De falsos epitafios y otras muertes

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De falsos epitafios y otras muertes
De falsos epitafios y otras muertes
De falsos epitafios y otras muertes
Prólogo de Luis Leal
Los cinco cuentos y el minidrama contenidos en esta colección de cuentos de Guillermo
Schmidhuber de la Mora presentan un tema arquetípico, la muerte, captada desde una
perspectiva original, la íntima relación que existe entre el más allá y el más acá. Las anécdotas
giran en torno a este tema, y por lo tanto encontramos muertes verdaderas y muertes falsas o
ficticias. Las últimas son las más originales, si bien en la literatura tienen notables antecedentes.
Pensamos en Pirandello, en Borges, en José Rubén Romero. Esta intertextualidad —en la cual
también figura el nombre de García Lorca— es el motivo que transforma las anécdotas, ubicadas
por lo general en México, en Jalisco, en la frontera norte, en relatos de cariz universal,
magistralmente estructurados. De gran ironía, tanto temática como estructural, es el cuento “Para
todo hay mañas, menos para la muerte”, en el cual el personaje, escritor fracasado en vida, se
convierte en clásico fingiendo su muerte. En columnas paralelas, se presenta a la izquierda, el
cuento, y a la derecha el diario escrito por el personaje muerto en vida, a la manera del Mattia
Pascal, de Pirandello. Aunque no se ofrece un orden para la lectura, se sugiere que se lea primero
el cuento y después el diario, que contiene la clave del relato. No menos creativa es la estructura
del minidrama “Los enemigos”, basado en un cuento de Borges y en el cual predomina la
duplicación tanto espacial como temporal. Con este libro Guillermo Schmidhuber de la Mora, ya
reconocido como ágil dramaturgo, se coloca también entre los más destacados cuentistas.
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El ocioso y la muerte
— Una muerte villana —
La noticia del entierro de Tranquilino corrió de boca en boca, de esquina en esquina, de barrio en
barrio, casi tan rápido como al amanecer el sol fue moviendo la sombra de la montaña sobre el
pueblo. Hasta los perros ladraron diferente. La Matilde había salido a la calle antes de iniciarse el
alba y, sin una lágrima, había dicho a cuantos cruzaban el angosto y pedregoso callejón: “Hoy
enterraremos a Tranquilino.” Después, cuando apenas comenzaba a clarear, la Matilde había
regresado a su jacal y cerrado la puerta, como si quisiera impedir que el sol, curioso, fuera a entrar
por las rendijas para hurgar el interior e iluminar la cara flácida del difunto.
Las cuarenta familias del pueblo estuvieron de acuerdo; más valía Matilde viuda que
Matilde casada, porque al viejo Tranquilino, ni de joven, ni de viejo, le había gustado eso del
trabajo. Aunque la Providencia había dado cada día a la familia un plato de sopa y dos o tres
tortillas, a más de una cobija para que se arrebujaran en el suelo. Nunca pasaron lo que se dice
hambres, ni tampoco nunca sufrieron de grandes fríos. Quizá por benevolencia divina a la tan
repetida frase del viejo Tranquilino:
“Si Dios hubiera querido santificar el trabajo, habría mandado seis días de descanso y uno
para santificarlo.”
Cuando las primeras mujeres enlutadas, con ropas pardas de muchos años y de muchos
duelos, se acercaron a la casa del difunto, encontraron, en medio del jacal, a don Tranquilino entre
cuatro velas, ¡pero vivo!, sus ojos adormilados saludaban a las dolientes que llegaba, y sólo se
desperezaba cuando veía los sabrosos platillos de comida que cada una llevaba de ofrenda luctuosa,
porque en los días de muerte también da hambre. La Matilde levantaba los ojos secos de llanto y
respondía con desesperanza a las múltiples preguntas:
“Tranquilino pasa tanto tiempo dormido que bien pudiera estar muerto, para mí es lo mismo,
nada me los recuerda como marido. Hoy decidí ser su viuda, porque en el pueblo sólo las viudas
parecen estar contentas. Yo he trabajado bastante y ya me merezco la viudez. Así que Tranquilino: o
trabaja o se muere. Mis hijas se opusieron al principio, pero ahora comparten conmigo la dolorosa
pérdida del esposo y del padre.”
El viejo Tranquilino no parecía compungido, más bien se divertía con las miradas
desconcertadas de los vecinos.
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“Qué se le va a hacer, si es la voluntad de Matildita”, y se volvía a acomodar indolente en su
cobija. A ratos dormía tan plácidamente que su rostro hubiera parecido el de un muerto, si no
hubiera sonorizado el instante con ronquidos que de cuando en cuando parecían contestar las
avemarías y los padrenuestros de los rosarios que las mujeres rezaban sin saber si era lo más
adecuado.
Todo el pueblo acudió al entierro. El único que se negó fue el cura, así es que el funeral no
tuvo ni misa de cuerpo presente, ni responso para el tan deseado descanso eterno de don
Tranquilino. El cortejo partió del jacal en silencio. La caja había sido pagada por un fondo de
beneficencia de la presidencia municipal. El único carpintero del pueblo había clavado la caja sin
pulir interiormente las incómodas asperezas de la madera, lo que a todos les pareció una falta de
consideración. Tranquilino mostró su desagradó al recostarse, pero la viuda, solícita, arropó la caja
con varias cobijas viejas y dos almohadas muy resolladas.
El pueblo en pleno seguía al cortejo con gran curiosidad. Cuatro hombres cargaban la caja
sobre sus hombros. Atrás iba la Matilde vestida de negro, pero ni el color de las ropas ni lo fatigado
de su expresión hacían desaparecer su sonrisa de alivio. Las hijas la acompañaban, con los nietos y
bisnietos, algunas lloraban y contagiaban a los pequeños. Una docena de perros alegraba el cortejo
con su impertinente algarabía de ladridos y sus desubicados meneos de cola. Ninguno de los hijos
acompañó al entierro. Más de uno del pueblo sospechó que debía ser porque estaban cansados, ya
que por la línea masculina de la familia de Tranquilino, la sangre parecía correr con lentitud por las
venas.
A la mitad del recorrido se oyó la fuerte voz de un hombre.
“Paren el cortejo.”
Los cuatro hombres y algunos otros acomedidos bajaron la caja al suelo, tuvieron tantos cuidados
que parecería que no querían interrumpir el sueño del fallecido. La voz era del caballerango de don
José, el único rico del pueblo. Todo el pueblo se arremolinó inquieto.
“Don José se ha conmovido con la historia de Tranquilino y quiere ayudar para que no se
lleve a cabo el entierro. Le manda veinte costales de maíz.”
Todos se alborozaron, hasta la viuda agrandó su sonrisa. En medio de aplausos abrieron la caja. Se
hizo un silencio. El muerto se sentó con lentitud y preguntó al caballerango:
“¿Está el maíz desgranado o en mazorca?”
“En mazorca”, respondió seco el hombre.
El silencio penetraba a todos por la boca, los ojos y los oídos, como si el aire se hubiera convertido
en agua, y ésta en hielo. Ni los perros se movían. Fue entonces cuando Tranquilino dijo sus últimas
palabras:
“Que siga el entierro.”
El viejo Tranquilino Placencia vivió muchos años más. Creo que llegó a encontrar el panteón más
placentero y callado que su bullicioso jacal. Comía de las ofrendas de muertos y bebía del agua del
arroyo. Algunos le dábamos limosnas con las que compraba mezcal. Asistía a todos los entierros.
Daba la bienvenida al cortejo en la puerta del panteón y nos guiaba con gran regocijo hasta la tumba
correspondiente; parecía como si nosotros, los deudos, lo hubieran ido a visitar. Nunca regresó a su
hogar, ni siquiera cuando murió la Matilde. Ese fue el único entierro en que lo vieron llorar. Un día
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lo encontraron muerto sobre la tumba más cómoda. Había muerto mientras dormía. Lo enterraron al
lado de Matilde. De nuevo todo el pueblo asistió al entierro. Así que al final de sus vidas, acabaron
por descansar juntos.
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Una canita al aire
— Una muerte urbana —
Llegaron las dos cajas. Gemelas. Como si envolvieran al mismo muerto. Nadie asistió al velatorio,
ni tomó café con piquete para desperezarse y brindar tristeando por el difunto, a pesar de que esa
noche fueron dos los occisos. Ni nadie acompañó al cortejo cuando salió de madrugada, horas antes
de lo acostumbrado, para que nadie fuera a compartir el dolor. Cuando aún la placidez nocturna
cubría con su manto las calles, el panteón recibió las dos cajas, sin que los cadáveres hubieran sido
lavados ni amortajados por manos cariñosas y dolientes. Solamente los tres enterradores vieron con
ojos somnolientos los sendos agujeros que abrieron en la tierra; por lo temprano de la hora más
parecían campesinos que plantaban árboles al despuntar el alba. No hubo ni una lágrima en público,
ni un pésame. Nada. Así que cuando el sol anunció el amanecer del siete de septiembre, ya los dos
cuerpos ensangrentados reposaban en lo obscuro.
CALIFORNIA. SAN DIEGO. CENTRO ANTIGUO. BAR.
El mesero trató de recordar.
“Llegó como a las nueve de la noche. Bebió dos whiskies con agua mineral...... No,
nunca miró a las muchachas. Ni siquiera cuando una se acercó a pedirle un cigarro. Parecía
como si estuviera ausente. Yo traté de hacerle plática, pero no la siguió. Pronto me pidió la
cuenta y pagó con billetes. No dejó propina. Se levantó para dirigirse a la salida en el mismo
instante en que ella apareció por el marco de la puerta... No, no se hablaron ni se saludaron. Ni
creo que hayan intercambiado una mirada a pesar de que ella llevaba una larga bufanda de
seda color rojo. Inclusive recuerdo que él salió primero. Ella entró y se dirigió a la mesa más
cercana. Luego él regreso apresurado y se sentó en una mesa contigua. Cuando le llevé la
bebida a la muchacha, ya se habían sentado juntos. Él me pidió otro whisky y pagó la cuenta de
los dos, sin dejar propina. Después de unos diez minutos, salieron juntos. Ella iba sonriente,
pero él estaba tan nervioso que quiso abrir la puerta hacia adentro, a pesar de que las puertas
de todas las cantinas del mundo abren hacia afuera... Sí, ya la había visto antes. Fue otra noche
en que ella pasó una hora sola en una mesa, luego conoció a uno y con él se fue...... Gracias,
señor, pero no había necesidad de darme tanto de propina.”
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SAN DIEGO. MOTEL. LOBBY
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“Sí, aquí estuvieron cuando menos dos fines de semana. Los recuerdo perfectamente
porque en la primera ocasión mi relevo no llegó y trabajé 32 horas seguidas, y en todo ese
tiempo no salieron del cuarto. Nunca pidieron comida o bebida, ni toallas extras. Como si se
hubieran muerto. En el mismo instante en que llegó mi segundo relevo, ellos llegaron a la
administración. Ella pagó la cuenta en efectivo y yo le devolví al señor el baucher que había
dejado de su tarjeta de crédito...... Rodrigo Sazueta, decía el baucher. Lo recuerdo porque así
me apellido yo, señor, Leopoldo Sazueta. Nací en Sinaloa pero ya hace mucho que estoy de
pasaporteado...... Gracias, señor, pero no había necesidad de darme tanto.”
AEROPUERTO DE SAN DIEGO. AGENCIA RENTACARROS
.
“¿Cuál es el nombre de la persona? Deje ver, Lisa Jones...... Lisa Jones...... ¿Cuándo
dice que rentó el auto? Aquí está. Lo rentó en la mañana del 6 de septiembre. Destino. Déjeme
ver...... Tijuana. No tengo más información. Gracias por la propina, pero no había necesidad.”
No me sirvas mucho, no tengo apetito
¡Para qué vine a comer a casa...
No quiero sopa, solamente un poco de carne
¡Pinchi junta...
Una sola junta, pero tan larga que vamos a seguir en la tarde
¡Ojalá tuviera que volver a San Diego pronto...
Hoy no vengo a cenar, voy a ver a mi hermano
¡Cómo quisiera verla de nuevo...
Llegaré noche, no me esperes
¡Aunque fuera la última vez...
—Te llamó una muchacha. No quiso dejar su nombre. Hablaba con acento. Solamente dijo que está
en el Hotel Cesar. Rodrigo, ¿quién es?
¡Lisa!...
Yo que sé. Una clienta.
TIJUANA. HOTEL CÉSAR. RECEPCIÓN.
“La habitación 212, por la escalera a la derecha, pero ya salieron... No, no sé el nombre
del caballero... No, nunca habían venido aquí antes. Estoy seguro porque tengo de fijo la
guardia nocturna. Yo los recordaría, porque ella es muy bonita y él no está del todo mal...... ¡Ah,
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gracias!... El señor que buscan llamó desde su habitación... ¿El teléfono que pidió? No sé si
debiera... ¡OK! Aquí lo apunté: Seis-treinta dos-cincuenta ocho-noventa y cuatro... ¡Es la mayor
propina que he recibido en mi vida! ¿Es usted investigador privado o qué?...
Todo ha sido una estupidez
Carro a la derecha Semáforo en rojo Vuelta a la izquierda
Venir desde San Diego solamente para verme. Y haberse atrevido a llamarme a la casa. Me estoy
arriesgando demasiado
Luz verde Avenida Vuelta a la derecha
Pero que buen rato pasamos. Hoy venía tan ganosa. Eso les pasa a todas las divorciadas
La calle La casa La cochera automática
Y peor a las que están en trámite de divorcio, como ella. No debo hacer ruido para que no se entere
mi mujer que llego tan noche. Dejaron la luz de la sala encendida. Gasto inútil. ¿La puerta de la casa
está abierta?... ¿Qué cuelga de la lámpara?... ¡Oh Dios, mi esposa se suicidó!...¡No puede ser! ¡No
con la bufanda roja de Lisa!
Auto Arranque Huida
¿A dónde? ¡Mi hermano! ¡A casa de mi hermano!
Calle vacía Semáforo en rojo
Me pasé la luz. ¿Quién me podrá descubrir a estas horas? ¿Y si me están siguiendo? La policía va a
pensar que yo la maté. ¿Por qué esa bufanda está en mi casa? Hoy la traía puesta Lisa
Calles vacías Glorietas obscuras Ciudades solitarias
¿Qué le voy a decir a mi hermano? Ya deben estar todos dormidos. Cuando le llamé del hotel para
que me hiciera la parada con mi esposa, no había nadie en casa
La calle deseada Un bache lleno de agua
Debí entrar en mi casa y ver qué pasaba. No, es mejor que lo haga con un testigo. Ojalá mi hermano
esté despierto... Todo está oscuro. ¡La puerta principal está también abierta!
Freno Motor apagado Portazo Pasos rápidos Luz
¡También está muerto!, pero ¿por qué?
Huida Llaves Puerta abierta Arranque
Tenía el pecho y la cara llenos de sangre. Debió ser con una pistola. ¿Por qué también él? Primero
mi mujer y después él. ¿Habrá alguna conexión? Lisa. Ella debe tener una explicación
Rumbo al hotel Avenida Semáforo Vuelta
Estará dormida. Su cuerpo cálido. Meterme entre sus cobijas
Anuncio luminoso del hotel Estacionamiento Puerta principal
¿Por qué la misma bufanda? ¿O serán dos bufandas iguales y todo fue un suicidio? No, porque su
cadáver tenía las manos ensangrentadas
Elevador ocupado Recepción Escalera rumbo a la habitación 212
“¡Hey, señor! Ya se fue.”
“¿Quién?”
“Su amiga.”
“¿A dónde?”
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“No dejó recado. No sé si debiera decirle esto. A mí no me gusta meterme en donde no me
llaman. Usted me entiende, señor. Llegaron tres hombres y se la llevaron, yo diría que a la fuerza. A
mí se me hace que es mejor que usted no se deje ver... ¡Espere! Hay algo más. Hace un rato, cuando
estaba usted arriba en la habitación, vino un señor y estuvo haciendo preguntas. Claro que no le dije
nada... ¡Espere! ¡No cree que merezco una propina!... ¡Avaro! ¡Que se le pudra el dinero en la
cartera!”
“Sra. Clotilde Sazueta. Esta llamada es muy importante. Fíjese muy bien en lo que responde.
¿Dónde está su hijo Rodrigo?... No, es su casa no está. Ya lo buscamos allá. Ya sabemos que no
está en la casa de usted. Nos lo dijo su otro hijo... Hoy lo conocí. Dígale a Rodrigo que no se nos va
a escapar, así que vayan preparando una tercera caja para él... ¿Yo? No soy nadie, a mí me mandan.
Repita conmigo lo que voy a decir para que no se le olvide. Nadie, pero nadie, puede asistir al
entierro. Pronto sabrá a qué me refiero. Si alguien va, lo mataremos. Y los seguiremos persiguiendo
hasta que su hijo Rodrigo pague con su vida. ¿Entendió el mensaje?... ¡Ah, se me olvidaba!
Tampoco queremos a nadie en el velorio. ¿Me entendió, doña Clotilde? Absolutamente a nadie.”
Click Pausa larga Llanto Silencio Timbrazos de teléfono
“¡Mamá! Soy Rodrigo. Ha pasado algo horrible. ¿Quien llamó?... Eso dijo, pero ¿por qué?...
Yo no hice nada. ¡No cuelgues, mamá...”
Click
El puente internacional
Imposible
San Isidro
¿Por
qué?
Freeways norteamericanos
¡Ella debe saberlo! Carros Minutos
cortos
Coronado
Segundos largos
San Diego
¡Ella lo sabe!
La calle del
apartamento
La puerta está cerrada
Todo parece en calma
Rasgueo de uñas en la puerta
¿Estará Lisa?
Toque mínimo de nudillos
Silencio
La puerta se abre
Lisa está allí en la obscuridad Su
perfume
es
inconfundible
Rodrigo la intenta besar y ella lo impide
Una luz ilumina un
rostro irreconocible
Una línea roja, de navajazo, surca su mejilla izquierda.
“No sé cómo estás vivo. Creí que nunca te volvería a ver.”
“¿Por qué todo esto, Lisa?”
“Ya nada podemos hacer. Pasa o vete para siempre.”
La doble tumba no llegó a tener lápida que recordara la ruptura de la frontera que divide el
mundo de los vivos del de los muertos. Ni siquiera cuando pasaron los meses y todos se fueron
enterando de la historia del terrible castigo que le depara a todo hombre que se echa una canita al
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aire. De menos eso es lo que a menudo piensa doña Clotilde Ramírez, madre y suegra de los
muertos, cuando recuerda a su otro hijo ausente y murmura para sí, sin que nadie la escuche:
“Ningún adulterio termina bien, y menos cuando es entre narcos.”
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Memorias dulces, amargos despertares
— Una muerte lorquiana —
—. ¡Adela! ¡Adela! ¿Dónde estará esta niña? Siempre se esconde y no replica, es una adelantada...
“En el nombre de Dios Nuestro Señor Todopoderoso y de su bendita madre la Virgen María,
Nuestra Señora, concebida sin mancha de pecado original, en quien como abogada, guarda y
amparo de pecadores, tengo puesta mi esperanza. Sea notorio a los que el presente vivieren como
yo, Bernarda de Alba, la mujer de Antonio María Benavides, hija de María Josefa y de José de
Alba. Doy fe que me casé con Antonio María Benavides cuando ya él era viudo y...
BERNARDA—.Aquí se hace lo que yo mando. Ya no puedes ir con el cuento a tu padre. Hilo y
aguja para las hembras. Látigo y mula para el varón. Eso tiene la gente que nace con posibles.
—. Angustias, ¿dónde está Adela? ¿Por qué tampoco me respondes?
Doy fe de que Antonio María Benavides tenía una niña de su primer matrimonio, por nombre
Angustias, a quien quiero como si fuese mi hija por derecho de sangre, y a quien crié sin pedirle
nada a nadie, a pesar de que heredó el dinero que fue de su difunta madre, y aquí dejo constancia
de que sus bienes no nos pertenecen...
BERNARDA—.Angustias, ¿es decente que una mujer de tu clase vaya con el anzuelo detrás de
un hombre el día de la misa de su padre? ¡Contesta! ¿A quién mirabas?
—. ¡Magdalena, Amelia, Martirio! ¿Qué no hay nadie en esta casa?
Considerando la brevedad de esta vida, cuán llena está de trabajos y peligros; y que la honra del
mundo es breve, mudable y perecedera, y sus placeres falsos, y transitoria su bienaventuranza; y
que todos los que pasan su carrera y mar tempestuoso, es con muchos riesgos y peligros y,
finalmente, que van más seguros los que van mirando el norte de la religión, que asegura más la
llegada a tomar puerto de salvación...
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BERNARDA—.Paca la Roseta es la única mujer mala que tenemos en el pueblo.
—. No sé para qué dejé a Poncia ir a la misa tan temprano. Antonio va a volver de la plaza y no va a
estar todo listo. Han de andar todas jugando en el potrero.
Por tanto, estando en mi lecho de muerte, aunque, como estoy en mi acuerdo y entera memoria, no
en el estado mental con el que murió mi madre, a quien Dios haya perdonado, y creyendo como
creo, en el misterio de la Santísima Trinidad de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo...
BERNARDA—.Angustias sale a sus tías; blandas y untuosas y que ponían los ojos de carnero al
piropo de cualquier barberillo. ¡Cuánto hay que sufrir y luchar para hacer que las personas sean
decentes y no tiren al monte demasiado!
—. ¡Poncia! ¡Poncia! Hay que cambiarle los pañales a Magdalena.
Y en todo aquello que mantiene, cree y confiesa nuestra Santa Iglesia Católica Romana, en cuya fe
y creencia he vivido y protesto vivir y morir; otorgo que hago y ordeno mi testamento en la forma y
manera siguiente...
BERNARDA—.No hay en cien leguas a la redonda quien se pueda acercar a ellas. Los hombres
de aquí no son de su clase. ¿Es que quieres que las entregue a cualquier gañán?
—. ¡Otra niña! La bautizaremos con el nombre de Amelia.
El cofre lleno de sábanas que mis hijas bordaron vanamente con sus iniciales la lego al orfelinato
de iglesia de Pueblo de Valderrubio...
BERNARDA—.Aunque mi madre está loca, yo estoy en mis cinco sentidos y sé perfectamente
lo que hago.
—. ¡Angustias y Magdalena! ¡Dejen de pelearse! No tienen conmiseración ni con su madre que está
embarazada.
La ropa del que fue en vida mi esposo, Antonio María Benavides, y que he guardado celosamente
por treinta y tres años, lo lego a los pobres de la plaza del pueblo...
BERNARDA—.No os hagáis ilusiones de que vais a poder conmigo. ¡Hasta que salga de esta
casa con los pies delante mandaré en lo mío y en lo vuestro!
—. ¡Otra niña! La bautizaremos con el nombre de Martirio.
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El cofre de mi madre, María Josefa, que incluye tres anillos de oro con piedras semipreciosas y los
pendientes de amatista, lo lego a la Madre Dolorosa del Altar de Fuente Vaqueros...
BERNARDA—.Me hacéis al final de mi vida beber el veneno más amargo que una madre puede
resistir.
—. ¡Tantos dolores de parto para parir otra niña! ¿Nunca tendré un varón? Ésta será la última, la
bautizaremos con el nombre de Adela.
Giro aquí instrucciones para que toda mi ropa sea entregada al asilo de ancianas que me dicen hay
en la ciudad de Granada, sin que prenda alguna quede en posesión de aquella que lleva por
nombre Poncia y que sirvió, con pago justo de sueldo, en mi casa...
BERNARDA—. ¡Silencio digo! Yo veía la tormenta venir, pero no creía que estallara tan pronto.
¡Ay, qué pedrisco de odio habéis echado sobre mi corazón! Pero todavía no
soy anciana y tengo cinco cadenas para vosotras y esta casa levantada por mi
padre para que ni las hierbas se enteren de mi desolación.
—. No han hecho la primera comunión las niñas grandes. No quiero que la hagan junto con las
muchachas del pueblo.
Con las almohadas y sábanas que estén puestas en mi lecho a la hora de mi muerte, pido que sirvan
de mortaja. Quede aquí asentado mi deseo postrero de no ser amortajada por mano de mis hijas,
quienes siempre han mostrado poca habilidad en las labores femeninas. Así que solicito a la
Providencia mejores manos para que sequen mi sudor postrero, cierren mis ojos y amortajen mi
cuerpo...
BERNARDA—.No pienso. Hay cosas que no se pueden ni se deben pensar. Yo ordeno.
—. ¡No quiero que se bañen juntas! Mejor de una por una.
En el cajón superior del armario del que entonces dejará de ser mi recámara, dejo la cantidad de
doscientos pesetas para que se ordenen las misas gregorianas para rogar por el eterno descanso de
mi alma...
BERNARDA—. ¡Cómo gozarían vosotros de vernos a mí y a mis hijas camino del lupanar!
—. No quiero que jueguen, ni que duerman juntas. Respeten su distancia de hermanas, así como yo
respeto la distancia entre madre e hijas.
Mi último deseo sea de que mis restos mortales no sean enterrados al lado del que en vida llevó el
nombre de Antonio María Benavides y con quien contraje esposorios, porque si en vida le tuve
infinita paciencia, ya de fallecida, quiero reposar en tierra franca...
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BERNARDA—.Eso es lo que debías hacer. Obrar y callar a todo. Es la obligación de los que viven
a sueldo.
—. Antes de dormir, tienen que pensar que hoy pudieron haber muerto.
La casa de mi propiedad, la misma que ha servido de cobijo a mí y a mis hijas, y que fue heredada
a mi persona por mi señor padre, deberá ser vendida, donando su ganancia a la iglesia parroquial
para decir cuantas misas alcanzare, por el eterno descanso de José de la Romilla, alias Pepe el
Romano, y de todos aquellos que ilusamente pretendieron matrimoniarse con mi queridísimas hijas.
Ruego a Dios les haya concedido el descanso eterno, a pesar de cómo vivieron y de la forma, tan
poco cristiana, de entregar su alma al Creador...
BERNARDA—.Afortunadamente mis hijas me respetan y jamás torcieron mi voluntad.
—. No se come entre comidas. Ni tampoco deben comer a llenar, aunque nos sobre la comida.
Manifiesta el Testador que es su voluntad expresa que el Albacea sea el señor cura de la parroquia
de Valderrubio, único hombre que entró en la casa del Testador en los treinta años que cuentan
desde la muerte de su hija Adela, de quien da fe que murió virgen y después de recibir los santo
óleos y con doble bendición papal...
BERNARDA—.Si las gentes del pueblo quieren levantar falsos testimonios, se encontrarán con
mi pedernal. No se hable de este asunto. Hay a veces una ola de fango que levantan los demás
para perdernos.
—. Hay que ir a misa a pedirle por el eterno descanso de su abuelo. Mejor se hubiera muerto mi
madre. Así tendríamos a un hombre en la casa, sin que exigiera ninguno de sus derechos.
Como última voluntad, ordeno que mis hijas sean arrojadas de la casa que fue de mi propiedad, sin
que medie más de tres días después mi defunción, para que puedan gozar de su tan deseada
libertad...
BERNARDA—. ¡Aquí no se vuelve a dar un paso sin que yo lo sienta!
—. No se me ha olvidado que hoy es el cumpleaños de Adela, pero no hay razón de hacer fiesta. No
quiero a nadie del pueblo dentro de esta casa.
Los testigos firmantes, Poncia María Rosales, hija de la que fue criada de la casa de la Testadora,
y su hijo, el doctor Juan Rosales, declaran que conocen bien a la Testadora y en unión del suscrito
se han cerciorado de que ella misma se encuentra en el uso completo de sus facultades
intelectuales, libre de toda coacción, amenaza o violencia...
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BERNARDA—.No le debes preguntar. Y cuando te cases, menos. Habla si él habla y míralo
cuando te mire. Así no tendrás disgustos.
—. No, Antonio, ahora no, las niñas pudieran estar despiertas, y aún oigo el trajinar de la Poncia,
mejor después.
Y habiendo leído yo, el Notario, el presente Instrumento a la Testadora en alta voz y sus cuatro
hijas solteras, cuyos nombres son Angustias, Magdalena, Amelia y Martirio, y antes los expresados
testigos expliqué el alcance y fuerza legal de su contenido...
BERNARDA—.En esta casa no hay ni un sí ni un no. Mi vigilancia lo puede todo.
—. Ya no Antonio, ya te di cuatro hijas, para qué quieres otra más.
Expresa la Testadora, Sra. Doña Bernarda de Alba, que antes de ahora no ha hecho disposición
testamentaria alguna y es por esto que la que hoy hace es su voluntad que se cumpla y ejecute en
todas sus partes, como única, última y deliberada voluntad. Yo, el Notario, doy fe de la verdad de
este acto.
BERNARDA—.Las enaguas llenas de paja, son la cama de las mal nacidas.
—. ¡Te dijo que no quiero! Me molesta hasta como hueles. No soporto tu resuello una noche más.
Quedando bien enterado y cumplidos los demás requisitos de ley, y firma ante mí y los expresados
testigos, el 19 de junio de 1936, en la población de Valderrubio, en las cercanías de Fuente
Vaqueros, de la Provincia de Granada, España.”
BERNARDA—.Y yo no quiero llantos. La muerte hay que mirarla cara a cara. ¡Silencio! ¡A
callar he dicho! ¡Las lágrimas cuando estén solas! Se hundirán en un mar de luto. Su madre ha
muerto. ¿Me habéis oído? ¡Silencio, silencio he dicho! ¡Silencio!
(La vieja Bernarda regresa de sí y abre desmesuradamente los ojos, como si por primera vez viera
a las cuatro hijas que rodean el lecho de muerte. Se esfuma el mundo imaginario en el que ha
vivido y en lugar de imaginar a sus hijas pequeñas como lo ha hecho en su edad senil, las ve por
primera vez con la edad y la apariencia que realmente tienen: Angustias de 69 años, Magdalena de
60 años, Amelia de 57 años y Martirio de 54 años.)
BERNARDA—. ¡Dios mío, pero qué feas estáis todas!
(Bernanda Alba expira.)
¡Ja
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ja, ja,
ja, ja, ja,
ja, ja, ja, ja,
ja, ja, ja, ja, ja
ja, ja, ja, ja, ja, ja
ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja.....!
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Para todo hay mañas, menos para la muerte
— Una muerte literaria —
La primera noticia oficial llegó a su lugar de
trabajo porque, aunque trabajaba poco, nadie
dudaba que fuera vendedor ambulante de
biblias y de enciclopedias escolares. El teléfono necesitó sonar cuatro veces para que fuera
contestado. Una voz somnolienta recibió el
recado. Felipe Escolástico no se presentaría a
trabajar porque había muerto. Ni la voz que
avisaba, ni el oído que escuchaba tuvieron
una señal de dolor. Nada. La segunda llamada
fue para la casa funeraria. Una caja grande y
cómoda, de color gris acero, que no fuera ni
cara ni barata. El pago sería dado esa misma
noche. El dueño de la funeraria dijo que no,
que únicamente se entregaban cajas que
fueran pagadas de antemano, porque los
deudos solían dejar deudas. Doña María, la
viuda, con voz firme apuntó:
Miércoles 28 de diciembre
Contar esta historia es pasar de la vida a la
ficción y de la ficción a la vida. Quiero dejar
aquí escrito cómo comenzó esta aventura para
que no se caiga en falsedades. Primero sentí
unas palpitaciones cardíacas siempre que
pensaba en lo imposible que era publicar mis
escritos, después las palpitaciones se
complicaron con una constipación incurable
que parecía metáfora de la aridez creativa que
sufría para escribir, y al final terminé con una
depresión que, como sombra sobre mi alma,
me ha hecho conocer el infierno.
La idea se me apareció en mi mente
esta madrugada. Me desperté en medio de la
oscuridad y una vez más me sentí inútil. La
vida inútil de Felipe Escolástico. Pensé en qué
pasaría si me muriera. Imaginé a mi viuda con
una sonrisa de alivió: “Se nos murió Felipe,
comadre, pero mejor, porque desde esta
noche, sabrá donde duerme.” Y los obituarios
en la prensa: “Muere el mejor cuentista de su
generación... si no hubiera nacido en provincia...” “Nunca tuvo un mayor éxito que
con su primer libro... que casi nadie leyó.”
Cuando más, publicarían uno de mis cuentos
más conocidos en una separata cultural. ¿Qué
—Esta caja la pagará el gobierno.
—Señora, que yo sepa, el gobierno solamente
paga el entierro de los héroes.
—Señor, el muerto era escritor.
El señor cura aceptó ir a dar un responso a la
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De falsos epitafios y otras muertes
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casa y preparar todo para la misa de cuerpo
presente a las diez de la mañana del día
siguiente, para que desde la iglesia partiera el
cortejo rumbo al cementerio. Preguntó si
Escolástico había tenido tiempo de arrepentirse de sus múltiples pecados. La viuda
proclamó: “No, pero Dios escribe torcido
sobre renglones rectos”, proverbio que fue
malentendido por el cura, quien lo repitió
enderezando lo torcido, lo que fue muy
alabado por las mujeres que se arremolinaban
para saber detalles del triste suceso. Todas
tenían la sospecha, “Dios no lo permita”, que
el alma del difunto ya debería haber entrado a
los infiernos.
dejaría de herencia? Dos libros ya agotados
porque fueron publicados en ediciones
mínimas, dos novelas inéditas y un baúl lleno
de papeles inconclusos, porque desde hace
cuatro años nadie se interesa en publicarme.
Estoy seguro que un editor se pudiera
entusiasmar en una edición póstuma porque,
sin duda, más valgo como cuentista muerto
que como cuentero vivo. Si mis enemigos me
supieran muerto, ya nadie esperaría que escribiera como los escritores de éxito, ni siquiera
como Laura Esquivel. Todo lo que he escrito
quedaría detenido en el tiempo y en el espacio, sin que ningún editor o crítico sabelotodo
quisieran corregirlo. Al saberme muerto, mis
amigos literarios suspirarían, no por la nostalgia de saber que no me verían más, sino
porque se sentirían aliviados al tener un competidor menos. Así los premios y los suplementos dominicales se repartirían entre menos plumas. Los críticos me podrían comparar
con Borges, Cortázar y Rulfo, sin temor a
otorgar elogios de más. Definitivamente,
pensé en la oscuridad, tendré que morirme
para poder seguir viviendo. Optar por el suicidio me resulta un absurdo porque la verdad
es que no tengo ganas de dejar de ver a mis
amigos. Aunque sé que los escritores suicidas
son más leídos que aquellos escritores que
mueren cristianamente. Indudablemente, la
mejor muerte que pueda tener un escritor es el
suicido. Ahí está José Asunción Silva y Leopoldo Lugones. La verdad es que nadie espera
que un escritor tenga una mujer, un hogar y
un empleo, ni menos una muerte edificante.
Todos nos imaginan en una bohemia que nos
lleva tarde que temprano a la tumba, con un
suicidio lento y doloroso o con uno rápido y
consolador. Aunque mi muerte sería la única
salida digna, no me atrevo a cortar mi vida.
¿Y si me muriera de ficción?
Anunciar mi propia muerte y poder verla.
¡Cómo no se me había ocurrido antes! Podría
Cuando corrió la noticia a la plaza, el café
estaba vacío. Uno a uno los habituales fueron
apareciendo, a desayunar los tempraneros y a
tomar café los tardíos. La noticia causó estupor. Algunos preguntaron de qué había
muerto. Infarto. Y asintieron conjeturando un
suicidio. “Ya se le veía cansado desde hacía
mucho.” “No, se murió porque dejó de escribir, un escritor que no escribe, se muere.” “¿Y
tú por qué no te has muerto?.” “No es tanto
que no escribiera, sino que no le publicaban.”
“¿Cómo de que no?, si salió un cuento suyo
en el suplemento cultural de El Informador el
domingo pasado”, agregó con inocencia el
mesero. Pero nadie lo había leído. Todos se
dieron cita en la casa del amigo muerto para
dar el pésame a la viuda literaria y brindar por
el eterno descanso del eximio escritor con
quien habían compartido tantas desveladas
literarias.
A la cantina “La Jalisciense” llegó la noticia
hasta la mitad de la tarde porque los pocos
parroquianos que adelantaron la hora de su
cerveza, eran fuereños. Uno de lo boleritos
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De falsos epitafios y otras muertes
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entró y le dijo al cantinero: “Te acuerdas del
tipo ese que dizque escribía libros, pues se
petatió.” Durante la tarde, en varias mesas se
comentó el deceso. “Pobre de la viuda, mejor
le hubiera ido con un borracho como
nosotros, y no con uno que le gustaban tanto
los sueños y las mentiras.” Ninguno de los
asiduos al bar habló de ir a la casa a dar el
pésame, a pesar de que bien conocían el lugar
porque más de una noche habían cargado,
campaneante, al escribano, hasta la puerta de
su domicilio. “Yo no me animo a ir, me daría
miedo verle los ojos a la viuda, a lo mejor me
reconoce y me corre.” El bolerito dijo que él
sí iría a bolearle gratis los zapatos con los que
iba a ser enterrado el difunto. “Ahora ya no se
usa eso. A los ricos los hacen ceniza, para que
sigan tiznando.” “Yo de todos modos voy.”
“Para mí que vas a ver qué pescas con la
excusa de bolear los zapatos, ya te he visto, en
cada velorio sales con repelitos, ¿o no es cierto?”
asistir a mi velatorio y a mi entierro, y leer los
obituarios, y saber las reacciones, ya no
envidiosas, de todos mis congéneres literarios.
Me podría reír en las narices de tantos que me
han acechado con su envidia y que han sido
parcos en el halago. Todo esto lo pensé en el
duermevela, ahora me he levantado y escribo
sobre la posibilidad de fingir mi muerte, o
mejor dicho, de literaturizar mi propia desaparición. La prensa cubrirá la noticia de mi
defunción y, más tarde, de mi “resurrección”,
y hasta puede que me entrevisten por televisión. Ahora me parece esta IDEA no sólo la
mejor de las ficciones que he creado, porque
ahora escribo no sólo con la pluma, sino con
mi vida, con el destino de tantos otros. Será la
más inteligente de mis posibles venganzas.
Vivo tengo un lugar mínimo en el mundo de
las letras, muerto lo tendré mayor, y cuando
regrese del más acá, sabré conservar ese espacio ganado con tan magnífica IDEA.
Lunes 2 de enero
Al burdel llegó la noticia temprano. Una de
las viejas que estaba en misa y oyó la conversación del cura con la viuda, no se aguantó y
se salió después de la consagración para contarle el chisme a su hija.
—Se murió el escritor.
— ¿Cuál?
— ¿Cómo que cuál?, el que te buscaba por las
buenas y te decía cosas bonitas.
— ¿Ése? Para mí que se fue al cielo, porque
nunca tuvo dinero para pagarnos el ratito.
He decidido llevar este diario para dejar
constancia de todos los sucesos que vayan
teniendo lugar con respecto a mi desaparición. Así tendré la crónica de una
desaparición anunciada. Algún día podré publicarla y reírme de la estulticia de tantos y de
tantas. Además, me servirá de testimonio de
las ideas que fluían en mi cabeza mientras
ideaba la muerte más literaria de la historia.
El velatorio se convirtió en una farsa.
Hasta mi caja llegaron los comentarios halagadores e hipócritas de mis compañeros de
letras. Me llamaron heredero de Rulfo y
hermano de Fuentes. Se prometió un homenaje póstumo y los más interesados en
estar presentes y formar parte de ese panel
fueron aquellos que más me aguijonearon con
sus críticas y me desprestigiaron con sus
Los amigos fueron llegando en grupos de dos
o tres. En medio de la sala estaba la caja entre
cuatro velas. La caja aún no llegaba y el
cadáver aún reposaba en su lecho de muerte,
pero nadie llegó a verlo porque la puerta
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De falsos epitafios y otras muertes
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estaba cerrada. “Comadre, cómo me hubiera
gustado verlo una vez más porque la última
vez que lo vi, estaba borracho y ese es un mal
recuerdo.” “Yo así lo vi siempre.” “¿Cómo le
va a hacer, comadrita?.” “Dios aprieta pero no
ahorca.” “Algunas veces más vale horca que
pobreza.” “A poco no preferiría usted al
compadre Felipe vivo y no muerto.” “Para mí,
mejor que esté muerto.”
calumnias. Emilio Carballido viajó desde
México solamente para traer la noticia de una
posible edición póstuma, a pesar de que las
últimas dos ediciones de mis libros se llegaron a esfumar debido a sus enredos calumniosos y a sus diligentes malversaciones.
Hasta el cura parecía más interesado en salvar
a los vivos que en sacar al difunto del
purgatorio. Habló con varios de mis amigos
escritores y propagó la idea que al no existir
ya más la izquierda, todos los escritores
podrían irse al cielo, sin importar lo que
hubieran escrito, ya que el mismo papa era
autor de obras de teatro.
Por primera vez que yo sepa en mi
familia, se utilizó el concepto moderno de que
los velorios tienen horario, así que a las doce
de la noche mi esposa pidió que todos se retiraran para que pudieran descansar y que el
duelo se recibiría nuevamente a las nueve de
la mañana. Esa buena idea me salvó de estar
inmóvil dentro de una caja, así que cené la
deliciosa comida que varias amigas de mi
esposa habían llevado, acompañado del café
con piquete que había sobrado. Dormí tan
profundamente como si me hubiera
verdaderamente muerto, hasta mi mujer tuvo
que despertarme para saber si estaba vivo,
porque no me movía y ya eran la ocho de la
mañana. Me desayuné dos huevos rancheros
con tortillas, me volví a acostar en la caja y
esperé que dieran las nueve en el reloj de la
parroquia para que reanudara el duelo. Por la
mañana llegaron varios parientes que hacía
años que tenía olvidados. Una tía viuda con
sus tres hijas solteras. Sus voces se oían llenas
de ternura. Fueron las únicas voces que hicieron que mis ojos se humedecieran. Me dolió
no haberlos buscado en vida más a menudo,
pero tuve la esperanza que algún día lo haría.
Llegó la caja y mientras la acomodaban en la
pequeña sala de la casa, el cobrador de la casa
funeraria pidió el pago correspondiente. La
viuda apeló a los méritos del muerto y apuntó
que todavía no recibía noticias de la
municipalidad. Cuando estaban a punto de
llevarse de nuevo la caja, el bolerito se
adelantó y puso sobre una mesa varias
monedas. “Si mi madre da limosna para la
ánimas solas, ¿por qué no vamos a dar para
las ánimas acompañadas?.” Algunos se
enternecieron con la disposición del
muchacho y otros se rieron de su ingenuidad,
y algunas monedas y varios billetes
comenzaron a salir de las bolsas. Uno de los
borrachos asiduo a otra cantina se sorbió una
lágrima y dijo: “En este país, los artistas
somos pobres, más pobres que los curas y las
monjas”, y puso sobre la mesa su cartera
completa. El gesto motivó a otros y el bolerito
tomó uno de los sombreros del muerto y comenzó a recorrer a los presentes, uno a uno,
mirándolos en los ojos, hasta que pusieran
unas monedas. La viuda comenzó a resollar el
llanto. “¡Qué se le va a hacer, si en esta casa
nunca hubo ni un centavo! ¡Puros libros!.” El
representante de la funeraria comenzó el recuento y tras una larga pausa que fue
acompañada por el silencio de todos, anunció:
“Faltan doscientos pesos.” Todos los presentes se miraron con ánimo de poca largueza.
Lo angustioso del silencio fue roto por la en[19]
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trada de un hombre bien vestido. “Comadrita,
se nos murió el compadre.” Todos se sintieron
aliviados. El representante de la funeraria
repitió al aire. “Faltan doscientos pesos.” El
bolerito se adelantó con el sombrero vacío y
se lo presentó al recién llegado. “Pa’ la caja
de su compadre.” El hombre sacó su cartera y
miró con disimulo el contenido. “No más
tengo... ciento ochenta.” Todos se miraron
desconcertados. El bolerito miró al representante de la funeraria y dijo: “Por el faltante, le dos cinco boleadas de gratis.” “Trato
hecho.” Y así Felipe Escolástico pudo reposar
en una modesta caja.
Martes 3 de enero
El entierro fue muy concurrido. Yo de lejos
seguí el cortejo. Mi esposa me consiguió un
traje de manta, un sombrero y un burro. El
pequeño dromedario fue el mejor disfraz. Sus
largas orejas y sus ojos tristes parecían
comprender el dolor de mi entierro. Vi a la
distancia cómo algunos de mis amigos y
varios de mis enemigos llevaban en hombros
mi caja de muerto que cargaba los libros menos interesantes de mi biblioteca. Los había
escogido la noche de mi supuesta muerte.
Coloqué todos los libros de mis enemigos, los
valiosos y los pedestres, fui agregando los
libros menos valiosos de la literatura mexicana, en un escrutinio más severo que el del
Quijote. Decidí enterrar todo el teatro realista,
desde las boticas, hasta los llaveros. También
las novelas de onda y la literatura de filiación
política. De las novelas de la revolución tiré
aquellas que eran más historia que ficción.
Con gusto arrojé al féretro todas las revistas
de poesía porque sólo sirven de sedante a los
que pretenden escribir versos. Con coraje
comencé a romper los suplementos culturales
porque nadie los vuelve a leer. Miré mi
biblioteca y la vi mitad vacía. Más que
muerto me sentí arcángel.
El entierro pareció salido de un cuento. Los
múltiples amigos llevaron en hombros la pesada caja hasta el panteón. Tres voluntarios
profirieron oraciones fúnebres y cuatro poetas
leyeron largas elegías. Los amigos de escritor
se vieron opacados por el número de aquellos
que hacía pocas horas habían sido sus pertinaces enemigos. Las mejores frases de halago
salieron de las mismas bocas que antes criticaban al muerto con acritud, hasta pareció
que los amigos tenían la lengua torpe para
agregar nuevos adjetivos a la larga letanía de
panegíricos. El cura se abstuvo de hablar por
no contradecir el rumbo de los elogios. Ante
el silencio de todos los del pueblo y de muchos invitados que vinieron del De Efe, y ante
la ausencia de lágrimas de la viuda, se sepultó
al eximio escritor.
14 de febrero
Estoy disfrutando de mi libertad. He viajado
un poco y me siento como burro sin atadura.
No he querido volver a Guadalajara, mejor
olvidar un poco ese espacio y pensar que
tengo que escribir. He estado leyendo algunos
libros que me traje de mi casa. Descubrí
demasiado tarde a un dramaturgo de excepción, Juan Bustillo Oro, quien destruyó sus
manuscritos antes de morir porque se sintió
frustrado en el olvido. La ingratitud ha sido el
En el primer mes salieron siete artículos
apologéticos y se reeditaron tres cuentos en
secciones culturales de periódicos de la zona.
Cuando se habló de editar las obras completas, la viuda mencionó las dos novelas
inéditas y el baúl de papeles inconclusos.
Aunque la política tiende a entorpecer al arte,
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en esta ocasión lo favoreció. Las elecciones
municipales estaban a la puerta y el candidato
hegemónico sentía perder su hegemonía ante
un partido advenedizo, así es que con el
ánimo de contar con más votos entre los intelectuales y las fuerzas del débil poder de las
ideas, anunció la edición póstuma de los escritos de Felipe Escolástico.
único pago de las justas poéticas. Hoy cumplí
años en santa soledad.
19 de marzo
Estoy preparando un largo ensayo
sobre la historia de la ingratitud tapatía.
Posible título: Elogio a la ingratitud. Cito a
Jalisco como la tierra mayormente literaria de
México y el paradigma de la ingratitud mexicana hacia sus artistas. Aquí copio un
fragmento: “Jalisco ha sido y es tierra de artistas. Indudablemente es tierra de promisión
hasta el punto que la historia de las artes
mexicanas quedaría trunca si quitáramos los
capítulos que hacen referencia a aquellos que
nacieron, vivieron o murieron en este Estado.
Jaliscienses son la mayoría de los mejores
narradores mexicanos del siglo XX: lugar
común será citar a nuestra eterna triada:
Mariano Azuela, Agustín Yáñez y Juan
Rulfo. Junto a ellos también guardará un lugar
imperecedero, la pluma poética de Enrique
González Martínez. Aún podríamos afirmar
que en la música tenemos los nombres de
José Rolón y de Manuel Enríquez, como
primeras figuras nacionales. En el teatro
también tenemos a dramaturgos de importancia. La primera mujer que escribió teatro después de sor Juana, aunque ella en el siglo
XIX, fue Dña. Isabel Ángela Prieto de
Landázurri, oriunda de España y de
formación tapatía. En el siglo XX tenemos a
tres de los dramaturgos forjadores del teatro
mexicano: a Marcelino Dávalos, a Alfonso
Gutiérrez Hermosillo y a Francisco Navarro
Carranza. Y en las artes plásticas tenemos a
José Clemente Orozco, a Rodríguez Galván, a
Orozco Romero, a Gabriel Flores, y a tantos
otros. Definitivamente, Jalisco no es tierra
flaca en las artes, sino tierra inusitadamente
fecunda.
La crítica recibió el libro con grandes
alabanzas, especialmente a los escritos anteriormente inéditos. La crónica publicada en
la revista Vuelta a Nexos afirmó de Guadalupana Guadalupita: “Desde la aparición de
Pedro Páramo no había aparecido una novela
tan importante para marcar el derrotero de la
narrativa mexicana. ¿Con qué otras sorpresas
nos hubiera sorprendido Felipe Escolástico si
hubiera vivido hasta la edad de un Octavio
Paz o, más aún, de un Elías Nandino? El tema
del secuestro de la imagen de la virgen de
Guadalupe es insólito.” La otra novela, La
segunda revolución del norte, tuvo menos
atención de la crítica; alguno opinó en una
charla de café que era porque nadie podía
creer en un levantamiento como el de Chiapas, pero en el norte de país. El círculo reducido de lectores de las Obras completas de
Felipe Escolástico creció de la noche a la
mañana cuando un grupo de terroristas
secuestró la tilma guadalupana con la
amenaza de no regresarla hasta que en México no hubiera corrupción. La novela fue
calificada de profética y todo el mundo
comenzó esperar el levantamiento norteño. En
pocas semanas apareció una edición comercial en todas las librerías del país. La viuda sonrío por primera vez desde su
matrimonio porque había firmado un jugoso
contrato. Pronto se sucedieron otras ediciones
y la casa de Frida Escolástica, como bajo
notario comenzó a llamarse la viuda, se llenó
de comodidades. Algunos se preguntaron la
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De falsos epitafios y otras muertes
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razón del cambio de nombre, de María a Frida
y de apellido masculino a femenino, y un
lengüilargo explicó “por su-frida.”
Pero, ¿cómo ha correspondido Jalisco
a sus artistas? Pocos artistas pudieran afirmar
que sin la ayuda estatal, universitaria o
privada, hubieran visto frustrado el empeño
en escribir su obra. La nómina de negligencia,
de incuria, de olvidos y de abandonos,
pudiera ser tema de un tomito de cuentos
fantásticos o de obras del teatro del absurdo.
¿Por quién comenzamos? Marcelino Dávalos
anunció con su teatro la revolución mexicana,
pero durante su vida sus obras fueron editadas
en otros estados, pero nunca en Jalisco. El
dramaturgo Francisco Navarro Carranza tuvo
ediciones en Madrid y puestas en Alemania,
en Suecia y en España, pero nunca ha tenido
una sola puesta en su estado natal.
¿Dónde está la edición jalisciense de
las obras completas del padre Placencia? ¿Y
la de las obras de Gutiérrez Hermosillo? ¿Y
las de Ignacio Arriola? Sólo nos quedan papeles olvidados y muchos de ellos en manos
fuereñas.
La historia del sufrimiento de José
Clemente Orozco para llevar a cabo los
murales que hoy son parte crucial de nuestro
patrimonio cultural, es escalofriante, se le
pagaba como a un jornalero, y eso a veces.
¿Quién recordó en Jalisco el centenario de
Rodríguez Galván? ¿Dónde están las ediciones completas de la música de José Rolón,
quien fue con Carlos Chávez uno de los iniciadores del movimiento musical nacionalista
mexicano? Este año murió Manuel Enríquez,
el máximo músico jalisciense contemporáneo,
quien fue galardonado en Canadá, Alemania y
Argentina. Nuestro estado nada hizo en su
memoria. Muchas de sus composiciones aún
quedan inéditas. Su ópera La encrucijada fue
terminada hace más de diez años y aún sigue
sin estreno. Por cierto que la obra teatral original que inspiró la ópera y el libreto son de
un autor recientemente y felizmente fallecido
e igualmente olvidado. Para cerrar esta letanía
En el primer aniversario hubo una celebración
luctuosa. Se presentó la edición de una colección de cuentos anteriormente inéditos que
había sido escrita en el último año de vida de
su autor. Uno trataba del suicidio de una
cantante feminista, hecho que tuvo su
convalidación con el suicidio de Gloria Trevi.
Otro cuento presentaba irónicamente la aparición de un nuevo partido político, hecho que
concordaba con la realidad hasta con las
siglas del partido fundado después de la
muerte del escritor. El adjetivo de profeta
pasó de boca en boca. Los demás cuentos
fueron leídos por pobres y por ricos, por
intelectuales y por analfabetos, todos
buscando posibles anuncios. En uno de los
cuentos que se hablaba de la muerte de un
elefante viejo, mientras unos cerebros pensantes descubrieron una metáfora de la desaparición del PRI, otros pronosticaron la
desmembración de PEMEX. En otro cuento
se narraba la historia de una pareja con tres
hijos que entraban mágicamente en un monitor de televisión y se instalaban a vivir allí
dentro, pero que, a consecuencia del divorcio
de los padres, su nuevo hogar se partía en
cinco aparatos. Consecuentemente, muchos
lectores pronosticaron la atomización de Televisa. En otro se mencionaba un premio de la
lotería con un número terminado en siete y se
agotaron al instante los boletitos de esa denominación. Hubo varios premiados que fueron televisados nacionalmente.
Dos de los cuentos fueron adaptados con
éxito al cine. Y en la feria internacional del
libro de Guadalajara se presentó una nueva
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De falsos epitafios y otras muertes
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novela. Todos se preguntaron el porqué la
viuda había dicho que eran sólo dos novelas
inéditas. Doña Frida Escolástica se limitaba a
sonreír enigmáticamente. La revista Proceso
anunció el fraude, las nuevas obras no habían
sido escritas por Felipe Escolástico antes de
morir, sino posteriormente por su viuda. Y
así, una vez más, se desenmascaró a un falso
profeta. Cuando el autor del artículo, por
nombre A. Tamayo, sintió que se apuntaba un
acierto más, un grupo de escritoras feministas
publicaron un manifiesto en apoyo de Frida
Escolástica en el que interpretaban la enigmática sonrisa de la mujer como su aseveración
de que no solamente los últimos escritos eran
de su autoría, sino que todos los anteriores
también, y que por lo tanto, Felipe Escolástico
había sido un macho mexicano que no había
permitido a su sabia mujer publicar sus escritos con su propio nombre. En un programa televisado que fue visto nacionalmente, Frida
Escolástica afirmó ser la autora de todos los
escritos, aunque admitió que su difunto esposo había sido su primer lector y su más
severo crítico. Como antecedentes a este
extraño intercambio de identidades, el periódico La Jornada recordó la historia
verídica del dramaturgo español Gregorio
Martínez Sierra quien había publicado a su
nombre todas las obras de su esposa María e
incluso había montado muchas, con títulos tan
conocidos como Canción de cuna, con una
actriz que también era su amante. Mientras
sucedían todo estos dimes y diretes, Frida Escolástica quedó registrada en la Sociedad
General de Escritoras Mujeres (SOGEMU).
de quejas, no encuentro escena más dramática
para apoyar mi argumento, que aquella de la
muerte de Alfonso Gutiérrez Hermosillo, a
sus 35 años, de un mal pulmonar. La escena
bien pudiera pertenecer a una ópera romántica: nuestro escritor se pone malo de neumonía
en un tranvía en donde viajaba en la ciudad de
México, y por falta de dinero, muere sin
atención médica, dejando una viuda joven, a
un hijo pequeño, quien por cierto aún vive
entre nosotros, junto a un montón de papeles
que permanecen inéditos desde 1935, pero
que ya no están en Jalisco. ¿Y qué tal Enrique
González Martínez? Valga un solo dato,
vayamos a la casa en donde nació: hoy ha
perdido la placa de metal que yo leía cuando
era niño; años después tuvo una placa de
barro que la lluvia borró y que hoy es ilegible.
Claro que su nombre sigue bautizando la
calle, la que fuera la antigua calle Parroquia.
Sin embargo, por justicia deberíamos bautizar
también la continuación de esa misma calle,
la que hoy se llama Contreras Medellín, porque allí nació Alfonso Gutiérrez Hermosillo y
debería llevar su nombre. Por todo esto, bien
pudiéramos decir irónicamente, que el Hospicio Cabañas, máximo templo organizador de
la cultura en Jalisco, es un hospicio para artistas huérfanos.
Dice la historia regional que el teatro
Degollado ostenta su dramático título porque
Santos Degollado era el gobernador cuando
fue construido el inmueble, pero mis
investigaciones han dado prueba de que el
espacio escénico en el día de su inauguración
fue bautizado de Teatro Alarcón. Creo que
más bien su actual nombre es un apodo que le
dieron los teatristas jaliscienses porque ese
magno edificio es una queja petrea que atestigua que la sociedad tapatía y su gobierno han
degollado al teatro.”
Ante un juez municipal se presentó un
hombre afirmando que era un escritor
afamado de nombre Felipe Escolástico. Como
corroboración presentaba su acta de
nacimiento. El juez lo miró escéptico y
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De falsos epitafios y otras muertes
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preguntó la razón de la duda de la identidad.
“La que fue mi mujer me quiere robar mis
escritos.” “¿Se divorció de su mujer?.” “No.”
“Entonces, ¿por qué dice, la que fue su
mujer?.” El sedicente marido quedó sin
respuesta. Por separado, la viuda fue citada
por el juzgado y ésta presentó el acta de
defunción del ya no tan afamado escritor. Así
que el juez dictaminó que la pretensión de ese
hombre de resucitar a un muerto no era
legalmente posible.
15 de junio
Creo que hoy empieza el verano. Ya no puedo
guardar el calendario, los días se me atoran
sin que llegue la noche, y otras veces se me
barajan como si fueran minutos. Ya no escribo ni leo, ya no como ni duermo. Me siento
como si flotara sobre la nada. He visto en alguna librería mis libros, me quise robar uno y
el dependiente me sorprendió, así que pasé la
noche en los separos, donde estoy seguro
compartí con más de un ignorado pero no
ignorante escritor. De menos mi nombre y mi
pasión quedaron escritos en una de sus
paredes. Por primera vez hice un soneto. No
creo que la real academia lo premiara porque
tenía como aliteración la palabra mierda.
El hombre fue al café del pueblo a buscar
testigos de su identidad. Encontró a varios
que se decían escritores, y les presentó su
extraña petición. Uno a uno fue diciendo que
Felipe Escolástico no solamente estaba
muerto y que ellos habían acompañado al
féretro hasta el panteón, sino que había sido
un mentiroso y un canalla en vida, y que por
eso, ellos no habían podido ser otra cosa que
sus enemigos. Cuando el hombre salió, todos
se miraron con molestia y bajaron los ojos.
“Si ya decía yo que Felipe era medio
desgraciado.” “Más que desgraciado, un aprovechado de la inteligencia de una mujer.”
“Pero ¿cómo puede ser eso?, si Frida no
terminó ni la primaria.” “Cervantes tampoco,
y mira que escribió El Quijote.”
16 de septiembre
Hoy no es día del grito. Hace unos días
intenté escribir e inicié con la fecha, pero
nada me vino a la imaginación. No sé qué día
es hoy. He trabajado como peón de albañil,
como garrotero y como chalán. Creo que mi
vocabulario está preparado para escribir un
drama social. Mis amigos no saben leer, sólo
saben contar sus desgracias y eso hasta siete.
Vi mi nombre en una revista, la comencé a
leer simulando que la iba a comprar, pero la
dependienta me la arrebató, exigiéndome el
pago. Sólo leí tres palabras, mi doble nombre
y la palabra profeta, ¿por qué?
El hombre fue a la cantina, pero
tampoco encontró eco porque los asiduos de
antaño habían cambiado de lugar de reunión y
el bolerito había conseguido un trabajo como
obrero calificado. Desesperado el hombre fue
al burdel y allí localizó a varias mujeres de su
conciencia, pero todas se negaron a
identificarlo, acaso por olvido o porque en su
profesión no se permite la memoria.
27 de octubre
Hoy entendí porqué me califican de profeta.
Varios de mis cuentos mencionan eventos que
llegaron a suceder realmente, pero eso yo los
redacté en mis primeros meses de libertad y
con conocimiento de causa. Así que soy
medio profeta y medio mentiroso. En ese
entonces aún me comunicaba con la que un
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De falsos epitafios y otras muertes
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día ostentó el título de “mi esposa”, por eso se
los entregué para que los publicaran, pero ella
nunca me dio nada en cambio. Cierto es que
ahora al leer mis propios libros, mismos libros
que tuve que comprar con mi exiguo sueldo
como maletero de la central de autobuses,
encontré párrafos alterados, con verbos en
tiempos de indicativo, cuando yo los escribí
en subjuntivo y en condicional.
El hombre se acercó a la que fuera su casa.
Iba tan cabizbajo que pasó de largo, esperaba
ver la banqueta rota y la casa despintada, pero
al regresar el camino andado, ante sus ojos
apareció una hermosa casa con fachada remozada. Quiso entrar con su llave pero la chapa
negó la apertura. Tocó con los nudillos, nadie
salió, fue entonces que descubrió un timbre.
La puerta se abrió y apareció una sirvienta.
Algo dijo el hombre y la muchacha replico
“Un momentito, ahora viene la señora.” La
puerta volvió abrirse y apareció doña Frida
envuelta en una elegante bata morada. Yo
mismo vi como sus ojos se agrandaron y su
rostro se perfiló sañudo. “María, soy Felipe.”
Después de unos momentos de perplejidad,
escuché la voz más helada que recuerdan mis
oídos: “Felipe Escolástico fue un escritor que
murió hace cinco años, pero para mí había
muerto mucho tiempo antes. Por favor no
vuelva a importunarme.” Ante la sorpresa del
hombre, la puerta fue cerrada con rapidez, sin
que éste tuviera tiempo de retirar su cara, por
lo que quedó casi besándola. Puso ambas palmas sobre la puerta y lloró, primero con
lágrimas silentes y luego con resoplidos
desesperados. “Ábreme, Frida, no me
abandones ahora. Ya estoy viejo y no tengo ni
nombre.” Pero la puerta permaneció inmóvil.
El hombre se fue hincando en la misma posición hasta que se acurrucó en el dintel. Allí
permaneció varias horas. Era el mismo dintel
en el que yo, cuando era niño, lo había visto
dormido de borracho muchas veces cuando él
aún era contado en el mundo de los vivos. Por
eso tuve en ese momento la certeza de que ese
hombre desesperado era Felipe Escolástico.
Aunque no puedo explicar cómo pudo un
muerto aparecerse, porque yo no creo en fantasmas. Horas ante también lo había visto
entrar al café, allí fue donde me di cuenta que
24 de diciembre
Hoy visité por última vez a la que fue mi
esposa. Ahora me considero su viudo. Ella
está muerta, si no para el mundo, sí para mí.
Primero me ayudó a morirme y ahora insiste
en que yo la considere muerta. No sé si darle
las gracias por haber publicado todas mis
obras, porque yo no me cubrí de gloria, sino
ella, la usurpadora, la que ostenta hoy el título
de escritora. Regresar a Guadalajara, mi
odiado pueblo, fue como volver a cavar mi
fosa, pero esta vez de abajo para arriba.
Volver a ver a aquélla, a quien yo daba por
muerta, fue aterrador. La vi envuelta en una
bata de mala comedia de televisa. Todo se lo
perdono, menos que no me eche de menos. Ni
un tantito. Cuando vi mi casa, comencé a
añorar el baño diario y tomar el café mientras
leía distraídamente el diario, y salir a mitad de
la mañana a buscar otros indolentes como yo
para matar ingeniosamente el tiempo. Del
café a la cantina, de la cantina al burdel, y de
allí a donde la imaginación o la mejor dotada
fantasía nos pudieran guiar. El café era un mal
espacio, no intensificaba el instante; en eso
era mejor la cantina, altar del Dionisos
mexicano, porque entre copa y copa se dicen
medias verdades. Para terminar la noche y
hacer frente a la Verdad, tenía que comparecer con las pitonisas que me hacían
anhelar salir del averno y soñar con el Olimpo
cristiano de la literatura perfecta, con sonetos
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De falsos epitafios y otras muertes
26
era él. Por eso lo seguí a la cantina y vi que
ahí tampoco nadie lo reconocía. Como tampoco en el burdel. He recordado tanto este
encuentro que a veces pienso que ese hombre
sólo se parecía al falso escritor, y ni eso,
porque de los que lo tratamos, nadie lo reconoció, excepto yo. Sin embargo, cada vez que
recuerdo el diálogo con Frida Escolástica, el
alma se me hiela. Ella también lo reconoció y,
aún así, lo negó. ¿Pensaría que era un aparecido? ¿O acaso un alma en pena? De menos
algún remordimiento debió de sentir ante a
aquel hombre que se parecía tanto al falso escritor. Yo soy un escritor con pocos cuentos
publicados y con dos novelas inéditas. La
vida se me pasa y no veo cómo podré triunfar.
Nunca olvidaré que las primeras lecturas de
mi vida fueron varios de los cuentos del entonces afamado Felipe Escolástico. Yo de
lejos lo admiraba y pensaba que para llegar a
ser escritor, debería celebrar cada día con el
rito de ir al café y a la cantina y al burdel,
hasta acabar cayéndome de borracho. Por
mucho tiempo lo seguí a todos lados, pero
nunca me atreví a dirigirle la palabra. Yo
guardaba la esperanza que algún día él se iba
a dar percatar de cuánto lo admiraba, pero
nunca posó los ojos en mí. De él aprendí a escribir mucho y publicar poco, y a ir quemando la vida hasta que se agote. Ahora que
veo que hasta las amas de casa y las periodistas se hacen famosas escribiendo novelas,
mientras que los escritores varones nos quedamos con los manuscritos apolillados en los
cajones, he llegado a la conclusión de que
fueron mejores los tiempos de la bohemia del
68, al menos entonces había más esperanza, y
no tanto abatimiento como en estos tiempos
devaluados que estamos viviendo. Ya no hay
razón para seguir escribiendo este cuento.
Que se quede inconcluso, al fin y al cabo nunca podría llegar a ser editado. Yo soy como
ese hombre que pasó al olvido sin que nunca
y con décimas, y con cuentos y más cuentos.
Porque sí existen cuentos perfectos, pero casi
ninguna novela; todas prometen cien años de
soledad y sólo una lo cumple.
Ya no voy a ningún café, ni a una
cantina, ni menos a un burdel. Para mí son
espacios abandonados. He aprendido a vivir
con menos. Sobrevivo en un mundo en donde
la letra escrita no existe. Nadie sabe leer ni
menos escribir. Para bien de ellos y de mí, se
me han ido olvidando muchos de mis encuentros, con trabajo recuerdo mi encuentro con
Octavio Paz, con Antonio Buero Vallejo, con
Camilo José Cela; y mis encuentros anteriores
con Lope, con Calderón y con Góngora;
también se escribe en mi memoria el nombre
de una mujer, una monja, cuyo nombre se me
escapa.
24 de diciembre
Hoy es navidad. Estoy bañado y con ropa
nueva. Entre las pocas cosas que cargo día y
noche, encontré esta libreta y me acordé que
debo escribir mi diario... o anuario. Robaron
la tilma de la Virgen de Guadalupe. Creo que
yo escribí algo similar, pero nadie debe recordarlo. Soy feliz entre la mugre.
Jueves
El que se robaran la tilma de la Guadalupana
fue una mera coincidencia. Ya la sublevación
del norte fue invención de mi viuda o de su
rico editor. ¡Que Dios se apiade de México!
OY
Asistí a misa y luego me dieron una taza de
café. Duermo mal porque me pican mis
amigas las piojas. He descubierto el tonsol y
me asoleo. No creo que nadie se acuerde de
mí. La memoria se me va. En este momento
no se si realmente estuve casado y supe escri[26]
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De falsos epitafios y otras muertes
27
supiéramos si era escritor o no. Igualmente yo
acabaré mis días sin la felicidad de poder ver
mi obra terminada, y sin que la memoria de
alguien me recuerde... Nadie... Nadie...
Mejor... Mejor así.
bir, o si todo fue un mal sueño. Es difícil leer
el periódico, no sé si son mis ojos o la mente.
Cuando leo, me duelen los ojos y terriblemente la cabeza. Hay un padre que se ríe cuando
le cuento que yo no soy un hombre, sino un
personaje. Ahora me dice “el político.”..
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Documento: Fragmento del Reporte de la Policía, fecha 14 de febrero de 19...
“...el occiso se encontró recostado en una banca de la plaza Tapatía, tenía los ojos abiertos y
miraba hacia la entrada del Hospicio Cabañas. Sus pertenencias eran una botella de tonsol y
una libreta que contiene anotaciones a manera de diario y que debió de robar porque no es posible suponer que el susodicho supiera escribir. No se localizaron documentos que pudieran
ayudar a determinar la identidad del occiso...
El cadáver podrá ser utilizado por el nosocomio debido a que no fue identificado, por lo que se
autoriza su...”
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De falsos epitafios y otras muertes
29
La green card ahora es rosa
— Una muerte internacional —
Una muchacha —ELLA— está sentada en una sala de espera de una oficina de
inmigración en los Estados Unidos, sus rasgos pertenecen a una de las tantas
minorías que se intentan incorporar al cosmos norteamericano, en este caso es
hispana. No es bonita, aunque sus ojos despiertos y su sonrisa apresurada denotan
una inteligencia social. La sala de espera no está vacía, hay otras personas que
representan etnias de otras partes del mundo. ELLA está nerviosa y quisiera
hablar con algunos de tantos que se desesperan en la sala de espera, pero nadie
parece prestarle atención.
ELLA. ¿Por qué nadie habla en estos lugares? Podríamos imaginar que estamos en un bar
y que... (Dirige infructuosamente su mirada a las personas más cercanas.). ¡Imposible que
esté callada! Tengo que contárselo a alguien antes de que me llamen, o me van a sacar la
verdad allá dentro. (Se incorpora asustada.) ¡No debo decírselos..!. Es un secreto que no
puedo decirlo allá dentro. (Intentando calmarse.) Debo pensar que soy un número entre los
millones que están esperando la última entrevista para lograr el permiso de permanencia en
Estados Unidos. ¡Para lo que sirve en estos malos tiempos! (Piensa.) Si no puedo
contárselo a nadie, al menos puedo recordarlo paso a paso para calmarme, ¡pero no será
suficiente...! ¡Ya sé! Voy a hacer como mi abuela, que cuando estaba triste escribía largas
cartas y luego las quemaba para que nadie las leyera, pero al final se sentía muy aliviada.
(Busca unos papeles en blanco y una pluma, luego inicia, esperanzada y titubeante, su
debut como dramaturga.) ¡Para qué tomaría aquel curso de inglés!
PRIMERA ENSOÑACIÓN
ELLA recrea imaginariamente un salón de clases. Un maestro —ÉL— explica la
clase para alumnos de inglés como segunda lengua. Es un norteamericano rubio
y atlético, cuya presencia hace pensar en un modelo profesional de anuncios
publicitarios de autos deportivos o de raquetas de tenis.
LA ALUMNA
EL PROFESOR
Es guapo, ¿verdad? Tan guapo que no puedo
concentrarme en la clase de inglés.
Every verb has three basic forms: the present
tense, the past tense, and the past participle. In
the present tense the action occurs at the
present time.
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No entiendo nada...
Everybody repeat after me.
Tiene buen look.
He is a boy.
He is a boy.
She is a girl.
I am a girl. (Mientras que todos demás
alumnos repiten “She is a girl.”).
They are friends.
We are friends. (El coro repite: “They are
friends.”).
I am happy.
Yo estoy... aterrada (La clase continúa a
sottovoce mientras sucede la siguiente ensoñación.) El tiempo se pasa y tendrá que
volver a mi país.
Last week we learned the present tense. Past
tense occurs in the past. Everybody anwer the
following questions. Where were you?
Estaba en mi país.
Was she happy?
Me sentía desgraciada?
What did they want?
Necesitaba dinero.
Were you at the tenis court?
Me sentía solitaria y pobre, y
yo me merezco una vida mejor.
The exam was particularly good almost to
everybody. Let' go on. The past participle is a
verb form that is used with have, has, or had
to form the perfect tenses. Everybody answer
the following questions: “¿Has he been in
Washington?
Él se ha enamorado.
Have they gone to the picnic?
Nosotros fuimos al picnic.
How long have you been in the United
States?
Seis meses y ya no me deja quedarme más.
¿Quién inventaría las fronteras?
Several classes ago we reviewed the verbs.
Now we have to see the subjunctive forms of
a verb. Finish the sentence: “If I were rich....”
Si fuera rica yo viviría en mi país.
If you were unhappy...
Yo soy feliz.
If they were stupid...
Ellos no son tan estúpidos, me van a
descubrir.
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If you were no free...
¡Yo soy libre!
LA ALUMNA
EL PROFESOR
Ella reacciona al hechizo de sus palabras e
imagina que se ha incorporado y prueba
unos pasos de baile con música romántica.
The vocabulary is important. Let's study what
is called the synonyms. Let see, the synonyms
of beautiful: handsome, attractive, charming
elegant, good-looking, graceful, lovely, and
pretty.
¿No será él también maestro de baile?
ELLA imagina que se acerca a EL y con un
ademán tímido lo invita a bailar, y él acepta
con naturalidad dentro de la ensoñación.
¡Looove!
Adoración,
afecto,
ardor,
devoción,
fervor,
perdón,
sentimiento,
pasión...
Now, synonyms of ¡love!
La danza imaginaria es interrumpida sorpresivamente al hacer el profesor una
pregunta a la distraída alumna.
Can you repeat what is a subordinate
conjunction?
¿Qué? (Habla el inglés con gran acento.) I
don't understand.
You have been dreaming as always. (Al
grupo.) You may dismiss. Don't forget the
final exam next Monday.
Se escucha el ruido de los alumnos saliendo
de la clase. EL se acerca a la alumna soñadora quien permanece sentada.
No understand.
At the beginning of the semester you were a
good student, and then something happened.
¿Is anything wrong with you?
(Silencio.)
Are you sure everything is OK with you?
(Muy mortificada.) Yes.
I have seen your eyes crying. (Señala el lugar
de las lágrimas.) May I ask you something
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No visa, no more.
personal?
(Silencio.)
Do you have problems with the immigration
office?
Can I do something to help you?
I have been watching you since the beginning
of the course. Have you got any family of
your own?
No father, no mother, nadie.
I know one way you can stay.
(Muy sorprendida.) ¿Cómo? How?
Will you marry me?
¿Casarme contigo?...
SEGUNDA ENSOÑACIÓN
ELLA despierta de su primera ensoñación y vuelve a tener contacto con la
lúgubre realidad de la oficina.
ELLA. Todo sucedió tan rápido... Yo primero pensé que era una broma amarga, pero él se
empeñó en casarse conmigo. Pagó los gastos de la boda y hasta me dio un anillo. (Lo
mira.) Pero ni un solo beso. Yo sabía que no me quería... no podría quererme. Nunca nadie
se había querido casar conmigo, y él lo hizo sin pedirme nada... ni siquiera ir a la cama.
Se comienzan a escuchar los primeros compases de la marcha de Wagner. EL
aparece elegantemente vestido. ELLA se coloca con rapidez un velo y corre a
darle el brazo. Juntos inician el desfile nupcial.
ELLA. Qué lástima que la boda durara solamente unos minutos. Sin fiesta... ni luna de
miel.
El cortejo nupcial imaginario se detiene frente una austera oficina de inmigración.
ELLA. Recuero cuando juntos fuimos a la primera entrevista en la oficina de inmigración
para entregar el acta matrimonial.
Aparece un ceñudo empleado de inmigración: EL INQUISIDOR.
INQUISIDOR. ¿Cuándo se conocieron?
EL. En una clase de inglés. Yo soy profesor.
INQUISIDOR. Pregunté cuándo, no dónde.
EL. Hace dos meses.
La imagen del cortejo sigue avanzando y la música sube de volumen. El
INQUISIDOR intenta alcanzar a los recientemente casados, está jadeante
por el esfuerzo. La música se interrumpe.
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INQUISIDOR. ¿Hubo alguna razón para precipitar la boda?
EL. Fue un acuerdo mutuo.
INQUISIDOR. (A ELLA.) Recuerden que están bajo juramento de decir la verdad. ¿Hubo
algún tipo de compensación económica entre ustedes?
ELLA. Yo no tengo dinero y mi esposo no tiene porqué pagarme. ¡Con él me casé de
gratis!
El cortejo acelera sus pasos y el INQUISIDOR no puede seguir a la pareja, por lo
que los amenaza con grandes voces.
INQUISIDOR. ¡Deben saber que hay que esperar dos años para aceptar el matrimonio y
otorgar la ciudadanía...! ¡Esperaremos y observaremos!
La pareja dice adiós al INQUISIDOR, quien se esfuma.
ELLA. No nos dejaron vivir en paz. Fue cuando mi adorable esposo me dijo: “Nos
veremos de vez en cuando. A los dos años nos divorciaremos y... colorín colorado.”
EL se despide fríamente con un ademán y hace mutis.
ELLA
ÉL
¡Y se fue! Unos días después, los espías me
visitaron, de buena suerte no estaba en mi
departamento. Una vecina me lo dijo. Yo
decidí una vez más pedir ayuda a mí... esposo
y él pronto resolvió el problema... pero no de
la forma que yo hubiera querido.
(Aparece cargando una maleta y otras cosas.)
Te traje algunas cosas mías, ropa y cosméticos. Así podrás convencer a los inquisidores. Tenemos que ponernos de acuerdo en
informaciones personales. Debemos saber
gustos de colores y comidas, y cosas por el
estilo. La verdad es que estamos casados y no
nos conocemos. Bueno, a veces ni los
verdaderamente casados se conocen, quizá
por eso se casan y acaso puedan llegar a ser
felices.
Pero no bastó. Así es que tuvo que mudarse
conmigo. De menos temporalmente.
(Mientras se pone un pijama de listas.) Este
fin de semana nos dejaremos ver por todos tus
vecinos. Habrá que hacer una pelea o algo
muy notorio. ¿Qué se te ocurre?
Qué tal si hacemos una fiesta. Podemos
invitar a todos los vecinos.
Es demasiado obvio, levantaría sospechas.
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Necesitamos pensar en otra cosa.
Una escena amorosa. (Con desparpajo lo
besa.)
(Con gran ira.) ¡No vuelvas a hacer eso...! Lo
siento, pero hay un trato entre nosotros y
tenemos que cumplirlo.
¿Me perdonas...? Tú has sido muy bueno
conmigo, pero nunca he comprendido por qué
lo has hecho.
(Sincero.) Un día lo sabrás, por el momento
acepta lo que puedo darte.
EL se aleja, con tristeza. ELLA lo mira irse.
ELLA. (Recordando.) Vino a visitarme varios
los fines de semana. Mis vecinos me dijeron
que los inquisidores habían vuelto a rondar.
Pero ahora sí había historias de amor que
contarles... Llegué a pensar que él no pude ser
un hombre, sino que es un ángel, y que por
eso no podía besarme. Era tan maravilloso...
pero como todas las historias de amor, la
nuestra tuvo un final triste.
(Su cuerpo parece ahora más delgado.)
Necesito hablar contigo. Tú un día me confiaste un problema y yo te ayudé a resolverlo.
Hoy yo tengo algo que contarte... (Su voz se
corta por la emoción.) algo que no puedo
decirle a nadie. Yo también pertenezco a una
minoría, no como la tuya, pero también duele.
¿Por qué crees que nunca he querido ni
siquiera besarte?
(Sonríe con ternura.) No lo sé.
Porque soy gay.
¿Qué quiere decir eso?
Ya no importa. Yo me casé por ayudarte, pero
tú has llegado a ser mi mejor amiga y me
siento muy orgulloso de ser tu esposo. Si no
quieres que nos divorciemos, yo quisiera
seguir siendo tu pareja.
Me he enamorado de ti... No pude evitarlo.
Nunca nadie había sido tan bueno conmigo
antes. (Lágrimas.) ¿Qué te pasa?
¡No puedo!
Se abrazan y ella lo besa en las mejillas
hasta llegar a la boca. EL se retira abruptamente.
¿Me quieres decir que no te gusta?
Ni me gusta,
ni puedo...
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35
Tengo sida.
EL DESPERTAR DE LA ENSOÑACIÓN
Una voz electrónica nombra “Dolores Brown, favor de pasar a la oficina 3.”
ELLA rápidamente recoge sus pertenencias, se incorpora y camina unos pasos
hacia la cita, luego se detiene petrificada.
ELLA. ¡No puedo! Lo van a descubrir todo. Es mejor huir.
La muchacha da tres pasos para hacia la salida de la oficina, pero la voz repite su
inclemente llamado y se ve obligada a obedecer. Entra a la oficina 3. Al entrar la
muchacha ve un escritorio metálico lleno de formularios, pero no se anima a ver
de frente al oficinista. El INQUISIDOR está sentado con una expresión incierta,
sus ojos acusan un tedio profesional, pero su sonrisa fría delata su disfrute del poder.
ELLA
INQUISIDOR
Puede tomar asiento. ¿Por qué desea
permanecer en los Estados Unidos?
No sé... Quiero decir que sí lo sé. Para tener
más oportunidades de trabajar.
¿No tenía oportunidades de trabajar en su
país?
Muchas... pero casi no me paga
Usted de casó a los pocos meses de estar en
este país.
(Empavorecida.) Sí, así es.
¿No le parece muy rápida la forma cómo
logró contraer matrimonio, aún antes de
asentarse en este país?
Así fue.
Qué interesante. ¿Cómo explica usted la
rapidez de los hechos?
Era mi profesor de inglés.
Fue un tiempo récord: seis meses. Y por lo
visto aprendió muy pronto a hablar inglés.
Sí.
¿Decidieron no tener familia?
Nunca lo hablamos.
(Con impertinencia.) ¿Cuánto le pagó a él por
la boda?
Nada, yo no tenía dinero.
¿Qué quería él de usted?
Me imagino que romper las fronteras que nos
separan a todos.
Su caso no
estadísticas.
[35]
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concuerda
con
nuestras
De falsos epitafios y otras muertes
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Ha sido lo mejor que me ha pasado en la vida.
¿Le informó su esposo de su reacción
seropositiva antes de la boda?
No, fue después.
Eso podría hace nulo su matrimonio.
De todas maneras me hubiera casado con él.
Le hablaré con sinceridad. Nunca habíamos
aceptado las razones que nos dieron de su
matrimonio. Presentíamos una trampa.
Muchos la hacen. Pero ahora que ha muerto
su esposo, no me cabe ninguna duda de la
veracidad de su historia. Reciba mi pésame,
señora.
(Casi llorando.) Gracias.
¿Sabe qué fue lo que nos convenció?
(Con temor.) No.
¿No lo imagina?
No.
Estamos enterados de la forma en que cuidó a
su esposo durante su larga enfermedad.
Es lo menos que pude hacer por él.
Usted fue heroica. Además, fue una suerte
que tuviera un seguro de vida.
¿Qué?
El seguro de vida que firmó su esposo cuando
la boda. ¿No lo sabía?
(Mintiendo sofocada.) ¡Sí, claro! No entendí
lo que decía.
(Sacando un papel del legajo.) ¡Este seguro!
Al tiempo de la boda pensamos que era parte
de la treta para convencernos, muchos lo han
hecho. De menos tuvo esta suerte: Un millón
de dólares.
(No lo sabía.) ¿Me da esa copia del seguro...
para guardarlo de recuerdo?
Llévese ésta, ya no la necesitamos. (Se la entrega.) El trámite está terminado. Su petición
ha sido aceptada y su solicitud de permanencia en los Estados Unidos ha sido aceptada. Faltarán algunos trámites de rutina. Por
correo recibirá la notificación oficial y una
tarjeta como ésta (Muestra una tarjeta de color
rosado.).
¿La green card ya no es verde?
No, decidieron recientemente cambiar el color
a rosado. (Se pone de pie.). Adiós.
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De falsos epitafios y otras muertes
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La muchacha se incorpora y le da la mano al ahora dulzón INQUISIDOR, luego
se aleja caminando con pasos sin rumbo. Al pasar frente a los aún esperan de la
sala de la desesperación, repentinamente se detiene.
ELLA. Ahora puedo decir que he conocido a un ángel. ¡Ojalá que ustedes puedan decir lo
mismo también alguna vez! ¡Good bye! 1
Todos miran a la muchacha sin entender la razón de su alegría y contestan
desabridamente con una señal de despedida.
1
Recientemente la oficina de inmigración de los Estados Unidos ha cambiado el color de la tarjeta de
inmigrante, de verde a rosado.
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De falsos epitafios y otras muertes
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Los enemigos, Tragedia en tres actos brevísimos
de Jaromir Hladík (1908-1939)
— La muerte borgeana —
A Jorge Luis Borges, autor de El milagro secreto,
cuento vinculado al presente In memoriam
Dramatis Personæ
Barón de Roemerstadt
Julia de Weidenau
Jaroslav Kubin —mismo actor de Barón de Roemerstadt—
Jaromir Hladík, autor de la tragedia
Un Hombre
Lugar: Biblioteca del castillo de Roemerstadt, en Hradcany, cerca de Praga.
Tiempo: La última tarde del siglo XIX
Esta obra observa las unidades clásicas de acción, lugar y tiempo.
ACTO PRIMERO
Escena primera
Biblioteca del castillo de Roemerstadt. Muebles estilo imperio: un escritorio con
aplicaciones de bronce, un candil de prismas ilumina la escena, un reloj antiguo que al
abrir la obra toca las siete con sonoras campanadas. Anaqueles con multitud de libros
cubren las paredes. El BARÓN revisa papeles sentado en el escritorio. Una gran puerta
comunica a los interiores del palacio; otra une la biblioteca con una soleada terraza. El
BARÓN se levanta, se dirige a la puerta primera y la abre.
BARÓN.— Puede pasar.
HOMBRE.— Gracias.
BARÓN.— Tome asiento, por favor (Ambos se sientan).
HOMBRE.— Barón de Roemerstadt, vengo a proponerle que se suicide.
BARÓN.— ¿Suicidarme? ¿Tengo acaso alguna razón?
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De falsos epitafios y otras muertes
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HOMBRE.— Yo necesito un muerto.
BARÓN.— ¿Por qué no se suicida usted?
HOMBRE.— Lo he pensado, pero necesito que el muerto sea usted. Soy un escritor y
tengo una obra inconclusa. Necesito terminarla. ¿Recuerda a Jaromir Hladík?
BARÓN.—(Con miedo.) ¿Lo conoce?
HOMBRE.—Aún no del todo. Necesito salvarlo y no encuentro otro camino. Él está
enfermo, su mente no razona con claridad y su alma sufre una gran congoja.
BARÓN.—Y, ¿por qué no se suicida él?
HOMBRE.—Exactamente es lo que pretendo, pero no se va suicidar hasta que no se entere
que usted está muerto.
BARÓN.—No lo entiendo.
HOMBRE.—Es un paradoja. Jaroslav Kubin estuvo enamorado de madame Weidenau.
Ella lo rechazó por preferirle a usted. Desde entonces Kubin se sumió en la mayor de las
locuras. Su mente hizo un juego, una transposición. Él cree que es el Barón de
Roemerstadt, y que Julia de Weidenau lo ha preferido. ¿Me entiende? Él cree que es usted.
BARÓN.—Está loco.
HOMBRE.—¿Qué le pasaría a usted si madame Weidenau se fuera de su lado?
BARÓN.—Me trastornaría.
HOMBRE.—Pues él cree que ella lo ha abandonado, porque ya nunca la ve. Si usted se
suicida, Kubin podría seguir su ejemplo, y el círculo enfermo y vicioso de su locura sería
roto.
BARÓN.—¿Quién es usted?
HOMBRE.—Soy un escritor que está terminando un drama inconcluso. (Se pone de pie.)
Piénselo, Barón, necesito que se suicide, se lo sugiero como colaborador, aunque podría
obligarlo, como autor. Son las siete de la tarde, le doy cinco horas para tomar la decisión.
No podría darle más tiempo porque el drama perdería las unidades clásicas de tiempo,
espacio y tema. (Inicia mutis.) Qué tenga usted buenas tardes, en la última tarde del siglo
XIX. (Hace mutis con resolución.)
BARÓN.—Lo pensaré... si no queda otro remedio.
Escena segunda
Por la puerta de la terraza entra JULIA. Es una bella muchacha fin de siécle. Viste con
gran gusto.
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JULIA.—¿Qué quería ese hombre?
BARÓN.—¿Lo conoces?
JULIA.—Al verlo sentí un deja vu, como si lo hubiera visto antes.
BARÓN.—Vino a hablarme de Kubin.
JULIA.—¿Por qué a ti?
BARÓN.—¿Lo has vuelto a ver?
JULIA.—No me riñas, lo vi algunas veces hace unas semanas. Ha estado muy enfermo.
BARÓN.—¿Sabías que se cree el Barón de Roemerstadt?
JULIA.—Sí, es parte de su locura.
BARÓN.—Cuando lo has visto, ¿has simulado que él es el Barón?
JULIA.—Yo lo contradije varias veces, pero no me escuchó, por lo que acabé jugando a
esa mentira.
BARÓN.—Tu juego puede costarme la vida. ¡El hombre que acaba de salir vino a pedir mi
suicidio!
JULIA.—(Lo besa en la boca.) Olvida esos juegos. (Lo acaricia.) Yo no juego así con el
falso Barón. ¿Quién era ese hombre?
BARÓN.—(Con gran temor.) ¡Es el Autor! (JULIA queda estupefacta.)
Fin del acto primero
ACTO SEGUNDO
Sanatorio siquiátrico de Praga. Jaroslav Kubin es un paciente que se cree el Barón de
Roemerstadt, por lo que revive en su visión demencial el palacio. Se utilizará el mismo
decorado del acto primero. Jaroslav Kubin está sentado en el escritorio viendo papeles.
Suenan la siete en el reloj. Se levanta, se dirige a la puerta que comunica con la antesala
del palacio y la abre.
KUBIN.— Puede pasar.
HLADÍK.— Gracias.
KUBIN.— Tome asiento, por favor. (Ambos se sientan.)
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De falsos epitafios y otras muertes
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HLADÍK.— Jaroslav Kubin, vengo a proponerle que se suicide.
KUBIN.— Yo soy el Barón de Roemerstadt, el loco está en el manicomio.
HLADÍK.— Ésta es la clínica siquiátrica. ¿No percibe el olor a hospital? (Señala al
público.) ¿No ve a los otros pacientes?
KUBIN.— ¿Por qué me quiere jugar esta broma? Éste es el palacio de Roemerstadt. Mis
antepasados lo fundaron en el siglo XIV.
HLADÍK.— No, estamos en un sanatorio siquiátrico.
KUBIN.— (Se pone de pie y toma una silla.) Mire esta silla, vale una fortuna, en ella se
han sentado varios reyes.
HLADÍK.— Es una silla metálica pintada de blanco hospital.
KUBIN.— (Mira hacia la puerta que comunica con la terraza.) Y ahora va decirme que
Julia de Weidenau es una enfermera. (JULIA ha entrado sonriente, viste como en el acto
primero.)
JULIA.— ¿Importuno?
KUBIN.— No, al contrario, me ayudarás a esclarecer la verdad del lugar en dónde
estamos. ¿Es éste un manicomio o el castillo de Roemerstadt?
JULIA.— (Ríe maravillosamente.) Primero preséntame al señor.
KUBIN.— Julia de Weidenau, mi musa... Un escritor.
JULIA.— ¿Un escritor sin nombre?
HLADÍK.— Sin nombre como muchos. Me permite decirle que usted es de verdad
hermosa.
JULIA.— Gracias.
KUBIN.— Ahora contesta mi pregunta, ¿dónde estamos?
JULIA.— (En tono grave.) En un hospital... ¿no lo recuerdas? En un hospital de Suiza.
HLADÍK.— Eso no puede ser, madame, si cambia usted la escena a Suiza, mi obra
perderá
la unidad de espacio. Tiene que ser el castillo de Roemerstadt.
JULIA.— Perdón, pensé en el espacio real, no en el teatral. De todas maneras las unidades
están perdidas. El Barón ha tenido que salir a pacificar una revuelta, y mató a un
conspirador.
KUBIN.— ¿Lo maté yo?
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JULIA.— No lo niegues. La policía estará de tu lado.
KUBIN.— ¡Ah, claro, ahora lo recuerdo! Fue uno de esos maleantes de las minas, un
obrero revoltoso.
HLADÍK.— ¿Lo conocía?
KUBIN.— La vida es como un ajedrez. Hacemos jugadas, ganamos o perdemos. Yo no lo
maté, simplemente hice jaque mate a un peón contrario. (JULIA ríe.)
HLADÍK.— (Impaciente.) El tiempo pasa y no llegamos a nada, pero yo tengo el
presentimiento que alguno va a morir.
JULIA.— Ya murió el conspirador. Usted huele la muerte a posteriori.
HLADÍK.— No, aún me queda una vaga inquietud, como una premonición.
JULIA.— (A Kubin.) Es hora de dormir. Te traigo unas pastillas. (Sirve agua y le da las
pastillas con manierismos profesionales de enfermera. Sirve otro vaso y se lo ofrece a
Hladík) ¿Quiere usted también dormir?
HLADÍK.— No, no quiero dormir. Necesito veinticuatro horas de vigilia para crear.
Necesito terminar una tragedia inconclusa: Los enemigos, de Jaromir Hladík.
JULIA.— ¿Ese es su nombre?
HLADÍK.— (Duda por un instante.) No, es el nombre de un personaje al que Dios le hizo
el milagro secreto.
JULIA.— ¿Cree usted en Dios?
HLADÍK.— La única forma de demostrar la existencia de Dios es jugándole un partido de
ajedrez, y ganándoselo. ¡Jaque a Dios!
JULIA.— No lo entiendo.
HLADÍK.— Dios es el rey, la Virgen es la reina, el Alfil sigue siendo obispo, los caballos
son arcángeles y las torres son tumbas.
JULIA.— ¿Y los peones...? (Ríe.)
HLADÍK.— Angelitos o monaguillos.
Se oye gritos de muchedumbre a las afueras del castillo.
JULIA.— (Corriendo a la ventana de la terraza.) ¡Son los mineros! Se han amotinado.
¿Qué hacemos?
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KUBIN.— Salgamos del castillo. Huyamos mientras intentan saltar la muralla del jardín.
(JULIA y KUBIN se dirigen a la puerta de salida. Hladík no se mueve de su lugar.)
¡Síganos! ¡Si lo encuentran aquí, lo van a matar!
HLADÍK.— (Muy calmado.) Algo me dice que ya no puedo correr más. Me siento
repentinamente cansado. Tengo que esperar aquí mi destino. Vayan sin mí… nada me
pasará.
JULIA y KUBIN hacen mutis, mientras HLADÍK se sienta en el escritorio y hojea papeles.
Obscuro paulatino mientras los gritos de la multitud aumentan.
Fin del acto segundo
ACTO TERCERO
Mismo decorado. El HOMBRE revisa papeles. Se levanta, se dirige a la puerta que
comunica con la antesala del palacio y la abre.
HOMBRE.— Puede pasar.
BARÓN.— Gracias.
HOMBRE.— Tome asiento, por favor. (Ambos se sientan.)
BARÓN.— Jorge Luis Borges, vengo a proponerle que se suicide.
HOMBRE.— Alguna vez lo he pensado, hasta jugué con un amigo a hacerlo,2 pero perdí
interés en ese juego.
BARÓN.— Pero ahora las cosas han cambiado.
HOMBRE.— ¿Por qué?
BARÓN.— Porque ésta es su última oportunidad de suicidarse. Al final todos los humanos
terminarían por suicidarse si la muerte natural no les llegara antes. Como usted diría,
siempre todos pierden al ajedrez vital. Agotarse poco a poco en la vejez es el suicido más
lento, pero más inexorable.
HOMBRE.— (Con ira.) ¡Usted no puede hablarme en esa forma! Usted es el Barón de
Roemerstadt, un personaje de una obra de teatro que yo menciono en uno de mis cuentos.
BARÓN.— Yo no soy el Barón, soy el loco Kubin.
2
Ver Jorge Luis Borges, El hacedor: Diálogo sobre diálogo. Conversación con Macedonio
Fernández.
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HOMBRE.— Usted mismo se delata. El loco Kubin, como lo llama, cree que es usted, por
lo que sólo usted podría dar esa respuesta. Sé que estoy con el Barón, y que estamos en el
castillo de Roemerstadt. Y yo tengo aún que resolver el tercer acto.
BARÓN.— No. Todos estamos en su mente, y este espacio es un hospital.
HOMBRE.— Mire esta silla (Ahora es metálica y blanca.) ¿Y el escritorio? ¿Y la terraza?
(El espacio se ha transformado en un hospital.) ¿Y la otra puerta? (El HOMBRE queda
perplejo.)
BARÓN.— (Con mucha calma.) En esta habitación sólo hay una puerta. Ábrala y se dará
cuenta por sus propios ojos, bueno... más luz afuera no pudiera haber.
HOMBRE.— (Camina como el anciano que es hacia la puerta. La abre, observa un
instante el exterior y la cierra con pavor.) ¡Es un pasillo y enfrente hay otra puerta con un
número!
BARÓN.— ¿Qué número leyó?
HOMBRE.— (Con gran miedo.) El seis.
BARÓN.— Este es el cuarto número siete, del hospital de Berna, en Suiza. Y usted está
enfermo.
La puerta se abre sorpresivamente y aparece JULIA vestida de enfermera.
JULIA.— ¿Cómo está el paciente, doctor?
BARÓN.— (Poniéndose una bata blanca que le ofrece JULIA.) No creo que pase la noche.
(JULIA le suplica que baje el volumen de voz.) No se preocupe, no puede oírnos... así
como un día no pudo vernos. (Entre los dos profesionales visten al moribundo y lo
acuestan en una cama de hospital.)
JULIA.— Afuera está su esposa. Los periodistas la importunan demasiado.
BARÓN.— ¡Qué tontería casarse a estas edades!
La enfermera y el doctor salen en silencio.
Escena segunda
HOMBRE.— (Se sienta intempestivamente en la cama y se cruza de brazos.) Esto no
puede ser.
HLADÍK.— (Apareciendo de debajo de la cama.) Te esté sucediendo a ti, lo que me pasó
a mí.
HOMBRE.— (Con naturalidad.) No creo que sea lo mismo.
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HLADÍK.— ¡Claro que sí lo es!...Yo tampoco quería morir.
HOMBRE.— ¿Tienes mujer e hijos?
HLADÍK.— Nunca tuve a nadie. Fui uno de tantos judíos asesinados... sólo que yo
escritor.
HOMBRE.— ¿Qué escribiste?
HLADÍK.— Un libro que titulé Vindicación de la eternidad.
HOMBRE.— No sé porqué me parece conocido el título.
HLADÍK.— Y una tragedia inconclusa, Los enemigos.
HOMBRE.— No, esa la escribí yo.
HLADÍK.— No, Dios me hizo el milagro de darme un año para terminarla.
HOMBRE.— ¡Eso no es cierto!
HLADÍK.— ¡Sí lo es! La tengo toda de memoria, está escrita en hexámetros. Necesito
pasarla al papel. ¡Dios hizo que tu mente viera la obra, pero tú no hiciste con mi vida una
pieza teatral, sino un cuento! ¡Y ahora ya no hay tiempo de que la escribas! Pero Dios me
hizo el milagro. Él me dijo: “El tiempo de tu labor ha sido otorgado.”
HOMBRE.— (Con desesperación borgeana.) ¿Y todos mis libros, mis queridos libros
ciegos? ¡Todo está inacabado! ¡Yo también pido un año para terminar mi obra!
HLADÍK.— (Sibílico.) Repite conmigo. (Acelera el diálogo.) Si de algún modo existo...
(Cada una de las palabras es repetida por el HOMBRE.) Si no soy una de tus repeticiones
o de tus erratas, existo como autor... Requiero un año más, otórgame esos días, Tú de quien
son los siglos y el tiempo.
Se escucha una descarga. El HOMBRE se siente herido y cae. HLADÍK no lo ayuda.
Agónico el HOMBRE parece mirar escenas y personajes, y sentir emociones extremas. Se
incorpora un poco y permanece tambaleante. Mientras HLADÍK mira la escena extasiado.
HLADÍK.— ¡Está terminando su obra!... ¡Está viéndola! ¡Su novela total; El laberinto de
los laberintos!... (Su rostro se ilumina con un descubrimiento.) ¡La literatura visionaria!...
¡Eso va a ser... la literatura... al final de los tiempos!
El HOMBRE cae muerto. La enfermera y el doctor entran precipitadamente. Actúan con
gran profesionalismo médico. No pueden ver a HLADÍK, quien observa cada movimiento
sin salir de su estupor anterior.
DOCTOR.— Pronto, jeringa. (Le pone una inyección en el corazón y le da masaje. La
enfermera le toma el pulso. Se miran nerviosos.)
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HLADÍK.— (El doctor y la enfermera no pueden escuchar este diálogo.) ¡La mente se ha
separado del cuerpo! ¡Por fin podrás terminar tus obras inconclusas y crear hasta el final de
la eternidad!
DOCTOR.— Jorge Luis Borges ha muerto.
ENFERMERA.— María Kodama, su esposa, lo echará de menos.
DOCTOR.— Y el mundo también.
Los dos profesionales de la medicina se miran abatidos. Hacen mutis en silencio. Cuando
ya han salido, HLADÍK se acerca al cadáver y lo toca.
HLADÍK.— Pss... pss... Jorge Luis, ¿me escuchas?
BORGES.—(Se incorpora con agilidad juvenil, sus ojos ahora ven con plenitud.) ¡Te
escucho y te puedo ver! (Sonríe como nunca lo hizo en su vida.)
Hombro con hombro, van BORGES y HLADÍK en dirección de la terraza, que ahora es
visible. El espacio ha regresado al castillo de Roemerstadt.
HLADÍK.— Me ayudarás con mi obra inconclusa.
BORGES.— Juntos la escribiremos, perdón, la idearemos, y algún día de estos, con un
nuevo milagro secreto, haremos que alguien la escriba.
BORGES abre el balcón con un gran ademán. Entra una brisa deliciosa. El reloj da las
siete de la última tarde del siglo XX.
FIN. (¿o principio?)
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Cuentos
El ocioso y la muerte
p.
Una canita al aire
p.
Para todo hay mañas, menos para la muerte
p.
Memorias dulces, amargos despertares
p.
La green card ahora es rosa
p.
Los enemigos… La muerte borgeana
p.
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