(compilador) ESCRITOS ESENCIALES DE MILTON H. ERICKSON

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(compilador) ESCRITOS ESENCIALES DE MILTON H. ERICKSON
Harry G. Procter (compilador)
ESCRITOS ESENCIALES DE MILTON H. ERICKSON
Volumen II Terapia psicológica
PAIDÓS
Barcelona Buenos Aires México
Los textos del presente volumen se han extraído de The Collected Papera of
Milton H. Erickson On Hipnosis (tomos 2,3 y 4), publicados en inglés, en 1980, por
Irvington Publishers, Inc., Nueva York Publicado con permiso de Ardent Media y
Mark Paterson.
Traducción de Rafael Santandreu
Cubierta de Diego Feijóo
«The Clinical and Therapeutic Applications of Time Distortion», publicado en
Jan Haley, Advanced Techniques of Hypnosis and Therapy: Selected Papers of
Milton H. Erickson, Gruñe and Stranton, Nueva York.
Volumen 3: © 1980 by Ernest L. Rossi
«Development of Apparent Unconciousness during hypnotic reliving of a
Traumatic Experience», págs. 4552; «The Permanent Relief of an Obsessional
Phobia by means of communication with an Unsuspected Dual Personality», págs.
231260; «The Successful Treatment of a case of Acute Hysterical Depression by a
return under hypnosis to a critical phase of childhood», págs. 122144.
Volumen 4: © 1980 by Emest L. Rossi
«Hypnotic Psychotherapy», págs 3548; «Hypnosis: Its Renascence as a
Treatment Modality», págs. 5275; «Special Techniques of Brief Hypnotherapy»,
págs. 149173; «The Use of Symptoms as an Integral part of therapy», págs.
212223; «An Introduction and Study of Hypnosis for Pain Control», págs. 237245;
«The Interspersal Hypnotic Technique for symptom correction and pain control»,
págs. 262278; «Pediatric Hypnotherapy», págs. 174180; «PseudoOrientation in
Time as a Hypnotherapeutic Procedure», págs. 397423; «SelfExploration in the
Hypnotic State», págs. 427436.
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sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o
procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella
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© 2002 de la traducción, Rafael Santandreu © 2002 de todas las ediciones en castellano
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Impreso en España Printed in Spain
SUMARIO
Introducción: Los enfoques terapéuticos de Milton Erickson
11
Primera parte: Casos iniciales sobre hipnoterapia y su psicodinámica.
15
Introducción a la primera parte
17
1. El desarrollo de inconsciencia aparente cuando se reviven experiencias
traumáticas
21
Método
21
Resultados experimentales
22
Comentario
25
Conclusiones
29
2. La curación permanente de una fobia obsesiva por medio de la
comunicación con una personalidad dual desconocida
31
1. Inducción de catalepsia y de [evitación de la mano bajo hipnosis y sugestión
de un nombre diferente en unas demostraciones universitarias
32
2. Fascinación persistente con la levitación y horror ante la catalepsia 32
3. Investigación sobre escritura automática que conduce a un ataque de
ansiedad aguda
33
4. El descubrimiento de la personalidad dual.
36
5. El uso de un espejo como «bola de cristal» donde contemplar los recuerdos
visuales
48
Resumen
54
Discusión
55
3. El tratamiento adecuado de un caso de depresión histérica aguda mediante
el regreso hipnótico a una fase crítica de la infancia
67
Los sucesos que condujeron al intento de tratar una depresión mediante la
hipnosis
67
Historia clínica
69
Preparación para una investigación de hipnosis indirecta
71
La primera sesión hipnótica
72
El segundo trance hipnótico
80
Tercera sesión hipnótica
84
Resultados terapéuticos
87
Resumen y discusión
88
4. Psicoterapia hipnótica
Diferencia entre inducción al trance y estado de trance
El rol de la sugestión en la hipnosis
Separación entre los niveles consciente e inconsciente
Caso ilustrativo
Comentarios
Resumen
.
91
93
94
97
98
105
106
Segunda parte: Escritos posteriores sobre hipnoterapia
107
Introducción a la segunda parte
109
5. La hipnosis: su renacimiento como modalidad de tratamiento . . .
115
Introducción
115
La hipnosis es tan antigua como la medicina y casi tan antigua como el ser
humano
115
Definición de hipnosis
117
Un estado especial de conciencia
117
La hipnosis en la práctica clínica
118
Tres casos de hipnosis en la práctica médica
121
Edward C.
122
Ann R
131
Sandra W.
137
Tendencias de la hipnosis moderna
142
6. Técnicas especiales de hipnoterapia rápida
145
Sustitución de síntomas
146
Paciente A
146
Paciente B
148
Comentario
150
Transformación de síntomas
150
Paciente C. . . .
151
Paciente D
153
Comentario
156
Mejora de síntomas
156
Paciente E
157
Paciente P
158
Comentario
162
Respuesta emocional conectiva
162
Paciente G
163
Comentario
168
Paciente H
168
Comentario
170
Comentarios generales
171
Apéndice
173
7. El uso ele síntomas como parte integral de la hipnoterapia
175
Caso 1
176
Caso 2
179
Caso 3
183
Comentario final
188
8. Una introducción al estudio y aplicación de la hipnosis para el control del
dolor
189
Introducción
189
Consideraciones relativas al dolor
190
Procedimientos hipnóticos de control del dolor
193
Resumen
198
9. La técnica hipnótica de la intercalación para la corrección de síntomas y el
control del dolor
201
Resumen
219
10. Hipnoterapia pediátrica
221
11. Aplicaciones clínicas y terapéuticas de la distorsión del tiempo
231
Introducción
231
Consideraciones generales de aplicación clínica
234
Paciente A
235
Comentario
238
Paciente B
239
Comentario
245
Paciente C
246
Comentario
248
Paciente D
248
Comentario
251
Paciente E
252
Comentario
256
Paciente F
256
Comentario
261
Resumen general
261
12. Pseudoorientación en el tiempo como procedimiento hipnoterapéutico
263
Paciente A
264
Paciente B
271
Paciente C
275
Paciente D
278
Paciente E
281
Comentario general
13 Autoexploración en estado hipnótico
Introducción
Establecimiento del problema experimental
Procedimiento experimental y resultados
Conclusión
Bibliografía
índice analítico ■
290
295
295
296
298
305
307
321
INTRODUCCIÓN
Los enfoques terapéuticos de Milton Erickson
Este segundo volumen consiste en una selección de los relatos del trabajo
clínico de Erickson. En él encontraremos más de treinta casos, desde pequeños
resúmenes a narraciones detalladas de las sesiones terapéuticas.
La práctica de Erickson destaca, entre otras cosas, por la diversidad de
problemas que podía tratar. Trabajaba con niños lo mismo que lo hacía con
adultos. En cuanto a las especialidades médicas, se atrevía con problemas de
dolor, presentaciones psicosomáticas, dermatología, obstetricia y odontología,
además de lo relativo a la psiquiatría. Por otro lado, Erickson hacía uso de la
hipnosis para tratar la esquizofrenia, las psicosis maniacodepresivas y,
ocasionalmente, incluso alguna disfunción cerebral orgánica. Más ambiciosos
todavía son los casos en los que ayudó a mejorar la calidad de vida de personas
sin patologías incrementando su capacidad deportiva o desbloqueando a los
artistas. Su trabajo también abarca desde la resolución de síntomas específicos
hasta conseguir cambios fundamentales en la identidad de una persona, como en
el caso de El hombre de febrero (Erickson y Rossi, 1992).
Lo que emerge de esta serie de casos es la importancia que concede Erickson
a dirigirse a la persona individual,, única. El insigne psiquiatra aconsejaba:
Miren y escuchen a sus pacientes de verdad. Pongan siempre atención a la
situación en la que se produce el síntoma personalidad del paciente es de
fundamental importancia. Para ayudar, debemos utilizar con todo respeto lo que el
sujeto presenta (Zeig, 1985).
Al leer estos artículos uno infiere la meticulosidad de los procedimientos de
entrevista de Erickson, a juzgar por la calidad de la información que consigue, en
particular, por la significación única que los hechos tienen para cada paciente. Nos
ayudará el saber que Erickson trabajaba típicamente en periodos de tiempo
intensivos: varias horas seguidas durante varios días en una misma semana, a
diferencia de la práctica tradicional que espacia las sesiones de una hora en
intervalos de semanas o meses. De esta manera, acumulando su influencia
hipnótica conseguía sus espectaculares resultados. Parece que Erickson era
igualmente capaz de conseguir los cambios globales que la terapia psicoanalítica
se atribuye, pero en no más de unos días.
Erickson usaba sus casos como «historias terapéuticas y así se las explicaba a
otros pacientes y a sus alumnos. Compartiendo con el paciente algunos ejemplos
—a veces muchos— de cómo la gente resuelve problemas similares, anima al
cliente a crear un «marco de referencia terapéutico» y una perspectiva optimista
que abre la mente a la posibilidad de cambiar (Erickson y Rossi, 1979) Más
específicamente, él creía que el hablar acerca de unos procesos mentales
particulares evoca procesos similares en el oyente. Por ejemplo, hablar acerca de
recordar un partido de fútbol tiende a evocar recuerdos similares. Hablar sobre
olvidar conduce naturalmente a la amnesia. Erickson aconsejaba: si quiere que el
paciente hable de su madre, ¡hable acerca de una situación en la que se
menciona a la madre de alguien! Cuando el paciente habla, el terapeuta usa
ejemplos tomados de historias, chistes y metáforas y de ese modo evoca ejemplos
similares en la experiencia del paciente, lo que desemboca en la conversación en
una espiral de asociaciones personales y recuerdos.
El volumen está dividido en dos partes. Los cuatro primeros capítulos fueron
escritos en las décadas de 1930 y 1940. El contexto de estos artículos es en gran
medida psicoanalitico y Erickson se muestra ya como un maestro del lenguaje con
unos conocimientos profundos sobre psicología. Después, podemos seguir el
desarrollo del trabajo de Erickson en las décadas de 1950 y 1960, donde su
técnica se vuelve cada vez más económica y raramente necesita ir más allá de lo
que el paciente le transmite. Esta fase de trabajo, por supuesto, ha ejercido una
gran influencia en las terapias breves y sistémicas durante la segunda parte del
siglo xx. Es importante, sin embargo, observar el trabajo de Erickson durante todo
su desarrollo. Escritores como Haley (1986) pueden, en su interpretación de
Erickson, subestimar su sofisticación psicodinámica. Erickson era crítico con los
métodos psicoanalíticos por la rigidez de su enfoque y la confianza que ponen en
la comprensión consciente del paciente, pero, como estos casos demuestran, el
éxito de su trabajo recae en buena parte en su gran capacidad para desentrañar
los significados psicodinámicos de las experiencias de los pacientes.
H. G. PROCTER
Bibliografía
Erickson, M. H. y Rossi, E. L, Hypnotherapy: an exploratory casebook.
Irvington, Nueva York, Irvington, 1979. —, El hombre de febrero, Buenos Aires,
Amorrortu, 1992. Haley,
Terapia no convencional, Buenos Aires, Amorrortu,
1996. Zeig, J. K., Un seminario didáctico con Milton Erickson, Buenos Aires,
Amorrortu, 1985.
PRIMERA PARTE
CASOS INICIALES SOBRE HIPNOTERAPIA Y SU PSICODINÁMICA
INTRODUCCIÓN A LA PRIMERA PARTE
Los siguientes cuatro artículos ofrecen una muestra fascinante ele los primeros
trabajos de Erickson, durante las décadas de 1930 y 1940. Erickson no desarrolló
un modelo teórico explicativo de su trabajo. Claramente, prefería ofrecer sus
numerosos ejemplos de trabajo clínico, depositando la responsabilidad en el
lector; que fuese éste quien encontrase las formulaciones y aspectos comunes de
lo que se describe. Dicho esto, estos cuatro artículos son particularmente ricos
porque nos permiten acceder al concepto ericksoniano de trance hipnótico y a la
distinción entre funcionamiento consciente e inconsciente. El capítulo 1 nos
plantea una intrigante situación que nos permite especular acerca de la relación
entre trance e inconsciencia fisiológica. El capítulo 4 es especialmente útil en su
introducción. Esta trata de la distinción entre la experiencia del sujeto de la
inducción al trance y la experiencia del trance en sí misma y se nos señala que es
muy importante recordar que el sujeto está siempre interpretando las sugestiones,
más que respondiendo pasivamente a ellas. Erickson nos ayuda a darnos cuenta
de la responsabilidad del sujeto en cuanto a los procesos autónomos de los
fenómenos de trance. El responsable de que sucedan fenómenos tan remarcables
no es tanto el hipnotizador como el sujeto. Pensar lo contrario ha sido un error de
consecuencias muy negativas: tradicionalmente, se le ha concedido al
hipnotizador un poder que no posee y que ha llevado al descrédito de la
hipnoterapia como procedimiento válido.
En esta fase «psicoanalítica» del trabajo de Erickson se halla siempre presente
un tema crucial, que es la utilización de «mecanismos de defensa tales como la
agresión, la disociación, la represión (o amnesia) y la proyección para conseguir o
ayudar a conseguir el proceso terapéutico. En general, el trabajo de Erickson se
podría resumir como la utilización de los fenómenos de la hipnosis en su terapia.
Erickson practicaba su trabajo terapéutico con lo que él denominaba
«entrenamiento de trance», que consistía en provocar y explorar una gran
variedad de fenómenos hipnóticos en sesiones de práctica de varias horas de
duración. El libro Hypnotic Realities, de Erickson, Rossi y Rossi (1976),
proporciona transcripciones completas de ocho sesiones de entrenamiento de
trance con un solo sujeto que vale la pena estudiar con atención. Este cuidadoso
entrenamiento se pone de manifiesto en los capítulos 2 y 4. En el capítulo 2,
Erickson y Kubie relatan el tratamiento de una mujer con depresión aguda cuya
madre había muerto cuando ella tenía 13 años. Sin embargo, la madre había
tenido tiempo de grabar en la mente de la pequeña la idea de que «el sexo era
desagradable y asqueroso». La comparación de la explicación de esta idea dada
por la mujer adulta y por la niña de 12 o 13 años (regresando hipnóticamente en el
tiempo) es muy instructiva e interesante. La intervención consistió en aceptar las
admoniciones de la madre tal como las entendía la niña, para después ayudarla a
construir lo que la madre le habría dicho en su adolescencia si hubiese continuado
viva. No parece que la joven hubiese podido superar su problema si no hubiese
sido por la elaborada intervención de Erickson, que usó a su compañera de
habitación como acompañante interviniente. De hecho, probablemente, de no ser
por Erickson, ni siquiera hubiese podido llevar a cabo ninguna terapia.
En el capítulo 4 trabaja con un hombre que siente que no ama a su esposa y
que sólo se había casado con ella porque se parecía a su madre (a quien estaba
muy unido). Muy a su manera, Erickson utiliza la tendencia del paciente a
proyectar para generar una alucinación de toda su familia y llevar a cabo después
un psicodrama o «terapia familiar», primero por parejas y luego juntándolos a
todos. Aquí, Erickson no intenta más que provocar un cambio en la cognición
básica del paciente acerca de esa situación (o en el sistema de construcción
mental). De hecho, en cierto sentido, los métodos de Erickson son un tipo de
terapia cognitiva radical.
El capítulo 2 es interesante por el enfoque que nos ofrece respecto a los
problemas obsesivo-compulsivos. En este caso, recurre a la técnica hipnoanalítica
de la escritura automática. Además, plantea interesantes cuestiones acerca de
qué entendemos por desorden de personalidad múltiple o identidad disociativa y
hasta qué punto se trata de fenómenos genuinos, dado que Erickson le da
explícitamente a la mujer un «nombre de trance», lo que es algo común en él, una
técnica más que le permite manejar mejor el trance.
H. G. PROCTER
Abril de 2001
Bibliografía
Erickson, M. H., Rossi, E. L. y Rossi, S. I., Hypnotic Realities: The induction of
clínica! hypnosis and theforms of indirect suggestion, Nueva York, Irvington, 1976.
EL DESARROLLO DE INCONSCIENCIA APARENTE CUANDO SE REVIVEN
EXPERIENCIAS TRAUMÁTICAS1
Milton H. Erickson
Este experimento tenía como objetivo investigar la posibilidad de explorar,
mediante hipnosis, la evolución psíquica de un paciente recientemente recuperado
de un episodio de psicosis aguda del tipo esquizofrénico.
El método empleado consistió en hacerle revivir su pasado lo más
detalladamente posible, siempre en estado de hipnosis.
Método
El procedimiento experimental consistió en entrenar al paciente para entrar en
trance sonambulístico profundo, durante el cual, por medio de una serie de
sugestiones hipnóticas, quedaría completamente desorientado y reorientado a un
periodo anterior de su vida. Una vez reorientado mediante el procedimiento de
darle sugestiones y hacerle preguntas de manera sistemática, fue inducido a
revivir hechos pertenecientes al pasado y a describirlos en detalle como si
estuviesen sucediendo en ese preciso momento. Una taquígrafa fue registrando
todo lo que sucedió y se dijo. En todos los casos en los que dispusimos de datos
para corroborar la exactitud de las descripciones del paciente, pudimos comprobar
que éste podía revivir las situaciones pasadas con una riqueza de detalles
sorprendente.
Debemos puntualizar que ni el estado de vigilia ni el estado de hipnosis
ordinario fueron tan efectivos como el proceso de reorientación. También es
importante destacar que, después de que el sujeto fuese reorientado y reviviese
parte de sus experiencias pasadas, fue necesario unir con sugestiones pos
hipnóticas el lapso entre el presente real y el periodo cronológico al que el
paciente fue reorientado. Sugestiones pos hipnóticas como ésta: «Eso que le
acaba de ocurrir y que usted me ha contado es importante. Usted va a recordarlo
con todo detalle durante el resto de su vida, de manera que dentro de diez o veinte
años seguirá fresco en su mente como ahora».
Resultados experimentales
El estudio de los resultados experimentales reveló un incidente de especial
interés que ilustra las interrelaciones psicosomáticas de una manera inusual. Este
1
M. H. ERICKSON, «DEVELOPMENT OF APPARENT UNCONSCIOUSNESS DURING HYPNOTIC RELIVING OF A
TRAUMATIC EXPERIENEE, EN Archiivs of Neumlogy & Psvcbialiy, 1937, NU 38, PÁGS. 1.2.821.288.
incidente tiene que ver con lo que parecía ser un estado de inconsciencia que
desarrollaba un chico de 17 años al revivir la experiencia de un asalto homicida
sufrido dos años antes. Toda la información sobre la experiencia que habíamos
podido obtener de él era que lo había llevado «a dar una vuelta en coche» y le
habían pegado con tal brutalidad que había necesitado hospitalización. Aparte de
eso, tenía amnesia del resto de los detalles, incluido el nombre del hospital en el
que había sido ingresado. Antes de nada, se le preguntó con insistencia acerca de
los hechos acaecidos, tanto en estado de vigilia como en estado hipnótico normal,
pero sólo obtuvimos respuestas intrascendentes y eso que el sujeto intentaba
cooperar en todo lo posible.
Cuando íbamos a proceder a hipnotizar al sujeto para hacerle revivir aquel
día, éste expresó su temor de que empleásemos esa información para que la
policía detuviese al agresor, ya que se trataba de un malhechor vengativo. Su
conducta y apariencia daban a entender que estaba muy preocupado. Se inició la
recuperación mental del día del incidente y, cuando se llegó a las cuatro de la
tarde, el sujeto revivió, con creciente intensidad, una escena en la que dos
hombres le ordenaban que subiese a un coche —él sabía que eran dos
delincuentes—. Revivió también su miedo durante el largo recorrido que hicieron,
mientras suplicaba lastimeramente a sus raptores. Finalmente, revivió cómo los
hombres le forzaban a beberse una gaseosa y así lo hizo imaginariamente.
Cuando tragaba, hacía muecas de asco e incluso farfulló que sabía amarga,
preguntó si estaba envenenada y se encogió para esquivar un golpe. Su
apariencia era la de alguien en estado de pánico. Después de beber, eructó y, de
repente, miró sorprendido. Sus pupilas, que hasta el momento habían ido
fluctuando de tamaño, se dilataron más y se desarrolló un ligero nistagmo lateral.
Después, se frotó los ojos, se quejó de que no podía ver bien y dijo que estaba
haciéndose tarde, que caía la noche y que estaba mareado. Empezó a mover la
cabeza como para despertarse. El experimentador le preguntó qué le pasaba y
respondió que le estaba entrando sueño. Se notaba que su expresión verbal,
antes clara, se estaba haciendo confusa y que del terror estaba pasando a la
somnolencia.
En ese momento, el paciente estaba sentado en un sofá y el experimentador
comprobaba en él el fenómeno de catalepsia como indicativo del trance hipnótico.
Después de dos minutos de actividad decreciente, durante los cuales el sujeto
movía la cabeza cada vez más despacio y sus palabras se hacían cada vez más
incomprensibles, cerró los ojos a pesar de su aparente esfuerzo por mantenerlos
abiertos. De repente, dio un pequeño grito y sufrió un colapso, por lo que se dejó
caer en el sofá. El experimentador comprobó el estado del paciente y vio que ya
no había comunicación hipnótica con él ni posibilidad de catalepsia. Físicamente,
había una caída de la mandíbula inferior y una marcada atonía de los músculos de
las piernas y los brazos. Por otro lado, los reflejos de las rótulas y las pupilas, que
están presentes durante los periodos hipnóticos, estaban ausentes. La respiración
y el pulso, que habían aumentado paulatinamente de ritmo durante el estado de
pánico, habían disminuido durante la somnolencia y ahora resultaban casi
imperceptibles. En resumen, el sujeto parecía estar inconsciente. Sin embargo,
antes de que se tomasen rigurosas medidas del pulso y la respiración, el paciente
dio signos de recuperación. Se despertó ligeramente y bostezó; la catalepsia
volvía poco a poco. Al cabo de unos segundos, el sujeto abrió los ojos y después
de mirar débilmente a su alrededor, los cerró de nuevo. Se pudo apreciar que
tenía las pupilas dilatadas, que tenía un ligero nistagmo y que no enfocaba la
vista. El paciente se mojó los labios con la lengua en un par de ocasiones y pidió
agua. Débilmente, se frotó la frente haciendo una mueca de dolor. No prestaba
atención a las insistentes preguntas que le hacía el experimentador, « ¿Qué te
pasa?, ¿Qué sucede?», excepto para decir: «Está oscuro, muy oscuro». A esto le
siguió un segundo colapso, de menor intensidad que el primero, pero
aparentemente de la misma clase, con los mismos síntomas físicos, excepto que
la respiración era más profunda y costosa en tanto que el pulso era firme y lento.
Entonces, el experimentador intentó despertar al paciente, pero éste no dio
ninguna respuesta durante varios minutos. Finalmente, volvió la catalepsia y el
paciente abrió los ojos y miró al vacío sin ver nada. Ya no había nistagmo y las
pupilas estaban dilatadas, aunque respondían a la luz. Sacudió la cabeza, bostezó
y se frotó el cuello y después la frente. Aquí hizo otra de esas muecas de dolor,
acompañada de un constante estremecimiento. Por segunda vez, se mojó los
labios con la lengua y pidió un poco de agua. Tampoco ahora respondía a las
preguntas del investigador, excepto para pronunciar las palabras «luz» y
«bosque». De vez en cuando se ponía las manos en las orejas, las frotaba
débilmente y decía «me zumban».
Pronto el paciente pareció recuperarse y pudo responder a las preguntas del
experimentador. Nos explicó que estaba tendido en la cuneta de una carretera que
pasaba por en medio de un bosque; que tenía frío, estaba mojado y muy
incómodo; tenía sed, le pitaban los oídos, le dolía la cabeza y tenía una herida
sangrante en la frente. Muy cuidadosamente, se limpiaba la herida con un
pañuelo. Parecía que ya era de día.
Después, lo recogieron unos hombres y lo llevaron a un hospital. Revivió
parte de los dos días que estuvo allí ingresado, aunque, como había sucedido
antes, de una manera poco conexa e inadecuada. Uno de los datos objetivos que
obtuvimos fue el nombre del hospital.
El tiempo requerido por el paciente para revivir toda la experiencia, un periodo
de dos días y medio, fue de poco más de cuatro horas.
Más tarde, se corroboró la historia del paciente llamando al hospital cuyo
nombre había mencionado bajo hipnosis. Se nos comunicó que en la mañana de
aquel día se había encontrado a un muchacho en un estado de semiinconsciencia,
confuso. Tenía una herida en la frente y no recuperó la plena conciencia hasta el
cabo de dos días. Por otro lado, supimos que el chico había sido informador de la
policía y que sus declaraciones habían servido para identificar a uno de los
criminales, que en realidad era un policía que había estado implicado en varios
homicidios. La policía informó que el chico había desaparecido tras haber dado
uno de sus usuales informes. El ataque de que fue objeto le impidió acudir a la
sesión de declaraciones de la tarde.
En ese punto, el procedimiento experimental fue interrumpido, debido a
circunstancias externas, durante más de un año. Cuando se retomó, decidimos
repetirlo por entero, incluyendo el incidente que acabamos de describir. Los
resultados obtenidos fueron comparados con los de la primera investigación y eran
básicamente idénticos, esencialmente los que se han descrito en este artículo. Los
mismos detalles, las mismas secuencias, las mismas manifestaciones físicas e
incluso las mismas frases y lapsus. Al cabo de otros cinco meses, cuando se
intentaba comprobar ciertos aspectos de una investigación mayor, el
experimentador tuvo la oportunidad de repetir la experiencia con el paciente. De
nuevo, se obtuvieron unos resultados idénticos a los de la primera y segunda
investigación y el tiempo que requirió el trabajo siempre fue de tres a cuatro horas.
Después de cada sesión experimental, el paciente se despertaba del estado
hipnótico con una amnesia persistente de todo lo ocurrido durante el trance. Sin
embargo, se quejaba amargamente de fuertes dolores de cabeza, fatiga, debilidad
y de un profundo malestar. Como atribuyó esas sensaciones a la hipnosis, se
volvió hostil hacia el experimentador y a la idea de llevar a cabo más
investigaciones. De todas formas, con mucho esfuerzo, se consiguió que volviese
a cooperar con nosotros.
Comentario
Una de las primeras consideraciones a la hora de determinar el significado de
estos hallazgos experimentales es la validez de todo el procedimiento
experimental. En este sentido, la mayoría de los artículos de la literatura muestran
que la hipnosis puede ser empleada para despertar asociaciones ocultas a la
conciencia y recuperar material amnésico, de otro modo inaccesible (Erickson,
1933). Es decir, mediante la hipnosis es posible el recuerdo de hechos totalmente
olvidados. Más aún, los recientes trabajos experimentales llevados a cabo por
Platonov y Prikhodivny (1930) han indicado que es posible la regresión, en un
estado hipnótico, a un periodo anterior de la vida. Con esta regresión se
restablecen las pautas de conducta correspondientes a ese momento del pasado y
el sujeto no se ve influenciado por lo que ha aprendido posteriormente. Otros
trabajos experimentales demuestran la posibilidad de producir en el estado
hipnótico cambios significativos de la personalidad-situación objetivamente
medibles (Huston y otros, 1934; Erickson, 1935). A la luz de estos datos, la validez
del proyecto del que salen los hallazgos descritos en este artículo parece más
clara. Además, tenemos la confirmación del hospital donde estuvo ingresado el
paciente y pudimos comprobar que el estado de confusión mental con el que llegó
al centro fue replicado perfectamente en nuestro experimento. El informe del
hospital nos indicó también la posibilidad de que el paciente pudiera haber sufrido
un trauma del que se derivaba su amnesia en estado de vigilia y en estado de
trance normal. Por último, existe una prueba que nos habla de la fiabilidad de los
hallazgos experimentales y es que pudimos repetir los experimentos de un año
para otro con idénticos resultados. Tal coincidencia otorga la máxima credibilidad
a los datos obtenidos.
La posibilidad de revivir experiencias pasadas como un proceso dinámico está
siendo reconocida en muchos foros. La validez del fenómeno se demuestra
repetidamente tanto en el campo psiquiátrico como en el psicoanalítico. Quizás el
mejor ejemplo que se puede tomar de la vida normal para ilustrar este fenómeno
sea la experiencia de soñar un hecho pasado con mucha nitidez. Frecuentemente,
en esos sueños no se da ninguna modificación de la conducta o de las respuestas
del sujeto por el hecho de que hayan transcurrido muchos años y haya cambiado
su manera de actuar; el sujeto responde como si tuviese la edad en la que se sitúa
el sueño. Por lo tanto, el adulto puede ser un niño en todos los sentidos, sin que
aparezcan las respuestas o la conducta propia de su madurez real. Tales sueños,
sin embargo, son espontáneos. La experiencia que nosotros llevamos a cabo fue
el resultado de una experimentación deliberada.
Nuestra experiencia difería de las que se suelen llevar a cabo en psiquiatría y
en psicoanálisis —sin hipnosis— en que el sujeto se hallaba en un estado especial
de trance hipnótico y, por lo tanto, no podía recordar nada procedente de lo
consciente. Además, se trataba de material amnésico que el sujeto no recordaría
después de la experiencia.
La regresión aun periodo anterior de la vida, como es el caso que nos ocupa,
fue provocada por las sugestiones hipnóticas que dimos al sujeto para que se
reorientase. Estas sugestiones tuvieron la propiedad de eliminar todas las
experiencias subsiguientes al hecho revivido, incluido el propio desarrollo de la
amnesia. Podemos decir que tal fenómeno se debe a la disociación hipnótica que
se da entre las pautas de respuesta conscientes del sujeto y la tarea
encomendada hipnóticamente. Por lo tanto, la recuperación de la experiencia con
sus respuestas asociadas apareció como si estuviese teniendo lugar en ese
mismo instante pasado. Una vez iniciado este proceso gracias a la evocación de
recuerdos fácilmente accesibles, la recuperación de cada elemento funcionaba en
sí misma como una ayuda a la hora de obtener material adicional en su orden
cronológico original, lo que constituía una progresión continua hacia la finalización
de la actividad secuencial. Por consiguiente, se iban a producir, en su orden
correcto, las actividades somáticas y psíquicas con sus correspondientes
alteraciones y ajustes ele los estados mentales y psíquicos. Todo el proceso
estaría dirigido por las pautas de conducta establecidas originalmente.
El aparente estado de inconsciencia que desarrolló el paciente suscita
inmediatamente la cuestión de las interrelaciones psicosomáticas. Es una lástima
que las exigencias de la situación experimental, incluido el énfasis en respetar
todo el conjunto del proyecto de investigación, provocasen la pérdida de parte de
los datos con respecto a su estado físico. Sin embargo, toda la información de que
se dispone, incluida la sorprendente apariencia del paciente, apunta a que el
sujeto estaba realmente inconsciente. De hecho, los factores que lo sugieren con
más fuerza son la ausencia de reflejo de las rótulas y las pupilas, los cambios en
el pulso y la respiración y la pérdida de tono muscular. En el estado hipnótico todo
ello permanece inalterado, excepto el tono muscular, que puede incrementarse
(Bass, 193D Asimismo se puede encontrar otra confirmación de la hipótesis del
desmayo en que este fenómeno también se da en el punto culminante de un
sueño terrorífico y está causado simplemente por los estímulos psíquicos que se
suscitan.
Por otro lado, el sujeto se quejaba, después de cada una de las experiencias,
de unos malestares, o efectos posteriores. Ello nos indica que los cambios
somáticos y psicológicos no se limitan al estado experimental hipnótico, sino que
persisten en la condición de vigilia. Tenemos ciertas evidencias de que existen
factores psíquicos que pueden producir cambios en el funcionamiento del cuerpo,
tal como apunta una investigación presentada ante la Asociación Americana de
Psiquiatría en mayo de 1936, en la que se consiguió la producción experimental
de sordera en un sujeto hipnótico (Erickson, 1938a, 1938b).
El resumen temporal que hizo el sujeto del periodo de inconsciencia original,
que fue probablemente más largo, muestra una diferencia cuantitativa y cualitativa.
Seguramente, tal hecho se puede atribuir a que el estado de inconsciencia
experimental surgía de un estado físico y mental en respuesta a estímulos
internos, en contraste con los factores externos de la experiencia original.
También puede surgir la pregunta de por qué el paciente, al quedar
inconsciente en el trance hipnótico e interrumpir la condición hipnótica, no
recuperó la conciencia en el estado normal de vigilia. Aparte del hecho de que
todo el proceso estaba condicionado por la hipnosis, se ha observado un
fenómeno paralelo que consiste en que el sujeto, cuando se recupera de un
estado de inconsciencia, se reorienta hacia la situación inmediatamente
precedente al trauma.
Como conclusión, se ha de hacer especial mención de los efectos psiquiátricos
o clínicos de la experiencia hipnótica de revivir experiencias traumáticas.
Desafortunadamente, no se ha llevado a cabo ningún estudio completo de esos
cambios, pero sí sabemos que se dieron ciertas alteraciones significativas en la
conducta del sujeto que hemos estudiado. Después de la primera recuperación
hipnótica, a pesar de que no se detectó ningún cambio aparente en su situación
amnésica, el paciente mostró una pérdida completa de sus reacciones fóbicas a
visitar la ciudad donde había sido confidente de la policía, aunque, como se supo
después de preguntarle; no acudió a los sitios que frecuentaba normalmente,
racionalizando ese hecho con la explicación natural de que no le había dado
tiempo. Después de la segunda y tercera experiencia, desapareció cualquier rastro
de sus miedos y fue capaz de visitar aquella ciudad y los lugares que frecuentaba
sin problemas. Algunos meses más tarde, durante una conversación casual, me
recordó que una vez lo habrían llevado a dar una vuelta en coche, pero que no
recordaba muchos de los detalles. Dijo que hacía unos días había recordado algo
más sobre esa experiencia, que «Whitey y otro tipo me recogieron en Washington
Street sobre las cuatro en punto y me llevaron a dar una vuelta. Me arrastraron,
me golpearon con la porra y me dejaron en un hospital —creo que era en
Providence—; iban detrás de mí porque me había chivado a la poli. Dijeron que
me atraparían otra vez, pero no lo hicieron». Esto es todo lo que parecía recordar
y lo contó con naturalidad, sin manifestar ninguna tensión. La transformación de su
miedo original en esa facilidad para contar lo que finalmente recordaba de
aquellos hechos sugiere que se dio una catarsis emocional a resultas del
procedimiento experimental y que todo el proceso había ocurrido a un nivel
inconsciente.
Conclusiones
La conclusión más importante que se deriva de este artículo puede resumirse
como sigue:
Mientras el sujeto se hallaba reviviendo hipnóticamente una experiencia
traumática, se pudieron producir cambios psicosomáticos significativos en él, que
culminaron en el desarrollo, y recuperación, de un aparente estado de
inconsciencia. Otras conclusiones son que:
1. La hipnosis puede ser empleada para producir cambios significativos en la
personalidad-situación, como evidencian los efectos psíquicos y somáticos
producidos por la experiencia de revivir un hecho del pasado.
2. El proceso de reorientación hipnótica hacia el pasado hace posible que el
sujeto reviva tal o cual experiencia, tal como sucedió en el momento original, pero
excluyendo los efectos modificadores de la perspectiva y las reacciones
emocionales secundarias que se obtienen en el estado de vigilia normal, lo que
permite la revisión de la experiencia en un orden más secuencial y con mayor
detalle, si es posible, que en el estado normal.
3. La amnesia, incluso cuando viene asociada a las condiciones físicas de un
trauma en la cabeza y una posible narcosis, no tiene por qué evitar la
recuperación de imágenes o recuerdos de importancia.
Bibliografía
Bass, M. J., «Differentiation of the hypnotic trance from normal sleep», en
Journal of Experimental Psychology, 1931, nQ 14, págs. 382399.
Erickson, M. H., «The investigation of a specific amnesia», en British Journal of
Medical Psychology, 1933, n° 13, págs. 143150.
—, «A study of an experimental neurosis hypnotically induced in a case of
ejaculatio praecox», en British Journal of Medical Psychology, 1935, nfi 15, págs.
3450.
—, «A study of clinical and experimental findings on hypnotic deafness: I.
Clinical experimentation and findings», en Journal of General Psychology, 1938a,
n° 19, págs. 127150.
—, «A study of clinical and experimental findings on hypnotic deafness: II.
Experimental findings with a conditioned response technique», en Journal of
General Psychology, 1938b, nB 19, págs. 151167.
Huston, P. E., Shakow, D. y Erickson, M. H., «A study of hypnotically induced
complexes by means of the Luria technique», en Journal of General Psychology,
1934, nQ 11, págs. 1597.
Platonov, K. I. y Prikhodivny, E. A., «Objective proof of experimental changes of
personality», en Psíkhoterapia, 1930, págs. 191203.
2
LA CURACIÓN PERMANENTE DE UNA FOBIA OBSESIVA POR MEDIO DE LA
COMUNICACIÓN CON UNA PERSONALIDAD DUAL DESCONOCIDA* 2
Milton H. Erickson y Lawrence S. Kubie
Durante un año, una universitaria de 20 años—callada, reservada, aunque
desenvuelta— había sufrido secretamente constantes miedos obsesivos de que
las puertas del refrigerador, la cocina, el laboratorio de la universidad y los
armarios quedasen abiertos. Estos miedos la conducían a la compulsiva
necesidad de examinar y reexaminar las puertas para comprobar que estuvieran
cerradas. Se despertaba por las noches para acudir a la cocina y comprobar que
todo estuviese en orden, pero esto provocaba que de nuevo no estuviese segura
de haber cerrado las puertas. Otro síntoma, que aparentemente no guardaba
relación con los anteriores, era su intenso odio hacia los gatos, a los que
consideraba «cosas horribles y repulsivas». Ella atribuía ese sentimiento a una
temprana experiencia de su infancia, en la que vio a «un horrible gato comiéndose
unas preciosas crías de petirrojo». Sabíamos que le gustaba hacer de los
animales de laboratorio sus mascotas, ratas y conejillos de indias, a pesar de los
miedos obsesivos que solía tener a dejarse abierta la puerta de las jaulas o de la
habitación de los animales. Cuando la paciente se visitó, su obsesión iba in
crescendo, pues empezaba a tener fugaces eludas acerca de otras muchas
puertas, aunque no llegaban a ser insoportables.
1. Inducción de catalepsia y de levitación de la mano bajo hipnosis y
sugestión de un nombre diferente en unas demostraciones universitarias
Una estudiante de psicología de 20 años de edad (a la que llamaremos
«señorita Damon») se presentó como sujeto para algunos experimentos sobre
hipnotismo. Por lo tanto, ni el sujeto ni el autor tenían previsto llevar a cabo
ninguna terapia. El trance de la primera sesión estuvo caracterizado por un alto
grado de amnesia, rápida levitación de la mano y catalepsia profunda. Para
demostrar sugestionabilidad, se dio una sugestión pos hipnótica al sujeto: que
durante el trance se llamaría «señorita Brown».
2
M. H. Erickson y L. S. Kubie, «The permanent relief óf an ohsessional phobia by means of eommunication
witli an unsuspectecl dual personality», en Psycboanalylic Quanerly, 1939, n« 8, págs. 471509.
2. Fascinación persistente con la levitación y horror ante la catalepsia
Al siguiente día, la señorita Damon acudió a nuestra oficina sin cita previa.
Quería que le enseñásemos a llevar a cabo los fenómenos de levitación de la
mano y catalepsia del brazo por medio de la autosugestión. En muy poco tiempo
consiguió provocarse estos fenómenos combinados y los repetía una y otra vez,
de una manera más bien compulsiva. Mientras se sugestionaba a sí misma para
levantar o bajar la mano, repetía preguntas como: «¿Ve cómo se mueve mi mano?
¿Cómo lo explica? ¿Qué significa? ¿Qué sucede? ¿Ha tenido alguna vez esa
experiencia? ¿Qué procesos psicológicos y neurológicos se ponen en marcha?
¿No es gracioso? ¿No es extraño? ¿Verdad que es interesante? Es tan curioso,
estoy fascinada».
El sujeto hacía caso omiso de cualquier cosa que se le respondía; en realidad,
parecía no darse cuenta de nada de lo que estaba diciendo.
Cuando se inducía la levitación, su expresión facial era de intenso interés; pero
a medida que su mano o manos alcanzaban el nivel de los hombros empezaba a
desarrollar una aparente catalepsia y su actitud cambiaba radicalmente. Aparecía
una expresión facial que uno podía caracterizar de «disociada». Parecía perder
contacto con todo lo que la rodeaba. De hecho, no respondía a estímulos verbales
o táctiles. Además de la expresión de disociación apareció una mirada de intenso
terror, con palidez, pupilas dilatadas, respiración irregular y dificultosa, pulso
irregular y una marcada tensión y rigidez de todo el cuerpo. En poco tiempo, estas
manifestaciones desaparecían para ser reemplazadas por la mirada anterior de
profundo interés; inmediatamente, sus sugestiones iban dirigidas a bajar la mano y
a la desaparición de la catalepsia.
Más tarde ese mismo día, cuando se le preguntó por qué estaba tan interesada
en la catalepsia y la levitación, sólo pudo hacer algunas racionalizaciones basadas
en su formación psicológica e intereses. No se daba cuenta de que había algo
más en ello, excepto cuando hizo una broma referente a que ya que su salario era
más bien minúsculo, al menos aprovechaba la oportunidad de vivir unas cuantas
experiencias interesantes.
Al día siguiente su conducta siguió el mismo rumbo. Se le ofreció, después, la
posibilidad de llevar a cabo movimientos más complejos, como escritura
automática. La cosa le interesó desde el principio, aunque expresó sus dudas
acerca de su capacidad para llevarla a cabo.
3. Investigación sobre escritura automática que conduce a un ataque de
ansiedad aguda
Después de situar al sujeto en una situación en la que apartábamos su atención
del procedimiento, se le instruyó para que leyese en silencio un artículo sobre
psicología gestáltica y preparase un resumen del mismo. Tenía que ignorar lo que
se dijese u ocurriese entre tanto.
Cuando ya estaba concentrada en la lectura, se le sugestionó para que levitase
la mano. Después, se le dijo que tomase un lápiz y escribiese la razón por la que
estaba interesada en la levitación de la mano y en la catalepsia. Le repetimos esta
última instrucción varias veces y en poco tiempo se hallaba escribiendo sin dejar
de leer el artículo sobre la Gestalt. Hacia el final del escrito empezó a temblar y
mostrar una tensión física generalizada, respiración profunda y dificultosa y
dilatación de las pupilas. Su escritura empezó a hacerse difícil. Cuando acabó de
escribir, su cara estaba pálida y expresaba un profundo terror. Dejó caer el lápiz y
explicó que se sentía «terriblemente asustada» y que quería llorar pero no
entendía por qué, ya que nada de lo que había leído la intranquilizaba.
Con estas palabras su ansiedad pareció desaparecer completamente para ser
reemplazada por una apariencia de interés; después no hizo más referencia al
malestar anterior, como si lo hubiese olvidado por completo. A continuación, se le
preguntó sobre el texto y se comprobó que podía resumir su contenido bastante
bien. Acto seguido, se le recordó la tarea que se le había asignado. Ella preguntó
si había escrito algo, y cuando le mostramos las frases, al principio manifestó
placer y luego descontento. La escritura era ilegible y hasta se podía dudar de que
fueran palabras lo que había allí. Ella la estudió cuidadosamente y logró descifrar
la primera palabra: trenes. Un análisis más detallado —y gracias a que habíamos
visto cómo escribía— nos decía que la palabra en cuestión era trance.
Después se le pidió que repitiese el escrito bajo las mismas circunstancias que
antes. Básicamente se obtuvieron los mismos resultados excepto que esta vez,
cuando hubo acabado, en vez de tirar el lápiz continuó escribiendo en el aire. En
ese momento volvió a decir que estaba «terriblemente asustada». De nuevo, justo
después de verbalizar su malestar emocional pareció olvidarlo, para mostrar
interés en lo que había leído y, después, en entender lo que había escrito. Como
antes, se le pidió que descifrara sus palabras y mientras se hallaba absorta en
ello, se le dio una sugestión en voz baja: «Escriba el resto del mensaje que no
está escrito en el papel». El sujeto, sin darse cuenta, escribió unas líneas que
consistían en palabras sueltas o frases cortas y una de ellas acababa con un
punto muy enérgico. El mensaje completo, tal y como lo escribió, puede verse en
la página siguiente.
Mientras escribía, parecía que rompía el mensaje en fragmentos, escribiendo
un poco aquí, moviendo las manos a otra parte de la hoja, escribiendo un poco
más allá y después insertando una parte entre otras dos frases que había escrito
antes. Por otro lado, tenía una tendencia a mover la mano por todo lo que había
escrito, lo que hacía sospechar que estaba contando las letras o repasando lo que
había escrito. De hecho, el sujeto escribió el punto descrito con anterioridad tras
haber repasado toda la página como si buscase la frase correcta. Después, nos
dimos cuenta de que había otro punto en el texto.
Finalmente, descubrimos que ese escrito constituía un mensaje completo,
compuesto de elementos separados pero relacionados, algunos de los cuales eran
duplicaciones parciales de los anteriores.
Debido a su inusual reacción de levitación de la mano y catalepsia, a los fuertes
efectos que le producía y de los que ella apenas se daba cuenta y por el peculiar
carácter de su escritura automática se estableció la hipótesis de que el material
escrito representaba una llamada de auxilio hacia el investigador. Así que se
decidió tratar terapéuticamente a la joven. La investigación fue llevada a cabo
conjuntamente por M. H. E., un asistente que fundamentalmente le daba
conversación al sujeto, una secretaria que tomaba notas de todo lo que se decía y
se hacía y el sujeto mismo.
Debido a la peculiar manera en que se presentaba el material escrito, el propio
método de presentación constituía una parte significativa del problema, ya que no
se podía seguir ningún orden o procedimiento sistemático de investigación.
Estábamos forzados a seguir el método de ensayo y error, probando y
abandonando muchas estrategias para descifrar lo que había escrito.
Se requirieron más de doce horas de trabajo casi continuo para resolver el
problema. Se avanzaba muy poco a poco, en fragmentos separados. Por razones
obvias, no reproduciremos aquí todo ese proceso de traducción» del texto, pero se
explicarán cuáles fueron los pasos para llegar a la solución del problema.
4. El descubrimiento de la personalidad dual
El primer logro que se consiguió al principio de la investigación, y que se
confirmó más adelante fue: la identificación de una segunda y desconocida
personalidad en el sujeto. Se llegó a este descubrimiento de la siguiente manera.
Después de que la mano del sujeto hubo finalizado el último trazo de escritura
automática, incluido el punto enfático —que fue lo último que hizo—, el
investigador retiró el papel debajo de la mano del sujeto y puso otro en blanco en
su lugar mientras ella todavía sostenía el lápiz en mano. El sujeto no se dio cuenta
de la operación, siguió con su tarea de desciframiento; finalmente dijo en voz alta
que sólo podía leer las palabras trance, mi, catalepsia y nunca y expresó su
sorpresa por no poder descifrar más y dijo riendo: «¿Realmente he escrito ese
galimatías?». Tanto el investigador como su asistente respondieron que sí en el
mismo tono desenfadado. En ese momento el sujeto estaba recostado sobre la
mesa y su mano quedaba fuera de su visión periférica. Ella no se dio cuenta, pero
cuando respondimos a su pregunta, su mano escribió: «No». Inmediatamente, el
investigador le preguntó: «¿Qué quiere decir?», y mientras la señorita Damon se
interrogaba sobre la pregunta, escribió: «No puedo». Entonces, se le preguntó:
«¿Por qué?», a lo que respondió: «Damon no sabe esas cosas».
A partir de ahí, se le hicieron toda una serie de preguntas que para ella no
tenían sentido, pero que la mano respondía automáticamente. A continuación,
reproduciremos esa conversación para que podamos definir esa segunda
personalidad que salió a la luz. El diálogo prosigue a partir de la última respuesta
dada que hemos citado antes. Se trata de un diálogo en el que se pregunta
oralmente, pero ella responde mediante escritura automática.
Investigador: ¿Por qué?
Sujeto: No sé, miedo a saberlo.
I. ¿Quién?
S. Damon.
I. ¿Quién habla?
S. Yo.
I. ¿Yo?
S. Brown.
I. ¿Quién?
S. Yo, Brown. B.
I. Expliqúese.
S. D es D, B es B.
I. ¿B conoce a D?
S. Sí.
I. ¿D conoce a B?
S. No. No.
I. ¿Es B parte de D?
S. No. B es B y D es D.
I. ¿Puedo hablarle a B?
S. ¡Ya lo está haciendo!
I. ¿Y hablarle a D?
S. ¿Quiere?
I. ¿Cuánto tiempo ha sido usted B?
S. Siempre.
I. ¿Qué quiere?
S. Ayudar a D.
I. ¿Por qué?
S. Porque está asustada.
I. ¿Sabe por qué?
S. Sí; D no.
I. ¿Por qué?
S. D asustada, olvidó, no quiere saberlo.
I. ¿Cree que debería?
S. Sí, sí, sí.
I. ¿Usted sabe qué es?
S. Sí.
I. ¿Por qué no nos lo dice?
S. No puedo, no puedo.
I. ¿Por qué?
S. D miedo, miedo.
I. ¿Y usted?
S. Un poco, no tanto.
En este punto, la señorita Damon interrumpió para declarar que estaba
absolutamente perpleja de las preguntas que hacía el investigador y pedía alguna
explicación.
I. ¿Debo decírselo?
S. Sí; ella no lo sabe.
La secretaria leyó entonces las preguntas al tiempo que le enseñábamos las
respuestas a la señorita Damon. Estuvo muy atenta y se veía por su mirada que
iba entendiéndolo todo. Finalmente, dijo: «Eso debe significar que tengo una
personalidad dual» y se sobresaltó cuando vio que su mano escribía: «Correcto».
En unos instantes, recobró la compostura y preguntó: « ¿Puedo hablar contigo?».
«Claro.» « ¿Puedes hablarme tú?» «Sí.» « ¿Realmente te llamas Brown?» «Sí.» «
¿Cuál es tu nombre completo?» «Jane Brown.» Después se supo que Jane era
uno de los personajes literarios preferidos de la infancia del sujeto y que el nombre
importante era Jane y que Brown era un añadido que nosotros mismos habíamos
sugerido en la primera sesión.
La señorita Damon volvió a una de las preguntas de antes y dijo: «¿Quieres
ayudarme, Brownie?». «Sí, Erickson pregunta, pregunta, pregunta.» Las demás
preguntas que le hizo el sujeto obtuvieron más o menos la misma respuesta
críptica: «Erickson, pregunta» y una negativa a elaborar más.
Durante la investigación se halló que la personalidad de Brown era una entidad
literalmente separada, bien organizada, con identidad propia y que diferenciaba
claramente entre Brown y Damon. Brown era capaz de entrar en cualquier
discusión con el investigador, su asistente y la propia señorita Damon, de expresar
ideas opuestas a las del sujeto. Podía saber antes que Damon lo que ésta iba a
decir o pensar y aportaba pensamientos a la señorita Damon de una manera
bastante parecida a como los psicóticos experimentan pensamientos autónomos
en sí mismos. Podía interrumpir una explicación de la señorita Damon escribiendo
«Incorrecto» y podía responder a estímulos que la señorita Damon no entendía o
pasaba por alto. De hecho, dejó tan clara su personalidad que todos en la sala la
entendían como una entidad distinta a cualquier otra. No tenía problemas para
entrar en conversaciones sobre otros temas, a veces con la intención de distraer al
investigador de sus esfuerzos. Además, Brown estaba dotada de un fuerte orgullo
personal; en dos ocasiones le sentaron mal dos comentarios peyorativos de
Damon y se negó a escribir hasta que Damon no se disculpara. Frecuentemente,
Brown se impacientaba e irritaba por la incapacidad del investigador para entender
algunas de sus crípticas respuestas; en tales ocasiones no dudaba en calificarlo
de «bobo».
Una de las características de la escritura automática de Brown era la economía.
Escribía una letra si podía entenderse de alguna manera por la palabra entera,
una palabra por una frase; abreviaciones, contracciones, juegos de palabras. El
uso de esos mecanismos lingüísticos fue en aumento a medida que avanzaba la
conversación. Naturalmente, esto hacía que el diálogo fuese un poco más difícil.
De hecho, cuando se refería a los presentes sólo escribía sus iniciales; «ayuda»
significaba «B quiere ayudar a D» o «E debería ayudar a D»; «L.H.» significaba
«¿Lo hará?»; «No» a veces significaba «no» y a veces «saber»,3 (que a su vez
3
En inglés, no» y «sabe» se pronuncian igual. Por eso Brown utiliza «no ton esos dos
significados. (N. del t.)
quería decir «Brown no sabe» o una frase similar); «sub-consiguiente» expresaba
una mezcla entre «consecuentemente» y «subsiguiente»; y se halló que «so», no
era ni «sí» ni «no», sino «no lo sé». «No» escrito de izquierda a derecha era «no»,
pero escrito al revés, de derecha a izquierda, significaba lo opuesto, «sí». 4 En este
sentido, el lenguaje de Brown era más como el lenguaje de los sueños y
constituye, de hecho, una confirmación de la validez de lo que Freud dijo respecto
al uso de la condensación, elisión, inversión del sentido y dualidad de significado
en el lenguaje de los sueños.
Otro método de abreviación consistía en el uso de una marca vertical que
significaba «sí» y una horizontal que quería decir «no». Una línea oblicua hacía las
veces de «no lo sé». El signo
┐significaba «Primera parte "no", segunda parte
"sí"» y └ quería decir justo lo opuesto.
De forma parecida:
significaban «Primera parte "no lo sé", segunda parte "sí"», etc.
Además de esas economías, Brown utilizaba innumerables pistas y signos para
comunicarse. Muchas veces, simplemente eran demasiado complicados. Por
ejemplo, le preguntamos a Brown: « ¿Podemos obtener información sobre
Damon?». Muy despacio, como dudando, Brown recorrió la página con la mano
como si buscase espacio para escribir, después giró la página y escribió en el
reverso: «Sí». Como la respuesta era contradictoria con otras anteriores, el
investigador le dijo: «No entiendo», lo que provocó el comentario: «Bobo». Se le
preguntó «¿Por qué?» y la respuesta que se obtuvo fue: «Has visto». Tras mucho
esfuerzo, se supo que lo que quería decir es que el investigador había visto que
ella había escrito en el reverso del papel, lo que significaba que había invertido la
pregunta. Entonces se le preguntó: « ¿A qué pregunta ha respondido que sí?». La
respuesta: «A la de Brown».
Otro de los signos que utilizó la personalidad oculta del sujeto fue una línea
oblicua corta que trazaba en cualquier lugar del papel como si fuese un intento
fallido de escribir algo. Más tarde se descubrió que la línea era una marca con la
4
. Este es uno de los acertijos de la escritura automática y una de las razones de que no sea suficiente
leer ¡o que escribe el sujeto, sino que delie verse cómo lo escribe. De hecho, para estudiar el contenido de
esos mensajes es necesario grabar la experiencia en película. La explicación de 13rown acerca de la
inversión de la palabra ■no» fue: «D no [salle] pregunta. I) lee respuesta. D piensa que entiende. E ve la
escritura. E no respuesta real. I) no. Así D no tiene miedo».
que Brown expresaba que una palabra tenía una tilde. Se trataba de la palabra
francesa consequent. El investigador la había tomado por la inglesa «consequent»
y el sujeto le corrigió de esa manera. Cuando el investigador adivinó de qué se
trataba, orgulloso, le preguntó: «Bueno, ¿qué te parece?». Brown respondió:
«Bobo».
Cuando la personalidad oculta de la señorita Damon escribía en una hoja
nueva, quería decir que hablaba de un nuevo aspecto del problema. Ésta era su
manera de expresarse, escribiendo sobre frases ya escritas, separando aquí y allá
las diferentes partes de una frase, poniendo puntos en medio de una frase o muy
lejos del final de la misma, apuntando la punta o la goma del lápiz hacia una
palabra, dando respuestas contradictorias a una misma pregunta, contando las
letras de una palabra, las palabras de una frase y dando diferentes cantidades
totales según el momento; escribiendo mal una palabra para llamar la atención
sobre ella y muchas otras cosas que al principio fueron pasadas por alto o
interpretadas erróneamente.
La actitud de Brown hacia la investigación era consistente y muy significativa.
Decía que ella era la única que sabía el significado de la escritura, que la señorita
Damon no lo sabía y que debido al miedo no lo podía saber; que la señorita
Damon necesitaba ayuda y que sólo ella sabía cómo dársela y que la función del
investigador era fundamentalmente asumir la responsabilidad y hacerle a Brown
sólo preguntas directas y específicas, con la reserva de que Brown podía aceptar,
rechazar o posponer las preguntas si pensaba que eso era lo mejor. Se comprobó
que Brown protegía a Damon pidiendo que la tratásemos con especial cuidado,
apoyándola, distrayendo su atención, engañándola a veces, etc.
Quizás el mejor retrato de la actitud de Brown sean las respuestas que dio:
»La escritura significa mucho, B lo sabe todo, D no, no puede, miedo, hace
mucho tiempo olvidó algo, D no puede acordarse porque nunca supo nada de ello,
ella pensaba que sí pero no. B tiene miedo de contárselo, D se aterrorizará,
llorará. A B no le gusta que D esté asustada, no dejará que se asuste. B no le
puede decir a D, no se lo dirá. 1) debe saber. D debe obtener ayuda. B necesita
ayuda. Erickson pregunta. Pregunte lo correcto, B dice a Erickson la respuesta
correcta. Pregunta errónea, respuesta errónea. Pregunta correcta, sólo pregunta
correcta y B responde, pero no dice a D porque está asustada. Erickson pregunta,
pregunta, pregunta. Brown responde, pero no demasiado deprisa porque D se
asusta, llora, enferma. B cuenta la verdad, la verdad. Erickson no entiende, no
entiende porque no sabe. B intenta decirlo. Erickson no pregunta lo correcto.
Pregunta, pregunta, pregunta. B no puede decir, no dirá. B tiene un poco de
miedo; B sólo responde. Pregunta, pregunta».
Se intentó de manera indirecta que Brown diese algunas pistas sobre qué
teníamos que preguntar, pero la respuesta siempre era «Erickson pregunta, B
responde; pregunta correcta o incorrecta, respuesta correcta o incorrecta».
Por lo tanto, la tarea básica del investigador pasó a ser la de investigar primero
qué preguntas hacer y, después, hacer las preguntas de manera que se pudiese
responder con sólo una palabra. Las pistas que nos daba Brown parecían dirigidas
a provocar un interrogatorio más agresivo. Por otro lado, en conversaciones que
tuvimos sobre otros temas, Brown no mostraba restricciones. Además, en esas
char
El investigador le comunicó a B su impresión respecto de la conducta de D, a lo
que replicó: «Puede ser. No se lo diga demasiado rápido todavía».
Después, tras varias preguntas más, se pudieron descifrar las siguientes
palabras: trance, hará, mi, catalepsia, todas, nunca, y fueron puestas en orden en
las frases como sigue:
Palabra
Trance
Hará
Mi
Catalepsia
Todas
Nunca
Posición
1
2
3
10, 11 o 12
8, 9 o 10
13 o 14
Frase
1
1
1
1 y 2 en una secuencia
1 y 2 en una secuencia
1 y 2 en una secuencia
(Al final del artículo daremos una explicación completa de este esquema.)
Se hicieron más preguntas, pero resultaron inútiles. Brown respondía «No» a
todas las preguntas.
Más tarde, se intentó iniciar otra estrategia haciendo que la señorita Damon
mirase las distintas partes del escrito y diese asociaciones libres; pero fuimos
interrumpidos por Brown, que escribió: «No, no». Además, la señorita Damon
desarrolló un bloqueo de tal manera que era incapaz de entender la tarea. Aquí
encontramos un interesante paralelismo con la conducta de esos pacientes que,
en análisis, siguen muy atentos las explicaciones sobre lo que tienen que hacer,
pero luego se muestran incapaces de entender la tarea de la asociación libre. En
el caso de Brown y la señorita Damon, parecía que B podía bloquear los procesos
intelectuales de D.
Ya que la señorita Damon conocía el código Morse, se le sugirió a Brown que
podía usar ese método para darnos su mensaje. La palabra que se obtuvo fue
S.O.S., lo que, según nos dijo la propia Brown, significaba «E ayuda, pregunta».
Después se intentó identificar palabras y letras sueltas sin tener en cuenta su
posición en las palabras o frases. A esas preguntas, Brown respondía con
respuestas confusas, contradictorias y conflictivas. Finalmente dijo: «No puedo;
no puedo; no son las preguntas correctas», pero tampoco nos decía cómo
teníamos que preguntar.
Llegados a ese punto, se le preguntó a Brown si el investigador debía continuar
intentando descifrar palabras sueltas, y dijo: «Intenta». De acuerdo con esta
estrategia, se le pidió a Brown que trazase dos líneas horizontales, una para
simbolizar la palabra con más significado del mensaje y la otra para la menos
significativa, y dibujarlas con la longitud que ella quisiera, igual o desigual, ya que
las líneas en sí no tendrían ningún significado.
Brown dibujó dos líneas, una el doble de grande que la otra. Cuando hizo la
primera, sin embargo, se vio que se detenía momentáneamente hacia la mitad,
mientras la segunda línea la hizo de un solo trazo. El investigador tomó esto como
una pista e inmediatamente apuntó a la primera línea con su bolígrafo, pero en
realidad cubrió la última mitad de la línea. Mientras hacía esto, la señorita Damon,
que había estado comentando con el asistente la extraña actitud del investigador
haciendo preguntas absurdas, dijo que él debía de estar muy absorto para no
notar el desagradable olor del cigarrillo que había dejado caer en el cenicero.
Mientras el investigador se disculpaba, vimos que Brown apartaba la hoja donde
había trazado las dos líneas. De nuevo, se le preguntó a Brown si podíamos
continuar con las preguntas, a lo que respondió: «Pregunta, intenta». Así que nos
concentramos de nuevo en la línea y preguntamos a B por qué se había detenido
en la primera línea, quizá porque allí había dos palabras. Todo lo que recibimos
por respuesta fue que la pregunta no era la correcta. Finalmente, el investigador
preguntó enfáticamente: «Esa línea partida significa que hay dos palabras en eso
que has escrito, ¿verdad?». «Sí.» «¿Y la palabra olor tiene que ver con la primera
parte, verdad?» «No.» « ¿Quieres decir que puede que sea o no desagradable?»
«Sí.»
Aquí, Brown llevó la mano a otra parte de la hoja, mientras la señorita Damon
declaraba que, de repente, había sentido miedo y que tenía ganas de llorar. Brown
escribió: «Ayuda D», y cuando interpretamos esto como «Consuela D», Brown
escribió: «Cierto». Inmediatamente, el investigador inició una conversación con la
señorita Damon sobre la investigación. Al poco rato, el sujeto se hallaba sosegado
y muy interesado por los detalles de la investigación. Sin embargo, al final, el autor
le enseñó la línea partida y de nuevo Damon experimentó ese temor, dijo que no
entendía qué le pasaba y, de hecho, hizo un pequeño chiste sobre su situación.
De repente, Brown escribió: «Se siente mejor, pregunta, y después escribió
«Con», una sílaba que había escrito antes pero que se había dado por
equivocada. A continuación, se le preguntó a B durante un buen rato, con la
participación de Damon. Ahora surgieron las palabras subconscientemente,
subsiguiente, consecuente y consecuencias y de todas dijo Brown que eran
correctas e incorrectas. La señorita Damon, impaciente, dijo de Brown que era
«mentirosa» y «loca». Ante eso, Brown se negó a escribir más; sólo lo hacía para
decir «No». Finalmente, se le preguntó el porqué de su actitud y respondió:
«Enfadada». Cuando la señorita Damon leyó eso, se sonrojó avergonzada y dijo:
«Brown quiere que me disculpe», y luego añadió: «Lo siento, Brown». El
investigador le preguntó a Brown si aceptaba las disculpas y estaba dispuesta a
escribir de nuevo, a lo que ella respondió: «E, E, E», como si quisiese dirigirse
sólo al investigador, mientras la señorita Damon conversaba con el asistente
acerca del incidente del enfado de B. El investigador siguió con un «Qué», a lo
que Brown replicó: «Dormir». « ¿Por qué?», le preguntamos. Su respuesta fue:
«Interfiere». Cuando Brown escribió esto, la señorita Damon se hallaba mirando
hacia otro lugar, pero aun así dijo: «Brown quiere castigarme». Enseguida le
preguntamos al sujeto qué quería decir, pero sólo nos dijo que había «sentido»
que iba a ser castigada, pero que no podía explicar la razón de ello a no ser que
fuese porque a Brown no le hubiesen satisfecho las disculpas. Mientras decía
esto, Brown escribió: «E, esperando». Aceptando la reprimenda implícita en la
expresión de B, el investigador hipnotizó a la señorita Damon, para que no
interfiriese en la comunicación.
A partir de ahí, se hicieron algunos progresos en relación con las palabras de
Brown. Ésta eliminó la palabra subconsciente y declaró que subsiguiente era la
palabra correcta, escrita correctamente y, al mismo tiempo, la palabra incorrecta y
mal escrita. En ese punto, la señorita Damon se despertó en un estado de terror,
se recuperó rápidamente y empezó a hablar al azar de varios temas, mencionando
entre otras cosas que su abuelo era francocanadiense. Al poco rato, Brown
escribió «Dormir» y el investigador obedeció y puso a la señorita Damon a dormir.
Más preguntas nos revelaron que había algunas palabras en francés y que la
palabra que buscábamos podía ser subsement o consequent o algo así. Mientras
charlábamos de esto con Brown, la señorita Damon se despertó en varias
ocasiones y se volvió a dormir, mostrando un intenso terror cada vez que se
despertaba. Cuando se le preguntó acerca de la señorita Damon, Brown explicó
que no se podía hacer nada para ayudarla, que era necesario que ella
experimentase esos momentos de terror, pero que se sentiría mucho mejor tan
pronto como hubiese pasado por ello. Según dijo, ese miedo tenía que ver con la
palabra que buscábamos. Finalmente, la señorita Damon se despertó tranquila y
preguntó cómo iba todo. Brown escribió: «Dile». Como el investigador no sabía
qué decir exactamente, probó a señalarle a Damon las últimas palabras. La
señorita Damon comentó con interés que parecía que el problema era que se
trataba de palabras francesas, pero mal escritas. Tras decir esto, Brown escribió:
«Mira». Esto hacía referencia a la señorita Damon, aunque todos nos pusimos a
mirar y examinar las palabras, pero Brown escribía impaciente: «Mira, mira, mira».
Dirigimos la atención de la señorita Damon a ello y ésta dijo: «Debe ser mirar a
otro sitio; ¡claro, el diccionario!».
Fuimos mirando el diccionario, página tras página, hasta que se comprobó que
había una palabra parecida a la de Brown. Ella nos dijo que le parecía que era la
palabra correcta bien escrita, pero al mismo tiempo la palabra inadecuada, porque
Brown no había escrito bien la palabra: «Nunca aprendí a escribir correctamente».
A continuación le pedimos a Brown que escribiese su palabra de nuevo y
obtuvimos «subitement», luego «subsequemment», después «subsequent». Le
preguntamos si «subsequent» era lo correcto, pero Brown no respondió y la
señorita Damon desarrolló un intenso terror que la llevó incluso a olvidar los
últimos pasos de la investigación. Pronto se recuperó y se puso al día, pero como
si justo se hubiese despertado de un trance.
Le preguntamos a Brown si había visto alguna otra palabra significativa en el
diccionario. «Sí.» « ¿Su palabra?» «Sí. Escrita de otra manera.» Aquí, la señorita
Damon interrumpió para preguntarle al investigador: « ¿Qué quiere decir él
[refiriéndose a Brown]?». Este lapsus linguae fue seguido de una repentina palidez
y un rápido olvido de la cuestión. Seguimos con Brown y su palabra nueva y
escribió: «Niaise». Cuando la señorita Damon declaró que esa palabra no existía,
que nunca la había oído, Brown escribió: «D no lo sabe». Se le preguntó si, de
alguna manera, esa palabra se hallaba entre las que había escrito antes y
respondió que sí. Se le preguntó: «¿De dónde la ha sacado?», y Brown respondió:
«Abuelo» y, un interrogatorio más profundo nos reveló que a la edad de tres años
la señorita Damon se perdió y que su abuelo la llamó «Niaise». (Más tarde,
Damon hablaría de este mismo episodio, pero según ella ocurrió a los cuatro
años.)
Entonces, Brown se negó a continuar hablando sobre ese tema, explicando que
«B tiene miedo, D tiene miedo de que B diga». La señorita Damon leyó esto último
y le pareció divertido. Dijo que ella no tenía ningún miedo y que de hecho estaba
«enormemente interesada». Mientras Damon hablaba Brown dijo: «D no sabe».
Cuando la señorita Damon lo leyó, dijo: «Mira que es escueto». Inmediatamente,
el investigador preguntó: «Brown, ¿qué piensa de la última frase de Damon?».
Brown escribió: «B es ella. I) dice él poique quiere decir Da/. D no conoce a Da/ B
no Da/». La señorita Damon seguía esto último con gran interés y le preguntó a la
secretaria si realmente había dicho «él» y después explicó que «Da» eran las
primeras dos letras de Damon y que los tres guiones significaban m, o y n.
Cuando acabó de decir esto, Brown lanzó los tres lápices, el papel y los libros al
suelo mientras la señorita Damon dio un grito y dijo aterrorizada: «Brownie está
teniendo una rabieta», y añadió: «No lo puede evitar».
No se pudo obtener más información ni de la señorita Damon ni de Brown,
hasta que la señorita Damon, suplicando pidió: «Por favor, Brownie, danos la
información», a lo que Brown replicó: «¿Supongo que fallo?». En un tono
desafiante, la señorita Damon replicó: «Brown, ¿lo sabremos alguna vez?». Muy
despacio, Brown escribió: «Sí». La señorita Damon se tapó la cara con las manos
y se puso a llorar. El investigador preguntó: «¿Cuándo?». «No lo sé.» En una
actitud firme y un tanto agresiva, el investigador declaró que ya habían pasado
demasiadas horas, que ya eran las cuatro de la tarde y que el asistente tenía una
cita y también la secretaria y que se debía tener más confianza en Erickson. En
ese momento, el asistente dijo que su cita era para las ocho. Se le preguntó a
Brown cuándo iba a estar en disposición de darnos toda la información. La
señorita Damon se alegró cuando
Brown escribió: Siete y media», pero cuando le pidió que confirmase su
promesa, Brown la ignoró, escribiendo: «E, pregunta, trabaja».5
5 El uso de un espejo como «bola de cristal»
donde contemplar los recuerdos visuales
Cuando se le preguntó cómo íbamos a seguir, Brown escribió: «Cristal». La
señorita Damon explicó que Brown debía de querer que ella mirase una bola de
cristal, lo cual era ridículo, según ella, porque no sabía cómo hacerlo, sólo había
oído hablar de ello y no sabía cómo podía hacerlo. Brown replicó: «Esperando».
Consecuentemente, se le indujo un trance y usando un espejo que reflejaba el
techo se le dijo a la señorita Damon: «Brown quiere que mire el cristal y vea». Tan
pronto como miró al cristal, apareció una expresión de intenso terror en su cara y
despertó llorando, encogiéndose en la silla, ocultándose la cara y declarando que
estaba «horriblemente asustada» y suplicando ayuda. Evidentemente, la cara del
investigador reflejó su alarma, pero antes de que pudiese decir nada, Brown
escribió: «Está bien, E. D sólo está asustada. Tiene que ser así. Después, se
sentirá mejor. Sólo consuélala». El investigador hizo un par de comentarios para
relajarla, mientras Brown escribía «Bien» y la señorita Damon reiteraba, entre
lágrimas: «Estoy tan asustada, estoy terriblemente asustada».
Al poco tiempo, la señorita Damon recuperaba su compostura y pedía perdón
por su conducta «infantil». Al mismo tiempo, Brown escribía: «Mejor ahora;
cristal».
Se fue repitiendo el procedimiento una y otra vez, pero con los mismos
resultados, excepto que ahora el sujeto conseguía echar unas largas ojeadas al
cristal, y cuando iba a decir algo sobre ello se despertaba. Después, tuvo otro de
sus ataques de pánico, que duró unos veinte minutos, aunque ahora Brown decía:
«D pronto se sentirá bien», «Todo va bien» y «D se está preparando para saber,
pero no sabe».
5
Aquí, Brown especifica el momento exacto en el que aclarará la cuestión. Muchas veces, es conveniente
preguntar a los sujetos la hora exacta, o el día en que entenderán algo. Normalmente se les pide que no
pongan un plazo demasiado corto o demasiado largo ya que ello les da un objetivo y una tarea y los libera
detener que entender la cuestión a cada momento. Además, así disponen de tiempo para prepararse para
aceptar la información que van a recibir. No es infrecuente que en el análisis se determine arbitrariamente una
fecha de finalización del tratamiento. Se trata de un procedimiento paralelo.
Finalmente, cuando la señorita Damon se recuperó, disculpándose por su
explosión emocional, B escribió: «Cristal».
Se indujo otro trance en el que se sugestionó al sujeto para que viese en el
cristal. La señorita Damon nos informó de que veía a su abuelo y que éste le decía
una palabra. Mientras se nos decía esto, Brown escribió: «B está asustada, muy
asustada». La señorita Damon se despertó, pero sólo preguntó: «¿Qué hora es?»,
aunque el reloj del investigador estaba sobre la mesa y todos lo podían ver. Corno
respuesta a su propia pregunta miró el reloj y dijo la hora correcta, las seis treinta
y cinco. B, en ese momento, escribió: «25 para las 7». La señorita Damon
comentó: «Las siete debe de ser un número importante para B. Me pregunto por
qué,» y miró al investigador con expresión interrogativa. Mientras la señorita
Damon esperaba una respuesta, Brown escribió:
D no sabe todo 7,30.
D dice entonces —olvidado hace tiempo.
B no dirá.
B no dejará D saber hasta 7,30.
En ese momento, la señorita Damon preguntó sin darle importancia: «Brownie,
¿cuál es tu nombre de pila?», y como Brown no decía nada, la señorita Damon,
muy excitada, dijo: «¡Él está loco! ¡Él! ¡Por Dios!». Entonces, extrañada le
preguntó a Brown por qué había dicho él. Brown respondió: «D sabe pronto; no
preparada todavía». La señorita Damon hizo un gesto dando a entender que no
había nada que hacer con esas respuestas y Brown escribió: «D no cree porque
tiene miedo». La señorita Damon declaró que había tenido miedo antes, pero que
ahora no temía nada en absoluto y que más bien estaba intrigada y se divertía.
Brown comentó: «D no sabe. D equivocada. D estará preparada pronto. 7,30 es la
hora correcta; D aún tiene tiempo». Después de esto, la señorita Damon se burló
diciendo que, por supuesto que estaba preparada para cualquier cosa; que no
tenía ningún miedo. Brown repitió sus comentarios y finalmente dijo: «B dice a
todo el mundo a las 7,30 D entiende; nadie más».
De repente, la discusión de la señorita Damon y Brown cambió de tono y ahora
la joven estaba definitivamente inquieta. Dirigiéndose a la señorita Damon, el
investigador le preguntó qué sucedía aunque, para la sorpresa de ésta, respondió
Brown: «Primero D miedo vago, después miedo de saber algo, después miedo de
no llegar a saber; ahora tiene miedo porque va a saber. D miedo porque va a
saberlo, con el saberlo escrito con fuerza, remarcándolo.
La señorita Damon intentó ridiculizar esta explicación, pero era evidente que
estaba incómoda y empezó a atacar la lógica de varias de las afirmaciones
anteriores de Brown.
De repente, la señorita Damon miró su reloj y nos recordó que eran ya las siete
y doce. Inmediatamente, Brown escribió: «7,21», y la señorita Damon dijo
excitada: «Mire, ha invertido el orden de los minutos».
Cuando se le preguntó a B por qué, respondió:
D piensa 7,07 [Damon lo negó].
E no entiende.
E lo entenderá más tarde.
Y eso fue todo lo que se pudo saber. Mientras la señorita Damon analizaba este
último material, Brown escribió: «D recordará a las 7,23».
Señorita Damon: Eso es ridículo. ¿Cómo puede decir algo así? No hay nada
que recordar.
Brown: B está cambiando la idea de D.
Señorita Damon: No, no, no hay nada que recordar.
Brown: D no sabe. B está cambiando la idea de D.
Señorita Damon: Eso es ridículo. Como si no supiera cuando cambio de
opinión.
Inmediatamente, se puso a sollozar intensamente, aunque sólo un instante y,
en seguida, preguntó tímidamente: « ¿Pero es que tengo alguna razón para estar
asustada?».
Brown: Sí.
Brown al investigador: D llora, no importa, nada ayuda. D se siente mejor.
La señorita Damon, todavía llorando, observó a las siete y veintidós y medio
«que el tiempo pasa rápido», recuperó la compostura, negó que hubiese nada que
recordar o que estuviese asustada de recordar, fluctuando entre la curiosidad y la
aprensión.
A las siete y veintisiete y medio, tuvo otro ataque de pánico, llorando,
encogiéndose en su asiento y declarando lastimeramente que no había nada que
recordar.
A las siete y media, B escribió despacio, debido a las interrupciones de la
llorosa señorita Damon, lo siguiente: «consecuencias de hacerse con la rata
almizclera para la pequeña idiota». A esto, la señorita Damon reaccionó llorando,
estremeciéndose y pidiendo ayuda hasta las siete y treinta y cinco. Exactamente
en ese momento recuperó la compostura y declaró con gran interés: «Recuerdo
una historia que nos contó nuestro abuelo cuando éramos niños. Una rata
almizclera entró en la cocina. Todo el mundo la persiguió tropezando con todo lo
que había por en medio. No sé qué tiene que ver esto con lo que escribe mi
mano».6
6
. En este momento es necesario explicar el hecho ele que se citen diferentes horas. (1) Brown prometió a todo el
mundo que diría lo que sabía a las 7,30. (2) Un poco después, la señorita Damon mencionó que eran las 7,12 y Brown que
El investigador preguntó: «Bien, ¿qué significa eso?». Brown replicó: «D sabe,
E no entiende, se lo dije antes». Erickson: «Tú decías que ibas a darnos el
mensaje completo». La señorita Damon interrumpió verbalmente: «Toda
catalepsia
súbita las consecuencias de pillar a la rata para la pequeña
idiota». Erickson: ¿Es eso? Brown: No.
Erickson: ¿De qué se trata?
Señorita Damon: No puede pronunciar correctamente; busquemos en el
diccionario.
Después de mucha búsqueda, Brown escribió: Subséquemment, subséquent,
subsiguiente.
Erickson: ¿La frase es?
Brown: Toda catalepsia subsiguiente consecuencias de pillar a la
rata para la pequeña idiota. Erickson: ¿La primera frase? Brown: No.
Erickson: Escribe primero.
Brown: ¿Trance entrasí mi rata?
Señorita Damon: No sabe escribir bien, la pobre.
Brown: Entra, entra así.
Señorita Damon: Así.
Erickson: ¿Dos palabras? ¿Cuál es la primera? Brown: Entra. Erickson: La rata.
Brown: La rata almizclera. Erickson: ¿Las frases reales?
Brown: Trance, entrará mi rata, así. Toda catalepsia subsiguiente
las consecuencias de pillar a la rata a la pequeña idiota. Erickson. No entiendo
nada. Brown: D sí.
eran las 7,21. La señorita Damon creía que Brown había invertido las cifras del número 12, pero Brown le replicó: «Damon
piensa 7,07. Claro está que la señorita Damon no estaba de acuerdo. (3) Brown dijo: «E no entiende. Entenderá más
tarde». A ello le siguió la afirmación: «Damon empezará a recordar a las 7,23. (4) A las l,22xh Damon afirmó sin venir a
cuento que el tiempo pasa rápido, pero a las 7,27'A, le entró un ataque de pánico. (5) A las 7,30 Brown escribió el material
que conduciría a la resolución del problema, pero Damon no se dio cuenta de ello hasta las 7,35. La explicación de esos
hechos es la siguiente: la señorita Damon miró un reloj que estaba sobre una mesa y leyó las 7,12, Brown escribió esos
números, pero invirtió las cifras para llamar la atención .sobre los minutos. La señorita Damon dijo, «Mire, ha invertido el
orden de los minutos y Brown replicó: «Damon piensa 7,07», y entonces afirmó que el investigador no entendería sino más
tarde. Ahora debemos darnos cuenta de que 7,07 es exactamente cinco minutos menos que las 7,12. Por otro lado, la
promesa de Brown era que a las 7,23 Damon empezaría a recordar, pero en ese momento lo único que ocurrió es que
Damon dijo que el tiempo pasaba rápido. A las 7,27'A, sin embargo, le entró un ataque de pánico, aparentemente cinco
minutos tarde. A las 7,30, de acuerdo con el compromiso de «decirlo todo», Brown escribió la frase decisiva; pero de nuevo
Damon no se dio cuenta hasta las 7,35. Cuando el investigador más tarde le preguntó a Brown: «¿Por qué no has cumplido
tu promesa de las 7,30?», la respuesta fue: «Lo hice. Mi reloj». Cuando miramos el reloj de pulsera de Damon,
comprobamos que iba cinco minutos retrasado con respecto al de la mesa. Cuando justamente mirábamos los relojes para
darnos cuenta de la diferencia de la hora, Brown señaló con el dedo las 7,07 que había escrito en la hoja. Y después señaló
las frases «E no entenderá. E entenderá más tarde».
La explicación de la señorita Damon: «Ahora ya sé lo que significa. Lo que pasa
es que las palabras tienen muchos significados a la vez. Cada una quiere decir
una cosa diferente. Ya verá; yo estaba interesada en la catalepsia; no era
catalepsia sino rigidez. Estaba asustada por lo que sucedió con la rata almizclera.
Cuando tenía cuatro años de edad me perdí [Brown interrumpió para escribir que
tenía tres años y la señorita Damon aceptó la corrección, diciendo que
probablemente no lo recordaba bien, Brown comentó: «Correcto»] y llegué a estar
realmente asustada. Mi abuelo me regañó cuando volví a casa; me llamó «petite
niaíse» [Brown escribió petile niase, señaló lo que había escrito y añadió un punto
muy enfático]. Me dijo que había dejado la puerta abierta, pero no era cierto. Yo
me enfadé muchísimo con él y decidí dejar las puertas abiertas para fastidiarle. De
hecho, convencí a mi hermano para que lo hiciera también. Dejábamos abiertas
las puertas de la despensa y del congelador. Y mi abuelo se rió de mí por
perderme y me contó, mientras aún estaba asustada, que una vez él también se
perdió y que una rata almizclera se metió en la despensa y puso todo pat as
arriba. Pensé que yo también había hecho eso. Estaba tan asustada que mezclé
la historia de mi abuelo con la mía». Aquí Brown escribió: «Petite Niase piensa
que ella es su abuelo. «Estaba tan enfadada con mi abuelo y tan asustada que
dejé las puertas abiertas para fastidiarle y me preguntaba si vendría otra rata
almizclera.» De nuevo Brown escribió "Petite niase piensa que ella es su abuelo».
Esta vez, la señorita Damon se dio cuenta de lo que escribía B, lo leyó, se rió y
dijo: «Se acuerda de cuando llamé a Brown él, y Brown escribió Da- - -? Bien,
puedo explicarlo. Brown le decía que yo no sabía quién era porque el nombre de
mi abuelo era David. Como mi nombre, que empieza por Da y tiene tres letras. Y
eso es lo que Brown quiere decir cuando dice: pequeña idiota (es la traducción de
petite niaise), piensa que es su abuelo».7
Erickson: ¿Alguna cosa más, señorita Damon?
Señorita Damon: No. Eso es todo.
Brown: Sí.
Al ver lo que escribía Brown, la señorita Damon se sonrojó y preguntó:
«Brownie, ¿tiene que ver con mi problema de las puertas?».
Brown: Sí, cuéntalo.
La señorita Damon explicó entonces cuál era su fobia, pero ahora hablaba en
pasado. Después, la señorita Damon preguntó: « ¿Tiene esto que ver con el
hecho de que no me gustan los gatos?».
7
La persistencia de Brown es digna de mención. Por dos veces, Brown señaló la frase «La pequeña niase piensa que
es su abuelo», aparentemente para evitar que Damon se olvidase de ello.
Brown: Sí.
Señorita Damon: ¿Cómo?
Brown: Los gatos persiguen a las ratas.
Señorita Damon: «He racionalizado mi temor a los gatos. Yo siempre pensé que
era porque vi cómo un gato cazaba una cría de petirrojo, un precioso petirrojo.
Pero la realidad es que no me gustan los gatos porque, bueno, a los gatos les
gustan las ratas y a mí no me gustan las ratas».
Después, con una exclamación de satisfacción, la señorita Damon dijo: «Ahora
ya sé por qué siempre he pensado que había algo equivocado en mi afición por
las ratas de laboratorio. Cuando jugaba con ellas, sabía que no me gustaban, pero
siempre me convencía de que sí y, de hecho, me gustaban, pero de una manera
incómoda. [Aquí Brown escribió: "A D. le gustaban las ratas para ocultar la
verdad".]. Supongo que no pasa nada con las ratas, pero no voy a ser una
admiradora de ese animal nunca más».
Resumen
Para abreviar diremos que se trata de la historia de una joven que, durante
muchos años, ha tenido una fobia y unos impulsos compulsivos que siempre ha
mantenido ocultos. Sin embargo, cuando por casualidad se presentó como
voluntaria para una demostración de hipnotismo, se vio envuelta en una serie de
experiencias y hechos que desembocaron en la solución de su conflicto.
Primero se quedó fascinada por el fenómeno de la levitación inducida y, acto
seguido, se horrorizó ante la catalepsia. A partir de ahí y por medio de la escritura
automática, intentamos investigar las razones de su fascinación y horror extremos.
Esto condujo a una serie de estados de ansiedad aguda y al descubrimiento de
una personalidad desconocida, una personalidad tomada de una heroína de
ficción de la infancia. En una sesión que duró horas se llevaron a cabo múltiples
esfuerzos para descifrar lo que decía la escritura automática de la otra
personalidad. Finalmente, se intentó la evocación de imágenes en un espejo (a
modo de bola de cristal). Estas imágenes trajeron a la conciencia algunos
episodios de la vida de la paciente cuando contaba tres años de edad y gracias a
ellas se puso descifrar la escritura y explicar las fobias y compulsiones de la
paciente. Estos descubrimientos tuvieron un efecto terapéutico que ha persistido a
lo largo de los años.
Discusión
Este caso clínico presenta unos problemas muy interesantes que hacen
referencia al funcionamiento de los procesos inconscientes y a las diferentes
técnicas de estudio de los mismos.
En una sesión de varias horas de duración, se consiguió recuperar los
recuerdos reprimidos de una experiencia traumática ocurrida con tres años de
edad y que había sido completamente olvidada.
Estos recuerdos fueron recuperados a través de la escritura automática. El
mensaje automático original era casi ininteligible, sólo se reconocían unas cuantas
letras o sílabas (véase la ilustración). Además, durante la experiencia el sujeto
había experimentado varios ataques de pánico transitorios. Finalmente, el
descifrado del texto supuso el descubrimiento de la neurosis del sujeto.
Por otro lado, para descifrar el texto se usó la misma escritura automática —se
hacían preguntas sobre el texto automático que se respondían con escritura
automática— y, al final, se evocaron imágenes visuales para que el sujeto mirase,
bajo hipnosis, en un espejo que reflejaba el techo.
Durante todo este proceso estuvo presente una segunda personalidad del
sujeto del todo inesperada. Es posible que la existencia de una personalidad como
aquélla, tan organizada, sea un requisito esencial para el uso de métodos como el
dibujo o la escritura automáticos, el espejo o la bola de cristal, ya que parece que
dependen de un alto grado de disociación histérica. Es posible también que la
inesperada presencia de tal personalidad dual, estrechamente ligada a la
consciente pero a la vez completamente segregada de ella, pueda darnos una
explicación de ciertos fracasos de la terapia analítica.
Desde un punto de vista psicoanalítico, la escritura automática es de particular
interés porque usa los mismos mecanismos oscuros y condensadores que utiliza
el humor y el lenguaje de los sueños. Esto ya ha sido observado por Erickson
(1937b) y, con respecto al dibujo automático, por Erickson y Kubie (1938). Parece
ser, por lo tanto, que en determinados casos la escritura y el dibujo automáticos
pueden ofrecer un método de aproximación al inconsciente. Su interpretación es
muy parecida al análisis de los sueños. En ciertas circunstancias, estos métodos
pueden tener ventajas con respecto a procedimientos más tradicionales. Por
ejemplo, uno de nosotros (L. S. K.) ha encontrado que en cierto tipo de sueños las
técnicas citadas pueden servir para demostrar objetivamente el contenido latente
de los sueños sin utilizar las interpretaciones verbales. (Todavía no disponemos
de la publicación de dichas observaciones.)
De más interés técnico es la utilización de la técnica de mirar el espejo bajo
hipnosis. Con la interacción entre las dos personalidades principales y por medio
de preguntas realizadas por el investigador y respondidas mediante la escritura
automática de la segunda personalidad, se consiguió descifrar el significado de
algunos fragmentos del mensaje automático original. Cada vez iba quedando más
claro que el contenido latente de aquellas frases iba asociado a un intenso e
insoportable terror, pero mediante los procedimientos iniciales no era posible
traducir esa letra ininteligible ni recuperar las experiencias originales que
provocaban el pánico. Los pasos preliminares parece que sirvieron para que el
sujeto se supiese seguro bajo la protección de la personalidad dual y del
investigador. Como el sujeto se convenció de ello, fue capaz de enfrentarse a las
fuentes de su terror y finalmente recuperar los recuerdos perdidos mientras miraba
un espejo bajo hipnosis. Es especialmente interesante observar que fue la
segunda personalidad quien aconsejó que usáramos ese método.
Llegados a este punto, es necesario que hablemos del uso general del
hipnotismo. Esta práctica se halla actualmente malinterpretada y minusvalorada y,
por eso, a menudo se olvida la deuda que tiene el psicoanálisis con ella. Los
primeros trabajos de Freud están llenos de alusiones a los diferentes fenómenos
del hipnotismo, algunos de los cuales serán citados más adelante. Sin embargo,
paulatinamente, el vienes fue suprimiendo toda referencia a los problemas y
enigmas que esos fenómenos nos proponen hasta llegar a denostarlos
públicamente en Psicología de las masas y análisis del yo (Freud, 1921), cuya
edición alemana apareció en 1921 y la traducción al inglés en 1922. Aquí se hace
evidente que la actitud de desprecio hacia el hipnotismo que sostenía todo
científico serio —debido a los fracasos terapéuticos y la explotación comercial del
fenómeno— había calado en el mismo Freud y relegaba su uso y hasta su estudio
desde el punto de vista analítico (véase el capítulo «El grupo y la horda primitiva»),
Pero a pesar de su antipatía hacia la hipnosis, dice que ésta está «sólidamente
fundada en una posición previa que ha sobrevivido en el inconsciente desde los
inicios de la historia de la familia humana». La implicación de estas palabras es
que los fenómenos hipnóticos son universales y deben tomarse en consideración
para entender las neurosis. Si esto es cierto, entonces el estudio de los métodos
hipnóticos es un deber del psicoanálisis. Sin duda, debemos volver a estudiar esta
fuente de material inconsciente original de la cual salió el primer ímpetu de Freud.
Es interesante observar que Anna Freud en su libro El yo y los mecanismos de
defensa, 1937 (Barcelona, Paidós, 1999) apoya las críticas contra el hipnotismo
como método para llegar al material inconsciente. Afirma que bajo hipnosis la
revelación de lo inconsciente se consigue mediante una «total eliminación» del
ego, el cual no participa en el procedimiento terapéutico, pero al final se zafa (el
ego) de la influencia del médico y de nuevo reprime el material inconsciente que
ha salido a la luz. Anna Freud propone en su lugar la libre asociación, bajo la cual
el ego es conducido a «guardar silencio» sólo durante algunos fragmentos de
tiempo, de manera que la atención del observador puede oscilar entre la obtención
de material durante el periodo de aquiescencia del ego y la investigación directa
de las actividades del ego mismo cuando se resiste.
Para nosotros es obvio que no hay una razón a priori por la que las
investigaciones hipnóticas del inconsciente no puedan llevarse a cabo de esa
manera. Tampoco hay ninguna razón para que los investigadores o terapeutas de
corte analítico que usan la hipnosis confíen a sus pacientes el material descubierto
en esos periodos de hipnosis, solamente porque antes se solía hacer así, cuando
no se entendían las fuerzas de resistencia. Las lecciones que nos enseña el
psicoanálisis pueden aplicarse al hipnotismo y no hay ninguna razón por la que la
terapia hipnótica debiera consistir en una explicación de los síntomas del paciente
haciendo caso omiso de la actitud de éste. Por el contrario es posible, tanto en el
estado hipnótico como en el de vigilia, asegurarnos información del inconsciente y
así motivar a la personalidad total con una interacción de los aspectos conscientes
e inconscientes de la personalidad, de manera que la persona gradualmente
supera las fuerzas resistentes y adquiere un entendimiento de lo último.
Así como sucede en el análisis, podemos tener con la hipnosis una oportunidad
de posponer, dilatar, resistir y distorsionar cuanto sea necesario para llegar al
objetivo terapéutico.
De hecho, este proceso está bien ilustrado en el caso que discutimos, cuando,
por ejemplo, durante la entrevista a Brown, la señorita Damon de repente
interrumpe para decir: «Toda catalepsia súbita las consecuencias de pillar a la rata
para la pequeña idiota». Esto era una repentina erupción de material inconsciente
a la conciencia; parecía un mensaje sin sentido, pero gracias a él volvieron a la
memoria importantes fragmentos del pasado. Gracias a esta verbalización «sin
sentido», la señorita Damon participó a nivel consciente, pero de una manera
segura,, es decir, parcialmente. Así, se preparaba para recibir una mayor y más
peligrosa información que llegaría más tarde. Por lo tanto, la verbalización
desempeñó un papel idéntico al del sueño, que, por un lado, sólo se recuerda a
medias y, por otro, es parcialmente interpretado.
Es un hecho clínico que los recuerdos recuperados y las emociones
experimentadas por la paciente durante esta extraña experiencia la liberaron de un
estado fóbico que iba en aumento. La cuestión será, quizá, si los investigadores se
hallan en posición de explicar o los orígenes de la fobia o su resolución. Aquí será
mejor dejar a los hechos hablar por sí mismos.
Durante un corto periodo de tiempo, una niña de tres años se pierde y
desarrolla un estado de intenso terror. Se la encuentra o ella misma logra volver a
casa y es recibida por su abuelo, que la riñe y la hace sentir culpable por dejar la
puerta abierta, se ríe de ella y la humilla llamándola «pequeña idiota» (niaise) y
finalmente trata de consolarla contándole una historia de su niñez en la que se
perdió y una rata almizclera entró en su casa a través de una puerta abierta y lo
destrozó todo. Esta actitud provoca que la niña entre en un estado de creciente
terror, rabia, resentimiento y confusión. Mezcla la historia de su abuelo, y
especialmente el cuento de la rata, con su propia experiencia. Siente que le ha
sucedido a ella y piensa que prácticamente ella es su abuelo. Está enfadada y
quiere vengarse y deliberadamente deja las puertas abiertas, pero al cabo de poco
piensa o teme dejar las puertas abiertas sin quererlo y que algo terrible entrará. De
ahí la compulsión de comprobar si las puertas están cerradas una y otra vez.
La identificación de la niña con su abuelo es presumiblemente un ejemplo de
esa forma de defensa mediante la identificación con el agresor que describe Anna
Freud en El yo y los mecanismos de defensa (1937).
Brown decía que la señorita Damon estaba «tan asustada» que su abuelo
debería haberla consolado y le debía haber dicho que no había razón para tener
miedo, en vez de contarle de manera «egoísta» que él también había estado
asustado, porque eso implicaba que el miedo de Damon era tan malo que incluso
asustaba al abuelo. El resultado es que el abuelo «añadió su miedo al de ella».
Brown confirmó después que Damon tenía ese problema y que por eso castigaba
a su abuelo, aunque confesó: «Yo ayudé un poco también. Damon pensó en dejar
las puertas abiertas y así lo hizo, pero yo ayudé haciendo que ella convenciese a
su hermano para que también lo hiciese». Brown explicó la fobia como una
consecuencia directa del esfuerzo por castigar al abuelo: Damon concluyó que si
castigaba a su abuelo de esta manera, en un momento dado no sería capaz de
parar de hacer esa acción. Brown añadió: «Es como los niños que creen que si
ponen los ojos bizcos, luego no pueden volver a ponerlos en su lugar. En cierta
manera, aunque saben que no es verdad, no pueden evitar pensar así. Eso es lo
que sucedió».
Independientemente de que ésta sea o no la explicación correcta de la fobia,
podemos concluir que el primer componente de las fuerzas motivadoras —
llamémoslo la fantasía de venganza contra el abuelo— se hallaba reprimido y que
la fobia obsesiva iba a permanecer hasta la recuperación de su recuerdo original.
Desde el punto de vista de la terapia analítica es particularmente interesante
comprobar que la fobia obsesiva es liquidada simplemente gracias al
redescubrimiento de esos hechos condicionantes sin hacer referencia a pautas
edípicas, ansiedad de castración, etc.
Quizá lo más sorprendente de todo sea el descubrimiento de una personalidad
dual en una joven que, aparte de las fobias que padece y que ya conocemos, lleva
una vida bastante normal y bien adaptada. Ella nunca había sospechado la
existencia de tal alter ego. Inevitablemente, todos nos preguntamos cuan
frecuente es la existencia de dobles personalidades, sean del grado que sea. SÍ
realmente existen, las complicaciones que pueden acarrear a la terapia
psicoanalítica —sobre todo, en las relaciones de transferencia— serán muy
importantes y lo cierto es que nunca se han estudiado. La mera posibilidad de que
sean más frecuentes de lo que se ha sospechado requiere el desarrollo de
métodos que comprueben su frecuencia y su significación.
Uno no puede decir que la existencia de tales personalidades múltiples no haya
sido mencionada con anterioridad en los estudios psicoanalíticos; pero su
significación ha sido curiosamente pasada por alto, probablemente por la mala
reputación en que han caído los fenómenos hipnóticos debido a la
comercialización del hipnotismo. Breuer y Freud (1936a) dicen: «La división de
conciencia, tan impactante en los casos clásicos de doble conciencia, existe
rudimentariamente en toda histeria, y la tendencia a la disociación y con ella la
aparición de estados anormales de conciencia, que nosotros agrupamos bajo el
término "hipnoide", son los fenómenos que están en la base de las neurosis». Y
también: «La existencia de estados hipnoides es la base y la determinación de la
histeria». Más tarde, hablan de la diversa «facilidad» que tiene la gente para
experimentar «disociaciones hipnoides» relacionadas con la etiología del
desarrollo de la neurosis. Breuer, en su discusión sobre el material teorético,
describe un mecanismo de esa división que enfatiza su carácter de universalidad.
En su artículo «Comentarios generales sobre los ataques histéricos», Freud
(1924) habla del papel de las múltiples identificaciones e interpretaciones teatrales
(de varios papeles) que lleva a cabo el paciente histérico. Ha habido otros
observadores, pero no han limitado el fenómeno a estructuras histéricas.
Alexander, en «El psicoanálisis de la personalidad total» (1930), dice:
Por lo tanto, cuando describo el superyó como una persona y el conflicto neurótico
como la lucha entre dos personas diferentes, quiero decir precisamente eso. No es una
metáfora. [...] Más aún, en el estudio de las neurosis no faltan las manifestaciones de
una personalidad dividida. Existen los casos, por ejemplo, de personalidad dual,
bastante raros, para ser exactos. Pero la neurosis compulsiva no carece de casi
ninguna de las manifestaciones de la personalidad dual.
A la luz de estas observaciones, es de alguna manera sorprendente que, con
todo el énfasis que se le ha dado a los varios roles del analista durante la
transferencia, se haya dicho tan poco sobre el papel del paciente que puede
presentarse ante el analista con más de una personalidad.
Éste no es lugar donde discutir los diferentes mecanismos que hacen posible el
establecimiento de tales personalidades múltiples. Quizá se pueda afirmar que no
se ha estudiado ningún caso con la suficiente profundidad como para contestar
esta pregunta, a pesar de las descripciones literarias tan teatrales que nos ofrece
la literatura clásica. Tampoco existe suficiente evidencia para establecer cuántos
grados de personalidad múltiple existen. Otro problema que nos deja perplejos es
la relación entre el fenómeno y el proceso de represión. Sin duda, en la producción
de personalidades múltiples, se da un proceso en el que ciertos hechos
psicológicos quedan inconscientes. ¿Se trata del mismo proceso de represión, tan
familiar para el terapeuta, presente en la patología de la vida cotidiana y de la
neurosis? La representación topográfica que me viene a la mente es que lo que
normalmente entendemos por «represión» es una represión hacia abajo y que la
estructura psicológica resultante es una serie de capas, una sobre la otra;
mientras que la «represión» que surge en una personalidad múltiple es una
división vertical de una personalidad en dos unidades completas, como la división
de un paramecio. Aunque obviamente tal concepto sólo tiene un valor
diagramático y puede interpretarse mal.
De hecho, uno puede preguntarse si está justificado no pensar que todos los
actos de represión implican la creación de una forma latente de segunda
personalidad. La única referencia a este tema que nos ofrece Freud, en su «Nota
sobre el inconsciente en psicoanálisis» (1925), se refiere brevemente a la
existencia de estados alternados de conciencia separados e independientes.
Después de remarcar el hecho de que se alternan y no coexisten, Freud pasa por
alto la cuestión de si en las represiones ordinarias se da esta segregación de
materiales conscientes (la de la doble personalidad) o si se trata de algo diferente.
De nuevo, parece que nos enfrentamos a una laguna en el conocimiento
psicoanalítico, una laguna que existe al menos en parte debido a que hemos dado
la espalda al material disponible mediante hipnosis. Los estados de conciencia e
inconsciencia presentes en la personalidad múltiple coexisten también en las
represiones más simples.
Volviendo al caso que nos ocupa, somos incapaces de explicar la personalidad
llamada primero Jane y, más tarde, Jane Brown. Podemos entender, en alguna
medida, cuál es la función que lleva a cabo esta personalidad dual, pero no cómo
se ha llegado a desarrollar. Los hechos nos muestran que bajo el impulso del
terror y la rabia, la joven realizó una identificación profunda y dolorosa con su
abuelo. De alguna manera, todas sus ansiedades y compulsiones posteriores
parten de esa maniobra inconsciente. En un momento dado, construye un alter
ego protector, Jane, la que estaba al corriente de aquello que ella no quería saber.
Jane no se lo diría a nadie, lo tenía prohibido, pero al menos ejercía el papel de
defensora de la paciente, como quedó claro en innumerables ocasiones durante el
curso de la terapia. Esto contrasta con la descripción que suele presentar la
literatura, en la que las dobles personalidades aparecen como maliciosas o
destructivas (Prince, 1908).
El tipo de personalidad de «Sally», descrito por Morton Prince, a menudo
parece disfrutar de un sentimiento de poder, pero es cierto que este poder suele ir
en interés de la terapia ya que procura que la otra personalidad acepte la
información inconsciente que está intentando rechazar. En el presente caso, los
desacuerdos entre las dos personalidades —esto es, los abusos, los epítetos, la
arrogancia, el malhumor, las disculpas— parecen ser falsas batallas mediante las
cuales una manipulaba a la otra. Esto se evidencia en la siguiente afirmación de
Brown: «D necesita ayuda; D no sabe; D necesita ayuda; B debe ayudar a D; E
debe ayudar a D; D no sabe, así que se le debe ayudar; hay que ayudarla aunque
ella no lo sepa; D no sabe qué hacer; D se equivoca; B sabe lo correcto; B no
puede decir D; B tiene que decirle a D que haga lo correcto; B sabe cómo». Estas
expresiones son parecidas a otras muchas y muestran que la aparente guerra
interna era un producto de los torpes esfuerzos de Brown por guiar a la señorita
Damon hacia el entendimiento de cierta información porque, aun sabiéndola, no
podía comunicársela directamente.
Incluso el enojo que muestra Brown frente a la señorita Damon parece servir
para el mismo propósito final. Intenta impresionar a Damon para que se tome en
serio la cuestión. De forma parecida, el trato peyorativo que recibe el investigador
se parece a esas actitudes infantiles de los niños que, cuando no consiguen
explicarse, se enfadan con el adulto y culpan a éste por no entender.
La aparente picardía» no parece ser una expresión de la actitud real de Brown.
Diríamos que, más bien, Brown presentaba un talante serio, preocupado y ansioso
que intentaba ocultar a ojos del investigador y la paciente, precisamente para no
suscitar sus temores y ansiedades. Esto se ilustra en el pasaje en el que la
señorita Damon se pone nerviosa porque Brown se va por las ramas, hablando de
un tema que no venía al caso. De hecho, el investigador y sus asistentes no
pudieron evitar reír con alguno de estos comentarios. Después, en otro momento,
Brown muestra que ella también está asustada cuando dice: «E no daño. E puede
hacerlo. E no tiene miedo. E no tendrá miedo. D miedo; Brown miedo, así que deja
que E lo haga».
La ambigüedad de las respuestas y la insistente demanda de la pregunta
correcta por parte de Brown es una característica de esta personalidad y a la vez
un fenómeno sorprendente. Era como si no pudiese decirlo directamente sin
traicionar, como el escolar que no se atreve a denunciar al matón de la escuela,
pero puede delatarlo indirectamente si le hacen la pregunta correcta. Llegados a
este punto, podemos darnos cuenta de que mucho de este material,
aparentemente irrelevante, está cargado de pistas, evidentes para Brown, pero no
para el investigador hasta que se aclaró tocia la historia. Es por esta razón que el
investigador parecía un completo estúpido a ojos de Brown.
Un estudio detallado de las personalidades múltiples puede arrojar luz sobre el
problema de la ansiedad; cómo se distribuye la ansiedad entre varias
personalidades, qué formas diferentes puede tomar la ansiedad en cada caso,
cómo esto se correlaciona con los rasgos de cada una de ellas.
El material de que disponemos sólo nos permite hacer unos comentarios
breves. Lo que no parece albergar ninguna duda es que el sujeto sufría de dos
tipos de miedo. En primer lugar, el horror inicial que experimentó cuando se le
indujo hipnóticamente la catalepsia, cuyo referente era el terror vivido cuando se
perdió y la historia de la rata almizclera. En la catalepsia, este antiguo temor tomó
el estado de pánico paralizante sin distorsiones fóbicas ni proyecciones, pero con
la característica de la inmovilidad del cuerpo. La joven reaccionó contra esta
situación con una disociación parcial y un intento de identificación con su abuelo.
Sin embargo, esto sólo le sirvió para meterse en aguas más turbias, sobre todo
cuando el abuelo le contó sus propios miedos. La relación que puede haber entre
este tipo de experiencia y la formación de la segunda personalidad es algo sobre
lo que únicamente podemos especular.
El segundo tipo de miedo de la señorita Damon se presentaba cada vez que el
material inconsciente amenazaba con romper las barreras de la expresión
consciente. La paciente expresaba este miedo mucho más libremente que el otro,
con obvias alteraciones vasomotoras y evidencias de vergüenza y miedo. Tal
ansiedad no nos es desconocida a los que trabajamos en el campo clínico y, de
hecho, ya la describía Freud; pero su demostración en la interacción entre las dos
personalidades era particularmente clara.
La Brown protectora no era, sin embargo, inmune al miedo. Mostró una
ansiedad momentánea al mirar demasiado de cerca las imágenes que aparecían
en el espejo. Tenía miedo de ver algo demasiado horrible y, frecuentemente,
usaba eufemismos, circunloquios y ambigüedades para evitar hablar del tema que
tanto temor le provocaba. Parecía saber que el investigador podía nombrar esa
«cosa horrible» sin experimentar el miedo que ella sentía. Por eso decía: «E no
daño. E puede hacerlo. E no tiene miedo. E no tendrá miedo. D miedo; B miedo
así que deja que E lo haga». Es difícil decir cuánto del miedo de Brown se debía a
su propia inseguridad y cuánto a la de la señorita Damon.
Hemos de añadir algunas líneas para explicar la peculiar y confusa manera que
tuvo el sujeto de contar las posiciones de las palabras en las frases. Después de
que las frases fuesen descifradas, fue posible llegar al fondo de esta cuestión:
Erickson: ¿Las frases reales?
Brown: Trance, entrará mi rata, así. Toda catalepsia subsiguiente las
consecuencias de pillar a la rata a la pequeña idiota.
Palabra
Trance
Entrará
Mi 3
Posición
1
1
2
1
1
Frase
Palabra Posición
Frase
Catalep.sia
10
1 y 2 juntas.
Catalepsia
11
1 y 2 juntas, si rata almizclera'son dos palabras.
Catalepsia
12
1 y 2 juntas, si también y rata almizclera son cada
una dos palabras.
Toda
8
1 y 2 ¡tintas.
Toda
Toda
Tocia
Toda
9
1 y 2 juntas, si rata almizclera son dos palabras.
10
1 y 2 juntas, si también y rata almizclera son cada
una dos palabras.
13
Después de la siguiente secuencia: «Trance, mi, rata al
mizclera, entra, también, todo, así, va, cada, siempre».
14
Después de la siguiente secuencia: «Trance, mi, rata al
mizclera, entra, también, todo, así, va, cada, siempre».
La palabra catalepsia podía haberse encontrado en otras posiciones, pero el
sujeto explicó más tarde que no había dividido y reduplicado las palabras de esa
manera hasta que llegó a la palabra siempre y entonces ya era tarde para volver a
la palabra catalepsia.
* En inglés muskralAN. del t.)
Esta fragmentación de las palabras y frases automáticas es comparable a la
fragmentación de los dibujos automáticos descritos en otro artículo por Erickson y
Kubie (1938); en vez de contarse como partes de una frase, las palabras son
contadas como unidades silábicas que sólo tienen una relación numérica entre
ellas. La tarea de resolver este enrevesado sistema de recuento es
tremendamente difícil.
Bibliografía
Alexander, F., «The psychoanalysis of the total personality», en Nervous &
Mental Disease Monograpbs, 1930, na 52.
Breuer, J. y Freud, S., «Studies in hysteria: I. The psychic mechanism of
hysterical phenomena», en Nervous & Mental Disease Monograpbs, 1936a, na 6l.
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automatic writing», en Psychoanalytic Quarterly, 1937b, na 6, págs. 513529.
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interpretation and relief of a state of acute obsessional depression», en
Psychoanalytic Quarterly, 1938, nQ 7, págs. 443466.
Freud, A., «The ego and the mechanisms of defense», en The
InternationalPsychoanalytic Library, Londres, Hogarth Press, 1937, n2 30 (trad.
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Psychoanalytic Library, Londres y Viena: International Psychoanalytic Press, ed.
alemana de 1921, ed. inglesa de 1922, na 6 (trad. cast.: Psicología de las masas y
análisis del yo, Barcelona, Orbis, 1988).
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International Psychoanalytical Library, Londres, Hogarth Press, 1924, nfl 8.
—, «Note on the unconscious in psychoanalysis», en Collected papers, vol. IV,
International Psychoanalytical Library, Londres, Hogarth Press, 1925, na 10.
Prince, M., The dissociation of personality, Nueva York, Longmans Green & Co.,
1908.
EL TRATAMIENTO ADECUADO DE UN CASO DE DEPRESIÓN HISTÉRICA
AGUDA MEDIANTE EL REGRESO HIPNÓTICO A UNA FASE CRÍTICA DE LA
INFANCIA*
MILTON H. ERICKSONY LAWRENCE S. KUBIE
Los sucesos que condujeron al intento de tratar una depresión mediante la
hipnosis
Una mujer de 23 años fue contratada en un hospital mental y, después de
varios meses, había demostrado una capacidad de trabajo fuera de lo común.
Hacia el final de este periodo desarrolló una depresión progresivamente profunda.
Más tarde se supo que había tenido lugar un incidente que le había causado un
intenso malestar. De todas maneras, continuó llevando a cabo su trabajo bastante
bien durante unas semanas, pero a partir de ahí su rendimiento empezó a decaer;
se mostraba desinteresada por el trabajo y, en consecuencia, ineficiente. Poco a
poco fue abandonando sus relaciones sociales para pasar cada vez más tiempo
encerrada en su habitación. Llegó un momento en que ya sólo comía tras los
megos de su compañera de habitación, lloraba la mayor paite del tiempo,
ocasionalmente expresaba deseos de morir y se bloqueaba al hablar cuando se le
preguntaba por sus dificultades. Durante la última parte de esta fase, los síntomas
de la paciente se hicieron tan agudos que sus familiares y amigos buscaron ayuda
psiquiátrica.
La paciente fue visitada por varios facultativos, algunos de los cuales le
diagnosticaron que estaba en la fase depresiva de una psicosis maniacodepresiva.
Un psicoanalista y uno de los autores, el doctor Erickson, creyeron hallarse ante
una depresión reactiva aguda. Más tarde, la evidencia —que se obtuvo una vez
que se desarrolló su historia
* M. H. Erickson y L. S. Kubie. The successful treatment of a case of siente
hysterical cfcpression by a return uncler hypnosis to a eritieal phase oí childhood»,
en Psychoanalytic Quatterfy, 1941, n" 10, págs. 593609.
clínica— indicó que se trataba de una típica «depresión histérica», esto es, una
depresión que surge como reacción ante un episodio histérico.
Algunos de los especialistas estaban a favor de que dejase el trabajo. La familia
de la paciente, sin embargo, no consintió en ello, insistiendo en que antes se tenía
que intentar algún tipo de psicoterapia. Así pues, se procedió intentando animar a
la paciente. Ésta respondió bien a ese primer tratamiento, parecía un poco menos
deprimida y volvió al trabajo, aunque no lo desarrollaba completamente bien ni era
todavía capaz de hablar de su problema.
Aunque hubo una ligera mejora de sus síntomas, el peligro de recaída en una
depresión suicida todavía estaba presente. Y además, la espada de Damocles del
despido pendía sobre su cabeza; ante esa situación, aceptó ver a un
psicoanalista. En realidad, mostró algún interés en hacerlo y, a pesar de lo insólito
de intentar el análisis con un paciente en medio de una depresión, visitó durante
un mes a un médico especialista en psicoanálisis.
Durante ese mes, la paciente no progresó mucho, salvo que, después de la
visita, mostraba cierta mejoría durante el resto de esa misma jornada. En realidad,
no producía asociaciones libres, sólo contaba partes fragmentarias de su historia y
pasaba la mayor parte de la hora en un silencio depresivo con ocasionales
intentos baldíos para decir algo o llorar. Decía que no sabía qué le pasaba para
sentirse así. Hacia el final del mes, empezó a mostrar signos de recaída en una
depresión aguda de intensidad psicótica, de manera que parecía que lo más
razonable era que dejase el trabajo.
A pesar de esas desalentadoras experiencias, la familia insistió de nuevo en
que, antes de dejar el trabajo definitivamente, se debía intentar otra terapia. Sus
familiares aceptaron probar con la terapia hipnótica y se preparó una intervención
SIN EL CONOCIMIENTO DE LA PACIENTE. Así pues, la paciente fue derivada al
doctor Erickson y éste, a partir de los relatos de los diferentes psiquiatras que la
trataron, reunió la siguiente historia clínica y añadió lo que le contó la compañera
de cuarto de la paciente, su familia, un hombre que estaba implicado en la historia
y la propia interesada.
Historia clínica
La paciente era la hija única de una familia rígida, moralista y severa. Su madre
había muerto cuando ella tenía 13 años. Ella le había tenido un respeto
reverencial. Esta temprana pérdida tuvo el efecto de limitar su vida social, aunque
sí tenía una amiga extraordinariamente cercana, una vecina de su edad. Esta
amistad había perdurado hasta que cumplieron los 20 años, tres años antes de
que la paciente cayese enferma.
En ese momento, las dos chicas habían trabado amistad con un joven atractivo
del que ambas se habían enamorado. Aunque al principio se mostró imparcial, el
joven finalmente se decidió por la amiga de nuestra paciente y, poco después, se
casó con ella. La paciente se enfadó, pero enseguida se ajustó a la situación,
incluso demasiado rápido, lo cual nos hacía sostener alguna sospecha al respecto.
La paciente mantuvo su amistad con la pareja y desarrolló un interés transitorio
por otros hombres. Parecía que hubiera abandonado cualquier sentimiento de
amor hacia el marido de su amiga.
Un año después, la joven esposa murió de neumonía. La pérdida de la amiga
provocó en la paciente el pesar natural de tales hechos. Casi inmediatamente
después, el joven viudo se trasladó a otra zona del país y, durante un tiempo,
perdió todo contacto con la paciente. Aproximadamente un año más tarde, volvió
y, por casualidad, se encontró con la paciente. A partir de ahí, retomaron sus
relaciones de amistad y se fueron viendo con creciente frecuencia.
Al poco tiempo, la paciente confesó a su compañera de habitación que estaba
«pensando seriamente» en ese hombre. Su compañera y otras amistades dijeron
que, cuando volvía de sus encuentros con el joven, se la veía «llena de felicidad»,
«en las nubes» y que parecía «tan enamorada que caminaba por el cielo».
Una noche, pasados varios meses, volvió más temprano de lo habitual y sola.
Estaba llorando y su vestido estaba manchado de vómitos. Lo único que supo
decir, ante las preguntas de su compañera, era que se sentía enferma, con
náuseas, sucia, desagradable y degradada. Dijo que el amor era odioso,
asqueroso, sucio y terrible y que ella no se adaptaba al mundo, que no quería vivir
y que no había nada en el mundo que valiese la pena.
Su compañera le preguntó preocupada si el joven le había hecho algo y, en ese
momento, le dieron arcadas, siguió llorando, rogó que la dejaran sola y se negó a
que la viese un médico. Finalmente, se la pudo convencer para que se fuese a la
cama.
A la mañana siguiente daba la impresión de haberse recuperado bien, aunque
parecía bastante triste. Se tomó su desayuno pero, cuando otra amiga que no
estaba al corriente de lo sucedido la noche anterior le preguntó cómo había ido la
velada, le entraron náuseas, dejó el desayuno y salió corriendo hacia su
habitación. Permaneció en la cama durante el resto del día, llorando, sin querer
hablar con nadie, ni siquiera con el médico que acudió a visitarla. Más o menos, la
misma reacción de la noche anterior.
Durante ese día, el hombre trató de llamarla. Esto precipitó otra tanda de
vómitos; se negó a verlo. Luego le explicó a su compañera de habitación que no
había nada malo en él, pero que ella era desagradable, sucia, asquerosa y
enfermiza y que preferiría matarse antes que ver a ese hombre de nuevo. No se
pudo obtener de ella más información. Después de eso, una llamada del viudo,
una carta o incluso decir simplemente su nombre le provocaba náuseas, vómitos y
una depresión aguda. Poco tiempo después, la sola mención de temas
relacionados con mantener contactos sociales con hombres le producía la misma
reacción.
Por otro lado, la paciente le confesó a un psiquiatra que aquella noche habían
ido a dar un paseo en coche y pararon para ver la puesta del sol. La conversación
se puso seria y él le confesó su amor por ella y su deseo de pedirla en matrimonio.
Dijo que había estado esperando para decirle que la amaba, pero que había
preferido esperar por lo reciente de la muerte de su esposa y porque sabía que
entre ellas había habido una gran amistad. Cuando completó su confesión, se dio
cuenta de que ella sentía lo mismo por él, lo podía ver en su cara y se echó sobre
ella para besarla. Ella lo rechazó, vomitó sobre él casi como si le lanzase un
proyectil y se puso «simplemente histérica». Lloró, se estremeció y balbuceó las
palabras «desagradable», «sucia» y «degradante». El joven entendió que se
refería al vómito. Después de eso, la paciente no permitió que la llevase a casa,
parecía incapaz de decir nada, pero tuvo fuerzas para decirle que no quería verlo
nunca más y que no había nada decente en la vida. Finalmente, se marchó
corriendo.
Todos los intentos que llevaron a cabo psiquiatras y amigos para hablar sobre
esos sucesos sólo sirvieron para acentuar los síntomas.
Preparación para una investigación de hipnosis indirecta
las características de esta historia y los síntomas de la paciente llevaron al
investigador a no intentar hipnotizarla de manera simple y directa. En primer lugar,
estaba el hecho de que rechazaba cualquier palabra de contenido sexual con los
habituales vómitos y una depresión paralizante que la había llevado a perder,
prácticamente, el contacto con todos los que intentaban ayudarla. Rechazaba al
joven de la historia de tal manera que no podía ni oír su nombre sin vomitar; tal
sentimiento se había vuelto tan difuso que no aceptaba los cuidados de los
médicos si eran hombres y reaccionaba con los mismos síntomas de siempre. Era
evidente que estábamos muy lejos de intentar la hipnosis directa.
En realidad, estaba tan atrincherada en su refugio de la enfermedad que no
podía luchar para sanarse. No tenía recursos con los que luchar contra la
ansiedad y la depresión y cualquier eventualidad relacionada con su problema la
hundía más en él. Todo ello nos advertía de que en las primeras fases del
tratamiento tendríamos que trabajar sin su cooperación, consciente o
inconscientemente, sin suscitar la mínima ansiedad, sin hacer la más mínima
alusión a su problema, sin que se enterase —si era posible— de que la estábamos
tratando y, lo que es más importante, sin que percibiese que el terapeuta (el
hipnotizador) la estaba atrayendo hacia él de alguna manera. Cualquier maniobra
que intentásemos tenía que parecer que se dirigía a otra persona. Sólo de esa
manera el tratamiento podría tener algún éxito. Debe recordarse que,
anteriormente, la presencia muda, casi invisible del analista la había vivido como
una agresión, una intolerable llamada erótica, con el resultado de que, después de
un mes, se había hundido aún más en la depresión.
Así pues, nos dispusimos a actuar con la colaboración de la compañera de
habitación de la paciente. Ésta le dijo, para empezar, que durante un tiempo había
seguido una hipnoterapia. Dos días después, el psicoanalista que veía a la
paciente le pidió que le hiciese un favor a cambio de la ayuda que él intentaba
prestarle. El favor consistía en que actuase de acompañante de su compañera en
su sesión de hipnoterapia con el doctor Erickson.
Se le dijo que ella era la única que podía acompañarla, ya que sólo ella sabía
que estaba siguiendo esa terapia; la enfermera que normalmente ayudaba al
doctor estaba indispuesta. La paciente aceptó como hubiese consentido cualquier
otro encargo, pero el psiquiatra le sugirió que estuviese atenta a la terapia, porque
quizás algún día podría estar interesada en ella.
Al pedirle a la paciente que le hiciese un favor, la colocó en un rol activo. Al
sugerirle que estuviese atenta porque podría estar interesada, eliminaba cualquier
amenaza y sugería que, en el futuro, podría estar interesada en volver al
hipnotizador para recibir terapia.8
La primera sesión hipnótica
Cuando las dos chicas entraron en la consulta, las sentamos en sillas
adyacentes y empezamos con una serie de largas y tediosas sugestiones dirigidas
a la compañera de habitación de la paciente, quien pronto desarrolló un trance
excelente, un ejemplo efectivo, para nuestro sujeto. Durante el curso del trance, se
le dieron a la compañera de habitación unas sugestiones que, en cierto grado,
también iban dirigidas a la paciente, aunque ella no se apercibía de ello. Las dos
8
Estos dos puntos son de especial interés para los analistas acostumbrados a pedirle al paciente que se
den cuenta de su enfermedad y de la necesidad de tratamiento, lo que lleva a una aceptación de la relación
terapéutica con el analista. Mientras ésa es una base válida para el trabajo terapéutico con muchas de las
neurosis, se trata de un objetivo imposible cuando se trata determinados sujetos neuróticos, especialmente los
que tienen además severos trastornos afectivos o psicosis. Los analistas que se habitúan demasiado a
trabajar con un único método pueden equivocarse con la idea de que su pasividad es pacificadora y pasar por
alto que su actitud puede ser considerada por el paciente como un asalto, con respecto a las reacciones
inconscientes y emocionales. El enfoque que hemos descrito arriba ilustra un método que, en las
circunstancias apropiadas, resuelve tales dificultades.
estaban sentadas en sillas idénticas, situadas de tal manera que adoptaban
posturas similares cuando miraban al hipnotizador; a su vez, el terapeuta podía
observarlas discretamente. El autor le dio a la compañera de piso sugestiones
para que inhalara y exhalara profundamente, haciendo que su respiración
coincidiera con la de la paciente. Al cabo de un tiempo, cualquier sugestión que le
dábamos a la compañera de piso con respecto a la respiración era realizada
también por la paciente. De ese modo, cuando vimos que la paciente se ponía una
mano sobre una pierna, le dimos a la compañera de piso la sugestión de que
hiciera lo mismo para que la sintiera descansar allí. Estas maniobras llevaron al
sujeto, gradual y acumulativamente, a una fuerte identificación con su compañera
de piso, de manera que lo que se le decía a una valía automáticamente para la
otra.
También se intercalaron otras sugestiones indirectas dirigidas a la paciente. Por
ejemplo, el hipnotizador se giraba hacia la paciente y le decía: «Espero que no se
esté cansando de esperar tanto». Tales sugestiones le decían precisamente que
se estaba cansando, sin darse cuenta de que le habían dado una sugestión. Al
cabo de un tiempo, ya le era posible al hipnotizador darle sugestiones a la
compañera de habitación mirando directamente a la paciente, creando en ella un
impulso para responder, como sucede siempre que nos dirigimos a alguien, pero
miramos a otra persona.
Después de una hora y media, la paciente entró en un trance profundo.
Por otro lado, se utilizaron un par de estrategias para conseguir la colaboración
del sujeto y asegurarnos que tendríamos oportunidades de hipnotizarla en el
futuro. En primer lugar, se le dijo a la paciente que estaba bajo trance hipnótico.
Se le aseguró que el hipnotizador no le haría nada que ella no quisiera y que no
había ninguna necesidad de una acompañante. Se le dijo que podía interrumpir el
trance si se sentía ofendida por algo. Después, se le dijo que durmiese
profundamente durante un tiempo indefinido, escuchando y obedeciendo sólo las
indicaciones del hipnotizador que ella considerase legítimas. Con esto último, le
hacíamos sentir —ilusoriamente— que tenía capacidad de elección. Se intentó
con ahínco que la relación con la paciente fuese cordial y sacamos la promesa de
que en el futuro desarrollaría un trance hipnótico en cualquier momento, aunque
siempre con propósitos legítimos. Este trabajo preliminar nos tomó mucho tiempo,
pero era de importancia vital para salvaguardar y facilitar el tratamiento futuro.
Era obvio que los problemas de la paciente se centraban alrededor de
emociones tan violentas que cualquier exploración tendría que llevarse a cabo de
una manera «segura», sin provocar el menor atisbo de culpa o miedo. Tal
«exploración segura» conllevaba tratar los temas de manera que la paciente
pudiese escapar de las implicaciones dolorosas. La primera maniobra consistió en
llevar a la paciente a su niñez sin dolor alguno.
Consecuentemente, se le dieron instrucciones enfáticas para que «olvidase
completa y absolutamente muchas cosas», omitiendo voluntariamente qué cosas
tenía que olvidar. Por lo tanto, paciente e hipnotizador llegaron al acuerdo tácito de
que era mejor olvidar ciertas cosas o, mejor dicho, reprimir. Se le dio permiso para
reprimir esos recuerdos sin decirlo. El proceso exploratorio que íbamos a llevar a
cabo después se vería favorecido por esa represión del material más doloroso. La
paciente reprimiría sólo lo más problemático.9
El siguiente paso fue llevar a la paciente a una desorientación gradual de
tiempo y de lugar y, después, reorientarla gradualmente hacia un periodo infantil
que podía estar entre los 10 y los 13 años de edad. La técnica usada se describe
con detalle en los estudios sobre inducción de ceguera de colores y sordera
hipnótica (Erickson, 1938a, 1939e). El hipnotizador sugiere primero un estado de
confusión general sobre el día en el que se halla, la semana, el mes y el año.
Después, se hace que el sujeto quiera recordar una serie de cosas no específicas
que ocurrieron en el pasado, pero que quedan indeterminadas. El proceso es lento
e implica saltar de una a otra idea confusa, de manera que el sujeto acaba
desarrollando una necesidad de estar seguro sobre algo. Al final, este deseo se ve
satisfecho con la oportunidad de obedecer a determinados mandatos del
hipnotizador que, esta vez, sí son claros y definitivos.
Al reorientar a la paciente a una edad entre 10 y 13 años, el hipnotizador utilizó
un tono de voz extremadamente dogmático, pero también vago e indefinido en
cuanto al significado. Las sugestiones se daban como si se estuviera hablando a
otra persona. No se le dijo que tenía que situarse en ningún momento cmcial de
esos tres años.
Se escogió ese periodo, de los 10 a los 13 años, con la idea de que eran los
años precedentes a la muerte de su madre y porque debía de ser la época de su
primera menstruación; por lo tanto, era una época crítica de su vida emocional y
su desarrollo psicosexual. Debido a que se sabía poco sobre su vida, se dejó a su
propia elección el periodo exacto al que finalmente se reorientaría.
En ningún momento se le pidió que nos dijese la edad a la que se iba a
reorientar. De esa manera, al evitar hablar de un tiempo específico, se la impelía a
hacer algo más importante, a saber, hablar en términos generales de la
experiencia total que habían significado aquellos años. 10
9
Aquí encontramos otra diferencia importante con la técnica analítica. En el psicoanálisis el reto implícito y explícito
está en descubrir todo aquello sujeto a represión. La rigidez en este principio puede ser una de las razones de algunos
fracasos terapéuticos. Se trata, a su vez, de un buen ejemplo de conflicto entre propósitos de investigación y terapéuticos.
10
3 En hipnosis, el retroceso a un periodo anterior de la vida del sujeto puede ocurrir de dos maneras diferentes.
Primero puede hater una "regresión en términos de lo que el sujeto, tomo adulto, cree, entiende, recuerda o imagina acerca
de un periodo más temprano de su vida. En esta forma de regresión, la conducta del sujeto será una puesta en escena
semiconsciente de su entendimiento presente de un tiempo previo y se comportará como cree que delie hacerlo un niño de
En ese momento, la paciente mostró por el infantilismo de su postura y sus
gestos, así como por sus respuestas características de la niñez, que ya había
regresado a un nivel de conducta juvenil. Entonces, se le dijo enfáticamente:
«Sabes muchas cosas ahora, cosas que nunca olvidarás, no importa lo mayor que
seas y me vas a contar esas cosas tan pronto como te lo diga». Repetimos esta
instrucción varias veces, junto con la admonición de que obedeciera, que lo
entendiese y que se preparase para realizar lo encomendado cuando se le dijese.
Se le pidió que expresase su firme intención de llevar a cabo esas sugestiones. Se
siguió con ello hasta que su conducta general parecía decir: «Bien, ¿qué
esperamos? Estoy preparada».
Se le dijo que nos explicase todo lo que supiese sobre el sexo, especialmente lo
relativo a la menstruación, todo lo que hubiese aprendido o le hubiesen dicho
sobre el sexo durante ese periodo infantil no definido. Creemos que es correcto
llamarlo así, «periodo infantil no definido», porque tres o cuatro años es mucho
tiempo para un niño y entre las diversas experiencias de esos años tenía la
libertad de seleccionar aquellas de mayor importancia. Si la hubiésemos confinado
a un periodo más restringido de tiempo, podría haber escogido hechos menos
relevantes. Si la dejábamos seleccionar a partir de un periodo más amplio y crítico
de su vida, la obligábamos a escoger los datos más importantes y dolorosos.
Hasta ese punto, el procedimiento hipnótico había sido planeado
sistemáticamente y se esperaba que, a partir de allí, los acontecimientos nos
señalasen el camino.
La paciente respondió a estas sugestiones con algo de miedo. Después, de una
manera tensa e infantil, procedió obedientemente a hablar con frases breves.
Finalmente, habló de la actividad sexual, aunque en las instrucciones se había
puesto énfasis, no en el coito, sino en la menstruación. Lo siguiente constituye un
resumen bastante adecuado:
Mi madre me lo contó todo sobre ello. Es asqueroso. Las chicas no deben dejar que
los chicos les hagan eso. Nunca. Las buenas chicas nunca hacen nada de eso. Sólo
esa edad. El otro tipo de •regresión es muy diferente en carácter y significación. Requiere una revivificación real de las
paulas de conducta del periodo de vida al cual se retrocede, pero sólo de ellas. De hecho, no se trata de una "regresión a
través de recuerdos actuales o reconstrucciones de un día pasado. El presente y toda la vida posterior al momento de la
reorientación quedan borrados. Consecuentemente, en este segundo tipo de regresión, el hipnotizador y la situación
hipnótica, así como lo demás, se convierten en anacronismos no existentes. En este tipo de regresión, a las dificultades
inherentes de mantener el control hipnótico sobre la situación total se añade el problema de que se elimina al hipnotizador.
No es fácil para éste entrar en una conversación con alguien a quien no conocerá hasta dentro de diez años. Una de las
soluciones a este problema es convertirse en una persona cercana al paciente en esos años tempranos. Se le puede
sugestionar diciendo: Soy alguien que conoces y que te cae bien y en quien confías y con quien te gusta hablar».
Normalmente un profesor, un tío, un vecino, alguien que pertenece a ese momento, es seleccionado automáticamente por
el inconsciente del sujeto. Tal transformación hace pasible mantener el contacto con el paciente. Desafortunadamente,
muchos investigadores de regresión hipnótica aceptan como válido el primer tipo de regresión y no llegan a ir nunca hasta
ese tipo de regresión en la que la situación hipnótica desaparece y el sujeto reacciona directamente desde el pasado.
las malas. Lo contrario pondría a mamá enferma.11 Las chicas malas son asquerosas.
Yo no lo haría. No deberías dejarlos que te toquen. Te sentirás fatal. No debes tocarte
tú tampoco. Feo. Mamá dijo que no lo hiciese nunca, nunca y no lo liaré. Se debe ir con
cuidado. A veces pasan cosas desagradables si no se va con cuidado. Después, no se
puede hacer nada. Es demasiado tarde. Voy a hacer lo que dice mamá. No me querría
si no lo hago.
Básicamente, la paciente repetía estos comentarios una y otra vez, con las
mismas palabras en la mayoría de las veces. Se le permitió seguir recitando esas
frases hasta que se vio que ya no añadía nada nuevo. Entre lo destacable, está la
afirmación de que esta lección moralista procedía de su madre.
No se intentó introducir ninguna pregunta mientras estaba hablando, pero
cuando se detuvo se le preguntó: «¿Por qué te cuenta tu madre todas esas
cosas?».
«Para que me porte siempre bien», fue la respuesta, simple y honesta como la
de las niñas de su edad.12
Aunque teníamos claro, casi desde el principio, que la dependencia pasiva y
sumisa de la paciente con respecto a su madre había de romperse, también era
evidente que la imagen de su madre muerta representaba un rol en su vida que
ensombrecía el de cualquier persona viva y que ese superyó idealizado no podía
ser destronado por medio de un ataque frontal. Por esta razón, la estratagema del
hipnotizador era la de adoptar un punto de vista tan idéntico al de la madre como
pudiese. Sólo al final introduciría alguna reserva al respecto. Por consiguiente, se
empezó por hacer comentarios aprobatorios. «Por supuesto que siempre tienes
que ser una buena chica.» Después, expresándonos con unas actitudes rígidas,
moralistas y prohibitivas (palabras y maneras propias de la madre de la paciente,
según el propio sujeto), cada idea atribuida a su madre fue cuidadosamente
revisada. Además, se le dijo que debería estar contenta de que su madre la
hubiese informado de todas esas cosas que una madre debe decirle siempre a su
hija pequeña. Finalmente, se la instruyó para que recordase «decirme todas esas
cosas, porque voy pedirte que me las repitas después, en otro momento».
La paciente fue reorientada gradual y sistemáticamente hacia su edad y
situación actual en la vida, restableciendo el trance hipnótico original. Sin
embargo, las instrucciones iniciales de «olvidar muchas cosas» estaban todavía
11
La frase «Lo contrario pondría enferma a mamá» podría haber desempeñado un papel decisivo en su enfermedad.
Su madre había practicado el coito y había muerto. Su amiga, que era una sustituía de la madre, había practicado el sexo y
había muerto. Lo mismo iba a pasarle a ella. Su madre ya se lo había dicho y, por lo tanto, debía de ser cierto. Se trata de
una aceptación pasiva de la lógica de una imagen con la que se siente identificada.
12
Aquí nos encontramos con algunas palabras inconscientes de profundidad desde el punto de vista psicológico. Los mandatos de su madre
habían llegado a su mente incesantemente, aunque es posible que fuesen una realidad subjetiva sólo vivida por ella. Esta repetición, que es
la esencia de la neurosis (Kubie, 1939), debe ocurrir debido al resurgimiento de demandas instintivas. Por lo tanto, la paciente indica con la
palabra siempre su secreta insurrección contra esa prohibición continuada y, por consiguiente, su constante estado de temor.
activadas. También se le indujo una amnesia de todos los sucesos del estado de
regresión. El objetivo de esta medida era suavizar la transición de aquellos
recuerdos al presente, porque sabíamos que existía un conflicto intenso entre
esas primeras instrucciones maternas y sus impulsos actuales.
La paciente ya estaba preparada para el siguiente paso y se le dijo que sería
despertada en breve de su trance y que entonces se le preguntaría acerca de su
niñez, a lo que ella tendría que responder sin esconder nada.
Preguntarle a la paciente, en estado de vigilia, acerca de su educación sexual
hubiese sido repetir las duras agresiones de todas sus experiencias pasadas con
psiquiatras; pero como durante el trance le habíamos anunciado que íbamos a
hablar de eso, estaba preparada para presentar una actitud intelectual pasiva y
obedecer, sin admitir conscientemente su conexión con los problemas presentes.
Como preparación ulterior para el siguiente paso se le dijo que no se le
explicaría la naturaleza de las preguntas hasta que se despertase. Sólo se le
podía decir que las preguntas tratarían de su niñez. Aquí, de nuevo, el
hipnotizador se gobernaba por el principio básico de dar instrucciones tan
generales e inespecíficas como le fuese posible, dejando a las propias
necesidades emocionales de la paciente la capacidad de ultimarlas.
Finalmente, se concluyó con algunas instrucciones técnicas para que el sujeto
se dejase hipnotizar de nuevo en las próximas sesiones, que entrase en un trance
profundo y que, si sentía alguna resistencia, se lo hiciese saber al hipnotizador
para que éste decidiese si continuar con él o no. El propósito de estas sugestiones
era meramente asegurarse de que el sujeto se dejaría hipnotizar otra vez, que
tuviese la confianza de que podría interrumpir la sesión siempre que lo deseara.
Esta ilusión de libre albedrío fue lo que posibilitó que el hipnotizador pudiese
después llevar a la paciente al trance con facilidad. Una vez hipnotizada,
estábamos seguros de poder mantenerla en esa situación hasta conseguir los
objetivos terapéuticos.
Después de despertar, la paciente mostró no haberse dado cuenta de que
había estado en trance. Se quejó de que estaba cansada y dijo espontáneamente
que quizá la hipnosis podía ayudarla, ya que parecía haber ayudado a su
compañera de piso. Deliberadamente, no se le respondió. En cambio se le
preguntó de pronto: « ¿Me puede decir todo lo que recuerde sobre lo que su
madre le enseñó respecto al sexo cuando usted era niña?».
Después de cierta duda, la paciente empezó a repetir, en voz baja, rígida, la
misma historia que había contado en el estado de trance, excepto que ahora
usaba un vocabulario de adulto y mencionó mucho más a su madre. Lo que dijo es
esencialmente lo siguiente:
A partir de que empecé a tener la menstruación, mi madre me instruyó en diversas
ocasiones. Mamá incidía en que una chica decente debe protegerse de experiencias
desagradables. Mamá me hizo ver cuan nauseabundo, sucio y asqueroso puede ser el
sexo. Mamá me hizo ver cuan degradado está quien se abandona al sexo. De verdad
que aprecio lo que me enseñó mi madre en ese momento.
La paciente no hizo ningún esfuerzo por elaborar ninguno de esos comentarios
y deseaba obviamente dejar de hablar del tema. Cuando terminó la explicación de
las enseñanzas de su madre se le repitieron, tal como las había dicho, sin ninguna
crítica al respecto. En realidad, se le dijo que eran correctas, que debía estar
agradecida a su madre por haber aprovechado cualquier oportunidad para
enseñar a su hija esas cosas que toda pequeña debería saber y empezar a
entender desde niña.
Después, le dimos cita para otro día de la semana siguiente y nos despedimos
apresuradamente.
Durante el curso de esa semana no se apreciaron nuevas reacciones en la
paciente —nos informaba su compañera de habitación— y la pauta general de su
conducta depresiva siguió inalterada.
El segundo trance hipnótico
En la segunda cita, la paciente desarrolló rápidamente un trance profundo y se
le dieron instrucciones para que recordase completamente y en orden cronológico
los acontecimientos de la sesión previa. Se le pidió que los repasase mentalmente
en silencio y que después los fuese enumerando en voz alta, despacio y
cuidadosamente, pero sin hacer ninguna elaboración de ellos.
Tal revisión silenciosa de una experiencia hipnóticamente reprimida constituye
una preparación necesaria. Entre otras cosas, asegura que el recuerdo sea total
Evita un énfasis desequilibrado en elementos separados o que se distorsionen
algunos de esos elementos, lo que haría que la paciente experimentase la
necesidad de defenderse. Permite un recuerdo inicial en silencio sin sentir que
está revelando indebidamente secretos a alguien. Además, facilita la reunión de
elementos dolorosos en los recuerdos del sujeto. Finalmente, cuando se le pide al
sujeto que diga en voz alta que es lo que ha pensado en silencio, nos hace un
recuento de pensamientos y recuerdos, pero no el más doloroso relato de los
hechos reales. Esto ayuda a reducir las barreras emocionales que, a veces,
impiden la comunicación con el hipnotizador.
Guando la paciente finalizó la tarea, se le habló del hecho de que su madre la
había instruido sobre determinado tema. Se le preguntó: «¿Cuántos años tenía
cuando murió su madre?». Ella contestó: «Tenía trece». Inmediatamente se le
hizo un comentario con un acento enérgico: «Si su madre hubiese vivido más
tiempo, le habría hablado más veces y le habría dado más consejos; debido a que
murió cuando usted tenía sólo trece años, no pudo completar su tarea y usted tuvo
que acabarla sin su ayuda».
Sin darle una oportunidad de rechazar o aceptar este comentario o de
reaccionar de ninguna manera, cambiamos de tema y le pedimos que nos relatase
cuáles eran los hechos que le ocurrieron inmediatamente después de despertarse
del primer trance. Cuando acabó de explicarnos lo que hizo durante la semana
anterior, se le dijo de nuevo que su madre no había podido acabar con la
instrucción de su hija.
Debe recordarse aquí que, el primer día de trabajo hipnótico, la paciente fue
llevada a un momento anterior de su vida y que en esta pseudorregresión, se le
pidió que nos hablase de las instrucciones que le había dado su madre. Después,
a través de una serie de estados transicionales intermedios fue despertada y se le
pidió que nos informase de las enseñanzas de su madre, pero con amnesia
acerca del hecho de que ya había hablado de ello con el hipnotizador. En la
segunda sesión, la paciente fue hipnotizada y se le anuló la amnesia pos hipnótica
de la primera experiencia de manera que pudiese recordar todo lo acontecido
durante el primer trance. Después, se le pidió que revisase el material del que
habíamos hablado después de despertar del primer trance, en resumen, los
recuerdos conscientes de las enseñanzas puritanas de su madre. Al revivir en un
trance los sucesos del trance previo y los que habían ocurrido inmediatamente al
despertar de ese estado de trance, se estableció un vínculo entre los afectos e
ideas de la niñez y los de la experiencia adulta de la semana anterior. Por ello, se
pudieron contrastar los dos y comparar desde un punto de vista adulto.
La paciente fue reorientada, después, al mismo periodo de su infancia. Se le
recordó lo que nos había explicado antes y se le pidió que nos lo repitiese.
Cuando hubo terminado —explicó en líneas generales lo mismo que la primera
vez—, se le hicieron los mismos comentarios aprobatorios, pero esta vez
enfatizando que esas lecciones tuvieron lugar durante su infancia. Cuando tuvimos
la impresión de que había grabado esto en su mente, se le dio la sugestión de que
a medida que crecía iba a necesitar que le diesen consejos adicionales, ya que las
circunstancias iban a variar. Se le repitió esta idea una y otra vez, siempre en
conjunción con la sugestión adicional de que debería preguntarse qué otras cosas
podría haberle dicho su madre después.
Inmediatamente después de esta última sugestión, llevamos a la paciente a un
estado de trance normal, es decir, la devolvimos al presente. Se le pidió que
repitiese los comentarios que había hecho estando despierta. Se le dijo que fuese
con cuidado de no confundir las palabras usadas cuando estaba despierta con las
palabras del primer estado de trance en su infancia, aun cuando las ideas
expresadas eran esencialmente las mismas, y aunque tuviese los dos recuerdos
todavía frescos en su mente. Esta petición constituía un permiso para recordar
ahora, en un trance ordinario, los hechos del segundo trance en su infancia, ya
que éste había sido solamente una repetición del primero, pero el hecho de que
hubo un segundo trance de este tipo no fue mencionado. De ahí que los dos
trances se mezclasen en una sola experiencia.
Como antes, el propósito de esta estrategia era juntar los puntos de vista del
niño y del adulto. Desde su perspectiva infantil, se introdujo un elemento
expectante que era el comentario de que, si su madre hubiese seguido viva, le
habría dado nuevas instrucciones. Este elemento ya estaba preparado para ser
introducido en la versión adulta de las enseñanzas de su madre, versión que
también nos había dado.
La mezcla de esas dos experiencias tenía un propósito técnico adicional. En
primer lugar, las repeticiones son necesarias bajo hipnosis, de la misma manera
que lo son bajo el análisis de los sueños. Sin repetición no podemos estar seguros
de que se expresa todo el material; más aún, permitiendo a la paciente bajo
hipnosis que recuerde la versión original y las repeticiones como si de una sola
historia se tratase, le da al sujeto algo que ocultar, el hecho de que se trata de dos
o más experiencias. Esto parece satisfacer la necesidad del sujeto de no revelar
algo. Le damos algo poco importante para que oculte, a cambio de revelarnos
hechos importantes. Para el hipnotizador se trata de algo que se puede permitir,
tal como se le da a un bebé un cascabel a cambio de que deje el cuchillo de
cocina. El niño está satisfecho y el padre también.
Cuando la paciente hubo concluido esta tarea, se le habló de nuevo sobre el
periodo de su vida en el que su madre la informaba acerca del sexo, del hecho de
que sus lecciones habían quedado incompletas, de la necesidad de hablarle a una
niña con un lenguaje simple hasta que, con los años, va aumentando su
capacidad para entender las cosas. Intentábamos imprimir cada una de estas
informaciones en la mente de la joven, pero siempre usando términos tan
generales como fuera posible.
Sin darle a la paciente una oportunidad de desarrollar o elaborar estos puntos,
se le sugestionó sobre la posibilidad de que empezarse la tarea de completar la
instrucción sexual que su madre había iniciado, pero que no había podido finalizar
debido a su muerte. Se le dijo que debería empezar esa tarea especulando,
honesta y seriamente, sobre qué consejos le habría dado su madre durante los
años que van desde su niñez a su adolescencia y desde su adolescencia a su
edad adulta. La paciente aceptó la sugestión y aprovechamos para ampliarla
diciéndole que debería tener en cuenta todos los aspectos emocionales e
intelectuales de la evolución de una mujer. Todas esas cosas como los cambios
emocionales, físicos y psicológicos y, lo más importante, los últimos objetivos de
una mujer adulta. Se le dijo que debería elaborar cada idea de acuerdo a sus
circunstancias.
Inmediatamente después de esta instrucción, se le dijo a la paciente que se
despertase y repitiese el contenido de lo que había dicho durante la sesión
hipnótica, preferiblemente en su orden cronológico o en cualquier otro orden, si así
lo prefería.
El relato de la paciente en estado de vigilia fue realmente corto. Lo que hizo fue
combinarlo todo en una historia simple y concisa. Hablaba en tiempo pasado: «Mi
madre intentó hacerme entender el sexo. Lo hizo de manera que una niña
pequeña pudiese entenderlo. Hizo hincapié en lo serio del sexo; también en la
importancia de mantenerse alejado de él. Me lo dejó muy claro».
La paciente hablaba con largas pausas entre frases, como si estuviese
pensando profundamente. Se interrumpió en varias ocasiones para comentar algo
sobre la muerte de su madre y el hecho de que su instrucción quedase a medias.
Dijo que si su madre no hubiese muerto, le habría dicho más acerca del sexo. Dijo
varias veces: «Me pregunto cómo me habría dicho mamá las cosas que debería
saber ahora».
El experimentador escogió esta última frase como punto final de la sesión y
procedió a despedir a la paciente sin demora. Tal como hemos visto, no se intentó
ir más allá del simple hecho de que especulase acerca de lo que su madre le diría
en caso de estar viva. Se le dijo que volviese en una semana.
Durante esa semana, la paciente mostró mucha mejoría. Su compañera de
habitación nos informó de que había «llorado un poco, pero de una manera
diferente» y no había presentado la conducta depresiva anterior, La paciente
parecía estar absorta, despistada e intrigada; la mayor parte del tiempo mostraba
una expresión pensativa, cuando no de desconcierto. Durante esa semana, no se
intentó establecer ningún contacto con ella.
Tercera sesión hipnótica
La tercera sesión se inició hipnotizando inmediatamente a la paciente. En
estado de trance, se le indicó que repasase rápidamente y en silencio,
mentalmente, todos los sucesos de las dos sesiones anteriores, que recordase las
instrucciones y sugestiones que se le dieron y las respuestas dadas, que incluyese
cualquier nueva actitud que hubiese desarrollado y que diese rienda suelta a su
pensamiento. Finalmente, tenía que resumir en voz alta sus ideas y conclusiones
al respecto de esas tareas.
Muy despacio y pensativamente, pero con cierta apariencia de comodidad y
tranquilidad, la paciente procedió a repasar estos acontecimientos con libertad y
sin ayuda de nadie. Su declaración final resume su actuación de la manera más
adecuada:
Se podría decir que mi madre intentó darme la información que necesitaba. Si viviese, me
habría enseñado a cuidar de mí misma felizmente. Me habría enseñado a manejarme para
hacer las cosas propias de mi edad, tener un marido, un hogar y ser una mujer hecha y
derecha.
Se le pidió a la paciente que volviese a repasar las experiencias de los trances
anteriores, pero con más detalle, para asegurarnos de que había conseguido
hacer interpretaciones adultas de sus años infantiles y adultos. A medida que le
dábamos estas instrucciones, despacio y enfáticamente, la paciente se fue
quedando profundamente absorta, pensando y, después de un pequeño espacio
de tiempo, puso una expresión de alerta, como si esperase el siguiente paso con
ansiedad.
Se le dijo que, cuando despertase, presentaría una amnesia completa de las
tres sesiones. De todo, incluido el hecho de que había sido hipnotizada, con la
excepción de que sería capaz de recordar su primer relato en estado de vigilia,
aquel tan retrógrado. Esta amnesia iba a incluir cualquier nueva concepción
satisfactoria que pudiese tener. Se le dijo, además, que al despertarla se le daría
una charla sobre el sexo tal como lo habría hecho su madre, pero que, como
tendría amnesia, iba a pensar que se trataba de las elucubraciones del
hipnotizador a partir de lo que ella le había contado en estado de vigilia. Se añadio
que estaría de lo más atenta a esa charla moral y que encontraría verdades,
significados y aplicaciones que sólo ella entendería. Que adquiriría la capacidad
de interpretar, aplicar y reconocer esa información de una manera que ni el
investigador podría entender.
A primera vista, puede parecer extraño que uno de los pasos culminantes del
procedimiento terapéutico sea sugerir la represión u olvido de lo ya entendido. Hay
que decir, en primer lugar, que lo que se busca es que la mayor parte de la
comprensión afectiva pueda permanecer en el inconsciente sin disminuir su valor
terapéutico. En segundo lugar, protege al sujeto del molesto sentimiento de que
alguien sabe cosas que quisiera guardar para sí; de ahí la sugestión de que la
paciente entenderá más que el investigador. En tercer lugar, si la paciente ve el
material como una hipotética construcción de probabilidades que ha hecho el
hipnotizador, se le da al paciente la oportunidad de obtener una comprensión de
su situación de forma gradual y lenta, al ritmo en el que va comprobando la validez
de esa estructura hipotética. Si le hubiésemos presentado el mismo material como
hechos incuestionables y definitivos, habría desarrollado repentinas represiones
con una pérdida espontánea de todo lo ganado. Si hubiese ocurrido esto,
habríamos tenido que empezar una y otra vez desde cero. Por otro lado, si el
hipnotizador ordena cierta medida de represión, ésta permanece bajo su control,
ya que lo que éste suprime puede recuperarlo siempre que lo desee. Por lo tanto,
el grado de comprensión de su problema estaba bajo control del hipnotizador, de
tal manera que éste, tras una adecuada preparación, le facilitaría la nueva
percepción de la realidad y el problema. Finalmente, mediante la privación
temporal de esa comprensión gratificante se genera una voluntad y necesidad de
saber más, lo cual ayudará a la tarea terapéutica final.
Cuando ya habíamos acabado de repetir estas instrucciones —al efecto de
producir un entendimiento total por parte de la paciente—, la despertamos con la
consecuente amnesia de todos los hechos excepto lo que había dicho al final de la
primera sesión terapéutica (lo que su madre le aconsejaba sobre el sexo). Le
recordamos esas palabras y se le sugirió especular acerca de la naturaleza y
desarrollo de esas instrucciones sobre el comportamiento sexual. El hipnotizador
pasó a revisar esas concepciones del sexo en términos generales, de manera que
ella era capaz de aplicarlas libremente a sus propias experiencias.
Por lo tanto, se le dio a la paciente un resumen general del desarrollo de las
características sexuales primarias y secundarias: el fenómeno de la menstruación,
la aparición de pelo en la zona púbica y en las axilas, el desarrollo de los pechos,
el probable interés en el crecimiento de los pezones, la primera vez que se puso
un sujetador, la posibilidad de que los chicos se fijasen en su silueta en desarrollo
y demás. Cada uno de estos pasos del desarrollo juvenil fue nombrado en rápida
sucesión, sin hacer especial mención de ninguno de ellos. Después se le habló de
los primeros sentimientos del despertar sexual, del autoerotismo, de las ideas de
amor en la pubertad y en la adolescencia, de las ideas sobre el origen de los
bebés. Por lo tanto, sin dar datos específicos, hablamos sobre una serie de ideas
y experiencias típicas. Después de esto, pronunciamos una serie de afirmaciones
que debían de coincidir con algunas de las especulaciones que habían pasado por
su mente alguna vez. Se hizo de manera lenta y siempre en términos generales,
de manera que pudiese aplicarlas fácilmente a su propia experiencia.
Casi desde el principio, la paciente respondió con interés, mostrando signos de
que comprendía. Al final, declaró: « ¿Sabe?, puedo entender lo que me ha
pasado, pero ahora tengo prisa. Se lo explicaré mañana».
Éste fue el primer reconocimiento por parte de la paciente de que tenía algún
problema. En vez de permitirle irse a toda prisa, como pretendía, se la rehipnotizó
rápidamente y se la instruyó para que recobrase todos los recuerdos de sus
experiencias hipnóticas que pudieran serle de utilidad. Al insistir en que esos
recuerdos podrían serle de utilidad, se le permitió verlos como potencialmente
positivos y, por lo tanto, se la liberó de los posibles sentimientos conflictivos hacia
los mismos. Esto debía ayudar en su recuperación. Se le dijo que se sentiría libre
de pedir consejo, sugerencias o cualquier instrucción que desease y que lo haría
libremente y cómodamente. Tan pronto como se la sugestionó con esto último, se
la despertó.
Inmediatamente, pero con menos urgencia, la paciente declaró que se quería ir,
pero que primero le gustaría hacer algunas preguntas. Preguntó qué opinaba el
hipnotizador acerca de «besar, acariciar y achucharse». Con mucho cuidado y
usando siempre sus propias palabras, se dijo que esas actividades estaban bien,
pero que debieran realizarse de manera que no entrasen en contradicción con los
ideales de cada uno. La paciente atendió pensativa a esa respuesta y luego
preguntó la opinión personal del hipnotizador acerca de si estaba bien sentir
deseos sexuales. Se le contestó que el deseo sexual era normal y, de hecho,
esencial para toda criatura viviente, y que su ausencia en las situaciones
apropiadas estaba mal. Se añadió que seguramente ella estaría de acuerdo en
que su madre, de estar viva, le hubiese dicho lo mismo. Después de pensar en
ello, se marchó a toda prisa.
Resultados terapéuticos
Al día siguiente, la paciente declaró que había pasado la noche anterior en
compañía de su pretendiente. Ruborizándose dijo: «Besarse es un gran deporte».
Después, se marchó a toda prisa.
Unos días más tarde, acudió a la cita que teníamos con ella y lo primero que
hizo fue alargar la mano para enseñarnos el anillo de compromiso que llevaba.
Dijo que, como resultado de su charla con el hipnotizador, durante la última sesión
había llegado a entender un montón de cosas y que esa nueva comprensión le
había hecho posible aceptar la emoción del amor y experimentar deseos y
sentimientos sexuales. Ahora, según afirmó, estaba preparada para las
experiencias de una mujer adulta. No parecía muy dispuesta a hablar con más
detalle y sólo añadió que quería ver al terapeuta en un futuro próximo, pues
necesitaría recibir instrucción sobre el coito, ya que se iba a casar pronto. Añadió,
un tanto avergonzada: «Doctor, la última vez quise irme corriendo... Al no dejarme
ir así, usted salvó mi virginidad. Yo quería ir directamente y ofrecerme a él en el
acto».
Poco tiempo después, volvió a la consulta, tal como había dicho. Se le
proporcionó un mínimo de información y se comprobó que ya no tenía ningún
temor ni preocupación sobre el tema. Se mostraba directa en su intención y deseo
de ser instruida. Un poco después, la paciente vino para decirnos que se había
casado y que estaba a punto de irse de luna de miel.
Un año después, aproximadamente, nos visitó de nuevo para informamos de
que su vida marital era mejor de lo que se hubiese esperado nunca y que estaba
esperando tener un hijo pronto. Dos años después, supimos que era feliz con su
marido y su pequeño bebé.
Resumen y discusión
Por determinadas razones, tuvieron que tomarse muchas precauciones con
esta paciente. Las circunstancias de su enfermedad hacían que una terapia
directa (tanto para un terapeuta hombre o mujer) fuese peligrosa porque
invariablemente ello iba a causar un incremento de su pánico o de su depresión
suicida. Si había alguna manera de tratarla, ésta era la de aparentar que no la
íbamos a tratar. No se tenía que dar cuenta de que estaba bajo terapia ni de que
se estaba desarrollando una relación entre paciente y médico y, por supuesto, se
tenía que evitar hacer referencia a las experiencias que precipitaron su
enfermedad.
Por esas razones, el tratamiento empezó fingiendo que tratábamos a otra
persona (en su presencia) y, a través de ello, la llevamos lentamente a un estado
hipnótico en el cual sí podíamos acercarnos a sus problemas.
Desde ese momento, el tratamiento siguió su curso a la inversa de lo que suele
ser una terapia psicoanalítica. Algunos puntos merecen ser destacados.
En vez de depender solamente de la memoria para recuperar experiencias
importantes del pasado, la paciente fue transportada —bajo hipnosis— a un
periodo crítico de su infancia, de manera que en ese estado pudiese revivir la
cualidad general de las influencias que recibió, pero sin recapturar los detalles en
escenas o episodios específicos. En vez de analizarlos y hacerlos conscientes, se
hizo un deliberado esfuerzo por evitar la inducción de cualquier sentimiento de
culpa o de miedo. Siguiendo ese criterio, en vez de insistir sobre la totalidad del
recuerdo, se le dio permiso para olvidar los recuerdos dolorosos, no sólo durante
sino también después del tratamiento hipnótico. Ese permiso para olvidar lo
desagradable nos permitía que incluso esos hechos olvidados en el consciente
pudiesen ser recuperados —si se necesitaban— durante el trance para uso
terapéutico y que su eficacia terapéutica continuaría incluso durante la represión
pos hipnótica.
El ataque del hipnotizador sobre el rígido superyó de la paciente fue muy
interesante desde varios puntos de vista. Destaca el hecho de que este asalto se
llevó a cabo, en su inicio, apoyando las actitudes más represivas que la paciente
atribuía a su madre muerta. Fue de esa manera, formando un vínculo entre él y la
madre, que el hipnotizador pudo minar la rigidez de esa figura represiva y penetrar
las defensas automáticas de los dictados de su madre. Otro punto significativo es
el método usado por el hipnotizador para ayudar a la paciente a unir sus ideas
antes de comunicarlas. Esto parecía aportar una reducción del miedo de la
paciente, porque seguramente es más fácil recordar hechos que a uno le
avergüenzan si los puede mantener un tiempo para uno mismo que no tener que
revelarlos inmediatamente. Más aún, es más fácil hablar de lo que uno ha
pensado sobre unos hechos que de los hechos mismos. Este método de dos
etapas —una, recordar y otra/organizar los datos— antes de comunicar, podría
tener utilidad también en el análisis.
Un punto en el que coinciden hipnotizador y analista es en el uso de
repeticiones en diferentes formas y en todos los niveles investigados.
Los que quieran entender en profundidad el curso de este tratamiento y de la
recuperación de la paciente, tendrán inevitablemente algunas lagunas en el
material, algunas preguntas que sólo podrían responderse si la paciente se
sometiera a un análisis prolongado.
Existen muchas cuestiones que nos gustaría dilucidar, ¿la base de la autoridad
de la madre era fundamentalmente el afecto o el miedo o la hostilidad? ¿Eran la
madre y la amiga muerta figuras equivalentes en el inconsciente del sujeto? Si el
hipnotizador se hubiese hecho pasar por la amiga muerta y le hubiese dicho que
aprobaba su relación con el joven (equivalente a que una madre le dé permiso a
una hija para que se acueste con su padre), ¿habría eso liberado a la paciente de
sus sentimientos de culpa y de su depresión histérica sin ser necesaria la
inducción de una regresión a la infancia? ¿Cuál fue el mecanismo de la cura?
¿Adquirió el hipnotizador el nivel de influencia de la madre y, por ello, fue capaz de
retirar los tabúes maternos? ¿O era el pretendiente un padre sustituto hasta que el
hipnotizador tomó el rol del padre, liberando así a la paciente para que pudiese
tener una relación sexual con el joven, sin tabúes incestuosos? ¿Cuál era el rol de
su oralidad y su significación en relación con los vómitos? En general, ¿cuál era el
rol de esos hechos básicos de su infancia que habían determinado su relación con
sus padres y con el resto de la gente?
Las respuestas a estas incógnitas es todo un reto, tanto desde el punto de vista
teórico como factual. El conocimiento de esos hechos es indispensable para
entender la estructura de la enfermedad y la dinámica de la recuperación. Pero el
hecho de que la recuperación fuese tan rápida y sin hospitalización, teniendo en
cuenta que hay mucho que ni el hipnotizador ni la paciente descubrieron, tiene
importantes consecuencias teóricas. Nos enfrenta con la siguiente cuestión: si la
recuperación puede tener lugar con tan poca comprensión de lo que sucede, ¿cuál
es entonces la relación entre comprensión inconsciente, comprensión consciente y
el proceso de recuperación de la neurosis?
Bibliografía
Erickson, M. H., «A study of clinical y experimental findings on hypnotic
deafness: I. Clinical experimentation and findings», en JOURNAL OF GENERAL
PSYCHOLOGY, 1938a, n2 19, págs. 127150.
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JOURNAL OF GENERAL PSYCHOLOGY, 1939e, ns 20, págs. 6189.
Kubie, L. S., «A critical análisis of the concept of a repetition compulsión», en
INTERNATIONAL JOURNAL OF PSYCHOANALYSIS, 1939, nfi 20, págs. 390402.
4
PSICOTERAPIA HIPNÓTICA13
MILTON H. ERICKSON
Podemos afirmar que desde la más remota antigüedad el hombre ha empleado
la hipnosis en la práctica de ritos médicos y religiosos. Su objetivo primitivo era
intensificar la creencia en el misticismo, la magia y la medicina. Las
manifestaciones de los fenómenos hipnóticos, impresionantes, inexplicables y de
efectos psicológicos milagrosos han suscitado dos tipos de actitudes hacia la
hipnosis. la primera es esa actitud acientífica, supersticiosa, de miedo, de
negación y hostilidad que ha obstando y retardado el conocimiento científico de la
misma.
La segunda actitud es la que acepta, desde un punto de vista científico, la
hipnosis como un fenómeno psicológico legítimo y válido, de profunda importancia
y significación en la investigación y entendimiento de la conducta humana y de la
vida del individuo. Esta segunda actitud tuvo como pionero a Antón Mesmer, quien
alrededor del año 1775 estudió el fenómeno, aunque propondría unas
explicaciones científicas en buena medida adulteradas por sus teorías místicas.
Pese a todo, Mesmer consiguió demostrar la utilidad y la efectividad de la hipnosis
en el tratamiento de ciertos tipos de pacientes que no respondían a las terapias
médicas clásicas. Por lo tanto, se le puede considerar el fundador del uso
terapéutico de la hipnosis y una de las figuras que contribuyeron a que la
psicoterapia fuese considerada un procedimiento médico válido.
Desde entonces, muchos han sido los que, a partir de una formación clínica
adecuada, han demostrado la utilidad de la hipnosis como procedimiento médico
terapéutico y como medio para examinar, entender y reeducar la conducta
humana. Entre ellos, hemos de destacar a james Braid, un médico escocés que,
en 1841, criticó la visión supersticiosa de la hipnosis o el «mesmerismo», como se
le llamaba por aquel entonces. Braid, que entendía el fenómeno como una
manifestación psicológica normal y acuñó los términos «hipnosis» e «hipnotismo»,
diseñó una gran variedad de estudios experimentales científicos para determinar
su valor médico y psicológico.
Muchos científicos de renombre siguieron los pasos de Braid, médicos y más
tarde psicólogos aceptaron sus hallazgos y contribuyeron al desarrollo científico de
la hipnosis, a pesar del lastre de las concepciones erróneas que habíamos
heredado del pasado, cuando no miedos y hostilidades.
13
M. H. Erickson. «Hypnolic l'sychoiherapy, en Journal of'Clínica! and Experimental Hypnosis,
1954, n« 2, págs. 109129.
Diríamos que incluso ahora el conocimiento científico de la hipnosis está en su
infancia. Las teorías que intentan explicar su naturaleza son demasiado generales
e inadecuadas. Los métodos de aplicación requieren todavía muchas mejoras. En
general, se está empezando a apreciar una necesidad de integrar los estudios
hipnóticos con el conocimiento científico que tenemos. Los tipos de desórdenes
que mejor puede tratar es algo que todavía está por determinar. Y, por último, se
necesita desarrollar nuevas variaciones en las técnicas de su uso.
Y no seríamos fieles a la realidad si no admitiésemos que la utilización de la
hipnosis en psicoterapia está también en su infancia. Las tradiciones o las formas
tradicionales de pensar, la rígida autosuficiencia de las distintas escuelas de
psicoterapia y la tendencia humana a tener miedo de lo nuevo han dificultado el
estudio de este campo. En los últimos veinticinco años ha habido un incremento
en los estudios que demuestran la importancia de la hipnosis en la comprensión
de la personalidad, de la conducta normal y anormal, de las relaciones inter e
intrapersonales y de las interrelaciones psicosomáticas. Por otro lado, se ha
producido un aumento en la utilización de la hipnosis como intrumento válido en
psicoterapia. Durante la Segunda Guerra Mundial, la hipnosis obtuvo un
impresionante reconocimiento como forma válida de psicoterapia.
Cualquier debate sobre psicoterapia o hipnoterapia requiere una explicación de
ciertas consideraciones derivadas directamente de la observación clínica. En las
páginas siguientes, intentaremos determinar cuáles son los principales errores que
cometen los que militan en contra de la aceptación de la hipnoterapia. También
ofreceremos información sobre el uso de las diferentes técnicas actuales.
Diferencia entre inducción al trance y estado de trance
Una de las primeras consideraciones que debe tener en cuenta el
hipnoterapeuta se centra en la diferenciación entre lo que experimenta el paciente
cuando es inducido al trance y cuando ya se halla en estado de trance. Es algo
análogo a la diferencia que hay entre un viaje en tren y la experiencia de hallarse
ya en el destino. El proceso de inducción al trance debería ser explicado como un
método de enseñar a los pacientes una nueva manera de aprender (que a su vez
los facultará para descubrir nuevas capacidades de aprendizaje) y de actuar (lo
cual puede ser aplicado a otras cosas). La importancia de la inducción al trance
como procedimiento educacional para enseñar a los pacientes unas habilidades
personales latentes ha sido pasada por alto en la mayoría de las ocasiones.
Ambos, el terapeuta y el paciente necesitan hacer esta diferenciación: el
primero para guiar la conducta del paciente más efectivamente, el último para
aprender a distinguir entre pautas de conducta consciente e inconsciente. Durante
la inducción al trance, la conducta del paciente abarca pautas conscientes e
inconscientes, mientras que la conducta de trance es fundamentalmente de origen
inconsciente.
Si fracasamos en esta distinción entre inducción y trance, nos encontraremos
con pacientes que intentan llevar a cabo el trabajo del estado de trance de la
misma manera que han aprendido a desarrollar el trance. Esto los llevará a utilizar
durante el trance conductas conscientes e inconscientes conjuntamente, en vez de
confiar fundamentalmente en las pautas de conducta inconscientes. Los
resultados no serán los esperados.
Aunque los pacientes pueden distinguir—y frecuentemente lo hacen— lo uno de
lo otro espontáneamente, la responsabilidad, a menudo menospreciada, reside en
el terapeuta. Para asegurarnos de tal diferenciación, la inducción al trance debe
tomarse como una preparación del paciente para otro tipo de experiencia en la
que se darán nuevos aprendizajes. Nuevos en cuanto a la forma y en cuanto a los
propósitos. La mejor manera de llevar a cabo este trabajo de formación del
paciente se consigue enseñándole a ser un buen sujeto hipnótico, a que se
familiarice con todos los fenómenos hipnóticos. Eso es lo primero que debe
hacerse, antes de cualquier intento de iniciar la terapia. Tal formación pospone el
inicio de la terapia directa, pero después acelera el progreso de la misma, ya que
le da al sujeto más oportunidades de autoexpresión. Por ejemplo, un paciente que
puede desarrollar alucinaciones, visuales y auditivas, manifestar una conducta de
regresión o hacer escritura automática se halla en una posición ventajosa para la
recepción de terapia.
En cuanto al estado de trance, debería entenderse como un estado psicológico
normal. Se parece al sueño sólo superficialmente y se caracteriza por varios
factores fisiológicos concomitantes y por un funcionamiento de la personalidad en
un nivel de percepción de la realidad diferente al estado de vigilia ordinario. Para
facilitar su conceptualización, este estado de conciencia especial ha sido
denominado «inconsciente» o "Subconsciente». El papel de la psicoterapia
hipnótica en este estado especial de conciencia es el que permite a los pacientes
reaccionar, hacer algo frente a su vida experiencial pasada, no influenciados por
su mente consciente y acceder a un nuevo orden de experiencia que todavía ha
de ocurrir a medida que participan en el proceso terapéutico. Esta participación en
la terapia constituye el primer requisito para conseguir resultados efectivos.
El rol de la sugestión en la hipnosis
Este apartado analiza el rol general de la sugestión en la hipnosis. Demasiado a
menudo, se asume que como un estado de trance se induce y mantiene mediante
la sugestión y debido a que las manifestaciones hipnóticas también surgen a
través de la sugestión, cualquier forma de hipnosis debe ser resultado y expresión
de la misma.
Contrariamente a lo que se cree, el sujeto hipnotizado sigue siendo la misma
persona. Su conducta sólo se ve alterada por el estado de trance, pero incluso
esta conducta alterada se deriva de su experiencia vital y no del papel del
terapeuta. Como mucho, el terapeuta puede influenciar en la forma de
autoexpresión del paciente. La inducción y el mantenimiento de un trance sirven
para proveerle de un estado psicológico especial en el que los pacientes pueden
re asociar y reorganizar sus complejidades psicológicas internas y utilizar sus
propias capacidades de acuerdo con su propia vida experiencial. La hipnosis no
cambia a la gente o no altera su vida pasada. Simplemente les permite conocerse
mejor y expresarse más adecuadamente.
La sugestión directa se basa fundamentalmente en la asunción de que
cualquier cosa que se desarrolla en la hipnosis deriva de las sugestiones dadas.
Esto implica que el terapeuta tiene el poder milagroso de producir cambios
terapéuticos en el paciente; pero esta concepción se olvida de que la terapia surge
de una re síntesis interior de la conducta del paciente que hace el mismo paciente.
Es cierto que la sugestión directa puede producir una alteración en la conducta del
paciente y que esto conduzca a una cura sintomática, al menos temporalmente.
Sin embargo, tal «cura» es simplemente una respuesta a la sugestión y no supone
la re asociación y reorganización de ideas, recuerdos e interpretaciones mentales
de su propia vida experiencial. Es esta experiencia de reorganización y re
asociación de su propia vida experiencial lo que produce una cura auténtica, no la
manifestación ele cierta conducta de respuesta en un momento dado, lo cual
puede, en el mejor de los casos, satisfacer sólo al observador.
Por ejemplo, podemos sugestionar directamente una anestesia de la mano y el
sujeto puede responder adecuadamente a ella. Sin embargo, si el paciente no ha
interpretado espontáneamente que ha de incluir una reorganización interior, la
anestesia fracasará, no responderá a los tests clínicos y será, en definitiva, una
pseudoanestesia.
Para inducir una anestesia efectiva lo mejor es iniciar un determinado tren
mental de actividad en e! paciente. Por ejemplo, sugiriéndole que recuerde la
sensación de tener los dedos dormidos después de aplicar anestesia local o la
sensación que se tiene cuando se le duerme una pierna o brazo. Después, se le
puede sugestionar con que ahora él va a experimentar una sensación similar en
su mano. Mediante esta sugestión indirecta, el paciente puede pasar por estos
procesos de desorganización, reorganización, re asociación y proyección de la
experiencia real interna y satisfacer las demandas de la sugestión. De esa
manera, la anestesia inducida forma parte de su vida experiencial en vez de ser
una respuesta simple y superficial.
Los mismos principios se aplican a la psicoterapia. Al alcohólico crónico se le
puede sugestionar directamente para que, temporalmente, corrija sus hábitos,
pero hasta que no pase por un proceso de reorganización y re asociación interna
de su vida experiencial no se producirán resultados efectivos.
En otras palabras, la psicoterapia hipnótica es para el paciente un proceso de
aprendizaje, un proceso de reeducación. Los resultados efectivos derivan
únicamente de las actividades del paciente. El terapeuta solamente estimula al
paciente a que ejerza una actividad, a menudo sin saber de qué actividad se
puede tratar, pero lo guía y hace uso de su juicio clínico para determinar la
cantidad de trabajo necesario para conseguir los resultados deseados. Cómo guiar
y cómo hacer esas valoraciones constituye el problema del terapeuta, mientras
que la tarea del paciente es la de aprender a través de sus propios esfuerzos a
entender su vida experiencial de una nueva manera. Tal reeducación hace
referencia a la vida del paciente, sus recuerdos, actitudes, ideas y comprensión de
la realidad; no se puede producir con referencia a las ideas y opiniones del
terapeuta. Por ejemplo, en un caso en el que entrenábamos a una paciente a
desarrollar una anestesia general, se usó el tipo de sugestión directa que hemos
explicado antes. El intento fracasó por completo aun cuando ya había conseguido
que experimentase anestesia dental local y de las piernas. En consecuencia, se le
ofreció la sugestión de que desarrollase una anestesia generalizada en términos
de su propia experiencia, cualquier momento en el que hubiese sentido que no
tenía capacidad sensorial. Esta sugestión era intencionalmente vaga, ya que la
paciente, conociendo el propósito de la hipnosis, era capaz —gracias a la
vaguedad de la sugestión— de hacer su propia selección de aquellos hechos de
su experiencia personal que le permitirían reaccionar a la sugestión de la mejor
manera.
La paciente respondió recordando y reviviendo la ausencia de estímulos físicos
(al menos, ése era su recuerdo) durante el sueño fisiológico y recordando algunos
sueños que había tenido en los que caminaba sin esfuerzo y sin sensaciones a
través de puertas cerradas y muros, flotando plácidamente en el aire como un
espíritu sin cuerpo que mira feliz su carcasa que duerme en la cama. Gracias a
este recuerdo fue capaz de iniciar un proceso de reorganización de su vida
experiencial. Como resultado de ello, consiguió desarrollar una anestesia efectiva
que satisfacía sus necesidades. Y no fue hasta algún tiempo después que el
terapeuta supo mediante qué tren de pensamiento la paciente había iniciado los
procesos neuropsicofisioiógicos con los que consiguió la anestesia.
Separación entre los niveles consciente e inconsciente
Otro de los puntos fundamentales que se pasa por alto en la psicoterapia
hipnótica es que existe o puede existir una mutua exclusividad entre lo consciente
y lo inconsciente (o subconsciente). Todos hemos experimentado alguna vez que
tenemos una palabra «en la punta de la lengua», pero somos incapaces de
recordarla, de manera que permanece inaccesible a la situación inmediata. Ahora
bien, el inconsciente sí la sabe, sólo que por alguna razón no trasciende al
consciente.
La psicoterapia hipnótica se encarga de «darle» terapia al inconsciente y, a
veces, el fracaso está en que el terapeuta no alcanza a ver que el paciente no
puede integrar lo inconsciente con lo consciente o que no lo puede hacer
accesible cuando lo necesita. Es algo parecido a una apendicectomía que fracasa
porque no se hizo bien la sutura. Por eso muchos críticos de «despacho»
denuncian que la hipnoterapia no tiene valor porque «trabaja sólo con lo
inconsciente». Además, se deja de lado el hecho de que la experiencia clínica
demuestra que, en algunos aspectos, es deseable una reintegración directa del
problema del paciente bajo la guía del terapeuta; en otros aspectos, sólo es
necesario que lo inconsciente se ponga a disposición de la mente consciente, lo
que permitirá una espontánea reintegración, libre de toda influencia del terapeuta.
La hipnoterapia debería reorientarse tanto hacia lo consciente como hacia lo
inconsciente, ya que el objetivo final de la psicoterapia es la integración de la
personalidad total.
Sin embargo, lo mencionado no significa necesariamente que la integración
deba seguir el mismo ritmo que la terapia. Una de las grandes ventajas de la
psicoterapia se halla en la oportunidad de trabajar independientemente con el
inconsciente sin verse dificultado por la renuencia, o a veces la incapacidad, de la
mente consciente para aceptar los beneficios terapéuticos. Por ejemplo, un
paciente se daba perfecta cuenta, en el inconsciente, de sus pesadillas de
carácter incestuoso, pero como declaró durante el trance: «Entiendo esos sueños
horribles, pero no puedo tolerarlos conscientemente». Esta declaración
demostraba que su consciente se protegía de lo inconsciente. La utilización de esa
protección como fuerza motivadora le permitió al paciente aceptar
conscientemente sus ideas inconscientes.
La investigación experimental ha demostrado repetidamente que, aunque el
inconsciente tenga una buena comprensión de determinado problema o
circunstancia, si permitimos que la mente consciente se haga consciente de ello,
nos encontraremos con resistencia, rechazo, represión y pérdida —a través de la
represión— de lo que hemos ganado en el inconsciente. Si trabajamos
separadamente con el inconsciente, tenemos la oportunidad de atemperar y
controlar el ritmo de progreso del paciente y efectuar una reintegración aceptable
de la mente consciente.
Caso ilustrativo
Un hombre casado de 28 años acudió en busca de terapia porque creía
implícitamente que no quería a su mujer y que se había casado con ella sólo
porque se parecía superficialmente a su madre, con quien tenía una relación muy
estrecha. En el estado de trance, el sujeto confirmó esta creencia. Durante la
hipnoterapia aprendió, en estado de trance, que su problema marital había surgido
de un intenso sentimiento de amor-odio hacia su madre disfrazado de actitud
demasiado solícita y que el parecido entre su esposa y su madre le daba la
oportunidad de dirigir hacia alguien su deseo de agresión. Cualquier intento de
hacer esto comprensible a su mente consciente requería el duro trabajo de revisar
sus relaciones interpersonales y reconocer el odio que sentía hacia su madre, lo
cual parecía intolerable e imposible.
Cualquier otra psicoterapia se hubiese tenido que enfrentar con muchísimas
resistencias por parte del sujeto, represiones, racionalizaciones y todo tipo de
esfuerzos para rechazar tales ideas. Más adelante, especificaremos cuáles fueron
los procedimientos hipnoterapéuticos empleados para corregir el problema. No
entraremos en analizar la dinámica subyacente del problema del paciente, ya que
el propósito de este artículo es explicar métodos de proceder, nuevas técnicas, la
utilización de mecanismos mentales y los métodos de guía y control del progreso
de los pacientes que posibilitan que se acepte el contenido inconsciente.
Al principio del tratamiento supimos que el paciente no se atrevía a mirar de
cerca a su madre; de hecho, no sabía de qué color eran sus ojos o si llevaba
dentadura postiza. Su descripción de su madre era muy limitada: «Es muy
elegante y su voz es suave y agradable. Tiene una graciosa y dulce expresión que
no se merece un lamentable neurótico como yo. ¡Con todo lo que ha hecho por
mí!».
Cuando, durante la hipnoterapia, hubo llegado a un punto en el que su
inconsciente había llegado a entender su problema con suficiente lucidez, se le
puso bajo un profundo trance sonambulístico. Se le indujo una amnesia profunda
de todos los aspectos de su problema acerca de su madre y su mujer, excepto del
hecho de que debía de haber tenido una madre. Esta amnesia incluía sus nuevos
conocimientos inconscientes de su situación.
Hay muchas razones que justifican la inducción de una amnesia o represión tan
profunda. Una es que la obediencia a tal sugestión constituye una cesión de
control de las tendencias represivas del paciente a favor del terapeuta. Por otro
lado, implica para el paciente que si el terapeuta puede reprimir, también puede
restaurar. Cuando llevamos a cabo un trabajo de hipnoterapia, es importante que
en las primeras fases desarrollemos en el paciente una amnesia de algún
recuerdo inocuo para después devolverlo a la memoria junto con otros recuerdos
también de poca importancia, pero olvidados. Esta experiencia es muy importante
para la posterior recuperación del material reprimido que está causando algún
problema.
Otra razón es que tal amnesia o represión inducida «borra la pizarra» y permite
una reorganización de ideas, actitudes, sentimientos, recuerdos y experiencias. En
otras palabras, la amnesia faculta al sujeto para enfrentarse a sus propias
vivencias, pero sin reconocerlas como suyas. Así, se le permite alcanzar una
comprensión objetiva y crítica de su experiencia vital y reorganizarla y re asociarla
de acuerdo a su realidad y sus propias necesidades personales. E incluso cuando
el material ha sido reprimido del consciente y del inconsciente, las necesidades de
la personalidad todavía existen y cualquier esfuerzo por analizar o tratar con ese
material será efectuado en relación con sus necesidades de personalidad. Como
analogía, el niño con una dieta deficiente en calcio no sabe nada sobre el calcio,
pero mostrará una clara preferencia por los alimentos ricos en calcio.
Después de la inducción de la amnesia, el siguiente paso fue una breve charla
sobre el significado de algunos nombres femeninos. Después, se le sugestionó
para que viese, sentada en una silla al otro lado del despacho, a una mujer
desconocida que hablaría con él. El paciente no sabría nada de ella excepto que
se llamaba Nelly. El entrenamiento que llevamos a cabo con el sujeto antes de
esta sesión lo había preparado para esta experiencia.
La reacción del paciente a ese nombre en particular, tal como se pretendía, fue
la de tener una alucinación de que se trataba de su madre, pero a causa de la
amnesia no la reconocía como tal. Se le indujo a que mantuviese una extensa
conversación con ese personaje alucinatorio e hizo muchas preguntas que tenían
que ver con su problema. De hecho, supo describirla objetiva y adecuadamente.
Se le pidió que «especulase» sobre la historia vital de la alucinación. El paciente
tenía que informar al terapeuta de todo lo que Nelly «decía» y, al mismo tiempo,
se debatía sobre ese material. Por lo tanto, la atenta guía del hipnotizador le
permitía revisar objetiva y críticamente todo ese material, que muchas veces le
resultaba desagradable. De esa forma, se le revelaban cuáles eran las relaciones
con su madre y cuál había sido su comprensión de la situación hasta el momento.
Por lo tanto, se le permitía el desarrollo de un nuevo marco de referencia diferente
del que había tenido hasta el momento, lo cual le iba a proporcionar la posibilidad
de reasociar, elaborar, reorganizar e integrar todo aquello en su vida experiencial.
En las siguientes sesiones se siguió un procedimiento similar con otras dos
figuras alucinatorias que, según Nelly, eran su hijo Henry y su esposa Madge, a
quienes el sujeto no podía reconocer gracias a la amnesia inducida.
La sesión hipnótica con Henry fue larga y de mucho provecho ya que éste le
proporcionó al paciente una gran cantidad de información que fue debatida con
gran libertad y una excelente comprensión. La entrevista del paciente con Madge
fue similar en sus efectos.
Muy importante fue lo que refirió el paciente acerca de la conducta emocional
que «observó» en los personajes alucinatorios. Se trataba de unas valoraciones
objetivas y desapasionadas de «sus propias emociones».
Es necesario hacer hincapié en que todo el material que el paciente «obtenía»
de las figuras alucinatorias era sólo la proyección del material reprimido de su
propia experiencia. Aunque se había inducido una profunda represión de todos los
aspectos de su problema, ese material todavía existía y podía ser proyectado
sobre los demás, ya que la proyección no tenía por qué llevar a un reconocimiento
del mismo. Para ilustrar esto último podemos acudir a esos rasgos de nuestra
personalidad que no nos gustan. Normalmente, son fácilmente reprimibles fuera
de la conciencia, pero podemos reconocerlos en los demás o proyectarlos en
ellos. Por lo tanto, usamos un mecanismo mental común para dar al paciente una
visión de él mismo que pudiese ser aceptada e integrada en su comprensión total.
El paso culminante de este procedimiento consistió en provocar en el sujeto la
alucinación de Nelly y Henry al mismo tiempo, de Madge y Henry, de Nelly y
Madge y, finalmente, de los tres a la vez. Además, se le indujo a que desarrollase
cada unas de estas alucinaciones en un gran número de situaciones vitales
diferentes que sabíamos habían sido traumáticas para él, como un día de compras
con su mujer que había acabado en una agria pelea por temas sin importancia,
una cena familiar también desagradable y una pelea entre su mujer y su madre.
Por lo tanto, el paciente actuaba como observador objetivo, como una juiciosa
tercera persona que, a través de mecanismos de represión y proyección,
contempla libremente —aunque sin darse cuenta— el panorama de su propia vida
experiencial. Un panorama que le permitiría reconocer sus faltas y distorsiones sin
los efectos negativos del sesgo emocional.
En la siguiente sesión, de nuevo bajo un trance sonambulístico profundo, se le
dio la instrucción de recordar claramente y con todo detalle todo lo que había visto,
oído, pensado y especulado y de valorar críticamente a Nelly, Henry y Madge. El
paciente se mostró muy interesado en la tarea y la llevó a cabo satisfactoriamente.
Después se le indicó que eligiese varios incidentes traumáticos y que se
preguntase —al principio vagamente, y después con creciente claridad— si le
había sucedido algo así en su vida. Esto, en realidad, era una instrucción indirecta
de que empezase a perder la amnesia inducida o la represión que habíamos
establecido previamente.
El paciente empezó la tarea lentamente, diciendo que la taza que había encima
de la mesa en la escena de la cena familiar se parecía mucho a una que había
tenido desde niño. Después se dio cuenta de que Henry y él tenían el mismo
nombre de pila y se preguntó durante unos instantes qué apellido tendría.
También comentó que Henry y Madge vivían en la misma ciudad que él, ya que
reconocía la tienda en la que la pareja se había peleado cuando fueron de
compras. Dijo algo sobre la dentadura postiza de Nelly y, no muy de buena gana,
nos contó sus miedos frente a los dentistas y a perder los dientes y tener que
llevar una prótesis de ésas. A medida que hacía comentarios, se le iba revelando
más material. Cada vez más, tocaba temas de mayor contenido emocional, pero
los espaciaba introduciendo asociaciones irrelevantes. Después de más de una
hora de comentarios, empezó a tener lapsus linguae que detectaba al instante; en
un momento dado, se empezó a poner tenso, pero después de las palabras
tranquilizadoras del terapeuta siguió con la tarea. Por ejemplo, al comparar los
ojos marrones de Nelly con los de Madge (los primeros de tonalidad clara y los
segundos oscuros), comentó: «Los ojos de Madge son como los de mi mujer».
Cuando acabó de decir esto, puso una expresión de sorpresa y se preguntó en
voz alta: « ¿Mi mujer?». Después de un momento de duda se dijo a sí mismo: Sé
que estoy casado. Tengo mujer. Se llama Madge. Tiene los ojos marrón claro
como Madge. Pero eso es todo lo que sé. No puedo recordar nada más, ¡nada de
nada!». Con una expresión de miedo y ansiedad, se giró hacia el terapeuta y
preguntó: « ¿Me pasa algo malo?».
Al poco, descubrió las similitudes entre Nelly y su madre y después, en un
análisis excelente, dijo de Nelly que era una mujer infeliz y neurótica que se
merecía una consideración y un afecto normal. Esto le condujo a decir: «Eso
también se puede decir de mi madre... ¡Por Dios, Nelly es mi madre, no sé cómo
no me he dado cuenta! Y esos ojos de Madge tan parecidos a los de mi mujer.
Madge es mi mujer».
A esto le siguieron una serie de comentarios fragmentarios sobre las
situaciones traumáticas:
«La pelea de la tienda / el abrigo que se compró / casi rompimos nuestro
compromiso matrimonial / el pastel de cumpleaños / estábamos sin blanca / por
Dios, ¿qué le puedo decir?». Después de cada comentario, ponía una expresión
de tensión emocional, como si fuese recordando hechos largo tiempo olvidados.
Después de veinte minutos así, se puso las manos bajo la barbilla y se sumió en
una reflexión de unos minutos que interrumpió para decir: «Nelly, ¿quién es
Nelly?». Unos quince minutos después se tranquilizó y dijo: «Esto ha sido difícil.
Henry soy yo. Ahora sé lo que he estado haciendo, qué he estado haciendo aqui y
qué es lo que he hecho siempre. Ya no tengo miedo. No necesito tener miedo,
nunca más. Es un lío, pero sé cómo arreglarlo. Voy a pedir cita con el dentista.
Pero tengo mucho en lo que pensar. Un buen montón de cosas, pero estoy
preparado».
Volviéndose hacia el terapeuta, dijo: «Estoy cansado. Terriblemente cansado».
Una serie de preguntas y respuestas nos mostró que el paciente se sentía
satisfecho, que se sentía bien después de ese vendaval de revelaciones, que
sabía que estaba bajo trance, pero que no sabía cómo hacer llegar a su mente
consciente lo que sabía su inconsciente. Cuando se le preguntó si quería algunas
sugestiones al respecto, respondió afirmativamente y con entusiasmo.
El terapeuta procedió recordándole cómo la amnesia inducida había ido
extinguiéndose mediante la filtración de ideas y asociaciones. Que las
proyecciones externas le habían permitido examinar su situación sin miedos ni
prejuicios. Con cada nueva revelación, había experimentado una reorganización
de su vida experiencial, aunque en un principio no podía percibirlo. Hasta ahí,
había sido una tarea sencilla en la que estaban implicados él mismo y sus
pensamientos y sentimientos. Para que esas revelaciones llegasen al consciente
tenía que implicar a sus actividades diarias, su pensamiento, sus propias
relaciones personales y las relaciones interpersonales de los demás. Por ello, iba
a ser una tarea mucho más difícil. Así, se llegó al acuerdo de que, por ahora,
continuaría con su actitud neurótica, pero que poco a poco iría dándose cuenta de
lo irracional que era. Primero, intentaría readaptar pequeñas cosas y, después,
resolvería problemas más difíciles. Por lo tanto, poco a poco, iría integrando sus
aprendizajes inconscientes en su conducta, lo cual produciría un buen ajuste.
El párrafo anterior es sólo un resumen de lo que se habló con el paciente.
Aunque él creía haber entendido la explicación a la primera, siempre es necesario
reiterar y elaborar desde diferentes puntos de vista, además de citar incidentes en
los que el inconsciente se abre paso hasta el consciente antes de que el paciente
entienda la naturaleza de la tarea. Se le dio un ejemplo: si un día volvía a la tienda
en la que discutió con su esposa, podía ocurrir que el dependiente lo mirase con
curiosidad. Él reaccionaría con igual curiosidad y hasta divertido por la situación.
Entonces, experimentaría una ligera sensación de vergüenza y, de repente,
recordaría la escena que protagonizó con su mujer. Tal recuerdo liberaría los
resentimientos conscientes. Se le sugestionó con algunos otros incidentes antes
de despertarlo y acabar la sesión.
El primer paso para conseguir la integración consciente, de acuerdo a lo que
dijo durante la sesión anterior, fue ir a visitarse al dentista. Allí, sentado en el sillón
del odontólogo, vio cuan exagerados habían sido sus temores. Otro día, se
encontró a sí mismo poniéndose una camisa y canturreando una canción, en vez
de examinarla compulsivamente para ver si tenía la menor arruga, lo habitual en él
hasta el momento.
Examinó las fotografías de la familia e inició un proceso de identificación de sí
mismo, de su madre y de su esposa. Descubrió por primera vez que se parecía
mucho a su padre y que no podía entender por qué había pensado que era la viva
imagen de su madre. Gracias a las fotografías, descubrió las diferencias entre su
mujer y su madre y se dio cuenta de que la dentadura postiza había alterado las
facciones de la cara de su madre.
Al principio, estos ajustes se producían sólo en cuestiones menores, pero al
cabo de unas semanas, logró corregir temas más importantes. Normalmente, no
se daba cuenta hasta mucho más tarde, una medida de prevención que le
habíamos aplicado. Por ejemplo, él solía visitar a su madre a la hora del programa
de radio favorito de ésta y, una vez allí, insistía en escuchar otro que, de todos
modos, criticaba. Un buen día, se dio cuenta de que había estado visitando a su
madre a diferentes horas del día. Le divirtió darse cuenta de que, ahora, su madre
sí podía escuchar su programa favorito y, al mismo tiempo, experimentó una
comprensión profunda de la naturaleza de las actitudes que había tenido hacia su
madre.
Durante este periodo de reintegración visitó a su terapeuta regularmente,
aunque se trataba de visitas breves. A veces, su propósito era el de discutir sus
progresos conscientemente y otras ser hipnotizado y recibir más terapia.
Uno de sus últimos pasos fue descubrir que amaba a su esposa y que siempre
la había amado, pero que no se atrevía a saberlo porque estaba convencido en su
inconsciente de que a cualquier hombre que odiase a su madre tan intensamente
sin saberlo no se le debería permitir amar a otra mujer. Esto, según dijo, no tenía
sentido y ahora que lo sabía no tenía por qué seguir actuando como había hecho
hasta el momento.
El último paso se pospuso aproximadamente seis meses. Cuando finalmente
pudo darlo, ocurrió de la siguiente manera.
El paciente se hallaba caminando por la calle cuando vio a un extraño que
profería insultos a un coche que le había salpicado al pasar. De repente, sintió el
impulso de preguntarle al extraño por qué perdía el tiempo gritándole a un coche
en marcha. La respuesta del transeúnte, según el paciente fue: «Oh, no sirve para
nada, pero así me siento mejor. Además, no es culpa del conductor, pero mis
palabras no le harán daño».
El paciente nos contó que estuvo obsesionado con este incidente durante varios
días hasta que se dio cuenta de que ésa era la respuesta a las numerosas veces
que había evitado discutir con su madre, pese a que deseaba hacerlo. Luego
explicó que, en realidad, no era necesario pelearse, que bastaba con reconocer
esas actitudes emocionales que tenía respecto a su madre, sin negarlas ni
reprimirlas. A partir de entonces se permitiría expresar sus sentimientos hacia ella,
como hacía el peatón enfadado. Y así lo hizo. Las relaciones con su madre
mejoraron ostensiblemente.
Creemos evidente que existe un paralelismo entre ese paso final y el
procedimiento hipnótico de proyectar en personajes alucinados la vida experiencial
de uno (son procesos de proyección similares). Sin duda, es un buen ejemplo de
cómo utilizar en hipnosis conductas de la vida cotidiana.
Comentarios
El propósito de este artículo no es el de entender la dinámica del problema del
paciente ni la naturaleza de sus desórdenes. Nuestro objetivo es demostrar el
valor de la psicoterapia hipnótica, los métodos de aplicación y las técnicas de
utilización. Uno de los procedimientos de la hipnoterapia es usar, para propósitos
correctivos, los mecanismos mentales o la dinámica de la conducta humana.
Las represiones no siempre se han de romper a través de un esfuerzo
sostenido. Frecuentemente, salimos ganando si las mantenemos ahí durante un
tiempo. La asunción de que el inconsciente debe siempre hacerse consciente tan
rápidamente como sea posible conduce muchas veces a unas comprensiones
desordenadas e inapropiadas, lo cual, más que otra cosa, retarda la resolución del
problema.
La disociación del contenido intelectual con respecto a las emociones facilita, en
muchas ocasiones, la comprensión del significado de ambos. La hipnosis permite
tal disociación cuando ésta es necesaria y la posterior corrección de ambos
componentes.
La proyección, más que para corregir, puede utilizarse como actividad
terapéutica, como hemos ilustrado antes. De la misma forma, las resistencias que
constituyen parte del problema pueden usarse —mediante su manipulación o
puesta de relieve— para que el sujeto descubra nuevas formas de conducta
favorables a la recuperación.
Resumen
En resumen, diremos que el éxito de la psicoterapia hipnótica depende de tres
importantes factores. Uno es la habilidad para usar la propia dinámica y la forma
del desajuste del paciente para conseguir o moldear la terapia deseada.
Otro es la oportunidad que ofrece la hipnosis para trabajar separadamente (y de
forma independiente) o conjuntamente, con los diferentes aspectos de la
personalidad y establecer varios núcleos de integración.
Igualmente importante es la capacidad de la hipnosis para recrear y revivir
experiencias pasadas libres de influencias conscientes, sin distorsiones ni
desajustes, permitiendo el desarrollo de un buen entendimiento de la situación, lo
cual conduce a óptimos resultados terapéuticos.
SEGUNDA PARTE
ESCRITOS POSTERIORES SOBRE HIPNOTERAPIA
INTRODUCCIÓN A LA SEGUNDA PARTE
Los siguientes artículos nos proporcionan una selección de veintiocho casos
clínicos atendidos por Erickson. Estos trabajos cubren una buena variedad de
problemas y diferentes maneras de enfrentarse a los mismos. Tres de estos
casos, en el primer capítulo, tienen que ver con pacientes que sufren de psicosis o
esquizofrenia. Erickson trabajó como psiquiatra investigador en un hospital
psiquiátrico durante las décadas de 1930 y 1940 y hay un número de casos que
demuestran su voluntad de aplicar terapias psicológicas a gente diagnosticada de
esquizofrenia durante muchos años. Él mismo admite que hubo más fracasos que
éxitos, pero que sentía que la hipnosis ofrecía algo único a estos pacientes. Es
interesante comparar la lista de fenómenos hipnóticos con la lista de experiencias
psicóticas (incluidas la alucinación, la catalepsia, la disociación, la amnesia, la
regresión, las alteraciones de las sensaciones del cuerpo) tal como hicieron hace
años Weakland (no publicado) y King (1957). La idea de que puede haber
similitudes en la dinámica subyacente es intrigante; una supondría la evocación
deliberada de experiencias mientras la otra utilizaría esas experiencias como una
retirada o evitación.
El tiempo que Erickson era capaz de dedicar a un solo paciente es muy
revelador. Él mismo nos cuenta que pasó veinticinco horas en el entrenamiento
hipnótico de un paciente antes de empezar la terapia. Con el cuarto caso (George)
estuvo dispuesto a pasar doce horas intercambiando «un galimatías» con su
paciente antes de que éste le pidiese que «hablase con sentido, doctor». La
importancia de la relación terapéutica en la hipnosis queda de manifiesto en el
caso de Sandra. Erickson le había prometido que guardaría «sus episodios
psicóticos a buen recaudo en su archivador», dentro de sobres de manila. Ella
vuelve para comprobar si el doctor los ha guardado sanos y salvos y dice:
«Ahora, doctor, sé que puedo confiar en usted». Yo mismo pude hacer uso de
las técnicas ericksonianas en el caso de un paciente con esquizofrenia catatónica
(véase Procter, 1985). Traté con instrucciones de relajación a un joven en un
profundo estado catatónico, con la respiración dificultada por una infección de
pecho e identificado con la figura de Jesús. Se le propuso recordar cómo usar las
herramientas de carpintería de un curso que había realizado anteriormente (era
carpintero en la vida real). El paciente nos confesó más tarde cuan útil le había
sido esa experiencia para galvanizar su deseo de vivir, lo que le permitió volver a
ponerse en pie unas pocas horas después.
El capítulo 6 contiene dos casos de conducta estereotipada o rutinas que, en la
actualidad, podrían ser clasificados de ejemplos de desórdenes autistas. Son
ejemplos de 15 que se podría conocer como el «enfoque del cambio gradual»
(Howlin, 1998). En el primer caso, Erickson ayuda a un joven que tiene la
compulsión de orinar a través de un tubo de 26 a 30 cm. Al principio le indica que
use un tubo de bambú de mayor longitud y, después, reduce gradualmente la
medida hasta deshacerse de él. En el segundo caso, ayuda a un chico de 17 años
que tiene la compulsión de flexionar y extender el brazo. Erickson le sugiere que
reduzca gradualmente la frecuencia de la acción. La terapia, en estos casos,
consiste en utilizar o incluso prescribir la conducta problema para después
modificarla o reducirla.
Aparte del método que emplea Erickson para tratar sus casos, estas historias
nos proporcionan una buena cantidad de material clínico en el que observar la
psicodinámica de los problemas tratados. Varios de estos casos demuestran cómo
traumas tempranos conducen a reacciones psicosomáticas que, en retrospectiva,
aparecen como reacciones lógicas a los dilemas de la persona. En el capítulo 6, el
paciente F experimenta un episodio de ceguera aguda al pasar frente al garaje
donde trabaja el amante de su esposa. En otro caso, una mujer, víctima de una
violación, sufre de amnesia y disociación al escuchar un nombre determinado y
ver un camión de leche de la marca Borden a través de una ventana. Estos
desencadenantes se revelan relacionados con el nombre del violador. En el último
caso de este volumen (capítulo 13) un estudiante de medicina incapaz de tolerar
las clases de dermatología recupera un recuerdo de un episodio infantil. Se
hallaba jugando con un amigo a la edad de ocho años. Por accidente, el
compañero de juegos se hiere en la pierna, pero el paciente piensa que lo ha
matado. Su padre lo riñe severamente, aunque, por suerte su amigo sólo tiene una
herida «horrible, de un asqueroso color verde». La experiencia resultó más
traumática, quizá, debido a la severidad del padre. El resultado es que el paciente
lo había reprimido, aunque con un aversión muy seria a todo lo relacionado con la
dermatología.
En el capítulo 6, la paciente G se revela como una joven promiscua cuya
conducta hipersexual cambia al darse cuenta, a través de la técnica de escoger
palabras aleatoriamente, de que desea practicar el sexo con su padre en el
contexto de que tiene «una madre muy dominante y un padre muy agradable pero
inefectivo». Sin duda, los teóricos psicoanalíticos encontrarán particularmente
interesante estos ejemplos pero, por supuesto, Erickson procede de una manera
absolutamente diferente a como haría un analista convencional, es decir,
«haciendo consciente lo inconsciente». En contraste, Erickson trabaja del lado de
los mecanismos de defensa, incluso promoviéndolos o prescribiéndolos a veces,
permitiendo que la resistencia al cambio cese. En muchas ocasiones, el paciente
ni siquiera llega a saber que tiene una dinámica inconsciente.
La efectividad y brevedad de las terapias de Erickson se deben, probablemente,
a sus peculiares técnicas y a su extraordinaria habilidad para entender lo esencial
de las dificultades de la persona. En este sentido, para él es crucial utilizar la
dificultad que aparece. A un hombre que considera los tratamientos dentales como
necesariamente dolorosos se le permite mantener su fuerte sensibilidad e
hiperestesia en su mano derecha (capítulo 7, caso número 2; también en el
volumen 1 de esta serie, capítulo 2). En dos casos de parálisis de brazo
desarrollado en el trabajo (capítulo 6, casos A y B), Erickson deja una pequeña
pero simbólica dificultad en forma de rigidez de la muñeca o del dedo meñique;
por lo tanto, se acepta la necesidad dinámica de continuar con un problema y, al
tiempo, se reduce de tal manera que ya no impide el correcto funcionamiento vital.
El trabajo de Erickson nos ayuda a entender que la «resistencia» no es
generalmente una cualidad que contiene la mente del paciente sino que es más
correcto verla como una indicación de que el terapeuta no aplica el enfoque
correcto o va demasiado aprisa. Erickson restablecerá un síntoma, por ejemplo, la
ceguera del hombre mencionado antes (capítulo 6, caso F) y provocará una
amnesia del trabajo terapéutico, permitiendo progresivamente que la persona se
dé cuenta de lo que ha de asumir a medida que vaya estando preparado para
hacerlo. Reorientando a la persona al inicio de la sesión o volviendo a un tema
tratado antes del trabajo terapéutico, se crea la amnesia por implicación. Esta
«amnesia estructurada» tiende a ocurrir naturalmente, por ejemplo, si volvemos a
trabajar en algo que había sido interrumpido por un día de fiesta y podemos
olvidar ese día de fiesta. Erickson usa, a veces, una serie de historias en «forma
de arco» para provocar este fenómeno:
HISTORIA A
HISTORIA B
HISTORIA C
HISTORIA B (continuación)
HISTORIA A (continuación)
Con este método, se tiende a olvidar las historias B y C, como si no hubiese
vínculo lógico que una el proceso de recuerdo.
Otra serie de técnicas fascinante tiene que ver con los dos capítulos que usan
la distorsión del tiempo (capítulo 11) y la pseudo-orientación en el tiempo (capitulo
12). Nuestro sentido de la duración del tiempo, por supuesto, varía según las
actividades que realizamos. Una semana complicada parece ser muy larga y unas
vacaciones divertidas muy rápidas. Hay sueños que duran muy poco y que
parecen haber supuesto meses o años de sucesos. El sentido subjetivo del tiempo
puede ser sistemáticamente alterado mediante la hipnosis (Cooper y Erickson,
1954). Puede ser condensado o dilatado. Erickson lo usa en dos ejemplos con
artistas. En el capítulo 11 un pintor tiene problemas con un bloqueo creativo y
Erickson le ayuda a pintar un cuadro en un tiempo récord (paciente A). También
ayuda a un músico muy atareado a ensayar a una velocidad extraordinaria. La
paciente D es una mujer de 19 años con una gran aversión a la sangre en sus
visitas al dentista. El tratamiento consiste en hacerle revivir «en veinte segundos»
todas sus experiencias traumáticas relacionadas con la sangre, algo parecido a lo
que experimenta la gente en el umbral de la muerte, cuando aseguran haber
repasado toda su vida en cuestión de segundos o minutos.
Otra técnica para manejar la resistencia del paciente consiste en la pseudoorientación en el tiempo o en la proyección imaginaria de eventos en el futuro. En
hipnosis, es bien conocido que una persona puede regresar a pasadas
experiencias, pero Erickson invierte brillantemente el proceso, animando a la
gente a imaginar un futuro en el que han resuelto el problema. Eso es lo que hace
con un hombre que compulsivamente visita la tumba de su madre (después de
que su padre lo obligara a hacerlo de niño). Su reacción posterior fue que, de
alguna manera, se encontró «demasiado ocupado para visitar la tumba durante las
dos últimas semanas».
En uno de los casos más interesantes de Erickson (capítulo 9), el psiquiatra
ayuda a un hombre que sufre de dolor causado por un cáncer terminal. El paciente
se resiste a la idea de la hipnosis, pero aun así, Erickson intercala sugestiones
hipnóticas en una inocente charla sobre el cultivo de tomates (el paciente se
dedicaba a esa actividad). Al final del capítulo, Erickson nos describe cómo ayuda
a su secretaria a superar un dolor de cabeza muy molesto. La técnica consiste en
introducir sugestiones subliminales en el dictado que hace a la paciente/secretaria.
A mi entender, la «técnica de la intercalación» puede generalizarse a la técnica de
entrevista, útil clínicamente en una serie de situaciones, especialmente cuando se
trabaja con niños. En algunas conversaciones uno puede sostener varios temas a
la vez, saltando de uno a otro en una corriente continua. Puedo estar hablando
con un niño acerca de sus intereses, de lo que le gusta más en la escuela, de las
experiencias con su padre y volver a lo que le interesa antes de que se retraiga
por haber abordado un tema doloroso. Después, uno vuelve a hacer un poco más
de trabajo en el área dolorosa cuando las aguas vuelven a su cauce.
En el capítulo 10, Erickson nos cuenta cómo ayudó a su hijo Robert, que se
había herido en una caída. En una maravillosa serie de sugestiones,
perfectamente construidas y sincronizadas, le dice que se limpie la herida y acepte
los puntos que le van a poner usando su rivalidad natural con su hermana.
Erickson titula la historia «Hipnoterapia pediátrica», ¡con la implicación de que en
ese relato hay suficiente como para cubrir ese tema! Si analizamos con atención
este artículo, veremos que realmente se nos enseña muchísimo acerca del
tratamiento de niños y jóvenes.
Estos artículos (sólo algunos de sus casos terapéuticos; aquí únicamente se
incluye un 10 %) muestran que Erickson era un trabajador extremadamente
versátil, a veces dispuesto a romper la ortodoxia de la psicoterapia. Yo estoy
convencido de que Erickson tenía en cuenta el interés de sus pacientes por
encima de todo. En la actualidad, existe un debate enconado acerca del abuso
terapéutico y el poder del terapeuta, y el trabajo de Erickson podría suscitar
algunas críticas en ese sentido. Por ejemplo, en el capítulo 5, el psiquiatra insulta
a una paciente que tiene una imagen de su cuerpo muy negativa. Y este es sólo
uno de muchos ejemplos similares. Claro está que, al final, el tratamiento tuvo
éxito. La paciente se sintió entendida y, a partir de ahí, Erickson utilizó el propio
constructo de la paciente para modificarlo. En los dos casos del capítulo 6, que
tratan de hombres con problemas de parálisis nerviosa, utiliza un fingido
conocimiento médico para resolver el problema. En manos de un psicoterapeuta
con mucha experiencia, podría justificarse esta conducta, aunque yo mismo dejé
muy pronto de usar estas técnicas y así se lo aconsejo a todo el mundo. De todas
formas, quiero recordar a los lectores que Erickson ejerció su actividad en una
época en la que la relación paciente-médico era muy diferente a la actual.
H. G. Procter
Bibliografía
Cooper, L. F. y Erickson, M. H., Time distortion in hypnosis, Baltimo
re, Williams & Wilkins, 1954. Howlin, P., Children with autísm and Asperger
syndrome: aguidefor
practitioners, Chichester, Wiley, 1998. King, P. D., «Hypnosis and
Schizophrenia», en Journal qf Nervous and
Mental Disease, 1957, nB 125, págs. 481486. Procter, H. G., «A construct
approach to family therapy and systems in
tervention», en E. Button (comp.), Personal Construct Theory and
Mental Health, Beckenham, Kent, Croom Helm, 1985. Weakland, ].,
Schizophrenia and Hypnosis: phenomenal similarities
and theirpotential relevance, inédito, Palo Alto, Mental Research
Institute, 1956.
5
LA HIPNOSIS: SU RENACIMIENTO
COMO MODALIDAD DE TRATAMIENTO 14
Milton H. Erickson
Introducción
La hipnosis es tan antigua como la medicina
y casi tan antigua como el ser humano
El estudio de las civilizaciones de la Antigüedad revela que las artes curativas
de antaño incorporaban un uso primitivo de la hipnosis. Estas civilizaciones
emergieron, florecieron y desaparecieron para ser reemplazadas por otras más
prósperas. Pero la hipnosis permaneció puesto que el hombre no dejó de pensar,
actuar y desear. A través de los tiempos, ha existido una sempiterna necesidad de
formular el encantamiento, de usar el sueño sanador y la paz interior.
En tiempos remotos, los sacerdotes y sacerdotisas prestaban sus ser-vicios a la
comunidad sanando en los templos del sueño, construidos sobre las ruinas de los
todavía más antiguos templos de Morfeo. Los chinos, los hindúes, los griegos y los
egipcios tenían templos donde se administraba la hipnosis y la sugestión para
aliviar a los que sufrían. Indudablemente, todavía se han de descubrir más
civilizaciones y podremos comprobar que todas usaban la hipnosis en sus ritos,
encantamientos o, directamente, en lo que suelen llamar sueño mágico. No le es
difícil al hombre encontrar a otros de su especie con las mismas necesidades.
Durante la Primera Guerra Mundial se produjo un renacimiento del interés
médico por la hipnosis, aunque no duró mucho. Los alemanes agotaron ¡su
suministro de anestésicos químicos y no tuvieron otra opción que usar la hipnosis
en su lugar. Después de la guerra, particularmente en Inglaterra, se siguió usando
la hipnosis —y sus posibles efectos calmantes y reeducativos— especialmente
para los casos de choque traumático.
Hacia la década de 1930, apareció un nuevo tipo de estudio de la hipnosis. Se
trataba del uso de la hipnosis como medio para la investigación de la conducta
psicológica y fisiológica. A esto se dedicó el autor de este artículo, a la sazón
alumno de Clark L. Hull. A consecuencia de ello, Hull se interesó por la hipnosis y
procedió a demostrar que podía ser investigada en el laboratorio tal como lo eran
otras formas de conducta humana. Las primeras publicaciones sobre el tema
salieron de su laboratorio y, junto con otras posteriores, demostraron que la
14
M. H. Erickson; ■Hypnosis: its renascence as a treatment modality-, en Treiuls in Psycbiatiy, 1967, nB 13, págs. 3-43
hipnosis podía ser evaluada mediante los cambios fisiológicos que se obseivaban
en el sujeto. Por lo tanto, podían investigarse las diversas fuerzas y experiencias
que constituían la fundación de la personalidad.
Durante la Segunda Guerra Mundial, los médicos y psicólogos que habían
trabajado con ella, descubrieron que la hipnosis no sólo servía para producir
anestesias, tal como habían demostrado los alemanes durante la Primera Guerra
Mundial, sino para investigar las curiosas experiencias resultantes de la «fatiga de
combate». Más aún, podía emplearse para reeducar al paciente para que
entendiese mejor sus capacidades frente al estrés de la guerra. Gracias a esas
intervenciones se evitaron muchas bajas. Cuando acabó la Segunda Guerra
Mundial, muchos de aquellos médicos, psicólogos y dentistas volvieron a la vida
civil y se dieron cuenta de que la hipnosis podía aportar algo nuevo a la ciencia
moderna.
Esos pioneros organizaron equipos de formación que viajaban por todo el país
dirigiendo seminarios sobre hipnosis. Estos equipos incluían gentes con buenos
conocimientos de medicina general, psicosomática, psiquiatría, obstetricia, cirugía,
psicología y odontología. Enseñaban a sociedades médicas, psicológicas y otras
organizaciones. Se requería una titulación oficial para asistir a los mismos.
Lentamente, el mundo científico fue dirigiendo su mirada hacia la hipnosis. El
resultado es que aquí y allá fueron proliferando los departamentos que permitían
llevar a cabo investigaciones mediante el uso de la hipnosis.
En 1949, un pequeño grupo de científicos fundaron la Sociedad de Hipnosis
Clínica y Experimental en la ciudad de Nueva York. La organización estaba
dedicada al desarrollo de la hipnosis y una de sus primeras actividades fue fundar
una revista sobre el tema. En 1957 apareció la Sociedad Americana de Hipnosis
Clínica, que estimuló la creación de numerosas sociedades para el estudio
hipnótico en todo el mundo. Por otro lado, también tuvo el beneficioso efecto de
despertar el interés de ilustres estudiosos. El bienestar iatrogénico, en
contraposición a la enfermedad iatrogénica, pasó a ser el centro de interés.
Realmente, en esos momentos, era poco lo que se sabía sobre la potencialidad
del ser humano, especialmente sobre su psique. La hipnosis ofrecía un campo
diferente de exploración de la conciencia, un enfoque nuevo de investigación que
podía abrirse paso en terrenos inaccesibles para la medicina tradicional.
La hipnosis, como complemento de la práctica de la medicina, ha abierto
nuevos campos de exploración en el estudio de la conducta humana y está
cambiando los conceptos de las potencialidades psicológicas y fisiológicas. Que la
hipnosis será productiva es incuestionable. Pero cuánto y de qué manera, nadie
puede decirlo todavía.
Definición de hipnosis
Un estado especial de conciencia
Todavía hay en la actualidad muchas personas que piensan que la hipnosis es
un sueño sanador, una fuerza mágica, una especie de poder demoniaco, tal como
se ha entendido durante miles de años.
Pero ¿qué es lo que los científicos denominamos hipnosis? Con toda seguridad,
no se trata del sueño fisiológico, incluso cuando puede parecérsele. Es cierto que
puede producirlo, pero es algo diferente. Por supuesto, no tiene nada que ver con
poderes mágicos ni se trata de una fuerza bárbara procedente del averno. La
hipnosis es un estado especial de conciencia —al que se llega normalmente con la
ayuda de otra persona— en el que cierta conducta de la vida diaria se manifiesta
directamente. La hipnosis es un tipo de conducta especial pero normal que
aparece cuando la atención o los procesos mentales se dirigen al cuerpo de
aprendizajes adquiridos en las experiencias de la vida.
En ese estado especial de conciencia se pueden encontrar las diferentes
formas de conducta de la vida de cada día y, aunque difieren en cuanto al grado y
relaciones que establecen, siempre se hallan dentro de los límites de lo normal.
Con la hipnosis no se consigue trascender las habilidades que poseemos o
implantar nuevas capacidades, sino sólo potenciar la expresión de las mismas,
aunque quizá no nos hayamos dado cuenta de que están ahí. La hipnosis no
puede crear nuevas habilidades en una persona, pero puede ayudarle a manejar
las que ya tiene.
La hipnosis en la práctica clínica
El principio del uso de la hipnosis clínica es que se beneficia de la restricción o
concentración de la atención del paciente sobre aquellos elementos que pueden
favorecer su bienestar.
Por ejemplo, cualquiera puede caminar sobre un tablón de madera de tres
metros de largo por sesenta centímetros de ancho en el suelo en estado de vigilia
normal. Pero suspendamos ese tablón en el aire a cinco metros del suelo y
veremos cómo cambia la tarea. En el estado normal de conciencia la acción queda
limitada por consideraciones que no tienen que ver con la tarea en sí. Incluso si la
tabla estuviera apoyada en un suelo transparente a mucha gente todavía le
seguiría siendo imposible pasar por allí. Algunas ideas, comprensiones, creencias,
deseos, esperanzas y miedos pueden impedir que ejecutemos lo que nos
proponemos en el estado de vigilia, distorsionando incluso los objetivos que
deseamos. En el estado de hipnosis, el campo de la conciencia está limitado y
tiende a restringirse a materias pertinentes; lo demás, resulta irrelevante.
Fijémonos en otro ejemplo: un paciente con quemaduras está desesperado y sólo
desea que le calmen el dolor. No quiere que le hablen acerca del dolor, no le
apetece comer o beber, no puede dormir debido al propio dolor, el miedo y la
ansiedad que le provoca su estado.
Bajo hipnosis, en contraste, el paciente con quemaduras sí que es susceptible
de algo más. Puede recibir sugestiones. Estará tan interesado en las sugestiones
como en que le administren morfina o analgesia. Se le puede sugestionar para
que coma y beba, algo que ninguna droga puede lograr (además, las drogas
retardarán la eliminación de toxinas). Más aún, el sujeto podrá disfrutar de un
sueño fisiológico natural que es mucho mejor que el narcótico.
Aun en el caso de que la hipnosis no pudiese liberarlo de todo el dolor, la
sintomatología se reducirá enormemente y así podremos rebajarle la medicación
que está interfiriendo en la eliminación de toxinas.
El autor puede aportar su propia experiencia como ejemplo. En una ocasión
trató a un chico de siete años que tenía quemaduras graves en un brazo, el
hombro, el pecho y el costado. Se le vendaron las áreas quemadas pero, gracias a
la hipnosis, no fue necesaria la medicación. El paciente se recuperó en tres
semanas. Su estado no requirió más que una sesión de hipnosis porque las
sugestiones pos hipnóticas fueron suficientes para mantener los efectos deseados
durante toda la hospitalización.
En otra ocasión, trató a un paciente de unos veinte años de edad que llevaba
tres años ingresado en un hospital diagnosticado de esquizofrenia catatónica. Su
curso clínico en el hospital se volvió muy previsible. Periódicamente se elevaba su
tensión y ansiedad para, al cabo de ocho días, alcanzar el pico de conducta
violenta. Cuando llegaba a ese estado, tenía que ser recluido durante un periodo
de cuatro a seis semanas. Después, seguía un periodo de seis a ocho días en el
que se iba calmando, para llegar al octavo día en un profundo estado de pasividad
e inaccesibilidad, y nunca fue capaz de dar ninguna razón clara de su conducta.
Este estado continuaba después durante un periodo de siete a nueve semanas,
tras el cual empezaba otro ciclo de nuevo.
Durante un periodo de remisión, estuvimos aproximadamente veinticinco horas
tratando al paciente e intentando que aprendiese a entrar en trance
sonambulístico con fines experimentales. Se le dio la sugestión pos hipnótica de
que iba a «responder siempre».
Al principio de la tercera semana del siguiente periodo de desorden, el paciente
se hallaba atado, totalmente inaccesible por los medios ordinarios (en ese estado
era incontinente y se le alimentaba mecánicamente). Nos acercamos al paciente,
le tocamos la muñeca con delicadeza y lo llamamos «John», un nombre que
habíamos acordado durante los trances hipnóticos previos y que sólo usaríamos
bajo trance. Después de que lo llamásemos tres veces a intervalos de cinco
segundos (junto con cada llamada se le tocaba suavemente la muñeca), pareció
reconocernos y preguntó qué queríamos. Casi inmediatamente, el paciente
pareció darse cuenta de que estaba inmovilizado y preguntó qué le sucedía. Sólo
se le dijo que sería interesante que les hablase a los estudiantes de medicina, un
procedimiento al que estaba muy acostumbrado durante sus periodos de remisión.
«John» dijo que no se encontraba muy bien, que estaba lleno de «sentimientos
horribles» y miedos y ansiedades y que, en definitiva, dudaba de poder hablar con
ellos. También preguntó por qué le llamaban «John» en vez de Frank, su nombre
real. Esto reveló que no se hallaba en estado de trance hipnótico, cosa que nos
sorprendió, porque se suponía que sólo saldría de aquella situación de alteración
en estado de trance. Aun así, se le urgió a que se duchase, se vistiese y hablase
con los estudiantes. Se le dijo que en cualquier momento podría pedir que lo
inmovilizasen de nuevo si sentía que no aguantaba la situación. Aunque dudando
un poco, aceptó.
Después de dos horas con los estudiantes, Frank dijo que se estaba «poniendo
enfermo» y nos pidió que lo atásemos lo más rápido posible. Incluso ayudó,
ansiosa y precipitadamente, a asegurar los nudos. Cuando se hallaba
completamente inmovilizado, se le informó de ello. Inmediatamente comenzó su
conducta desordenada de gritos y lucha violenta, de nuevo completamente
inaccesible.
La semana siguiente, la cuarta semana del brote, se siguió el mismo
procedimiento y también se consiguió contactar con el sujeto.
Hacia la quinta semana, empezó a entrar en el periodo de remisión y, al final de
la misma, ya había recuperado su estado normal. Durante un tiempo, decidimos
no intervenir para permitirle disfrutar de esa desaparición espontánea de síntomas.
Durante la octava semana de remisión llevamos a cabo con él algunas
demostraciones de hipnosis y resultó ser un sujeto hipnótico excelente.
Desafortunadamente, ningún interrogatorio arrojó luz sobre sus periodos de
desorden. Parecía incluso no apercibirse de que había tenido periodos de
desorden, aunque sí sabía que, por ejemplo, hacía poco había pasado un tiempo
que no podía explicar, que había desaparecido de su memoria.
Durante el siguiente periodo de conducta desordenada probamos a contactar
con él mediante el sistema de tomarle la muñeca y llamarlo tres veces «John».
Podíamos hacerlo a intervalos de cuatro días o más. Hubo dos fracasos cuando
se intentó aplicar el procedimiento a intervalos de tres días. Por lo tanto, decidimos
a partir de entonces que no intentaríamos contactar con él si no pasaban al menos
cuatro días entre experiencias hipnóticas.
Ninguno de los otros psiquiatras estaba dispuesto a seguir el ejemplo del autor.
Varios estudiantes de medicina sí lo intentaron y lo consiguieron, aunque podemos
decir que no se trata de una prueba fiable, ya que el autor estuvo siempre
presente. Pero en general, en aquella institución no se recomendaba —más bien
todo lo contrario— el uso de la hipnosis con pacientes psicóticos y alterados,
aunque no se pudiese contactar con ellos de ninguna otra manera. De todas
maneras, la posición del autor dentro del personal facultativo de la institución le
permitió seguir llevando a cabo esos experimentos tan poco «ortodoxos».
Animado por esta experiencia con Frank, intenté un procedimiento similar con
otros seis pacientes esquizofrénicos, catatónicos y hebefrénicos. Los resultados
fueron similares; de hecho, tres de ellos fueron dados de alta. En tres años, todos
habían vuelto al hospital con una conducta muy alterada. Pese a ello, todos
respondieron a las claves pos hipnóticas anteriores y, al poco, pudieron ser dados
de alta.
Más tarde, se empleó la hipnosis con éxito en tres pacientes maniacodepresivos violentos que mostraban remisiones suficientemente largas como para
permitir un entrenamiento hipnótico. Con ellos, así como con los esquizofrénicos
muy violentos, podíamos interrumpir sus episodios de excitación durante un
tiempo de dos a cuatro horas antes de volverlos a inmovilizar o devolverlos a sus
habitaciones de reclusión.
En la experiencia del autor, esta manera de tratar la conducta psicótica alterada
era única. Aun cuando el porcentaje de fracasos fue mayor que el de éxitos, la
obtención de conducta razonablemente normal mediante la hipnosis indicaba, de
una manera limitada, que esa técnica podía ser efectiva y que merecía más
investigación.
El problema aún radica en convencer a los miembros de la profesión médica de
que los pensamientos, las emociones y los aprendizajes pasados de cada persona
juegan un rol muy importante en el funcionamiento psíquico y fisiológico.
Tres casos de hipnosis en la práctica médica
Los siguientes casos ilustran cómo los potenciales de una persona pueden
restaurar su bienestar. La hipnosis aísla al sujeto de su entorno inmediato
consciente y dirige su atención a él mismo y sus potencialidades reales. La
hipnosis es similar a un laboratorio convencional, ya que se trata de un laboratorio
que existe en el interior de las personas.
Edward C.
Edward tenía una hermana seis años mayor que él. Su padre era empleado de
una planta industrial. Cuando se graduó en la escuela secundaria, Edward
consiguió empleo en la misma planta. Era callado, pensativo, tenía pocos amigos
y más bien superficiales. No estaba interesado en las chicas, aunque había
llevado a dos o tres a ver una película (pero nunca la misma chica dos veces). No
era ni amistoso ni hostil. Un día, mientras estaba en el trabajo, se vio súbitamente
atacado por un problema. Tuvo que ser reducido por dos compañeros hasta que
vino la policía para ponerle unas esposas y unos grilletes en los pies y llevarlo a la
sala de psicopatías del hospital de la ciudad. Desde ahí, fue remitido a un hospital
mental. El personal lo diagnosticó de esquizofrénico, del tipo catatónico.
Desde entonces, Edward solía sentarse en una silla calladamente. Escuchaba
atentamente cuando le hablaban, pero nunca respondía. Sin embargo, unas tres
veces cada veinticuatro horas se comportaba de modo violento. Corría
salvajemente por el dormitorio, arrastrándose por debajo y por encima de las
camas, apartándolas de las paredes. El desorden duraba unos veinte minutos y
después, cubierto de sudor, volvía a la silla y, por la noche, a su cama. Edward
nunca dijo nada sobre esos episodios. Más de una docena de psiquiatras
entrevistaron al paciente, pero sin obtener ninguna respuesta verbal. Todas las
entrevistas fueron un fracaso, y así pasaron tres años.
Finalmente, el autor se decidió a usar la hipnosis. Se empleó la técnica de la
relajación, con sugestiones de fatiga, sueño y atención a lo que se le decía. En
unos veinte minutos, Edward ya presentaba toda evidencia física de hallarse en
estado de trance. Mostraba catalepsia y movía la cabeza para responder sí o no a
las preguntas. Se determinó pronto que quería hablar de sus problemas, pero que
no sabía cómo. Esta información fue obtenida gracias a las muchas preguntas que
se le hacían y las parcas respuestas que podía dar (sí o no con la cabeza). El
autor le explicó que iba a ayudarle y que esa ayuda consistiría en sentarlo en una
silla y que tuviera un sueño. (Un sueño era aceptable porque es una experiencia
interior, mientras que una conversación no lo es.) Este sueño tendría lugar durante
la siguiente noche, pero, si así lo quería, podía tener lugar en la próxima hora.
Edward sacudió la cabeza afirmativamente. Se le dijo que iba a soñar acerca de
su problema de manera que obtendría información acerca del mismo, acerca del
motivo que lo retenía en un hospital. Se le dijo, a su vez, que tendría que
relatarnos el sueño después de haberse producido. Se le pidió que pensase en
ello durante inedia hora todavía en estado hipnótico. Se le explicó que el autor se
ausentaría un rato y que después tendría que decir si quería soñar durante la
próxima hora o no. Edward movió la cabeza en señal de aprobación. Se le dejó
pues, sentado en una silla, en estado de trance. Media hora más tarde se le hizo
la pregunta anunciada. Edward respondió afirmativamente de nuevo. El autor se
sentó cómodamente cerca del paciente y esperó unos quince minutos, el tiempo
que Edward dijo que necesitaría para empezar a soñar. Exactamente quince
minutos después, Edward se puso extremadamente tenso y empezó a sudar. Sus
músculos se agitaron. Apretó las mandíbulas. Esos cambios duraron unos veinte
minutos. Entonces, Edward se relajó y suspiró profunda-mente. Se le preguntó:
«¿Esta soñando?». Él contestó: «Sí, es horrible, absolutamente horrible».
Se le pidió que narrase el sueño, si podía. Movió la cabeza afirmativamente y
dijo: «Puedo hacerlo, pero deme la mano, porque me asustaré de verdad».
Edward relató su sueño. Se imaginaba a sí mismo expulsado a una especie de
oscuridad total y perseguido por una fuerza terrible. «Me arrastra, tira de mí, me
retuerce. Me arrastra a unas grandes pilas de alambres afilados, a través de
montones de cuchillos. .Me sacude hacia un lado y luego al otro. Me mete y me
saca de ahí y noto todo el tiempo los cortes. No puedo ver nada. Sólo siento el
dolor. Sigue y sigue. Estoy tan asustado.»
Le pregunté si había algo que yo pudiera hacer para ayudarle. Edward
respondió que nada ni nadie podía ayudarle, que todo lo que podía hacer era
sentarse y esperar. Le pedí entonces que se sentara cómodamente, que
descansase dos o tres horas y que no permitiese que le pasase nada. Durante
esas horas se le dijo que se despertase y fuese a comer como hacía
habitualmente. Más tarde, ese mismo día, nos dirigimos a Edward nuevamente.
Estaba en silencio, pero miraba al autor con atención, en su primer esfuerzo real
en tres años por responder a un psiquiatra.
Le pregunté si me permitía hipnotizarlo otra vez. Edward movió la cabeza
afirmativamente y extendió la mano. Se la tomé con cuidado y se le indujo el
trance en unos minutos. Tan pronto como la catalepsia nos indicó que el paciente
se hallaba en estado de trance, le pregunté si estaba dormido. Él respondió:
«Estoy profundamente dormido, descanso cómodamente. Estoy dormido salvo
que oigo su voz. Me gusta así». Le pregunté después: «¿Quiere tener otro
sueño?».
El paciente respondió: «No». El autor persistió: «Me gustaría que tuviese otro
sueño porque creo que puedo ayudarle si lo tiene». Edward respondió: «Si ayuda,
lo intentaré». (Los enfermos quieren colaborar, lo que suele suceder es que no
saben cómo.) Se le pidió a Edward que escuchase con atención. Se le dijo que iba
a soñar el mismo sueño anterior. Movió la cabeza y dijo: «¡No!, ¡No!». El autor
continuó: «Quiero que las condiciones sean diferentes, quiero el mismo sueño
pero con diferentes personajes, porque todos esos alambres, cuchillos y arbustos
espinosos se pueden calificar de "personajes". Esta vez quiero que tenga el
mismo sueño, con las mismas emociones, pero con un diferente reparto de
personajes. ¿Hará esto por mí. Edward? Sepa que es por su propio bien».
Después de algunos minutos de reflexión, Edward preguntó cuándo debía
empezar. Se le respondió: «¿Está bien dentro de cinco minutos?». Hubo un
dudoso y desganado «Sí». Contamos los minutos —uno, dos, tres, cuatro— y
unos cincuenta segundos después tensó los dedos en mi mano y mostró la
conducta previa: tensión, músculos agarrotados, sudoración difusa y temblores.
De nuevo, la conducta duró unos veinte minutos y de repente se relajó y se hundió
en la silla. Ante la pregunta correspondiente, respondió: «Ya se ha acabado. Fue
el mismo sueño. Tómeme la mano con cuidado. Se lo contaré, pero no me haga
soñar más en eso».
Edward empezó a relatarnos el sueño. Una terrible oscuridad lo había envuelto
y el mismo horrible poder lo perseguía, pero esta vez lo arrastró, lo empujó, lo
retorció y lo tiró por el precipicio de un cañón inacabable. Durante toda la caída
estuvo recibiendo el impacto de piedras y tierra desprendida que le caían encima
provenientes de todas partes. Él iba dando tumbos de un lado a otro del cañón y el
polvo le entraba en los ojos y en la boca. Grandes piedras cayeron sobre sus
piernas. Había momentos en que quedaba enterrado bajo un desprendimiento de
tierra, y cuando lograba salir, le caía otro encima. Edward acabó su descripción:
«Era el mismo sueño de la otra vez, pero en un cañón. Eso es todo. Ahora déjeme
descansar». Le agradecí su ayuda y lo desperté. De nuevo se hallaba allí sentado
en silencio, atento y sin hablar. Ahora ya no sacudía la cabeza para responder. Al
día siguiente, acudí a ver al paciente. Sólo respondió para volver la cabeza en
señal de que no quería comunicarse. Al día siguiente, me acerqué de nuevo, pero
tampoco quiso comunicarse. Así" continuó durante una semana. Las enfermeras
informaron de que no había padecido sus habituales episodios de desequilibrio.
Entonces, doce días más tarde, Edward sufrió uno de sus ataques violentos.
Cuando lo visité aquella tarde, no quiso responder a las preguntas hasta que se le
preguntó si quería entrar en trance hipnótico. Respondió que sí con la cabeza. En
un par de minutos ya se hallaba en estado hipnótico. Se le preguntó: «¿Le han
ayudado esos sueños?».
Edward dijo: «Sí. Esos sueños es lo que sucede en la sala de psiquiatría y en el
dormitorio cuando tengo un ataque. Son lo mismo». Le pregunté: «¿Podría tener
otro sueño de ésos?». Respondió: «No», pero dudando. Le dije que no parecía
muy convencido de esa respuesta negativa. Parecía que quería decir sí. Se le
pidió que se explicase. Dijo: «Esos sueños son horribles, totalmente horribles. Lo
que me pasa en la sala es horrible. Pero después de haber soñado con ello, ya no
me ha vuelto a pasar. Sé que volverán, pero no quiero tener uno ahora». Le dije:
«Pero así como los dos primeros sueños le ayudaron, quizás un tercero le dé unos
días de descanso. ¿No quiere intentarlo?». Con miedo, dudando, finalmente dijo
que sí.
Una vez más le expliqué: «Quiero que tenga el mismo sueño, pero con
diferentes personajes. No con alambres, cuchillos o rocas. Quiero que sueñe lo
mismo, pero con otros personajes. ¿Qué le parece empezar dentro de cinco
minutos? Le sostendré la mano con fuerza». Edward dijo débilmente: «Sí». Esta
vez tuve la precaución de darle la mano al paciente por los dedos, porque ya
había experimentado la fuerza que podía llegar a imprimir a su mano cuando se
excitaba. Unos cinco minutos más tarde empezó a mostrar la actividad anterior.
De nuevo duró unos veinte minutos. Cuando finalmente se relajó, respirando con
dificultad, le pregunté: «¿Me puede decir qué ha soñado?". Respondió: «Sí».
Edward explicó que había soñado con «una tar-tana» que estaba llena de cristal
roto. Era una tartana muy grande en la que iban cuatro personas. Él era uno de los
cuatro. A los otros no les ocurría nada cuando la tartana bajaba a toda velocidad
por una carretera de montaña con curvas muy cerradas. Se salía de la carretera,
bajaba por la pendiente e iba a parar a la carretera debajo. Iba a una velocidad
endiablada. No podía ver a la gente. Sólo sabía que se trataba de gente horrible.
El cristal llenaba toda la tartana, pero sólo le tocaba a él. Cada vez que la tartana
saltaba, el cristal lo golpeaba. Fueron cayendo y cayendo hasta que la oscuridad
cesó y el sueño se acabó. Se le agradeció a Edward su ayuda y se le dijo que se
despertase tan cómodamente como pudiera. Se despertó, pero como ya era
habitual, sin hablar. Se limitaba a mirar atento. Se le veía fatigado, con la camisa
sudada por la emoción y el esfuerzo.
Durante los siguientes seis días no sufrió ningún ataque. Al séptimo día,
Edward movió su silla hasta la puerta por la que el autor solía entrar en la sala de
psiquiatría. Cuando abrí la puerta, Edward me alcanzó con la mano y tiró de mi
brazo. Le pregunté: «¿Quiere algo, Edward?». Lentamente dijo que sí con la
cabeza. Le pregunté: «¿Quiere entrar en trance?». Después de un rato dijo en voz
baja: «Sí». Por primera vez en tres años, había pedido ayuda voluntariamente,
gracias a la hipnosis.
Así que lo hipnoticé de nuevo. Desarrolló el estado de trance muy rápidamente
e inmediatamente le pedí que se «explicase». En esencia su explicación fue:
«Estos sueños son todo lo mismo. Varían en algo, pero son lo mismo. Me asustan.
Me hacen daño. Pero cuando usted me hace soñarlos ya no los tengo durante el
resto del tiempo. Pero sé que hoy voy a tener uno, y no quiero. Así que quizá lo
mejor sea que usted me haga tener uno». (Esto demostraba que realmente estaba
pensando en sí mismo por primera vez.) Por tercera vez, se le dijo: «Sueñe el
mismo sueño, con el mismo significado emocional, pero con diferentes personajes.
Esta vez quizá no sea tan oscuro. Quizá pueda ver un poco más claro. No será
placentero, pero quizá no duela tanto. Así que empiece tan pronto como pueda».
En unos cuatro minutos desarrolló el sueño; veinte minutos más tarde, entre
sudores, Edward dijo: «Ha sido el mismo sueño. Era malo, terrible. Pero no me ha
hecho tanto daño. Caminaba a través de un bosque. El cielo se volvía más y más
negro hasta que no se podía ver nada. Entonces el viento empezó a soplar. Podía
oír truenos, pero no se veían los relámpagos. El viento me arrastraba, me
levantaba por los aires y me lanzaba contra los árboles. Así estuve durante varios
kilómetros. Cuando el sueño iba a acabar, me pareció ver una casa. Pero no estoy
seguro». (Inicio de identificación.)
Se le preguntó al paciente cuándo pensaba que podría tener otro sueño.
Respondió: «No esta semana. Quizá la que viene». Le pregunté si me lo haría
saber. Respondió: «Pase cerca de mí todos los días. Cuando quiera un sueño, le
tomaré la mano». (¡Confiaba en alguien por primera vez en tres años!) Se le pidió
que se relajase, que se sintiera lo más cómodo posible y que después despertase.
Después de despertar del estado de trance, se le preguntó a Edward si le gustaría
hablar. Dijo que sí con la cabeza, pero cuando repetí la pregunta, dijo que no con
la cabeza. Durante los siguientes diez días, pasé siempre cerca del paciente, tal
como le había prometido. No fue hasta el undécimo día que me alcanzó la mano.
Las enfermeras me habían informado de que no había sufrido ningún ataque en
todo ese tiempo. En cuanto me senté a su lado, Edward, sin esperar instrucciones,
entró en trance. Le pregunté si pensaba que iba tener un ataque. Respondió: «Sí,
pronto tendré uno. Tiene que ayudarme».
De nuevo se le pidió que soñase el mismo sueño, pero con menos dolor y más
claro, que pudiese ver los personajes con más claridad. Sus dedos se pusieron
rígidos en mi mano y desarrolló el sueño inmediatamente. La conducta que se le
observaba era esencialmente la misma y duró los veinte minutos de rigor. La
recuperación del sueño fue un poco más difícil. Esta vez se estremeció durante
más tiempo y le faltaba el aire. Eludió mi mano. Se le pidió que contase el sueño.
«Estaba andando por una calle que no conozco. Estaba oscuro. El sol no brillaba
mucho. Llegué a una casa horrorosa. Sabía que no quería entrar, pero algo
terrible me golpeó en la espalda y me metió dentro. Era una habitación horrible.
Entonces, algo como una mujer me golpeó con lo que parecía una escoba.
Después, algo que parecía un hombre saltó sobre mí. Entonces, otra mujer me
golpeaba con un hierro candente. Traté de escapar. Huía de una habitación a otra,
pero ellos siempre me seguían. No podía escapar. Finalmente llegué a la última
habitación. No podía ver quiénes eran. Eran enormes. Eran monstruos. De
repente, el sol brilló y estaba en la calle. Después, me vi en esta silla a su lado».
Le pregunté: «¿Hay algo más que me quiera contar?». Su respuesta fue «No».
«Pero sé que algo terrible va a venirme a la mente. Estoy muy asustado. ¿Vendrá
cada día a hablar conmigo?». Le dije que sí. Todos los días, Edward me esperaba
a la puerta de la sala y dábamos un paseo juntos. Sólo se comunicaba conmigo
mediante los movimientos de cabeza afirmativos y negativos. El cuarto día,
Edward me tomó de la mano y me hizo sentar en una silla. Por primera vez habló
en estado de vigilia y dijo: «¡Quiero que me ayude ahora mismo! ¡Ahora!».
(Después de tres años de inaccesibilidad, Edward se expresaba voluntariamente
por primera vez.) Inmediatamente, desarrolló un trance espontáneo. Le dije de
nuevo que soñase el mismo sueño con los mismos personajes de la última vez,
pero que estaba vez estuvieran «más cerca», «más claros», «que se entendiesen
más, pero no demasiado». Se le dijo que él no iba entender la importancia ni el
significado del sueño, pero que sí iba a ver a los personajes más claramente.
A partir de aquí tuvo el proceso habitual, aunque parecía que sufría mucho
menos. La sudoración disminuyó mucho. Edward relató su sueño como sigue: «No
sé dónde, me llevaron a lo que parecía ser un hospital. Había una enfermera
enorme, horrible, a cargo del lugar. Me lanzaron a una bañera. Me lavaron. Usaron
cepillos de hierro. Me sacaron fuera. Me secaron con toallas hechas de cuerdas
con nudos. Me sacudían aquí y allá. Entonces, una enfermera, no tan grande
como la otra, me agarró del pelo, me dio unas vueltas por los aires y me lanzó al
suelo, donde me golpeé con las camas. Después, me lanzó a una cama roja muy
grande en medio de dos personas horribles. Una de ellas parecía ser una mujer.
Estaba cubierta de irritaciones, como cánceres. No parecía llevar ropa alguna.
Intenté escapar de ella. La única manera de poder moverme era hacia la otra
persona, quien parecía un hombre. Tenía muchas cosas horribles. No sé ni cuánto
de terrible. Tenía miedo de mirar. Me daban golpes en la cabeza para que mirase.
El hombre me gritaba. No me podía levantar de la cama. Intenté explicarle que no
era culpa mía. Esto siguió y siguió. De repente se acabó. Estaba sentado a su
lado».
Le pregunté si quería recordar ese sueño cuando estuviese despierto. Edward
dijo: «No, no puedo. No lo haga». Le pregunté cuándo pensaba que tendría el
próximo sueño. Como respuesta preguntó: «¿El próximo sueño me dirá algo?
Pero tengo miedo de saber». «Sólo si usted quiere», le respondí. «Piénselo
durante tres o cuatro días. No se precipite. No hay prisa. Usted y yo podemos
solucionarlo.» Le pregunté si podía despertarlo. Me respondió: «Sí, pero dígame
algo cuando esté despierto. Algo bonito». Se despertó enseguida a través de una
sugestión y dijo: «Me parece que va decirme algo, pero no sé qué es». Le
contesté con mucho cuidado. «¿Sabe Edward?, ha llegado muy lejos. Está a
punto de recuperarse. Está a punto de no sentir miedo. Está a punto de saber
algo.» Edward respondió: «No sé de qué me habla». Se le dijo que todo estaba
bien.
Tres días más tarde, encontramos a Edward caminando nervioso de un lado a
otro de la sala, con mucha tensión. Al ver al autor, pareció calmarse. Cuando me
acerqué, me dijo: «Pienso que hoy puede hacer algo por mí. Estoy muy asustado,
pero creo que puede hacer algo por mí hoy. Algo que se tiene que llevar a cabo.
Creo que estoy preparado». Lo llevé a un lugar apartado y lo hice sentar.
Inmediatamente desarrolló un estado de trance y me dijo: «Creo que estoy
preparado». Le dije: «Bien, ya que está preparado quiero que tenga el mismo
sueño de siempre con los mismos personajes. Pero deje que tengan un significado
que usted pueda reconocer, que pueda aceptar, que no le asuste. Yo estaré allí. Si
las cosas se ponen muy mal, puedo pararlo todo. Quiero que todo siga adelante,
pero pararé las cosas si es necesario». Al momento, Edward dijo: «Está bien,
estoy empezando a soñar. Estoy en un hospital. Es este hospital. Hay una
enfermera. Es la jefa de enfermeras. Tiene una pinta horrible, parece mala. Hay un
paciente. Parece mi padre. Es el que está en la esquina oeste. Se parece a mi
padre. La primera vez que lo vi, quise matarlo. Quise matar a la enfermera. Hay
otra enfermera. También es desagradable. Se parece a mi hermana. Están
cuidando al paciente. Ese horrible gran paciente. La jefa de enfermeras y la otra
enfermera están al cui-dado del paciente. Él está dando patadas. Trata de
escapar. Lo retienen con fuerza, lo ponen en la cama. Le dicen que no se mueva
de ahi. Ese paciente tiene mucho miedo. Es gracioso. El paciente soy yo. Parezco
horriblemente asustado. El paciente grande parece mi padre. La jefa de
enfermeras parece mi hermana. Ya sé de qué va todo esto. Se lo puedo decir.
Pero preferiría que me despertase para contárselo, porque seré capaz de
escuchar cuando se lo cuente».
Así lo hicimos. Lo despertamos. Estaba temblando. Se puso a hablar
atropelladamente. «Es eso, doctor. Mi padre, mi madre y mi hermana vinieron de
un país extranjero. Todo el mundo respetaba a mi padre allí. Todos respetaban
también a mi madre y a mi hermana. Eran peces gordos. Vinieron aquí, a Estados
Unidos. Entonces sucedió. Todos hicieron de él un extranjero sordo. Eso es todo
lo que él era, un extranjero sordo. Yo nací aquí y aprendí a hablar inglés. Todos se
reían de mi padre y de mi madre. Se reían también de mi hermana. Incluso se
reían cuando yo hablaba. Entonces mi familia se en-fadaba conmigo y me
pegaban. Se resarcían conmigo. Por eso nunca tuve amigos. Me llamaban "el
extranjero tonto". Pero yo no era tonto. No podía tener amigos. Fui a la escuela y
todos me llamaban "extranjero tonto". Estudié duro, pero no podía tener amigos.
Mi padre se emborrachaba todos los días. Trabajaba en una fábrica. A veces no
iba a trabajar. Vivíamos del subsidio. Después encontró un trabajo y yo pude ir a la
escuela secundaria. No me hizo ningún bien. Siempre que volvía a casa, me
arrastraban por ella y me llamaban inmigrante tonto. Hablaban de mí. Se reían de
mí. Decían que yo me creía listo porque hablaba inglés. Me gritaban todo el
tiempo. Mi padre me pegaba hasta derribarme. Mi madre me pegaba con lo
primero que encontraba. Mi hermana era una mujer muy grande. Solía gritar
diciendo que no se podía casar. Todos los días era lo mismo. Yo seguí estudiando
por mi cuenta. Cuando acabé secundaria, empecé a buscar trabajo. Dijeron que
era extranjero, como mi padre. Nada de lo que hiciese podía cambiar la situación.
En la fábrica donde estuve me trataron mal. Yo quería hacer amigos. Quería tener
novia. Pero todo el mundo sabía ya cómo me llamaban. Yo era el tonto extranjero.
Las cosas se ponían más y más negras. De repente, se pusieron completamente
negras, horriblemente negras. Eso es lo que decía mi primer sueño. Iba siendo
arrastrado por todas esas cosas, cada insulto, cada daño, todo eso que me iba
mal, porque nací en Estados Unidos. Yo no era realmente extranjero. Era
estadounidense. Ése era el tema de mi segundo sueño. Ese cañón. Se trata de la
división de la zona de los inmigrantes. ¿Por qué no se olvidan las nacionalidades
de origen? Todos los viejos inmigrantes lo odiaban. No les gusta ser inmigrantes
tontos. Todas esas personas yendo en tartana montaña abajo. Cuando nos
compramos nuestro coche de segunda mano, fuimos al campo. Todo el tiempo mi
padre me llamaba el tonto extranjero nacido en Estados Unidos. Mi madre y mi
hermana también lo decían. Pensé que el paseo no iba a acabar nunca. Dijeron
que era un picnic. Mi madre se mezclaba con la enfermera jefe. El paciente era mi
padre. Durante años quise suicidarme. Tenía miedo porque quería vivir. No podía
seguir vivo. A usted puedo decirle todas esas cosas. Usted es la única perso-na a
quien le he contado todo esto. De alguna manera usted ha conseguido que lo
pueda contar. Nunca pude hablar de esto con nadie. Ahora quiero contárselo. Soy
estadounidense. No me importa lo que mi madre o mi hermana sean. Yo quiero
ser estadounidense. He intentado ser como ellos, pero no puedo».
Al cabo de dos meses, después de tener diálogos sobre el tema todos los días,
Edward decidió cambiar de nombre. Consiguió el permiso de sus padres para
acortarlo. También habló de sus sentimientos hacia su familia. Sentía lástima por
ellos. Sentía que ya no podía hacer nada por ellos, pero sí podía ayudarse a sí
mismo.
Los años han pasado. Edward nunca volvió a un hospital mental. Se readaptó
muy bien y se casó con una chica estadounidense de su misma extracción. Siente
lástima por su padre, que pone en peligro su vida con la bebida, por su madre, que
murió de cáncer y por su hermana, que se suicidó en un ataque de desesperación.
Edward lamenta todo eso, pero ahora está orgulloso de sus hijos. A través de la
hipnosis, aprendió una de las habilidades más importantes de todo ser vivo, a
comunicarse.
Ann R.
Ann, de 21 años, entró en el despacho dubitativa y temerosa. Ya había
mostrado esa actitud por teléfono. Decía que estaba segura de que no la querría
recibir. Se la animó a que acudiera a la consulta. Cuando entró, afirmó: «Se lo dije.
Ahora verá. Mi padre está muerto, mi madre está muerta, mi hermana está muerta
y no me queda nada». Se le pidió que se sentara y, después de unos segundos de
reflexión, me di cuenta de que la paciente sólo podía expresarse de esa manera
tan brutal y desconsiderada. Por lo tanto, haríamos uso de la brutalidad para
convencerla de mi sinceridad. Cualquier otro enfoque, toda amabilidad sería
malinterpretada. Por alguna razón, no podía creer en un lenguaje más cortés. Me
di cuenta de que debíamos establecer comunicación rápidamente. La paciente
tenía que ser convencida, sin duda alguna, de que entendía y reconocía su
problema y que no tenía miedo a hablar de él abierta, libremente, sin emociones,
pero con autenticidad.
Le tomamos algunos datos para la historia clínica. Después, se le hicieron dos
preguntas importantes: «¿Cuánto mide y pesa?». Con una expresión de malestar
emocional extremo respondió: «Mido un metro cincuenta y peso entre 125 y 130
kilos. Soy fea; simplemente una cerda. Si alguien se fija en mí es porque le doy
asco».
Estos rudos comentarios me dieron la oportunidad de abrir una vía de
comunicación. Se le dijo: «No me ha dicho toda la verdad. Voy a decirle algo muy
claro para que se conozca usted a sí misma y sepa que yo sé cómo es usted. Así
sabrá que sé lo que me digo y creerá lo que le tengo que decir después. Usted no
es una cerda asquerosa. Usted es la más gorda y fea bola de sebo que he visto en
mi vida y sólo el hecho de verla me resulta tremendamente espantoso. Usted ya
ha pasado por la escuela secundaria y sabe algo de la vida. Aquí la tenemos,
metro cincuenta y 130 kilos de peso. Usted tiene la cara más fea que he visto en la
vida. ¡Esa nariz de mono y esos dientes torcidos! Y ahora que veo, su mandíbula
inferior no encaja con la superior. Su frente es terriblemente baja. Ni siquiera se ha
peinado bien. Y ese vestido que lleva... con millones de topos. No tiene gusto ni
para la ropa que se pone. Se le salen los pies de los zapatos. Para resumir: usted
es un revoltijo horrible. Pero ¿sabe qué le digo?, que necesita ayuda. Ahora ya
sabe que no dudaré en decirle toda la verdad. Usted necesita saber toda la verdad
antes de poder aprender lo que necesita para salir adelante y ayudarse a sí
misma. Pero no creo que pueda lograrlo. ¿Por qué ha venido a verme?».
La paciente respondió: «Creía que quizá podría hipnotizarme para que pierda
algunos kilos». Yo le dije: «Quizá pueda aprender a entrar en trance hipnótico. Si
ha sido capaz de graduarse en la escueta secundaria, puede que logre aprender
hipnosis. Hipnotizada, tendré la oportunidad de decirle algunas cosas que su
consciente no puede aceptar. Pero bajo trance usted podrá entender. Podrá hacer
algo. No mucho poique usted es muy limitada, pero algo al menos. Quiero que
haga todo lo que le diga, porque de la manera en que ha estado metiéndose
comida por la boca ahora parece un cubo rebosante de basura y necesita
aprender algo para no resultar tan repulsiva al ojo humano. Ahora que ya sabe
que le diré la verdad, cierre los ojos y entre profundamente en trance. Tómese
esto en serio de la misma manera que se toma en serio parecer un adefesio
asqueroso. Entre en un pro-fundo trance hipnótico. No pensará nada, no verá
nada, no sentirá nada, no oirá nada excepto mi voz. Entenderá todo lo que le diga,
y ya puede estar contenta de que quiera hablar con usted. Hay unas cuantas
verdades que quiero decirle. Su consciente no podría asumirlo. Así que duerma un
sueño hipnótico profundo. No oiga nada excepto mi voz, no vea nada, no piense lo
que yo le diga. Actúe como un autómata. Ahora dígame, ¿lo está haciendo?
Mueva la cabeza para decir sí y haga lo que le digo. La primera cosa que voy a
hacer es obligarla a que me diga algo sobre su vida. Puede hablar aunque se halle
bajo trance. Responda a las preguntas brevemente, pero dándome toda la
información que le pido».
«¿Qué es lo que pasa con su padre?» Su respuesta fue: «Él me odiaba. Era un
borracho. Vivíamos de la limosna. Me solía pegar. Es todo lo que recuerdo de mi
padre. Borracho, abofeteándome, pateándome, odiándome».
«¿Y su madre?» «Lo mismo, pero ella murió primero. Ella me odiaba más que
mi padre. Me trataba peor. Me mandaban al instituto porque sabían que los
odiaba. Lo único que podía hacer allí era estudiar. Me hacían vivir en el garaje con
mi hermana. Ella era deforme de nacimiento. Era gorda y bajita. Tenía la vejiga
fuera del cuerpo. Siempre estaba enferma. Tenía una enfermedad del riñón. Nos
queríamos. Sólo nos teníamos la una a la otra. Cuando murió de la enfermedad
del riñón, mis padres dijeron: "¡Bien!". No me dejaron ir al funeral. Enterraron a la
única persona que amaba. Estaba en mi primer curso de instituto. Al año siguiente
mi madre se murió de las borracheras que cogía. Después, mi padre se casó con
una mujer peor que mi madre.
No me dejaba entrar en la casa. Traía bazofia al garaje para que me la
comiese. Decía que podía comer hasta reventar. Que sería una buena despedida
para todos. Era una borracha como mi madre. Tampoco le caía bien a la
trabajadora social, pero me hizo unos exámenes médicos. A los médicos no les
gusta tocarme. Ahora mi madrastra y mi hermana estaban muertas. El
departamento de Bienestar me dijo que me buscara un trabajo. Conseguí uno
recogiendo flores. Los hombres se reían de mí. Se ofrecían dinero para ver quién
se atrevía a tener relaciones sexuales conmigo, pero nadie aceptaba. No sirvo
para nada. Pero aun así quería seguir con vida. Tengo un lugar donde vivir. Es
una vieja casucha. No gano mucho, lo justo para comer maíz y patatas y cosas
así. Quizá pueda hipnotizarme y hacer algo por mí, pero supongo que no servirá
de nada.»
En un tono poco cordial, más bien autoritario, se le dijo: «¿Sabe lo que es una
biblioteca? Quiero que vaya a una y saque unos libros sobre antropología. Quiero
que se fije en todas esas mujeres horribles que salen en las fotos. Son más
horribles que usted, pero los hombres primitivos se casaban con ellas. Mire libro
tras libro con curiosidad, con una curiosidad morbosa. Después, lea los libros que
le contarán cómo los hombres y mujeres se desfiguran, se tatúan, se mutilan para
parecer más horribles. Pásese el tiempo que sea necesario en la biblioteca.
Hágalo bien y vuelva dentro de dos semanas».
Despertamos a Ann de su trance con esa sugestión pos hipnótica y abandonó
la oficina con el mismo talante derrotista con el que entró. Volvió al cabo de dos
semanas. Se le dijo que no perdiese el tiempo, que entrase en trance profundo
inmediatamente. Se le preguntó si había encontrado alguna fotografía
desagradable. Respondió que había visto algunas de las mujeres de los
hotentotes, mujeres con cuellos de jirafa, otras con los labios alargados y
deformes que seguían rituales de desfiguración de las facciones. Después, se le
indicó que se dirigiese a la esquina más transitada de la ciudad (despierta) y que
se fijase en las caras peculiares de las cosas con las que se casan los hombres.
Cuando volvió a la siguiente visita, entró en estado de trance y afirmó que había
visto mujeres casi tan horribles como ella que llevaban anillos de casada. Había
visto hombres y mujeres, seguramente esposos y que ambos eran horriblemente
gordos y patosos. Se le dijo que estaba a punto de aprender algo.
Su siguiente tarea era ir a la biblioteca y conseguir todos los libros que pudiese
sobre cosmetología, que descubriese lo que constituía el canon de belleza para el
ser humano. Cuando volvió a la siguiente visita entró en el despacho con otro
talante, menos apesadumbrada, aunque todavía llevaba su curioso vestido a
topos.
El próximo ejercicio consistía en ir a la biblioteca y mirar los libros sobre
vestidos y apariencia del ser humano, que encontrase algo de quinientos años de
antigüedad, pero que pareciese hermoso en la actualidad. En la siguiente visita, la
paciente desarrolló un trance en el mismo momento de entrar en el despacho. Se
sentó y empezó a hablar de lo que había visto en los libros. Se le dijo que el
próximo ejercicio iba a ser el más duro. Durante dos semanas tenía que ir de una
tienda a otra de ropa femenina con su horrible vestido a topos. Tenía que
preguntar a las dependientes cómo debería ir vestida. Cuando vol-vió nos explicó
que un buen número de señoras mayores la habían llamado -tesoro» y le habían
explicado por qué no debía llevar todos esos puntos en el vestido. Le dijeron que
por qué no llevaba algo más favorecedor, no aquello que exageraba su gordura. El
próximo ejercicio era pasarse dos semanas pensando obsesivamente: ¿por qué
había engordado tanto si ella nació con un peso normal?, ¿por qué se había
encerrado en su burbuja? En la siguiente visita nos dijo que no había sacado
ninguna conclusión acerca de ello.
De nuevo, bajo estado de trance, se le dio otra torea. Esta vez tenía que
descubrir qué razón había para pesar lo que ella pesaba y que se preguntase qué
aspecto tendría si pesase sólo 70 kilos y vistiese apropiadamente, que se
despertase en medio de la noche con esa pregunta y que después se durmiese
tranquilamente. Después de unos cuantos trances más en los que se revisaron las
tareas anteriores, se le dijo que recordase todo lo que había hecho y extrajese lo
que podía aplicársele a ella.
Después, estuvimos visitando a la paciente en intervalos de dos semanas.
Pasados seis meses, acudió para explicarnos que no había ninguna razón para el
sobrepeso que tenía, ni para vestirían mal. Ya había leído mucho sobre
cosmetología, peinados y maquillaje. Incluso había leído algo sobre cirugía
plástica y ortodoncia. Preguntó, en estado de vigilia, si podía permitirse intentar
arreglar su aspecto. En un año más, Ann pesaba 70 kilos. Su gusto por la ropa
era, ahora, excelente. Tenía un trabajo mucho mejor e iba a entrar en la
universidad. Cuando se graduó en sus estudios universitarios, seguía pesando 70
kilos y estaba comprometida. Se había sacado dos dientes que sobresalían
demasiado y los había reemplazado por otros. Ahora su sonrisa era atractiva. Ann
trabajaba en el mundo de la moda, como diseñadora para catálogos y revistas. Un
día, trajo a su novio para presentárnoslo. Entró en el despacho sola y dijo: «El muy
tonto. Se piensa que soy guapa, pero la verdad es que no le voy a desilusionar.
Cuando me mira, los ojos le hacen chiribitas. Pero usted y yo sabemos la verdad.
Tengo algunas dificultades para mantenerme bajo los 70 kilos, y temo que voy a
engordar. Pero sé que me quiere así. Ya verá que Dick es el hombre más guapo
del estado».
Cuando entró Dick en el despacho, me lo presentó, guiñó un ojo y se fue.
Cuando cerró la puerta tras de sí, el joven me dijo: «¿No es una encanto de
chica?». Admití que lo era mientras miraba al «hombre más guapo del estado». En
realidad, era igual de feo que Ann. Sus rasgos parecían no encajar los unos con
los otros. Pero aun así, Ann pensaba que era el hombre más hermoso del estado,
incluso del país.
Llevan casados quince años. Han tenido tres chicos hermosos, dos chicos y
una chica. El autor se atreve a decir que serán adultos bien parecidos. Dick
todavía piensa que Ann es un encanto y ella me guiña el ojo cuando me dice:
«Ese adonis todavía piensa que soy guapa». A nivel económico les va bien y
socialmente también. Ann habla sin tapujos de su terapia, pues recuerda todo lo
que se le dijo. Ha dicho más de una vez: «Cuando me decía esas cosas horribles,
yo veía que era honesto. Supe que me decía la verdad y que podía confiar en
usted. Si no me hubiese puesto bajo trance no habría hecho todo eso que me dijo
que hiciese. A veces me pregunto cómo debió criarse Dick. Sus padres debían de
haberle halagado todo el tiempo. Claro, siendo tan guapo, él nunca ha debido
pasar por esto».
En medicina, así como en el resto de las situaciones de la vida, hay que saber
comunicarse. La semántica es importante, pero la forma de comunicación es
esencial. La hipnosis debe entenderse como una ciencia de la intercomunicación.
Sandra W.
Una bella señorita de unos 38 años de edad concertó una cita por teléfono. Lo
primero que hizo tras entrar en la consulta fue preguntar: «¿Usa usted la
hipnosis?». Le respondimos que sí, en caso de que «lo encuentre apropiado para
el caso». La paciente se sentó y explicó: «Creo que en este caso será necesario.
La mayoría de la gente no me creería, pero estoy seguro de que usted sí. Tengo
un problema con unos jóvenes desnudos que flotan en el aire sobre mi cabeza.
¿Los ve allí junto al techo? Allá donde voy me siguen. No importa dónde estoy,
están siempre ahí flotando. Nunca hacen nada. Sólo flotan.
«También hay otra cosa. Bastante a menudo me gusta flotar en el cielo y viajar
alrededor del mundo en una nube. Algunos piensan que estoy sentada en una
silla, pero no es así. En realidad estoy en una nube flotando alrededor del mundo.
Otras veces bajo al fondo del océano Pacífico, donde tengo un magnífico castillo
de cristal. Paso un par de días o dos, a veces hasta una semana. Es tan hermoso
contemplar los peces que nadan alrededor de mi castillo. No le puedo contar estas
cosas a la gente. No lo entienden. Me llaman loca. Me divorcié de mi ex marido
porque me quería meter en un hospital. No quiero ir allí porque puedo trabajar y
mantenerme. No quiero que la gente interfiera en mis cosas. Dígame, doctor, con
la hipnosis, ¿podrá hacer algo con esos hombres desnudos? Y ¿puede
protegerme de las críticas cuando voy al fondo del Pacífico o cuando floto en una
nube alrededor del mundo?
»Por cierto, doctor, supongo que usted será una persona ética. Ya he visto la
media docena de mujeres que tiene ahí en la esquina bailando desnudas. No
quiero que mis efebos se junten con ellas. Sería inmoral. Espero que las pueda
controlar y, por cierto, también supongo que todo lo que hace con ellas es verlas
bailar.»
Se trataba de un caso de esquizofrenia del tipo catatónico. La paciente
trabajaba en verano como secretaria para una empresa de gestión de inmuebles y
se desenvolvía bastante bien.
«He estado casada en dos ocasiones. Nunca contaba nada hasta que ya
éramos marido y mujer. Entonces, lo contaba todo, lo de mis jóvenes desnudos,
los viajes y todo eso. George se enfadó tanto que me pegó una buena paliza. Bill
fue simplemente horrible. Llamó a varios psiquiatras. Dijeron que estaba psicótica
y que querían llevarme al hospital del Estado. Incluso tuve una vista en los
juzgados sobre eso. Supongo que todo este alboroto se debe a los jóvenes
flotantes y mis viajes. Así que negué ante el tribunal todo aquello y no me
internaron. De todas maneras, Bill se divorció.
»Normalmente enseño en la escuela y en verano hago de secretaria. Sólo he
estado casada dos veces hasta ahora, pero ninguno de mis maridos me entendía.
Enseñar es un problema, porque tengo que mantener todo el tiempo la atención
de los niños, porque si no notarían lo de los jóvenes. Cuando me tengo que bañar
paso mucha vergüenza, pero ya casi me he acostumbrado. No me dejan ni ir al
baño sola. Así que voy sólo por la noche y con la luz apagada.
»Un verano, le dije a mi jefe de entonces lo de los hombres desnudos. Al día
siguiente me dio un cheque por dos semanas de trabajo y me despidió. Nunca
pude entenderlo. Parecía ser un hombre tan sensible.
»He acudido a usted para que me ayude. Quiero que me hipnotice. No quiero
problemas con esos hombres desnudos. Son míos como esas mujeres de ahí son
suyas. Quiero seguir haciendo mis viajes alrededor del mundo. Últimamente me
he estado quedando en mi apartamento hasta una semana entera. Quiero que
cambie las cosas mediante la hipnosis. No se lleve a mis jóvenes. No detenga mis
viajes alrededor del mundo. Déjeme volver al fondo del Pacífico. Quiero
mantenerlos, pero que no interfieran en mi vida diaria. Ahora estoy lista para entrar
en trance.»
Y realmente lo estaba. En menos de cinco minutos ya mostraba todos los
signos de hallarse bajo trance sonambulístico. Se le dijo que se mantuviese en
trance y que hablase libremente. Lo que dijo fue bastante peculiar. Dijo: «Esa
pobre chica, que soy yo, está realmente psicótica, pero no lo sabe. Tiene
alucinaciones todo el tiempo. Y eso que ha ido a la biblioteca y ha leído acerca de
la esquizofrenia cata-tónica. Tiene miedo. Con usted, está disimulando. Bueno, ni
siquiera sabe lo asustada que está. No deje que nunca sepa lo asustada que está
porque puede que haga algo horrible. Ha pensado más de una vez en el suicidio.
Varias veces se ha tomado una sobredosis de somníferos. No tiene a nadie en
quien confiar. Ella piensa que usted puede estar bien y será muy amabilísimo con
ella, ¿verdad? Usted no pensará mal de ella, porque aunque sea psicótica, es
normal. De vez en cuando, se acuesta con hombres, sin estar casada con ellos.
Ella no quiere que usted sepa esto. Hay un montón de cosas que no quiere que
usted sepa hasta que confíe en usted completamente. Tendrá que hacer algo con
esos jóvenes desnudos. Les dedica demasiado tiempo. Se pasa demasiado
tiempo viajando alrededor del mundo... demasiado tiempo bajando hasta el fondo
del océano. Ella realmente cree que existen y le gusta que sea así. Le encanta
mirar desde arriba Hong Kong y otras ciudades. ¿Piensa que puede hacer algo
por ella?».
El terapeuta le aseguró a la paciente sonambulística que, con su ayuda, algo se
podría hacer por «la chica psicótica. Ella soy yo en realidad, ¿sabe?». Se le dio
una serie de instrucciones que escuchó atentamente.
Muy despacio y sistemáticamente se le dio una charla sobre los sueños. Se le
habló de los sueños normales que todo el mundo tiene, como por ejemplo caerse
de una montaña. Uno cae y cae eternamente, al parecer. Finalmente, tras una
hora de caída, uno toca el suelo y se despierta para descubrir que se ha caído de
la cama. Parece que uno ha estado cayendo durante días y semanas y meses y
años. Se le sugirió que emplease el mismo mecanismo de conducta siempre que
subiese a una nube o se sintiese flotando. Tenía que sentir que transcurrían días,
semanas, meses o incluso años. En el reloj auténtico sólo pasaría un minuto o dos
o tres. La paciente sonrió y preguntó: «¿No puede hacer lo mismo en sus viajes al
fondo del mar?». Se le respondió que podía pasarse tres meses allí, pero que el
reloj de la cocina mostraría que sólo había pasado un minuto.
Así pues, nos pusimos de acuerdo en cuanto al procedimiento. La paciente, en
estado sonambulístico, dijo que le parecía una terapia muy satisfactoria, pero con
mucho tacto preguntó también por los jóvenes desnudos. El autor explicó que él
tenía un gran armario en su consulta y que podía dejar a los hombres desnudos
allí. Ellos podrían quedarse allí todo el tiempo necesario y, en cualquier momento,
noche o día, ella podría venir a la casa del autor (la consulta está en su casa) y
comprobar si seguían allí.
La paciente siguió enseñando en la escuela durante algunos años y fue una
maestra de lo más competente. Al principio acudía a la oficina del autor por lo
menos una vez a la semana y pedía que le enseñasen el armario. Siempre se iba
satisfecha. Con el tiempo, la frecuencia de las visitas fue decreciendo. Durante
una época estuvo acudiendo una sola vez cada tres meses. Después, cada seis
meses y finalmente, una vez al año. Durante ese tiempo, hizo muchos viajes
alrededor del mundo en su nube. Estaba muy orgullosa de poder hacer un viaje de
tres meses en tres minutos y de ser capaz de pasar meses en su castillo del fondo
del Pacífico en sólo tres minutos, según el reloj de la cocina. Después de tres
años, la paciente empezó a experimentar dificultades y buscó de nuevo la ayuda
del autor. Nos dijo abiertamente que estaba teniendo episodios psicóticos. Hasta
ahora, había logrado «reservar» esos ataques para el fin de semana, pero le
estaba empezando a costar mucho. Quería saber qué podía hacer al respecto. No
sabía cómo poner los viajes en el armario como había hecho con los jóvenes
desnudos. Además, se molestarían unos a otros. También estaba preocupada
porque temía no poder realizar su trabajo como maestra o secretaria. Se le
preguntó qué pensaba «ella» que podía hacer. Lo dijo muy claro: «Creo que
pienso mejor cuando usted me pone bajo trance». Por consiguiente, se le puso
bajo trance. Cuando ya se hallaba en estado sonambulístico dijo: «Pobrecita, está
realmente teniendo ataques psicóticos. Son muy angustiantes. Ella no le ha
contado toda la verdad. Tiene que mentir y decir que le duele la cabeza y no va a
trabajar. Ya ha faltado más de lo permitido para bajas de enfermedad. Realmente
tiene que hacer algo. El verano pasado perdió dos trabajos como secretaria. A
usted se le ocurrió poner a los jóvenes flotantes en el armario. ¿Por qué no piensa
en algún sitio donde meter los episodios psicóticos?».
Se le preguntó: «¿Podríamos ponerlos en un sobre de manila? Dejémosles
hacer lo que quieran en el sobre y así no interferirán. De hecho, podrían quedarse
aquí para siempre, archivados». La paciente consideró la cuestión y preguntó:
«¿Puede decirme [la próxima vez que ella tenga un episodio psicótico] que entre
en trance hipnótico y que ponga el episodio psicótico en un sobre y se lo traiga?».
La res-puesta fue afirmativa.
A la semana siguiente, la paciente apareció de repente, obviamente en un
estado sonambulístico. «Aquí está el sobre. No lo abra. Está cuidadosamente
sellado. El trance psicótico está ahí dentro. Póngalo en su archivador. Ella vendrá
más adelante para comprobar que sigue allí.» Unos días más tarde, la paciente
acudió a la consulta y dijo: «Creo que tiene algo mío, pero no sé qué es».
Sacamos el sobre de manila del archivador. Ella dijo: «Así que ahí es donde han
ido a parar mis episodios psicóticos. ¿Sabe?, pienso que es una buena idea».
Durante quince años, el autor ha estado recibiendo sobres por correo que
contienen «episodios psicóticos».
Desde hace un tiempo, la paciente vive en una ciudad a mil kilómetros de
distancia. Durante un brote, se tomó unos días libres y vino a ver al autor. Pidió
ver los sobre con sus «episodios psicóticos». Fueron cuidadosamente sacados del
archivador y, uno por uno, se los enseñamos. Antes de que acabásemos, dijo:
«Ahora sé que puedo confiar en usted. No lo podía hacer antes. No tiene que
sacar los demás. Ahora puedo estar tranquila y enviárselos con total seguridad».
En la actualidad, la paciente tiene un buen empleo y hace servicios para la
comunidad. Pronto se retirará para cobrar su pensión de jubilación. Ha estado
casada ocho veces y siempre se ha mantenido ella sola, aunque nunca ha podido
tener una cuenta de ahorro. Hace dos años la vimos por última vez. Parecía al
menos quince años más joven. Fue capaz de confesarle al autor que, durante un
tiempo, fue adicta al alcohol. Después, ingresó en Alcohólicos Anónimos y superó
el problema.
La hipnosis no es una cura. Tampoco lo es la insulina para la diabetes. El que
escribe estas líneas ha conseguido recuperar más de un paciente psicótico para la
sociedad. El caso anterior ilustra el valor de la intercomunicación entre las
personas para conseguir buenos propósitos. Es cierto que todos sus matrimonios
eran cortos, de carácter psicótico, pero no se trata de una paciente de hospital.
Ella cumple su función en la sociedad, recordemos que ahora es también
trabajadora social. ¿Cuántos enfermos serían rehabilitados si los médicos
entendiesen la hipnosis como una modalidad de comunicación de ideas,
conceptos y conocimiento de eso que llamamos inconsciente?
Éste es un ejemplo de un caso al que sólo se podía acceder mediante hipnosis
y sólo gracias a ella pudimos mantener un contacto prolongado con la paciente.
Tendencias de la hipnosis moderna
Hasta hace poco, el estudio de la hipnosis estaba restringido a sus fenómenos
externos. Ahora nos hemos dado cuenta que no sirve de mucho continuar
estudiando la hipnosis por sí sola. En la actualidad, lo que importa son las
asociaciones entre las manifestaciones físicas y los aspectos psicológicos. Los
progresos actuales han surgido de la comprensión de que la hipnosis abre la
puerta a una investigación más amplia de cómo actúa o interactúa la persona con
su cuerpo.
Uno sólo necesita estudiar a los enfermos mentales para ver en ellos cambios
que no responden a lo que sabemos médica o psicológicamente. Con la hipnosis
podemos alterar la conciencia que tiene la gente de su entorno y, usando sus
aprendizajes y experiencias pasadas, producir cambios espectaculares. ¿Cómo se
consigue que una madre dé a luz a su hijo con una anestesia producida por la
palabra hablada? ¿Cómo puede conseguir un hemofílico que le extraigan piezas
dentales sin sangrar y sin medicación? Tenemos que entender los secretos de
estos fenómenos si queremos llegar a entender psicológicamente la salud y la
enfermedad.
El IV Congreso Mundial de Psiquiatría que tuvo lugar en septiembre de 1966,
en Madrid, puso de manifiesto un creciente interés científico por la hipnosis a un
nivel fisiológico. Hubo disensión en una cuestión fundamental: ¿qué es lo que
hace que un individuo con una actitud negativa hacia el médico o terapeuta sane
más despacio? Y a la inversa, ¿cómo se podría manipular esa fuerza que retrasa
la curación para que haga lo contrario, la acelere?
Por lo tanto, la tendencia de la hipnosis se centra en la comprensión científica
del funcionamiento del cuerpo humano y de las fuerzas que influyen en él. La
hipnosis puede ser usada para despertar aprendizajes adquiridos por el cuerpo
humano, pero que la persona en cuestión desconoce. El dolor y el estrés son dos
de los grandes problemas de la medicina. Se necesita diseccionarlos, analizarlos y
estudiarlos. Las enfermedades mentales son la ruptura de la comunicación entre
la gente. La hipnosis permite un desarrollo de esa comunicación.
En los laboratorios de psicología, en los de fisiología, en las escuelas dentales e
incluso en la práctica diaria de la medicina aún se tiene que aprender mucho sobre
cómo hablar con la gente, cómo entenderla. Cualquier hombre de estado podrá
decirnos que la mayoría de los problemas del mundo surgen a partir de la falta de
comunicación. Así sucede con la enfermedad y la salud. La hipnosis no es asunto
sencillo. Se trata de una herramienta muy útil que responde a un enfoque nuevo y
diferente, una herramienta que nos permitirá definir correctamente la
«personalidad» y aprender cómo reacciona el cuerpo humano a los estímulos.
Cuando llegue ese día, todos podremos usar esos estímulos para acceder a
cuerpos de conocimiento que, aun poseyéndolos, ignoramos.
6
TÉCNICAS ESPECIALES DE HIPNOTERAPIA RÁPIDA15
Milton H. Erickson
El desarrollo de síntomas neuróticos constituye una conducta defensiva del ser
humano, una protección. Debido a que se trata de un proceso inconsciente, y por
lo tanto excluido de lo consciente, se halla oculto y no resulta útil en lo que
respecta a la personalidad. De hecho, sus efectos tienden a inhabilitar. La terapia
habitual presupone que la curación de estos desórdenes se halla en la corrección
de las causas subyacentes. Sin embargo, tal corrección requiere que el paciente
tenga buena disposición frente a la terapia, así como que nos hallemos ante una
situación que favorezca nuestra actuación. En ausencia de uno o ambos
requisitos, se deben reordenar los objetivos y métodos del terapeuta, para
conseguir una mínima adecuación a la realidad total.
Cuando nos enfrentamos a casos como los descritos, aparecen dificultades que
se pueden resumir con la pregunta: ¿qué se puede hacer con un paciente cuya
situación vital constituye una barrera al tratamiento? Cualquier esfuerzo que se
lleve a cabo para retirar los síntomas mediante hipnosis, persuasión,
reacondicionamiento, etc. suele ser fútil. Casi siempre, la sintomatología vuelve al
cabo del tiempo, aunque sea en otra forma y, además, el paciente incrementa su
resistencia a la terapia.
Igualmente inútil, ante tales circunstancias, es cualquier esfuerzo por centrar ei
tratamiento en torno a conceptos idealistas de globalidad o, como suele suceder,
alrededor de la concepción del terapeuta de lo que es necesario, apropiado y
deseable. En vez de eso, lo que hay que hacer es simplemente reconocer que la
terapia completa es inaceptable para algunos pacientes. Su pauta de ajuste se
basa precisamente en la continuidad de ciertos desajustes que derivan de
debilidades reales. Por lo tanto, la corrección de tales desajustes será indeseable,
cuando no completamente imposible. De la misma forma, las restricciones
temporales y situacionales pueden hacer que la terapia global sea imposible y, por
ende, frustrante, inaceptable y realmente intolerable para el paciente.
Por consiguiente, el objetivo terapéutico idóneo es el que ayuda a los pacientes
a funcionar tan adecuadamente como sea posible teniendo en cuenta sus
limitaciones, internas y externas, y que constituyen una parte de sus necesidades
vitales y situacionales.
Consecuentemente, la terapia se convierte en la utilización de la sintomatología
neurótica como herramienta para satisfacer las necesidades del paciente. Tal
15
M. H. Erickson, «Special techniques of brief hypnotherapy», en American Journal of Clinical Hypnosis, 1954, n* 8, pügs. 5767.
utilización debe satisfacer el deseo de neurosis, los problemas externos o
situacionales y, por encima de todo, proveer de los ajustes necesarios a través de
la continuación de los neuroticismos.
Tal utilización se ilustra con los siguientes casos en los que se emplean
técnicas hipnoterapéuticas especiales como la sustitución, la transformación, la
mejora y la inducción de respuestas emocionales correctivas.
Sustitución de síntomas
En los dos casos que expondremos a continuación no existía, por parte del
sujeto, voluntad de tratarse ni la situación era favorable a la terapia. Por lo tanto, la
terapia se basó en la sustitución de síntomas, un método muy diferente al de
retinada de síntomas. El resultado, en ambos casos, fue que los pacientes vieron
satisfechas sus necesidades de defensa neurótica y, a la vez, se produjo un ajuste
adecuado.
Paciente A
Un paciente de 59 años, trabajador manual, sin educación, que había
mantenido el mismo trabajo durante 34 años y que esperaba empezar a recibir su
pensión en un año, se cayó y se hizo algún daño de poca consideración. Su
reacción fue una parálisis histérica del brazo derecho. El médico de la compañía le
dio un mes de hospitalización. Si al finalizar ese periodo no se recuperaba de su
lesión «sin sentido", sería declarado enfermo mental y le retirarían la pensión.
Cuando examinamos al paciente, observamos que tenía el codo flexionado y el
brazo pegado al pecho, en diagonal; la mano fuertemente cerrada. Durante el
sueño la mano se relajaba, con lo cual confirmamos su diagnóstico de incapacidad
histérica.
No obtuvimos ningún dato más, ya que el sujeto se negaba a hablar con
nosotros y se pasaba todo el tiempo gruñendo y quejándose de dolor intenso.
Después de conseguir la ayuda de otros dos médicos, se llevó a cabo una
exploración física exhaustiva. Los facultativos nos pusimos a comentar los
hallazgos con un tono muy pesimista, dudando de su recuperación. Hablábamos
en voz baja, pero con la intensidad suficiente para que nos oyese el paciente.
Todos estuvimos de acuerdo en que se trataba de «síndrome de inercia», pero
que se tendría que intentar la hipnosis para confirmar el diagnóstico. También
debatimos solemnemente acerca del pronóstico y todos coincidimos en que si se
confirmaba la enfermedad, su curso sería rápido. La progresión de la enfermedad
se caracterizaría por una relajación de la articulación del hombro, lo que le
permitiría al paciente la movilidad durante un par de días. Desafortunadamente, a
esto le acompañaría una sensación de calentura en la muñeca derecha. Después,
el codo perdería su rigidez, pero ésta se situaría en la muñeca. Esta rigidez de la
muñeca le produciría una sensación de fatiga en la misma, pero sólo cuando
usara el brazo derecho. En los periodos de reposo no habría sintomatología.
Durante toda esa charla usamos complicada terminología médica para
impresionar al paciente, pero nos cuidábamos de que entendiese lo que
queríamos decir. Le sugerimos el empleo de la hipnosis y aceptó rápidamente.
Desarrolló un buen trance, pero manteniendo la sintomatología.
Con el sujeto bajo trance, llevamos a cabo otro examen como el anterior.
Repetimos la discusión, pero ésta vez con una mayor convicción. Uno de los
médicos observó signos de relajación en los músculos del brazo. Los demás
(siempre exagerando nuestros ademanes ante los hallazgos) confirmamos el
descubrimiento. Después, aplicamos unas «pruebas» que revelaron los «primeros
síntomas en los nervios primero, cuarto y quinto» del codo. Todos coincidimos,
después de un solemne debate, en que los cambios en el segundo y tercer nervio
serían más lentos y que la pauta general no dejaba lugar a dudas de que se
trataba del «síndrome de inercia» y que la enfermedad derivaría, rápidamente, en
una incapacidad en la muñeca. Todos estaban de acuerdo en que podría usar el
brazo con toda normalidad y que la fatiga de la muñeca se notaría, pero no le
impediría trabajar. Todo el mundo parecía contento de que se tratase de un
problema físico y no mental.
El progreso del paciente fue exactamente como el descrito. Todos los días, los
médicos lo visitaban con aires solemnes y se felicitaban por la precisión de su
diagnóstico.
Al final de la semana, se le dio de alta con su mano rígida. Volvió al trabajo,
acabó el año y se retiró con su pensión. La muñeca le daba problemas de fatiga,
pero no interfirió en su trabajo. Después de retirarse, toda sintomatología
desapareció.
Aunque esta terapia parezca absurda, tuvo la rara virtud de satisfacer las
necesidades del paciente adecuadamente, tanto su situación personal como las
características de sus síntomas.
Paciente B
Un operario de fábrica, después de un pequeño accidente laboral, desarrolló
una parálisis histérica del brazo derecho que le impedía seguir trabajando. La
empresa le dio una indemnización que correspondía a un año de baja. El médico
de la compañía insistió en que se visitara con el autor. El paciente rechazaba el
tratamiento, ya que sentía que la compañía lo discriminaba, así que puso la
condición de que sólo acudiría a tres sesiones.
La anamnesis nos reveló que, varios años antes, había acudido a un terapeuta
hipnotizador para solucionar una parálisis de la pierna izquierda. Sin embargo,
poco después de su «recuperación», fue el brazo izquierdo el que se paralizó. De
nuevo, la sugestión hipnótica tuvo el benéfico efecto de sanarlo y, al poco, tuvo
una parálisis de la pierna derecha. Ésta última parálisis también fue tratada y
retirada, pero ahora presentaba una parálisis del brazo derecho.
La historia del paciente nos sugería que la hipnosis directa no era el tratamiento
adecuado, ya que el sujeto debía de tener algún tipo de problema neurótico que se
interponía en su curación.
Así las cosas, se consultó al médico de la compañía y se estableció una
estrategia común para tratar al paciente. La compañía, por otro lado, prometió una
cooperación total para encontrarle un puesto de trabajo adecuado.
El enfoque terapéutico escogido consistió en traer numerosos libros médicos y
hablar sobre los músculos, nervios y canales sanguíneos y linfáticos delante del
paciente. Utilizamos un estilo exagerado, erudito y monótono. A medida que
hablábamos, se introducían sugestiones hasta que el paciente desarrolló un
estado de trance sonambulístico.
Después, con el paciente en estado de trance, repetimos toda la charla y
añadimos la lectura de libros de texto médicos en los que se describían los
síntomas cambiantes, evanescentes y transitorios de la esclerosis múltiple.
También añadíamos casos clínicos inventados para la ocasión. Repetimos
insistentemente que su sintomatología cambiante iba probablemente a pasar a ser
permanente.
Las dos sesiones siguientes fueron iguales, salvo que añadimos numerosas
pseudopruebas en los nervios de sus manos. Los resultados de las pruebas nos
informaban, según le dijimos al paciente, de que se produciría un inevitable
desarrollo de una enfermedad permanente. Sin duda, iba a verse afectado por la
pérdida de movilidad del dedo meñique de la mano derecha, pero podría seguir
usando el resto de la mano.
La tercera sesión se completó con una revisión de los resultados de la
pseudoprueba y una consulta a los libros médicos, con numerosas referencias a
casos clínicos. Esto condujo a la inevitable conclusión de que en un mes
desarrollaría una incapacidad sensorial y una fuerte rigidez en el dedo meñique,
que sería siempre un tanto incómoda, pero que no interferiría en el trabajo.
Aproximadamente un mes más tarde, el paciente propuso volver al trabajo
antes de lo que le asignaba la baja médica a cambio de cierta cantidad de
indemnización. Se le concedió la compensación, que invirtió en la hipoteca de su
casa, y se le asignó un trabajo que pudiese realizar pese a su rigidez neurótica del
dedo Índice.
Tres años más tarde, el paciente seguía trabajando en la empresa. Sin
embargo, la compañía nos informó de que nos habíamos equivocado en algo y era
que su dedo no estuvo siempre impedido, sino que de vez en cuando se
recuperaba para después volver a la situación inicial aunque, en todo caso, eso no
le impedía llevar una vida normal.
Comentario
No es necesario extenderse mucho para comentar estos casos.
Aparentemente, los dos pacientes necesitaban de sus incapacidades neuróticas
para afrontar sus situaciones vitales. No había posibilidad de corregirlas
completamente debido a sus desajustes subyacentes. Por lo tanto, como terapia,
se ofreció una sustitución de una incapacidad neurótica por otra, comparable,
también incapacitante, pero que satisfacía a sus personalidades funcionales. E!
resultado es que recibieron la ayuda y el ímpetu que les permitió llevar a término
un buen ajuste.
Aunque siempre sería deseable una mejor interpretación del problema total, no
podemos negar que las necesidades de los pacientes fueron satisfechas
suficientemente bien como para conseguir un éxito personal constructivo
aceptable.
Transformación de síntomas
En los dos casos que expondremos a continuación, existían unas realidades
situacionales y unas limitaciones en cuanto al tiempo que restringían las
posibilidades terapéuticas. A causa de ello, se utilizó una terapia basada en la
técnica de transformación de síntomas. Muy similar a la sustitución de síntomas,
difiere de ella en que se transforman sus propósitos, en vez de atacar a la
sintomatología.
Para entenderlo se puede pensar en lo que hace un mago, que no intenta
informar, sino distraer, de manera que pueda conseguir sus objetivos.
Paciente C
Durante el examen psiquiátrico en el servicio médico ele la oficina de
reclutamiento militar, un paciente nos refirió su enuresis persistente desde la
pubertad. Aunque ello le molestaba muchísimo, el resto de su actividad social,
personal y económica funcionaba correctamente. Sin embargo, debido a la
enuresis, no se atrevía a pasar una noche fuera de casa, aunque muchas veces
había deseado visitar a sus abuelos y otros parientes que vivían a una distancia
considerable. Deseaba visitarlos particularmente porque pronto tendría que
realizar el servicio militar. Cuando le informamos de que la propia enuresis lo
incapacitaría para el servicio militar, experimentó mucha ansiedad. Nos preguntó
si podíamos hacer algo para curarlo. Nos explicó que había tomado muchísimas
medicinas, que se había sometido a una cistoscopia y a muchos otros
procedimientos, sin resultados satisfactorios.
Se le dijo que probablemente podía obtener alguna ayuda si se dejaba
hipnotizar. Estuvo de acuerdo y enseguida se obtuvo un trance profundo. En
estado de trance se le dijo que su enuresis tenía un origen psicológico y que no
tendría ninguna dificultad en superarla si obedecía las instrucciones
completamente.
Mediante sugestiones pos hipnóticas se le dijo que, después de volver a casa,
iba a dirigirse a una ciudad vecina y hospedarse en una habitación de un hotel.
Pediría que le enviasen las comidas a la habitación y se quedaría allí hasta que
hubiesen transcurrido tres noches.16 Después de entrar en la habitación tendría
que ponerse cómodo y empezar a pensar lo temeroso y ansioso que iba a estar
cuando la mujer de la limpieza, tal y como había hecho siempre su madre,
descubriese la cama mojada a la mañana siguiente. Tenía que rumiar esos
pensamientos una y otra vez, especulando acerca de la inevitable humillación,
ansiedad y miedo que iba a experimentar. De repente, una idea cruzaría su mente:
qué increíble y amargo chiste sería que, después de todo ese malestar, la señora
de la limpieza se encontrase la cama seca.
Esta idea no tendría sentido, pero se iría confundiendo con ella de manera que
no conseguiría aclararse sobre lo que iba a pasar. Al cabo de un rato, se
encontraría triste, inútil y confundido acerca de su ansiedad y vergüenza cuando la
señora de la limpieza se encontrase la cama seca en vez de mojada. Este
pensamiento iba a ser tan problemático que finalmente, ya desesperado, se iría a
la cama, porque, por mucho que lo intentase no conseguiría pensar con claridad.
A la mañana siguiente, su primera reacción sería la de experimentar temor por
permanecer en la habitación cuando la señora de la limpieza descubriese la cama
mojada. Él buscaría frenéticamente en su mente alguna excusa para salir de allí,
pero no lo conseguiría y tendría que quedarse allí, mirando por la ventana para
que no se notase su nerviosismo.
16
La razón por la que se le indicó al sujeto que pasase tres noches en un hotel era la siguiente: si el plan era efectivo,
la primera noche seria la de las dudas e incertidumbres, la segunda sería de certezas y la tercera, una transición entre la
ansiedad de mojar la cama y otra ansiedad diferente.
Al día siguiente, empezando por la tarde, experimentaría la misma sensación de
confusión con los mismos resultados y el tercer día sería una repetición de los dos
anteriores.
Después se le dijo que, después de abandonar el hotel, se vería acosado por la
conflictiva decisión de ir a visitar a sus abuelos. En concreto, no se aclararía con
respecto a quiénes visitar, a sus abuelos paternos o maternos. El conflicto se
resolvería finalmente decidiendo ir a visitar a unos un día y a los otros después.
Una vez llegado a su destino, se sentiría cómodo y feliz por visitar a sus parientes
y planearía visitarlos a todos. Aun así, todavía tendría constantemente el conflicto
de a quién visitar en cada momento, pero siempre disfrutaría unos días con cada
uno de ellos.
Lo siguiente fue repetir todas esas sugestiones para asegurarnos la
implantación de esos pseudoproblemas y efectuar un re direccionamiento de sus
temores y ansiedades neuróticas. El objetivo era transformar la ansiedad respecto
a mojar la cama (en realidad, relacionada con su pariente más cercano, su madre)
en una ansiedad cuyo contenido era las visitas a sus parientes.
Finalmente, nos despedimos de él después de dos horas de trabajo
administrándole la sugestión pos hipnótica de que tendría amnesia de lo dicho.
Cuando despertó, se le dijo que en unos tres meses sería un sujeto aceptable
para el servicio militar.
Unas diez semanas más tarde, el autor vio al paciente. Explicó con detalle su
«increíble experiencia» en el hotel sin saber por qué había ido allí y lo que había
sucedido. Explicó que casi «me vuelvo loco intentando mojar la cama, pero no
podía. Incluso bebí agua para asegurarme, pero no funcionó. Me asusté y me dio
por visitar a todos mis parientes. Esto me hizo sentir bien, pero me empecé a
asustar con el dilema de a quién visitar primero y, ahora, aquí estoy».
Se le recordó cuál era su problemática inicial. Bastante sorprendido, respondió:
«No lo he hecho desde aquella ocasión en el hotel. ¿Qué sucedió?».
Se le respondió que simplemente había dejado de mojar la cama y que ahora
podía disfrutar de una cama seca.
Dos semanas más tarde lo vimos de nuevo en la oficina de reclutamiento,
donde fue aceptado para el servicio militar. Su única preocupación era la ansiedad
que tenía su madre acerca de que él se fuese a realizar el seivicio militar.
Paciente D
Otro candidato a ingresar en las fuerzas armadas acudió para un examen
médico que reveló una neurosis bastante curiosa y seria que lo avergonzaba
muchísimo. Su dificultad se hallaba en el hecho de que era incapaz de orinar a no
ser que se aplicase un tubo de hierro o madera de unos 26 a 30 centímetros en el
extremo del pene para orinar a través de él.
Aparte de lo referido, parecía bien adaptado en el resto de su vida
social y laboral Todo ello nos indujo a aceptarlo como paciente en
una hipnoterapia breve. :
La anamnesis reveló que siendo niño solía orinar a través de un agujero en una
valla de madera que rodeaba un campo de golf. En una ocasión se le sorprendió
en esa actividad y fue severamente castigado, humillado y avergonzado. Su
reacción fue la de la repetición del acto de manera compulsiva y para ello se hizo
con varios tubos de metal y madera. Siempre los llevaba consigo. Aunque el
paciente nos contó abiertamente y con detalle toda esta historia, no dejaba por ello
de sentirse muy avergonzado.
Después de inducirle un trance profundo confirmamos la historia. Su actitud
hacia el servicio militar era correcta y de hecho estaba muy interesado en
realizarlo, pese a su problema, aunque quería saber cómo podía hacerlo sin verse
demasiado afectado.
Como respuesta, se le dieron unas sugestiones pos hipnóticas acerca de lo que
debía hacer. Tenía que hacerse con una caña de bambú de 36 centímetros y
practicarle unas marcas a cada cuarto de pulgada. Orinaría a través del tubo de
bambú, pero de la siguiente manera: con una mano, la derecha o la izquierda,
sostendría el tubo (para ello utilizaría los dedos pulgar e índice) y con los dedos
sobrantes rodearía el miembro al descubierto. Adicionalmente, se le dijo que
intentase sentir con los dedos el paso de la orina a través del caño. No se le dijo
nada en ese momento acerca de sentir el paso de la orina a través de la uretra
con los otros dedos. También se le dijo que, en un día o dos, o una semana o dos,
tendría que considerar cuánto bambú necesitaba y si podía cortar un cuarto,
media o una pulgada,17 pero que no tenía que sentirse obligado a hacerlo. Sólo
tenía que hacerlo si así se sentía más cómodo, pero que lo importante era que
recordase en qué día de la semana lo cortaba, si es que lo hacía. Por otro lado, se
le indicó que tenía que estar seguro de tener los tres dedos sujetando el pene tal
como se le había dicho, de manera que pudiese sentir de la mejor manera el fluir
de la orina por el bambú. Con respecto al servicio militar, se le dijo que sería
rechazado en ese momento, pero que en unos tres meses se le llamaría de nuevo
para otro examen psiquiátrico. En esa segunda ocasión sería aceptado sin lugar a
dudas.
17
Un tubo definitivamente más largo de lo que había estado utilizando hasta el momento. Su aceptación del
tubo más largo constituía a su vez una aceptación de que el terapeuta podía hacer el tubo más largo. Si
podía hacerlo más largo, también podía hacerlo más corto. Además, el tubo no era ni de hierro ni de
madera, sino de bambú. Por lo tanto, la esencia, se iniciaban tres transformaciones: más largo, más corto y
de otro material.
La entrevista finalizó con dos sugestiones pos hipnóticas. La primera iba dirigida
a una total amnesia de la experiencia del trance. La otra tenía que asegurar que
preparase el bambú sin saber por qué.
Unos tres meses más tarde, la oficina de reclutamiento lo llamó para que
acudiese a un segundo examen psiquiátrico con el autor. El joven estaba, a partes
iguales, sorprendido y encantado con su evolución. Explicó que había obedecido
las instrucciones y que se había visto a sí misino comprando una caña de bambú.
En ese momento, tuvo un recuerdo repentino de lo sucedido durante el trance.
Aunque al principio se preocupó por la violación de la amnesia, empezó a
desarrollar un sentimiento de esperanza de que resolviera su problema. Durante
una semana estuvo orinando con el bambú y al final llegó a la conclusión de que
podía cortar media pulgada del mismo, pero se sorprendió a sí mismo de nuevo
cortando una pulgada. Esto le puso muy contento y, de repente, se dio cuenta de
que había cortado el bambú un jueves (por qué un jueves, es algo que no pudo
explicar). En otra ocasión cortó dos pulgadas y unos días más tarde, otra más. Al
término del mes, sólo quedaba un cuarto de tubo. Un día, mientras usaba el
bambú para miccionar, se dio cuenta de que los tres dedos que agarraban el pene
tenían todo el aspecto de tubo natural. Así que dejó lo que quedaba de bambú y
se puso a orinar libre y cómodamente. Lo hizo con la mano derecha y con la
izquierda, e introdujo la innovación ele extender el dedo meñique. Se dio cuenta,
pues, de que podía orinar sin la necesidad de ningún mecanismo especial. El
terapeuta le propuso ir al lavabo en ese mismo momento para confirmar ese
extremo. Inmediatamente, preguntó: «¿Dónde se va a colocar usted? ¿Detrás de
mí?». Dicho esto, rió con ganas y dijo: «Esto no es una valla de madera. Eso
pertenece a mi pasado. Puede estar donde quiera. A mí no me importa».
Una semana más tarde, se le llamó para otra entrevista. Estaba sorprendido de
haber tenido tales dificultades y de no habérsele ocurrido una solución similar. Se
le aseguró que la gente normalmente no sabe cómo manejar problemas tan
sencillos como ése, que precisamente su intensidad en intentar ponerle remedio
les impide resolverlo.
La duración total del trance terapéutico fue de menos de una hora.
Todo el procedimiento y su resultado demostraron la facilidad y efectividad con
que se puede utilizar la sintomatología para asegurar la transformación de un
problema neurótico. El tubo de madera o de metal fue transformado en bambú,
después en un cilindro formado por los dedos corazón, anular y meñique y,
después, en un tubo constituido por el propio falo.
Comentario
En estos dos casos, los pacientes presentaban ansiedad a consecuencia de las
reacciones negativas de la gente frente a sus problemas. La terapia se basó en la
utilización sistemática de esa ansiedad mediante el redireccionamiento y
transformación de la misma. Confundiendo y distrayendo al paciente C, su
ansiedad por mojar la cama se transformó en ansiedad por no mojarla. Su
ansiedad ante la problemática familiar provocada por su enuresis fue transformada
en ansiedad hacia sus parientes. La transformación final fue la de la ansiedad de
su madre acerca del servicio militar.
Para el paciente D, la transformación de la ansiedad progresó: del tubo a sentir
el paso de la orina, al recorte del tubo, al día en que lo recortaría y finalmente a la
cuestión de dónde se situaría el autor para observar su conducta.
Por lo tanto, lo que se hizo fue utilizar la ansiedad existente, prolongarla y
transformarla en una emoción normal que permitiese un ajuste normal. Lo último
que se sabe de los pacientes es que realizaron el servicio militar
satisfactoriamente durante, al menos, nueve meses. Después, se perdió el
contacto con ellos.
Mejora de síntomas
No es infrecuente que ciertas dificultades neuróticas, cuando aparecen, exijan
del sujeto una renuncia a su personalidad debido a que se forma un conjunto de
síntomas apabullante. En esos casos la terapia será difícil, ya que lo sujetos están
tan implicados en sus síntomas que se hacen inaccesibles. En tales casos, la
técnica de mejora de síntomas puede ser interesante. En los dos siguientes casos,
ante el complejo de síntomas de los sujetos, la terapia tuvo que basarse en una
aparente aceptación de síntomas lograda a partir de una mejora de los mismos.
Paciente E
Un chico de 17 años, débil mental, tenía dificultades para adaptarse a la
sociedad y fue enviado a una escuela para delincuentes. En un mes, había
desarrollado una flexión y extensión rápida del brazo derecho en el plano
horizontal a nivel cardíaco. Cuando se le vio unas seis semanas más tarde en el
hospital, se le diagnosticó una reacción histérica, probablemente basada en
miedos masturbatorios y en un desajuste en la escuela. El examen físico reveló
una anestesia del brazo a la vez que realizaba flexiones del brazo derecho (135
veces por minuto). Ambas, la anestesia y la actividad muscular, desaparecían ante
el sueño fisiológico y reaparecían al despertar.
Debido a su baja inteligencia (CI:65), la psicoterapia normal fue inútil, así que se
intentó la hipnoterapia.
En consecuencia, se empleó la hipnosis en sesiones diarias durante tres
semanas antes de poder obtener un trance con un poco de continuidad. Aunque el
paciente entraba en trance con relativa facilidad, pasaba rápidamente al sueño
fisiológico y tenía que ser despertado e inducido de nuevo. Finalmente, se
descubrió que una buena medida era hipnotizarlo de pie y hacerlo caminar hacia
delante y hacia atrás. El estado de trance, sin embargo, no tenía ningún efecto
sobre sus síntomas.
Todos los esfuerzos que se llevaban a cabo para reducir la frecuencia de sus
movimientos de brazo fracasaban. Su única respuesta era: «No puedo. No
puedo». De manera similar, los esfuerzos para discutir su problema o conseguir
alguna información fracasaron. Lo único que conseguía comunicar era: «Mi brazo,
mi brazo. No puedo pararlo».
Después de una semana de sesiones diarias en las que un ayudante contaba
los movimientos por minuto del paciente, se diseñó una nueva técnica. Consistía
simplemente en decirle al paciente que se iba a aumentar el ritmo de 135 a 145
movimientos por minuto y que ese ritmo se prolongaría hasta la siguiente visita. Al
día siguiente se le sugestionó para que volviese a los habituales 135. La siguiente
sesión consistió en hacerle incrementar el ritmo hasta 145, para hacerlo bajar
después a 135. Después de varias repeticiones en las que el ayudante comprobó
que el paciente se atenía a lo que se le indicaba, se !e pidió que fuese
aumentando y disminuyendo el ritmo al mismo tiempo, es decir, que aumentase el
ritmo en 5 y lo disminuyese en 10. Así se siguió hasta que se consiguió un ritmo
de 10 por minuto. Se le ofreció la sugestión de que ese ritmo se mantendría unos
días y que después caería a 5 por minuto y que después «aumentaría» a 20 o 30
por día. Unos pocos días más tarde, el ritmo iba de 5 movimientos por minuto a
sólo algunos aislados al día. En esas jornadas de menos actividad, el propio
paciente contó que hacía unos 25 movimientos. Después, se le sugestionó para
que fuese disminuyendo los movimientos hasta hacer unos cinco y que después
«incrementaría ese ritmo hasta 25 veces a la semana». El paciente respondió bien
a esta sugestión y entonces se le pidió que «adivinase el día» en que no habría
más movimientos.
Al poco «adivinó» el día en que no realizaría ningún movimiento y,
efectivamente, demostró la corrección de su conjetura.
Siguiendo esa línea de «adivinación» por parte del paciente se llegó a la
conclusión de que ya estaba libre de esa discapacidad.
Durante el proceso de disminución del síntoma de movimiento descontrolado
del brazo, la anestesia asociada respondió paralelamente en el sentido de que
disminuía y desapareció en relación directa con la actividad del brazo.
Un mes más tarde, el paciente volvió a la escuela y se le asignó la tarea de
amasar en una panadería institucional. Un año después, seguía mostrando una
adaptación satisfactoria.
Paciente F
Un empleado de un hospital mental fue enviado al autor debido a un ataque
repentino de ceguera que había sufrido durante el camino al trabajo esa misma
mañana. El paciente entró en la consulta en un estado mental de lo más alterado.
Lleno de temor y dudas, nos explicó que aquella mañana había desayunado, y
mientras hablaba y bromeaba con su esposa, de repente empezó a encontrarse
emocionalmente intranquilo a causa de una historia que le había contado la mujer.
Salió de casa y decidió ir caminando en vez de tomar el autobús que
habitualmente lo llevaba al trabajo. Después de doblar cierta esquina, se quedó
ciego. En ese momento le dio un ataque de pánico y un amigo que pasaba por allí
en coche lo recogió y lo llevó al hospital. Un oftalmólogo lo examinó y después lo
envió al autor. El paciente estaba tan asustado que no conseguía terminar de
darnos la información necesaria para confeccionar su historia clínica. Nos contó
que últimamente había tenido varias peleas con su esposa y que ella había estado
bebiendo en casa; él había encontrado escondidas botellas de bebidas
alcohólicas. Sin embargo, ella lo negaba repetidamente.
Cuando se le preguntó en qué estaba pensando cuando dejó la casa, explicó
que estaba bastante absorto con el enojo que sentía hacia su esposa. Se sentía
mal porque ella no debería mentirle y estaba empezando a pensar que quizá
debería pedir el divorcio.
Se le pidió que siguiese paso a paso su proceso mental desde que salió de
casa hasta que le dio el ataque de ceguera. En este punto se quedó bloqueado.
Se le pidió que describiese la esquina en cuestión y su respuesta fue que, aunque
había caminado muchas veces por allí, no podía recordar nada acerca de ello, que
su mente estaba totalmente en blanco.
Ya que el autor conocía bastante bien la esquina de la que se hablaba, se le
preguntó acerca de la misma y otros detalles sobre el lugar, pero el paciente
seguía sin poder recordar. Entonces, se le preguntó cómo se había desarrollado la
ceguera. Dijo que le había sobrevenido una luz roja intensa. No era una ceguera
blanca o negra, sino un brillante y cegador rojo. En ese instante, se apoderó de él
la idea de que se iba a quedar así para el resto de sus días. Mientras nos contaba
esto, se fue poniendo nervioso e histérico hasta el punto de que fue necesario
sedarlo y meterlo en la cama.
Después, llamamos a su esposa y la reclamamos en el hospital. Con mucha
dificultad y después de muchas frases relativas a su amor incondicional hacia su
marido, la esposa confirmó que bebía a escondidas. Sin embargó, se negó a
contarnos el motivo de la discusión. Sólo nos dijo que había una escabrosa
historia sobre un hombre y una chica pelirroja, pero que no significaba nada.
Se le informó que su marido había sufrido una ceguera repentina y se le
preguntó qué sabía de la esquina en cuestión. Después de mucho esfuerzo,
recordó que había una gasolinera en la parte opuesta de la calle. Ella y su marido
compraban frecuentemente gasolina allí. Después de un insistente interrogatorio,
se acordó de un dependiente que tenía un cabello pelirrojo brillante. Finalmente,
después de asegurarle la confidencialidad de lo que nos confesaba, nos desveló
que tenía una relación con ese hombre, conocido entre los amigos como «Rojo».
En varias ocasiones, el matrimonio había acudido a comprar a la gasolinera y el
dependiente se había dirigido a la mujer demasiado familiarmente, lo cual había
ofendido a nuestro paciente. Después de mucha reflexión, la esposa dijo que tenía
la intención de romper con su relación adúltera, si el autor conseguía curarle la
ceguera a su marido. Se le informó de que él conocía inconscientemente sus
actividades extramatrimoniales, pero que lo que el autor había sabido a través de
ella permanecería en la más estricta confidencialidad.
Cuando visitamos al paciente, al día siguiente, todavía era incapaz de dar
ninguna información adicional. Se intentó convencerle de que su ceguera era
temporal, pero se resistía a creerlo. Insistía incluso en que lo enviásemos a una
escuela para ciegos. No sin dificultad, terminó por aceptar una terapia
experimental, pero con la condición de que no se intentase nada sobre su visión.
Cuando finalmente aceptó, se le sugirió probar con hipnoterapia. Nos preguntó si,
a través del trance, recordaría lo sucedido. Tal conocimiento, se le dijo, podría
quedar en su inconsciente, si así lo deseaba, de manera que no le causaría
ningún problema consciente.
Tras esto, se le indujo un trance con rapidez, pero aún en este estado el
paciente rechazó abrir los ojos o comprobar su visión. Sin embargo, gracias a
algunas explicaciones sobre la amnesia, el inconsciente y las sugestiones
poshipnóticas, se consiguió que recuperase la visión (siempre mientras estaba
hipnotizado). Se le enseñó el ex libris del autor y se le dio la instrucción de que lo
memorizase. Una vez hecho esto, se le dijo que lo íbamos a despertar, de nuevo
sin poder ver, y sin saber conscientemente que había examinado el ex libris. De
todas formas, pudimos acordar que si le dábamos una clave poshipnótica, él lo
describiría para su propio asombro. Una vez que hubo entendido la tarea, se le
despertó y empezamos una conversión irrelevante. En un momento dado, hicimos
la señal pactada y el paciente nos dio una descripción completa del ex libris. Se
quedó perplejo, ya que sabía que nunca había visto semejante cosa. Cuando se le
confirmó que la descripción era correcta, cambió de postura hacia la terapia,
diríase que adquirió una confianza mitificada hacia ella.
Cuando se le volvió a hipnotizar, expresó su completa satisfacción con lo
realizado y nos confirmó que ayudaría en todo lo posible. Se le preguntó si esto
significaba que confiaba en el autor. Aunque dudó un poco, respondió que sí.
Nuestras indagaciones entre el personal del hospital donde trabajaba nos
revelaron que el paciente tenía un especial interés por una empleada pelirroja.
Poco a poco, fuimos sacando el tema a colación y, después de algunas dudas,
nos informó de la cuestión. Cuando se le preguntó qué pensaría su mujer sobre
ello, dijo que ella no era mejor que él, pero nos pidió a su vez que mantuviésemos
el secreto.
Inmediatamente, se le pidió que describiera la esquina en la que se había
producido su ceguera. Lentamente, fue dando una descripción completa, aunque
sólo hizo mención de la gasolinera al final. De manera fragmentaria, describió la
gasolinera y nos confesó que tenía algunas sospechas de que su mujer y el
dependiente podían mantener una relación.
Se le preguntó si sus sospechas empezaron al mismo tiempo que se interesaba
por la pelirroja del trabajo y qué es lo que pensaba hacer sobre todo el asunto.
Muy pensativo, declaró que sucediese lo que sucediese, ambos eran
igualmente culpables, especialmente porque ninguno de los dos se había
esforzado por crear una comunidad de intereses.
Se le preguntó acerca de sus deseos respecto de su visión y expresó su temor
de recuperarla inmediatamente. Preguntó si su «horrible, brillante rojez» podía
disminuirse e ir desarrollando eventuales recuperaciones de la visión, hasta que
poco a poco recuperase la visión por completo. Se le aseguró que sucedería tal
como decía y se le dieron una serie de sugestiones al respecto.
Lo siguiente fue enviarlo de vuelta a casa con una baja temporal de sus
obligaciones laborales. Tenía, por otro lado, que acudir cada día a la consulta del
autor para visitarse acompañado de su esposa. Estas sesiones tenían como
objetivo que recuperase paulatinamente la visión. Al cabo de una semana, el
paciente informó de que su visión había mejorado lo suficiente como para volver al
trabajo.
Unos seis meses más tarde, su esposa y él habían llegado a un acuerdo
amistoso para divorciarse. Ella iba a volver a su estado de procedencia y él no
tenía planes inmediatos para el futuro. Su interés en la muchacha pelirroja del
hospital se había desvanecido. Sabemos que continuó en el mismo empleo
durante unos dos años y que después cambió de ocupación.
Comentario
Los dos procedimientos descritos siguen el mismo método. En ambos casos no
tratamos la causa subyacente al problema consultado. Las limitaciones
intelectuales del paciente E no permitían hacerlo y el paciente F había demostrado
suficientemente la violencia con la que se negaba a indagar en su problema. Por
lo tanto, se decidió intentar una mejora de la sintomatología. En el primer caso, la
estrategia fue la de incrementar y disminuir los síntomas del paciente.
En el caso del paciente F, el procedimiento fue similar. Se le permitió seguir sin
visión, pero con una reducción de la brillantez de su ceguera y la aparición de
algunos destellos de visión de paulatina claridad y extensión. Por lo tanto, se
puede hablar de un procedimiento paralelo.
Como consecuencia de ello, se dio una mejora de sus síntomas y ambos
pacientes fueron capaces de llevar a cabo sus propios ajustes personales.
Respuesta emocional correctiva
Los siguientes casos hacen referencia a problemas emocionales intensos. En
uno de ellos, la terapia consistió en la corrección deliberada de las respuestas
emocionales inmediatas. Por lo tanto, no se rechazaron, sino que se utilizaron
para nuestros fines. Asimismo, se hizo uso del tiempo para paliar el problema y
obligar a corregirlo.
En el segundo caso, el procedimiento consistió en el desarrollo, a un nivel
cercano al consciente, de una emoción más fuerte en una situación que requería
una respuesta emocional correctiva del problema.
Paciente G
Una atractiva estudiante de servicios sociales del hospital entró una tarde en la
consulta del autor sin ninguna cita previa. Iba vestida con unos pantalones coitos
más bien escasos y una blusa sin mangas. Se recostó sobre el sillón y dijo:
«Quiero algo». La respuesta fue: «Obviamente, si no fuese así no entraría usted
en la consulta de un psiquiatra». Con buenas dosis de coquetería, expresó sus
dudas acerca de si quería recibir psicoterapia o no y se le informó de que
necesitaba desearlo realmente para poder ser tratada.
Después de un rato de silencio, declaró que necesitaba y quería recibir
psicoterapia, que nos confesaría su problema y que entonces el autor podría
decidir si la aceptaba como paciente. Dijo que, después de oír su problema,
probablemente la expulsaría de la consulta.
Así, empezó con su historia: «Tengo complejo de prostituta desde hace tres
años. Quiero acostarme con todos los hombres con los que me tropiezo —y la
mayoría no me rechaza—; a mí no me importa quiénes son o lo que hacen, si
están serenos o borrachos, viejos o jóvenes, limpios o sucios, cualquier raza,
cualquier cosa que parezca un hombre. Lo hago con uñó solo o en grupo, a
cualquier hora y en cualquier lugar. Soy asquerosa, sucia, horrible, Pero no puedo
parar de hacerlo. ¿Me puede ayudar o me tengo que ir?».
Se le preguntó si se podría aguantar hasta la próxima sesión. La respuesta fue:
«Si me acepta como paciente, no haré nada esta noche. Pero tendrá que pedirme
que le haga esa promesa todas las mañanas hasta que acabemos».
Se le dijo que podría tomar los próximos tres días para probar su sinceridad y
que durante esos tres días tendría que acudir a la consulta dos veces al día para
informar y renovar sus promesas. Esta confirmación de la promesa se convirtió en
su rutina.
Durante la sesión de tres horas del cuarto día, la paciente empezó a flagelarse
verbalmente recordando con todo detalle algunas de sus experiencias. Con
extrema dificultad se la indujo a que nos diese sus datos personales: nombre
completo, fecha de nacimiento, dirección, etc. Sólo interrumpiéndola todo el
tiempo fue posible extraer los siguientes datos:
Su madre era una «perfecta esnob a quien sólo le interesa ascender en la
escala social. Con la gente que le puede servir para algo es toda amabilidad y con
el resto del mundo, una gata feroz. A mi padre y a mí nos controla con sus
chillidos estridentes. La odio».
Su padre era un hombre de negocios «importante, un buen tío con mucha
pasta. Le quiero, pero no es más que una sucia mota de polvo gris bajo el dedo de
mi madre. Me gustaría hacerle un hombre para que la tratase a bofetadas».
Ambos le habían enseñado que «odie el sexo. Dicen que es feo. Nunca dejaron
que supiese que duermen en la misma habitación. Yo soy su única hija. Odio el
sexo y debería ser bello».
Después de eso siguió con su autoflagelación durante el resto de la sesión.
Las siguientes tres horas fueron igualmente infructuosas. Se dedicaba, a pesar
de las interrupciones, a relatar amargamente sus experiencias sexuales.
En la siguiente sesión, cuando entró en la oficina, se le dijo: «¡Siéntese, cállese
y no se atreva a abrir la boca!».
Se le dijo que el autor se haría cargo de la dirección de las sesiones, que no
íbamos a perder más tiempo y que ella tenía que expresar su acuerdo con la
cabeza, sin abrir la boca. Así lo hizo.
Después, con poco esfuerzo, se le indujo un trance sonambulístico profundo y
se le informó de que a partir de entonces tendría una amnesia de lo que iba a
suceder, a no ser que el autor le indicase lo contrario.
A pesar del estado de trance, sin embargo, la paciente parecía tan inaccesible
como antes, con una excepción. Ella no hablaba hasta que se le indicaba, pero
cuando lo hacía era sólo sobre sus aventuras sexuales. No se podía obtener nada
más.
Ninguno de los esfuerzos que hicimos para evitar su narración compulsiva,
como la desorientación, la bola de cristal, la escritura automática y la
despersonalización, surtieron efecto. Sólo sirvieron para obtener descripciones
más detalladas de lo mismo.
En la siguiente sesión, mientras se hallaba en estado sonambulístico, se la
interrumpió enfáticamente:
Ambos queremos saber por qué es usted tan promiscua. Ambos queremos
saber la causa de su conducta. Ambos sabemos que esa información se baila en
su mente inconsciente.
Durante las .siguientes dos horas se sentará callada, sin pensar en nada,
haciendo nada, sólo sabiendo que su inconsciente le va a decir a usted y a mí la
razón de su conducta.
Le dirá la razón claramente, de manera que lo entienda, pero ni usted ni yo lo
sabremos basta que llegue el momento adecuado, no hasta entonces.
Usted no sabe cómo su inconsciente se lo dirá. Yo no lo sabré hasta que usted
lo sepa. Pero será la verdad. En el momento preciso, de la manera correcta, usted
sabrá y yo sabré. Entonces se recuperará.
Al finalizar las dos horas se le dijo que ya había llegado la hora de que su
inconsciente le revelase lo que sabía. Antes de que se asustase, se le dio una
hoja mecanografiada inservible. (Véase el apartado correspondiente al desarrollo
de esa técnica.) Entonces se le dijo:
Mire esto, es una hoja de papel, palabras, sílabas, letras. No lo lea, sólo
mírelo La razón está escrita ahí, todas las letras del alfabeto se hallan ahí y
ellas explican la razón. Ahora no puede verlo. En un minuto esconderé la hoja
en mi escritorio sin que hayamos leído la razón. Cuando llegue el momento, lo
leerá, pero no hasta que llegue ese momento.
Ahora, lome ese lápiz y al azar, subraye esas letras, sílabas y palabras que
le dicen la razón, rápido.
De una manera confusa, subrayó nueve partes del texto dispersas entre sí,
mientras el autor anotaba unos números en otra hoja que correspondían a la
posición relativa de esas frases.
Inmediatamente, tomamos la hoja de la paciente y la pusimos boca abajo en un
cajón del escritorio.
Entonces se le dijo: «Sólo falta una cosa por hacer. Decidir cuándo se va a
conocer la razón. Vuelva y dígamelo mañana. Ahora despierte».
Cuando despertó, se le dio una cita para el día siguiente y fue despedida.
Finalmente se fue, sin darnos lo que era ya su usual promesa. A la mañana
siguiente tampoco vino para prometernos que se comportaría decentemente. Sin
embargo, por la tarde sí vino a la visita, explicando: «He estado a punto de no
venir porque sólo tengo dos tontas palabras que decirle. No sé si debo cancelar el
resto de las visitas. Bueno, de todas formas, diré las dos palabras, me sentiré
mejor, "Tres semanas"».
Se le respondió: «De acuerdo con el calendario, será a las cuatro en punto del
15 de agosto». Ella respondió: «No lo sé».
Acto seguido, usando una clave poshipnótica, se le indujo un trance profundo.
Se le preguntó si tenía algo que decir. Movió la cabeza. Se le pidió que se
expresase libremente y dijo: «Tres semanas, 15 de agosto, cuatro en punto».
Se la despertó y se le preguntó si quería otra cita. Su respuesta fue que le
gustaría discutir sus planes para el año próximo y la tesis que pensaba escribir.
Durante las siguientes tres semanas fue vista de manera irregular para discutir
sus planes académicos y dirigir sus lecturas. No se discutía su problema ni ella
hacía ninguna promesa.
A lo largo de las tres semanas siguientes, la paciente asistió a una fiesta donde
conoció a un joven agradable, colaborador del autor recién llegado al hospital, que
intentó seducirla. Ella se rió de él y le dijo que le daba dos opciones: confesar su
mal comportamiento al autor o dejar que ella misma se lo contase. El joven estaba
tan intimidado ante tal reacción que no tardó en explicarle al autor lo sucedido.
A las cuatro de la tarde del 15 de agosto, la paciente entró en la consulta,
diciendo: «Son las cuatro en punto del 15 de agosto. No sé por qué estoy aquí,
pero tenía la sensación de que tenía que venir. Quería y no quería. Sé que va a
suceder algo que me da miedo. Desearía que no fuese así».
Se le respondió: «Usted vino por primera vez en busca de terapia.
Aparentemente iba a la deriva. Quizá sí, quizá no. Nuestras sesiones duraban
normalmente tres horas. Usé la hipnosis. Ahora, ¿debo hipnotizarla o puede
acabar la terapia en estado de vigilia? Recuerde que tanto su mente inconsciente
como consciente están presentes. Si quiere dormir, puede hacerlo. Pero pase lo
que pase, siéntese en esa silla, no hable y después de una hora, diga: "Estaré
preparada a las ..." y sabremos cuándo estará dispuesta».
Sin comprenderlo todo, se sentó y esperó despierta. A las cinco en punto dijo:
«Estaré preparada a las seis y media», y continuó esperando, extrañada y
sorprendida por lo que había dicho.
A las seis y media, abrimos el cajón donde se guardaba la hoja ele papel
mecanografiada y se la dimos.
La paciente tomó el papel y lo giró varias veces, escudriñando en esas líneas
subrayadas. De repente, se puso rígida, pálida y empezó a llorar, sollozar,
diciendo repetidamente: «Eso es lo que intentaba hacer».
Finalmente, algo más controlada, dijo: «La razón está aquí, léala».
El material subrayado decía:
yo quie ro fo Ha R al padre El orden numérico de lo subrayado era:
1. al
2. yo
3. ro
4. quie
5. Ha
6. R
7. fo
8. padre
Según explicó: «Se trataba de cualquier hombre, cualquiera, todos los del
mundo. Incluido mi padre. Eso lo convertiría en un hombre, no una sucia mota de
polvo bajo el dedo de mi madre. Ahora sé lo que he intentado hacer y no tengo
que hacerlo nunca más. ¡Qué horrible!».
Ella reaccionó con un llanto más intenso, pero finalmente declaró: «Todo eso
corresponde al pasado ahora. ¿Qué puedo hacer?».
Se la sugestionó para que pasase un examen físico completo para comprobar si
tenía alguna enfermedad venérea. La paciente accedió.
Pudimos saber más adelante que acabó su periodo de formación con éxito y,
años después, que estaba felizmente casada y que era madre de tres hijos. Otra
fuente nos confirmó también que su matrimonio era feliz.
Comentario
La dirección de este caso fue esencialmente la de un padre dictatorial con un
niño «malo». Sus ataques iniciales hacia el autor fueron inmediatamente
corregidos mediante una selección cuidadosa de las palabras, pero sin anular sus
emociones.
El desprecio por su padre fue corregido mediante la aceptación de su
identificación del autor como sustituto del padre y la utilización de la autoridad
dictatorial sobre ella. Las emociones derivadas de su problema, intensas y
compulsivas, fueron corregidas por un periodo de espera que culminó en la última
sesión, donde se dio rienda suelta a las emociones dolorosas.
Paciente H
Un hombre joven, de unos 75 kilos de peso, se casó con una mujer muy bella y
voluptuosa. Sus amigos le hacían muchas bromas acerca de su próxima pérdida
de peso.
Unos nueve meses más tarde, el joven acudió a la consulta del autor a causa
de dos problemas. El primero era que no podía aguantar más las bromas de sus
compañeros de trabajo acerca de su pérdida de peso de más de 20 kilos, que en
verdad había experimentado. El segundo, que le costó mucho confesar, era otro
enteramente diferente. De hecho, se trataba de su fracaso para consumar el
matrimonio.
Nos explicó que su mujer le prometía todas las noches que llevarían a cabo el
acto, pero en cuanto hacía el primer movimiento de acercamiento, ella
desarrollaba un pánico intenso y, entre sollozos, le pedía que lo aplazasen hasta
el día siguiente. Nuestro paciente dormía mal todas las noches, encendido por el
deseo y desesperadamente frustrado. Recientemente, le habían asaltado temores
de no poder tener una erección a pesar del incremento de su ansia sexual.
Preguntó si podía haber alguna ayuda para sí mismo o para su esposa.
Aceptamos a los dos como pacientes y se asignó, para empezar, una cita para su
mujer. Se le pidió que le contase a su mujer la razón de la consulta y que
estuviese preparada para discutir su evolución sexual desde la pubertad.
Llegaron puntuales a la cita. El esposo salió de la consulta para que la mujer
nos contase libremente su historia sexual, lo cual hizo no sin mucha vergüenza. La
paciente explicaba su temor como resultado de un terror incontrolable que ligaba a
sus enseñanzas religiosas. Nos enseñó una libreta en la que apuntaba
cuidadosamente el día y la hora de sus periodos menstruales. Al parecer, esto se
hallaba estrechamente ligado a su problema sexual.
El examen de la libreta nos reveló que durante los últimos diez años, la paciente
había estado menstruando cada treinta y tres días y la hora del día no variaba
apenas, alrededor de las diez o las once de la mañana. Había unos pocos
periodos que no coincidían con esos ritmos, pero nunca anteriores a los treinta y
tres días citados. En esos casos, la paciente había anotado la fecha de la
menstruación real, la que estaba prevista y una nota explicativa del tipo «He
estado enferma en la cama con un resfriado».
Cuando se le preguntó si quería ayuda para su problema conyugal, declaró
afirmativamente en primera instancia. Inmediatamente, sin embargo, se asustó y
le pidió al autor, entre sollozos, que la dejase «esperar hasta mañana».
Finalmente, la calmamos repitiéndole que se trataba únicamente de su propia
decisión.
La siguiente medida fue darle un largo y vago discurso general sobre relaciones
conyugales, intercalando sugestiones de fatiga, cansancio y desinterés hasta que
se consiguió un buen estado de trance.
Después, se le dio toda una serie de sugestiones con creciente intensidad para
continuar con el trance y para implantar las siguientes ideas. Primero, que se iba a
sorprender al perder el miedo a cumplir sus promesas sexuales, simplemente
cumpliéndolas antes de lo que ella misma pensaba. Segundo, de camino a casa
iba a enfrascarse en la idea satisfactoria, aunque sin sentido, de que haría que las
cosas sucediesen tan deprisa que ni siquiera experimentaría miedo.
Visitamos a su marido por separado y le aseguramos que las cosas cambiarían
a partir de la siguiente noche.
Al día siguiente, el esposo nos informó, apesadumbrado, de que a medio
camino de casa, su esposa tuvo el periodo menstrual, diecisiete días antes de lo
previsto. Le tranquilizó el decirle que ello era una prueba de la intensidad de su
deseo y de su absoluta intención de consumar el matrimonio. Se le dio otra cita
para cuando ya no tuviese el periodo.
La visitamos de nuevo el siguiente sábado por la noche. Se le indujo un nuevo
trance. En esta ocasión, se le explicó que la consumación tendría que tener lugar
y que el autor sentía que tenía que ocurrir en los próximos diez días. Pero, de
todas formas, era ella quien tenía que decidir cuándo. Se le dijo que podría ser
ese sábado o el domingo, aunque el autor prefería el viernes noche; también
podía suceder el lunes o el martes por la noche, aunque el viernes era la noche
preferida; de nuevo, se le dijo que podía ocurrir el jueves por la noche, pero el
autor prefería definitivamente el viernes. Repetimos una y otra vez toda la retahila
de días con énfasis en la preferencia del autor hasta que la paciente empezó a
expresar cierto malestar.
Se la despertó y, en estado de vigilia, se le hicieron los mismos comentarios. Su
expresión facial era de intenso desacuerdo, especialmente con las menciones de
la preferencia del autor.
Visitamos separadamente al esposo y se le dijo que no intentara nada, que
estuviese pasivo en su conducta, aunque debía estar preparado para responder y
que, de seguro, obtendría resultados.
El viernes siguiente nos informó: «Mi mujer me ha dicho que le informe de lo
que pasó ayer. Sucedió tan rápido que no tuve capacidad de reacción. Por poco
me viola. Y después se levantó a medianoche para hacerlo de nuevo. Esta
mañana estaba riendo y le pregunté por qué. Me pidió que le dijera que finalmente
no fue un viernes. Le dije que hoy era viernes y, riendo, me dijo que usted lo
entendería». No se le explicó más a él.
Sabemos que el matrimonio tuvo una feliz continuación, compraron una casa y
tuvieron tres hijos deseados en intervalos de dos años.
Comentario
La respuesta psicosomática de tener un adelanto en el periodo de diecisiete
días en una mujer tan rígida a nivel sexual es un ejempío interesante de la
intensidad y efectividad con la que el cuerpo expresa sus defensas psicológicas.
La razón por la que establecimos un periodo de diez días, el hecho de nombrar
los días de la semana y el énfasis en la preferencia del autor por el viernes tienen
una explicación sencilla. Diez días era un periodo suficientemente largo como para
tomar una decisión. Al nombrar los días, reducíamos ese tiempo a siete días. El
énfasis en la preferencia del autor introducía un problema emocional,
desagradable, imperioso. Debido a que habíamos nombrado todos los días de la
semana, el transcurrir de los días la llevaba más y más cerca del viernes, una
elección inaceptable para ella. Por lo tanto, llegado el jueves, sólo quedaba el
viernes. El sábado, domingo, lunes, martes y miércoles habían sido rechazados.
Por lo tanto, la consumación tenía que ocurrir en jueves si quería ser una elección
propia y no la del autor.
El procedimiento empleado en la primera entrevista fue equivocado, pero
afortunadamente fue bellamente utilizado por la paciente para continuar su
conducta neurótica y castigar y frustrar al autor por su incompetencia.
La segunda visita fue más afortunada. Se le creó un dilema con dos
alternativas, el día de su elección o la preferencia del autor. El énfasis que
pusimos en lo último provocó una intensa respuesta emocional que tuvo el buen
efecto de corregir su otro problema emocional. La consumación tuvo lugar y ella
se pudo dar la satisfacción de burlarse del autor con la declaración de que no
ocurrió un viernes, segura de que él la entendería.
Resumiendo, la resolución de este problema emocional, como demuestran sus
resultados terapéuticos, fue contingente con respecto a una respuesta emocional
de efecto correctivo.
Comentarios generales
Esencialmente, el propósito de la psicoterapia debería ser ayudar al paciente de
la manera más adecuada y aceptable de entre las disponibles. Cuando nos
disponemos a prestar esa ayuda, se debe respetar y utilizar lo que el paciente nos
presenta, sea lo que sea. Lo importante es que tengamos claro que el énfasis
debe situarse en lo que el paciente hace en el presente, así como lo que hará en
el futuro, y no en la mera comprensión de la causa del estado actual del paciente.
Lo fundamental de la psicoterapia debe centrarse en el ajuste de presente y futuro.
La atención al pasado será la necesaria para prevenir la continuación o la
recurrencia de desajustes pretéritos.
Por qué la paciente H rehusó la consumación del matrimonio es un asunto que
sólo le interesa a otros, no a ella; ahora la paciente es demasiado feliz con sus
hijos, su matrimonio y su hogar para mirar atrás y buscar la causa de su problema.
Asumir que el desajuste original volverá forzosamente una y otra vez para
desbaratar el bienestar del paciente es asumir que los buenos aprendizajes no
tienen ningún peso ni cualidades duraderas y que las únicas fuerzas que persisten
en la vida son los errores.
Como analogía diremos que cualquiera que sea la causa psicogénica o la
motivación de los errores en aritmética de un infante, el que el alumno no sea
consciente de cuáles son esas causas no implica que no vaya a alcanzar un buen
dominio matemático en el futuro. Y si la ineptitud matemática persiste, ¿quién dirá
que un violinista potencial debe entender las razones básicas de sus dificultades
en la extrapolación de logaritmos antes de iniciar su carrera de músico?
En otras palabras, en la opinión del autor, como ilustran los casos expuestos,
los propósitos y procedimientos de la psicoterapia deberían incluir la aceptación de
lo que el paciente presenta y representa. Esto debería ser utilizado de tal manera
que se le dé al paciente un ímpetu para que el presente y el futuro sean
constructivos y satisfactorios.
Con respecto al pasado del paciente, es esencial que el terapeuta lo entienda
tanto como le sea posible, pero sin pedirle al paciente que alcance tal grado de
erudición. Precisamente es a partir del entendimiento del pasado del paciente por
parte del terapeuta como éste puede encontrar mejores vías para ayudar al
paciente en el futuro. Creemos que el paciente no debe quedar aislado en su
neurosis de larga duración para ser diseccionado poco a poco, sino que se le ha
de reconocer como ser vivo con sentimientos que tiene un presente y un futuro
que vivir.
Apéndice
Existen muchas variaciones de la técnica empleada con el paciente G, y en la
experiencia del autor todas son útiles, especialmente en terapias aceleradas. Su
fundamento reside en imprimir sobre el paciente, con sumo cuidado y
enfáticamente, la idea de que la mente inconsciente puede comunicar algo
extremadamente importante para la resolución de un problema. Se trata de algo
inaccesible de otra manera y no siempre es reconocible. Entonces, como
resultado de una actuación tangible y concreta, el paciente desarrolla la sensación
profunda de que se rompen unas barreras anteriormente infranqueables. Que se
han superado las resistencias, que la comunicación es ahora factible y que su
significado no puede quedar ya más a un nivel simbólico.
Esencialmente ocurre lo mismo con los tests proyectivos en los que el paciente
está comprometido en la resolución y comprensión de la prueba. Algunas de estas
pruebas pueden ser:
1. La selección «aleatoria» de un libro de una estantería. El título, sin
pretenderlo, designará algo que se quiere revelar.
2. La comprobación de fechas en un calendario; en uno de nuestros casos, se
recordaba una dirección importante «olvidada»; en otro, la edad en la que tuvo
lugar un hecho traumático reprimido.
3. La oferta espontánea de «contar la gente que aparece en una tira cómica»
olvidándose de uno de los niños que salen en ella (dudas secretas acerca de la
paternidad de uno de los propios hijos).
4. La redacción de una serie de frases sin importancia en las que se escribe
mal una palabra. La mala colocación de una palabra en una frase o la variación en
el espaciado en una o más frases.
5. La redacción de una pregunta «tonta»; buscando orientación sobre su
próxima boda con George, una paciente escribió: «¿Me casaré con Harold?», al
que sólo conocía porque era amigo de un amigo. Al final se casó con un hombre
llamado Harry.
6. Subrayar azarosamente en un papel mecanografiado para «encontrar
finalmente las líneas que nos dan una idea de lo que sucede».
7. Pintar una serie de bocetos relacionados o no relacionados con el problema
y atender a lo que se tacha; gente en la calle, por ejempío, en la que hay una
mujer mayor tachada es un reconocimiento de hostilidad hacia la madre.
8. La redacción de una historia deliberadamente falsa, descriptiva de un hecho
sin importancia; quince personas en una fiesta tenían pelo negro despeinado y
unas narices excesivamente largas.
9. Redactar una lista de palabras y «subrayar una o más de las que sería
imposible o difícil hablar». Una lista tenía varios elementos que el paciente
observó mientras caminaba por la calle, y uno de ellos eran flores: sus miedos
reprimidos de ser «mariquita».
10. Recortar un anuncio sin importancia de una revista y traerlo a la próxima
sesión; una foto de unas rosquillas, dándose cuenta repentinamente de su pérdida
de interés por su esposa.
11. Recoger y manejar algo, cualquier cosa: en un momento dado, la punta de
un lápiz (inferioridad fálica); en otro, una cerilla apagada (miedo frente a una
incipiente impotencia).
12. Echar una ojeada a las páginas de un periódico. Cuando ya está hecho, dar
la instrucción adicional «Decir un número de una página rápidamente». El paciente
hizo referencia a un artículo sobre la pensión alimenticia, lo que hablaba de sus
miedos ante la situación marital.
13. «Cuando se despierte y mueva la silla hacia otro lado de la mesa, su mente
inconsciente le hará saber algo importante. Quizá su inconsciente tardará más de
cinco o diez minutos en hacerlo, o quizá no lo hará hasta la próxima sesión». Diez
años antes, el sujeto le había dado a su madre su dosis de tónico media hora
antes de lo previsto y la madre murió cinco minutos después.
14. Escribir a un amado padre una carta llena de quejas incomprensibles y
hostilidad manifiesta y entregarla para que la lea: un inmediato ataque de asma de
carácter psicógeno.
EL USO DE SÍNTOMAS COMO PARTE INTEGRAL
DE LA HIPNOTERAPIA18
Milton H. Erickson
Cuando tratamos clínicamente a cualquier tipo de paciente, debemos tener en
cuenta una consideración esencial, a saber: debemos tener siempre presente las
necesidades del paciente como personalidad humana y saber reconocerlas en
cada una de sus manifestaciones. Y no sólo porque tal esfuerzo es importante a la
hora de hacer un diagnóstico correcto y encontrar el tratamiento adecuado, sino
porque siempre necesitaremos la cooperación del interesado. Sin la total cooperación del paciente, podemos esperar que los resultados se retarden, se
distorsionen, se limiten o incluso no lleguen nunca. Demasiado frecuentemente, el
terapeuta trata al paciente como un ser lógico, comprensivo, en perfecta posesión
de sus facultades, en resumen, como un ser humano razonable e informado. Sin
embargo, es una cuestión de simple sentido común que frecuentemente se pasa
por alto, se ignora o se rechaza que los pacientes pueden ser tontos, olvidadizos,
absurdos, poco razonables, ilógicos, incapaces de actuar con sentido común y
están muy frecuentemente gobernados por emociones y por necesidades
inconscientes desconocidas y quizás imposibles de descubrir, las cuales están
lejos de ser razonables o lógicas. Intentar una terapia con un paciente
aparentemente sensible, razonable e inteligente cuando en realidad está
gobernado por fuerzas y emociones inconscientes que ni él mismo conoce, pasar
por alto lo que la mente inconsciente sabe, puede conducirnos fácilmente al
fracaso o a unos resultados insatisfactorios. Nunca deberemos permitir que la
apariencia de racionalidad, inteligencia y cooperación nos confunda y nos lleve a
olvidar que el paciente es humano y, por lo tanto, está sujeto a miedos y fobias
que se corresponden con esos aprendizajes que han sido relegados al
inconsciente y de los que nunca se apercibirá. En definitiva, si el terapeuta no
presta la atención necesaria a sus pacientes, olvidará que son débiles e
irracionales, como todo ser humano. Demasiado a menudo no son precisamente
los puntos fuertes del paciente los vitales para la función terapéutica. Las fuerzas
dominantes que controlan la situación pueden derivar de su debilidad, de su
conducta ilógica, de su poca racionalidad y, obviamente, de sus actitudes falsas y
engañosas.
Los terapeutas que deseen ayudar a sus pacientes no deberían nunca tratar
con desdén, condenar o rechazar ninguna parte de la conducta del paciente
simplemente porque sea obstructiva, poco razonable o incluso irracional. La
conducta del paciente es parte del problema que traen a la consulta; constituye el
ambiente personal dentro del cual la terapia puede tener efecto; puede constituir la
fuerza dominante en la relación total entre paciente y doctor. Debido a que lo que
los pacientes traen a la consulta es, en cierta manera, parte de ellos y parte de su
problema, el terapeuta debe hacer el esfuerzo de verlo con comprensión,
18M. H. Erickson, -The use of symptoms as an integral part <>f therapy», en American JournalofClinical Hypnosls, 1965, n"
8, págs. 57-65.
valorando la totalidad que se confronta con el terapeuta. Al hacerlo así, los
terapeutas no deberían limitarse a valorar lo que es bueno y razonable para
después ofrecer posibles cimientos de procedimientos terapéuticos. A veces —en
realidad, muchas más veces de lo que imaginamos—, la terapia sólo puede
establecerse a partir de la utilización de lo absurdo, lo tonto, lo irracional y lo
contradictorio.
A continuación y para ilustrar lo dicho desde la experiencia clínica,
expondremos los siguientes casos, algunos de los cuales surgen de una situación
terapéutica no hipnótica y otros, de situaciones que implican el uso de la hipnosis.
Caso 1
George había estado ingresado en un hospital durante cinco años. Nadie
conocía su verdadera identidad. Era simplemente un extraño, de alrededor de 25
años, recogido por la policía por conducta irracional y entregado a ese hospital
mental del estado. Durante esos cinco años, había dicho -Me llamo George»,
«Buenos días» y «Buenas noches» como expresiones o mensajes racionales. Por
otro lado, también solía proferir una verborrea desordenada sin sentido alguno, al
menos para las personas normales. Se trataba de una mezcla de sonidos, sílabas,
palabras y frases incompletas. Durante los primeros tres años, se solía sentar en
un banco frente a la puerta principal del hospital y a cada persona que salía le
soltaba su perorata incomprensible. Otras veces, se sentaba calladamente,
murmurando sus mensajes para sí mismo. En todo ese tiempo, los psiquiatras,
psicólogos, enfermeras, trabajadores sociales y demás personal habían intentado
obtener de él algunos comentarios inteligibles, pero fue siempre en vano. George
sólo hablaba de una manera. Durante esos tres años, el paciente mantuvo la
costumbre de detener a la gente para decirles algo en su perorata característica,
pero entre persona y persona se sentaba tranquilamente en un banco,
aparentemente medio depresivo y medio enfadado. En esos momentos, si se le
acercaba alguien a preguntarle algo, profería unos pocos minutos de su
galimatías.
El autor se incorporó al personal del hospital el sexto año de la estancia de
George. Lo primero fue recopilar la información disponible acerca de su conducta.
Se supo que los demás pacientes o el personal del hospital podía sentarse a su
lado sin provocar el estallido verborreico de George si no se le decía nada. Con
todo esto como información preliminar, se diseñó un plan terapéutico. Una
secretaria transcribió en taquigrafía las emisiones de George. Después,
analizamos tales expresiones, pero no se descubrió ningún significado en ellas. Lo
siguiente fue parafrasear el discurso de George, pero usando palabras que suponíamos no estaban dentro del vocabulario habitual del paciente. En poco tiempo y
tras un detallado estudio, el autor pudo improvisar un galimatías similar al de
George, pero con un vocabulario diferente.
El autor decidió adoptar la costumbre de entrar en la sala de estar del hospital
por una puerta lateral en el extremo opuesto del banco de George. El autor
caminaba hacia allí y se sentaba al lado del paciente durante periodos cada vez
más prolongados, hasta llegar a pasar una hora junto a él. Un buen día,
dirigiéndose al aire, el autor se identificó verbalmente. George no dio ninguna
respuesta.
Al siguiente día, la misma identificación se dirigió directamente a George. Éste
replicó con su típica verborrea, pero con un tono un tanto enfadado. El autor
respondió a su vez con un tono cortés y con su propio galimatías. George puso
una expresión de sorpresa e intriga y cuando el autor hubo acabado, George le
ofreció otra contribución con una entonación de pregunta. Como si respondiera, el
autor ver-balizó un poco más de galimatías.
Después de media docena de intercambios, George se quedó en silencio y el
autor se retiró a atender otros asuntos.
Al día siguiente, para empezar los dos se saludaron usando sus nombres
correctamente. Después, George se lanzó con un discurso de galimatías bastante
largo, al que el autor respondió de forma similar. A eso le siguieron unos breves
intercambios de expresiones largas y cortas hasta que George se calló y el autor
se retiró para seguir con sus otros quehaceres.
Estos diálogos incomprensibles prosiguieron durante un tiempo. Un día,
George, después de los habituales saludos matinales, empezó un discurso sin
pausa que duró dos horas. Tal mensaje puso a prueba la paciencia del autor, que
se perdió la comida escuchando la interminable intervención del paciente, pero
cuando terminó se le respondió de la misma manera. George escuchó muy atento
y, después, dio una respuesta de dos horas de duración (al mismo tiempo, nos
apercibimos de que miraba insistentemente el reloj).
Al día siguiente, George volvió a saludar correctamente, pero añadió dos frases
más sin sentido. El autor respondió con un galimatías de extensión similar. George
replicó: «Hable con sentido, doctor». «De verdad que me gustaría. ¿Cómo se
llama?» «O'Donovan, y ya es hora de que alguien que sabe hablar, pregunte. Casi
cinco años en este asqueroso tugurio» (a lo que añadió un par de frases en
galimatías). El autor replicó: «Me alegro de saber su nombre, George. Cinco años
es demasiado tiempo» (a lo que se añadieron dos frases de galimatías).
El resto de la conversación siguió la misma línea. George nos contó su historia
salpicada de frases en galimatías. Su curso clínico fue excelente, aunque nunca
dejó completamente de emitir galimatías, pero se redujeron a algunas
murmuraciones ocasionales. En un año dejó el hospital, encontró un empleo
interesante y, de vez en cuando, volvía al hospital para informarnos de sus
continuas mejoras. Siempre iniciaba o acababa sus informes con un poco de
galimatías, esperando la misma actitud por parte del autor. Muchas veces,
comentaba durante sus visitas: «Nada como un poco de sinsentido en la vida,
¿verdad, doctor?», y esperaba y recibía una solidaria expresión de acuerdo y una
breve frase en galimatías. Después de tres años fuera del hospital con una
adaptación satisfactoria, se perdió el contacto con George, excepto el día que
recibimos una simpática postal desde otra ciudad. Nos hablaba, aunque
brevemente, de su adaptación a esa nueva ciudad. La postal estaba escrita
correctamente, pero bajo la firma se leía un conjunto de sílabas sin sentido. No
había remitente. El paciente estaba finalizando nuestra relación en términos
inteligibles para él.
Durante el curso de su psicoterapia, vimos que George era hipnotizable y
desarrollaba un trance de medio a profundo en unos quince minutos. Sin embargo,
su conducta de trance era comparable a su conducta de vigilia y no ofrecía ventaja
terapéutica alguna. Las entrevistas terapéuticas estaban caracterizadas solamente
por el uso juicioso de cierta cantidad de galimatías.
El caso anterior representa un caso más bien extremo de cómo satisfacer las
necesidades de un paciente con un problema realmente serio. De hecho, el autor
fue duramente criticado por usar tal aproximación, aunque después quedó claro
que se estaban logrando resultados y que efectivamente se estaban atendiendo
ciertas inexplicables necesidades del paciente.
El siguiente caso es absolutamente diferente. Aunque no existía una psicosis
real, teníamos delante tal rigidez irracional de convicciones emocionales que el
paciente parecía prácticamente inaccesible.
Caso 2
Un hombre de cuarenta y pocos años acudió a la consulta de una dentista
amiga del autor, explicándole su situación con todo detalle, transpirando
profusamente, con mucho miedo e inquietud. Según decía, había leído algunas
noticias en la prensa sobre el uso de hipnosis en odontología. Esto le recordó su
etapa de estudiante universitario en la que ejerció muchas veces de sujeto
hipnótico para propósitos experimentales en el laboratorio de psicología. En esas
experiencias, fácil e invariablemente desarrollaba un estado sonambulístico con
profundas amnesias que, de hecho, todavía perduraban, pero se acórelaba muy
bien de las explicaciones de los resultados experimentales que le habían dado.
Por alguna razón que no recordaba, pero que refería como «una experiencia de
dolor horrible que tenía que ver con el dentista de alguna manera», no había
visitado a un odontólogo durante unos veinte años, a pesar de que sabía que
necesitaba atención urgente en ese sentido. Su explicación era «No puedo ir al
dentista. Ir al dentista es doloroso. Tiene que ser doloroso. No hay peros en eso.
La odontología está ligada al dolor. Incluso con anestesia, cuando ésta desaparece, aparece el dolor. No importa el trabajo que se tenga que hacer, hay zonas
terriblemente sensitivas». El paciente hizo más declaraciones en esa línea, pero lo
expuesto resume ese pensamiento irracional y obsesivo que presentaba.
Las noticias que había leído acerca de la hipnodontia le hicieron albergar
algunas esperanzas de que podría superar sus dificultades con el dentista. Así
que hizo algunas llamadas telefónicas hasta que encontró al amigo del autor.
El dentista aceptó visitarlo y, en una visita preliminar, le dio explicaciones sobre
la hipnoanestesia. El sujeto desarrolló un magnífico trance sonambulístico y
enseguida desarrolló anestesia de la mano. Después se intentó la anestesia
mandibular, pero ésta fracasó totalmente, lo cual sorprendió al dentista. Al día
siguiente, paciente y facultativo se pasaron toda una tarde intentando desarrollar
la anestesia dental con diferentes técnicas. El paciente podía desarrollar anestesia
quirúrgica en cualquier zona de su cuerpo, menos en la boca. De hecho, en vez de
anestesia, parecía que se desarrollaba una hiperestesia.
Así que se le pidió a otro dentista, éste muy experimentado en hipnosis, que
tratase al paciente. Los dos dentistas dedicaron toda una tarde y parte de la noche
a ese sujeto sonambulístico que tenía una anestesia quirúrgica completa y
aceptaba cualquier estímulo doloroso que se le quisiese administrar. El paciente
mantenía todo el tiempo los ojos abiertos y, de hecho, estaba muy interesado en la
hipnoanestesia.
Sin embargo, si se le tocaba un labio, la mejilla o un ángulo de su mandíbula, la
zona enrojecía, el sujeto empezaba a sudar y se quejaba de un dolor
extremadamente agudo, hasta el punto de que rompía la rigidez de cuello y
cabeza que se había establecido hipnóticamente para evitar que lo tocasen.
Se pidió consejo a otros dentistas y, finalmente, enviaron al paciente al autor
con un informe de los resultados obtenidos hasta el momento y una copia de las
manifestaciones del paciente acerca del dolor dental en general.
La entrevista y el trance posterior del paciente confirmaron los informes de los
dentistas.
Precisamente fueron las manifestaciones del paciente acerca de los dentistas y
el dolor lo que nos dio pie a diseñar una estrategia adecuada para tratarlo. Debido
a que los dentistas habían expresado su interés en cualquier trabajo experimental
que el autor llevase a cabo, despedimos al paciente con la instrucción de que
concertase una cita con el primero de los dentistas. Después de haberlo hecho, el
facultativo llamó a su colega dentista y al autor.
Cuando llegó el día de la consulta odontológica, el paciente tomó asiento en el
sillón del dentista a petición del autor. Su aspecto expresaba un profundo temor,
sudando y con la cara roja. A pesar de ello, desarrolló un trance sonambulístico
profundo en comunicación con los dos dentistas así como con el autor.
Antes de llegar a este punto, se había discutido entre el grupo de facultativos el
principio del procedimiento que se iba a seguir. Se estuvo de acuerdo en que el
procedimiento tendría lugar sin una preparación preliminar del paciente.
Una vez el paciente hipnotizado, temeroso, con la cara roja y transpirando
copiosamente, se le pidió que escuchase la lectura de sus opiniones sobre los
dentistas y el dolor que ya hemos mencionado. El paciente escuchaba con
atención y, cuando terminamos de leer la última frase, se le dijo seria y
vehementemente: «Usted tiene toda la razón y lo resume perfectamente en una de
sus afirmaciones. Déjeme leerla otra vez: "No importa lo que se haga uno en el
dentista. Siempre hay una zona que se vuelve terriblemente sensible". Usted está
en lo cierto. Mientras usted esté sentado en la silla, el dentista estará a su
derecha. Por lo tanto, podrá extender su brazo izquierdo y dejarlo suspendido y
rígido como si estuviese helado. Ahora podrá girar la cabeza y observar su mano
izquierda. Su mano, fuera del alcance de todo, incluso de una brizna de aire o de
que alguien la toque, se va a volver horriblemente hipersensible, tanto que en un
minuto toda la sensibilidad del cuerpo se va a concentrar en esa mano. Mientras el
dentista esté trabajando con usted, no le tocará la mano donde se halla toda su
hipersensibilidad, de manera que podrá hacer todo el trabajo dental que usted
necesita. Ahora tome nota mentalmente de dónde está su hipersensible mano
izquierda y vuelva la cabeza hacia el dentista para que lo trate».
El paciente giró la cabeza mientras le rogaba al dentista que tuviese cuidado
con la mano izquierda y, tranquilizado por las palabras del mismo, abrió la boca
con buena disposición.
La sudoración había desaparecido y la cara había vuelto a su color natural; sin
embargo, su mano izquierda había adquirido ahora esas características. El
odontólogo tomo las riendas de la situación y, por medio de las sugestiones
poshipnóticas, convenció al paciente de que siempre que se sentase en la silla
dental, desarrollaría una hiperestesia de la mano izquierda, de tal manera que
permitiría el desarrollo de los trabajos dentales. En ningún momento se sugestionó
al paciente con anestesia oral.
La explicación de este enfoque es bastante sencilla. El paciente tenía una
fijación de que cualquier trabajo dental iba acompañado de una dolorosa
hipersensibilidad. Cuando se intentaba practicar la anestesia oral, el sujeto se
concentraba en las sensaciones orales. La aceptación de su creencia neurótica y
el uso de la misma para crear un área de extrema sensibilidad satisfacía su
necesidad de experimentar dolor sin necesidad de hacerlo. Por lo tanto, toda la
expectativa de dolor se centró en su mano y el resultado fue una anestesia del
resto del cuerpo, incluida la boca.
En la última sesión de odontología que se le practicó al sujeto, el dentista probó
si existía algún tipo de sensibilidad en el resto del cuerpo y comprobó que existía
una anestesia quirúrgica general.
Este segundo caso representa la utilización hipnótica de la barrera real que
oponía el sujeto al desarrollo de la manifestación que deseábamos. De hecho la
aumentamos. Es cierto que la lógica del procedimiento es engañosa, pero se debe
pensar que toda la actitud del paciente era engañosa. La lógica fría, la
presentación científica de los hechos, cualquier enfoque tradicional hubiese sido
inefectivo. Utilizando la propia irracionalidad neurótica del paciente para afirmar y
confirmar una simple extensión de su fijación neurótica, lo liberó de todas sus
necesidades inconscientes para defender su neurosis de cualquier asalto. Un
análisis sistemático del pensamiento exacto del paciente antes de ser tratado nos
llevó a la solución del problema con rapidez. En el tercer caso que estudiaremos
en este artículo se da una situación similar.
Caso 3
Una joven mujer, divorciada por tercera vez, acudió buscando ayuda
psiquiátrica a la consulta del autor. Dijo: «Vengo por un problema en concreto, eso
es todo, y le contaré lo que me sucede ahora mismo, pero no quiero que me trate
de nada más. Debe prometerme que será así».
Lo esencial del caso es que a los 18 años nuestra paciente se casó
impulsivamente en contra de los deseos de su familia. Se trataba de un hombre
bien parecido, pero, como descubrió después, de lo más disoluto. La noche de
bodas se dio cuenta de que ese hombre de 25 años era un alcohólico. El intento
de consumación del matrimonio en su estado de intoxicación fue una parodia. De
todas formas, él la culpó a ella, la reprendió sin piedad, la acusó de tener «un
trasero gélido» y la abandonó en la habitación del hotel para pasar la noche con
una prostituta. Así y todo, la joven continuó viviendo con él a pesar de que, a partir
de entonces, la llamaba por el apelativo «trasero gélido» de la primera noche.
Después de algunos meses de frustrados esfuerzos por demostrarle que era una
mujer con una vida sexual normal, pidió el divorcio, aunque secretamente pensaba
que su marido tenía razón con respecto a su falta de sexualidad.
Un año más tarde, en un esfuerzo sobre compensatorio por evitar el tipo de
problema que se había encontrado en su primer matrimonio, la joven se casó con
un hombre afeminado. La latente homosexualidad del recién casado se reveló la
noche de bodas a través de su aversión hacia el cuerpo de nuestra paciente. Al
parecer, su motivación por el matrimonio giraba en torno a la fortuna de la
paciente, ya que él no poseía «la situación social adecuada en la comunidad». El
joven se mostró indignado por las «indecentes prisas» por consumar el matrimonio
que mostraba su esposa y le administró una gazmoña reprimenda. Según supo
ella más tarde, el joven marido pasó la noche con un amigo encargado de
consolarlo. La reacción de nuestra paciente fue la de inculparse de este nuevo
fracaso. En su interior, pensaba que debía de estar sexualmente incapacitada, tal
como le decía su primer marido. El matrimonio duró aproximadamente un año,
principalmente gracias a que él solía pasar la mayoría de las noches en el
apartamento de su madre. A los cuatro meses de casados, se produjo un intento
de consumar el matrimonio, pero resultó ser una experiencia repugnante para él,
lo cual reforzó su idea de que carecía de todo sentimiento sexual.
Después de divorciarse de este segundo marido, la joven consiguió un empleo
y renunció a una vida normal. Al cabo de unos dos años, cuando se hallaba
viviendo una vida muy retirada, conoció por casualidad a un hombre cinco años
mayor que ella que se dedicaba a los negocios inmobiliarios. Su encanto, su éxito
en los negocios —aunque algunos dudaban de su reputación en ese aspecto—,
su conocimiento del mundo y su cortesía la convencieron para intentar otra
aventura matrimonial.
Se casaron por la mañana y se fueron directamente a una carísima suite de un
hotel de un pueblo cercano. Toda la velada consistió en un intento del joven por
convencerla de que le legara todas sus propiedades para que él pudiese
especular con ellas y conseguir enormes beneficios.
A medida que el joven le presentaba sus argumentos, nuestra infortunada
paciente iba recordando sus anteriores fracasos, lo que levantó unas terribles
sospechas en ella. Su marido, impaciente por la lentitud de su mujer a la hora de
aceptar sus argumentos, notó la expresión de horror de su joven mujer.
Enfurecido, la tiró sobre la cama para realizar el coito violentamente, la culpó por
su falta de respuesta, la ridiculizó y le contó que la noche anterior la había pasado
con una prostituta que respondía mucho mejor que ella. Finalmente «me abandonó para encontrar a alguien que no fuese como yo, como mi primer marido
decía que era». Al poco consiguió el correspondiente divorcio.
Ahora, la muchacha estaba interesada en un joven que contaba con la
aprobación de su abogado, su banquero, sus padres, su pastor y sus amigos.
Quería casarse con él desesperadamente, pero deseaba igualmente no causarle
ninguna infelicidad. Buscaba ayuda psiquiátrica para solucionar su «deficiencia».
Con extrema vergüenza y para que no hubiese ninguna confusión, la joven puso
las cosas muy claras. Quería que le retirase el frío que sentía continuamente en el
trasero, en invierno y en verano, con ropas ligeras o de abrigo. Ese frío constante
e insoportable que se había instalado en sus nalgas desde la primera noche de su
tercer matrimonio. La pronta disolución del matrimonio no la había ayudado a
quitarse de encima ese frío que había desarrollado tras la devastación de su tercer
marido. Hasta el momento, no se había atrevido a buscar ayuda médica por
vergüenza. Recientemente, en los cursos nocturnos que estaba siguiendo había
leído acerca de la hipnosis, los fenómenos hipnóticos y la hipnotera-pia. Cuando
vio el nombre del autor como referencia, acudió a Ari-zona para ser sometida a
una terapia directa, inmediata y específica.
Su deseo de terapia era casi irracional en su intensidad. Estaba convencida de
que su problema se circunscribía al frío y no quiso ni oír hablar del carácter
general de sus dificultades. Estaba rígidamente segura de que, una vez que se
librase del frío, todo iría perfectamente. Dijo que estaba dispuesta a cooperar en
todo lo necesario para lograr su objetivo, es decir, elevar algo la temperatura de
los glúteos. En la desesperación de su deseo de que la ayudasen, la paciente no
veía cuan gracioso era el uso de ese lenguaje vulgar para describir su dolencia.
Tras un arduo esfuerzo de tres horas para atraer su interés hacia las opiniones del
autor, se hizo evidente que la terapia tendría que consumarse, a ser posible
íntegramente, en completo acuerdo con las persistentes demandas de ella.
No fue fácil diseñar un enfoque terapéutico para una paciente que se
empeñaba en hacer una lectura tan limitada de su dolencia. Debido a que
deseaba desesperadamente que le aplicasen hipnosis, no le costó nada llegar al
estado sonambulístico, corno suele suceder con este tipo de pacientes. En verdad,
fue uno de los sujetos más receptivos que el autor se ha encontrado. De todas
maneras, se le explicó que ya que quería solucionar su problema con hipnosis, era
un requisito necesario que la entrenásemos en todos los fenómenos hipnóticos de
manera que conociese todas las posibles estrategias para curar su enfermedad.
En realidad, el verdadero propósito de esto era desarrollar en ella una
receptividad, un sentimiento de completa aceptación y un deseo de ejecutar
adecuadamente cualquier sugestión que se le hiciese.
El siguiente paso (la paciente ahora bajo trance hipnótico) fue pedirle que
llevase a cabo un estudio sistemático que consistía en ir llenando una bañera de
agua y elevar poco a poco la temperatura hasta que el agua estuviese tan caliente
que produjese ampollas en las piernas, la única parte de su cuerpo que iba a estar
sumergida. Después de bastante esfuerzo, consiguió experimentar esa sensación.
Lo siguiente fue explicarle, con toda clase de detalles, cómo los receptores
térmicos del cuerpo, ante un exceso de calor, se desbordan y activan los
receptores fríos de la piel, lo que produce piel de gallina. Esta explicación, en
opinión del autor, resultó clave para el éxito de la terapia. Con esta sugestión, la
paciente tuvo la indiscutible prueba visual de que el calor puede producir los
concomitantes del frío y que ello puede ocurrir en un área limitada del cuerpo.
Desde ese momento, la paciente no tuvo ninguna duda de la competencia del
autor.
Bajo hipnosis, se la sugestionó con que iba a sentir privadamente un
exagerado, intenso y desmesurado orgullo al saber que cualquier parte de su
cuerpo podía experimentar calor a partir de una sensación subjetiva de frío.
Mediante la repetición de esta sugestión una y otra vez, se le grabó la idea de que
esa sensación iba a ser un goce personal y siempre privado. El secretismo
pretendía intensificar la sensación y evitar que alguien se enterase del argumento
que habíamos inventado, puesto que era bastante ingenuo.
Después, poco a poco, se la sugestionó con que, así como sus pantorrillas
habían desarrollado receptores del frío en respuesta al calor, así responderían los
receptores de sus muslos, sus glúteos y su abdomen. Nos aseguramos de que
aceptaba esa idea cambiando repentinamente el tema de la charla, «una niña
pequeña puede sentir un estremecimiento y un cosquilleo en la columna debido a
la felicidad y alegría que experimenta si le regalan una nueva muñeca que quería
desesperadamente y que no esperaba recibir».
Imprimimos esta nueva idea en su psique, después de varias repeticiones en
las que cambiábamos cuidadosamente las palabras claves «estremecimiento y
cosquilleo» por «estremecimiento, frío y cosquilleo». También omitíamos, de vez
en cuando, una de las tres palabras. Asimismo se le habló de que ya que procedía
de un estado del norte y había tenido una infancia feliz, podía recordar el
«cosquilleante placer de bajar en trineo por una montaña en un día frío», «el
extasíante disfrute de un helado en un caluroso día de verano», todo ello para que
asociase esos placeres remotos con las sugestiones anteriores.
Repetimos el procedimiento durante varias sesiones, siempre imprimiendo la
idea de que retuviese inconscientemente esos pensamientos, la necesidad de
incorporarlos y de que la acompañasen durante toda su existencia. Se insistió en
que por siempre permanecerían ocultas a los demás, sabiendo conscientemente,
de una manera vaga pero satisfactoria, que poseía un conocimiento hermoso y de
mucho valor personal.
En poco tiempo tuvo lugar un marcado cambio en su conducta general. La
tensión, la urgencia y la ansiedad general que presentaba en un principio
desaparecieron; se aficionó a darse largos paseos por caminos y paisajes
agradables y empezó a hablar de que le gustaría visitar Phoenix de nuevo.
Entonces, un día entró en la consulta tímidamente, ruborizada, con la vista fija
en el suelo. Después de unos quince minutos, con una voz casi infantil, me
preguntó: «¿Puedo contarle un secreto, un secreto muy importante, mi secreto
especial que sólo me pertenece a mí?». Respondimos afirmativamente de la
siguiente manera: «Creo que si lo piensa bien, llegará a la conclusión de que
puede contarle lo que quiera a su psiquiatra, porque él entenderá».
Después ele unos cuantos minutos, siete concretamente, dijo en voz muy baja:
«Tengo que contárselo de una manera especial para que lo entienda. Es lo que le
dije la primera vez que vine. Ahora es totalmente diferente». Después, en términos
muy vulgares, muy ruborizada, dijo algo así como: «Me gusta tener retaguardia
helada».
Para el autor esto significaba que ya no necesitaba más terapia. Los años
pasaron, se casó por cuarta vez, acató sus estudios durante los primeros años de
matrimonio y pudo experimentar los placeres de la maternidad, lo cual confirma el
éxito de esta terapia.
Pero ¿cuál era su problema? Un matrimonio impulsivo que inicia con muy
buena fe acaba en desastre total al poco de casarse; con su segundo matrimonio
intenta corregir el trauma del primero, pero pronto se da cuenta de que se trata de
otro error que sólo intensifica su trauma inicial. El tercer matrimonio debía corregir
definitivamente los daños del pasado, pero sólo le provoca más heridas. En un
momento dado, se ie presenta un genuino buen pretendiente y se da cuenta de
que necesita ayuda terapéutica.
Y ¿cuál fue su terapia? Sabemos que una infeliz sucesión de desgracias le
había provocado un trauma que se centraba en la necesidad vital de realizarse
como mujer. Los hechos desgraciados de su pasado la habían degradado y
conducido a que su inconsciente resumiese su infelicidad total de una manera
particular. De hecho, no podía pensar en su problema porque lo había reprimido
emocionalmente, en gran medida de manera inconsciente. Su terapia le permitió
seguir con su manera de pensar, admitir los hechos que la llevaron al problema e
integrarlos con ciertos valores emocionales de su niñez, todo ello a nivel
inconsciente. Entonces, una vez que hubo conseguido sus objetivos (como
decimos, a un nivel inconsciente), se sintió empujada a verbalizar su queja original
de una manera diferente, desde otra perspectiva. De esa manera, se liberaba de
cualquier dependencia del terapeuta y podía seguir su camino.
Comentario final
Estos tres casos pretenden ilustrar que en una terapia es muy importante hacer
lo que parece ser más importante para el paciente. La tarea del terapeuta no
debería ser convencer al paciente de sus ideas, creencias y maneras de entender
el bienestar. Ningún paciente puede realmente entender la visión del terapeuta, ni
lo necesita. Lo que se ha de buscar es el desarrollo de una situación terapéutica
que le permita al paciente usar su propio pensamiento y sus propias emociones de
manera que encajen en su esquema vital.
Los pacientes tratados no alcanzan a entender lo que el terapeuta piensa,
sabe, cree, le gusta o le disgusta. Lo que saben fundamentalmente es que
empiezan a desenmarañar sus vidas de manera inexplicable, de la misma manera
que una vez se enmarañaron sus emociones y pensamientos.
8
UNA INTRODUCCIÓN AL ESTUDIO Y APLICACIÓN
DE LA HIPNOSIS PARA EL CONTROL DEL DOLOR19
Milton H. Erickson
Introducción
La hipnosis es esencialmente una comunicación de ideas del terapeuta al
paciente. Una comunicación especial, ya que se consigue que el hipnotizado se
halle muy receptivo a las ideas presentadas y, por eso, muy motivado a explorar
sus potenciales para el control de sus respuestas y conductas psicológicas y
fisiológicas. La persona media no se da cuenta de las capacidades que ha
aprendido a través de los diversos condicionamientos ele la conducta. Para esa
persona, el dolor es una experiencia subjetiva inmediata que ocupa toda su
atención, molesta e incontrolable. Sin embargo, como resultado de ciertas
experiencias pasadas, hemos construido en nuestro cuerpo—aunque no lo
sepamos— ciertos aprendizajes, asociaciones y condicionamientos que hacen
posible que controlemos el dolor, e incluso acabemos con él. Uno sólo necesita
pensar en situaciones ele tensión o ansiedad extremadamente cruciales en las
que el dolor más severo se desvanece cuando nos concentramos en otros
estímulos de naturaleza más inmediata, intensa o amenazante para la vida. No es
desconocido que una madre que sufre un dolor extremo puede olvidarlo sin
esfuerzo alguno si ve a su hijo amenazado o seriamente herido. Pensemos en
esos soldados seriamente heridos que no se dan cuenta de ello hasta que la
batalla ha terminado. Los médicos con experiencia conocen muchos ejemplos
similares. En la vida diaria esa abolición del dolor ocurre en las situaciones en las
que el dolor es relegado por un estímulo más acuciante y de carácter diferente. El
ejemplo más simple es el del dolor de muelas que se olvida de camino al dentista,
o del dolor de cabeza que se olvida en el momento de mayor suspense de la
película. Tales experiencias nos proporcionan, en mayor o menor grado, un
conjunto de asociaciones y condicionamientos inconscientes a nivel psicológico,
emocional, neurológico y fisiológico. Estos aprendizajes inconscientes,
repetidamente reforzados por experiencias vitales adicionales, constituyen la
fuente de los potenciales que pueden ser empleados a través de la hipnosis para
controlar el dolor sin recurrir a las drogas.
19
M. H. Erickson, «An intnxluction and study of hypnosis for pain control, en International Confercnce for
Hypnosis and Psychosomalic Medicine, Berlín, J. Lassner (comp.), Springer Verlag, 1965.
Consideraciones relativas al dolor
Aunque el dolor es una experiencia subjetiva con manifestaciones objetivas, no
es solamente una experiencia consciente. También se halla presente en estados
de sueño, en narcosis y bajo ciertos tipos de quimioanestesias, como evidencian
ciertos signos objetivos y como ha demostrado la experimentación hipnótica en la
exploración de experiencias pasadas. Pero debido a que el dolor es básicamente
una experiencia subjetiva y consciente con toda clase de significaciones
amenazadoras, desagradables e incluso emocionalmente o psicológicamente
peligrosas, se puede utilizar el enfoque hipnótico para tratarlo, a veces, fácilmente,
a veces, con gran dificultad, y la intensidad del dolor no es necesariamente un
factor en juego.
A la hora de hacer uso de la hipnosis para el tratamiento del dolor, uno necesita
mirar el dolor analíticamente. El dolor no es simplemente un estímulo
desagradable que no tiene más complicación. Es una fuerza motivadora en la
experiencia vital de las personas.
El dolor es un constructo complejo, compuesto de dolor recordado, de la
experiencia actual de dolor y de la anticipación de dolor futuro. Por lo tanto, el
dolor inmediato es aumentado por el dolor pasado y exagerado por futuras
posibilidades dolorosas. El estímulo inmediato es sólo una tercera parte de toda la
experiencia. Nada intensifica más el dolor que darnos cuenta de que mañana
también sufriremos. Pero pensemos que asimismo se incrementa al darnos cuenta
de que hemos tenido una experiencia similar en el pasado y, a su vez, esto y el
dolor inmediato nos abandonan a un futuro incluso más amenazante. A la inversa,
darse cuenta de que el dolor es un acontecimiento simple que derivará en un
futuro agradable sirve para disminuir el dolor. Eso es importante: debido a que el
dolor es un constructo, algo complejo, es más vulnerable a la hipnosis que las
experiencias exclusivamente presentes.
El dolor como experiencia es también más susceptible a la hipnosis porque
varía en su naturaleza e intensidad, y por lo tanto, a través de las experiencias
vitales, adquiere significados secundarios que resultan en diferentes
interpretaciones del dolor. Consecuentemente, el paciente puede referirse a su
dolor en términos temporales, como pasajero, recurrente, persistente, agudo o
crónico. Estas cualidades especiales pueden ofrecer diferentes posibilidades en
cuanto al enfoque hipnótico a usar.
El dolor tiene ciertos atributos emocionales. Puede ser irritante, problemático,
incapacitante, amenazador, intratable, vitalmente peligroso o atraer toda la
atención del que lo sufre. Cada uno de estos aspectos conduce a cierto encuadre
psicológico que conlleva diferentes ideas o asociaciones que ofrecen diferentes
oportunidades de intervención hipnótica.
Uno debe tener en cuenta otras consideraciones. Un dolor continuado en una
zona concreta del cuerpo puede dar lugar al hábito de interpretar todas las
sensaciones en esa zona como dolorosas en sí mismas. El dolor original puede
que haya desaparecido hace tiempo, pero la recurrencia de esa experiencia de
dolor puede conducir a un hábito o a una somatización de carácter doloroso.
Los desórdenes iatrogénicos o las enfermedades que surgen del descuido del
médico son de carácter similar. La enfermedad iatrogénica tiene una
importantísima significación, porque al enfatizar que puede haber una enfermedad
psicosomática de origen iatrogénico nos advierte de que no se debe olvidar, a la
inversa, que existe la salud iatrogénica y, además, que es de gran importancia
para el paciente. Desde el momento en que el dolor iatrogénico puede producir
miedo, tensiones y ansiedad, la liberación del mismo puede producirse también
gracias a la salud iatrogénica sugestionada hipnóticamente.
El dolor es un mecanismo somático protector que no debería menospreciarse
como tal. Entre sus funciones está la de proteger las zoñas dolorosas del paciente,
evitar los estímulos nocivos y, en muchos casos, obligarnos a buscar ayuda. Pero
debido al carácter subjetivo del dolor, desarrollamos reacciones psicológicas y
emocionales a su experiencia que, eventualmente, resultan en desórdenes
psicosomáticos. Estas reacciones psicológicas y emocionales o los desórdenes
citados son susceptibles de modificación y tratamiento a través de la hipnosis.
Para entender más a fondo el dolor, uno debe pensar en él como un complejo
neuropsicológico caracterizado por varias comprensiones del mismo (o
definiciones) de tremenda significación para el que sufre. Uno sólo necesita
preguntar al paciente que describa su dolor. Algunos lo describen como apagado,
pesado, cargante, agudo, cortante, retorcido, ardiente, persistente, lacerante,
mordiente, frío, duro, agotador o punzante entre muchos otros adjetivos.
Todas esas interpretaciones descriptivas de la experiencia del dolor son de
enorme importancia para definir el enfoque hipnótico que es preciso aplicar. El
paciente que interpreta su experiencia subjetiva de dolor en términos de varias
cualidades o diferentes sensaciones ofrece muchas oportunidades al
hipnoterapeuta para tratar el dolor. Es posible considerar un enfoque total, pero es
más factible aplicar el tratamiento —con hipnosis— a los aspectos menores para
luego ir ampliando la intervención. Los pequeños éxitos serán la piedra angular de
mejorías de mayor entidad, es decir, de mejorías en relación a atributos más
molestos de ese complejo neuropsicofisiológico que es el dolor. Por otro lado, de
esa manera, a partir de pequeños éxitos, nos aseguramos la cooperación y
comprensión del paciente, con lo cual, la intervención hipnótica es más factible.
Además, cualquier alteración hipnótica de esas interpretaciones o cualidades del
dolor alterará todo el complejo de dolor.
Otra consideración importante en cuanto a la comprensión del complejo de
dolor es el reconocimiento de la especial significación de los diferentes atributos o
cualidades de la sensación subjetiva y sus diferentes relaciones con otros temas,
como el dolor recordado, el dolor pasado, el dolor inmediato, el dolor duradero, el
dolor pasajero, el dolor recurrente, el dolor intratable, el dolor insoportable, el dolor
amenazador, etc. Al aplicar estas consideraciones a los diferentes elementos del
complejo de dolor, la intervención hipnótica se acelera mucho. Tal análisis ofrece
gráneles oportunidades para la intervención hipnótica a un nivel más profundo.
Además, facilita la comunicación de ideas a través de la hipnosis y la receptividad
y la capacidad de respuesta tan esenciales para la intervención hipnótica. Es
también importante reconocer adecuadamente la fuerza de la necesidad humana
de pedir la inmediata abolición del dolor, para el paciente y para los que cuidan de
él. Es muy importante que el hipnoterapeuta tenga en cuenta esta cuestión y no
deje que ésta interfiera en su enfoque científico.
Procedimientos hipnóticos de control del dolor
Los procedimientos hipnóticos de control del dolor son numerosos. El primero
que citaremos es uno muy practicado, pero no siempre aplicable. Lo llamamos la
sugestión hipnótica directa para la abolición total del dolor. Con un cierto número
de pacientes resulta un procedimiento de lo más efectivo. Pero muchas veces
fracasa y sirve para desanimar al paciente, provocando que ya no se vuelva a
intentar ningún procedimiento hipnótico. Por otro lado, sus efectos, aunque
buenos, son a veces limitados en cuanto a su duración y eso puede limitar la
efectividad de la abolición hipnótica indirecta y permisiva del dolor. Este segundo
procedimiento es muchas veces más efectivo y, aunque es similar a la sugestión
directa, se ofrece de una manera que favorece la receptividad y la capacidad del
paciente.
Un tercer procedimiento para el control hipnótico del dolor es la utilización de la
amnesia. En la vida de cada día, vemos que olvidamos el dolor a causa de que se
nos presenta una experiencia más amenazadora o absorbente. El ejemplo típico
es el de la madre que sufre de un intenso dolor, pero cuando ve a su hijo herido,
se olvida de su sufrimiento en aras de los temores ansiosos que siente por el
estado de su hijo. Otro fenómeno similar, aunque de carácter psicológico diferente,
es el olvido de la artritis, los dolores de cabeza o de muelas mientras se está
atento al desarrollo de una película.
Pero la amnesia con relación al dolor puede aplicarse hipnóticamente de una
gran variedad de formas. Uno puede aplicar amnesias selectivas, parciales o
completas en relación con las cualidades y atributos de la sensación de dolor tal
como los describe el paciente o con la experiencia total.
Un cuarto procedimiento hipnótico es el empleo de la analgesia hipnótica, que
puede ser selectiva, completa o parcial. Para ello, uno debe añadir a la
experiencia de dolor del paciente una cierta sensación de insensibilidad sin
pérdida de sensaciones táctiles o de presión. La experiencia de dolor se modifica y
le da al paciente una gran sensación de alivio y satisfacción, incluso cuando la
analgesia no es completa. Si introducimos una modificación sensorial en la
experiencia subjetiva del paciente mediante sensaciones como insensibilidad, un
incremento de la calidez y pesadez, relajación, etc. intensificaremos la analgesia
hipnótica hasta un nivel prácticamente completo.
La anestesia hipnótica es el quinto método para tratar el dolor. Frecuentemente
presenta dificultades en su aplicación, pero se consigue con más frecuencia
indirectamente mediante la construcción de situaciones psicológicas y
emocionales contradictorias con la experiencia de dolor y sirve para establecer
una reacción anestésica que continuará mediante sugestiones poshipnóticas.
Un sexto procedimiento hipnótico en el manejo del dolor es el del reemplazo
hipnótico o sustitución de sensaciones. Por ejemplo, una paciente con cáncer
sufría un dolor intolerable y respondió perfectamente a la sugestión de que se
trataba de un intolerable e increíble picor en la planta del pie. Su debilidad
ocasionada por la carcinomatosis y su incapacidad para rascarse el pie hizo que
este prurito psicógeno absorbiera toda su atención. Después, hipnóticamente, se
la indujo a sentir calor, frío, pesadez e insensibilidad en varias partes del cuerpo
donde sufría dolor. El paso final fue la sugestión de una soportable aunque
desagradable sensación de ardor-picor en el lugar de su mastectomía. Este
procedimiento de reemplazo duró los últimos seis meses de la vida de la paciente.
El picor de la planta del pie desapareció gradualmente y sólo persistió el molesto
ardor-picor en el lugar de su mastectomía.
El desplazamiento hipnótico del dolor es el séptimo procedimiento. Se trata del
empleo de un desplazamiento del dolor de un área a otra del cuerpo. Un buen
ejemplo es el de un hombre que se estaba muriendo de carcinomatosis
metastásica prostática y que sufría de dolor intratable, especialmente dolor
abdominal tanto en estado de narcosis por drogas como en trance profundo. El
primer paso fue entrenado debidamente en el tratamiento del dolor. El paciente
entendió el concepto de dolor desplazado y remitido. En el trance hipnótico aceptó
sin problemas la idea de que, mientras el dolor intratable en su abdomen era el
dolor que podría destruirlo, el dolor que sentía en su mano izquierda no era
amenazante. Aceptó la idea de transferir su dolor abdominal a su mano izquierda
y, de esa manera, liberarse del dolor peligroso. De hecho, se acostumbró al dolor
en la mano izquierda y llegó a protegerlo cuidadosamente. Ese dolor en la mano
no interfirió con sus contactos familiares en los tres meses que le quedaron de
vida. Se descubrió, por otro lado, que el dolor desplazado a la mano izquierda fue
disminuyendo gradualmente, aunque el dolor aumentaba si alguien se lo
recordaba de alguna manera.
Esta posibilidad de desplazamiento del dolor también permite un
desplazamiento de diferentes atributos del dolor que no pueden ser controlados de
otra manera. De esta manera, se puede disminuir el efecto de los mismos y el
complejo total de dolor se modifica y se hace más tratable a la intervención
hipnótica.
La disociación hipnótica puede ser empleada para el control del dolor y los
métodos más usuales y efectivos son los de la desorientación del tiempo y el
cuerpo. El paciente con dolor intratable mediante fármacos o hipnosis puede
reorientarse en el tiempo a estadios más tempranos de su enfermedad, cuando el
dolor era de menor consideración. Y la desorientación del tiempo, característica
del dolor, puede permanecer como continuación posthipnótica en el estado de
vigilia. Consecuentemente, el paciente aún tiene dolor intratable, pero de un nivel
inferior, tal como era en los estadios iniciales de la enfermedad.
El terapeuta puede a veces llegar a reorientar al sujeto con dolor intratable a un
periodo anterior a su enfermedad y, gracias a sugestiones poshipnóticas efectuar
una restauración de las sensaciones normales que existían antes de su
enfermedad. Sin embargo, aunque el dolor intratable muchas veces hace
imposible esta técnica, sí se podrán producir efectos beneficiosos a través de la
proyección de sentimientos placenteros al presente para anular algunas de las
cualidades subjetivas del complejo de dolor. A veces, esto afecta de tal manera
que se reduce el dolor de tina manera muy importante.
En cuanto a la desorientación del cuerpo, el paciente es disociado
hipnóticamente e inducido a experimentarse a sí mismo como fuera de su cuerpo.
Así, una mujer con dolor insoportable, en respuesta a las sugestiones hipnóticas,
desarrolló un estado de trance y se sintió en otra habitación mientras su cuerpo
sufría en la cama de la habitación donde se hallaba ingresada. Esta paciente llamó
al autor en el momento de sufrir un horrible ataque de dolor y cuando éste llegó le
explicó: «Mientras lo esperaba, yo misma entré en trance, me subí a la silla de
medas y salí de la habitación a ver un programa de televisión y dejé mi cuerpo en
la habitación». Y hablaba alegremente acerca del programa fantaseado que había
visto. Otra paciente dijo a su ciaijano: «Usted sabe muy bien, doctor, que siempre
me desmayo cuando empieza a cambiarme el vendaje porque no soporto el dolor.
Así que si no le importa, voy a entrar en trance, me llevaré mi cabeza y mis pies al
solarium y dejaré mi cuerpo aquí para que usted trabaje con él». La paciente
explicó después: «Pude situarme en un lugar del solarium desde donde podía
verlo [al ciaijano] sobre mi cuerpo, pero no podía ver lo que hacía. Entonces, me
distraje mirando por la ventana, y cuando me volví de nuevo hacia usted vi que ya
no estaba y me volví a la habitación, me uní al resto de mi cuerpo y me sentí muy
cómoda». Esta paciente en particular había sido entrenada hipnóticamente
durante muchos años y había aprendido autohipnosis. Gracias a ello se podía
autoinducir un trance utilizando la frase: «Usted sabe muy bien, doctor». Ésta era
una frase que podía usar verbal o mentalmente en cualquier momento e
inmediatamente entrar en trance y tener la experiencia psicológicaemocional de
hallarse en algún lugar lejos del cuerpo doloroso. Después podía volver si veía
que el dolor había cesado. En ese estado de trance, que ella protegía muy bien de
darlo a conocer, se encontraba con sus parientes, pero los experimentaba en su
nueva situación, como enferma, sin traicionar esa orientación personal.
Un noveno procedimiento hipnótico para controlar el dolor del cuerpo, muy
similar al reemplazo o sustitución de sensaciones, es el de la reinterpretación de la
experiencia del dolor. Por ello se entiende reinterpretar el dolor pesado y
persistente y vivirlo como sensación de debilidad, de profunda inercia y, después,
como relajación con calor. El paciente puede llegar a experimentar la comodidad
que acompaña a la relajación muscular. El dolor cortante, lacerante o mordiente
puede ser reinterpretado a veces como sobresaltos repentinos, molestos pero
momentáneos y no dolorosos. El dolor punzante puede ser reinterpretado como la
experiencia desagradable, pero no insoportable, de los movimientos de un barco
durante una tormenta o como los pequeños cortes en un dedo, que duelen un
poco pero que no son preocupantes. Lo importante, desde esta aproximación, es
saber muy bien cómo es el tipo de dolor que experimenta el paciente para
ofrecerle una reinterpretación hipnótica adecuada.
La distorsión hipnótica del tiempo, primero descrita por Cooper y después
desarrollada por Cooper y Erickson (1959), es frecuentemente una técnica
hipnótica de control del dolor muy útil. Un ejemplo excelente es el del paciente con
ataques intratables de dolor lacerante cada veinte o treinta minutos, día y noche y
que duraban de cinco a diez minutos. Entre ataque y ataque, el estado mental del
paciente era básicamente de terror a un nuevo episodio de dolor. En primer lugar,
en estado de trance, se le enseñó a desarrollar una amnesia de los estados de
pánico anteriores. También se le enseñó a distorsionar el tiempo para que
experimentase los cinco o diez minutos de episodios de dolor en diez o veinte
segundos. Se le dieron sugestiones poshipnóticas para que experimentase cada
ataque como sorpresivo y que, cuando llegase el dolor, desarrollase un trance de
una duración de diez a veinte segundos, pasase por el ataque y saliese del trance
sin que se acordase de que había estado en trance o experimentado dolor alguno.
Así, el paciente se hallaba hablando con su familia y de repente entraba en trance
con un grito de dolor y unos diez segundos más tarde salía del estado de trance,
miraba confuso durante un momento y después continuaba la frase donde la había
dejado.
El undécimo procedimiento hipnótico se basa en sugestiones hipnóticas para la
disminución del dolor, pero sin retirarlo, cuando nos damos cuenta de que el
paciente no va responder completamente a las sugestiones. Esta disminución
suele realizarse sugestionando al sujeto hipnotizado de que el dolor va a disminuir,
hora tras hora, durante varios días. Después, tendrá que percibir una disminución
definitiva de todo el dolor o de ciertas cualidades del dolor. Al sugerir que la
disminución ocurra imperceptiblemente el paciente no puede rehusar la sugestión.
Su estado de esperanza emocional, a pesar de la desesperación también
emocional, lo llevará a anticipar que, al cabo de unos días, habrá una disminución
del dolor, particularmente que habrá una disminución de ciertos atributos de la
experiencia de dolor.
Esto sirve en sí como una autosugestión para el paciente. En ciertos casos, sin
embargo, se le dice inicialmente que la disminución se dará en un grado ínfimo.
Esta estrategia consiste en decirle que una disminución de un 1 % del dolor ni la
notará, tampoco la de un 2 %, ni un 3 %, ni un 4 %, ni un 5 %, pero que tales
cantidades son una reducción del dolor, aunque imperceptible. Después, se le
sigue diciendo que el primer día tendrá una disminución del 5 % y, al día siguiente,
de un 2 % adicional, pero que todavía no será perceptible. Si durante el tercer día
se diera una disminución del 3 %, tampoco sería perceptible. Pero en conjunto, se
le dice, estaríamos ante una reducción general de un 10 %. Acto seguido, se
puede aplicar esta misma serie de sugestiones para conseguir una reducción del
dolor de un 20 % de su intensidad original, después de un 30 %, 50 %, 60 % y a
veces hasta de un 90 %. De esta manera, el paciente puede ser llevado a un gran
control de su dolor.
Sin embargo, en todos los procedimientos para el control del dolor uno ha de
tener en cuenta que es mucho más factible que el paciente responda a
sugestiones indirectas que a directas. El terapeuta ha de comprender que, muchas
veces, es necesario utilizar estrategias indirectas y permisivas, así como la
combinación de varios de los procedimientos metodológicos descritos.
Resumen
El dolor es una experiencia subjetiva y quizás el motivo principal por el que la
gente acude al médico. El tratamiento del dolor es visto por el facultativo y por el
paciente como una cuestión de eliminación o abolición de una sensación. Sin
embargo, sabemos que el dolor en sí mismo puede tener unos propósitos útiles
para los organismos. Representa un aviso de que necesitamos ayuda. Muchas
veces, conlleva una restricción física de la actividad que frecuentemente beneficia
al que lo sufre. Instiga cambios fisiológicos de carácter sanitario en el cuerpo. Por
lo tanto, el dolor no es sólo una sensación a erradicar, sino una experiencia que se
ha de manejar de manera que aporte beneficios al que lo sufre. Este manejo se
puede llevar a cabo de muchas maneras, pero existe una tendencia a pasar por
alto toda una serie de significaciones fisiológicas que tiene el dolor para el
paciente. El dolor es un complejo, un constnieto compuesto de una gran
diversidad de interpretaciones subjetivas y valores experiencia les para el
paciente. El dolor, durante la experiencia vital, establece tendencias, asociaciones
y condicionamientos que constituyen una fuente de potenciales que permiten el
uso de la hipnosis para el estudio y control del dolor. Los procedimientos
hipnóticos, sencillos o combinados, para controlar el dolor son: sugestión hipnótica
directa para la abolición total del dolor; abolición hipnótica del dolor permisiva e
indirecta; amnesia; analgesia hipnótica; anestesia hipnótica; reemplazo o
sustitución hipnótica de sensaciones; desplazamiento hipnótico del dolor;
disociación hipnótica; reinterpretación de la experiencia de dolor; sugestiones
hipnóticas que afectan a la disminución del dolor.
Bibliografía
Erickson, M. H. y Cooper, L. F., Time distortion in hypnosis, 2a edición,
Baltimore, Williams and Wilkins, 1959
9
LA TÉCNICA HIPNÓTICA DE LA INTERCALACIÓN PARA
LA CORRECCIÓN DE SÍNTOMAS Y EL CONTROL DEL DOLOR20
Milton H. Erickson
Muchas veces le han pedido a este autor que describa en detalle la técnica
hipnótica que emplea para aliviar el dolor intolerable y problemas similares. La
respuesta siempre ha sido la misma: la técnica no sirve a otro propósito que el de
asegurar y fijar la atención de los pacientes, creando un estado mental receptivo y
con capacidad de respuesta que les permita beneficiarse de potenciales que no
conocían o que sólo conocían en parte. Una vez logrado este primer objetivo,
tendremos la oportunidad de darle al paciente sugestiones e instrucciones que lo
conducirán a la consecución de sus objetivos finales. En otras palabras, la técnica
hipnótica sólo sirve para inducir un entorno favorable en el cual instruir a los
pacientes en un uso más ventajoso de sus propios potenciales de conducta.
Desde el momento en que la técnica hipnótica es fundamentalmente un medio
para conseguir un fin y la terapia se deriva de la guía de las capacidades de
conducta del paciente, se deduce que, dentro de unos límites, se emplea la misma
técnica hipnótica para pacientes con una gran diversidad de problemas. Para
ilustrarlo, citaremos dos ejemplos en los que hemos usado la misma técnica. El
primero hace referencia a un paciente con un problema neurótico muy molesto y el
segundo se trata de un paciente con dolor intolerable debido a una enfermedad
terminal. La técnica que describiremos ha sido usada por el autor, tanto con
sujetos iletrados como con universitarios, en situaciones experimentales y clínicas.
A menudo, se ha utilizado para asegurar, fijar o mantener la atención de pacientes
difíciles y para evitar que pongan obstáculos que dificultarán la terapia. Se trata de
una técnica que emplea ideas claras y comprensibles, pero que evita que los
pacientes se inmiscuyan en una situación que no pueden comprender y para la
que buscan ayuda. Al mismo tiempo, se los anima a que estén preparados para
entender y responder a las sugestiones. Por lo tanto, se crea un entorno favorable
para la obtención de las potencialidades de conducta que necesitamos y que el
sujeto no ha usado nunca, no ha usado completamente o ni siquiera sabía que
poseía.
En el primer ejemplo no haremos referencia a la técnica empleada. En vez de
eso, daremos las instrucciones, sugestiones e ideas que permitieron al paciente
conseguir su objetivo terapéutico y que fueron intercaladas entre las ideas que
constituyen la técnica hipnótica. No citaremos estas ideas terapéuticas tal como
fueron verbalizadas, es decir, con muchas repeticiones, debido a que impresas se
20
* M. H. Erickson, «The ¡nterspersal technique for symptom corrección and pain control, en American Journal
of'Cllnical Hypnosis, 1966, nB 8, pá#s. 198-209.
entienden mejor que como parte de una corriente de manifestaciones. De todas
maneras, hay que decir que esas repeticiones sirvieron para que pudiésemos
satisfacer las necesidades del paciente adecuadamente.
El paciente era un hombre de 62 años, granjero retirado con una educación
limitada (sólo había estudiado hasta octavo grado), pero decididamente inteligente
y leído. En la actualidad poseía una encantadora personalidad extravertida,
aunque se sentía de lo más infeliz, lleno de resentimiento, hostilidad, amargura y
desesperación. Aproximadamente dos años atrás, por alguna razón desconocida u
olvidada (que el autor calificaba de poco importante o no relevante para el
problema de la terapia), había desarrollado una frecuencia de micción muy
molesta. Aproximadamente cada media hora tenía que orinar urgentemente, una
urgencia dolorosa que no podía controlar y que podía resultar en mojar los
pantalones si no solucionaba el problema. Esta urgencia se presentaba tanto de
día como de noche, interfería en su sueño, en sus relaciones sociales y le
obligaba a mantenerse siempre cerca de unos lavabos. Además, debía llevar un
maletín con varios pantalones por si no llegaba a tiempo de cambiarse. Explicó
que había traído a la consulta el maletín con tres pares de pantalones y que había
ido al lavabo justo antes de salir de casa, de camino a la consulta y que esperaba
tener que volver antes de acabar la entrevista.
El paciente nos contó que había consultado a más de cien médicos y clínicas
de renombre. Le habían hecho más de cuarenta cistoscopias, innumerables
radiografías e incontables pruebas, algunas de ellas electroencefalogramas y
electrocardiogramas. Siempre se le aseguraba que su vejiga era normal; muchas
veces se le sugería que volviese dentro de un mes o dos para llevar a cabo más
estudios. Muchas veces le habían dicho «todo está en su cabeza», que no tenía
ningún problema, que debería «mantenerse ocupado en vez de retirado» y «dejar
de molestar a los médicos como un vejestorio pesado». Todo eso le había llevado
a pensar en el suicidio.
También había consultado a algunos médicos que escribían en importantes
periódicos y varios le escribieron diciéndole que tenía algún tipo de problema de
oscuro origen orgánico. Nunca le habían dicho que se visitase con un psiquiatra.
Su propia iniciativa le llevó a leer dos de los fraudulentos libros de autoayuda
sobre hipnosis que había entonces en el mercado, y se visitó con tres
hipnotizadores. Todos le ofrecían las usuales promesas de curación de este tipo
de pseudomedicina y todos fracasaron; no llegaron ni a poder hipnotizarlo. Todos
le cobraron unos emolumentos astronómicos (comparado con lo que cobra un
médico y con los resultados obtenidos).
Como resultado de todos esos errores, los de los médicos y los de los
charlatanes, su carácter se fue transformando, volviéndose cada día más amargo,
resentido, hostil hasta el punto de que llegó a pensar seriamente en el suicidio.
Por aquellos días, un dependiente de una gasolinera le sugirió que se visitase con
un psiquiatra sobre el que había leído algo en el periódico del domingo. Y ello lo
llevó hasta nuestra consulta.
Después de ofrecernos el relato de su enfermedad, se recostó sobre la silla,
cruzó los brazos y dijo desafiante: «Ahora, hipnotíceme y cúreme esta vejiga mía».
Durante la narración del paciente, el autor había estado escuchando
aparentando la máxima atención, pero con las manos fue cambiando la posición
de los objetos del escritorio. Entre ellos, el reloj que había sobre la mesa, que
ocultó de la visión del paciente. Mientras éste se hallaba explicando amargamente
sus problemas, el autor pensaba cuál podía ser la mejor manera de tratar a una
persona que estaba más que cansada de médicos y clínicas y que presentaba una
actitud tan desafiante. Ciertamente, no parecía probable que mostrase una actitud
receptiva a nada de lo que dijese o hiciese el autor. En ese momento, el autor
recordó el caso de un paciente en estado terminal con grandes dolores que había
tratado. Ese paciente también había presentado muchísimas resistencias, pero
finalmente pudo ser tratado. Ambos pacientes tenían en común que se habían
dedicado a la agricultura, ambos eran hostiles y estaban resentidos y no se fiaban
de la hipnosis. Así que, después de que el paciente le dijese al autor
«hipnotíceme», éste se lanzó a tratarlo con la misma técnica que había utilizado
con aquel otro paciente. Se trataba de conseguir primero su aceptación.
La única diferencia entre los dos pacientes era que el material terapéutico de
uno hacía referencia al funcionamiento de la vejiga y al tiempo. El del otro tenía
que ver con la comodidad, el sueño, el apetito, el disfrute de la familia, la ausencia
de necesidad de medicación y el placer del hoy sin pensar en el mañana.
La terapia verbal que se ofreció, intercalada según la técnica del mismo
nombre, fue la siguiente (los intercalamientos están representados por los puntos):
¿Sabe? Podríamos pensar que su vejiga necesita vaciarse cada 15 minutos en vez
de cada media hora ... No es difícil pensar en ello ... Un reloj puede estar atrasado ... o
adelantado ... incluso en 1 minuto ... incluso en 2 o 5 minutos ... o piense en la vejiga
cada media hora ... como ha estado haciendo ... quizás a veces eran 35, 40 ... quizás
una hora ... cuál es la diferencia ... 35, 36 minutos, 41, 42, 45 minutos ... todo es lo
mismo ... un montón de tiempo. Quizás ha tenido alguna vez que esperar 1 segundo o
2 ... como 1 hora o 2 ... lo ha hecho ... usted puede ... 47 minutos, 50 minutos, 60
minutos, sólo minutos ... el que puede esperar media hora, puede esperar 1 hora ... Lo
sé ... está aprendiendo ... no es malo aprender... de hecho, es bueno ... piense en ello,
una vez tuvo que esperarse cuando había alguien delante ... y lo consiguió .... también
podrá hacerlo de nuevo ... y de nuevo ... todo lo que quiera ... hora y 5 minutos ... hora
y 5 minutos y medio ... cuál es la diferencia ... o incluso 6 minutos y medio ...
pongamos 10 y medio, hora y diez minutos y medio ... un minuto, 2 minutos, una hora,
2 horas, cuál es la diferencia ... tiene medio siglo o más para practicar ... usted puede
usar todo eso ... por qué no usarlo ... usted puede hacerlo ... probablemente se
sorprenda mucho ... no piense en ello ... ¿por qué no se sorprende en casa?... buena
idea ... nada mejor que una sorpresa ... una inesperada sorpresa ... cuánto tiempo
puede esperar ... ésa es la sorpresa ... más de lo que usted piensa ... mucho más ... y
es sólo el principio ... buena sensación para empezar ... para seguir ... ¿Por qué no
olvida lo que hemos hablado y lo deja en el fondo de su mente? Buen lugar para
dejarlo, no se puede perder. No importan los tomates, lo que importa es sólo su vejiga.
Bastante bien, me siento bien, bonita sorpresa. ¿Por qué no empieza por descansar,
sentirse descansado, ahora mismo, más despierto de lo que estaba esta mañana?
[esta última frase es, para el paciente, una instrucción indirecta, enfática, definitiva para
que se despierte del trance! Después (como despedida, pero no conscientemente
reconocible como tal por el paciente], ¿por qué no se da un tranquilo paseo hasta casa,
pensando en nada? [una instrucción de amnesia para el trance y su problema, y cierta
confusión para ocultar el hecho de que ya ha pasado una hora y media en la consulta!.
Lo veré a las diez de la mañana dentro de una semana [siguiendo con su ilusión,
resultante de la amnesia, de que no hay que hacer nada excepto pedir cita para la
próxima sesión].
Una semana más tarde, el paciente volvió por la consulta y nos explicó excitado
cómo había regresado a casa, encendido el televisor con la firme intención de
retrasar la micción tanto como fuera posible. Estuvo viendo una película de dos
horas de duración y bebió dos vasos de agua durante los anuncios. Luego, decidió
que resistiría una hora más, pero de repente descubrió que tenía la vejiga muy
distendida y que tendría que visitar el lavabo sin remedio. Miró su reloj y se dio
cuenta de que habían pasado cuatro horas. El paciente se reclinó cómodamente
en la silla mirando felizmente al autor, obviamente esperando una alabanza. Casi
inmediatamente se incorporó de la silla con una expresión de sorpresa en el rostro
y dijo: «Todo me vuelve ahora a la mente. No lo he pensado hasta ahora. Lo
olvidé todo. Usted debió de hipnotizarme. Me hizo hablar de los tomates, yo
estaba intentando explicarme y lo siguiente que sé es que ya estaba caminando
hacia casa. Pero pensándolo bien, debí de estar en su consulta una hora y tardé
una hora más en volver a casa. Me aguanté más de cuatro horas, como mínimo
seis. Pero eso no es todo. Eso pasó hace una semana. Ahora recuerdo que casi
no he tenido ningún problema durante la semana, dormí bien, no me tuve que
levantar. Es gracioso cómo uno se levanta por las mañanas; uno tiene la mente en
la cita del día y en lo que tiene que decir y olvida todo lo que le ha sucedido
durante la semana. Cuando le dije que me hipnotizara y me curara, se lo tomó en
serio de verdad. Le estoy muy agradecido. ¿Cuánto le debo?».
Esencialmente, el caso estuvo resuelto y pasamos el resto de la hora charlando
desenfadadamente y observando si el paciente presentaba alguna duda. No hubo
ninguna y en los meses subsiguientes tampoco ocurrió ninguna incidencia que
pusiese en peligro los resultados.
El caso anterior permite al lector entender en parte cómo, durante las
sugestiones de la inducción al trance y el mantenimiento del mismo, se pueden
intercalar sugestiones hipnoterapéuticas para conseguir un objetivo específico. En
la experiencia del autor, si se intercalan durante el mantenimiento del trance,
resultan incluso más efectivas. Los pacientes las oyen y las entienden, pero antes
de que puedan cuestionarlas, capturamos su atención mediante las sugestiones
de mantenimiento del trance. Y ésas no son más, a su vez, que una continuación
de las sugestiones de inducción del trance. Por lo tanto, se consigue dar a las
sugestiones terapéuticas una aura de significación y efectividad que se deriva de
una inducción que ya se muestra efectiva. Lo mismo se aplica al mantenimiento de
las sugestiones. Las sugestiones intercaladas se pueden repetir muchas veces,
hasta que el terapeuta se sienta seguro de que el paciente ha absorbido las
sugestiones terapéuticas adecuadamente. Entonces, el hipnotizador puede
progresar hacia otro aspecto de la terapia usando esa misma técnica del
intercalamiento.
El registro de la sesión terapéutica que hemos incluido aquí no hace referencia
al número de repeticiones de cada idea que se hizo en la realidad porque ese
número variará de paciente a paciente y de problema a problema. Por otro lado,
sabemos que las intercalaciones de sugestiones de amnesia o poshipnóticas entre
otras sugestiones —en este caso, de mantenimiento del trance— hacen que
aumente la probabilidad de que se lleven a cabo esos fenómenos. Para ilustrar
esto último con un ejemplo de la vida diaria: si asignamos una tarea doble
lograremos mejores resultados que si asignamos dos tareas separadamente. Por
ejemplo, una madre puede decirle a su hijo: «Juan, guarda la bicicleta, baja y
cierra la puerta del garaje». Eso suena a una sola tarea, en la que un aspecto del
trabajo favorece la ejecución de otro aspecto, con lo cual todo parece más
sencillo. Si nos piden que pongamos la bicicleta en un sitio y que cerremos la
puerta del garaje, nos va a parecer que nos asignan dos tareas separadas. En ese
caso es más fácil que no llevemos a cabo alguna de las tareas o ninguna de las
dos. Pero un rechazo cuando las tareas están combinadas ¿qué significa? ¿Que
no guardará la bicicleta? ¿Que no bajará al garaje? ¿Que no cerrará la puerta del
garaje?
Todo el esfuerzo que requiere identificar lo que uno quiere rechazar es un factor
que nos lleva a no rechazar nada. Además, negarse a hacerlo todo no es muy
cómodo. Juan puede llevar a cabo las tareas sin ganas, pero seguramente prefiera
llevarlas a cabo antes que analizar la situación. Con respecto a las tareas
separadas se puede contestar: «Lo haré más tarde». Pero con las tareas
combinadas no, porque, si decide guardar la bicicleta «más tarde», se deberá
«inmediatamente» bajar al garaje e «inmediatamente» cerrar la puerta. Se trata de
un razonamiento defectuoso, pero lo común en la vida diaria es llevar a cabo
«razonamientos emocionales». La vida real de cada día no es un ejercicio de
lógica. Como práctica habitual, el autor le dice al paciente: «Cuando se siente en
la silla, entre en trance». El paciente seguro que se sienta en la silla. Pero como
asociado a sentarse está el entrar en trance, esto último se convierte en lo más
probable. La combinación de psicoterapia, sugestiones poshipnóticas y amnésicas
y sugestiones de inducción y mantenimiento del trance constituye una medida
efectiva para asegurar buenos resultados. La asociación es siempre un valor
importante y efectivo. Como ejemplo podemos decir que más de un paciente que
ha desarrollado un trance en el momento de sentarse, le ha dicho al autor: «No
era mi intención entrar en trance hoy». En respuesta, el autor suele decir:
«Entonces, si quiere despertarse, porque usted ya sabe que puede entrar en
trance siempre que lo necesite, despiértese'. Aquí, hacemos que «despiértese» se
asocie con «sabe», con lo que nos aseguramos otros trances futuros a través de
la asociación contingente.
A continuación, estudiaremos otro caso ilustrativo de la intercalación de
sugestiones. Antes, es necesario explicar que el autor creció en una granja y le
gusta la horticultura. De hecho, ha leído bastante sobre los procesos de
germinación y crecimiento de plantas. Si el primer paciente era un granjero
retirado, el segundo, al que llamaremos «Joe», era florista. Su carrera empezó
como vendedor de flores, ahorrando e invirtiendo lo que ganaba en su pequeño
negocio. Pronto, pudo comprar un pequeño terreno donde cultivar sus propias
flores. En un momento dado, se convirtió en el principal comerciante de flores de
su ciudad. Joe amaba todos los detalles de su negocio, al que estaba
completamente entregado. También era un buen marido, un buen padre, un buen
amigo y un miembro muy respetado de su comunidad.
Entonces, un fatídico día de septiembre un cirujano se dispuso a extraer un
tumor de la cara de nuestro paciente. El quiste resultó maligno. Se intentó llevar a
cabo una terapia de choque, pero era «demasiado tarde».
Se le informó a Joe de que le quedaba aproximadamente un mes de vida. Su
reacción, por decirlo de alguna manera, fue de infelicidad y preocupación.
Además, sufría de un dolor muy severo, extremadamente agudo.
Al final de la segunda semana de octubre, un pariente de Joe le pidió al autor
que emplease urgentemente sus técnicas hipnóticas con él porque los narcóticos
no estaban haciendo mucho efecto. A la vista de la prognosis que le habían dado
a Joe, el autor accedió a visitarlo, pero sin mucha determinación. De todas
maneras, las indicaciones fueron que a las cuatro de la mañana del día de la visita
del autor se debía interrumpir la medicación del enfermo. El médico a cargo de
Joe accedió amablemente.
Poco antes de ser presentados terapeuta y paciente, el autor fue informado de
que a Joe no le gustaba ni hablar de la palabra hipnosis. Por otro lado, uno de los
hijos de Joe era residente de psiquiatría en una prestigiosa clínica y no creía en la
hipnosis. El residente estaría presente y se infería que Joe sabía que su hijo no
creía en ello.
Paciente y terapeuta fueron presentados y el primero estuvo cortés y amistoso.
No sabemos si Joe sabía por qué estaba allí el autor. Al reconocer a Joe, pudimos
ver que le faltaba buena parte de la cara y el cuello debido a la cirugía, la
ulceración y la necrosis. Se le había practicado una traqueotomía y no podía
hablar. Se comunicaba con lápiz y papel, que tenía siempre cerca. Se nos informó
de que Joe recibía narcóticos cada cuatro horas CA de morfina o 100 miligramos
de Demerol) y una fuerte sedación con barbitúricos. Dormía poco. Disponía de
varias enfermeras que lo atendían. Aun así, Joe estaba frecuentemente de pie,
escribiendo innumerables notas, algunas relativas a su negocio, otras a su familia,
pero muchas eran quejas y demandas de ayuda. El dolor lo perseguía todo el
tiempo y no podía entender cómo los médicos no podían manejar su negocio tan
eficientemente como él dirigía el suyo. Su situación le irritaba, porque constituía un
fracaso a sus ojos. Uno de los principios gobernantes de su vida había sido el
trabajo bien hecho. Cuando algo iba mal en su negocio, Joe acudía y lo arreglaba.
¿Por qué los médicos no hacían lo mismo? Ellos tenían medicinas para el dolor,
así que ¿por qué hacerle sufrir?
Después de presentarnos, Joe escribió, «¿Qué quiere?», lo cual era un
excelente comienzo. El autor empezó con su técnica de inducción al trance y alivio
del dolor. Se ha de decir que no incluiremos todo el discurso que se le dijo al
paciente porque había muchas repeticiones, no necesariamente en sucesión sino
que se iba y volvía sobre los mismos temas una y otra vez, repitiendo los mismos
párrafos de vez en cuando. También hay que señalar que el autor tenía serias
dudas de que la intervención tuviese éxito porque, además de su condición física,
el paciente se hallaba bastante intoxicado por la medicación que había estado
tomando. De todas maneras, el autor se guardó esas dudas para sí mismo y sólo
le hizo saber al paciente que estaba interesado en él e iba a intentar ayudarle.
Sólo eso ya constituía un poco de consuelo y esperanza para él y para su familia.
El autor empezó así:
Joe, me gustaría hablar con usted. Sé que es usted florista y que creció en una
granja de Wisconsin. A mí también me gustaba plantar flores. Aún lo hago. Me gustaría
que se sentase en esa silla mientras charlamos. Le quiero contar un montón de cosas,
pera no de flores, porque de eso sabe usted más que yo. Eso no es ¡o que quiere
usted. [El lector se dará cuenta de que las frases en cursiva corresponden a
sugestiones intercaladas que pueden ser sílabas, palabras, frases pronunciadas con
un ligero cambio de entonación.) Ahora, mientras hable lo haré cómodamente, deseo
que me escuche cómodamente mientras le hablo de una planta de tomate. Es un tema
un poco raro. Despierta la curiosidad, ¿Por qué hablar de una tomatera' Uno pone una
semilla de tomate en la tierra. Uno puede sentir la esperanza de que crecerá como
tomatera y que nos aportará satisfacción con sus frutos. Las semillas chupan agua con
pocas dificultades gracias a las lluvias que traen paz y comodidad y la alegría del
crecimiento. Esa pequeña semilla, Joe, se hincha lentamente y genera una raíz con
cilios. Ahora, puede que usted desconozca lo que son los cilios, pero le diré que son
cosas que se encargan de ayudar a crecer a la tomatera, a empujar a la planta para
que salga fuera. Puede escucharme, Joe, y yo seguiré hablando. Usted puede
escuchar, preguntarse qué puede aprender y ahí tiene su lápiz y papel; pero siguiendo
con la tomatera, crece tan despacio. No podernos verla crecer, no podemos oírla
crecer, pero lo hace, las primeras hojas saliendo del tallo, los finos pelos del tronco, en
las hojas, como los cilios de la raíz. Seguro que hacen que la planta se sienta muy
hien, muy cómoda, si es que se puede pensar en una planta como un ente que siente,
pero no puede verla crecer, pero otra pequeña hoja aparece en el tallo de la planta y
después otra. Quizás, y esto es hablar como un niño, la planta se siente cómoda y en
paz cuando crece. Cada día crece más y más; es tan cómodo, Joe, observar crecer
una planta y no verla crecer, sin sentirlo, pero sabiendo que todo se va a arreglar para
esa pequeña planta que va añadir otra hoja y otra rama, y crece cómodamente en
todas direcciones. [La mayoría de lo dicho hasta ahora fue repetido varias veces. Se
prestaba especial atención a no repetir las mismas palabras, aunque sí las sugestiones
hipnóticas. Poco después de que el autor hubiese empezado a hablar, la esposa de
Joe entró de puntillas en la habitación con una hoja de papel en la que se leía:
¿Cuándo va usted a empezar con la hipnosis? El autor no pudo hacerle mucho caso;
era necesario que confiasen en él. Seguimos con la descripción de la tomatera y la
esposa de Joe se dio cuenta de que su marido no la veía, que no sabía que estaba allí
porque se hallaba en trance sonambulístico. En ese momento .se retiró.] Y pronto la
tomatera adquiere forma de capullo, en una rama o en otra, no importa en cuál porque
todas las ramas, toda la planta tendrá pronto esos pequeños capullos; me pregunto si
la planta puede, Joe, sentir realmente alguna clase de comodidad. Usted sabe, Joe,
que una planta es una cosa maravillosa. Es tan bonito, tan agradable pensar en una
planta como si de un hombre se tratase. Esa planta tendría sentimientos hermosos,
una sensación de comodidad en cuanto sus pequeños tomates empezasen a brotar,
prometiéndonos que nos satisfarán el deseo de comer un delicioso tomate, maduro, es
tan bueno tener comida en el estómago, ese maravilloso sentimiento que tienen los
niños, un niño sediento desea una bebida, Joe, es como la tomatera cuando llueve y
todo está bien [Pausa]. Usted sabe, Joe, cada día florece una tomatera. Pienso que
una tomatera puede conocer la comodidad cada día. Ya sabe, Joe, un día en un
momento determinado para la tomatera. Así es como funcionan las tomateras. (Joe
salió repentinamente del trance, desorientado, erguido sobre la cama y moviendo los
brazos; parecía la típica conducta de los intoxicados por barbitúricos. No parecía que
viese al autor hasta que saltó de la cama y se le acercó. El autor cogió a Joe del brazo
hasta que vino una enfermera que le cambió los vendajes y le dio algo de agua a
través de un tubo. Joe dejó que el autor se sentase en su silla. Después de que el
autor se mostrase falsamente interesado en el antebrazo del paciente, éste tomó su
lápiz y escribió: •Hable, hable".] «Oh, sí, Joe, crecí en una granja y creo que la
tomatera es una planta maravillosa; piense, Joe, piense en esa pequeña semilla. En
como duerme tranquilamente, cómodamente. Una bonita planta con esas hojas y
ramas tan interesantes. Las hojas parecen tan hermosas, ese bello color, puede
sentirse feliz mirando una semilla de tomate, pensando en la planta que posee paz,
sueño, descanso, Joe. Voy a ir a almorzar y cuando vuelva hablaremos un poco más».
Lo expuesto es un resumen para ilustrar lo sencillo que resulta hacer
sugestiones hipnoterapéuticas incluyéndolas en la inducción al trance, juntamente
con sugestiones de mantenimiento del trance, las cuales son importantes como
vehículo de transmisión de la terapia. De particular interés es el requerimiento de
Joe, «Hable». A pesar de su estado tóxico, muy espasmódico, Joe era accesible.
Más aun, a pesar de la rapsodia sobre la tomatera, un discurso un tanto absurdo,
Joe aprendía rápidamente. Joe no tenía ningún interés en la planta, pero deseaba
liberarse del dolor. Quería descanso, sueño. Eso era lo más importante en la
mente de Joe, en lo más profundo de sí mismo tenía la necesidad de encontrar
algo de valor en la palabrería del autor. Eso que pedía estaba allí y Joe lo recibía
casi sin darse cuenta. Joe despertó sólo algunos minutos después de que el autor
hubiese dicho con inocuas intenciones «desear una bebida, Joe». La reínducción
al trance no fue difícil, se consiguió con dos frases, «piense, Joe, piense» y
«duerma cómodamente y descanse» en medio de una serie de ideas con poco
sentido. Pero lo que necesitaba y quería Joe se hallaba en la narración sin sentido
aparente que le estaban contando y, por eso, la aceptaba.
Durante el almuerzo, Joe descansó bien durante un tiempo, pero luego empezó
a tener molestias; tuvo otro ataque tóxico, según nos informó la enfermera.
Cuando el autor volvió a la habitación, Joe se hallaba esperándolo ansiosamente.
Joe se quería comunicar a través de las notas. Algunas eran ilegibles a causa de
su extrema impaciencia al escribir. Las volvía a escribir irritado. Un pariente del
enfermo ayudó al autor a descifrarlas. Se trataba de datos sobre Joe, su pasado,
su negocio, su familia y la «última semana, que ha sido terrible». No expresaba
ninguna queja, ninguna petición, pero quería saber algunas cosas acerca del
autor. Después de una satisfactoria conversación, se juzgó que el resentimiento
iba disminuyendo. Cuando se le sugirió que dejase de deambular por la habitación
y se sentase, lo hizo con presteza, mirando expectante al autor.
Joe, podría contarle algunas cosas más sobre la tomatera, aunque usted
probablemente se dormirá, de hecho, se dormirá profundamente, [Esta frase podía
haber sido una frase inocua pronunciada por cualquiera. Sí el paciente
respondiera hipnóticamente, conseguiríamos nuestro objetivo; si no, no quedaría
fuera de sitio porque no es una frase fuera de contexto. Si el paciente no hubiera
entrado en trance, se le habría dicho: «Pero mejor, hablemos de la flor del tomate.
Usted habrá visto películas en las que salen flores, abriéndose lentamente,
lentamente, dándonos una sensación de paz, de comodidad mientras observamos
cómo se abre. Tan bello, tan descansado es mirarlo. Uno puede sentir una
comodidad infinita viendo una película así.]
En este momento, no es necesario explicar más acerca de las técnicas de
inducción al trance, el mantenimiento del mismo o las sugestiones terapéuticas
poshipnóticas. Más adelante, abundaremos más sobre el tema.
La respuesta de Joe aquella noche fue excelente, a pesar de que sufrió varios
episodios de intoxicación y que, en ciertos momentos, el autor tuvo que detener el
trabajo por juzgar que iba demasiado deprisa.
En el momento de abandonar la habitación, Joe le dio la mano cordialmente al
autor. Su estado era mucho mejor que unas horas antes. Ahora no se quejaba,
parecía no sufrir dolor; en realidad, parecía feliz.
Los parientes preguntaron por las sugestiones poshipnóticas y se les aseguró
que se le habían administrado. Efectivamente, el autor había acabado su trabajo
de una manera sutil en medio de la detallada descripción de la tomatera. «Ya
sabe, Joe, «Conoce la plenitud de la comodidad, cada día y «Ya sabe, Joe, un día
a una hora».
Un mes más tarde, a mitad de noviembre, la familia del paciente le pidió al autor
que visitase de nuevo a Joe. Al llegar al domicilio del paciente, los parientes le
contaron al autor la evolución del mismo, en un tono de reproche, aunque no se
trataba de algo realmente malo. Joe pudo prolongar su excelente respuesta
después de partir el autor, pero se había extendido por el hospital la noticia de la
intervención del autor y los internos, residentes y demás personal se aprovecharon
de la capacidad de Joe como sujeto hipnótico. Cometieron todos los errores
posibles propios de aficionados al tema. Esta conducta enfureció a Joe, y después
de varios días de molestias, dejó el hospital y contrató una enfermera particular.
De todas maneras, el paciente reconocía que el autor no había llevado a cabo
ninguna de las ofensas que había estado padeciendo. Este reconocimiento
permitió que se pudiese proseguir con el trabajo hipnótico sin que el paciente
opusiese resistencias.
Durante aquel mes en casa, el paciente había ganado peso y fuerza. Casi no
tenía ataques de pánico y cuando los sufría, los podía controlar fácilmente con una
aspirina o 25 miligramos de Demerol. Joe estaba feliz de estar con su familia y de
hecho seguía bastante activo.
El recibimiento de Joe, en su segunda visita, fue de obvio placer. Sin embargo,
se le notaba un tanto tenso, atento a cualquier movimiento del autor, como si no
quisiese que le hiciesen pases de manos, como seguramente le había practicado
el personal del hospital.
Los cuadros pintados por un miembro de su familia poseedor de un gran talento
se mostraban orgullosamente. En su mayor parte, la conversación sobre el
progreso de Joe y su ganancia de peso tuvo carácter informal y el autor se esforzó
reiteradamente en hallar respuestas simples para ocultar pertinentes sugerencias.
Joe tomó asiento de buen grado y dejó que el autor le hablara. Aunque éste tenía
un estilo absolutamente informal, se creía que la situación se haría cada vez más
difícil de manejar sin despertar el recelo de Joe. Quizá fuese una preocupación
infundada del autor, pero el hecho es que fue muy precavido. Finalmente, el autor
utilizó la medida de hablar de «nuestro último encuentro en octubre». Joe no se
dio cuenta de cuan fácilmente podía revivir aquella visita con una simple frase
como: «Hablé sobre la tomatera y parece como si pudiese seguir hablando
exactamente donde lo dejé, de la tomatera. Es tan bueno hablar de una semilla,
de una planta'. En ese momento se dio, clínicamente hablando, una recreación de
todos los aspectos favorables de la entrevista original.
Joe insistió en supervisar el almuerzo del autor y le preparó un filete en la
barbacoa del jardín, cerca de la piscina. Fue una agradable reunión de cuatro
personas que disfrutaron juntas de la velada. Se veía a Joe muy feliz.
Después del almuerzo, Joe le enseñó al autor sus innumerables plantas,
muchas de las cuales eran raras. Las había plantado personalmente en un gran
jardín, en la parte de atrás de la casa. La esposa de Joe conocía el nombre común
y latino de las plantas y Joe se alegró particularmente cuando el autor reconoció y
comentó algunas de las más raras. No se trataba de un interés espúreo, ya que el
autor estaba realmente interesado en las plantas. Joe consideró ese interés en
común como un lazo de amistad.
Durante la tarde, Joe se sentó voluntariamente, dando a entender que el autor
le podía tratar como quisiera. El autor pronunció entonces un largo monólogo que
incluía sugestiones psicoterapéuticas en las que se hablaba de la comodidad, la
liberación del dolor, el disfrute de la familia, el buen apetito y un interés creciente
en todo lo que le rodeaba. Estas sugestiones y otras similares fueron intercaladas
inadvertidamente entre los comentarios del autor. Cubrían una multitud de temas
para evitar que Joe analizase o reconociese el intercalamiento de sugestiones.
Podría pensarse que el autor tomaba demasiadas precauciones al respecto, a la
vista de la buena relación entre terapeuta y paciente, pero el primero no quiso
correr riesgos.
Médicamente, la malignidad continuaba su progresión, pero a pesar de ello, Joe
se hallaba en una mejor condición física. Cuando el autor se despidió, después de
la sesión, Joe lo invitó a volver en otra ocasión.
Joe sabía que el autor iba a estar de viaje para dar una conferencia a finales de
noviembre y principios de diciembre. Inesperadamente, el autor recibió una
llamada telefónica justo antes de su partida. La llamada era de la mujer de Joe,
que dijo: «Joe está en la otra línea y quiere decirle "hola", así que escuche». Se
oyeron dos breves sonidos. Joe sostenía el aparato de teléfono sobre su tubo de
la traqueotomía y exhaló con fuerza para simular un «hola». Su mujer y él
expresaron sus mejores deseos para el viaje y tuvimos una conversación
distendida entre amigos. La mujer de Joe me leía sus notas.
En Navidad, recibí una tarjeta de felicitación de Joe y su familia. En una carta
separada, la mujer de Joe decía que «la hipnosis está yendo bien, pero Joe está
empeorando físicamente». A principios de enero, Joe estaba débil pero cómodo.
Finalmente, en palabras de su esposa, «Joe murió silenciosamente el 21 de
enero».
El autor sabe que la predicción de la duración de la vida de un paciente que
sufre una enfermedad mortal es muy cuestionable. La condición física de Joe en
octubre no daba muchas esperanzas. La mejora de los síntomas por la hipnosis y
la liberación de la potente medicación que tomaba el paciente sin duda alargaron
la vida del paciente al mismo tiempo que mejoró su condición física general. Las
pruebas son claras: subió) de peso y disfrutó de una situación más cómoda en su
propio hogar. El hecho de que Joe viviese hasta finales de enero a pesar de que la
malignidad se había extendido muchísimo atestigua el vigor con que Joe decidió
vivir el resto de su vida. Tan felizmente como fuese posible, un vigor que
expresaba la manera en que había conducido su vida y su negocio.
Para clarificar mejor la técnica de la intercalación de sugestiones terapéuticas
en la inducción al trance y el mantenimiento del trance, se puede describir el
trabajo experimental del autor mientras trabajaba en el Servicio de Investigación
del Hospital del Estado de Worcester, en Worcester, Massachusetts, a principios
de la década de 1930.
El Servicio de Investigación estaba interesado en el estudio de numerosos
problemas relacionados con la esquizofrenia y en las posibilidades para
resolverlos. Para el autor, las manifestaciones psicológicas de esta enfermedad
eran de muchísimo interés. Por ejemplo, ¿qué significado tiene una corriente de
expresión de incoherencias? Seguramente, esa corriente de incoherencias es muy
significativa para el paciente. Algunas competentes secretarias habían registrado y
transcrito esas verbalizaciones para el posterior estudio por paite del autor. El
autor mismo se las arregló para grabar los discursos de algunos de estos
pacientes que, por suerte, hablaban despacio. Se pensaba en ese momento que
el estudio pormenorizado de esas verbalizaciones, podría aportar algo al estudio
de la esquizofrenia.
Surgió entonces la cuestión de si tanta verbalización pudiese ser un disfraz que
cubría unos significados ocultos, fragmentados y dispersos que sí tenían
contenido. Esto llevó a la cuestión de cómo podría el autor producir una serie de
incoherencias en las que introducir un mensaje oculto. ¿Podría usar las mismas
incoherencias que expresaban los pacientes e intercalar fragmentos de un
mensaje con sentido, pero difícil de reconocer? Esta especulación dio pie a
muchas horas de trabajo intenso intentando producir la verbalización de un
paciente con esquizofrenia. Se trataba de conseguir un discurso aparentemente
sin sentido, pero con un mensaje debajo que los colegas del autor no pudieran
descubrir si no recibían pistas para hacerlo. Los anteriores esfuerzos del autor
para producir incoherencias originales mostró que seguía una pauta personal
reconocible que indicaba que no estaba lo suficientemente trastornado para
producir una corriente de verbalización auténticamente incoherente.
El autor descubrió que, cuando lograba intercalar con éxito un mensaje en la
producción incoherente de un paciente, su conocimiento de técnicas hipnóticas
ejercía una gran influencia en el tipo de mensaje que lanzaba. De aquí partió el
siguiente trabajo experimental.
Una de las secretarias que habían sido empleadas recientemente se oponía a
ser hipnotizada. Sufría de severas migrañas —que duraban de tres a cuatro o más
horas— con la llegada de la menstaiación. Había sido examinada repetidamente
por el servicio médico sin hallar una solución concreta. Normalmente, lo que hacía
era retirarse a una sala y «dormir el dolor de cabeza», un proceso que duraba tres
o más horas. En una de esas ocasiones, el autor insistió en que le tomase unas
notas, en vez de permitirle retirarse como hacía habitualmente. Más bien
resentida, empezó su tarea, pero al cabo de quince minutos interrumpió al autor
para decirle que se le había pasado el dolor de cabeza. Ella atribuyó la
circunstancia a que se había enfadado con el autor al obligarla a tomar notas. Más
tarde, la misma secretaria se prestó voluntaria para tomar cierto dictado
complicado de un colega del autor. En esa ocasión, el dolor de cabeza aumentó y
ella llegó a la conclusión de que el episodio anterior había sido fruto de la
casualidad. Unos días después, sufrió otro ataque y el autor aprovechó para
llamarla de nuevo para que tomase unas notas. La desaparición completa del
dolor de cabeza ocurrió en unos diez minutos. En otra ocasión, la secretaria sufrió
otro ataque de migraña y esta vez se presentó voluntaria para trabajar con el
autor. De nuevo, desapareció el dolor. Después, la secretaria probó los beneficios
terapéuticos de tomar dictados de otros médicos. Por alguna razón que
desconocemos, el dolor de cabeza no sólo no disminuía sino que aumentaba. En
una de esas experiencias, la joven volvió al despacho del autor y le pidió que le
dictara de nuevo. Como el autor no tenía nada a mano que dictar, le repitió un
texto que ya se había transcrito. Su dolor de cabeza se desvaneció en ocho
minutos. La secretaria intentó recibir un dictado periódicamente como remedio
para su migraña. Ese dictado, que efectuaba otra persona, no tuvo ningún éxito.
La secretaria volvió a la consulta del autor creyendo que había agotado «el
remedio del dictado». De nuevo, el autor le dictó y solucionó su jaqueca en unos
nueve minutos. Estaba tan eufórica que guardó una copia de ese dictado para
poderle decir a cualquier otra persona que le dictase para ayudarla a superar sus
molestias. Desafortunadamente, nadie pareció tener la «voz correcta», como el
autor.
La secretaria no sospechaba, ni nadie más, lo que había pasado. El autor había
tomado detalladas notas de las verbalizaciones incoherentes de un paciente
psicótico. También disponía de los registros que se habían tomado de otros
pacientes con anterioridad. Después, había intercalado sistemáticamente
sugestiones terapéuticas entre las incoherencias pensando en la secretaria en
cuestión. Cuando esta primera experiencia tuvo éxito, se utilizó el discurso
incoherente de otro paciente. También se obtuvieron buenos resultados. Como
medida de control se intentó aplicar otros dictados normales y éstos no tuvieron
ningún efecto sobre la secretaria. Tampoco tenía efecto el dictado del texto que
utilizaba el autor en boca de otras personas, ya que debía ser leído en voz alta
con cierto grado de expresividad.
La cuestión es ahora la siguiente: ¿por qué esos pacientes responden a tal
terapia? La respuesta es la siguiente: están deseosos de recibir algún beneficio;
llegan en un estado de mucha receptividad, preparados para responder a la
primera oportunidad. La secretaria estaba deseosa de que la liberaran de sus
dolores de cabeza y esperaba que, con la distracción del dictado, se le pasaría el
dolor. Esencialmente, pues, todos los pacientes se hallaban en un estado mental
que favorece la recepción de terapia. ¿Cuántas veces tiene un paciente que
expresar su queja? Sólo el número de veces necesario para que el terapeuta
comprenda. Por ello, con esos pacientes sólo fue necesario que expresasen su
queja una vez y sabían que el terapeuta entendería. Su intenso deseo de terapia
no era sólo consciente sino inconsciente, como se juzgó clínicamente, y más
importante, como evidenciaron los resultados obtenidos.
Uno debe darse cuenta de la rapidez con que la mente inconsciente recoge
información o pistas que le interesan. Por ejemplo, uno puede encontrar que una
persona que acaba de conocer le desagrada por alguna razón desconocida, Sólo
al cabo de semanas, meses o años salen a la luz las razones de ese disgusto. Un
ejemplo común es la hostilidad que muestra una persona heterosexual normal
hacia una persona homosexual sin darse cuenta de la razón de ello.
Uno de los principios fundamentales de la psicoterapia es la capacidad de la
mente inconsciente del paciente para percibir significados en la propia conducta
inconsciente del terapeuta. También se debería atender a la capacidad del
inconsciente del sujeto para percibir las instrucciones intencionalmente oscuras,
con significado terapéutico, que éste le ofrece y de una manera más efectiva que
su mente consciente.
El autor no publicó este trabajo experimental por varias razones. Una era el
frágil estatus en que se hallaba la hipnosis en general y otras era que la paciente
se había negado rotundamente a ser hipnotizada; lo único que permitía era
aliviarse por medio de los «dictados» del autor.
Una segunda secretaria, empleada por el hospital cuando estábamos acabando
este trabajo experimental, sufría de una dismenorrea bastante incapacitante. La
«secretaria de los dolores de cabeza» le sugirió que tomase dictados del autor
como posible terapia. El paciente usó el mismo sistema y se mostró efectivo.
Preocupado sobre lo que podría suceder con la investigación de hipnosis si sus
superiores se enteraban de lo que estaba pasando, el autor interrumpió el
tratamiento a la segunda secretaria y luego lo reemprendió con éxito nuevamente.
No fue hasta bastante más tarde, cuando la segunda secretaria quiso presentarse
voluntaria para otros trabajos de hipnosis, no de «dictado», cuando se la pudo
tratar abierta y completamente.
Ahora que la hipnosis se ha convertido en una modalidad de investigación
científica aceptable, en una terapia respetada, ahora que se conoce mucho más
acerca de la semántica, podemos publicar este material, tanto tiempo relegado al
olvido.
Resumen
Los dos casos presentados y un trabajo experimental breve expuesto al final de
este artículo demuestran la efectividad del procedimiento de intercalación de
sugestiones psicoterapéuticas entre las que quieren inducir y mantener el trance
hipnótico. Los pacientes tratados sufrían respectivamente de manifestaciones
neuróticas y de dolor producido por una enfermedad terminal.
10
HIPNOTERAPIA PEDIÁTRICA21
MILTON H. ERICKSON
Como introducción a la definición de «hipnoterapia pediátrica», nos hacemos
una pregunta: ¿cuál es la diferencia entre hipnoterapia de la primera infancia, de la
media y de la tardía? Cualquier terapia, tal como sucede con los reconocimientos
físicos, debe definir al paciente como una realidad objetiva con unas necesidades
concretas. Cualquier terapia debe tener en cuenta esas necesidades, cualesquiera
que sean, y no se debe basar en clasificaciones arbitrarias.
Las formas de terapia orientadas psicológicamente necesitan tener en cuenta la
capacidad del sujeto de recibir y entender. La hipnoterapia pediátrica no es más
que una hipnoterapia que tiene en cuenta que los niños son gente pequeña, joven.
Como tales, ven el mundo y sus sucesos de manera diferente a como lo hacen los
adultos y lo que entienden de sus experiencias es diferente a lo que entienden los
adultos. Por lo tanto, no cambia la terapia sino sólo la manera de administrarla.
En este sentido, es fundamental apreciar que en el infante está presente una
constante búsqueda de información, de comprensiones de la realidad, puesto que
son organismos en crecimiento, en evolución. Este es uno de los hechos que los
adultos solemos olvidar. Sin embargo, se trata de un factor importantísimo para la
hipnosis, incluso la de los adultos. Los niños tienen una necesidad de aprender y
descubrir. Todo estímulo constituye, para ellos, una posible oportunidad de
responder de una nueva manera, ya que la hipnosis puede definirse, si intentamos
conceptualizarla, como un estado en el que la conciencia y la capacidad de
respuesta a las ideas se halla incrementada. La hipnosis ofrece, pues, al niño una
nueva área de exploración. El bagaje experiencial del niño es limitado. El hambre
de nuevas experiencias y su apertura a nuevos aprendizajes hacen de él un sujeto
hipnótico inmejorable. Los niños están deseosos de recibir nuevas ideas, disfrutan
respondiendo a ellas; sólo existe la necesidad de presentar esas ideas de manera
que les sean comprensibles. Darse cuenta de esa receptividad es de una
importancia crucial, también para las demás formas de psicoterapia, e incluso en
los pacientes adultos.
La presentación de ideas que llevemos a cabo, como terapeutas, necesita estar
en consonancia con la dignidad del bagaje experiencial del paciente; no debe
haber un diálogo terapeuta-paciente por debajo o por encima de su nivel. Debe
darse la presentación sencilla y sincera de una idea con el propósito de conseguir
un entendimiento común y un objetivo común. La madre le canta al niño una
21
* M. H. Erickson, Pediatric hypnotlierapy, en American Journal of Clinical Hypnosis, 1959, n« 1, págs. 25-29.
canción de cuna, no para que entienda las palabras que dice, sino para que sienta
la placentera sensación del sonido y el ritmo en asociación con sensaciones
físicas placenteras para ambos y, por lo tanto, para un objetivo común. El niño que
es abrazado apropiadamente, manejado de una manera apropiada, colocado bajo
el pecho de la manera correcta con el apropiado «toque hipnótico» es menos
probable que sufra cólicos. Por «toque hipnótico» queremos decir ese tipo de
tocamiento que sirve para estimular en el niño la expectativa de algo placentero y
que estimula al niño continuamente de una manera grata para él.
Lo que cuenta es la continuidad de la experiencia, no simplemente un
tocamiento, caricia o atención aislados, sino una continuidad de estimulación que
le permite al niño, aunque su capacidad de atención es limitada, dar una respuesta
continuada a los estímulos. Así es la hipnosis, con niños o adultos, pero
especialmente es así con los infantes. Existe una necesidad de que se dé un
continuo de ese binomio respuesta-estímulo dirigido a un objetivo común.
El niño que mama necesita la canción de nana continua y el pezón entre los
labios, incluso después de haber satisfecho el hambre y empezar a dormirse.
Necesita esos estímulos de manera continuada hasta que llegan los procesos
fisiológicos del sueño y la digestión que los reemplazarán. De manera similar, en
la hipnosis infantil existe una necesidad de estimulación continua, desde dentro y
desde fuera, o una combinación de ambas. La hipnosis, tanto para niños como
para adultos, debería derivarse de la utilización de esos estímulos buenos,
sencillos y placenteros que existen en la vida diaria para provocar la conducta
normal que favorece lo que nos interesa.
Otra consideración en el uso de la hipnosis con niños es el carácter general que
ha de tener el enfoque terapéutico. No importa qué edad tenga el niño, no se debe
nunca amenazar la posición de éste en la sociedad. La fuerza física del adulto, su
potencia intelectual, la fuerza de su autoridad y el peso de su prestigio son mucho
más grandes para el niño que cualquiera de sus atributos. Cualquier uso indebido
de ello constituye una amenaza para su adecuación como individuo. Debido a que
la hipnosis depende de la cooperación para conseguir un objetivo común, se
desea que exista una relación en la que impere la bondad y la sensación de que
se está haciendo algo provechoso. Pero esa bondad o utilidad no debe basarse en
la superioridad de una de las partes, sino en el respeto por la otra persona como
individuo. Cada uno de los participantes debe aportar su porción de actividad. Con
los niños, esta necesidad es más acuciante. Un niño, debido a su falta de
experiencia, necesita que se trabaje con él y no sobre él. El adulto, por el
contrario, sí puede entender un poco mejor la participación pasiva.
Tampoco se puede dar una condescendencia lingüística hacia el infante. La
comprensión del lenguaje siempre precede a la capacidad verbal. No se le debe
hablar como si fuese una persona que no entiende, sino utilizar con él conceptos,
ideas e imágenes significativas para el niño en términos de sus propios
aprendizajes. Hablarles como lo haría un bebé es insultarlos, burlarse de ellos, ya
que ellos saben perfectamente que los adultos hablan con fluidez. Uno no debe
pues imitar el hablar del otro, sino utilizar con todo respeto frases sacadas del
discurso del otro. Uno puede decir «el pompis del conejito», pero no «etoy
contedto», con la acentuación y entonación de un niño pequeño.
De la misma manera, se le debe respetar al niño su comprensión ideacional sin
intentar derogarla o minimizarla, porque entonces se reduce su capacidad de
entender. Siempre será mejor fallar esperando que entiendan demasiado a
ofenderles pensando que no llegan a entender. Por ejemplo, un cirujano le dijo a la
pequeña de cuatro años Kristi: «Ahora no te ha dolido nada, ¿verdad?». Utilizaba
un tono amargo, desdeñoso, y ella respondió: «¡Tonto! Sí que me ha dolido, pero
no me ha importado». Ella quería que reconociesen su participación en el
entendimiento de la situación, no una falsificación de una realidad que sí podía
entender. Decirle a un niño «Esto no te va doler» es desastroso. Los niños tienen
sus propias ideas acerca de lo que duele o no duele y tienen que ser respetadas,
pero están abiertos a cualquier modificación inteligente que se haga de ellas. Por
ejemplo, se les puede decir: «Ahora esto podría dolerte un montón, pero creo que
tú puedes evitar que te duela mucho y hasta conseguir que no te duela nada», y
esto constituirá una inteligente valoración de la realidad para el niño y le ofrecerá
una idea razonable y una participación a modo de invitación.
Sin duda, se debe respetar a los niños como criaturas pensantes, con
sentimientos, que poseen la capacidad de formular ideas y son capaces de
integrarlas en su comprensión experiencial total. Pero deben hacerlo de acuerdo a
su funcionamiento y capacidad de procesamiento actual. Ningún adulto puede
hacerlo por ellos y todo enfoque que trabaje con niños debe tener en cuenta este
hecho.
Para ilustrar cómo el autor se aproxima al niño y utiliza sus técnicas hipnóticas,
podemos citar el siguiente ejemplo personal:
Robert, de tres años de edad, se cayó por las escaleras, se rompió un labio y se
golpeó en la boca de manera que un diente se le clavó en el maxilar. Sangraba
profusamente y gritaba por el dolor y el miedo. Su madre y el autor fueron a
ayudarle. Una simple mirada al niño en el suelo, gritando, su boca sangrando
profusamente y la sangre derramada, confirmó que se trataba de una urgencia
que requería rápidas medidas.
No se hizo ningún esfuerzo por recogerlo. En vez de eso, cuando se detuvo un
momento para tomar aire, se le dijo rápidamente, con sencillez, solidaria y
enfáticamente: «Eso duele horrores, Robert. Duele muchísimo».
Entonces, sin ningún tipo de duda, el hijo del autor supo que éste sabía de lo
que hablaba. El niño podía estar de acuerdo con el autor y sabía que el autor
estaba totalmente de acuerdo con él. Consecuentemente, escuchaba con respeto,
porque el adulto había demostrado que entendía la situación completamente. En
hipnoterapia pediátrica no hay un problema más importante que el de hablarle al
paciente de manera que éste apruebe nuestro juicio y respete nuestro inteligente
control de la situación tal como entiende las cosas el infante.
Entonces se le dijo a Robert: «Y seguirá doliendo».
Con esta aseveración tan simple, se mencionó su propio miedo y se confirmó
que juzgábamos la situación con exactitud. Le demostramos que nuestro juicio de
la realidad era inteligente y que coincidíamos con él ya que, en esos momentos,
no podía ver más que un futuro de angustia y dolor.
El siguiente paso fue declarar, en una pausa que hizo para tornar aire:
«Realmente deseas que pare de doler». De nuevo, estábamos completamente de
acuerdo y se le ratificaba y animaba en su deseo. Pero se ha de tener muy en
cuenta que se trataba de su propia necesidad, que surgía de su interior.
Una vez definida la situación, se le podía ofrecer una sugestión con
posibilidades de ser aceptada. La sugestión era: «Quizá pare de doler dentro de
un minuto o dos».
Se trataba de una sugestión en pleno acuerdo con sus necesidades y deseos y,
debido a que fue planteada con un «quizá», no contradecía su propia manera de
entender la situación. Por lo tanto, el paciente podía aceptar la idea e iniciar sus
respuestas hacia la misma.
Mientras así lo hacía, trasladamos el centro de atención a otra cuestión, muy
importante para él como persona que sufría, e importante para la significación
psicológica total de la situación, se trataba de una variación importante en sí
misma como medida fundamental para cambiar y alterar la situación.
Demasiado frecuentemente, en hipnoterapia o en cualquier uso de la hipnosis,
existe una tendencia a enfatizar lo obvio en demasía y a reafirmar
innecesariamente las sugestiones ya aceptadas, en vez de crear una situación
expectante, lo que permite el desarrollo de respuestas deseadas. Todo púgil
conoce las desventajas de pasarse de entrenamiento; todo vendedor conoce la
locura de vender demasiado. El mismo peligro existe en la aplicación de técnicas
hipnóticas.
El procedimiento con Robert consistió en reconocer el significado de la herida,
dolor, pérdida de sangre, daño corporal, pérdida de parte de su autoestima
narcisista normal, de la sensación de bienestar físico tan vital para el ser humano.
Robert sabía que dolía, que estaba herido; podía ver su sangre en el suelo y en
sus manos, el sabor de la misma en su boca. Pero, como todo ser humano,
deseaba la distinción narcisista de su mala suerte, además de la comodidad
narcisista que poseía antes. Nadie desea tener dolor de cabeza, pero, ya que lo
hemos de aguantar, hagámoslo colosal para que sólo el que lo sufre sea capaz de
aguantarlo. ¡El orgullo humano es tan bueno y cómodo! Por lo tanto, se dirigió la
atención de Robert hacia dos hechos de vital importancia para él: «Hay muchísima
sangre en el suelo. ¿Es una sangre fuerte, roja y buena? Mamá, fíjate y dime qué
te parece. Creo que lo es, pero quiero estar seguro».
Por lo tanto, hubo un reconocimiento abierto y sin temores de unos valores que
eran importantes para Robert. Necesitaba saber que su mala suerte era
catastrófica a ojos de los demás, además de para sí mismo, y necesitaba una
prueba tangible de que esto era así. Por eso, se le dijo que había «muchísima
sangre en el suelo». Robert podía reconocer la valoración inteligente y competente
de la situación de acuerdo a sus necesidades no formuladas, pero reales.
Entonces, la cuestión de la sangre —su color, su fuerza, su calidad— pasó a
desempeñar un papel psicológico importante para la significación del accidente de
Robert. Efectivamente, en una situación en la que se han producido importantes
daños, es necesaria una compensación satisfactoria. Así, examinamos la sangre
del suelo y expresamos la opinión de que se trataba de sangre excelente, con lo
que lo tranquilizábamos, no sólo a nivel emocional, sino basándonos en un
adecuado examen de la realidad.
Así pues, seguimos por el camino de la calificación de la sangre y dijimos que
sería mejor examinarla en el lavabo, donde se observaría mejor delante del fondo
blanco del lavamanos. Para entonces, Robert había dejado de llorar y su dolor y
miedo no eran los factores dominantes. En vez de eso, estaba absorto en el
importante problema de la calidad de su sangre.
Su madre lo recogió y lo llevó al lavabo. Le pusimos agua sobre la cara para ver
«cómo se mezclaba con el agua» y darle así un «adecuado color rosa». Así
confirmamos el color de la sangre para la satisfacción de Robert, que veía que su
sangre era la adecuada y volvía el agua de color de rosa como debía.
Después, se trató la cuestión de si su boca sangraba correctamente y se
hinchaba como debía. Una exploración minuciosa confirmó que el desarrolló de
los acontecimientos era el adecuado, lo que le proporcionó al pequeño alivio y
satisfacción en todos los sentidos.
Lo siguiente fue la cuestión de suturar su labio. Debido a que esto podía
provocar fácilmente una respuesta negativa, se mencionó de la mejor manera
posible: negativamente, evitando que él mismo lo negara y, al mismo tiempo,
sacando a colación un tema importante. Así que se le dijo que le iban a tener que
poner puntos, pero que era improbable que le pusieran más puntos de los que él
podía contar. De hecho, parecía que no le iban a poner ni siquiera 10 puntos y él
podía contar hasta 20. Se le dijo que era una lástima que él no pudiese tener 17
puntos como Betty Alice, o 12, como Allan, pero para darle ánimos se le dijo que
tendría tantos como sus hermanos Bert o Lance o Carpí. Por lo tanto, la situación
cambió radicalmente a una en la cual podía compartir con sus hermanos mayores
una experiencia común, con una reconfortante sensación de igualdad o incluso
superioridad.
De esta manera fue capaz de enfrentarse a la cuestión de la cirugía sin miedo o
ansiedad, con la esperanza de cumplir la obligación de cooperar con el cirujano y
lleno de deseos de realizar la tarea que se le había asignado, esto es, de «estar
seguro de contar los puntos». Con ello bastó para hacerle olvidar el dolor. No fue
necesario administrarle ninguna sugestión más.
Al final sólo se requirieron siete puntos, lo que provocó cierto desencanto en
Roben, pero el cirujano añadió que había usado un nuevo material que sus
hermanos no habían probado nunca y que la cicatriz quedaría en forma de «W»,
como la letra de la universidad de papá. Ello compensó la escasez de puntos.
Puede que alguien se pregunte dónde está la hipnosis en este pequeño relato.
En realidad, la hipnosis empezó con la primera frase que se le dijo y nos dimos
cuenta de ello cuando puso todo su interés y atención en cada uno de los
acontecimientos que constituyeron la solución médica a su problema.
En ningún momento se le dijo nada que no fuera cierto ni se le consoló de una
manera contradictoria con respecto a sus ideas sobre la situación. Primero, se
estableció una comunidad de entendimiento con él y después, uno a uno, se
fueron decidiendo los elementos de interés para él en esa situación. Elementos
que le pudieran satisfacer y con los que él estuviera de acuerdo. Su papel en esa
situación era la de participante interesado y, de hecho, respondió adecuadamente
a cada idea con la que se le sugestionó.
Otro ejemplo es el de una niña de dos años de edad que mostraba una actitud
de lo más beligerante en su cuna. No quería relacionarse con nadie y estaba
preparada para pelear por su independencia durante el resto de su vida. La niña
en cuestión tenía un muñeco favorito, un conejo. Cuando nos acercamos a ella,
mostró su agresividad, pero le dijimos: «Me parece que tu conejo no sabe dormir».
«Coneco sí duemme», respondió en tono de batalla. «No creo que tu conejo
pueda tenderse con la cabeza en la almohada, aunque tú le enseñes.» «Sí puede.
¡Mira!»
«¿Y puede poner las piernas y brazos rectos como tú?» «¡Sí! ¡Mira!»
«Y cerrar los ojos, respirar profundamente y dormirse?»
«¡Coneco duemme!» Esta última declaración representaba todo un placer para
Kristi, y su conejito continuó durmiendo en un satisfactorio estado de trance.
La técnica, en este ejemplo, no consistía más que en intentar satisfacer las
necesidades de la infante a su nivel, presentándole ideas a las que podía
responder activamente y participar en un objetivo común aceptable para ella y su
colaborador adulto.
Este tipo de técnica ha sido empleada muchas veces por la simple razón de que
la "primera tarea de la hipnosis pediátrica es satisfacer las necesidades del niño
en ese momento. Eso es lo que el niño puede comprender y, una vez que ha sido
satisfecho, el terapeuta tiene la oportunidad de llevar a cabo su labor.
Para concluir, diremos que estos dos casos ilustran el enfoque hipnótico
naturalista aplicado a los niños. Como se ha demostrado, hay muy poca
necesidad, si es que hay alguna, de seguir una técnica ritual o formalizada. La
imaginería de los niños, su rapidez, sus ganas y su necesidad de nuevos
aprendizajes, su deseo de entender y de compartir las actividades de su mundo,
las oportunidades que ofrecen los juegos de imitación o de «fingir» nos sirven para
que el niño sea capaz de aceptar y responder a las sugestiones hipnóticas.
En resumen, la buena técnica hipnótica es aquella que ofrece al paciente, niño
o adulto, la oportunidad de satisfacer sus necesidades del momento
adecuadamente, la oportunidad de responder a estímulos o ideas y también la
oportunidad de experimentar las satisfacciones de nuevos aprendizajes y logros.
Sugerimos la lectura adicional de los dos artículos siguientes:
Solovey de Melechnin, Calina, «Concerning some points about the nature of
hypnosis», en/. Clin, andExper. Hip., vol. iv, ns 2, abril de 1956, págs. 8388.
—, «Conduct problems in children and hypnosis», en Diseases of the New.
Syst., vol. xvi, nQ 8, agosto de 1955, págs. 37.
11
APLICACIONES CLÍNICAS Y TERAPÉUTICAS
DE LA DISTORSIÓN DEL TIEMPO22
Milton H. Erickson
Introducción
El descubrimiento o desarrollo de un nuevo concepto científico plantea
cuestiones difíciles en cuanto a su definición, sus aplicaciones y sus
significaciones finales. En el trabajo experimental que constituye la mayor parte de
este libro, el término «distorsión del tiempo» condensa una metodología de estudio
del tiempo, entendido como uno de los elementos esenciales de la experiencia del
ser humano. Enfatizar la importancia del tiempo como parte esencial de la
experiencia humana puede considerarse una obviedad, pero nunca está de más
reconocer que el tiempo es un elemento de investigación importantísimo, como
cualquier otro factor de la vida humana. De todas formas, una y otra vez se ha
dejado el estudio de este fenómeno. Ésa es la causa de que el mentor del autor de
estas páginas haya estado siempre interesado en la significación experiencial del
tiempo y a tal efecto haya llevado a cabo los estudios que a continuación se
mencionan.
Mientras el autor se hallaba trabajando conjuntamente con él en algunos
estudios experimentales, se interesó por la aplicación de aquellos hallazgos en el
campo clínico. La publicación del primer estudio experimental CCooper, 1948)
sugirió nuevas posibilidades de entender el funcionamiento psicológico en relación
con el tiempo y, por lo tanto, nuevos procedimientos y metodologías para tratar los
problemas psicológicos. En el segundo estudio experimental (Cooper y Erickson,
1950) se debatió acerca de esas aplicaciones, que podemos resumir como sigue:
Más importante para este escritor son las implicaciones de la distorsión del
tiempo en el campo de la psicoterapia. Ciertamente, nadie cuestiona hoy la
importancia de la vida subjetiva experiencial del individuo ni que los métodos de
los que disponemos para estudiarla son insatisfactorios, laboriosos, poco
científicos y requieren mucho tiempo.
¿Qué constituye una realidad subjetiva? ¿De qué elementos, aparentemente
pertinentes o irrelevantes, se compone? ¿De qué manera se integra en la totalidad
de la vida de una persona? ¿A qué propósitos le sirve a la personalidad? ¿Qué
determina su validez? ¿En qué se diferencia de los sueños, la memoria, la
fantasía o la falsificación retrospectiva? ¿De qué manera es distorsionada por los
22
* M H. Erickson, The clinie.il and therapeutic applications of time distortion», en Time Distortion In
Hypnosis, Ualtimore, Williams and Wilkins, 1954.
métodos de comunicación concurrentes y retrospectivos? ¿Cuánto tiempo
requiere? En este estudio responderemos a todas estas consideraciones, directa o
indirectamente, más o menos exhaustivamente, pues cada una de ellas constituye
un problema de estudio importante en psicoterapia y, por supuesto, para la
psicología en general.
La chica que experimentó en diez segundos un paseo en coche de unos treinta
minutos de duración, lo hizo con mucho detalle, incluso hablaba de él como si se
tratase de «fotogramas» de películas (con ese detalle), demostrando las
posibilidades de un nuevo enfoque de exploración del pasado experiencial del
individuo.
El sujeto que no pudo de ninguna manera demostrar en estado de vigilia su
habilidad (experiencial) para coger flores porque, según decía, le habíamos dado
un límite de tiempo insuficiente, pudo sin embargo, semanas más tarde, en estado
de trance, hacerlo sin problemas. Ello nos descubre la posibilidad de llevar a cabo
estudios controlados sobre la realidad subjetiva.
Las alucinaciones y las falsas impresiones han sido, desde hace mucho tiempo,
unos problemas de estudio intrigantes. Se trata de realidades subjetivas que la
persona acepta como realidades objetivas. Uno de nuestros sujetos experimentó
la acción de arrastrar una cesta de manzanas con tal viveza que esperaba que el
experimentador notase su respiración forzada, lo cual era, como la cesta, una
realidad subjetiva.
Cada nuevo desarrollo de los estudios experimentales hace necesario revisar
constantemente las teorías del aprendizaje y la memoria. En este sentido, los
hallazgos en ese sujeto que, en diez segundos, dio un largo paseo y desarrolló
una respuesta condicionada ante una señal intercalada (la de saltar» ante un
bache de la carretera), plantea nuevos problemas de investigación sobre el
aprendizaje, la memoria y el condicionamiento.
Otro ejemplo parecido es el de la violinista que, en periodos de diez segundos,
experimentaba subjetivamente que tocaba varias composiciones. Las
consecuencias prácticas de tal experiencia fueron atestiguadas por un crítico
competente. En otras palabras, el sujeto podía hacer uso de «su tiempo especial y
personal» para experimentar subjetivamente la práctica de una pieza difícil que
había olvidado hacía mucho tiempo. Después, era capaz de tocarla sin haber leído
la partitura en años.
Este mismo experimento da pie a especular sobre el papel del funcionamiento
motor en el aprendizaje mental, ya que la violinista experimentó subjetivamente
todo el proceso de tocar el violín, estudiar la música escrita y memorizarla
mientras estaba tendida en decúbito supino y después fue capaz de demostrar
que todo ello tenía un efecto en la práctica real.
Relacionado con lo anterior, un estudio interesante podría ser hacer que unos
sujetos inexpertos practicasen, en estado de hipnosis, con un rompecabezas y
darles un tiempo personal para realizarlo. Los hallazgos de este estudio
explicarían que la actividad motora subjetiva, en contraste con la objetiva, es una
ayuda efectiva para la memoria y el aprendizaje.
Otro hallazgo interesante hace referencia a la validez de las realidades
experienciales para los sujetos, niega la asunción de la falsificación retrospectiva y
sirve para confirmar los hallazgos de algunos experimentadores competentes de
que la hipnosis no puede usarse para producir conductas antisociales.
Efectivamente se ha hallado que las actividades alucinatorias sugestionadas
pueden ser, inesperadamente, tildadas por los sujetos de inaceptables. Las
reacciones son esencialmente las mismas en todos los casos y pueden ser
ilustradas con el siguiente ejemplo.
En un experimento, se instruyó al sujeto para que experimentase que era una
psicóloga que atendía a un paciente sobre un problema de epilepsia. Aunque la
sujeto deseaba trabajar como psicóloga en la realidad, la «realidad» experiencia!
de la situación era tal que no podía tolerar la tarea de tratar a un paciente con
epilepsia porque sentía que tal enfermedad iba más allá de lo que un psicólogo
puede tratar y, en consecuencia, consideraba que no era ético seguir adelante. Así
pues, lo que hizo fue remitir al paciente a un médico y desarrollar resentimiento y
hostilidad hacia el experimentador por empujarla a violar, incluso en un nivel
subjetivo, su código ético personal.
Aunque se podría hablar mucho acerca de las implicaciones de la distorsión del
tiempo y los hallazgos que hemos expuesto aquí en relación con conceptos como
la psicología de la Gestalt, la psicología molar de Tolman, el moderno
behaviorismo de Hull y la psicología freudiana, dejaremos esta tarea al lector
interesado. El tiempo y sus relaciones constituyen un elemento significativo en
todo funcionamiento psicológico, no importa de qué escuela de pensamiento se
hable. Por ello, cualquier estudio que trate del tiempo y la psicología debe
necesariamente tener algún impacto en todas las escuelas de pensamiento y este
concepto de distorsión del tiempo ofrece un nuevo enfoque a la hora de tratar
muchos problemas psicológicos.
Un tema de especial interés para este autor gira en torno a una de las claves de
la investigación en psicología clínica y psicoterapia, a saber, el problema de cómo
crear una situación en la que el sujeto responda con una realidad subjetiva válida.
Este estudio apunta la posibilidad de investigar de manera más rigurosa
ayudándonos del tiempo, en vez de considerarlo una barrera.
Desde la publicación de lo anterior, han surgido muchas oportunidades de
utilizar o adaptar varios de estos hallazgos experimentales al trabajo clínico y
terapéutico. Sin embargo, debe subrayarse que los estudios experimentales y el
trabajo clínico pertenecen a diferentes categorías de desempeño. En los primeros,
deben establecerse estrictas medidas de control y su objetivo es la determinación
de posibilidades y probabilidades. En el trabajo clínico, el bienestar del paciente
trasciende todo lo demás y los controles científicos del procedimiento deben ceder
el paso a las necesidades del paciente en una situación terapéutica dada. En el
trabajo clínico se toma otro tipo de medida de validez, diferente de la metodología
de control científica de los procedimientos experimentales. Tal medida la
conforman, ni más ni menos, los resultados terapéuticos, siempre que puedan
relacionarse con el procedimiento empleado o que lógicamente se deriven del
mismo.
Consideraciones generales de aplicación clínica
Debido a que la situación clínica de una psicoterapia es impredecible, la
utilización de los hallazgos y conceptos experimentales debe necesariamente
depender de las necesidades y deseos del paciente y de las circunstancias
concurrentes. No puede uno basarse o centrarse en los propios intereses. Por lo
tanto, cualquier utilización debe esperar las oportunidades y ocasiones que nos
presentan los pacientes y evitar los procedimientos establecidos fuera del contexto
de las necesidades del paciente.
Y lo que es más importante, el concepto de distorsión del tiempo no constituye
en sí mismo una forma de psicoterapia. En realidad, ofrece un método de acceso
a la vida experiencial del paciente. Cualquier terapia resultante se deriva de un
proceso separado de reordenamiento de los valores y significaciones de las
realidades experienciales subjetivas y objetivas del paciente.
Los siguientes casos corresponden a sujetos que presentaron la oportunidad de
investigar la aplicabilidad de la distorsión del tiempo en problemas
psicoterapéuticos. Se trata de breves resúmenes de las sesiones
psicoterapéuticas y se hace hincapié en la dinámica del caso, ya que el propósito
es analizar el problema, la situación y las circunstancias que condujeron a la
utilización de la distorsión del tiempo y los resultados obtenidos.
Paciente A
Este primer caso, anterior a la primera publicación de Cooper, ilustra la
utilización no intencional y espontánea de la distorsión del tiempo por un paciente.
El caso demuestra no sólo el uso de la distorsión del tiempo sino cómo, en el
curso ordinario ele la psicoterapia, puede surgir la oportunidad de utilizar la
distorsión del tiempo. No es necesario decir que, en el momento en que se llevaba
a cabo la terapia, el autor no entendía lo que había sucedido, pero fue uno de los
cimientos del posterior estudio de Cooper cuatro años después.
El paciente, un artista de unos treinta años de edad, acudió a la consulta a
causa de sus problemas conyugales, en primer lugar, y de sus dificultades de
personalidad, en segundo lugar. Durante la terapia, a pesar del éxito que tenían
sus retratos, paisajes y bodegones, se sentía extremadamente frustrado porque
todavía no había pintado un circo. Durante más de diez años, incluso antes de
casarse, había deseado sin lograrlo pintar tal escena, pero ni siquiera había
podido hacer un esbozo de la misma. Tampoco había podido pensar en ello con
claridad para así, al menos, especular qué personajes o escenas le gustaría
retratar. Todo el proyecto permanecía en una vaga voluntad de pintar un «cuadro
de un circo».
Aunque durante meses de terapia salieron a la luz sus otros problemas, no se
consiguió nada al respecto. Incluso los trances sonambulísticos profundos, con
sus diferentes técnicas, sólo provocaron la siguiente explicación: «Estoy
completamente bloqueado. No puedo pensar más allá de la simple idea de un
circo...». Ni siquiera podía hacer un esbozo, un plan de composición con líneas
verticales y horizontales, su método habitual de trabajar.
Debido a que el paciente deseaba terapia en relación con este problema, se le
indujo un trance profundo y se le dieron las siguientes sugestiones poshipnóticas:
1. Extienda un lienzo de 24 x 40 pulgadas en algún lugar del vecindario. Puede ser
más grande o más pequeño.
2. Lleve consigo una nueva colección de pinturas y pigmentos y dispóngalos como si
fuera a pintar.
3. Hágase un plan de trabajo para los tres próximos meses, reservando las horas que
puedan usarse para la pintura del circo (su procedimiento habitual cuando planeaba un
nuevo cuadro).
Se le despertó y despidió con una amnesia de lo sucedido durante el trance.
Unos días después, sin darse cuenta de la naturaleza poshipnótica de sus
actos, nos informó de que había hecho una planificación para los siguientes tres
meses. Este plan le permitiría, si trabajaba duro, acabar sus compromisos
actuales en unas dos semanas. El tiempo libre que le dejaba esta disciplinada
planificación le concedía un total de 70 horas que dedicaría exclusivamente al
cuadro del circo. No dijo nada más acerca de las otras sugestiones poshipnóticas
que se le dieron.
Se le hipnotizó de nuevo y se le instruyó para que llevase a cabo los nuevos
compromisos que había adquirido. Después, se le dijo que iba a comenzar su
proyecto despacio, con cuidado, minuciosamente, como siempre hacía, sin prisas.
Cuando estuviera enfrascado en la tarea, las 70 horas designadas pasarían a una
velocidad increíble, aunque él trabajaría normalmente a su ritmo habitual. (El
propósito de esta instrucción era evitarle el cansancio de una tarea muy larga.)
Se le repitió la instrucción enfáticamente para asegurarnos de que lo entendía
todo.
Dos días más tarde, recibimos una llamada telefónica del paciente. Estaba muy
excitado y nos pedía una entrevista inmediata.
Su historia era la siguiente: mientras se hallaba acabando un cuadro que tenía
entre manos, dejó de trabajar para comerse unos bocadillos en su estudio.
Mientras lo hacía decidió extender un nuevo lienzo, con la vaga idea de que podría
utilizarlo para la pintura que proyectaba.
Cuando lo hizo, fue a tomar el resto de su bocadillo y lo encontró
inexplicablemente seco. Perplejo, dirigió la vista al lienzo y se quedó de piedra al
encontrarse con un óleo fresco completamente acabado que representaba una
escena de circo. Con intensa curiosidad, lo examinó y concluyó que era muy
bueno. De repente, vio su firma en la esquina (a modo de ritual, sólo rubricaba
cuando daba por bueno un trabajo) y se dio cuenta de que el estilo de la pintura
era el suyo. Inmediatamente, corrió hasta el teléfono pero en el camino observó
que el reloj marcaba las seis de la tarde. Muy extrañado por todo esto, efectuó la
llamada y dijo: «Ha sucedido algo. ¿Puedo ir a verle ahora mismo?». Además
añadió: «No sé qué ha pasado. No lo sé».
Trajo la pintura consigo y se le preguntó acerca de ella. El perro que salía en él
era realmente el perro de un vecino; la mujer ecuestre era su segunda esposa; el
payaso era él mismo; y la rueda de la fortuna era una que su esposa actual le
había descrito. El cuadro le satisfacía como aficionado y como artista crítico que
era (los críticos le habían tratado muy bien en exposiciones que había llevado a
cabo en varios estados).
Cada vez estaba más extrañado de sus propias respuestas a las preguntas que
le hacía el autor y seguía diciendo: «Es el cuadro del circo que siempre había
querido hacer, pero no tiene nada que ver con las ideas que tenía sobre el cuadro.
Es mío; es un cuadro de un circo; es lo que quiero. Pero ¿qué ha sucedido?».
Se le hipnotizó y se le pidió que se explicase.
Primero, desenrollé el lienzo como usted me dijo. Sabía que disponía de mucho
tiempo. Así que me puse a trabajar despacio y con cuidado como siempre hago. Pinté
como lo hago siempre, despacio. Me encontré con un problema. Sabía que el
sombrero del payaso tenía que ser azul y la faja y la rueda también. Tenían que ser de
la misma tonalidad, pero aun así diferente. Usé diferentes pigmentos con cada uno de
esos elementos, pero el trabajo de mezclar los colores era muy lento. También me
encontré con dificultades con las crines del caballo. Quería probar una técnica nueva y
finalmente lo conseguí. [Más tarde los críticos elogiarían esa innovación.] Pero no tuve
que darme prisa porque tenía mucho tiempo. De hecho, cuando acabé, lo estuve
contemplando durante mucho tiempo, asegurándome de que todo estaba bien y
cuando finalmente le di el visto bueno, lo firmé. Entonces, tomé uno de mis bocadillos y
me desperté. No recordaba nada y cuando vi el cuadro me asombré y me asusté.
Incluso comprobé las puertas del estudio; todavía estaban cerradas por dentro. Así que
decidí venir a verle rápidamente. Pero, bueno, es un buen cuadro. Ayúdeme a saber
que realmente lo he pintado yo.
Ahora el paciente ya sabe que lo ha pintado él, pero su entendimiento de lo
sucedido todavía es vago. De todas maneras, su satisfacción es completa. Un año
después, me comentó el «curioso hecho de que bajo la luz del día los tres tonos
de azul del cuadro son los mismos, pero bajo otra luz se muestran diferentes. De
ahí, ha deducido que debió de «usar diferentes pigmentos».
La terapia concluyó unas sesiones después de la finalización del cuadro.
Comentario
Sin tener en cuenta la dinámica del caso, las sugestiones poshipnóticas dadas y
los objetivos del paciente, analicemos un hecho fundamental. Esto es, que la tarea
encomendada requería un total de 70 horas de trabajo, según la dilatada
experiencia del artista, y fue acabada en seis, sin preparación previa y sin la
metodología de trabajo que acostumbraba a seguir. Es obvio el paralelismo entre
este caso y muchos de los hallazgos experimentales descritos en la primera parte
de este libro.
Paciente B
El siguiente caso es definitivamente diferente. Es un ejemplo del uso
terapéutico intencional de la distorsión del tiempo como consecuencia del fracaso
de otra metodología. Como la terapia era el objetivo de esta intervención, no se
utilizó la situación clínica para demostrar la distorsión del tiempo per se. Es más,
asumimos .su existencia como realidad en esa situación y dirigimos todos los
esfuerzos a asegurar resultados terapéuticos, contando con su influencia.
La paciente era una mujer de 30 años de edad, casada dos veces, que había
sufrido episodios recurrentes de amnesia histérica caracterizados por una
desorientación personal completa. Los ataques empezaron dos años antes ele su
segundo matrimonio, hacía seis años. Como había sido un matrimonio precipitado
en tiempo de guerra, su marido apenas sabía nada acerca de su pasado, excepto
que era viuda, que tenía dos hijos y que sufría unos recurrentes «periodos de
enfermedad en los que se quedaba en blanco».
El primer reconocimiento que le hicimos tuvo lugar en el hospital donde se la
había ingresado a causa de su amnesia. Sabía el año en el que se encontraba,
1934, y se describía a sí misma como una mujer, pero no podía dar más
información. No sabía su nombre, ni el de su marido ni el de sus hijos. Se quejaba
de un intenso dolor de cabeza y su apariencia y conducta corroboraban su
historia.
Finalmente, al cabo de tres semanas, como solía suceder, se recuperó
espontáneamente y abandonó precipitadamente el hospital al descubrir dónde se
hallaba.
La visitamos en su casa al día siguiente. Ahora estaba orientada, pero aún
asustada. Explicó que, en el pasado, muchas veces se había despertado en un
hospital después de permanecer inconsciente durante días y semanas. Sin
embargo, no quiso cooperar en las demás preguntas o intentar terapia alguna.
Cinco meses más tarde la volvimos a visitar. Durante ese tiempo había
padecido un número de ataques amnésicos breves, aunque los había pasado en
casa bajo constante supervisión. Ahora, se hallaba amnésica de nuevo y la única
información que podía sacársele era que ella era una mujer y que el año actual era
1934. Finalmente se la hospitalizó, sedándola fuertemente durante una semana.
Después de ese tiempo, se recuperó espontáneamente, pero esta vez estuvo de
acuerdo en seguir una terapia.
Durante los siguientes tres meses se la visitó diariamente en sesiones de dos a
cuatro horas de duración. Sólo se pudo obtener una escasa información sobre su
matrimonio actual. Con respecto a su vida pasada, sólo sabía que había sido
viuda, pero no cuándo se había quedado viuda, aunque sí sabía las fechas de los
cumpleaños de sus hijos. Aparte de esto, no conseguimos nada aparentemente
significativo. La mención del año 1934 no tenía ningún significado para ella.
Incluso llegó a expresar sus dudas acerca de su nombre de pila. Esta falta de
conocimiento de su pasado la asustaba mucho y cualquier pregunta al respecto le
causaba ansiedad.
Con respecto a sus estados amnésicos, ella los calificaba de periodos de
inconsciencia. Los describía como muy insatisfactorios. Por ejemplo, solía decir:
«Cuando me desperté en el hospital, la última cosa que recordaba era bajar por
una calle por la que venía un camión». Podía haber ido a una tienda o a leer el
periódico.
Durante esos primeros tres meses, se hizo todo lo posible por entender su
problema. Como resultó ser un magnífico sujeto hipnótico, se intentaron todas las
técnicas posibles, sin resultado alguno. Aunque sí podía hacer regresiones hacia
su pasado, se limitaban a los episodios felices de los cuatro años anteriores a
aquel momento. Todas las técnicas para reconstruir su pasado se veían limitadas
a esos años recientes. La escritura y dibujo automáticos, la bola de cristal, la
actividad onírica, la escritura de espejo, la asociación libre, las expresiones
azarosas (técnica que consiste en que, cada cinco, ocho o diez palabras, hay que
decir la primera que viene a la mente), la despersonalización, la desorientación, la
identificación con otros, las técnicas de disociación y los demás métodos
fracasaron. Era obvio que intentaba cooperar, pero sólo recordaba material del
pasado más reciente.
Además, durante ese tiempo desarrolló frecuentes estados amnésicos de tres
días de duración. Durante los mismos, siempre daba la fecha de 1934. Aunque
durante esos periodos de amnesia se la podía hipnotizar y provocarle los
fenómenos hipnóticos más típicos, estaban restringidos y limitados por su
situación amnésica. Así, no reconocía al autor, aunque lo tomaba por un extraño
posiblemente amistoso. Cuando veía el calendario de la pared decía que debía de
ser «una broma de alguien», ya que en él no se leía que era el año 1934.
Experimentaba alucinaciones hipnóticas con facilidad y podía contar los libros de
una librería alucinatoria. Podía escribir frases sencillas si se le pedía, pero no
parecía entender la tarea cuando se le pedía que escribiese su nombre, su
procedencia geográfica o edad. Parecía que no podía alcanzar nada relacionado
con su vida personal. Después, se despertaba de esos trances amnésica como
antes.
Esos periodos amnésicos solían terminar después de una noche de sueño o, si
duraban más de un día, respondían a una sedación fuerte.
En una ocasión, en presencia del autor, se dio la casualidad de que vio un
camión de leche Borden a través de la ventana e inmediatamente desarrolló una
amnesia de tres días. En otra ocasión, se le pidió que copiase diversos anuncios
publicitarios. Cuando llegó al de la leche Borden, desarrolló una amnesia de otros
tres días. En otra ocasión, el autor se hallaba hablando de recetas y mencionó la
marca Borden, con un resultado similar a los anteriores. Finalmente, se le
preguntó cómo llamaría ella al macho del cerdo23 y dónde duermen los osos.
Respondió correctamente a las dos preguntas y entonces se le preguntó,
poniendo énfasis en las palabras clave: «¿Qué sucedería si ponemos un cerdo en
la guarida de un oso?». Su respuesta fue sencilla: «Supongo que el oso se lo
comería».
Sin embargo, aunque los estados amnésicos eran frecuentes, estaban
aparentemente causados por una variedad de estímulos que el autor no
reconocía.
Un buen día, cuando nos hallábamos concentrados en encontrar la manera de
interrumpir o abortar las amnesias, encontramos una solución muy sencilla. Ya
que se podía hacer regresar a la paciente a un tiempo pasado (dentro de los
cuatro años anteriores al momento actual) y debido a que siempre decía que
estaba en 1934 cuando se hallaba amnésica, se empleó una técnica inversa a la
regresión. Así, sería hipnotizada y de una manera sistemática y repetitiva se le
diría: «Sí, estamos en 1934 y los segundos y minutos están pasando uno a uno y,
23
El autor le pregunta a la paciente por dos palabras: cerdo macho, en inglés hoar; y guarida, den, lo que da
lugar a «Boarden», expresión de fonología equivalente a la marca de leche. (N. del t.)
a la vez que pasan los minutos, pasan las horas y, con el paso de las horas, pasan
los días. Así como pasan los días, pasan las semanas. Las semanas vienen y se
van y también los meses y ya llegamos a 1935. Después de 1935 vendrá 1936,
que también pasará, y después 1937, etc.», hasta que se llegó al tiempo actual.
En esa primera ocasión se tardó media hora en hacer todo ese recorrido y que la
paciente saliese de su estado amnésico. Después, con la práctica llegaríamos a
hacerlo en cinco minutos. En dos ocasiones en que, bajo un episodio hipnótico, se
hallaba vagando por las calles desorientada y fue recogida por la policía,
conseguimos devolverle la memoria en muy poco tiempo.
De todas maneras, seguía siendo imposible hacerla regresar a recuerdos
anteriores a 1934. Entonces, se hizo el esfuerzo para que aceptase el argumento
de que existían años anteriores a 1934 para inducirla después a olvidar 1934 y
que experimentase que estaba en 1930. Ésta y otras variaciones de la misma idea
fracasaron.
Después de tres meses sin progreso alguno, se decidió emplear la distorsión
del tiempo.
Se le dijo a la paciente que si quería podíamos explicarle nuestros
conocimientos sobre distorsión del tiempo, si se hallaba intelectualmente
interesada en ello. Intentábamos evitar que utilizase mecanismos de defensa en
contra de este enfoque terapéutico.
Así pues, le explicamos el funcionamiento de la técnica tanto en estado de
vigilia como en el de hipnosis. Cuando parecía que tenía una buena comprensión
de las diferencias entre el tiempo solar, el del reloj, el especial y el experimental,
se le ofreció la sugestión de que le gustaría llevar a cabo un experimento
comparable a los que le habíamos explicado. La paciente accedió rápidamente,
creyendo que se trataba de una mera continuación de las explicaciones dadas.
Al día siguiente se la hipnotizó y se le dieron las siguientes instrucciones:24
Usted ha viajado muchas veces en coche y ha disfrutado mucho. El coche se
movía rápidamente. Vio una escena, una hermosa vista. Usted dijo esto, dijo lo
otro, de una manera normal. El coche se movía de prisa, pero usted estaba
sentada tranquilamente, dejándose llevar. Usted no podía detener el coche ni
tampoco quería hacerlo. Los postes de teléfono estaban muchos metros
separados los unos de los otros y los veía pasar uno a uno. Vio los campos a
ambos lados de la carretera, algunos grandes y otros pequeños, y usted sólo
podía esperar a ver qué habría en el siguiente o si la próxima casa era de ladrillo o
madera. Y todo el tiempo que duró el viaje usted estuvo sentada tranquilamente,
24
. Estas instrucciones son probablemente muy elaboradas, pero un trabajo experimental como éste que usa
una metodología nueva requiere de todos los esfuerzos. Prácticamente, se han transcrito todas las
instrucciones para demostrar que se hizo un esfuerzo importante para que el sujeto entendiese la tarea.
vio, pensó, siempre a su manera, a su velocidad, tal como sucedió y el coche
seguía y seguía. Usted no prestaba atención al coche, sólo a lo que vendría
después, un campo, una casa, un caballo o cualquier cosa que apareciese.
Sin embargo, este experimento no será un viaje en coche. Sólo lo he usado
para que me entendiera. Podía haberle descrito el proceso de preparar una
comida, pelar patatas, limpiar zanahorias, calentar chuletas de cerdo: cualquier
cosa que hubiese hecho usted.
Ahora le voy a dar mucho más tiempo del que necesita para hacer este
experimento. Le daré veinte segundos de tiempo normal. Pero para su tiempo
especial estos veinte segundos serán todo lo que necesite para acabar lo que
tiene que hacer. Puede que en tiempo normal necesite un minuto, un día, una
semana, un mes o incluso años. Y se tomará todo el tiempo que necesite
No le diré todavía cuál es su experimento o tarea. Tan pronto como mueva la
cabeza para mostrar que está preparada, pondré en marcha el cronómetro y a la
señal de ahora, y muy, muy rápido, yo le diré la tarea y usted empezará desde el
inicio e irá hasta el final, no importa lo lejos que esté en el tiempo. ¿Preparada?
De acuerdo, escuche con atención el ruido del reloj, mi señal y el nombre de la
tarea que ha de realizar. ¡Ahora, de la Niñez a Ahora, recuerde!
Su respuesta a las sugestiones fue muy marcada: se asustó mucho, dio un grito
ahogado, se desplomó sobre la silla y puso una expresión facial muy
característica, como si estuviese congelada.
Veinte segundos después se le dijo: «Pare», y se le preguntó: «¿Va bien?».
«Sí.»
«¿Me dirá si la debo despertar?»
«Sí.»
Durante varias horas, la paciente estuvo sacando a la luz sus recuerdos
traumáticos del pasado. Lo hacía de una manera de lo más destacable. Los
detallaba como si estuviesen sucediendo en esos momentos o si fuesen hechos
de un pasado muy reciente y, al mismo tiempo, de una manera disociada,
intercalaba comentarios sobre acontecimientos posteriores relacionados. Por
ejemplo, empezó diciendo:
Mi vestido es rosa. Es mi cumpleaños. Estoy sentada en una silla alta. Voy a
comerme el pastel. Mi padre va a darme un beso. Se ha caído. Ha muerto de un
ataque al corazón. Yo tenía tres años. Iba vestida de rosa. Cuando Deborah [su hija]
quiso que le regalaran un vestido rosa, lo olvidé todo y tuve que ir al hospital. No podía
pensar. Me dolía la cabeza [...] Voy en tren. Mamá me lleva de excursión. Es divertido.
Veo hermosos árboles. Las vacas también. Mamá tose. Está enferma. Su pañuelo está
rojo. [Hemorragia pulmonar.] Estoy asustada. Mi madre está tan enferma. Y siempre
que Elaine [su segunda hija] sangra por la nariz, me pongo enferma [...] Tengo tanta
hambre y sed, él sigue, me va a matar, ojalá viniese alguien. [Ésta es una historia muy
larga en la que un hombre llamado Borden la ata de pies y manos a una cama durante
tres días y la viola repetidamente.]
También explicó cómo nació el hijo fruto de la violación en 1934 y el dolor que
sintió cuando se lo mostraron por primera vez. «Ahí es cuando todo en mí murió.
Ya no podía soportar el recordar.»
Otros ejemplos de estos recuerdos traumáticos como son las infidelidades de
su primer marido, el día que se encontró con una carta de amor de una amante del
mismo y el día que recibió una carta de una antigua prometida de su marido
actual, lo que le provocó la correspondiente amnesia. El suicidio de una de las
chicas en la casa de maternidad durante su estancia allí. Se colgó de una
lámpara. Después, su hija se hallaba un día colgando la decoración de Navidad en
una lámpara de su casa. La muerte inexplicable de su tercer hijo mientras
descansaba en la cama una noche y cómo ella lo había relacionado después con
una noticia que leyó en el periódico. Todos esos recuerdos los contaba en
presente y estaban relacionados con episodios amnésicos.
En realidad, la paciente recordó más experiencias traumáticas, siempre en
orden cronológico. Esto requirió muchas horas antes de que se pudiese completar
la revisión de su pasado. Más tarde, se pudieron verificar muchos de esos
recuerdos, aunque algunos parecían ser más bien fantasías histéricas de carácter
mórbido.
La respuesta terapéutica a esta catarsis que vivié) fue buena. Sin embargo,
todavía tuvo varios episodios amnésicos, pero cada vez se recuperaba antes de
ellos. Además, ahora era capaz de identificar el estimulo precipitante y de
relacionarlo con un trauma que pasó por alto. Siempre que así lo hacía, el
estímulo perdía su efecto sobre ella. Por ejemplo, cuando se trasladaron a una
nueva localidad, no tuvo ningún problema en comprar la leche de la marca
Borden.
Poco después, su marido la abandonó. La paciente se divorció de él, consiguió
un empleo y logre» mantener a sus hijos adecuadamente. Sus jefes la tenían en
mucha consideración.
Cuando empezó a trabajar dejó de visitarse, a excepción de unas cuantas
breves visitas a intervalos muy largos.
La última valoración que se le hizo, dos años después de finalizar la terapia,
indicó que todavía tenía una personalidad histérica, pero bien controlada y con un
buen funcionamiento personal, social y económico.
Comentario
Para explicar qué sucedió durante esos intensos veinte segundos después de
meses de fútiles esfuerzos y cómo tuvo lugar, podemos acudir a lo que se ha
explicado en la primera parte de este libro. Que el trabajo previo con la paciente
facilitase el resultado final no significa que lo que pasó durante esos veinte
segundos no sea la clave de la terapia.
Su narración de lo que sucedió en ese breve espacio de tiempo duró horas y se
dio básicamente en presente. También hemos visto que intercalaba comentarios y
explicaciones relacionando pasado y presente (o pasado más reciente), lo que
indica que la narración no era simplemente una revivificación del pasado. Todo
parece indicar que en esos veinte segundos conseguía una comprensión
suficiente de su vida pasada como para verla en perspectiva. Así, la paciente
relataba sus recuerdos para comunicarlos al autor y, al mismo tiempo, conseguía
para ella misma una catarsis efectiva de su pasado experiencial.
Antes de la utilización de la distorsión del tiempo, la terapia fue un fracaso.
Veinte segundos de distorsión del tiempo, sea lo que sea lo que esto signifique
clínicamente, dieron como resultado el éxito terapéutico de una intervención de
dos años de duración.
Paciente C
El siguiente caso tiene que ver con un problema emocional en el que se empleó
el concepto de distorsión del tiempo como medida experimental rápida.
El paciente, un estudiante de 25 años, estaba interesado en el campo del
espectáculo. Su voz era muy buena y se acompañaba de la guitarra. El dueño de
un local nocturno le había dado recientemente empleo los fines de semana.
Desafortunadamente, a medida que pasaban las semanas, su espectáculo iba
perdiendo público y se le comunicó que iba a ser reemplazado en cuanto
encontrasen un sustituto.
Esto le causó un gran desaliento, ansiedad y depresión y acudió en busca de
terapia para solucionar su desesperanzada actitud.
En lo que nos contó acerca de sí mismo no había nada significativo, excepto
que sus estudios y su empleo durante los días laborables, además de las
actuaciones de fin de semana, no le dejaban tiempo para ensayar.
Se supo también que su trabajo a tiempo parcial se caracterizaba por
momentos de mucho ajetreo y momentos muy relajados.
Este hecho nos sugirió la posibilidad de usar la distorsión del tiempo.
Consecuentemente, se le habló de la hipnosis y sus beneficios. El paciente dijo
querer probar cualquier cosa que lo animase. Se comprobó que era un excelente
sujeto hipnótico y se le entrenó en diferentes fenómenos hipnóticos.
Una vez conseguido esto, se le instruyó sistemáticamente, bajo hipnosis, en los
experimentos de Cooper sobre distorsión del tiempo hasta que entendió con
bastante precisión la idea de lo que íbamos a hacer. Sin mucho entusiasmo,
aceptó la propuesta de llevar a cabo la distorsión. Parecía más interesado en que
nos centrásemos en su problema.
Así pues, un lunes, mientras se hallaba en trance profundo, se le dio una serie
de sugestiones poshipnóticas. El objetivo de las mismas era que el paciente
realizase, todas las noches, en sus ratos de inactividad en el trabajo, determinada
tarea poshipnótica. Iban a ser breves trances de diez a treinta segundos de
duración. Durante esos trances, a nivel alucinatorio, el paciente dispondría de un
tiempo personal para practicar guitarra y canto. Los trances serían breves en
cuanto su duración real y, debido a que la práctica sería alucinatoria, sus colegas
sólo notarían que el paciente se quedaba absorto.
Poco después se despertó con una amnesia total de las instrucciones y se le
dio cita para el siguiente lunes.
A la semana siguiente, el paciente nos informó excitado de los resultados <<He
vuelto a confiar en la vida. El sábado tuve la mejor noche de todas. El domingo lo
hice tan bien que el jefe me dijo que si seguía así, el trabajo era mío. No lo
entiendo porque no tuve un rato para practicar en la semana. Pero el domingo, me
llevé mi magnetofón y grabe la actuación. Comparé ese registro con otros
anteriores y parecía que hubiese practicado y mejorado mucho. Estaba
sorprendidísimo de cómo había mejorado. He debido de eliminar algún problema
inconsciente que interfería en mi trabajo»
Una vez hipnotizado, nos confesó que había estado practicando al menos tres
veces por día. Había hecho largas sesiones en las que tocaba su repertorio y
sesiones cortas que usaba para practicar selecciones individuales. Siempre
parecía que tardaba el tiempo necesario para llevar a cabo ese tipo de trabajo.
Además, varias veces grabó una cinta magnetofónica alucinatoria con la que
comprobaba los errores que podía estar cometiendo. En ninguna ocasión sus
compañeros de trabajo parecieron darse cuenta de su estado especial de
concentración. Nos dijo que le gustaría seguir con ese método de práctica y que lo
combinaría con el ensayo normal.
En la actualidad, varios meses después, mantiene todos sus empleos. Sus
ganancias durante el fin de semana se han incrementado mucho. Ha aumentado
su repertorio y práctica, siempre que puede, tanto en estado de vigilia como en el
de trance (con distorsión del tiempo).
Todavía no es consciente de sus actividades de trance, pero está muy
sorprendido de la rapidez con que aprende las nuevas canciones.
Hasta hoy no ha aprendido a aplicar este peculiar aprendizaje especial.
Tampoco se le ha sugerido, ya que los excelentes resultados terapéuticos
obtenidos podrían verse amenazados por otros esfuerzos experimentales.
Comentario
Este caso es esencialmente paralelo a algunos hallazgos experimentales de
Cooper. Aunque la validez de este informe descansa en los comentarios del
paciente, su continuidad en el empleo y su aumento de salario, no hay duda de
que el concepto de distorsión del tiempo le ha servido al paciente para solucionar
su problema de personalidad. Además, es de destacar que el paciente incluyó en
sus sugestiones una cinta magnetofónica alucinatoria para seguir practicando su
música y que siguió utilizando la distorsión del tiempo para aprender nuevas
lecciones.
Paciente D
La manera en que esta paciente acudió en busca de terapia fue un desafío y
desconcertante. Su demanda parecía imposible, pero fue satisfecha mediante la
utilización de la distorsión del tiempo. Como se verá a continuación, los resultados
terapéuticos fueron increíbles y sorprendentes.
La paciente en cuestión tenía 19 años y trabajaba en una clínica dental. Su
problema es que sufría una gran aversión a la sangre. Normalmente, se mareaba,
aunque a veces sólo sufría náuseas acompañadas de una sensación de
incomodidad manifiesta. Por otro lado, resultaba ser una empleada muy
competente y realmente interesada en la odontología. Sus superiores le
aconsejaron que acudiese al autor, ya que deseaban que pudiese seguir
trabajando con ellos.
La paciente llegó a la consulta con una acompañante. Tomó asiento, se alisó el
vestido con exagerada modestia y dijo muy brevemente que había venido en
busca de terapia, que ésta tenía que conseguirse en una sola entrevista y que se
tenía que emplear la hipnosis.
Se le dijo que lo que pedía era un milagro, pero ella hizo caso omiso.
Simplemente, repitió su demanda.
Cuando se le preguntó por su historia clínica, contestó: «Ya sé lo ha dicho el
doctor para el que trabajo por teléfono. Siempre que veo sangre me desmayo.
Odio que me tengan que recoger del suelo una y otra vez. Voy a perder mi empleo
y a mí me encanta trabajar en una consulta odontológica. Ésa es mi ambición. Es
todo lo que necesita saber. Ahora, quiero que me cure. Quiero que me hipnotice y
me cure». Era como si le doliese un diente y quisiese que se lo extrajesen.
Acto seguido, se le indujo un trance sonambulístico con facilidad. Cuando se le
preguntó si estaba preparada para la terapia, movió la cabeza negativamente y
pidió que se «cambien las cosas». Esta críptica petición nos condujo a preguntarle
acerca de la presencia de su acompañante. Nos dijo que la despidiésemos «con
tacto».
Después ele satisfacer su petición, la paciente declaró: «Estoy asustada —no
sé por qué—, tengo miedo de pensar y no pensaré. Me tiene que hipnotizar más o
me despertaré, me voy a despertar. Sólo duérmame y no deje que me despierte.
Me tiene que ayudar, pero no me diga nada sobre mi problema basta que se haya
acabado lodo y hágalo rápido o me despertaré y me desmayaré. No quiero saber
nada acerca de ello y no quiero que nadie se entere de lo que va. mal. Así que no
intente averiguar nada ni me despierte». Repetimos varias veces la mayoría ele
las frases que había dicho, con mucho énfasis.
Se le aseguró que satisfaríamos todos esos deseos. Se la sugestionó para que
experimentase, para empezar, los diferentes fenómenos del trance. Le dijimos que
esto la mantendría dormida y le gustaría. La paciente aceptó rápidamente, pero
regañó un poco al autor y le advirtió que no se olvidase de la terapia.
Durante unos cincuenta minutos, la joven disfrutó de una buena serie de
fenómenos hipnóticos. Se tuvo mucho cuidado de no involucrar en las
experiencias la vida personal de la paciente o recabar información sobre su
persona.
A continuación se le dijo, todavía en trance, que quedaban un par de
fenómenos que, de segur disfrutaría. Uno de ellos estaba relacionado con el
tiempo y se iba a centrar en un cronómetro que se le enseñó.
A lo largo de toda la sesión hipnótica, se le fue recordando a la paciente lo
rápido que transcurre el tiempo cuando uno está pasándolo bien y, al contrario,
cuan lento pasa cuando uno se aburre. Una espera de segundos puede hacerse
interminable si estamos angustiados por la resolución de una incógnita. Una
simple palabra puede suscitar en la mente los contenidos de un libro extenso o las
anécdotas de un viaje largo. Se le dijo también que las sensaciones y
pensamientos pueden ser rapidísimos.
Por otro lado, se le presentó una detallada elaboración del concepto de tiempo
distorsionado, personal, especial o experiencial, a diferencia del tiempo del reloj.
Se habló del «tempo normal» y del tiempo distorsionado o experiencial.
Cuando parecía que lo había entendido, se le ofreció la sugestión de que
mediante unas sencillas instrucciones se iniciaría el fenómeno hipnótico descrito y
que ella lo aceptaría sin ningún problema. Las instrucciones empezarían con la
señal de «Ahora» y, en ese instante, pondríamos en marcha el cronómetro.
Después, cuando el fenómeno hubiese acabado, se le diría que se detuviese.
Como es habitual, repetimos las instrucciones varias veces.
Después, progresiva, enfática e insistentemente se le dijo: «Empiece por el
principio y experimente una total comprensión de todo lo referente a la sangre, sin
dejarse nada, incluyéndolo todo, a través del tiempo experiencial normal y con una
fuerza tremenda. Ahora».
La joven reaccionó a la palabra «sangre» con un inicio violento, tembló
brevemente, se puso físicamente rígida y apretó la mandíbula y los puños. Parecía
encontrarse en una situación de gran malestar físico, pero demasiado rígida para
llevar a cabo acciones que interrumpiesen el trance.
Veinte segundos más tarde, al mandato de «Deténgase», se relajó y se
desplomó en la silla. Respiraba entrecortadamente.
Inmediatamente, se le dijo de manera enfática: «Usted sabe ahora, usted
entiende, ya no necesita temer nada. Ni siquiera necesitará recordar cuando está
despierta, pero su conciencia ya sabe, y seguirá sabiendo y entendiendo
correctamente y le dará la tranquilidad y alivio que necesita».
Se le preguntó si deseaba ser despertada o prefería reflexionar sobre el asunto.
Su respuesta fue: «Ya lo he pensado. Despiérteme».
Sus comentarios, una vez despierta, fueron: «Estoy muy cansada. Me siento
simplemente agotada. ¿Dónde está la señorita X [la acompañante]? ¿Qué ha
pasado? ¿Me ha puesto bajo trance? ¿Me ha visto ella?».
Se le dijo que había sido hipnotizada y se le había dado la oportunidad de
aprender fenómenos hipnóticos, pero que la señorita X no lo había presenciado.
La paciente pidió que entrase la señorita X y que se hiciese una pequeña
demostración de lo que era la hipnosis.
Después de hacerlo, la paciente comentó: Supongo que le debo pagar la
consulta, pero no sé por qué. Pero le haré esperar para cobrar. No sé por qué».
Se le dijo que volviese en un mes. Ella contestó: «Supongo que lo haré, pero no
veo ninguna razón para volver, la verdad». Acto seguido, se fue con su
acompañante.
Ese mismo día, su superior en el trabajo llamó por teléfono diciendo: «Sea lo
que sea lo que haya hecho, ha funcionado. Ha trabajado el resto del día sin ningún
problema. Me ha ayudado a extraer un diente, ha limpiado las bandejas de sangre
e incluso ha tomado dientes sanguinolentos con las manos para examinarlos. No
le he dicho nada acerca de usted y ella tampoco. Supongo que es lo mejor».
Tres semanas más tarde recibimos paite de los honorarios por la consulta. Una
semana más tarde vino y dijo: «No sé por qué quiere verme. No hay razón alguna.
Tuve que cambiar de trabajo. Mi jefe se ha alistado en el ejército. Así que tengo
otro trabajo. Con el doctor Y (un dentista que practica extracciones!. Me gusta
trabajar de asistente dental».
Unos días más tarde, recibimos una llamada de ella. Preguntó cuánto debía de
la factura y pidió disculpas por haber tardado en pagarla. Se le preguntó por el
trabajo y respondió que era maravilloso y que enviaría un cheque inmediatamente,
tal como hizo. Se sabe que, al menos un año después, se mantenían los
excelentes resultados de su terapia.
Comentario
Es difícil comentar este informe sin enfatizar lo obvio. Uno está tentado de decir
que esta experiencia demuestra que, a veces, la psicoterapia breve puede ser
muy efectiva; que la afirmación de que el inconsciente siempre ha de sacarse a la
luz, al mundo consciente, para conseguir resultados terapéuticos es más que
dudosa; y que el concepto de distorsión del tiempo en sí mismo ayuda a la
sanación terapéutica.
La paciente no sabía ni ha sabido después —ni el autor tampoco— la causa de
su problema. También es probable que otro tipo de terapia hubiese llegado al
mismo tipo de resultados. Sin embargo, el hecho es que, cualquiera que fuese su
problema, se ha demostrado que el concepto de distorsión del tiempo es aplicable,
bajo condiciones adversas, a la hora de satisfacer las demandas del paciente.
Paciente E
Incluimos el siguiente caso por dos razones. Por un lado, ilustra un problema
comparable a la historia anterior, en la que, después de mucha terapia previa, todo
el resultado terapéutico estuvo determinado por el manejo de una sola sesión. Por
otro, la situación que vamos a plantear podía haberse resuelto mucho antes
mediante la distorsión del tiempo (con muchas ventajas), pero fue imposible ya
que se trataba de un caso anterior al trabajo experimental de Cooper. Visto en
retrospectiva, teniendo en cuenta lo que sucedió y el resultado final, la utilización
de la distorsión del tiempo podía haber resuelto las dificultades iniciales que se
presentaron.
Dos jóvenes de unos veinticinco años habían sido íntimas desde la niñez. Ahora
compartían piso y trabajaban en la misma ocupación. En realidad, se habían
influenciado mutuamente a la hora de escoger su profesión. Ambas pertenecían a
una minoría racial y habían crecido en una comunidad con problemas de ese tipo.
Ambas sufrían de cierta discriminación en su vida cotidiana y en el trabajo.
Confiaban la una en la otra y se daban apoyo y ánimos. Se puede decir que la
identificación entre ambas era muy fuerte y que su relación era prácticamente
familiar, de hermanas. Su ajuste dentro de su propio grupo era bueno, aunque
muchos las calificaban de neuróticas y ellas mismas reconocían sus pautas de
conducta neuróticas. Desde hacía tiempo, se recomendaban la una a la otra la
búsqueda de psicoterapia, pero ninguna tenía el coraje para hacerlo.
Sus neurosis se hicieron más profundas y, una noche, Kay se quejó de que se
había sentido extraña todo el día. Peg intentó consolarla, pero la encontró
especialmente intratable. A la mañana siguiente, Kay se encontró todavía peor y,
de camino al trabajo, su errática conducta atrajo la atención de la policía. Cuando
la hospitalizaron, manifestó un estado catatónico agudo.
Durante un mes, Peg estuvo dándole vueltas al caso de Kay. Se preguntaba
obsesivamente «si debería dejarse ir como Kay». Su rendimiento laboral cayó en
picado y se pasaba mucho tiempo mirando al vacío.
Finalmente, y a su pesar, se decidió a buscar ayuda terapéutica. Consultó a
cuatro psiquiatras, dos de los cuales dijeron que tenían la agenda llena y los otros
dos que no tenían la formación necesaria para un caso como el suyo. Entonces
fue enviada al autor. Los otros psiquiatras que la reconocieron dijeron que la
paciente era «una catatónica incipiente o quizá total» y no era susceptible a la
terapia en ese momento.
Desde el principio se empleó la hipnoterapia, pero el progreso era lento,
dificultoso e incierto. Varias veces nos dio la impresión de que estaba a punto de
entrar en una psicosis. Durante las entrevistas, tanto en el estado de vigilia como
en el de trance, ponderaba la idea de «renunciar» y «dejarse ir como hizo Kay».
Una tarde, entró en la consulta para su cita habitual con un aspecto totalmente
diferente, con un vestido, sombrero, zapatos y bolso nuevos. Muy seriamente y
asustada, declaró: «No sé qué estoy haciendo. No me puedo permitir estas
prendas. Pero he decidido que me doy la última juerga antes de que me encierren.
Quizá mi inconsciente sepa todo eso».
Con esta frase, cerró los ojos y desarrolló un trance profundo. Se le preguntó
por qué había comprado todas esas ropas nuevas. Respondió: «No lo sé. O me
pongo bien o me pongo peor. Despiérteme».
Se despertó con una amnesia aparente del estado de trance. Inmediatamente
preguntó: «¿En vez de trabajar, podemos tener una conversación informal?».
Sin embargo, después de unos cuantos comentarios corrientes, declaró que de
repente había recordado lo que soñó la noche anterior. El sueño era
tremendamente importante, pero no podía recordar su contenido. Quizás un poco
de reflexión le ayudaría a recordar.
Después de un par de minutos de silencio, dio un salto y gritó: «No, no, no
recordaré nada más. No lo haré. Es demasiado horrible. Voy a olvidarlo de manera
que no recuerde nunca el resto del sueño. Es demasiado horrible. Me volvería loca
si lo recordase».
Entonces, hablando para sí misma, procedió a suministrarse una serie de
autosugestiones que seguían la pauta de trabajo general del autor. Su intención
era provocarse una amnesia. Acabó con un comentado autocomplaciente: «He
olvidado algo. Ni siquiera sé de qué se trata, pero sé que no puedo ni pensar en lo
que podría ser. Está completamente olvidado».
Continuó después con un tono contenido, asustada: «Sé que he hecho algo que
no debería haber hecho, pero no sé qué es. Era algo sobre olvidar, pero no lo sé.
Estaba mal, pero estoy contenta de haberlo hecho, horriblemente contenta. Pero
ahora tendré que abandonar la terapia porque no hay esperanza para mí y estoy
contenta. ¡Buenas noches!».
Con dificultad se la convenció para que se quedase un poco más, pero
continuaba diciendo: «No sirve para nada».
Sin embargo, fue finalmente inducida a revisar superficial y desinteresadamente
una parte del trabajo que habíamos llevado a cabo en otras sesiones, aunque
seguía firme en su decisión de no permitir más hipnosis.
Finalmente, se la persuadió para que permitiese al autor intentar averiguar lo
que había hecho que estaba tan mal. Eso que había destruido su vida. Accedió sin
muchas ganas, pero de nuevo insistió en que no se debía utilizar la hipnosis.
Se le ofreció una serie de especulaciones entre las cuales, azarosamente, se
incluían soñar, recordar un sueño y olvidar un sueño. Escuchó con atención, pero
descartó cualquiera de las posibilidades.
Entonces, anunció su intención de irse en ese instante e ir a visitar a Kay,
«porque voy a hacer algo horrible cuando llegue a su lado».
Se le pidió encarecidamente que se quedase un poco más para complacer al
autor. Al final decidió quedarse un poco más, de pie, recorriendo el despacho. La
paciente sonrió, dio una vuelta sobre sí misma, movió los brazos, se rió
nerviosamente y se quedó mirando abstraídamente al espacio. Todavía se podía
atraer su atención, aunque durante poco rato.
Al final, después de mucho esfuerzo, consintió en ser hipnotizada, pero declaró
que terminaría el trance y que saldría de la oficina para no volver a pisarla jamás si
se intentaba el mínimo esfuerzo por investigar en ella o llevar a cabo una terapia.
Así que se le provocó un número de trances que se utilizaron para demostrar
algunos fenómenos hipnóticos comunes de una manera impersonal.
En un momento ciado, se intentó utilizar la bola de cristal, pero ella protestó
diciendo que ya la había utilizado con fines terapéuticos. Se la tranquilizó
haciéndole alucinar un rosal y contando las flores después.
Sin embargo, cualquier intento de despersonalización, desorientación o
regresión provocaba una rápida protesta y amenazas de despertarse y marcharse.
Se invirtieron más de cuatro horas en intentar hacernos con el control de la
situación. En retrospectiva, se entiende que la distorsión del tiempo podía haber
resuelto el problema en mucho menos tiempo. Al primer desarrollo de una
reacción adversa, podía haberse dado un cambio de la situación terapéutica a una
situación experimental sencilla que comprendiese la distorsión del tiempo.
Entonces, con toda probabilidad, su conducta hubiese sido la de los pacientes B o
E.
Sin embargo, después ele mucho esfuerzo, surgió una solución gracias a una
estrategia afortunada y muy sencilla.
Se le dijo: «Como está terminando la terapia y no la volveré a ver, me gustaría
pedirle un favor de despedida, Tengo la esperanza de que lo lleve a cabo. Se trata
de lo siguiente. Usted ha entrado antes con ese nuevo vestido y me ha encantado
verla. Ahora, me gustaría hipnotizarla y enviarla fuera de la consulta para que
entre de nuevo. Así, podría revivir ese momento tan encantador. ¿Lo hará?
La paciente aceptó y se le indujo un trance profundo. Se le dijo: «Salga, dé
unos pasos por la recepción, vuelva y entre en el despacho exactamente de la
misma manera como ha llegado. Salúdeme de la misma manera'.
En su voluntad de hacerme ese último favor, no se dio cuenta de lo que decían
realmente las instrucciones y, por eso, no pudo percibir las implicaciones de las
mismas. La paciente obedeció las instrucciones y volvió a entrar en la consulta,
pero en realidad regresó en el tiempo a la situación anterior a su llegada. Por lo
tanto, se había producido una amnesia de todo lo ocurrido en la consulta.
En este nuevo escenario no resultó difícil provocar un segundo curso de los
acontecimientos.
Mediante técnicas de disociación, despersonalización, desorientación, y
observación de la bola de cristal, la paciente pudo conseguir una adecuada
comprensión del sueño y de la conducta alterada relacionada con él.
Después de eso, el curso de la terapia fue favorable y rápido. Después de ocho
años se ha sabido que la paciente seguía en buen estado de salud mental.
Comentario
Es posible pensar que este caso, como el del paciente A, no pertenece a los
ejemplos de terapia con distorsión del tiempo. Sin embargo, ilustra —y muy
claramente porque es retrospectivo— cómo, de haber contado con él, el concepto
de distorsión del tiempo se podría haber aplicado en una situación terapéutica de
extrema dificultad. En su ausencia, se tuvo que pasar por horas de ansiedad inútil
—lo cual no beneficia para nada al paciente— hasta que se encontró una
estrategia afortunada de manipulación psicológica para satisfacer las necesidades
del paciente. De otra forma, el resultado probable hubiese sido lamentable.
Por ello, este caso ilustra la constante necesidad, en todo campo de actuación,
de revisar el pasado en términos de nuevas comprensiones y, gracias a ello,
conseguir un mejor entendimiento de lo anterior y lo nuevo.
Paciente F
Este último caso trata de un paciente con un problema psiquiátrico de muy lento
progreso terapéutico y, en general, mucha dificultad. Sin embargo, en cuanto se
probó la técnica de la distorsión del tiempo apareció la solución.
El paciente, de unos veinticinco años, se quejaba de una amplia variedad de
síntomas. Sufría de miedos obsesivos ante la propia homosexualidad; tenía
frecuentes dolores de cabeza muy incapacitantes; era un individuo muy temeroso
y tímido; vivía sin interés alguno hacia nada; era agorafóbico y claustrofóbico y
tenía miedo de mirar a las mujeres porque las consideraba criaturas espantosas.
De una manera inexplicable, había algo que lo obligaba a temerlas.
Esos síntomas, de más de seis meses de duración, se habían desarrollado
rápidamente unos dieciocho meses después de que acabara el servicio militar,
pero no podía atribuirlos a ningún conjunto de circunstancias ni a un momento
dado. Simplemente, se habían desarrollado con tal rapidez que no era capaz de
recordar su aparición, ni el orden en que aparecieron.
La historia personal que relató no mostraba nada significativo y ni siquiera
estaba interesado en hablar de ello. Toda su preocupación venía expresada por
una repetición de su situación presente.
Sin embargo, se supo que su historial militar era encomiable y que había tenido
una activa experiencia de combate. Una vez fuera del ejército, se había dedicado
a visitar algunos familiares en el este y, después, había viajado a Arizona en
busca de empleo.
Poco después, su padre y su madrastra se trasladaron a Arizona a causa de la
salud del primero. Como no vivía" con ellos, los iba a visitar todas las semanas. De
hecho, lo estuvo haciendo así hasta poco antes de empezar la terapia y les
ayudaba con buena voluntad. Su relación con ambos siempre había sido buena.
Su madre había muerto «cuando yo era sólo un niño pequeño. Tenía diez años.
Era muy buena con todos sus hijos. Éramos once. Murió de repente, creo que del
corazón. Éramos realmente pobres y fue una lucha continua para salir adelante.
Nos pusimos muy contentos cuando se casaron papá y mamá. Las cosas fueron
más sencillas entonces».
La entrevista nos llevó a otro tema que podía ser de significación. Se trataba de
que poco antes de la aparición de sus síntomas, contrariamente a sus hábitos,
había estado durmiendo mal. Había tenido pesadillas, pero no se podía acordar de
ninguna.
Entonces, una mañana, de camino al trabajo, vio a una chica hermosa, pero
cuando la miró bien descubrió que tenía la horrible apariencia de un «cadáver en
descomposición». Huelga decir que se asustó muchísimo. Calle abajo, vio a otra
chica que se aproximaba; cuando la pudo ver bien, distinguió perfectamente los
rasgos de otro «cadáver en descomposición». En ese momento, empezó a tener
dudas sobre su salud mental, que se confirmaron cuando se dio cuenta de que
todas las chicas de la calle se le iban apareciendo con ese espantoso aspecto.
Cuando llegó finalmente a la fábrica donde trabajaba entre un grupo de hombres,
se sintió protegido y agradecido, pero atraído hacia ellos emocionalmente de una
«manera horrible y sentimental».
A partir de entonces, el camino de ida y vuelta al trabajo resultó una pesadilla
para él.
El día de paga tuvo que permanecer de pie, en una pequeña oficina, delante de
una joven administrativa, esperando a que le diesen el cheque. Se empezó a
sentir oprimido por la pequeñez de la sala, atrapado y sin esperanza. Después de
esta experiencia ya no pudo dormir si no era con las ventanas abiertas y la puerta
entornada. Durante la noche se despertaba repetidamente para ver si todo estaba
bien.
Después de eso, acudió en busca de terapia porque se veía en el límite de la
locura. La única alternativa posible a la medicina era el suicidio.
Varias semanas de entrevistas terapéuticas no dieron más fruto que
repeticiones del material anterior. El paciente le tenía aversión a la hipnosis e
insistía en que si hablaba lo suficiente, conseguiría sacarlo todo».
Finalmente, debido a que sus fondos se habían agotado, se dejó convencer
para llevar a cabo una experiencia hipnótica y así poder acelerar la terapia. Sin
embargo, seguía insistiendo en que la terapia tenía que realizarse íntegramente
en estado de vigilia. Aceptamos esta última condición, lo cual quería decir que se
iba a utilizar la hipnosis sólo para llegar hasta su material inconsciente, pero que
se hablaría del mismo en estado de vigilia.
El paciente resultó ser un buen sujeto hipnótico y, después de un entrenamiento
exhaustivo para asegurar una buena actuación hipnótica, se le pidió permiso para
llevar a cabo una acción terapéutica. Respondió que no e insistió de nuevo en que
la terapia sólo podría ser en vigilia.
En consecuencia, se le dijo que llevaríamos a cabo un experimento de diez a
veinte segundos que le permitiría, sin duda, llegar al fondo de sus dificultades.
Animado por la brevedad de la tarea, accedió rápidamente.
Se le enseñó sistemáticamente acerca de la distorsión del tiempo de la misma
manera que se ha descrito con anterioridad. Después de esto, se le dieron las
siguientes instrucciones:
Con este cronómetro le daré veinte segundos de tiempo normal. En su tiempo
experiencial especial, esos veinte segundos serán horas, días, semanas, meses e
incluso años de vida experiencial. Cuando diga «Ahora», empezará el experimento.
Cuando diga «Pare», se acabará. Durante esos veinte segundos de tiempo real se
sentará calladamente, sin hablar ni moverse, pero mentalmente, en su inconsciente,
realizará el experimento, tomándose todo el tiempo que necesite. Esto lo hará con
mucho cuidado. Tan pronto como le dé la señal de inicio, le diré qué es lo que tienen
que hacer y usted lo llevará a cabo. ¿Está preparado?
«Ahora», vaya a las causas de su problema. Ahora.
«Pare.
Inmediatamente se despertó, suspiró profundamente, se limpió el sudor de la
cara y dijo: «Fue mi madre. Siempre me decía que confiase en ella. Estaba tan
enfadado con ella cuando murió que la odié».
Se detuvo y siguió explicando lo que había experimentado de una manera
bastante parecida a como lo había hecho el paciente B, pero sin vivirlo tan
intensamente. Utilizó unos tiempos verbales parecidos e intercaló explicaciones tal
como había hecho el otro paciente.
A continuación, se transcribe un resumen de lo que dijo:
Era pequeño y estaba sentado en su regazo. Volví de la escuela, me caí y me mordí
la lengua y ella me dijo que confiase en ella. Era su manera de consolarme, pero
supongo que yo no lo entendí. El gato me arañó [se frota la mano). Siempre me decía:
«Confía en mí». Me prometió que tendría una fiesta de cumpleaños cuando me hiciese
mayor. Esperé y esperé, cientos de días, puedo sentir esa espera ahora mismo. Fue
mucho tiempo. Siempre la esperaba para meterme en la cama, era buena. Esperé a
que me diese un centavo para un caramelo, esperé y esperé. Siempre decía: Confía en
mí». Todo ha ocurrido muy deprisa y en esta sala, pero pensaba que estaba de vuelta
en Pensilvania. Tuve que correr a casa desde la escuela porque había estado
demasiado tiempo jugando y era tarde. Y siempre, siempre, siempre la oía decir:
«Siempre confía en tu madre, confía en ella, siempre puedes confiar en tu madre». Me
estuvo diciendo eso a lo largo de todos esos años.
Ahora ya no soy el niño de entonces, pero todo lo que pasaba cuando mi madre me
decía «confía en mí» me ha sucedido ahora mismo, aquí.
Eran tantas cosas. Se las puedo contar todas si es necesario, aunque no creo que
haga falta porque todas conducen a lo mismo. [Se le dijo que podría explicar más
detalles después]
Cumplía diez años ese día. Madre me prometió una cena especial de cumpleaños y
un pastel. Éramos demasiado pobres para tener esas cosas. Yo quería celebrar mi
cumpleaños desesperadamente. Ella me estuvo diciendo todo el día: «Confía en tu
madre. Te haré el pastel, el mejor que has comido en tu vida». Va a la cocina. Se
detiene. Veo que se pone pálida. Dice que le duele el brazo y el hombro y se va a la
cama. Yo me siento a su lado y la veo morir. Lo último que me dijo fue: «Confía en mí».
Estaba muy enfadado con ella, me prometió y siempre me pidió que confiase en ella y
yo lo hice, pero no pude celebrar mi cumpleaños. La odiaba, y estaba triste también.
No sabía qué sentir y estaba asustado. Pero lo olvidé todo. Lo he recordado aquí.
Después papá y mamá vinieron a Arizona. Yo les he estado visitando regularmente.
Entonces, hace poco, papá me dijo que tenía cáncer y que los doctores le habían dicho
que sólo le quedaba un mes de vida. (En realidad, su padre vivió casi un año más.] Me
sentía muy mal. He podido oír que me lo decía ahora, de la misma manera que me lo
dijo entonces. Después, mamá dijo: «Éste es nuestro décimo aniversario», y me quedé
helado. Lo he oído aquí de la misma forma que me lo dijo entonces. Entonces, me fui a
dormir, pero no podía conciliar el sueño porque sólo veía cuerpos muertos. Los odiaba.
Eran mi madre. Y todos decían: «Confía en mí». Intenté correr hacia papá y subir a su
regazo. Quería que me amase y me consolase y me rodease con sus brazos. Y no
podía encontrarlo en ningún sitio y allá donde miraba me encontraba con mi madre
diciendo: «Confía en mí».
Y al día siguiente todo empezó. Las chicas de la calle, mis ideas locas y todo eso.
Así es como empezó mi problema. Ahora ya se ha acabado.
El paciente tenía razón. La terapia estaba prácticamente concluida. Sólo fueron
necesarias unas cuantas entrevistas más en las que se revisaron varios incidentes
del pasado. Se analizaron sus pensamientos y emociones confusas, como niño, y
el desarrollo posterior de intensas reacciones de culpa.
Ha pasado un año y sabemos que el paciente está comprometido en
matrimonio. Es feliz y equilibrado.
Comentario
Sólo podemos especular acerca de cuánto tiempo hubiese requerido la terapia
usando otros métodos. Por otro lado, cabe preguntarnos cómo la distorsión del
tiempo, en veinte segundos, pudo efectuar una retirada de tantas represiones y
activar nuevas comprensiones experimentales sobre su vida real.
Indudablemente, los esfuerzos anteriores a la experiencia hipnótica, así como la
comunicación que habíamos establecido con él, fueron los cimientos que hicieron
posible tales resultados terapéuticos. En opinión del autor, llevar a cabo la
experiencia de distorsión del tiempo desde el principio no hubiese sido lo mejor.
Pero, de todas maneras, los resultados indican que la distorsión del tiempo tiene
unos efectos clínicos y terapéuticos importantísimos.
Resumen general
Quizá la mejor manera de resumir estos estudios clínicos sea referir al lector a
las conclusiones del final de la parte experimental de este libro.25 Si lo hacemos
así, encontraremos un paralelismo claro entre hallazgos experimentales y clínicos.
El estudio del concepto de distorsión del tiempo mediante investigación
experimental controlada nos permitió descubrir dinámicas de gran interés para la
psicología. Después, intentamos utilizar el mismo concepto, independientemente,
25
Se refiere al libro Tline Distorfion in Hipnosis, lialtimore, Williams & Wilkins, 1954. Reimpreso con el permiso de la editorial.
en un campo diferente, el de los problemas terapéuticos y clínicos. Los resultados
confirmaron y complementaron los hallazgos experimentales. Los éxitos
terapéuticos obtenidos confirman la validez del concepto de distorsión del tiempo y
su aplicabilidad a los problemas psicológicos.
Queda ahora, por otro lado, la necesidad de realizar más estudios sobre
distorsión del tiempo, tanto como problema psicológico experimental como
concepto aplicable al trabajo terapéutico y clínico.
Bibliografía
Cooper, L. F., «Time distortion in hypnosis: I.», en Bulletin of the Georgetown
University Medical Center, 1948, na 1, págs. 214221.
Cooper, L. F. y Erickson, M. H., «Time distortion in hypnosis: II.», en Bulletin of
the Georgetown University Medical Center, 1950, ne 4, págs. 5068.
12
PSEUDOORIENTACIÓN EN EL TIEMPO
COMO PROCEDIMIENTO HIPNOTERAPÉUTICO26
Milton H. Erickson
En todo trabajo psicoterapéutico se presenta siempre la necesidad de utilizar
las experiencias y comprensiones comunes propias de la vida diaria y adaptar tal
utilización a las necesidades únicas del paciente individual. Por lo tanto, la
psicoterapia debe ser necesariamente experimental, ya que no se pueden prever
los procedimientos exactos que necesitará ningún paciente. Y diremos más, la
psicoterapia como disciplina se halla todavía en el curso de su desarrollo y, por
ello, existe la necesidad de continuar con los estudios experimentales.
Los siguientes casos servirán para ilustrar una técnica experimental y
terapéutica empleada por el autor durante los últimos quince años. Esta técnica se
basa en la idea general de que la práctica lleva a la perfección, de que la acción
una vez iniciada continúa y que las acciones son el inicio de la esperanza y las
buenas expectativas. A partir de estos principios, se crea una situación terapéutica
en la que el paciente puede responder de manera efectiva a unos objetivos
terapéuticos deseados, porque esos objetivos, en su realidad subjetiva, ya se han
conseguido.
Como se verá a continuación, esto se consigue empleando la hipnosis y
usando, al contrario de lo que se hacía con la regresión en el tiempo, una técnica
de orientación hacia el futuro o «proyección en el tiempo». El paciente puede
conseguir ver sus objetivos realizados (se trata de una visión disociada, distante,
objetiva y subjetiva a la vez), sin darse cuenta de que esos logros son expresión
fantasiosa de sus esperanzas y deseos.
Paciente A
El primero de estos casos es el de un hombre de 30 años, divorciado, con un
empleo sencillo en una oficina, que vivía en una pensión de mala muerte y no
tenía amigos ni amigas. No leía, no iba a la iglesia ni al cine, comía siempre en el
mismo restaurante barato y su única actividad lúdica era dar paseos sin rumbo en
su coche, por el campo.
Durante tres años había estado bajo los cuidados de un médico debido a sus
innumerables quejas somáticas que afectaban a diferentes partes de su cuerpo.
En un momento dado, fue hospitalizado como posible candidato para cirugía
26
M. H. Erickson, pseudoorientation in time as a hypnotherapeutic procedure», en journal vf cllnlcal and
experimental hipnosis, 1954, n" 2, págs. 261283. Copyright society for clínica! And experimental hypnosis.
abdominal. En cuanto ingresó en la unidad de cirugía, reaccionó traumáticamente
desarrollando un terror extremo, sollozando, gritando y quejándose de dolor
abdominal agonizante. Una laparoscopia exploratoria mostró que no tenía ningún
problema, pero aun así se le practicó una apendicetomía rutinaria. Su
convalecencia duró un mes y estuvo caracterizada por la abundancia de sus
quejas, incluso más de las que había expresado antes. Además, estaba
periódicamente deprimido, lloraba frecuentemente y no quería dejar el hospital. La
operación y su conducta lo convencieron de que era un «cobarde», de que «no
era bueno», «no valía nada» y era «incapaz de ser un hombre».
A partir de ahí, su vida se resintió a nivel personal y económico. Se visitaba con
el médico de dos a cuatro veces a la semana quejándose de debilidad, dolor de
espalda, dolores de cabeza, dolores gástricos, etc. Todos sus esfuerzos para
remitirlo a psiquiatras resultaron inútiles. Ellos no le «entendían». A su vez, los
psiquiatras le decían que tenía «un problema de carácter», una «personalidad
inadecuada», que era un «hipocondríaco profundo» y que tenía una «personalidad
psicopática del tipo constitucional inferior». Todos coincidían en que no era
susceptible de ser tratado. Sin embargo, la opinión clínica del autor era muy
diferente.
Unos dieciocho meses después de su laparoscopia, acudió al autor en busca de
hipnoterapia. Trajo consigo la extensa historia clínica que le había facilitado su
médico.
En breve, se estableció una buena comunicación con el paciente. Estaba
lastimosamente dispuesto a ser hipnotizado y demostró ser un buen sujeto
hipnótico. Lo visitamos durante un mes, una vez a la semana, en sesiones de tres
a cuatro horas. Durante ese tiempo, nos encargamos de enseñarle a desarrollar
rápidamente todos los fenómenos hipnóticos que existen. Se le indujo una
amnesia profunda de todas esas sesiones. No se intentó ninguna otra terapia
aparte del establecimiento de una buena comunicación y una sensación general
de confianza.
Las dos sesiones siguientes consistieron en alucinar una serie de bolas de
cristal.27 se trataba de ver en ellas una gran cantidad de experiencias traumáticas
de su vida. Estas representaciones alucinadas eran «fijas», esto es, podía
observar una escena, luego otra y volver a la primera sin tener que realucinar. Por
consiguiente, podía verse a sí mismo en varias situaciones y en diferentes
momentos de su vida. Podía observar su conducta y sus reacciones, hacer
comparaciones y contrastes y notar la amenaza de continuidad en sus reacciones
de un momento de su vida al siguiente.
27
La idea de las bolas de cristal es algo que los pacientes entienden con mucha facilidad, son manejables y, por lo
tanto, muy convenientes.
En esas dos sesiones, el paciente asistió a una serie muy amplia de eventos.
Su reacción a la experiencia total era de resignación y desesperanza. «cualquiera
a quien le hubiese sucedido lo que a mí no tendría muchas oportunidades.»
incluso después de ser despertado con amnesia en cada una de las sesiones, el
paciente mostraba un estado de ánimo decaído y deprimido.
La siguiente sesión la pasamos hablando, en estado de vigilia, de las cosas que
deseaba para él mismo, de sus esperanzas y de las ideas que tenía acerca de lo
que podría hacer. Hay que decir que no se pudo sacar mucho provecho de esta
jornada, porque el paciente se pasó la mayor parte del tiempo enfatizando sus
quejas, planteándolas como insuperables barreras. Al final de la sesión se
encontraba de lo más descorazonado.
Al día siguiente, lo hipnotizamos y le instruimos para que repitiese la tarea de la
sesión anterior. Sus esperanzas para el futuro eran las siguientes:
1. El placer de un estado físico «razonablemente sano».
2. Una situación económica «como la de la mayoría de la gente».
3. Un equilibrio personal suficiente para «salir adelante» y poder
Llevar a cabo actividades sociales, cultivar intereses personales, para
Divertirse y tener amigos.
4. No «experimentar» demasiado miedo, ansiedad y compulsiones.
5. «tener suficiente valentía para comportarse como un hombre» si alguna vez
lo operaban o para defender sus derechos y «pelearse por ellos como un
hombre».
6. Ser capaz de «tomarme las cosas un poco mejor». Las cosas malas que
puedan pasar y las que han pasado ya.
7. Poder tener «suficiente madurez» emocional para casarse por amor y no
porque le «dé lástima a alguien».
Se le despertó con amnesia y partió con un estado de ánimo general deprimido.
En las dos sesiones posteriores, como en las anteriores, sólo se trabajó para
que diese más de esas respuestas. En la siguiente sesión, después de hablar una
vez más de sus expectativas de futuro, se le dijo: «ahora tendrá la oportunidad de
mirar al pasado, de revisar sus quejas y dificultades y de recordar el desarrollo de
la terapia. Podrá examinar todo lo que logrará gracias a la terapia. Esos objetivos
que usted se planteaba. Sin embargo, éstos no se harán realidad hasta pasado un
tiempo, probablemente varios meses después de la terapia.
Después, se le hipnotizó profundamente y se le repitieron las mismas palabras.
Todavía en estado sonambulístico, se le desorientó en el tiempo28 y se le reorientó
a una fecha futura29.
28
Esencialmente, se trata de una técnica sencilla, aunque minuciosa, en la que al sujeto profundamente hipnotizado se le
recuerda la fecha en la que se encuentra ahora; se le dice que los segundos, los minutos y las horas están pasando; que el
mañana se acerca, que ya está aquí y que ahora es ayer; que a medida que pasan los días, esta semana se acabará pronto
3. La proyección del paciente fue de unos cinco meses acabada la terapia. En
ese momento —en el de la proyección— se encontraba en la consulta del autor
para una revisión ele control. El propósito de la visita, por lo tanto, era explicar lo
que le había sucedido desde la última vez.
Se le ofreció la sugestión (que rápidamente aceptó) de que le gustaría hacer un
resumen de su situación pasada tal como aparecería en la bola ele cristal. El
paciente tardó unos diez minutos en hacer esta revisión alucinatoria. Durante ella,
sus manifestaciones emocionales fueron más bien de interés y comprensión y no
de temor, ansiedad y preocupación, como había mostrado con anterioridad.
Después, se le sugestionó con la idea de que podía visualizar los
acontecimientos subsiguientes —es decir, los correspondientes a los cinco meses
pasados desde que acabó la terapia— en otra serie de bolas de cristal. Por lo
tanto, podría disfrutar viendo el progreso desvelando cada acontecimiento tal
como ocurrió.
El paciente accedió entusiasmado y, a medida que veía las escenas en las
bolas de cristal, su entusiasmo y alegría aumentaban. Frecuentemente,
comentaba excitado alguna escena o le pedía al autor que observase lo que
sucedía.
Algunas de las escenas eran las siguientes (resumidas):
1. Estoy bajando por una calle. Voy a ver al doctor x [su médico]. No, no paro
allí. Pienso: «gracias a dios, no tengo que ir allí otra vez».
2. Estoy nadando y, míreme, voy a zambullirme de un salto desde lo alto.
3. Mire, estoy pidiéndole al jefe un aumento. Me lo va a dar. Diablos, no he
podido oír de cuánto se trataba. Eso no lo entiendo. [se distrajo con algo.] 30
4. ¡Pero bueno! ¿ha visto usted eso? Es el caradura que siempre aparca su
coche delante del mío para que no pueda salir. Siempre me hace esperar inedia
hora. Ahora le digo que se largue y pienso lo inocente que era dejando el coche
donde ése podía jugármela.
y que el mes que viene será el actual. Se ha de prestar especial atención a la verbalización al pasar del futuro al presente y
al pasado. Hay que hacerlo fácil y gradualmente, sin precipitarse.
29
La fecha de regresión, como consecuencia de lo hablado con el paciente tanto en vigilia como en trance, será
necesariamente la de unos meses en el futuro. La fecha de proyección es mejor que la decida el sujeto, ya que el
hipnotizador puede escoger una que no sea la adecuada. Por ejemplo, si se desea determinado día futuro, digamos, el
próximo cumpleaños, se deberá orientar al sujeto a «unos días antes de su próximo cumpleaños. Después, sólo se trata de
dejar que el sujeto escoja exactamente cuándo quiere situarse. Cuando la fecha futura es desconocida, se puede hacer que
el sujeto mire a través de la ventana y describa lo que ve, y así esto nos revelará la hora del día, la estación del año y el lugar donde nos
hallamos. Por ejemplo, un sujeto nos describió un día de compras de navidad en una ciudad lejana.
30
Se debe estar siempre alerta para evitar cualquier pensamiento indebido que pudiera romper la
orientación psicológica establecida.
5. Estoy en el cine. [se le preguntó qué película era] ¿a quién le interesa? Yo
estoy besuqueándome con mi novia.
6. Ésa es otra chica. La llevo a una galería de arte y después vamos a cenar.
Es guapa.
7. Estoy dando un discurso a un grupo de hombres. Me pregunto sobre qué
hablo porque antes he dado otro discurso y los confundo. No puedo ver bien.
8. He pintado mi coche y me he comprado un traje nuevo. Me queda bien.
Incluso lo llevo en el trabajo.
El paciente no quería dejar de observar las bolas de cristal, expresando el
placer de ver todos esos logros. En realidad, deseaba seguir describiéndolos.
Sin embargo, se le reorientó al momento actual y se le dieron instrucciones
poshipnóticas para que tuviese una amnesia completa de todo lo que había
ocurrido durante la sesión. Se marchó, quejándose de extrema fatiga.
En la siguiente sesión, se usó la misma rutina. Se le orientó unos siete meses
en el futuro, a lo que dio una respuesta similar.
Se le dijo lo siguiente:
Según recuerdo, le vi la última vez hace unos dos meses. Vino para informarme
de sus progresos. Usted entró en trance y visualizó bolas de cristal para darme
información.
Ahora, suponga que esta noche recuerda las cosas que dijo y vio hace dos
meses. No importa nada lo que yo dijese; recuerde sólo las cosas que usted dijo y
vio mientras me daba esa información. [el objetivo de esto último era evitarle que
recordase las instrucciones hipnóticas.)
Ahora, revise todo eso. Algunos de los recuerdos se remontan a nuestro primer
encuentro e incluso a momentos anteriores, los que iniciaron el problema. Piense
en ellos detenidamente y después coméntelos conmigo.
Básicamente, dijo lo siguiente:
Cuando vine por primera vez a su consulta estalla realmente hecho un lío. Parecía
un niño lloroso. No sé cómo me aguantó, el doctor x se merece una medalla de oro por
todo lo que ha tenido que soportar. Me avergüenza sólo pensarlo.
Realmente no sé que sucedió. Era como un sueño, pero no lo era. Todo lo que
usted dijo se hizo realidad. Era un niño pequeño, después mayor y, a veces, las dos
cosas a un tiempo. De alguna manera me hizo vivir mi vida de manera que podía verla.
Realmente la vi y la viví.
Entonces, me hizo ver las imágenes de mi vida en unas liólas de cristal. Estaba en
bolas de cristal. Pero también estaba fuera viéndome. Algunas de las cosas que vi eran
bastante tristes. Pero, de hecho, yo estaba muy triste también.
Pero lo que realmente me gustó fue cuando me dijo que le contase todas las cosas
que quería hacer. Entonces, de alguna manera empecé a hacerlas. No lo entiendo
porque debía estar en esta sala y no estaba. [se le interrumpió inmediatamente y se le
dieron instrucciones hipnóticas para que dijese sólo lo que vio e hizo, pero que no
intentase entender la situación.]
Bien, hice todas esas cosas. ¡me sorprendió de verdad! Chico, me sentía realmente
bien. Disfruté haciéndolas. Me quedé muy sorprendido al invitar a esa chica a quedar
conmigo. Es muy guapa. Y el aumento de sueldo fue de diez dólares. Cuando le dije a
ese caradura que quitase el coche de delante del mío, se lo tomó como un hombre. ¡y
yo me sentí como un hombre también! Tengo que ir a ver al doctor x uno de estos días
porque realmente estaba preocupado por mí. Supongo que creía en mí, aunque no me
ayudase.
El paciente continuó revisando todos esos logros con confianza y placer.
Parecía que, para él, todos esos logros eran realidades absolutas.
Cuando parecía que acababa, se le dijo que iba a ser hipnotizado. De esta
manera, fue posible reorientarlo al presente. De nuevo, como en la sesión anterior,
se le dieron muchas sugestiones poshipnóticas para inducirle una amnesia de
todos los hechos del trance.
Todavía en estado de trance, se le instruyó de manera ambigua de que su
próxima cita iba a tener lugar la próxima semana, pero que podría ser así o no; se
le dijo que varios acontecimientos determinarían la hora y la manera en que
tendría lugar el encuentro. Sin embargo, nos íbamos a ver de nuevo con toda
seguridad, si no durante la semana siguiente, al cabo de dos meses.
Se le despertó con instrucciones poshipnóticas de que tendría amnesia y se le
se despidió sin hacer mención a ninguna cita futura. Parecía estar exhausto y
absorto.
La siguiente visita tuvo lugar ocho semanas más tarde. Traía un traje nuevo y
su coche estaba recién pintado. También había comprado nuevas fundas para los
asientos. Lo acompañaba una atractiva joven, una secretaria. Lo primero que dijo
es que quería informar al autor de las últimas novedades de su vida. Dijo lo
siguiente:
Al cabo de una semana de la última sesión se sintió confuso y extraño, pero al
mismo tiempo tenía la «sensación» de que «iba a suceder algo bueno». Entonces, un
día, en el trabajo, se puso a pensar en su próxima cita con el autor, pero antes de que
pudiera aclararse, le pidió impulsivamente a su jefe un aumento de sueldo. No sólo se
lo concedió, sino que le dieron un cargo mejor. Esto le proporcionó una tremenda
sensación de euforia y confianza.
Al salir del trabajo esa noche, en vez de esperar en su coche al tipo que le
bloqueaba siempre el paso, le hizo una señal y le invitó a tomar una cerveza. Mientras
estaban bebiendo, le dijo en un tono de voz normal: «creo que ha estado
bloqueándome el paso durante mucho tiempo porque he sido un maldito mariquita. De
ahora en adelante, maldito bastardo, deje de hacerlo y tómese otra cerveza de mi
parte». Eso acabó con el problema del aparcamiento.
Muy eufórico, cenó en otro restaurante esa noche, entabló una conversación con
una camarera y le propuso quedar para salir. La chica rechazó la oferta, pero aun así
se fue al cine solo.
Después, se mudó a una zona mejor. Durante la mudanza, tiró «toda esas
antiguallas que había estado guardando durante años. Lo tiré todo a la basura».
Además, en ese tiempo ingresó en un club de jóvenes hombres de negocios y se las
arregló para hacerse con un puesto en la organización. Sentía que había conseguido
credibilidad.
Desde entonces, «empecé a vivir una vida respetable, a disfrutar de las cosas como
cualquier hombre normal. Me quité de encima todos mis malos hábitos. Fue fácil una
vez que empecé. Lo que pasaba es que nunca antes lo había intentado. Pero una cosa
me condujo a la otra y en vez de sentirme mal como solía pasarme, salí afuera e hice
lo que debía.
»Conocí a una chica en un baile y estamos saliendo juntos. Pero vamos a esperar
un poco para ver si realmente estamos interesados en ir más allá.
»mi salud es buena. Ya no le prestó atención a cada pequeño dolor como hacía
antes. Uno tiene que aguantar los resfriados, en vez de asustarse hasta la muerte.
Algún día voy a ir a ver al doctor x para que me vea como realmente soy. El confiaba
en mí.»
Después de un rato más ele charla, durante la cual no se hizo ningún esfuerzo
por preguntarle qué es lo creía que había ocurrido en relación con el autor, se fue.
De vez en cuando, el autor lo siguió viendo en los encuentros sociales de la
ciudad. Dos años después, todavía seguía en perfecto estado mental y se hallaba
haciendo planes de boda con la secretaria.
Paciente B
Este caso hace referencia a una conducta compulsiva de larga duración y
circunscrita a una única actividad.
El paciente nos relató que su madre murió cuando él tenía 12 años. Durante su
infancia, su padre lo obligaba a visitar la tumba de su madre todos los sábados,
domingos y festivos a no ser que estuviese enfermo. En algunas ocasiones, el
chico desoyó las órdenes de su padre y éste respondió propinándole
monumentales palizas. Hay que decir que el padre había caído en el alcoholismo
a resultas de la muerte de la madre.
Cuando el paciente alcanzó la edad de 15 años, el padre le dio una de sus
crueles tundas para recordarle que no dejase de visitar la tumba de su madre y,
acto seguido, lo abandonó. Durante un año, el chico vivió en el hogar de un
familiar poco amistoso hasta que decidió apañárselas por su cuenta.
Durante quince años, en verano o invierno, con lluvia, sol o nieve, continuó con
las peregrinaciones a la tumba. A veces, tenía que hacer un viaje de 15 a 20 km.
Más tarde, incluso llevaría los domingos a su novia al cementerio.
En esos años, hubo periodos en que el paciente estuvo enfermo, y a causa de
ello no pudo realizar sus peregrinaciones. Su reacción fue la de efectuar visitas
extras durante la semana. Al cabo de un tiempo desarrolló una compulsión que
consistía en hacer una visita al día. Cuando acudió a la consulta en busca de
terapia, hacía un viaje diario de ida y vuelta de 15 km.
El paciente había intentado acabar con la compulsión limitándola gradualmente
hasta extinguirla. Al principio, probó a reducir la cantidad de flores que llevaba a la
tumba (ramilletes de diente de león o flores de endivia que recogía en las
inmediaciones del cementerio). En un par de días ya sólo llevaba una sola flor y,
después, nada. Sin embargo, se comprobó que la compulsión hacía referencia
sólo a la visita. Entonces, intentó romperla pasando en coche por delante del
cementerio y volviendo rápidamente a casa. La docena de veces que había
intentado esta maniobra, le había sobrevenido extrema ansiedad, insomnio,
pánico, síntomas gástricos y diarrea, de manera que todas las veces se había
visto obligado a hacer viajes nocturnos para cumplir su «obligación».
Su razón fundamental para buscar ayuda terapéutica era que le habían ofrecido
un empleo muy interesante en una ciudad lejana y tenía que decidirse en breve.
Aunque tanto él como su esposa estaban deseosos de hacer ese cambio, el
pensamiento de ser incapaz de realizar su visita diaria a la tumba le causaba
intensos ataques de pánico.
Ya que no disponía de mucho tiempo y su problema estaba muy circunscrito, se
empleó hipnoterapia intensiva. Se demostró que era un sujeto hipnótico excelente
y se le enseñó fácilmente a desarrollar fenómenos hipnóticos.
En un trance profundo, se le pidió que revisase sus innumerables
peregrinaciones, los recuerdos de su madre y la naturaleza de sus sentimientos,
particularmente su resentimiento hacia su padre. Para él era una tarea muy difícil y
sólo fue posible llevarla a cabo en silencio. Consecuentemente, abandonamos
este enfoque.
Tras este fracaso, se decidió desorientarlo en el tiempo y orientarlo
sistemáticamente a dos semanas en el futuro. Esencialmente, se usó una técnica
comparable a la empleada con el paciente a. Durante el proceso de orientación al
futuro, se le dieron instrucciones elaboradas para proporcionarle una sensación de
calma y seguridad e inducirle un interés irresistible hacia cualquier cosa que el
terapeuta pudiera decir.
Tan pronto como se le aseguró la nueva orientación, empezamos una
conversación informal acerca de su excelente desarrollo muscular, del que estaba
muy orgulloso. Esto nos condujo a alabar su capacidad para mantener sus
principios de no beber, no fumar y llevar una vida de trabajo duro, limpia y
ordenada.
Después de haber desarrollado esas ideas suficientemente, se le preguntó a
modo de desafío, en un aparente espíritu de camaradería, si tenía la fuerza para
mantenerse en pie como un hombre bajo un choque. Contestó que podía aguantar
«cualquier cosa que a un hombre pudiera ocurrírsele hacerle». El autor siguió
diciendo que él podría fácilmente «tumbarlo» de «un buen porrazo». El paciente
se metió perfectamente en el diálogo y dijo que el autor no tenía «lo que hay que
tener». Después de un poco más de desafíos mutuos, se le advirtió: «escoja un
sitio en el suelo donde caerse porque le voy a golpear fuerte y sin que se lo espere
usted. Escuche, ahí va. ¡ahora escuche! Usted es un bello ejemplar de hombre
sano, vive correctamente, trabaja duro y se siente bien. Ahora viene el golpe.
¡Escuche! Durante dos semanas no ha visitado la tumba de su madre, ni una sola
vez durante dos semanas. ¿está usted vivo, es todavía fuerte o se ha quedado sin
fuerzas? Ahora lo puedo tumbar con mi dedo meñique, ¿verdad?».
Muy sorprendido, respondió: «¿señor, cómo he podido dejar de ir?».
Antes de que pudiese elaborar esa pregunta, se le dijo enfáticamente que lo
importante no era el cómo, sino el hecho de que había dejado de hacerlo y que
ahora podía sentirse feliz y aliviado de haberlo hecho. Sin detenerse, el autor
continuó con una discusión general de todos los problemas que conllevan un
traslado, la búsqueda de la vivienda y el establecerse. Se le dijo al paciente que
debía trabajar esas cuestiones hasta el último detalle, ya que se trataba de un
problema que requeriría de toda su energía.
Rápidamente, se le reorientó a un tiempo presente y se le despertó con unas
sugestiones poshipnóticas para que desarrollase una amnesia de todo lo sucedido
durante el trance. Se le dio una cita para dos semanas después y se le despidió.
(Sabíamos que en casa nunca se hacía mención de las visitas a la tumba de su
madre.)
En esa segunda visita, el paciente nos informó de sus avances. Estaba
entusiasmado. Había aceptado el nuevo trabajo y se estaba preparando para
trasladarse. En una semana, ya estaría allí.
El autor había preguntado, secretamente, a la esposa del paciente qué había
hecho su marido durante esas dos semanas. Según ella, el paciente había estado
volviendo a casa una hora antes de lo habitual. Por otro lado, los domingos los
había pasado preparando el equipaje.
Así que el autor interrumpió al paciente para decirle: «¿cómo se siente uno
estando feliz, satisfecho, entusiasmado y realmente interesado en un nuevo
trabajo y libre de tener que visitar la tumba de su madre?».
Sorprendido por la pregunta, declaró: «vaya, no lo he hecho durante dos
semanas. He estado tan ocupado».
Inmediatamente, mediante una clave poshipnótica se le indujo un trance
profundo.
Como si no se le hubiese alterado el estado de conciencia, el autor le
respondió: «sí, ahora que está dormido, usted sabe que estaba demasiado
ocupado. Más que eso, usted sabe ahora, por experiencia propia, que no necesita
visitar la tumba. Pero, por supuesto, si surge una ocasión legítima para hacerlo,
puede visitarla normalmente. Por ejemplo, el día de la madre».
Después de un rato de silencio y reflexión, preguntó: «¿estará vivo aún mi
padre?». Se le respondió: «ni usted ni yo lo sabemos; de lo único que estamos
seguros es de que no está aquí y de que usted es un hombre».
Volvimos a la cuestión del nuevo trabajo y después de un poco de diálogo se le
despertó. En ese momento, volvió al momento anterior a la clave poshipnótica y
dijo: «¡dos semanas enteras! No lo entiendo, pero me parece fantástico. Quizás el
hecho de aceptar ese trabajo ha tenido ese beneficio».31
Volvimos a hablar de su nuevo puesto de trabajo y, al poco, fue despedido.
En los diez años siguientes, el paciente sólo visitó la tumba de su madre en las
contadas ocasiones que volvió a la ciudad e, incluso en esas ocasiones, sólo
cuando le fue conveniente. Por otro lado, no se han dado otras manifestaciones
neuróticas para sustituir a la compulsión original.
Paciente C
El siguiente caso hace referencia a un problema también circunscrito, pero de
otro tipo. La paciente había acudido a varios psiquiatras, pero había sido
rechazada bajo el pretexto de que no cooperaba.
La paciente era un estudiante de enfermería de 20 años. Cuando no llegaba al
año de edad, su madre se divorció, rompió con toda la gente que conocía, se
trasladó a otro estado y eliminó toda posible evidencia del padre de la niña.
Cuando la paciente alcanzó la edad suficiente, le preguntó a su madre acerca
de su padre, pero ella sólo contestaba que se había divorciado de él y que ya no
sabía nada de su vida. Además, se negaba a darle a la jovencita ninguna
descripción del mismo o a revelar dónde vivían antes de la separación.
Cuando cumplió los 18 años, la paciente determinó que tenía que averiguar
algo de su padre. Se enteró de que los certificados de matrimonio y de divorcio se
encontraban en una caja fuerte. El certificado de nacimiento de la paciente sólo
decía que había nacido en chicago. Su madre le explicó que su nacimiento fue
31
Terapéuticamente, no había ninguna razón para que el paciente pensase de otra manera. En último
extremo, la terapia y el resultado final fueron posibles gracias a la oferta de empleo.
prematuro y que tuvo lugar cuando el matrimonio se hallaba en chicago visitando a
unos parientes. Tanto el apellido de la madre como el del padre eran bastante
comunes, por lo que resultaba inútil seguirles la pista.
La paciente se hallaba frustrada ante la situación y había buscado ayuda de
psiquiatras que practicasen hipnosis para hacerle recordar algo sobre su padre.
Pero curiosamente, llegado el momento, decía que todo el asunto era ridículo
porque no tenia ningún recuerdo de su padre. Decía que lo que iba salir a la luz
era producto de su imaginación y que no quería tomarlo como genuino.
Invariablemente, se negaba a cooperar y, como resultado, nunca fue hipnotizada.
Cuando acudió a la consulta del autor, se le dijo que la búsqueda de recuerdos
anteriores al año de edad era imposible. (Esto no es cierto, pero la mejor manera
de obtener la colaboración de la paciente era precisamente negar la posibilidad de
la terapia.) Se le confirmaron, por lo tanto, sus ideas acerca de la hipnosis, pero
antes de que terminase la entrevista, la paciente mostró verdadero interés por la
hipnosis.
Consecuentemente, nos dispusimos a llevar a cabo algunos «experimentos"
hipnóticos. La paciente demostró enseguida una gran facilidad para experimentar
fenómenos hipnóticos exceptuando la regresión. No lo permitía de ninguna
manera, incluso cuando se intentaba indirectamente. De hecho, se despertaba
diciendo: «parece que las cosas no andan bien».
El siguiente paso fue decirle que íbamos a probar otro experimento muy
aleccionador. Iba a ser proyectada al futuro y nos explicaría lo que había
aprendido en ese tiempo. Como paso previo, la induciríamos a tener fantasías
sobre una serie de actividades que llevaría a cabo desde el momento actual hasta
ese futuro proyectado.
Con estas explicaciones (en realidad eran instrucciones enmascaradas), se la
desorientó para orientarla en el futuro. No dispusimos ninguna fecha futura exacta,
aunque se le mencionó que podría ser al cabo de unos dos meses.
Después, se le pidió que explicase con todo detalle cómo le había ido con ese
«interesante paciente» que había estado cuidando (estudiaba enfermería) desde
la primera visita hasta hoy, «hace unas cuantas semanas». Ella ejecutó esa
fantasía y algunas otras parecidas. Mientras las explicaba, se le dijo que
seguramente había olvidado muchos detalles de todos esos hechos (se la indujo a
estar de acuerdo con ello).
Se le dijo entonces que «hace un tiempo» se había estado preparando un
estudio sobre su ritmo de olvido y que lo íbamos a llevar a cabo en ese momento.
Se le dijo (rápidamente para que no tuviese tiempo de analizar lo que se le decía):
1. Sé que ha olvidado completamente una tarea que le dije que hiciera.
2. Quiero que trabaje pensando que usted sí hizo la tarea, lo que ocurre es
que no se acuerda.
3. Quiero que recupere tan sistemáticamente como pueda todos los recuerdos
de lo que hizo.
4. Se trataba de una tarea inesperada y es normal que la haya olvidado.
5. Esta tarea la ha realizado en el lapso de tiempo entre las dos consultas.
[Tiempo proyectado.]
Le fue descrita la tarea como la de regresar en el tiempo y recuperar una
variedad de recuerdos acerca de su padre. El problema es que ahora se había
vuelto a olvidar.
Se le propuso que intentase recordar lo que había descubierto antes a través de
la regresión utilizando el medio que escogiese, la bola de cristal, la escritura
automática, destellos de memoria o cualquier otro medio que desease.
Dubitativamente, sugirió la bola de cristal. Inmediatamente, se le ofreció la
sugestión de que se vería a sí misma en una serie de bolas de cristal en edades
descendentes hasta que se viese finalmente como una niña de menos de un año
de edad. (Como en el caso del paciente a, las bolas estaban fijas.) Tenía que
estudiar las imágenes atentamente, hasta que sintiese que había «redescubierto»
sus recuerdos infantiles.
Durante media hora se sentó en silencio, absorta en su tarea. Finalmente, se
volvió hacia el autor y le indicó qué es lo que veía. Se le dijo que guardase esos
recuerdos y que informase de los mismos de la manera que quisiese. (en ese
momento se la sugestionó para retirar las bolas de cristal ya que, si no, se corría el
peligro de que se interesase demasiado por las bolas y no por los recuerdos.)
Se le preguntó qué opinaba de la experiencia. Su respuesta fue que el autor le
mirase la parte de atrás de su rodilla derecha.
Ese examen reveló una pequeña cicatriz. Se explicó: «me vi a mi misma de
pequeña. Tenía seis años y estaba jugando. Corría hacia atrás. Tropecé con una
raíz y me dolió. Empecé a llorar. Entonces, salió mucha sangre de mi pierna.
Estaba asustada. Después, la bola de cristal desapareció».
Después de unos momentos en silencio, continuó: «estoy confundida. Pienso
de maneras diferentes acerca del tiempo. No me gusta. Creo que es mejor que me
lo haga recordar todo. Creo que estoy liada en este trance. Despiérteme».
Se la reorientó y despenó con instrucciones para que recordase todo.
Ahora estaba sobria y dijo: «me vi caer. Por eso tengo esta cicatriz. Usted la
encontró, me acuerdo. La vi en la bola de cristal. Quizá lo demás sea cierto
también.
«Primero se lo diré a usted y después a mi madre. Después, yo lo sabré. Esto
es lo que vi: decía "papá" mientras mi padre me sostenía.
Parecía increíblemente alto. Estaba sonriéndome. Tenía un simpático diente
central. Sus ojos eran azules. El cabello rizado. Medio rubio. Ahora voy a casa a
decírselo a mi madre».
Al día siguiente nos informó: «eran recuerdos reales. Mi madre se quedó
paralizada. Cuando llegué a casa le dije "he averiguado cómo era mi padre. Era
alto, de ojos azules [ella y su madre tenían los ojos marrones y medían un metro
cincuenta y cinco] y el cabello rizado. Era casi rubio y tenía un diente de oro en el
centro". Mamá se asustó y me preguntó cómo lo había averiguado. Le dije lo que
había hecho. Después, me respondió: "sí, tu padre medía un metro ochenta, tenía
los ojos azules y el pelo rizado, medio rubio y, es verdad, un diente de oro. Me
abandonó cuando tenías once meses. Te contaré todo lo que quieras, pero
después no hablaremos más de ello. No sé nada de él en la actualidad"».
Sin embargo, con ello la curiosidad de la paciente se vio completamente
satisfecha. Después, ejerció de sujeto experimental en varias ocasiones. Aunque
se le ofreció la oportunidad de tratar su problema original con más detalle, ya
había perdido todo el interés en ello.
Paciente D
Este caso se centra en torno al bloqueo que experimentó una paciente durante
una terapia y la utilización de una fantasía sobre el futuro como medio para
conseguir los resultados deseados.
La paciente sufría de una profunda ansiedad neurótica con reacciones
depresivas y de dependencia. Durante un tiempo se le administró hipnoterapia y
su respuesta fue correcta. Sin embargo, poco después aparecieron reacciones
negativas y de resistencia.
Finalmente, la situación derivó en que durante la hora de visita se limitaba a
hacer una disquisición intelectual sobre sus problemas y necesidades, mientras
mantenía su statu quo en lo referente a su desequilibrio.
Unos pocos ejemplos servirán para ilustrar su comportamiento. Por buenas
razones, no podía soportar la situación familiar, pero sin embargo insistía en
seguir viviendo con sus padres a pesar de que tenía algunas buenas
oportunidades de marcharse. Se quejaba de su trabajo y, sin embargo, rechazó
una oportunidad de ascenso que le ofrecieron. Reconocía que necesitaba salir
más, pero no lo hacía. De hecho rechazaba las oportunidades que tenía. Le
interesaba la lectura y se pasaba largas horas en su habitación deseando tener
algo que leer, pero no entraba en la biblioteca a pesar de que pasaba por delante
dos veces al día.
Además, empezó a insistir en que el autor debería empujarla a llevar a cabo
esas acciones que ella no podía acometer.
Después de muchas horas de diálogo finalmente se centró en que si pudiese
realizar una sola de esas aspiraciones, desarrollaría el ímpetu suficiente para
lograr todo lo demás.
Después de mucha insistencia, aceptamos su propuesta. La hipnotizamos
inmediatamente y, en estado sonambulístico, se la instruyó para que viese una
serie de bolas de cristal. En cada una de ellas se vería una experiencia
significativa de su vida. Ella debía estudiarlas, compararlas, sacar conclusiones y
notar la continuidad de los distintos elementos de un nivel de edad a otro. De ese
estudio saldría una serie de ideas que se formularían sin que ella se diese cuenta.
Esta formulación se le manifestaría a través de otra bola más grande en la que se
vería a sí misma placenteramente, feliz y deseosa de llevar a cabo alguna
actividad futura.
La paciente se pasó aproximadamente una hora absorta estudiando las
distintas escenas alucinatorias y buscando alrededor del despacho esa otra bola
de cristal que iba a sintetizar la solución a su problema. Finalmente la localizó y
puso toda su atención en ella, describiéndola al autor con ávido interés.
Nos contó que veía la celebración de una boda. La de un amigo de la familia de
toda la vida. De hecho, en la realidad, esa boda iba tener lugar dentro de tres
meses. La paciente pudo ver varios primeros planos de ella misma y de los demás
asistentes. Describió la ceremonia, la recepción y el baile que siguió después.
Estaba especialmente interesada en el vestido que llevaba ella, pero sólo lo podía
describir como «hermoso». Contempló el baile, identificó a algunos de los
hombres con los que bailaba y nombró a uno que le pidió una cita. Una y otra vez
comentaba lo feliz que parecía en la celebración y el contraste entre su apariencia
ahora y su apariencia en la boda.
Fue bastante difícil hacerle dejar de contemplar la escena de la fiesta de la
boda, precisamente porque tenía interés en ella y porque estaba muy complacida
por su conducta allí.
Finalmente, se la instruyó para que mantuviese todo lo que había visto en el
inconsciente y que tuviese una amnesia al despertar de todas las experiencias del
trance. Más aún, según se le explicó, todo ese material constituiría una tremenda
fuerza motivadora que haría que todas sus comprensiones fuesen utilizadas
constructivamente. Se la despertó y despidió con una sugestión poshipnótica para
que continuase con la amnesia.
Después, hubo sólo dos entrevistas terapéuticas más y ambas se
circunscribieron a lo que quiso la paciente. En las dos ocasiones, afirmó que no
tenía nada que decir hasta que la hipnotizasen. Una vez satisfecha, decía que
quería instrucciones para recordar muy claramente todo lo que había visto y vivido
en la escena de la boda. De nuevo, se la complació y después de una media hora
de silencio y reflexión en estado de trance, pidió que la despertasen y se fue.
Después de la segunda de estas dos visitas se dio por terminada la terapia.
No la volvimos a ver hasta varios días después de la boda, tres meses más
tarde.
Entró en la oficina sin cita previa y explicó: «he venido a contarle cómo fue la
boda de Nadine. Tengo la extraña sensación de que usted lo sabe todo sobre la
boda y, a la vez, no sabe nada. Pero sé que le tengo que dar una explicación por
alguna razón».
Su explicación era que ella, Nadine y el novio habían sido amigos desde la
infancia y sus familias eran íntimas. Hacía unos tres meses, después de una
sesión terapéutica, la paciente se sintió impelida a detener la terapia y a dedicar
todas sus energías a preparar la boda. Cuando le pidieron que fuese dama de
honor, decidió que iba a hacerse su propio vestido. Esto la obligó aceptar el
ascenso que le habían ofrecido, porque así podía tener un horario más adecuado
para trabajar en ello. Por otro lado, alquiló un apartamento en la ciudad, de
manera que así no perdía tres horas yendo y viniendo del trabajo. También había
ido con varios amigos a comprar regalos de boda y había organizado la fiesta de
despedida de soltera de la novia. Con todo ello, había estado muy ocupada y feliz.
La paciente describió la escena de la boda, la recepción y el baile. Hay que
decir que se quedó pasmada cuando el autor le preguntó si había bailado con Ed y
si había sido el único que le había pedido salir. La paciente respondió,
absolutamente desconcertada, que no entendía nada porque ella no había
mencionado el nombre de ese chico y todo lo demás. ¿Cómo podía el autor hacer
una pregunta tan específica? Sí, había bailado con Ed, pero había rechazado su
propuesta para salir con él porque no era su tipo. Sin embargo, sí había aceptado
la propuesta de otra de sus parejas de baile.
Finalmente, se le recordó cuál había sido su propósito inicial para acudir a la
consulta del autor. Su respuesta fue sencilla: "cuando vine a verlo estaba bastante
enferma; estaba liadísima y le agradezco que me aclarase la mente antes de la
boda». No se dio cuenta de que los mismos preparativos para la boda
constituyeron su recuperación.
Desde entonces, hemos visto a la paciente en contadas ocasiones, pero
sabemos que está felizmente casada y que es madre de tres niños.
Paciente E
En el siguiente caso, la paciente no estaba interesada en seguir ninguna
terapia. En realidad, no sabía que necesitaba terapia, pero estaba interesada en la
hipnosis como experiencia personal. Una vez hipnotizada, nos dimos cuenta muy
pronto de que, a pesar de parecer que estaba muy equilibrada, necesitaba ayuda
terapéutica urgentemente.
Se trataba de una estudiante de enfermería de 19 años de edad, inteligente,
guapa, agradable, pero muy frivola en la mayoría de sus actitudes. Demostró ser
un sujeto sonambulístico excelente y, como hemos dicho antes, estaba muy
interesada en la hipnosis. Como decíamos, pronto descubrimos que tenía un
problema: una fobia a las fuentes de agua y a los jarrones de flores. La
exploración posterior nos reveló más elementos psicopatológicos que ella confirmó
en el estado de vigilia. Entre ellos estaban los siguientes:
1. La paciente aprendió a nadar bien cuando tenía aproximadamente 10 años.
Sin embargo, por alguna razón desconocida no había sido capaz de nadar durante
los últimos diez años. De todas maneras, todas las temporadas iba al lago a
nadar, se ponía el traje de baño y caminaba expectante por la orilla. Cuando el pie
tocaba el agua, regresaba «a tierra firme» corriendo y gritando, como resultado de
un impulso inesperado y repentino. A unos veinte o treinta metros de la orilla
recobraba la serenidad y avergonzada volvía a la orilla, esperando ser capaz de
nadar un poco, pero el resultado siempre era la misma conducta impulsiva e
incontrolable. Todas las veces que se acercaba al agua, lo hacía con la convicción
de que no le iba a volver a ocurrir algo así.
2. En más de una ocasión, había aceptado la invitación de jóvenes
pretendientes para ir al cine. Una vez dentro, solía zafarse de su compañero y
abandonar el local por una salida de emergencia para volver a casa sola. Si la cita
era para cenar, al final de la comida, se excusaba para ir al lavabo y, en vez de
volver con su acompañante, se quedaba esperando allí escondida hasta que el
joven se marchaba enojado. Otras veces, se iba directamente por una puerta
trasera.
3. Su actitud hacia el matrimonio como posibilidad para ella misma era de
amarga intolerancia. Era tan intensa su hostilidad hacia el tema que evitaba hablar
del mismo, excepto para declarar que ella lo rechazaba tajantemente y que en ella
eso era «normal», pero que no tenía ninguna razón especial para detestarlo.
4. También se descubrieron otros elementos psicopatológicos en su conducta
habitual, pero sólo salieron a la luz cuando la terapia hubo terminado.
Cuando le propusimos llevar a cabo una terapia, la joven accedió rápidamente,
pero con la condición de que sólo se la tratase del problema de nadar. Ella no se
dio cuenta de que la terapia en ese sentido podía corregir el resto de desajustes.
Iniciamos el tratamiento entrenándola como sujeto hipnótico. Disfrutó con ello,
pero en lo que estaba realmente interesada era en la terapia.
Decidimos emplear con ella la técnica de la regresión y afloró una serie de
recuerdos reprimidos y traumáticos.
Algunos de ellos hacían referencia a:
1. Cuando tenía unos cinco años, ella y su hermana de dos años estaban
jugando junto a una bañera llena de agua, mientras su madre se hallaba en otra
parte de la casa. La hermana se cayó en la bañera y la paciente luchó para
sacarla mientras gritaba intentando atraer a la madre. Cuando ésta llegó, rescató
al bebé, que se había «puesto azul» y finalmente la paciente fue regañada
severamente y le dieron una azotaina por «tirar a su hermanita al agua».
2. En la misma época su hermana se hallaba sentada en una silla alta y se las
arregló para ponerse de pie en la misma. La paciente la vio y corrió a través del
salón con los brazos abiertos para evitar la caída. Llegó tarde, justo cuando la
madre entró y vio caer a la pequeña, mientras ella movía los brazos
sospechosamente. De nuevo fue duramente castigada.
3. Cuando tenía unos seis años, un vecino se prestó voluntario para enseñarle
a nadar. El vecino creía que el miedo de los niños al agua se vencía
sumergiéndolos completamente. La paciente se asustó muchísimo, luchó, gritó y
hasta mordió. Su mala conducta resultó en otra azotaina.
4. Con más o menos la misma edad, un vecino falleció y la paciente fue
enviada a casa de sus abuelos. Esa noche la paciente volvió a casa y la despertó
la tos de su padre (estaba postrado en la cama muriendo de tuberculosis
pulmonar). Nerviosa por la tos, despertó a su madre y le explicó que deseaba que
su padre se muriese. Sin buscar las razones de la paciente (cuando la gente se
muere va a casa de la abuela y le dan galletas y dulces y a papá le gustan las
galletas y los dulces; así que por qué no se muere y va a casa de la abuela), la
madre la castigó severamente.
5. Cuando tenía unos ocho años de edad, contraviniendo las órdenes de su
madre, intentó cruzar un riachuelo a través de un árbol caído. Resbaló, cayó, pero
se salvó agarrándose al tronco. Después de gritar durante un buen rato, fue
finalmente rescatada por un hermano mayor, quien después la amenazó con
contárselo a su madre.
6. Cuando tenía unos doce años, ella y su hermana, que habían aprendido a
nadar bien dos años antes, fueron a nadar. El agua estaba tan fría que la hermana
se puso azul, pero se negó a salir del agua a pesar de los lloros y ruegos
desesperados de la paciente.
7. Debido a la experiencia anterior, se negó después a ir a nadar
Con sus hermanos. Uno de ellos la obligó a meterse en el agua. Ella luchó
furiosamente hasta que «casi se ahogan los dos». No recuerda haber nadado
nunca más.
Aunque la paciente revivió esas experiencias con una notable intensidad
emocional, protestó diciendo que se trataba de recuerdos olvidados. Por lo tanto,
según ella, debían permanecer en el olvido y declaró enfáticamente que no los iba
a recordar cuando estuviese despierta.
Más aún, le pidió al autor que empezase con su terapia sobre su aversión al
agua inmediatamente, pero de una manera sutil, de manera que no sufriese estrés
emocional. Todos los esfuerzos que se llevaron a cabo mientras estaba en trance
fueron inútiles, como se demostró cuando la despertaron.
En la siguiente entrevista la paciente estuvo definitivamente hostil. Declaró que
había perdido el interés por la hipnosis experimental; que estaba interesada en
corregir inmediatamente su problema «de nadar y nada más». En estado de
trance, confirmó esta actitud, pero de manera mucho menos hostil. También
afirmó que no quería recordar conscientemente ninguno de los recuerdos que
había recuperado previamente mediante la hipnosis, ya que «fueron olvidados una
vez y debían seguir así».
Consecuentemente, aceptamos su petición y se le aseguró que no se haría
ningún esfuerzo para ello, tal como deseaba.
Entonces, la desorientamos en el tiempo y la volvimos a orientar
aproximadamente tres semanas en el futuro. Inmediatamente se le dijo que, ya
que la terapia había terminado, íbamos a entrar en la última parte que consistía en
«probar los efectos de la terapia». La oportunidad para ello estaba al caer. Ella
tenía vacaciones desde finales de julio hasta mediados de agosto. Por lo tanto,
planearíamos cómo utilizar esas vacaciones para valorar su recuperación.
Por lo tanto, paciente y terapeuta diseñaron el siguiente plan. Iba a comprar un
traje de baño nuevo y una bolsa de seda impermeable suficientemente grande
como para meter un paquete de cigarrillos y unas cerillas. Tendría que llevar la
bolsa junto con el traje de baño durante los dos primeros días si era necesario,
pero probablemente podría prescindir de ella mucho antes.
Con sus hermanos. Uno de ellos la obligó a meterse en el agua. Ella luchó
furiosamente hasta que «casi se ahogan los dos». No recuerda haber nadado
nunca más.
Aunque la paciente revivió esas experiencias con una notable intensidad
emocional, protestó diciendo que se trataba de recuerdos olvidados. Por lo tanto,
según ella, debían permanecer en el olvido y declaró enfáticamente que no los iba
a recordar cuando estuviese despierta.
Más aún, le pidió al autor que empezase con su terapia sobre su aversión al
agua inmediatamente, pero de una manera sutil, de manera que no sufriese estrés
emocional. Todos los esfuerzos que se llevaron a cabo mientras estaba en trance
fueron inútiles, como se demostró cuando la despertaron.
En la siguiente entrevista la paciente estuvo definitivamente hostil. Declaró que
había perdido el interés por la hipnosis experimental; que estaba interesada en
corregir inmediatamente su problema «de nadar y nada más». En estado de
trance, confirmó esta actitud, pero de manera mucho menos hostil. También
afirmó que no quería recordar conscientemente ninguno de los recuerdos que
había recuperado previamente mediante la hipnosis, ya que «fueron olvidados una
vez y debían seguir así».
Consecuentemente, aceptamos su petición y se le aseguró que no se haría
ningún esfuerzo para ello, tal como deseaba.
Entonces, la desorientamos en el tiempo y la volvimos a orientar
aproximadamente tres semanas en el futuro. Inmediatamente se le dijo que, ya
que la terapia había terminado, íbamos a entrar en la última parte que consistía en
«probar los efectos de la terapia». La oportunidad para ello estaba al caer. Ella
tenía vacaciones desde finales de julio hasta mediados de agosto. Por lo tanto,
planearíamos cómo utilizar esas vacaciones para valorar su recuperación.
Por lo tanto, paciente y terapeuta diseñaron el siguiente plan. Iba a comprar un
traje de baño nuevo y una bolsa de seda impermeable suficientemente grande
como para meter un paquete de cigarrillos y unas cerillas. Tendría que llevar la
bolsa junto con el traje de baño durante los dos primeros días si era necesario,
pero probablemente podría prescindir de ella mucho antes.
Se le enseñaron las cerillas y los cigarrillos, un paquete de lucky strike32 donde
el autor escribiría en su presencia: «esto es realmente un golpe de suerte».
Envolvería cerillas y cigarrillos en un papel de celofán y los escondería de su
mente consciente hasta llegado el momento de usarlos.
En el lago, y a modo de actividad poshipnótica, se llevaría la bolsa, se pondría a
vagar por la orilla y nadaría hasta la plataforma flotante. Después se plantearía si
debía sentarse de cara al agua o de cara a tierra firme.
Una vez en la plataforma experimentaría el deseo de fumar. Con ese deseo,
metería casualmente el pie en el agua y descubriría «accidentalmente» la bolsa y
exploraría el contenido. Se pondría tan contenta que inmediatamente encendería
un cigarrillo. Después de la primera calada empezaría a preguntarse cómo habían
llegado hasta allí los cigarrillos, las cerillas y la bolsa misma. Al examinar el
paquete vería la frase escrita en él. Preguntándose qué significaba eso, acabaría
el cigarrillo, tiraría la colilla al agua y se dirigiría a la orilla, todavía extrañada por la
frase escrita en el paquete.
Después de llegar a la orilla, se daría cuenta de que había dejado los cigarrillos
en la plataforma y volvería a buscarlos. Al llegar a la misma, le entrarían ganas de
fumarse otro y así lo haría.
Al fumar, recordaría de repente todo lo que sucedió desde el momento en que
se puso el traje de baño.
32
Normalmente, la paciente rechazaba las otras marcas de cigarrillos.
La paciente escuchó las instrucciones con mucha atención y entendió
rápidamente lo que tenía que hacer. Después, mientras estaba todavía en estado
de trance, fue «desorientada» de «la última parte de junio» y proyectada a
septiembre, como si acabase de entrar en la consulta.
Se le preguntó: «bien, ¿qué le sucedió durante las vacaciones?». Su respuesta
fue la siguiente:
Fui al lago. Cuando empecé a desvestirme para ponerme el traje de baño, lo pasé
muy mal. De repente, estalla muy despistada. Después fui a la playa, me preguntaba
por qué no había nadie en la plataforma y decidí ir y sentarme en ella. Lo siguiente fue
que me entraron unas ganas de fumar tremendas. Entonces, todo sucedió como usted
dijo. Fumé un cigarrillo y nadé hasta la orilla, pero después tuve que volver para
recuperar mis cigarrillos. Después, empecé a recordarlo todo sobre desvestirme y
llevarme la bolsa de seda y pensar en la plataforma y nadar hasta allí dos veces.
Después, supe que había solucionado mi problema para nadar y, luego, disfruté de la
natación todos los días.
Ahora estoy de vuelta al trabajo y todo va fenomenal.
Se la reorientó en el tiempo y se la instruyó para que obedeciese, hasta el
último detalle, todas las instrucciones recibidas en estado de trance. Con igual
énfasis se la instruyó para que mantuviese todo conocimiento inconsciente fuera
del alcance de su mente consciente. Esta medida es muy importante y debe
mantenerse hasta que paciente y terapeuta aprueben que los contenidos
inconscientes se hagan conscientes. La paciente aceptó rápidamente esta
instrucción, que, de hecho, ella había pedido anteriormente.
Se la despertó y despidió. Los cigarrillos y cerillas fueron envueltos en un
pañuelo y escondidos en su bolso.
La visitamos de nuevo en septiembre. La paciente entró en la consulta con una
alegre sonrisa y dijo:
Bien, usted ya sabe todo lo que me ha sucedido durante las vacaciones. Todo fue
como usted dijo. Al final de las vacaciones me extrañé tanto con todo que me senté un
día a pensar y, de repente, me acordé de todo. Estaba muy confundida porque empecé
con la cita que tuvimos a principios de junio. Tuve muchos problemas para situar en el
tiempo real «la última parte de junio y después «septiembre". Me costó mucho
aclararme, pero lo hice. Al principio, la última parte de junio y septiembre eran tan
reales como cualquier otro recuerdo. Sabía que no podía ser cierto, pero parecían
reales, así que tuve que esforzarme mucho. Pero también fue emocionante e
interesante.
Cuando me aclaré, pude ver que esos recuerdos eran ideas del futuro.
Ahí es cuando empezó la diversión. Empecé a recordar todo lo que sucedió cuando
usted empezó a trabajar conmigo, todo lo que usted indagó y sacó de mí. Si usted se
ha divertido tanto trabajando conmigo como yo recordando y relacionando cosas, no
tendré que pedirle disculpas por ser tan testaruda y pesada.
Todo fue muy deprisa. Una mañana empecé a interrogarme extrañada por los
hechos que recordaba y, después de la comida, me .senté y empecé a
desenmarañarlo todo, y a la hora de la cena ya me había aclarado del todo.
El primer recuerdo de septiembre no era del todo conecto en algunas cosas. Lo que
realmente sucedió empezó en junio, después del último trance. Empecé a organizar
mis cosas para las vacaciones y lo primero que tenía que hacer era conseguir un traje
de baño nuevo. Buscaba uno especial, pero no sabía cómo lo quería entonces. No
sabía que tenía que ser azul.
Después, me costó muchísimo encontrar una bolsa de seda para enviarla a alguien
en el extranjero, pero realmente no había decidido a quién, así que me la quedé.
Después, la perdí. Cada vez que la encontraba la volvía a perder. El último lugar donde
la encontré fue en la maleta que me llevé al lago. Puedo recordar lodos los trucos
inconscientes que me jugó la mente para mantener esos cigarrillos escondidos de mi
mente consciente.
Bien, el resto de lo que sucedió en el lago fue como usted dijo, excepto que no puse
el pie en el agua desde la plataforma. Estaba preocupada por una uña del pie. Pero el
resto fue como usted dijo. Pero todavía me pregunto qué sucedió, poique logré
disfrutar de la natación.
Pero eso no es todo. Después de recordar todas esas cosas que usted desenterró,
supe que podría asumirlas, pero no sabía lo que iba a hacer. Tuve que esperar hasta
llegar a casa.
Se lo explicaré todo ahora, excepto algo que me guardo para más adelante.
Continuó:
Durante años y años he querido darme un baño caliente en la bañera. Siempre que
me disponía a hacerlo, llenaba la bañera de agua, ponía un pie sobre la superficie del
agua y lo sacaba inmediatamente. Sacaba el tapón y me daba una ducha. La verdad
es que me enfadaba conmigo misma, pero no podía dejar de hacerlo. Y si no había
ducha, me ponía de pie en la bañera y me daba con una esponja. Ahora ya puedo
bañarme en la bañera.
¡Otra cosa! Ahora puedo conducir. Había tenido que dejarlo porque adopté la mala
costumbre de cerrar los ojos y aumentar la velocidad, a veces por la ciudad y otras por
el campo. Por ejemplo, siempre cerraba los ojos para pasar por un puente, pero no lo
recordaba hasta que estuve en el lago. Ahora ya no me pasa nada de eso.
¡Esos pobres chicos con los que quedaba! Ese vecino que me llevó al agua y me
hundía y no me dejaba salir. Bien, lo que hacía es dejarme llevar fuera por esos chicos
y después asegurarme de que volvía.
¡Y mi hermana Sis y la silla! No podía soportar estar en un lugar donde hubiese un
niño pequeño sentado en una silla alta, Algunas de las enfermeras me invitaron a
cenar a sus casas y, si tenían un niño en una silla alta, me daba la vuelta y volvía a
casa. No sabía por qué. Ahora ya no tengo ese problema.
Y cuando Sis se puso azul siendo tan solo un bebé y cuando fuimos a nadar. Nunca
después he querido llevar nada azul por esa razón. Pero, mire: primero me compré un
traje de baño azul y después este vestido que llevo.
Además, voy a la iglesia. Siempre he querido ir, pero no podía aguantarlo. Incluso
estudié en un hospital católico porque yo soy protestante y así me mantendría alejada
de la iglesia. Y no es sólo porque tienen funerales en la iglesia. Hay muchas más
cosas, pero usted ya se hace una idea. Lo que no entiendo es por qué guardo todo eso
en mi inconsciente y lo complico. ¿Cómo puede ser alguien tan estúpido y cabezota? Y
supongo que usted me va a llamar obstinada porque no le voy a contar lo más
importante de todo lo que me ha pasado. Pero esta vez tengo una razón para hacerlo
así. Se lo diré la próxima vez que le vea.
No la vimos más hasta mediados de octubre. Cuando entró en la consulta dijo:
Ya estoy preparada para contárselo, pero primero le voy a explicar otra cosa. Mi
madre tuvo que trabajar muy duro mientras fuimos pequeños, cuidándonos, cuidando a
mi padre, ganando lo suficiente para mantenernos. Pensé que el matrimonio era
horrible, solo problemas, trabajo y penas y que los maridos estaban siempre enfermos.
Nunca salí de esa idea. Así que ese mes visité a mi madre y tuve una larga
conversación con ella. No le conté todo lo que usted me reveló sobre mí misma; sólo
hablamos de cuando éramos pequeños y mi padre estaba enfermo. Ella amaba a mi
padre y no pensaba que su vida había sido tan mala. Ojalá le hubiese preguntado
antes en vez de quedarme con esas ideas de niña en mi inconsciente. Así que le hablé
de Joe, de cómo íbamos de bien desde que volví de vacaciones. Se puso muy
contenta cuando le dije que nos vamos a casar el año que viene. A ella nunca le gustó
que yo me hiciese enfermera y me pregunto por qué lo hice. Mi padre, supongo. Pero
ahora quiero un hogar y unos niños y un marido. Y quiero presentarle a Joe, está
esperando fuera.
Más tarde, volvimos a ver a la joven pareja en varias ocasiones antes de su
boda. Cuando su primer hijo tuvo alrededor de un año, el autor los visitó y se
encontró con la madre de la paciente.
Durante el curso de la visita, la madre, que sabía que su hija había sido
paciente del autor y había sido hipnotizada, expresó su deseo de tratarse de la
misma manera. Inmediatamente, se le preguntó a la hija si le había contado a la
madre algo sobre sus experiencias hipnóticas. la respuesta fue que no.
La madre se reveló como un sujeto hipnótico excepcionalmente bueno y
respondió rápidamente a las sugestiones de regresión en el tiempo. se la hizo
retroceder hasta el momento «cuando su hija tenía entre cuatro años y medio y
seis años, momento en el que sucedió algo que la asustó muchísimo a ella y a
usted».
Entre los episodios que surgieron estaba el de la bañera. Eso ocurrió «casi dos
meses después de su cumpleaños» (del de la hija). De manera similar, nos explicó
los sucesos de la silla alta. la paciente tenía entonces cinco años y nueve meses.
Lo demás también fue confirmado, la lección de natación del vecino, el episodio
del funeral, incluida la azotaina por el deseo de muerte del padre. Aparentemente,
la madre no sabía nada del accidente del tronco que servía de puente, pero
recordó un episodio en el que advirtió con mucha insistencia a su hija para que no
cruzase «nunca, nunca por el tronco del riachuelo cuando hay viento».
Se le dieron instrucciones a la madre para que recordase todo lo que sucedió
durante el trance. Estaba realmente sorprendida por la recuperación de esos
recuerdos y ella, su hija y el autor pasaron un considerable periodo de tiempo
hablando de esas situaciones. la madre mostró una buena capacidad para
entender y se quedó muy tranquila al saber que el «deseo de muerte» del padre
significaba otra cosa.
Algunos meses después, la madre volvió a la consulta. El propósito de la visita
era que le informasen de si había algo más que debía hablar con su hija. Se la
hipnotizó y se le dijo que recordase libre y cómodamente todo aquello de interés
en ese sentido. Se le dijo que podía hablar con su hija sobre ello siempre que
apareciese una buena ocasión.
Una llamada telefónica posterior de la hija, unos meses después, nos informó
que las dos habían estado recordando felizmente hechos del pasado y que ella
tenía un recuerdo entrañable de su infancia.
La paciente ha seguido equilibrada hasta el momento. Su relación con su madre
ha sido feliz y está muy contenta e interesada por la educación de sus hijos.
Comentario General
Quizás, el principal tema de reflexión sobre estos procedimientos
experimentales parta de la pregunta de cómo unos logros fantaseados pudieron
tener un efecto terapéutico tan destacado. Todos sabemos, por experiencia
personal, cuan fácil es fantasear grandes hechos y cuán lejos se quedan después
las realidades. Suele suceder que la historia fantaseada es una obra de arte hasta
que la ponemos sobre el papel, y un cuadro hermoso, tan claro para el ojo de la
mente, se convierte en un manchurrón cuando tomamos lienzo y pincel. sin
embargo, debemos tener en cuenta que tales fantasías son fantasías conscientes
que representan unos logros fuera de la realidad. Para la persona que los tiene
representan un deseo, una esperanza consciente.
Las fantasías inconscientes, sin embargo, pertenecen a otra clase de
categorías del funcionamiento psicológico. No son logros completos en sí mismos,
ni parte de la realidad. Más bien son contactos psicológicos de varios grados de
formulación, ante los cuales el inconsciente se prepara para hacerlos realidad. No
son significativos como simples deseos sino como intenciones reales cuando
llegue la oportunidad. Por lo tanto, uno puede lanzarse a escribir una historia
fantaseada en papel, pero su mérito puede derivar de «repentinos flashes de
inspiración que vienen de motu proprio a la mente». O un autor puede lanzarse
conscientemente a escribir una novela y encontrar que sus personajes «no le
siguen sino que se van por su cuenta».
En todos esos casos, se hizo mucho hincapié en las fantasías de futuro,
teniendo en cuenta que había que mantenerlas inconscientes mediante
sugestiones prohibitivas o inhibidoras. Haciéndolo así, se le proporcionaba al
paciente una serie de ideas desconocidas para la mente consciente. Entonces,
como respuesta a las necesidades y deseos innatos de la personalidad total, el
inconsciente podía utilizar esas ideas trasladándolas a realidades de la vida diaria
como conductas espontáneas en las situaciones oportunas.
Para ilustrar esta dinámica, citaremos un ejemplo experimental en el que un
sujeto hipnótico al que no le gustaba hacer ostentación de sus conocimientos y
que sólo hablaba inglés, se le pidió que recitara Die Lorelei. La tarea formaba
parte de un experimento sobre memoria. Al sujeto, que estaba bajo hipnosis, no se
le informó de que estaba aprendiendo un poema ni que éste era en alemán.
Después, se le sugirió una amnesia poshipnótica de la tarea en cuestión.
Al cabo de dos semanas, en un encuentro social, un colega del autor se ofreció
para cantar y recitar varios poemas en polaco, austríaco, italiano, francés y
español. Después de escuchar con creciente displacer, el sujeto afirmó: «yo
también puedo hablar así, diciendo sílabas sin sentido» y recitó Die Lorelei. Para
el entendimiento consciente del sujeto, el poema no era más que un grupo de
sílabas sin sentido que se le ocurrió recitar espontáneamente. Fue necesario re
hipnotizarlo para que se diese cuenta de que no era así.
Este experimento se diferencia de los anteriores en que aquí no estaba
pensado que el sujeto diese una respuesta en la vida diaria. En realidad, se
enseñó al sujeto mediante un aprendizaje especial y, después, creamos una
situación, una oportunidad para que lo usase de acuerdo a sus necesidades
personales interiores.
En cuanto a los pacientes, se les proporcionó unas comprensiones especiales
para el futuro a nivel inconsciente. Las situaciones vitales que se les presentaron
eran oportunidades reales de utilizar esas ideas de acuerdo a sus necesidades y
deseos.
Los pacientes hacían de sus fantasías una parte de su realidad manteniendo la
evolución normal de las respuestas espontáneas en su vida. No eran necesarias
las sugestiones poshipnóticas ni nada aparte de las propias respuestas del
paciente ante su realidad. Más aún, su conducta les parecía emerger de su interior
y estar en relación con sus necesidades y su situación vital inmediata.
Por lo tanto, el paciente a se hallaba pensando vagamente en la próxima cita
con el autor y, de repente, experimentó el repentino impulso de pedir un aumento
de salario, el cual, a su vez, condujo a una serie de acontecimientos destacables.
El paciente d no salió de su hogar paterno a causa de las conversaciones que
mantuvo con el autor, sino porque quería hacer un vestido que deseaba llevar a la
boda. El paciente e respondió a sus fantasías buscando un traje de baño que
inconscientemente pudiera satisfacer sus necesidades relacionadas con su
pasado. Lo mismo sucedió con los otros dos pacientes.
El tipo de fantasías con las que los pacientes consiguen sus objetivos es muy
interesante y significativo. No se trataba de fantasías elaboradas o grandiosas
como las que se tienen conscientemente acerca de nuestros deseos. Eran
fantasías que, para ellos, se atenían a lo posible. Por ejemplo, el paciente a era
muy modesto cuando deseaba una salud simplemente normal. No deseaba ganar
una pelea, pero esperaba ser capaz de «pelearse como un hombre». Las ideas
del paciente b no giraban en torno a visiones en las que lo promocionaban una y
otra vez, sino que tenían que ver con las realidades monótonas de preparar el
equipaje y trasladarse. El paciente c validaba sus fantasías con la observación de
una pequeña cicatriz y que su padre tenía «un diente gracioso». Y la paciente D
se veía a sí misma en su fantasía no como una estrella en el mundo del
espectáculo, sino como una acompañante feliz en una boda de una amiga.
Y así fue con todas las fantasías acerca del futuro que experimentaron esos
pacientes. No dejaban volar su imaginación, sino que se hacía una valoración de
las posibilidades reales de acuerdo a lo que entendían de sí mismos.
Especular sobre la cuestión de por qué y cómo la «proyección en el tiempo» ha
ayudado a estas personas es muy difícil. Uno no puede más que establecer
paralelismos con experiencias de la vida común. Por ejemplo, la publicidad y los
vendedores utilizan muchos reclamos que estimulan fantasías de futuro. Un
ejemplo más cercano a los casos descritos es el de escribir, después de mucha
indecisión, una carta aceptando un nuevo puesto de trabajo. Una vez escrita,
aunque todavía no se haya enviado, tiene la propiedad de suscitar el sentimiento
profundo de que uno ha sido aceptado irrevocablemente. De ello resulta una
nueva orientación psicológica, que proporciona fuerza y que lleva a una
reorganización de pensamiento y al planeamiento. La redacción de la epístola
constituye la iniciación de una acción y, como hemos mencionado antes, una
acción iniciada tiende a continuar.
Para estos pacientes, aparentemente, el establecimiento de un estado
disociado, en el que sentían y creían que habían conseguido ciertos beneficios, les
proporcionaba una sensación de que ya se habían producido unos logros, y ello
les terminó facilitando la reorientación terapéutica deseada.
13
AUTOEXPLORACIÓN EN ESTADO HIPNÓTICO33
Milton H. Erickson
Introducción
En este artículo expondremos con detalle una investigación que llevó a cabo un
estudiante de medicina. Se trataba de un trabajo voluntario que él mismo propuso
por razones intelectuales, aunque, en realidad, su inconsciente se hallaba
buscando ayuda psicoterapéutica.
La manera en que la tarea propuesta tenía que ser llevada a cabo,
aparentemente para iluminar ciertos aspectos relativos a la hipnosis, era una
forma de definir cómo quería ser tratado.
Aunque se intentó evitar dar ninguna asistencia al estudiante, aparte de crear
una situación favorable, se terminó dándole varias sugestiones que, en definitiva,
iban dirigidas a que pudiera finalizar su tarea.
Los resultados obtenidos por el estudiante sirven para ilustrar con remarcable
claridad:
1. Las obvias aunque no reconocidas motivaciones inconscientes y
necesidades que tenía el sujeto;
2. La separación entre recuerdos conscientes e inconscientes;
3 La posibilidad real de disociar los elementos afectivos y cognitivos de la
experiencia traumática;
4. El proceso de la transferencia de recuerdos de la mente inconsciente a la
consciente.
5. Los profundos efectos de una sola experiencia traumática reprimida sobre
la personalidad y los cambios conseguidos mediante su reintegración en la vida
experiencial de la persona; y
6. Las numerosas aunque pequeñas pistas, suministradas durante la ejecución
de la tarea, muy informativas de las significaciones implicadas.
Establecimiento del problema experimental
Uno de los miembros de un grupo de estudiantes de medicina demostraba un
interés obsesivo-compulsivo por la psiquiatría y estudiaba ávidamente todo lo que
33
* M. H. Erickson, Selfexploration in the hypnotic state, en Journal of Clínica! and Experimental Hipnosis, 1955, n" 3,
págs. 49-57.
podía sobre el tema. En cuanto surgió la oportunidad, se presentó voluntario como
sujeto hipnótico, pero a condición de que no se le hicieran preguntas personales o
íntimas. Se demostró que era buen sujeto experimental, capaz de desarrollar
fenómenos hipnóticos complejos.
Después de unas semanas de trabajo con el grupo, al inicio de una sesión, el
estudiante anunció su deseo de aportar una cuestión de estudio especial para
aquella tarde. Ésta era la cuestión, la gente normalmente olvida muchas cosas y,
en consecuencia, no sabe que las ha olvidado. Algunas de ellas pueden tener una
significación pasada o pueden tenerla para el presente, pero que se desconoce.
Pueden ser de menor o mayor importancia y de naturaleza traumática o no.
Por lo tanto, ¿puede darse el caso de que una persona se imponga la tarea de
recordar un hecho olvidado desde hace mucho tiempo, vívidamente y
comprendiéndolo correctamente?
Se le respondió que era una cuestión interesante y que se podía retirar a la sala
de al lado durante media hora y trabajar intentando recuperar realmente algunos
recuerdos olvidados que pudiera tener. El replicó que había estado pensando
sobre la cuestión durante toda la semana sin formular ninguna idea, pero que
estaría contento de poder dedicar media hora al asunto.
Durante su ausencia, se habló de la cuestión con los otros estudiantes. Cuando
terminó la media hora convenida, el estudiante regresó y explicó que ahora
pensaba que la tarea era totalmente imposible, porque era como intentar describir
un lugar absolutamente desconocido para uno. Sin embargo, había recordado
muchas cosas, pero no se trataba de ideas olvidadas, sino simplemente de cosas
en las que no había pensado durante mucho tiempo.
Se le propuso que podía pasar la siguiente media hora intentando recuperar un
recuerdo olvidado de algo que había ocurrido antes de cumplir diez años y en lo
que no hubiera pensado en por lo menos quince años.34
Media hora más tarde, el sujeto informó de que la tarea había sido aún más
infructuosa que antes. Había recordado innumerables cosas, pero se trataba de
recuerdos en los que no había pensado en mucho tiempo, aunque no eran
elementos olvidados. Entonces preguntó si podía intentarlo de nuevo, esta vez en
estado de trance. Se le respondió afirmativamente, pero que tendría que descubrir
por sí mismo si podía o no llevar la tarea a cabo.
Se le hipnotizó profundamente y se le instruyó para que revisase mentalmente
su pregunta y sus dos intentos de media hora. Se le pidió a su vez que pasase al
menos diez minutos considerando la viabilidad de la tarea.
34
Todo el énfasis ele esta propuesta recayó en la palabra podía, con lo cual se trataba de una sugestión
permisiva. Sólo se limitaba un poco el periodo de procedencia del recuerdo.
Después de diez minutos, el sujeto afirmó que todo el problema le parecía
infructuoso.
Todavía en estado de trance, se le preguntó si quería alguna ayuda o guía y
replicó que cualquier asistencia desmerecería el propósito de su esfuerzo, ya que
esa ayuda dirigiría y asistiría en la recuperación de recuerdos. El sujeto decía que
su deseo era ver si tal recuperación de recuerdos podía llevarse a cabo en el
estado de vigilia o en el de trance y si una persona sola, con su propio esfuerzo
mental, podía llevarla a cabo. Se le dijo que no se le daría ninguna ayuda, pero
que se le harían algunos comentarios para darle una oportunidad de finalizar la
tarea con éxito. Dudoso, consintió en oír los comentarios y después de
escucharlos los aceptó rápidamente. Los comentarios tenían como objetivo
explicar lo siguiente: Ya que él estaba en un trance sonambulístico y normalmente
manifestaba catalepsia, no serviría de mucho mantener o suprimir la catalepsia, la
cual era sólo una parte incidental de su estado de trance y no parte integral de la
tarea propuesta.
Por lo tanto, llevando a cabo la tarea, no se debería permitir que se diese
ninguna conducta como la catalepsia, pues interferiría en sus esfuerzos. En ese
sentido, su costumbre de mantener los ojos abiertos en estado de trance debería
ser tratada como la catalepsia.
Debido a que iba a llevar a cabo la tarea en presencia del grupo, debería
reconocerla como sólo suya y apartar a los demás de la misma; serta interesante
llevar esto a cabo no dando respuesta de ningún tipo al gaipo. En otras palabras,
se tenía que aislar del grupo.
Puesto que los recuerdos olvidados le pertenecían, no debería compartirlos
hasta que tuviese la oportunidad de considerar que ese compartir era un problema
separado y distinto. Por lo tanto, su tarea debía ser un esfuerzo mental que
ocurriría dentro de sí mismo. Por otro lado, sería necesario tener en cuenta que,
por ejemplo, cuando la tarea estuviera acabada, sería deseable que estableciese
contacto con el autor para que le diese instrucciones para despertar o para
cualquier otra contingencia que apareciese. Después, querría instrucciones acerca
de qué hacer con los resultados obtenidos. Por lo tanto, podía, en cualquier
momento, dirigir preguntas o comentarios al autor.
Después de repetirle los comentarios para que pensase en ellos en
profundidad, el sujeto preguntó: «¿Cómo empiezo?».
Se le respondió: «Es su tarea. Empezará esperando a que yo le diga la hora
que es y, después, empezará a su manera».
Mientras esperaba a que le diésemos la señal de inicio estipulada, dijo: «Voy a
buscar un recuerdo olvidado, tal como dije antes. Debería ser algo que haya
sucedido antes de que yo tuviese diez años, como usted dijo, y que yo no haya
recordado en al menos quince años. Creo que es un problema razonable».
Procedimiento experimental y resultados
Se le dijo al sujeto que eran las 19,30. Se aposentó en una silla, todavía en
trance profundo, agachó la cabeza y cerró los ojos.
A las 19,50 dijo: «Doctor Erickson, tengo la sensación de que estoy llegando a
algo, pero no sé lo que es. Estoy intrigado». Se le contestó: «Gracias por
decírmelo».
Unos diez minutos después preguntó si hacía calor o frío. Se le respondió:
«Encuentro que hace una buena temperatura. Agradable».
Al cabo ele unos cinco minutos anunció: «Me estoy asustando, pero no puedo
pensar en nada». No se le dio ninguna respuesta.
En unos pocos minutos nos habló de una escena de indescriptible terror que
alarmó al resto de estudiantes de medicina. Con la voz entrecortada, dio un grito
ahogado diciendo: «Estoy asustado, muy, muy asustado. Me voy a poner enfermo.
Pero no sé por qué. Póngame a descansar''.
Se le dijo: «Quédese donde esté en su mente, pero descanse durante unos
minutos».
Inmediatamente se relajó y declaró: «Estoy terriblemente asustado, pero no
puedo recordar nada. Es de lo más desagradable. Creo que me voy a poner
enfermo. No deje que me ponga enfermo».
Se le dijo: «No sé lo que está usted haciendo. Quizá ponerse enfermo forma
parte de su tarea. Yo no le diré cómo debe hacer su trabajo».
Y se añadió: «¿Quiere despertarse y descansar o sólo descansar en el trance,
en punto muerto, con el motor al ralentí, sin ir adelante ni atrás?».
El sujeto respondió: «Sí, de esa segunda manera».
Unos minutos después, preguntó la hora, y en cuanto se le hubo respondido
apareció la anterior mirada de intenso terror; le dieron arcadas, pero no llegó a
vomitar. Su respiración era fatigosa y espasmódica, sus manos se abrían y
cerraban convulsivamente. Parecía que se iba a desmayar de un momento a otro.
De repente, dijo: «¡Descanso!».
Inmediatamente se le dijo, «Aguante ahí, pero descanse».
De nuevo se relajó y declaró: «Es demasiado grande. No puedo hacerlo.
Dígame cómo». Se le replicó: «No puedo decirle cómo, pero puedo sugerir algo.
Usted dice que es demasiado grande. ¿Por qué no lo divide, en vez de enfrentarse
a todo el conjunto de una vez? Luego ya lo reconstruirá».
Movió la cabeza, preguntó qué hora era y de nuevo manifestó, una vez dicha la
hora, emociones intensas de varios tipos. Rabia, terror, miedo, dolor, histeria, odio,
mareo, desesperación, horror, agonía, según identificaron los propios estudiantes
interpretando las expresiones de su cara. El autor estuvo de acuerdo con todas
esas descripciones.
Finalmente se desarrolló lo que parecía ser un estado de terror severo. La
expresión dislocada, la mandíbula apretada, la respiración dificultosa, los
músculos tensos, el cuerpo rígido y las manos cerradas con fuerza.
Después de unos dos minutos se relajó, suspiró y dijo: «Descanso».
Se le preguntó cómo prefería descansar y respondió: «Ya he empezado. Tengo
los sentimientos. No sé qué recuerdo es todavía. Despiérteme y déjeme
descansar. Después, hipnotíceme y dígame que acabe con el trabajo. Todavía
tengo todo por hacer. Pero ahora tengo que descansar».
Se le despertó con instrucciones para descansar y tener una amnesia de todo lo
sucedido durante el trance. Se despertó secándose el sudor de la cara y dijo que
debía de haber comido algo en mal estado porque le dolía el estómago. Se
levantó y fue abriendo algunas ventanas. Decía que hacía calor y que estaba
preparado para oír al autor lo que tenía que decir sobre el tema propuesto.
Después, volvió a su silla, se sentó, pero al poco se puso de pie y preguntó a uno
de sus compañeros qué había que hacer para la próxima clase de dermatología.
Sin esperar a que le contestasen, empezó una nueva conversación con otro
estudiante.
Después de unos diez minutos, volvió a su silla, se sentó, miró con expectación
al autor y desarrolló un trance sonambulístico profundo.
Se le dijo: «Usted dijo justo antes de descansar: "Todavía tengo todo por
hacer". Ahora son las nueve en punto».
Cerró los ojos y apareció en su cara una expresión de interés, después una de
diversión. Movió varias veces la cabeza como si mirase a un lado y al otro. Esto
duró unos pocos minutos y después dio unas sacudidas con la cabeza, manos y
brazos. De repente, apareció una mirada de rabia en su cara, seguida de una
breve sacudida de su cuerpo. Después se puso rígido en su silla, hizo una mueca
horrible, apretó los puños y se contrajeron los bíceps. A todo esto le siguió una
tremenda variedad de expresiones faciales como las descritas antes, con muchos
movimientos de cabeza de un lado a otro y retorciendo el cuerpo.
Después de unos diez minutos se desplomó exhausto en la silla y balbuceó:
«Descanso».
Inmediatamente se le dijo: «Quédese donde está en su mente y descanse».
Se relajó y dijo: «Estoy en ello. Lo hice. Pero no sé qué hacer ahora. Me lo tiene
que decir o me olvidaré de todo».
Se le dijo: «Le puedo dar algunas sugestiones. Escuche atentamente. Creo que
ha recuperado unos recuerdos traumáticos que sucedieron hace mucho tiempo.
[Él afirmó con la cabeza.) Usted lo sabe ahora en su mente inconsciente, aunque
su mente consciente no lo sabe. Recuérdelo todo en su mente inconsciente. Yo le
despertaré para que lo descubra conscientemente si es que quiere. ¿Le parece
bien?».
Como afirmó con la cabeza, se le dijo que se despertase con sólo amnesia
consciente y que descansase un poco. Después, el autor hablaría sobre la
experiencia.
Se despertó, se quejó de sentirse «completamente destrozado», «enfermo»,
«cansado» y «como si me hubiesen dado una paliza».
Añadió: «Juraría que alguien ha estado dándome patadas y puñetazos por todo
el cuerpo. Me duelen los glúteos como si me hubiesen pateado. Y me duelen las
costillas. Me siento como si Joe Louis se hubiese cebado conmigo».
El sujeto fue a beber un poco de agua, volvió y preguntó al mismo estudiante
acerca del trabajo de dermatología, y de nuevo no esperó a que le contestasen.
Paseó alrededor de la sala, empezó e interrumpió varias conversaciones. Estaba
demasiado agitado.
Finalmente se sentó y dijo que se estaba haciendo muy tarde y que el autor
debería discutir la cuestión que había propuesto al inicio de la noche.
El autor empezó resumiendo la cuestión que se había suscitado y después
continuó diciendo que el recuerdo olvidado, tal como él había propuesto, estaría
probablemente muy reprimido en la memoria. Por lo tanto, había muchas
probabilidades de que ese recuerdo derivase de un hecho traumático. En
consecuencia, la recuperación de tal recuerdo provocaría mucho malestar, dolor y
tristeza. Además, las tendencias autodefensivas harían que la recuperación fuese
muy difícil y lenta.
Con la hipnosis se produciría una recuperación mucho más rápida y las
autodefensas menguarían mucho. Sin embargo, tal recuperación se limitaría a la
mente inconsciente. Después, habría que discutir si la cuestión podía ser
compartida por la mente consciente. Si podía ser así, la persona tendría que
experimentar mentalmente el trauma con todo el dolor personal que acompaña a
la recuperación del material reprimido.
En su caso, habría que preguntarle si estaría dispuesto a recuperar esos
recuerdos y dejarlos después en su inconsciente o si quería que llegasen a lo
consciente. Por otro lado, hasta el momento él había querido trabajar su problema
frente a toda la clase, pero ¿quería que los demás viesen sus reacciones en el
momento de hacer consciente lo inconsciente? Y en ese caso, ¿querría que los
demás conocieran el contenido de ese material reprimido?
Con respecto al método para conseguir un entendimiento consciente, había
ciertas consideraciones a tener en cuenta. ¿Querría que todo ello irrumpiese en su
mente consciente de una vez? ¿No preferiría saberlo poco a poco, con la
posibilidad de interrumpir el proceso y reunir fuerzas para continuar más adelante?
¿Querría separar los elementos afectivos de los cognitivos y experimentar unos
separados de los otros? ¿Querría que la recuperación siguiese el mismo curso de
desarrollo, la misma cronología que la experiencia original?
El sujeto nos interrumpió para declarar que lo último sonaba mejor. También
preguntó cuándo se podía hacer.
Se le advirtió: «Los otros estudiantes están aquí».
Después de unos segundos de reflexión, respondió: «No me importa que lo
vean, pero no quiero que sepan antes que yo. Somos todos médicos, así que me
imagino que deberíamos ser capaces de enfrentarnos a todo eso. Pero quiero ser
el primero en saberlo. ¿Cuándo podemos empezar?».
Se le respondió: «Ahora son más de las diez. ¿Qué piensa que ha estado
haciendo? ¿Por qué se siente tan cansado y magullado?».
Después de una larga pausa dijo: «He hecho lo que acordamos al inicio de la
clase, intentar hacer consciente algo que sé inconscientemente. Estoy seguro de
que es eso, voy a pensar en ello. Ya sé, ya he empezado antes. Ya estoy en ello y
me siento enfermo. Deme unos minutos».
Al poco tiempo dijo: «Voy a recuperarlo todo tal como sucedió. ¿Qué hora es?».
Se le dijo que eran las 22,30.
Sonrió y empezó: «Es gracioso. Me ha venido a la mente una escena. Es tan
clara como si estuviese allí mirando. Estoy de vuelta en Oklahoma. Veamos.
Tengo casi ocho años. Y ahí está mi primo. No le veía desde que tenía ocho años.
Se trasladó a otro sitio». Entonces, su expresión adquirió los rasgos de alguien
que está teniendo una alucinación de una experiencia pasada. Continuó:
«Estarnos jugando. Llevamos pantalones coitos y lo pasamos bien». Después, en
un tono más frío y distante, añadió: «No hay nada traumático en ello. Puedo ver
cómo luchamos, nos empujamos y nos damos patadas entre la paja. Estamos en
el granero. Nos lo pasamos bien. ¡Me ha empujado. Me duele. Le pego. Me la
devuelve. Vaya pelea. Vaya tortas. Oh, no, no, no».
En ese punto dejó de verbalizar, cerró los ojos y empezó a temblar; a partir de
ahí, repitió la conducta alterada que había mostrado antes, con una novedad.
Repetidamente, intentó decir algo pero no pudo. Estuvo absorto en la experiencia
durante unos veinte minutos y finalmente se derrumbó sobre la silla, exhausto y
dijo: «Gracias a Dios, vivirá».
Muy despacio, se fue enderezando en la silla y añadió: «Sí, sobrevivió y yo lo
olvidé todo por completo. Ni siquiera me he acordado de él. Nunca me atreví. No
podía. No lo había recordado durante años y años, más de quince años. Lo tenía
fuera de la mente».
Después de varios comentarios en ese sentido dijo: «Debería contarles a todos
el resto de la historia», y procedió a hacerlo así. En resumen, la historia era ésta:
Una día de verano, antes de cumplir los ocho años, el sujeto estaba jugando en
el granero con un chico de su edad llamado Johnny, pariente lejano suyo. Estaban
jugando a luchar y, sin querer, se hicieron daño el uno al otro. De ahí surgió una
pequeña pelea y Johnny, que era más pequeño, llevaba la peor parte. Para igualar
las fuerzas de los contendientes, Johnny tomó una horqueta e intentó pincharlo. A
su vez, el sujeto se hizo con otra y desgraciadamente se la clavó en la pantorrilla
izquierda a Johnny. Éste gritó y él, horrorizado, reaccionó sacándole la horqueta,
pero todavía se asustó más cuando vio el chorro de sangre que salía de la herida.
Johnny corrió gritando y llegó como pudo a la casa, mientras nuestro sujeto fue a
la bomba de agua y empezó a bombear frenéticamente en el abrevadero de los
caballos.
Como supo después, su padre aplicó un torniquete al chico y mandó llamar al
médico. Mientras esperaban al doctor, el padre fue hasta el pozo para darle una
azotaina a su hijo. Cuando estaba sobre las piernas de su padre, en posición
horizontal, podía ver la capa de algas en el abrevadero de caballos. Después, su
padre lo arrastró hasta la casa y le hizo mirar a Johnny.
El médico llegó y vendó la herida. Después, quiso ver la horqueta. Su padre le
dio un cachete y lo mandó a por ella. El sujeto obedeció a su padre envuelto en un
torbellino de emociones.
Después de examinar la herramienta, el médico le administró al herido la
vacuna antitetánica. Su padre le volvió a pegar.
Justo después de marcharse el médico, Johnny sufrió un choque anafiláctico.
Se le hincharon los ojos y la lengua, que se salía de la boca y empezó a ponerse
de un «horrible color gris».
Nuestro sujeto vio después que el doctor le ponía otra inyección, que él tomó
por un nuevo anti tétanos (después supo que era una «medicina para que no se
muriese Johnny»), e introducía una cuchara en la boca de su primo (para disminuir
sus dificultades respiratorias), para después sacar un cuchillo (escalpelo) por si
había que «cortar la garganta de Johnny» (hacer una traqueotomía). El sujeto
estaba horrorizado ante la idea de que Johnny fuese «abierto como un cerdo».
Sin embargo, Johnny respondió a la inyección de adrenalina y no fue necesario
llevar a cabo la traqueotomía. El médico les explicó la razón por la que había
estado preparado para llevarla a cabo, aunque al sujeto le parecía el mismísimo
plan de un carnicero para matar a un animal.
Cuando se fue el médico, su padre le dio una sonora paliza y lo obligó a
permanecer junto a la cama de Johnny y vigilarlo por si acaso se daba «alguna
complicación y se hacía necesario cortarle la garganta».
Durante toda la noche, soñó con que la piel de Johnny se volvía «horriblemente
verde como la suciedad del abrevadero de los caballos». Al día siguiente, lo
obligaron a mirar cómo el doctor cambiaba el vendaje y pudo ver la zona de la
herida de un «color horrible, todo verde y asqueroso». Además, cuando
examinaba la herida, el doctor dijo que era una cosa de lo «más horrible». Más
tarde, ese mismo día, el sujeto no quiso bombear el agua para los caballos y de
nuevo le dieron una azotaina, en la posición del día anterior.
Poco después, los padres de Johnny se trasladaron a otro Estado y se perdió
todo contacto. Por lo que él sabe, el incidente quedó cerrado y, un año después,
sus padres se trasladaron a una ciudad lejana y se olvidó por completo de la vida
en la granja.
Terminada la sesión, el estudiante, cansado, exhausto y absorto, se fue con los
demás, con quienes habíamos acordado que no hablarían de la cuestión hasta
más adelante.
Una semana más tarde, el estudiante visitó al autor, afirmando haber aprendido
algunas cosas increíbles sobre sí mismo como resultado de la recuperación de
ese recuerde).
En primer lugar, dudaba de si estaba realmente interesado en la psiquiatría
como había pensado hasta el momento. Ahora le parecía que la medicina interna
era mucho más interesante.
En segundo lugar, su actitud con respecto a la dermatología había cambiado
completamente. Previamente, había sido incapaz de estudiar el libro de texto
sobre la materia, a pesar de que lo había intentado con ganas. O se dormía en
cuanto abría el libro o se distraía. Siempre que iba a la clínica de dermatología, se
ponía enfermo y tenía que marcharse. A pesar del peligro de ser amonestado por
la facultad, había estado saltándose las clases sobre el tema. Ahora, sin embargo,
estudiaba dermatología con interés y disfrutaba de las prácticas. (Más adelante,
sacaría una buena nota en esa asignatura.)
El autor tuvo ese año la oportunidad de ver ai sujeto durante las clases y
después en las prácticas que realizó. Hablaron de sus planes, que consistían en
especializarse en medicina interna. Aun así, todavía mantenía mucho interés,
aunque en un segundo plano, por la psiquiatría.
En estos momentos, el sujeto ejerce la medicina en su consulta privada y usa
sus conocimientos de psiquiatría para tratar apropiadamente a sus pacientes.
Conclusión
No será necesario extenderse mucho con este caso, ya que el sujeto supo
dirigir sus esfuerzos de tal manera que consiguió una terapia efectiva, rápida y con
unos resultados impresionantes, si atendemos a las consecuencias que tuvo para
su personalidad. Por otro lado, no es difícil entender lo que sucedió. El texto habla
por sí mismo.
Creemos que esta tarea hubiese sido muy difícil de llevarse a cabo en estado
de vigilia, tal como descubrió el propio estudiante. Sin embargo, en estado
hipnótico, una tarea que parece imposible se hace comprensible, factible y hasta
se podría decir, en este caso, de fácil solución.