normales como para confiar en ellos. Vecinal y socialmente, se debieron dejar por imposibles. Y el medio ambiental se apartaría más
que discretamente de este tipo de enfermos. La descripción que Zabaleta nos
hace, precisamente bajo el epígrafe «El Celoso», nos inclina a estas deducciones.
Pero aparte, hemos hablado sólo de los celos refiriéndonos al hombre;
como si estos fueran exclusivos del varón. Y la celotipia se diera por razón de
sexo; olvidando los celos en la mujer y la fuerza de la celotipia en su versión
femenina. Sólo dos ejemplos nos valdrán como muestra aunque caigamos en
cervantismo: Claudia Jerónima tras matar a Vicente Torrellas, nos dice por
pluma de Cervantes, «…!Oh fuerza rabiosa de los celos, a que desesperado fin
conducís a quién os da acogida en su pecho! !Oh esposo mío, en ya desdichada
suerte, por ser prenda mía, te ha llevado del tálamo a la sepultura!…». (Q. IICap. LX). Auristela pregunta a Periandro por otra mujer a la que considera su
rival. Éste no entiende la razón, «…que si la alcanzara, quizá dijera que la
fuerza de los celos es tan poderosa y tan sutil, que se entra y mezcla con el
cuchillo de la misma muerte, y va a buscar el alma enamorada en los últimos
trances de la vida…» (Persiles Libro II Cap. I). Con lo expuesto hemos abierto
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un segundo frente a nuestra curiosidad. Porque las mujeres van a utilizar, una
vez inmersas en la celotipia, más las prácticas hechiceriles que el arma blanca.
Y ellos, más las segundas que las primeras. Pero ahí están descritas por Cervantes situaciones que pueden causar los mismos trastornos y las mismas
inquietudes, tanto al objeto amoroso elegido como a la sociedad ambiente,
que debe soportar de forma directa o indirecta la enfemedad —pasión—
celosa. El delirio celotípico, es por igual tan preocupante en el hombre como
en la mujer; olvidémonos de la fuerza física, para prevenirnos del maltrato
psíquico y de la extorsión moral. Como conclusión, Cervantes habla y escribe
sobre los celos, y se repite sobre el tema. Pero no olvidemos que esos celos los
hace evidentes tanto para el hombre como para la mujer. La celotipia y la duda
no tienen sexo genético. Es muy posible que pasasen en las más ocasiones,
desapercibidos a los ojos de la vecindad los celos femeninos, exceptuando
para aquel hombre —esposo o querido— que los debe soportar; incluyendo
entre sus efectos los malos tratos físicos y psíquicos. Que si bien fueron más
frecuentes hacia la mujer por parte del hombre, no quiere decir que no los
sufriera el hombre por parte de aquella. La actitud del hombre en este último
supuesto pasa muy a menudo por «un vergonzante silencio», aún en la actualidad.
Ante todo lo dicho llegaríamos a la aceptación que tan preocupantes van a
resultar hombre o mujer afectados del delirio celotípico. Y que no por menos
estudiada la celotipia de la mujer es menos importante. Los celos estarán así
más justificados desde la ética caballeresca y posesiva en el hombre, y para la
mujer en el plano pasional cotidiano. En resumen, hay una situación medio
ambiental, que asiste y acepta una estructuración celotípica sin llegar a ser
patológica. Diríamos que nos encontramos con la aceptación de un nivel
«umbral» medio bajo —estamos hablando de excitabilidad media alta—
tampoco exagerado, hacia los celos. Por lo mismo debemos de considerar que
existe una formación socioambiental, cuya presencia y modismos en espacio y
tiempo cronológico, presionan sobre el escritor, y éste a su vez sobre ésta. En
este marco social se inscribe la obra de Cervantes; ecosistema socioambiental
de los siglos XVI y XVII.
IV. LOS
CELOS COMO CONCRECIÓN PSICOPATOLÓGICA
CERVANTINA
Dijimos en principio, y ahora repetimos, que las descripciones hechas por
Cervantes y el modo incisivo en que estan expresados los celos, aparte de esa
tendencia característica repetitiva, nos pueden inclinar a sospechar desde la
pura observación clínica, en la existencia de raíces psiquiátricas precisamente
por estas premisas. Y a no dejar de lado en nuestro enjuiciamiento por una
lectura objetiva, a la luz de la psicopatología, la posibilidad de encontrarnos
con algo muy propio del autor, que tocando «el todo o la parte» de su personalidad, ya con patología clara o desdibujada, se nos muestre en la exploración
como una concreción sindrómica psicopática y sus proyecciones externas sean
en realidad una expresión sintomática, precisamente escrita de tal artefacto
patógeno. Por lo dicho, estamos obligados a clarificar estas posibles dudas a
través de un trabajo clínico, basándonos en el estudio psicológico y psicopa-
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tológico de sus expresiones, en el cómo y cuándo se dicen, y por ende, en la
íntima estructura de las mismas.
La posibilidad en todo caso de un padecimiento celotípico sufrido por el
propio Cervantes, formando parte de un núcleo o estructura celotípica, en sus
diferentes versiones psicopatológicas, no se nos muestra factible. Y la exploración fenomenológica es negativa al respecto. Volvemos a repetir que nuestro
mayor intento de acercamiento pasa por la más estricta y posible objetividad
profesional, ante una personalidad de la cual cuestionamos su sanidad mental.
Y nos inclinamos a descartar la celotipia, como parte de la psicopatología cervantina, precisamente, porque a lo largo de la producción literaria de Cervantes desde el lejano 1585, año de la Galatea, al cercano 1616, los celos
tanto en sus versiones masculina como femenina, aparecen expuestos en solfa
de crítica —criticables y criticados—, e incluso peligrosos para la persona que
padece las consecuencias del individuo celoso. Aparte de como está hecha la
descripción por Cervantes del sufrimiento del celoso y de aquel personaje
sujeto pasivo de los celos. Con lo que se hace ahora evidente, un «concepto
figurativo» y útil para el diagnóstico psiquiátrico, como es la «crítica». Crítica
a una situación patológica o reconocimiento de la anormalidad de un síntoma
o sistema delirante, a los que se le reconoce como anomalía. Que es a su vez,
todo lo contrario a la negación que hace el verdadero enfermo, con afirmación
tajante de verídico para su sintomatología delirante; porque precisamente la
vive y vivencia como real. Figura conceptual psicológica, que por sí misma
niega los celos en Cervantes como algo propio y la celotipia como delirio, al
negar —crítica— el síntoma, que el propio Cervantes rechaza como patológico
y enfermizo, exagerado e incluso peligroso. En otro aparte, tampoco se
descubre en sus escritos los celos como síntoma emocional ante la pérdida del
objeto amado, ni aún reaccional —siempre entendemos como reacción vivencial anormal— frente a la inseguridad de dicho objeto amoroso. Sí que pudo
sentir celos Cervantes como cualquier hijo de vecino; pero su reacción emocional queda enmarcada, en una reacción vivencial dentro de los límites de la
normalidad, tanto en tiempo, como en calidad y cantidad. En la misma Galatea
ya encontramos las primeras expresiones cervantinas que confirman esta
deducción.
En otra línea, sobre la psicogenia de los celos, estudiando la obra de Cervantes mediante la interpretación psicológica, nos acercamos a la temática de
la infidelidad, a través de la novela ejemplar El celoso extremeño, y sea en una
u otra versión (Impresa de 1513 o de tertulia del manuscrito de Porras), no deja
Cervantes de buscar disculpas, junto con advertencias y avisos, tanto para el
anciano celoso como para la jovencilla esposa inexperta. La misma infidelidad es tomada en sentido burlesco ahora, en el entremés El viejo Celoso. En
este último, y durante su representación, deberá ser el espectador —podemos
imaginar—, quién con sus risas y aspavientos avise durante la representación
al celoso protagonista, como se le va la honra por las bardas del «corral de
comedias»; risas en «la cazuela», risotadas de «los mosqueteros» y muecas en
«los aposentos».
Para Cervantes el amor disculpa todo, o casi todo. Porque el amor, en el
concepto cervantino, es sentimiento que trasciende, elevando a quien lo posee.
Exceptuando el amor a deshora, a destiempo y los celos amorosos como
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síntoma de una celotipia. De aquí, que el propio autor —volvemos a la
Galatea— descalifique a un «pastor fingido», aún siendo amigo del propio
Cervantes —nos referimos al viejo Arsindo—, haciéndole perder los papeles
en el escenario novelado ante la asamblea pastoril cuando este anciano se
enamora de la quinceañera Maurisa4. (Por estar fuera del contexto de este
estudio, dejamos adrede referirnos a los conceptos sobre los amores erótico y
platónico que guian el pensamiento de Cervantes. La trascendencia del amor y
su admiración por Fray Luis de León, ya fueron expuestos en su momento).
Volviendo para anudar el hilo de nuestro trabajo, no olvidemos lo anteriormente dicho en artículo aparte sobre la ancianidad: En la Galatea «los
ancianos y la ancianidad quedan enmarcados dentro de actitudes gerontocráticas, lo que unido a lo tradicional del hombre mayor, convierten a éste y a
aquella, en algo respetuoso y venerable»5. Avanzando un punto más, nos sorprende como en la Galatea no aparezca ni una sola mujer anciana. Salvo, que
tomemos por tal, la mención marginal de una tía innominada de una sobrina;
esta última también joven. Curiosidad por curiosidad que a su vez tiene su
contrapartida en el Persiles; Cervantes psicológicamente se sabe adaptar con
absoluta fidelidad a su edad. Incisos aparte, más tarde en el «licenciado
vidrioso», burlará Cervantes con las barbas teñidas, en tanto que aplaude a la
«doncella discreta» que se niega a casar con un «tintado», antes «hombre grave
y lleno de canas». No olvidemos, esos otros «escabechados» o «teñidos» cervantinos, que aparecen en El coloquio de los perros.
Quedamos entonces, que la celotipia, como algo propio y anómalo de Cervantes, encarnado en una situación psicopatológica propia, no se descubre a la
exploración psiquiátrica objetiva. Podríamos multiplicar en nuestra investigación los ejemplos, para en todo momento encontrarnos ante una «crítica
completa». Y de como en el conocimiento y adecuada percepción, que Cervantes tiene de los celos y de sí mismo, no caben los celos anómalos ni la celotipia como sintomatología.
Desde otra perspectiva, también ahora sólo psicológica, podríamos acercarnos a través del estudio de su personalidad, como ya lo hicimos en su
momento, para añadir a todo lo dibujado un no definitivo, en amplio despistaje
psicológico. Cervantes, a pesar de su temática repetitiva, mantiene un distanciamiento subjetivo-objetivo y un criticismo auténtico frente a los celos. Cervantes no es un amante celoso: No quiere esto decir que si hubiese motivo, por
parte del objeto amoroso femenino, no fuese a responder, aunque dentro
siempre de los límites reactivos propios de la situación como ya hemos antes
apuntado. Es más que probable que no desee él mismo darlos ni recibirlos. Su
ya por nosotros estudiada seguridad, le evitan tropiezos de perspectiva celosa6.
V. LOS
CELOS COMO ESTRUCTURA PSICOLÓGICA VIVIDA-VIVENCIADA
Han quedado definidas, al menos tres premisas causales, de aquellas que
hemos partido para enmarcar nuestra tesis diagnóstica e interpretativa. Y nuevamente tenemos que recordar, que una estructura psicológica total, viene
decantada para el individuo no sólo por su normalidad o no. Si no también y
sobre todo por sus diversas mutaciones estructurales finales capaces de actuar
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o no, también como síntoma, y éste a su vez producir disestar o malestar con
angustia, clara o desdibujada en el futuro de ese individuo, si no es que pueden
permanecer como simple recuerdo de algo vivido, que le hacen al sujeto, autor,
en nuestro caso a Cervantes, posteriormente descriptor de los hechos acaecidos —celos y celotipia—. Y es que según esos celos hayan sido vividos y
vivenciados o vividos y vitalizados en la intrahistoria del sujeto afectado, así
serán expresados en el futuro.
Conviene puntualizar primeramente sobre la temática cuestionada otras
diversas observaciones. Porque debemos de conceptuar que desde ahora nos
movemos en otros niveles, en este caso de interpretación psicodinámica.
Quedamos en que los celos aparecen en la obra de Cervantes de un modo
incisivo y repetido. Y esto nos inclina a sospechar, desde la observación metodológica, en la existencia de raíces psicológicas, originadas por una metabolización psíquica, precisamente de esas primarias ideaciones, a través de su psicodinamia y de la catexis; tomando la catexis como el proceso por el cual la
energía mental es enfocada hacia un objeto o idea. En pocas palabras, esta
temática no puede evadirse al psiquismo cervantino y por lo tanto su psicogénesis es clara. Porque o bien se nutre la ideación de algo vivenciado afectivamente y por ende, encartado en la personalidad de Cervantes, como eslabón
psicológico inconsciente, y esas ideas están necesitadas de abreación y catarsis,
y por lo tanto de expresión precisamente por su rechazo; si no es que estamos
hablando de ser esta ideación, vivencia de un más próximo presente histórico
vital, acaecido en fases menos tempranas en las cuales estuvieran más establecidas las facetas cervantinas de maduración personal, constando entonces
como algo vivido, aceptado y por lógica necesariamente impresionado en la
banda consciente, más que en la inconsciente (consciente-inconsciente),
aunque también a la postre, sea material psicológico problemático necesitado
de denuncia. Y ante la humana necesidad —y sería otra variable unida a lo
anteriormente expuesto—, de comprensión por parte del sujeto (nos seguiremos refiriendo a Cervantes), de esa misma situación exterior psicopática en
que se ha visto envuelto el yo propio, por culpa precisamente de un individuo
o tema celoso, sea por lo mismo esta situación exterior vivida y vertida como
denuncia y justificación, cuando no, un modo de interrogante, en sus escritos.
Las diferencias de estas dos estructuras psicológicas y psicodinámicas descritas, radican en los matices y coloridos que hacemos de «inconsciente y
consciente-inconsciente». Y a su vez, en dos distintos caminos psicológicos
para ambas estructuras. Además se ha de tener presente otra importante conceptualización psicodinámica, que convierte el choque en estresor, por la clase
de vivencia, en vivenciado traumáticamente o vivido vitalmente. Porque no
todo lo que es vivido a lo largo de una intrahistoria por el individuo, lleva la
misma carga afectivo-emocional, ni la misma capacidad de golpear traumáticamente sobre el receptor; debiendo tener muy presente, que ante una situación
extraña y extraordinaria —siempre que sea esta estresante—, los niveles madurativos, la edad de evolución-involución, formación del sujeto y su momento
tímico (estado anímico básico preponderante) en que se recibe esa acción
patógena o agresiva, son los coayuvantes en el modelo de reacción posterior.
Por supuesto, que estas dos vertientes son a su vez, dos facetas que estamos
obligados a dilucidar, haciendo hincapié, que de todo lo dicho depende el que
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«algo» se trasforme en experiencia o vivencia. Que duda cabe que pueden, y
en la práctica se dan, experiencia-vivencia formar asociación. Lo mismo que
sólo es mero artificio didáctico hacer distingos entre consciente-inconsciente.
Los claroscuros se multiplican en matices, fáciles de comprender a lo largo de
una psicoterapia o análisis dinámico.
Quedan así delimitadas dos nuevas premisas de las que vamos a partir
para nuestras tesis diagnósticas siguiendo un hilo conductor anclado en la biografía del sujeto. De aquí que podríamos hablar de situaciones tangentes o
secantes, según las vivencias sean toque o corte en el metabolismo psicológico
del encartado. Precisamente porque lo vivenciado afectivamente pasa a formar
parte como sufrido, llevando inherente la angustia o la transformación de la
misma, en equivalentes psicológicos, obsesivos y fóbicos con sus correspondientes correlatos, cuando esas concreciones angustiosas rara vez no se
decanten en equivalentes psicosomáticos. En el otro supuesto con mínima
afectividad, la experiencia no causará situación traumática tan intensa, aunque
dejaría huella y rechazo. (Seguimos para nuestro trabajo, los estudios base
realizados con anterioridad sobre la personalidad de Cervantes de otras publicaciones).7, 8 Como simple curiosidad, Cervantes supo entender lo que eran
las fobias de las cuales hace una descripción perfectamente clínica. No
sabemos si se ha hecho anotación al respecto, en los anales del cervantismo de
lo que ahora afirmamos. Estamos en el capítulo quinto del segundo libro de
Persiles y Sigismunda. Leemos: «… efectos vemos en la naturaleza de quien
ignoramos las causas, adormécese o entorpécese a uno los dientes de ver cortar
un paño; tiembla tal vez un hombre de un ratón y yo he visto temblar de ver
cortan un rábano y a otro he visto levantarse de una mesa de respeto por ver
poner unas aceitunas. Si se pregunta la causa, no hay saber decirla, y los que
más piensan que aciertan a decilla, es decir de que las estrellas tienen cierta
antipatía con la complexión de aquel hombre, que se inclina o mueve a hacer
aquellas acciones, temores y espantos, viendo las cosas sobredichas y otras
semejantes que a cada paso vemos…» Cervantes observa y reconoce estos
miedos así descritos, unos programados como absurdos y otros sin porqué
alguno. Son a todas luces figuras psicopatológicas, unas veces fóbicas y otras
obsesivo-fóbicas. Y en todo caso, «temores y espantos», y serán en todo caso
también, fijaciones angustiosas cristalizadas a lo largo de una vida que recorre
un camino. Y estas descripciones cervantinas van desde lo sencillo y socialmente admitido, parte en todo caso de un aprendizaje fóbico condicionado, a
unas actuaciones complicadas más o menos absurdas, llegando a lo incomprensible como el mismo Cervantes explica. Ahora apliquemos la teoría a la
práctica clínica. Cervantes reconoce las situaciones fóbicas pero no las padece
como síntoma. (El que no padezca fobias u obsesiones, no significa que como
todo ser humano no tenga sus «manías»). Por ser objeto de otro trabajo, afirmamos, negamos y pasamos página.
VI. CELOS,
CELOTIPIA Y
CERVANTES
Entremos ahora tras haberse realizado un barrido psicológico y despistaje
causal, nuevamente al tema central del objetivo a estudio. Tomamos sólo dos
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libros cervantinos, separados por unos cuarenta años. En ambos la celotipia, los
celos descritos, nos hacen recapacitar. Evitemos otros textos y el despistaje
exhaustivo de la temática en la obra completa. Tomemos así, en este muestreo,
tres citas en cada una de las obras escogidas: la joven Galatea y el viejo
Persiles.
Galatea:
* «…siendo como sois nacidos, de una baja sospecha, engendrados de un vil y desastrado temor, criados a los pechos de falsas imaginaciones, crecidos entre vilísimas envidias,
sustentados de chismes y mentiras. Y porque se vea la destrucción que hace en los enamorados pechos esta maldita dolencia de los rabiosos celos…» (L. III).
** «…tiene más, así mesmo, la fuerza de este crudo veneno: que no hay antídoto que le
preserve, consejo que le valga, amigo que le ayude…» (L. III).
*** «…Y no habiendo para la enfermedad de los celos, otra medicina que las disculpas,
y no queriendo el enfermo celoso admitirlas siguesé que esta enfermedad es sin remedio, y
que a todas las demás debe anteponerse…» (L. III).
Persiles:
* «…Que no hay discrección que valga, ni amorosa fe que asegure al enamorado pecho,
cuando por desventura entran en él celosas sospechas…» (Capitulo 7. Libro I)
** «…!Oh poderosa fuerza de los celos! ¡Oh enfermedad que te pegas al alma de tal
manera que solo te despegas con la vida…!» (Capitulo 23. Libro I).
*** «…Parece que el autor desta historia sabía más de enamorado que de historiador,
porque casi este primer capítulo de la entrada del segundo libro le gasta todo en una definición de celos…» (Capitulo 1. Libro II).
Punto y aparte, ahí tenemos seis citas en los dos extremos de la obra de
Cervantes, con sus ideas matrices claras. Y si antes nos acercábamos a Cervantes sólo desde la psicología y psicopatología en un alarde teórico, ahora nos
aproximamos a su andadura vital y biográfica en plena praxis clínica. Y aquí
es donde nos hallamos con dos importantes situaciones vividas por Cervantes,
que pudieran quedarse grabadas en su personalidad, durante el período infantojuvenil. Padre y abuela paterna se nos descubren con posibilidades claras de
haber padecido o una situación de desconfianza con celotipia, o una celotipia
clara y franca desconfianza, con tendencias ya verdaderamente paranoides o al
menos referenciales.
En el primer supuesto a estudio, sabemos que su padre Rodrigo de Cervantes padeció sordera. Hecho bién documentado como se refleja en dos escrituras notariales. En una de ellas el tal Rodrigo de Cervantes y su hija Doña
Magdalena de Pimentel y Sotomayor —hermana de Cervantes—, se apartaban
de la ejecución que habian interpuesto a Don Alonso Pacheco (Madrid, 8 de
Septiembre de 1575).
* «…y el dicho Rodrigo de Cervantes leyó esta escritura en altas voces en presencia de
mí el escribano e testigos e despues de haberla leydo dixo que la otorgaba ansí porque la
entendia y habia leido…» (P. Pastor. Documentos I)
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Es por lo mismo deducible, que al no ser escuchado el documento por
boca del escribano, éste le hiciese leerlo en voz alta a Rodrigo, para evitar
malos entendidos, si no fue la simple desconfianza del mismo sordo cirujano,
la que le llevó a leer la escritura por sí mismo. Subrayemos «malos entendidos».
Con todo, y ya con absoluta claridad, queda nuevamente plasmada la
sordera de Rodrigo, y lo anteriormente dicho explicitado en otra escritura. Nos
referimos al poder dado por Doña Magdalena de Pimentel y Sotomayor y de su
padre Rodrigo de Cervantes a Alonso de Córdoba, para cobrar quinientos
ducados a Don Alonso Pacheco. Dada también en Madrid a 11 de Mayo de
1578.
** «…y el dicho Rodrigo de Cervantes por ser sordo tomó la escritura e la leyó y
entendió el efecto della y dixo que así la otorgaba e otorgó y firmólo…» (P. Pastor. Documentos I)
Como podemos suponer, Rodrigo de Cervantes antes de dar su aprobación
leerá la escritura en voz alta, como debía ser su costumbre. Aunque nos preguntamos el por qué estando presente su propia hija en la firma de los documentos, no se va a plasmar su modo de pensar. De lo que se deduce ese cierto
grado de desconfianza, acentuado o no por la sordera. Con oírlo su hija hubiera
bastado. Pero no, él tiene que leerlo.
Hacemos nuevamente un inciso como recordatorio de unas conclusiones
lógicas que apuntábamos en otro momento. La sordera crea frecuentemente en
aquella persona mínimamente predispuesta y afectada de la misma, inseguridad
y desconfianza, que en ciertas ocasiones se deslizan a la sintomatología referencial. Y en posterior desarrollo, al llamado «delirio paranoide en sordos». En
realidad, la incomunicación por una parte y la distorsión cognitiva sensorial
auditiva, se decantan en interpretaciones ulteriores patológicas. Sintetizando en
demasía para entendernos, la celotipia es uno de los apellidos de lo paranoide
y de la paranoia. Por otra parte evitamos, siempre que es posible, engorrosas
disquisiciones psiquiátricas al lector no iniciado.
Tomando el caso de Rodrigo de Cervantes, ya habíamos afirmado «que
una de las deformaciones a que darán lugar las ideas referenciales o solamente
sobrevaloradas son las celotípicas». Con ello, nos estamos refiriendo a que el
origen de la temática sobre los celos, en la obra cervantina, pudiera haber sido
producto de vivencias infanto-juveniles por esa situación vivida en el hogar de
los Cervantes, fruto de una desconfianza y sentido posesivo de Rodrigo hacia
su esposa e hijas —incluyendo en las desconfianzas los celos— que han
quedado grabadas en Miguel de Cervantes para la posteridad. Porque estas
vivencias, sí que son vividas y lógicamente vivenciadas afectiva y traumáticamente en ese núcleo familiar, sobre todo por los hijos, como vivencias primarias, con recuerdo perenne. Son así vivencias habidas en la infancia con capacidad de recuerdo, fijación y rechazo en la edad adulta.
Una curiosidad más avala nuestras afirmaciones sobre la personalidad de
Rodrigo de Cervantes y su influencia decisiva. Para ello, nos acercaremos a
unos párrafos del testamento de este «cirujano sordo». Antes de ello debemos
tener por cierto desde la perspectiva psicogeriátrica, que en el anciano gene-
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ralmente y está demostrado por la práctica, hay una acentuación del carácter
debido a la edad.
* «…y el dicho otorgante tomó el dicho testamento en sus manos e le leyó, e después de
haberle leydo dixo que así le otorgaba e que yo el dicho escribano lo leyese publicamente ante
los dichos testigos…» (P. Pastor. Documentos I)
Nos podemos imaginar, cual puede ser la situación de gravedad para hacer
testamento; encamado o no, pero con fallos de memoria —como ya se
demuestra en otro momento—. Pues aún así continua con la obsesión de leerlo
todo por sí mismo. Claro signo de desconfianza, que no necesita comentarios.
Cervantes padre, se nos presenta con una tendencia referencial y pleiteista, de
ello a la celotipia va un paso. Si sacamos este último ejemplo a colación, es por
su presencia en una situación extrema. Porque una costumbre al parecer para
aquel que supiera leer, era hacerlo generalmente en voz alta, dato que tomamos
de Parker y de su biografía sobre Felipe II, aunque no estemos plenamente de
acuerdo en esta afirmación costumbrista. Curiosamente se vislumbra con
claridad una deformación también medioambiental que no debemos soslayar,
nos referimos claro está, a las «manías pleiteistas» de la época. Sin lugar a
dudas más acentuadas en el hijo de un letrado, ya de por sí demandante, como
fué Juan de Cervantes. De su hijo Rodrigo omitimos datación psicodinámica,
para evitar confusionismos, aunque bien nos entendemos.
Entremos ahora en una segunda interpretación, también vivida y vivenciada por Miguel de Cervantes. Nos referimos al matrimonio de sus abuelos
paternos Juan de Cervantes y Leonor Fernández de Torreblanca. Esta unión a
todas luces, como matrimonio, fue conflictiva. Hubo de cierto problemas de
convivencia. Quizás celos, cosa muy normal si el licenciado, abogado de
oficio, realizó una vida de lo más andariega y problemática. Los «juicios de
residencia» que padeció, nos acercan a su personalidad y al modo de actuar
ciertamente arbitrario. Y no digamos de sus modales morales y de cómo con
ellos propicio los amores particulares, poco santos, entre el III Duque del
Infantado y María Maldonada. Su propia familia se ve envuelta por su falta de
moral, como lo demuestra que su propia hija María de Cervantes tuviera una
hija natural con el Arcediano D. Martín de Mendoza, que se la llamaría a su
vez Martina de Mendoza. Pero lo más interesante que se descubre a través de
los documentos, es que posteriormente —hacia 1538—, la familia se rompe.
Juan de Cervantes se ausenta, nombrado juez de residencias y luego corregidor en la ciudad de Plasencia. Y ya por estas fechas lleva consigo su ama,
una tal María Díaz. Más tarde, el licenciado Cervantes recalaría de modo definitivo en Córdoba por el año de 1550, lugar en donde va a ejercer la abogacía,
aparte de actuar como juez de los bienes confiscados por la Inquisición. Y por
supuesto, «su gobernanta» sigue con él. Esta ruptura familiar se perpetúa,
incluso cuando ambos esposos en 1553 vivan avecindados en la misma ciudad
de Córdoba, aunque eso sí, en distintos barrios y «collaciones». Juan de Cervantes en la de Santo Domingo de Silos y Leonor Fernández de Torreblanca en
la del Monasterio de Jesús Crucificado.9
Cuando casan Rodrigo de Cervantes y Leonor de Cortinas —posiblemente
en 1542—, la madre de Rodrigo, Leonor F. De Torreblanca permanece con
ellos, formando parte de ese nuevo núcleo familiar en Alcalá de Henares,
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estando al lado de su hijo y nuera en las posteriores desventuras de Valladolid,
no apartándose del matrimonio hasta su fallecimiento en 1557. Y desde 1547
a 1557, fechas clave, la figura de Leonor Fernández de Torreblanca, y sus
modos de pensar y sufrir se tienen que dejar sentir con toda probabilidad, lo
mismo en la vida cotidiana de los Cervantes que en la educación de los hijos,
y como podemos suponer, en la personalidad del primogénito varón Miguel de
Cervantes (la temprana muerte de Andrés dejó la primacía de primogénito a
Miguel).10
No es difícil imaginar, que su separación afectará a esta mujer, máximo
que a todas luces es abandonada por el esposo, que vive además «con otra».
Como es lógico, en esta vejatoria, triste y amarga experiencia están de seguro
presentes los celos. Si estos precisamente, no han sido la causa primera de la
separación matrimonial; y por tanto los celos y la celotipia de la abuela de Cervantes, fueron primero, mal que bien injustificados y luego más que justificados. En buena ley no nos es posible afirmar una celotipia primaria en la
abuela paterna de Miguel de Cervantes. Con todo, la trayectoria de Juan de
Cervantes, su ya vista ética acomodaticia, sus viajes y cambios de residencia y
su última espantada, nos inclinan a percibir, que si no fué antes, luego sí
debieron aparecer por lógica los celos en L. Fernández de Torreblanca. Al
menos hemos de dar por ciertos, esos amargos celos tras la separación matrimonial, con poco que entremos en la psicología de la mujer, capaz de hacerse
comparaciones de mujer a mujer, sobre todo con aquella «otra» que actua
como rival.
Lo cierto es que la abuela de Cervantes convive con su hijo Rodrigo y su
nuera. Y diez años de la infancia cervantina están matizados por estas escenas
que deberán dejar posos vivenciales y afectivos en Miguel de Cervantes. Es
más y a pesar de las modas retóricas al uso, los ancianos «enamoradizos»
están tan devaluados como las «dueñas» en todo el cuerpo de la obra cervantina: ¿Fue criada o dueña la amancebada de Juan de Cervantes?. Cierto que sea
verdad y pueda ser que los ancianos «enamorados» o las «dueñas» pasen por
un período literario histórico y burlesco, si además a ello se le añade una cierta
saña cervantina hacia ambos tipos de personajes.
Antes de concluir este apartado, y en base a describir todas las posibilidades actuantes sobre Miguel de Cervantes y «los celos», deberíamos añadir,
que no es improbable que el joven y menos joven, ya maduro, padeciese una
persecución celosa por parte de alguien que se creyese ofendido por Cervantes
o su femenina versión de una mujer enamorada de él. Esto es un cabo suelto y
buscapié, que podríamos dejar como posibilidad. Sin embargo no parece descubrirse algo así en su historial psicológico y del estudio inquisitivo de la
obra. A no ser que en su biografia la «Situación Sigura», sea la pieza que
buscamos al «rompecabezas». Como avance a nuestras futuras investigaciones,
creemos que el Cervantes del caso Segura está referido a un homónimo, que no
al Miguel de Cervantes autor del Quijote.11 Bien nos hubiera gustado un Cervantes, espada en mano, acuchillando «al más pintado» por el honor o por la
honra, pero los estudios patobiográficos nos descubren muchas veces facetas
insospechadas, incluso en contra de nuestro modo de pensar.
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VII. CONCLUSIONES
De todas las situaciones categóricas estudiadas, como breve conclusión,
nos inclinamos a pensar que en primer lugar no subsisten en Cervantes afectaciones psicopatológicas nucleares neuróticas, ni reacciones vivenciales
anómalas. No se rastrean ideaciones sobrevaloradas, ni tampoco ideación delirante, desechando el diagnóstico de celotipia ante la ausencia de concreciones
psicopatológicas. En segundo término, el medio ambiente social con repercusión «celosa» incide en Cervantes como en cualquier individuo de los siglos
XVI y XVII, sin causar defectos o efectos exagerados y sin causar tampoco
ningún tipo de sufrimiento o malestar al estar adaptado Cervantes a dicho
medio. Un paso más, como tercera opción: al referirnos a los celos como figuración retórica creemos que aparte de lo vislumbrado por nosotros deberá ser
ésta también una opción contemplada por los filólogos; conformándonos para
nuestro estudio con la sutil ironía de Sebastián de Covarrubias, a la que líneas
atrás hicimos mención. Y por último creemos que en el andar vital de Cervantes y en su psicopatobiografía se esconden los celos precisamente en esos
sus primeros años de vivencias vitales, pero vividas con fuerte implantación
afectiva, causantes posteriormente de una «expresividad celotípica» con sabor
de abreación y denuncia que se reflejará a lo largo del tiempo en toda la obra
cervantina. De Jaspers nos hacemos eco cuando afirma, que «toda historia
clínica correcta conduce a la biografía», y esto es lo que hacemos.
NOTAS
1 «Aproximación a la psicológia y psicopatología en la novela Galatea de Miguel de Cervantes». Psicopatología. (En prensa).
2 Las diferentes posturas sobre la temática celosa en matrimonios jovenes, de la misma edad
o entre viudos, será objeto de un estudio psicosocial pormenorizado. Dentro y fuera de nuestra
temática puntual, los celos estarían allí presentes en el hombre y la mujer, en el «grado ambiental»
que al final de este apartado hacemos mención. No entremos que tiene miga y corteza, en los embelesamientos monjiles o en las «erasmistas» críticas de los clérigos, para evitar «que no se nos cueza
el pan».
3 «Psicopatobiografía de Cervantes: Una forma de biografía cervantina», comunicación leída
en el III Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas, Menorca, 1997.
4 La admiración por Fray Luis de León, ya está expresada por Cervantes en la Galatea y es
objeto de otro trabajo. Con todo, nos remitimos a la futura «Biografía Antropológica de Cervantes».
Ahí quedan las habas en cedazo.
5 «Aproximación a la psicología y psicopatología en la novela Galatea…» Citada en nota (1).
6 Historia Clínica del Caballero don Quijote. Cap. XII: «Éste fué Cervantes y ese fué don
Quijote».
7 Ibidem.
8 Cervantes y la psiquiatría. La histeria en El Licenciado Vidriera.
9 Tomamos los datos históricos y biográficos sobre «Los Cervantes» y «Cervantas», que no es
este último término peyorativo sino abreviativo de escribano vallisoletano, de la enciclopédica biografía de Astrana Marín.
10 «Psicopatobiografía de Cervantes: Una forma de biografía cervantina». Citado en nota (3).
11 Si en su tiempo este dato fue eliminado y sólo sacado a relucir mal que bien, por Gerónimo
Morán en 1863, por considerarlo como tacha cervantina, disentimos a poco que conozcamos usos
y costumbres de los siglos XVI y XVII: No está ni bien ni mal. La acción y reacción entra dentro de
un reflejo normal de quien se precie con honra condicionado por la época .
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CERVANTES: LA INFORMACIÓN EN ARGEL
ENTRE FICCIÓN Y DOCUMENTO.
Pina Rosa Piras
Intento analizar aquí uno de los documentos biográficos cervantinos más
citados, y, en mi opinión, menos conocidos directamente: el que lleva por
título, Información en Argel ante fray Juan Gil pedida por el propio Miguel de
Cervantes1, del cual examinaré sólo la primera parte, la que concierne las preguntas formuladas por el propio Cervantes.2
Dentro de la gran masa de los documentos cervantinos seleccioné éste por
ser significativo en relación con lo que me propongo: el análisis de los diferentes planos que se perciben en él cuando se le mira, diría don Américo, en su
«sinuosidad». Por otra parte, no hace falta decir que tenemos que pasar por
tamiz todos los documentos relacionados con Cervantes, aún aquellos que sólo
aparentemente tienen una intención pragmática o que se acercan a ser factuales. A éstos se les puede extender una de las pocas certezas críticas concernientes la obra de Cervantes en su conjunto: el hecho de que está sembrada de
dudas, matizaciones, incertidumbre y polifonía. La obra de Cervantes, afirma
Carroll B. Johnson al recordar las investigaciones recientes que subrayan estas
características, se presta de hecho a «la mutua indagación texto-lector que
ilumina tanto los textos como a los lectores».3 Y es lo que sucede a los críticos
cuando toman en cuenta la Información, aunque avisen previamente que van a
retomar sus datos con toda precaución.
De la Información biógrafos y críticos se sirvieron en efecto para documentar la vida de Cervantes, llegando muy a menudo a conclusiones opuestas.
Sin embargo, no es ésta la ocasión para enfrentarme con un debate que abarca
el conjunto de los problemas. Sobre este asunto remito a Alberto Sánchez,
quien en su reciente recopilación de los estudios biográficos cervantinos, al
hablar del documento del que me ocupo, avisa: «debemos tener en cuenta el
carácter exculpatorio y de aval amistoso de este documento, para no potenciar
en exceso su contenido. Se trataba de salir al paso de la difamación del envidioso [sic, esta evaluación ya no me convence tanto] Blanco de Paz, que
acusaba a Cervantes de ‘cosas viciosas y feas’, sin que sepamos en detalle a
qué se refiere».4
Sobre la Información aún falta, que yo sepa, un estudio pormemorizado.
Intentaré por lo tanto un análisis en el que este documento será central, aunque
me limitaré a la evaluación de cómo en la Información, dentro de una forma
fundamentalmente burocrática, se desarrollan fuertes artificios narrativos. Son
estos los que vehiculan la construcción de un relato de tipo autobiográfico
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donde el narrador (al que corresponde el nombre de «Miguel de Cervantes»)
ofrece una imagen de sí mismo que, en esta ocasión, Cervantes como persona
tuvo que construir, pero que dentro de márgenes amplios, quiso construir. En
efecto, si por una parte en el origen del documento está la necesidad que Cervantes tenía de contrarrestar las acusaciones de Blanco de Paz antes de que
volviera a España, la manera con que quiso organizar la secuencia de sus preguntas (tal vez sólo aparentemente dirigidas hacia los testigos) permite vislumbrar un proyecto personal coherente.
Entre las varias ocasiones en las cuales Cervantes propone una imagen de
sí, ésta es la primera en orden cronológico. Pero así como pasa con los autorretratos que vendrán después, en este caso su figura no es más transparente
que en la ficción desplegada en sus personajes literarios, aunque sean don
Quijote o Cide Hamete, como escribe Mary Gaylord Randell al tratar de los
autorretratos de Cervantes.5
La distancia estética separa este documento de los prólogos, y aún más, de
la obra creativa, por supuesto, pero no por eso es menos oportuno tomarlo en
cuenta como texto de ficción empleando los instrumentos de análisis propios
de los textos literarios, integrados a lo mejor con los aportes de la investigación
histórica más adelantada. El desarrollo de los estudios conducidos por la
corriente crítica del nuevo historicismo anglo-americano ofrece, en este
sentido, nuevas oportunidades de investigación. Entre otras cosas el nuevo
historicismo ha recuperado la dimensión histórica de la comunicación literaria
y cultural, con el intento de construir puentes entre la textualidad literaria, o sea
los textos en que la función estética predomina, y los textos pertenecientes al
ámbito cultural y social.6 Haciendo hincapié en este marco teórico, tomo la
Información argelina como texto que, por un lado, pertenece a tal contextualidad, y por lo tanto se le considera como factual, mientras que, por otro lado,
posee elementos narrativos que me permiten hablar de autobiografía, el género
que por su mismo contenido expresa mejor la confusión entre autor y persona.7
En opinión de Philippe Leujeune, es precisamente la persona la que, a
través del nombre propio, reivindica su propia existencia; consecuentemente al
ser el nombre el sujeto profundo de la autobiografía, veremos cómo en la
Información este elemento se reitera múltiples veces. Otro aspecto que quiero
subrayar es que, al contrario de todas las formas de ficción, sea la biografía sea
la autobiografía, son textos referenciales, como lo son el discurso científico y
el histórico, por el hecho de que ambas tipologías pretenden añadir una información a una «realidad» externa al texto, sometiéndose, entonces, a una prueba
de verificación. Su objetivo no es la simple verosimilitud, sino la semejanza
con la verdad para conseguir no tanto un efecto de realidad, sino su imagen8.
Por las razones que acabo de recordar, la Información sería un texto en el
que se cruzan codificaciones del pasado según esquemas fundamentalmente
retóricos, vigentes sobre todo en la escritura literaria.
El mismo Cervantes nos da la pista para desconfiar de los textos con elementos de objetividad. Lo hace de manera explícita en el Prólogo al lector
antepuesto a las Novelas ejemplares, al tratar de su autorretrato y de su perfil
biográfico. Este Prólogo es un texto que la crítica ha examinado en su complejidad y por lo tanto hoy no podemos consentirnos una lectura ingenua. Cervantes, que es el mejor semiólogo entre nosotros los cervantistas, ya nos avisó
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de que las «verdades» contenidas en ese autorretrato son ilusorias. Cito del
Prólogo: «verdades, que, dichas por señas, suelen ser entendidas».9 O sea, las
verdades más fiables son aquellas que están dentro de la obra de creación, las
indirectas, y no las que nos aparecen en su pretendida objetividad. Se refiere
posiblemente a aquel «espacio autobiográfico» en el que Cervantes desea que
se lea el conjunto de su obra, como «fantasía reveladora de un individuo»10. Es
lo que les pasa a muchos escritores, André Gide o François Mauriac por
ejemplo, reseñados por Philippe Lejeune en su Le pacte autobiographique.
Más precisamente es lo que Lejeune llama «patto fantasmatico» como manera
indirecta con la cual, estableciendo un acuerdo («pacto») con el lector, el
escritor extiende al conjunto de toda su obra elementos que él considera como
pertinentes a su propia vida.
En el Prólogo al lector de las Novelas ejemplares, decía hace poco, se
encuentra el lugar archiconocido donde se despliega la opinión de Cervantes
sobre la inanidad de alcanzar «las verdades» de la escritura; sigue afirmando
que tal suerte le toca también a su perfil biográfico que acaba de esbozar con
las líneas famosas: «Este que veis aquí, de rostro aguileño..., etc. Perdió en la
batalla naval de Lepanto la mano izquierda... etc.».11 Apenas cumplido el autorretrato, Cervantes lo desmiente en seguida: «En fin, pues ya esta ocasión se
pasó, y yo he quedado en blanco y sin figura...»12 A esta conclusión llega
después de haber sostenido un argumento que se cruza con lo que voy a
analizar aquí, o sea el contenido de falsedad que guarda toda demostración
elogiosa cumplida por uno mismo. Sucede cuando, escribe Cervantes,
yo me levantara a mí mismo dos docenas de testimonios, y se los dijera en secreto, con
que extendiera mi nombre y acreditara mi ingenio. Porque pensar que dicen puntualmente la verdad los tales elogios, es disparate, por no tener punto preciso ni determinado
las alabanzas ni los vituperios.13
Es precisamente lo que había pasado más o menos treinta y dos años antes
de que escribiera a mediados de 1612 estas líneas, en el famoso Prólogo; había
pasado precisamente en ocasión de la Información de la que estamos hablando,
la que se hizo en Argel en 1580, bajo su demanda. Y no dos docenas, sino poco
más de una, fueron los amigos llamados a desfilar en ocasión de la Información, para que dijeran lo que él les había apuntado, probablemente y antes que
todo con el objetivo de defenderse de la maldiciencia de su acusador Blanco de
Paz, pero aún para alcanzar el éxito de extender su «nombre» y acreditar su
«ingenio».
Vista en su superficie la Información es con evidencia una prueba testimonial, pero no hace falta examinarla en profundidad para entrever que es
uno de los textos más sospechosos entre los que pretenden documentar el lado
visible de la realidad cervantina.
La Información en Argel se realizó unos pocos días antes de que Miguel
saliera de Argel para volver a España. El 10 de octubre de 1580, en un lugar no
precisado de Argel, se reúnen: Miguel de Cervantes, el padre redentorista Juan
Gil, el notario apostólico Pedro de Rivera y en ese mismo día, dos testigos;
otros nueve testigos desfilarán en el transcurso de los días siguientes, hasta el
22 de octubre, en que se termina el acto.
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Aquí no alcanzo a dar una idea del contexto formal en el que se desarrolla
la ceremonia. Formalidades que se repiten por toda la lista de las preguntas, en
total 25, y por cada una de las deposiciones de los testigos. Para las preguntas
la fórmula inicial es: «yten: si saben o an oydo dez(sc)ir, como…» (68-74); y
la final es: «…digan, etc.» (68-74).14
La exactitud con que las fórmulas están respetadas revela que posiblemente fray Juan Gil ayudó a Cervantes (que por su parte tenía que estar bien
«entrenado» en el manejo de cavilaciones legales) a preparar la Información.
Tal sospecha se debe al hecho de que no sólo las partes más formales están
expresadas sobre la base de criterios formulístico-burocráticos, sino que se
respetan aún los contenidos que más preocupaban a los inquisidores para
combatir el mayor peligro que las autoridades civiles y religiosas cristianas
detectaban en la apostasía al Islam.15
La normativa formulística que caracteriza las partes introductorias y
finales, se agota cuando el narrador empieza a contar, o sea, a medida que se
acerca a la narración de los «hechos». Un ejemplo:
V-ytem: si saben o an oydo decir [aquí empieza a contar] que llegado cautivo en este
argel, su amo, daliman arráez, renegado griego, le tubo en lugar de caballero principal,
y como a tal le thenía encerrado y cargado de grillos y cadenas… (69)
En la Información el narrador (Miguel de Cervantes) empieza el relato a
partir de lo que le ha pasado en Argel a Miguel de Cervantes, después «que se
perdió en la galera del ‘sol’ el año de mill e quinientos y setenta y cinco,…»
(69)
Ahora bien, no me muevo dentro de la interioridad de Cervantes como
autor que presenta problemas, al contrario me sitúo como lector para examinar
el texto de la Información a la luz de las cuatro categorías que Lejeune propone
para trazar los límites de la autobiografía. Lo hago para ver de qué tipo de
narración se trata, o sea cómo se puede establecer su carácter de «verdad» o
bien de «ficción», o de ambas cosas, además porque la autobiografía implica
la categoría de la «mentira», y esto es lo que la distingue de la ficción a propósito de la cual, como se sabe, sólo se puede hablar de «verosimilitud».
Para que de autobiografía se trate, la forma del lenguaje tiene que ser un
relato, retrospectivo, en prosa, y la Información lo es. En efecto, si de los
marcos representados por las preguntas extraemos la historia narrada desarrollada en su centro, observamos que tales preguntas, «uno en pos de la otra»
(68), forman un cuento en prosa. O sea que a través de una especie de montaje
cinematográfico, de las secuencias obtenidas se devana la narración cuya
intriga está trabada en primer lugar por los episodios apremiantes de las huidas
intentadas. Algunos ejemplos. Con la cuarta pregunta ya estamos en el primer
intento, poco después de su llegada a Argel, fracasado por culpa de un moro
—antiguo traficante de pateras— que lo abandona con sus compañeros —¿a
pie, en el desierto?—; el segundo intento, al año siguiente, el de la fragata y la
«cueba» (70); el tercer intento, el del moro que Haçan Baxá «mandó empalar,
el cual murió con mucha constancia, sin manifestar cosa alguna» (71). Hasta
que llega, con la pregunta XIII, al «negocio» del «año mill e quinientos y setenta
y nueve» (71), que se agota con la pregunta XVII, donde se acaba el relato de su
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último intento, fracasado por culpa de «Cayban, renegado florentín» (71) y
confirmado por Blanco de Paz:
XV-doctor
juan blanco de paz, natural (…) que dizen aver sido frayle profeso de la
horden (…) quedó mal y en gran enemistad con el dicho dotor juan blanco, por ser cosa
cierta que él hera descubridor y ponía a riezgo tantos cristianos y tan principales; digan.
(72)
En las preguntas siguientes, la XVIII y XIX, en el centro de su argumentación
coloca su firme práctica cristiana:
son cinco años, bivió siempre como cathólico y fiel cristiano, confesándose y comulgándose en los tiempos que los cristianos usan e acostumbran (72);
además, otro argumento de apoyo:
siempre y de contino a tratado, comunicado y conversado con los mas principales
hombres cristianos, ansi sacerdotes, letrados, cavalleros, y otros criados de su magestad
con mucha familiaridad, los quales se holgavan de thenerle por amigo… (73),
entre éstos, se encuentra fray Juan Gil que legaliza la Información.
Sigue la pregunta cumbre sobre la que han hecho hincapié, como decía, las
hipótesis de los críticos (experiencias o imaginario homosexual, cristiano
nuevo, trato con los musulmanes, etc.) alrededor de cuál habría podido ser ese
«vicio notable o escandalo de su persona» (73). Se trata de la XX que no pertenece a las preguntas en las que Cervantes habla de Blanco de Paz, sino que
es general sobre su propia conducta; hasta que, a partir de la XXI, en las últimas
cinco preguntas, retoma desde otro ángulo la razón de la enemistad que le
tiene Blanco de Paz y que había contado anteriormente en el curso de la panorámica de sus intentos de huida; o sea, en las últimas cinco preguntas recapitula fundamentalmente los asuntos que le apuran en la Información: sea el de
la enemistad por la delación de Blanco Paz al rey de Argel sea la pésima reputación de Paz entre los cristianos, hasta la escena final,
XXV-a
el amo de ellos dio un bofeton, y a el otro de coçes, por donde dio grande escándalo y le tubieron en mala rreputación. Digan lo que saben.- miguel de serbantes (74).
Climax, punto final, y secuencia visiva, evocan los versos geniales del
más famoso soneto cervantino: «Y luego encontinente,/caló el chapeo, requirió
la espada,/miró al soslayo, fuese, y no hubo nada».
Por otra parte, si pensamos en la vertiente teatral que caracteriza el
conjunto de la obra cervantina, y del Quijote en particular, donde se puede
detectar «celata tra le maglie del discorso narrativo, una certa tensione verso
tecniche e codici propri del teatro»16, la dinámica teatral que aún existe en la
Información merece unas palabras. Dejando para otra ocasión un análisis más
detallado, sólo quiero recordar como el «ynterrogatorio de preguntas» (68)
presentado por «miguel de cerbantes» (68) se desarrolla en un espacio ubicado
sin más, en Argel. Aquí quedan también implícitos unos pocos objetos: apenas
una silla, posiblemente como en El juez de los divorcios; implícitas aún las
posiciones espaciales, con una dinámica teatral latente en la situación por la
cual, después del «a solo» de Miguel representado por los monólogos de sus
preguntas, toman la palabra varios personajes, los trece testigos, fray Juan Gil,
Pedro el notario. En fin, los que trata son los temas recurrentes del teatro cer-
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vantino, pleitos, tribunales y testigos...y el todo se desarrolla en una ritualidad
que legitima el acontecimiento, en el doble sentido, de prueba institucional
dirigida hacia los poderes, civiles y religiosos, y de representación, como
mecanismo que traduce esos poderes en imágenes.17
Hay que añadir además que en el curso de sus huidas reiteradas Miguel
destaca su propio papel de líder, protagonizando todos los hechos que describe,
aduzco sólo unos ejemplos:
IVV-
buscó un moro que a él y a ellos llevase por tierra a oran (69);
dio horden como un hermano suyo (70);
VI-
dio horden como catorze cristianos de los principales que entonces avía en argel
cativos, se escondiesen en una cueba, la qual avia él de antes procurado (70);
y en consecuencia de las huidas, los escarmientos:
IV-le thenia encerrado y cargado de grillos y cadenas (…) fue forzoso volverse a argel,
donde el dicho miguel de servantes fue muy mal tratado de su patron, y de allí en
adelante thenido con más cadenas y más guardia y enserramiento (69);
IX-mandó
el rrey que a él solo truxesen, como lo truxeron, maniatado y a pie, haziéndole
por el camino, los moros y turcos, muchas ynjurias y afrentas (70);
XI-el
rrey mandado meter en su baño cargado de cadenas y hierros (71);
XII-mandó
dar dos mil palos (71) etc.
En cada episodio se insertan además algunas constantes: Miguel demuestra
su valentía haciéndose culpable de cada uno de los intentos de huida y echando
sobre sí toda responsabilidad; se distingue por un acto de suma generosidad al
anteponer a sí mismo el hermano menor Rodrigo cuando, así afirma Cervantesnarrador, emplea su propio dinero para libertarlo; ya he citado otra caracterización de sí mismo en relación con lo que más preocupa a las autoridades,
XVIII-bivió siempre como catholico y fiel cristiano, confesandose y comulgándose en
los tiempos que los cristianos usan e acostumbran (72).
En fin, Cervantes «aprovecha» esta ocasión en la que tiene que defenderse
para construir una imagen de sí, como decía. La dibuja en una narración dentro
de la cual subyace una argumentación estructurada para establecer la credibilidad del punto de vista que quiere sostener. Lleva a cabo su objetivo a través
de un razonamiento entimemático, o más en general silogístico, logrando su
defensa a la sombra del hilvanarse de las preguntas. Éstas están ordenadas
según una lógica por la cual si la premisa es cierta deriva una conclusión
cierta: que Miguel sea hombre de honor (perdonen la cita) deriva del hecho de
que Miguel lo dice:
XX- en todo el tiempo que el dicho miguel de servantes ha estado aqui cativo no se ha
visto en el algun vicio notable o escandalo de su persona, sino que siempre a dado en
palabras y obras muestras de persona muy virtuosa, biviendo siempre como cathólico y
fiel cristiano (73),
y afirma repetidas veces, y otras tantas añade lo de la amistad con los que
están con él en Argel, cautivos, redentoristas y oficiales «diplomáticos»:
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XIX-
siempre y de contino a tratado, comunicado y conversado con los mas principales
hombres cristianos, ansí sacerdotes, letrados, cavalleros, y otros criados de su magestad
con mucha familiaridad, los quales se holgavan de thenerle por amigo y tratar y conversar con él; y particularmente, si es verdad que los muy rreverendos padres rredentores
que aquí an benido como el muy rreverendo padre fray jorge olivar, redenctor de la
corona de aragon, y el muy rreverendo padre juan gil, redenctor de la corona de castilla,
le an tratado, comunicado e conversado con él, teniéndole a su mesa, y conservándole en
su estrecha amistad (73).
Se podrían traer otros ejemplos más para demostrar que del relato de vida
y de la historia de una personalidad se trata, como categoría que permite el
establecimiento del pacto autobiográfico.
La Información cumple además con la condición de que, sub speciae autobiografía, existe identidad entre autor, narrador y personaje. Aquí no hay dudas
sobre quién es el que habla: un autor cuyo nombre es «Miguel de Cervantes»
formula las preguntas, es el mismo nombre que aparece en el interior del texto
como protagonista de los cuentos intercalados en el documento, y es el mismo
que contesta a las preguntas en el momento que cuenta lo que los testigos
tienen que atestiguar.
La Información se ciñe estrictamente a la tercera persona verbal, obligada
tal vez por la forma genérica de este tipo de documento. Por otra parte la autobiografía implica la sustitución, previsible porque el «yo» funciona a nivel de
referencia, como discurso que reconduce a la propia enunciación (19).
La Información obedece por lo tanto a todas las características de la autobiografía estableciendo un juego que sería pirandelliano si ya Cervantes no lo
hubiese inventado. Y si no lo inventa aquí, en Argel, la Información representa
un buen ejercicio para su futuro de escritor.
El hecho de que el mismo Cervantes haya formulado la Información en
Argel, que por lo tanto él sea el autor, comporta varias consecuencias: ante todo
los márgenes de riesgo que acompañan cualquier tentativa de desenmarañar la
complejidad de sus «urdimbres», narrativas y argumentativas.
La Información, aunque posee características de documento perteneciente
a una realidad factual, acaba, según mi parecer, poniéndose del lado de la
ficción y por lo tanto la crítica tiene que tomarla en cuenta como tal. Estas
características de documento oblicuo las elaboró Cervantes al perfilarse a sí
mismo en un papel «heroico y ejemplar». En el futuro logrará sus múltiples
objetivos, hasta el punto que Astrana Marín, al retomarlo en su literalidad, a
partir del título de su obra magna, le siguió el juego.18 O sea, al escribir este
documento Cervantes llegó a pensarse a sí mismo en la escritura. En el cruce,
al fin y al cabo, de historia y poesía.19 Cruce que representa uno de los fundamentos del discurso cervantino. Cito a Carroll B. Johnson: «Cervantes ya había
descubierto la no-diferencia entre el discurso histórico y el ficticio. Es importante notar que él, al igual que White, piensa ya en función de discursos más
que de acontecimientos. El Quijote se define desde el primer momento como
una historia y no una obra de ficción».20 Pero en 1580, el año de la Información, estamos lejos de la elaboración del Quijote. Podemos a lo mejor aproximarnos a las sugestiones que pueden haber fundado un imaginario tan
complejo precisamente por haber tenido tantas experiencias vitales. Todas sus
experiencias, aún la argelina.
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NOTAS
1 En la edición de Pedro Torres Lanzas (Madrid, J. Esteban, 1981), publicado, siguiendo la
transcripción del documento que se encuentra en el Archivo General de Indias de Sevilla por el
entonces director General de Indias para conmemorar el III centenario de El Quijote, en «Revista
de Archivos, Bibliotecas y Museos», Madrid, año IX, n. 5, mayo de 1905, págs. 345-397. Incluido
en la meritoria recopilación de los documentos cervantinos llevada a cabo por Krzysztof Sliwa,
Documentos de Miguel de Cervantes Saavedra, Pamplona, EUNSA, 1999, pp. 68-111, en la p. 85
se encuentra insertada la Partida de rescate de Juan Gutiérrez (testigo Miguel de cervantes). De la
edición de Sliwa hace poco recordada, sacaré las citas acompañándolas entre paréntesis de la página
relativa.
2 Id., pp. 69-74.
3 Carroll B. Johnson, «Cómo se lee hoy el Quijote», en Anthony Close, Agustín de la Granja,
Pablo Jauralde Pou, Carroll B. Johoson, Isaías Lerner, José Montero Reguera, Agustín Redondo,
Antonio Rey Hazas, Elías Rivers, Alberto Sánchez, Florencio Sevilla Arroyo, Cervantes, Madrid,
Centro de Estudios Cervantinos, 1995, pp. 335-348, p. 347.
4 Alberto Sánchez, Nuevas orientaciones en el planteamiento de la biografía de Cervantes, en
idem, pp. 19-40, pp. 36-37
5 Mary Gaylord Randell, «Cervantes. Portrait of the Artist», en Cervantes, Bulletin of the
Cervantes Society of America, III (1983), pp. 83-102.
6 Barbara Gastaldello, «Il ‘nuovo storicismo’ negli studi letterari anglo-americani», en L’Asino
d’oro, anno IV (novembre 1993), pp. 4-18.
7 Philippe Lejeune, Il patto autobiografico (Le pacte autobiographique, 1975) Bologna, Il
Mulino, 1986.
8 Id., p. 38.
9 Miguel de Cervantes, «Prólogo al lector», en Novelas ejemplares, ed. Juan Bautista AvalleArce, I, Madrid, Castalia, 1983, p. 63.
10 Philippe Lejeune, Il patto, cit., p. 45.
11 Miguel de Cervantes, «Prólogo», ed. cit., pp. 62-63.
12 Ibidem, p. 63.
13 Ibidem.
14 La fórmula de las declaraciones de los testigos, por ejemplo de la III, la de Alonso Aragonés,
es: «á la tercera pregunta dixo: que este testigo sabe la pregunta como en ella se contiene, por las
causas en ella rreferidas á que se rremite» (74).
15 Lucia Rostagno, Mi faccio turco, Roma, Istituto per l’Oriente C. A. Nallino, 1983, pp. 1016; Emilio Sola, Un Mediterráneo de piratas: corsarios, renegados y cautivos, Madrid, Tecnos,
1988, pp. 285-286; Bartolomé Benassar, ¿Conversos o renegados? Modalidades de una adhesión
ambigua de los cristianos al Islam (siglos XVI y XVII) (Conversión ou reniement? Modalités d’une
adhésion ammbigüe des chretiens à l’Islam, 1988), Buenos Aires, Biblos, 1990, pp. 27-36 y tambén
Bartolomé et Lucile Benassar, Les Chrétiens d’Allah,Paris, Perrin, 1989.
16 Maria Caterina Ruta, Lo spettacolo della vita, en Il Chisciotte e i suoi dettagli, Palermo,
Flaccovio, 2000, pp. 87-104, p. 87. En otro contexto, una alusión rápida se encuentra en Jean Canavaggio, Cervantès dramaturge. Un théâtre à naitre, Paris, Presses Universitaires de France, 1977,
p. 450.
17 Barbara Gastaldello, Il «nuovo storicismo» negli studi letterari, cit., p. 14.
18 Luis Astrana Marín, Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes Saavedra, Madrid, Instituto Editorial Reus, 1948-1958, 7 vols.
19 Carroll B. Johnson, Cómo se lee, cit., p. 337.
20 Ibidem, p. 338.
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LA SUPUESTA HIDALGUÍA DE RODRIGO DE CERVANTES,
PADRE DEL AUTOR DEL QUIJOTE
Krzysztof Sliwa
Rodrigo de Cervantes, sordo de la infancia, era hijo del licenciado Juan de
Cervantes, abogado de reconocido prestigio y de Leonor Fernández de Torreblanca, heredera de la insigne saga de los médicos. Entre los 91 documentos de
Rodrigo pocos reflejan la gris y triste figura del humilde cirujano y casi
ninguno de los datos aclara su niñez, juventud, educación o ambiciones.
En cuanto a los documentos cervantinos aparecen hasta 6 Rodrigos de
Cervantes que no siempre han sido identificados correctamente por los
eruditos. Con respecto a la infancia, Rodrigo, Juan, su hermano, y Ruy Díaz de
Torreblanca, su tío, aparecen el 2 de abril de 1532 como testigos de María de
Cervantes ante el alcalde de Guadalajara, Francisco de Cañizares, para denunciar a Martín de Mendoza, llamado El Gitano. Referente a su juventud Diego
de Frías, vecino de Alcalá de Henares, declara haber visto jugar cañas en
aquella villa a Rodrigo de Cervantes y a «otro su hermano, que es muerto, e
jugar sortija con caballos buenos e poderosos». No es extraño que en aquel
tiempo los Cervantes pudieran codearse con las más ricas familias complutenses después de ganar los seiscientos mil maravedís, consecuencia del pleito
contra Martín de Mendoza, arcediano de Talavera y Guadalajara. Quién sabe si
no fueron aquellos años los más rumbosos de la familia de Cervantes que
habitó en la calle de la Imagen, a espaldas del hospital de Nuestra Señora de la
Misericorida, fundado por Luis de Antezana el 8 de octubre de 1483.
Por lo que se refiere a la educación, Rodrigo sigue la profesión de su
abuelo materno, el bachiller Juan Díaz de Torreblanca, malograda en su tío
Ruy, proseguida en su otro tío Juan, dignificada en maese Luis Martínez, y
autorizada en maestre Juan Sánchez. Además, se cree que Rodrigo fue llamado
como su padre el licenciado, pero hasta ahora no se ha descubierto ningún
documento que manifiesta un tal diploma y solamente en los dos documentos
se llama «médico cirujano».
Rodrigo se casa antes del 6 de marzo de 1543 en un lugar no determinado
con Leonor de Cortinas, de Arganda. Desgraciadamente, no se ha encontrado
la partida matrimonial, sin duda, nada rumboso. Con Leonor tuvo siete hijos:
Andrés de quien no se sabe nada; Andrea que tuvo una hija ilegítima llamada
Constanza de Figueroa; Luisa que entró en el Convento de Carmelitas Descalzas de Alcalá de Henares; Miguel, el autor de La Numancia, Rodrigo,
alférez quien luchó en la batalla de Lepanto, estuvo cautivo en Argel y murió
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en la batalla en Flandes; Magdalena la más íntima de las hermanas de Miguel;
y Juan, nombrado como heredero en el testamento de su padre.
En 1551 el padre de Miguel se marcha de Alcalá de Henares a la ciudad
del Pisuerga, Valladolid, la capital de España donde nace el rey Prudente. El
cambio de su domicilio se explica de dos maneras. La primera, que tuvo un
accidente ejercitando su profesión de cirujano con uno de los hijos del marqués
de Cogolludo, con tan mala fortuna que, al no conseguir sanar al enfermo, fue
tratado primero de incompetente y perseguido después por el poderoso caballero. La segunda explicación nos presenta Miguel a través de los protagonistas del Coloquio de los Perros:
BERGANZA:
Desa manera, no haré yo mucho en tener por señal portentosa lo que oí
decirlos días pasados a un estudiante, pasando por Alcalá de Henares.
CIPIÓN:
¿Qué le oíste decir?
BERGANZA:
Que de cinco mil estudiantes que cursaban aquel año en la Universidad, los
dos mil oían Medicina.
CIPIÓN:
Pues, ¿qué vienes a inferir deso?
BERGANZA:
Infiero, o que estos dos mil médicos han de tener enfermos que curar (que
sería harta plaga y mala ventura), o ellos se han de morir de hambre.
El 5 de noviembre de 1551 un desgraciado suceso vino a echar por tierra
todos los planes y a imponer diferente rumbo a la existencia de Rodrigo y su
familia. Este día Rodrigo asumía una obligación bajo la fianza de su hermana,
María, y de un tal Pero García, comprometíase a pagar a éste 44.472 maravedís, de nombre Gregorio Romano, el día de San Juan del año venidero. No
obstante, Rodrigo no cumplió su promesa, y el 2 de julio de 1552 está preso en
la cárcel pública de Valladolid. Parece que el destino golpeaba a los Cervantes,
pues, en la misma prisión estaban detenidos, su padre el licenciado Juan de
Cervantes, su hijo Miguel, y su nieta Isabel de Cervantes.
El padre del autor de La Galatea estaba en una posición muy dificil, puesto
que tenía que atender, posiblemente a 8 personas, es decir, a su madre en los
años de invierno, a su hermana María, soltera y probablemente sin oficio, y a
su esposa Leonor, embarazada y contingentemente con 5 hijos a esta sazón.
Imaginasen cómo pudiera vivir la familia de Cervantes. Con certeza, era una
trágedia, sin tomar en cuenta que su hija Magdalena nace cuando Rodrigo está
aprisionado. Sin embargo, lo que sorprende es que su padre el licenciado Juan
de Cervantes, juez, con una buena reputación no le ayudó en absoluto y, su
esposa Leonor de Torreblanca alude solo una vez en el pleito que el licenciado Juan de Cervantes está ausente de Valladolid. Además de esto, ninguno
de los familiares menciona la encarcelación del licenciado Juan de Cervantes.
¿Pero cuál es el propósito de ocultar este acontecimiento? Creo que bastó en
decir una palabra de parte de Rodrigo, de su madre o ver las actas del caso del
licenciado Juan contra Martín de Mendoza, para así ensayar la ejecutoria de
nobleza.
A pesar de ello, el 4 de julio de 1552 García de Medina, teniente de merino
mayor de Valladolid, se fue a casa de Rodrigo y embargó cerca de 55 bienes,
los cuales dio en guarda y depósito. Entre ellos: un repostero con las armas de
un castillo, unas cruces, tres libros: la Gramática de Nebrija, la Práctica de
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La supuesta hidalguía de Rodrigo de Cervantes…
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cirurgía de Juan de Vigo, y el estudio De las cuatro enfermedades de Lobera
y Ávila, una espada, mas un cofrezillo de joyas, una caja de cuchillos dorados,
y un niño Jesús en una caja de madera. Consecuentemente, Leonor de Torreblanca presentó una carta de poder y una petición en defensa de Rodrigo,
diciendo que todos los bienes embargados fueron suyos. Pero mucho nos
tememos que todo fuera una argucia, pues, si de la familia alguien tenía, o
tuvo, bienes importantes, fue María y no su madre. Afortunadamente, los
bienes les fueron devueltos.
No obstante, existió un recurso legal muy usado para pedir la excarcelación por ser «hijodalgo notorio de padre y abuelo de solar conoçido». Rodrigo
apelaba que el arresto era ilegal y solicitó su soltura con fianzas de la haz por
30 días con el objeto de hacer la probanza y pagar sus deudas, pero Romano se
opuso a la excarcelación y procuró retardarla a través de trampas y marrullerías. Rodrigo no deja de luchar y explica ante muy poderosos señores que no
tiene «en esta villa ny casa, porque soy natural de alcala de henares e yo tengo
en ella y en otras partes my hacienda para poder pagar a las partes contrarias,
porque la renta que tengo es para pan cogido, y les he rogado que me esperen
hasta que lo cobre, e por me molestar no lo an querido hazer, e yo tengo
alegado ser hombre hijo dalgo e tengo dada ynformaçion dello».
El padre del manco de Lepanto hace valer su condición de hijodalgo «de
padre y abuelo de solar conocido» y a tal fin presenta el testimonio de varios
testigos. Entre ellos: Juan Sánchez de Lugo, Diego de Frías, Juan Oviedo,
Francisco de Toyuela, Fernando de Arenas, Diego de Alcalá, Fernando de
Antequera, y el catedrático de Medicina Cristóbal de Vega, y todos ellos ratifican en su conocimiento de los Cervantes. Lo más curioso de todo es que el
12 de enero de 1553 Diego Díaz de Talavera, vecino de Alcalá de Henares,
esposo de Martina de Mendoza, ésta nieta del licenciado Juan de Cervantes,
figura como testigo de Rodrigo de Cervantes en el pleito contra Gregorio
Romano. Ahora bien, ¿cómo podría explicarse esta particularidad? ¿No tuvo
Rodrigo otros testigos? o ¿hacía trampas para conseguir la ejecutoria de
nobleza? Según la ley no era admisible presentar por testigos a sus familiares.
El 26 de enero de 1553, después de 7 meses de encarcelación, Rodrigo fue
puesto en libertad y cabe notar que no se conoce la sentencia, y el documento
publicado por Rodríguez Marín no aclara si pagó la deuda o no. Resumiendo
cuanto llevamos dicho, empiezo a sospechar después de estudiar los documentos cervantinos que algunos datos desaparecieron para que la verdad no
saliera a la luz sobre algunas trampas de Cervantes. Además, es muy notable
que Rodríguez Marín publica todo el pleito y excluye la sentencia. Un caso
muy extravagante, pero no habitual en la documentación.
Ahora bien, el 30 de octubre de 1553 Rodrigo ya estaba en Córdoba,
firmando una escritura de obligación de 4.660 maravedís por razón de doce
varas de ruán y diez y ocho varas y una tercia de holanda. Probablemente,
estaba con su padre que vivió allí desde el 4 de diciembre de 1551, designado
como uno de los «letrados» de la ciudad, por ser de «los más antiguos e acreditados que en esta ciudad hay». No obstante, con la muerte del licenciado
Juan de Cervantes en la ciudad de los califas no le quedaba mucho a Rodrigo,
ya que los demás parientes eran pobres, y su padre lo principal de su hacienda
dejo a su amante María Díaz. El único que quedaba muy bien situado de la
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familia de Cervantes, era Andrés, con excelente posición del alcalde mayor en
Cabra. ¿Adónde se dirigiría Rodrigo de Cervantes? para atender al sustento de
aquel familión, de mujer y sus seis hijos, con el producto de su menguada
cirugía. Se ignora su estancia, pero ya había aprendido después de las desdichas por las mismas experiencias lo que su hijo expresaba en Coloquio de los
Perros que «al desdichado las desdichas le buscan y le hallan, aunque se
esconda en los últimos rincones de la tierra».
Parece que los Cervantes antes de establecer su domicillo en Madrid,
viveron en Alcalá de Henares, Córdoba, Sevilla y más tarde en Madrid. Lo
manifiestan varios documentos. Por ejemplo, el 30 de octubre de 1564 Rodrigo
entrega la carta de pago como vecino de Sevilla en la colación de San Miguel
a Juan Mateo. El 10 de abril de 1565 Rodrigo, vecino de Sevilla, otorga una
escritura de obligación en Córdoba. En Madrid, el 2 de diciembre de 1566,
Rodrigo recibe un poder de Leonor para cobrar los bienes que le corresponden
por muerte de Elvira de Cortinas, su madre, y el 19 de diciembre de 1566 se
vende una viña en el término de Arganda otorgada por Rodrigo y Leonor en
favor de Andrés Rendero por 20 ducados que suman 7.500 maravedís. A pesar
de ello, de mucha monta es el poder del 9 de enero de 1567, entregado por
Rodrigo para pleitear en favor de Andrés de Ozaeta, procurador donde consta
que «generalmente para en todos mis pleytos e causas, ceviles y criminales,
movidos y por mover, que yo hé y tengo y espero de haber y tener con qualquier o qualesquier personas contra mi ansi en demandando como en defendiendo». ¿Cuál fue la razón de este poder de Rodrigo? ¿Esperaba alguna apariencia en la corte o el caso de Valladolid todavía estaba en marcha por no
pagar su préstamo o no poseer la ejecutoria de nobleza?
Otro aspecto que llama nuestra atención es la información de la limpieza
de sangre. El 22 de diciembre de 1569 Rodrigo sostiene que Miguel es hijo
suyo y de su mujer, Leonor de Cortinas, y presenta a los testigos que averiguan
la verdad. El primer testigo es Alonso Getino de Guzmán, alguacil de Madrid,
que jura que Rodrigo es «hombre de buena vida y persona tal que ante todos
los que conocen ha tenido por persona limpia que no ha sido sanbenytado ni
penetenciado ni por el santo oficio castigado… y que son habidos por buenos
hidalgos… limpios de toda raíz». El segundo testigo es Pirro Boqui, quien
jura que los Cervantes «no han sido de casta de moros ni de judios ni tiene raça
ninguna de ellos, antes los tiene por cristianos viejos, limpios de todos sus
aguelos ansi de parte del dicho Rodrigo de Cervantes como de la parte de la
dicha doña Leonor de Cortinas». El tercer y el último testigo es Francisco
Musaqui, conoce igualmente a Rodrigo y Leonor, y sabe que Miguel es su
hijo y son hidalgos. Consecuentemente, Rodrigo mismo jura que «ni yo, ni la
dicha mujer, ni sus padres, ni aguelos, ni los de la dicha muger hayan sido ni
somos moros, judios, conversos ni reconciliados por el Santo Oficio de la
Inquisicion ni por otra ninguna justicia de caso de infamia, antes han sido e
somos muy buenos cristianos viejos, limpios de toda raíz». Huelga decir que
Rodrigo eligió de testigos a Boqui y Musaqui, italianos conocidos en Roma,
quizás porque la información de la limpieza de sangre tenía por finalidad de
surtirse efecto en Roma. Pero no cabe duda que ningún testigo, ni el mismo
Rodrigo manifiesta una noticia documental de la hidalguía de Cervantes. Sea
como fuere, pero es presumible que no la tuviese entonces.
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La muerte habría de llegarle a Rodrigo un trece de junio de 1585 al tener
setenta y cinco años. En su testamento cree firmemente en la santísima
Trinidad, confiesa la Santa Fe católica, pide que con esta carta su señor Jesu
Christo y su bendita Madre le perdonen sus pecados, y pide que le entierren en
el monasterio de Nuestra Señora de la Merced de Madrid.
Por los documentos legales de los que disponemos resulta indudable que
Rodrigo era un hidalgo respetado en su ambiente, un hombre inquieto,
luchador, pleiteante, y creyente de la Santa fe católica que poseía dibujos de
Jesucristo y cruces en su casa. Además, llega a «fingirse» muerto para que su
mujer, una «pobre viuda» obtenga la ayuda oficial que él no podía lograr. Su
vida fue como la de su padre el licenciado Juan de Cervantes y de su hijo
Miguel, un ir y venir por un sinfín de ciudades para poder asegurar el bien de
su familia. En cuanto a sus hijos, vio la riqueza y la pobreza, la felicidad y la
amargura, el desamparo de la fortuna y el dolor de ver a sus hijos batirse lejos
y ser héroes y cautivos. Tampoco sus hijas debieron colmarle de felicidad,
pues rodaron de amante en amante, siguiendo otra vieja tradición familiar,
excepto Sor Luisa de Belén. No obstante, muchas cosas coincidieron en el
transcurso de su triste existencia para afirmar que llevó una vida feliz.
Por fin, hay un dilema hasta ahora inconcebible, es decir, si el licenciado
Juan de Cervantes y su hijo Andrés, el alcalde mayor de Cabra, fueron los
hidalgos de hecho; ¿por qué no ayudaron a sacar a Rodrigo de la cárcel en
Valladolid? ¿Por qué Rodrigo estando detenido en Valladolid no mencionó el
encarcelamiento de su padre el licenciado Juan de Cervantes? para así probar
su hidalguía. ¿Qué sucedió con Andrés de Cervantes, alcalde de Cabra? quien
con seguridad consiguió su puesto debido a las influencias del licenciado Juan,
quien fue alcalde mayor de Cabra en 1541, y que según la ley debería estar en
posesión de la ejecutoria de nobleza. Quizás la dureza del corazón de ambos
contra la rebelde familia fuese tan severa que viviendo en opulencia y disfrutando de sus puestos, olvidaron a sus parientes que pasaban hambre y miseria.
¿Fue una revancha por la separación de sus padres en Alcalá de Henares?
¿Eran judeo-conversos los Cervantes? Tampoco se sabe. Pero la caza de
conversos se ha convertido para algunos investigadores en un deporte apasionante. Y como se han cobrado algunas piezas mayores se les ha despertado el
deseo de cazar la mayor de todas, Miguel de Cervantes Saavedra. ¿Hay
motivos serios para suponer alguna proporción de sangre hebraica en el autor
del Quijote? Su patria, Alcalá de Henares, tenía larga tradición en este aspecto,
pero este dato, por si solo, no prueba nada, sabiendo que la implantación de la
familia allí no era de larga fecha. De sus antecedentes familiares, lo único que
puede deducirse es que hubo dos médicos en la familia: su bisabuelo Juan
Díaz de Torreblanca que según testamento hecho en Córdoba en 1498, era
físico y cirujano, y su propio padre, Rodrigo de Cervantes. Del mismo modo,
es muy difícil probar que Catalina de Cabrera, esposa de Ruy Díaz de Cervantes, bisabuelos paternos de Miguel, perteneciese a la clase noble, ni
tampoco que los Díaz de Torreblanca procediesen del ilustre linaje. A este
indicio añade Américo Castro sus frecuentes traslados de lugar, el casi nulo
favor oficial y sus frecuentes burlas y reticencias hacia los cristianos viejos.
Contra Astrana, cree que los Quijadas de Esquivias eran conversos. Por tanto
lo sería la mujer de Cervantes, pariente de ellos, y también de los descen-
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dientes de Francisco de Rojas. Este argumento, y el de la profesión médica del
padre me parecen tener alguna fuerza. En contra puede alegarse, no la información que obtuvo de limpieza de sangre, que ya sabemos como se obtenía,
sino el tono despreciativo en que habla de los judíos.
Según Astrana, el Manco no se pagó de una ascendencia ilustre; pero
tampoco olvidó nunca que era hidalgo y que por tal quería se le tuviese. Se
deduce esto de hecho de que ni él ni ninguno de sus hermanos hubiera
adoptado el «apellido de la madre». Sin embargo, no se conoce de modo irrefutable el lugar en que radicara su casa solariega, ni hay noticias de su ejecutoria, que, a estilo del tiempo, debería estar escrita en pergamino y sellada con
nuestro real sello de plomo, ni se sabe su particular escudo de arma. Cervantes
fue cordobés por sus abuelos, bisabuelos y tatarabuelos paternos y su ascendencia no pertenecía a la alta nobleza. No tenía ganada una modesta ejecutoria,
aunque por hidalga se la reconociese, y toda la familia provino de la clase
media; gente acomodada un tiempo, que decayó más tarde, hasta el punto de
que algunos de ellos hubieron de ejercer humildes oficios manuales para vivir.
José de la Torre y del Cerro opina que la familia de Cervantes no tenía ganada
ejecutoria de hidalguía, porque, de tenerla, a Rodrigo le hubiera bastado exhibirla o citarla, al momento de ser encarcelado.
Finalmente, la famosa ejecutoria de nobleza de la familia de Cervantes es
una de las trabas más importantes y todavía no aclarada. Ni se deduce de los
ascendientes del propio, ni de testimonio alguno de antiguos tiempos, a pesar
de que el 4 de junio de 1593 Miguel proclama «ser hijo e nieto de personas que
han sido familiares del Santo Oficio de Córdoba».
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La supuesta hidalguía de Rodrigo de Cervantes…
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IV
Estado de la crítica
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PALACIO QUIJOTISTA. ACTITUDES SENSORIALES EN LA
CRÍTICA SOBRE EL QUIJOTE DE LA SEGUNDA MITAD
DEL SIGLO XX
José Manuel Martín Morán
En los últimos cincuenta años de crítica cervantina, como ustedes saben
muy bien, se ha producido una verdadera eclosión de estudios sobre el Quijote:
lo hemos analizado con todos los métodos y desde todas las angulaciones
críticas posibles. Se lo recuerdo a ustedes en el momento en que el tópico del
exordio me impone solicitar su benevolencia ante la síntesis que les voy a
proponer, que no seguirá el camino —quedan advertidos— de la exposición
pormenorizada de las ideas de los críticos, sino el de su agrupación en movimientos y tendencias analíticas, a sabiendas de que así sacrifico la complejidad
de los razonamientos en aras de la evolución diacrónica de los mismos.
Mi primer impulso clasificatorio fue el de reunir las contribuciones críticas
en compartimentos estancos, cajones separados de un armario imaginario que
enseguida se reveló insuficiente, por lo que tuve que ir ampliando el espacio
hasta construir una entera casa, un verdadero palacio del cervantismo, en el que
cada tendencia crítica tiene su propia habitación. Esto me permitió disponer las
habitaciones en torno a tres diferentes pasillos, correspondientes a otras tantas
sensibilidades críticas, de las que enseguida les hablaré, y que a mí me parece
que contienen las múltiples variedades de enfoques; así tendremos, por un
lado, el pasillo de quienes propenden hacia el contexto en que nace la obra, por
otro lado, el de quienes analizan la estructura del texto y, por el otro, el de
quienes proyectan todo un sistema de ideas sobre el texto. Los tres corredores
confluyen, como en toda casa moderna, en un recibidor, que es el lugar que he
reservado para los últimos años de la década de los 40, desde el que se puede
ver el desarrollo de los tres corredores.
Antes de invitarles a visitar mi casa, que es la suya, quiero advertirles de
que no hallarán en ella una habitación reservada a las ediciones del Quijote, ni
a las instituciones cervantinas, sean ésas asociaciones o revistas, y que tampoco
encontrarán un espacio para los estudios bibliográficos. Les diré, eso sí, que
para proyectarla me inspiré en los planos de quienes ya habían levantado otras
mansiones cervantinas, como Close [1978, 1995, 1998a], Moner [1988b,
1999], Johnson [1995] y Montero Reguera [1997, 1998], y que la mayor parte
de los materiales, o mejor, la referencia a ellos, la encontré en la utilísima
Bibliografía del Quijote de Jaime Fernández [1995, en cd-rom 1998]. Ahora
que he cumplido con la obligación del exordio y ustedes disponen del plano de
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la casa, podemos comenzar nuestra visita, echándole un vistazo al exterior del
palacio.
LA HERENCIA DEL CERVANTISMO
DE LA PRIMERA MITAD DEL SIGLO
A diferencia de otras épocas, el cervantista que a finales de los 40 se
enfrentaba al Quijote —con la finalidad, tal vez, de participar en los numerosos
actos de homenaje del 47—, tenía ante sí el rico y exhaustivo panorama crítico
de las décadas anteriores, cuyos resultados no podía ignorar. La interpretación
había dejado de ser libre; los trabajos de la crítica historicista y positivista le
habían marcado unos cauces que impedían cualquier desvío hacia los fértiles
terrenos de la fantasía, donde otrora retoñara la hierba esotérica del siglo XIX.
Las sucesivas ediciones del Quijote de Rodríguez Marín [1911-13, 1916-7,
1927-8, 1947-8], si no habían establecido un texto definitivo, habían contribuido a aclarar notablemente sus puntos oscuros y, lo que es más importante,
a devolverle la centralidad al texto. También Ortega [1914] había vuelto al
texto y sus características técnicas y estéticas, y con él Toffanin [1920], De
Lollis [1924], Savj-López [1913], Madariaga [1926], etc. Por si fuera poco, la
reivindicación de la figura intelectual y artística de Cervantes llevada a cabo
por Castro [1925] había privado de cualquier fundamento a la especie del
«Cervantes, ingenio lego». La primera consecuencia de esta labor de conjunto,
en vísperas de las celebraciones del cuarto centenario del nacimiento de Cervantes, era que habían dejado de tener sentido, como apuntaba al principio, las
interpretaciones que no tuvieran en cuenta el rigor del método y los resultados
alcanzados; habían desaparecido como por encanto los esotéricos y los quijotistas, es decir, los críticos que admiraban la obra y despreciaban al autor; el
primero de ellos había sido Avellaneda, el último Unamuno —Nabokov [1983]
podría ser considerado como un resucitado, un revenant que huye de la luz de
la crítica contemporánea—. Pero los hechos se encargarían de desmentir prontamente estas róseas previsiones de la víspera: nada más iniciarse el periodo del
que me ocupo, la crítica visionaria volverá por sus fueros, cargada de connotaciones ideológicas y no pasarán muchos años antes de que el esoterismo
resurja, aunque sin la fuerza de antaño, y se infiltre subrepticiamente en
ámbitos hasta entonces libres de sospecha.
La segunda consecuencia de la depuración del panorama crítico fue su
reclusión en ámbitos universitarios, a causa justamente de la mayor especialización requerida. El feliz diletantismo de autores como Valera, Ortega, Madariaga, Unamuno y, si se me apura, el propio Castro se había vuelto imposible;
en efecto, desde 1947 para acá, se pueden contar con los dedos de la mano los
críticos del Quijote procedentes de ámbitos extrauniversitarios, y cuando se
han atrevido a intervenir, salvo en raras excepciones —Rosales [1960]—, sus
opiniones pasaron sin pena ni gloria —Salinas [1958], Nabokov [1983], Benet
[1980]—, o se limitaron a reproducir los juicios de los especialistas —Torrente
Ballester [1975], Fuentes [1976], Goytisolo [1977, 1982, 1985, 1999]—. Este
fenómeno, que, ¿para qué dudarlo?, tiene aspectos positivos, como el ya citado
de la mayor especialización en el acercamiento a la obra, ha producido, como
contrapartida inevitable, el alejamiento entre la interpretación académica, cada
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vez más técnica y sectorial, y la extraacadémica, por lo general anclada en la
interpretación romántica.
EL EQUÍVOCO
DEL
QUIJOTE
Y dado que estamos hablando de la lectura del Quijote fuera de las aulas,
habrá que señalar otro aspecto característico de su recepción en esta última
mitad de siglo. Como recuerda Eco [1990], podemos tratar un texto literario
básicamente de dos modos: podemos interpretarlo o podemos utilizarlo para
algo; pues bien, en estos últimos 50 ó 60 años, el Quijote ha sido uno de los
materiales de construcción preferidos por los arquitectos ideológicos de todas
las tendencias y escuelas. El franquismo quiso usarlo como armazón de la
identidad nacional, pero años más tarde, uno de los admiradores del miles hispanicus gloriosus —según rezaba el vítor en su aplauso de la fachada de la
catedral de Salamanca—, el general Pinochet, prohibió su lectura y publicación
(Manguel [1998]). A veces, el Quijote ha sido compañero de la metralleta, el
Che lo usaba como libro de cabecera, y el subcomandante Marcos, discípulo
aventajado, lo imita en nuestros días en la selva lacandona. Tirios y troyanos
lo usan como más les conviene, y todos lo leen como lo leían los románticos,
acomodándolo a sus ideas.
En mi repaso de las interpretaciones del Quijote de los últimos cincuenta
años, no tendré en cuenta la utilización del texto para fines políticos, pero no
podré eximirme de considerar la que de él se hace para fines supuestamente
científicos. Y si la lectura política del texto consigue atribuirle significados
contrastantes, no le va a la zaga la lectura científica; del Quijote hemos hecho
una biblia del liberalismo (May [1947]), del conservadurismo (De Lollis
[1924]), del comunismo (Osterc [1963, 1972, 1981, 1987], Garaudy [1989]);
a través de las aventuras del caballero loco, Cervantes expone sus convicciones en el campo de la moral y la religión y se manifiesta como contrarreformista (Descouzis [1966, 1973], Moreno Báez [1948, 1968]), erasmista
(Bataillon [1928, 1937, 1973], Castro [1925], Vilanova [1989]), cabalista
(Aubier [1966]), cripto judío (Rodríguez [1978, 1981]); los principios estéticos
que regulan la obra de arte que es el Quijote provienen del manierismo
(Camón Aznar [1948], Moreno Báez [1948, 1968], Orozco [1980, 1992]), del
renacimiento (Maravall [1948, 1976]), del barroco (Hatzfeld [1927], Casalduero [1949, 1967]); el género literario que le presta su código es el libro de
caballerías (Menéndez Pelayo [1941], Menéndez Pidal [1920], Palacín Iglesias
[1968, 1981], el diálogo renacentista (Criado de Val [1955], Jauralde Pou
[1982], Rodríguez [1995]), la novela moderna, la sátira menipea (Socrate
[1974], Parr [1988]), etc. Puede no tener nada de extraño que diferentes intérpretes propongan interpretaciones opuestas de la misma obra, pero no deja de
ser curioso que lo haga el mismo crítico, a distancia de años —todo hay que
decirlo—, y así por ejemplo, Castro primero lo leyó bajo la lente del erasmismo [1925] y luego bajo la de la angustia vital del converso [1957];
Maravall, por su parte, primero lo interpretó como un texto utópico [1947] y
luego contrautópico [1976].
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CONTEXTO, TEXTO Y PRETEXTO. TRES
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SENSIBILIDADES CRÍTICAS DIFERENTES
Si los críticos mencionados han podido mantener tesis encontradas y para
todas, como es obvio, han hallado un sustento textual, quiere decir que la multiplicidad de niveles de sentido, o la ambigüedad del texto en la exposición de
los contenidos, las hace posibles todas ellas. Todo lo cual plantea un problema
de método, que tal vez no pueda ni deba ser analizado en este momento, pero
que apunta hacia una característica de la crítica del Quijote en el siglo XX, y
es que, a menudo, bajo la apariencia de objetividad textual se ha ocultado la
subjetividad del crítico. Entre estos dos extremos, el objeto-texto y el sujetocrítico, oscila el péndulo de la lectura del Quijote del último periodo; claro que
no sería difícil ampliar el razonamiento a otros periodos y otras obras; al fin y
al cabo estamos hablando de uno de los problemas centrales de la crítica literaria: la relación que el sujeto lector mantiene con el objeto leído. Concretamente, por lo que respecta al Quijote, la relación entre el objeto y el sujeto es
la que, a mi entender, determina las dos grandes interpretaciones históricas: por
un lado, la que recupera la lectura del momento histórico en que apareció la
obra, por considerar que es la única legítima para comprender el objeto; y por
el otro, la que proyecta sobre él las ideas del momento actual, es decir, la que
considera que el texto vive en el sujeto lector.
Desde siempre, como es sabido, las dos grandes interpretaciones del
Quijote han sido inconciliables —veremos más adelante que hacia los años 70
algunos críticos intentarán alcanzar una síntesis de las dos—; lo son hasta tal
punto que, en aras de la justicia equitativa, han procedido a la división de los
diferentes planetas temáticos del universo hermenéutico del Quijote en dos
hemisferios equipolentes: y así por ejemplo, en lo tocante a las modalidades
genéricas del texto, la primera lo considera como obra cómica y la segunda
como obra seria; mientras que la altura moral de los significados para la
primera no va más allá de la trivialidad cotidiana y para la segunda expresa
valores transcendentes y universales; el protagonista es un pobre loco para la
primera y un héroe para la segunda. Las dos interpretaciones llegan incluso a
repartirse amigablemente los siglos del cervantismo, el XVII y el XVIII para la
primera, el XIX y parte del XX para la segunda. Pero ha llegado el momento de
matizar levemente las afirmaciones vertidas hasta aquí, pues, si bien se mira,
la escisión temática y cronológica de las dos grandes líneas interpretativas no
siempre resulta tan nítida (Rico [1990] dice que han coexistido desde siempre),
y lo es mucho menos cuando nos detenemos a considerar su efectiva articulación en las opiniones de los críticos. Con todo, la formulación sin matices es
la que predomina entre los estudiosos del cervantismo y la que, no sin cierto
humor, refleja Mandel [1958] en su clasificación de los críticos en duros y
blandos, y Close [1978], cuando se aleja a sí mismo, el autor, un duro que
revisa las interpretaciones ajenas, de la materia de su libro, la crítica blanda. A
mi modo de ver, y aquí adelanto una de las posibles conclusiones de este
trabajo, la división tajante entre las dos interpretaciones históricas, que puede
tener sentido para la crítica anterior a 1947, ha sido superada en la última
mitad del siglo XX; no digo que las dos grandes líneas de lectura hayan desaparecido, sino que, excepto en contadas ocasiones, han cedido el primer plano
en los estudios cervantinos a otros tipos de lectura, más o menos contami-
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nados por ellas, pero radicalmente distintos. En la variedad, diría más, en la
exuberancia de puntos de vista críticos sobre el Quijote se aprecian, como es
lógico, diferentes concepciones de la literatura, de los clásicos, de la crítica literaria, e incluso de la didáctica de la literatura. El factor aglutinante de todas
ellas hay que buscarlo, creo yo, más que en una suma de diferentes concepciones, en una actitud para con el texto. Por ello me permito sugerir una nueva
clasificación de las tendencias de la crítica, la que inmediatamente les expongo,
no sin antes contarles cómo nació la idea. Una ponencia me mandó hacer Cervantes, digo, la Asociación de Cervantistas, sobre el quijotismo del último
medio siglo; pero esto ustedes ya lo saben; lo que no saben es que en el intento
de justificar el por qué de esta ponencia, o figurarme a quién le podía interesar
un resumen de lo dicho por otros, di en imaginar que, si por un extraño cataclismo desaparecieran todas las copias existentes de la obra —el milenarismo
cundía por entonces—, alguien podría llegar a reconstruirla a partir de las
lecturas críticas. Mi labor, por tanto, quedaba justificada como intento de integración de esas percepciones parciales en una holografía completa de la obra,
que tuviera en cuenta todos los sentidos corporales, porque un libro se ve, se
toca, se oye y —he de corregirme— raramente se huele o se saborea. Y así, con
la conciencia un poco más tranquila, acometí la labor, en cierto sentido,
análoga a la de Pierre Menard: reconstruir una imagen del libro en sus lecturas
críticas que fuera igual pero distinta a la de sus críticos.
Antes de seguir adelante he de aclararles la concepción del texto literario
que me sirve de fundamento. Un texto nace como tal en diálogo con una tradición y un canon literarios, y con las circunstancias históricas, sociales y personales del autor, y cobra nueva vida en la interpretación de su lector, que
puede ver reflejadas en él sus propias circunstancias. Hay, pues, en la base del
texto una suerte de continuum discursivo formado por tres diferentes segmentos que podrían formar parte del ámbito de la significación de la obra: a)
el contexto, b) el texto y c) el pretexto, que yo entiendo como a) el conjunto de
circunstancias contemporáneas que hacen posible y explican la obra, b) el
texto, c) las circunstancias de la lectura, entre las que incluyo la intención del
lector; en correspondencia de esos tres segmentos, se pueden verificar tres
diferentes actitudes del crítico, según que preste mayor atención a uno o a
otro. Yo he creído captar ciertas diferencias de sensibilidad en los cervantistas,
que dependen del predominio de un sentido corporal determinado en relación
con los tres segmentos aludidos, y así tendríamos: a) el crítico auditivo que
escucha el texto para percibir los ecos del contexto histórico y social; b) el
crítico táctil que pretende tocar con su mano la disposición de las partes del
texto; y c) el crítico visual que vislumbra contenidos trascendentales en la
obra, elementos de un panorama ideológico que la lente del texto permite ver
con mayor claridad. A cada una de estas grandes familias de intérpretes cervantinos les he reservado un pasillo de la casa, con diferentes habitaciones. El
prototipo del crítico auditivo sería Castro [1925] con su auscultación del eco
erasmista del Quijote, el táctil Casalduero [1949] que manipula y ordena los
elementos textuales, y el visual Aubier [1966] que proyecta la cábala en el
Quijote. La distinción no siempre resulta tan clara; los sentidos empleados en
la percepción del texto pueden ser más de uno, porque el crítico puede pasar
del contexto, al texto o al pretexto, según las exigencias de su argumentación,
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y empezar, por ejemplo, con un análisis táctil para desviarse al final hacia
consideraciones visuales, como sucede, sin ir más lejos, con Casalduero
[1949]. O sea, que en mi palacio cervantino algunas habitaciones están dotadas
de dos puertas (alguna incluso tres): una da a uno de los pasillos y la otra a
otro. Mi clasificación de la crítica, como ven, cubre los tres sentidos que necesitaba aplicar para la reconstrucción conjetural del Quijote; el instrumento,
por lo tanto, parece adecuado a su finalidad.
A modo de justificación de las tres tendencias de los sujetos lectores, hay
que decir que los tres segmentos del continuum parecen estar incluidos en el
objeto y con ellos las correspondientes actitudes sensoriales del autor hacia su
obra: la atención al contexto resulta evidente no solo en la sensibilidad del
narrador del Quijote para con los elementos de la realidad, sino también en su
capacidad de reproducir auditivamente los discursos contemporáneos sobre
poética, literatura, sociedad, etc. La preocupación táctil por el texto, por su
coherencia y su estructura, se trasluce en la distancia adoptada por el narrador
para con la narración, su crítica del autor arábigo y sus decisiones, la justificación de la interpolación de novelas, etc. Y por último el pretexto ¿cómo no
incluir en ese segmento la utilización del Quijote de 1605 por el de 1615, o un
personaje —Alvaro Tarfe— del de 1614 como legitimación de la autenticidad
del de 1615? Con esta operación, Cervantes demuestra poseer la misma sensibilidad que los críticos visuales, pues hace derivar una realidad compleja
—todo un texto, o bien, si queremos la autoría del mismo— del texto previo,
que es lo que los críticos del pretexto hacen, cuando proyectan todo un sistema
de ideas, un panorama intelectual, sobre la obra que leen.
He llegado al final de este largo excursus en que he podido desahogar mi
impulso clasificatorio, separador, definidor del maremágnum de libros,
artículos, ediciones, reseñas, de tema quijotesco de este último medio siglo,
con la satisfacción de haber rehuido la enunciación del tópico de inefabilidad
referido a la mole de estudios, pero, como ven, he decidido recuperarlo in
extremis, antes de dar un paso atrás, tras tanta palabrería, y anunciarles la subsistencia de la división tradicional de la crítica en duros y blandos para los
primeros años del periodo que nos toca examinar.
RESABIOS
ROMÁNTICOS EN LOS CRÍTICOS NACIONALISTAS
Ha llegado el momento de que les invite a conocer el palacio cervantino y
que cada uno de uds. pueda acomodarse en la habitación más adecuada, esperando que la compañía no les desagrade. Bien, pues este es el recibidor, la
sala reservada para el final de los años 40: las dos interpretaciones clásicas se
presentan puntuales a las celebraciones del cuarto centenario del nacimiento de
Cervantes, que es la fecha en que convencionalmente comienza mi análisis. En
los trabajos a que dieron lugar las mencionadas celebraciones no es difícil
reconocer la impronta de las tres diferentes sensibilidades de mi clasificación.
Y así, si la retórica franquista aprovecha el personaje de don Quijote para resucitar la interpretación romántica, en versión corregida y aumentada, le responden desde la otra orilla, la de la interpretación cómica, Auerbach [1946] y
poco después Parker [1948]. A la exaltación visionaria del caballero ejemplar
y cristiano de los padres Olmedo [1947] y Gonthier [1962], años más tarde, y
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de otros como Montolíu [1947], Amado Alonso [1948a], Navarro González
[1957], se contrapone el análisis táctil, exquisitamente literario de Auerbach,
que critica el afán de búsqueda de significados transcendentes en el Quijote y
se plantea la importancia de la obra para la historia de la literatura. La lectura
nacional-católica —consiéntaseme la etiqueta, tal vez un tanto restringida, si
incluimos en ella a Amado Alonso— comparte dos de los presupuestos críticos
de la lectura romántica identificados por Close [1978]: a) idealización del personaje, b) proyección sobre el personaje y el libro de valores trascendentes
relacionados con el presente del crítico, y le añade por su cuenta c) la asimilación, y a veces la identificación explícita, entre don Quijote y Cervantes,
como en Sánchez Castañer [1948] y Montero Díaz [1957]. Don Quijote se
convierte en el paladín del catolicismo tridentino (Camón Aznar [1948] y sobre
todo Descouzis [1966, 1973]) y en el epítome del imperio español: su voluntad
doblega la realidad (Camón Aznar [1948] y aún Palacín Iglesias [1981]).
Hasta ellos llegaba el generoso caudal romántico, enriquecido en el curso
de los años por afluentes de menor entidad, como la visión mítica y santificadora de don Quijote por parte de Unamuno, que recoge, entre otros, Sánchez
Castañer [1948]; visión que Fernández Suárez [1953] presenta veteada de un
nacionalismo muy adecuado al momento histórico, con alguna extravagancia
como la conversión en mitos de Rocinante y el rucio. De modo que a los
críticos de estos años —pero esta tal vez sea una definición excesiva— les
basta con amalgamar convenientemente los ingredientes que les llegan de la
tradición para obtener la papilla de la formación del espíritu nacional.
EL HISTORICISMO
DE
MARAVALL
A caballo entre la visión idealizadora y la auscultación filológica del texto
que reconstruye el ambiente cultural, histórico y social en que nace, está la
obra de Maravall [1948], una de las más influyentes del siglo. Maravall
escucha el texto del Quijote y percibe los ecos del pensamiento social contemporáneo —tal y como hiciera Castro [1925] con el pensamiento erasmista
y reformador—, y luego se remonta al origen de esas voces, para escucharlas
en su enunciación primera en las obras de los arbitrististas, pensadores y moralistas del periodo, y terminar delineando, con acción propia de la crítica visual,
la utopía que sustenta los planteamientos del autor. Reconstruye así una suerte
de perfil intelectual de Cervantes, a partir de las tensiones ideológicas que
percibe en el texto: por un lado el pensamiento reformador del Medioevo que
aún pervive y por el otro el estatalismo de la sociedad burocrática del Renacimiento. Cervantes propone, según Maravall, un método utópico, «el humanismo de las armas», basado en los libros de caballerías como instrumento de
ascesis personal; las derrotas, los golpes y los desengaños tienen la finalidad de
acendrar la virtud de don Quijote y subrayar la necedad de un orden social que
no acepta la altura de miras de sus ideales. En la revisión de su libro aparecida
en 1976, Maravall invierte completamente el planteamiento:
En la primera redacción de este presente libro tendí demasiado a aproximar la línea de
la mentalidad quijotesca al propio pensamiento del autor, a pesar de alguna referencia en
contrario. Pienso que no solamente hay que distinguir ambas cosas, sino que hay que
acentuar la distancia entre ellas. De esta manera, llego a afirmar, en esta nueva redacción,
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que Cervantes escribe para levantar una cortapisa a la amenazadora difusión de un tipo
de pensamiento que había perdido la energía reformadora que le era propia, viniendo a
quedar como un refugio de escape hacia el que tendía todo un sector de la sociedad
española.
Con esta declaración, Maravall separa lo que Castro [1925] había unido en
la «genial hipocresía» de Cervantes: la utopía de los valores reformadores
renacentistas que provienen de la edad Media y la contrautopía de afirmación
de la realidad presente.
LA ESTILÍSTICA
Si nos rigiéramos por la ley de la economía de palabras para un máximo de
rendimiento —ley que, dicho sea de paso, convendría implantar en nuestro
campo cervántico—, una mención de honor iría, sin duda alguna, para Spitzer
[1948], uno de los trabajos más influyentes de todo el cervantismo, cuyas
raíces no es difícil reconocer en el fundamental estudio de Hatzfeld [1927]. La
idea de la que parte Spitzer para su análisis estilístico del Quijote —el perspectivismo de la visión del mundo en Cervantes presente a todos los niveles
del relato— no era original; en su artículo, Spitzer trata de dar fundamento
textual a una intuición de Castro [1925] acerca de la realidad oscilante del
Quijote, que ya se encuentra en Ortega [1914] cuando propone como clave
semántica de la novela no tanto la realidad que refleja como las interpretaciones que ésta suscita. Para Spitzer el perspectivismo es el gozne en torno al
que giran todos los elementos narrativos, desde la lengua usada por los personajes hasta la concepción del mundo de su autor, o el reflejo de la sociedad de
su momento, pasando por la estructura narrativa. Con el perspectivismo, según
Spitzer, Cervantes equilibra la tendencia disgregadora propia de su tiempo; y
esto es concretamente lo que hace también el crítico con el Quijote: gracias al
concepto, equilibra en una estructura armónica y omnicomprensiva la tendencia disgregadora de la escritura cervantina, de modo que las vacilaciones en
los nombres de los personajes y las cosas —lo que él llama polionomasia y
polietimología—, o incluso alguna incoherencia narrativa, pueden responder
simplemente al impulso de tratamiento y ordenación del caos externo. Añade
Spitzer que el perspectivismo aleja al autor de sus personajes, estableciendo esa
distancia irónica, que será objeto de los estudios sobre la técnica narrativa del
Quijote. Spitzer lleva a cabo un análisis táctil de la obra, cuando comprueba en
contacto directo con el texto una serie de fenómenos, e inmediatamente los
pone en relación, con actitud ciertamente visual, con el panorama artístico y
social del momento. La estilística de Spitzer, como se habrá podido constatar,
no deja de tener ciertas afinidades con el historicismo de Maravall; utilizaré la
exposición de los planteamientos de Casalduero [1949], otro crítico táctil, para
tratar de evidenciarlas.
Los historicistas, viejos y nuevos, buscan analogías entre el texto del
Quijote, o sus fragmentos, y documentos de la historia social de la época. La
comparación entre los dos elementos resulta esencial para ascender un nivel en
la escala de la abstracción y poder establecer el mismo paralelo entre el sistema
de ideas del documento seleccionado y el Quijote entendido en su globalidad.
Un procedimiento análogo es el que informa la estilística de Casalduero
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[1949]; también Casalduero, que he clasificado entre los críticos táctiles, establece paralelos más propios de los visuales, a decir verdad, entre sistemas de
conceptos, como barroco, gótico o renacimiento, y lo que él llama la estructura
del Quijote. Cambia el término de la comparación, por lo general escogido en
el ámbito artístico, y cambia también el método: Casalduero procede por
inducción, va del texto al sistema de ideas, cuando rastrea la clave abstracta de
interpretación de algunas características estructurales. Maravall, en cambio,
suele proceder por deducción y busca en la obra la huella de unas líneas de
pensamiento concretas, como el reformismo o el humanismo. De la diferente
orientación del movimiento interpretativo surge la diversidad de planteamientos y el desplazamiento del énfasis hacia el texto o el contexto, que a
Maravall le llevan a embutir en el Quijote dos épocas históricas, Medioevo y
Renacimiento, y a Casalduero a proponer toda una serie de simetrías, ritmos,
centros, círculos, etc., que luego extrapola del texto hacia los movimientos
artísticos. De manera que si en Maravall podemos ver aún un procedimiento
auscultatorio de reconstrucción del contexto original del texto, en Casalduero
estamos ya en la zona táctil del análisis textual que caracteriza cierta crítica de
los años 70 y 80.
Vemos ya delinearse las tres grandes tendencias del cervantismo: el interés
por el texto que acabamos de observar en las posiciones de Casalduero y
Spitzer, y que vimos brevemente en las de Auerbach, el énfasis en el contexto
como elemento indispensable para comprender mejor la obra de Maravall y la
utilización del texto como un pretexto para afirmar valores actuales, de identidad personal o nacional. Aún nos falta un elemento imprescindible para el
desarrollo del cervantismo; me refiero al existencialismo de Américo Castro,
que habría que incluir en la actitud auditiva.
CASTRO Y EL EXISTENCIALISMO
En sucesivos artículos publicados a partir de 1941, luego recogidos en
Castro [1957], don Américo cambia su interpretación del Quijote. La nueva
visión de la historia de España y la identidad de los españoles, como resultado
del diálogo entre las tres culturas y las tres religiones que habitaron la península, le hace modificar radicalmente su lectura del Quijote. Ya no se trata de la
obra de un autor renacentista, humanista y melancolizado por la Contrarreforma, que se sirve del estoicismo y el erasmismo para dar expresión a sus
ideas reformadoras, aun teniendo buen cuidado de ocultarlas bajo el manto
contrarreformista; en su nueva visión, el estoicismo y el erasmismo no son el
fin, sino el medio para la expresión de la angustia existencial del autor. Cervantes, dice ahora Castro, nos ofrece un personaje en su fluencia vital, en su
constituirse en cuanto tal; don Quijote es una entidad abierta a las incitaciones
de su ser interior y del mundo; esta es la novedad de la novela de Cervantes;
el nuevo estilo del Quijote consiste en hacer independiente al protagonista de
los dos grandes modos de representar una vida: el monologismo apriorista y
enjuiciador de Alemán, y la transcendencia de ideas del Amadís. La novela
moderna nace de ahí, de la posibilidad de reflejar en acciones humanas el
diálogo entre la exterioridad condicionante y la interioridad que se sabe fuerte
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en su proyecto de vida y que ha de dialogar con el mundo, sobre la base de la
incitación externa recibida a través de la ilusión, del querer ser.
El fino oído crítico de Castro, que ya había logrado discernir las modulaciones erasmistas y reformadoras del Quijote, consigue ahora penetrar en los
retretes del alma del caballero y descubrir esa angustia existencial del cristiano
nuevo que le impulsa a la acción y que deriva en última instancia del conflicto
de castas (Castro [1961, 1966, 1967, 1971]). Pero como quiera que esa condición era la misma que vivía Cervantes en cuanto descendiente de conversos,
eso le permite concluir a Castro que la novela moderna nace de la angustia
existencial de un cristiano nuevo en la España del Siglo de Oro.
IDEAS
COMUNES EN TORNO AL
47
Las tres grandes tendencias, con sus diferentes declinaciones, dieron origen
al quijotismo de la segunda mitad del siglo XX. Los hallazgos más importantes de cada una de ellas —que a veces se remontan, todo hay que decirlo, a
décadas anteriores— han sido asimilados por las otras, en un proceso de
ósmosis recíproca, del que ha surgido un terreno común, sobre el que se han
instalado las lecturas especializadas de los últimos decenios. Ese terreno
común ya parecía bastante consolidado en estos primeros años, cuando se
produjo una especie de tácito consenso sobre ciertas posiciones.
Seguiremos las huellas de cada una de las tres grandes tendencias, con
sus diferentes ramificaciones, en las próximas páginas. Pero antes, nos detendremos un momento, si ustedes me lo conceden, a analizar los presupuestos
comunes de las tres posiciones críticas en este comienzo del periodo, porque en
ellos se encuentran las bases del desarrollo futuro de la crítica. Es más, me
arriesgaría a decir que algunas de las ideas modernas del cervantismo se
encuentran ya esbozadas e incluso desarrolladas en estos primeros momentos.
Para las tres tendencias básicas, el Quijote narra el conflicto del hombre
con la sociedad y el intento de aquél de transformarla, que es el fundamento
del imperio español para los nacionalistas, el de la novela realista en clave
cómica para Auerbach, el de la utopía para Maravall, el del destino del hombre
para Casalduero y para Castro el de la incitación. En ese conflicto se percibe
el choque entre dos culturas, que los nacionalistas ven como materialismo e
idealismo, Maravall como Medioevo reformador y Renacimiento burocrático,
Casalduero como Gótico y Barroco, y Auerbach como estilo sublime y estilo
bajo. La idea de la maduración del individuo en su conflicto con la sociedad,
en su lado intimista, informa también el existencialismo de Castro, se hace
extensiva más o menos, bajo diferentes formas, a todas las lecturas posteriores
y encuentra su más completa realización en los críticos que siguen la línea dialógica de Bajtin.
Además de los contenidos comunes que acabo de señalar, se registra una
predisposición hacia el texto común a todos, si exceptuamos a Auerbach y
Parker: todos captan, un tanto románticamente, la excedencia de significados
de la obra e intentan reducirla de diferentes modos: los nacionalistas la
recluyen en la ideología de la era triunfal, Maravall en el contexto históricosocial, Casalduero en símbolos y geometrías que conectan con los grandes
movimientos artísticos, Spitzer en la indeterminación epistemológica del
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periodo y Castro en el conflicto de castas. Para todos —sigo excluyendo a
Auerbach y Parker— el Quijote es un texto estructuralmente cerrado, una
unidad de sentido, que no se agota, que no se puede agotar en sí misma. El
paradigma de esta concepción es el análisis de Casalduero, que ve en la forma
circular de la obra el símbolo del destino universal del hombre, o sea que,
parafraseando al gran ausente ideólogo del momento, nada le hubiera costado
decir que «el Quijote es una unidad de destino en lo universal». Dicho de otro
modo, resulta evidente en el cervantismo español de postguerra el condicionamiento, como aceptación o reacción, de la ideología del momento histórico,
efecto del predominio de la actitud visual sobre la táctil, a diferencia de lo que
ocurre con los hispanistas, Auerbach, Parker y, en cierta medida, Spitzer, que
no se dejan desviar de la aplicación rigurosa de un método.
SUMARIO
DE DESARROLLOS FUTUROS
Como les decía la principio, desde el recibidor de la casa se puede ver la
larga perspectiva de cada uno de los tres corredores; en otras palabras: las
grandes tendencias de este momento inicial, separadas como hemos podido ver
por la diferente colocación geográfica de sus enunciadores, han tenido, como
es lógico, sus continuadores y han dado lugar a las grandes líneas del cervantismo de las décadas siguientes. La interpretación táctil de Auerbach, que
recogía algunas sugestiones de la lectura del Quijote de Valera [1864], como la
crítica de la visión filosófica que en Parker [1948] se convierte en la visión
romántica, cobrará nuevo vigor hacia el final de los años 60, entre los cervantistas anglosajones, con la tesis del Quijote como «funny book» de Russell
[1969] y Close [1978], y hacia finales de los 70 recibirá el aporte de los
estudios sobre la ironía, la parodia y lo grotesco derivados de las teorías de
Bajtin sobre la cultura carnavalesca. La otra actitud táctil, la estilística, retoño
de finales de los 40 del temprano brote de Hatzfeld [1927], depurada de su tendencia visual, dará pie a los estudios estructuralistas y narratológicos de la
novela. Su preocupación por las técnicas de composición del relato, conjugada con una forma de historicismo, abrirá las puertas a la investigación de la
teoría de la novela en Cervantes, a finales de los 50.
Maravall y su auscultación sociológica del texto dispondrán de nuevos
aparatos teóricos a mediados de los 70, en tierras de Iberoamérica, con el
materialismo histórico de Osterc [1963, 1972, 1981, 1987], Aguirre [1976,
1979], Montserrat [1956]. En el robusto árbol maravalliano vendrá a injertarse, además, una nueva corriente, la del dialogismo bajtiniano. Previamente
conseguirá extender sus ramas a los estudios que parten del folklore, cultivados sobre todo en la dulce campiña francesa, todos ellos particularmente
sensibles a los tonos y los contenidos de los discursos sociales. Otra de las
ramas del árbol maravalliano se entrelazará con las del arbusto formalista, en
su vertiente postestructuralista, sección crítica de la autoridad, que habita en
Estados Unidos, e incluso aceptará bajo su amparo algunas propuestas de la
crítica psicoanalítica, concretamente las derivadas de la teoría del deseo y la
violencia social de Girard.
Las ideas del otro gran auscultador, el primero de todos, Castro, con su
nueva tendencia a la escucha de la voz interior, del tono existencial de la
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sociedad, darán lugar a un filón de la crítica especialmente productivo, el existencialismo (Avalle Arce [1961, 1975, 1976], Rosales [1960]), que encontrará
un aliado en el perspectivismo antes de diluirse en otras lecturas como el psicologismo (Bandera [1974, 1994]), el postestructuralismo (Zavala [1989], El
Saffar [1989]), o incluso el dialogismo bajtiniano.
Los visuales, en cambio, no tendrán descendencia; sus lecturas, demasiado
ligadas al contexto histórico, difícilmente hubieran podido transmigrar a otras
épocas. Les sobrevivirá, empero, su actitud para con el texto, que ya casi no
producirá frutos autónomamente —siempre habrá excepciones como la de
Aubier [1966]—, pero irá a insinuarse en el interior de otros modos y otros
métodos.
EL EXISTENCIALISMO,
DE NUEVO
En las páginas que siguen recorreremos las derivaciones de las actitudes
básicas de la crítica a lo largo de los años, a partir de sus manifestaciones en
torno al cuarto centenario, teniendo presente que, como acabamos de ver, se
produce un fuerte intercambio de ideas entre todas ellas —no sé si les he dicho
que las puertas de las habitaciones no tienen cerradura—, por lo que no será
difícil encontrar posiciones críticas que en principio habíamos adscrito a una
determinada actitud sensorial en un campo sensorial diferente. La permeabilidad de las lecturas aparentemente estancas de un periodo, y concretamente
del final de los años 40, se observa, por ejemplo, en la trayectoria seguida por
la referencia al estoicismo cervantino; es un elemento que probablemente
facilitó la idealización nacionalista del Quijote y procede, como es sabido, de
la vindicación de Cervantes llevada a cabo por Castro [1925], base de todas las
visiones del Quijote de estos años. Apuntaba Castro en El pensamiento de
Cervantes [1925] al naturalismo matizado de estoicismo de los personajes del
Quijote, aspecto luego desarrollado en su nueva interpretación a partir de 1941;
en dicha revisión de las tesis del 25, Castro relaciona con la doctrina estoica la
concepción del ser humano del Quijote basada en la voluntad de ser y el
gobierno de sí mismo y del propio proyecto de vida. De la misma opinión
eran por aquellos años Maravall [1948] y Spitzer [1948]; los críticos existencialistas como el propio Spitzer [1947 y 1962] y Rosales [1960] harán del
estoicismo la piedra angular de la libertad, que a su vez es la clave del Quijote
y de toda la obra de Cervantes.
Para Rosales [1960], don Quijote, y los personajes cervantinos en general,
busca la verdad que todo hombre lleva en su interior, y por eso se rebela a las
convenciones sociales y se refugia en la naturaleza, en busca de la utopía primigenia. La libertad es su arma para alcanzar la felicidad y la justicia, pues
cada uno es artífice de su propio destino; esta idea senequista se halla en la
base de la afirmación contra el mundo de don Quijote. La voluntad de afirmación habita el espacio interior del ser humano, donde la experiencia vital se
desliga de las constricciones espacio-temporales; Cervantes, en opinión de
Avalle-Arce [1976], descubrió anticipadamente respecto a la ciencia del
periodo la importancia de ese castillo interior, que el caballero loco constituye
y defiende con su proyecto de vivir la literatura (Avalle-Arce [1975, 1976]); la
confusión entre literatura y vida, entre el modelo y la propia existencia, nos
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hace un poco quijotes a todos los lectores, pues reconocemos en el caballero
loco la sed de empresas que a veces nos lleva a hacer planes de vida completamente irrealizables.
Morón Arroyo [1976] traza un puente entre el existencialismo y el pensamiento de Ortega, que le lleva a rechazar la causa del existencialismo —la
angustia vital del cristiano nuevo, según Castro— y del erasmismo del Quijote,
tildado simplemente de «leyenda» en Morón Arroyo [1994]; por aquellos años,
en cambio, lo reafirmaba Bataillon [1973], que no aceptaba las tesis de
Vilanova [1950] sobre el influjo directo del pensador holandés en el alcalaíno,
tal y como ya había sostenido en Bataillon [1928, 1937] discutiendo a Castro
[1925]; Márquez Villanueva [1975, 1995] apunta en cambio hacia una visión
crítica del erasmismo por parte de Cervantes en el personaje del Caballero del
Verde Gabán.
LA TEORÍA LITERARIA DE CERVANTES
La atención por el contexto histórico y cultural en el que nace la obra, la
línea auditiva de análisis, suscitada por la reivindicación de la cultura literaria
de Cervantes por obra de Menéndez Pelayo [1905], primero, y sobre todo
Castro [1925], se enriquece en los últimos años de los 50 y primeros de los 60
con los rigurosos estudios de Canavaggio [1958], Riley [1954, 1964] y luego
Forcione [1970, 1972], acerca de la teoría literaria de Cervantes. A pesar de lo
restringido del ámbito de estudio, al menos en comparación con la vastedad de
lo planteado por Maravall y demás historicistas, los tres ilustres críticos no
hallan un acuerdo completo sobre el argumento. Los tres apuntan hacia la preceptiva neoaristotélica como ámbito teórico de la novela cervantina y
defienden la superación del canon clásico en la realización práctica de la
novela —por lo demás, el terreno había sido acotado con esos mismos límites
40 años antes por Toffanin [1920]—, pero toman posiciones divergentes a la
hora de determinar la fuente directa de dichos principios estéticos. Para Riley,
es inútil tratar de precisar la fuente concreta de las teorías narrativas de Cervantes, pues las ideas que expone en sus obras son de dominio general entre los
literatos del periodo; así que lo mismo podrían provenir del Pinciano, que de
los preceptistas italianos (Tasso, Piccolomini, Cinthio y Castelvetro, por orden
de probabilidad). Mayor interés que la búsqueda de la fuente directa de sus
ideas estéticas reviste, según Riley, el proceso de asimilación de las mismas,
que puede haberse debido a la lectura de tratados de retórica y poética, a conversaciones con escritores, a observaciones personales a partir de sus lecturas
de novelas y a su propia experiencia como novelista. Y concluye su análisis de
los planteamientos teóricos vertidos en la conversación entre el canónigo de
Toledo y el cura, y de los aspectos técnicos y estructurales de la obra relacionados con las teorías expuestas, tales como la verosimilitud, la relación entre
historia y poesía, la imitación de los modelos, la unidad y la variedad, etc.,
sopesando la contribución de Cervantes al desarrollo de la novela: la inclusión
de la crítica literaria en el texto, la discusión de la teoría que lo sustenta por
parte de los personajes, le permite al autor proponer en su práctica narrativa
todo un complejo sistema de reproducciones y alteraciones de esos principios
teóricos, de la que el género de la novela resurgirá renovado: de una simple
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distorsión y falsificación de la experiencia humana ha pasado a ser un elemento
fundamental para iluminar su naturaleza.
Canavaggio y Forcione, por su parte, sin descartar la influencia de otros
autores, se arriesgan a proponer el nombre de un autor concreto como fuente
más probable de la estética cervantina: para Canavaggio sería el Pinciano la
fuente principal de las ideas cervantinas; para Forcione, Tasso. Forcione
además subraya la dimensión anticlásica de la obra cervantina (ya De Lollis
[1924] lo había señalado): concretamente en el Quijote no encontramos solo la
adhesión a la estética neoaristotélica, en las palabras del canónigo de Toledo,
sino también la irrisión paródica de la misma, en la disquisición posterior entre
Sancho y don Quijote sobre las necesidades fisiológicas de los encantados.
Por otro lado, las claves teóricas del relato del Quijote no siguen la teoría
clásica de la verosimilitud, sino otra basada en la contraposición entre lo fantástico del romance y el realismo de la novela. No captar esa dimensión
polémica de la obra cervantina, añade Forcione, equivale a negarle a Cervantes
la consciencia teórica de la invención de la novela moderna.
En la misma línea de Riley y Forcione declara situarse Percas de Ponseti
[1975], y, en efecto, ausculta en el texto el eco de conceptos como verosimilitud, unidad y variedad, etc., pero el suyo es fundamentalmente un estudio de
las fuentes de algunos episodios determinantes del Quijote, con exploraciones
en la dimensión simbólica de los mismos que la llevan en más de una ocasión
al borde del esoterismo, como en la interpretación del personaje del Caballero
del Verde Gabán sobre la base del valor simbólico del color verde, o la cueva
de Montesinos como símbolo de la profunda soledad intelectual del individuo,
el misterio de la multiplicidad de rostros de la verdad o del conocimiento
racional del universo, o el mono hablador como símbolo de la mímesis.
Percas de Ponseti se percata de los límites del análisis del Quijote sobre la
base del canon aristotélico; en la obra maestra de Cervantes, en cuanto primicia
de un género no previsto por el canon, hay un excedente técnico que no puede
ser abarcado por los preceptos de la época. Es, por otro lado, un problema
que sienten también sus predecesores en el campo y que deriva, a mi entender,
de la restricción que impone el planteamiento básico de sus investigaciones, si
lo que se pretende es responder a la pregunta «¿es el Quijote la primera novela
moderna?». De ahí que tanto Canavaggio, como Riley o Forcione hayan tenido
que subrayar, más o menos explícitamente, en la conclusión de sus estudios,
que el rastreo de la preceptiva contemporánea no agotaba la trascendencia literaria del Quijote; y en efecto, todos ellos mencionan aspectos técnicos y estructurales que se salen del canon clásico, como la metaliterariedad, o la inversión
paródica de los principios estéticos, o el deslizamiento del énfasis estructural
hacia la contraposición romance / novela. Percas de Ponseti, como ya he dicho,
pone por obra otra estrategia de reducción de la excedencia técnica del Quijote,
concentrándose en el aspecto semántico, con la búsqueda de valores simbólicos
que puedan achicar el agua de la inundación del sentido.
El estudio de la teoría de la novela de Cervantes no necesariamente debía
haber derivado hacia la comprobación de su realización en el Quijote, pero la
tentación de someterla a la prueba del nueve hubo de ser poco menos que irresistible. Los límites de la operación, a mi modo de ver, se deben al hecho de
que para poder dar el salto de la sensibilidad auditiva a la táctil, los estudiosos
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tuvieron que aceptar los siguientes presupuestos: a) que fuera la voz de Cervantes la que se escucha en boca de sus personajes, b) que los conceptos expresados fueran siempre unívocos y c) que el significado de los términos técnicos
usados por Cervantes correspondiera al significado actual de los mismos, lo
cual, como revela oportunamente Martínez Bonati [1993], no siempre es así. Y,
por si fuera poco, a la indeterminación de los principios teóricos, se añade la
escasa operatividad analítica de los mismos. Tal vez a causa de esa esterilidad
interpretativa, esta línea de investigación no ha producido grandes novedades
en los últimos tiempos, si no son algunos retoques a lo dicho por los mismos
críticos citados, como la ampliación del campo conceptual del análisis del
Quijote con la distinción de la crítica anglosajona entre romance y novela. La
dicotomía romance / novela, ya anunciada en la preceptiva aristotélica como
historia / poesía, tal y como señala Wardropper [1965], es la clave del Quijote,
según Forcione [1970]; Riley [1973, 1989] la recoge como elemento fundamental de la teoría de la literatura de Cervantes, y señala (Riley [1980, 1981a,
1981b]) la aparente inclinación del alcalaíno por la forma idealizada (también
Robert [1972]; para Allen [1986], se trata de no oposición al género), de la que
la novela no es más que una evolución, la misma que se puede apreciar en toda
la narrativa de Cervantes desde el idealismo al realismo, o, al menos, eso es lo
que sostiene Riley [1989], invirtiendo las conclusiones de El Saffar [1975].
Han estudiado los restos de romance caballeresco en el Quijote Williamson
[1986], Hart [1991], Dudley [1997].
EL PERSPECTIVISMO Y LA ESTILÍSTICA
Desde mediados de los 60, pero sobre todo a partir de los 70, toman cuerpo
en el cervantismo los nuevos métodos de análisis del texto a que dieron pie en
occidente el descubrimiento de los formalistas rusos y la difusión de las teorías
de Bajtin, por obra de la nouvelle critique francesa. A decir verdad, el terreno
para la implantación de las nuevas perspectivas críticas había sido convenientemente abonado por la estilística, en Europa, y el new criticism, en Estados
Unidos. Ya he mencionado el libro de Hatzfeld, en los años 20, y los trabajos
de Spitzer y Casalduero, a finales de los 40; pero no hay que olvidar los
artículos de Amado Alonso [1948b] y Dámaso Alonso [1950], que no por
breves tuvieron menos influencia en la crítica posterior. El de Amado Alonso
sobre las incorrecciones lingüísticas de Sancho, concretamente, abrió las
puertas a la confrontación de la cultura escrita y la cultura oral como clave
estructuradora del Quijote, que será tratada sobre todo por la crítica francesa.
El de Dámaso Alonso acerca de las vacilaciones en la personalidad del
escudero recogía una invitación de Madariaga [1926] y la pasaba a los críticos
venideros con una leve corrección: no existe progresión psicológica en Sancho,
sino manifestación desordenada de dos pulsiones de su personalidad: la una lo
lleva hacia el ideal, la otra hacia el provecho personal.
Pero en lo tocante a repercusiones en la crítica posterior, la palma se la
lleva el ya citado artículo de Spitzer [1948] acerca del perspectivismo lingüístico. Son tantos los críticos para los que el perspectivismo constituye el crisol
del pensamiento cervantino en el Quijote que hay incluso quien ha propuesto
reservarles un apartado en una hipotética clasificación de la crítica cervantina
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(Efron [1971]); en dicho apartado encontrarían lugar los cervantistas que, con
meritorio esfuerzo, tratan de integrar las dos grandes lecturas del texto por
medio de la tan traída y llevada ambigüedad del Quijote. Una síntesis de las
dos posiciones extremas de la crítica cervantina, los duros y los blandos, que
cataloga a su autor como uno de los mayores exponentes del perspectivismo
crítico, es la de Allen [1969, 1979, 1986]. El presupuesto inicial de Allen es
que todas las interpretaciones del Quijote tienen un fundamento textual; el
único modo de deshacer el «equívoco del Quijote» (Ortega [1914] y Del Río
[1959]) es integrar esas lecturas parcialmente insatisfactorias con las otras.
Durán [1960] identifica en la ambigüedad la clave de la modernidad de la
obra; la indeterminación en el modo de presentar las circunstancias del mundo
y las actitudes de don Quijote para con ellas hace que no se pueda resolver el
conflicto que los opone, el cual, por otro lado, constituye el motor del ser del
personaje. Con Durán [1960], la conexión entre perspectivismo y existencialismo se hace explícita; gracias a él, vuelven a la casa del padre Castro sus dos
ideas pródigas.
Pero volvamos a la estilística, una de las manifestaciones de la sensibilidad
táctil. En presupuestos parecidos a los de Spitzer y Hatzfeld se basaba Moreno
Báez [1948], el cual en su reelaboración de [1968] confluye hacia el historicismo de Maravall [1948], aunque con una ligera matización, la estructura del
libro debe ser puesta en relación con el humanismo de las armas de la Contrarreforma y no con el Renacimiento; como se puede apreciar, en la síntesis de
Moreno Báez [1968] también hallan lugar las ideas de Descouzis [1966, 1973].
Rosenblat [1971] vuelve a los orígenes de la estilística de Hatzfeld [1927]
con su análisis de la lengua y el estilo del Quijote, para inducir a partir de ellos
su estructura y, en menor medida que sus predecesores, los grandes principios
de los movimientos artísticos del periodo. Para Rosenblat, el ideal lingüístico
de Cervantes —la naturalidad de la lengua y la dignificación del habla
popular— es lo que le permite caracterizar a cada personaje a través de modalidades lingüísticas diferentes; la convivencia de estilo alto y bajo, que hay que
considerar a la par de la mezcla de heroísmo y necedad en don Quijote, o la del
dramatismo de la situación con lo grotesco de su resolución, son el elemento
que justifica las dos grandes interpretaciones del personaje como héroe cómico
y paladín del ideal. Con lo que el seguidor de Spitzer nos confirma, si hiciera
falta, que a través del análisis táctil de la lengua del Quijote se desemboca en
la conexión inexorable entre la estilística y el perspectivismo.
Y si Rosenblat apunta hacia el aspecto lingüístico en su definición del
estilo del Quijote, Togeby [1957], en la línea de Casalduero, desplaza el acento
hacia la estructura narrativa y el principio rector de la composición, que él
identifica en Rocinante; el caballo de don Quijote determina el rumbo de su
errancia e introduce los temas de la novela, como el tema amoroso con las
yeguas de la sierra. La estructura de los significados es una espiral, en la que
a cada reiteración van ascendiendo de nivel, en una depuración continua de los
mismos que conlleva un paulatino perfeccionamiento del protagonista. La
espiral representa para Togeby el emblema del devenir humano; en ella ve la
capacidad del hombre de ser el artífice único de su destino. El vínculo entre
geometría y destino ya estaba en Casalduero [1949] bajo forma de círculo y
destino, como un intento de superar la limitación de la visión estructuralista,
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arquitectural —lo que he dado en llamar, la sensibilidad táctil de la estructura
de la novela—, por medio de la saturación de significados transcendentes, es
decir, por medio de la sensibilidad visual.
La tendencia a compensar lo táctil de la estructura con lo visual de la trascendencia la notamos también en Segre [1974a, 1974b], con la recuperación de
la espiral, asociada, esta vez, a la teoría de la novela, subrayando así, si aún
fuera necesario, la genealogía estilística y estructuralista de los análisis semióticos —si bien, a decir verdad, el suyo aún se podría incluir perfectamente en
el campo de la estilística—. Para Segre, la espiral representa gráficamente las
relaciones entre escritor, personaje y primer autor, en la que va infartada otra
espiral, la del significado trascendente para la teoría de la novela, entre
realidad, verosimilitud, sueño e invención, que implica a su vez, otra espiral
que es la de la novela que habla de sí misma, la novela ensayo; en el trasfondo
de todo tenemos aún la crítica de una sociedad incapaz de aceptar al loco idealista. La espiral se fue levantando sobre sí misma a medida que Cervantes
alargaba la novela con su estructura serial, y al afirmarlo Segre recuerda al
padre de la idea, Sklovski [1920, 1971], uno de los formalistas rusos inspiradores del nuevo rumbo de la crítica literaria. Segre no se para en las relaciones
entre autor - narrador - personaje, sino que estudia la relación entre las partes
del libro, los mecanismos de interpolación de las novelas, la relación, en la
mejor tradición estilística, con los movimientos estéticos de la época, integrados con algunos préstamos de la crítica sociológica de Maravall. Otros
críticos italianos han seguido el camino emprendido por Segre en los análisis
formales, impregnando sus plumas en el tintero de la narratología, y así por
ejemplo, Ruta [1977, 1986, 1987] estudia las estrategias de composición;
Bianchi [1980] estudia los modos de interpolación como modos de narración,
en un contexto de un relato caracterizado por varios niveles diegéticos: historias interpoladas, historia de don Quijote, historia del manuscrito; Ruffinatto
[1983] se centra en la verosimilitud y en las implicaciones que puede tener para
el realismo del Quijote la presencia de detalles inútiles, verdaderos efectos de
lo real y no de realidad.
LA NARRATOLOGÍA Y LA SEMIÓTICA
La narratología y la semiótica trajeron al cervantismo —como a la literatura en general— un clima de optimismo respecto a la posibilidad de existencia
de una ciencia literaria, basada en un sistema de conceptos coherente y estable,
capaz de explicar satisfactoriamente las características técnicas de cualquier
narración. En un principio, el campo de acción, al menos en Europa, se redujo
al texto —y en esta dependencia del objeto de estudio la semiótica pagaba su
deuda con sus orígenes estructuralistas—, para luego ampliarse a la visión del
texto como proceso de comunicación, con la pragmática y la teoría de la recepción. A decir verdad, pocos han sido los estudios inspirados por estas dos disciplinas (he aquí una pequeña muestra: Stegmann [1977], Fernández-Morera
[1981], Gómez-Moriana [1988, 1996], Haverkate [1994]), mientras han
cundido, sobre todo del otro lado del océano, los análisis postestructuralistas
del Quijote, que han puesto en tela de juicio el optimismo científico del estructuralismo europeo y sus varias ramificaciones (Cruz y Johnson [1998]). Frente
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a la preponderancia del texto en los análisis europeos, los americanos proponen
la primacía del lector y de la lectura —ambos, como se ve, caen dentro de la
actitud táctil—. Frente a la estructura rígida, hecha de simetrías, oposiciones,
movimientos, centros y límites del sentido, las varias hermenéuticas postestructuralistas reivindican la diferencia, la apertura del significado, la destrucción de las jerarquías del sentido y de la idea misma de estructura; el texto es
un proceso y como tal está siempre en movimiento, incluso fuera de las fronteras establecidas por las estructuras cognoscitivas de los diferentes periodos de
la historia. La pretensión por tanto no será la de describir el proceso, ni las
técnicas del mismo, ni los modos de la comunicación, como el estructuralismo
europeo habría hecho, sino la de abrir la estructura y cancelar el centro con la
frecuentación de los espacios marginales del texto. Y tal vez haya sido esta
inmediata especialización de las dos posiciones la que hizo inviable el desarrollo de puntos de vista analíticos basados en la pragmática o en la estética de
la recepción, pues si se acercaba a sus lindes un estudioso cis-atlántico no
podía sustraerse al vértigo de la estructura, y al vértigo del movimiento y la
desterritorialización sucumbía el estudioso trans-atlántico cuando se aproximaba al terreno del lector.
A continuación, haremos un breve recorrido por las contribuciones más
relevantes de los cervantistas que siguen las dos grandes sensibilidades táctiles
de los últimos decenios, la narratológica y la postestructuralista. En muchos
casos no será fácil separarlas, dada su profunda imbricación en los trabajos de
algunos estudiosos, aun así no renunciaré a hacerlo en aras de una mayor
claridad expositiva. Comenzaré el recorrido por la sensibilidad más cercana a
nosotros, al menos geográficamente: la narratológica y semiótica.
La finalidad última a la que parecen tender los análisis narratológicos del
Quijote es la de discernir si se puede considerar la primera novela moderna y
por qué. Parece indiscutible el carácter apriorístico de semejantes pretensiones,
que es el que lleva a los críticos a comparar la obra con un modelo preestablecido, en este caso, además, un modelo tan vago como el de novela moderna.
Para ello han adoptado las especificaciones de teóricos del calibre de Frye,
Lukacs, Bajtin, Genette, Todorov, etc. y han medido el Quijote con ese metro.
Casi todos los teóricos citados señalan como una de las características fundamentales de la novela moderna la distancia del narrador hacia la narración; en
el Quijote se consigue mediante los múltiples filtros de los autores ficticios:
primer y segundo autor, Cide Hamete, traductor; ésta fue la puerta de acceso de
los estudios narratológicos a la obra de Cervantes. Un trabajo pionero, aunque
fuera de la óptica narratológica, aún influenciado por el new criticism, fue el de
Haley [1965], que veía en la distancia entre Ginés de Pasamonte y Maese
Pedro una síntesis de la que existe entre Cervantes y Cide Hamete, y las relaciones de los dos primeros con el espectador como una reproducción a escala
menor de la relación de Cervantes con su lector. Márquez Villanueva [1973]
llega a conclusiones parecidas a las de Haley por vías diferentes: en su
búsqueda de las fuentes de algunos aspectos técnicos del Quijote, ve el origen
de la nueva relación, que él define como «psicológica», entre el lector y el
autor, y entre el lector y la obra, en los libros de Fray Antonio de Guevara, el
cual interpone entre el lector y él mismo un filtro ficticio, adopta una distancia
irónica hacia lo narrado y se introduce a sí mismo en la obra.
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Y sobre el problema de la distancia de la narración y su control por parte
del narrador discurría El Saffar [1968] y sobre todo [1975]; la distancia y el
control del autor sobre el relato y sobre el protagonista y el lector es la base de
la conciencia cervantina de la narración, de su implicación y alejamiento alternativos como mecanismo de fruición lectora del nuevo modelo narrativo. La
función del narrador (Mancing [1983]) es uno de los argumentos abordados
más frecuentemente por los críticos: Flores [1982a] estudia la diferente función
«editorial» de Cide Hamete en la primera y la segunda parte; López Navia
[1988] aborda la función narrativa de Cide Hamete y analiza [1989] el filtro
narrativo en la segunda parte; Martín Morán [1992a], siguiendo los planteamientos de Genette sobre las funciones del narrador, distingue diferentes estatutos de realidad para Cide Hamete en la primera y la segunda parte.
En el análisis del filtro narrativo que representan los autores ficticios del
Quijote la crítica ha visto una estrategia para introducir la distancia irónica
hacia la narración, como ya he dicho, pero no hay acuerdo sobre el número de
esos filtros: la mayor parte de los estudiosos mantiene que el número de filtros
se reduce a cuatro: primer autor, segundo autor, Cide Hamete y traductor, (El
Saffar [1968, 1975], Nepaulsing [1980], López Navia [1988], Martín Morán
[1992a], etc.); para Fernández Mosquera [1986] y Parr [1988] a ese plantel
habría que añadir el de la voz extra— y heterodiégetica que supervisa la narración entera y que recibe el nombre de supernarrador en el análisis de Parr. Paz
Gago [1995] niega el papel de narradores a las cuatro entidades mencionadas,
en cuanto no son más que la parodia de un recurso de los libros de caballerías,
sin ninguna función narrativa y devuelve su peso en la narración a la voz
externa y omnisciente. Avalle-Arce [1988, 1991], por su parte, prefiere reflexionar sobre la fiabilidad del narrador infidente —siguiendo en esto las propuestas de Allen [1976], que profundizaba en las relaciones entre lector y
narrador— y Molho [1989], por la suya, reflexiona sobre la dimensión metaliteraria que los filtros narrativos introducen en el Quijote, cualidad que lo
asigna definitivamente a la modernidad.
Pertrechados de nuevos instrumentos de análisis, los críticos táctiles
emprendieron el análisis de las formas de interpolación de novelas en el
Quijote de 1605. Hasta entonces, la interpolación se había justificado por
motivos temáticos: las novelas venían a cubrir un espacio temático que faltaba
en la trama principal (Gaos [1959], Spitzer [1962], Ayala [1974]); desde presupuestos textuales más rigurosos se sigue manteniendo la misma justificación
(Segre [1974a], Percas de Ponseti [1975], Neuschäffer [1989]). También se
habían justificado las interpolaciones por la simetría textual (Immerwahr
[1958]), que ahora se convierte en obediencia a un plan narrativo preconcebido
(El Saffar [1975], Bianchi [1980], Ascunce Arrieta [1981], Zimic [1998]); y
cuando se llega a señalar la paradoja de que las novelas interpoladas constituyen un reducto de romance y sus técnicas narrativas en un libro que lo
combate (Spitzer [1962], Fox [1979], Benet [1980], Williamson [1982]), se
sigue sin poner en tela de juicio la unidad de la obra. Y es que se ha convertido
en una especie de dogma crítico que raramente se discute, precisamente porque
se interpretan los instrumentos de descripción de la supuesta ciencia literaria no
como lo que son, sino como elementos de un modelo, con lo que hemos desplazado el interés de la descripción a la prescripción.
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Para que la rigidez del esquema estructural se abriera a la evaluación de las
características del texto, a partir de instrumentos de análisis más afinados, fue
necesario que la semiótica se encontrara con la hermenéutica en los trabajos de
Martínez Bonati [1977a, 1977b, 1978, en 1992]. Uno de los mayores obstáculos para considerar el Quijote como la primera novela moderna es la coexistencia de diferentes mundos posibles, provenientes de diferentes géneros
literarios; es este el argumento tratado por Martínez Bonati [1977b, en 1992],
que niega el realismo del Quijote y concluye su estudio afirmando que hay más
gérmenes de la novela moderna en las Novelas ejemplares que en el Quijote.
En otro trabajo, Martínez Bonati [1977a, en 1992] discute la unidad del Quijote
y argumenta que le da mayor cohesión la dimensión paradigmática de las
aventuras, que las pone en relación con un modelo repetido, que la sintagmática, que las hace derivar unas de otras. Martín Morán [1999], utilizando instrumentos de la lingüística del texto, estudia las formas de coherencia textual
del Quijote que considera alternativas a las de la novela moderna. Y por lo que
respecta a la evolución de los personajes, que desde Madariaga [1926] se
aceptaba como un proceso de recíproca y paulatina convergencia de amo y
escudero, Martínez Bonati [1978, en 1992] la pone en tela de juicio, a causa de
las incongruencias y las discontinuidades de dicho proceso. Sobre el argumento, en lo referente a Sancho Panza, se había pronunciado Sletjöe [1961],
que veía, utilizando un método vagamente basado en la psicología, dos
Sanchos diferentes, sin evolución posible entre la primera y la segunda parte.
Vuelve sobre el tema de la quijotización de Sancho Panza Urbina [1991] en un
trabajo que reseñaré brevemente al hablar de la línea carnavalesca de interpretación del Quijote. Y en elementos externos a don Quijote se basa Martín
Morán [1992b] para explicar los saltos bruscos de su personalidad, como disimilación provocada por la necesidad de adaptar su actuación a una situación
determinada.
POSTESTRUCTURALISTAS
En los años 80, siguiendo la corriente de difusión de las teorías de Derrida
en los Estados Unidos, con el apoyo a veces del psicoanálisis de Lacan y Jung,
de Bajtin y el marxismo, surgen los análisis postestructuralistas de la gran
novela cervantina. Surgen también como reacción, ya lo he dicho, contra la
concepción de la literatura como un fenómeno exclusivamente textual, en el
que la obra es el único objeto posible de estudio, y contra la pretensión de
constituir una ciencia literaria. La idea central de los estudios postestructuralistas —y no es fácil encontrar un núcleo en la variada galaxia de tendencias— es justamente que no hay un centro, que no se puede ordenar la complejidad del fenómeno literario en una estructura rígida de elementos que se
atraen y se repelen. Hay un aspecto de la literatura completamente desatendido
hasta entonces, desde el punto de vista de los postestructuralistas, y es el de su
interacción con el destinatario. La obra se hace sustancialmente en el momento
de la lectura; cuando cojo en mis manos un libro y lo leo no puedo evitar a mi
vez ser leído por él; el texto moviliza en mí mi cultura y mi personalidad,
como depósitos de los que me sirvo para extraer los códigos sociales y culturales de mi tiempo, el canon literario de mi momento histórico, etc. que me han
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de servir para integrar convenientemente en mi enciclopedia personal el libro
en cuestión. La labor del crítico, por tanto, consiste en desconstruir la supuesta
estructura uniforme del texto, así como la del canon y los códigos del momento
de la recepción, para que puedan tener cabida en el proceso de constitución del
texto las estrategias de análisis y síntesis propias de la lectura individual; pero,
desde el momento en que no existe una lectura mejor que otra, una jerarquía de
las lecturas posibles de la obra, de igual modo que no existe una jerarquía de
sus niveles de significación, todos los asedios críticos al texto gozan del mismo
predicamento.
Diré inmediatamente que, a mi modo de ver, esta manera de entender la
crítica se funda sobre una falacia —la identificación de la función del crítico
con la propuesta de un ejemplo de lectura y no de un modelo—, porque deja
de lado el poder institucional de que el propio crítico dispone. Ya no se busca
el significado trascendente en el texto, sino para el lector, un lector cualquiera,
como si cualquiera pudiera publicar lo que piensa sobre el Quijote, y no hiciera
falta apropiarse de una terminología, unos instrumentos, un canon, unas formas
y, last but no least, un poder para acceder a los canales de difusión. No todos
los lectores son iguales; el simple hecho de que muchos de nosotros enunciemos estas ideas desde una cátedra universitaria lo demuestra. Y cuando
digo lectores digo lecturas e interpretaciones; no tengo dificultades en conceder
que no hay un grado de legitimidad mayor o menor en la comprensión de un
texto, pero desde el momento en que tratamos de un texto clásico, integrado
por lo tanto en la corriente institucional llamada «historia de la literatura» que
ordena cronológicamente los textos en los que una cultura se reconoce diacrónica y sincrónicamente, necesitamos, o mejor, podemos proponer en primer
lugar una descripción de los mecanismos estéticos del texto en cuestión, y
luego, si se considera oportuno, una lectura que entre en diálogo precisamente
con esa imagen de la cultura y de la identidad cultural, hasta darle la vuelta
como un guante. Pero no es este el momento y tal vez tampoco soy yo el
sujeto más adecuado para emprender tamaña aventura como la desconstrucción
del desconstruccionismo; el interesado puede leer la crítica de Close [1998b]
y la respuesta y los trabajos postestructuralistas contenidos en Cruz y Johnson
[1998]. Me contendré por consiguiente en los límites de mi papel institucional
de relector de lectores y volveré a mi cometido de reseñar los estudios más
importantes de la crítica.
Uno de los argumentos principales de los estudios postestructurales es el
de la subversión del poder de la palabra monológica a través de la literatura. De
la subversión de la autoridad narrativa en el Quijote, por medio de la desautorización de los narradores entre sí, trata Parr [1981, 1988, 1990, 1993]; esa
subversion es crucial para el género de la obra, puesto que genera ciertas
inconsecuencias de punto de vista, en la representación del mundo, que son
incompatibles con lo que llamamos novela moderna; Parr propone entonces
que cataloguemos el Quijote como sátira menipea, recogiendo una categoría
propuesta por Bajtin [1975] ya defendida por Socrate [1974]. Otra idea de
Bajtin, amalgamada con ideas de Derrida, sustenta el análisis de la intertextualidad y el dialogismo del Quijote de Zavala [1989], en el que concluye que
por medio de la heteroglosia Cervantes da cabida en el Quijote a las voces marginales de la sociedad, como forma de subversión del discurso monológico del
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poder. A esa misma conclusión llega El Saffar [1989] por caminos distintos;
basándose en Lacan y Jung y sus teorías acerca de la identidad, evalúa las
pulsiones de los individuos hacia la marginalidad como un deseo de reintegración en la Gran Madre, en alternativa a la exigencia de orden, rigor y unidad
que les plantea la sociedad. Hutchinson [1992] estudia las consecuencias de esa
liberación del centro opresor, de la estructura y el sistema, en los personajes
cervantinos, movilizados por el deseo, en contra de la vida sedentaria; propone
Hutchinson un método crítico que imite a los personajes de Cervantes y rehúya
las estructuras fijas para concentrarse en los aspectos de la literatura que
implican la movilización del sentido, la fluencia, la heterogeneidad, la multiplicidad, y busca en los términos clave el movimiento histórico de los significados a partir de la etimología; analiza los espacios de las obras de Cervantes,
sobre la base de los cronotopos de Bajtin, según hayan sido experimentados
por los personajes.
La insistencia en la legitimidad de cualquier lectura lleva a veces a los
practicantes del desconstruccionismo a una especie de nuevo simbolismo, muy
cercano en algunos aspectos al esoterismo del XIX. Es el caso de Gerli [1995]
quien, a vueltas con el proceso de escritura y reescritura de algunos episodios
del Quijote y otras obras de Cervantes, se para a observar a través de las fisuras
del texto sus significados escondidos, metafóricos o simbólicos, y ve —lo
incluyo, se habrá intuido, entre los visuales— fenómenos bastante curiosos,
como la conversión de Zoraida en una Virgen María que reescribe la leyenda
de la Cava. Por esos mismos derroteros simbólicos se encaminan Sullivan
[1996] y Dudley [1997] en sus análisis del Quijote sobre el fondo de las historias caballerescas medievales francesas; Dudley concretamente compara a
Pasamonte y Cardenio nada menos que con Hermes, en cuanto mensajeros de
nuevos contenidos narrativos, arguye que Cervantes da una solución todavía
más radical que Descartes al problema del conocimiento, de la verdad y la
ficción, admitiendo lo irracional y lo intuitivo como forma del conocimiento,
y concluye diciendo que de tal modo crea un género en el que lo femenino
halla su tierra de cultivo.
Esta última idea de Dudley nos lleva de vuelta a las teorías junguianas de
El Saffar [1989], que habían recibido una formulación más amplia en El
Saffar [1984], donde analiza la evolución del tratamiento reservado a las
mujeres desde el punto de vista funcional por Cervantes en el conjunto de su
obra. Para ello se sirve de la estructura cuadrangular del deseo —corrigiendo
el triángulo de Girard [1961]—, en que el sujeto deseante aspira al objeto
deseado por medio de una doble proyección en modelos más o menos abstractos de los dos polos del deseo; de la inhibición de uno de los cuatro
puntos, la imagen real de la mujer, surgen conflictos entre los personajes masculinos, el sujeto deseante, y los femeninos, el objeto deseado, de los que a su
vez nacen las situaciones narrativas. Hacia el final del trayecto narrativo de
Cervantes la aparición del cuarto elemento hace posible la armonía entre los
sexos. Tampoco El Saffar [1984] se halla libre de la propensión al simbolismo, como demuestra en más de una ocasión en su libro, del que recuerdo
aquí únicamente el ejemplo de Rocinante como símbolo del subconsciente de
don Quijote.
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PSICOANÁLISIS
Y con el psicoanálisis hemos dado, amigo cervantista. En él, como usted
sabe, Cervantes es de casa, dada la predilección de su fundador por nuestro
autor, como pusieron de relieve Grinberg y Rodríguez [1988] y Riley [1991].
Un precedente de la crítica psicoanalítica, que combina la actitud auditiva con
la visual —por un lado ausculta las resonancias del texto y por el otro termina
por aplicarle una imagen definida a partir de un sistema de conceptos—, lo
podríamos encontrar en los estudios del Quijote que se inspiran en la caracterología de la época —y aquí estaríamos en plena actitud auditiva—, sobre
todo en las teorías de Huarte de San Juan, que es lo que hacen Weinrich [1956]
y luego Palacín Iglesias [1965], siguiendo los pasos de Salillas [1905] e Iriarte
[1938]. La crítica psicoanalítica del Quijote se desarrolla en Estados Unidos a
partir de mediados de los 80, y lo atestigua El Saffar y Wilson [1993], pero
había sido inaugurada en Europa por Girard [1961], con la aplicación al personaje de don Quijote de su teoría del deseo mimético. Para Girard, el ser
humano desea de modo mediato, a través de un modelo que le sugiere el objeto
del deseo; a don Quijote le enseña a desear Amadís, y eso es lo que desencadena la violencia, pues el hecho de saber que existe otro que desea lo mismo
que yo engendra la envidia, los celos, la violencia. En las teorías de Girard se
fundan Bandera [1974] y Pini Moro [1990], para sus análisis del Quijote, y
Combet [1980] para el de la obra entera. Bandera recoge también otra propuesta de Girard acerca de la relación entre la novela y el deseo metafísico del
autor traspuesto en el protagonista, para explicar la dinámica de la distancia
como un resorte liberatorio que pone fin al relato: el autor necesita mantener
cierta distancia de su obra para que ésta se pueda ir objetivando; la ironía es
una de sus manifestaciones; cuando Cervantes se apercibe de que esa distancia
se va reduciendo, la novela se encamina hacia su fin.
Combet [1980], por su parte, retorna a la idea del deseo triangular y
postula que el mismo se manifiesta a través del masoquismo; el caso de don
Quijote es revelador: su modo de amar a Dulcinea consiste en lanzarse al
mundo a sufrir penalidades para poder merecerla; es una forma de ascesis a
través del sufrimiento. Pero para poder cumplir con su cometido don Quijote
ha de aparecer como un hombre desvirilizado, en perenne huida de las mujeres
viriles como Maritornes y de la propia Dulcinea cuando evita que Sancho
termine la tanda de azotes que había de desencantarla a ella y permitirle a él
reunirse finalmente con su amada. La lectura del Quijote de Combet se integra,
como ya he dicho, en un análisis más amplio de la obra entera de Cervantes, en
que investiga lo que él llama el psicosistema de la obra cervantina a través de
la psicoestructura de los personajes. Llega a la conclusión de que el elemento
central del psicosistema es el amor, por lo que para llegar a comprender a
fondo su centralidad ha de renunciar a su empeño inicial de no analizar la psicoestructura del autor, cosa que puntualmente lleva a cabo en el último
capítulo, en el que coincide en sus conclusiones con Zmanthar [1980]: Cervantes proyecta sobre sus personajes sus fantasmas homosexuales, su masoquismo y una actitud de sumisión hacia la mujer viril. Johnson [1983] sugiere
otra explicación posible para la huida ante las mujeres por parte de don
Quijote, que él ve como el motor mismo de sus acciones, y es que en su tran-
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quila casa manchega le debieron de asaltar irrefrenables deseos sexuales en la
edad crítica de la andropausia; muy probablemente el objeto de esos deseos era
su sobrina.
Como se puede apreciar, parece difícil para los críticos que utilizan el psicoanálisis evitar la asimilación del personaje al autor. Y eso era precisamente
lo que ni siquiera intentaba soslayar Arias de la Canal [1970, 1975], cuando,
siguendo las teorías de Bergler, un discípulo de Freud, afirmaba que don
Quijote es la representación de la mente de Cervantes, el cual tendía a la subversión de la autoridad como una forma de masoquismo, o agresión a su egoideal por parte del ego que debe defenderse a su vez de la agresión del daimonion del super-ego.
La asimilación entre Cervantes y don Quijote la propone también y la justifica largamente Robert [1972], para quien es evidente que el Quijote es la
«novela familiar» de un Cervantes descendiente de conversos, una especie de
niño adoptado que no se reconoce en la familia cristiano vieja de la sociedad
española, y por lo tanto imagina una madre ideal, que es el sueño del que hace
portador a don Quijote. Como se ve los puntos de contacto con la visión junguiana de la novela de El Saffar [1984, 1989] son más que notables.
Sería muy fácil criticar a la crítica psicoanalítica porque utiliza conceptos
anacrónicos para el Quijote, pero es un planteamiento que privaría de base a
cualquier interpretación contemporánea de cualquier texto. En cambio me
parece más pertinente la objeción que se le ha hecho por asimilar, en algunos
casos y con bastantes precauciones, el protagonista loco a Cervantes. A eso se
podría añadir que so capa de análisis auditivo realiza una proyección visual de
fantasías más o menos motivadas en un sistema de conceptos apriorístico. El
resultado, a veces, es una visión del texto como entidad cerrada, repleta de
sentido, a la espera del crítico que posea la llave para abrirlo a la luz de la comprensión general. Como se ve, la distancia con las lecturas esotéricas no es
mucha.
INTERPRETACIÓN
CÓMICA
En este trayecto sensorial de las interpretaciones del Quijote, que no necesariamente respeta el orden cronológico, hemos constatado un deslizamiento de
la sensibilidad crítica desde una actitud sensorial a otra; comenzamos con una
manifestación de la sensibilidad auditiva como el análisis de la teoría de la literatura de Cervantes y hemos visto que esa actitud iba derivando, en el transcurso de los años, hacia la sensibilidad visual del psicologismo, pasando por la
táctil de la crítica estructural y la estilística —a decir verdad ya la tendencia
auditiva de los estudios de la poética del periodo mostraban cierta inclinación
por la crítica táctil—, que se transformaba sin tardanza en narratología y postestructuralismo, para terminar desviándose, como decía antes, hacia la sensibilidad visual de la crítica psicoanalítica. Hubo otra línea de crítica táctil que
mantuvo la coherencia de su actitud para con el texto en el transcurso de los
años, y fue la que inaguraron Auerbach y Parker a finales de los 40, por lo que
me consentirán ustedes que dé un salto atrás en el tiempo para volver a contemplarla en su nacimiento.
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La interpretación del Quijote como libro de burlas nace como reacción
contra las incrustaciones interpretativas de signo idealista con que llega hasta
nuestros días. De algún modo es una anticrítica, una interpretación que postula
la anulación de las interpretaciones, y es precisamente su carácter reaccionario
—en el mejor sentido de la palabra, mal que le pese a Osterc— el que ha
levantado sarpullidos en el medio, tal vez porque trae a las mentes ideologías
basadas en el rechazo de la historia y la intelectualidad. El blanco de los dardos
de Auerbach, Parker, Russell, Close, etc. es la crítica romántica que sigue
impregnando, a su modo de ver, la interpretación del Quijote. Comenzó
Auerbach [1946] con su reacción contra la palabrería que embute significados
donde Cervantes no quiso; el origen está en el romanticismo, según él, que vio
en un loco al caballero del ideal; don Quijote no es más que eso, un loco,
cuyas acciones no sirven para cambiar el mundo, protagonista de un libro sin
más intención que la de divertir al lector. De ahí se sigue que no tengan cabida
en la obra de Cervantes interpretaciones filosóficas, sociológicas o históricas.
El Quijote no critica nada, como no sea la literatura del periodo, y sobre todo,
si crítica hay, no surge de las acciones de don Quijote. Goza, en cambio, la
obra, sigue diciendo Auerbach [1946], de una posición de privilegio en la
historia del realismo, por el panorama social que presenta y sobre todo porque
cuenta la historia de un individuo en lucha con la sociedad que no acepta sus
aspiraciones. Aquí no es difícil ver un eco de las ideas de Lukacs [1920]
respecto al mundo demoniaco como base necesaria para el nacimiento de la
novela: cuando Dios desapareció del mundo, el hombre percibió la distancia
entre sus ilusiones y la realidad; en el choque con el mundo el carácter de los
personajes se va formando y perfeccionando; el relato de ese proceso constituye la novela.
Esta última idea, que volveremos a encontrar en la línea dialógica bajtiniana de análisis del Quijote, desaparece en la interpretación cómica dura,
aunque reaparece en Close [1990]. En efecto, Parker [1948], Russell [1969,
1985] y Close [1978] parecen más atraídos por la historia de la recepción del
libro que por su análisis, lo cual no deja de aumentar el tono polémico de sus
intervenciones. Poco después de Auerbach, Parker [1948] solicitaba una mayor
atención al texto, en contra de la interpretación romántica que rellena de idealismo la trama. Durante siglo y medio, añade Russell [1969] cuando vuelve
sobre los argumentos de Parker, los lectores de toda Europa vieron en el
Quijote un libro divertido —y en su artículo pasa revista a un amplio panorama
de escritores y críticos del periodo mencionado—, tal y como quería Cervantes
(Eisenberg [1984]); solamente con el romanticismo empezó a considerársele
seriamente, como un alegato en pro de determinados valores trascendentes,
en que cada generación de críticos incluía los que creía oportunos. Close
[1978] caracteriza la recepción romántica del Quijote según tres puntos
básicos: a) idealización del héroe y negativa de la propuesta de lectura satírica
de la novela; b) la novela es simbólica y expresa ideas sobre el espíritu humano
o sobre la historia de España; c) la interpretación de ese simbolismo refleja la
ideología, sensibilidad y estética de la era moderna. Acto seguido rastrea su
presencia en la crítica posterior al romanticismo, Menéndez Pelayo, Ortega,
Unamuno, Ayala, hasta llegar al momento actual, con El Saffar, Forcione,
Rosenblat, etc. Close es partidario de leer el Quijote desde la historia intelec-
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tual o literaria, para liberarlo de las incrustaciones críticas del tiempo; sus dos
amplias visiones de conjunto del cervantismo más recientes [1995, 1998a]
abandonan el rígido esquema bipolar, interpretación romántica e interpretación cómica, que fundamenta su libro de 1978 y dan cabida a otras tendencias.
En dos de sus últimos trabajos [1993, 2000], Close relee el Quijote a la luz de
su relación con los géneros cómicos de su tiempo, demostrando así una
marcada sensibilidad auditiva.
EL CARNAVAL DE BAJTIN
Así pues, la interpretación del Quijote como obra cómica se presenta más
como un ejercicio de metacrítica, de historia de la recepción, que como una
verdadera lectura del Quijote; sus promotores probablemente responderían a
esto diciendo que lo único que se puede hacer desde la crítica es criticar a la
crítica, porque el único modo de hacer una lectura cómica del Quijote es, justamente, riéndose (Díaz Migoyo [1999]). A desmentirlos acudirían los múltiples estudios sobre la risa, lo grotesco, la parodia, o incluso la ironía en el
Quijote, que como derivación de la interpretación cómica, ayudados por las
nuevas perspectivas ofrecidas por la línea carnavalesca bajtiniana, han proliferado en los últimos tiempos. Pero será necesario evitar equívocos, enojosos
tal vez, para unos y otros, y dejar claro que media alguna distancia entre la
interpretación dura del Quijote como obra de burlas y los trabajos que se basan
en las teorías de Bajtin, que suelen considerar el contenido de crítica social,
subversión del poder e inversión de valores, que conlleva el uso de la parodia.
Por otro lado, no debemos olvidar que había sido el propio Bajtin [1965]
quien había aplicado al Quijote algunas de sus ideas sobre la cultura popular en
la Edad Media y el Renacimiento, concretamente veía en él la pervivencia de
la línea grotesca, carnavalesca, que subvierte los discursos oficiales con la
preponderancia de la materialidad de la existencia, los ciclos naturales, la fisiología del cuerpo; pero en Cervantes, añadía Bajtin, la cultura popular aparece
ya contaminada por la cultura oficial, aun cuando el relato se organice en torno
a la dialéctica entre la pareja carnavalesca don Carnal / doña Cuaresma, y aun
cuando se pueda reconocer en el carnaval el fundamento mismo del realismo
cervantino. (Es este el momento de recordar que la oposición entre literatura
culta y literatura popular como columna vertebral del Quijote ya estaba en
Amado Alonso [1948b] y que ya la había señalado someramente Sklovski
[1925]). Los seguidores de Bajtin han concedido mayor importancia al fondo
de la idea que a su matización, y se han servido de sus teorías sobre el carnaval
para desvelar las claves estructurales y temáticas de la novela; lo hicieron los
precursores Socrate [1974] y Ledda [1974], y luego Durán [1980], Gorfkle
[1993] e Iffland [1995a, 1995b, 1999], que sigue a Bajtin para sopesar las
técnicas cervantinas en contraste con las de Avellaneda; o bien han iluminado
la relación del Quijote con la cultura popular de referencia, en el contraste
con la cultura oficial, como Redondo [1998], que en sucesivos trabajos publicados en los últimos veinte años insufla nuevo vigor en la línea historicista
maravalliana con el oxígeno bajtiniano.
En la otra orilla, la de la cultura libresca, Urbina [1991] estudia la reelaboración carnavalesca, paródica, del escudero de los libros de caballerías en la
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figura de Sancho, y su peso en un relato que define «sanchificado». La centralidad del escudero como clave de todo el relato ya la había puesto de manifiesto Molho [1976], uno de los primeros acólitos de Bajtin, el cual veía en la
doblez de un Sancho que a veces lleva el apellido Panza, y una vez el apelativo
Zancas, su reversibilidad tonto / listo, que explica algunas aparentes contradicciones del comportamiento, señaladas entre otros por Dámaso Alonso
[1950]. En esa doble caracterización del rústico, que es por otro lado la de los
bobos folklóricos —y eso negaría el origen culto del personaje—, en esa reversibilidad se encuentra ya subsumido don Quijote, por lo que se puede decir que
en el mecanismo caracterial de Sancho Panza encontramos la almendra de la
pareja carnavalesca cuyo diálogo da vida al relato.
Del origen culto del personaje de Sancho habían hablado Hendrix [1925]
y luego Márquez Villanueva [1973] adscribiéndolo al teatro, que era, por otro
lado, la tesis defendida por Savj López [1913]. El punto de la situación hasta
entonces se encuentra en Flores [1982b]. Y aquí, aprovechando la referencia al
teatro, abriré un pequeño paréntesis para hablar de otra derivación de la interpretación del Quijote como libro de burlas, que tiene que ver directamente
con el teatro.
DON QUIJOTE
JUEGA
El carácter cómico del Quijote queda patente en la autoconciencia del personaje, el cual, según Van Doren [1958], representa un papel: Alonso Quijano
decidió convertirse en caballero andante para huir del tedio de su vida cotidiana; su nueva vida se basa en la imitación y esta nace de la conciencia del
modelo, que implica conciencia de la operación que está llevando a cabo y
voluntad lúdica. Don Quijote es el personaje y Alonso Quijano el actor. Del
aspecto lúdico de la obra ya había hablado Auerbach [1946] y lo vuelven a
hacer Serrano Plaja [1967] y Rosales [1960] quien, en su caracterización de
don Quijote como adolescente, halla en el teatro para sí mismo, en la imitación
de un modelo, una de las propiedades adolescentes del caballero. Torrente
Ballester [1975] pone en relación, como Rosales, el teatro, el juego y la
infancia, porque al igual que los niños, el espectador y el actor han de creer que
la ficción es realidad; y eso es lo que hace don Quijote, cuando conscientemente representa su papel. Reconoce Torrente su deuda con Van Doren y va
más allá cuando afirma que también Cervantes juega al componer su novela,
pues va escamoteándole al lector algunas claves necesarias para entenderla.
EL DIALOGISMO
DE
BAJTIN
Hay una línea más del cervantismo que prolonga algunas observaciones de
Bajtin acerca del Quijote; aunque tal vez sería más apropiado hablar de una
cierta presencia transversal en la crítica de las reflexiones sobre el dialogismo
del teórico ruso, que fundamentan la línea crítica a la que me refería. Bajtin,
como es sabido, veía en la novela un género en directa relación con la
sociedad; de la sensibilidad del género hacia las instancias sociales le deriva
una estructura temática y formal peculiares: las diferentes voces de la sociedad,
que nacen de otras tantas visiones del mundo, son representadas en igualdad de
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condiciones jerárquicas en la novela, sin que el diálogo entre ellas se resuelva
en la preponderancia de una sobre las otras. El dialogismo de la novela se
percibe incluso en los más pequeños detalles, como la palabra híbrida, que
conjuga dos visiones del mundo, o como la parodia, que conjuga también dos
intenciones autoriales en una sola expresión, o en el diálogo entre los textos,
que supone la asunción de las posiciones estéticas y epistemológicas del uno en
el otro, etc. Todo ello se encuentra ya en el Quijote y así lo señala el propio
Bajtin [1975]. Los cervantistas han llevado más allá el razonamiento y han
defendido la preeminencia del Quijote en el campo de la novela moderna, lo
que, como acabo de decir, nunca dijo Bajtin. Han seguido esta línea de investigación Rivers [1983, 1987], Gracia Calvo [1985], Lázaro Carreter [1985],
Cros [1988], Weich [1989], Zavala [1989], Rossi [1992], y se encuentran referencias al dialogismo en gran cantidad de trabajos recientes, por lo que desisto
de citarlos aquí.
Las teorías de Bajtin cumplen una función de cremallera entre dos interpretaciones del Quijote que se habían distanciado considerablemente: la lectura
sociológica o historicista, con su actitud auditiva, y la formal derivada del
estructuralismo, de sensibilidad marcadamente táctil. A partir del estudio del
reflejo en la estructura del texto del diálogo social, se puede dar mayor sustento
a algunas intuiciones de la crítica sociológica; y viceversa, se puede ofrecer
una vía de escape al laberinto formalista en su vértigo nominalista. En cierto
sentido, también confluyen en esta línea algunas preocupaciones de los estudiosos de la preceptística en el Quijote, desde el momento en que la conjugación de las dos líneas de la novela, la sofista y la de formación, que según
Bajtin se integran por primera vez en el Quijote, podrían identificarse con las
dos grandes corrientes de la novela tan caras a la crítica anglosajona, el
romance y la novela realista.
Y aquí hemos de hacer un alto en el camino para señalar nuevamente un
deslizamiento de una sensibilidad textual a otra; acabo de proponer a Bajtin y
el dialogismo como cremalleras entre la sensibilidad táctil de los estudios
formales y la auditiva del historicismo; a este punto hemos llegado habiendo
comenzado por exponer los modos de la actitud táctil de la interpretación
cómica, que en realidad nacía con una marcada inclinación hacia la actitud
auditiva del historicismo, en su purismo filológico de reconstrucción de las circunstancias de la interpretación y la intención originales del texto; así que no
nos causará sorpresa que algunos críticos duros hayan utilizado el nuevo historicismo de Bajtin: sus teorías acerca del carnaval les permiten reconstruir,
auditivamente, el ambiente cultural del que procede la risa del Quijote. Pero
ahora ha llegado el momento, después de tantas alusiones, de ver la evolución
del historicismo post-Maravall.
EL QUIJOTE
COMO DOCUMENTO.
EL NUEVO
HISTORICISMO
El presupuesto en que se basan las investigaciones de corte historicista
sobre el Quijote es que en la novela de Cervantes se puede vislumbrar el estado
de la sociedad del momento. Hay incluso quien va más allá y capta en los
contenidos de la novela un mensaje más o menos encubierto contra algunos
vicios sociales, y otros, los más inspirados, ven en el texto de Cervantes una
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suerte de profecía de la sociedad venidera. Así que, a escala reducida, tenemos
un panorama bastante completo de los modos de sentir el texto: los primeros
proceden según el sentido del oído, auscultando el texto en busca de un
panorama social; los segundos, que son los que perciben en la obra una finalidad de denuncia social, tocan con la mano la estructura derivante del objetivo
que la informa; y los terceros visualizan la utopía de un futuro mejor entre las
mallas del Quijote. Los primeros hacen una lectura más o menos literal, los
segundos despliegan las alas de la alegoría sobre las palabras inertes y los
terceros dotan a esas palabras de capacidad profética. Al primer grupo, al de los
auscultadores, pertenece sin duda el estudio de Arco y Garay [1951], que considera al Quijote como un fresco de la sociedad española del momento, en el
que todas las categorías sociales se hallan representadas, desde los soldados, a
la aristocracia, a los letrados, etc. Su atención a la crítica social es mínima, al
contrario de lo que sucede con el libro de Márquez Villanueva [1975] acerca de
los personajes del Quijote, en el que por su conducto capta las resonancias
ideológicas, religiosas, literarias y políticas del momento, en la línea del primer
Castro; el perfil ideológico de Cervantes resultante de esta indagación es el de
un humanista cristiano que no puede aceptar la posición oficial respecto a la
expulsión de los moriscos, que trata con ironía al Caballero del Verde Gabán
en cuanto símbolo de los valores erasmistas de la prudencia y el gustoso anonimato, en una palabra, de los valores burgueses.
Mayor hincapié en la crítica social hace Salazar Rincón [1986], para quien
Cervantes tuvo ante todo la intención de denunciar una serie de lacras sociales
a través del enfrentamiento entre los protagonistas del libro y una sociedad que
no los comprende; ellos son los representantes de la virtud y la justicia; con su
derrota Cervantes pone el dedo en la llaga de una sociedad incapaz de asimilar
su mensaje reformador. Salazar, como se ve, se coloca en el cauce del primer
Maravall; parece preferir, en cambio, el segundo Maravall Creel [1988], a
juzgar por la reiteración de la tesis de la contrautopía, es decir, la denuncia de
Cervantes de la tendencia al escapismo hacia ciertos valores reformadores
inviables en su momento histórico; Creel encuentra un símbolo del mensaje del
Quijote en la bacía, que en cuanto yelmo representa los antiguos valores
heroicos, el humanismo de las armas del primer Maravall, y que en cuanto
«vacía» indica la inadecuación de dichos valores al momento actual. Discute
las dos tesis maravallianas Pelorson [1986], mientras, por su parte, mantiene la
dimensión utópica del texto Scaramuzza Vidoni [1989].
Las lacras que Cervantes denuncia son, en opinión de Aguirre [1976], «el
ausentismo y los zánganos». Para esta autora, que utiliza el método del materialismo histórico para su lectura del Quijote, y que podríamos incluir en el
grupo de los visuales, o incluso entre los visionarios, pues ve en el Quijote un
anuncio del futuro, para Aguirre [1979], digo, Cervantes se identifica con don
Quijote, y lamenta la pérdida de los grandes valores y el triunfo de la «clerigalla» en España; en su novela el alcalaíno responde al espíritu burgués italiano
con la crítica erasmista, y rechaza el sueño imperial, con su ataque a los libros
de caballerías.
También Osterc [1963], que sigue el materialismo histórico, identifica a
Cervantes con don Quijote y asegura que uno de sus objetivos eran los inquisidores (Osterc [1972]); pero la verdadera finalidad del caballero es la procla-
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mación del comunismo primitivo. La declaración cervantina de que su libro va
contra los libros de caballerías es solamente una pantalla, así como la parodia
y la ironía, para evitar las represalias del poder. Antes de Osterc [1963], dentro
de la línea visual-profética, ya había intuido Montserrat [1956] que don Quijote
era el precursor del proletariado y su misión histórica. Completa el argumento
Garaudy [1989], para quien los encantadores representan la alienación naciente
del mundo capitalista; Garaudy, siguiendo al Castro casticista, ve los elementos
semíticos del Quijote: la voluntad como fundamento del ser, la comprensión
del amor como el amor udrí musulmán, etc., para concluir que don Quijote es
el último en haber comprendido la grandeza de la cultura sincrética de las tres
religiones; tal vez por eso se comporta como un profeta de la línea abrámica,
idea que había sido propuesta por Aubier [1966], en la línea visual y visionaria,
con su lectura cabalística del Quijote, y apoyada indirectamente por Rodríguez
[1978, 1981] que identifica los elementos judaicos del pensamiento de Cervantes, antes de asignarle como patria un pueblecito de Sanabria.
Pero convendrá mantener las distancias entre la interpretación esotérica de
Aubier y otros, y la línea historicista de interpretación del Quijote, cuyos presupuestos y resultados científicos van avalados normalmente por la erudición
histórica y por la aplicación de un método riguroso.
FOLKLORE
Por seguir la coherencia de las ideas de un autor, he abandonado el
decurso lógico del razonamiento que me encaminaba a hablar del otro gran
campo de la cultura representado en el Quijote, tan bien captado por Bajtin: la
cultura folklórica. Al estudio de sus implicaciones para la obra y su confrontación con la cultura escrita se ha dedicado, en particular modo, el cervantismo
francés, con los trabajos de los ya citados Molho [1976] y Redondo [1998] a
la cabeza. El acervo cuentístico tradicional ha sido el casillero en que fueron
encontrando puesto algunas narraciones breves integradas en el Quijote gracias
a los trabajos de Nelson [1978], Chevalier [1974, 1980, 1981], Penton [1981].
Ricard [1962] y Chevalier [1992] confrontan la proveniencia de ambas
culturas, la escrita y la oral, de los materiales narrativos que introduce el personaje de Sancho. La paremiología y su papel en la trama del Quijote fueron
tratados por Joly [1991, 1996]. Esta es una de las posibles aproximaciones al
estudio del folklore en el Quijote y es la que corresponde, a grandes rasgos, a
la búsqueda de las fuentes en la cultura escrita (Marasso [1947], Márquez
Villanueva [1973, 1975]). Hay otra posible aproximación que busca las huellas
del folklore en la estructura y en las técnicas narrativas de la novela; es, en
cierto modo, el planteamiento de Molho [1976] y Redondo [1998], y es sin
duda el que fundamenta el estudio de las huellas de las técnicas narrativas
orales en el Quijote de Moner [1988a, 1989a], para quien Cervantes se
presenta ante el lector con la misma actitud que puede adoptar un narrador oral
ante un espectador; fruto de su concepción oral del relato sería la despreocupación por la coherencia interna del mismo, como en la estela de Moner
propone, arrimando el ascua de la oralidad a la sardina de los descuidos,
Martín Morán [1990]. El análisis de Moner puso de relieve un hecho cuando
menos curioso: la primera novela moderna, el único género nacido después de
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la invención de la imprenta, conserva en las entretelas de su texto muchos
genes orales.
LOS
MEDIOS DE COMUNICACIÓN
Desde mediados de los 80, con el nuevo interés por los medios de difusión
cultural debido sobre todo, pero no solo, a los trabajos de Ong, que a su vez
sigue a McLuhan, Havelock, Parry, etc., el cervantismo imprimió un nuevo
rumbo a la cuestión del conflicto de culturas en el Quijote; ahora se ve como
el conflicto entre dos mentalidades que pertenecen a tiempos diferentes, delimitados por la irrupción de la imprenta en el panorama cultural: por un lado la
mentalidad del hombre tipográfico que es don Quijote (Iffland [1992], Jaksic
[1994]) —y por aquí resuenan las teorías de McLuhan— y por el otro la del
analfabeto que es Sancho Panza; dos mentalidades que corresponden, por
tanto, a dos culturas, dos medios de difusión cultural y dos modos de ver el
mundo (Rivers [1986, 1987]). La división del conflicto no es tan uniforme,
como podría parecer; el propio don Quijote lo vive en el interior de su persona:
por un lado se comporta como hombre tipográfico y por el otro desea reintegrarse a la gran madre de la naturaleza, en el trayecto que la voz dibuja por
encima de la escritura, o al menos eso es lo que sostiene El Saffar [1987]; lo
que desde luego parece claro, al menos para mí (Martín Morán [1997b]), es
que sus comportamientos están condicionados por las dos mentalidades en
conflicto, cuya huella se extiende también, más allá del comportamiento de los
personajes, a los aspectos técnicos de la narración (Martín Morán [1997a]). A
la luz del conflicto entre la cultura escrita y la cultura oral, omnipresente en el
relato, se puede explicar toda una serie de características de la obra maestra de
Cervantes (Parr [1991, 1992, 1993]), como su peculiar sistema de coherencia
textual, los mecanismos de generación narrativa, las relaciones entre los personajes, la concepción de la voz autorial, el tratamiento de la autoridad literaria
(Martín Morán [1998a, 1998b, 2000]), etc. que lo alejan de los géneros narrativos tradicionales y lo convierten en un clásico de voz siempre actual.
LA LITERATURA
El interés por las consecuencias para el texto de su concepción para uno u
otro canal de difusión, la imprenta o la difusión oral, podría corresponder perfectamente a una forma de nuevo historicismo, dentro de la sensibilidad
auditiva, que pretende completar el panorama cultural y social del momento de
la publicación del libro, a la luz de las nuevas cristalizaciones conceptuales de
otros ámbitos de conocimiento. De manera que podríamos conectar esta
corriente de estudio con las preocupaciones históricas y sociales de Maravall
[1948], o con la reconstrucción del panorama intelectual del que brota el
Quijote de Castro [1925]. La diferencia es que, con esta línea de investigación,
se intenta calar en lo específico de la obra literaria y del género con los instrumentos de la historia de la cultura y la tecnología de difusión de la misma.
Un ámbito afín al que estamos tratando es el que analiza el influjo de los
libros, ya no la imprenta, sino las obras mismas, en el Quijote. La importancia
de los libros es fundamental para la constitución de don Quijote en protago-
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nista; el Quijote en efecto es, como dice Gerhardt [1955], la novela de un
lector, y le hacen eco Foucault [1966] y Fuentes [1976], cuando añaden que
don Quijote es un lector que se empeña en leer la realidad. Esto supone una
crítica de la lectura (Fuentes [1976]), o al menos de un tipo de lectura, y la propuesta de otra nueva (Gerhardt [1955], Spitzer [1962]), en la que sin duda la
responsabilidad de los autores es grande, pues han de huir de la vulgarización
de la cultura, y aquí el ataque a los libros de caballerías se hermana con la
crítica de la comedia nueva, en opinión de Gilman [1970]. En suma, en el
Quijote Cervantes ha convertido en argumento literario la relación entre la
literatura y la vida (Gerhardt [1955], Moner [1989b]), otorgando así a la novela
moderna uno de sus elementos constitutivos: la metaliteratura, la literatura que
habla de sí misma, la autoconsciencia del género.
Durante la segunda mitad del siglo XX ha proseguido su curso la comparación del Quijote con los libros de caballerías, con la finalidad de comprender
mejor algunas de sus claves. Busca las fuentes burlescas del Quijote primero
Dámaso Alonso [1962] y luego, en la literatura macarrónica de Folengo,
Márquez Villanueva [1973]. Pero la comparación con los libros de caballerías
suele tener por objeto marcar la distancia paródica (Urbina [1980]) o irónica
(Williamson [1984]) del Quijote respecto de los modelos. Fruto del diálogo
intertextual con la caballeresca es la concepción temporal del Quijote, que
según Murillo [1975] está en el origen del laberinto cronológico de la obra.
Torres [1979], en cambio, señala el realismo del Tirant lo Blanch como fuente
del realismo cervantino, siguiendo la distinción de Riquer [1973] entre libros
y novelas de caballerías —los primeros criticados por Cervantes, los segundos
alabados—. Mancing [1983], por su parte, desempolva la exaltación romántica
del modelo de vida ascética que persigue don Quijote inspirándose en los
libros de caballerías. Riquer [1973] vuelve sobre el tan debatido tema de la
finalidad del Quijote y argumenta que bien podía ir contra el crédito de que
gozaban los libros de caballerías entre el vulgo, sin que eso suponga una
rémora para la persecución de objetivos más altos. En cambio, Eisenberg
[1982, 1987] da nueva vida a una idea de Menéndez Pelayo, cuando afirma que
el hecho de que los libros de caballerías ya casi no fueran publicados antes de
la aparición del Quijote, y que aun así sobrevivieran después de ella, junto con
el dato de que en las mascaradas aparecieran tanto don Quijote como los caballeros andantes de los libros, implica que el objetivo de Cervantes no podían
ser los libros de caballerías, sino la renovación del género.
GÉNESIS
Un filón estratégico del quijotismo es el que se ocupa de la génesis del
libro, por cuanto se encuentra a caballo entre los estudios tradicionales de las
fuentes, la filología y la crítica estructural, de modo que habría que clasificarlo
entre las corrientes críticas de la actitud táctil. Han sido varias las cuestiones
abordadas en este sector, o mejor dicho, las que yo ahora incluyo en él: el
Quijote de 1604, la reelaboración del texto, los descuidos y la influencia de
Avellaneda en la segunda parte.
Oliver Asín [1948] defiende con pasión la existencia de una edición del
Quijote de 1604, renovando una tesis que había hecho correr ríos de tinta en la
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última mitad del siglo XIX; para ello aduce el testimonio de un morisco huido
a Túnez, Ibrahim Taibilí, en añadidura a los ya conocidos de la mención del
Quijote en La pícara Justina cuya aprobación es de 1604, en una carta de
Lope de agosto del mismo año y el registro de dos volúmenes de la obra en el
libro de la hermandad de San Juan Evangelista de los Impresores de Madrid en
mayo de 1604. La tesis de Oliver Asín no tuvo continuadores; hoy día la crítica
parece propensa a rechazarla.
Las investigaciones sobre la refundición del Quijote de 1605 tienen su
pionero en Stagg [1959], con su conocido estudio sobre la desaparición del
rucio de Sancho, en que, con la atención puesta en algunas inconsecuencias
textuales, como el repentino cambio de paisaje poco antes del episodio de los
cabreros, el epígrafe equivocado de I, 10 que promete lo que el capítulo no
contiene, etc., concluye que fue Cervantes quien robó el asno a Sancho y no
Pasamonte, o mejor, que Cervantes no se acordó de volver a incluirlo en la
trama cuando trasladó el episodio de Marcela y Grisóstomo desde las inmediaciones del capítulo I, 25 a los capítulos I, 11-14. En la línea de Stagg, con
un estudio de las incongruencias textuales al que añade una serie de consideraciones acerca de los errores de los tipógrafos, Flores [1975, 1979] establece
las fases de elaboración del Quijote de 1605, que comprenderían interpolaciones, añadido de títulos de capítulos, etc. No acepta la hipótesis de Flores
Moner [1993]. De la división en capítulos de la primera parte ya se había
ocupado Willis [1953]. Reduce las 6 fases de Flores a 3 Weiger [1985] y a 5
Martín Morán [1990]. Este último trabajo sugiere la existencia de un Protoquijote, que recuerda el Urquijote sobre el que volveré en breve, compuesto de
3 partes de 8 capítulos, en el que no hallarían espacio los episodios relacionados con la venta de Palomeque, lugar reservado a las interpolaciones. El
análisis de los descuidos lleva al último crítico mencionado a realizar una serie
de consideraciones sobre el arte narrativo cervantino, que haré mías, desde el
momento en que su nombre coincide con el mío, a modo de conclusión parcial
de este filón del cervantismo. Las incongruencias narrativas y los arrepentimientos del Quijote desvelan una concepción del texto por parte de Cervantes
bastante alejada de la concepción moderna (Ascunce Arrieta [1997] sostiene lo
contrario); para él no tiene tanta importancia el desarrollo lógico-causal del
relato, como la iteración de los atributos de los personajes; los episodios se
acumulan en la estructura serial de la novela, mientras los personajes confrontan sus puntos de vista, sin que exista una verdadera evolución de los
mismos, sino solamente saltos bruscos de una posición a otra de los dos polos
de la personalidad que los caracterizan. Todo lo cual pone seriamente en duda
la consideración del Quijote como primera novela moderna. Otros críticos
como Molho [1992], Lathrop [1992] han discutido que se pueda hablar de
descuidos, la base textual de las consideraciones que acabo de exponer, por
cuanto parecen de todo punto voluntarios.
Tal vez el aspecto más interesante de los trabajos centrados en los descuidos, más allá de la plausible restitución de un estadio anterior del texto, es
la entrega al cervantismo de un texto abierto, cuya coherencia interna se puede
discutir, listo para todo tipo de evaluaciones sobre su adhesión al canon
genérico.
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Mencionaba antes el Urquijote. Es cuestión suscitada por Menéndez Pidal
[1920], a raíz de su comentario sobre el influjo de El entremés de los romances
en la primera versión del Quijote, que, como se recordará, según don Ramón,
se reduce a los 6 primeros capítulos. La polémica estaba servida; en ella se
vieron involucrados gran parte de los cervantistas, a partir de 1947; en tiempos
de exaltación del espíritu nacional, no parecía conveniente reconocer que la
gran obra de nuestra literatura era poco menos que fruto de un plagio; y de
hecho fueron ante todo los hagiógrafos de Cervantes quienes más se señalaron
en la defensa de su originalidad: Astrana Marín [1948-1958] niega la precedencia del Entremés, Palacín Iglesias [1965] lo sigue. Desde posiciones más
ecuánimes defiende la posterioridad del entremés Murillo [1986]; la niega
Pérez Lasheras [1988]. Aunque el consenso parece orientarse hacia la segunda
posición, es necesario decir que la cuestión ha perdido interés, gracias a los
nuevos planteamientos de la crítica literaria, que ya no ve en ella un problema
de originalidad; el concepto de intertextualidad nos ha librado de ciertos fetichismos críticos y ha contribuido a abordar el asunto desde la perspectiva del
diálogo con la tradición y el canon, donde aún queda amplio espacio para la
intervención del autor. Otro punto de vista sobre la cuestión es el de Murillo
[1981], para quien el Urquijote es el relato del capitán cautivo, que Cervantes
debió de escribir en torno a 1589 y en el que ya se encuentra una serie de elementos temáticos luego desarrollados en la obra total.
Menéndez Pidal [1920] planteaba también la cuestión Avellaneda en
términos que fueron juzgados poco respetuosos para el genio cervantino; venía
a decir don Ramón que el influjo de Avellaneda sobre la segunda parte era
mucho mayor de lo que se pensaba, y que probablemente gran parte del
Quijote de 1615 se podría explicar como una reacción de Cervantes al
apócrifo. Gilman [1951] invirtió los términos del problema al afirmar que
había sido el continuador el que había tenido conocimiento de la segunda
parte, cuyas primicias probablemente se leían en las academias, y había
plagiado una serie de episodios. Sicroff [1975] vuelve a la tesis de Pidal y
halla evidencias textuales de imitación de Avellaneda por Cervantes en algunos
episodios anteriores a II, 59. Romero [1990, 1991] acepta el planteamiento de
Pidal y Sicroff, y rastrea por su parte la inclusión tardía de los episodios atinentes a Sansón Carrasco y al retablo de Maese Pedro, como respuesta a Avellaneda. Martín Morán [1994] explica algunas incongruencias de los primeros
cinco capítulos de la segunda parte como efectos de la remodelación en respuesta a Avellaneda. En apéndice a lo dicho señalo algunos trabajos recientes
que testimonian el creciente interés de la crítica por el apócrifo: Calabrò
[1988], Marín López [1988], Riquer [1988], Moner [1988c], Aylward [1989],
Molho [1991], Joly [1996], Iffland [1999].
MANUALES
Comencé esta charla hablando de la distancia entre interpretación académica e interpretación popular del Quijote; algunos estudiosos han intentado
colmarla con sendos manuales de divulgación, en su mayoría, en realidad,
dirigidos a la academia, lo que termina por condicionar la organización, el
tono y los temas de la exposición. El primero fue Riquer [1960] y a mediados
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de los años 80 lo siguieron Close [1990], Murillo [1988], Riley [1986], Russell
[1985], Gilman [1989], Johnson [1990], Meregalli [1991], Eisenberg [1993].
La proliferación de manuales es, a mi modo de ver, un fenómeno indicativo de la situación de la crítica sobre Cervantes. Es indicativo, en primer
lugar, de la existencia de un público especializado, que proviene de las instituciones universitarias, en su mayor parte, como ya he dicho. Es indicativo, en
segundo lugar, de la fragmentación de la crítica: si es necesario un libro que
pueda servir de guía de lectura y que compendie las lecturas del Quijote, quiere
decir que se ha perdido el objetivo de la crítica de ofrecer una visión epocal del
libro de Cervantes. Y esta podría ser una de las conclusiones de este trabajo,
CONCLUSIONES
que quiero inaugurar subrayando los aspectos positivos de estos últimos
cincuenta años de quijotismo. La multiplicidad de lecturas y la enorme
variedad de enfoques bajo los que se ha analizado el Quijote en este periodo,
por un lado, nos proporcionan una imagen del texto rica y exahustiva, aunque
no necesariamente completa y, por el otro, reactualizan la más universal de
nuestras obras clásicas según los parámetros de la cultura moderna. Si se produjera el cataclismo al que me he referido al principio de mi exposición y, sin
el texto del Quijote, algún lector intentara reconstruir una visión holográfica de
la obra a partir de las contribuciones críticas, encontraría que cualquiera de los
tres sentidos aplicables a su percepción, oído, tacto y vista, tendría a su disposición una infinidad de detalles con los que poder integrar esa visión del todo;
pero, ¿resultaría una imagen unitaria? Además, percibiría cierta sintonía entre
las diferentes sensibilidades críticas, que nace, sin duda, de la permeabilidad de
las mismas, de la disponibilidad a acoger en su seno planteamientos e ideas de
sensibilidades distintas. A partir de ese intercambio de ideas, el mencionado
lector podría llegar a convencerse de la existencia de una base común en la
interpretación del Quijote, más o menos aceptada por todos, por debajo de la
explosión pirotécnica de lecturas especializadas, que le causaría la sensación de
haber dado con la ansiada visión uniforme de la obra; en efecto, todos concordamos en que el Quijote es una obra dialógica, en la que el protagonista
crece en su conflicto con la sociedad, con una multiplicidad de niveles de significación, a la que se acompaña la distancia irónica del narrador respecto de
lo narrado, de la que resulta una ambigüedad y un pluriperspectivismo en el
tratamiento de los elementos del relato, que hacen de ella la primera novela
moderna, y lo reafirma la prueba del nueve de la metaliterariedad. En mayor o
menor medida, todos los críticos aceptamos esta base común, sin percatarnos
muchas veces de que es tan básica y tan común que nos limitamos a enunciar
las características del género al que pertenece el Quijote, con lo que incurrimos en uno de nuestros mayores defectos de los últimos tiempos: el valor
tautológico de muchas de nuestras afirmaciones.
De modo que los mismos factores que me llevaban a subrayar los aspectos
positivos de la crítica de los últimos tiempos son los mismos que me llevan
ahora a poner de relieve los aspectos negativos. Esa especialización creciente
de la crítica, que nos restituye una visión cada vez más detallada de la obra,
tiene sus inconvenientes: ya no existe el adán crítico, todos nos leemos, con la
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finalidad de conocer los avances en la interpretación del Quijote y también con
la finalidad de encontrar un reducto de intervención en un panorama ampliamente saturado de lecturas, microlecturas, angulaciones, puntualizaciones,
escolios, etc. De hecho, ya casi no hay debate, ya casi no hay polémicas
—hago una excepción para la generada por el postestructuralismo, que ya he
mencionado antes—; cada uno tiene su parcela y de ella se ocupa. En la lista
de discusión sobre Cervantes en Internet los últimos argumentos que hemos
discutido —y nótese que me incluyo— han sido el número de personajes del
Quijote y el nombre del rucio.
Hemos pasado del intento de hacer del libro un mito nacional a las lecturas
parciales y sesgadas, fruto de la aplicación de un método, que caen muchas
veces en la tautología de afirmación de la validez del método mismo. Hemos
pasado del intento de aplicación del clásico al mundo, a explicar por qué es un
clásico y por último a explicar lo que se puede ver en un clásico. A veces,
nuestra lectura del Quijote parece tener solo la finalidad de explicar por qué
podemos hacer esa lectura, es decir, por qué estamos enunciando un discurso
institucional, en un ámbito institucional, con métodos especializados. Hemos
vuelto manierista la crítica, lo importante es el método y la posición de quien
enuncia el análisis, y mucho menos lo que se dice en él.
Este anquilosamiento de la discusión creo que se debe a varias causas;
una de ellas es la mitización del libro. Me explico mejor. Somos víctimas de
una especie de determinismo teórico: el Quijote es un libro perfecto, es una
obra donde todas las estrategias han producido los efectos deseados y esos
efectos coinciden con los méritos y los valores estéticos del clásico; por lo
tanto la misión del estudioso se reduce a oír el rumor de la sociedad que se
percibe en el trasfondo del texto, a proyectar sobre él su peculiar visión del
mundo o del texto mismo, a manipular sus elementos constitutivos y describir
su funcionamiento, o, en su defecto, a ir poniendo al día las denominaciones
técnicas a medida que las modas van imponiendo nuevas etiquetas. No nos
planteamos la posibilidad de que algún elemento o alguna estrategia narrativa
no hayan funcionado, o no correspondan a los fines que les atribuye la novela
moderna. Casi nadie, por ejemplo, pone en tela de juicio la unidad de la trama;
para ello nos basamos en que los fenómenos que empujan la estructura narrativa hacia la inestabilidad y la inconsistencia han sido ampliamente previstos
por los teóricos clásicos —podría ser el caso de la interpolación de novelas o
la mezcla de diferentes planos de realidad—, o por los críticos modernos, que
bajo la etiqueta de perspectivismo, ambigüedad, o intención oculta del autor,
han cobijado fenómenos como los descuidos narrativos, la cronología laberíntica, la falta de consecuencialidad entre las acciones, etc. Se trata de hallar el
nombre adecuado y desde ese momento el fenómeno gozará de carta de naturaleza en la narrativa. La justificación última para ello reside en la mitificación
del autor y su obra a la que hemos asistido después de la reivindicación de
Castro [1925]; la panacea para todos los males técnicos del Quijote está en la
genialidad del autor, que no ha podido escribir más que una obra genial, en la
que se puede apreciar el panorama de la narrativa de la época, que ha previsto
los posibles desarrollos de la novela («todo está ya en el Quijote»). Y cuando
la panacea no funciona, cuando descubrimos un aspecto que no figura en
ninguna de las teorías narrativas hoy circulantes, o que choca contra la defini-
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ción del género novela implícita o explícita en ellas, siempre nos queda el
antídoto mágico de argumentar que el deficiente teórico en cuestión se dejó
inspirar por un libro menos completo que el Quijote, como por ejemplo, la
Recherche de Proust. Tras todas esta opiniones está el juicio predeterminista
que el Quijote es una summa y una cima, con lo que ponemos de manifiesto la
pervivencia del idealismo romántico que hemos trasladado del protagonista al
libro. Así que no hay para qué extrañarse, si todo lo que tiene que ver con el
Quijote enciende el fervor milenarista y profético de su promotor, con frases
como «sobre el Quijote aún no se ha dicho la última palabra», o «estamos
ante la edición del milenio», o «esta es la mejor obra que he hecho para el
común de los mortales» —y conste que quien habla no es Cervantes—, o este
mismo Congreso, celebrado en el año 2000, en Lepanto, la más alta ocasión
que vio el cervantismo, que ha tenido la bondad de escucharme.
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LA CRÍTICA SOBRE EL QUIJOTE EN LA PRIMERA
MITAD DEL SIGLO XX1
José Montero Reguera
CONSIDERACIONES
PREVIAS
Hacer la historia de la crítica sobre el Quijote durante la primera mitad del
siglo XX es tarea compleja y difícil, que daría ocasión a una amplia monografía en la línea de la que ya elaboré, para una período más reducido, en mi
trabajo sobre El «Quijote» y la crítica contemporánea.2 Procuraré por tanto
hacer un esfuerzo de síntesis con el fin de delinear los principales hitos, tendencias y acontecimientos que la crítica sobre el Quijote ofreció entre 1900 y
1950. La tarea es compleja y quedarán, sin duda, autores y obras en el tintero,
por lo que solicito de antemano la indulgencia de los lectores invocando una
vez más las conocidas palabras de Cervantes en las que pide «no se desprecie
su trabajo, y se le den alabanzas, no por lo que escribe, sino por lo que ha
dejado de escribir».
Con ese propósito de síntesis me permito acudir a tres fechas que van a
servirme de ejes en torno a los cuales estructurar este trabajo: 1905, 1925,
1947. La primera es el año conmemorativo del tercer centenario de la publicación del Quijote: la utilizo como fecha simbólica de inicio del periodo de que
me voy a ocupar, aunque haré referencia a algunas publicaciones anteriores,
plenamente entroncadas con el cervantismo de la centuria decimonónica. La
segunda se corresponde con la publicación del libro quizás de mayor trascendencia en la historia del cervantismo: El pensamiento de Cervantes, la obra
más lograda de su autor, Américo Castro, que supuso, como es aceptado de
manera unánime, un antes y un después en el análisis de la obra cervantina, con
atención especial, pero no exclusiva, al Quijote. Esta fecha de 1925 me permite
asimismo dividir el período que estoy estudiando en dos partes de igual extensión, lo cual me será de utilidad. Finalmente, en 1947 se conmemora el cuarto
centenario del nacimiento de Miguel de Cervantes, que originó actividades y
publicaciones de singular importancia, como la creación de la revista Anales
Cervantinos, o los homenajes organizados por la revista Ínsula (1948), por la
Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (Homenaje
a Miguel de Cervantes Saavedra en ocasión de su cuarto centenario, Buenos
Aires: Universidad, 1947), y por Francisco Sánchez Castañer (Homenaje a
Cervantes, Valencia: Mediterráneo, 1950, 2 vols.). En todos ellos colaboraron
algunos de los más destacados hispanistas de esos años.
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José Montero Reguera
[2]
1. 1900-1925. EL LEGADO DEL XIX: HACIA UNA MODERNA Y NOVEDOSA
CONSIDERACIÓN DE CERVANTES Y EL QUIJOTE.
1.1. Preliminar.
Los años que van desde 1900 a 1925 constituyen una época no bien
conocida en el campo de la crítica sobre el Quijote o sobre el cervantismo en
general.3 Se trata de un periodo en el que trabaja y publica un heterogéneo
conjunto de escritores, creadores, estudiosos e investigadores formados en los
métodos y procedimientos decimonónicos que continuará su actividad en el
comienzo del nuevo siglo. A este grupo se van superponiendo nuevas generaciones de lectores y admiradores de Cervantes, formados en otras lecturas y
métodos de análisis, lo que les permite introducir savia nueva en el conjunto de
los estudios sobre el Quijote. Se trata de un periodo, por poner un ejemplo, del
que Américo Castro, en su introducción a El pensamiento de Cervantes, apenas
destaca cuatro o cinco estudios sobre el Quijote.4 Con todo, a pesar de mucho
crítico desbocado y de abundante «megalomanía cervántica» —por decirlo
con las palabras del doctor Royo Vilanova5—, creo que es una etapa de
siembra, de gestación de interpretaciones, análisis, modos de ver el Quijote que
aflorarán a partir de 1923-1925 y que tendrán luego larga descendencia, hasta
llegar incluso a nuestros días: baste mencionar, aparte del libro de Castro, que
cierra este periodo, el discurso de Marcelino Menéndez Pelayo pronunciado en
1905 sobre Cultura literaria de Miguel de Cervantes y elaboración del
«Quijote», reimpreso numerosas veces, incluso recientemente;6 las Meditaciones del Quijote, de José Ortega y Gasset (1914); el trabajo de Ramón
Menéndez Pidal sobre Un aspecto de la elaboración del «Quijote», que desarrolla una de las ideas defendidas por Menéndez Pelayo en el discurso de
19057; y la Guía del lector del «Quijote» de Salvador de Madariaga, que
inaugura en buena medida el acercamiento psicológico a la obra cervantina.8
1.2. El legado del siglo XIX.
El redescubrimiento y revalorización de Cervantes y su obra que se
produce en el siglo XVIII, especialmente desde la publicación en 1737 de la biografía escrita por Gregorio Mayans y Siscar a instancias del Barón de Carteret,
tienen su continuación y desarrollo en la centuria siguiente, de singular importancia en la historia de la crítica e interpretación del Quijote: es en el siglo XIX
cuando empieza a producirse un cambio profundo en la manera en que esta
obra se había venido leyendo desde su publicación en 1605.9 El Quijote
empieza a leerse no exclusivamente como un libro divertido que causaba la risa
y la carcajada de los lectores, sino como un libro serio, en el que se podía
encontrar sabios consejos para conducirse en la vida; más aún, en las acciones
de don Quijote y Sancho podía encontrarse un modelo de comportamiento
humano: se inauguraba así la interpretación simbólica y filosófica de la obra
cervantina que presentaba, por ejemplo, a un don Quijote convertido en héroe
romántico que desea resucitar un mundo ideal en el que se ha sumergido y que
quiere vivirlo dentro de sí. En muchas ocasiones don Quijote parece un romántico casi incorregible que aun habiendo fracasado en su heroica misión, antes
de su muerte, desea vivir en otro mundo ideal e intenta huir hacia un lugar
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idílico pastoril: «[…] y que tenía pensado de hacerse aquel año pastor y entretenerse en la soledad de los campos, donde a rienda suelta podía dar vado a sus
amorosos pensamientos, ejercitándose en el pastoral y virtuoso ejercicio».10
Esta nueva manera de acercarse a la obra permitió que se establecieran tres
grandes axiomas sobre el Quijote, que se han mantenido hasta fechas muy
recientes, como bien ha precisado Anthony Close: la idealización del héroe y
la negación del propósito satírico de la novela; la creencia de que la novela
tiene un nivel simbólico y que a través de tal simbolismo Cervantes expresó
ideas sobre la relación del espíritu humano con la realidad y sobre la naturaleza
de la historia de España; y, en tercer lugar, la interpretación de ese simbolismo como reflejo de la ideología, estética y sensibilidad modernas.11 En consecuencia con esa nueva manera de acercarse al Quijote a partir del Romanticismo, en los últimos veinte años del siglo XIX se va desarrollando un cierto
tipo de crítica, al tiempo que toda una imagen de la obra (y del autor), que es
la que heredan los que se acercan a la obra cervantina en el primer cuarto del
siglo veinte.
Así por ejemplo, como herencia del romanticismo que se desarrolla
después de forma reiterada tanto en la literatura como en las artes plásticas,
debe considerarse la dualidad Quijote-Sancho como «metáfora de los contradictorios, pero inseparables, componentes de la personalidad humana»12;
asimismo, la simbiosis entre personaje y creador, con la identificación de este
último ante todo «como un rasgo de carácter nacional»,13 primando por tanto
su condición de español, lo cual supone, obviamente, una visión nacionalista,
como así se muestra inequívocamente en las Exposiciones Nacionales de
Bellas Artes, «escaparates por excelencia del arte oficial, [que] ofrecen el
panorama más completo de la utilización de Cervantes y de sus personajes al
servicio de los ideales del nacionalismo español».14 Lo que viene a conseguirse con todo ello, según el siglo XIX va avanzando hacia sus últimas
décadas, es «una auténtica institucionalización de antiguas aspiraciones […]
junto a la gloria que novela y personaje representaban para el contexto políticocultural del Estado moderno. Cervantes y lo cervantino se convirtieron
entonces en iconos glorificadores de lo nacional, lo mismo que tantos otros
temas históricos»15: en fin, un Quijote que se encuentra por todas partes y es
utilizado de manera constante y permanente con propósitos y objetivos muy
diversos; es así como se puede entender mucho mejor el artículo de Mariano
de Cavia en el que, desde las páginas de El Imparcial, 16 se quejaba precisamente de esa invasión del Quijote no sólo en la literatura, sino en todas las
bellas artes e, incluso, en otros órdenes de la vida cultural y política de
entonces.17
Estos últimos años del siglo XIX, ya en las vísperas del desastre de 1898,
suponen una nueva «canonización» (la expresión es de Anthony J. Close) de la
obra y el personaje cervantinos, que va a ser caracterizado (el personaje)
siguiendo los modelos del Greco, cuya figura y valía se recuperan entonces.18
Igualmente se hará con el autor: el cuadro atribuido a Jáuregui donado a la
Academia en 1910 por José Albiol responde en buena medida a esa tendencia,
de ahí, quizá, la buena acogida que recibió inicialmente, al menos desde
diversas instituciones: como dice Carlos Reyero, la imagen de Cervantes en
este retrato «respondía a esa adustez ‘grequista’ tan querida en la época».19
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El siglo XIX lega también la penetración generalizada del Quijote en el
sistema educativo español. Según Gabriel Núñez,
Cervantes, en opinión de Blair, fue el único autor que supo hacer un libro clásico, de
lectura agradable y de utilidad literaria. Con El Quijote para niños y con los fragmentos
del mismo seleccionados por Lista para su colegio, culminará en la década de los
ochenta, casi coincidiendo con el Programa de Literatura Española de Menéndez
Pelayo, que consagra la lección 65 a Cervantes, la implantación del Quijote como
manual de uso obligado en las horas de lectura y escritura al dictado de los escolares de
todos los tramos del sistema educativo de los dos últimos siglos […] ahora se inicia la
penetración generalizada del Quijote en el sistema educativo español.20
De esta manera se culmina el proceso iniciado en el siglo XVIII de incorporación del Quijote a las historias de la literatura como uno de los grandes
valores de la literatura española21 y continúa y se consolida en los manuales,
preceptivas e historias de la literatura decimonónicas, tanto españolas como
extranjeras:22 Francisco Giner de los Ríos (1866-1867),23 Manuel de la Revilla
(1872),24 Manuel Milá y Fontanals (1873-1874),25 James Fitzmaurice-Kelly
(1898),26 Marcelino Menéndez Pelayo, 27 etc.
Entre el cervantismo de raigambre plenamente decimonónica cabría
destacar algunos nombres de alcance y valía muy distintos; son los nombres
que cualquier estudioso del Quijote de principios del siglo XX tendría que
manejar inevitablemente:28 Juan Eugenio Hartzenbusch (1806-1880), inspirador de una de las aventuras tipográficas más curiosas en la historia del cervantismo: en 1863 el impresor madrileño Manuel Rivadeneyra decide llevar a
Argamasilla de Alba los instrumentos y máquinas necesarios para imprimir
un Quijote y unas Obras completas. Tales artefactos se instalaron en la
conocida Cueva de Medrano, lugar que parece pudo ser prisión de Cervantes,
como reza el pie de imprenta: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha,
compuesto por Miguel de Cervantes Saavedra. Edición corregida con especial
estudio de la primera, por D. J. E. Hartzenbusch (Argamasilla de Alba:
Imprenta de Don Manuel Rivadeneyra [casa que fue prisión de Cervantes],
1863, 4 vols); y Obras completas de Cervantes […] Texto corregido con
especial estudio de la primera edición, por D. J. E. Hartzenbusch (Argamasilla
de Alba: Imprenta de Don Manuel Rivadeneyra [casa que fue prisión de Cervantes], 1863, 4 vols.). Y también es autor de las 1633 notas redactadas para
acompañar a la edición «foto-tipográfica» de López Fabra:29 sin duda sus
comentarios son menos valiosos que el de Clemencín (a quien sigue y discute
con mucha frecuencia), pero todavía tienen cierto interés; desde el punto de
vista filológico, intervino en demasía sobre el propio texto, ofreciendo lecturas
y enmiendas injustificadas, aunque, cuente en su favor, fue el primero que, por
ejemplo, proporcionó una solución razonable al famoso episodio de la desaparición del rucio de Sancho Panza. Pascual de Gayangos (1809-1907),
conocido sobre todo por sus estudios sobre libros de caballerías, pero autor
también de diversos trabajos cervantinos, como Cervantes en Valladolid (publicado a lo largo de cinco entregas en la Revista de España, durante los meses
de marzo a julio de 1884)30, con algunas novedosas consideraciones sobre la
publicación del Quijote31; Manuel Milá y Fontanals (1818-1884), maestro de
Menéndez Pelayo;32 Adolfo de Castro (1823-1898), académico, defensor de
arriesgadas atribuciones (El Buscapié, Semanas del jardín, acaso sea el autor
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de la Epístola a Mateo Vázquez);33 Manuel de la Revilla (1846-1881), autor de
un conocido manual reimpreso varias veces, pero sobre todo de diversos
trabajos sobre el Quijote en los que muestra una mesura y sensatez dignas de
encomio al referirse al posible simbolismo del Quijote;34 Cristóbal Pérez
Pastor, autor de dos volúmenes de Documentos cervantinos hasta ahora
inéditos (Madrid, 1897); José María Asensio y Toledo, que ingresó en la Real
Academia Española (1904) con un discurso sobre Interpretaciones del Quijote
al que respondió Menéndez Pelayo, 35 y autor también de un extenso volumen
sobre Cervantes y sus obras publicado inicialmente en 1870.36
No hay que olvidarse tampoco de otros escritores y creadores a caballo
entre estos dos siglos, cuya admiración por el Quijote es bien evidente: Juan
Valera (1824-1905), cuya novelística está llena de resabios cervantinos, dedicó
a Don Quijote dos importantes trabajos: Sobre el «Quijote» y sobre las diferentes maneras de comentarle y juzgarle, discurso leído en la Real Academia
Española el 25 de septiembre de 1864, y Consideraciones sobre el «Quijote»,
discurso leído también en la Docta Casa el ocho de mayo de 1905 dentro de los
actos conmemorativos del tercer centenario del Quijote. Ambos de singular
importancia, quiero destacar sobre todo el primero, pues en él Juan Valera
llama la atención sobre los desatinos de parte de la crítica empeñada en buscar
simbolismos y significados esotéricos a la obra de Cervantes, a la par que
defiende el carácter ante todo paródico del texto cervantino respecto a los
libros de caballerías, de manera que destaca así el valor literario, estético, si se
quiere, del Quijote antes que cualquier otro.37 José María de Pereda (18331906), que tenía en el Quijote una de sus lecturas predilectas, 38 incluye en
buena parte de sus obras en prosa elementos muy cervantinos39 y a él se debe
un clarividente artículo, Cervantismo (1880), en el que ya se presentan las dos
vertientes del término: el estudio serio, ponderado de las obras de Cervantes,
pero también: «Acaso en el cervantismo vea yo algo de la intemperancia, que,
entre nosotros, lleva todo lo demás hasta el ridículo de las cosas más serias y
respetables».40 Benito Pérez Galdós (1843-1920), que se
complace en destacar a cada momento su deuda con Cervantes, en un gesto admirativo
que vale más que cualquier discurso crítico. En su constante meditación sobre Cervantes
y sobre el Quijote como matriz de la novela moderna, descubre Galdós, a partir de
Gloria, la necesidad de perseguir una forma novelesca total, una construcción que
integre, como ocurre con el Quijote, la representación simbólica o si se quiere alegórica
del espíritu de España; la constancia de los cambios operados en ese espíritu con el
devenir de la historia; la pintura de la vida social, hidalgos, nobles, campesinos,
hampones; las manifestaciones de la psicología colectiva e individual, sumida una en la
otra, en los estados normales o anormales; todo ello asentado en la literatura científica
disponible e incorporado a una estructura formal de novela realista e idealista al mismo
tiempo, seria y humorística, culta y popular, trágica y cómica.41
Esa admiración por Cervantes permanecerá siempre, hasta sus últimos
días, como revela la expresión «¡Adiós, Cervantes mío […]!» con que finaliza
una conferencia suya (leída por Serafín Álvarez Quintero en el salón de actos
del Ateneo de Madrid el 28 de marzo de 1915) que el autor de Fortunata y
Jacinta recoge en sus Recuerdos y memorias.42 Leopoldo Alas Clarín (18521901) cuya novela La Regenta presenta una filiación cervantina evidente;43
Emilia Pardo Bazán, 44 Jacinto Octavio Picón (1852-1923), que, con las
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palabras de Gonzalo Sobejano, veneraba a Cervantes,45 y participó activamente
en buena parte de los actos conmemorativos del tercer centenario, etc.46
Los críticos y novelistas mencionados, a caballo entre las dos centurias,
presentan, en fin, una singular importancia en el campo de la exégesis cervantina, pues, por una parte, con sus novelas muestran en la práctica su deuda con
Cervantes y el Quijote, de manera que lo convierten en un modelo novelesco
digno de ser imitado (Galdós, Clarín, Valera); en segundo lugar intentan poner
un poco de orden y mesura ante los excesos de la crítica simbólica (Juan
Valera, Manuel de la Revilla); y, finalmente, ponen nombre a ese conjunto
cada vez mayor de actividades, en ocasiones de difícil clasificación, cuyo principal objetivo es estudiar, difundir, comentar, interpretar, alabar,… la vida y la
obra literaria de Miguel de Cervantes; ese nombre no es otro que el de cervantismo, a la par que indican los problemas que puede acarrear este tipo de
exégesis (Pereda).
1.3. Los fastos y conmemoraciones de 1905.
En 1905 se conmemora el tercer centenario de la publicación del Quijote.
Tal acontecimiento se venía preparando desde un par de años antes47 y originó
una auténtica avalancha de publicaciones, actos, reuniones y proyectos impulsados, buena parte de ellos, desde el Gobierno que había promulgado a tal
efecto las Reales Órdenes de fecha 1 de enero, 13 de febrero de 1904 y 8 de
mayo de 1905. La actividad fue muy intensa como puede verse en la útil
Crónica del centenario del «Don Quijote» que publicaron Miguel Sawa y
Pablo Becerra48 y abarcó todos los ámbitos culturales de la época: música,
pintura, escultura, teatro,49 traducción,50 periodismo y, también, la crítica e
investigación histórico-literarias. No es mi propósito ahora inventariar lo publicado a raíz de este centenario (labor titánica que excede con mucho las posiblidades de este trabajo), sino mostrar, siquiera esquemáticamente, su significación en el contexto de la literatura de la época y, asimismo, destacar los
principales hitos bibliográficos.
La fecha de 1905 constituye un año de singular importancia en nuestra
historia literaria: un grupo de escritores jóvenes (noventayochistas, modernistas) va adquiriendo poco a poco más peso en los ambientes literarios de la
España de principios de siglo; al decir de José María Martínez Cachero, es la
fecha clave de triunfo de la corriente modernista, con la publicación de algunos
de los libros más característicos de este movimiento.51 Y noventayochistas
(Azorín, Baroja, Unamuno) y modernistas (Juan Ramón Jiménez, Rubén
Darío, Machado, Valle Inclán, Martínez Sierra), esto es, la nueva literatura,
van a enfrentarse con la vieja literatura representada por las egregias figuras
decimonónicas todavía vivas: Juan Valera, Benito Pérez Galdós, José Echegaray, y otros. Este enfrentamiento vino a suponer en buena medida «el final
de una generación y la entronización de otra»,52 todo ello con el centenario del
Quijote al fondo, en el cual, de una u otra manera participan los integrantes de
esta nueva literatura, quienes acaban convirtiendo el libro cervantino, con la
expresión de Javier Blasco, en el «evangelio» de los nuevos tiempos.
Y por otra parte, la nueva literatura se va a enfrentar al cervantismo oficial
poniendo de relieve sus preferencias por el libro antes que por el autor, mostrándose, por tanto, mucho más quijotistas que cervantistas: eso es lo que
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explica los conocidos libros de Miguel de Unamuno, Vida de Don Quijote y
Sancho,53 y Azorín, La ruta de Don Quijote, ambos publicados en 1905 como
consecuencia directa —al menos el de Azorín— de las celebraciones del centenario; y es lo que explica también, por ejemplo, el rechazo inicial de Francisco Rodríguez Marín al cervantismo de Azorín, cuya recreación del camino
seguido por don Quijote es calificado por el erudito como «tentativas baladíes
en que no hay ni pizca de cervantismo».54
Entre las abundantes publicaciones aparecidas en esa fecha55 se pueden
destacar la Gramática y diccionario de la lengua castellana en «El ingenioso
hidalgo don Quijote de la Mancha», de Julio Cejador y Frauca, 56 hoy ya muy
desfasado, pero en su momento esfuerzo importante y ampliamente utilizado
durante años; el conocido discurso de Menéndez Pelayo al que ya me he
referido antes; el libro de su discípulo, Adolfo Bonilla y San Martín, Don
Quijote y el pensamiento español, ensayo de corte nietzscheano y voluntarista,57 en el que pueden encontrarse no obstante algunas ideas, muy en
esquema, que Américo Castro desarrollaría unos años más tarde en El pensamiento de Cervantes; el ensayo de Santiago Ramón y Cajal, precedente de
toda una línea de acercamiento al Quijote;58 el libro de Ángel Salcedo Ruiz
sobre Estado social que refleja el «Quijote»,59 «el estudio más completo escrito
en la primera mitad del siglo XX», en palabras de Javier Salazar Rincón;60 y
aunque no referida exclusivamente al Quijote, merece la pena recordar la
Bibliografía crítica de las obras de Miguel de Cervantes (Madrid: 1895-1904,
3 volúmenes), de Leopoldo Rius, todavía útil.61
Y finalmente, el llamado «Quijote» del centenario, un ambicioso
proyecto editorial llevado a término finalmente por Ricardo López Cabrera
—yerno del pintor sevillano especialista en temática cervantina José Jiménez
Aranda— que concibió una lujosa publicación de la novela en ocho tomos,
cuatro de textos y cuatro de láminas, que aparecieron en Madrid entre 1905
y 1908.62 Aunque filológicamente no presenta ningún valor, fue un esfuerzo
artístico de primer orden, en el que colaboraron algunos de los mejores
pintores españoles de la época. El principal ilustrador de ese proyecto fue
José Jiménez Aranda, que había comenzado a trabajar en él hacia 1896 y
murió antes de ver terminado su proyecto para el que preparó seiscientos
ochenta y nueve «gouaches», cuyos originales se encuentran dispersos. Son
ilustraciones, en opinión de Carlos Reyero, «muy bien compuestas y magníficamente dibujadas, realizadas con extraordinaria naturalidad, destacando la
captación precisa de gestos y detalles, con gran fidelidad narrativa, aunque,
a la vez, de gran espontaneidad». En la misma edición colaboraron los
siguientes pintores: Luis Jiménez Aranda (1845-1928), autor de treinta y
siete láminas; Ricardo López Cabrera (1864-1950), que realizó veinticuatro
ilustraciones; Nicolás Alpériz (n. 1870), Gonzalo Bilbao (1860-1938), autor
de cinco; José Villegas (1844-1921), que llevó a cabo tres; Emilio Sala
(1850-1910), que realizó tres; Manuel Benedito (1875-1963), dos; Joaquín
Sorolla (1863-1929), también autor de dos; José Francés, autor de una que,
dado su condición de escritor, tenía un valor más bien testimonial, y José
García Ramos (1852-1912).63
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1.4. Otro centenario más: 1916.
Cuando todavía no se habían apagado del todo los ecos de las celebraciones de 1905, nuevos acontecimientos se prepararon con el propósito de
conmemorar esta vez, en 1916, el tercer centenario de la muerte de Miguel de
Cervantes. Como en la ocasión precedente, no hubo campo de las bellas artes
que se escapara de estas conmemoraciones, 64 aunque, bien es cierto, no se
llegó a los extremos de 1905. Desde el punto de vista crítico, los resultados no
fueron muy destacados: abunda la crítica extravagante, 65 pero es posible
destacar el libro de Francisco de Icaza (El «Quijote» durante tres siglos)66, con
rica información y sugerentes interpretaciones, aunque hoy ya desfasado; y
los volúmenes de Adolfo Bonilla y San Martín que, si bien no referidos exclusivamente al Quijote, incluyen ideas y consideraciones inteligentes a la par que
son reveladores del encono que en ocasiones demuestra el cervantismo.67 Una
nueva edición del centenario viene a cerrar el de 1916: no es otra que la que
publicó Francisco Rodríguez Marín en 1916-191768 con ilustraciones de
Ricardo Marín.69 Esta edición fue reseñada en la prensa con éxito diverso:
favorablemente, por Aurelio Baig Baños («El Quijote más ilustrado y la
edición crítica de Rodríguez Marín», El correo español, 29 de marzo de 1917,
31 de marzo de 1917 y 1 de abril de 1917) y Francisco Morán («La nueva
edición del Quijote», El Debate, 4 de abril de 1917); en cambio, Luis Astrana
Marín se mostraba muy crítico con la labor de Rodríguez Marín.70 Finalmente,
la Academia Española publicó una edición facsimilar de las primeras ediciones
cervantinas con las técnicas de que se disponía en esas fechas.71
1.5. La enseñanza del Quijote.
En este primer cuarto de siglo se plantea una cuestión que acabará en
abierta polémica: cómo enseñar el Quijote y, aún más, ¿es lectura adecuada
para la escuela?. Lo cierto es que desde principios de siglo son abundantes las
ediciones destinadas a los niños. Acudiendo a la benemérita recopilación de
José María Casasayas encontramos entre 1904 y 1915 no menos de treinta y
ocho ediciones en castellano del Quijote destinadas entera o parcialmente a los
niños: en 1904 se publica una, dieciocho en 1905, una en 1907, otra en 1909,
otra más en 1910, dos en 1912, seis en 1913, cinco en 1914 y tres en 1915.72
Todo esto se inserta en una época en la que existe un vivo interés por lo
pedagógico, en la que se renuevan los métodos y técnicas de enseñanza a todos
los niveles; lo que explica, en fin, que los Premios Nacionales de Literatura de
1928, 1929 y 1932 se convoquen con temática de este tipo: en 1928 lo obtiene
José Montero Alonso por su Antología de poetas y prosistas españoles, 73 en la
que se dice expresamente: «El tema para el Concurso Nacional de Literatura de
1928 era ‘Antología de poetas y prosistas españoles, con semblanza de cada
autor’. Se quería premiar, según la convocatoria, un libro de lectura para las
Escuelas nacionales de niñas y niños». (p. 9; cursiva mía). Al año siguiente lo
obtiene Ángel Cruz Rueda por sus Gestas heroicas castellanas contadas a los
niños74 y en 1932 recae en Alejandro Casona por su Flor de leyendas.75
A propósito del Quijote, esta cuestión se había planteado en Francia a lo
largo del siglo XIX con la publicación de varias ediciones «para la juventud»;76
en España se plantea en cambio, casi como una consecuencia del centenario de
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1905, aunque la preocupación existe desde mediados del siglo XIX, pues ya el
10 de diciembre de 1856 el Gobierno aprueba dos antologías del Quijote para
su uso en las escuelas: El Quijote de los niños y para el pueblo editado por
Nemesio del Campo y Rivas y El Quijote para todos.77 Las Reales Órdenes de
13 de febrero de 1904, 8 de mayo de 1905, 28 de noviembre de 1906 y de 12
de octubre de 1912 coinciden en ordenar que «Los maestros nacionales
incluirán todos los días a contar desde primero de enero próximo, en sus enseñanzas una dedicada a leer y explicar brevemente trozos de las obras cervantinas más al alcance de los escolares».78 Las consecuencias son inmediatas: así
por ejemplo, el editor Saturnino Calleja empieza a publicar una Edición Calleja
para escuelas que tendría una amplia difusión. En ella se decía «a los profesores de primera enseñanza» que «la lectura del Quijote en las escuelas contribuirá, seguramente, a levantar en España la afición a lo clásico, y con este
propósito hacemos esta edición dedicada a los niños», y se indica asimismo el
método para poner el Quijote al alcance de este público: «la necesidad y aun
la conveniencia de no administrar en toda su extensión esta obra sublime,
guiaron la vacilante diestra, y en gracia a la intención seguramente ha de sernos
dispensado el atrevimiento. Lo que no hemos osado, considerándolo como
inaudita falta de respeto, es modificar lo escrito por Cervantes. Por eso preferimos suprimir por completo algunos capítulos antes que profanar la obra
inmortal».79 También responde a esa orden de 1905 el librito Catecismo de
Cervantes a cargo del profesor auxiliar del Instituto de Oviedo D. Acisclo
Muñiz Vigo, que reimprime en 1912, como consecuencia de la otra orden
ministerial mencionada, bajo el título Cervantes en la escuela, cuando de la
primera obra ya se habían agotado seis ediciones. Y, como estos, otros muchos
textos que responden a esas órdenes que harán que esa cuestión —la enseñanza
del Quijote en la escuela— pase a un primer plano, con opiniones contrarias y
con la intervención de destacadas plumas de la época: acaso la polémica más
conocida es la que sostuvieron Antonio Zozaya y José Ortega y Gasset, 80 con
conclusiones cercanas, pero debidas a razones distintas; y también Mariano de
Cavia, 81 Rodríguez Marín, 82 Ezequiel Ortín, 83 etc.
1.6. La edición y anotación del Quijote.
El siglo XIX lega a la siguiente centuria un Quijote anotado copiosamente
(los comentarios de Bowle, todavía en el XVIII [1781]; el comentario de Diego
Clemencín [1833-1839], imbuido plenamente de espíritu neoclásico; las
famosas 1633 notas de Juan Eugenio Hartzenbusch), pero muy deficiente
desde el punto de vista de la edición del texto. Dentro de la amplia variedad de
ediciones decimonónicas destaco (entre 1850 y 1900) las siguientes, de amplia
difusión y, por tanto, influencia en los inicios del siglo XX: el Quijote de Rivadeneira (1863); el facsímil de López Fabra (1871-1879), cuyo tercer volumen
lo conforman Las 1633 notas puestas por el Exmo. e Ilmo. Sr. D. Juan Eugenio
de Hartzenbusch; el Quijote de Ramón León Máinez (1877-1879), y el Quijote
de James Fitzmaurice Kelly en colaboración con James Ormsby para los
primeros veinticinco capítulos.84
Todos esos esfuerzos editoriales, en su conjunto, aportan notas y comentarios de interés que permiten entender mucho mejor el Quijote: pasajes paródicos de libros de caballerías, significación y contexto de determinadas
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palabras, posibles fuentes, etc.; pero ninguna ofrece un estudio riguroso de las
diversas ediciones de la obra ni un exhaustivo cotejo de variantes (aunque
alguna lleve un mínimo aparato crítico, v. g. la de Máinez).
El primer cuarto del siglo XX ofrece algún avance en esta cuestión, pero no
sustancial. Se publican trabajos importantes, como el de Homero Serís en el
que registra y describe los Quijotes de la Sociedad Hispánica de América con
algunas importantes novedades85 y las ediciones en castellano de la obra cervantina se multiplican: cerca de dos centenares ha inventariado José María
Casasayas entre 1900 y 1915, en España y fuera de España, presuntamente
críticas, para niños, con ilustraciones… de todo tipo. No tengo en cuenta ahora
las traducciones a otras lenguas, también muy abundantes.86 Bien es cierto que
la edición del Quijote se alentó desde ámbitos institucionales con las reales
órdenes de 1905 (para conmemorar el tercer centenario del Quijote) y de 1912,
que reafirmaba la primera, en la que se ordenaba que «La Real Academia
Española informará, en el término más breve, a este Ministerio acerca de la
forma, plan de publicación y personas a quienes haya de confiarse la dirección
de las dos ediciones del Quijote, una de carácter popular y escolar y otra crítica
y erudita».87
Sin embargo, los resultados no son muy alentadores desde una perspectiva
filológica. Fuera de España se publican algunos Quijotes, pero de escaso valor:
por ejemplo el publicado por la Biblioteca Románica (Estrasburgo, 1911-1916)
a cargo de Wolfgang von Wurzbach «conjugando un ignorante apego a las
‘ediciones legítimas’ con el despojo (tácito) de Cortejón para la inserción de
unas escasas variantes»88; y el incluido en la Romanische Bibliothek a cargo de
Adalbert Hämel (Halle: Max Niemeyer, 1925-1926), con aún peores resultados.89
En España contamos con El Quijote en seis volúmenes a cargo de
Clemente Cortejón, 90 que tuvo a la vista ediciones muy diversas, pero sin discriminar adecuadamente el valor de cada una ellas, lo que le lleva a preferir
variantes sin interés, incorporar variantes gráficas de valor nulo y, en consecuencia, a elaborar un aparato crítico muy complicado, confuso y lleno de
errores.
Y, por otro lado, comienza la labor filológica y de anotación de Francisco
Rodríguez Marín que se plasma en cuatro ediciones:91 todas ellas y en especial
la última incorporan abundantes novedades sobre la inmediatamente anterior y
se pueden considerar como la respuesta del cervantismo académico y oficial a
lo que las órdenes reales de 1905 y 1912 indicaban sobre la elaboración de una
«edición crítica y erudita» que dejaban en manos de la Real Academia
Española. Rodríguez Marín, que a la altura de 1910 se había convertido en el
cervantista español acaso más constante y preparado92, fue elegido académico
numerario en 1907 y en varias ocasiones se mostró defensor y portavoz de las
opiniones de la docta casa, como por ejemplo en el asunto del retrato de Cervantes atribuido a Jáuregui que José Albiol donó a la academia en 1911.93 Pese
a los reparos que inicialmente se le pusieron94, la labor de Rodríguez Marín
desde el punto de vista de la anotación del texto cervantino es de enorme valor,
como así ha destacado un crítico exigente como pocos: «[…] es indiscutible
que su comentario supone un paso formidable en la elucidación literal de la
obra: Bowle, Clemencín y don Francisco son los tres grandes anotadores del
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Quijote, y los restantes no van (no vamos) más allá de añadir respuestas a
cuestiones de detalle».95 Desde el punto de vista filológico en cambio, sus ediciones presentan abundantes deficiencias: adjetivadas todas ellas como críticas,
en modo alguno pueden ser consideradas como tales y ni siquiera la última,
aparecida póstumamente y con abundantes novedades respecto a las anteriores,
roza siquiera ese objetivo.
Lo cierto es que, en buena medida, el primer cuarto del siglo XX apenas
supone avance, rigor, novedad en la edición del Quijote, pero sí, en cambio, en
lo que tiene que ver con la anotación del texto y, por ende, su mejor comprensión.
1.7. Ensayistas y creadores en la exégesis del Quijote.
1.7.1. La generación del 98.
Como ya señalé antes, la fecha de 1898 supuso una nueva «canonización»
de Don Quijote similar a la que un siglo antes habían efectuado los románticos
alemanes. Tanto la obra como el personaje serán objeto de adhesión unánime
por los escritores comúmente englobados dentro de la denominada generación
del 98, que los utilizan con profusión y les dedican numerosos comentarios
donde la huella de la filosofía germana, Nietzsche en concreto, es evidente y
contribuyó de manera decisiva a la revalorización de Don Quijote.96 De una
manera muy general —este tema daría lugar a una monografía muy amplia
todavía por hacer—, la lectura noventayochista del Quijote supuso ante todo la
primacía, por encima el autor, del personaje principal de la novela que se convirtió a los ojos de estos escritores en paradigma de la dignidad y ejemplo
para lograr la regeneración nacional, bien palpable en Unamuno, aunque no
tanto en los otros integrantes del mismo grupo literario.97 Sobre esa característica común, cada escritor ofreció su propia lectura, fruto de sus inquietudes
y preocupaciones.
El Quijote acompañó a Miguel de Unamuno durante buena parte de su
vida intelectual, a lo largo, según el recuento de Jesús González Maestro, de
treinta obras:98 desde Quijotismo (1895) hasta Cancionero (Diario poético),
obra que apareció póstuma en 1953; y entre una y otra cabe mencionar algunos
títulos de singular importancia: El caballero de la triste figura. Ensayo iconológico (1896), Vida de don Quijote y Sancho (1905), Sobre el quijotismo de
Cervantes (1915), etc. Todavía en fechas no muy lejanas, la prensa española
informaba sobre la aparición de un inédito Manual del Quijotismo entre los
papeles de la Casa Museo de Unamuno en Salamanca.99 Su lectura del Quijote
no es siempre la misma y ofrece matices diversos conforme pasan los años y
la situación política española cambia.100
Desde posiciones menos beligerantes que las de Unamuno, el caso de
Azorín es muy similar. Más quijotista que cervantista en sus inicios, no se
centró en cambio exclusivamente en el Quijote (uno de sus libros de cabecera,
sin duda) sino que dedicó numerosas páginas a Cervantes a quien recreó admirablemente en ocasiones, identificando incluso autor y personaje.101 A Cervantes y el Quijote dedicó ensayos de geografía literaria (La ruta de don
Quijote, 1905), recreaciones de personajes y temas cervantinos (Tomás Rueda,
1915), trabajos de crítica histórico-literaria (Con permiso de los cervantistas,
1947; Con Cervantes, 1948), y obras teatrales (Cervantes o la casa encan-
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tada, 1931), mostrando en todos ellos su fina sensibilidad para acercarse a las
obras y autores clásicos.102
El caso de Baroja es complejo. Sin duda fue un lector reiterado del Quijote,
obra que influye decisivamente en las novelas del escritor vasco, pero sus
trabajos relativos al Quijote no son abundantes (en comparación con Unamuno
o Azorín).103 Una vez más se muestra más quijotista que cervantista, 104 pero
defendiendo un quijotismo que no llegue al absurdo.105
Y tras ellos Antonio Machado, que simboliza en don Quijote el eterno
ideal porque «algún día habrá que retar a los leones, con armas totalmente
inadecuadas para luchar con ellos. Y hará falta un loco que intente la aventura.
Un loco ejemplar»,106 pero que apenas dedicó unas líneas del Juan de Mairena
a analizar el Quijote; Ramiro de Maeztu y su conocido ensayo sobre los tres
grandes mitos literarios españoles: Don Quijote, Don Juan y La Celestina;107
Ángel Ganivet;108 Ramón del Valle Inclán, 109 etc.110
1.7.2. Un caso especial.
En el discurrir literario español de principios del siglo XX merece especial
mención en el campo de la exégesis cervantina, la figura de José Ortega y
Gasset, cuyas obras completas incorporan diversos trabajos sobre el Quijote,
entre los que destaca, sobre todo, sus Meditaciones del Quijote (1914), libro
primerizo, con el que sale a la palestra literaria, pero de capital importancia en
la historia de la crítica sobre el Quijote, «quizá la obra más seminal del siglo,
llena de intuiciones más tarde desarrolladas por otros», por decirlo con las
palabras de E.C. Riley.111 He aquí algunas de esas intuiciones: Ortega ponía en
duda la supuesta ejemplaridad moral de las novelas ejemplares, defendía el
perspectivismo como una de las claves del Quijote («El ser definitivo del
mundo no es materia ni alma, no es cosa alguna determinada, sino una perspectiva»)112 y reclamaba para esta obra cervantina el carácter de germen de la
novela moderna: «Falta el libro donde se demuestre al detalle que toda novela
lleva dentro, como una íntima filigrana, el Quijote, de la misma manera que
todo poema épico lleva, como el fruto del hueso, la Ilíada».113
1.7.3. El modernismo.
Los escritores modernistas también consideran el Quijote como uno de
sus libros predilectos; de manera general, encuentran en el Quijote, por un
lado, el idealismo, la ilusión, la fantasía y el ensueño que posibilitan la creación
de un mundo imaginativo alejado de la realidad. En segundo lugar, el sentido
humanitario: la locura quijotesca se interpreta como un acto de caridad en el
que el héroe defiende a los débiles sin preocuparse de sí mismo; en tercer
lugar, se destaca un sentimiento religioso: don Quijote es comparado en
muchas ocasiones con Cristo y se le atribuye una naturaleza divina por su
excesiva humanidad. Y, finalmente, el sentido artístico de la obra de Cervantes.114 Pero son pocos los ensayos que dedican a Don Quijote. Hallamos
ecos, por ejemplo, en un cuento de Rubén Darío, en su conocido poema
«Marcha triunfal», así como en otros poemas;115 Gregorio Martínez Sierra
escribe Tristezas del Quijote (Madrid, 1905) y Benavente La muerte de don
Quijote;116 Juan Ramón Jiménez destaca del Quijote sus valores estéticos, especialmente los que tienen que ver con el ritmo y variedad léxica, de origen
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popular en su parecer;117 en Emilio Carrere encontramos costumbrismo y
melancolía…118
Acaso el que más páginas críticas le dedicó fue Manuel Machado, en
trabajos como «Viajando por el Quijote» y «Don Quijote en el teatro». 119 De
su devoción por lo cervantino da buena prueba su biblioteca personal, hoy
conservada en la Biblioteca de Castilla y León (Burgos), en la que se pueden
encontrar numerosos libros de temática cervantina. De entre estos me permito
poner como ejemplo los estudios y ediciones de Francisco Rodríguez Marín
(los dos eran académicos de la Española), buena parte de ellos dedicados. Aun
más interesante si cabe es que algunos de esos volúmenes están anotados de
puño y letra de Manuel Machado, con consideraciones muy curiosas sobre la
manera de anotar de Don Francisco.120
1.8. La crítica en España.
Por un lado han de señalarse las publicaciones periódicas como Don
Quijote, publicación de corte radical y republicano en la que, entre 1892 y
1903, confluyeron escritores ya veteranos (José Nakens, Marcos Zapata,
Eusebio Blasco, Clarín) con escritores de los considerados ya como gente
nueva: Miguel y Alejandro Sawa, Alfredo Calderón, Dicenta, Valle Inclán,
Baroja, Maeztu, Benavente. De corte literario y político, esta revista publicó
poco o nada de interés en lo que tiene que ver con la crítica e investigación
sobre el Quijote.121 Los Quijotes (Madrid, 1915-1918), donde se publican
algunas de las «primeras descubiertas de los movimientos de vanguardia».122
Más interesante desde el punto de vista cervantino es la revista mensual iberoamerica Cervantes, que se editó en Madrid entre agosto de 1916 y diciembre
de 1920 y en la que publicaron escritores a caballo entre Modernismo y Vanguardia: Rubén Darío, Amado Nervo, Francisco Villaespesa, Rafael CansinosAsséns, Joaquín Dicenta (hijo), Eduardo Haro, Joaquín Aznar, Guillermo de
Torre, etc. Aunque la revista presenta ante todo un interés especial por lo hispanoamericano, Cervantes y el cervantismo también tienen cabida: en poemas
en los que, por ejemplo, se señala a Cervantes como la guía espiritual de las
nuevas tendencias;123 y en artículos críticos debidos a la pluma de César E
Arroyo, Luis G. Urbina y J.A. González Lanuza, entre otros.124 Plenamente
cervantista es ya la Crónica cervantina, un poco posterior, que dirigieron entre
1930 y 1936 los bibliófilos catalanes Juan Suñé Benages y Juan Sedó PerisMencheta: en ella se alternan trabajos serios y rigurosos con otros de dudosa
calidad; y una constante parece ser la crítica, también constante pero muy
dura, a la labor editorial de Francisco Rodríguez Marín.125 A estas publicaciones deben añadirse también los números dedicados íntegramente a Cervantes con motivo de los centenarios de 1905 y 1916: Revista de Archivos,
Bibliotecas y Museos; Revista General de Marina, Boletín de la Sociedad
Castellana de Excursiones, etc.
La crítica en España en el primer cuarto de siglo está representada en
buena medida por la figura destacadísima de Menéndez Pelayo, autor de un
pequeño número de trabajos sobre el Quijote del que destaco su conocido
discurso sobre «Cultura Literaria de Miguel de Cervantes y elaboración del
Quijote» al que ya me he referido antes, 126 y su escuela:127 Francisco Rodríguez Marín, que representa, por un lado, la vertiente más positivista y erudita
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en recopilaciones documentales y en sus estudios histórico-literarios y, por
otro, la edición de textos;128 y Adolfo Bonilla y San Martín, inteligente exégeta
de Cervantes y el Quijote, pero desde una perspectiva más hermenéutica y
filosófica, a la par de iniciador de una importante edición de Obras completas
de Cervantes en colaboración con Rodolfo Schevill.129
1.9. El Quijote a los ojos del hispanismo.
El hispanismo de principios del siglo XX encuentra en el Quijote una obra
llena de posibilidades y la enriquece con nuevos estudios y análisis.
En Francia debe destacarse a Alfred Morel Fatio con su trabajo, todavía
publicado en el siglo XIX, sobre Le «Don Quichotte» envisagé comme peinture
et critique de la societé espagnole du XVIe et XVIIe siècle.130 Se trata del primer
estudio de importancia en lo que se refiere a analizar las relaciones de la obra
de Cervantes con el contexto histórico-social en que se inscribe la novela;
realmente más que de un estudio se trata de una antología de textos con los que
se ilustra cada una de las clases sociales que aparecen en el Quijote. Pese a la
superficialidad de algunas de sus afirmaciones, el libro de Morel Fatio incorpora «intuiciones y juicios muy acertados, difíciles de encontrar en la crítica
española de la misma época, con los que el autor se anticipa a la investigación
más reciente: la relación que existe entre la condición social del hidalgo y la
afición a los libros de caballerías; la manía hidalguista de las gentes de la
época, cuya crítica constituye la principal intención del libro; y, sobre todo, el
énfasis que el autor ha puesto en el contenido social de la novela».131 Ernesto
Merimée incluye en su Historia de la literatura Española (1908) un largo
capítulo dedicado a Cervantes, valorando el Quijote por encima de cualquier
otra de sus obras y destacando de él su carácter divertido y jocoso;132 y Elie
Faure sitúa el Quijote a la altura de las grandes creaciones de la literatura universal, pues lo equipara con Homero, Rabelais y Shakespeare.133
En Italia, la rica bibliografía sobre «Cervantes en Italia» reunida por
Donatella Pini Moro y Giacomo Moro muestra palpablemente el interés
que el Quijote despierta en este país en el primer cuarto de siglo: ediciones,
traducciones y estudios a cargo de los más destacados críticos de ese
tiempo (Benedetto Croce, Eugenio Mele, Giovani Papini, Arturo Farinelli,
Marco Aurelio Garrone, Paolo Savj López, etc.) se cuentan por decenas.134
Entre tanta actividad crítica sobre el Quijote quiero destacar tres trabajos
por su singular importancia. En primer lugar, entre 1907 y 1908 Luigi
Pirandello escribe su ensayo L’umorismo, sin duda el trabajo fundamental
para entender las bases teóricas de la obra literaria de Pirandello, en el que
propone una nueva poética para la moderna literatura italiana basada en el
concepto de «umorismo» que puede definirse como «el intento de transponer a nivel literario la relatividad e inconsistencia de la realidad que se
percibe».135 Y para fundamentar esa idea, el autor de Seis personajes en
busca de autor acude reiteradamente al Quijote, que acaba convirtiéndose
así en el modelo esencial, pues, por un lado, es la obra donde mejor se
percibe lo anteriormente indicado y, por otro, porque se puede considerar
como la cima del desarrollo evolutivo de la ironía cómica hasta que esta se
convierte en una «postura existencial, resultante de la identificación del
autor con la obra».136 Pirandello encuentra en el Quijote la relatividad (más
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tarde, Ortega hablará de perspectivismo y Américo Castro de realidad oscilante) y la ironía que él considera como los elementos claves para su
concepto de literatura, el que quiere que fundamente la literatura italiana
moderna.137
Unos años más tarde, en 1920, Giuseppe Toffanin publicaba un extenso
libro, La fine dell’Umanesimo (Milan-Torino-Roma: Bocca), en el que analizaba el final del Humanismo desde la perspectiva de la literatura comparada y sus manifestaciones en Italia, Francia y España. En lo que se refiere
al Quijote, afirma que es el resultado de las ideas y polémicas literarias del
Renacimiento, situándolo así, por primera vez, en un contexto cultural
concreto, el mismo —de ahí en parte su extraordinaria importancia— que
luego Américo Castro en El Pensamiento de Cervantes analizó con todo
detalle. Valga decir que es uno de los pocos trabajos citados con elogio por
Castro al inicio de la obra antes citada. La reacción no se hizo esperar: en
1924 Cesare De Lollis publica un provocador Cervantes reazionario138 en
el que defiende que Cervantes y el Quijote pertenecen claramente a la Contrarreforma. En el mismo asunto terciarán otros investigadores en fechas
posteriores: Américo Castro dedica el capítulo sexto de El pensamiento de
Cervantes a esta cuestión; más tarde se enfrentarán Hatzfeld y Amado
Alonso, 139 etc.
En Alemania, ya lo he mencionado antes, se edita el Quijote nuevamente
en dos ocasiones y aunque se ha convertido en obra «máximamente pública, en
el libro de los niños y del vulgo, de los periodistas, de los eruditos, de los filósofos»,140 esto no se traduce en estudios de importancia: ensayos en los que la
impronta romántica es evidente, artículos, trabajos breves sobre posibles comparaciones entre Shakespeare y Cervantes, recepción de las obras cervantinas
en Alemania…, poco más. Habrá que esperar realmente al segundo cuarto del
siglo para encontrar trabajos de entidad.141 Algo parecido sucede en Inglaterra,
donde apenas cabe destacar las páginas que James Fitzmaurice-Kelly dedicó al
Quijote en su Historia de la Literatura Española, prontamente traducida al
español con prólogo de Menéndez Pelayo.142
En Estados Unidos la situación es similar, con la excepción de Rodolfo
Schevill, Catedrático de la Universidad de California, que emprendió, en colaboración con Adolfo Bonilla y San Martín, una de las mejores ediciones de
Obras completas de Cervantes; los tomos del Quijote, sin embargo, no se
imprimieron hasta el segundo cuarto del siglo XX. La América española, en
cambio, ofreció algunos cervantistas de primer orden: bibliófilos, como el
uruguayo Arturo Xalambrí, que reunió una impresionante colección de
Quijotes;143 eruditos, como Francisco de A. Icaza que conoció como pocos los
vaivenes de la crítica e interpretación del Quijote a través de los siglos;144
Ricardo Rojas, excelente exégeta de la poesía cervantina; José de Armas y
Cárdenas; 145 Enrique José Varona y otros, como Alfonso Reyes, Arturo
Marasso y Jorge Luis Borges, ya un poco posteriores.146
Y es en estas fechas cuando la lectura y estudio del Quijote se extiende a
otros lugares del mundo en los que va surgiendo un incipiente hispanismo: (por
orden alfabético): Argelia, 147 Brasil, 148 Bulgaria, 149 Checoslovaquia, 150 China,
151 Corea, 152 Filipinas, 153 Grecia, 154 Japón, 155 Polonia, 156 Portugal, 157 Rusia,
158 Serbia.159
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1.10. Brillante cierre de este período.
Dos libros de singular interés e influencia vienen a cerrar con brillantez los
primeros veinticinco años del siglo veinte: la Guía del lector del Quijote, de
Salvador de Madariaga, y El Pensamiento de Cervantes, de Américo Castro.
Entre junio de 1923 y febrero de 1925, Salvador de Madariaga había
venido publicando en el diario bonaerense La Nación una serie de artículos
sobre el Quijote, en los que recogía, a su vez, ideas expuestas por él en la
Universidad de Cambridge, en el transcurso de una serie de conferencias que
allí pronunció unos años antes. Después, esos artículos se publicaron en
volumen con el título general de Guía del lector del Quijote. Ensayo psicológico sobre el Quijote.160
Acaso influido por los los abundantes trabajos de corte médico que se
publicaron en torno a 1905, como por ejemplo el de Santiago Ramón y Cajal,
«Psicología de don Quijote y el quijotismo», en los que «se ve (y se lee) el
Quijote tanto como inventario de comportamientos o tipos humanos, lo que le
equipararía con la psicología, cuanto exponente de perturbaciones de tales
comportamientos, esto es, psiquiatría, tomando como base en el primero de los
casos a la pareja compuesta por el caballero y escudero, mientras la carga de
comportamiento alterado recae, exclusivamente, en don Quijote»161, Salvadador de Madariaga analiza los personajes del Quijote como si de seres
humanos se tratase y llega a la conclusión de que en don Quijote y Sancho se
produce una evolución que lleva al primero a incorporar a su personalidad
elementos característicos de la personalidad del segundo y viceversa. Con Quijotización y Sanchificación, los terminos acuñados por Salvador de Madariaga, se viene a denominar el «proceso de asimilación convergente entre los
dos personajes que se produce […] ya en la primera parte y se acentúa en la
segunda».162 No me interesa ahora analizar con pormenor la tesis de Madariaga, bien conocida, sino destacar su influencia, enorme, pero pocas veces
confesada abiertamente y que llega a nuestros días, mostrando su importancia
y vitalidad: como expuso no hace mucho tiempo Carroll Johnson, el libro de
Madariaga ha estado detrás de estudios muy recientes llevados a cabo desde
perspectivas psicológicas, piscoanalíticas y feministas de la más viva actualidad.163
Pocas monografías tan influyentes hay en el campo del cervantismo como
El pensamiento de Cervantes, de Américo Castro. Su publicación originó una
considerable polémica por su novedad, pero sin duda, sus tesis e ideas han permitido situar la obra cervantina en su contexto histórico, estableciendo de esta
manera las bases fundamentales de la exégesis cervantina posterior.164
Partiendo de su idea de que historia y literatura están profundamente
unidas y de que los textos literarios pueden servir para ilustrar los hechos de un
pueblo, un país, una sociedad, Américo Castro estudia la obra cervantina (no
sólo el Quijote) de acuerdo con tales premisas. Surge así un libro capital en la
historia del cervantismo, El pensamiento de Cervantes165, en el que sitúa la
obra de Cervantes en las coordenadas de la cultura europea de la época
siguiendo las directrices de la Kulturgeschichte imperante entonces: erasmismo, relaciones con la cultura italiana, humanismo renacentista, etc. Allí se
estudian por primera vez el peculiar concepto cervantino del honor, su «hipo-
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cresía» (que tanta polémica levantó166), el perspectivismo (la «realidad oscilante» de la que hablaba Castro)…
Su influencia ha sido y es amplísima y aparece más o menos explícita en
muchos trabajos de otros autores sobre Cervantes. Dejemos a D. Alonso
Zamora Vicente explicar el porqué de tal importancia:
…descubrimos [en El pensamiento de Cervantes] a ese Cervantes… que aún es preciso
conocer, el Cervantes que demuestra que no es un ingenio lego, sino que sabe perfectamente de qué está hablando, de dónde viene, adónde va, que maneja con gran rigor
todos los mitos y todos los tópicos literarios de su tiempo cuando le conviene, y, cuando
no, los pone en solfa de una manera genial, como nunca se ha hecho. Un Cervantes que
conoce perfectamente los límites, los prejuicios de la sociedad en que vive y que él no
acepta a ciegas, sino que, llegado el momento, pone en tela de juicio con toda valentía.
Un Cervantes que al fin nos explicábamos por qué no era citado como ejemplo y modelo
de virtudes nacionales españolas, puesto que ocupaban Lope o Calderón, nunca el
«príncipe de los ingenios167.
2. 1925-1950: EL QUIJOTE,
PRIMERA NOVELA MODERNA
2.1. Preliminar.
Desde 1925 la crítica sobre el Quijote se conoce y se ha estudiado mejor:
hay una mayor cercanía temporal a nosotros, lo que permite una cierta familiaridad con nombres y títulos que todavía hoy se recuerdan sin dificultad (El
pensamiento de Cervantes, Salvador de Madariaga, Erich Auerbach, Helmut
Hatzfeld, etc.); la importancia del libro de Américo Castro por lo que supuso
desde que se publicó y su influencia posterior; la pujanza de la llamada
escuela filológica española con trabajos todavía hoy fundamentales, extraordinariamente imbricada con la relectura del Quijote (y de Cervantes) efectuada por la Generación del Veintisiete (poetas, pero también, excelentes
filólogos y críticos); acaso también por la labor de análisis de esta crítica realizada por diversos investigadores, singularmente por Dana B. Drake desde
un punto de vista puramente documental168 y por Anthony J. Close, desde una
perspectiva de análisis, clasificación y exégesis de esa crítica en diversos
trabajos, de entre los que destaco su contribución a los preliminares de la
edición del Quijote auspiciada por el Instituto Cervantes («Las interpretaciones del Quijote», pp. cxliii-clxv) y, sobre todo, «La crítica del Quijote
desde 1925 hasta ahora», capítulo del libro que coordinamos Pablo Jauralde
y yo mismo en 1995 y que publicó el Centro de Estudios Cervantinos con el
título general de Cervantes.169
En este periodo, continúa la labor crítica de autores del primer cuarto de
siglo, pero nueva savia empieza a llegar al cervantismo, en España y aún más
en el ámbito del hispanismo. Desde diversas escuelas y tendencias críticas lo
que se irá consiguiendo poco a poco es explicar las principales razones que
conducen a definir el Quijote como un texto literario que, perfectamente imbricado en el contexto de la época, tal y como Américo Castro demostró ejemplarmente, sin lo cual no se podría entender, en él se sientan las bases de la
novela moderna.
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2.2. La edición y anotación del Quijote.
El segundo cuarto del siglo veinte viene marcado en el campo editorial, de
una parte, por la continuación de la labor ecdótica de Francisco Rodríguez
Marín a la que ya me he referido antes y, de otra, por la continuación de la
colección de Obras completas de Cervantes que habían iniciado en 1914
Rudolph Schevill y Adolfo Bonilla y San Martín. Muerto este último (1926),
el catedrático de la Universidad de Berkeley continuó esta magna empresa
que culminó con los cuatro volúmenes dedicados al Quijote.170 Esta colección
de obras completas de Miguel de Cervantes constituye sin duda una de las
empresas editoriales más importantes y sólidas del siglo XX en el campo del
cervantismo. En lo que se refiere, de una manera más acotada, al Quijote, la
edición de Schevill muestra algunas carencias que tienen que ver sobre todo
con la utilización de facsímiles y no de las ediciones originales, pues esto le
lleva a considerar como variaciones entre diversos ejemplares de la príncipe lo
que en realidad no son sino defectos de la edición facsímil manejada; pero
también indudables aciertos: rigurosa transcripción, metódico registro de
variantes, acertada y sintética anotación. Lo cierto es que, de ahí su importancia singular, estas dos empresas editoriales (Rodríguez Marín, Rudolph
Schevill) son la base, para bien y para mal, de toda edición del Quijote posterior. Con las palabras de Francisco Rico: «Las virtudes de Schevill y las carencias de Rodríguez Marín (que no al revés) han condicionado la ortodoxia del
cervantismo en la segunda mitad del siglo XX».171
2.3. La crítica sobre el Quijote en España.
2.3.1. La escuela de Menéndez Pelayo.
En España continúa la labor de los discípulos de Menéndez Pelayo, caracterizada ante todo por su erudición y positivismo:172 Francisco Rodríguez
Marín, cuyos estudios cervantinos se reúnen en un solo volumen en 1947 y
publica dos ediciones más del Quijote;173 Agustín González de Amezúa, prologuista del volumen de estudios cervantinos de Rodríguez Marín, académico,
poseedor de una vasta erudición que puso al servicio de Cervantes en libros
como Cervantes creador de la novela corta española;174 y Narciso Alonso
Cortés, catedrático de instituto y también académico, recopilador de documentos cervantinos, 175 y autor también de una síntesis de la vida y obra de
Cervantes.176 Los tres eruditos, positivistas, académicos y recelosos o, sin
ambages, claramente enfrentados a la imagen de Cervantes presentada por
Américo Castro en El pensamiento de Cervantes, libro que en buena medida
debe considerarse el desafío más radical al cervantismo tradicional y académico.177
2.3.2. Una isla en el océano del cervantismo.
Como tal podemos considerar a Luis Astrana Marín. Por su tipo de crítica,
también erudita, profundamente positivista, se le podría emparentar con la
escuela de Menéndez Pelayo (de quien no fue discípulo),178 pero su intemperancia crítica le llevó a enfrentarse agriamente con Rodríguez Marín desde
fechas muy tempranas, 179 y también con Menéndez Pidal.180 Como es obvio,
su labor se desarrolló fuera de las dos instituciones que representaban Rodríguez Marín y Menéndez Pidal (la Academia Española; la Universidad y el
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Centro de Estudios Históricos), con la consiguiente marginación. Sus abundantes trabajos sobre Cervantes y el Quijote, algunos de los cuales reunió
después en volumen, vieron la luz fundamentalmente en los diversos periódicos del momento (El Imparcial, ABC, La Libertad). Culminación de sus
trabajos cervantinos es la prolija, extensa, laberíntica pero rica de información
(si se tiene la paciencia suficiente para encontrarla) Vida ejemplar y heroica de
Miguel de Cervantes Saavedra (Madrid: Instituto editorial Reus, 1948, siete
volúmenes).181
2.3.3. Los bibliófilos.
La bibliofilia de estos años ofrece algunas personalidades de singular
importancia en el campo que nos ocupa, pues reunieron colecciones cervantinas importantes, algunas de las cuales han pasado a ingresar hoy día los
fondos de bibliotecas públicas: José María Asensio y Toledo, 182 Isidro
Bonsoms i Siscart, que durante cuarenta años reunió casi cuatro mil volúmenes de temática cervantina, entre ellos los procedentes de la biblioteca de
Leopoldo Ríus, donados en 1915 al Institut d’Estudis Catalans y hoy incorporados a los fondos de la Biblioteca de Cataluña;183 Juan Sedó Peris-Mencheta,
que empezó a reunir fondos bibliográficos cervantinos desde 1926 y logró
reunir casi dos millares de ediciones del Quijote, hoy en la Biblioteca
Nacional;184 etc.
2.3.4. La Escuela Filológica Española.
Con el rótulo Escuela Filológica Española quiero referirme a un señero
grupo de investigadores que, en el segundo cuarto del siglo veinte, se formaron
bajo el magisterio de Ramón Menéndez Pidal en el seno del Centro de Estudios
Históricos. Con ellos viene a nacer en España la Filología en el sentido
moderno del término:
Ellos elevaron su disciplina en nuestro país desde los cimientos documentales hasta unos
planteamientos teóricos propios, con los que procuraron alcanzar los ambiciosos propósitos que les movían. Anhelaban una filología científica comparable a las demás europeas
como imprescindible herramienta en la obsesiva preocupación de la época por la interpretación del ser de España.185
Cuento entre ellos a su fundador, Menéndez Pidal, a sus primeros colaboradores (Américo Castro, Tomás Navarro Tomás, Vicente García de Diego) y
a los discípulos de estos, que desarrollaron su labor académica e investigadora
dentro y fuera de nuestras fronteras: Amado Alonso, José F. Montesinos,
Federico de Onís, Dámaso Alonso, Manuel de Montoliú, Joaquín Casalduero,
Samuel Gili Gaya, Rafael Lapesa, Alonso Zamora Vicente, Enrique Moreno
Báez. Como quiera que se ha venido discutiendo su aportación al campo del
cervantismo, revisaré ahora los principales hitos, problemas y referencias
bibliográficas de esta escuela en lo que se refiere a su exégesis sobre el
Quijote.186
El fundador de esta escuela no se denominó nunca cervantista, ni hoy en
día se le puede considerar como tal: sus trabajos, más orientados a la gramática
histórica, la dialectología y el romancero, incluyen no obstante un nutrido
número de páginas sobre cuestiones literarias, de las cuales sólo unas pocas
van referidas al Quijote: algunas páginas sueltas de El lenguaje del siglo XVI
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(1933), Los españoles en la literatura (1949) o la inédita hasta 1986 La lengua
castellana en el siglo XVII, contienen interesantes referencias al Quijote, pero
sin abordar cuestiones de alcance.187 Realmente, Menéndez Pidal dedicó sólo
dos trabajos amplios a esta obra de Cervantes: Un aspecto de la elaboración
del Quijote (1920)188 y Cervantes y el ideal caballeresco (1948).189 Hoy en
día estos estudios mantienen su vigencia, muy especialmente el primero, que
ha originado singular controversia sobre las fuentes inspiradoras de Cervantes.190 Lo que me interesa destacar ahora no es tanto la vigencia de los
trabajos cervantinos de Ramón Menéndez Pidal, evidente al menos en el
primer caso, sino que esos trabajos fueron dilectos para su autor hasta el punto
de que los incluyó en la antología de estudios críticos suyos que seleccionó en
1957 con destino a la editorial Gredos: «Bien claramente aparece que estas
páginas sobre el Quijote son por mí muy preferidas».191
Esta preferencia pidalina sobre sus estudios quijotescos es lo que acaso
explique que cuando Américo Castro quiere homenajear a su compañero universitario lo haga con un extraordinario libro, El pensamiento de Cervantes:
«A Ramón Menéndez Pidal al cumplirse XXV años de su profesorado universitario». Pero esta dedicatoria no debe considerarse como mera anécdota, consecuencia de la amistad entre ambos filólogos, sino que la predilección del
maestro por los temas cervantinos y el Quijote de modo más concreto, ha pervivido entre sus discípulos, de manera que raro es el caso de investigador integrante de la Escuela Filológica Española que no haya dedicado siquiera unas
páginas de interés a la novela de Cervantes. Es más, este hecho casi parece
haberse convertido en una constante de esta escuela.
En efecto, la nómina de estos investigadores incluye en casi todos los
casos trabajos sobre Cervantes: el ya referido Américo Castro, pero también
Amado Alonso, José F. Montesinos, 192 Federico de Onís, Dámaso Alonso,
Joaquín Casalduero, Samuel Gili Gaya, Rafael Lapesa, Alonso Zamora Vicente
y otros menos recordados: Manuel de Montoliú, Enrique Moreno Báez. Y
aunque no escriban, o escriban menos, sobre Cervantes, su lectura está siempre
presente en ellos, hasta en cosas de detalle, como cuando Alonso Zamora
Vicente se refiere a los estudios que puede seguir un joven de la España de
hoy:
… el joven español ha de estar siempre en carne viva ante la crítica que Cervantes hace
de la sociedad en que vive y aprender de él la postura que un intelectual ha de mantener
frente a las estructuras sociopolíticas, tan cambiantes: hay que ir a la vanguardia de
ellas, en permanente oposición constructiva, marcando una ética y un inextinguible afán
de mejoramiento. La voz de Cervantes suena como una cenefa desencantada para todas
las situaciones que se nos puedan plantear en la existencia, y su consejo y su sonrisa disculpadora llenan de esperanzada luz cualquier escenario, por tenebroso que se presente.
De ahí su permanente actualidad, su constante patronazgo literario. Nunca se nos ha
dicho tan alto y tan claro que el hombre es solamente hijo de sus obras, que no puede
haber distingos de otros tipos (apellidos, nacimiento, fortuna, influjos sociales, etc.) y que
cada cual hará muy bien con llenar con justeza el hueco que tiene en la comunidad […]
durante años, siglos, hemos leído a carcajadas la ceremonia de la armazón caballeresca
de don Quijote (notemos ya esa alarmante armazón), cuando, en realidad de verdad, no
se trataba de risas fáciles, sino de una burla dolorosa, de un formidable escarmiento
ante las pompas humanas […] El joven español podrá recorrer tranquilo y desenvuelto
todo el horizonte posible si lleva bien hondo el aviso cervantino, y lo pone de acuerdo
con su conducta y convicciones.193
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No obstante, en 1936 tiene lugar un acontecimiento que va a remover los
cimientos de la vida española: una larga guerra civil que trae como consecuencia, en lo que se refiere a esta escuela filológica, que algunos de sus
miembros más destacados deban continuar su carrera académica fuera de
España. Y, precisamente, de todos ellos son los más cervantistas quienes han de
salir de su país. La mayor parte de ellos se dirige a los Estados Unidos, y allí
forman discípulos, algunos de los cuales cuenta entre lo mejor del cervantismo: Federico de Onís (ya desde antes de la guerra) se afinca en Nueva York
donde dirige el Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de
Columbia;194 Américo Castro recala en Princeton donde forma una excelente
escuela de cervantistas (Vicente Lloréns195 y, sobre todo, Joseph H. Silverman,
Stephen Gilman, Manuel Durán, 196 Ludmilla Buketoff Turkevich);197 Amado
Alonso llega a Harvard, donde años después enseñará Francisco Márquez
Villanueva, y en donde inician su labor académica Juan Bautista Avalle Arce198
y Luis Andrés Murillo;199 Joaquín Casalduero desarrolla su actividad académica también en los Estados Unidos, etc.200
Los que se quedan en España tienen el Quijote en la cabeza, pero escriben
poco sobre él, aunque cuando lo hacen ofrecen páginas de enorme interés:
Dámaso Alonso, 201 Rafael Lapesa;202 otros más olvidados como Manuel de
Montoliú, director del Instituto de Filología de Buenos Aires en 1925 y autor
de diversas monografías cervantinas;203 Enrique Moreno Báez, discrepante en
ocasiones con Américo Castro y autor de unas Reflexiones sobre el «Quijote»
todavía válidas.204 Pero en general, los objetivos de los filólogos que se quedan
en España van por otros caminos; se concentran en otros autores o temas:
Góngora, Valle Inclán, Garcilaso de la Vega, San Juan de la Cruz, Dialectología, Historia de la Lengua… Como posible razón de la falta de estudios
sobre el Quijote se ha sugerido, por ejemplo, el peso excesivo de la tradición
filológica que acaso ha impedido la incorporación de otras corrientes críticas;205
quizás también el extraordinario influjo de las ideas de Castro sobre todos sus
discípulos, tanto en Estados Unidos como en España: pero aquellas no eran del
todo bien vistas en España, con una situación política que quiso hacer de Cervantes un héroe glorioso con una imagen afín al régimen, muy alejada de la
que Castro nos ofreció; acaso por eso los filólogos del Centro de Estudios
Históricos en España no se ocuparon con frecuencia del Quijote: por un lado
existía la convicción de que poco nuevo se podía añadir a lo ya dicho por
Américo Castro206 y, por otro lado, eran ideas no bien vistas: mejor, por tanto,
no acercarse al tema.
En fin, sea como fuere, el número y la calidad de trabajos ofrecidos por la
Escuela Filológica Española sobre el Quijote revela su singular importancia en
el campo de los estudios cervantinos, que en modo alguno debe minusvalorarse.
2.3.5. Ensayistas y creadores a la búsqueda del Quijote.
Apenas hay escritor, ensayista en este periodo que no dedique alguna
atención al Quijote: Concha Espina escribe un ensayo pionero, Mujeres del
Quijote, 207 Ramón Gómez de la Serna prologa al menos una edición del
Quijote, 208 el cervantismo (y quijotismo) de José Gaos y León Felipe son evidentes…209 Pero la lista podía ser interminable. Quiero por eso centrarme en un
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grupo de escritores, la Generación del 27, que ven en el Quijote una obra de
extraordinaria importancia a la que dedican numeros ensayos y relecturas, que
revelan el magisterio que ejerció Cervantes sobre todos ellos. Esta influencia
es conocida suficientemente, por lo que me permito destacar sólo algunos
aspectos, 210 en especial lo que tiene que ver con la relación de los escritores
del 27 y la escuela filológica española a la que me referí más arriba: todos ellos
son poetas, sí, pero también, algunos de ellos, excelentes filólogos e historiadores de la literatura, como Pedro Salinas, 211 que se doctoró con una tesis
sobre los ilustradores del Quijote y Jorge Guillén, 212 los dos catedráticos de
universidad, primero en España (Sevilla, Murcia), luego en Estados Unidos:
ambos dedicaron importantes trabajos al Quijote; también catedrático de universidad y poeta es Dámaso Alonso, que cuenta en su haber con lúcidos
trabajos sobre el Quijote, según ya se vio; y Gerardo Diego, catedrático de instituto y miembro de la RAE, premio Cervantes, a él se debe en buena parte la
revalorización en el siglo veinte de la poesía cervantina.
Los demás son poetas, ensayistas, mas no filolólogos de profesión; eso no
impide que se acerquen igualmente al Quijote, desde perspectivas muy distintas: más técnicamente, Francisco Ayala; filosóficamente, María Zambrano;
desde una perspectiva extraordinariamente personal, José Bergamín… Como
dice Ana Rodríguez Fischer «Renovación transformadora es la lectura que
todos estos escritores han hecho de la obra cervantina».213
2.4. El Quijote a los ojos del hispanismo.
En estos años es posible constatar un fenómeno interesante dentro del
mundo del hispanismo: el Quijote no sólo ha llegado a los lugares más insospechados, sino que los grandes nombres de la Filología y de la Romanística,
ocupados hasta entonces en otros temas y cuestiones, encuentran ahora en la
novela cervantina la obra clave de la literatura española que les sirve para
ejemplificar o desarrollar sus métodos de trabajo. Es el caso por ejemplo de
Leo Spitzer:
En este ensayo el procedimiento consistirá en armonía con los principios explicados en
el primer artículo de este libro en tomar como punto de partida un aspecto particular de
la novela de Cervantes, que seguramente llamará la atención a cualquier lector, es a
saber, la inestabilidad y variedad de los nombres dados a algunos personajes (y la
variedad de explicaciones etimológicas de esos mismos nombres) para descubrir tras esa
polionomasia (y polietimología) el posible motivo psicológico de Cervantes. A mi
entender, trátase de una deliberada renuncia por parte del autor a hacer una elección definitiva de un nombre (o etimología): en otros términos, de un deseo de destacar los diferentes aspectos bajo los que puede aparecer a los demás el personaje en cuestión. Si ello
es así, entonces esta actitud relativista de Cervantes colorará sin duda otros detalles lingüísticos de la novela. Efectivamente, esa actitud es la que seguramente se oculta en los
frecuente debates (entre don Quijote y Sancho, principalmente), que nunca llegan a una
conclusión definitiva, sobre la relativa superioridad de una u otra palabra o frase. Parece
como si Cervantes mirase el lenguaje desde el ángulo del perspectivismo.
Lo que le lleva a concluir:
Acaso este procedimiento es sintomático de algo fundamental en la contextura de la
novela; quizá un análisis lingüístico de los nombres pueda llevarnos camino adelante en
dirección al centro y nos permita echar una ojeada a la actitud general del creador de la
novela moderna hacia sus personajes. Este creador tiene que ver que el mundo, tal como
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se ofrece al hombre, es susceptible de varias interpretaciones, exactamente igual que los
nombres son susceptibles de varias etimologías. Los individuos pueden ser engañados
por las perspectivas bajo las que ven el mundo igual que por las etimologías que establecen. Por consiguiente, podemos aceptar que el perspectivismo lingüístico de Cervantes se halla reflejado en la concepción de la trama y de los personajes; y de la misma
manera que, por medio de la polionomasia y la polietimología, hace Cervantes aparecer
distinto el mundo de las palabras a sus distintos personajes, mientras él personalmente
puede tener su propio punto de vista, como creador, sobre los nombres, así también contempla la historia que nos va narrando desde su propia y personal posición panorámica.
La manera que tienen los personajes de concebir la situación en que están envueltos
puede no coincidir en nada con la manera de verlos Cervantes, aunque esta última no
siempre esté clara para el lector. En otras palabras, el perspectivismo de Cervantes, sea
lingüístico, sea de cualquier otra clase, le permitió en cuanto artista estar por encima y
a veces alejado de las falsas concepciones de sus personajes.214
Algo parecido puede señalarse de Erich Auerbach. Exiliado tras la Segunda
Guerra Mundial en Estados Unidos, donde ocupó una Cátedra de Lenguas
Romances de la Universidad de Pennsylvania, ya había escrito en 1942 su
gran obra, Mimesis. La representación de la realidad en la literatura215, donde
estudia a lo largo de tres milenios cómo se ha considerado la realidad en la literatura. El método es similar al de Spitzer: un mínimo texto, un fragmento le
sirve para llegar a conclusiones generales, ahora sobre la representación de la
realidad en un determinado autor, obra o época. Así por ejemplo, analiza la
representación de la realidad en la poesía griega a partir del fragmento del
canto XIX de la Odisea en el que Euridea, la anciana ama de llaves que había
sido nodriza de Ulises, le reconoce por la cicatriz en el muslo («La cicatriz de
Ulises»). De la misma manera, se acerca al Quijote a partir de un fragmento del
capítulo diez de la segunda parte («La Dulcinea encantada»).216 Como certeramente ha expuesto Anthony Close, 217 la pregunta que se hace Auerbach es
¿cómo y cuándo se produjo el paso de la mimesis clásica, según la cual lo cotidiano era esencialmente risible, a la novela moderna, que es capaz de tratarlo
como algo trágico y problemático? He aquí cuando el Quijote adquiere una
importancia fundamental, pues representa el momento clave de ese cambio, al
encontrase en él ya todos los constituyentes de la forma moderna de representar la realidad: un héroe que choca constantemente con la realidad y no
consigue más que fracasos; estos, además, no se sufren trágicamente, de
manera que sus actos no ponen en entredicho la sociedad de la que surge la
obra; finalmente, el autor ve la acción lúdicamente, deleitándose en la variedad
de acciones: «Nunca, desde Cervantes hasta hoy, ha vuelto a intentarse, en
Europa, una exposición de la realidad cotidiana envuelta en una alegría tan universal, tan ramificada y, al mismo tiempo, tan exenta de crítica y de problemática como la que se nos ofrece en el Quijote; ni acertamos tampoco a imaginarnos dónde ni cuando habría podido acometerse la empresa». 218 La
influencia de este trabajo de Auerbach ha sido grande, hasta el punto de poder
considerarse como alternativa a las ideas de Américo Castro en El pensamiento
de Cervantes. Trabajos ya de nuestros días como los de Thomas R. Hart o
Anthony J. Cascardi muestran palpablemente la huella de Mimesis.219
Los esfuerzos críticos del hispanismo en estas fechas son muy abundantes
y de singular alcance: se desarrollan y matizan ideas ya conocidas (de Ortega,
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Castro, Pirandello, etc.), se ensayan otras nuevas y, en buena medida, se condiciona toda la crítica posterior.
Helmut Hatzfeld se acerca al Quijote desde la estilística;220 Mario Casella
da a la imprenta dos gruesos volúmenes sobre Cervantes: il Chisciotte, 221 que
no han recibido la atención que realmente merecen; en Francia, el gran hispanista Marcel Bataillon entabla polémica con Castro sobre el posible erasmismo
de Cervantes, cuestión que llega a nuestros días sin una solución definitiva;222
en Inglaterra, Alexander Parker, aplica al Quijote la particular visión inglesa de
acercarse con rigor a los textos clásicos combinada con las más modernas
corrientes del «New Criticism» americano, a fin de recuperar el significado
original de la obra de Cervantes.223 Los estudios de Parker han sido seminales
pues, como ha señalado Javier Herrero, mostraron a una nueva generación de
críticos que, para estudiar de manera responsable una obra literaria es esencial
una atención muy estrecha al propio texto y, al mismo tiempo, iniciaron un
«non sense, irreverent reading of the Quijote which is the basis of some of the
most important modern interpretations of Cervantes’ masterpiece».224
2.5. Final.
Se cierra la primera mitad del siglo XX con la conmemoración del cuarto
centenario del nacimiento de Cervantes. La nueva situación política española
influye decisivamente en el campo de la crítica sobre el Quijote, pues se hace
evidente el intento de asimilar obra y autor a las nuevas ideas imperantes. Así
se explica la novela de Ángel María Pascual Amadís, 225 de claro significado
político, a través de alegorías y referencias directas: en ella se recrea a un
esforzado y desinteresado héroe caballeresco y su proyección simbólica en
algunos protagonistas de la historia de España, al tiempo que se introduce el
pensamiento falangista y la idea del Imperio. Son ideas muy similares a las que
se pueden encontrar sobre el autor o sobre la novela en boca de altos representantes de la España del momento: Cervantes es
el prototipo español de todos los tiempos. Del español acendrado de españolismo, o sea
audaz, aventurero, hombre de fe, poeta, soldado y mutilado de guerra. ¿qué español del
tiempo que fuere no es algo de todo eso, aunque, a decir verdad, Cervantes lo fuera todo
junto? La vida de Cervantes fue dura en todo momento, conoció todos los sinsabores de
la ingratitud, del desorden y del renunciamiento, pero, como buen español, no se desesperó jamás, porque todo se lo ofrendó a sí mismo.226
Y don Quijote representa:
La consagración literaria, en una obra de dimensiones inmortales, del concepto español
del mundo y de la vida que es el de ese eterno peregrinar por los confines de la tierra
defendiendo la causa de los débiles, el sentido de la libertad y el imperio de la justicia;
imperecederas andanzas y aventuras en las que la vida se pone a cada instante en riesgo
para defender una empresa noble, de romántica ambición y de un ideal remoto y casi inasequible. Ello quiere decir que don Quijote es ante el mundo la primera carta constitucional de la historia literaria, donde los atributos inalienables de la personalidad del
hombre han sido recogidos por una pluma de dimensión más ecuménica que la de
ninguno de los legisladores de importancia más universal.227
Hay efectivamente mucha propaganda y carga ideológica detrás de los
abundantes actos que tuvieron lugar para celebrar esa conmemoración, 228 pero
también hay publicaciones e iniciativas dignas de aplauso, algunas de las
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cuales todavía perviven, como emblema del mejor cervantismo: la revista
Anales Cervantinos (el recuerdo, ahora, de Alberto Sánchez se hace obligado),
varios volúmenes monográficos, libros sobre el Quijote…229
En fin, el siglo XX se inicia con una crítica que intuye en el Quijote elementos, aspectos, recursos que llevan a pensar que se encuentra ante una obra
de primer orden dentro de la literatura universal, quizás la primera novela en
sentido moderno del término, pero sin llegar a concretar y especificar tales
atributos; eso se conseguirá ya en el segundo cuarto del siglo, que brinda al
cervantismo posterior un Quijote analizado exhaustivamente con métodos y
procedimientos muy distintos pero que vienen a confirmar, en la teoría y en la
práctica, que efectivamente esa intuición anterior se cumple: El Quijote puede
considerarse como la primera novela moderna de la literatura universal.
NOTAS
1 Este trabajo ha sido elaborado en el seno del proyecto de investigación subvencionado por la
Universidad de Vigo, convocatoria de 1999, sobre El «Quijote» a través de cuatro siglos (16052005). Historia de la crítica sobre el «Quijote» desde su publicación hasta los albores del cuarto
centenario. Agradezco a José Montero Padilla y Fernando Romo Feito su minuciosa lectura de
estas páginas.
2 José Montero Reguera, El «Quijote» y la crítica contemporánea. Premio Fernández Abril de
la Real Academia Española, Alcalá de Henares: Centro de Estudios Cervantinos, 1997.
3 Véase ahora lo que dice Javier Blasco, «El Quijote de 1905 (apuntes sobre el quijotismo finisecular)», Anthropos, 98-99 (1989), p. 120.
4 Américo Castro, El pensamiento de Cervantes [1925], Barcelona: Noguer, 1972. Nueva
edición ampliada y con notas del autor y de Julio Rodríguez Puértolas, p. 14.
5 Así define este concepto: el «delirio de grandezas con que muchos comentadores e intérpretes
del Quijote, hablan, escriben y opinan sobre los propósitos de su autor al concebirlo, sobre el simbolismo de sus personajes al componerlo y sobre la intención de su lenguaje al publicarlo». Tomo
la cita de Joaquín López Barrera, Cervantes y su época. (Lecturas cervantinas) (Madrid: Biblioteca
Hispanoamericana de Divulgación, 1916, pp. XI-XII).
6 Publicado inicialmente como discurso en 1905, después se ha reimpreso, entre otros lugares,
en el volumen I de la Edición Nacional de Obras Completas de Marcelino Menéndez Pelayo
(Madrid: CSIC, 1941, Estudios y discursos de crítica histórica y literaria), pp. 323-356; y muy
recientemente como prólogo a la exposición bibliográfica celebrada en la Biblioteca Nacional de
Madrid durante 1997: Cervantes. Cultura Literaria (Alcalá de Henares: Centro de Estudios Cervantinos, 1997). Sobre la influencia posterior de este discurso de Menéndez Pelayo puede consultarse José Montero Reguera, El «Quijote» y la crítica contemporánea, Alcalá de Henares: Centro de
Estudios Cervantinos, 1997, pp. 53-54, 93 y 194.
7 Madrid: Ateneo de Madrid, 1920; 2ª ed. aumentada en 1924. Hay varias ediciones posteriores.
Véase lo que dice Anthony Close sobre la influencia de las ideas de Menéndez Pelayo en Menéndez
Pidal en «Interpretaciones del Quijote», capítulo prologal de la edición del Quijote auspiciada por
el Instituto Cervantes (Barcelona: Crítica, 1998), vol. I, p. clvi.
8 La Guía del lector del Quijote se publicó inicialmente en forma de artículos publicados entre
junio de 1923 y febrero de 1925 y, después, en forma de libro (Madrid: Espasa-Calpe, 1926) con el
título general de Guía del lector del Quijote. Ensayo psicológico sobre el Quijote. A su vez, el
germen de esta publicación está en unas conferencias pronunciadas por Madariaga unos años antes
en la Universidad de Cambridge. Aunque me referiré más adelante con pormenor a la influencia de
este libro de Madariaga puede consultarse al respecto el libro de Carroll B. Johnson, The Quest for
Modern Fiction (Boston: Twayne Publishers, 1990), p. 29.
9 Véanse ahora los trabajos de Anthony J. Close, The Romantic Approach to «Don Quixote».
A Critical History of the Romantic Tradition in «Quixote» Criticism, Cambridge: Cambridge University Press, 1978; del mismo, «Don Quixote as Landmark», Cervantes. Don Quixote, Cambridge:
CUP, 1990, pp. 109-125; Leonardo Romero Tobar, «El Cervantes del XIX», Anthropos, 98-99
(1989), pp. 116-119; José Montero Reguera, «La crítica sobre Cervantes en el siglo XIX», Carlos
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Reyero, ed., Cervantes y el mundo cervantino en la imaginación romántica, Catálogo de la Exposición celebrada en Alcalá de Henares con motivo del 450 aniversario del nacimiento de Miguel de
Cervantes, Madrid: Comunidad de Madrid — Ayuntamiento de Alcalá de Henares, 1997, pp. 29-42,
y mi reseña a Ascensión Rivas Hernández, Lecturas del «Quijote» (Siglos XVII-XIX), Salamanca:
Ediciones Colegio de España, 1998, en Anales Cervantinos, XXXIV (1998), pp. 363-365.
10 Don Quijote, II, 73, ed. del Instituto Cervantes (Barcelona: Crítica, 1998), p. 1213.
11 Anthony J. Close, The Romantic Approach to «Don Quixote». A Critical History of the
Romantic Tradition in «Quixote» Criticism, Cambridge: Cambridge University Press, 1978, p. 1.
12 Son palabras de Carlos Reyero, «Los mitos cervantinos en pintura y escultura. Del arrebato
romántico a la interiorización noventayochista», en VV. AA., Cervantes y el mundo cervantino en
la imaginación romántica, Madrid: Comunidad de Madrid, 1997, pp. 89-120. El texto citado en
p. 94.
13 Ibidem.
14 Carlos Reyero, art. cit., p. 97. Cfr. Karl-Heinz Bark, «Don Quijote, arquetipo nacional»,
Beiträge zur Romanischen Philologie, VI (1967), pp. 161-168, y Carlos M. Gutiérrez, «Don Quijote
y Don Juan: notas a una oposición finisecular», Javier Blasco et alii, eds., Actas del Congreso
sobre José Zorrilla, Valladolid: Universidad de Valladolid, 1995, pp. 343-349.
15 Nuevamente son palabras de Carlos Reyero, art. cit., p. 97.
16 Mariano de Cavia, «El Quijote en solfa», El Imparcial, 18 de marzo de 1900.
17 Cfr. Gabriel Núñez, «La literatura al alcance de los niños», El Gnomo, 5 (1996), p. 203. Un
ejemplo de cómo el Quijote invade campos alejados de lo literario es la revista Don Quijote (18921903), uno de los principales medios de expresión de la ideología radical republicana. Cfr. Jesús
Rubio Jiménez, «Don Quijote (1892-1903): prensa radical, literatura e imagen», Leonardo Romero
Tobar, ed., El camino hacia el 98 (Los escritores de la restauración y la crisis del fin de siglo),
Madrid: Visor, 1998, pp. 297-315.
18 La conocida monografía de Manuel Bartolomé Cossío es de 1908.
19 Carlos Reyero, art. cit., p. 110.
20 Véase Gabriel Núñez, «La literatura al alcance de los niños», El Gnomo, 5 (1996), pp. 20-12.
21 Véase ahora Joaquín Álvarez Barrientos, «Sobre la institucionalización de la literatura: Cervantes y la novela en las historias literarias del siglo XVIII», Anales Cervantinos, 25-26 (19871988), pp. 47-63.
22 Véase Leonardo Romero Tobar, «La historia de la literatura española en el siglo XIX (Materiales para su estudio)», El Gnomo, V (1996), pp. 151-183.
23 Francisco Giner de los Ríos, «Plan de un curso de principios elementales de literatura»
(1866-1867), incluido en sus Estudios de Literatura y arte (Madrid: Victoriano Suárez, 1876).
24 Manuel de la Revilla y P. de Alcántara García, Principios generales de Literatura e Historia
de la Literatura Española, Madrid: Tipografía del Colegio Nacional de Sordos, Mudos y Ciegos,
1872, 2 vols. Se reeditó aumentada y corregida en 1877 y 1884. Hay una cuarta edición en 1898.
25 Véase su programa de la asignatura (1873) luego incluido en sus Principios de Literatura
General y Española, Madrid, 1873.
26 A History of Spanish Literature, Londres: W. Heinemann, 1898. Se traduce al español en
1900 por Adolfo Bonilla y San Martín con un prólogo de Menéndez Pelayo bajo el título de Historia
de la Literatura Española desde los orígenes hasta el año 1900 (Madrid: La España Moderna,
1900). Se reeditó en varias ocasiones, la cuarta en 1926 (Madrid: Ruiz Hermanos).
27 Menéndez Pelayo no dejó escrito ningún manual de historia de la literatura española, pero
buena parte de sus trabajos recogen datos y elementos que bien podían haber sido utilizados con ese
destino. Cfr. Leonardo Romero Tobar, «La historia de la literatura española en el siglo XIX (Materiales para su estudio)», El Gnomo, V (1996), pp. 179-181.
28 Tengo a la vista, como trabajos generales, los de Joaquín de Entrambasaguas, «Panorama
histórico de la erudición española en el siglo XIX», Arbor, 14 (1946), pp. 165-191; y de Sergio
Beser, Salvador García Castañeda, Miguel Ángel Garrido Gallardo, José María Martínez Cachero,
Manuel Sánchez Mariana y José Sánchez Reboredo que conforman el capítulo octavo («La crítica
literaria») del volumen coordinado por Leonardo Romero Tobar, Historia de la Literatura Española.
Siglo XIX (II), Madrid: Espasa-Calpe, 1998, pp. 845-928.
29 Barcelona: Narciso Ramírez, 1874.
30 Cfr. Francisco Rodríguez Marín, Estudios cervantinos, Madrid: Atlas, 1947, pp. 110-111.
31 Sobre Pascual de Gayangos pueden verse los siguientes trabajos: Pedro Roca, «Noticia de
la vida y obras de don Pascual de Gayangos», RABM, I (1897), pp. 544-565, II (1898), pp. 13-32,
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70-83, 110-130 y 561-568, y III (1899), pp. 101-107; la necrológica de James Fitzmaurice-Kelly
aparecida en la Revue Hispanique, IV (1907), pp. 339-341; Jorge Ticknor Letters to Pascual de
Gayangos… Ed. Clara Luisa Penney, Nueva York: HSA, 1923; Antonio Rodríguez Moñino, «Epistolario de D. Pascual de Gayangos a D. Adolfo de Castro», BRAH, CXLI (1957), pp. 287-329;
«Epistolario de Gayangos a Francisco de Borja Pavón. Aportación documental para la erudición
española. Epistolario de D. Pascual de Gayangos». Suplementos de los tomos II (1948), III (1949)
y IV (1950) de la Revista Bibliográfica y Documental; Richard Ford, Letters to Gayangos. Trans.
By Richard Hichcook, University of Exeter, 1974; Manuel Carrión Gútiez, «D. Pascual de
Gayangos y los libros», Documentación de las Ciencias de la Información, VIII, 1985, pp. 71-90;
32 Véase la introducción de Américo Castro a El Pensamiento de Cervantes (Barcelona:
Noguer, 1972), p. 16.
33 Véase José Montero Reguera, «Epistolario de Miguel de Cervantes», Castilla. Estudios de
Literatura, 17 (1992), pp. 87-89 y «La obra literaria de Cervantes. (Ensayo de un catálogo)»,
Anthony J. Close et alii, Cervantes, Alcalá de Henares: Centro de Estudios Cervantinos, 1995, pp.
43-74; Yolanda Vallejo Márquez, «Aproximación al cervantismo decimonónico: el cervantismo
gaditano», Draco. Revista de Literatura Española, 5-6 (1993-1994), pp. 243 y ss; de la misma
autora, Adolfo de Castro (1823-1898). Su tiempo, su vida y su obra, Cádiz: Ayuntamiento de Cádiz,
1997.
34 Para su manual de literatura española véase supra; sus juicios sobre el Quijote pueden
encontrarse en La interpretación simbólica del Quijote, publicado en 1875 en La ilustración
Española y Americana, y Cervantes y el Quijote, publicado en el mismo lugar en 1879. Cfr. Carlos
García Barrón, «El Quijote según Manuel de la Revilla», Criado de Val, Manuel (dir.), Cervantes:
su obra y su mundo, Madrid: EDI-6, 1981, pp. 909-13.
35 José María Asensio y Toledo, Interpretaciones del «Quijote», Madrid: Imprenta Alemana,
1904. La contestación de Menéndez Pelayo se hallará en pp. 19-41.
36 José María Asensio y Toledo, Cervantes y sus obras, Sevilla: Imprenta que fue de D. José
María Geofrín, 1870. Segunda edición en Barcelona: F. Seix editor, 1902.
37 Véase P. Romero Mendoza, Don Juan Valera. Estudio biográfico-crítico con notas, Madrid:
Ediciones Españolas, 1940, pp. 149-153 y Carlos M. Gutiérrez, «Cervantes, un proyecto de modernidad para el Fin de Siglo (1880-1905)», Cervantes, 19 (1999), p. 120. Valera es autor de otros
trabajos referidos al Quijote: «Qué ha sido, qué es y qué debe ser el arte en el siglo XIX», Estudios
críticos sobre literatura, política y costumbres de nuestros días, Madrid: Francisco Álvarez, 1884,
2ª ed., vol. II, pp. 165-179, esp. 177; «Cuentos y fábulas de D. Juan Eugenio Hartzenbusch. Tomos
I y II», Estudios críticos sobre literatura, política y costumbres de nuestros días, Madrid: Francisco
Álvarez, 1884, 2ª ed., vol. II, pp. 205-215; «Sobre La estafeta de Urganda, o aviso de Cide AsamOuzad Benengeli, sobre el desencanto del Quijote, escrito por Nicolás Díaz de Benjumea, Londres,
1861», Estudios críticos sobre literatura, política y costumbres de nuestros días, Madrid: Francisco
Álvarez, 1884, 2ª ed., vol. III, pp. 17-29; «Contestación al último comunicado del Señor Benjumea,
autor de La estafeta de Urganda», Estudios críticos sobre literatura, política y costumbres de
nuestros días, Madrid: Francisco Álvarez, 1884, 2ª ed., vol. III, pp. 31-55. Asimismo, contienen rica
información sobre el cervantismo de Valera los diversos epistolarios que se han venido publicando
(Menéndez Pelayo [Pedro Sáinz Rodríguez, Epistolario de Valera y Menéndez Pelayo, Madrid,
1930], Rodríguez Marín [Leonardo Romero Tobar, «Cartas de Valera a Rodríguez Marín», BRAE,
LXXVI (1996), pp. 209-258; del mismo, «Valera ante el 98 y el fin de siglo», VV. AA., El camino
hacia el 98. (Los escritores de la restauración y la crisis de fin de siglo), Madrid: Visor, 1998, pp.
91-116;]). Véase también Obras desconocidas de Juan Valera, por Cyrus C. Decoster, Madrid:
Castalia, 1965.
38 Véase José Montero, Pereda. Glosas y comentarios de la vida y de los libros del Ingenioso
Hidalgo Montañés, Madrid: Imp. del Instituto Nacional de Sordomudos y Ciegos, 1919, p. 266. Cfr.
p. 295.
39 Por señalar sólo un ejemplo, de La leva afirmó Menéndez Pelayo que «desde Cervantes acá
no se ha hecho ni remotamente un cuadro de costumbres por el estilo». Véase José Montero, Pereda
[…], ob. cit., pp. 80-81.
40 José María de Pereda, «Cervantismo» [1880], en Esbozos y rasguños, Madrid: Imprenta y
fundición de M. Tello, 1881. Ahora —es la edición que manejo— en Obras completas de José
María de Pereda, ed. dirigida por Anthony H. Clarke y José Manuel González Herrán, Santander:
Ediciones Tantín, 1989, vol. II, pp. 387-399. La cita en p. 388.
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41 Son afirmaciones de Rubén Benítez, Cervantes en Galdós (Literatura e intertextualidad),
Murcia: Universidad de Murcia, 1991, pp. 14-15.
42 Benito Pérez Galdós, Recuerdos y memorias. Prólogo de Federico Carlos Sáinz de Robles,
Madrid: Tebas, 1975, pp. 189-190. Cfr. asimismo (de ahí tomo el dato) José Montero Padilla,
«Monumentos cervantinos en Madrid», Anales del Instituto de Estudios Madrileños, 38 (1998), p.
371. Hay ya una abundante bibliografía sobre la influencia de Cervantes en Galdós que sintetiza
Pilar Berrio Martín-Retortillo al inicio de su trabajo «Cervantes en Galdós: la primera serie de los
Episodios nacionales», VV. AA., Actas del III Coloquio Internacional de la Asociación de Cervantistas, Barcelona: Anthropos, 1993, pp. 139-148. Posteriormente se han publicado otras contribuciones a este tema: algunas de las páginas que Dolores Troncoso incluye en su edición de Trafalgar y La corte de Carlos IV (Barcelona: Crítica, 1995); Carolina Pascual Pérez, «Don Quijote y
Don Juan en Tristana de Galdós», Javier Blasco et alii, eds., Actas del congreso sobre José Zorrilla,
Valladolid: Universidad de Valladolid, 1995, pp. 453-460; Victoriano Santana Sanjurjo, «Galdós:
cervantista en La desheredada», Cervantófila teldesiana, Gran Canaria: Ayuntamiento de Telde,
1998, pp. 75-106, etc.
43 Véase al respecto el capítulo IV («Cervantismo») de la introducción que Mariano Baquero
Goyanes preparó para su edición de La Regenta (Madrid: Espasa-Calpe, 1999), pp. 19-23
44 Remito al trabajo de Cristina Patiño Eirín en este mismo IV CINDAC.
45 Jacinto Octavio Picón, Dulce y sabrosa, edición de Gonzalo Sobejano (Madrid: Cátedra,
1990, 3ª ed.), p. 21.
46 En el Catálogo de la segunda exposición bibliográfica cervantina (Madrid: Biblioteca
Nacional, 1948) pueden encontrarse registrados buena parte de los artículos que Picón publicó
sobre Cervantes. Cfr. asimismo Miguel Sawa y Pablo Becerra, Crónica del centenario del Don
Quijote, Madrid: Establecimiento tipográfico de Antonio Marzo, 1905, 560 pp.
47 Mariano de Cavia, uno de los principales promotores del centenario de 1905, publica en
1903 el artículo «La celebración del tercer centenario del Don Quijote» (El Imparcial, 2 de
diciembre de 1903). Puede encontrarse reproducido en Miguel Sawa y Pablo Becerra, Crónica…,
ob. cit., pp. 93-102.
48 Ob. cit. en la nota anterior. Muy útil es también, una vez más, el Catálogo de la segunda
exposición bibliográfica cervantina, Madrid: Biblioteca Nacional, 1948.
49 Muy conocida es la pieza teatral de Serafín y Joaquín Álvarez Quintero, La aventura de los
galeotes. Adaptación escénica del capítulo XXII de la primera parte de Don Quijote de la Mancha,
Madrid: Sociedad de Autores Españoles, 1905. Se representó en el Teatro Real el 10 de mayo de
1905 con ocasión del III centenario de la publicación del Quijote. Cfr. además Pilar Vega Rodríguez,
«Las conmemoraciones teatrales del III centenario del Quijote», VV. AA., Actas del Congreso
Teatro del siglo XX, Madrid: Universidad Complutense de Madrid, 1994, pp. 352-368.
50 Véase por ejemplo Ildefonso Rullán, «Cuatre paraulas d’es traductor a n’es lectors» a Miquel
de Cervantes Saavedra, L’enginyós hidalgo don Quixote de la Mancha (1905)», en Montserrat
Bacardí, Joan Foncuberta, Francesc Parcerisas, Cent anys de traducció al catala: 1891-1990. Antologia a cura de…, Vic: Editorial Eumo, 1998, pp. 17-32; asimismo, Montserrat Bacardí e Imma
Estany, «La mania cervàntica. Les traduccions del Quixot al català (1836-50?-1906)», Quaderns.
Revista de traducció, 3 (1999), pp. 49-59. Desde el punto de vista anecdótico puede mencionarse
la traducción al latín macarrónico debida a Ignacio Calvo y Sánchez publicada en 1905 y reeditada
en 1922. Cfr. Ricardo Senabre, «El Quijote en latín», ABC, 25 de octubre de 1994, p. 3.
51 Véase el prólogo de José María Martínez Cachero a Azorín, La ruta de Don Quijote
(Madrid: Cátedra, 1984), pp. 18-19. En 1905 Francisco Villaespesa publica Rapsodias, Gregorio
Martínez Sierra, Teatro de ensueño y Enrique de Mesa, Flor pagana, etc.
52 Javier Blasco, «El Quijote de 1905 (apuntes sobre el quijotismo finisecular)», Anthropos, 9899 (1989), p. 121.
53 Unamuno afirma sobre su libro que es «una libre y personal exégesis del Quijote, en el que
el autor no pretende descubrir el sentido que Cervantes le diera, sino el que le da él, ni es tampoco
un erudito estudio histórico». Cit. por José María Martínez Cachero, ed. cit., p. 23, nota.
54 Tomo la cita de José María Martínez Cachero, ed. cit., p. 23.
55 Una amplia bibliografía, aunque no exhaustiva, de las publicaciones aparecidas en 1905
puede verse en el apéndice que Pedro Pascual incluye al final de su trabajo, «El 98 de Don Quijote»,
VV. AA., Actas del VIII Coloquio Internacional de la Asociación de Cervantistas, El Toboso: Ediciones Dulcinea del Toboso, 1999, pp. 143-158. Véase también Carlos Gutiérrez Gómez, «Biblio-
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grafía cervantina finisecular (1880-1910)», VV. AA., Cuatro estudios de literatura, Valladolid:
Grammalea, 1995, pp. 97-149.
56 Madrid, 1905-1906. De Julio Cejador debe verse también su manual, Historia de la lengua
y literatura castellana […], Madrid: Tipografía de la RABM, 1915-1922, 14 vols. Ed. facsímil en
Madrid: Gredos, 1972. El capítulo sobre Cervantes se encuentra en t. III, pp. 191-262 («100. Año
1583. MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA (1547-1616) nació en Alcalá de Henares, probablemente el
29 de setiembre…»). Y estos dos trabajos más breves: El Quijote y la lengua castellana. Conferencia dada en el Ateneo de Madrid con ocasión […], Madrid: Establecimiento tipográfico de Jaime
Rates Martín, 1905, 24 pp.; y Miguel de Cervantes Saavedra. Biografía, bibliografía, crítica,
Madrid: Imprenta de la RABM, 1916, 77 pp.
57 Véase Gonzalo Sobejano, Nietzsche en España, Madrid: Gredos, 1967, pp. 470-472.
58 Santiago Ramón y Cajal, Psicología de Don Quijote y el Quijotismo, incluido en la Crónica
del centenario del Don Quijote. Publicada bajo la dirección de Miguel Sawa y Pablo Becerra,
Madrid: Establecimiento Tipográfico de Antonio Marzo, 1905, pp. 161-168. Allí encuentro afirmaciones como «Porque don Quijote, a más de poseer un yo hipertrófico, desbordante de voluntad
y de energía, se siente fortalecido por esa fe ciega en la fortuna carácterística de los grandes conquistadores de almas y tierras» (p. 162a). Véase lo que digo más adelante con respecto al ensayo de
Salvador de Madariaga.
59 Con el mismo título publicó otro trabajo Julio Puyol Alonso, pero menos interesante.
60 Javier Salazar Rincón, El mundo social del «Quijote», Madrid: Gredos, 1986, p. 11.
61 Véase lo que digo en mi reseña a Ascensión Rivas Hernández, Lecturas del «Quijote»
(Siglos XVII-XIX), Salamanca: Ediciones Colegio de España, 1998, en Anales Cervantinos, XXXIV
(1998), pp. 363-365.
62 Quijote del centenario […], Madrid: R. L. Cabrera, 1905-1908. Véase José María Casasayas,
Ensayo de una guía de bibliografía cervantina. Tomo V. Ediciones castellanas del Quijote hasta su
tricentenario (1605-1915). Relación ordenada y compuesta por…, Mallorca: edición del autor,
1995, p. 151, nº. 513.
63 Tomo los datos de Carlos Reyero, «Los mitos cervantinos en pintura y escultura. Del
arrebato romántico a la interiorización noventayochista», en VV. AA., Cervantes y el mundo cervantino en la imaginación romántica, Madrid: Comunidad de Madrid, 1997, pp. 106b-107a.
64 Por señalar sólo un ejemplo, resultado del centenario de 1916 fue el monumento a Cervantes
en la plaza de España de Madrid, terminado muchos años después; cfr. José Montero Padilla,
«Monumentos cervantinos en Madrid», AIEM, XXXVIII (1998), pp. 367-378, esp. p. 376-377
65 Véase Norberto Pérez García, «El filo de un centenario: la crítica extravagante sobre el
Quijote en 1916», Anales Cervantinos, XXXIII (1995-1997), pp. 325-333.
66 Madrid: Imprenta de Fortanet, 1918.
67 Adolfo Bonilla y San Martín, Cervantes y su obra (Madrid: Francisco Beltrán, 1916) y De
crítica cervantina (Madrid: Ruiz hermanos editores, 1918).
68 En realidad son dos las ediciones publicadas por Rodríguez Marín en 1916-1917: La primera
es El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha compuesto por Miguel de Cervantes Saavedra.
Edición crítica anotada por Francisco Rodríguez Marín (Madrid: Tipografía de la RABM, 19161917, 6 vols.) y dedicada a la reina Victoria Eugenia. «De esta edición crítica —dice Río y Rico
(Catálogo bibliográfico de la Sección Cervantes de la Biblioteca Nacional, Madrid: Tipografía de
la RABM, 1916, p. 377b)— se hizo una tirada de 1600 ejemplares, hoy casi enteramente vendidos:
1500 en papel de algodón fabricado ad hoc por La papelera española, con la siguiente filigrana:
Cervantes. Don Quijote. 1916. Edición del Centenario, y cien en papel de hilo, cincuenta de ellos
numerados y destinados a la venta, fabricada también ad hoc por la casa Guarro, con dos filigranas,
una que representa a don Quijote en la aventura de los molinos de viento y otra que es un cuadrado
dentro del cual va la fecha de 1916». La segunda es El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha,
compuesto por Miguel de Cervantes Saavedra. Edición dispuesta por Francisco Rodríguez Marín,
ilustrada por Ricardo Marín y subvencionada por el gobierno de su Majestad para conmemorar el
tercer centenario de la muerte de Cervantes (Madrid: Tipografía de la RABM, 1916-1917, 4 vols.).
Va dedicada a S. M. Alfonso XIII. Río y Rico (ob. cit., p. 378b) se refiere a ella en los siguientes
términos: «espléndida edición hecha a expensas del estado para conmemorar el tercer centenario de
la muerte de Cervantes. Se hizo de ella una tirada de 125 ejemplares, que a excepción de los que se
reservó el Estado, se vendieron al precio de 2000 ptas. cada uno, agotados ya, y en poder de opulentos particulares, amantes de los libros bellamente presentados e impresos o formando parte de las
colecciones más ricas y notables de las obras del inmortal genio alcalaíno».
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69 La revista Nuevo Mundo de 17 de julio de 1915 publica un artículo de Dionisio Pérez sobre
«Don Francisco Rodríguez Marín, ilustre literato, director de la Biblioteca Nacional, a quien ha sido
encomendada la labor de comentar el Quijote que ha de publicarse con motivo del Centenario.
Don Ricardo Marín, notable dibujante, a quien ha sido encomendada la misión de ilustrar la edición
del Quijote que se publicará con las fiestas del Centenario».
70 «El Quijote de Rodríguez Marín. Plagios, irreverencias, caprichosas anotaciones, y variantes
del texto original», El Imparcial, 30 de septiembre, 14 de octubre, 28 de octubre, 4 de noviembre,
11 de noviembre, 18 de noviembre y 25 de noviembre de 1918. También son duras las críticas de
Juan Suñé Benagés y Juan Suñé Fonbuena a las ediciones de Rodríguez Marín, tanto la de 19111912 en Clásicos Castellanos, como la de 1916-1917. Véase la Bibliografía crítica de ediciones del
«Quijote» impresas desde 1605 hasta 1917. Recopiladas y descritas por Juan Suñé Benages y
Juan Suñé Fonbuena, Barcelona: Editorial Perelló, 1917, pp. 188-199 y 207-221.
71 Madrid: Tipografía de la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, 1917, 6 vols. Véase
ahora la nota que antecede a la edición facsimilar del Quijote publicada por la R.A.E. (Valencia:
Gráficas Soler, 1976, 2 vols.).
72 Véase José María Casasayas, Ensayo de una guía de bibliografía cervantina. Tomo V. Ediciones castellanas del Quijote hasta su tricentenario (1605-1915). Relación ordenada y compuesta
por…, Mallorca: edición del autor, 1995. Véanse las entradas siguientes: 482, 496, 506, 511, 520,
522, 523, 524-531, 535, 548¿?, 556, 557, 558, 567, 580, 588, 606, 607, 612, 613, 614-16, 617, 619,
620, 621, 622, 624, 626, 627, 628, 635.
73 Se publicó en Madrid: Renacimiento, 1929.
74 Madrid: Biblioteca Nueva, 1931.
75 Madrid: Espasa-Calpe, 1933.
76 Véase ahora el trabajo de Michel Moner, «Cervantes en Francia: El Ingenioso Hidalgo y sus
avatares ultramontanos», Edad de Oro, XV (1996), pp. 75-86, especialmente, pp. 80-81.
77 Véase Gabriel Núñez, «La literatura al alcance de los niños», El Gnomo, V (1995), p. 194.
78 Reproduzco el artículo once de la Real Orden de 12 de octubre de 1912 del libro de Acisclo
Muñiz Vigo, Cervantes en la escuela (Burgos: Imp. y lib. Hijos de S. Rodríguez, 1913), p. 14. Véase
también los trabajos de José Montero Padilla, «Los clásicos y el niño», VV. AA., Literatura infantil,
Cuenca: Servicio de Publicaciones de la Universidad de Castilla La Mancha, 1990, pp. 101-113;
Santiago López-Ríos Moreno y José Manuel Herrero Massari, «La polémica del Quijote como
libro de lectura en España (1900-1920)», Giuseppe Grilli, ed., Actas del II Congreso Internacional
de la Asociación de Cervantistas, Nápoles, 1995, pp. 873-886 y Nieves Sánchez Mendieta,
«Polémica en torno a una real orden quijotesca: ¿es conveniente declarar obligatoria la lectura del
Quijote en las escuelas?», VV. AA., Actas del VIII Coloquio Internacional de la Asociación de Cervantistas, El Toboso (Toledo): Ediciones Dulcinea del Toboso, 1999, pp. 471-480.
79 Véase Miguel de Cervantes Saavedra, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.
Edición Calleja para escuelas, Madrid: Saturnino Calleja Fernández, ed., 1905. Las citas en p. 7. Ya
en 1904 la Librería de los sucesores de Hernando había publicado un Don Quijote de la Mancha
compuesto por Miguel de Cervantes Saavedra compendiado para que sirva de libro de lectura en
las escuelas; cfr. Casasayas, Ensayo de una guía de bibliografía cervantina…, p. 146, nº. 482.
80 El 5 de marzo de 1920 El Sol publicaba un artículo sobre «La lectura obligatoria del Quijote
en las escuelas». Una semana más tarde, el doce de marzo, Antonio Zozaya expresaba en La
Libertad su opinión —contraria— sobre la lectura del Quijote en las escuelas y el 16 y 18 de marzo
Ortega y Gassset publicaba en El Sol sus artículos sobre «Biología y pedagogía o el Quijote en la
escuela». La prensa de la época recoge algunas opiniones más al respecto. Véase en este sentido el
Catálogo de la segunda exposición bibliográfica cervantina, Madrid: Biblioteca Nacional, 1948, 2
vols.
81 Mariano de Cavia, «El libro de los viejos», La correspondencia de España, 1901. Cit. por
Alberto Sánchez en su introducción a Ramiro de Maeztu, Don Quijote o el amor. (Ensayos en
simpatía), Salamanca: Anaya. 1964, p. 31.
82 Francisco Rodríguez Marín, «¿Se le mucho a Cervantes?» [28-05-1916], recogido en sus
Estudios cervantinos, Madrid: Atlas, 1947, pp. 453-464.
83 Ezequiel Ortín, «Los libros y los niños», Crónica cervantina, I, 5 (noviembre de 1930) pp.
101-102. Ya al final del período que estoy analizando puede verse también el artículo de Miguel
Allúe Salvador, «El problema del estudio del Quijote en los centros españoles de Enseñanza
Media», RFE, XXXII (1948), pp. 319-337.
84 Londres y Edimburgo: por T. y A. Constable, impresores de cámara de Su Majestad, 1898.
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85 Homero Serís, La colección cervantina de la Sociedad Hispánica de América. Ediciones de
Don Quijote. Urbana, Illinois: University of Illinois Studies in Language and Literature, 1920.
Entre las novedades que aporta este trabajo (vid. pp. 15-16) se encuentran una nueva impresión de
la edición príncipe, diferencias entre las portadas de dos variedades de la edición de Lisboa de 1605,
diversos pormenores de la tercera edición de Cuesta de 1608 no consignados hasta la fecha, etc.
Entre los diversos artículos aparecidos en la prensa de la época para dar noticia de los descubrimientos de Homero Serís, pueden consultarse los publicados por Luis Astrana Marín en El tiempo
sobre «En los Estados Unidos se descubre una edición del Quijote anterior a la tenida por primera»,
26/02/1921, 05/03/1921, 15/03/1921, 07/04/1921, 01/05/1921, 12/05/1921.
86 Véase José María Casasayas, «La edición definitiva de las obras de Cervantes», Cervantes,
VI, 2 (1986), pp. 141-190 y sobre todo su Ensayo de una guía de bibliografía cervantina. Tomo V.
Ediciones castellanas del «Quijote» hasta su tricentenario. Relación ordenada y compuesta por…
Mallorca: edición del autor, 1995. También he consultado Gabriel Molina Navarro, Catálogo de una
colección de libros cervantinos reunida por […] (Madrid: Librería de los Bibliófilos Españoles,
1916); el Catálogo Bibliográfico de la sección Cervantes de la Biblioteca Nacional de Madrid a
cargo de Gabriel Martín Río y Rico (Madrid: Tipografía de la Revista de Archivos, Bibliotecas y
Museos, 1930); el Homenaje tributado por la sección de manuscritos a la de impresos de dicha
biblioteca [Biblioteca cervantina de Juan Sedó Peris - Mencheta] con motivo de la adquisición para
la misma del ejemplar número mil […] precedido de una introducción […] (Barcelona: Imprenta
Escuela de la Casa Provincial de Caridad de Barcelona, 1942), y los catálogos publicados con
motivo del centenario de 1947: Catálogo de la exposición cervantina en la Biblioteca Nacional
(Madrid: Dirección General de Propaganda, 1946) y Catálogo de la Segunda exposición bibliográfica cervantina, (Madrid: Biblioteca Nacional, 1948, 2 vols.).
87 Reproduzco el artículo 12 de la Real Orden de 12 de octubre de 1912 del libro de Acisclo
Muñiz Vigo, Cervantes en la escuela (Burgos: Imp. y lib. Hijos de S. Rodríguez, 1913), p. 14.
88 Son palabras de Francisco Rico en su «Historia del texto», en Miguel de Cervantes Saavedra,
Don Quijote de la Mancha, Barcelona: Crítica, 1998, vol. I, p. ccxxx.
89 Cfr. el parecer de Francisco Rico, ed. cit., pp. ccxxx-ccxxxi. Véase también J. J. A. Bertrand,
Cervantes en el país de Fausto, Madrid: Ediciones Cultura Hispánica, 1950, pp. 217-8.
90 Madrid: Victoriano Suárez, 1905-1913; todos los tomos con la colaboración de alumnos
suyos —era catedrático del Instituto de Barcelona— y el último, póstumo, a cargo de Juan Givanel
Mas y Juan Suñé Benagés.
91 Madrid: Clásicos Castellanos, 1911-1913, 8 vols.; Madrid: Tipografía de la Revista de
Archivos, Bibliotecas y Museos, 1916-1917; y, ya en el segundo cuarto del siglo, otras dos, acaso las
más interesantes: Madrid: Tipografía de la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, 1927-1928 y
Madrid: Atlas, 1947-1948, póstuma. Véase ahora Daniel Eisenberg, «Balance del cervantismo de
Francisco Rodríguez Marín», Actas del Coloquio «Cervantes en Andalucía», Estepa: Ayuntamiento
de Estepa, 1999, pp. 54-64 y Alberto Sánchez, «El Quijote de Rodríguez Marín», VV. AA.,
Homenaje a José María Martínez Cachero, Oviedo: Universidad de Oviedo, 2000, vol. III, pp. 445464.
92 Antes de su ingreso en la RAE ya había publicado su edición crítica de Rinconete y Cortadillo (1905, premiada por la Academia en «certamen público extraordinario») además de varios
trabajos de diversa índole y extensión: Cervantes y la Universidad de Osuna (1899), Cervantes
estudió en Sevilla (1901), El Loaysa de «El celoso extremeño»: estudio histórico-literario (1901),
En qué cárcel se engendró el «Quijote» (1905), Cervantes en Andalucía: estudio histórico-literario
(1905). Cfr. el «Catálogo de las obras de Don Francisco Rodríguez Marín» que se imprime al final
de los Discursos leídos ante la Real Academia Española por los Excmos. Señores D. Francisco
Rodríguez Marín y D. Marcelino Menéndez Pelayo en la recepción pública del primero el día 27
de octubre de 1907 (Sevilla: Tipografía de Francisco de P. Díaz, 1907, pp. 105-107). Cfr. asimismo
la edición publicada por el Patronato del IV centenario de Cervantes de los Estudios Cervantinos de
Rodríguez Marín (Madrid: Atlas, 1947), con interesante prólogo de Agustín González de Amezúa,
y el artículo de Francisco López Estrada, «Recuerdo de Don Francisco Rodríguez Marín», BRAE,
XLIX (1969), pp. 153-163.
93 La tormenta crítica que se desató sobre este asunto ha sido grande; de entre los trabajos
publicados en el primer cuarto de siglo pueden consultarse por ejemplo los de Julio Puyol, El
supuesto retrato de Cervantes (Madrid: Imprenta Clásica Española, 1915), en el que señala sus
razones para sospechar de la falsedad del cuadro, y el de Francisco Rodríguez Marín, El retrato de
Miguel de Cervantes. Estudio sobre la autenticidad de la tabla de Jáuregui que posee la Real
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Academia Española (Madrid: Tipografía de la Revista de Archivos Bibliotecas y Museos, 1917), en
el que defiende la veracidad del retrato, no sin indicar de manera expresa que «Este trabajo es
exclusivamente mío en cuanto a la iniciativa y en cuanto a todo, y nada tiene que ver con él, ni con
su publicación, la Academia Española, ni aun yo mismo como individuo de ella. Por esto, contra lo
que acostumbro, no he mencionado esta honrosa cualidad en la portada» (p. 14)
94 Véase por ejemplo Juan Givanel y Mas, Examen de ingenios I. Apostillas, comentarios y
glosas al comentario del «Don Quijote» editado por D. Francisco Rodríguez Marín, Madrid: Imp.
Fortanet, 1912. Debe tenerse en cuenta, no obstante, que Givanel fue uno de los colaboradores y
ultimadores del Quijote de Cortejón y en buena manera este Examen de Ingenios se plantea en parte
como defensa de esa edición del catedrático del Instituto de Barcelona.
95 Son palabras nuevamente de Francisco Rico, ed. cit., p.ccxxxi.
96 Véase ahora el libro de Gonzalo Sobejano, Nietzsche en España (Madrid: Gredos, 1967), pp.
170-172, 174, 200, 271, 273, 291-301, 303, 332-334, 342, 416, 461-463, 467-470, 470-472, 486, y
483-484.
97 La bibliografía sobre el cervantismo-quijotismo de la generación del 98 es amplia, pero
falta todavía de una monografía exhaustiva y rigurosa. Además de los ensayos generales sobre la
Generación del 98 a cargo de Pedro Laín Entralgo, Julián Marías, E. Imman Fox y Donald Shaw,
he consultado: Gonzalo Sobejano, Nietszche en España, Madrid: Gredos, 1967, passim; Guillermo
de Torre, «El Modernismo y el 98 en sus revistas», Del 98 al Barroco, Madrid: Gredos, 1969, pp.
12-70; Paul Descouzis, Cervantes y la generación del 98. La cuarta salida de Don Quijote, Madrid:
Ediciones iberoamericanas, 1970; Ana Suárez, «Cervantes ante modernistas y noventayochistas»,
Manuel Criado de Val, dir., Cervantes, su obra y su mundo, Madrid: Edi-6, 1981, pp. 1047-1054;
Javier Blasco, «El Quijote de 1905 (apuntes sobre el quijotismo finisecular)», Anthropos, 98-99
(1989), pp. 120-124; Santiago Alfonso López Navia, «Dos quijotes finiseculares: D.Q. de Rubén
Darío (1899) y El alma de Don Quijote de Jerónimo Montes (1904)», Anales Cervantinos, XXXI
(1993), pp. 99-111; Pedro Pascual, «El 98 de don Quijote», Actas del VIII Coloquio Internacional
de la Asociación de Cervantistas, El Toboso: Ediciones Dulcinea del Toboso, 1999, 143-158.
98 Véase Jesús González Maestro, «Miguel de Cervantes, Miguel de Unamuno: el Quijote
desde la experiencia de la estética de la recepción de 1898», VV. AA., Actas del II Coloquio Internacional de la Asociación de Cervantistas (Barcelona: Anthropos, 1991), pp. 241-264.
99 «Aparecen nuevos inéditos de Miguel de Unamuno en su Casa Museo de Salamanca», ABC,
10/01/93, p. 43; «Lo que queda por conocer de Unamuno», El Mundo, 11 de enero de 1993, p. 42;
«El inédito Manual de quijotismo de Unamuno revisa las tres obras fundamentales de su pensamiento», El País, 11 de enero de 1993, p. 30.
100 Véase el esquema, muy sintético pero útil, de Ana Suárez, art. cit., pp. 1051-153 y las referencias bibliográficas básicas en Javier Blasco, ob. cit., p. 123, nota 20. He aquí algunas de las
últimas contribuciones: T. Berchem y H. Laitenberger, eds., El joven Unamuno en su época, Salamanca: Junta de Castilla y León, 1997 (véanse los trabajos de Antonio Vilanova, «El antiquijotismo
de Unamuno ante el desastre del 98» y H. Laitenberger, «Geografía y literatura (El Quijote del joven
Unamuno)»); Marco Cipollini, «Espejos y espejismos de un exiliado: ínsulas del sueño y libertad
del lector en las últimas querellas cervantinas de Unamuno», Actas del VIII Coloquio Internacional
de la Asociación de Cervantistas, El Toboso: Ediciones Dulcinea del Toboso, 1999, pp. 81-90;
Ángel Estévez Molinero, «Unamuno, la «profunda lección» de Cide Hamete y Cervantes en loor de
la paradoja», Actas del VIII Coloquio Internacional de la Asociación de Cervantistas, El Toboso:
Ediciones Dulcinea del Toboso, 1999, pp. 105-118; Cecilia García Antón, «Unamuno y don Quijote:
Del Caballero de la locura y los Hidalgos de la razón», Actas del VIII Coloquio Internacional de
la Asociación de Cervantistas, El Toboso: Ediciones Dulcinea del Toboso, 1999, pp. 119-126;
Rogelio García Mateo, «Don Quijote de la Mancha e Íñigo de Loyola en Unamuno según la Vida
de don Quijote y Sancho», Actas del VIII Coloquio Internacional de la Asociación de Cervantistas, El Toboso: Ediciones Dulcinea del Toboso, 1999, pp. 127-141; Sandra Regina Moreira, «La
recreación quijotesca en Niebla de Unamuno», Anuario Brasileño de Estudios Hispánicos, 7 (1997),
pp. 129-144.
101 Véase por ejemplo el admirable capítulo XIV («Un viandante») de su discurso de ingreso
en la Real Academia Española el 26 de octubre de 1924. Véase Azorín, Una hora de España, ed.
de José Montero Padilla (Madrid: Castalia, 1993), pp. 105-107.
102 He mencionado sólo libros de Azorín de tema cervantino exlusivamente, pero a ellos habría
que añadir otros muchos que incluyen capítulos sobre el mismo asunto: Los pueblos (1905), España
(1909), Lecturas españolas (1912), Castilla (1912), Clásicos y modernos (1913), Los valores lite-
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rarios (1913), Al margen de los clásicos (1915) y un largo etcétera. A la espera de una monografía
de conjunto que estudie las relaciones Cervantes-Azorín pueden consultarse: Elena Catena, «Azorín,
cervantista y cervantino. Apuntes para una antología», Anales Cervantinos, 12 (1973), pp. 73-113;
José María Martínez Cachero, «Con permiso de los cervantistas (Azorín, 1948): Examen de un libro
de melancolía», Anales Cervantinos, XXV-XXVI (1987-1988), pp. 305-314; C. Manso, «José
Martínez Ruiz, Azorín, y Cervantes», BHi, 96 (1994), pp. 521-528; Aniano Peña, «Cervantismo y
quijotismo en Azorín a la luz de la Völkerpsychologie», Giuseppe Grilli, ed., Actas del II Congreso
Internacional de la Asociación de Cervantistas, Nápoles, 1995, pp. 863-70; Isabel Castells, «La ruta
de Azorín por el libro de La Mancha», Actas del VIII Coloquio Internacional de la Asociación de
Cervantistas, El Toboso: Ediciones Dulcinea del Toboso, 1999, pp. 69-80; J. Ignacio Díez Fernández, «La invención (y reinvención) de El Toboso: La mirada de Cervantes (y la de Azorín)»,
Actas del VIII Coloquio Internacional de la Asociación de Cervantistas, El Toboso: Ediciones
Dulcinea del Toboso, 1999, pp. 91-103; Rita R. Rodríguez, «Cervantes en Tomás Rueda», Actas del
VIII Coloquio Internacional de la Asociación de Cervantistas, El Toboso: Ediciones Dulcinea del
Toboso, 1999, pp. 159-170.
103 Pueden verse en la recopilación de Obras completas que ha publicado en Madrid el Círculo
de Lectores los siguientes textos barojianos sobre tema cervantino: «Quijotescos y hamletianos»,
Desde la última vuelta del camino. Memorias, Madrid: Círculo de Lectores, edición de Obras completas, vol. II, pp. 887-892; cfr. vol. II, p. 1151. La nave de los locos, pp. 1137-1388, parte de
Memorias de un hombre de acción: «Prólogo casi doctrinal sobre la novela, pp. 1139-1170, en el
mismo sitio; vol III, p. 240: «Lecturas de Hugo»; vol. XIII, Ensayos, I: «Sobre la técnica de la
novela», pp. 186-190; «La novela», pp. 178-179; «El prestigio del libro español», pp. 293-7; «Cervantes, Shakespeare, Molière», p. 376; «Pérez Galdós y la novela histórica española», pp. 857-8;
«Condiciones de la novela histórica», pp. 858-860; Vol. XIV, Ensayos, II: «Manías de los bibliófilos», pp. 304-309; «La lectura», pp. 383-385; «Los fines de la lectura», pp. 385-6; «Capacidad
para la cultura», pp. 404-5; «Qué se debe leer», pp. 405-407; «La literatura culpable», pp. 10701076; «Las lecturas», pp. 1226-1229; «Bibliofilia», pp. 1248-1249.
104 «Don Quijote, a quien Cervantes quiso dar un sentido negativo, es un símbolo de afirmación de la vida. Don Quijote vive más y con más intensidad que los otros», Pío Baroja, El árbol de
la ciencia, ed. de Pío Caro Baroja (Madrid: Cátedra, 1998, 15ª. ed.), p. 167.
105 «[…] se puede tener el quijotismo contra una anomalía; pero tenerlo contra una regla
general es absurdo», Pío Baroja, El árbol de la ciencia, ed. cit., p. 127.
106 Citado por Ana Suárez, «Cervantes ante modernistas y noventayochistas», art. cit., p. 1052.
Deliberadamente no me refiero a los poemas machadianos inspirados en el Quijote.
107 Ramiro de Maeztu, Don Quijote, Don Juan y la Celestina, Madrid, 1926. Véase, además de
la edición de Alberto Sánchez (Salamanca: Anaya, 1964), el artículo de Macarena Cuiñas, «Ramiro
de Maeztu, Carlos Fuentes: dos momentos de la cultura hispánica ante el Quijote» (Anales Cervantinos, 34 [1998], pp. 269-277) donde pone de relieve algunas coincidencias entre la lectura del
Quijote efectuada por Ramiro de Maeztu y Carlos Fuentes.
108 A Ganivet corresponden estas afirmaciones sobre el Quijote: «No existe en el arte español
nada que sobrepuje al Quijote, y el Quijote, no sólo ha sido creado a la manera española, sino es
nuestra obra típica, ‘la obra’ por antonomasia, porque Cervantes no se contentó con ser un ‘independiente’: fue un conquistador, fue el más grande de todos los conquistadores, porque mientras que
los demás conquistadores conquistaban países para España, él conquistó España misma». Ángel
Ganivet, Idearium español [1897], Madrid: Victoriano Suárez, 1915, p. 79. Cfr. Gonzalo Sobejano,
Nietzsche en España, Madrid: Gredos, 1967, pp. 259-276 y las pp. 33-34, 46 y 56-58 de la introducción que precede a la edición que José Montero Padilla ha preparado de Ángel Ganivet, Los
trabajos del infatigable creador Pío Cid (Madrid: Castalia, 1998).
109 Véase ahora José Servera Baño, «La influencia de Cervantes en Farsa italiana de la enamorada del rey, de Valle Inclán», Giuseppe Grilli, ed., Actas del II Congreso Internacional de la
Asociación de Cervantistas, Nápoles, 1995, pp. 771-780; y María Nieves Fernández García, «La
presencia de Cervantes en Valle Inclán», Giuseppe Grilli, ed., Actas del II Congreso Internacional
de la Asociación de Cervantistas, Nápoles, 1995, pp. 743-770.
110 Sobre otros autores menos conocidos, véanse Santiago A. López Navia, «Dos quijotes finiseculares: D.Q. de Rubén Darío (1899) y El alma de don Quijote de Jerónimo Montes (1904)»,
Anales Cervantinos, XXXI (1993), pp. 99-111; Julián Bravo Vega, «Un don Quijote regeneracionista: el caso de Eduardo Barriobero y Herrán», Actas del VIII Coloquio Internacional de la Asociación de Cervantistas, El Toboso: Ediciones Dulcinea del Toboso, 1999, pp. 55-68.
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111 E.C. Riley, Introducción al «Quijote», Barcelona: Crítica, 1990, p. 228. Véase el desarrollo
y aprovechamiento posterior de algunas de esas intuiciones de Ortega en mi libro El «Quijote» y la
crítica contemporánea (Alcalá de Henares: Centro de Estudios Cervantinos, 1997), s.v. el índice
alfabético final. Véanse además: Ciriaco Morón Arroyo, Nuevas meditaciones del «Quijote»,
Madrid: Gredos, 1976; Alberto Porqueras Mayo, «El Quijote en un rectángulo del pensamiento
español»[1962], Temas y formas de la literatura española, Madrid: Gredos, 1972, pp. 141-156;
Manuel Cifo González, «El tema de Cervantes en Ortega y Gasset (Meditaciones contrastadas con
las de Américo Castro, Salvador de Madariaga y Azorín», Cuadernos Hispanoamericanos, 403-405
(1984), pp. 308-316; José Luis Molinuevo, «Algunas notas sobre José Ortega y Gasset», Revista de
Occidente, 156, (1994), pp. 33-54; Jaime de Salas, «Sobre la génesis de las Meditaciones del
Quijote», Revista de Occidente, 156 (1994), pp. 77-86; José Ortega y Gasset, «Sobre Cervantes y
el Quijote desde El Escorial (Notas de trabajo)», Revista de Occidente, 156 (1994), pp. 36-54;
Pedro Cerezo Galán, «Meditaciones del Quijote o el estilo del héroe», Revista Canadiense de
Estudios Hispánicos, 21 (1996), pp. 57-75.
112 Citado por Alberto Porqueras Mayo, «El Quijote en un rectángulo del pensamiento
español»[1962], Temas y formas de la literatura española, Madrid: Gredos, 1972, p. 145.
113 José Ortega y Gasset, «Flaubert, Cervantes, Darwin». Cap. 20 de su «Meditación primera».
Meditaciones del Quijote. E ideas sobre la novela [1914 / 1925], Madrid: Revista de Occidente,
1958, 5ª. ed. en castellano, p. 134.
114 Véase Ana Suárez, «Cervantes ante modernistas y noventayochistas», Manuel Criado de
Val, ed., Cervantes, su obra y su mundo, Madrid: Edi-6, 1981, p. 1049.
115 Véase Alberto Sánchez, «Cervantes y Rubén Darío», Seminario Archivo Rubén Darío, 6
(1962), pp. 31-44; Ana Suárez, art. cit., pp. 1049-1050; «Santiago A. López Navia, «Dos quijotes
finiseculares: D.Q. de Rubén Darío (1899) y El alma de don Quijote de Jerónimo Montes (1904)»,
Anales Cervantinos, XXXI (1993), pp. 99-111; Manuel Reyes Ramos, «El Quijote a través de un
poema de Rubén Darío [»Marcha triunfal»], La palabra y el hombre, 90 (1994), pp. 168-178.
116 Véase Lola Montero Reguera, «Jacinto Benavente: La muerte de don Quijote», Anales
Cervantinos, 34 (1998), pp. 279-287.
117 Véase Ana Suárez, art. cit., p. 1050.
118 Véanse sus artículos «La estatua y la casa de Cervantes» y «A la estatua de Cervantes le
hace falta media espada» recogidos en Emilio Carrere, Antología, edición de José Montero Padilla,
Madrid: Castalia, 1999, pp. 392-395.
119 Recogidos ambos en el volumen El amor y la muerte. (Capítulos de Novela), Madrid:
Imprenta Helénica, 1913, pp. 205-209 y 211-216. Deliberadamente no me refiero a los poemas de
Manuel Machado inspirados en el Quijote.
120 Por ejemplo, en esa Biblioteca de Castilla y León puede consultarse la edición de Rinconete
y Cortadillo de Rodríguez Marín (Madrid, 1920, 2ª impresión; signatura 1/1325). Perteneció a la
Biblioteca de Manuel Machado (nº 93) y está dedicada a este por Rodríguez Marín: «A su querido
amigo y compañero D. Manuel Machado, excelente poeta, afectuosamente, F. Rodríguez Marín».
Hay numerosas indicaciones manuscritas de Machado especialmente en las notas: pp. 19, 22, 23, 35,
201 y notas 318, 321, 348, 349, 357, 360, 362-3, 402, 422, 423, 443, 468, 479. En esta misma
biblioteca hay otros libros de Rodríguez Marín dedicados a Manuel Machado: El casamiento
engañoso y el coloquio de los perros (1/0808), Quijote (1/1319, 1/1320, 1/1321, 1/1322, 1/1323,
1/1324), etc. Por otro lado, he registrado un total de otros trece libros de Rodríguez Marín en el
mismo fondo, algunos de ellos dedicados: A la antigua española (1/0262), A la real de España
(1/0448), El alma de Andalucía (1/0764), Cantos populares españoles (1/0479), Ciento y un sonetos
(1/0646), Discurso leído en la Biblioteca Nacional (1/1288), En un lugar de la Mancha (1/0781),
Ensaladilla (1/0635), Luis Barahona de Soto (1/1488), Madrigales (1/1392), Nuevos documentos
cervantinos (1/1316), Pedro Espinosa (1/1481), Sonetos sonetiles ajenos y propios (1/0749).
121 Véase ahora, Jesús Rubio Jiménez, «Don Quijote (1892-1903): prensa radical, literatura e
imagen», Leonardo Romero Tobar, ed., El camino hacia el 98. (Los escritores de la Restauración
y la crisis de fin de siglo), Madrid: Visor libros, 1998, pp. 297-315.
122 Son palabras de Víctor García de la Concha, «Dos revistas cervantinas en las primeras
escaramuzas de la vanguardia», Homenaje a Gonzalo Torrente Ballester, Salamanca: Biblioteca de
la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Salamanca, 1981, pp, 409-410.
123 Como en estos versos de F. Villegas publicados en el número de 19 de marzo de 1919:
«Cervantes es la estrella en el cielo de España / que guió el rumbo de nuestra nave espiritual / él
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fulgura en la luz de una razón extraña / el romance de oro del manchego genial». Cit. por Mª.
Ángeles Varela Olea, art. cit. más abajo, p. 73.
124 Véase ahora M. Ángeles Varela Olea, «Del Modernismo a la Vanguardia: Cervantes. Revista
mensual ibero-americana. (Agosto 1916-Diciembre 1920)», Cuadernos para la Investigación de la
Literatura Hispánica, 23 (1998), pp. 63-90; cfr. Víctor García de la Concha, «Dos revistas cervantinas en las primeras escaramuzas de la vanguardia», Homenaje a Gonzalo Torrente Ballester, Salamanca: Biblioteca de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Salamanca, 1981, pp. 409-423 y el
clásico trabajo de Guillermo de Torre, «El Modernismo y el 98 en sus revistas», Del 98 al Barroco,
Madrid: Gredos, 1969, pp. 12-70.
125 Véase ahora Carlos Arconada Carro y Victoriano Santana Sanjurjo, «Un poco más sobre la
Crónica cervantina», Actas del VIII Coloquio Internacional de la Asociación de Cervantista, El
Toboso: Ediciones Dulcinea del Toboso, 1999, pp. 481-514.
126 Véase el apartado 1.1. He aquí la relación de trabajos cervantinos de Menéndez Pelayo:
«Obras inéditas de Cervantes», Miscelánea Científica y Literaria, Barcelona, 1874. Reimpreso en
la Edición Nacional de las Obras Completas de Menéndez Pelayo, vol. VI, Estudios y discursos de
crítica Histórica y Literaria, I, Madrid: CSIC, 1941, pp. 269-302; Interpretaciones del «Quijote».
Discurso leído en la Real Academia Española, el 29 de mayo de 1904, en contestación al de recepción de don José María Asensio. Reimpreso en la Edición Nacional de las Obras Completas de
Menéndez Pelayo, vol. VI, Estudios y discursos de crítica Histórica y Literaria, I, Madrid: CSIC,
1941, pp.303-322; Cultura literaria de Miguel de Cervantes y elaboración del Quijote, Discurso
leído en el Paraninfo de la Universidad Central en la solemne fiesta de 8 de mayo de 1905. Reimpreso en la Edición Nacional de las Obras Completas de Menéndez Pelayo, vol. VI, Estudios y discursos de crítica Histórica y Literaria, I, Madrid: CSIC, 1941 pp. 323-356; «El Quijote de Avellaneda». Introducción a El Ingenioso Hidalgo Don Quixote de la Mancha. Compuesto por el Licenciado Alonso de Avellaneda, natural de Tordesillas. Nueva edición cotejada con la original […]
anotada y precedida por una introducción por Don Marcelino Menéndez y Pelayo de la Real
Academia Española, Barcelona: Toledano, López y C.ª, 1905. Reimpreso en la Edición Nacional de
las Obras Completas de Menéndez Pelayo, vol. VI, Estudios y discursos de crítica Histórica y
Literaria, I, Madrid: CSIC, 1941, pp. 357-420. Además, hay referencias sueltas en la Historia de las
ideas estéticas en España, Madrid: Imprenta de A. Pérez Dubrull, 1883-1891, especialmente en el
volumen II; y en los Orígenes de la novela, especialmente en los volúmenes II, III y IV.
127 Véase Alfredo Carballo Picazo, «Seguidores de Menéndez Pelayo», Guillermo Díaz Plaja,
dir., Historia general de las literaturas hispánicas, Barcelona: Vergara, 1973, reimpr., vol. 7, pp.
350-354.
128 Véanse los apartados 1.4., 1.6., 2.2. y 2.3.1.
129 Véanse los apartados 1.3., 1.4., 1.9. y 2.2., y lo que digo más abajo sobre la Edición de
Obras completas de Cervantes. Cfr. Javier Salazar Rincón, El mundo social del «Quijote», Madrid:
Gredos, 1986, pp. 10, nota.
130 Incluido en sus Études sur l’Espagne, 1ª serie, París, 1895, pp. 297-382.
131 Son palabras de Javier Salazar Rincón, El mundo social del «Quijote», Madrid: Gredos,
1986, pp. 10-11.
132 Véase también E. Allison Peers, «Aportación de los hispanistas extranjeros al estudio de
Cervantes», RFE, XXXII (1948), pp. 162-163.
133 Elie Faure, Cervantes, Madrid: Cuadernos Literarios, 1926, pp. 25 y 26. Véase también
Antonio Marco García, «El Cervantes de Elie Faure», VV. AA., Actas del II Coloquio Internacional
de la Asociación de Cervantistas, Barcelona: Anthropos, 1991, pp. 265-271.
134 Donatella Pini Moro e Giacomo Moro, «Cervantes en Italia», Donatella Pini Moro, ed., Don
Chisciotte a Padova, Padova: Editoriale Programma, 1992, pp. 149-268. Para el periodo que nos
interesa, véanse las pp. 198-211. Véase asimismo Francisco A. de Icaza, «La ironía de Cervantes y
la nueva crítica italiana», El «Quijote» durante tres siglos, Madrid: Imp. Fortanet, 1918, pp. 191208.
135 Richard Schwarderer, «Importancia de la figura de don Quijote en el ensayo L’umorismo
(1908) de Pirandello», VV.AA, Actas del coloquio cervantino, Würzburg, 1983. Theodor Berchem
y Hugo Laitenberger, eds., Münster: Aschendorffsche Verlagsbuchhandlung Gmb H & Co., 1987,
pp. 118-126, la cita en p. 120.
136 Son palabras de Richard Schwarderer, art. cit., p. 120.
137 Américo Castro dedicó un trabajo a analizar las relaciones entre Cervantes y Pirandello,
pero sin ocuparse de este ensayo; cfr. Américo Castro, «Cervantes y Pirandello», La Nación (Buenos
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Aires), 1924, después incluido en Hacia Cervantes, Madrid: Taurus, 1967, 3ª ed., pp. 477-85. En
fechas más recientes, Gonzalo Torrente Ballester confesaba la influencia de Pirandello en la gestación de su conocido libro El «Quijote» como juego, Madrid: Península, 1975 (véase p. 7).
138 Roma: Treves, 1924.
139 Helmut Hatzfeld, «Don Quijote, ¿asceta?», NRFH, II (1948), pp. 57-70; Amado Alonso,
«Don Quijote, no asceta, pero ejemplar caballero y cristiano», NRFH, II (1948), pp. 333-359. Véase
la nota que añade Julio Rodríguez Puértolas en Américo Castro, El pensamiento de Cervantes (Barcelona: Noguer, 1972), pp. 307-308
140 J.J.A. Bertrand, Cervantes en el país de Fausto, Madrid: Ediciones Cultura Hispánica,
1950, p. 217.
141 Véase J.J.A. Bertrand, Cervantes en el país de Fausto, Madrid: Ediciones Cultura Hispánica, 1950, pp. 206-213 y 217-219. Cfr. Dietrich Briesemeister, «España y la hispanística alemana»,
VV. AA., Estudios de literatura española de los siglos XIX y XX. Homenaje a Juan María Díez
Taboada, Madrid: CSIC, 1998, pp. 458-466.
142 A History of Spanish Literature, Londres: W. Heinemann, 1898. Se traduce al español en
1900 por Adolfo Bonilla y San Martín con un prólogo de Menéndez Pelayo bajo el título de Historia
de la Literatura Española desde los orígenes hasta el año 1900 (Madrid: La España Moderna,
1900). Se reeditó en varias ocasiones, la cuarta en 1926 (Madrid: Ruiz Hermanos). Nótense las
palabras de E. Allison Peers sobre ella: «Pero a nuestra comprensión más profunda de Cervantes,
Fitzmaurice-Kelly no contribuyó casi en nada» («Aportación de los hispanistas extranjeros al
estudio de Cervantes», RFE, XXXII [1948], p. 185).
143 Véase «Un ilustre cervantista uruguayo», Crónica cervantina, 28 (1934), pp. 550-552. Más
datos sobre algunos de sus libros en Crónica cervantina, 25 (1934), pp. 487-8 y 33 (1935), pp. 649651.
144 Véase Francisco A. de Icaza, El «Quijote» durante tres siglos, Madrid: Imprenta de
Fortanet, 1918. En los preliminares de la reimpresión de su libro sobre Las novelas ejemplares
(Madrid, 1928) se incluye una biografía del autor. cfr. Dámaso Santos, «Recuerdo y homenaje a
Francisco A. de Icaza», Arriba, 3 de febrero de 1963, p. 13; Juan Sampelayo, «Un perfil y unos
recuerdos íntimos», Arriba, 3 de febrero de 1963, p. 13 y Andrés Henestrosa, «Un cervantista
mexicano: Francisco A. de Icaza», VV. AA., Guanajuato en la geografía del «Quijote» (Guanajuato:
Gobierno del Estado de Guanajuato, 1988), pp. 85-92.
145 José de Armas y Cárdenas, cubano (1866-1919), es autor de una larga nómina de estudios
sobre Cervantes y el Quijote, de entre los que destaco Cervantes y el «Quijote» (La Habana:
Imprenta y Librería La Moderna Poesía, 1905) y Cervantes y su época (Madrid: Renacimiento,
1915).
146 He tenido en cuenta: Juan Suñé Benages, «El cervantismo en América», Crónica cervantina, 28 (noviembre-diciembre, 1934), pp. 552-554; Nilda Blanco (sel. y pról.), Visión cubana de
Cervantes (La Habana: Editorial Letras Cubanas, 1980); VV. AA., Guanajuato en la geografía del
«Quijote» (Guanajuato: Gobierno del Estado de Guanajuato, 1988); VV. AA., Apuntes cervantinos
mexicanos (México, 1988); VV. AA., Apuntes cervantinos hispanoamericanos, II (México, 1990);
Emilia de Zuleta, «El hispanismo de Hispanoamérica», Moenia, 4 (1998), pp. 33-59; Matilde Albert
Robatto, «El hispanismo en Puerto Rico. (Apuntes para una historia de amistad y cooperación)»,
Moenia, 4 (1998), pp. 61-69; Ignacio M. Zuleta, «La tradición cervantina (Algunos aspectos de la
proyección del Quijote en Hispanoamérica)», Anales Cervantinos, XXII (1984), pp. 143-157; y mi
propio trabajo, «La recepción del Quijote en Hispanoamérica. (Siglos XVII-XIX)», Cuadernos
Hispanoamericanos, 500 (febrero, 1992), pp. 132-140. Sobre Alfonso Reyes puede consultarse:
Manuel Alcalá, El cervantismo de Alfonso Reyes, México: UNAM, 1997 (Discurso de ingreso en la
Academia Mexicana leído el 30 de agosto de 1962). Para Arturo Marasso es recomendable acudir
a su libro, Cervantes. La invención del «Quijote» (Buenos Aires: Librería Hachette, 1954), en el que
recoge trabajos suyos anteriores, todos ellos llenos de sugerentes indicaciones y a su edición del
Quijote (Buenos Aires: Librería El Ateneo, 1954, 2 vols.), con prólogo y anotación muy interesantes.
Finalmente, la lectura del Quijote por Borges cuenta ya con una importante bibliografía: Frederik
Viña, «El cervantismo de Jorge Luis Borges», Manuel Criado de Val, dir., Cervantes, su obra y su
mundo, Madrid: Edi-6, 1981, pp., 1087-1095; Ilan Stavans, «Cervantes para Borges», Anthropos,
98-99 (1989), p. IX; Alí Víquez Jiménez, «La lectura borgesiana del Quijote», Revista de Filología
y Lingüística de la Universidad de Costa Rica, 20, 2 (1994), pp. 19-30; Carlos Orlando Nállim, Cervantes en las letras argentinas, Buenos Aires: Academia Argentina de Letras, 1998; Ana María
Barrenechea, «Cervantes y Borges», Melchora Romanos, coord., Para leer a Cervantes, Buenos
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Aires: EUDEBA, 1999, pp. 281-290; Eduardo Urbina, «La sinrazón de razón: Cervantes, Borges y
Arrabal», Para leer a Cervantes, ob. cit., pp. 349-357.
147 Ahmed Abi-Ayad, «Presentación y análisis de la bibliografía argelina sobre Miguel de Cervantes», Actas del tercer congreso internacional de la Asociación de Cervantistas, Palma de
Mallorca: Universidad de las Islas Baleares, 1998, pp. 99-108; Adriana Arriagada de Lassel, «Cervantes visto por los franceses de Argelia (1830-1962)», ibidem, pp. 125-132
148 Véanse los trabajos de Maria Augusta da Costa Vieira, «Las relaciones de poder entre
narrador y lector: Cervantes, Almeida Garret y Machado de Assís», Cuadernos Hispanoamericanos, 570 (1997), pp. 59-71; «Huellas de Don Quijote en la literatura brasileña», Actas del IV
congreso internacional de AISO, Alcalá de Henares: Universidad de Alcalá de Henares, 1998, vol.
I, pp. 469-75. «Recreaciones de Don Quijote en la literatura Brasileña: facciones del héroe», Actas
del tercer congreso internacional de la Asociación de Cervantistas, Palma de Mallorca: Universidad
de las Islas Baleares, 1998, pp. 733-739; «Un itinerario posible: de Cervantes a Machado de Assís»,
Melchora Romanos, coord., Para leer a Cervantes, Buenos Aires: EUDEBA, 1999, pp. 307-316;
Asimismo, Mª. de la Concepción Piñero Valverde, «Una novela quijotesca de la literatura brasileña:
Quincas borba, de Machado de Assis», Actas del tercer congreso internacional de la Asociación de
Cervantistas, Palma de Mallorca: Universidad de las Islas Baleares, 1998, pp. 709-716.
149 Mariana Dimitrova, «Don Quijote en la interpretación de los críticos y ensayistas búlgaros»,
Giuseppe Grilli, ed., Actas del II Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas, Nápoles,
1995, pp. 927-934.
150 Pavel Stepánek, «Los destinos de Don Quijote en Checoslovaquia», Anales Cervantinos,
XXIX (1991), pp. 191-215.
151 José Chang, «El Quijote en China y sus influencias en la literatura del país asiático», ABC,
s. f. (1955?). Liu Xiaopei, «Cervantes en China», Actas del II Coloquio Internacional de la Asociación de Cervantistas, Barcelona: Anthropos, 1991, pp. 319-325.
152 Kim Chang-su, «Don Quijote en Corea: su influencia en los escritores modernos (19151940)», VV. AA., Actas del primer congreso de hispanistas de Asia, Seul, Corea: Asociación
Asiática de Hispanistas, 1985, pp. 453-460.
153 Guillermo Gómez Rivera, «El espíritu quijotesco en dos escritores filipinos: José Rizal,
prosista, y Francisco Zaragoza, poeta», VV. AA., Actas del primer congreso de hispanistas de Asia,
Seul, Corea: Asociación Asiática de Hispanistas, 1985, pp. 429-36.
154 Véase el trabajo de Dimitris Filippis en este IV CINDAC.
155 Jaime Fernández, «Cervantes en Japón», Anales Cervantinos, XXIII (1985), pp. 201-211;
del mismo, «Cervantes en Hombre en camino de Natsume Sôseki: una versión japonesa de El
curioso impertinente de Cervantes», Anales Cervantinos, XXXI (1993), pp. 131-150.
156 Cfr. Kazimierk Sabik, «La recepción de la obra de Cervantes en Polonia durante el período
de la Ilustración y el Romanticismo (1781-1855)», Actas del II Coloquio Internacional de la Asociación de Cervantistas, Barcelona: Anthropos, 1991, pp. 307-317.
157 Aunque referida a un tiempo anterior, es imprescindible la monografía de María Fernanda
de Abreu, Cervantes no Romantismo português, Lisboa: editorial Estampa, 1997, 2ª. ed.
158 Vsevolod Bagnó, El Quijote vivido por los rusos, Madrid: CSIC, 1995.
159 Jasna Stojanovic, «Hajim DaviËo, traductor y crítico de Cervantes en las letras serbias»
[1854-1916], Anales Cervantinos, XXXV (1999), pp. 501-510.
160 Madrid: Espasa-Calpe, 1926.
161 Son palabras de Carlos M. Gutiérrez, «Cervantes, un proyecto de modernidad para el Fin de
Siglo (1880-1905)», Cervantes, 19 (1999), p. 119.
162 Utilizo las palabras de José Manuel Martín Morán en su artículo «Don Quijote está sanchificado; el des-sanchificador que lo re-quijotice…», BHi, 94 (1992), pp. 75-118. La cita en p. 80.
Véase en p. 81 una lista de algunos de los estudiosos que han recogido las ideas de Madariaga.
Añádase ahora el capítulo IV de las Reflexiones sobre el Quijote de Enrique Moreno Báez (Madrid:
Prensa Española, 1968).
163 «This book has been followed by other explorations of the characters’, psyches, notably
from a Jungian perspective by John G. Weiger, Freudian analysis tempered by American ego psychology by C. B. Johnson, Jungian analysis tempered by contemporary feminist theory by Ruth El
Saffar, and the wildest of them all, the unsettling psychosexual ambiguities by Louis Combet». Son
palabras de Caroll B. Johnson, Don Quixote. The Quest for Modern Fiction, (Boston: Twayne,
1990), p. 29. Véase asimismo mi trabajo «Mujer, erotismo y sexualidad en el Quijote», Anales
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Cervantinos, XXXII (1994), pp. 97-116 y las consideraciones de José Manuel Martín Morán en el
artículo citado en la nota anterior.
164 Los estudios sobre Américo Castro y su exégesis del Quijote son abundantes. Remito a mi
libro El «Quijote» y la crítica contemporánea, Alcalá de Henares: Centro de Estudios Cervantinos,
1997, pp. 32-33 («Los estudios de Américo Castro»).
165 Publicado en 1925 como anejo de la Revista de Filología Española. Hay edición facsímil
reciente (Barcelona: Crítica, 1991). Julio Rodríguez Puértolas lo reeditó en 1972 con abundantes
notas suyas y del propio Américo Castro (Barcelona: Noguer, 1972). Aunque pensado con un propósito divulgador, debe tenerse en cuenta también su libro, en francés, Cervantès (París, 1931)
monografía casi de cabecera para Azorín en varios de sus trabajos posteriores a esta fecha.
166 Vid. por ejemplo Agustín González de Amezúa, Cervantes creador de la novela corta
española, Madrid: C.S.I.C., 1982, reimpresión [1956], 2 vols.
167 Alonso Zamora Vicente, «Américo Castro y Cervantes», Homenaje a Américo Castro,
Madrid: Universidad Complutense de Madrid, 1987, p. 216.
168 Dana B. Drake, Don Quijote (1894-1970): A Selected Annotated Bibliography, Chapell
Hill: University of California Press, 1974, vol I; Miami: Ediciones Universal, 1978, vol. II; Nueva
York: Garland, 1980, vol. III; vol. IV, hasta 1979, en colaboración con Frederick Viña, Nueva York,
1984.
169 Anthony J. Close, «La crítica del Quijote desde 1925 hasta ahora», Anthony Close et alii,
Cervantes, Alcalá de Henares: Centro de Estudios Cervantinos, 1995, pp. 311-333.
170 Madrid: Gráficas Reunidas, 1928, 1931, 1935 y 1941.
171 Francisco Rico, «Historia del texto», ob. cit., p. CCXXXIV.
172 Véase Alfredo Carballo Picazo, «Seguidores de Menéndez Pelayo», Guillermo Díaz Plaja,
dir., Historia general de las literaturas hispánicas, Barcelona: Vergara, 1973, reimpr., vol. 7, pp.
350-354.
173 Las referencias bibliográficas se han consignado anteriormente.
174 Agustín González de Amezúa, Cervantes, creador de la novela corta española, Madrid:
CSIC, 1956-1958.
175 Véase por ejemplo, «Los Cortinas de la villa de Barajas», Cuadernos de Literatura, 8-9
(1948), pp. 103-108; «Tres amigos de Cervantes», BRAE, XXVII (1948), pp. 143-175; «De la
familia Salazar», Anales Cervantinos, I (1951), pp. 327-331, etc.
176 A Narciso Alonso Cortés se debe el capítulo sobre Cervantes en la Historia general de las
literaturas hispánicas dirigida por Guillermo Díaz Plaja (Barcelona: Vergara, 1949, vol. II, pp.
803-856).
177 Véase ahora Anthony J. Close, «La crítica del Quijote desde 1925 hasta ahora», Anthony
Close et alii, Cervantes, Alcalá de Henares: Centro de Estudios Cervantinos, 1995, p. 314.
178 Véase Alfredo Carballo Picazo, «Seguidores de Menéndez Pelayo», Guillermo Díaz Plaja,
dir., Historia general de las literaturas hispánicas, Barcelona: Vergara, 1973, reimpr., vol. 7, p. 354.
179 Véase más arriba el apartado sobre el centenario de 1916.
180 Véase su trabajo «Desafueros contra el Cantar de mío Cid», recogido en el volumen Cervantinas y otros ensayos, Madrid: Afrodisio Aguado, 1944, pp. 391-420. Véanse especialmente los
adjetivos que dedica a Menéndez Pidal en pp. 392-3.
181 Véase José Montero Padilla, «Luis Astrana Marín», Arbor, 170 (1960), pp. 122-125; Gilda
Calleja Medel, Luis Astrana Marín, un solitario y casi heroico hombre de letras, Madrid: Sociedad
Cervantina de Madrid, 1990.
182 Véase Miguel Santiago Rodríguez, Catálogo de la biblioteca cervantina de D. José María
Asensio y Toledo, prólogo de Ángel González Palencia y noticia bibliográfica de Enrique Lafuente
Ferrari, Madrid: Gráficas Ultra, 1948.
183 Joan Givanel Mas, Catàleg de la col·lecció cervàntica formada per D. Isidro Bonsoms i
Siscart i cedida per ell a la Biblioteca de Catalunya, Barcelona: Institut d’Estudis Catalans, 19161925, 3 vols. He aquí lo que dice Río y Rico sobre la formación de esta biblioteca: «Formó esta
colección don Isidro Bonsoms, el cual, durante cuarenta años, y sin escatimar gastos para adquirir
las ediciones y piezas más raras, fue reuniendo cuanto acerca del autor del Quijote y de su obra literaria era ofrecido en venta por libreros y particulares, siendo, desde luego, su principal adquisición
la de la biblioteca cervantina que a fuerza de desvelos y aun privaciones logró reunir don Leopoldo
Ríus. Con el firme propósito de que fondo tan importante no se dispersase a su muerte, lo donó
generosamente al Institut d’Estudis Catalans, mediante contrato firmado en Barcelona el día 7 de
junio del año de 1915, y esta institución cultural barcelonesa ha sido la que a sus expensas ha
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publicado el repertorio bibliográfico que nos ocupa. Es su autor don Juan Givanel Mas, docto y
conocido cervantista, el cual, antes de echar sobre sí esta tarea, había terminado la publicación de
la edición crítica del Quijote de Don Clemente Cortejón, acompañado del señor Suñé Benages, y
tenía reunidas numerosas papeletas para publicar dos libros con los títulos de Omisiones y correcciones a la Bibliografía de don Leopoldo Ríus y Mil números cervantinos para añadir a la Bibliografía de Ríus». Gabriel Martín Río y Rico, Catálogo bibliográfico de la sección Cervantes de la
Biblioteca Nacional de Madrid, Madrid: Tipografía de la Revista de Archivos, Bibliotecas y
Museos, 1930, pp. 591-593.
184 Véase Luis María Plaza Escudero, Catálogo de la colección cervantina Sedó, Barcelona:
José Porter, 1953-1955, 3 vols. Véase también el Homenaje tributado por la Sección de Manuscritos
a la de Impresos de dicha biblioteca [Biblioteca Cervantina de Juan Sedó Peris-Mencheta] con
motivo de la adquisición para la misma del ejemplar número mil de ediciones del Ingenioso
Hidalgo D. Quijote de la Mancha […], Barcelona: Imprenta Escuela de la Casa Provincial de la
Caridad de Barcelona, 1942, XII + 64 pp. + 121 láminas; y el discurso de ingreso de Juan Sedó
Peris-Mencheta en la Real Academia de Bellas Artes de San Jorge, Embrujo y riesgo de las Bellas
Artes, Barcelona, 24 de noviembre de 1952 (Barcelona: Imprenta de Enrique Tobella, 1952), en el
que se incluye una valiosa «Iconografía de la Aventura de los molinos de viento seleccionada de las
diversas ediciones ilustradas de nuestra colección y dividida en tres partes».
185 Son palabras de José Portolés, Medio siglo de filología española (1896-1952). Positivismo
e idealismo, Madrid: Cátedra, 1986, p. 11. Cfr. además Alfredo Carballo Picazo, «La escuela de
Menéndez Pidal», Guillermo Díaz Plaja, dir., Historia general de las literaturas hispánicas, Barcelona: Vergara, 1973, reimpr., vol. 7, pp. 359 y ss.; Rafael Lapesa, Generaciones y semblanzas de
claros varones y gentiles damas que ilustraron la Filología Hispánica de nuestro siglo, Madrid:
Real Academia de la Historia, 1998, y el comentario a este libro de Francisco Abad en Hesperia.
Anuario de Filología Hispánica, II (1999), pp. 173-178.
186 Véase ahora Pablo Jauralde Pou, «Cervantes and the Spanish Philological School», Anne J.
Cruz y Carroll B. Johnson, eds., Cervantes and His Postmodern Constituencies, New York and
London: Garland Publishing Company, 1999, pp. 105-115.
187 Ramón Menéndez Pidal, «El lenguaje del siglo XVI» [1933], La lengua de Cristóbal Colón,
Madrid: Espasa-Calpe, 1947, 3ª ed., pp. 49-87 (esp. pp. 85-86); Los españoles en la literatura
[1949], Madrid: Espasa-Calpe, 1971, 2ªed.; La lengua castellana en el siglo XVII [1986], Madrid:
Espasa-Calpe, 1991.
188 Madrid: Cuadernos literarios, 1924, 2ª. ed. aumentada; la primera es de 1920 y se ha reimpreso en diversas ocasiones.
189 Madrid: Patronato del IV Centenario del nacimiento de Cervantes, 1948. Enrique Moreno
Báez, discípulo de Menéndez Pidal, titula de manera muy similar («Cervantes y los ideales caballerescos») el capítulo IV de sus Reflexiones sobre el Quijote, Madrid: Prensa Española, 1968, pp.
29-36.
190 Véase ahora José Montero Reguera, El Quijote y la crítica contemporánea, Alcalá de
Henares: Centro de Estudios Cervantinos, 1997, cap.VI.
191 Ramón Menéndez Pidal, Mis páginas preferidas. Estudios literarios, Madrid: Gredos, 1957.
La cita en p. 196. («Un aspecto sobre la elaboración del Quijote», pp. 222-269; «Cervantes y el ideal
caballeresco», pp. 270-297).
192 José F. Montesinos estudió sobre todo el erasmismo, la lírica de Lope de Vega, teatro del
siglo XVII y novela decimonónica. Pero en esos trabajos, especialmente los dedicados a la novela
del siglo XIX, las referencias a Cervantes y el Quijote son constantes, por ejemplo en su Introducción a una historia de la novela en España en el siglo XIX (Madrid: Castalia, [1960], 1973, 3ª ed.)
donde incluye capítulos como «Cervantes antinovelista» (pp. 35-42), «Cervantes» (pp. 100-102) en
los que analiza la difusión e influencia del Quijote en los siglos XVIII y XIX y efectúa consideraciones
muy inteligentes sobre el valor de la novela cervantina (pp. 40, 104, 105, 106-107, etc). Asimismo
Cervantes aparece constantemente en Valera o la ficción libre (Madrid: Gredos, 1957) donde se
encuentran afirmaciones como las siguientes: «Sería erróneo, empero, creer que Morsamor es meramente un hacinamiento de todo el saber noticioso que atesoraba la memoria de Valera. Responde
como ninguna otra a aquel concepto de novela en libertad que defendió toda su vida, el más fiel a
la fórmula cervantina que justificaba las novelas, aun de caballerías y aventuras, por el ‘sujeto que
ofrecían para que un buen entendimiento pudiese mostrarse…, porque daban largo y espacioso
campo por donde sin empacho alguno pudiese correr la pluma, describiendo naufragios, tormentas,
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reencuentros y batallas’» (p. 184). Evidentemente, quien escribe esto tiene metido el Quijote en la
cabeza.
193 Alonso Zamora Vicente, «La literatura», Pedro Laín Entralgo (Coordinador y prologuista),
Los estudios de un joven de hoy, Madrid: Fundación Universidad-Empresa, 1982, pp. 188-189.
194 Discípulo directo de Menéndez Pidal, en 1911 obtiene la Cátedra de Lengua y Literatura
Españolas en la Universidad de Oviedo, de donde se traslada a la de Salamanca en 1915, labores que
compatibiliza con la de agregado del Centro de Estudios Históricos y Director de la Residencia de
Estudiantes. En 1916 empiezan sus viajes a la Universidad de Columbia (Nueva York) donde se
encarga de organizar los estudios hispánicos, en alza después de la segunda guerra mundial, lo que
le lleva a pedir en 1921 la excedencia en la universidad española e instalarse definitivamente en los
Estados Unidos. Poco recordadas hoy, a él se deben algunas páginas interesantes sobre Cervantes
que se encuentran recogidas en el volumen que la Universidad de Puerto Rico publicó en 1955 con
la mayor parte de sus trabajos: Federico de Onís, España en América. Estudios, ensayos y discursos sobre temas españoles e hispanoamericanos, Santander: Ediciones de la Universidad de
Puerto Rico, 1955, 854 pp. Cabe destacar el capítulo «Cervantes» (pp. 317-339), que había aparecido anteriormente como estudio preliminar a su edición del Quijote (Buenos Aires: W. M. Jackson,
1948, t. 1, pp. VII-XXXVII). También interesa el capítulo «Concha Espina» (pp. 531-534) donde
recoge su introducción a la edición americana del libro de Concha Espina Mujeres del Quijote (ed.
de W.M. Becker, Boston: Heath, 1931). De la etapa en Puerto Rico se conserva todavía el recuerdo
de sus enseñanzas en el hoy Seminario Federico de Onís. Un libro bien conocido entre los cervantistas como el de Carlos Varo, Génesis y evolución del «Quijote» (Madrid: Ediciones Alcalá, 1968),
está inspirado en buena medida en las enseñanzas de Federico de Onís. Agradezco al Dr. Aguirre
Vega su amabilidad al proporcionarme diversos datos sobre la labor de Onís en Puerto Rico.
195 Más ocupado por otras épocas y problemas de nuestra literatura, Lloréns publicó un excelente estudio sobre el Quijote hoy poco recordado: «Don Quijote y la decadencia del hidalgo»,
Aspectos sociales de la Literatura Española, Valencia: Castalia, 1974, pp. 47-66.
196 Véase Anthropos, 98-99 (1989), p. XII.
197 Es muy interesante a estos efectos consultar el volumen de Américo Castro Semblanzas y
estudios españoles (Madrid - Princeton: Ediciones Ínsula, 1956), donde se incluye la nómina de discípulos americanos de Castro. Cfr. asimismo Vicente Lloréns, «Américo Castro: los años de Princeton» [1971], Aspectos sociales de la Literatura Española, Valencia: Castalia, 1974, pp. 163-180.
Por otra parte, no creo necesario recordar aquí los trabajos cervantinos, sobradamente conocidos, de
Gilman, Durán o Buketoff Turkevich.
198 Véase Rafael Lapesa, «Mi recuerdo de Amado Alonso», VV. AA., Estudios de Literatura y
Lingüística Españolas. Miscelánea en honor de Luis López Molina, Lausanne: Sociedad de Estudios
Hispánicos, 1992, p. 330.
199 Además de numerosas referencias sueltas al Quijote que se pueden encontrar en su libro
fundamental Materia y forma en poesía (Madrid: Gredos, 1955), Amado Alonso dedicó tres trabajos
al Quijote: dos incluidos en el mismo libro («Cervantes», pp. 187-192 y «Don Quijote no asceta,
pero ejemplar caballero y cristiano», pp. 193-229); y un tercero, «Las prevaricaciones idiomáticas
de Sancho Panza» que apareció en la NRFH (2, 1948, pp. 1-20).
200 No dispongo ahora del espacio necesario para analizar los estudios sobre el Quijote de
Casalduero, autor de uno de los cuerpos de exégesis cervantina más amplio y sugerente del siglo
XX; véase como primera aproximación el trabajo de Gonzalo Sobejano, «La obra crítica de Joaquín
Casalduero», VV. AA., Homenaje a Casalduero. Crítica y poesía, Madrid: Gredos, 1972, pp. 453469.
201 Dámaso Alonso, «El hidalgo Camilote y el hidalgo don Quijote» [1933-1934], Del Siglo de
Oro a este de siglas, Madrid: Gredos, 1962, pp. 20-28; «Sancho-Quijote, Sancho-Sancho» [1950],
Del Siglo de Oro a este de siglas, Madrid: Gredos, 1962, pp. 9-19; La novela cervantina [1969], en
Modesto López Otero, Emilio Lorenzo, Dámaso Alonso y Federico Mayor Zaragoza, Lecciones de
arquitectura, lengua, literatura y ciencia, Santander: UIMP, 2000, pp. 87-133.
202 Rafael Lapesa, «Aldonza-Dulce-Dulcinea» [1947], De la Edad Media a nuestros días,
Madrid: Gredos, 1967, pp. 212-218; «Góngora y Cervantes: coincidencia de temas y contraste de
actitudes» [1965], De la Edad Media a nuestros días, Madrid: Gredos, 1967, pp. 219-241; «Comentario al capítulo 5 de la Segunda Parte del Quijote», VV. AA., Actas del III Coloquio Internacional
de la Asociación de Cervantistas, Barcelona: Anthropos, 1993, pp. 11-21. También debe tenerse en
cuenta su Historia de la lengua española, Madrid: Gredos, 1980, 8ª ed.
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203 Manuel de Montoliú, Vida de Cervantes, Barcelona: I. G. Seix & Barral Herms., S. A.
editores, 1930, 5ª edición; eiusdem, Tríptico del «Quijote», Barcelona: Cervantes, 1947; eiusdem,
Manual de Historia de la Literatura Castellana, Madrid, 1947, 2ª ed. («El genio de la novela. Cervantes», pp. 358-396, «Conclusión», pp. 850-863 y «Apéndice: Cervantes y Ariosto», pp. 864868).
204 Madrid: Prensa Española, 1968. También es autor del capítulo «Perfil ideológico de Cervantes» incluido en la Suma cervantina compilada en 1974 por J. B. Avalle-Arce y E. C. Riley
(Londres: Támesis Books, pp. 233-272).
205 Véase Pablo Jauralde Pou, «Cervantes and the Spanish Philological School», Anne J. Cruz
y Carroll B. Johnson, eds., Cervantes and His Postmodern Constituencies, New York and London:
Garland Publishing Company, 1999, pp. 110-111.
206 «Esto no viene sino a comprobar desde un punto de vista estrictamente literario lo que
Américo Castro ha probado desde el plano del pensamiento al estudiar el de Cervantes en un excelente libro», Dámaso Alonso, La novela cervantina, lección de clausura del curso académico 1969
de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Ahora recogido en Modesto López Otero, Emilio
Lorenzo, Dámaso Alonso y Federico Mayor Zaragoza, Lecciones de arquitectura, lengua, literatura
y ciencia, Santander: UIMP, 2000, p. 93. Asimismo, es muy ilustrativa e interesante a este respecto
la cita de Alonso Zamora Vicente transcrita más arriba, apartado 1.10.
207 Madrid: Renacimiento, 1930, pero publicado ya antes.
208 México: Hermes, 1947. Se trata de una edición abreviada: «Reducción de la inmortal obra
hecha por Ramón Gómez de la Serna» dice la portada. Véase también Luis López Molina, «Ramón
Gómez de la Serna frente al Quijote», Irene Andrés Suárez, y otros, Huellas del Quijote en la
narrativa española contemporánea, vol. Monográfico de Cuadernos de Narrativa, I, 1995, pp. 5566.
209 Véase Fernando Salmerón, ed., Los estudios cervantinos de José Gaos, México: El Colegio
de México, 1994 («Los estudios cervantinos de José Gaos», pp. 3-50) y Alberto Sánchez, «Cervantismo y quijotismo de León Felipe», Anales Cervantinos, XXII (1984), pp. 181-198.
210 Véase por ejemplo Margarita Smerdou Altolaguirre, «Cervantes en la Generación del 27
(Esbozo de un libro)», VV. AA. Actas del II Coloquio Internacional de la Asociación de Cervantistas, Barcelona: Anthropos, 1991, pp. 273-279; Ana Rodríguez Fischer (pres. y sel.), Miguel de
Cervantes y los escritores del 27, Barcelona: Anthropos, 1989.
211 Véase Francisco Florit Durán, «Pedro Salinas y el Quijote», Homenaje al profesor Antonio
de Hoyos, Murcia: Real Academia Alfonso X el Sabio, 1995, pp. 183-189.
212 Javier Yagüe Bosch, «Dos episodios de Don Quijote en Aire nuestro de Jorge Guillén»,
Criticón, 53 (1991), pp. 7-55; Francisco Florit Durán, «Jorge Guillén y su Homenaje a los clásicos
del Siglo de Oro», Francisco Javier Díez de Revenga y Mariano de Paco, eds., La claridad en el
aire. Estudios sobre Jorge Guillén, Murcia: Caja Murcia, 1994, pp. 175-189; Margarita Smerdou
Altolaguirre, «Cervantes, Guillén y otros poemas», VV. AA., Jorge Guillén: el hombre y la obra,
Valladolid: Universidad de Valladolid, 1995, pp. 499-503; Almudena del Olmo Iturriarte, «Jorge
Guillén y el Quijote: la dimisión de Sancho», Actas del III Congreso Internacional de la Asociación
de Cervantistas, Palma de Mallorca: Universidad de las Islas Baleares, 1998, pp. 689-708; Elizabeth
Matthews, «Heroic Vocation: Cervantes, Guillén and Noche del caballero», Modern Language
Review, 93, 4 (1998), pp. 1021-1033.
213 Ob. cit., p. 5.
214 Leo Spitzer, «Perspectivismo lingüístico en el Quijote», Lingüística e historia literaria,
Madrid: Gredos, 1955, pp. 161 y 178-180.
215 Manejo la traducción al castellano, México: Fondo de Cultura Económica, 1950.
216 Ob. cit., pp. 314-339.
217 Véase Anthony J. Close, «La crítica del Quijote desde 1925 hasta ahora», art. cit., p. 319.
218 Erich Auerbach, ob. cit., p. 339.
219 Véase las referencias completas y comentario en José Montero Reguera, El «Quijote» y la
crítica contemporánea, ob. cit., pp. 82-3, 93, 104, 119-120, 248 y 257. Asimismo, pueden consultarse los siguientes trabajos generales sobre Auerbach y su acercamiento al Quijote: Maria Augusta
da Costa Vieira, «A Dulcinéia encantada de Auerbach e Dom Quixote de Cervantes», Anuario Brasileño de Estudios Hispánicos, 4 (1994), pp. 131-140 y David Damrosch, «Auerbach in Exile»,
Comparative Literature, 47 (1995), pp. 97-117.
220 El «Quijote» como obra de arte del lenguaje [1927], Madrid: CSIC, 1966, 2ª ed. Cfr.
Anthony J. Close, «La crítica del Quijote desde 1925 hasta ahora», ob. cit., pp. 320-321.
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José Montero Reguera
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Firenze: Le Monnier, 1938, 446 + 430 pp.
Véase José Montero Reguera, El «Quijote» y la crítica contemporánea, ob. cit., pp. 32-35
223 Alexander A. Parker, «Don Quixote and the Relativity of Truth», Dublin Review, 220
(1947), pp. 28-37 y «El concepto de verdad en el Quijote», RFE, 32 (1948), pp. 287-305. A la zaga
de Parker seguirán trabajos de Peter Rusell, Anthony Close, etc. suficientemente conocidos. Cfr.
José Montero Reguera, El «Quijote» y la crítica contemporánea, ob. cit., pp. 106-115.
224 Javier Herrero, «Dulcinea and her Critics», Cervantes, II, 1 (1981), p. 31.
225 Madrid: Espasa-Calpe, 1943.
226 RFE, XXXII (1948), p. 559.
227 RFE, XXXII (1948), p. 560.
228 Véase Joaquín Arrarás, «Crónica del IV Centenario de Cervantes», RFE, XXXII (1948), pp,
537-592.
229 José Manuel Martín Morán da cumplida información de todo ello en su contribución a este
IV CINDAC. Véanse asimismo mis Consideraciones previas.
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ACOTACIONES BIBLIOGRÁFICAS A LOS ESTUDIOS
CERVANTINOS REALIZADOS EN LOS ESTADOS UNIDOS
DURANTE LAS DOS ÚLTIMAS DÉCADAS DEL SIGLO XX
Jorge H. Valdivieso
L. Teresa Valdivieso
INTRODUCCIÓN
En 1978 tuvimos el honor de ver aparecer en las páginas de Anales cervantinos 17 (1978): 191-233 nuestro trabajo bibliográfico sobre el repertorio de
las tesis doctorales norteamericanas. Ya anteriormente los profesores James
Chatham y Enrique Ruiz-Fornells habían realizado una compilación que
abarcaba desde 1876 hasta 1966. Por consiguiente, nuestro objetivo fue completar dicha catalogación hasta la fecha indicada.
A partir de 1978, que nosotros sepamos, nadie ha llevado a cabo un estudio
orgánico de lo que los investigadores cervantistas pensaron, escribieron y
publicaron en los Estados Unidos durante las dos últimas décadas del siglo
XX. La tarea ha sido ardua, si se considera el amplio marco cronológico que
encuadra, las numerosas fuentes y la cantidad y variedad de críticos. Así pues,
la presente bibliografía continúa nuestro trabajo de 1978, lo amplía y lo actualiza, presentando los estudios de los críticos cervantinos, los cuales abarcan
desde temas de interés general hasta estudios de erudición específica.
Nuestro proyecto está dividido en dos partes: la primera agrupa los
estudios sobre la obra de Cervantes que han aparecido como libros o que
vieron la luz en publicaciones periódicas de los Estados Unidos; la segunda
comprende el análisis de las tesis doctorales que sobre el autor y su obra se han
sustentado en las universidades estadounidenses. Esperamos que esta bibliografía sea instrumento eficaz en manos de los investigadores que a no dudar
continuarán iluminando la obra cervantina con su erudición y su esfuerzo.
I. LIBROS Y ARTÍCULOS
Siguiendo criterios expresamente literarios hemos señalado para este
trabajo bibliográfico diferentes espacios. Como es lógico el primero es el
dedicado a Miguel de Cervantes y a los personajes que animan su obra; a continuación, las categorías tradicionales según los géneros; dentro de ese
apartado, cuando sea posible, una subdivisión crítica en obras específicas,
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dando fin al proyecto con aquellos estudios que subrayan las perspectivas
teóricas, la literatura comparada y los estudios interdisciplinarios. En total, se
han recopilado unas quinientas referencias bibliográficas que aparecen comentadas siempre que haya sido posible ponerse en contacto con los textos correspondientes.
Dentro del apartado de libros, quisiera destacar los publicados por la editorial Juan de la Cuesta del estado de Delaware, quien en 1999, y como cierre
de siglo lanzó al mercado en su serie «Documentación cervantina», núm.16,
una edición abreviada de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, preparada por Tom Lathrop en la que el editor ha incluido 10.459 glosas de vocabulario y 3.742 notas, encaminadas a facilitarle al pueblo norteamericano la
lectura de esa insigne obra. A esta edición, y en la misma serie con el número
17, le acompaña un diccionario con 7.800 acepciones y 12.000 definiciones.
En los talleres de Juan de la Cuesta se imprimieron las ediciones de 1605 y
1615 del Quijote. La moderna editorial, la Juan de la Cuesta estadounidense,
data de 1978 y se enorgullece de continuar el espíritu de su ascendiente
madrileña.
Debemos hacer constar aquí que en los Estados Unidos no ha faltado
nunca la investigación literaria en torno a Cervantes. Sus aportes a la crítica
literaria han tenido y siguen teniendo un impacto innegable sobre las letras hispánicas. Aunque la lista de los críticos cervantistas en los Estados Unidos es
monumental, no se podría dejar de mencionar a eruditos como Elias Rivers,
James A. Parr, Juan B. Avalle Arce, Ruth El Saffar, Eduardo Urbina, William
Clamurro y muchos otros.
Dentro de las colecciones de ensayos originales, llama la atención por su
novedad, una obra aparecida en 1999, editada por Anne J. Cruz y Carrolll B.
Johnson y que lleva como título Cervantes and His Postmodern Constituencies
que recoge los trabajos presentados en un congreso internacional, celebrado en
Los Angeles: «Southern California Cervantes Symposium». Llama la atención
por su novedad ya que el objetivo primordial es colocar los estudios sobre
Cervantes en el contexto de la teoría crítica postmodernista.
En cuanto a las publicaciones periódicas, en términos generales cabe decir
que la crítica cervantista es acogida por revistas de gran prestigio como
Hispanic Review, Diacritics, Bulletin of the Comediantes, Symposium,
Hispania y otras muchas; pero hay que destacar una revista reciente que está
ejerciendo un gran influjo respecto a la crítica cervantina, la revista titulada
Bulletin of the Cervantes Society of America, nacida en 1980, gracias quizá a
la observación crítica de una mujer, Dana B. Drake, quien como eficiente
bibliógrafa detectó varias lagunas en la crítica sobre Cervantes y su obra.
Según ella, Cervantes no había sido criticado bajo una perspectiva ideológica
apropiada; había también una omisión en la crítica sobre episodios específicos, personajes, etc. y, por último, se dejaba ver una gran laguna respecto a
las Novelas ejemplares. En lo que se refiere a esta última omisión, nos satisface
indicar que en 1997 apareció el volumen que lleva como título Beneath the
Fiction. The Contrary Worlds of Cervantes’s Novelas ejemplares, colección de
diez ensayos debidos a la pluma de William Clamurro y publicada por Peter
Lang en Nueva York.
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Hasta aquí hemos presentado una somera visión de textos cuyo contenido
es categóricamente cervantino, pero debemos preguntarnos qué valor conceden
las publicaciones académicas de los Estados Unidos a la obra de Cervantes. No
es posible en los estrechos límites de espacio y tiempo, intentar siquiera una
visión de conjunto, pero de lo que no cabe duda es que la crítica norteamericana discurre principalmente entre dos presupuestos. Por un lado, se podría
decir que el paso de la investigación anterior de tipo humanista a la contemporánea netamente norteamericana, equivale al tránsito de la discusión a la
medición, y que mientras el crítico de mediados de siglo buscaba una hermenéutica, el crítico contemporáneo, quizá influido por la masificación del individuo y al predominio de la tecnología, busca solamente el progreso expresado
en términos cuantitativos. En segundo lugar, es importante mencionar que las
grandes corrientes críticas que cruzan los Estados Unidos dejan una impronta
muy marcada en la investigación académica.
De lo anteriormente expuesto se deduce que una nueva concepción de la
investigación caracteriza, en síntesis, la crítica que se ha publicado en los
Estados Unidos durante las dos últimas décadas. Liberados de toda atadura,
abolida la vigencia de principios absolutos, y en un mundo abiertamente
profano, la crítica se propone denunciar cualquier forma de represión, sea ésta
de tipo económico, político o sexual.
Dentro de esta mutación de paradigmas, podríamos abrir un espacio para
los estudios relacionados con el movimiento femenino. Debemos destacar, en
primer lugar, el libro de Ruth El Saffar, Beyond Fiction. The Recovery of the
Feminine in the Novels of Cervantes aparecido en 1987 y publicado por la
Universidad de California. Como dice la autora, para su análisis se ha basado
mayormente en el psiquiatra Jung porque el problema de lo femenino es una
rama del gran problema sobre la armonía entre uno mismo y el otro, en un
período histórico en el que el dominio de lo masculino ha sido imperante.
Otras reflexiones relacionadas con la misma temática combinan diferentes
preocupaciones sociales que abarcan desde el estereotipo de la mujer semidivina del Siglo de Oro (Lozano de Castro y Moreno Agudo) hasta la mujer
sexualmente peligrosa (Jehenson), desde la mujer como pasiva víctima erótica
(de Armas Wilson) hasta la mujer que busca reivindicar su honor lastimado
(Britt).
El pensamiento de innovadores como Bajtín, Lacan, Cixous, Irigaray y
Derrida han conformado el pensamiento crítico. Freud, en especial, preside
no solo el texto de El Saffar, sino el de Diana de Armas Wilson titulado, Allegories of Love: Cervantes’s «Persiles y Segismunda». De la misma manera
las teorías lacanianas de sublimación y narcisismo penetran el espacio pastoril
a través de la presencia activa y desafiante de la mujer, como sujeto que imposibilita la objetivación del deseo masculino (Hernández Pecoraro).
En cuanto a la corriente postmodernista y la crítica cervantina, fuera del
acierto del libro de Cruz y Johnson mencionado al principio de esta presentación, no podríamos pedir a nadie una apreciación definitiva, una visión
reposada, porque no lo permite la carencia de distancia estética.
En síntesis, de lo que estamos hablando no es simplemente de un desplazamiento en el énfasis de los intereses intelectuales sino de un verdadero
cambio cuyo resultado es una configuración que hace que el nuevo objeto —el
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texto crítico— no sea un objeto en el sentido tradicional, sino un espacio operativo elevado a categoría estética.
En conclusión, rica en sugerencias y novedades, asistemática y dispersa,
radical en el mejor sentido de la palabra, surge la crítica cervantina publicada
en los Estados Unidos. Como bibliógrafos nos abstenemos de pronunciar
juicios de valor, sobre todo porque si los críticos han dicho lo que sienten y lo
han dicho bien, merecen nuestro respeto, sea cual fuere nuestra posición, es
decir, tanto en la aquiescencia como en la discrepancia.
I. PUBLICACIONES
PERIÓDICAS Y LIBROS*
A. Miguel de Cervantes Saavedra
ARMAS WILSON, Diana de. «Cervantes’ Last Romance: Deflating the Myth
of Female Sacrifice». Cervantes 3.2 (1983): 103-20.
Cervantes supera la fórmula literaria de la «mujer víctima» vigente en los códigos culturales y nos presenta una galería de mujeres de carne y hueso: doncellas, casadas,
piratas, deshonradas, peregrinas, guerreras, quienes se lanzan a los caminos pugnando
por cambiar su condición de víctima erótica.
AVALLE ARCE, Juan Bautista, ed. La Galatea de Cervantes cuatrocientos
años después (Cervantes y lo pastoril). Newark (Delaware): Juan de la CuestaHispanic Monographies, 1985.
Siete ensayos sobre el tema pastoril por su importancia como género literario en donde
se replantea el problema de la revalorización de Cervantes como poeta y la influencia de
elementos italianos en la cultura cervantina.
BORUCHOFF, David A. «Cervantes y ‘las leyes de reprehensión cristiana’»
Hispanic Review 63.1 (1995): 39-55.
Se refiere al capítulo 47 de la Primera Parte del Quijote y se discute la predicación axiológica de este pasaje atribuyéndolo a la crisis de valores suscitada en la España filipina
por la amenaza de las doctrinas protestantes.
BROWN, Kenneth y Maria Dolores BLANCO-ARNEJO. «Dos documentos
inéditos cervantinos». Cervantes 9.2 (1989): 5-20.
Se estudia una descripción codificada y una edición paleográfica de dos documentos
inéditos y autografiados, los cuales pertenecen al Rosenbach Museum, Philadelphia,
Pennsylvania.
CANAVAGGIO, Jean. «Aproximación al proceso Ezpeleta». Cervantes 17.1
(1997): 25-45.
Se trata de contextualizar el asesinato de Don Gaspar de Ezpeleta en 1605 en la puerta
de la casa que habitaban Cervantes y su familia.
CLOSE, Anthony. «Ambivalencia del estilo elevado en Cervantes». Cervantes y lo pastoril. Ed. Juan Bautista Avalle-Arce. Newark, Delaware: Juan de
la Cuesta, 1985. 91-102.
*Los autores agradecen a The Cervantes Society of America, Dissertation Abstracts y Modern
Language Association International Bibliography por haberles servido de fuentes bibliográficas para este proyecto.
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EISENBERG, Daniel. «Cervantes, autor de la Topografía e historia general de
Argel publicado por Diego de Haedo». Cervantes 16.1 (1996): 32-53.
Se propone que Cervantes es el autor de la Topografía ya que Haedo no pudo haberla
escrito. Se concluye que el objetivo de Cervantes al escribirla era dar a conocer su
heroísmo del que él sentía tanto orgullo.
EL SAFFAR, Ruth, ed. Critical Essays on Cervantes. Boston: Hall, 1986.
ESTRUCH TOBELLA, Joan. «Cervantes, instrumento de propaganda política en
la coyuntura 1640-1650». Cervantes 12.1 (1992): 111-16.
FLATOW, Bernard J. «Las referencias al cautiverio de Cervantes en Topografía e historia de Argel de Diego de Haedo». Hispanófila 30.1 (1986): 75-80.
GARRAMIOLA Prieto, Enrique. «Un inédito documento cervantino». Journal
of Hispanic Philology 15.2 (1991): 135-39.
Se refiere a las referencias obtenidas por el historiador peruano Raúl Porras Barrenechea
sobre el paso de Cervantes por la villa cordobesa de Montilla.
HENRY, Patrick. «Old and New Mimesis in Cervantes». Cervantes 10.1
(1990): 79-86.
Se estudia el impulso mimético en Cervantes. Esto se ve en el Persiles donde sobresale
la imitatio Dei espiritualizando el universo natural.
HUTCHINSON, Steven. «Desire Movilized in Cervantes’ Novels». Journal
of Hispanic Philology 14.2 (1990): 159-74.
Se analiza el discurso sobre «el deseo» como leitmotivo en las novelas cervantinas;
haciendo hincapié en el deseo como motivación y el deseo como elemento dinámico.
IMPERIALE, Louis. «Cervantes en Italia». NEMLA Italian Studies. New
Brunswick, New Jersey 22 (1998): 5-21.
LOKOS, Ellen. «The Politics of Identity and the Enigma of Cervantine
Genealogy». Cervantes and His Postmodern Constituencies. Eds. Anne J. Cruz
y Carroll B. Johnson. New York: Garland, 1999. 116-33.
Se reexamina detalladamente la cuestión de la genealogía de Cervantes tratando de
iluminar la cuestión de la limpieza de sangre.
RICAPITO, Joseph V. Cervantes Novelas ejemplares: Between History and
Creativity. West Lafayette, Indiana: Purdue University Press, 1980.
SÁNCHEZ, Alberto. «Revisión del cautiverio cervantino en Argel». Cervantes 17.1 (1997): 7-24.
Se repasan los estudios biográficos que analizan los cinco años de Cervantes en Algeciras
cuestionando si Cervantes era converso, homosexual o estaba influido por la cultura
musulmana.
SCHMIDHUBER de la Mora, Guillermo. «Descubrimiento de un anagrama de
Miguel de Cervantes». Homenaje a Fredo Arias de la canal. Ed. Ubaldo DiBenedetto y Jean Aristeguieta. Cambridge, Massachussetts: Los Premios Vasconcelos, 1997. 196-205.
SIEBER, Harry. «The Magnificent Fountain: Literary Patronage in the Court
of Felipe III». Cervantes 18.2 (1998): 85-116.
Se investiga por qué Cervantes no se beneficiara de la generosidad de los mecenas en
tiempo de Felipe III y de su favorito el Duque de Lerma.
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SOBEJANO, Gonzalo. «Cervantes en la novela española contemporánea».
La torre 1.3-4 (1987): 549-73.
B. Los personajes cervantinos
BARBAGALLO, Antonio. «Sancho no es, se hace». Cervantes 15.1 (1995):
46-59.
Partiendo de la base de que el personaje Sancho ha sido mal entendido debido a que su
desarrollo ha ido siempre unido a don Quijote, se presenta cómo Sancho se va construyendo en el espacio y en el tiempo a través de sus acciones: parábolas, pensamientos,
lágrimas, proverbios.
B AUTISTA C., Alvaro. Maritornes: doncella y coíma. Una lectura del
capítulo XVI de El Quijote». Alba de América 15.28 (1997): 412-17.
Más que ironizar a Maritornes, Cervantes abre espacio para que don Quijote se burle de
las citas nocturnas de la asturiana y ésta de los ideales épicos del caballero.
CASTILLA DEL PINO, Carlos, José Antonio Cerezo y Daniel Eisenberg, eds.
International Colloquium on the Construction of Character in the Works of
Cervantes: Selected Papers. Cervantes 15.1 (1995).
Colección de ensayos presentados en el coloquio que llevó como título «La construcción
del personaje en la obra de Cervantes» el cual tuvo lugar como colofón de las jornadas
cervantinas de Alcalá de Henares, 1993.
CHEVALIER, Maxime. «Sancho Panza y la cultura escrita». Studies in Honor
of Bruce W. Wardropper. Eds. Dian Fox, Harry Sieber y Robert Ter-Horst.
Newark, Delaware: Juan de la Cuesta, 1989. 67-73.
CRUZ CASADO, Antonio. «Periandro/Persiles: las raíces clásicas del personaje y la aportación de Cervantes». Cervantes 15.1 (1995): 60-69.
Se estudia la figura de Periandro como construido a base de características cervantinas,
a pesar de seguir muy de cerca el esquema de la novela griega.
ENCINAR, María Angeles. «La formación de personaje en tres novelas ejemplares: El licenciado Vidriera, El celoso extremeño y La fuerza de la sangre».
Cervantes 15.1 (1995): 70-81.
Basándose en estudios como los de Girad, Castilla del Pino, Goffman, se analiza la
estructuración de los personajes de estas novelas enfocándose en la relación individuo y
sociedad.
ESTÉVEZ MOLINERO, Angel. «La (re)escritura cervantina de Pedro de Urdemalas». Cervantes 15.1 (1995)» 82-93.
El hecho de reescribir este personaje, transformando la tradición, es un buen ejemplo de
la intelectualidad que rezuma el universo cervantino.
FAJARDO, Salvador J. «Unveiling Dorotea or the reader as Voyeur». Cervantes 4.2 (1984): 89-108.
Se centra en el capítulo 28 de don Quijote I. Se pone de manifiesto que la presentación
del aspecto físico de Dorotea incita al lector a participar en la recuperación del personaje
como totalidad existencial.
FALCONI, Heraldo. «El retablo de la libertad de Melisendra: entre hedonismo y ascetismo». Hispanic Culture Review 3.1 (1996): 4-11.
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FERNÁNDEZ DE CANO Y MARTÍN, José Ramón. «La destrucción del personaje
en la obra cervantina: andanzas y desventura del malogrado mozo de campo y
plaza». Cervantes 15.1 (1995): 94-104.
El hecho de que este sirviente de Alonso Quijano desaparezca sin dejar huella, solo
podría explicarse bajo un análisis a fondo de la dimensión erótica del lenguaje utilizado
para presentarlo.
FRA MOLINERO, Baltasar. «El disfraz de Dorotea: usos del cuerpo negro en
la España de Cervantes». Indiana Journal of Hispanic Literatures 2.2 (1994):
63-85.
GARCÉS, María Antonia. «Zoraida’s Veil: ‘The Other Scene’of the ‘Captive
Tale’». Revista de estudios hispánicos 23.1 (1989): 65-98.
Se compara el velo que cubre el silencio de Zoraida con todo aquello que está reprimido
por el orden simbólico del lenguaje.
GARCÍA CHICHESTER, Ana. «don Quijote y Sancho en el Toboso: superstición
y simbolismo». Cervantes 3.2 (1983): 121-33.
Se analizan los diferentes agüeros y pronósticos que aparecen en el capitulo 9 de la
segunda parte del Quijote por considerar que constituyen un verdadero código simbólico.
GAZARIAN GAUTIER, Marie Lise. «¿Qué hará Sancho después de la muerte
de don Quijote?». Renaissance and Golden Age essays in Honor of D.W. McPheeters. Ed. Bruno Damiani. Potomac, Maryland: Scripta Humanistica, 1986.
71-81.
HATHAWAY, Robert L. «Dorotea, or The Narrators’ Art». Cervantes 13.1
(1993): 109-126.
Sobre la necesidad que siente Dorotea de explicar las razones de su huida disfrazada de
hombre. Se insiste en que a pesar de su retórica, se deja entrever su verdadera personalidad.
HERRERO, Javier. «Dulcinea and her Critics». Cervantes 2.1 (1982): 2342.
Se analiza el personaje de Dulcinea como dependiente del sentido que se dé al amor del
caballero por Dulcinea. Si se trata de un amor cortés, don Quijote representa al caballero
español. Por otra parte, si es solamente una parodia de la pasión caballeresca, don
Quijote se convertirá en una figura cómica.
JOHNSON, Carroll. «La construcción del personaje en Cervantes». Cervantes
15.1 (1995): 8-32.
Se refiere a que los personajes literarios se construyen a base de elementos —que proporcionan los lectores— del «discurso» y de la «historia».
LOZANO DE CASTRO, María Teresa y María Pilar Moreno Agudo. «El personaje femenino: expresión de dama, expresividad de gitana». Cervantes 15.1
(1995): 105-10.
Se discute el personaje femenino como estereotipo del Siglo de Oro, una mujer semidivina.
L UCAS , Karen. «Rosamunda: A Cervantine Mingling of History and
Fiction». Cervantes 10.1 (1990): 87-92.
Se refiere a la historia de la figura legendaria de Rosamunda Clifford, la amante del rey
Enrique II de Inglaterra, tal como aparece en el Persiles.
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MACCURDY, Raymond y Alfred Rodríguez. «Algo más sobre la visitación
subterránea de Sancho Panza». Crítica hispánica 3.2 (1981): 141-47.
MAESTRO, Jesús G. «El sistema narrativo del Quijote: la construcción del
personaje Cide Hamete Benengeli». Cervantes 15.1 (1995): 11-41.
Estudio semiológico que tiene por objeto presentar a Cide Hamete Benengeli como un
simple procedimiento retórico en la construcción discursiva de la novela.
MASPOCH BUENO, Santiago. «don Quijote, novelista constructor de personajes». Cervantes 15.1 (1995): 142-46.
Se discute cómo en don Quijote la función creadora de los personajes es usurpada por el
propio protagonista.
PARR, James A. «On the Characterization of don Quijote in Part I». LA
CHISPA ‘83. The Fifth Louisiana Conference on Hispanic Languages and Literatures. Tulane University, New Orleans, 1983. Ed. Gilbert Paolini. Tulane
University, 1983.
Se intenta probar el carácter satírico de don Quijote, sátira salpicada de elementos
notorios de romance y novela.
PERCAS DE PONSETI, Helena. «Authorial Strings: A Recurrent Metaphor in
don Quijote». Cervantes 1.1-2 (1981): 51-62.
Se establece la diferencia en la creación de personajes entre el propio Cervantes y el historiador Cide Hamete Benengeli, el titiritero Maese Pedro y el autor apócrifo Avellaneda.
RIVERS, Elias L. «Sancho y la duquesa: una nota socioliteraria». Cervantes
11.2 (1991): 35-42.
Se señala la presencia de comentarios sobre la sociedad española y se destacan los
diálogos entre el protagonista don Quijote, Sancho Panza y la duquesa anónima; en
realidad se presenta un espacio literario en donde los lectores pueden entrar en contacto
con individuos de diferentes clases sociales.
RODRÍGUEZ, Alfred y Roberto CHÁVEZ. «La ambivalente caridad de Sancho
Panza». Romance Notes 32.1 (1991): 29-33.
A fin de probar la ‘hombría de bien’ de Sancho Panza se examina el elemento compasión/caridad en la Primera Parte del Quijote.
RUIZ PÉREZ, Pedro. «La hipóstasis de Armida: Dorotea y Micomicona».
Cervantes 15.1 (1995): 147-63.
En el caso de estos personajes-lectores de libros de caballerías —son ellos mismos los
que se construyen a imagen y semejanza del universo quijotesco.
SULLIVAN, Henry Wells. «Altisidora: como regalo ‘más alto’ acelera la cura
de don Quijote». Actas Irvine 92. Asociación Internacional de Hispanistas. 5
tomos. Ed. Juan Villegas. Irvine: University of California, 1994. 74-81.
— «don Quijote de la Mancha: Analyzable or Unanalyzable». Cervantes
18.1 (1998): 4-23.
Partiendo de las teorías de Jacques Lacan y Unberto Eco sobre el psicoanálisis y la
teoría literaria respectivamente, se admite que los personajes literarios son realidades psíquicas «virtuales» cuya vida se extiende más allá de su creación literaria.
WEBER, Alison. «don Quijote with Roque Guinart: The Case for an Ironic
Reading». Cervantes 6.2 (1986): 123-40.
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En el capítulo 59 se refiere la aventura con el bandolero catalán Roque Guinart. En este
artículo se sostiene que este episodio es más irónico que romántico y lo pone de relieve
Cervantes al hacer uso del eufemismo irónico.
C. Poesía
CANAVAGGIO, Jean. «La dimensión autobiográfica del Viaje del Parnaso».
Cervantes 1.1-2 (1981): 29-42.
Considerada esta obra por la crítica como la más autobiográfica, se estudia esa dimensión a través del análisis de algunos elementos.
CLOSE, Anthony. «A Poet’s Vanity: Thoughts on the Friendly Ethos of Cervantine Satire». Cervantes 13.1 (1993): 31-64.
Se considera El viaje del Parnaso como resultado de una toma de conciencia producida
cuando Cervantes reflexiona sobre
sus amarguras y reveses con una irónica serenidad.
DÍEZ FERNÁNDEZ, J. Ignacio. «El soneto del rufián ‘arrepentido’». Cervantes 17.1 (1997): 87-108.
Se discute la autoría del soneto «Maestro era de esgrima Campuzano», y se presentan
razones que pudieran dilucidar si el soneto es cervantino o de Diego Hurtado de
Mendoza.
FINELLO, Dominick. «Cervantes y su concepto de la fama del poeta». La
torre 1.3-4 (1987): 399-409.
Al estudiar tema e ideología, se examina la poética cervantina dentro del contexto de la
«Adjunta al Parnaso» y el Arte poética de Horacio destacando la preocupación mutua por
la fama del poeta.
RUIZ PÉREZ, Pedro. «Contexto crítico de la poesía cervantina». Cervantes
17.1-2 (1997): 62-86.
Se muestra cómo una lectura oblicua de las afirmaciones metapoéticas de Cervantes ha
desviado la crítica e interpretación de su poesía.
SCHMIDT, Rachel. «Maps, Figures. and Canons in the Viaje del Parnaso».
Cervantes 16.2 (1996): 29-46.
Se estudia la ambivalencia a través de dos figuras alegóricas: la buena y la mala Poesía.
Para Cervantes, quien exhibe una postura ambigua entre la poesía del «cisne» —la de la
corte y la academia— y la del «cuervo» —la calle y la taberna— el lugar de las musas
resulta utópico e inexistente.
Stagg, Geoffrey. «Propaganda and Poetics on Parnassus: Cervantes’s Viaje
del Parnaso». Cervantes 8.1 (1988): 23-38.
Con esta obra Cervantes reivindica su capacidad poética creando a lo largo de la narración una «persona» poética impresionante, conforme a los preceptos del Cisne de Apolo
de Luis Alfonso de Carvallo.
D. Teatro
ANDERSON, Ellen M. «Playing at Moslem and Christian: The Construction
of Gender and the Representation of Faith in Cervantes’ Captivity Plays». Cervantes 13.2 (1993): 37-60.
Se presenta cómo el cautiverio le sirve a Cervantes para elaborar su concepto de la
humanidad. De ahí que sus comedias de cautivos presenten un paradigma único.
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CANAVAGGIO, Jean. «Los pastores del teatro cervantino: tres avatares de
una Arcadia precaria». Cervantes y lo pastoril. Ed. Juan Bautista Avalle-Arce.
Newark, Delaware: Juan de la Cuesta, 1985. 37-52.
CLOSE, Anthony. «Cervantes’ Arte Nuevo de Hazer Fábulas Cómicas en
este Tiempo». Cervantes 2.1 (1982): 3-22.
Se sostiene que Cervantes nos ha dejado suficientes sugerencias para que podamos
esbozar el contorno de su teoría de la ficción cómica.
INAMOTO, Kenji. «La mujer vestida de hombre en el teatro de Carvantes»
Cervantes 12.2 (1992): 137-43.
En la ciudad de Madrid y en 1587 aparece la mujer vestida de hombre. Debido a su
atracción erótica se prohibió aunque los autores veían como esquivar esta prohibición.
Sin embargo, Cervantes casi no usó esa técnica.
LAVASTIDA, Sara. «Cervantes: dramaturgo de la fortuna». Louisiana Conference om Hispanic Languages and Literatures. Ed. Joseph V. Ricapito. Baton
Rouge: Louisina State University Press, 1994. 133-49.
PAZ GAGO, José María. «Texto y representación en el teatro español del
último cuarto del siglo XVI: Cervantes y Lope: una perspectiva comparada».
Bulletin of the Comediantes 45.2 (1993): 255-75.
Teniendo en cuenta que el último cuarto del siglo XVI constituye un período de investigación dramática, se forja la Comedia Nueva, y considerando a Cervantes y a Lope las
piedras angulares de ese cambio, se comparan estos dos autores.
Los baños de Argel
MARTIN, Adrienne. «Images of Deviance in Cervantes’s Algiers».
Cervantes 15.2 (1995): 5-15.
Se refiere a una cuestión no estudiada en la dramática cervantina: el trasfondo sociohistórico y conceptual que contextualiza el retrato de la homosexualidad en el díptico Los
tratos de Argel y Los baños de Argel.
RODRÍGUEZ LÓPEZ-VÁZQUEZ, Alfredo. «Los baños de Argel y su estructura
en cuatro actos». Hispania 77 (1994): 207-14.
Se examina la disposición del material escénico en la obra, proponiendo una hipótesis en
torno al uso de la fórmula de cuatro actos y una explicación sobre el paso a la nueva
fórmula teatral lopesca de tres actos.
La casa de los celos y selvas de Ardenia
LEWIS-SMITH, Paul. «Cervantes on Human Absurdity: The Unifying Theme
of La casa de los celos y selvas de Ardenia». Cervantes 12.1 (1992): 93-103.
Se estudia la estructura diversificada que el autor utiliza; de tal manera, que la unidad
estructural de las comedias cervantinas depende de la integración temática.
MARKS, Morley Hawk. «Deformación de la tradición passtoril en La casa
de los celos de Miguel de Cervantes». Cervantes and the Pastoral. Eds. José
Labrador y Juan Fernández Jiménez. Cleveland: Cleveland State University,
1986. 129-38.
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Como en La Galatea, las cuestiones de amor y celos permanecen sin resolver y, de ese
modo, rompe con las prácticas corrientes de la literatura pastoril y caballeresca en boga
durante el tiempo de Cervantes.
El gallardo español
GERLI, E. Michael. «Aristotle in Africa: History, Fiction, and Truth in El
gallardo español».
Se trata de una comedia temprana que se hace eco de los preceptos neoaristotélicos en
el sentido de «mezclar verdades con fabulosos inventos». Cervantes, aunque se inscribe
en la preceptiva neoaristotélica, la somete a un detenido examen crítico.
HUGHES, Gethin. «El gallardo español: A case of Misplaced Honour». Cervantes 13.1 (1993): 65-76.
Se investiga el contraste entre mito y realidad.
La gran sultana
HERNÁNDEZ ARAICO, Susana. «Estreno de La gran sultana: teatro de lo otro,
amor y humor». Cervantes 14.2 (1994): 155-66.
Se estudia como este texto dramático descentraliza el discurso nacionalista de cautivos
y genera una conjunción de valores opuestos respecto a la cultura, la religión y el sexo.
ORTIZ LOTTMAN, Maryrica. «La gran sultana: Transformations in Secret
Speech». Cervantes 16.1 (1996): 72-90.
Al compás del lenguaje hecho de juegos de palabras, se estudia la verdadera identidad
del gracioso Madrigal, el esclavo soberbio, y sus cambios tanto de opinión como de
trabajo.
La Numancia
DE ARMAS, Frederick A. «The Necromancy of Imitation; Lucan and Cervantes’s La Numancia. El arte nuevo de estudiar comedias. Ed. Barbara
Simerca. Cranbury, New Jersey: Bucknell University Press, 1996. 246-58.
Martín, Francisco J. «El desdoblamiento de la hamartia en La Numancia».
Bulletin of the Comediantes 48.1 (1996): 15-24.
A la luz del artículo de Jane Tar «Hamartia in Cervantes’s La Numancia», se estudia la
hamartia asignada a uno de los antagonistas —el pueblo de Numancia— la cual de ser
el clásico error se convierte en la clave que irónicamente asegura el triunfo de Numancia
Entremeses
CRUZ, Anne J. «Deceit, Desire, and the Limits of Subversion in Cervantes’s
Interludes». Cervantes 14.2 (1994): 119-36.
Un análisis del primero entremés y el último muestra que se efectúa una subversión
parcial ya que las apetencias sexuales articuladas por los protagonistas quedan supeditadas a un nuevo orden simbólico que las reprime.
P ÉREZ DE L EÓN , Vicente. «El entremés en el siglo
Calderón». Romance Languages Annual 9 (1997) 645-55.
XVII :
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SMITH, Dawn L. «El envés del tapiz: recreando los entremeses de Cervantes en versión inglesa». Romance Languages Annual 5 (1993): 513-17.
El retablo de las maravillas
GERLI, E. Michael. «El retablo de las maravillas: Cervantes’ ‘Arte nuevo
de deshacer comedias’». Hispanic Review 57.4 (1989): 477-92.
Se propone que esta obra representa algo más que lo que los diversos estudios le han atribuido, especialmente en cuanto al rechazo de la Poética de Lope de Vega.
GONZÁLEZ, Aníbal. «Etica y tratralidad: El retablo de las maravillas de
Cervantes y El arpa y la sombra de Alejo Carpentier. La torre 7.27-28 (1993):
485-502.
Se analiza la metateatralidad en las dos obras, teniendo en cuenta que mientras Cervantes explora la complicada relación entre el autor, el espacio textual y el público
lector, el texto de Carpentier presenta una creación meramente verbal que se suscita por
elementos como el deseo y la codicia de los espectadores.
LARSON, Catherine. «The Visible and the Hidden:Speech Act Theory and
Cervantes’s El retablo de las maravillas». El arte nuevo de estudiar
comedias:Literary Theory in Spanish Golden Age Drama. Ed. Barbara
Simerca. Cranbury, New Jersey: Bucknell University Press, 1996. 52-65.
Estudia los actos del habla que se inscriben dentro de la teoría general del lenguaje y su
utilización en esta obra cervantina.
WARDROPPER, Bruce W. «The Butt of the Satire in El retablo de las maravillas». Cervantes 4.1 (1984): 25-34.
Se insiste en el tema de la limpieza de sangre. Evocando la traición de Judas y de Pedro,
se quiere poner de manifiesto la traición a la religión cristiana que se hace al distinguir
legalmente entre cristianos viejos y cristianos nuevos.
El rufián viudo
CHECA, Jorge. «El rufián viudo de Cervantes: estructura, imágenes, parodia,
carnavalización». Modern Language Notes 101.2 (1986): 247-69.
Se propone un acercamiento a El rufián viudo donde se tenga en cuenta la disposición de
la obra, la consistencia de la imaginería, la recepción y la función de su literalidad y de
su polifonía.
El viejo celoso
FERNÁNDEZ DE CANO Y MARTÍN, José Ramón. «El vocabulario erótico cervantino: algunas ‘calas al aire’ en el entremés de El viejo celoso». Cervantes
12.2 (1992): 105-16.
Se refiere al uso del vocabulario coloquial de doble sentido en Cervantes, de tal manera
que el erotismo de la pieza se correlaciona con el del lenguaje.
MILLÁN, Madeline. «Apertura del cronotopo verbal: de la novela El celoso
extremeño al entremés El viejo celoso de Cervantes». Romance Languages
Annual 4 (1992): 528-33.
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WARDROPPER, Bruce W. «Ambiguity in El viejo celoso». Cervantes 1.1-2
(1981): 19-28.
Se plantea la cuestión de la indisolubilidad del matrimonio cristiano. Al darse cuenta el
marido de que su joven esposa le ha sido infiel, reconocen ambos la necesidad de la
hipocresía, considerada ésta como uno de los mayores valores sociales.
E. Novelas
La Galatea
AVALLE-ARCE, Juan Bautista, ed. La Galatea de Cervantes cuatrocientos
años después: Cervantes y lo pastoril. Newark, Delaware: Juan de la Cuesta,
1985.
— «La Galatea, Four Hundred Years Later». Cervantes and the Pastoral.
Labrador 9-18.
Se explica cómo Cervantes escogió el tema pastoril al principio de su carrera artística.
— «La Galatea: The Novelistic Crucible». Cervantes, número especial
(1988): 7-16.
Se reexamina la novela pastoril y sus principios artísticos.
Cabrera, Vicente. «La ironía cervantina en La Galatea». Hispania 74
(1991): 8-14.
Se estudian aspectos que más tarde alcanzarán pleno desarrollo. Se da como ejemplo la
elaboración de figuras como Elicio y Erastro que son el embrión de don Quijote y
Sancho o la intercalación de la historia del par de amigos, Timbrio y Silerio, que servirá
más tarde para la elaboración de «El curioso impertinente» intercalada en el Quijote.
CAMMARATA, Joan y Bruno M. DAMIANI. «La mitología en La Galatea cervantina y las artes figurativas». Explicación de textos literarios 18.1 (1989):
63-71.
DAMIANI, Bruno. «Death in Cervantes: Galatea». Cervantes 4.1 (1984):
53-78.
Se discute la preocupación por la muerte que Cervantes muestra en La Galatea. Se
estudian las implicaciones sociales de esta preocupación por la muerte y se analiza su
función estética.
G REENWOOD C AÑADAS , Pilar F. «Las mujeres en la semántica de La
Galatea». Labrador 51-61.
Se estudia cómo Cervantes integra el concepto de «discreción» con el uso social del «discreteo» o conversaación amorosa, ofreciendo dos estrategias de expresión: la masculina
y la femenina.
HERNÁNDEZ PECORARO, Rosalie. «Cervantes’s La Galatea: Feminine Spaces,
Subjects, and Communities». Pacific Coast Philology 33.1 (1998): 15-30.
Se examina cómo esta novela se proyecta más allá de su carácter pastoril por el modo de
representación del deseo femenino y presenta un espacio donde los personajes femeninos
manifiestan sus deseos libremente.
JOHNSTON, Robert M. «La Galatea: Structural Unity». Cervantes, número
especial (1988): 29-42.
Una lectura temática que lleva a la conclusión de que la novela se presenta como bien
definida desde este punto de vista.
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L ABRADOR , José y Juan F ERNÁNDEZ J IMÉNEZ , eds. Cervantes and the
Pastoral. Cleveland: Cleveland State University, 1986.
Colección de dieciséis ensayos originales sobre la literatura pastoril en Cervantes, especialmente sobre La Galatea.
RHODES, Elizabeth. «La Galatea and Cervantes’ ‘Tercia realidad’». Cervantes, número especial (1988): 17-26.
Se estudia la obra como un hito en el proceso artístico de Cervantes.
— «The Poetics of Pastoral: The Prologue to the Galatea». Labrador
139-56.
Se discute que el ideal poético de la obra emana de dos fuentes: el motivo pastoril y el
idealismo cristiano. Se destaca que al final del Quijote Cervantes rinde tributo al ideal
pastoril.
SHEPARD, Sanford y Marcus SHEPARD. «Death in Arcadia: The Psychological Atmosphere of Cervantes’ Galatea. Labrador 157-68.
Se muestra que en la literatura pastoril el paisaje no solamente significa la contemplación
melancólica de la siniestra presencia de la muerte en la paz de un locus amoenus, sino
también una sorpresiva mutilación.
SÁNCHEZ, Alberto. «Los sonetos de La Galatea». Avalle-Arce 17-36.
STAGG, Geoffrey L. «The Composition and Revision of La Galatea». Cervantes 14.2 (1994): 9-26.
Se examina la posición de la crítica respecto a La Galatea y se cuestiona la posibilidad
de que al menos una parte de esta novela pastoril se redactara antes de los años ochenta.
TRELLES, Sylvia. «Aspectos retóricos en los retratos femeninos en La
Galatea». Labrador 169-84.
Se examinan las descripciones de dos personajes femeninos con el propósito de discernir qué cánones poéticos y qué preceptivas retóricas empleó Cervantes y cómo éstas
funcionan en La Galatea.
WALLACE, Jeanne C. «El llanto como elemento dramático en La Galatea».
Labrador 185-96.
Se analiza el llanto como elemento básico, lírico y dramático que ayuda a crear la atmósfera melancólica de la obra.
ZIDOVEC, Mirta R. «La idea del tiempo en La Galatea de Cervantes:
una expresión del pensamiento renacentista». Hispania 73 (1990): 8-15.
Se discute cómo el hombre renacentista se diferenció profundamente del hombre
medieval en la concepción del tiempo. Las preocupaciones temporales del hombre renacentista se expresan a través de la comparación entre el mundo mítico de los pastores
atemporales y el mundo de la historia.
Novelas ejemplares
CLAMURRO, William H. Beneath the Fiction. The Contrary Worlds of Cervantes’s Novelas ejemplares. Studies on Cervantes and His Times Vol. 7. New
York: Peter Lang, 1997.
Partiendo de la premisa de que las «novelas ejemplares» presentan una visión de la problemática nacida de la interrelación entre la identidad individual y el orden social, se
analiza cada una de las doce novelas ejemplares.
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FEBRES, Eleodoro J. «Novelas ejemplares: composiciones triádicas». La
torre 10.37 (1996): 9-42.
FORCIONE, Alban K. Cervantes and the Humanist Vision: A Study of Four
Exemplary Novels. Princeton: Princeton University Press, 1982.
HART, Thomas R. Cervantes’ Exemplary Fictions: A Study of the Novelas
ejemplares». Lexington: University Press of Kentucky, 1994.
HUTCHINSON, Steven. «La valoración de seres humanos en las Novelas
ejemplares de Cervantes». A Ricardo Gullón: sus discípulos. Ed. Adelaida
López de Martínez. Erie, Pensylvannia: ALDEEU, 1995. 115-20.
RICAPITO. José. Cervantes’s Novelas ejemplares: Between History and Creativity. West Lafayette, Indiana: Purdue University Press, 1996.
ROTELLA, Pilar. «Marginalidad en Cervantes: gitanos, pícaros, locos». La
Chispa ‘95. Ed. Gilbert Paolini. New Orleans, Louisiana: Tulane University,
1995. 325-36.
Se discute la modalidad discursiva de Cervantes a través de la cual el elemento marginal
o marginado, aparentemente secundario y unívoco, se desplaza a una centralidad narrativa que acentúa su polivalencia.
SÁNCHEZ, Francisco J. Lectura y representación: análisis cultural de las
Novelas ejemplares de Cervantes. New York: Peter Lang, 1993.
SEARS, Theresa Anne. A Marriage of Convenience: Ideal and Ideology in
the Novelas ejemplares. New York: Peter Lang, 1993.
El amante liberal
DAVIS, Nina Cox. «The Tyranny of Love in El amante liberal». Cervantes
13.2 (1993): 105-24.
Se sostiene que la moralidad de esta novela proviene de una tensión entre el romance
bizantino y el romance caballeresco que la informan.
ROMERO Muñoz, Carlos. «El amante liberal: cuestiones ecdóticas». Revista
iberoamericana 51 (1994) 3-17.
Un análisis textual que estudia las diferentes variantes en las ediciones comprendidas
entre 1613 y 1993.
El casamiento engañoso
JOHNSON, Carroll B. «Of Witches and Bitches: Gender, Marginality and
Discourse in El casamiento engañoso y Coloquio de los perros». Cervantes
11.2 (1991): 7-26.
Se destaca la figura de la bruja como personaje doblemente marginado tanto po su sexo
como por el oficio que desempeña. Sin embargo, en la pluma de Cervantes, se identifica
con la «gran diosa», mujer poderosa dentro de la brujería histórica de la época.
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El celoso extremeño
ARMON, Shifra. «The Paper Key: Money as Text in Cervantes’s El celoso
extremeño and José de Camerino’s El pícaro amante». Cervantes 18.1-2
(1998): 96-114.
Se contrasta el modelo económico medieval en Cervantes con el matrimonio exitoso en
Camerino lo que resalta la necesidad urgente de reforma económica en la España de los
Austrias.
AVILÉS, Luis F. «Fortaleza tan guardada: Casa, alegoría y melancolía en El
celoso extremeño». Cervantes 18.1 (1998): 71-95.
Partiendo del concepto casa, se examina la obra en cuanto a «topofilia» se refiere.
ILGENFRITZ, Louise A. Detwiler. «The Ins and Outs of Cervantes’s El celoso
extremeño and El viejo celoso: A Study of Narrative Sequence». Confluencia
8-9.2.1 (1993): 213-18.
JEHENSON, Myriam Y. «Quixotic Desires or Stark Reality?». Cervantes 15.2
(1995): 26-42.
Se propone estudiar esta obra como un cuento de hadas pervertido. Según este enfoque,
la novela, como espacio de teorías contestatarias, permite que Carrizales codifique a la
mujer como sexualmente peligrosa.
LIPMANN, Stephen H. «Revision and Exemplarity in Cervantes’ El celoso
extremeño». Cervantes 6.2 (1986): 113-21.
Estudia cómo los comentaristas del final de esta obra no se enfocaron en la modificación
del testamento de Carrizales a pesar de ser una muestra de la pertinacia de sus celos.
PERCAS DE PONSETI, Helena. «El ‘misterio escondido’ en El celoso extremeño». Cervantes 14.2 (1994): 137-54.
Se analiza la técnica narrativa de Cervantes al convertir al narrador omnisciente en personaje, lo cual hace que el lector tenga que reflexionar sobre las decisiones y motivaciones de los personajes, implicando con este procedimiento un conflicto en cuanto a los
distintos modos de lectura.
WEBER, Alison. «Tragic Reparation in Cervantes’ El celoso extremeño».
Cervantes 4.1 (1984): 35-51.
Se hace uso de la orientación psicoanalítica para examinar el sentimiento de culpa en esta
obra.
El coloquio de los perros
ALVAREZ MARTÍNEZ, José Luis. «Berganza y la moza ventanera». Cervantes
12.2 (1992):63-77.
Se destaca lo erótico del texto en la interpretación de la obra.
AYLWARD, Edward T. «The Device of Layered Critical Commentary in Don
Quixote and El coloquio de los perros». Cervantes 7.2 (1987): 57-69.
Se comenta que en esta obra resuenan temas y técnicas narrativas del Quijote, sobre todo
el subterfugio creado en el capitulo 9 de la Primera Parte cuando Cervantes presenta a
Cide Hamete Benengeli.
DÍAZ BALSERA, Viviana. «Un diálogo cervantino con la picaresca: intertextualidad, desplazamiento y apropiación en El coloquio de los perros». Critica
hispánica 17.2 (1995): 185-202.
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El coloquio de los perros se revela no solo como una crítica, parodia o superación del
subversivo modo picaresco, sino también como una ostentación del lenguaje de la
picarsca del que el mismo Quijote es objeto.
RILEY, E. C. «Cipión» Writes to «Berganza» in the Freudian Academia
Española». Cervantes 14.1 (1994): 3-18.
Se refiere a unas cartas de Sigmund Freud a su amigo Edward Silberstain entre los años
1871 y 1881. Muchas de ellas escritas en castellano, firmadas «Cipión» y dirigidas a
«berganza», estableciendo así cierta afinidad con la novela de Cervantes.
RODRÍGUEZ Luis, Julio. «Autorrepresentación en Cervantes y el sentido del
Coloquio de los perros». Cervantes 17.2 (1997): 25-58.
Se analiza la crítica aparecida sobre el tema y se concluye que la obra discute el destino
del hombre.
Las dos doncellas
BRITT, Linda. «Teodosia’s Dark Shadow? A Study of Women’s Roles in
Cervantes’ Las dos doncellas». Cervantes 8.1 (1988): 39-46.
La obra sirve como medio en el cual Cervantes presenta como idea central que una de las
mujeres es superior a la otra.
KARTCHNER, Eric. «Metaficción en Las dos doncellas». Romance Language
Annual 7 (1995): 521-26.
La española inglesa
ALCÁZAR ORTEGA, Mercedes». Palabras, memoria y aspiración literaria en
La española inglesa». Cervantes 15.1 (1995): 33-45.
Se parte del concepto de «donna» de la poesía renacentista para presentar a Isabela, la
cual luego es vista en términos caballerescos; es decir, el caballero debe ganarse su
amor por medio de su heroísmo en la batalla.
COLLINS, Marsha S. «Transgression and Transformation in Cervantes’s La
española inglesa». Cervantes 16.1 (1996): 54-71.
Frente a la crítica sobre esta obra, se muestra cómo Cervantes traspuso las convenciones
idealizantes del género romance combinándolas con detalles sociohistóricos para crear un
mundo de ficción utópico en el que los españoles pudieran vivir en paz.
La fuerza de la sangre
CALCRAFT, R. P. «Structure, Symbol and Meaning in Cervantes’s La fuerza
de la sangre». Bulletin of Hispanic Studies 58 (1981): 197-204.
Se ve la fuerza de la sangre como símbolo de la intervención del cielo en las cosas
humanas, así como una analogía del poder redentor de la sangre de Cristo.
GITLITZ, David M. «Symmetry and Lust in Cervantes’ La fuerza de la
sangre». Studies in Honor of Everett W. Hesse. Eds.
William C. McCrary y José A. Madrigal. Lincoln, Nebraska: Society of
Spanish and Spanish American Studies, 1981. 113-22
PARKER ARONSON, Stacey L. «La ‘textualización’ de Leocadia y su defensa
en La fuerza de la sangre». Cervantes 16.2 (1996): 71-88.
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Se considera a Leocadia como arquetipo femenino de la Virgen y de cómo esto es interpretado por su violador Rodolfo. Asimismo se discute el final feliz y la condenación del
lascivo hecho, lo cual revela una crítica de la sociedad española del siglo XVII en cuanto
al trato que recibían las mujeres.
La gitanilla
AVALLE-ARCE, Juan Bautista. «La gitanilla». Cervantes 1.1-2 (1981): 917.
Teniendo en cuenta que La gitanilla es la primera de las novelas ejemplares se discute
el porqué de ese lugar de honor.
CLAMURRO, William H. «Value and Identity in La gitanilla». Journal of
Hispanic Philology 14.1 (1989): 43-60.
Si bien el mundo cervantino está basado en valores humanistas, en esta novela se
presenta de un modo diferente en cuanto se dramatiza el uso del dinero y son precisamente estas disonancias las que revelan tanto las estructuras sociales como la escala de
valores.
GARCÉS, María Antonia. «Poetic Language and the Dissolution of the
Subject in La gitanilla and El licenciado Vidriera». Calíope 2.2 (1996): 85104.
GERLI, E. Michael. «Romance and Novel: Idealism and Irony in La gitanilla». Cervantes 6.1 (1986): 29-38.
Haciendo la distinción genérica entre «romance» y «novela», el crítico llega a la conclusión de que esta obra se inclina hacia la novela moderna.
JOHNSON, Carrol B. «De economías y linajes en La gitanilla». Mester 25.1
(1996): 31-48.
JOLY, Monique. «En torno a las antologías poéticas de La gitanilla y La
ilustre fregona». Cervantes 13.2 (1993): 5-16.
Se considera que estas dos obras debían formar un grupo aparte dados los fragmentos
poéticos que contienen. Se lleva a cabo un análisis de los diferentes cuerpos poéticos en
especial lo referente a Preciosa y Carriazo.
LIPSON, Lesley. «‘La palabra hecha nada’: Mendacious Discourse in La
gitanilla». Cervantes 9.1 (1989): 35-44.
Se destaca el carácter poético de la obra y la presencia de Preciosa como encarnación de
este arte. Sin embargo, el estudio gira de una manera especial alrededor de la dicotomía
palabra sincera/palabra artística.
PRESBERG, Charles D. «Precious Exchanges: The Poetics of Desire, Power,
and Reciprocity en Cervantes’s La gitanilla». Cervantes 18.2 (1998): 53-73.
Partiendo de teorías sociales antiguas y modernas, se trata de dilucidar «el sistema de
intercambio» que estructura la acción social de La gitanilla.
TER HOST, Robert. «Une Saison en enfer: La gitanilla». Cervantes 5.2
(1985): 87-128.
Se pone de manifiesto el «gitanismo» de la obra creando personajes y ambientes que no
solo son marginales sino hasta demoníacos. Se destaca la presencia de Preciosa y Andrés
en esta especie de infierno.
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La ilustre fregona
CHECA, Jorge. «El romance y su sombra: hibridación genérica en La ilustre
fregona». Revista de estudios hispánicos 25 (1991): 29-47.
CLAMURRO, William H. «Identity, Discourse, and Social Order in La ilustre
fregona». Cervantes 7.2 (1987): 39-56.
Se sostiene la hipótesis de que el factor común de las «novelas ejemplares» es la cuestión
de la identidad y el orden social. Sobre esta base, se llega a la conclusión de que La
ilustre fregona ejemplifica la importancia y complejidad de estas cuestiones.
JOHNSTON, R.M. «Picaresque and Pastoral in La ilustre fregona». Cervantes
and the Renaissance. Ed. M.D. McGaha. Easton, Pennsylvania: Juan de la
Cuesta, 1980. 167-77.
El licenciado Vidriera
CRUZ CÁMARA, María A. «Cervantes como analista de la conducta humana:
la inseguridad ontológica del protagonista de El licenciado Vidriera». Explicación de textos literarios 20.1 (1991-1992): 13-23.
Se analiza la obra partiendo de los fundamentos de la fenomenología existencial propuestos por Laing para el estudio de la personalidad esquizoide y esquizofrénica en su
obra El yo dividido.
ENCINAR, María Angeles. «La formación de los personajes en tres novelas
ejemplares: El licenciado Vidriera, El celoso extremeño y La fuerza de la
sangre». Cervantes 15.1 (1995): 71-81.
HEIPLE, Daniel L. «El licenciado Vidriera y el humor tradicional del loco».
Hispania 66 (1983): 17-20.
Se establece una comparación con el texto de Mondragón, Censura de la locura humana
y excelencias de ella; por esta vía se llega a la conclusión de que en la novela cervantina
la temática de los chistes no nace del puro disparate sino de la sátira social.
PÉREZ DE LEÓN, Vicente. «El licenciado Vidriera: la lectura del mundo de
un personaje literario». Romance Languages Annual 7 (1995): 584-89.
Ricapito, Joseph V. «El licenciado Vidriera: o la historia de un fracaso».
Actas Irvine 92. Asociación Internacional de Hispanistas. Ed. Juan Villegas. 5
tomos. Irvine: University of California, 1994. 201-08.
Rinconete y Cortadillo
BAENA, Julio. «Los naipes de rincone(te)s cortad(ill)os: hacia una lectura
marginal de las Novelas ejemplares». Revista de estudios hispánicos 30 (1996):
67-80.
Se examina la presencia de significados ocultos en los nombres propios en Rinconete y
Cortadillo.
FOX, Dian. «The Critical Attitude in Rinconete y Cortadillo». Cervantes
3.2 (1983): 135-48.
Se narran las actividades picarescas de los muchachos de tal manera que el lector se
siente implicado; es decir, Cervantes consigue comprometer al lector y así condenar la
delincuencia sevillana dentro del marco de una parodia de la novela pastoril.
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NIMETZ, Michael. «Genre and Creativity in Rinconete y Cortadillo». Cervantes 10.2 (1990): 73-94.
La obra pone de relieve como Rinconete y Cortadillo crean, primero, su propio destino,
para después imponerlo a un mundo como Sevilla caracterizado por la más picaresca criminalidad.
Don Quijote de la Mancha
ANDRÉS GIL, Carlos M. «El libro de Avellaneda como purgante de la locura
quijotesca». Cervantes 16.1 (1996): 3-11.
Se parte de un texto de Michel Foucault, Les mots et les choses, para diagnosticar que la
locura cervantina es literaria. Asimismo se muestra que cuando en el capitulo 59 se
menciona la obra de Avellaneda, don Quijote recobra la cordura.
AVALLE-ARCE, Juan Bautista. «Quijotes y quijotismos del inglés».
Ojancano 2 (1989): 58-66.
AZAR, Inés. «The Archeology of Fiction in don Quijote». Cervantes
número especial (1988) 117-26.
Se estudia la oportunidad que ofrece el Quijote a Cervantes para comentar la literatura
de ficción.
— «Turns of Enchantement Imagining the Real in Don Quixote». Cervantes 18.2 (1998): 14-25.
Se establece un paralelo entre don Quijote y Cervantes en el sentido de que si para el
primero cada momento es una aventura en espera de que él llegue, para Cervantes cada
momento es un tesoro de posibilidades narrativas.
BARAS ESCOLA, Alfredo. «Una lectura erótica del Quijote. Cervantes 12.2
(1992): 79-89.
Se señala que además de aquellos episodios en donde lo erótico es expresado claramente, hay otras muchas instancias en donde se colige por el doble sentido del pasaje.
BLEZNICK, Donalad W. Studies on don Quijote and Other Cervantine
Works. York, South Carolina: Spanish Literary Publications, 1984.
BOYER, Agustín. «De la Cueva de Montesinos al barco encantado: don
Quijote y el desmoronamiento del verosímil mítico-literario». Hispanic
Journal 13.2 (1992): 375-88.
BROOKES, Kristen G. «Readers, Authors, and Characters in don Quijote».
Cervantes 12.1 (1992): 73-92.
Se examina varios tipos de figuras que asumen papeles múltiples: personajes, lectores y
autores o narradores. Cervantes da un ejemplo de lectura al colocar en su novela una
cantidad de figuras doblemente literarias.
BULGIN, Kathleen. «‘Las bodas de Camacho’»: The Case for el interés».
Cervantes 3.1 (1983): 51-64.
Se comenta que este episodio no ofrece una defensa inequívoca del matrimonio por
amor, ni es el amor la preocupación exclusiva del episodio. Del análisis se deduce otro
problema: el de la moralidad del quehacer novelístico.
CABRERA MEDINA, Luis. «Los epígrafes del Quijote: función y finalidad
cómica». Revista de estudios hispánicos (PR) 17-18 (1990-1991): 37-41.
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CAMPANA, Patrizia. «‘Et per tal variar natura bella’: apuntes sobre la
variatio en el Quijote. Cervantes 17.1 (1997): 109-21.
Se estudia la técnica denominada variatio tal como se manifiesta en las novelas intercaladas en la Primera Parte del Quijote.
CASCARDI, Anthony J, «Genre Definition and Multiplicity in Don Quixote».
Cervantes 6.1 (1986): 39-50.
Se estudia el caso del Quijote como ejemplo de texto con géneros literarios mezclados
lo cual se explica por el gusto renacentista de los «géneros mixtos». Estas consideraciones llevadas al campo epistemológico nos explican las múltiples perspectivas de
algunos conceptos: baciyelmo, por ejemplo.
COLAHAN, Clark. «Lunar Pigs Trashed by Crazed Green Cultists». Cervantes 14.2 (1994): 71-80.
Se considera que los dos encuentros con el mundo bestial son castigos por su entrega a
fantasías eróticas y esencialmente masculinas.
COLE, Bennett. «Cervantes y el caautiverio de don Quijote». The Language
Quarterly 23.1-2 (1984): 3-4, 47.
COLOMBI, María Cecilia. «Los refranes en el Quijote: discurso autoritario y
des-autoritario». Proverbium 7 (1990): 37-55.
DI SALVO, Angelo J. «Spanish Guides to Princes and the Political Theories
in don Quijote». Cervantes 11.2 (1989): 43-60.
Se refiere a los tratados políticos que se publicaron en España durante los siglos XVI y
XVII que contenían guías, consejos, relojes, espejos, y otros con el fin de orientar a los
príncipes herederos. Cervantes inserta varios de estos preceptos de las guías en el
Quijote.
DONAHUE, Darcy y Alfred Rodríguez. «Sobre un dato de la biografia de
Alonso Quijano, el Bueno». Hispanic Journal 9.1 (1987): 41-44.
DUDLEY, Edward. «Ring Around the Hermeneutic Circle». Cervantes 6.1
(1986): 13-28.
Se toma el capítulo XX del Quijote y se analiza la aventura de los batanes en la que se
ve la diferencia de percepción entre don Quijote y Sancho. Don Quijote creía que se anticipaba una aventura caballeresca, mientras que Sancho lo entiende como rasgo de un
cuento folklórico.
ECHEVERRÍA, José».Con Quijote y su locura: Visión de un hispanoamericano». Revista de estudios hispánicos 21 (1994): 271-76.
EFRON, Arthur. «Bearded Waiting Women, Lovely Lethal Female Piratemen: Sexual Bounday Shifts in Don Quixote, Part II».
Cervantes 2.2 (1982): 155-64.
Se analiza la diferencia en la presentación del cuerpo humano en la Segunda Parte del
Quijote en relación con la Primera; en general se observa una inestabilidad de la identidad sexual como en el caso del corsario que resultó ser mujer.
EGIDO, Aurora. «La memoria y el Quijote». Cervantes 11.1 (1991): 3-44.
Arranca de la tradición clásica según la cual la melancolía de la edad avanzada tiene un
efecto positivo con respecto a la imaginación y la memoria. En el caso de don Quijote,
lo que agudiza la memoria es la soledad. Se recalca que la memoria si carece de imaginación no tiene ningún valor.
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EL SAFFAR, Ruth y Diana DE ARMAS WILSON, eds. Quixotic Desire: Psychoanalytic Perspectives on Cervantes. Ithaca: Cornell University Press, 1993.
FAJARDO ACOSTA, Fidel. «don Quijote y las máquinas infernales: vanidad
del ejercicio de las armas». Hispanic Journal 10.2
(1989): 15-24.
FAJARDO, Salvador J. «Closure in don Quijote I: A reader’s Canon». Cervantes 14.1 (1994): 41-60.
Se examinan los capítulos 47-52 de la Primera Parte del Quijote enfatizando el papel del
canónigo de Toledo y su debate literario con el cura y don Quijote.
FERNÁNDEZ, Jaime. «La indumentaria de don Quijote». Villegas 148-54.
FERNÁNDEZ MORERA, Darío. «Una aproximación jungiana a la dualidad del
Quijote». Villegas 170-77.
— «Una dialéctica del yo: don Quijote II, XVI- XVIII». Cervantes and the
Pastoral. Eds. José J. Labrador Herraiz y Juan Fernández Jiménez. Cleveland:
Cleveland State University, 1986. 101-13.
Se examinan los espacios intrasubjetivos del encuentro entre don Quijote y el Caballero
del Verde Gabán, poniendo de relieve la dialéctica Yo/el Otro.
FERNÁNDEZ PECORARO, Rosilie. «The Absence of the Absence of Women:
Cervantes’ Don Quixote and the Explosion of the Pastoral Condition». Cervantes 18.1 (1998): 24-45.
FERNÁNDEZ TURIENZO, Francisco. «Dialéctica platónica y experiencia de
vida en el Quijote». Revista de estudios hispánicos (PR) 12 (1985): 121-34.
FLORES, R.M. «Estructura estilística en el Quijote». Cervantes 16.2 (1996):
47-70.
Se analizan los Prólogos de la Primera y la Segunda Parte del Quijote para demostrar que
son componentes esenciales de la obra.
— «Por qué se embarcó don Quijote en sus aventuras». Revista de estudios
hispánicos 31 (1997); 249-70.
Mediante el uso de vectores y de teorías contributivas, disyuntivas y acontributivas se
muestra que la teoría de castas es fundamental para explicar el porqué de las salidas de
don Quijote.
FRIEDMAN, Edward H. (introd.) y James A. Parr (afterword). «Magical
Parts: Approaches to Don Quixote». Indiana Journal of Hispanic Literatures 5
(1994).
FUCHS, Barbara. «Border Crossings: Tranvestism and ‘Passing’ in don
Quijote». Cervantes 16.2 (1996): 4-28.
Se analiza el trasvestismo en don Quijote en términos no solo de género—mujeres
vestidas de hombre—sino también de raza y religión.
GARCÍA CHICHESTER, Ana. «don Quijote y Sancho en el Toboso: superstición
y simbolismo». Cervantes 3.2 (1983): 121-34.
Este estudio analiza los diferentes agüeros o pronósticos que aparecen en el capítulo 9 de
la segunda parte por considerar que constituyen un código simbólico.
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GARCÍA POSADA, Miguel. «El episodio quijotesco de los galeotes: ambigüedad lingüística y significación». Hispanic Review 49.2 (1981): 197-208.
Se analiza el término «forzado» en relación con la aventura de los galeotes. Don Quijote
asocia «forzado» con «fuerza» y sin lexicalizaciones que lo convenzan, concluye que los
reos van a las galeras a la fuerza y en contra de su voluntad, por lo tanto, actúa tal y
como le corresponde a un caballero andante.
GIL, Carlos Miguel Andrés. «El libro de Avellaneda como purgante de la
locura quijotesca». Cervantes 16.1 (1996): 3-10.
Se refiere al papel que jugó el libro de Avellaneda en cuanto al Quijote se refiere, constituyendo un punto decisivo respecto a su locura.
GÓMEZ TORRES, David. «La vena grotesco-carnavalesca en la génesis del
Quijote». Hispanófila 126 (1999): 1-14.
Se parte de teorías bajtinianas para estudiar los cinco primeros capítulos del Quijote
desde una perspectiva cómica y grotesca, considerando que la risa es un modo de expresión útil para divulgar situaciones que generalmente revisten mucha seriedad.
GRAF E.C. «When an Arab Laughs in Toledo: Cervantes’s Interpellation of
early Modern Spanish Orientalism».
Diacritics 19.2 (1999): 68-45.
Considerando estudios como los de Louis Althusser y Edward Said se muestra que a
pesar de que don Quijote ha sido considerado como la primera novela moderna, presenta
elementos que hacen que se asemeje más a un texto postmoderno que moderno.
HATHAWAY, Robert L. «‘A quien se humilla … ’: ¿la homilía del Quijote?»
Cervantes 17.2 (1997): 59-79.
Se discute lo inoportuno de esta expresión religiosa, llegando a la conclusión de que Cervantes introduce temas religiosos ya en la Primera Parte y sobre todo en la Segunda Parte
del Quijote.
— «Leandra and That Nagging Question». Cervantes 15.2 (1995): 58-74.
Se refiere al cuento intercalado en la primera parte del Quijote en donde el cabrero narra
la supuesta tragedia de su amor por Leandra.
HAVERKATE, Henk. «Las máximas de Grice y los diálogos del Quijote».
Villegas 179-86.
HERNÁNDEZ PECORARO, Rosilie. «The Absence of the Absence of Women:
Cervantes’s Don Quixote and the Explosion of the Pastoral Tradition». Cervantes 18.1 (1998): 24-70.
Se examina el discurso de la «Edad de Oro» destacando cómo dicho discurso constituye
un espacio pastoril femenino que se separa de Garcilaso de la Vega.
IFFLAND, James. «don Quijote dentro de la ‘Galaxia Gutenberg’. (Reflexiones sobre Cervantes y la cultura tipográfica)». Journal of Hispanic Philology 14.1 (1989): 24-41.
Se examina la tipografía como una de las condiciones de posibilidad de la extraña enfermedad de Alonso Quijano; es decir, esa ficción no se hubiera concebido en el contexto
de la cultura quirografaria.
JAKSIC, Iván. «don Quijote’s Encounter with Technology». Cervantes 14.1
(1994): 75-96.
Se refiere al impacto de la modernidad que irrumpe en España en los siglos XVI y XVII y
que se refleja en el Quijote en cuanto al uso de imágenes tecnológicas.
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JOHNSON, Carroll B. Madness and Lust: A Psychoanalytical Approach to
Don Quixote. Berkeley: University of California Press, 1983.
KIDD, Michael. «Laughing Matters: Reading, Gusto, and Narrative Entrapment in Don Quixote». Cervantes 14.2 (1994): 27-40.
Se discute la lógica interna que se aprecia en la obra, de tal manera que Cervantes crea
una novela sin fronteras en cuya red satírica queda atrapado todo aquél que se le acerque.
LASKIER Martín. Adrienne. «Public Indiscretion and Courtly Diversion:
The Burlesque Letters in Don Quixote II». Cervantes 11.2 (1991): 87-102.
Con el carteo sostenido en la Segunda parte del Quijote entre Sancho, Teresa Panza y la
duquesa, Cervantes se apodera del subgénero epistolar dentro de la literatura lúdica.
LATHROP, Thomas A. «Avellaneda y Cervantes: el nombre de don Quijote».
Journal of Hispanic Philology 10.3 (1986): 203-09.
Se discute el hecho de que Cervantes evitara dar nombre y apellido a sus criaturas. Se
descarta la opinión de la crítica sobre la fragilidad de la memoria del autor, dada la gran
cantidad de información que se presenta. Se concluye que Cervantes solo da nombre y
apellido a don Quijote cuando necesita que se establezca la diferencia con el Quijote de
Avellaneda.
— «DiabloCura en el Quijote». Villegas 178-84.
LEYS, Simon. «The imitation of Our Lord Don Quixote». New York Review
of Books 45.10 (1998): 32-35.
MALCOLM GAYLORD, Mary. «Pulling Strings With Maese Pedro’s Puppets:
Fiction and History in Don Quixote».Cervantes 18.2 (1998): 117-47.
Se analiza la dimensión cuasi-histórica del «Retablo de Maese Pérez» (II, 26) tratando
de descubrir la relación cervantina con la historiografía.
MACCURDY, Raymond R. y Alfred Rodríguez. «Un momento de creatividad cervantina en el Quijote: los capítulos XVIII-XXIII de la segunda parte».
Hispania 65 (1982): 395-400.
Se estudia la creatividad cervantina en los capítulos mencionados basada en tres etapas:
1) el proceso asociativo con su protagonista; 2) implementación por él mismo como
narrador de un segmento novelesco y 3) se delega el proceso de creación asociativa al
protagonista. Por consiguiente don Quijote pasa por asociación desde la cotidianidad de
unas tinajas tobosinas a lo literario.
MACPHAIL, Eric. «The Uses of the Past: Prophecy and Genealogy in don
Quijote». Cervantes 14.1 (1994): 61-74.
Se considera que muchas de las intervenciones de don Quijote pudieran leerse como
parodia de la profecía épica
MARTÍN, José F. «Diálogo y poder en la liberación de los galeotes». Cervantes 11.2 (1991): 27-34.
Usando estrategias como la apropiación del discurso del otro, hibridación y poliglosia,
los personajes subvierten la historia oficial. En este episodio Cervantes destruye el
discurso monoglósico, de tal manera que la heteroglosia, en constante disyuntiva, es la
única alternativa.
MARTÍN MORÁN, José Manuel. «Cervantes: el juglar zurdo de la era Gutenberg». Cervantes 17.1 (1997); 122-44.
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Se discuten los aspectos de oralidad en el Quijote aunque fuera una obra concebida para
ser divulgada por la letra impresa. De ahí el conflicto entre la cultura oral y escrita que
presenta la obra.
M OLHO , Mauricio. «Instancias narradoras en don Quijote». Modern
Language Notes 104.2 (1989): 273-85.
Entendiendo por «instancias narradoras» todos los personajes, personas y personillas
que intervienen en la narración del Quijote, se presenta la obra como una disposición
dual: un nivel superior en donde actúan los personajes que narran la historia y un nivel
profundo en donde operan las instancias narradoras.
MOORE, Roger Gerald. «‘A Dog is a Dog, is a Dog’»: A neo-Postmodernist
Reading (Cum Grano Salis) of Burton Raffel’s New Translation of don
Quijote». International Fiction Review 25.1-2 (1998): 12-28.
Se discute el papel de Cide Hamete Benengeli como personaje y su relación con la
versión inglesa de Buton Raffel.
MORELL, Hortensia R. «Nostalgias y fantasías ‘de la famosa aventura del
barco encantado’». Hispanic Journal 3.1 (1981): 87-92.
A la luz de la crítica borgiana se examina el capítulo 29 de la Segunda Parte del Quijote
en donde se narra esa aventura en términos de un anhelo de lo maravilloso.
MORÓN ARROYO, CIRIACO. «Amo y criado en el Quijote». De los romancesvillancico a la poesía de Claudio Rofríguez. Ed. José-Manuel López de
Abiada. S. l.: José Estebam, 1984. 355-78.
MOSHER, Nicole. «Don Quijote y el concepto de libertad». The Language
Quarterly 21.1-2 (1982): 42-44.
MUÑOZ, Carlos Romero. «Algo más de la ‘anchísima presencia’ de Montesinos». Revista iberoamericana 60 (1997): 35-36.
MURILLO, Luis Andrés. «El Ur-Quijote: nueva hipótesis». Cervantes 1.1-2
(1981): 43-50.
Se propone como hipótesis que la historia narrada por Ruy Pérez sobre él y Zoraida en
I, 39-41, es una versión primitiva (Ur) del núcleo de la Primera Parte y la relación
Ruy/Zoraida es la versión primigenia de don Quijote/Dulcinea.
NADEAU, Carolyn A. «Recovering de Hetairae: Prostitution in don Quijote
I». Cervantes 17.2 (1997): 4-24.
Se analiza la relación de la prostitución y el matrimonio así como el valor social de la
castidad con respecto a las mujeres. Se propone la recuperación de la figura de la hetaira.
NARANJO, Carmen. «Los Quijotes modernos: ensayo de incorporación a la
Academia Costarricense de Lengua». Alba de América 8.14-15 (1990): 289304.
Se parte del supuesto que el Quijote no se escribió y que don Quijote es un ente dentro
de la cultura y el quijotismo un movimiento para alentar la ilusión de crear aventuras
heroicas. Por lo tanto, don Quijote sigue saliendo todos los días de su casa en busca de
entuertos y menesterosos.
OCHOA-PENROZ, Marcela. El Quijote, novela de engaños y desengaños». La
torre 1.1 (1991: 20-30.
OROPESA, Salvador A. «A partir de Georg Lukacs como crítico del Quijote:
una reflexión cultural sobre España como problema».
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Confluencia 7.2 (1992): 3-15.
PARR, James A. «Antimodelos narrativos del Quijote: lo desnarrado, innarrado e innarrable». Villegas 185-92.
— «Cervantes Foreshadows Freud: On Don Quixote’s Flight from the
Feminine and the Physical». Cervantes 15.2 (1995) 16-25.
Se estudian elementos freudianos en el Quijote. Se sostiene que la evasión que don
Quijote pone en evidencia no es individualizada sino generalizada.
PIRAS, Pina Rosa. «Problemas de traducción del lexema ‘cautivo’ en el
Quijote». La torre 5.19 (1991): 257-64.
Se estudia las dificultades que aparecen cuando se trata de traducir algunos términos presentes en la obra de Cervantes. Se hace hincapié en la palabra «cautivo» que por razones
socio-culturales connota mucho más de lo que a primera vista parece.
POPE, Randolph D. «Metamorphosis and Don Quixote». Cervantes Special
Issue (1988): 93-102.
Se presenta una lección desafiante sobre el relativismo histórico imperante en la crítica.
PRESBERG, Charles D. «‘Yo sé quién soy’: Don Quixote, Don Diego de
Miranda and the Paradox of Self-Knowledge». Cervantes 14.2 (1994): 41-70.
Se investiga el problema del autoconocimiento que se manifiesta en los capítulos dedicados al encuentro entre don Quijote y don Diego de Miranda, «El Caballero del Verde
Gabán».
PUEBLA, Manuel de la. «Las dos puntas del camino: consideraciones sobre
el nacimiento y la muerte de don Quijote». Revista de estudios hispánicos
(PR) 12 (1985): 111-20.
REDONDO, Augustin. «De las terceras al alcahuete del episodio de los
galeotes en el Quijote (I, 22): algunos rasgos de la parodia cervantina». Journal
of Hispanic Philology 13.2 (1989): 135-48.
Se centra en la figura del alcahuete que aparece entre los galeotes en el capítulo 22 de la
Primera Parte. Conocedor Cervantes de las funciones de la «doncella medianera», se
refiere aquí a un ser masculino ya que no se podía mandar a galeras a las mujeres; en
todo caso la tercería está bien vinculada con la parodia cervantina.
— «Nuevo examen del episodio de los molinos de viento: don Quijote I,
8». On Cervantes: Essays for L. A. Murillo. Ed. James Parr. Newark,
Delaware: Juan de la Cuesta, 1991. 189-205.
RESINA, Joan Ramon. «El Caballero del verde Gabán: la aventura simétrica
en el Quijote». Tinta 1.4 (1984): 11-13.
— «Medusa en el laberinto: locura y textualidad en el Quijote». Modern
Language Notes 104.2 (1989): 286-303.
De una lectura bajhtiniana del Quijote se desprende no tanto el aspecto subversivo como
la fusión y simbiosis de dos culturas: la cultura popular y la cultura erudita o aristocrática.
RICO, Francisco. «El primer pliego del ‘Quijote’». Hispanic Review 64.3
(1996): 313-36.
Se discute la edición «príncipe» de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha y se
trata de justificar el hecho de que un ejemplar saliera con tasa y los demás no.
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RILEY, E. C. «Don Quixote: From Text to Icon». Cervantes, número
especial (1988): 103-16.
Se refiere a la capacidad de don Quijote y Sancho para evolucionar al compás de la
cultura de masas.
RIVERS, Elías L. «El principio dialógico en el Quijote». La torre 2.5 (1988):
7-21.
Basándose en la teoría del lenguaje de Bajtín se analiza la relación dialógica entre don
Quijote y Sancho Panza, afirmando que Cervantes tomó del folklore español el diálogo
implícito entre estereotipos opuestos.
— «Don Quixote’s Fatherly Advice, and Olivares’s». Cervantes 18.2
(1998): 74-84.
Teniendo como base una tradición monológica dominada por la voz del padre, se
analizan los consejos «paternos» que don Quijote da a Sancho en los capítulos 42 y 43
de la Segunda Parte del Quijote.
RODRÍGUEZ, Alfred. «Otra perspectiva sobre los rebuznadores del Quijote».
Hispanófila 31.3 (1988); 1-5.
Se refiere a la aventura del rebuzno (II, 25 y 27) y se propone que Cervantes utiliza una
historia folklórica denominada «festival asnal». Este incidente en torno a la ritualización
asnal le sirve a don Quijote para emitir la primera alocución anti-bélica que registra la
laiteratura.
RODRÍGUEZ, Alfred y Juan MAURA. «Sueño y vida: la aventura de los cueros
de vino». Romance Notes 26.3 (1986): 256-60.
RODRÍGUEZ, Alfred y Marie M. SMELOFF. «¿Dónde queda la espada mágica
de don Quijote?». Cervantes 11.1 (1991): 119-24.
Rodríguez, Alfred y Socorro Velázquez. «Perfilando la locura quijotesca:
las aventuras de la primera salida». Hispania 73 (1990): 16-21.
Se analiza el aspecto transformador de la locura de don Quijote desde una perspectiva
que disiente de la opinión de Unamuno y de Rodríguez Marín, ya que se sostiene que la
intención artística del novelista es destacar aquellos elementos que, sin anular del todo
su transformación quijotesca, reducen lo radical del esfuerzo alterativo del protagonista
mediante su atenuante justificación de la transformación misma.
RODRÍGUEZ VECCHINI, Hugo. «El discurso histórico/poético en el Quijote».
Studies in Honor of Gustavo Correa. Eds. Faulhaber, Charles B., Richard P.
Kinkade, y T.A. Perry. Scripta Humanistica. Potomac, Maryland: 1986.
177-95.
— «El prólogo del Quijote: la imitación perfecta y la imitación depravada». Revista de estudios hispánicos (PR) 24.1 (1997): 3-26.
SÁNCHEZ, Alberto. «don Quijote, rapsoda del romancero viejo». On Cervantes: Essays for L. A. Murillo. Ed. James Parr. Newark, Delaware: Juan de
la Cuesta, 1991. 241-62.
SARALEGUI, Carmen. «‘El primer escalón de las ciencias … es el de las
lenguas’: un fragmento del Quijote a examen». Estudios en homenaje a
Enrique Ruiz-Fornells. Eds. Fernández-Jiménez, Juan, José Labrador y L.
Teresa Valdivieso. 593-99.
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SCARAMUZZA VIDONI, Mariarosa. «La sociocrítica de Edmond Cross y la
interpretación del Quijote». Revista iberoamericana 63 (1998): 35-38.
SHYPLEY, George A. «A Prologue and Afterword for an Inquiry into Don
Quixote, Part I, Chapter 20». Studies in Honor of Elias Rivers. Eds. Bruno
Damiani y Ruth El Saffar. Protomac, Maryland: Scripta Humanistica, 1989.
169-83.
Aceptando la idea de Kenneth Burke acerca de la exploración del potencial que se
encierra en los proverbios, se llega a descubrir sugestivos ejemplos en Sancho Panza que
vienen a corroborar este aserto.
SIEBER, Diane E. «Mapping Identity in the Captive’s Tale: Cervantes and
Ethnographic Narrative». Cervantes 18.1 (1998): 115-33.
Se demuestra que la narración de Ruy Pérez de Viedma sobre su cautiverio en Argel es
etnográfica.
SIRIAS, Silvio. «A Squire’s Apprenticeship; How Sancho Panza Learns His
Trade in Part I of don Quijote de la Mancha». Utah Foreing Language Review
(1992-1993): 30-59.
Se refiere al entrenamiento en la caballería realizado por Sancho Panza, dentro de una
marco socio-económico.
STROTHER, Darci L. «Diálogo de voces en el prólogo de la segunda parte
del Quijote». Cervantes 11.2 (1991): 59-67.
Basándose en teorías bajhtinianas, se estudia el prólogo de la segunda parte del Quijote
haciendo hincapié en su aspecto polifónico dada la diversidad de voces.
SULLIVAN, Henry W. Grotesque Purgatory: A Study of Cervantes’s Don
Quixote, Part II. University Park: The Pennsylvannia State Press, 1996.
TRUEBLOOD, Alan S. «Novelización y desnovelización en el Quijote. Studies
on don Quijote and Other Cervantine Works. Ed. Donald W. Bleznick. York,
South Carolina: Spanish Literary Publications, 1984. 47-54.
URBINA, Eduardo. «‘En alas del deseo’: el motivo de los altibajos en don
Quijote». Indiana Journal of Hispanic Literatures 2.2 (1994): 87-104.
— «La aventura guardada: don Quijote como caballero desaventurado».
Romance Quarterly 37.4 (1990): 431-40.
Se discute la parodia como factor clave de la intertextualidad del Quijote considerándola
como un todo orgánico, consustancial con la producción del texto.
— «El concepto de admiratio y lo grotesco en el Quijote». Cervantes 9.1
(1989): 17-33.
Se analizan las diferentes instancias en donde prevalece el concepto de admiratio y se
clasifican en tres categorías: lo positivo, lo negativo y lo ambivalente.
— «don Quijote, puer-senex: un tópico y su transformación paródica en el
Quijote». Journal of Hispanic Philology 12.2 (1988): 127-38.
Se estudia la transformación de don Quijote a través de su vida. El argumento principal
es que don Quijote aparece como un viejo que se comporta con el ímpetu y la mente de
un niño, pero no de un niño sabio y prudente, sino de un loco e imprudente; es decir, una
versión invertida del puer-senex, un senex-puer.
— Principios y fines del Quijote. Scripta Humanistica 73. Washington:
The Catholic University of America, 1990.
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El doble sentido de los términos «principio» y «fin» pone de manifiesto la función de los
tres modos narrativos que el autor estudia: la ironía, lo grotesco y la parodia.
VILLEGAS, Juan, ed. Actas Irvine 92. Asociación Internacional de Hispanistas. 5 tomos. Irvine, California: University of California, 1994.
VIÑA, Frederick, ed. Don Quijote: Meditaciones hispanoamericanas, I.
Lanham, Maryland: University Press of America, 1988.
WEIGER, John G. «Writers and Writing in the Two Parts of Don Quixote».
Cervantes 6.2 (1986): 97-112.
Se refiere a la recepción del público y la actitud de Cervantes ante la problemática de su
profesión como escritor.
WILLIAMSON, Edwin. «Romance and realism in the Interpolated Stories of
the Quixote». Cervantes 2.1 (1982): 43-68.
Se examina la manera en que Cervantes maneja las ambigüedades que presentan las
historias interpoladas convirtiéndolas en materia estética.
ZAHAREAS. Anthony N. «La función histórica del humor en don Quijote».
La Chispa ‘93. Ed. Gilbert Paolini. New Orleans: Tulane University Press,
1993. 282-91.
Partiendo de la base de que la novela de Cervantes resulta ser un burlesco sobre las
locuras de un hidalgo desconocido, se analiza la comicidad inherente porque modernamente se empieza a tomar en serio.
Los trabajos de Persiles y Segismunda
ARMAS WILSON, Diana de. «Splitting the Difference: Dualism in Persiles».
Cervantes 10.1 (1990): 35-50.
Se destacan las oposiciones binarias que presiden el Persiles. Este binarismo obedece a
la temática de escisión a lo largo de la narración.
AVALLE-ARCE, Juan Bautista. «Persiles and Allegory». Cervantes 10.1
(1990): 7-16.
Se estudia el Persiles partiendo de la alegoría en su doble temática del ser y la peregrinación. El mismo prólogo tiene carácter alegórico al establecer la vida de Cervantes
como una peregrinación.
BAENA, Julio. «El círculo y la flecha: principio y fin, triunfo y fracaso del
Persiles». Chapel Hill: University of North Carolina Press, 1996.
— «Los trabajos de Persiles y Segismunda: la utopía del novelista». Cervantes 8.2 (1988): 125-38.
Se parte de U-topos como concepto barroco y se discuten las contradicciones que de ello
se derivan sobre todo en cuanto se refiere a Persiles: una creación favorita y, a la vez,
uno de los libros más olvidables.
BRITO DÍAZ, Carlos. «‘Porque lo pide así la pintura’: La escritura peregrina en el lienzo del Persiles». Cervantes 17.1-3 (1997): 145-64.
Se examinan las reflexiones de Cervantes sobre la novela y sobre el ejercicio del escritor
de novelas, ejercicio realizado con el mismo esmero de una pintura.
CASCARDI, A. J. «Reason and Romance: An Essay on Cervantes’s Persiles».
Modern Lnaguage Notes 106 (1991): 279-93.
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Partiendo de las teorías de Marx, se elabora un modelo del proceso de racionalización
que lleva a explicar la imitación que en el Persiles hace Cervantes del romance bizantino
de Heliodoro.
COLAHAN, Clark. «Toward an Onomastics of Persiles/Periandra and Segismunda/Auristela». Cervantes 14.1 (1994): 19-40.
Se discute la elección de los nombres de los protagonistas del Persiles y se propone que
se encuentran en un género renacentista que se leía simultáneamente a dos niveles alegóricos.
DÍEZ FERNÁNDEZ y Luisa Fernanda AGUIRRE DE CÁRCER. «Contexto histórico
y tratamiento literario de la ‘hechicería’ morisca y judía en el Persiles». Cervanates 12.2 (1992): 33-62.
Las actividades médicas propias de los moriscos fueron objeto de crítica en una sociedad
cristiana y las calificaron no solo de mágicas sino de heréticas.
EL SAFFAR, Ruth. «Persiles’s Retort: An Alchemical Angle con the Lovers’
Labors». Cervantes 10.1 (1990): 17-34.
Se señala como la tradición alquímica puede ayudar a la interpretación del Persiles.
Hay que tener presente que se escribió en la época de la alquimia.
MARISCAL, George. «Persiles and the Remaking of Spanish Culture». Cervantes 10.1 (1990): 93-102.
Basándose en la presencia de nuevos grupos étnicos como resultado del encuentro entre
Europa y América, se concluye que el Persiles hay que verlo como un texto cultural que
refleja cómo los grupos marginados se incorporan a la sociedad.
F. Perspectivas literarias en torno a Cervantes y su obra
ALLEN, John J. «Style and Genre in don Quijote: The Pastoral». Cervantes
6.1 (1986): 51-56.
La critica ha señalado una serie de ‘regiones de la imaginación’ en don Quijote que se
relacionan con distintos géneros literarios los cuales tienen como papel enfocar la experiencia vital.
BUENO, Lourdes. «EL poder embriagador de las palabras». Tropos 20
(1994): 26-37.
CASCARDI, Anthony J. «Romance, Ideology and Iconoclasm in Cervantes».
Cruz 22-42.
Se discute cómo Cervantes anticipa algunas de las modernas estrategias de lectura para
comprender el pasado. A continuación se describen estas estrategias de interpretación
bajo el título de «critica ideológica». Teóricos como Fredric Jameson y Baudrillard
apoyan el discurso crítico.
CREEL, Bryant L. «Theoretical Implications in Don Quixote’s Idea of
Enchantment». Cervantes 12.2 (1992): 19-44.
El tema del encantamiento se analiza en relación con teorías epistemológicas y se llega
a la conclusión de que Cervantes lo concibe como una metáfora del realismo epistemológico.
CRUZ, Anne J. y Carroll B. Johnson, eds. Cervantes and His Postmodern
Constituencies. New York: Garland, 1999.
El texto se haya dividido en tres secciones: la primera analiza el cervantismo y la crisis
del hispanismo; la segunda, pasa revista a los estudios cervantinos examinando sus
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implicaciones con el postmodernismo y la tercera se detiene a estudiar el pasado, el
presente y el futuro de los estudios cervantinos.
DUNN, Peter N. «don Quijote Through the Looking Glass». Cervantes 12.1
(1992): 5-18.
La Alicia de Lewis Carroll, al otro lado del espejo, presenta una analogía de un don
Quijote desorientado en un mundo que no sigue las leyes del mundo caballeresco. Se
discute la teoría de la parodia en una narración que se estructura no solo a base de
espejos sino también de espejismos.
EGIDO, Aurora. «La memoria y el Quijote». Cervantes 11.1 (1991): 3-44.
Se estudia cómo la soledad de don Quijote estimuló su memoria. Se destaca que en la
Segunda Parte no solo se hace presente la memoria de don Quijote sino también la del
narrador.
EISENBERG, Daniel. «On Editing Don Quixote». Cervantes 3.1 (1983): 3-34.
Se refiere a la edición de Don Quixote para los lectores norteamericanos.
GAYLORD RANDEL, Mary. «Cervantes’ Portraits and Literary Theory». Cervantes 6.1 (1986): 57-80.
Se refiere a los retratos cervantinos y se propone una nueva manera de entender la presencia de la teoría literaria en una obra de ficción.
JOHNSON, Carroll B. «Organic Unity in Unlikely Places: don Quijote I, 3941». Cervantes 2.2 (1982): 109-32.
El ensayo cuestiona hasta qué punto Cevantes recombinó estructuras, motivos y otros
elementos picarescos, así como la razón de este hecho.
IFFLAND, James. «‘Cervantismo’ as Social Praxis in the ‘Neo-Post’ Age: Are
We Kidding Ourselves?». Cruz 235-47.
La pregunta de la cual se parte es hasta qué punto Cervantes puede estar relacionado con
las teorías del postmodenismo. Tras analizar la crisis de la novela de caballerías y la percepción de don Quijote como figura arquetípica involucrada en una praxis micropolítica,
se llega a la conclusión que la hipótesis de un Cervantes postmodernista está aún por
explorar.
JAURALDE POU, Pablo y Anne J. Cruz, trad. «Cervantes and the Spanish
Philological School». Cruz 105-15.
En comparación con otros países, se discute la falta de una crítica sólida sobre el Quijote
en la crítica académica española y se presentan dos causas: la distancia estética—con el
momento histórico en el que apareció el Quijote—y la metodología de las Facultades de
Filología.
LEZCANO, Margarita y Enrique Rodríguez Cepeda. «Agravios y desagravios
sobre Cervantes: la imitación gramatical en la prosa española del siglo XVIII».
Mester 25.1 (1996): 79-117.
LO RÉ, A. G. Essays on the Periphery of the Quixote. Newark, Delaware:
Juan de la Cuesta Hispanic Monographs, 1990.
Como resultado del análisis del trabajo de Thomas Shelton, primer traductor del Quijote,
Lo Ré se detiene a examinar los hechos que rodearon a dicha traducción.
MARTÍN, Francisco. «Los prólogos del Quijote: la consagración de un
género». Cervantes 13.1 (1993): 77-87.
Se estudian los Prólogos de la I y de la II parte del Quijote, llegando a la conclusión de
que en su elaboración Cervantes llega a crear otro género literario: «el prólogo novelístico».
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MARTÍN, José F. «Diálogo y poder en la liberación de los galeotes». Cervantes 11.2 (1991): 27-34.
En este episodio Cervantes destruye el discurso monoglósico sustituyéndolo por otro; en
realidad la heteroglosia es la única alternativa para combatir la monoglosia que la autoridad trata de imponer.
MCGAHA, Michael, ed. Cervantes and the Renaissance. Newark, Delaware:
Juan de la Cuesta, Hispanic Monographs, 1980.
Recoge catorce ensayos de eminentes cervantistas y renacentistas a fin de poner de
manifiesto la relación existente entre Cervantes y su tiempo.
MOLHO, Mauricio. «Para una lectura psicológica de los cuentecillos de
locos del segundo don Quijote». Cervantes 11.1 (1991): 87-98.
Aunque la interpretación psicológica no pueda explicar un texto, las historias de locos
incluidas en el prólogo del primer capítulo de la edición de 1965 del Quijote constituyen
ejemplos de esquizofrenia.
N UESSEL , Frank. «Linguistic Theory and Discourse in don Quijote».
Advances in Hispanic Linguistics. Eds. Javier Gutiérrez-Rexach y Gil
Fernando Martínez. Papers from the 2nd Hispanic Linguistics Symposium, III. Somerville, Massachusetts: Cascadilla, 1999. 248-64.
ORIEL, Charles. «Narrative Levels and the Fictionality of don Quijote, I:
Cardenio’s Story. Cervantes 10.2 (1990): 55-72.
Se discute la función estética de los varios narradores en don Quijote, de esta manera, se
puede clarificar varios elementos del Quijote, y sobre todo la reprentación de Cardenio
como personaje y como narrador.
PAZ, Marcelo. «La modernidad de El Quijote en la concepción novelística
de Bajtin». Cincinnati Romance Review 14 (1995): 37-43.
REED, Walter L. «The Problem of Cervantes in Bakhtin’s Poetics».
Cervantes 7.2 (1987): 29-38.
Relacionado con otras obras del Renacimiento, el Quijote cobra relieve como ejemplo
clásico de la novela. Asimismo se señala la prefiguración de Bakhtín en la Poética de
Cervantes.
RANDEL, Mary Gaylord. «Cervantes’ Portraits and Literary Theory». Cervantes 6.1 (1986): 57-80.
Se discute la presencia de la teoría literaria en una obra de ficción.y se somete a análisis
literario las principales Poéticas escritas por los contemporáneos de Cervantes.
RILEY, E. C. Cervantes’s Theory of the Novel. Documentación cervantina
núm. 13. Newark, Delaware: Juan de la Cuesta, 1992.
Reimpresión del estudio publicado en 1968. Edición corregida y aumentada.
RIVERS, Elias. «Lingüística bajtiniana y teoría literaria». Scripta Philologica in Honorem Juam M Lope Blanch a los 40 años de docencia en la UNAM
y a los 65 años de vida. Ed. Elizabeth Luna Traill. Mexico City: Universidad
Autónoma de México, 1992. 433-40.
R ODRÍGUEZ , Alberto. «El ‘Diálogo de recuerdos’ y la anácrisis en el
Quijote». Cervantes 9.1 (1989): 17-34.
Mediante el uso de anácrisis un personaje induce al otro a romper su silencio y revelar
su pensamientos así como sus recuerdos más íntimos.
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RODRÍGUEZ CEPEDA, Enrique. «Los Quijotes del siglo
de Manuel Martín». Cervantes 8.1 (1988): 61-108.
XVIII-1)
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La imprenta
Se refiere a las muchas ediciones del Quijote en esa época haciendo hincapié en la penetración de un texto intelectual en la cultura de masas de aquel tiempo.
RODRÍGUEZ VECCHINI, Hugo. «El prólogo del Quijote: la imitación perfecta
y la imitación depravada». Revista de estudios hispánicos (Puerto Rico): 24.1
(1997): 3-26.
SHIPLEY, George A. «A Prologue and Afterword for an Inquiry into Don
Quixote, Part I, Chapter 20». Studies in Honor of Elias Rivers. Eds. Bruno
Damiani M. y Ruth El-Saffar. Potomac, Maryland: Scripta Humanistica, 1989.
169-83.
Centrándose en la aventura de los seis mazos de batán, se comenta no solo la respuesta
de don Quijote al estruendo del agua y de los golpes, sino también la historia que Sancho
cuenta para matar el tiempo, la relación entre amo y escudero y la definición y aplicación
de los «refranes».
SCHMIDT, Rachel. :La ilustración gráfica y la interpretación del Quijote en
el siglo XVIII». Dieciocho 19.2 (1996): 203-48.
Se analizan las representaciones gráficas e impresas del siglo XVIII del Quijote; es decir,
las ilustraciones del libro de algunas ediciones importantes, además de las láminas
sueltas preparadas por los artistas William Hogarth y Francisco de Goya.
WEBER, Alison Parks. «The Ideologies of Cervantine Irony: Liberalism,
Postmodernism and Beyond». Cruz 218-34.
Se destaca la temática cervantina en los Estados Unidos como nacida de una crítica
ideológica basando su hipótesis en las nuevas corrientes que examinan la posición cervantina desde ángulos que tiene su punto de mira en la política, el sexo y la religión.
WILLIAMSEN, Amy. «Beyond Romance: Metafiction in Persiles».
Cervantes 10.1 (1990): 111-120.
Se llega a la conclusión que Persiles dista mucho de encuadrarse en la novela bizantina.
Sin embargo, la naturaleza metaficcional de la obra lleva a cuestionar la relación entre
los real y lo ficcional.
WILLIAMSON, Edwin. «‘Intención’ and ‘invención’ in the Quixote».
Cervantes 8.1 (1988): 7-22.
En este ensayo se analiza la acción en don Quijote para indagar si la «intención» hubiera
podido ser transformada por la «invención».
WHITENACK, Judith A. «Don Quixote and the Romances of Chivalry Once
Again: Converted Paganos and Enamoured Magas». Cervantes 13.2 (1993):
61-92.
Es otra muestra de que Cervantes conocía todos las aventuras típicas de los caballeros
andantes y aunque no hace mención explicita de ellas se encuentran en el Quijote sus
huellas.
G. Cervantes en la literatura comparada
ALADRO FONT, Jorge y Ricardo Ramos Tremolada. «Ausencia y presencia
de Garcilaso en el Quijote». Cervantes 16.2 (1996): 89-106.
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Se señala la presencia de Garcilaso en el Segunda Parte del Quijote y se analizan las
razones para ello destacando que según declina la caballeria andante, alcanzan relieve los
motivos pastoriles.
ALVAREZ, Marisa C. «Emblematic Aspects of Cervantes’ Narrative Prose».
Cervantes, Número especial (1988): 149-158
Se re-examinan ciertos episodios del Quijote a la luz de la literatura emblemática. Se
llega a la conclusión de que se aprecia en Cervantes una influencia de las artes visuales.
ARGELLI, Annalisa. «Cervantes y Butler en la cultura inglesa del seiscientos». Symposium 53.3 (1999): 123-35.
ARMAS WILSON, Diana de. «‘Passing the Love of Women’. The Intertextuality of El curioso impertinente». Cervantes 7.2 (1987): 9-28.
Partiendo de un cuento de Borges, «La intrusa», se investigan tres subtextos que dejaron
sus huellas en El curioso impertinente: El episodio de «Giges y Candale» de Herodoto;
el Orlando furioso; y el cuento de «Los dos amigos».
BOER, Harm-den. «The Truthful Fiction of the Death and Life of the
Author: Cervantes and Marlowe». The Author as Character: Representing
Historical Writers in Western Literature. Eds. Paul Franssen y Ton Hoenselaars. Madison, New Jersey: Fairleigh Dickinson University Press, 1999.
264-74.
BOYER, H. Patsy. «The ‘Other’ Woman in Cervantes’ Persiles and Zayas’
Novelas». Cervantes 10.1 (1990): 59-68.
Un análisis de la caracterización de los personajes femeninos de Zayas muestra como
esta autora se vale de aquellas convenciones del Siglo de Oro que exigen la subordinación del personaje femenino al control patriarcal.
BRADBURY, Gail. «Lope, Cervantes, a Marriage Trick and a Baby». Hispanófila 82 (1984): 11-19.
Se estudian las similitudes entre La señora Cornelia de las Novelas ejemplares y la obra
dramática El mayordomo de la Duquesa Amalfi de Lope de Vega, principalmente en
cuanto a la temática del casamiento y la entrega de un niño a quien en realidad no es el
padre. Se asume que Cervantes hubiera podido haber visto el drama de Lope.
GASTON, Patricia S. «The Waverly Series and Don Quixote: Manuscripts
Found and Lost». Cervantes 11.1 (1991): 45-61.
Se discute la influencia de Cervantes no solo en la configuración de los héroes de las
novelas históricas de Sir Walter Scott sino también en el diseño narrativo.
CAMAMIS, George. «The Concept of Venus-Humanitas in Cervantes and
Boticelli». Cervantes 8.2 (1988): 183-224.
El estudio se enfoca en la influencia de la pintura en Cervantes, especialmente la «Primavera» de Boticelli. Asimismo se basa en el concepto de la Venus-Humanitas para
representar las artes y las letras.
CASCARDI, Anthony J. «Cervantes and Descartes on the Dream Argument».
Cervantes 4.2 (1984): 109-122.
Se demuestra como en la aventura de la Cueva de Montesinos Cervantes defiende los
derechos de la imaginación anticipando varios de los argumentos de las meditaciones de
Descartes cuyo argumento solo se sostiene a base de una confusión de lo imaginado con
lo verificable.
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DOWLING, John. «En un mesón de la Mancha, en un salón de París: Cervantes y Manuel de Falla». Hispanic Journal 18.1 (1997): 23-36.
FINCH, Patricia S. «Rojas’ Celestina and Cervantes’ Cañizares».
Cervantes 11.1 (1989): 55-62.
Aunque en Cervantes la hechicería y la brujería no tienen un papel esencial, sí llaman la
atención ciertas semejanzas de La Celestina y El coloquio de los perros, especialmente
en cuanto a Celestina y a Cañizares se refiere.
FRIEDMAN, Edward H. «The Fortunes of Chivalry: António José da Silva’s
Vida do Grande D. Quixote de la Mancha e do Gordo Sancho Panza». Cervantes 17.2 (1997): 80-93.
Se presenta la obra de Da Silva basada principalmente en la Segunda Parte del Quijote
cervantino y se recalca cómo la obra del portugués enfatiza el elemento caballeresco de
don Quijote y la agresividad de Sancho como marcadores de un movimiento emblemático que sustituye el tema de la caballería por el de la justicia.
GONZÁLEZ, Aníbal. «Etica y teatralidad: El retablo de las maravillas de
Cervantes y El arpa y la sombra de Alejo Carpentier». La torre 7 (1993):
27-28.
(Véase El retablo… )
HAMPTON, Timothy. «Examples, Stories, and Subjects in Don Quixote and
the Heptameron». Journal of the History of Ideas 59.4 (1998): 587-611.
HOLDSWORTH, Carole. «Cervantine Echoes in Early Pynchon». Cervantes
8.1 (1988): 47-54.
Se analiza las resonancias cervantinas en el novelista norteamericano Thomas Pynchon
sobre todo en el cuento «Low-lands», quizá influido por la interpretación que del Quijote
hizo su maestro Nabokov.
HUTCHINSON, Steven. «Counterfeit Chains of Discourse: A Comparison of
Citation in Cervantes’ Casamiento/Coloquio and in Islamic Hadïth». Cervantes
8.2 (1988): 139-59.
Se discute un caso de citación múltiple la cual, en Cervantes, es aumentativa, pero en la
tradición islámica del hadïth no lo es. Según el crítico, este modelo de citación enriquece
el texto y diversifica la intencionalidad.
JEREZ FERRÁN, Carlos. «Séptimo Miau y Ginés de Pasamonte: un caso de
duplicidad biográfica cervantina en Divinas palabras». Revista hispánica
moderna 41.2 (1988): 91-104.
Conocida la admiración de Valle-Inclán por Cervantes, se presenta Séptimo Miau como
una copia clara del pícaro cervantino que primero aparece con el nombre de Ginés de
Pasamonte y luego con el de Maese Pedro.
JOHNSON, Roberta. «Don Quixote, Gender, and Early Twentieth Century
Spanish Narrative». Letras peninsulares 9.1 (1996): 33-47.
Se muestra que es significativo que el elemento quijotesco prevalece en los protagonistas
de las novelas de autores masculinos más canonizadas y publicadas entre 1900 y 1930:
Miguel de Unamuno, Ramón del Valle-Inclán, Pío Baroja, Azorín, entre otros.
JOSET, Jacques. «Autores traduttori traditori: don Quijote y Cien años de
soledad». Cervantes Essays for L. A. Murillo. Ed. james Parr. Newark,
Delaware: Juan de la Cuesta, 1991. 189-205.
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KECK, Ray M. «Cide Hamete, Melquíades, Alba Trueba: marco narrativo y
tema en Cervantes, García Márquez y Allende». Crítica hispánica 18.2 (1996):
313-23.
Se discute la utilización de un cronista narrador en estos auatores y cómo en el caso de
don Quijote la presencia del cronista Cide Hamete establece una dialéctica entre el deseo
de verosimilitud histórica y el desengaño burlón de un narrador arábigo.
KUNCE, Catherine. «Cruel and Crude: Nabokov Reading Cervantes». Cervantes 13.2 (1993): 93-105.
A pesar de que Nabokov califica el Quijote como obra cruel y tosca, en su Lolita imita
muchos aspectos del Quijote tales como la técnica metaficticia, la parodia del amor
cortés y la ironía.
LASARTE, Pedro. «Don Catrín, don Quijote y la picaresca». Revista de
estudios hispánicos 23.3 (1989): 101-12.
Se investiga la obra de Joaquín Fernández de Lizardi, un logro de la picaresca hispanoamericana, y don Quijote para examinar las coincidencias técnicas entre los dos textos
y otras que ponen en tela de juicio el género picaresco; como el final de Don Catrín que
recuerda la aventura de los galeotes de don Quijote.
LLOPIS FUENTES, Roger. «El personaje del ‘arbitrista’ según Cervantes y
Quevedo». Cincinnati Romance Review 10 (1991): 111-22.
MAYER, Maria E. «El detalle de una ‘historia verdadera’: don Quijote y
Bernal Díaz». Cervantes 14.2 (1994): 93-118.
Se considera a Bernal Díaz y a don Quijote como narradores homodiegéticos, considerando la Crónica indiana como precedente de los experimentos narratológicos de Cervantes.
MCGRADY, Donald. «Cervantes and the Decameron: A Note on the Source
and Meaning of don Quijote’s Prototypical Chivalric Adventure Story». Cervantes 5.2 (1985): 141-49.
Se analiza la idea de Roger M. Walker según el cual la mayoría del episodio que Cervantes inventa para probar la historicidad de los libros de caballerías proviene del Caballero Zifar, pero el lujoso ambiente oriental deriva del Decameron.
NOGUEROL JIMÉNEZ, Francisca. «Los juegos literarios: el Quijote como hipotexto en lanarrativa de Augusto Monterroso». Alba de América 15.28-29
(1997): 118-30.
Sobre la fascinación que Cervantes ejerció en el guatemalteco Augusto Monterroso hasta
tal punto que se propone como hipótesis que el Quijote es el hipotexto en la narrativa de
Monterroso.
OCHOA PENROZ, Marcela. «Juan Montalvo: una reescritura del Quijote en
América». Inti 46-47 (1998): 57-70.
Se estudia la obra del ecuatoriano Montalvo, Capítulos que se le olvidaron a Cervantes
como escritos a imagen y semejanza del Quijote cervantino, con su mismo tono y estilo.
Se destaca que Montalvo fue un casticista que luchaba por la preservación de la lengua
española en América.
PARDO GARCÍA, Pedro Javier. «Cervantes y Chretien de Troyes: novela,
romance, realidad». Actas Irvine 92. Asociación Internacional de Hispanistas.
Ed. Juan Villegas. Irvine: University of California, 1994.
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Acotaciones bibliográficas a los estudios cervantinos…
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Paz Gago, José María. «Texto y representación en el teatro español del último cuarto del
siglo XVI. Cervantes y Lope: una perspectiva comparada». Bulletin of the Comediantes
45.2 (1993): 255-75. (Véase «Teatro»)
PÉREZ, Janet. «Echoes of Cervantes in the Works of Gonzalo Torrente
Ballester». LA CHISPA ‘87. The Seventh Louisina Conference on Hispanic Languages and Literatures. Tulane University, New Orleans, 1987. Ed. Gilbert
Paolini. Tulane University, 1987. 221-30.
Considerando que Torrente Ballester, siguiendo ciertos principios cervantinos, comienza
a hacer uso de la metaficción para construir sus novelas a partir de Javier Mariño, se
analiza el fenómeno de la intertextualidad en la obra de este escritor.
P ÉREZ DE L EÓN , Vicente. «El entremés en el siglo
Calderón». Romance Language Annual 9 (1997): 645-55.
XVII :
Cervantes y
PETREMAN, David. «La conexión Coloane/Cervantes: La Cueva de Milodon
y la Cueva de Montesinos». Confluencia 2.1 (1986): 44-49.
QUINTERO, Maria Cristina. «The Cervantine Subtext in Góngora’s Las
firmezas de Isabela». Cervantes 11.2 (1991): 43-58.
Esta comedia gongorina muestra claramente las huellas cervantinas ya que representa
una variación cómica de las situaciones de El curioso impertinente.
RAVIN, Lisa. «The Reluctant Companion of Empire: Petrarch and Dulcinea
in don Quijote de la Mancha». Cervantes 14.2 (1994): 81-92.
Se describe a Dulcinea dentro de los cánones de la heráldica petrarquista como un
blasón, lo cual revela los vínculos entre el petrarquismo y el imperialismo en el Siglo de
Oro. La escena de Dulcinea «encantada» es una reflexión sobre los límites del petrarquismo.
REED, Helen H. «Theatricality in the Picaresque of Cervantes». Cervantes
7.2. (1987): 71-84.
El concepto de teatralidad sirve para dar perspectiva a la picaresca cervantina; de esta
manera, la picaresca de Cervantes difiere de la de otros escritores. Valiéndose de recursos
teatrales, da a su picaresca una dimensión crítica que la coloca en la línea de la «metapicaresca».
RODRÍGUEZ VECCHINI, Hugo. «don Quijote y La Florida del Inca». Revista
iberoamericana 48 (1982): 587-620.
Se analiza la Primera Parte del Quijote y la obra de Garcilaso de la Vega (el Inca) publicadas simultáneamente desde un punto de vista histórico. Se señala que si don Quijote
es una historia de cómo hacer novela, La Florida es la historia de cómo hacer una historia
de América que parezca verdadera.
RODRÍGUEZ VECCHINI, Hugo. «La parodia: una alegoría irónica. Reflexión
teórica a partir del Libro del Arcipreste y del Quijote». La torre 6.23 (1992):
365-432.
Se estudian las dos obras como la suma paródica de una época literaria. En el caso del
Quijote, desde el prólogo se manifiesta la intención paródica, en el del Libro del Arcipreste, se ofrece un ejemplo irónico del célebre accessus. Se concluye que la parodia literaria es una alegoría irónica.
RUTMAN, Roanne. «Los prólogos de El ingenioso hidalgo don Quijote de la
Mancha: un contraste y una comparación». Hispanófila 32.1 (1994): 9-19.
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Jorge H. Valdivieso y L. Teresa Valdivieso
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SIMERKA, Barbara A. «‘That the rulers should sleep without bad dreams’:
Anti-Epic Discourse in La Numancia and Arauco domado». Cervantes 18.1
(1998): 46-70.
Basándose en una «poética materialista», se estudian en La Numancia y El arauco
domado de Lope de Vega las innovaciones genéricas, en cuanto a la epopeya como base
del discurso del Siglo de Oro sobre el imperialismo cristiano ibérico.
TESTA, Daniel P. «El Guzmán de Alfarache como modelo y anti-modelo del
Quijote: Essays to Mark theCentenary of His Birth». Américo Castro: The
Impact of His Thought. Ed. Ronald E. Surtz et al. Madison: Hispanic Seminary
of Medieval Studies, 1988. 231-38.
URZA, Carmelo. «Lo maravilloso en el Amadís de Gaula, el Quijote y Cien
años de soledad». Explicación de textos literarios 10.1 (1981): 101-09.
Se analiza como los autores de estas obras plantean una distancia irónica entre su
narrador y el mundo ficticio. El narrador no juzga, pero pone bastante claro que «lo
maravilloso» obedece a la fluctuante y subjetiva perspectiva de los personajes.
WELLER, Celia E. y Clark A. COLAHAN. «Cervantine Imagery and Sex-Role
Reversal in Fletcher and Messinger’s The Custom of the Country». Cervantes
5.1 (1985): 27-45.
Se estudia como la comedia de los dramaturgos ingleses Fletcher y Messinger se basa no
solo en varios episodios y personajes de Persiles sino que además recoge su temática.
Ambas presentan un camino hacia la civilización y el matrimonio cristiano.
H. Estudios interdiciplinarios en torno a la obra cervantina
BORUCHOFF, David A. «Cervantes y las leyes de reprehensión cristiana’».
Hispanic Review 63.1 (1995): 39-55. (Véase «Miguel de Cervantes»)
BRITT, Linda. «Teodosia’s Dark Shadow? A Study of Women’s Roles in
Cervantes’ Las dos doncellas». Cervantes 8.1 (1988): 39-46.
La obra sirve como medio en el cual Cervantes presenta dos mujeres de tipos diferentes
para señalar la que él prefiere como heroína; se destaca que se le permite a la mujer ser
«atrevida» para reivindicar su honor.
CABRERA MEDINA, Luis. «Rocinante, Clavileño, Baciyelmo: palabra y
realidad». Revista de estudios hispánicos (P.R.) 17-18 (1990): 115-27.
XIX
COSTA LIMA, Luis. «Espacio ficcional y recepción del Quijote en el siglo
español». Eutopias 3.1 (1987): 49-66.
COZAD, Mary Lee. «Cervantes and Libros de entendimiento». Cervantes
8.2 (1988): 159-82.
A partir del siglo XVIII, varios editores y eruditos cervantinos propusieron un cambio en
la frase «libros de entendimiento» usada por el cura para caracterizar las obras pastoriles
en el