Andando descalza

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Andando descalza
Andando descalza
© Alba Luna
www.albaluna.es
Terminar este libro me ha costado mucho esfuerzo y dedicación. Hay muchas horas de
trabajo detrás. Si de verdad aprecias y valoras ese tiempo invertido, no copies ni
distribuyas esta obra sin permiso.
El arte debería ser libre, como arte que es, pero también conlleva una dedicación. Habla
conmigo primero, seguro que llegamos a un acuerdo.
Este libro es parte del proyecto: Un libro, una sonrisa. Para más información visita:
http://www.albaluna.es/andando-descalza.
A la vida, que me ha dado tanto. A la vida, por ser vida.
A mis padres, fieles consejeros y guías.
A mi hermana, dulce lucero del día.
A mi novio, compañero de vida.
A mis profesores, por enseñarme a aprender.
A mi familia, a mis amigos, a mis enemigos.
Índice
Introducción
1
Madrid-Lisboa
3
Entre España y Portugal
9
Madrid
14
Manila
20
Taiwán
43
Manila, de nuevo
82
India
103
Tailandia
148
Vietnam
163
Filipinas, kumusta?
168
· 1
Introducción
A
l andar descalza descubro un mundo sin prejuicios, me siento liberada y todo fluye
de manera más natural. Sigo andando, concentrada en cada pisada, consciente de
cada impulso. Lo inconstante se vuelve corriente y se convierte en rutina viajera
imprescindible. A veces no es fácil, los obstáculos se interponen en tu camino y quieres
rendirte. Yo te invito a que te quites los zapatos, a que desnudes tus suelas, quiero que te
sientas como en casa. Vamos a adentrarnos en un lugar en el que tienes que estar
cómodo. Despréndete de ellos, es el primer paso para entender la naturaleza de lo simple,
el porqué del todo, o de mi todo.
Quítate los zapatos como si te hubieran invitado a cualquier hogar de Alemania,
Dinamarca o Países Bajos, donde esta práctica es muy común. O piensa en ese momento
tan esperado en el que llegas a casa después de un largo día y te pones cómodo, te
relajas. O mejor, vámonos a algún país de Asia, tú eliges cuál.
Allí, en la entrada de cada casa suele haber un espacio reservado para los zapatos de
los huéspedes e incluso algunos tienen pantuflas para los visitantes. Ese detalle me gusta,
me da paz, lo traduzco como un signo de respeto e igualdad. Sin embargo, la imagen del
año que viví en Alemania parece desvanecerse, quedar en el olvido. Ese año de estudios,
de viajes y de conocer a gente de todas partes del mundo que, afortunadamente, hoy
siguen en mi vida. Esa sociedad en la que me vi inmersa a pesar de estar en una burbuja
ajena a la realidad, esa burbuja llamada Erasmus. Toda esa mezcolanza de experiencias
resumida en aprendizajes y viajes por Europa que me hizo ver a la sociedad germana de
otra forma y rechazarla, en parte, por querer huir de un país regido por normas y rectitud.
Quizás sea porque Asia está más presente en mi día a día de lo que parece porque me
marcó de una forma que ninguna otra experiencia había hecho antes.
Mi petición a que te unas no es más que una súplica educada, formal. Queda en ti que
quieras o no. Es un consejo. Es tu elección sumergirte en una cultura ajena, adaptar otras
costumbres diferentes a las tuyas y consecuentemente crecer como persona.
O quizás mi petición sea más un ruego, un ruego por un cambio, por un análisis, por una
mirada a lo que pasa dentro de nosotros porque aunque siempre pensemos que ya lo
estamos haciendo, nunca miramos en el fondo, en el subconsciente. Hacemos actividades,
nos apuntamos a miles de historias para camuflar que sí lo hacemos pero en realidad
nunca llegamos a ver la base, en parte quizás, porque tenemos miedo a enfrentarnos a
nosotros mismos.
Pero cuando estás en un templo viviendo tres meses, rodeada de normas a seguir y de
diferencias culturales, te tienes que enfrentar a quien eres sí o sí. Cuando estás diez días
sin hablar en un rincón perdido de la India y solo te tienes a ti misma y a tus miedos más
escondidos, te tienes que encarar a lo más sucio que tu mente guardó durante años. No
queda otra. Descálzate, quítate la venda de los ojos, hazlo por ti.
Allá vamos.
· 3
Madrid-Lisboa
E
sta historia puede que no sea sobre mí pues ya no sé quién soy. No soy la que era
ni soy la que seré. Soy una mezcla de las personas que voy conociendo, las
experiencias que voy absorbiendo. Soy lo que dejé atrás, los paisajes que contemplé, las
personas que me ayudaron y que probablemente nunca vuelva a ver. Soy las sonrisas que
sentí en cada rincón del continente, las desigualdades que viví en carne propia y todas las
especias exóticas e inimaginables juntas. Soy todo eso y más.
Era junio de 2013 y sentía que algo comenzaba, un nuevo capítulo se abría. Empieza
algo, puede que de un todo, puede que de nada. Empieza lo que llevo muchos meses
deseando: la libertad de viajar sola. Llevo mucho tiempo ansiando este momento porque
asumí como rutina la de llegar a un sitio, decir «hola», sin a veces recibir respuesta, y
ponerme frente a una pantalla a hacer algo que a nadie le importaba. A nadie menos a mí,
simplemente porque me importa mucho no importar, que no te valoren y que quedes
relegada a hacer un trabajo mísero, monótono y que te envenena el alma.
A gusto me siento ahora mismo; respirando aventura, decisión y entusiasmo.
Respirando libertad, sueños y esperanzas. Sin embargo, una extraña sensación embriaga
mi ser; un sentimiento de añoranza, desesperanza y ternura pues tener a un persona con
la que compartir tus sueños y que te impulse y motive a alcanzarlos es de las mejores
cosas que le debo a la vida. Una vida que quiere ser compartida pero no troceada,
respirada pero no asfixiada.
Este, el camino de Madrid a Lisboa puede ser el comienzo de muchas sonrisas,
esperanzas e ilusiones pero también puede ser el decisivo. Me encuentro en una
encrucijada; mi corazón dice que no me vaya porque le rompo en mil pedazos cada vez
que me despido de él, mi alma, sin embargo, me anima a cabalgar sin cesar, a buscar y a
oler la aventura, a amar el riesgo.
Ahí me encuentro, entre sí y no, entre el todo y la nada, entre dos felicidades distintas
pero igual de satisfactorias. ¿Cuándo será que mis dos entes se pongan de acuerdo? ¿Se
darán las circunstancias para que pueda amar y hacer lo que amo? Me pregunto entre
asientos acolchados de autobús, entre gente que baja y sube, entre llegadas y despedidas.
Llegar a otro país es algo que siempre me ha gustado, despierta mi instinto viajero, mi
sentido más agudo de la aventura. Cruzando el Ponte 25 de Abril, ese puente gigantesco
que bien me recuerda al Golden Gate ya identifico un idioma distinto, otra gente…pero,
espera… aquí me siento en parte como en casa. Creo que los portugueses y los españoles
somos muy parecidos, por mucho que se empeñen en decir lo contrario.
Bajo del bus, con el culo entumecido, vaya nochecita. Aún de madrugada observo la
presencia de familias, padres con hijos, gente mayor… algo que podría encontrar a esta
misma hora en cualquier estación de bus de España.
Debo admitir que esta aventura me asustaba en un principio, como todas las que
merecen un respeto, pero poco a poco la voy transformando en energía, entusiasmo y
ganas de disfrutar.
Hace un año y algo estuve esperando a Jose, mi mejor amigo portugués, en esta misma
estación, Sete Rios. Por ese entonces al bajar del autobús y no verle allí el pánico no se
instaló en mí, me senté y esperé, tal y como hago ahora con la diferencia de que hoy no sé
a qué o a quién estoy esperando.
Quién me iba a decir a mí de pequeña que acabaría teniendo amigos portugueses. Toda
la vida deseándolo para que de golpe y porrazo me encontrara con un grupo de
portuguesiños, de camino a un congreso internacional en Grecia. Siempre me ha gustado
este país, quizás porque me han hecho amarlo de tantas veces que lo he visitado con mi
familia o porque yo sola he sabido reconocer su encanto después. Quizás sea porque me
siento como en casa pero sin los míos; en cada sitio veo una cara conocida, alguien que
podría ser español pero no lo es.
Debo parecer de aquí porque incluso un hombre se me ha acercado y me ha
preguntado que si el número de su billete era un tres o un ocho. Han venido a mi mente las
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palabras acht, otto hasta que he dado con oito con gran agilidad. Ese tipo de cosas me
enorgullecen y me han sentir más grande en este mundo cada vez más gigante y
complejo.
Me gustan las estaciones porque puedes pasar desapercibido, puedes estar con tu
maleta (y la esterilla y la mochila grande con una tienda colgando) y fingir que el próximo
bus es el tuyo. Para cuando te quieras dar cuenta las personas que estaban a tu alrededor
desaparecerán nerviosas, enérgicas, en busca de su autocar. Me gustan las estaciones
porque puedes jugar a ser. Jugar a ser otra persona, de otro país, o una joven portuguesa
que vuelve al pueblo de vacaciones. Lo que tú quieras.
Recordando todas las veces que he pisado este país; desde escapadas de una tarde a
tomar café portugués desde mi pueblo fronterizo, a vacaciones de dos semanas con mi
familia de camping en camping. Siempre me ha gustado Portugal, tiene un no sé qué que
atrapa. La capital, tranquila y seductora, ve la vida pasar, entre tranvías, cafés y pastéis de
Belém. Esa Lisboa que huele a mar a pesar de ser el río Tajo el que baña su orilla. Esa
ciudad en la que señoras vestidas aún de luto riguroso se mezclan con las culturas
urbanas más modernas.
Llego a una de las universidades, donde había quedado con un conocido para pasar un
rato con él. Espero sentada entre cabezadas de cansancio y miradas de sorpresa a lo que
me rodea. Las horas pasan y me canso. Este hombre no llega y no contesta a mis
llamadas. Me siento sucia, engañada y un poco tonta así que me voy. Esperar por alguien
no es sano ni justo. Esperar implica que una de las partes se aprovecha de la otra.
Decido darle la vuelta a la situación y me convenzo de que no estaba esperando sino
disfrutando del tiempo que he pasado sola. A veces se infravalora el poder y la necesidad
de estar sola ya que implica tomar decisiones por una misma con todo lo que eso conlleva.
Por una parte te otorga cierta libertad para hacer lo que quieras pero por otra no tienes con
quien compartir esos momentos. Al estar sola debates contigo misma e incluso discutes.
Es una lucha con tu propia sombra, con tu ego y todo lo bueno y malo de tu personalidad.
Te hace crecer y crecer siempre es bueno.
Al intentar utilizar mi vocabulario básico de portugués se me cuelan frases en rumano,
sin pedir permiso, y me confundo en el mundo latino de palabras y expresiones. Quiero
decir obrigada y me sale mulțumesc. ¿Será que el último país que visito deja sus posos
más profundos en mí? Nadie duda de lo que Rumanía supuso para mí, esa tierra de
autenticidad e historia en la que en ciertos sitios parece haberse parado el tiempo pero no
sabía que pudiese manifestarse así. Ese país cuasi balcánico en el que el desarrollo va de
la mano de las tradiciones, sin dejarlas atrás, sin darles la espalda.
Me fui, me fui a coger el tren. Anduve instintivamente como siempre que viajo,
dejándome llevar por mi olfato viajero, por mis pies incansables. Pregunto a un señor para
tener una referencia, con la buena o mala suerte de que es brasileño y me contesta en un
portugués muy gracioso que no es de aquí, que no sabe. Pero le entiendo, me hago
entender. Me siento en la estación, una estación muy bonita con azulejos típicos
portugueses, esos de color azul y blanco que recuerdan a tardes de café bajo un naranjo
en el patio de mi abuela. Me siento a observar, no a esperar. Decido quedarme para ver un
poco más desde dentro la cultura. Me siento y veo los trenes pasar y con ellos la gente que
viene y va.
Estoy en una cafetería de la misma estación y observo cómo la gente viene, se toma un
café tan corto que no llega ni a dos sorbos de una sentada y se va. Yo he optado por una
Sagres, una de las cervezas más famosas de Portugal. Le pedí a la dependienta que si me
hacía el favor de cargarme el móvil y sentía que tenía que tomar algo; más que nada
porque su cara me fustigó cual látigo salvaje al pedirle que lo enchufara. Pero bueno, se
está cargando y esta cerveza está muy rica.
Delante de mí un grupo que parece ser del trabajo está sentado en la mesa tomándose
tranquilamente un cafecito de esos «flojos». Aunque el café solo, servido en una taza
enana es el que reina en la mesa también hay algún galão que otro, un café que se sirve
en vaso alto, coronado con espuma. Para los más valientes también está el café com
cheirinho, conocido como carajillo en España, un café con coñac, whisky o lo que caiga.
Juegan a unas cartas de esas frikis que no entiendo. Otro chico se une al grupo y tras
pedir: «um café, se faz favor» me mira extrañado, como si le sorprendiera mi presencia.
Quizás esté pensando qué hago aquí, tomándome una cerveza sola. Pues bueno, cada
vez me importa menos ese tipo de miradas, no les voy a volver a ver así que qué más me
da.
Así de espontáneo es el viaje, así de extravagante es la actitud de conocer y explorar,
disfrutar más que nunca del momento, de lo que pasa ahora. Como ahora siento que
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quiero estar aquí pues me quedo. ¿Cuánto tiempo va a estar esta gente aquí? Ahora me
pica la curiosidad.
Me alejo como si estuviese viendo la pantalla de un cine y pienso que podría ser
perfectamente un grupo de jóvenes españoles con la única diferencia de que nosotros
estaríamos sentados alrededor de comida, no de cartas. Aproveite mas o seu tempo, hasta
un anuncio osa decírmelo. Otros dos más se unen, creo que esto va para rato. Los chicos
parecen escucharse, comprendiendo la idea que transmite el otro y asumiéndola con un
movimiento de cabeza. Sin gritos, sin hablar uno por encima de otro. Gesticulan bastante,
gestos que se me antojan cercanos, aunque distintos, lentos y a la vez rápidos.
Ya se van, se despiden con un «hasta mañana» y yo me quedo sentada, pensativa. Los
trenes siguen pasando y a mí me encanta, siempre me ha gustado. Me gusta verlos pasar
porque es como ver de frente las oportunidades que no quieres y decir, ¡ajá! yo me quedo
aquí, ¡vete tú si quieres!
Mientras divago y filosofo se me viene un párrafo de En el camino de Jack Kerouac a la
mente, ese libro tan vivo y que me inspiró tanto que sentía que hacía el viaje con ellos por
EE.UU.: « ¡Sí! Tú y yo, Sal, recorreríamos el mundo entero en un coche como éste porque,
tío, en definitiva la carretera tiene que dar la vuelta al mundo entero. ¿A dónde va a ir si
no?». Exacto, ¿a dónde si no? ¡Intentémoslo!
Este viaje a tierras portuguesas empezó por insistencia de mi amiga Loreto que me dijo
que fuera con ella a Optimus, un festival de música indie-rock, al que suele ir cada año.
Probemos a ver, me dije. Nunca había ido a un festival antes porque no soy mucho de
seguir a un grupo en concreto pero quería intentarlo, quería saber cómo es saltar en el
medio de una multitud que entona al unísono, que enloquece en conjunto. Los días pasan
entre lagunas de memoria que lleno de alcohol y resacas que se unen con el siguiente
concierto.
Como experiencia no estuvo mal y aunque yo prefiero escuchar música en algún sitio
más tranquilo, igual que hacíamos en el camping antes de ir a los conciertos, fue algo más
que sumar a mi mochila. Después de unos días de conciertos y rincones portugueses de
encanto, buenos momentos y risas, vuelvo a la estación, a la misma estación.
Esta estación me gusta, es un sitio conocido pero con desconocidos. Me siento a gusto
entre cada arbusto de esta ciudad, una ciudad que parece haberse parado en el tiempo
entre su sonrisa antigua y mi mirada ambigua. Un corazón que se estremece, en algún
lugar del río Tejo, allá a lo lejos. Me atrevo a decir que no es del todo el lugar el que te
inspira sino el estado de tu mente cuando viajas. Tienes que tener una cierta disposición y
ver la realidad con otros ojos, a poder ser unos que no juzguen, o que juzguen pero que
sean flexibles como para aceptar esa realidad como distinta y así respetarla. Esa mente
que puede estar aquí, que puede estar allá.
Allá en un mundo de aventuras, de ilusiones. Pero, ¿acaso no es el presente la
verdadera aventura? La aventura de tu mente empieza ahora. La mía parece estar
obsesionada ahora mismo, no consigo relajarme porque tengo el móvil cargándose a
escasos tres metros de mí pero mi mente dice que me lo van a robar. Creo que a nadie se
le ha pasado todavía por la cabeza, solo a mí. Cada vez que alguien se acerca mi corazón
palpita, se excita, se altera. Parezco ver peligros donde no los hay y aunque debo admitir
que eso me ha ayudado a evitar alguna que otra situación desagradable, no me alivia estar
en alerta constante. Mi mente pendiente de una realidad ajena e incapaz de vivir el
presente, ¡qué triste! También es triste pensar que eso pueda pasar porque al hacerlo dejo
de creer ligeramente en la humanidad, en la bondad. Siempre que exista la belleza va a
haber un hueco por el que se meta un rayo de fealdad, siempre que exista un poco de
felicidad ahí estará el pesar y la desgracia intentando colarse. Ojalá tuviese la mente de un
niño; inocente, fresca, pura, limpia.
Descubro un poema, enterrado en la arena, quizás abrumado por este sol de agosto y
yo le ayudo a salir, a brotar.
Demostrar que te quiero en los lados extremos, no es puro amor.
Puro amor es sufrirse cada día, en la lejanía de lo complicado.
Atrás voy dejando poemas, al igual que hago con Portugal, intactos, naturales y
esperándome para la próxima. Dejo sus calles empedradas llenas de historia, su
tranquilidad al andar, su gente abierta y sonriente.
· 9
Entre España y Portugal
E
stoy en la casa de mi tía, en Cheles, un pueblo a una hora de Badajoz que se
encuentra en la frontera con Portugal. Aquí estoy, sentada frente al ordenador, es
hora de buscar los billetes a Manila, mi siguiente aventura. ¿Qué mejor que estar aquí,
donde he pasado tantos veranos junto a mi tía? Esa tía que es una segunda madre para
mí, con la que compartí tantos buenos momentos; en el río Guadiana que nos refrescaba
en los sofocantes veranos extremeños y que ahora es un pantano, yendo a Portugal,
escuchando a Mónica Naranjo y a Laura Pausini o incluso viendo Betty la Fea.
Se me acelera el corazón, se me pone un nudo en el estómago y pienso que no hay
vuelta atrás, esto es de verdad. Aunque ya esté decidido no quita que el miedo quiera jugar
a quedarse conmigo pero a su vez ese temor me susurra al oído que vale la pena
arriesgarse. En las situaciones más extremas es cuando sacamos lo mejor de nosotros
mismos, esa es una de las razones por las que viajo. Si no sales violentamente de tu
burbuja, ¿cómo vas a aprender a vivir y a sobrevivir?
Como cuando te das cuenta de que te has quedado encerrada en un patio sin acceso a
la casa; tu familia se ha ido, no tienes móvil y la señal de internet no llega. Se cerró la
puerta porque saliste eufórica a hablar con tu amigo griego para contarle que te vas a vivir
tres meses a Filipinas a un templo budista. « ¿Que, qué? ¿Vas a llevar una túnica y a
hacer pastelitos, Alba?», me dice el griego saleroso.
En vez de entrar en pánico como hubiese hecho quizás en otras ocasiones decidí
actuar. Cheles, Badajoz, tres de la tarde de un día de verano soleado no, lo siguiente. Se
te cierra la única puerta que tiene acceso a la casa. Lo primero que pienso: «Pues, salgo
por la cochera y entro por la puerta principal. Ya está». Pero… la puerta está cerrada con
llave por dentro. ¡Qué bien! Observo la ventana donde antes había una puerta. «Si todavía
estuviese la puerta ahí, no habría problema», me digo. Pero nada es lo que en un día fue,
todo cambia al antojo del destino, de las circunstancias. Sin embargo, sigo insistiendo.
No puedo estar aquí todo el día, sin comer ni móvil ni contacto con el mundo… La
ventana está a mucha distancia del suelo y no hay espacio suficiente para entrar por ella.
Quizás si intento entrar de lado con solo una pierna… Nada, tampoco, no quepo. No
quedaba otra, quité las ventanas del marco e hice el hueco más grande. Ahora sí… ¡Sí se
puede! Y meto mis dos patitas, pongo una silla en el otro lado para apoyarme, bajo y cruzo
el pasillo victoriosa.
¡Qué pena que no me haya visto nadie…! yo que salí a lo jugador de fútbol americano,
triunfante después de haber marcado un tanto pero no, no había nadie… Una vez dentro
pude abrir la puerta y salir al patio de nuevo. Buscando nuevos caminos y salidas,
reinventándome.
Esta anécdota simple viene a recordarme que debo aceptar los retos que la vida me
manda. Si no hay una puerta por la que entrar a tus sueños, busca una ventana. Si hay
una ventana con poco acceso pues hay que inventarse la forma de entrar, de acomodarse,
de buscar la salida, o la entrada. Al principio da miedo pero seguro que me aguardan
grandes aventuras y aprendizajes.
Con el corazón aún acelerado y andando de un lado para el otro decido que me voy seis
meses en total, ¡quiero explorar otro continente! Nerviosa introduzco los datos de mi
tarjeta. Me tiembla todo y prefiero no pensar. No pienses, ¡compra!, ¡dale al botón! Me voy.
¡Me voy a Filipinas!
Más tarde nadando en la piscina pienso y dejo de pensar, nado y me sumerjo en una
piscina de sentimientos. «Soy libre en mi propio lago con mis propios obstáculos, puedo
entrar y salir cada vez que quiera». Y así es, estar en tu propia piscina, la piscina de tus
sueños y nadar a donde quieras o a la deriva, donde la corriente te lleve es tu mayor
libertad… De eso va este relato, de ventanas chiquititas y de cómo hacer hueco para entrar
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y de cómo me di golpes con el cristal, una y otra vez… pero también de cómo se aprende
de las heridas (para ello hay tiritas).
Los días pasan, vuelvo a Portugal a pasar unos días con un grupo de amigos en una casita
en frente del Océano Atlántico, tierra de atardeceres infinitos. Este año Portugal, más que
nunca, se hace mía. Allí, casualmente conozco a un chico alemán, amigo de mi amigo, con
el que voy a compartir la experiencia en Filipinas. Estas casualidades a veces me dan
miedo. ¿Cuál es la probabilidad de que un chico italiano-alemán y una chica española se
encuentren en un pueblo perdido de Portugal y ambos vayan a ir (de un grupo de doce
personas de todo el mundo) a un templo budista en Filipinas? Una frase que escuché una
vez de boca de un venezolano y que siempre recordaré: «El mundo es una caraota (frijol
negro) y nosotros vivimos en la parte blanca». ¡Y cuánta razón! Todo está conectado, la
vida no deja de sorprenderme con sus enlaces y casualidades…
El tiempo se sigue desvaneciendo y yo disfruto de estas vacaciones y de lo que está por
llegar. Estoy a menos de dos meses de emprender mi próxima aventura y tengo miedo.
Esta vez no se trata de ir a un sitio que está a solo tres o cuatro horas de avión o ir a otro
cruzando el charco donde alguien te espera; esto es distinto, es otro continente, sola, a
pasar tres meses en un templo budista. ¡La madre que me p…!
Me da miedo, me da miedo por lo que voy y por lo que dejo. Lo que dejo, un amor sin
fronteras que me entiende y el apoyo de los míos. Siento que aunque estoy muy asustada
quiero dar este paso, ahora más que nunca. Quiero descubrir lo que hay más allá porque
debe haber algo en la tierra del misticismo, de la filosofía oriental y de las mil religiones.
Tiene que haber algo allá de donde vienen Confucio, Sidarta Gautama o Lao-Tsé. Tiene
que haber algo especial en la sociedad que hace que ese continente gire de forma más
tranquila en cierto sentido, que consiga que la sabiduría milenaria siga presente en la vida
cotidiana de sus ciudadanos. Lo que busco es desarrollarme como persona espiritual, mi
alma necesita un apoyo, un impulso. Ese impulso para estabilizar mi cuerpo. Un cuerpo al
que no quiero rechazar, un cuerpo con el que quiero estar a gusto.
Días antes de emprender un viaje largo suelo ponerme más melancólica, nostálgica y
pienso de una forma más intensa y analizadora por qué hago lo que hago. Una pregunta
clave ronda mi cabeza ¿Qué es lo verdaderamente importante en la vida? Mis amigos, la
familia…Pero, ¿lo decimos porque sí o porque de verdad lo sentimos?, ¿qué es lo
realmente importante para mí? Pues sí, los amigos y la familia, por supuesto. Pero ese es
el problema, que lo doy por supuesto. Doy por hecho que mis padres y mi hermana deben
estar ahí cuando les necesito, que tengo que tener un novio más bueno imposible y unos
amigos, que aunque están desperdigados por el mundo, me han dado muy buenos
momentos. Casi ninguno es «fijo», se van quedando por el camino. Son amigos con los
que he compartido experiencias preciosas e inolvidables pero que se desvanecen con el
tiempo. Por eso pienso que a las personas hay que conocerlas en el momento y no tener
miedo a preguntar mil veces, a aprender de ellas. Creo incluso que puedes tener amigos
por varias horas o días pues es lo que tiene viajar que todo es más intenso pero también
tiene fecha de caducidad. Te puedes encontrar en un bus y compartir el trayecto, tener una
conversación que os conecte y os arraigue a ese momento que es único y que
probablemente se convierta en un objeto imprescindible y codiciado de tu mochila viajera.
Viajar conecta y a la vez nos conecta con nosotros mismos.
Doy por hecho muchas cosas que no debería. No debería dar por supuesto que todo lo
que he conseguido hasta ahora (estudios, becas, viajes…) ha sido fácil y no me ha costado
trabajo. Lo que me pasa en el fondo es que estoy acostumbrada a esforzarme y cuando
llego a la meta no miro atrás para valorar el sacrificio, ¡qué mala costumbre la mía! A
luchar una vez tras otra, a conseguir una cosa después de otra como esos conejos que
corren detrás de la zanahoria de la que alguien tira sin cesar. ¿Acaso todo en esta vida es
ir siempre tras algo? ¿Por qué está mal visto pararse a observar y hacer una crítica justa y
objetiva de tu vida? ¿Desde cuándo somos marionetas de una sociedad fría y
desconectada de la realidad? Poco a poco aprendo a saborear mis victorias. No solo a
aceptar lo que no he hecho tan bien sino lo que he conseguido con sudor y lágrimas. Es
muy sano y mucho más práctico.
Volvamos a la pregunta. ¿Qué es lo más importante en la vida? Parece que cuando
pienso en la respuesta lo único que se me viene a la cabeza es viajar, conocer a gente y
trabajar en lo que me gusta. Sin embargo, siempre cuento como base a la familia y a los
amigos sobre los que apoyarme por lo que esta máxima está influenciada por ese gran
pilar que sirve de sustento.
Sin embargo, existe un tipo de presión socioeconómica que se empeña en dictar cómo
debería vivir mi vida. ¿Qué prisa hay si todavía no he encontrado mi sitio? ¿Y si soy joven
y quiero ver mundo y encontrar mi hueco? Si no es ahora, ¿cuándo? ¿A qué voy a esperar,
a estar con varios críos? De eso nada. Yo quiero vivir mi vida primero, descubrir nuevos
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paisajes, formas distintas de ver la vida y aprender a tolerar lo ajeno. Esa es la forma en la
que podré dejar esas experiencias en las mentes creativas de mis hijos, si es que algún día
llego a tener, para que ellos decidan si quieren o no explorar el mundo por su cuenta.
Hay días en los que no me apetece tanto escribir, como hoy, y sin embargo, mi mente
chorrea ideas y frases, palabras enredadas en papel maché. Y yo, yo voy y las escribo, sin
pensar, en hojas de esas de cafetería que ni limpian ni ná pero que a veces vienen bien
para anotar las ideas. No le he contado a mucha gente que me voy en parte porque no me
apetece escuchar sus reacciones tipo: «Te van a comer la cabeza allí», « ¿Tú estás
segura de lo que vas a hacer?» o « ¡Bu… esta se me rapa la cabeza allí y nos viene loca
perdía!» que escuché de algunos hasta la saciedad. No, no me apetece. No, no estoy
segura ni sé todo sobre mi vida, ni siquiera sé lo que voy a comer más tarde o qué haré
mañana, ¿y qué importa? Al menos lo intento, ¡al menos me tiro a la piscina!
Tampoco quiero presumir. Simplemente, ¡quiero irme! Las reacciones positivas también
se hacen notar y yo me sumerjo en un mundo de ideas opuestas y formas diferentes de ver
la vida y eso me hace ver a gran escala el siguiente paso que voy a dar. En esta
conversación en la que soy la protagonista invisible solo me queda repetir una frase de
Wayne Dyer: «La forma más elevada de ignorancia es cuando rechazas algo sobre lo que
no sabes nada». Es más sencillo criticar aquello de lo que no tenemos ni idea pues crea
una barrera entre la realidad que nosotros creamos y la de verdad que nos hace sentirnos
conformes y felices, en nuestra burbuja, sin saber más allá.
Madrid
M
e acuesto, me levanto; entre maletas y sueños, entre qué llevarme y qué no.
Entre estas cuatro paredes, convertidas en redes que pronto serán nubes, esas
nubes rosadas que vuelan y corren, se persiguen unas a otras, cansadas de la vida,
ansiosas de aventura, esa aventura que te llena de hermosura y buenos momentos.
Dos semanas y media para vivir otra realidad, dos semanas y media para saborear mi
libertad, dos semanas y media que aunque alejada de los míos, supondrá un total desafío.
Un desafío detrás de otro, como estos versos que siguen, que se escriben sin ser
pensados ni analizados. Nunca he estado en Asia, en la Asia real, porque Anatolia no
cuenta para mi registro personal. Por eso tengo ansia, ansia por descubrir, por
sorprenderme y enamorarme de paisajes y formas de vivir. Esta vez sé que no quiero dejar
un cuaderno sin terminar. No.
Quiero escribir capítulos nuevos y viejos y rancios a la vez; quiero dejarlos atrás, no
quemarlos sino abandonarlos. Empezar una página fresca y preciosa que sepa a fruta
exótica e idiomas tropicales. Esta casa que a veces me intoxica, esta morada que ya ni sé
si es mía, de ellos o del destino. Tengo ganas de correr pero aun así me quedo.
Entre los nervios de irme y de estar aquí, llego a la conclusión de que no necesito la
aprobación de nadie para perseguir mis sueños y menos de la gente que no me importa.
Gente que se alimenta igual que los buitres del cotilleo ajeno, de esa satisfacción de saber
lo que los demás van a hacer. Yo me quedo con las caras de asombro, las de ilusión
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tintadas de un pelín de envidia y con las sonrisas. Las personas que ni siquiera escuchan
sino cotillean y quieren quedarse con sus prejuicios no merecen la pena, no se merecen ni
la tinta de este boli ni los renglones de esta página.
Unos días antes de irme tengo que pisar el aeropuerto pero por otra razón. Voy a
despedir a Gaby, esa gran amiga venezolana con la que he compartido tantos buenos
momentos. Porque la juventud emigra, en estos días en los que el terreno español no es el
mejor para echar raíces, por muy cualificado que estés.
Creo completamente que el destino o alguna fuerza superior se encarga de enviarnos a
las personas que necesitamos en el momento apropiado. A la vuelta del aeropuerto, dos
amigos de Gaby y yo cogimos el mismo bus en Atocha. Ni el de antes, ni el metro, ni el
otro bus que perdimos; tenía que ser ese o por lo menos para mí.
Mientras subimos hablamos de la gente que se acopla en las conversaciones de los
demás porque minutos antes se nos coló una señora hablando del tiempo. Nos sentamos y
empezamos a hablar de lo cansada que iba a estar Gaby al llegar a Chile, su vuelo salió a
la una de España y para su cuerpo serían las doce de la noche cuando llegase a Dallas.
Allí tendría que esperar otras cinco horas para coger el siguiente avión que tardaría unas
ocho horas más. De repente, el señor que estaba sentado a mi lado empezó a hablarnos.
En ese momento supe por qué había cogido ese bus.
El hombre nos contó que vivió diez años en Dallas y que conocía el aeropuerto de pies a
cabeza, nos dijo que en menos de ocho horas estaría allí. Los chicos se bajaron pero José
Luis (ese es su nombre) siguió hablando, cosa que agradecí.
Se fue a Dallas buscando cumplir su sueño, desde pequeño le encantó el rollo
estadounidense de montar toros. De hecho me enseñó su tatuaje de cowboy, que a la vez
coincide con el mote con el que se le conoce en el barrio y que luce con orgullo. Él nació
en Vallekas con k, igual que yo, y eso nos conectaba aún más.
—Y es que yo he vivido en muchas ciudades de países distintos pero no hay nada como
mi barrio—exclamaba. ¡Y cuánta razón tiene!—Aquí no importa de qué lugar vengas, nadie
te lo pregunta. Mientras seas educado y vayas de buen rollo, ¿qué más da que seas
blanco, negro o latino?—me repetía.
Se nos une otra señora a la conversación, esto se pone interesante. Mi parada se
acerca pero no quiero bajarme. Yo sabía que él vivía en Alto del Arenal, cinco paradas más
allá de la mía, así que me quedé hablando con él. Hablamos sobre viajes, países…
¡Vamos, lo que a mí me gusta!
—Si es que quién no viaja ahora es porque no quiere. No hay excusas, menos si eres
joven. Si tienes un sueño, tienes que ir a por él—. Me quedo con esas palabras que
parecen ser un mensaje del futuro, una señal de que me augura algo muy bueno. Me
encantan estos encuentros, con gente que ni conoces y ni siquiera sabes si volverás a ver
pero que son abiertos sin más y te hacen reflexionar. No te creas que esas personas se
cruzan en tu camino porque sí pues tienen su propósito, su porqué y sus enseñanzas que,
probablemente, nunca olvidarás.
—Da miedo, claro que da miedo montar un toro, pero si te gusta, lo haces—se despidió
diciendo. ¡Qué gran hombre! Y pensar que el resto del bus lo veía como un loco… ¿Quién
define la cordura en este país, digo yo? Me pregunto curiosa y no sé dónde hallar la
respuesta si en los políticos que mienten más que hablan o en esta sociedad que adora a
Belén Esteban y a la televisión basura. ¿Quién es el loco?
Meditando me hallo, de un lado para otro, recorriendo cada rincón de mi ciudad, de mi
barrio de toda la vida, como si fuera la última vez que fuera a verlo. Por si acaso, ¿sabes?
Quiero oler cada fragancia, deleitarme con los colores de éste, mi Madrid y sonreírle a
gente extraña. Por si acaso… Quiero ver más allá de lo que nuestros ojos están
acostumbrados a ver, ensimismados en el día a día, en la normalidad de lo cotidiano.
Me doy una vuelta por el Parque de las Tetas, mi lugar favorito de Madrid, donde he
pasado tantas tardes de merendola viendo el atardecer o tirándonos globos de agua en
verano. Observo la radiografía de Madrid desde lejos, sentada en una de las colinas. Veo
la vida pasar, la ciudad moverse. La estación de Méndez Álvaro se vislumbra a la
izquierda. Los trenes no cesan de llegar, testigos de una ciudad activa, que no para ni un
instante. De frente se ve la Avenida de la Albufera que se convierte después en la Ciudad
de Barcelona para unirse a lo lejos con la estación de Atocha. Los diversos parques que
decoran la ciudad destacan en esta fotografía de colores; el Retiro al este y el Parque
Lineal del Manzanares, conocido coloquialmente como el Parque de la Cabezona, al oeste.
A lo lejos, la Sierra de Madrid dibuja una escena de contraste, la ciudad se entremezcla
con el verdor de la montaña. La gente que pasea a sus perros o sale a correr no me
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distrae, más bien me anima a vivir, a sentir. El sonido de los pájaros se entrelaza con el de
ladridos de perro y yo me tumbo y sonrío. Me gusta tanto tocar el césped (el de verdad) y
sentir el sol calentar cada célula de mi cuerpo que podría pasar aquí horas. Estas colinas
sobre las que he volado cometas tantas veces, cuando ni siquiera existían las acrobáticas,
sino esas en forma de rombo tradicionales, las de toda la vida. Este césped testigo de
nuestras sentadas a ver las estrellas o los fuegos artificiales en la noche del 16 de julio en
las fiestas vallecanas por excelencia, las de El Carmen. Tantas tardes comiendo pipas
mientras el sol se esconde, tantas tardes de infancia haciendo la croqueta colina abajo y
oyendo a tu madre decir: « ¡A ver si te cortas con un cristal o te manchas con una caca de
perro!». Me despido de estas mis montañitas, de momento y las bajo corriendo, como
hacía de pequeña. El atardecer me despide, tejiendo una obra de teatro magistral.
Sigo deambulando, paseando… En las paredes de un baño cualquiera encuentro esta
poesía que habla para mí y solo para mí o eso creo…
Quiero irme tan lejos
Que la distancia deje de ser un impedimento
Quiero vivir tanto
Que la muerte ya no me preocupe
No seré avaro
Comeré el pan que me den
Los tesoros de la vida
Se tardan en encontrar,
Pero creedme que merece la pena.
¿Será que busco este tipo de cosas o me encuentran ellas a mí? Ya ni lo sé, pero este
camino está siendo revelador, me descubre poco a poco la senda a seguir. Me aferro a
momentos que parecen desvanecerse, que se van de mis manos como gaviotas sedientas
en busca de un mar lejano. Sigo coleccionando anécdotas, bromas y momentos familiares.
Me voy, me tengo que ir. La aventura me llama, arde dentro de mí. Tengo que hacer algo,
no me puedo quedar, no ahora.
El día llega, inocente e invisible, como una ráfaga de aire. Una mezcla de sentimientos,
de ilusiones y de esperanzas se instaura en mí y mi cuerpo no dejará esa sensación hasta
pasar la puerta de embarque. Aeropuerto, aquí estoy de nuevo, ¿me has echado de
menos? ¡Yo a ti sí! Lo mío con los aeropuertos es una relación de amor-odio, sobre todo el
de Barajas. Admito que me encanta ir a buscar a la gente, a mi gente, ya sea para
enseñarles mi ciudad por primera vez y adentrarles en los entresijos de mi cultura o para
recibirles de nuevo.
Cuando me toca irme a mí ya es otra historia… Días antes entro en un estado en el que
ni estoy en mi propio país ni en el que voy aterrizar, es como si estuviese en una profunda
y perpetua fase de sonambulismo.
Cuando llega el día y entramos en el coche ya me doy cuenta de que es real, despierto
pero sigo embaucada en un batiburrillo de conversaciones, de expectativas sobre el viaje y
filosofo sobre el porqué de mis aventuras. Las miradas de mis familiares se me hacen
incómodas e infinitas. Sabemos que las despedidas no son lo mío y por ello no nos gusta
alargarlas demasiado.
Entramos en el aeropuerto, al que solemos llegar con horas de antelación para hacer
todo con calma. Entrego las maletas, no sin el previo dilema de si me las aceptarán o no, si
son muy pesadas o de si llevo muchas cosas.
Damos vueltas por esta ciudad que es Barajas, a la que siempre llamaré Barajas
(dejemos de lado la polémica del nuevo nombrecito). A veces nos sentamos a tomar algo
pero a mí se me cierra el estómago y lo que quiero es irme cuanto antes pues este tiempo
entre medias es un tanto incómodo. Se me pone un nudo en la garganta, me entra un
miedo ensordecedor, de esos intensos y que te recorren todo el cuerpo.
Mi madre me dice: «Venga, vete ya, que si no es peor» porque ya sabe a lo que se tiene
que enfrentar, ya está acostumbrada la pobre. Mi padre me mira como solo un padre
puede mirar a su hija: «Ten cuidado pero disfruta» son las sabias palabras con las que me
suele despedir. Mi hermana, sin embargo, es de pocas palabras y se hace la dura pero
acaba soltando alguna lagrimita. A la lista se nos une mi novio, a quién le cuesta mucho
despedirse y me sigue hasta la cola de embarque aunque esta vez decide irse antes y yo
le veo alejarse con esa cara de pena, de pérdida. Me duele pero sigo andando.
No me gustan nada esos momentos en los que uno se despide en la distancia, agitando
la mano cuando ya ha pasado el detector o a través de un cristal. No me gusta que las
despedidas se alarguen pues duelen más y más adentro.
Si algo borraría de mis viajes es tenerme que despedir de los que quiero o quizás no,
porque ese miedo es el que realmente te hace fuerte. De hecho recomendaría a todo el
mundo la experiencia de estar con un billete en mano, esperando a subir al avión y
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diciendo: « ¿Pero qué estoy haciendo?» por lo menos una vez en la vida. Ese momento te
ayuda a reflexionar, a ver las cosas tal y como son y a ser más humilde.
Y ahora, ¿qué? Me angustia aún ahora escribiendo estas líneas en lo lejano, en lo
futuro. Da pena dejar a la gente que quieres pero en cuanto cruzas la frontera del detector
de metales sabes que tomaste la decisión correcta, sabes que fuiste valiente y que te
aguardan muchas aventuras, que aunque todavía no puedes nombrar, pronto tomarán
forma. En cuanto pasas el momento de tristeza y angustia se te vienen a la mente los
grandes momentos que están por comenzar.
El vuelo de Madrid a Dubái es de unas cuantas horas pero entre que soy de sueño fácil
(desde que mis padres me sacaban de juerga y yo dormía tan tranquilamente en el carro o
donde fuera) y de escritura ligera, no se me hace pesado.
De repente atisbo unas figuras simétricas de color crema a lo lejos… ¿Esos islotes que
se ven allá a lo lejos no son esos artificiales de Dubái? Esto ha comenzado, ¡de verdad!
Me bajo del avión no sin esa curiosidad mezclada con pavor de lo que supone un nuevo
destino para mí. Lo que veo me parece interesante, soy testigo de una mezcla de culturas
sin igual. Son las ocho y media de la mañana y al venir de mi vuelo de Madrid me he
cruzado con indios, mujeres tapadas hasta los pies, filipinos y un grupo de negros. Una fiel
representación de esta parte del mundo en miniatura.
Aunque todavía estamos en el aeropuerto ya puedo decir que estoy en Asia. Todo está
limpio y cuidado pero hay muchísima gente por todas partes y cada uno va por donde le
sale del pie, literalmente. Me siento observada y distinta, cual liebre acorralada entre
perros de caza. En la parte del mundo en la que me he movido hasta ahora no ha habido
problema con las miradas indiscretas, menos en Venezuela donde me llamaron alguna vez
que otra gringa por mi blanca piel.
En este sentido me gusta decir que confundo mucho a la gente con mi lugar de origen.
Los hispanohablantes me dicen que no soy española, que no tengo ese acento marcado
tan característico de mis paisanos mientras que los españoles aseguran que no soy de
Madrid y ya me han propuesto varios y diversos lugares de nacimiento. ¿Gallega, vasca,
de algún lugar de Andalucía? e incluso canaria (creo que aquel que me lo dijo no ha estado
mucho en las islas). Nunca dicen vallecana de padres extremeños, fíjate tú. A mí eso me
encanta pues prueba que soy ciudadana del mundo, que absorbe experiencias de todas
partes y es, al final, una amalgama de costumbres e ideales.
Hasta el hombre del detector de metales me ha preguntado de dónde soy con una
sonrisa picarona (y mientras me miraba el escote). En fin, cosas del oficio.
Manila
L
lego a Manila de noche. Llego, he llegado, ¡he llegado! El viaje no se me ha hecho
excesivamente largo, he visto unas cuantas películas (entre ellas una en tagalo para
ir entrando en ambiente), he dormido y he escrito bastante. Hay algo que tiene viajar que
me inspira, siempre lo ha hecho. Desde el momento en el que tengo el billete en la mano
me convierto en mi yo más yo, en mi persona más aventurera. Sonrío más y todo, respiro
más sosegadamente y las pupilas se dilatan cual niña emocionada e inocente. Aunque mi
instinto viajero se ha ido perfilando con el pasar del tiempo siempre he sentido esa ansía
por descubrir, por explorar lo desconocido.
Paso por inmigración, se me acelera el corazón al querer decir para lo que vengo, me
pongo nerviosa pero paso sin problemas. Espero ansiosa a mi maleta moradita. He llegado
más tarde de lo pensado, espero que sigan esperándome allí fuera.
Rister, el organizador de HALA, el grupo de estudios budistas al que me iba a unir por
tres meses, me dio las instrucciones unas horas antes en un inglés que no entendía muy
bien. Tú bajar de inmigración, salir y luego ahí estaremos, donde espera toda la gente.
Vale, suena sencillo. Salgo y una bocanada de humedad me echa para atrás. ¡Qué
sensación más intensa! Me cuesta un poco respirar y empiezo a transpirar como un
cochino.
Bajar, vale bajar. Pero… aquí hay un ascensor, ¿será por aquí? Le pregunto a un policía
y me contesta: «Good evening Madame, sí es por ahí». ¡Ay qué gracioso, me ha llamado
Madame! ¡Nunca me habían llamado Madame antes! o quizás no de una forma tan
graciosa y respetuosa. Nada más llegar ya distingo esa cara perpetua que dibuja la sonrisa
atrayente de todo filipino, esa sonrisa que me acompañaría de ahora en adelante.
Lo que presencio con mis ojos cansados es un tumulto de gente, un caos de país. Está
lloviendo, los coches se agolpan y la gente espera apelotonada detrás de una valla. Gente
por todas partes, literalmente por todas partes. Cienes y cienes como dirían en mi pueblo.
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Y ahora ¿Qué hago? ¿Dónde me quedo? Supongo que es aquí… pues a esperar toca.
Espero debajo de un techo, entre nerviosa y cansada. Nadie contesta el teléfono, seguiré
esperando entonces.
Yo sin creer todavía que he llegado, me hallo confusa y preocupada, todo me parece
ajeno, extraño. De repente escucho: « ¡Alba!» seguido de un « ¡fotoooo, fotoo!» sin ni
siquiera dar espacio para las presentaciones. Era Rister. Giovanni también está, aquel
chico que conocí en verano. Me abraza con gran fuerza y nos miramos confirmando con
una sonrisa el hecho de que hace dos meses nos viéramos en Portugal y ahora, ¡estamos
en la otra punta del mundo!
Nos metemos en la furgoneta y yo instintivamente observo por la ventana. Observo y
sonrío. Huele a otro país, las carreteras son distintas, las luces de esta ciudad son fuertes,
las palmeras me saludan. ¡He llegado! Aunque es de noche puedo atisbar no sin dificultad
los edificios, los carteles de colores, la gente.
En unos minutos llegamos al templo y un hombre de seguridad nos abre la puerta.
Entramos y todo está a oscuras. Rister nos comunica que no suele pasar pero justo hoy se
ha ido la luz. Vamos al jardín, situado en la planta más alta. Seguro que os estáis
imaginando el templo con su pagoda roja, sus techos inclinados y dragones por doquier. Lo
siento, es un edificio cualquiera (siento aguaros la fiesta pero prefiero decíroslo desde el
primer momento) pero por dentro es especial. Por fuera lo único que lo identifica es un
buda y algún farolillo tímido. De hecho antes de ser templo perteneció a la embajada rusa
o sea que os podéis imaginar lo gris que es. Sin embargo por dentro sí es bonito, tiene su
encanto.
En el jardín, Rister nos cuenta las normas por encima, que mañana tendremos que
levantarnos a las seis de la mañana para acudir al canto matutino y poco más.
Yo miro la ciudad desde la terraza, el bullicio incesante que es Manila. El templo parece
ser un oasis en ese tumulto, con rincones que invitan a reflexionar. El patio es fiel testigo,
lleno de plantas tropicales y espacio oriental y ahí es cuando me digo sonriente: «Pues sí,
esta va a ser mi casa durante unos meses».
Llego a la habitación y mis compañeras de cuarto ya están durmiendo. ¡Qué pena! El
ruidito de los ventiladores me sorprende, ¿duermen con los ventiladores puestos? Bueno,
a la cama. Mañana me espera un gran día.
Me despierto, entre confusa y emocionada, con una melodía de móvil que me
acompañaría de ese día en adelante, la de Kimi, mi compañera de Holanda. En el
programa somos cinco chicas; de Filipinas, Holanda y España y seis chicos; de Brasil,
Lituania, Rumanía, Alemania y Filipinas. Siete países distintos, once razones distintas para
vivir esta experiencia pero un mismo destino compartido.
Nuestra primera comida en el salón es un pelín desastre, al menos para mí. Bajamos de
las habitaciones, formamos una fila delante del comedor, los chicos a la derecha, las
mujeres a la izquierda de la figura del Buda. Juntamos las manos al sonido del gong y
hacemos una reverencia. Nos giramos y entramos en silencio, cada fila por su puerta
correspondiente. En los templos budistas nunca se puede entrar por la puerta del medio,
ya que está reservada a los monjes pues es la línea en donde se encuentra Buda.
Retiramos la silla en silencio, sin hacer ni un ruido, o eso intentamos. Nos tenemos que
sentar rectos con medio culo en la silla y con las rodillas juntas. Dos cuencos y un plato
nos esperan al borde de la mesa (alejados de nosotros). No se puede empezar hasta que
no hayamos bendecido los alimentos con una frase que mezcla conceptos como la
bondad, la misericordia, la felicidad y el abandono. A esto queda decir que me tiré varios
días diciendo unas palabras en chino mandarín que no sabía ni qué significaban, hasta que
las estudiamos en clase. Pero, ¡y lo bien que sonaban!
El día en el que lo analizamos palabra por palabra pude respirar aliviada, el hecho de
entonar algo que no sé en un idioma que desconozco no es mi pasatiempo favorito.
Aunque en mandarín las palabras son más abstractas pues pueden representar distintos
conceptos dependiendo del contexto, lo he traducido desde el inglés de la forma más
cercana posible.
Ci Bei Xi She Pian Fa Jie
Xi Fu Jie Yuan Li Ren Tian
Chang Jing Jie Heng Ping Deng Ren
Can Kui Gan En Da Yuan Xin
Que la compasión, la bondad, la alegría y la ecuanimidad se difundan por todo el
universo.
Que todas las personas y seres celestiales se beneficien de nuestras bendiciones y
deseos.
Que nuestra práctica diligente del Zen (escuela budista cuyo centro es la meditación), la
Tierra Pura y la contemplación de los preceptos nos ayuden a alcanzar la paciencia
universal.
· 23
Que emprendamos los votos de Mahayana con humildad y gratitud.
Sí, lo sé. Son muchos conceptos e ideas abstractas. Así me siento yo, desconcertada
entre palabras, nadando entre nuevos términos, filosofías y formas de ver la vida.
Recitar unos versos antes de cada comida es una de las formas en la que los budistas
dedican sus méritos a los que los necesiten, es decir, algo para lo que los católicos sería
elevar las plegarias, rezar por alguien. Pero vamos yo en lo que estaba pensando era en
comerme vorazmente la sopa (con palillos, claro).
Con tanta información intento, aún confusa, centrarme en comerme la comida con
palillos. Sí, los había usado antes y pensaba que no se me daba tan mal pero comer arroz
ya es otro mundo. Miro a mis dos lados, quiero saber cómo lo hacen. Es mejor usar el bol
como plato así que el primer paso es poner las verduras en el cuenco junto con el arroz. Si
te queda algo al fondo puedes poner tus labios ligeramente en el borde del cuenco y
metértelo todo para dentro ayudándote de los palillos. A mí esto me parecía raro e incluso
maleducado al principio pero la verdad es que es más cómodo.
Es interesante a la vez que tedioso adaptarme a un ambiente regido por normas,
exigencias y costumbres muy distintas. Que si andar recto, que si comer en silencio, no
hacer ruido mientras se anda, hacer una reverencia cada vez que pasemos por delante de
un buda o bodhisattva y la lista sigue. Pero a eso es a lo que vine, a exponerme a una
realidad cultural diferente y desafiante, en constante cambio y profundo crecimiento.
Los primeros días en el templo son muy intensos, casi no tengo ganas de escribir y
tengo vacíos de qué es exactamente lo que he hecho a lo largo del día. Una de las
primeras cosas que he aprendido en mandarín es Lao shi ji xiang y xie xie, lao shi. La
primera frase sinceramente, ahora mismo ni recuerdo qué significa. Lo que sé es que la
usamos al comienzo de cada clase cuando entra el profesor, a quién mostramos respeto
poniéndonos de pie. La segunda es «Gracias, profesor» y se entona al finalizar la clase. La
obediencia al profesor es algo culturalmente sagrado y aunque nos pueda parecer
anticuada esa casi sumisión al maestro, creo que la situación de mi país cambiaría
radicalmente si tratáramos a los profesores como de verdad se lo merecen, con respeto y
admiración.
Estoy un poco saturada, quizás hayan sido demasiadas enseñanzas de golpe. Que si
come lento, sin hablar y con palillos. Que si siéntate recto y sal de tu silla solo por la
izquierda. Mucha, muchísima disciplina que no recuerdo haber tenido en mi vida.
Después de una dura jornada de aprendizaje, me derrumbo. ¡Madre mía pero si solo he
empezado! No sé ni qué sentir, me he puesto a llorar por la presión, por la disciplina, por el
cambio. Son muchos los retos, sí y las batallas con mi ego, infinitas.
Solo al doblar el fastidioso Hǎi Qīng, el traje negro a modo de sotana que debíamos
llevar cuidadosamente a los cantos de por la mañana, ya sentía rabia e impotencia por no
poder hacerlo como los demás. El rito era meticuloso y con pasos a seguir, si te saltabas
uno, ya estabas perdido. Yo lo que quería era arrugarlo e irme de allí, la impaciencia era
más fuerte. Me recuerda a aquellos campamentos de verano en los que me enseñaban a
hacer manualidades con bolitas. Al no poder hacerlo me entraba una furia, un calor por
dentro y yo lo único que quería era salir de ahí y que nadie me viera equivocarme. Tenía
miedo al fracaso, a no ser perfecta. Como si intentarlo no fuera suficiente.
Pero no, esta vez no. Esta vez quiero crecer, enfrentarme a lo que hay, a mis mayores
miedos y angustias. Ya está bien de salir corriendo cada vez que me da miedo
equivocarme. Ya está bien de meter la cabeza bajo tierra como si fuera un avestruz.
Mientras escribo esto en mi cuaderno, Kimi la holandesa me invita a una clase de yoga
con el resto de estudiantes. Yo, entre recelosa y curiosa, acepto la invitación. Solo he ido a
clases de yoga dos veces en mi vida pero siempre acabo haciéndome daño. No me
apetece ir pero probemos, quizás algo sea diferente esta vez.
Hay muchos de los ejercicios que no consigo hacer como el resto y por eso me esfuerzo
más y no veo mis límites y me quiebro. Me bloqueo, me enfurezco y me vuelvo a bloquear,
la energía negativa que he ido acumulando tensa mi cuerpo, cada músculo y fibra de este
cuerpo cansado. Uno de mis mayores problemas a lo largo de mi vida ha sido la búsqueda
continua de la perfección, un mundo ideal creado en mi mente que nunca existió y jamás
existirá, por el bien de todos por cierto. Yo en la postura de la vela con los pies en alto, o
intentándolo, y a la vez pensando en todos mis límites, frustraciones y momentos en los
que me he derrumbado. ¡Vaya aguafiestas! ¿Cómo lo voy a conseguir así?
Estiro las piernas por encima de la cabeza, sujeto mi espalda y poco a poco voy bajando
las piernas, no puedo, no puedo. Me duele el cuello, ejerzo presión en esa zona pero sigo
forzando mi cuerpo. Lo he vuelto a hacer mal. Descanso las piernas, el momento de
reflexión ha llegado. Con las luces apagadas, nos centramos en la respiración después de
una serie de ejercicios que nos han llevado una hora, aproximadamente. Yo me angustio,
me agobio y lloro en silencio, no puedo más, me siento limitada.
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Salgo de allí medio cabreada, con una contractura en el cuello y muy frustrada conmigo
misma, necesito descansar. Mañana será otro día. ¡Ay si tu madre estuviese aquí! ¡Cómo
te diría sabiamente lo cabezona y bruta que eres! Buenas noches mamá, hoy he aprendido
algo nuevo.
---
Este mes de septiembre se me hace distinto, me confunden los días y el sol parece
durar menos. La humedad incesante del lugar no me deja indiferente y me cuesta respirar
a veces, transpiro litros de sudor y me encuentro cansada.
Uno de los días de este mes cálido, este mes de transición que siempre me ha gustado,
quizás porque indica el final de un grandioso verano y pone inicio a un mes lleno de
cambios y nuevos retos, me acontece un hecho que se me hace difícil no contar.
Cada vez que llega un venerable de fuera, un monje budista que lleva muchos años
ejerciendo, debemos recibirle con cantos (en chino mandarín, of course) a la entrada del
templo. Tras subir varias escaleras entonando versos de distintas canciones de
bienvenida, entramos todos juntos al altar budista, donde se encuentra la gran figura del
Buda de jade, de gran orgullo para la comunidad de esta orden. En estos casos, una de las
monjas indica con el sonido del gong cuando tenemos que entrar en el santuario para lo
que, con gran agilidad y destreza pero sin correr, debemos liberarnos de nuestros zapatos
a la entrada.
¡Descálcense, libérense de las ataduras antes de entrar!
Las chicas, organizadas y metódicas (menos nosotras las nuevas, claro) dejan los
zapatos ordenados, uno al lado del otro. El gong vuelve a sonar. ¿Ahora qué? Con
diligencia todas las estudiantes se colocan en sus filas, de pie, unas detrás de otras y en
frente de una especie de cojín alargado. ¿Unas detrás de otras? ¡Pero no quedan más filas
ni más cojines! El gong vuelve a sonar y toda la sala se arrodilla al unísono a modo de
reverencia. Uy, llego tarde. Ni corta ni perezosa como no había hueco en las últimas filas y
vi, con orgullo y rapidez, que la primera fila estaba vacía me dirigí allí casi corriendo. Bajo
la cabeza, me arrodillo y miro de reojo a los demás para ver qué es lo próximo que debo
hacer. Entre mareada y confundida me doy cuenta de que tengo que colocar la cabeza en
el cojín y poner las manos con las palmas para arriba. ¡Vale! ¿Otro gong? ¿Y ahora qué?
Oigo un «chist, chist» desde la fila de atrás, un sonido que me recuerda a momentos no
muy agradables en los que la gente te llama la atención, esos en los que normalmente has
metido la pata. Miro atrás y una de las estudiantes budistas, de las que dedican dos años
de su vida a estudiar las entrañas del budismo, me hace una señal para que vuelva atrás.
Me pongo a su lado con la cabeza agachada y me dice al oído: «Esa fila está reservada a
las monjas, ¡no lo vuelvas a hacer!». Y yo, sumida ya en un círculo de bochorno y
vergüenza dejo de escuchar a mi alrededor y mi cuerpo se centra en mandar bombas de
oxígeno a mi corazón y un color rojete muy salao se establece en mi cara blanquita
durante unos minutos. Háganme un huequito bajo tierra, ¡que allá voy!
Mi primera semana en esta experiencia y, ¡ya salgo en las fotos en primera fila! Unas
horas antes nos habían dicho en clase que para el budismo todos somos iguales. Pues,
¡ya está! Si todos somos iguales, ¿por qué no puedo estar en primera fila al igual que los
demás?
Pasado el sofoco solo queda reírme y aprender para la próxima vez. Anécdotas aparte,
hoy sucedió un acontecimiento muy importante, o al menos para mí. ¡Hoy he pisado la
calle por primera vez desde que llegué! Una de las normas del programa es que no
podemos salir, a no ser que sea por alguna urgencia, a excepción de los lunes que es
nuestro día libre (y de libertad).
Llegué de noche a esta tierra y poco he podido ver, aparte de los edificios gigantescos
que nos rodean y el ruido ensordecedor que caracteriza a esta enorme ciudad. No es que
estuviese mal en el templo pero se me hacía extraño no poder ver a la gente en su vida
diaria, en su rutina. Es curioso llegar a un país del que no sabes mucho y meterte
directamente a un monasterio del que no puedes salir.
Mis ojos empiezan a dilatarse nada más poner un pie fuera de la valla que nos separa
del mundo real. Verónica, una compañera filipina del programa, tenía que ir a comprar no
sé qué (eso ahora no importa) y pedí permiso para ir con ella. Nada más cruzar la calle,
que supone un gran reto pues tenemos que sortear todo tipo de vehículos, el gentío me
abruma y la suciedad y los colores se adueñan de mí. La gente en chanclas y en camiseta
corta por todas partes me distrae. El calor es de esos asfixiantes y pegajosos pero todo en
su conjunto no hace más que sorprenderme y atraerme a la vez.
Nos habían dicho expresamente que no tardáramos mucho pero yo estaba
aprovechando cada minuto de mi libertad. Cuando se tienen tantas restricciones, la vuelta
a la vida «normal», aunque por unos escasos minutos, se saborea de otra forma, sabe a
sonrisa y a mar, a nuevas perspectivas y culturas. Saco mi cámara y retrato mis primeras
impresiones de este país; los carritos de comida y los triciclos de colores adornan sus
calles. Mis compañeras me invitan a probar mango verde con una salsa por encima. Me
· 27
explican que está hecha a base de gambitas pequeñas y de especias. Su nombre se me
antoja exótico, bagoong. Bagoong suena con fuerza, suena a palmeras o a algún país
lejano sobre el que una vez soñé. Entre el sabor ácido del mango verde y el bagoong
salado me voy con una sonrisa de oreja a oreja.
Vuelta al templo siento que he respirado libertad pero también descubro que no
necesariamente necesito estar al aire libre para sentirme libre pues la libertad está en la
mente de cada uno. Sin embargo me ha encantado salir, es otro mundo, algo que una vez
soñé pero que nunca sabría que podría disfrutar así. Había gente vendiendo por la calle,
una infinidad de coches; jeepneys por doquier, unos jeeps estadounidenses que fueron
renovados y coloreados artísticamente por los filipinos, y sonrisas, muchas sonrisas.
---
Otro día se va, otro llega. Sigo escribiendo, aprendiendo, descubriendo Asia y
descubriéndome a mí misma. Esta mañana en la meditación de las 6:30 me he sentido
muy incómoda, quería salir de allí corriendo (¿Otra vez?, ¡qué raro!). Los pies se me
duermen y me duele mucho la espalda y el cuello. Siento que todo se me entumece. Dura
una hora escasa, una hora en la que ando muy perdida con el Sutra, los discursos de Buda
que se recitan cantando. Es una forma de meditar y conectarte contigo misma pero yo ni
me conecto ni leches, cada vez me pierdo más. No sé qué página leer, divago entre sus
hojas y entorno mis ojos en aburrimiento y soberbia. Ah... ¡Huelga decir que el libro está en
chino mandarín!
Sin embargo, las clases de hoy me han inspirado mucho, la verdad. En una de ellas,
que es de mis favoritas, ejercitamos nuestros aprendizajes a través de la escritura.
Escribimos el porqué de haber venido y yo sin dudarlo lo comparto con el resto de mis
compañeros. Me hace sentir más conectada al grupo y me libera de una forma increíble.
«Lo que me ha traído aquí es la necesidad de un cambio. Durante toda mi vida he
estado alcanzando una meta tras otra. Siempre he sido una estudiante responsable quizás
demasiado. Fui la primera de mi familia en terminar una carrera, una carrera que yo había
elegido. Tuve mucha suerte de poder elegir mi futuro y no algo impuesto por otra persona.
Era muy activa y estaba implicada en varios proyectos y actividades; voleibol, natación,
cursos de idiomas y la universidad. Estudié el último año de carrera en Alemania, una
experiencia que me hizo crecer y conocer a gente de muchos países distintos. Sin
embargo, después de todos esos logros sentía que algo faltaba, me sentía vacía. Debido a
que siempre he alcanzado todo lo que me he propuesto llegó un momento en el que era
normal no fracasar. El fracaso era algo que evitaba e incluso ignoraba. Lo único que quería
era alcanzar la perfección ya que pensaba que así todo el mundo me respetaría y
valoraría. Pero, ¿cómo iban a hacer si ni siquiera yo me valoraba?
Después de eso me enfermé. Me enfermé en espíritu ya que pensaba que yo no era
suficiente como persona. Creedme, esa es una carga muy pesada que tienes que llevar
encima. A veces todavía me siento así.
Siempre quise estudiar Turismo porque me encanta viajar y conocer a gente de todas
partes del mundo pero la carrera me decepcionó, no era lo que yo esperaba. Hubo una vez
en la que se me cruzó por la mente estudiar Traducción e Interpretación pero decidí que
no, convenciéndome a mí misma de que no era lo suficientemente buena.
Gracias al apoyo de mi madre, que siempre ha estado ahí, solicité entrar en la segunda
carrera. Aunque tenía mucho miedo, lo hice. Pensé que no aprobaría el examen de
entrada pero sí lo aprobé. Había conseguido entrar en la carrera que siempre había
querido pero había tenido miedo a intentarlo.
Por la misma época descubrí AIESEC, la organización de estudiantes más grande del
mundo cuyo objetivo es desarrollar el potencial de los jóvenes. Me encantó la dinámica de
la asociación y me impliqué en varios proyectos, algunos de los cuales me permitieron
viajar a otros países. Todas estas experiencias me hicieron crecer enormemente como
persona y como profesional.
Antes de conocer AIESEC ni siquiera podía mirar a los ojos de la gente. Ahora puedo
dar sesiones y discursos en frente de cientos de personas, toda la experiencia me hizo
cambiar a pasos agigantados. Por otro lado, la carrera de traducción fue muy dura y
desafiante y debo admitir que no me esforcé lo suficiente. Estaba tan centrada en ayudar a
los demás que me había olvidado de mí misma. Suspendí varias asignaturas y me sentí
muy tonta y decepcionada. Pero solo tenía dos opciones: intentarlo o morir. Me lancé a ello
y al final aprobé con buenas notas.
En esos dos años crecí gracias a la universidad y a AIESEC. Fue una época en la que
sentí de verdad que era capaz de hacer cosas y que era buena y suficiente pero no
perfecta. A principios de este año terminé mi segunda carrera y puedo decir orgullosa que
a los 24 años ya había conseguido lo que nunca pensé.
Y, ¿después qué? Busqué y busqué trabajos pero lo único que conseguí fueron unas
prácticas que me sorbían el alma. Todo el mundo en la oficina estaba triste y estresado. El
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ambiente de negatividad se podía sentir por todas partes, gente que iba a trabajar porque
tenía que hacerlo y que bufaba o se quejaba por cada nueva tarea que debía emprender.
Después de esos seis meses me prometí a mí misma que dejaría de hacer cosas que te
absorben toda la energía positiva. Hay muchas más oportunidades allá fuera. Ahí es
cuando conseguí la motivación suficiente para solicitar entrevistas con ONG, empresas y
becas pero no conseguí nada. En ese preciso instante, recibí un email de HALA diciendo
que había sido aceptada en el programa. No me lo podía creer, intenté tanto ir en contra de
mi naturaleza que no vi que HALA era lo que necesitaba de verdad.
Vine porque me gustan los retos. Vine porque quiero hacerme fuerte y desintoxicarme
de los malos pensamientos. Vine porque quiero estar en paz conmigo misma para poder
estar en paz con los demás.»
Hay algo en la intensidad de este programa que me desequilibra, las experiencias son
muy radicales y parecen ser opuestas. En un mismo día paso de no saber por qué estoy
aquí a disfrutar de cada instante. De este programa extenso e intenso, que va desde
aprender a servir té a jardinería y cultura china, la actividad que más entusiasmada me
tiene es el taichí y cada vez se me da mejor. Parece fácil pero no lo es, es un ejercicio que
combina fuerza mental, agilidad y flexibilidad. Yo cuando veía a los señores mayores en el
parque del Retiro en plena faena no pensaba que sería tan difícil, que exigiera tanta
disciplina y coordinación.
---
Entre momentos de confusión e inestabilidad, llega el sábado y eso quiere decir que hay
ceremonia, el servicio de dharma, un día en el que las puertas del templo se abren para
acoger a los fieles y recordar las enseñanzas de Buda.
Y sí, bueno, está bien recordarlas durante unos minutillos, quizás un poco más pero
¿¡Tres horas!? ¡Me quería morir! A lo largo de la mañana me sentí incómoda, frustrada y
fuera de lugar. La ceremonia me pareció larga y pensé a cada rato que no era mi sitio. Y es
que ya me costaba aguantar las misas de pequeña, a las que iba medio obligada, ¡y solo
tardaban una hora!, ¿qué hago aquí? Para hacerlo aún más atractivo los mosquitos me
están chupando la vida y la piel no para de picarme. Por si fuera poco siento molestias
como si fuese a coger infección de orina.
Ahí empiezo a contaminar mi mente, a pensar solo cosas negativas. Que si para qué he
venido, que esto no es lo que yo esperaba, que si tal y pascual. Excusas, porquería
innecesaria que tu mente crea porque se cree más lista. Esta vez ganó la batalla y no
aguanté más. Me fui al baño y lloré sola, sí, otra vez. La impotencia se apoderó de mí.
Unas horas después conseguí tranquilizarme, me cambié de cama (porque llegué a la
conclusión de que había un bichito por allí que me picaba ya que era solo a mí), pedí que
me compraran zumo de arándanos para la infección y ya no me duele tanto la espalda. Es
el precio que tienes que pagar por ser tan blanquita en un país tropical, hay algo en tu
sangre que hace que la visita de tus amigos los mosquitos sea irresistible y jugosamente
deliciosa. ¡Menudo festín se están pegando a mi costa! Y digo yo qué necesidad de estar
chupando los muy guarrones, ¡si quieren yo les dejo un cuenquito con sangre todas las
noches en la mesilla! ¡Quizás fuese más efectivo y las dos partes saldríamos ganando! En
fin…
¿Os acordáis de aquel día en el que me puse en primera fila para recibir a la venerable
de Taiwán, cosa que no debería haber hecho? Pues creo que no se ha enfadado por lo
que hice porque… ¡Nos ha dado dinero! ¿De verdad me han dado dinero por estudiar
gratis? Todavía estoy en choque postraumático. Ha llegado, nos ha dado una charleta en
chino y un sobre rojo con florecitas doradas a cada uno. Yo cuando lo he visto he dicho
será una postal, un dibujito o un recuerdo. Cuando lo abrí así disimuladamente y vi un
billetito me quedé pasmada. Aparentemente aquí, en esta parte del mundo, es normal
entregarlo a los estudiantes sobre todo en fechas señaladas como Navidades y
cumpleaños. No quedó ahí la cosa. Nos dijo que si nos portamos bien (ni que fuéramos
una panda de niños) hasta podamos ir a Taiwán como parte del programa porque allí es
donde está la sede. ¿En serio?
Me bandeo entre una doble moralidad que empieza a ser sospechosa. Bailo entre
versos que hablan sobre la moderación y celebraciones con banquetes de lujo. Llega la
noche y con ella, el primer banquete. Es la Fiesta de la Luna o también conocida como el
Festival del Medio Otoño, muy importante para los chinos. Se celebra en el decimoquinto
día del octavo mes del calendario lunar, en el que se contempla la luna llena y se come
pastel de luna, un dulce hecho a base de judías y relleno de ingredientes
variados. Nosotros para darle un toque filipino, que nunca está de más, lo acompañamos
con un halo-halo; un postre hecho a base de hielo nieve, fruta y alguna judía escarchada
por
ahí
suelta
y
leche
condensada.
Algo
muy
ligerito.
Esta celebración tiene su origen en la antigüedad cuando se les pedía a los dioses tener
buenas cosechas, para lo que se reunían y tocaban música a la luna. Hablamos largo y
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tendido sobre la luna y yo escucho embobada. Nos preguntamos por qué en Europa y en
general en países occidentales salen lobos y vampiros con la presencia de la luna, como si
fuese la parte del día en la que ocurren cosas maléficas. Sin embargo, en Asia, la luna
implica perfección, un círculo, algo puro. A mí me atrae especialmente por ese seudónimo
que en algún punto de mi vida elegí y que combina tan alegremente con mi nombre.
Existen muchas leyendas alrededor de la luna en la mitología china pero hay una en
particular que me gusta más.
«Durante el reinado de Yao había diez soles que colmaban el firmamento, los diez hijos
del emperador Jade. Su sofocante calor quemaba los campos, secaba los cultivos, dejando
a las personas sin aliento. Los inmortales que reinaban en el cielo se conmovieron ante la
situación y el emperador decidió mandar a su hijo Hou Yi para restablecer el orden en la
tierra. Hou Yi descendió del cielo armado con un arco y acompañado de su esposa
Chang’e. El pueblo le recibió con algarabía y esperanza. Listo para la batalla se dirigió al
centro de la plaza y apuntó hacia los soles que avasallaban los cielos. Uno tras uno fueron
cayendo hasta que llegó al décimo. Ahí fue cuando el emperador le detuvo ya que el
pueblo necesitaba un sol para vivir.
El emperador Jade, enfurecido porque habían matado a sus hijos, castigó a Chang’e y a
Hou Yi, haciéndoles mortales. Hou Yi logró encontrar el elíxir de la inmortalidad pero unos
ladrones intentaron robárselo cuando él estaba de caza. Chang’e, que estaba en casa
cuando se iba a producir el robo, se lo bebió entero para que los ladrones no se volvieran
inmortales y así proteger a la población. Como era demasiada cantidad para una persona,
se volvió inmortal pero también la elevó y la llevó volando hasta la luna. Allí según la
leyenda, pasó a ser dueña del alcázar donde su único acompañante es un conejo de jade
que machaca medicinas todos los días como castigo.»
Pero que conste que no he venido aquí a contaros cuentos chinos sino historias reales.
Es así que mi diario se llena de retos y de pensamientos negativos para luego compensar
con mensajes de lucha y esperanza. Estoy en una montaña rusa que me sube y me baja a
su antojo, me hunde o me levanta. No soporto los días en los que hay discursos sobre el
dharma porque me recuerdan a las soporíferas misas que tuve que aguantar de niña. Hace
un calor agobiante con este traje encima y los mosquitos me tienen desesperada. Esta
balanza a modo de noria que me confunde y marea, que me da lo bueno y lo malo, me
aporta y me quita.
De repente voy encontrándole sentido a todo esto. Sigo en la montaña rusa pero a
veces disfruto de sus giros y de sus subidas y bajadas. No me puedo creer lo mucho que
valoro un detalle tan pequeño como comer con tenedor y cuchara. ¡Y ya ni te digo cuando
puedes hablar mientras comes! Es algo que echo de menos. Aunque en el día a día suela
hablar de cosas triviales o incluso distraerme con la televisión porque es algo que he hecho
siempre, ¡se echa mucho de menos cuando no lo tienes!
Valoro el silencio cuando como pero hay algo cultural en mí que me impulsa a hablar
mientras tanto, a compartir historias con los que están en la mesa.
Entre aprendizajes, nuevas teorías, ideas y formas de vivir la vida decido dar el siguiente
paso, mi siguiente reto. No voy a mentir, desde el momento en el que me aceptaron en el
programa internacional de introducción al budismo sabía que lo iba a hacer. Lo había
meditado y había leído experiencias de otras mujeres que decidieron dar el paso.
Ha llegado el día, me voy a rapar el pelo. Tenía mis dudas pero al final me he decidido.
Hoy, 23 de septiembre de 2014 me voy a rapar la cabeza, ¡sí, señor! No, no lo voy a hacer
porque me hayan obligado ni porque esté en una secta satánica o algo parecido. Todas las
monásticas del templo llevan la cabeza rapada pero esa no fue la razón por la que me voy
a tirar a la piscina (sin gorro, claro).
Aprovecho la ocasión de poder estar aquí unos meses y además hace calor y quiero
vivir una experiencia distinta. Durante unos días estuve informándome y preguntando por
qué los monjes y monjas budistas se rapan la cabeza.
La respuesta me inspiró con creces y me motivó a dar el último paso. Una de las
enseñanzas del budismo es el desapego del mundo terrenal, de lo material. El rito de
raparse la cabeza entre los monásticos, culto que tiene lugar cada unos quince días para
que no se vea ni un pelito, está relacionado con esta enseñanza. Despojarse de los pelos
de la cabeza expresa el deseo y compromiso de no depender de lo material, lo mundano.
Implica no tener que preocuparse por la imagen pues lo que importa realmente está en el
interior y cómo cuides y alimentes tu alma. Lo esencial es que no pueda afectarte nada
externo pues todo está sumido a un constante cambio y deberías asumirlo como tal para
ser feliz. « ¡Y así no gastamos nada en champú! », me contesta una de las monjas más
graciosas y abiertas del templo.
Eso no significa que no te pueda afectar lo que pasa a tu alrededor o que nada te
importe sino que te comprometes a dejar que esa circunstancia sea natural, a que acabe
por desaparecer. Ese dolor, pena o rabia producidos por una actividad ajena deben ser
solo meros pasajeros por tu mente, no parásitos. No significa que no notes esos primeros
síntomas sino que los analices y dejes que abandonen tu cuerpo porque no los necesitas.
· 33
Todo lo que está en nuestro mundo es inconstante, todo está sujeto a lo que llamamos
cambio.
Pues sí, lo hice. Fui al baño con los demás estudiantes, afeitadora eléctrica en mano, y
¡al jaleo! Invité a todos los que estaban allí a que me cortaran un mechón cada uno, para
que sintieran lo que era despojarse de tanto pelo (en esa época me llegaba por el hombro).
En el ambiente se podía sentir la transformación en la que yo estaba inmersa, se sentía la
mala energía que cada pelito desprendía. Imagina toda la información que tu pelo
almacena durante años y años, circunstancias, problemas, momentos felices…
Desde el momento en el que noto el primer tijeretazo sé que estoy haciendo lo que
quería hacer, no me arrepiento ni dudo un instante. Todo el pelo, ¡fuera! Sentimientos de
culpabilidad ¡fuera! Nuevos comienzos, capítulos, para crecer, crecer como una planta,
¡bienvenidos sean!
En el fondo si lo piensas, es solo pelo y crecerá. ¿Y lo bonito que es verlo crecer, en
cada esquina, en cada poro?
No es que algo muera sino que estás dando pie a una nueva vida. Durante muchos
años el hecho de raparse el pelo implicaba castigo, una medida para subyugar a alguien o
a un grupo de individuos y estaba asociado a clases bajas, prisioneros y trabajadores. Por
otra parte era y sigue siendo el día a día en el ejército. También fue el caso de las miles de
mujeres europeas a las que se les rapó el pelo al ser acusadas de estar relacionadas con
el régimen nazi aunque tampoco hay que irse muy lejos pues en España se hizo con las
presas de izquierda durante la dictadura. Todas estas prácticas están intrínsecamente
ligadas a la vergüenza, al remordimiento, al qué dirán. Si nos vamos a la otra parte del
mundo donde se profesan religiones como el budismo y el hinduismo, esta práctica es muy
habitual entre monásticos y no sé ve como algo negativo sino todo lo contrario.
Y yo me pregunto, ¿por qué nos dejamos llevar por extremos?, ¿por qué una mujer con
el pelo rapado tiene que ser menos femenina o peligrosa?, ¿por qué para una mujer
despojarse de su pelo implica estar loca?
--Mi nueva vida sin pelo se siente bien. Me miro al espejo, debo admitir que la primera vez
que lo hice no me gustó del todo, me asusté y me vi fea. Poco a poco he ido aceptando mi
nueva imagen tal y como es, porque así soy, así nací. Me descubro graciosamente unos
lunares en la calva que no sabía ni que existían. Las orejas se me ven más marcadas pues
antes las tapaba el pelo y la sonrisa se antoja más prominente, más auténtica. Me encanta
pasarme la mano por la cabeza sin pelo, me relaja mucho. Es como tocar uno de esos
sofás de tela suave que se ponen de un color en un sentido y de otro en el otro. Me aporta
energía y tranquilidad. Cuando me ducho es otra experiencia totalmente distinta, siento
que el agua penetra mi ser, intentando limpiar cada poro infectado. Entra fresca y recorre
todo, sin preguntar, sanando cada músculo, cada interrogación. El viento se siente más
viento desde que estoy calva y las sensaciones son más vivas.
Aquí estoy feliz. Me siento feliz aprendiendo, valorándome, superándome, retándome,
enfadándome y, ¡despidiendo lo negativo! aunque en parte siga atada a lo que pasa fuera,
por supuesto. Ahora que lo pienso quizás tenga más comunicación con mi familia que en
toda mi vida, a pesar de estar tan lejos. Es una de las paradojas en las que te ves
entrelazada cuando viajas. Cuando estás en casa te sumes en el día a día y la rutina pasa,
delante de ti, los días te castigan y te aprisionan y no sabes qué hacer. Dejas de valorar
todo lo que tienes por seguir sobreviviendo, por seguir viva. Cuando viajas, sin embargo, el
tiempo se ralentiza y se vuelve más valioso, como si fuera de oro. Valoras y sientes más.
Sigo mirándome al espejo, testigo de mis cambios, amigo de la incertidumbre. Me
comparo con la foto de esa chica de pelo largo que llegó a la tierra de la sonrisa hace un
mes y algo y ya no la reconozco, no sé quién es. Esa es mi antigua yo, con un peso
enorme sobre los hombros y una sonrisa entreabierta. Ahora sonrío a todas horas, sin
peaje.
---
Un día de esos en los que me hace falta salir, nos llevan a la UP, una universidad muy
bonita llena de bosque por todas partes. No es que la uni esté en el bosque sino que el
bosque está incrustado literalmente en la uni, una jungla que decora con gracia cada
rincón estudiantil. Llegamos allí en furgoneta y, ¡cuánto disfruté sacando la cabeza por la
ventana! Viendo a toda esa gente sonriendo por todas partes; en los jeepneys, en las
motos, en las tiendas…
Las sonrisas no parecen verse afectadas por los cambios bruscos, por esa brecha que
divide a esta ciudad en pobres y ricos (qué poco me gustan estas dos palabras). En Manila
te puedes encontrar perfectamente en una calle a un montón de gente viviendo entre
basura y a los cinco minutos, en la acera de enfrente un mega centro comercial. No uno
normal y corriente, no. Puede que te encuentres con el más grande del Sudeste Asiático,
por ejemplo.
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Frances, una de mis amigas filipinas afirma que es normal que los que tienen menos (no
me gusta abusar de la palabra «pobre» pues tiene muchas definiciones) vayan al centro
comercial a fingir que tienen dinero y a estar fresquitos. Qué triste… ¿Qué es lo que
tenemos que fingir? ¿Que somos amantes de la comida basura y de determinadas marcas
para encajar en lo que hoy llamamos sociedad? Este mundo capitalista me sorprende y
entristece cada vez más…
Volvemos al templo y entre descubrimientos, teorías filosóficas y mi intención de
cambiar el mundo en un segundo descubro que cada vez se me da mejor meditar. Una
hora al día después de cenar, esa es la rutina. Meditamos andando, luego nos sentamos y
analizamos los pensamientos y los dejamos ir. Tal y como llegan se van aunque no es tan
fácil. No nos adentramos en su mundo de opiniones, prejuicios y cadenas envenenadas.
Los dejamos ir, les enseñamos la puerta, les invitamos a que abandonen y esperamos. Y
luego viene otro y otro. Ahí residen los buenos resultados, en la paciencia y la práctica
constante.
Aún recuerdo ese primer día en el que me dolía todo, hasta el suspiro. Todo me pesaba,
no podía mantenerme recta por más de veinte segundos y me dolía cada músculo de mi
cuerpo. Estar sentada en un cojín muy fino, con una pierna encima de la otra, en lo que se
conoce como la postura del loto, no es nada fácil, requiere práctica y mucha paciencia.
Pero como Zamora no se toma en una hora lo intento paso a paso, día a día. Cada día
noto una mejora, cada día un poquito más cerca. Conociéndome un poco más,
descubriendo mi cuerpo, sus fortalezas y debilidades.
Uno de los días en los que me pierdo entre clase y clase, dibujo mi futuro y reflexiono
sobre el ahora. Nos toca hacer un ejercicio en el que tenemos que coger un palo de la
suerte, que se asemeja a un palillo chino y reflexionar sobre ello. Dicen que te toca según
tu karma, según el destino. En el mío pone: «Ayuda a un voluntario».
Quería compartir con los demás lo que pensaba de mi frase pero al final no pude.
Quizás no necesite compartirlo para entenderlo, para saber por qué ese palito ha llegado a
mis manos. ¿De verdad necesito contarlo para sentirme mejor? Creo que la mejor forma
de demostrar que lo he entendido es llevarlo a cabo. Llevo muchos días pensando en esas
personas que nos ponen la comida, que nos sirven, que limpian nuestros platos no una
sino tres veces al día. Llevo un tiempo pensando que debería ayudar en la cocina pero
nunca había encontrado el momento o quizás me invadía la excusa.
Creo que si estoy aquí no es solo para recibir y aprender sino para dar algo a cambio,
ayudar tal y como me sea posible. Es curioso como el mundo, el universo, me manda una
señal tan rápida y clara. Nada más terminar el ejercicio, aún pensando cómo ayudar a los
demás, he ido a devolver los palitos y he recogido los del resto con una sonrisa en la cara.
Justo después de la clase hemos ido a comer y en cuanto he acabado, en vez de irme a
descansar a la habitación, he acompañado a los estudiantes bodhi, los niños (o a mí me
parecían niños) a la cocina. Resulta que los niños no lo son tanto y que tienen entre 18 y
22 años y que son un amor. Fregamos los platos, bailamos y cantamos a escondidas sin
que nos descubran las monásticas. Fue un momento inolvidable hablar con ellos, saber de
dónde vienen, qué es lo que quieren hacer y por qué están ahí. Annecar, una de las más
cariñosas y cercanas me dice que no sabe qué quiere hacer exactamente cuando salga.
— ¿Qué es lo que te gusta?, ¿por qué no estudias algo?
—Es que no tengo dinero. Yo lo que quiero es ser cuidadora, ayudar a señores
mayores. Mucha gente de mi familia está fuera trabajando de eso y así es cómo se ganan
la vida y nos ayudan a los demás—. Filipinas es el tercer país del mundo, tras México e
India que recibe más remesas de sus emigrantes. El dinero que llega de los trabajadores
que viven en países como Dubái, India e incluso España es un gran factor de crecimiento
del país. Y claro, eso sirve de referencia para los que siguen en Filipinas, que aspiran a
convertirse en lo que aparentemente funciona en el caso de sus tocayos emigrantes.
—Pero, ¿tú quieres hacerlo porque te gusta o porque los demás lo hacen? ¿Sabes que
hay más oportunidades, no?
—Sí, bueno, también me gusta la medicina, o ser enfermera.
—Bueno y, ¿por qué no lo intentas?
—No sé, quizás.
Precisamente era esto lo que necesitaba. Ayuda a un voluntario, más claro el agua. A
veces unas palabras sencillas en el momento preciso pueden ayudar a alguien.
--El día libre llega de nuevo y con ansias planificamos nuestra escapada. Voy con dos de
mis compañeros al dentista antes de irnos a ver el centro histórico de Manila. Nos
metemos entre callejuelas, riachuelos no muy limpios y esquivamos con la torpeza única
del recién llegado a gente y artículos varios. Niños, la mayoría desnudos, corren y juegan.
¡Hay niños por todas partes!
Me siento en la consulta a esperarles mientras veo con curiosidad la televisión. ¡Qué
gracioso y entretenido es ver la tele en otro idioma! Sobre todo en tagalo, tan dramático y
asiático. Los programas, herencia del drama estadounidense, retratan un mundo en el que
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los personajes se visten con colores chillones y las escenas tienden a exagerarse. De cada
cien palabras entiendo unas diez. Entre el legado que el español dejó en el vocabulario
filipino y la fuerte influencia del inglés en el país no se me hace tan complicado captar las
ideas.
Voy notando la tranquilidad de mi cuerpo al escribir. No tengo prisa, estoy en el ahora.
Sigo viendo la tele, que es extrañamente interesante. Es una mezcla entre programas
estadounidenses y japoneses, todo el drama de ambas culturas en una. Salimos de allí, les
dicen que cada uno tiene unas veinte caries. «Vámonos, creo que nos quieren timar», nos
dice Kimi.
Nos vamos a Intramuros, la ciudad española construida dentro de la muralla. Fue
fundada por Miguel López de Legazpi en 1571 (sí, el mismo que está cerca del parque de
la M30 y que llevan años arreglando). Es una de las partes más auténticas de Manila, de
las que todavía se salvan de los gigantes de cemento y que retrata lo que un día fue. Digo
retrata porque fue bombardeada y destruida por los japoneses y estadounidenses para
luego ser reconstruida con amor y detalle por los filipinos con el fin de recordar su pasado
colonial español. Manila fue nada más y nada menos que la capital de la soberanía
española en oriente durante 300 años. Tras sobrevivir a varios terremotos, tifones,
incendios y guerras, la ciudad quedó devastada.
Aunque busco las raíces hispanas lo único que queda hoy en día es un teatro de lo que
un día fue, una simulación americanizada. Aunque sé que está reconstruido en su mayoría,
adentrarme en sus callejuelas me transporta a otra realidad muy conocida, muy familiar.
Por un momento pienso que estoy en algún pueblo de Andalucía; con sus calles
empedradas, sus iglesias barrocas y sus casitas blancas. Los patios interiores sirven de
espacio de descanso, coronados con plantas tropicales de todo tipo. La muralla que todo lo
envuelve es preciosa y protege a la ciudadela del jaleo único de la urbe. Me siento en parte
como en casa pero con gente distinta; más ruido y mucha pobreza pero me siento
conectada con ese lugar. Será mi ADN, algo en el cromosoma histórico o social que hace
que identifique inconscientemente a este lugar como ordinario.
Descubrir sus paredes me confunde, las figuras de dragones asiáticos se combinan con
las iglesias católicas, los triciclos filipinos con los carruajes antiguos. Es tan curioso que
hay hasta Guardias Civiles en el recinto pero no de cualquier tipo, ¡van vestidos tal y como
se vestían los españoles en el siglo XVI! ¿Os lo podéis imaginar? ¡Vestidos con uniformes
que yo solo he visto en museos! Con trajes azul cielo, botas y un petate de los que van
abrochados a la cintura y que rodean el hombro para guardar las armas. ¡Ah y no
olvidemos el sombrero negro tan particular! En definitiva, darse una vuelta por Intramuros
es como volver atrás en el tiempo, como dar un paseo por lo que fue y por lo que nunca
será, una parte de la ciudad que se quedó estancada en el tiempo; entre guerras,
invasiones y colonialismos.
Conozco de primera mano la historia de Rizal, el héroe filipino por excelencia que fue
encarcelado en el fuerte de Santiago antes de ser ejecutado, aun siendo inocente, en
1896. Allí precisamente, en el museo dedicado en su honor, se puede observar las huellas
que le llevaron a la muerte desde la cárcel hasta el lugar de su ejecución. Fue asesinado
por los españoles porque para ellos representaba una amenaza para la unidad de la
corona. Él simplemente quería ver a su país libre y a la vez ser español, una libertad de la
que España hizo oídos sordos. Quería que la voz filipina estuviese presente en las
decisiones que se tomaban a miles de kilómetros de distancia, en las Cortes de Madrid.
Sin embargo, su voz siempre estará presente en sus poemas, especialmente en su último
grito, su último suspiro grabado en letras que aunque dormidas, me hablan desde lejos.
Qué menos que dedicarle un espacio para que sus palabras se escuchen antes de
esfumarse para siempre.
¡Adiós, Patria adorada, región del sol querida,
Perla del Mar de Oriente, nuestro perdido Edén!
A darte voy alegre la triste mustia vida,
Y fuera más brillante, más fresca, más florida,
También por ti la diera, la diera por tu bien.
En campos de batalla, luchando con delirio
Otros te dan sus vidas sin dudas, sin pesar;
El sitio nada importa, ciprés, laurel o lirio,
Cadalso o campo abierto, combate o cruel martirio,
Lo mismo es si lo piden la patria y el hogar.
Yo muero cuando veo que el cielo se colora
Y al fin anuncia el día tras lóbrego capuz;
Si grana necesitas para teñir tu aurora,
Vierte la sangre mía, derrámala en buena hora
Y dórela un reflejo de su naciente luz.
Mis sueños cuando apenas muchacho adolescente,
Mis sueños cuando joven ya lleno de vigor,
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Fueron el verte un día, joya del mar de oriente
Secos los negros ojos, alta la tersa frente,
Sin ceño, sin arrugas, sin manchas de rubor.
Ensueño de mi vida, mi ardiente vivo anhelo,
¡Salud te grita el alma que pronto va a partir!
¡Salud! Ah que es hermoso caer por darte vuelo,
Morir por darte vida, morir bajo tu cielo,
Y en tu encantada tierra la eternidad dormir.
Si sobre mi sepulcro vieres brotar un día
Entre la espesa yerba sencilla, humilde flor,
Acércala a tus labios y besa al alma mía,
Y sienta yo en mi frente bajo la tumba fría,
De tu ternura el soplo, de tu hálito el calor.
Deja a la luna verme con luz tranquila y suave;
Deja que el alba envíe su resplandor fugaz,
Deja gemir al viento con su murmullo grave,
Y si desciende y posa sobre mi cruz un ave,
Deja que el ave entone su cantico de paz.
Deja que el sol ardiendo las lluvias evapore
Y al cielo tornen puras con mi clamor en pos,
Deja que un ser amigo mi fin temprano llore
Y en las serenas tardes cuando por mi alguien ore
¡Ora también, oh Patria, por mi descanso a Dios!
Ora por todos cuantos murieron sin ventura,
Por cuantos padecieron tormentos sin igual,
Por nuestras pobres madres que gimen su amargura;
Por huérfanos y viudas, por presos en tortura
Y ora por ti que veas tu redención final.
Y cuando en noche oscura se envuelva el cementerio
Y solos sólo muertos queden velando allí,
No turbes su reposo, no turbes el misterio
Tal vez acordes oigas de cítara o salterio,
Soy yo, querida Patria, yo que te canto a ti.
Y cuando ya mi tumba de todos olvidada
No tenga cruz ni piedra que marquen su lugar,
Deja que la are el hombre, la esparza con la azada,
Y mis cenizas antes que vuelvan a la nada,
El polvo de tu alfombra que vayan a formar.
Entonces nada importa me pongas en olvido,
Tu atmósfera, tu espacio, tus valles cruzaré,
Vibrante y limpia nota seré para tu oído,
Aroma, luz, colores, rumor, canto, gemido
Constante repitiendo la esencia de mi fe.
Mi patria idolatrada, dolor de mis dolores,
Querida Filipinas, oye el postrer adiós.
Ahí te dejo todo, mis padres, mis amores.
Voy donde no hay esclavos, verdugos ni opresores,
Donde la fe no mata, donde el que reina es Dios.
Adiós, padres y hermanos, trozos del alma mía,
Amigos de la infancia en el perdido hogar,
Dad gracias que descanso del fatigoso día;
Adiós, dulce extranjera, mi amiga, mi alegría,
Adiós, queridos seres, morir es descansar.
Con carruajes de imitación colonial, jardines tropicales y baluartes como escenario, me
despido de este lugar, no sin la tristeza y la incertidumbre de saber cómo sería este y otros
muchos lugares si no se hubiesen cometido tantas atrocidades y no se hubiese llevado a
cabo una destrucción tan masiva de etnias y creencias.
---
Esta mañana mientras comía estuve observando a Annecar (sí, la originalidad de los
nombres filipinos me llevaría otro libro, de los grandes) una de las niñas más puras e
inocentes que jamás he conocido. Me pregunto cómo se sentirá, tan joven, con 18 años y
alejada de su familia durante un año. Además sabiendo que probablemente su familia no
pueda disfrutar siquiera de uno de los platos que ella come todos los días. Pero ella sabe
que ha tenido suerte y por eso aprovecha cada segundo de su estancia. Como todos los
· 41
niños sin recursos que están aquí. Irradian felicidad a pesar de que echan de menos un
abrazo de los suyos o su hogar. Pero, ¿qué será de ellos cuando acabe el programa?
Aquí estudian budismo, jardinería y sobre todo les enseñan valores, tan necesarios en la
juventud y tan útiles fuera del templo. Pero ¿Qué saben aparte del budismo? ¿Puedo
ayudarles? ¡Claro que puedo! Poco a poco lo voy haciendo forzándoles a pensar y saber
sobre el mundo. Me encanta hacerlo, de hecho. Les enseño algunas frases en español y
geografía. Me encanta abrir mentes como si fueran puertas por las que pueden entrar
cosas preciosas, conocimientos, sentimientos e historias, yo las puedo modelar e
inspirarles para que sigan modelándolas el resto de su vida. A veces entre clase y clase o
en los descansos de después de comer me siento con ellos y hablamos, de todo y de
nada. Hay algo en estas niñas que inspira confianza, se las ve tan inocentes y puras que
parecen tener diez años. Siguen jugando como si la adolescencia no les hubiese tocado o
como si ya la hubiesen pasado. Están en un estado límbico de sentimientos inocentes y
conversaciones pudorosas.
Como parte del programa del templo, estuvimos un rato jugando y enseñando inglés a
niños que viven en la calle. Todos los jueves se celebra el día de puertas abiertas y los
niños que quieran se acercan y pueden jugar en el patio. No se me puede borrar la imagen
de sus sonrisas y sobre todo la cara de una niña que me miraba como diciéndome,
«llévame, donde sea pero llévame». Tanta ilusión en sus caras, tanta felicidad…y vuelvo a
la misma pregunta que meses atrás rondaba mi cabeza, ¿qué es lo verdaderamente
necesario en esta vida para ser lo que llaman feliz?
Cuando una de ellas me preguntó si podía ser su mami, se me cayó el alma a los pies.
No sabía qué contestar, me sentía inútil. El pensamiento occidental de: «No les toques, a
saber qué te van a pegar» se instaló por un momento en mi mente pero yo le dije: « ¡Vete,
no te necesito!». No hay mayor peligro que una mente llena de prejuicios…
Estar aquí me hace valorar más lo que tengo, aunque suene a tópico, a repetitivo.
Además, me sorprende la cantidad de energía que tengo a lo largo del día. Pensaba que el
dejar de comer carne me afectaría de otra forma cuando es todo lo contrario. Me siento
más ágil y eso me gusta y espero que cuando vuelva a la vida cotidiana haya adquirido la
disciplina suficiente como para seguir mi camino. El camino que yo elija. Y me pregunto
¿Quiero volver a mi vida cotidiana o quiero por el contrario que mi rutina sea la aventura, el
descubrimiento continuo y el aprendizaje eterno? Si no es ahora, ¿cuándo?
---
Ah, no lo había comentado, se me había escapado entre lo que ahora es mi día a día,
entre Sutras, budas y sabidurías. ¡Nos vamos a Taiwán! No puedo creer que mi país
número 25 haya llegado tan pronto. Empezamos el mes de noviembre cargado de nuevas
emociones y experiencias y, ¿qué mejor que empezar cogiendo un avión?
Para esta aventura nos encargamos de gestionar una parte del viaje en parejas; sitios
que visitar, actividades y curiosidades sobre el país. A Francesca y a mí nos ha tocado la
parte de hacer actividades para reflexionar y descubrir más la belleza de este lugar.
Para ello recurrimos a un ejercicio personal que consiste en escribirse una carta a uno
mismo, una carta con preguntas que rellenas para saber cuáles son tus perspectivas antes
de comenzar algún proyecto, en este caso un viaje. El objetivo es leerla y analizarla al final
de la experiencia para ver en qué aspectos hemos cambiado en el proceso. Invitamos a los
demás a participar y mientras esperábamos a entrar en el avión le dedicamos unos
minutos.
Una de las preguntas a desarrollar era: «Si tuvieses que dejar algo atrás ahora mismo,
¿qué sería? Algo que no necesites, de lo que quieras liberarte. Escríbelo, analízalo y tíralo
a la basura para no volverlo a ver nunca más». Así hicimos pero yo lo tomé al pie de la
letra y lo tiré por el retrete del avión. Sí, sé que no se puede hacer eso pero ahí se
quedaron mis pensamientos y venenos innecesarios, pululando en el aire, en las nubes
entre Filipinas y Taiwán. Decidí dejar de sentirme celosa por los demás porque eso implica
ser egoísta y liberarme de la ira que viene por circunstancias externas.
· 43
Taiwán
E
n el aeropuerto de Taipéi nos esperan con ilusión unos voluntarios del templo para
llevarnos en furgoneta del norte al sur de la isla. El país no es tan grande y las
comunicaciones son muy buenas pero la realidad es distinta cuando son las dos de la
mañana y nos espera un viaje de unas horas hasta Kaohsiung, donde está la sede central.
En Kaohsiung se erige una extensión enorme. Por un lado, viven los monásticos
(alrededor de unos mil entre hombres y mujeres), voluntarios y profesores y por otro, está
la zona abierta al público, a la que llegan los fieles y veneran las distintas piezas y salas
budistas. Nosotros tuvimos la gran oportunidad de vivir en la zona a la que no todo el
mundo tiene acceso. Allí la autenticidad del templo que aunque joven es precioso, no se ve
trincada con el turisteo y las tiendas de la zona más comercial.
El primer día en Fo Guang Shan Kaohsiung, la sede central, pasa lento y no podía ser
de otra manera: con reglas, normas y más normas. Entiendo que una organización tan
grande y estructurada deba regirse por normas pero mi ego se resiste e intenta defenderse
de un «ataque» imaginario.
¿Por dónde empiezo? El templo es enorme y precioso. Llegamos a las cinco de la
mañana después de cuatro horas de viaje en bus y dos en avión. No es que esté cansada
solo digamos avasallada con tantas normas.
Nos llevan a la residencia de chicas en la que conviven estudiantes y monásticas, un
lugar tranquilo y alejado del mundo. El silencio, las pagodas elegantes y sus jardines
armoniosos nos reciben. Lo primero que hacen es darnos dos uniformes que nos tuvimos
que poner de inmediato, un sombrero de mimbre para el sol y un conjunto de productos
para el baño que consistía en cinco perchas, un bote para el detergente de mano y una
toalla. No podíamos tener nada más en el baño, nada más.
Nos enseñan las instalaciones, sencillas, con mucha naturaleza, muy cuidadas y
limpias. Yo quería dar un paseo sola después de comer pero para ello hay que pedir
permiso a alguna maestra. Además no puedes ir sola. Tenía la necesidad de explorar sin
nadie, en grupo es distinto porque no te mueves por instinto sino por los deseos de todos.
Al final fuimos una chica, Kimi y yo a dar vueltas por uno de los museos que nos sorprende
con sus reliquias budistas milenarias provenientes de la India, Nepal y China. Es
interesante sumergirse en este mundo de budas, bodhisattvas y reliquias sagradas.
El budismo se originó como tal en India en el siglo VI antes de Cristo. Debido a su
influencia empezó a expandirse. Por el sur, la corriente Theravada fue a países como Sri
Lanka, Tailandia, Camboya, Laos y Birmania y la Mahayana partió desde India por el norte,
pasando por Paquistán, Afganistán, el Tíbet, Nepal, Mongolia y China y dio un saltito a las
islas de Japón y de Taiwán. La vertiente Mahayana significa literalmente gran vehículo y
aunque comparte las enseñanzas fundamentales con la Theravada (pequeño vehículo), la
diferencia básica está en la forma en la que los fieles practican la religión. Según el
Theravada, los fieles son conscientes de la imperfección del mundo, de sus injusticias y
sufrimiento pero al no centrarse en el sufrimiento ajeno, solo busca su propia liberación.
Para un practicante de Theravada, es suficiente con seguir los tres aprendizajes; respetar
los preceptos, la concentración meditativa y la sabiduría, interesándose en la
contemplación de cuerpo y mente. Siempre teniendo como fin alcanzar el nirvana a través
de estas prácticas. Por otra parte, el fiel Mahayana es testigo de los sufrimientos de todos
los seres (incluyéndose a sí mismo) y basa todas sus acciones en el beneficio de todos y
procura ayudar a los demás para liberarse de sus aflicciones y angustias.
En este orden de ideas, no fue hasta el siglo I d.C. cuando empezó a echar raíces en el
país chino. A partir del siglo IV es cuando los monjes budistas chinos, curiosos por conocer
el origen del budismo, realizan peregrinaciones al norte de India a través de la Ruta de la
Seda para profundizar en las enseñanzas propias de esta religión. En esta época, la
función de los traductores, en la mayoría de las ocasiones realizadas por los mismos
monásticos, fue imprescindible para la adaptación de términos en una nueva cultura.
Xuanzang es un personaje histórico clave en el desarrollo del budismo. Habiéndose
convertido a la edad de veinte en bhikṣu, el mayor rango de monje budista, y preocupado
por las incoherencias de los textos budistas en China, se embarcó en un viaje hasta el
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origen, un viaje de ida y vuelta que le llevó en total diecisiete años. De allí trajo numerosas
escrituras que tradujo, junto con su séquito, del sánscrito al chino mandarín.
A la inversa, un poco después, un monje hindú llamado Bodhidarma inicia su viaje a
China, huyendo de la imposición de recitación de los Sutras y de la práctica ritual del
budismo. Pone más hincapié en la importancia de la meditación tal y como la practicaba
Buda. Una vez en China funda la escuela chan, desarrollada luego en Japón bajo el
nombre de zen.
Entre la complejidad del mundo budista, un mundo que me aturde y atrae con la misma
fuerza debido a la densidad de información y en el que apenas me estaba iniciando, sigo
mi camino.
Una vez en la residencia, después de haber dado una vuelta por las instalaciones,
fuimos a dormir la siesta y claro yo tenía calor y lo primero que hice fue cambiarme y
ponerme mi pijama corto. Fui al baño y me encontré con una de las estudiantes. Con cara
de susto pero, eso sí, muy educadamente me preguntó si estaba en el templo para el retiro
de fin de semana y le dije que nos quedábamos una semana entera. Me volvió a mirar y
me dijo casi susurrando que no podíamos quitarnos los uniformes ni siquiera en las
habitaciones.
« Tenemos que dormir con la misma ropa que llevamos puesta todo el día », me dice
discretamente. ¿Qué? Mi primera reacción fue rechazarlo, quejarme y verlo como algo
sucio e incómodo. Pero inmediatamente me dije: «Alba, para, estás en un templo no en tu
casa».
Con la toalla fue otro mundo, nos dieron una pequeñita y yo les pregunté si podría usar
la mía propia. A lo que me contestaron con mucha sabiduría: « ¿Por qué no intentas vivir la
vida real de un monasterio?». Buena respuesta, ¡genial diría yo!
Sí, porque si lo hubiese sabido no me habría traído la toalla y tendría más espacio para
otras cosas, bla, bla, bla… ¡Excusas!
—Recuerda que esperas tener muchos retos en el programa, quizás deberías empezar
a tomar otra actitud al enfrentarse a ellos, ¿qué dices?—. Me repetía mi voz grillito.
—Ya pero, pero…
— ¡A callar!
Por lo demás lo de ir en grupo todo el rato y esperar por los demás no es algo que me
encante pero me estoy acostumbrando. Es algo cultural y tiene un tinte religioso también.
¡Así es!
Las comidas aquí son muy distintas. Empecemos porque el recinto es mucho más
grande que el templo de Manila. Las distancias a pie son largas (hay hasta cochecitos
eléctricos parecidos a los de golf que te llevan de un lado a otro) y las normas son más
estrictas. Nada más sonar la campana debemos bajar de las habitaciones, sin correr ni
armar ruido. Nos colocamos en dos filas de forma casi milimétrica y ponemos las manos
una encima de la otra para esperar la siguiente señal. Cuando se nos indica es el momento
de girarse, lentamente pero con destreza, para el lado a donde se vaya a iniciar la
caminata. A paso ligero pero lento a la vez, nos vamos. Tener el Hǎi Qīng que te llega casi
a los pies no facilita subir escalones y es muy probable encontrar algún que otro bache en
el camino. Añadamos a esto que soy patosa, pato 2, de nacimiento y por genes
sicosomáticos y familiares. Es decir, que me caigo allá donde voy. Tropiezo más de una
vez pero al concentrarme dejo de hacerlo. El trayecto dura unos doce minutos, caminamos
con gracia, mirando al frente pero sin olvidar que en cada esquina debemos girar casi
milimétricamente al son de la compañera que va delante. Nada de girar en curva o como tú
quieras, ¡la travesía está fijada!
El camino es precioso y vamos a un ritmo acompasadamente especial. Llegamos al
comedor y me sorprende la cantidad de gente que cabe allí dentro. Nos sentamos y una
voz masculina grave entona: « Ci bei…», el cántico que inicia cualquier comida en el
templo. En ese momento me entra un escalofrío por el cuerpo, una inmensa ola de
felicidad por compartir un espacio de respeto y unidad. A lo lejos atisbo a los compañeros
del programa junto con varios monjes negros. ¿No es eso mágico? Gente de todos los
países unidos por algo. Digo a lo lejos porque el salón está dividido en dos. A la derecha
de la figura del Buda y del que dirige la comida están los hombres y a la izquierda las
mujeres, como siempre. Es enorme, escuché que puede alojar hasta dos mil personas.
Algo magnífico ocurrió después; me acerqué los platos como de costumbre después de
bendecir la comida y al empezar a comer descubrí que no tenía prisa, sentía una paz
intensa en el interior y una calma fuera de lo normal dentro de mí. Empecé a ser
consciente al comer. Es genial poder sentirse así sobre todo con la experiencia que tengo
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con la comida. Es un descubrimiento que sentará la base para seguir creciendo y
conociéndome a mí misma.
Es impresionante mirar a mi alrededor y ver a toda esta gente concentrada en comer. Es
impresionante darme cuenta del lugar en el que estoy, de la oportunidad que estoy
viviendo. Al terminar, después de escasos veinte minutos, nos levantamos con cuidado y
salimos en fila, de nuevo. Toca volver a la residencia.
Después de cenar no hay tiempo, debemos ir al cántico nocturno. Cada noche leemos
un Sutra, una parte de las enseñanzas o entonamos versos por una ocasión especial. Hoy
hicimos más reverencias que de costumbre y debo admitir que llegados a este punto
inclinarme y agachar la cabeza me aporta una paz, una tranquilidad que jamás pensé que
pudiera sentir. Cuando me arrodillo siento que mis problemas se exponen a una realidad
más compleja, salen de mí para mostrarlos al mundo. Salen de mí para desnudar mis
miedos, salen de mí para purificarme. Cuando apoyo mi cabeza en el suelo conecto
conmigo misma. Respiro hondo, ahí es cuando me siento aliviada, consolada. Ya no lo veo
como una obligación sino como algo que sé que me tranquiliza y me da fuerza.
Me siento muy feliz de estar aquí, tenemos mucha suerte. No paro de decirlo pero estoy
explotando al máximo cada segundo. A pesar de los choques culturales, de los momentos
de confusión, de preguntarme: « ¿Por qué?, ¡esto no tiene sentido!», la experiencia
merece la pena. Además considero que el sentido de las acciones y costumbres está muy
centrado en la base moral y cultural de la persona y ésta puede ser muy diversa y compleja
según viajas a otros países.
Ceska, una compañera del curso muy sabia me recordó algo muy importante hoy y se lo
agradezco: «Te gustaban los retos dijiste, ¿no?, esa es la razón por la que estás aquí».
¡Qué sabia es Ceska! no habla mucho pero cuando habla o escribe la magia recorre su
cuerpo para hacerte llegar la más sabia de las respuestas. La diversidad del grupo es algo
que me gusta y que agradezco.
Siento que según pasa el tiempo me voy centrando más en mí, en eliminar mis
arrogancias, en pelearme con mi ego y combatirlo de una vez. Quedan tantas cosas por
aprender… lo bueno es saber que las hay y nunca sentirse saciado.
Hablando de sabiduría, hay una librería muy acogedora para las estudiantes. ¡Cuánta
sabiduría comprimida en un edificio! Tanta sabiduría que puede ser compartida y soñada,
desde cómo aprender alemán a la mitología india. Es curioso cómo nuestros ojos
seleccionan lo que quieren ver. Fisgoneando en los pasillos interminables de la biblioteca
encuentro un diccionario de español y el libro Brewer’s Dictionary of Phrase and Fable, un
libro muy especial para mí pues me lo recomendó uno de los mejores profesores de inglés
que he tenido nunca. Perderse en sus hojas es descubrir un mundo lleno de mitos y
fábulas, historias y leyendas.
Estoy muy cansada pero siento que quiero seguir así, aprendiendo de todo un poco. Un
poco de un mucho, complejo, variado.
Al meditar andando por las instalaciones me doy cuenta de en el sitio tan mágico en el
que estoy. La pagoda, el puente y las escaleras fijan un escenario de encanto, es como
vivir en la película de Mulán o en un sueño irreal, abstracto.
Me siento orgullosa por apreciar las cosas, el ambiente, el esfuerzo de la gente por todo
lo que hay, me hace ser más humana y me encanta. «Si te centras más en la satisfacción
de los demás, serás más feliz. Sin embargo, en lo relacionado con los fallos y problemas
de los demás, encárgate de lo tuyo», nos recuerda una de las monjas.
---
Hoy es lunes, día libre, y después de desayunar tenemos que limpiar a fondo. Me tocó
un grupo muy majo y unas compañeras muy abiertas. Barrí el suelo del templo de cabo a
rabo, como en el cuento de Cenicienta pero ésta vez la protagonista era yo. Al principio
pensé: « ¿Para qué tenemos que barrer si está todo limpio? ». «Es una forma de cultivar la
mente, de estar concentrado, de apreciar cada espacio que tienes», me contesto escoba
en mano. Después tuve la suerte de subir al pedestal, arreglar las flores del atrio y limpiar
con un palo enorme con una fregona al final la estatua de Avalokiteśvara, de unos seis
metros de altura. Aquí puedo observar más al detalle cada relieve de esta impresionante
figura, cada perfección sumada a horas de trabajo. Avalokiteśvara es el bodhisattva de la
compasión. Un bodhisattva es alguien que ha alcanzado la iluminación (para el budismo
significa desprenderse de todo apego mundano, material) y decide quedarse en la tierra
para ayudar a los seres humanos. Aunque para la vertiente Hinayana (o Theravada) solo
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Maitreya está aceptado como bodhisattva, en Mahayana hay otros cuatro más que son
muy conocidos. Este bodhisattva en concreto tiene varias manifestaciones que se adaptan
a la cultura que lo acoge. Una de las exteriorizaciones más comunes es la provista con
varias cabezas, para escuchar todas las plegarias, y mil brazos para extender su ayuda a
los que más lo necesitan. Sin embargo, en China se le dota de una figura más femenina y
siempre lleva en la mano la flor de loto, símbolo de fortuna. Yo me la quedo mirando, es
toda blanca y transmite una serenidad muy intensa.
En total estuvimos una hora y media limpiando, es curioso porque normalmente me
cansaría pero esta vez no, me he relajado y me ha servido para estar centrada en una
tarea común. La mayoría de las chicas de mi grupo son de Malasia. Les pregunté si sabían
algo sobre mi país y como de costumbre, me contestaron que los toros. Aunque se
confundieron un poco con los búfalos pero bueno eso no importa. Con una de las chicas
me es casi imposible comunicarme porque no sabe inglés y yo no sé ni mandarín ni
taiwanés así que nos hablamos por señas y yo a veces suelto alguna frase pequeñita en
chino mandarín y ella contesta hen hao, hen hao! (muy bien). Estas cosas son las que
valoro en mis viajes, esas conexiones más allá del lenguaje, más allá de quienes somos.
Es la magia del viaje.
Después de trepar para limpiar a Avalokiteśvara cuyo resultado me hizo sentir orgullosa
pues brillaba más que los chorros del oro, fuimos a enjuagar los trapos de los distintos
departamentos de limpieza. Llegué a una sala llena de paños y con carteles (para mí todos
iguales) en caracteres chinos que indicaban dónde tenía que ir cada uno. Entre sopas de
letras chinas me bandeaba a ver dónde iba cada trapo, comparando los caracteres de la
etiqueta con su sitio correspondiente. Fue curioso porque aprendí algunas palabras y
caracteres sueltos.
También tuve un pequeño choque cultural, en el altar había agua en un recipiente para
que beban los fieles y al lado unos sobres de papel, ¡para beber! Es del tamaño de una
tarjeta y se coge de la pila de sobrecitos. Tras comprobar que el agua no se salía ni se
filtraba, me guardé uno de recuerdo. Sin embargo, al volver a Madrid y explicarle algunas
curiosidades a mi familia, mi madre me dijo que eso ya lo usaban de pequeños en el
campo. Yo digo que somos generaciones perdidas, nos perdemos las costumbres de
nuestro propio país a cambio de un supuesto desarrollo social y económico. Pero, ¿qué
nos dejamos en el camino? Las raíces de nuestro pueblo, de nuestra cultura.
Me siento agradecida, siento la compasión, gratitud y felicidad dentro de mí. Con esa
sensación aún en mí escribo estas líneas.
Ojalá pudiera comprimir el sonido de los pájaros cuando voy al comedor. Ojalá pudiera
poner mis sentimientos en un frasco de perfume. Ojalá pudiera verter en él el silencio de
los pasos que damos en nuestro camino. Ojalá pudiera meter el sonido de los árboles
moviéndose, la purificación del viento besándome la cara.
Ojalá pudiera meter todas esas sensaciones dentro y cerrar la botella. Ojalá pudiera
compartirla con los demás, tanto con los que quiero como los que no conozco para que
aprecien lo que cada vez es más claro y natural. Para que sepan lo que significa
mindfulness1, para que aprecien sus alrededores y todo lo que tienen. Ojalá pudiera abrir
esa botella y compartirla una y otra vez, ojalá lo apreciaran. ¡Ojalá!
Es curioso descubrir y sentir la paz con la que elijo hacer cada tarea. Ahora es cuando
estoy empezando a entender a lo que se referían con estar presente en cada acción
cotidiana. Nos lo repetían a cada instante y yo pues sinceramente no lo había sentido del
todo.
Las monjas no paran de decirnos que meditemos en cada actividad, comiendo, andando
e incluso cuando nos lavamos los dientes. No es solo existir sino ser consciente de cada
movimiento, de cada obra. Cuando me cepillo los dientes veo cómo he cambiado. Siento
cada cerda del cepillo en mis encías, con una suavidad infinita y sin prisa. Antes iría
corriendo y lo haría porque lo tengo que hacer. Ahora soy consciente de que debo hacerlo
no como obligación sino porque es sano y bueno para mí. Cuando paso el cepillo por cada
diente siento que me deshago de la suciedad, de las impurezas.
Los baños son muy divertidos, son del estilo del agujero en el suelo. Es curioso porque
antes de venir a Asia pensé que debería acostumbrarme al hecho de que en India todos
los baños serían así. Y, ¡pam! el destino me lo manda antes. Ahora cuando tengo que
elegir uno de los baños no busco la comodidad sino el reto.
Me voy a la biblioteca y me siento en un futón, una colchoneta fina japonesa que sirve
para sentarse Respiro sabiduría y tranquilidad. El silencio acogedor e inspirador del
1
Mindfulness es un término que no tiene traducción exacta al castellano pero que yo definiría como «presencia
absoluta».
· 51
ambiente invita a estudiar y reflexionar. Este silencio me conmueve y mis dedos se deleitan
con el único y agradable sonido de mi bolígrafo al rozar estas líneas, dándoles un sentido,
forma y significado. Me encanta este tipo de vida. Estudiar, aprender, meditar…
Escribiendo hago un resumen del día a día, esos días intensos que parecen ser
jornadas de 40 horas. Hoy nos compraron unos zapatos estilo chino monje de esos con
agujeritos pero que tienes que llevar con calcetines y lo valoro, lo valoro mucho. También
tomamos té de almendras y comimos gofres con helado. Sé que todo esto choca, el hecho
de que por una parte estemos aislados en una residencia y que por otra parte se pueda
comprar cosas y tomar té en cafeterías modernas. A mí también me chocó y es algo que
aún me cuesta llegar a entender.
Dejo de intentar entender y observo una postal que estoy a punto de enviar a mi familia
desde un templo en una ciudad medio pérdida de Taiwán. ¿Todo esto es real? En la foto
se ve uno de los puentes de este inmenso terreno espiritual encendidos de noche,
iluminado con lámparas rojas. Para mí representa el puente entre la ignorancia y la
sabiduría. La ignorancia por mi parte por no haber sido capaz de escuchar a esa voz
interior que tanto grita desde hace mucho tiempo y la sabiduría que está allí a lo lejos pero
está. Transición, descubrimiento, puentes iluminados. Ilusiones, explorar, descubrir,
cultivar… Omitofo!
Aquí devoro libros. Estoy en una de esas etapas en las que quiero absorber
conocimiento, retar a mi mente con nuevos contenidos. ¿Quién sabe cuándo volveré a
tener acceso a toda esta sabiduría asiática que se despliega ante mí?
Las palabras del Máster Hsing Yun me retratan una realidad no muy lejana, reflexiones
de una vida dedicada a los demás. Fundador de una sociedad que me permitió conocer el
budismo desde dentro, practicarlo y sentir sus beneficios. «El beneficio y la pérdida, la
difamación y la fama, los elogios y los reproches, el sufrimiento y la dicha, todos estos
estados son permanentes y como tales, ¿por qué deberían causar satisfacción o
descontento?». Una frase inspiradora que sale del libro Being Good y me llega dentro;
ahora entiendo, ahora escucho.
«Una palabra buena puede derretir el frio de marzo mientras que una mala puede
congelar el mes de junio». Me sigue hablando, este hombre tan sabio que parece ser
familia, tan cercano y sin embargo no le conozco en persona.
Las postales que compro vienen acompañadas de un recibo muy especial, son a la vez
billetes de lotería tal y como me explica la dependienta, medio en inglés, medio en chino.
Cada recibo viene acompañado de un número para jugar en la lotería nacional, en Taiwán
es siempre así. Puedes quedártelo o donarlo a los más necesitados, en una de las cajas
provistas en las tiendas. Este primero me lo quedo de recuerdo pero con el resto ya sé qué
hacer. De testigo con letras chinas y números me mira desde mi cuaderno, el cuaderno
desde el que copio lo que viví y desenterré.
Agradecida, renovada, concentrada, inspirada y respetuosa. Estoy contenta por no
haberme puesto mala desde que llegué. Me duele un poco la garganta pero estoy
aprendiendo cómo prevenirlo antes de que se infecte. De hecho creo que al pensar año
tras año, en cuanto llega el invierno, que se va a infectar hace que sea más probable que
pase, atraigo la mala energía. Así que voy a dejar de pensarlo y me cuidaré. Me siento
como en una película de crecimiento, de ayuda personal, de esas que rozan lo cursi pero
al final te dejan con un buen sabor de boca.
Una de las actividades que me sorprendió para bien fue muy simple y a la vez
inspiradora. Vimos una película para niños en 3D sobre la vida de Sidarta Gautama, hijo de
un rey de vida acomodada. De joven despertó inquietud y curiosidad acerca del mundo que
había más allá de los muros de su palacio. Al salir es cuando se enfrentó al mundo real y
pudo ver de primera mano las verdades que reinaban; la enfermedad, la vejez y la muerte.
Sorprendido por todo lo que vieron sus ojos decidió despedirse de su mujer y su hijo y se
fue. Se desprendió de sus ropajes elegantes y estudió con uno de los profesores más
importantes de la época, probó el ascetismo pero siguió sin encontrar significado a aquella
vida. Se dio cuenta de que las prácticas extremas de automortificación y austeridad no le
llevaban a ningún sitio así que abandonó al grupo de ascetas. Él quería encontrar el
equilibrio, una vía intermedia entre una vida llena de lujos y la del castigo del cuerpo.
Decidido a encontrar las respuestas al problema del sufrimiento, se sentó bajo un árbol y
estuvo meditando varios días, en plena concentración. Un día obtuvo la respuesta y se
convirtió en el Buda, que significa «el que está despierto».
Al final de la película cayeron mágicamente hojas del árbol sagrado de bodhi, bajo el
cual dicen que Sidarta alcanzó la iluminación allá por el siglo VI a.C. Elegir los colores de
tu árbol bodhi te define, son lo que eres, son parte de ti. Representan tus acciones, los que
· 53
otros ven y perciben de ti. Es lo que se distingue desde fuera. Y tú, ¿eliges los colores más
simples o los más bonitos? ¿Son tus acciones coloridas?
---
El BMC (Buddha Memorial Center) es impresionante. Se presenta ante ti con su gran
talla y un aire sofisticado e inspirador. Es la zona donde está la figura del Buda Amitabha
con sus 36 metros de altura. Ahí está imponente, orgullosa y brillante. El Buda Amitabha se
suele representar con la mano derecha imitando una flor de loto para arriba y la mano
izquierda sobre la pierna. La avenida que se dirige a la estatua está llena de pagodas a
ambos lados generando un ambiente majestuoso.
Recorrimos varias salas, desde museos a salas de exposición y hasta con juegos para
los niños mientras nos explican que todo lo que veíamos había sido idea de un solo
hombre, un movimiento que empezó solo con la esperanza de una persona.
Tras ver la zona, respirar ese aire tranquilo y místico y hacernos mil fotos (¡cómo no!)
comimos en la Waterdrop house en la que curiosamente los menús se pagan con
donativos. Es decir, tú eliges la comida, te sirves o te sirven y al finalizar pones el dinero
que consideres que se merezca esa comida y esa atención en una caja. Me parece una
idea muy humana. Comimos unos espaguetis y perritos calientes que yo por más que
miraba parecían tener carne pero era tofu. Yo lo dudé seriamente y le pregunté a la
máster, estupefacta: « ¿Pero no es carne, de verdad? ¡Sabe igual!».
Tras hacer la donación en la estatua del Buda Maitreya, el que representa la bonanza y
la felicidad y es el más conocido en Occidente (el de la panza gordita), nos fuimos a seguir
explorando. La enorme explanada está llena de tiendas preciosas y con artículos muy
curiosos. Vi un cuaderno de viajes del que me enamoré y que pienso hacer cuando vuelva
con postales, fotos, recibos, recuerdos…
Al ir a meter las postales en un buzón colorido y con corazones en una de las tiendas
uso un poco de mandarín básico para comunicarme con la dependienta y, ¡mola! Me
encantó el día, es impresionante cómo una sola persona puede empezar un movimiento
así y diseñar, inspirar y liderar a otros tantos a construir un espacio tan precioso con el fin
de satisfacer las necesidades de los demás.
---
Estoy orgullosa de haber combatido la pereza y no compararme con los demás. Hoy a
mi grupo le tocaba limpiar el primer piso y ninguna de HALA fue a limpiar. Aunque me
sentía un poco mala porque me he levantado con dolor de garganta decidí ir. Sí, estoy
orgullosa aunque debería hacerlo porque me nace, sin compararme con los demás. No me
hace ni mejor ni peor persona.
Sí, estoy un poco malita de la garganta. Estoy tomando agua con sal y va a mejor. No
debo obsesionarme con el dolor sino observarlo desde fuera. Ayer me noté el pecho un
poco cargado pero Máster Miao Roon me dijo que respirase hondo, a veces bloqueamos la
energía porque no respiramos bien. Quizás todos mis problemas vengan de no respirar
bien y de la mente, claro. Pero sigo aprendiendo.
Hoy tuvimos clase de cocina, ¡todo estaba muy rico y fue muy interesante aprender
nuevas recetas! Estas últimas noches no me he sentido del todo bien. Supongo que es
principalmente por estas dos razones:
1) Es cuando noto que estoy mala y débil.
2) Se acerca la hora del chanting y no me gusta. No me gusta pensarlo aunque
casualmente el de ayer estuvo muy chulo, fue muy espiritual y tranquilizador.
Debería cambiar esa actitud porque gasto mucha energía en pensar que lo tengo que
hacer por obligación. Empiezo a pensar que si no es justo que no me gusta…Bla, bla, bla.
¡Veneno! ¡Grillito, ayúdame!
Hoy de hecho no tenemos evening chanting sino que vamos a hacer una ceremonia
especial por Giovanni. Está muy malo el pobre, se lo han tenido que llevar al hospital.
Dicen que puede ser dengue.
· 55
Si antes lo digo, antes pasa. Lo estabas esperando, lo estabas hasta deseando por una
parte. Tu cuerpo ha dicho basta, no quiero seguir escuchando a esa mente de mierda que
te contamina día a día, hora tras hora, minuto a minuto. He ido al médico porque era el
tercer día que me dolía la garganta, quizás haya acelerado el proceso al pensarlo tanto. No
es que me encuentre fatal pero no quiero que vaya a más. Me han mandado nueve
pastillas al día, me parece una burrada pero habrá que hacer caso a los que saben. Fui a
un médico que no sabía inglés, menos mal que me acompañó una chica para hacerme
entender.
Cuando llegué del médico me tumbé en la cama, cansada y Kimi entró en la habitación.
— ¿A dónde vas?—le pregunté.
—A hacer voluntariado al BMC.
—No sé si debería ir…
—No sé, no puedo decidir por ti, no sé cómo te sientes.
Esa respuesta me hirió, la verdad. Yo siempre la escucho y parece que a veces no le
interesa escucharme o me dice que eso debería decidirlo yo. No debería sentirme atacada
pues eso significa que tienes algo de lo que defenderte. Orgullo, ego, arrogancia o todo a
la vez. Debo admitir que la insulté para mí y eso no se siente muy bien. La rabia me
pinchaba el corazón, seguramente sería la envidia por no poder ir. Así que bajé para ir con
el grupo y Miao Roon me dijo que me volviese a la cama, que necesitaba descansar.
Mi primera reacción fue de defensa y de un supuesto contraataque.
—Pero, pero, yo quiero ayudar, estar con el grupo.
—Sí, pero tienes que descansar.
Lo único en lo que pensaba es que ellos comerían allí todos juntos y yo me quedaría
sola. No me quiero quedar sola, Miao Roon, quiero ir con ellos y una lagrimita se asomó
por mi ventana traída directamente desde la arrogancia e impotencia interna. No me gusta
perderme oportunidades, me hace sentir fuera del grupo o infravalorada.
— ¿Infravalorada?, ¡menuda gilipollez!, ¡no tiene nada que ver!
— ¡Ay, grillito! ¡Has vuelto!
—Sí, pero no por mucho tiempo. Ya eres mayorcita, ¿no?
Debo amueblar mi mente porque es la que crea todas esas incomodidades y dolores en
mi cuerpo. Paso a paso tengo que eliminar los pensamientos negativos que invaden mi ser
cada día y alimentar solo a los pensamientos positivos, elevarlos, ensalzarlos.
No sé cuantísimas horas llevo durmiendo pero son muchas, me siento descansada y
tranquila. Me alegro de haberme quedado. Miro el reloj, pensaba que llevaba más horas.
He estado en la cama desde las 9 y algo hasta la 13:30 y me ha sentado la mar de bien, la
verdad. No he ido a comer porque sentía que dormir era más importante. Me he
despertado muchísimo mejor. Voy al baño, aún grogui, y cuando salgo se acerca una
estudiante.
— ¿Hablas chino?
—No.
— ¿Eres la que está mala?
—Sí.
— ¿Quieres comer algo?
—Sí, ¡por favor!
Sin pensarlo dos veces me lleva a la oficina, me da galletas y una medicina china en
gránulos. Luego vino una de las máster y me trajo algo caliente; un bol con arroz y mil
ingredientes más encima, ¡estaba buenísimo!
Necesitaba descansar, ¡qué cabezona que soy! He sudado un montón, he sudado parte
de mis problemas y mi ansiedad. Siento que huelo un poco mal, será todo lo malo, lo
negativo está abandonando mi cuerpo. Sudando añoranzas, penas, tristezas e
impotencias. Soñé con mucha gente, como si estuviese haciendo las paces conmigo
misma a través de otras personas. Soné, soñé y sentí una paz extraña dentro de mí cada
vez que me despertaba. Soñando y haciendo las paces. Soñando y despertando.
---
· 57
Nunca antes había apreciado tanto el valor de la luz. Ahora mismo estoy escribiendo
bajo la mínima pero suficiente luz que proporciona mi linternita desde el escritorio que se
abre como un mueble bar, para que puedas escribir desde la cama. Sencillo y útil, ¿no? La
cama (si se le puede llamar así) es de madera robusta y encima hay un futón muy, muy
fino. O sea que casi duermes sobre la madera directamente. Empiezo a escribir y mis
dedos se escurren entre las nubes idiomáticas, entre las sombras de viajes y las palabras
ininteligibles. Las letras suceden unas a otras y no puedo parar. Reflexiono y escribo,
medito y escribo. Me doy cuenta de que nunca antes había apreciado tanto el poder
ponerme la ropa que yo quiera. Nunca antes había apreciado tanto el cariño y la
comodidad que te da llevar un pijama. Nunca antes había valorado tanto el poder del
silencio, el silencio de tus acciones y de tu mente. Nunca antes había valorado el poder de
estar sana mental y físicamente. Nunca antes había valorado tanto la belleza de una
libertad escondida, la naturaleza intrínseca de poder hacer lo que a uno le apetezca.
Preciosa experiencia la que estoy teniendo.
Sí, necesitaba un respiro. Ha sido un mes y pico de muchos cambios físicos, muchos
retos y aventuras. Me alegro de pasar por esto porque noto que estoy creciendo a pasos
agigantados. Es duro, no es fácil. Lo fácil sería arrancar de mi ser al monstruoso ego y
lanzarlo al hai (mar en chino) para quedarme solo con el xin (corazón)2. Pero no es así de
fácil. Hay que pelear con él, discutir porque él siempre querrá tener razón, el muy
condenado. El ego no escucha, solo ataja órdenes. Lo bueno es que podemos engañarle si
somos lo suficientemente sabios. El ego se debilita si tenemos en nuestro poder razones
convincentes. El ego crece solo si lo alimentamos, si le hacemos caso. Es como un niño
pequeño o un anciano, no entra en razón simplemente quiere satisfacer sus necesidades.
Ya. Ahora. De inmediato. Urgentemente.
Aquí me vienen muchos recuerdos de cuando era pequeña, de Cheles, de mi casa.
Quizás sea porque esté asentando y valorando todos los pasos que di en el pasado para
seguir pisando fuerte en el futuro. La misión por la que vine se está cumpliendo, estoy
aprendiendo a valorar todo lo que tengo, todo lo que soy.
2
Hai xin es mi nombre en mandarín que significa literalmente «corazón del mar» pero en chino mandarín antiguo
significa «luna», de ahí la metáfora.
---
Debo admitir que siempre me he dejado llevar por las opiniones de los demás y por el
qué dirán, soy muy de pueblo en esto. He llegado al punto en el que me molesta la actitud
egoísta de una de las compañeras del curso. Es borde con la gente y se cree superior.
Estoy a punto de explotar con ella, de contestarle de forma antipática. Me está probando,
está probando mi paciencia. No va a ganar, mi ego no puede ganar. Tengo que aceptar lo
que estoy aprendiendo de ella, de su avaricia. No es más sabio el que contesta sino el que
calla. No me importa lo que ella haga sobre todo si no me incumbe. Me debería callar la
boca y no meterme en lo que no me importa. Observa, analiza, aprende, crece.
Me suele pasar al principio de una relación de amistad o de conocer a alguien que todo
es muy bonito, conoces nuevos puntos de vista, de ver la vida… Pero suele llegar un
momento en el que empiezo a analizarlas, a ver sus cosas buenas y malas y a desconfiar
en algunos sentidos. Conocer a alguien nuevo es como abrir un libro fresco, iniciando la
primera página con entusiasmo y curiosidad. Sin embargo, hay algunos libros que se
hacen tediosos, largos y aburridos y acabas por dejarlos de lado. También hay otros que
no paran de sorprenderte, con nuevos capítulos, aventuras y retos.
Reflexiono sobre la amistad y sobre mi relación con otras personas porque para el retiro
de fin de semana, en el que aprenderemos más sobre meditación, se han unido jóvenes de
fuera y ver caras nuevas me motiva e inspira. La gente es agradable y parece estar abierta
a esta experiencia, esto promete. Ahora son las 22:14 y echo de menos que las luces
estén apagadas. Estamos en unas habitaciones que se asemejan a un hotel. Es
interesante cómo se acostumbra una a los distintos ambientes, ¿no? Una noche duermo
encima de una madera y otra en algo parecido a un hotel con almohadas grandes, aire
acondicionado, colchones de primera y nórdicos.
Es tan distinto, es un cambio tan brusco que me cuesta asimilarlo. Me cuesta pero lo
asimilo. Ayer a estas mismas horas no podía hablar y hoy estoy en la habitación con tres
chicas más de EE.UU. y Vietnam. ¡Interesante! Nos hemos cambiado unas delante de
otras, cosa que es impensable en la residencia. Hay algo interesante sobre este tema que
he ido observando con las asiáticas que he conocido y es que no suelen cambiarse delante
de otras mujeres, son más pudorosas. Sin embargo, a las estadounidenses y europeas nos
· 59
importa menos, estamos más acostumbradas quizás. Es algo personal pero también
cultural.
Vamos a dormir con el aire acondicionado ¡Qué manía! ¿He dicho antes que odio dormir
con el aire acondicionado? Acabo de salir de una gripe y espero no resfriarme esta vez.
—Pero, ¿tú te estás escuchando Alba?, ¿cómo no te vas a poner mala siendo así de
pesada?—.Ya viene el grillo y esta vez no viene solo…
—Alba, te presento a tu cordura.
—Hola, cordura. Te imaginaba más, no sé, ¿más decente?, ¿qué haces vestida así?
— ¿Quién es la cordura aquí, tú o yo?
—Bueno, perdón, no quería ofender. Encantada…
—Mira, tengo algo que decirte. Ya te puedes ir despidiendo de mí por un tiempo porque
el viaje solo acaba de comenzar. Deja de razonar, analizar y, ¡vive de una vez! No olvides
que estás en otra cultura y te enfrentas a cambios y retos constantes.
—Sí, sí, lo sé.
—Pues eso, deja de quejarte. ¡Mira que eres! Toda la vida contigo y no aprendes. Ve a
dormir y deja de pensar.
—Sí, señora. Buenas noches.
Y no la volví a ver por un tiempo, a esa maldita cordura. Me acostumbré a vivir sin ella y
aunque a veces me visitaba para ver qué tal andaba ya no era como antes y yo la
despedía enérgicamente con una sonrisa.
---
Nos levantamos y aunque se me hace extraño no oír el gong que iniciaba cada
despertar, he dormido muy a gusto. Es impresionante cómo se valora la suavidad de una
nueva cama, cómo se aprecia hasta el último detalle de una sábana perfecta. Voy al baño
me miro al espejo, llevo sin mirarme unos diez días. En la residencia no tienen espejos
porque creen que el aspecto físico no es importante (de ahí que tengan solo dos
uniformes). Me miro y casi no me reconozco, mi pelo ya ha crecido unos dos centímetros,
parezco una niñita entusiasmada por empezar el colegio. He adelgazado unos cinco kilos y
esa sombra que hay encima de mi labio me delata, no he podido depilarme pero ni me
importa…
El día que se nos viene es intenso, volvemos a ver las instalaciones con los chicos
nuevos, meditamos durante horas, hacemos ejercicio y aprendemos algunas recetas de
cocina. El resultado de la cena fue espectacular y, ¡pudimos hablar mientras comimos! Me
doy cuenta que al ser estilo bufé, cogemos más comida que cuando nos sirven en el
templo. Normalmente si quieres repetir (cosa que no suele hacer casi nadie) has de poner
el bol al borde de la mesa. Pero no es tan fácil como suena. Si el bol de la derecha es el
del arroz por ejemplo y lo que quieres repetir es arroz debes colocarlo a tu izquierda.
Funciona con movimientos cruzados, del contrario te servirán sopa. Al principio me costaba
el juego cruzado de cuencos y siempre me equivocaba y me servían otra cosa que no
quería. De todo se aprende y creo que es así para concentrarse y tener activa la mente.
Pero bueno, esta noche no me tengo que preocupar por eso.
Lo que sí me preocupa es que ha sobrado mucha comida y la gente la ha tirado. Antes
me molestaba pero ahora me parece casi un insulto. Me doy cuenta de lo que he
cambiado, de cuánto aprecio ahora un plato de comida encima de la mesa. No he sido
nunca de tirar comida pero si lo he visto hacer en muchos sitios y es algo que me espanta.
En el templo, afortunadamente, aprovechamos cualquier resto de ese día o de días
anteriores, ¡todo se puede!
Sin embargo este día fue distinto porque cocinamos para nosotros y no fuimos al
comedor como de costumbre. Otro día se acaba, lleno de experiencias y nuevas ideas.
Uno se acaba y otro llega.
---
Aprendemos caligrafía china en una sala muy inspiradora y tranquilizadora, llena de
libros y pergaminos. Los pupitres, de estilo antiguo y robusto, están colocados en filas
simétricamente iguales. Nos sentamos y en cada mesa hay un bote de tinta, un pincel y un
pergamino con caracteres medio dibujados. La actividad comienza. Silencio sepulcral.
· 61
Empiezo cogiendo el pincel, tengo que hacerlo perfecto. Debo hacerlo rápido para
terminarlo en el tiempo que dura la clase pero justo después me doy cuenta de la tontería
que estoy diciendo y lo disfruto con calma. Cada trazo me parece una oportunidad para
mostrar al detalle mi estilo y profesionalidad, entregar mi alma y mi delicadeza. Cada trazo
me ayuda y me inspira, estoy en paz. En mi mente se dibuja una música casi celestial,
infinita y distante. Suena lejana pero presente, inspiradora y a la vez tranquilizadora. Estoy
inmersa en un mundo de sosiego y calma. Ya no tengo prisa, me gusta el resultado. No
tengo prisa, estoy en paz.
La profesora nos dice al finalizar la clase, con una sabiduría contenida: «La escritura es
el reflejo de vuestro estado mental. Hay trazos que delatan el estado de no concentración y
otros que representan la paz absoluta de vuestro interior».
Miro mi papel y a grandes rasgos se puede decir que la calma está presente pero hay
trazos que se manifiestan desordenados, al libre albedrío y rompen la armonía. Porque así
es mi vida, así es la vida; llena de altibajos, de aprendizajes y de equilibrios armoniosos.
Al terminar este ejercicio tan bonito debemos dedicar los méritos a una persona que
consideremos que lo necesite. Dedicar los méritos a alguien es una práctica propia del
budismo que se divide en dos partes; la obtención y la dedicación del mérito. Para
acumular méritos uno debe practicar la meditación y la compasión. A mí se me viene a la
mente Giovanni, que todavía sigue en el hospital. Le han detectado dengue que
probablemente contrajo en Filipinas por un mosquito. Al mandarle mi cariño se me eriza
todo el cuerpo, me emociono, transformando las condiciones negativas en positivas.
Entre meditaciones, grandes conversaciones con gente de otros países y actividades
me descubro por la noche en un lugar idílico. El BMC con la luna de testigo y las pagodas
presumiendo de sus luces asiáticas, de su esplendor más bello. Me tumbo en el suelo,
miro al cielo, observo mi alrededor y respiro. No podría estar en otro lugar en este preciso
momento. Ya entiendo lo que quieren decir con vivir en el presente, el momento. Lo estoy
viviendo, ahora sí me lo creo. Brindo por ello, cierro los ojos y sonrío.
---
¿Os acordáis de la chica malaya que estaba en mi grupo con la que no podía mantener
una conversación? Hoy ha venido a buscarme en el descanso toda ilusionada, con esa
cara viva e iluminada de niña que tiene. Vino con dos raquetas de bádminton en la mano,
creo que no hacían falta más palabras.
—Wo men ta ma?—le digo en mi chino básico, que significa: « ¿Vamos a jugar?».
Me sonríe entre orgullosa y estupefacta. Yo no lo dudé y me fui con ella, al patio que
divide las habitaciones de las alumnas y monásticas. El patio está en el centro, con figuras
de budas pequeñitos en toda clase de posiciones y decorado con césped del de verdad.
«Espera, tenemos que buscar a dos compañeras más que quieran jugar», me dice llena
de alegría. Cuando lo conseguimos nos ponemos a ello. «Hao, hao, Alba! », exclama
enérgicamente mi compañera de juego cuando ganamos un punto. Yo sonrío, nos
chocamos las manos y sonreímos de nuevo. ¡Qué simple es ser feliz y disfrutar de un buen
rato! Ni siquiera hace falta hablar el mismo idioma para entenderse.
---
En mi cuaderno me sorprende una flor seca que representa un momento trágico de mi
experiencia en Asia. El Tifón Yolanda ha sacudido la zona del sur de Filipinas. Se ha
llevado con él a 7000 personas, el muy caprichoso. No somos nada, pienso para mí. No
somos nadie. Esa flor se la dedico a todas las personas que se fueron porque verlo desde
aquí llega más.
Me doy cuenta de las veces que vemos estas tragedias en la televisión y sentimos pena
a la vez que un alivio estúpido al saber que no ha pasado en nuestro país. No es que no lo
sintamos sino que nos pilla lejos, distante, perdido. ¿De verdad nos ponemos a pensar en
todas las familias rotas, en la gente que se ha quedado sin casa?
Empieza a llover muy fuerte aquí en Kaohsiung, quizás en señal de duelo. Cuanto más
llueve más mágico se hace recorrer sus instalaciones y el hecho de guarecerse bajo el
techo para contemplar la belleza de la tormenta me protege, me ilumina.
· 63
Estoy esperando a que Kimi salga de la sala de caligrafía y yo me acerco más al agua.
Observo curiosa los chorros que abandonan las tejas asiáticas, caen y chocan con el
suelo, entonando una misteriosa melodía. Asomo la mano y dejo que el agua recorra mis
dedos, siento la frescura, la energía que me brinda este momento. Siento la vida recorrer
mi cuerpo.
Kimi sale y le digo: « ¿Por qué no nos acercamos más al templo?». Sin dudarlo me voy
al centro de la plaza, donde llovía con mayor fuerza, a celebrar la lluvia, la energía, la vida.
Kimi se une a mi acción espontánea y saltamos, brincamos y bailamos bajo el agua
durante unos intensos minutos.
Fue muy divertido. El hecho de que ese tipo de cosas no estén admitidas en el templo lo
hizo incluso más liberador. Al volver empapadas, una de las alumnas, con un chubasquero
de esos enormes puesto, nos miró como si estuviésemos mal de la cabeza.
— ¿Lo habéis hecho a posta? ¿Sabéis que os podéis poner malas?—nos dice con cara
de sorpresa y de enfado y de forma autoritaria.
— ¡Pero si estamos a 20 grados! No va a pasar nada.
—Bueno, pero aquí no está permitido.
—Lo sentimos, nos dejamos llevar por la vida.
Kimi y yo nos miramos, aguantando la risa como dos niñas traviesas que para nada
están arrepentidas. Este tipo de actos naturales son los que ahora aprecio más y espero
que vayan cambiando poco a poco mi filosofía de vida. A partir de ahora no solo haré lo
que crea conveniente sino que valoraré más cada elección tomada y cada paso que dé.
Valoraré más mi libertad, respirar aire limpio y puro, no lleno de reglas y prejuicios.
¡No hagas esto, no hagas aquello! No se puede hablar en la fila, tenéis que caminar
recto, con la mirada de frente, ir a los cánticos, a las clases, a las charlas sobre el dharma.
Al salón en silencio. Antes de dormir lavar toda tu ropa, colgarla y dormir con la misma
ropa. ¿Suena sencillo? No lo es… Sí, sabía a lo que venía pero tanta rectitud me hace
valorar más mi libertad, mi opinión.
Máster Miao Roon, la monástica más entrañable que he conocido, nos dice que los 300
y pico preceptos que tiene que cumplir no la limitan como tal sino que la protegen. Los
preceptos son unas normas a seguir, totalmente confidenciales, y a las que se
comprometen cuando se inician. Yo me pregunto: ¿La protegen de qué, de la maldad del
mundo?, ¿acaso vivir así no es estar dentro de una burbuja en la que nada del mundo
exterior te afecta? En ese momento no lo sabía pero a la vuelta pude observar todo lo que
había cambiado a lo largo de esta travesía, de este no encontrar sentido a lo que veo.
Parte del programa del templo de Taiwán incluye unos días siendo voluntarios. En las
instalaciones hay cientos de ellos y dedican su tiempo desinteresadamente para crear un
espacio de armonía. Algunos barren, otros atienden en las tiendas, limpian los baños, en
fin se hace todo. Una de las actividades que hicimos fue meter sábanas sucias en fundas y
guardarlas en sacos y llevarlos de un lado para otro. Fue muy monótono pero me hizo
pensar que cualquier trabajo es digno si uno lo respeta y lo hace con cariño. También me
hizo reflexionar sobre cómo hago las cosas del día a día, sobre todo con mi familia. Si me
piden algo siempre lo hago con desprecio y con un poco de furia dentro de mí. Creo que
cuando vuelva seré distinta o eso es lo que espero por lo menos. Quiero respetar más a
los míos porque se lo merecen, escucharles más, preguntarles más, aconsejarles más y
dedicarles más tiempo. Porque les quiero y siempre han estado ahí. Porque son la base,
son la base de mi vida.
Pensando en mi familia limpio un muro blanco de esos que tienen insignias grabadas de
dragones y trazos asiáticos. Estaban llenos de musgo y tuvimos que restregar y restregar
hasta que por fin salió todo. Buen ejercicio para fortalecer los brazos y poner a punto la
mente, para deshacerte de la arrogancia y valorar el resultado de un esfuerzo comunitario.
Otro día nos tocó servir en el comedor, a cientos de monásticas. Los cubos de comida
eran grandes y pesados y a mí me tocó repartir la sopa. Relleno los cuencos individuales
con delicadeza pero con agilidad diez minutos antes de que vengan todos a comer. Todo
tiene que estar listo para cuando lleguen.
Llegan, entonamos el Ci Bei… mientras el cual no podemos repartir y se ponen a comer.
Tenemos que estar pendiente por si alguien quiere repetir, necesita agua, menos arroz o
más sopa. Esto con diez filas de más de veinte personas en cada una.
Es interesante ver los distintos tipos de reacción de las personas a las que les sirves la
comida. Los agradecidos, que son la mayoría, inclinan la cabeza a modo de reverencia, los
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no tan agradecidos que rechazan algunos tipos de comida (no se puede hacer pero quizás
tuviesen alguna intolerancia) y luego están los glotones que repiten, repiten y repiten.
Si hay algo claro de esta ceremonia (porque comer es una ceremonia para los budistas)
es que no se puede rechazar nada de lo que te pongan. Lo que sí se puede pedir es que te
quiten parte de lo servido antes de tocar la comida. Dejar comida en el plato es
considerado casi un insulto, una falta de respeto a todas aquellas personas que han sido
parte de la cadena. Los agricultores, ganaderos, los intermediarios, los fieles que aportan
su dinero, los cocineros y los repartidores. A todos ellos se lo debes.
Me sorprendí a mí misma repartiendo comida y pensando solo en eso, centrada en el
momento. Requiere coordinación y concentración, intentando hacer el menor ruido posible
y siendo lo más ágil que puedas pues solo tenemos veinte minutos para comer.
Poco a poco, según van terminando, van dejando los cuencos en la forma que debemos
colocarlos. Uno encima de otro, en silencio, y a la derecha en el borde de la mesa. Si
terminas antes tienes que esperar al sonido que da por terminada la comida. Cuando
suena el gong la gente se levanta y se marcha igual que llegó, de forma ordenada y
sigilosa.
Ahora sí, los repartidores podemos comer. Primero tenemos que limpiar todo; el suelo,
las mesas y lavar los platos. Nos dividimos en grupos, de forma casi militar y acabamos en
poco tiempo. Disfrutamos de la comida, más merecida esta vez. Ahora sí, tenemos tiempo
libre. Todo el mundo vuelve a las habitaciones a descansar pero yo siento que quiero estar
fuera, aprovechando el buen tiempo pero eso sí, no quiero estar sola. Me siento más sola
desde que llegamos a Taiwán porque no tenemos tanta libertad para hablar con las
compañeras. Creo que es mejor así, es parte de la experiencia pero aun así necesito estar
con alguien.
Voy a una de las capillas, es íntima, pequeña y acogedora. Me siento y observo al gran
Buda que se erige ante mí. Curioseo mi alrededor, admiro cada rincón, cada decoración
llevada al mínimo detalle. Me siento inspirada y acogida por tanta belleza.
Abandono la sala y sigo andando. Visito uno de los jardines en los que hay dos loros
que solo saben decir Omitofo. Omitofo significa literalmente Amitabha, uno de los
bodhisattvas más glorificados en el budismo Mahayana, la corriente que siguió su camino y
está presente en países como China, Japón y Vietnam. También es una forma de saludo
entre los budistas, que se acompaña con una unión de las dos manos a la altura del pecho
y una leve inclinación de cabeza. Les observo y me digo, ¡qué ironía! Un templo budista en
el que tienen animales enjaulados…
Me voy caminando tranquilamente, dibujando cada rincón en mi mente, por si no vuelvo
a venir aquí. Siento que no quiero estar sola, necesito estar con alguien. Sigo andando
hacia otro lugar, ese lugar idílico en el que hay muchas estatuas de buda alineadas.
Encuentro un lugar escondido, casi irreal y mágico a la vez. Es una especie de merendero
hecho de piedra, compuesto por una mesa sencilla y dos bancos bajo la sombra de unos
árboles muy frondosos. En uno de ellos me encuentro a Giovanni.
— ¡Qué bonito este lugar! ¿Te molesto?
—No, por favor. Siéntate.
—No me apetece estar sola, quiero hablar. Las chicas no quisieron salir de la residencia
y me apetece tomar un té de almendras—. Ojalá hubiese conocido este sitio antes, ojalá
me pudiese quedar unos dos días más. Siento que conozco todo en este templo, que no
hay una esquina que ya pueda sorprenderme o inspirarme como hizo en un principio, pero
aun así quiero quedarme.
—Este rincón me recuerda a Jerusalén bajo la sombra de lo que entonces eran
palmeras y el sonido de los megáfonos de la escuela militar. Es como si me
teletransportara. ¿Te ha pasado alguna vez que hay pequeños detalles que tienen el poder
o la capacidad de hacerte viajar en el tiempo?—. Giovanni estuvo durante un año viviendo
en Israel, en un programa alemán cuyo fin es promover la paz y devolver, de alguna forma,
lo que se hizo a los judíos bajo el dominio nazi. —O eso, o tenía que ir a una misión en la
que tenía que pegar tiros o estar en mi país aprendiendo a ser militar, así que decidí irme a
otro país del que no conocía nada, aprender su idioma y conocer otras costumbres—me
decía el sabio Giovanni.
— ¿Quieres tomarte un té de almendras conmigo?
— ¡Sí, claro! Pero primero toma el libro, ya lo he acabado. Tuve mucho tiempo para leer
en el hospital—. Me entrega delicadamente el libro de Los vagabundos del Dharma de
Jack Kerouac, el que sigue a En el camino que empecé a leer a principios de año. Lo
descubrí por casualidad en un regalo acertado de cumpleaños que me abrió las puertas de
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un mundo de drogas, locura y éxtasis mientras recorría varias veces la anatomía de
Estados Unidos. Sin embargo, en este segundo libro Jack Kerouac deja de visitar las
ciudades para adentrarse en la magia de la naturaleza y conoce a varios personajes que le
introducen en un mundo de meditación, ejercicio y creencias budistas.
Lo bonito de este libro es que Ceska lo prestó al grupo y en cadena, hemos ido
dejándonoslo unos a otros. Todos sabemos que este libro tiene algo especial y ahora lo
tengo en mis manos. ¡Por fin!
Visitamos por última vez una de las magníficas casas de té que hacen de este lugar un
sitio mejor, más pacífico y sereno. La tetería está decorada para la ocasión y sirven una
comida exquisita. El té de almendras no se queda atrás, sin duda una de las cosas más
ricas que he probado desde que estoy en Asia.
—La semana que he estado en el hospital me ha hecho reflexionar mucho sobre mi vida
y las relaciones que tengo con la gente. Siempre me ha costado despedirme y separarme
de los que conozco. Me he dado cuenta que a lo largo de mi vida me he ido
acostumbrando más y más a las despedidas y llegó un momento en el que empecé a
distanciarme—me cuenta Giovanni.
—Bueno, yo cada verano que pasaba con mi tía en el pueblo no podía acabarlo sin una
tremenda llorera que me duraba varios minutos. Me dolía tener que separarme de ella.
Pero yo sigo siendo así. Cada vez menos pero no puedo evitar angustiarme al despedirme
de la gente que conozco y sobre todo con la que conecto de forma especial. Quizás vaya
despegándome poco a poco pero es el precio que tengo que pagar por viajar tanto y dejar
gente atrás. Es algo que siempre irá conmigo—. Nos vamos a dar una vuelta por los
templos, por aquel patio en el que días atrás había bailado bajo la lluvia.
—En el hospital tuve mucho miedo, pasé mucho tiempo solo. Pensé en cómo llevo mi
vida y una de las cosas que tengo claras es que quiero retomar la relación con mi sobrina
de quince años. Su madre murió el año pasado y no se habla con su padre, que es mi
hermano.
—Bueno, para bien o para mal las relaciones entre personas evolucionan cuando tienen
que hacerlo no cuando nosotros queremos que lo hagan. De pequeña me hubiese gustado
tener más relación con mis primos por ejemplo pero no pudo ser porque ellos vivían a dos
horas en avión. Al pasar los años el destino hizo que mi primo y yo nos conociéramos de
verdad en Alemania. Me fue a visitar cuando yo estaba haciendo Erasmus allí y
conectamos como no tienes ni idea. Las relaciones se dan cuando se tienen que dar, ni
más ni menos.
— Estoy de acuerdo. ¡Mira esos pájaros! ¡Qué graciosos!
Nos paramos delante de ellos, son negros y con el pico naranja. Se mueven muy rápido.
Esa es la magia de la vida, disfrutar de estos detalles. Nos despedimos de ellos atraídos
por una música que nos invita, que nos llama. Viene de una de las salas. Nos acercamos y
descubrimos sonriendo que una de las monásticas estaba aprendiendo a tocar el arpa
china. Nos asomamos tímidamente, con intención de no molestar ni invadir su espacio
pero se dan cuenta y nos invitan a pasar con un gesto amable. Nos sentamos y nos
quedamos embelesados con esa belleza musical que se despliega ante nosotros, esa
música que suena lejana pero que está presente, está aquí conmigo. Nos quedamos un
rato ahí pero nos damos cuenta de que nos tenemos que ir. Nos despedimos y les
agradecemos el gesto.
Giovanni y yo nos despedimos, es la hora de cenar. Todo transcurre como de
costumbre, esa costumbre que no lo era tanto al principio, pero que día tras día se ha ido
enraizando en mí. ¡Qué curioso es el proceso de adaptar nuevas costumbres, nuevas
formas de sentir y vivir!
Después de cenar Ceska y yo nos fuimos a ver la luna, está preciosa hoy. La luz de los
faroles y del templo dibuja una escena de película, irreal. El viento me refresca la cara y el
sonido de las chicharras y las hojas moviéndose me tranquiliza. El color del cielo es rojizo,
un rojo intenso que junto con la luna forman una postal magnífica en la que descansar y
observar lo que nos rodea. No podría despedirme de este fantástico paraje de otra forma.
Mi última noche en la residencia avanza sin cambios pero esta vez soy consciente de que
al siguiente día me acostaré sobre otra cama, bajo otro techo.
Por la mañana recogemos nuestras pertenencias y nos vamos, el autobús rumbo a
Taipéi nos espera en la entrada. Como en todas las despedidas, las chicas de la residencia
vienen en grupo a cantar y a darnos las gracias por haber venido. Tomamos cientos de
fotos, ¡cómo no! y nos subimos al bus. Los estudiantes forman una cadena agarrándose
las manos en el trayecto hasta la salida del templo. Se despiden agitando las manos y yo
me emociono, claro.
· 69
El bus es muy moderno y hay una tele que reproduce, sin parar, música budista de
karaoke. Miro por la ventana. ¡Cómo me gusta observar el país donde estoy desde un
autobús o un tren! Es una forma más lenta, más transitoria de hacerlo. Se saborea mucho
más el paisaje y la gente que se escudriña allá a lo lejos, en sus hogares, en su día a día.
Hacemos una parada en el camino para ver a los padres y al hermano de Máster Miao
Roon. La madre tiene 54 años y parece su hermana, ¡qué harán estos asiáticos para
mantenerse así! Nos tratan muy bien y nos dan comida para el viaje. ¿No es eso un gran
detalle? Nunca hubiese imaginado que podría comer en un autobús con palillos y para más
colmo, ¡sopa! Pero bueno, para todo hay una primera vez.
El fuerte verdor que ilumina el paisaje se difumina poco a poco y un gris agresivo toma
su lugar. Hemos llegado a la gran ciudad… Definitivamente cada vez me atrae menos la
urbe, la naturaleza es la que me llama. El ruido me cansa y la banda sonora que quiero
tener de fondo no es la del incesante pasar de motorizados.
Máster Miao Roon nos da a cada uno un billete para el tren que nos llevará de Taipéi a
Toucheng. Nos espera un fin de semana de retiro en la naturaleza, en un templo escondido
en las montañas, aislado de lo que considero mal llamamos civilización.
Llegamos a Toucheng y desde ahí andamos en la oscuridad hacia el templo. Se nota
que hace más frio por la altura y no vemos casi nada. No tengo miedo pues las ganas de
aventura ya bombean mi sangre. Después de unos cuarenta minutos vemos unas luces
ligeras a lo lejos, ¡hemos llegado! Como recibimiento nos entregan a cada uno un bol con
té. El primer sorbo me provoca arcadas, ¡es muy amargo!
«Si os lo tomáis todo os calentará, es muy bueno para la salud», nos dice la única
monástica que está a cargo de este templo tan precioso. Es una mujer de pequeña
estatura pero robusta y en la cara se le ve la perspicacia y la sabiduría que únicamente
una persona que vive sola en un lugar así podría tener.
Me termino el té amargo, cómo fiarte de un té con ese nombre, y su sabor se me queda
en las amígdalas tal y como lo hace la bilis, de una forma intensa y permanente. Primera
prueba superada. Ahora tenemos que ir al templo, saludar al Buda y dividirnos en grupo
para las distintas actividades que tenemos, actividades de destreza, de pensar y de
observar. Nos lo pasamos bien. Llega un momento, después de juegos y risas, en el que la
monástica se pone seria y nos dice que nos sentemos en el suelo. No sabíamos lo que nos
esperaba.
«Ahora empieza la aventura, no hay vuelta atrás. Si estáis aquí es por algo. Os explicaré
las normas de este fin de semana. Lo primero que vais a hacer es quitaros los zapatos y
los calcetines, durante los dos próximos días caminaréis descalzos. Creedme, es más
sano. Está prohibido usar cámaras, móviles o cualquier aparato electrónico. Habéis venido
aquí para disfrutar y conectar con la naturaleza no para estar en un mundo ficticio. ¡Ah! Y
por último… no podéis ducharos, ni hablar hasta mañana por la mañana y cocinaréis
vosotros solos. Mañana os daremos las herramientas necesarias».
Yo pensando, esto no puede ser… ¡Cómo no voy a hacer fotos de un sitio tan bonito! Y,
¡cómo voy a andar descalza con lo friolera que yo soy! Y, ¡cómo voy a estar sin ducharme!
Y bla, bla, bla… Era mi ego de nuevo, que amenazaba con volver. La promesa que me
había hecho de romper barreras, de andar descalza en lo desconocido, parecía
desvanecerse, perder su fuerza. Ahora que llegaba la prueba de fuego parecía darme
miedo y mi ego tiraba de mí hacia atrás para que no alcanzase mi objetivo. Sin embargo, ni
corta ni perezosa cojo a mi ego, lo dejo en uno de los zapatos y me voy descalza. Ahí te
quedas.
---
Nos levantamos y observo mi entorno. Tengo los pies un poco fríos, no he dormido muy
bien en el saco pero eso no me impide ver la belleza inmensa que me rodea. El río está
literalmente incrustado en la casa. Pasa tan, tan cerca que parece mentira que sea de
verdad. Huele a leña y ese olor me trae recuerdos lejanos y aun así actuales. No podemos
hablar todavía, no sabemos ni qué hora es y yo prefiero no saberlo. Bajamos de las
habitaciones y nos dan un sombrero de mimbre, unos guantes y una hoz a cada uno. Y
esto, ¿para qué? me pregunto yo…
Está lloviendo y para llegar al río hay que bajar una cuesta de asfalto y pasar por todas
las piedras. Sí, pisar descalza duele, bastante. Duele con cada paso que doy pero al volver
al asfalto es como ver el cielo, como caminar de nuevo con zapatos. Andar por lo
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desconocido duele pero llega un momento en el que te acostumbras, sobre todo si te
centras en no recalcar que es desconocido y sigues caminando.
Nos dividen de nuevo en grupos de chicos y chicas y nos dan un mechero y
carboncillos. ¡Ale, a cocinar! ¡Si no conseguís hacer fuego, no coméis! Al principio nos
cuesta hacer fuego porque las ramas están mojadas y no arden pero seguimos
intentándolo. Recorrimos el camino y la orilla buscando cualquier cosa que pudiera servir
para avivar el fuego; hojarasca, palitos… ¡lo que sea!
Poco a poco el fuego va creciendo y se alimenta al soplarlo. Construimos un fuerte de
piedras alrededor y parece que la llama por fin se anima a ayudarnos. Una vez que lo
conseguimos nos traen ollas y comida para preparar; noodles, tofu, setas y calabaza. Al
colocar la olla encima nos damos cuenta de que la base hecha de palos no es suficiente
para aguantar tanto peso y colocamos más piedras para que lo refuercen.
Descubro en este paraje tan extraordinario que no tengo prisa ni ansia por comer. Tengo
hambre pero no es importante, es secundario. Simplemente estoy en el momento,
disfrutando de poder cocinar en un sitio tan bonito. No me centro ni en el frío húmedo, ni en
el dolor de pies, paso de pensar cosas negativas. Mi atención se dirige a respirar, a sentir,
a vivir. Después de unos minutos el agua empieza a hervir. Descubro mientras tanto que
los palos de bambú arden muy bien así que corto alguno más con un machete.
Los chicos se acercan y ahora es que empiezan a hacer su fuego. Nosotras ya vamos
colocando los ingredientes y unos minutos después ya lo podemos saborear. ¡Sabe más
rico en un lugar así y más habiendo puesto tanto esfuerzo! Lamentablemente en nuestra
vida diaria damos por sentado tantas cosas que están ahí y que llevan un esfuerzo que
nosotros ni vemos y dejamos de apreciarlos por el camino.
Terminamos y limpiamos los platos en el río, tal y como hacía yo con mis padres cuando
nos íbamos de merendola al campo. Ya hoy en día no se puede, porque supuestamente
contamina los ríos pero sin embargo las empresas pueden echar sus mierdas y tóxicos en
él pues, ¡eso es desarrollo!
Me pongo a jugar con la hija de unos fieles que pasarán estos días con nosotros, una
pareja que vive a unas horas de aquí. La niña tiene unos seis años y no sabe inglés y yo
pues chino mandarín o taiwanés, ya sabéis… lo intento, pero nada. Sin embargo, en el
mundo de los niños todo es fácil y los idiomas no son imprescindibles. Ya me di cuenta
aquel verano en el que fui profesora de español en un campamento de República Checa y
me enamoré de una niñita rubia de seis años y no paramos de jugar y de reír.
Subimos los cacharros de la comida a la cocina y nos mandan a quitar la maleza con las
hoces. Cortamos y cortamos, arrancando las hierbas malas y las raíces que se habían
incrustado en lo más adentro de la tierra. Es relajante aunque duro.
Después de sudar y andar descalza por pinchos y ramas necesito una ducha. Me apesta
el sobaco derecho pero bueno, ¿es parte de la experiencia no? No puedo aguantar y me
voy a cambiar de pantalones, están empapados por la lluvia. Aunque sea por treinta
minutos necesito sentir el frescor y la comodidad de un pantalón seco.
Llegan unos treinta estudiantes de la Universidad Fo Guang Shan de Yilan para
compartir el día con nosotros, ¡será interesante! Lo que se avecinaba no lo podría haber
previsto ni en la peor de mis pesadillas. «Preparaos para mojaros», nos habían dicho
esbozando una sonrisa medio maléfica. Nos dividieron en dos grupos de nuevo y nos
dijeron que nos agarráramos de las manos. Regla número uno: no podéis soltaros. Regla
número dos: ¡tenéis que subir el río sin caeros! ¿¡Quéeeee!? ¿¡Estamos locos!?
Aún no hemos llegado a la orilla y mis pies ya se entumecen pensando en el dolor que
están a punto de sufrir. Nada era como lo había imaginado, era todavía peor. Pienso en
esas piedras; grandes, pequeñas, redondeadas, afiladas, de todo tipo, que se te clavan en
lo más adentro y se me arrepía el cuerpo. No sabía que existiese un dolor tan intenso
como aquel, es como si se te clavaran mil agujas en lo más adentro de tu ser. Nos caímos
varias veces, nos mojamos hasta la cintura y creo que fueron los veinte minutos más
dolorosos de mi vida. Subimos en grupo río arriba, sufriendo en cada pisada, llorando por
dentro. Minutos después el infierno se acaba, teníamos que volver a las habitaciones.
Pienso en que el dolor es pasajero pero, ¡qué difícil es pensar así cuando estás sufriendo!
El dolor es lo que hagas de él. Mientras escribo en el diario la niña se acerca:
— ¿Qué haces?
—Estoy escribiendo, ¿y tú?
—Estoy aquí.
A lo que abre mi cuaderno, pinta mi silueta y escribe al lado en chino: «mi amiga».
«Estoy aquí», ¡vaya respuesta más inocente y sabia a la vez! Esta niña en su vida anterior
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debió dedicar la mayoría de su tiempo a contemplar o meditar porque refleja un saber que
no es normal en una niña tan pequeña. Te mira con una dulzura y saber estar que indican
que sabe más de lo que dice.
Por la tarde toca otra tanda de juegos, esta vez nos dividen en parejas. Me tapan los
ojos y mi compañera tiene que guiarme. Ceska con su voz inocente y bajita me va diciendo
por dónde ir. Yo me fío de ella pero no sé si fiarme de mí misma, ¡vaya frase tan dura! Nos
toca subir a lo que a mí me parece una vía de tren, muy estrecha para caminar con holgura
por lo que hay que ir poco a poco, paso tras paso. A mí me da miedo, pienso que me voy a
caer (y es que tengo un gran registro en este campo de estudio) y me voy a torcer el
tobillo. En mi mente la distancia al suelo parece muy grande pero sigo andando. Cuando
termino descubro que lo que me separaba del suelo eran unos escasos centímetros. La
realidad al final de cuentas es cómo la percibes y lo que haces con ella, el poder está en la
mente.
Nos devuelven nuestros zapatos y una alegría inmensa me recorre por dentro. ¡Qué
agradable es volver a andar sin tener que pensar en que te va a doler!, ¡hasta puedo correr
y todo! El dolor se acaba olvidando, se queda atrás. Fue una experiencia distinta estar tan
en contacto con todo, estar desnuda de pies y alma. Fue un día intenso, lleno de
actividades en grupo, actividades sencillas pero que siempre ocultaban una moraleja.
A la hora de la comida bendecimos lo que vamos a comer, como de costumbre, pero la
monástica nos anima a que lo hagamos de nuevo, con el corazón. Yo, cierro los ojos y lo
siento de verdad. Agradezco el tener comida, el hecho de que alguien hubiese invertido su
tiempo en cocinar para tanta gente y el estar o sentirme en familia. Cogemos la comida y
nos vamos a un rincón idílico, como todos en este lugar. Bajamos por unas escaleras de
piedra antigua y desdibujada por el tiempo. El patio con tierra nos invita a entrar. Las vistas
de las montañas no podrían ser mejores; se dibujan con esos templos que las decoran a lo
lejos.
En el grupo hay varios estudiantes de la universidad. Uno de ellos se sienta a mi lado y
hablamos. Él estudió Bellas Artes y ahora está en el primer año de la carrera de budismo.
Es un programa que dura cuatro años, todos viven al estilo monástico, juntos y tienen que
organizarse para cocinar para todo el grupo. Estudian y aprenden cómo hacer los servicios
y ofrendas, igual que nuestro programa pero más intenso y largo.
Hablamos sobre las diferencias del budismo tibetano y el de China, la corriente de
Mahayana, diferencias que antes desconocía.
«Una de las disparidades es que en el budismo tibetano hay muchos más ritos y tiene
mantras, plegarias que se entonan. A mí me gusta recitarlas, me da paz», me comenta. Me
entrega varias pegatinas circulares con una pagoda en el medio y me explica que son
mantras, sonidos que tienen poderes espirituales al ser recitados. Me señala el grande y
me dice que debo colocarlo en el marco de la puerta de mi casa así todos los seres que
pasen por debajo de él, serán bendecidos. El espectro budista se hace cada vez más
grande y yo doy vueltas entre sus enseñanzas y diferencias, adaptando sus distintos
colores, como una camiseta blanca que se tiñe en una lavadora.
Por la noche nos esperan más sorpresas. Máster Sin Yun nos lleva secretamente en el
coche. No doy crédito, estoy en un coche con dos monjas delante, a cada cual más liberal
y una de ellas conduce como si le fuera la vida en ello. «Me encanta conducir rápido. Antes
me ponían multas pero ahora ya sé dónde están los controles de velocidad», nos dice
riéndose.
Nos pone música religiosa de fondo, será para compensar lo rápido que va, o para que
nos vayamos en paz en caso de que pase algo, digo yo. Yo no hago más que flipar, no
encuentro otra palabra. Y yo pensando en mi cámara… qué buenos momentos se está
perdiendo… y me digo a la vez, ¡disfruta, la mejor cámara es tu mente!
Pasamos por varios templos, esta vez taoístas. Yo ya me pierdo entre las diferencias,
pero intento vislumbrarlas. Me parecen un poco más recargados, con figuras de dragones
y donde predominan los colores dorados y rojos.
No solo nos pasearon sino que nos llevaron a un sitio mágico para cenar. Nos dieron a
cada uno dos cajitas y un vaso. Cuando los abrimos para nuestra sorpresa había
¡hamburguesas y pizzas vegetarianas!, ¡qué bueno estaba madre mía! Y para rematar
limonada caliente. Sin duda lo mejor eran las vistas; la luna llena, mi eterna amiga y
consejera y el puerto de frente. Observamos a los barcos saliendo a faenar desde nuestra
atalaya.
Minutos después nos llevan al mar. ¡Estoy viendo el Océano Pacífico por primera vez! El
mar de la paz, el calmado. Hay algo cautivador que me embelesa cada vez que veo a la
luna en un nuevo escenario. Nos quitamos los zapatos y jugamos en la orilla. ¡Qué gusto
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sentir la arena húmeda entre los dedos! Respiramos su aire una vez más y yo me despido
de esta luna que me llena de energía, me despido hasta la próxima.
Al llegar al templo nos invitan a tomar té y entre anécdotas nos confiesa que renovarlo y
construir las zonas nuevas fue una tarea ardua que hizo sola. Cuenta que todos los días
llevaba unas dos mil piedras de un lado a otro, que hizo los asientos sobre los que
estamos sentados y que construyó la estación de agua de la que bebemos. No solo eso
sino que decoró cada rincón que vemos. En esta sala los carteles con caracteres chinos
son testigo de lo acogedor de este lugar.
El tiempo pasa entre té y té, hablando sobre el templo, sobre medicina china y los
fundadores. Incluso nos llega a hablar sobre los fantasmas que viven con ella y sostiene
que son sus amigos, que hay muchos pero que no hacen daño. Perfecto, esta noche no
voy a poder dormir o por lo menos no me voy a mover de mi saco.
El último día meditamos en el río. El sonido del agua penetra mi ser y me permite
meditar más profundamente. Definitivamente medito mejor si hay un sonido de fondo y,
¿qué mejor que la naturaleza te acompañe en ese viaje? Pasa lo que para mí son
cincuenta minutos y abro los ojos. Todos los colores se presentan más claros, más vivos.
Todo cobra sentido.
Nos llevan a la entrada de nuevo, huele a despedida. Nos espera un cuenco de té de
jengibre a cada uno y nos cuenta lo beneficioso que es; ayuda a la circulación y previene
los resfriados. También nos invita a comer por última vez. Un Siu Bao vegetariano, un bollo
blanco y suave que normalmente está relleno de cerdo y arroz glutinoso envuelto en hojas
de bambú.
Jugamos al escondite probablemente sin ser conscientes de la suerte que teníamos por
haber podido convivir con esta gran mujer en este increíble paraíso. Con tanta sabiduría y
aprendizajes nuevos nos despedimos de Máster Sin Yun, una mujer asombrosa. Ahí se
queda, con su templo querido, donde siempre ha pertenecido y a donde siempre
pertenecerá.
Nos vemos sumidos en un ciclo de contrastes sin siquiera saberlo. Un nuevo templo nos
aguarda, el de Ling San, un edificio artificial que nos aleja de lo que acabábamos de vivir.
De ahí los contrastes. Esa noche duermo, no sin antes quedarme embobada debajo de la
ducha, en una cama que se asemeja a la de un hotel. De dormir en el suelo en un saco
con un frío que pela a una cama muy cómoda, con televisión y agua caliente, café y
cepillos de dientes. Confundida entre lo contradictorio y la realidad caigo en la cuenta de
que así es el mundo en el que vivimos.
Nos dejamos perder por las calles de Yilan o son sus calles las que nos pierden. Los
mercados típicos taiwaneses, las tiendas de colores y los templos celestiales adornan cada
esquina. Nos invitan a probar chou doufu, un alimento que se obtiene a partir de la
fermentación del tofu, un plato suculento de este país, o eso aseguran. Literalmente
significa tofu apestoso, así que os podéis imaginar cómo sabe. El puesto ya olía desde
lejos pero dicen que cuanto más huele, mejor. Yo no sé si pensar así o salir corriendo. Me
atrevo a probarlo, la parte de fuera es dura y por dentro es blando. El sabor es intenso y se
queda en la parte superior del paladar. Me recuerda al sabor de cochino sin capar, amargo
y fuerte. Es una mezcla extraña entre olor de váter y bilis. Como experiencia está bien pero
ni una más, Santo Tomás.
Con semejante sabor de boca nos vamos a Taipéi. Las montañas, los arrozales y mi
música de fondo son mis acompañantes durante el viaje. Nada más llegar a Taipéi el ruido
invade cada palabra, la prisa se percibe y las caras se dibujan menos alegres. Me siento
como al principio de la película Baraka, con tanto cambio brusco de la montaña a la ciudad,
de lo místico a lo urbano, de la sencillez a la prisa, de la naturaleza a lo gris artificial.
No, no me quejo. Simplemente observo y voy percibiendo lo que me gusta y lo que no.
Aquel día en el que anduvimos descalzos por el rio, sintiendo ese dolor tan intenso de las
piedrecitas golpeando mis nervios, me preguntaba si la evolución humana es en realidad
evolución. Durante siglos los humanos anduvieron descalzos, sintiendo la naturaleza a
cada paso que daban y hoy en día no aguantamos ni unos minutos andando sobre piedras.
¿No resulta irónico? Parece que la supuesta evolución nos aleja en parte de donde
venimos, de lo que en realidad somos. Recuerdo a la vez, sin conexión aparente, la
conversación que tuve días antes con Vero al entrar en una pista de baloncesto donde
había chicas jugando.
—Mira, chicas jugando al baloncesto en pantalón corto. Te gusta, ¿eh? —le digo a Vero
con una sonrisa socarrona.
—Sí, bueno, para mí es bastante normal.
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—Me quedo pensativa y contesto. Bueno, para mí no. No suelo decir a todo el mundo:
«Mira a esa chica qué guapa o qué buena está» siempre me reservo, me lo guardo para
mí, es algo que no comparto mucho por miedo quizás, por el qué dirán. Es algo que no
acabo de interiorizar (o exteriorizar). Simplemente no se lo cuento a todo el mundo. Quizás
tengo miedo a que me etiqueten o me juzguen.
—Es algo normal, siempre cuesta.
Seguimos hablando, andando abrazadas y por primera vez me siento algo más
conectada con ella. Me escucha y me entiende.
—No sé si volver a ver a la chica con la que estaba saliendo antes del programa—me
dice preocupada.
—Bueno, quizás tengas que valorar lo que te aporta esa persona, si merece la pena o
no.
— ¿Aportar? ¿No deberíamos pensar mejor qué es lo que podemos ofrecer? Si
esperamos a que la otra persona nos complemente, nos aporte lo que nos falta,
probablemente nos acabe decepcionando—. Reflexiono sobre lo que me acaba de decir y
me doy cuenta de que a lo largo de mi vida he mirado al amor exactamente de la misma
manera que hacía con la religión; errando de la misma forma. Buscaba a alguien o algo
que me completara, como un tipo de necesidad, cuando la que estaba incompleta era yo,
pero por dentro. No iba a encontrar nada fuera que no pudiera encontrar dentro de mí.
Algunas veces las sombras me persiguen y yo juego a esconderme pero no me pillan y
sigo andando. Relativizo sobre el amor y la religión en un vagón de tren, atestado de
gente. Parezco estar en otro mundo, pensando en mis cosas.
«Alba, ya hemos llegado», me grita el grupo. Despierto y salgo del vagón todavía
ausente, todavía analizando mi forma de ver el mundo y lo que me rodea. Vamos a visitar
el mercado nocturno de Raohe Street, uno de los tantos que hay en Taiwán, y yo me dejo
cautivar ante tanto manjar culinario. Ante la comida, no hay dilemas sobre amor ni religión
que valgan. Como sepia con ajo que parten milimétricamente de una forma casi militar, un
perrito caliente envuelto en una cobertura frita con sabor dulce y batido de mango. Pero sin
duda lo que más me sorprende es ver un puesto de bollitos de Doraemon de todos los
sabores. Ah bueno y, ¡cómo olvidar al perro vestido de reno y con un jersey con motivos
navideños en uno de los puestos! Este mercadillo es una oda sin complejos a la
independencia de lo Made in China que aquí orgullosamente se sustituye con un Made in
Taiwan y ya. Lo mismo pero con distintas letras.
La calle está hasta arriba y hay literalmente de todo; desde puestos de comida, a
tiendas de ropa y tiendas de todo a cien, de las de verdad. Al principio me gusta, me llama
la atención pero no tardo en cansarme abrumada con tanto neón de color e invitaciones al
consumismo masivo. Escapamos del ruido, de las copias infinitas de un mundo paralelo y
de los centímetros cúbicos atestados. Huimos y tal y como Ceska y yo habíamos
preparado, visitamos Maokong, un lugar al que solo se puede acceder en teleférico. Nos
perdemos entre árboles, plantaciones de té y caminos entrecruzados. Maokong es un
respiro sano y profundo, es un escape rápido de las grandes masas; es un oasis fresco y
aunque el edificio 101, el más alto de Taipéi, se desdibuja a lo lejos, seguimos caminando,
en busca de algo distinto y revelador. Con varios templos y mujeres recogiendo té
alrededor, nos paramos en un tramo del camino, hace calor y estamos cansados.
—Kimi, ¿me puedes despertar cuando vuelvas por aquí? —le pregunta Alex mientras se
tumba en la hierba.
—Alex, no te lo puedo asegurar. No sé en qué camino acabaré—contesta sabiamente y
se aleja andando.
Ahí me quedo enlazando una metáfora al analizar los diferentes tipos de personas que
hay. Unos esperan o desean que alguien los despierte, como si no pudieran hacerlo por sí
mismos. Son víctimas de la espera constante, del deseo de que alguien ajeno les motive a
salir de la rutina, de su zona de confort. En cambio otras andan y andan, sin saber el
camino y van haciendo camino al andar. Las preguntas típicas del ansioso y del
preocupado constante tales como: « ¿Dónde estamos?» y « ¿A dónde vamos?» no están
en su vocabulario sino que siguen caminando y disfrutan del viaje, del ambiente, de los
pasos recorridos.
Sin duda alguna creo que el segundo tipo de actitud es la más valiente y atrevida y
personalmente me gusta más, es a lo que aspiro. Creo que me quejo demasiado y
pregunto muchas veces « ¿A dónde vamos?» cuando no debería importarme. El camino
no es lo que es sino lo que haces de él. Si es abrupto, ¡pues allánalo! Si es llano pues,
¡colócale algunas montañitas por aquí, unas cuestas por allá…! Si no ¿Qué aburrido sería,
no? Disfruta de los altibajos pues la esencia de la vida se encuentra no en saber sortearlos
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sino en aceptarlos al son de su llegada. Son la esencia de lo que eres, de lo que aprendes.
Andar es vivir.
Seguimos nuestra ruta más vivos que nunca ya que anduvimos por todas partes,
sometiéndonos al deber del turista de absorber todo en poco tiempo, fuimos guiris en toda
regla. Vimos Maokong, un lugar en el que desconectar de la gran metrópoli es muy fácil,
hicimos una parada en la estación central para comer y visitamos sitios imprescindibles
como el templo Longshan y el mausoleo de Chiang Kai-Shek.
El templo fue impresionante, me dio muy buena energía desde el primer momento. Nada
más entrar una plaza enorme te acoge, te recibe, te da la bienvenida, seas quién seas. La
gente se agolpa en los bancos que están estratégicamente colocados a ambos lados del
patio. Hay gente por todas partes; señores sentados en los escalones y dando vuelta a los
rosarios, jóvenes dejando incienso en los altares… Niños y ancianos leen sus libros
sagrados y hacen reverencias, todo el mundo tiene un hueco aquí.
Me inspiró una gran espiritualidad ese espacio abierto lleno de alabanzas y buenas
vibras. Embelesada por la belleza de aquel lugar no dejé ni un instante de hacer fotos para
retratar ese momento. La mezcla de budismo y taoísmo que tienen algunos de los templos
en Taiwán me gusta, me equilibra. Es una armonía silenciosa pero notable y creo que la
adaptación de varias religiones en una misma cultura es un gran paso para la tolerancia
mundial.
El monumento a Chiang Kai-shek es un edificio enorme y cuenta con una explanada de
1.200 metros entre los que se encuentra el teatro nacional y unos jardines preciosos.
Chiang Kai-shek fue un militar y líder de los nacionalistas. Al perder contra los comunistas,
él y su partido se refugiaron en la isla de Taiwán, donde gobernó de forma autoritaria hasta
el año 1975.
Aprendí un poco sobre la historia de Taiwán, de su incesante lucha por la
independencia. ¡Ah! y comí noodles con setas. A veces cuando leo lo que escribo me
recuerda a los diarios que tenía de pequeña en los que escribía: Hoy he desayunado
cereales y me he ido a casa de mi abuela y he comido patatas fritas con pollo y luego
hemos ido al parque pero Chispa se cansaba así que volvimos y cenamos tortilla. ¡Qué
felicidad la de un niño! O la de un oso…porque como bien dice Winnie the Pooh:
—Cuando te levantas por la mañana Pooh—dijo Piglet, ¿qué es lo primero que te dices
a ti mismo?
— ¿Qué hay para desayunar?—dijo Pooh. ¿Y tú, Piglet?
—Yo me pregunto, ¿qué va a pasar hoy que sea emocionante? —contesta Piglet.
—Pooh asintió con la cabeza, pensativo. Es lo mismo, contestó.
---
Me siento muy cansada en este nuevo día, como si me faltarán las fuerzas con tanto
cambio. Bajamos en grupo a desayunar para contarle a Máster Miao Roon todo lo que
hicimos ayer. Parece la madre del grupo, nos cuida y nos da consejos, es un alma pura. Yo
la miro y me pregunto cómo puede desprender tanta bondad, tanta sabiduría y sencillez a
la vez. Te dice las cosas con una ternura y delicadeza que es difícil encontrar hoy en día.
Resumimos lo de ayer y exponemos lo que vamos a hacer hoy. Los chicos se van al
campo, yo prefiero quedarme y descansar. Duermo unas tres horas y me despierto
pensando que me podría haber ido con el grupo. Paso de remordimientos, arreglo mis
cosas, hago la maleta tranquilamente y disfrutando. Canto alguna canción que otra, no sé
por qué me vienen las de Laura Pausini, y escribo algunas postales con mucho cariño. Me
tomo un té con almendras de sobre y me voy por ahí, a explorar. A andar sin saber a
dónde, en un país que no conozco y al que no me hubiese imaginado venir este año y sin
embargo el destino quiso que lo visitara. Mi país número veinticinco, ¡qué gran número!
Veinticinco países, veinticinco experiencias, veinticinco formas de ver la vida, veinticinco
corazoncitos que viajan siempre conmigo.
Bajo las escaleras del edificio con un poco de incertidumbre e incluso intriga. Mando las
postales, ando por la primera calle que veo todo recto ya que no sé la dirección (ejem, todo
está en taiwanés) y llego a un parque muy bonito. En el centro de la jungla hay un
pulmoncito pequeñito, un lugar en el que descansar y observar.
Encuentro un sitio para sentarme, frente a un grupo de señores que juegan a lo que a mí
me parecen las damas pero no es. Es curioso como en la mayoría de los países en los que
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he estado los hombres suelen ser los que juegan en los parques. En Turquía el tavla, un
juego de mesa conocido mundialmente como el backgammon, en India el criquet y en
España la petanca, por nombrar algunos. En todos estos lares he conseguido establecer
un factor común, un intento de estudio sociológico. Por una parte están los que juegan y
por otra los que observan. Unos mueven las fichas y otros dicen cómo moverlas desde
fuera o critican los movimientos desde su lugar cómodo e inofensivo.
A mi derecha hay dos mujeres bailando, de hecho me he sentado aquí para verlas, es
un baile que se parece a la salsa pero más tranquilo. Se podría decir que es una mezcla
moderna de jazz, tango y salsa que jamás había visto antes.
Aquí hallo el silencio, por fin. Un silencio que se escondió en Ximending, aquel lugar
ensordecedor que llaman el pequeño Harajuku de Taipéi, aquel lugar que visitamos hace
unos días. El consumismo lleno de carteles luminosos, comida y ropa llenaba aquel lugar
del que quería salir y que, irónicamente, no me impulsó a comprar sino todo lo contrario.
Sigo andando pues la ciudad me impulsa a hacerlo, observo los pasos de peatones
ágiles, cómo se comporta el ciudadano de a pie, los puestos de comida y me adentro en lo
que parece ser un templo. Sigo andando y de repente me encuentro a un grupo de gente
esperando para entrar a una sala. Están muy serios, a lo lejos veo a uno de ellos que
sostiene una urna. Patitas para qué os quiero… me doy la vuelta en cuanto me doy cuenta
de que no estoy en un templo sino en un crematorio. Blanca y pálida salgo pitando y del
susto casi me choco con la furgoneta que llevaba las flores mortuorias.
Desubicada y con el corazón acelerado sigo andando. Mejor me voy, dejemos a Taiwán
atrás.
«Cuando
te
sientas
desequilibrado,
siempre
recondúcete
con
sabiduría.
Dondequiera que vayas, usa la compasión para hacer la vida de los demás más sencilla».
Encuentro esta frase que me llama la atención en los 108 pasajes de sabiduría, un libro
que regalan en el aeropuerto.
Manila, de nuevo
L
legando a Manila, a pocos minutos de aterrizar siento que vuelvo a casa, en parte.
Me apetece llegar y tumbarme en mi camita, esa cama que ya es parte de mi hogar.
Quiero descansar y reflexionar sobre estos días y guardar en mi maletita de viaje lo que
necesito y abandonar lo que no. ¡Ay qué bien suena el filipino! ¡Idioma divino, natural y
poético! ¡Nada que ver con el chino! La gente habla tres o cuatro tonos más alto, hay más
ruido y gesticulan mucho más. Sí, he llegado a casa. Me siento desajustada en un nuevo
ajuste cultural, desafinada en una nueva nota que danza sobre un mismo pentagrama.
Viajar y vivir viajando es lo que tiene, es una continua melodía de adaptaciones.
Entramos al templo de madrugada y al lado de Quan Yi, la bodhisattva representada en
forma femenina por los chinos y que me recuerda ligeramente a la figura de una virgen,
hay un montón de sacos apilados. La realidad nos recibe, son sacos y cajas con comida y
ropa para los afectados del tifón Yolanda.
Dormimos unas horas escasas y bajamos a ayudar en la planta baja, que se había
convertido en toda una improvisada sala de operación de emergencia, en la que
empaquetar ropa, mantas y comida. Toda ayuda era poca. La eficacia y rapidez de la
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organización me asombró. Al doblar las camisetas me encuentro con tallas XL, L, M, de
todos los colores, para hombre, mujer…pero cuando llegó a mis manos ropa de bebé me
emocioné de verdad. Pensar que es real y que todavía sigue habiendo gente afectada,
sobre todo niños, me eriza la piel. Por otra parte, el ser testigo de tanta solidaridad de la
gente que ha donado, los intermediarios como Mabuhay Temple y los que están en la zona
ayudando, me hace creer de nuevo en la humanidad. Unas mil bolsas salen de este templo
a diario y todo el mundo se ha volcado.
Los alumnos me preguntan que qué tal Taiwán y yo pensativa no sé cómo describirlo en
pocas palabras. Me vienen a la mente muchas imágenes, experiencias y buenos
momentos. Como cuando servimos comida para 600 personas y disfruté de cada porción
que servía o cuando fuimos al balneario y me tomé un baño de agua caliente con té de
almendras. O cuando comimos lo que nosotros mismos habíamos cocinado en la fogata
debajo de un puente en el medio de las montañas. O aquella vez que fuimos en autobús y
vi arrozales y templos desde la ventana. O cuando comimos hamburguesa y pizza
vegetariana frente al puerto, a la luz de la luna. O cuando metí mis pies por primera vez en
una playa de Asia y fue tan intenso que me metí de espaldas y pedí un deseo a la luna,
como en la noche de San Juan. O cuando me acompañaron al médico y el doctor no
hablaba ni una pizca de inglés. Cada momento, cada lugar, cada persona que me encontré
en el camino tuvo y tiene su propósito, su fin en mi crecimiento.
Tras volver de Taiwán me siento distinta, todo me parece más fácil, más llevadero. Ya
no me molesta ir al morning chanting ni siquiera miro la hora, no me ofusco en lo que no
me gusta pues ya se ha convertido en un hábito. El comedor me parece hasta pequeño y
es mucho más fácil andar con el Hǎi Qīng que antes. Pero hoy me siento rara, nostálgica,
con ganas de llorar y no sé por qué. Será por el cambio de clima, será porque todavía
estoy asimilando todo lo que hemos visto, lo que hemos hecho. Todas las enseñanzas, las
personas que he conocido, lo que hemos visto en un periodo tan corto. Quizás necesite
tiempo, eso es todo. Después de un viaje tan intenso suelo volver a casa quizás sea eso lo
que eche en falta.
Me pregunto qué es lo que he hecho para merecer una amabilidad y compasión así de
sincera por parte de tantas personas. Me respondo entre cuestiones que quizás no sea lo
que yo he hecho sino lo que ahora tengo que hacer, cómo tengo que devolver tanta
generosidad y buenos sentimientos a los demás. Algunos de nosotros siguen en Taiwán,
de mente. Algunos siguen apegados a recuerdos, momentos o personas. Unos se sienten
agradecidos, otros nostálgicos o incluso tristes.
Me preguntan y me siguen preguntando: « ¿Cuál es tu lugar favorito de Taiwán?» y es
que yo no puedo dar una respuesta concreta, definitiva. Tengo tantas anécdotas que me
cuesta resumirlo. Siento que mi mente no está aquí o la parte que está, está muy alterada
y sobrecogida. Creo que necesito cerrar este cuaderno para cerrar el capítulo y seguir
adelante.
Algo que me pasa muy a menudo con mis viajes es que cuando escribo un cuaderno
que está dedicado a un viaje en particular y lo dejo sin terminar por cualquier razón, me
crea algo de angustia, de zozobra y necesito acabarlo, cerrar el círculo. Si no tengo más
palabras que añadir pues pego entradas a monumentos, billetes de metro o cualquier
papelito que sirva de memoria transitoria. Algo que me ayude a terminar para continuar, a
cerrar para seguir.
Las palabras de anécdotas, curiosidades y alguna que otra rareza se empeñan en pintar
cada línea del cuaderno, en trazar cada renglón con esmero y cuidado, para que los
recuerdos queden intactos, bonitos, puros. Entre renglones de lucha, sorpresas y
aprendizajes que se suceden en el tiempo desempolvo el de aquel día que me uní
voluntariamente a una campaña médica organizada por el templo. Fue una experiencia
distinta, algo que me despertó y me hizo ver cómo doy, o damos, las cosas por sentado en
esta sociedad cada vez más cínica. Doy por sentado que todo el mundo tiene acceso a la
sanidad, ¡qué iluso ese pensamiento paternalista y primermundista! Ni siquiera en mi
propio país pasa pues se le deniega a personas sin papeles. ¿Personas sin papeles? Qué
definición más fea… ¿Acaso nos define un papel, un sello, una estampa que indique
nuestra situación social? Lamentablemente en muchas situaciones sí, lo peor es que nos
dejamos llevar por ese vocabulario vulgar y que etiqueta sin más.
Llegamos a un barangay, un barrio, a las afueras de Manila donde nos recibe el alcalde.
La cola llega hasta fuera del recinto. A mí me han encomendado la tarea de entrevistar a la
gente que está allí esperando ser atendido por los médicos volutarios. Niños, estudiantes,
señores mayores, bebés… gente de todas las edades, cada uno con una historia distinta.
Lo que me conmovió de esta actividad fue ver esas caras de felicidad al recibir los
medicamentos que necesitaban y no podían costearse. Aunque nunca he creído que la
· 85
situación de las desigualdades de este mundo se resuelva dando el pez sino enseñando a
esa población a cómo pescar, esta intervención en concreto fue rápida y eficaz. Con
entrevistas y curiosidades, recuerdo a una señora que no puede andar desde que nació y
salió llorando de allí al recibir una silla de ruedas.
«Ahora podré ir al centro comercial y no tendré que alquilar una silla de ruedas», me dijo
sonriendo. Este tipo de experiencias me siguen moldeando y yo se lo agradezco al camino,
que es mi mayor gurú.
---
De nuevo los extremos sentimentales viajeriles vienen a visitarme y yo, les pongo un
café. Me siento nostálgica, será porque llegan las Navidades y yo, sin turrón. Estoy
preparando el que para mí es el mejor regalo de Navidad que jamás pueda dar, unas
palabras desde el corazón a cada uno de mis familiares. Lloro de emoción al escribir cada
papelito delicado, cada palabra porque sale directa del xin. Sé que lo apreciarán quizás
más que un regalo envuelto pues viene de lejos y en los detalles se encuentra la esencia
de la vida.
Hoy es 25 de noviembre y siento que he aterrizado en Filipinas, todo está al revés. El
metro es lento, al cambiar de línea hay que esperar una cola tremenda para comprar otro
billete pero intento disfrutarlo a mí modo. Encontrar el orden en el caos es la única
solución. Sumergirse en el desastre desordenado para encontrarse. Manila para mí es la
ciudad caórdica por excelencia, la ciudad donde se puede encontrar el orden más bello en
un profundo caos. Su belleza se desvela ante tus ojos solo si te atreves a mirar más allá,
más allá de a lo que estamos acostumbrados. Tiene algo, un no sé qué que te activa.
Acompañada de la mano del tumulto, el tráfico, los colores y en especial el gris de este
cielo contaminado llego a mi destino. ¡Estoy en la embajada para hacer el papeleo para mi
próximo país! Un país que siempre me ha atraído, que está en Asia pero aún más lejos o
más cerca de mi hogar, depende de cómo se mire. Un país donde la diversidad es la que
reina, donde las distintas culturas convergen y se respetan. Un país tan complejo que no
se entiende tan fácilmente. Las embajadas, ese lugar tan mágico en el que con un sellito
intercambiado por un millón de papeles puedes cumplir un sueño, para ir al país que
siempre has querido. También es el lugar donde puedes ver de primera mano la eficiencia
o la ineficacia de un país. Aquí, aquí funciona todo al revés.
Bueno, os dejaré un poco con la intriga. El siguiente país que me espera es uno muy
místico, grande y dueño del crecimiento del budismo. Mientras espero a que rellenen mi
solicitud de nuevo, que por alguna razón no estaba bien, sigo escribiendo la carta a mi
familia.
Esta no es una carta cualquiera pues representa todo el amor que me habéis dado
durante tantos años. He decidido no mandaros regalos porque mi intención en estas fiestas
es que no gastéis tanto, que paséis más tiempo juntos y que disfrutéis de cada momento.
Simple y llanamente. Dejad de comprar cosas que son inneces…
« ¿Alba Gonzales? » ¡Ay, qué manía!, ¡no hay forma de que escriban bien mi apellido!
«Todo está bien», me dice una de las funcionarias, escondida en medio de una montaña
de papeles. En unos días nos pondremos en contacto contigo.
¿Habéis adivinado ya el país? Tierra del buen té, de las especias, de la espiritualidad…
¿Todavía no? ¿El país de la vaca sagrada, donde nació Mahatma Gandhi? Uy, eso es muy
obvio… ¡Sí, me voy a India!
Empecemos por el principio, porque estas anécdotas viajeras lo que tienen es que
enlazan tímida y mágicamente los lugares y abren puertas desconocidas. Era verano del
2012 y yo había decidido irme de prácticas con AIESEC, la asociación en la que era
voluntaria. Me fui a República Checa, en parte porque no sabía mucho del país, pues solo
había estado en Praga unos días y en parte porque me atrajo el tipo de práctica; enseñar
inglés y español en un campamento de verano. El campamento estaba estratégicamente
situado en las montañas, lejos del mundanal ruido y de las grandes ciudades que cada vez
me incomodan más. Allí pasé un mes y medio, intentando comprender la poca apertura
que tenía la gente que iba conociendo hacia culturas ajenas y creando actividades para
romper esos prejuicios que envenenan a la sociedad desde niños. Justo al final de la
experiencia apareció Vandana, una china india, que venía al campamento a dar clases de
inglés. ¿Te ha pasado alguna vez que conoces a alguien y desde el primer momento
sabes que será tu amiga? Es algo mágico, como si os conocierais de otra vida. Por alguna
razón que desconozco congenias al momento. Hay algo en su cara, en sus emociones, en
su alma que te dice que es la persona adecuada como para dejarle un hueco en tu vida.
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Me suele pasar mucho cuando viajo, será porque voy predispuesta o porque somos más
nosotros cuando viajamos y es más fácil conocer a la persona desde el primer instante.
Un día nos fuimos a dar una vuelta por la montaña, pues allí no había realmente «nada»
más que hacer. Disfrutando del verde, de andar sin saber dónde estás o dónde acabarás.
Anduvimos varios kilómetros, durante horas, hablando de todo y de nada, de nuestras
culturas, de las similitudes, de las injusticias de ayer y de hoy. Y conectamos. Subimos en
teleférico a Trojanovice, un lugar que en invierno sirve de estación de esquí pero que en
verano se convierte en un lugar de recreo y disfrute de la naturaleza. No paramos de
reírnos durante todo el trayecto, saludando a todo el que pasaba, retando a cada cabina a
que sonriera. Nada. Ni un gesto de alegría, ni una cara viva. La seriedad de esta población
me aturde, no había visto nunca un pueblo tan cerrado a lo externo, algo que Milan
Kundera me recordaría meses después, fiel testigo de su propia cultura.
Coincidencias de la vida, Vandana estaba viviendo en Praga pero justo cuando decidí
escribirle un correo diciendo que iba a su país, me dijo que se acababa de mudar a India.
Así que la volveré ver, en sus raíces, en su tierra.
Vuelvo al templo en un jeepney tras otro, un transporte muy común para los lugareños y
en el que es muy difícil no socializarte. En realidad es muy fácil entablar conversación con
los filipinos, incluso en la capital pero en los jeepneys al tener que sentarse tan pegados
unos con otros, no queda otra. Si no hay espacio, se hace, siempre hay hueco para alguien
más en estas furgonetas provistas únicamente de dos bancos a los lados. Los más
valientes van de pie con el cuerpo fuera, agarrados a la puerta trasera, que tiene unos
agarraderos. Los conductores no son solo conductores, son matemáticos que tienen que
hacer las cuentas de cuánto devolver a cada pasajero mientras conducen en el incesante
tráfico, empresarios voraces que intentan convencer a la gente de que vaya en su jeepney
y no en otro y hasta psicólogos que escuchan los problemas del que va a su lado.
Mientras paso mi dinero al que está sentado a mi derecha para que se lo haga llegar al
conductor, pienso en frío y me acuerdo del ruido de Taipéi y lo intento comparar, si acaso
se puede, con el de Manila. Son distintos tipos de ruidos y os diré por qué. En Manila el
ruido viene de los coches, de los jeepneys, de los triciclos, buses y del tráfico en general.
Es un ruido que va acompañado de contaminación.
En Taipéi, sin embargo, el ruido es en parte silencioso. Hay mucha gente en todas
partes pero la gente no grita tanto, es más ordenada y limpia. El ruido, el ruido es interno,
un ruido consumista, de luces que te invitan o impiden en mi caso, comprar, consumir,
aunque no lo necesites. Un ruido interno que molesta más, en mi opinión, que el externo, el
de cláxones y bullicio.
Con un para po pido educadamente, imitando a los lugareños, que el conductor pare
para bajarme. Si estás cerca del conductor te toca agachar la cabeza e incomodar con tu
culo a la altura de los que están sentados para salir. Si estás lejos del conductor también
puedes dar golpecitos a la chapa para que pare.
---
Llega el momento de estancamiento, de lentitud. Es como si estos dos meses
hubiésemos conducido un coche, uno muy grande y ahora fuese el momento de frenar,
parar, bajarse del coche y mirar el depósito de la gasolina y el cuentakilómetros. ¿Cuánta
gasolina he gastado en aprender y cuánta me falta? ¿Cuántos kilómetros he recorrido? o
más allá, ¿he disfrutado de las vistas, del camino, de las paradas que he ido haciendo? ¿Y
de las piedras, coches y en general, obstáculos que me he encontrado en el trayecto?
Me tumbo y pienso en todo esto, en la filosofía de la vida, en los cambios de los que lo
único que sabemos es que son permanentes. Entre idea e idea reviso mi correo
electrónico. ¡Me han aceptado el visado para India! Salgo corriendo a decírselo a Luis, el
brasileño que me había acompañado a la embajada. Me siento, aún entusiasmada, a
escribir a Vandana cuando de repente recibo otro email. Le informamos que una de las
plazas de auxiliar de conversación en Nueva Zelanda se ha rechazado y usted es la
siguiente en la lista. Si lo acepta tendría que estar en el país en un mes.
¿¡Quéeee!? Me acababan de ofrecer un puesto como auxiliar de conversación de
español en Nueva Zelanda, una beca que había echado a principios de año y se me había
denegado. Me entró el pánico y salí corriendo escaleras arriba, a la terraza, mi lugar de
contemplación. Empecé a andar, a dar vueltas en círculo con la marabunta y el jaleo de
Manila de fondo, que parecía ayudar e inspirarme, era mi guía. ¿Qué hago?, ¿qué hago?
· 89
Si acepto esta oferta no veré a mi familia ni a Dave en un año, ¡un año! Pero trabajaré en
lo que me gusta, en un país muy interesante y con un buen sueldo. Pero… Dave está ahí.
Le grité al mundanal ruido: « ¿¡Qué hago!? ¿Qué quieres de mí?» Pero nadie supo
contestarme… Intenté encontrar respuesta invocando a miles de gurús, religiones e ideales
pero nada sirvió.
En la clase de meditación no pude concentrarme y justo después me fui a ver al gran
Buda y me postré ante él. Sentí una paz y una liberación extraña, confusa. Aliviada y aún
confundida me fui aunque quería quedarme hablando con él, hablando conmigo. Quizás
vaya a verle más a menudo. Para aclarar aún más mis ideas hablé con Vandana, ¡qué
gran mujer y amiga!
—Recuerda que India es solo para los valientes.
—Sí, sí. ¡Allí nos vemos!
24 horas después de haber tomado la decisión de irme a India y seguir con el viaje que
tenía en mente, dejando atrás la opción de Nueva Zelanda, el arrepentimiento me invade el
alma. ¿Por qué? la decisión está tomada. ¿Por qué seguir en el pasado? La angustia se
incrusta en mi cuello y hombros y afecta al resto de mi cuerpo. Me recuerdo por qué he
decidido seguir con el viaje y me relajo, quiero estar en paz conmigo misma.
Recojo el visado de la embajada, ¡qué bonito queda en mi pasaporte! Con la foto de ese
pelo a medio crecer, con esa sonrisa feliz. Con el valioso pasaporte en mano nos vamos a
Chinatown, un barrio enorme en la ciudad de Manila. La mezcla y el caos de Manila me
atraen, me impulsan. En una calle una catedral gótica de herencia española y justo detrás
una puerta decorada que inicia el comienzo del barrio chino, ¡vaya contraste!
Entramos en un bar chino-filipino medio cutrecillo. ¡Justo lo que quería! Me encanta la
mezcla y estar rodeada de lugareños. El cartel del menú del día está colgado y con letras
desdibujadas, al lado de una virgen. Miro al otro lado, observando el lugar y veo una
deidad taoísta en la otra punta del bar. ¡Qué bonita mezcla! Miro la carta y los ojos se me
van al batido de aguacate. Nos atiende una señorita, ¡ah, no! es un chico ahora que me
fijo, un chico maquillado y con peluca. Me gusta lo aceptado que está aquí ese tema, lo
abierta que es la gente.
Como en Filipinas no es nada fácil ser vegetariano y sabía que si lo pedía sin carne iba
a venir de la misma cazuela quitándole la carne me dije que probaría algo de allí. Fideos
con cerdo. Y me arrepentí como no os podéis imaginar. Me dolió la tripa durante horas y
me dije que con el tofu seguiría bien. ¿Quizás mi estómago se haya acostumbrado a no
comer carne? Con dolores de estómago y vueltas por las callejuelas de Chinatown logro
terminar el cuaderno con un poema:
Mente y corazón
Corazón y mente
Puede que sean distintas cosas para ti
Sin embargo, yo estoy descubriendo
Cómo pueden ser uno
Mente y corazón
Porque mente es corazón
Y corazón es mente.
Algo que me llamó mucho la atención y que me hizo reflexionar sobre el curso es que en
mandarín xin significa tanto corazón como mente, son una entidad. De hecho alguna de las
monjas cuando habla sobre la mente, se señala el pecho. Al contrario de lo que pensamos
en Occidente que sin dudarlo nos tocaríamos la cabeza para hablar sobre la mente, ¿no?
¿Y si eso que llamamos corazón y razón fuesen uno?, ¿y si es más fácil de lo que lo
pintamos? ¡El dilema de corazón o razón se habría solucionado hace mucho tiempo!
Me sigo cuestionando para qué distinguir dos entes que se pelean al tomar decisiones
cuando en realidad es uno solo. Con tal dilema existencial, recibimos en el templo a los
actores de la obra de Sidarta, un musical que cuenta la vida del príncipe y que está
financiado por la escuela Fo Guang Shan. Antes de nada nos sentamos todos en un
círculo y nos presentamos uno a uno. Dudo cómo hacerlo pero esta vez intento ser más
original y contar lo que realmente me apasiona: «Hola, soy Alba, tengo 25 años y dos
carreras. Eso dicen los papeles pero yo más bien me defino como una escritora de la vida
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y de mis viajes. Me encanta escribir para plasmar cómo veo este mundo tan fantástico en
el que vivimos. Además al viajar me gusta involucrarme con las culturas que me rodean a
través de distintos proyectos para así comprender un poco más la complejidad de este
mundo, que al final es más simple de lo que creemos». Según termino respiro aliviada
pues me gusta cómo me he presentado.
Creo que nuestras experiencias nos moldean más que cuatro papeles de méritos que
hayamos alcanzado. Pero y la sociedad, ¿qué es lo que valora? «Ah, has estado en 25
países pero… ¿cómo lo haces, eres rica? Y… ¿No te cansas nunca? ¿No te da miedo?».
Son las únicas preguntas originales que se les ocurren a las personas que hablan
conmigo, una y otra vez. Sin embargo, cuando les dices que estás trabajando en un sitio
de mierda, amargada y haciendo cosas que no te gustan, eso sí está socialmente
aceptado. Te contestarán casi automáticamente que tal y como están las cosas, debería
alegrarme por tener un trabajo, sea lo que sea. ¿Desde cuándo la sociedad está tan
enferma? Es algo que nunca entenderé. ¿Me estás diciendo que es mejor conformarse con
cualquier cosa que seguir tus sueños y dejar de lado la rutina?
---
Me siento enferma otra vez, será que pienso demasiado. Me duele el oído, cómo no,
tenía que ser el protagonista, como cada año cuando se infecta. Fui a ver a Máster Miao
Roon para hablar con ella y explicarle cómo me sentía pero no estaba. Había otra máster
que me vio lo mal que estaba y me dijo que si quería hablar con ella. «Sí, por favor» le
contesté con una cara desesperada y desangelada. Me senté y empecé a llorar y a
contarle lo que me preocupa, lo que tengo dentro de mí, de mi pasado que me persigue y
no se queda atrás.
—Alba, mi inglés no muy bueno pero puedo escuchar—. De repente, me dibuja un
caracol.
— ¿Qué es eso?
—Mira. El pasado es el pasado. Ya no eres esa persona, eso quedo atrás. Las cosas
malas mejor dejarlas atrás. ¿Ves este caracol? Los caracoles son muy asustadizos y se
esconden cada vez que pueden. Se meten en su casa y olvidan el mundo exterior,
protegidos de las posibles amenazas—. Yo la miro embobada como si un gurú me
estuviera hablando con la mayor sabiduría del mundo, solo a mí, dedicado a mi caso y a
nadie más. Me siento privilegiada. —Igual que un caracol, necesitas otra concha, otra
casa, Alba. El pasado es el pasado, ¡perdónate! Tienes que borrar los pensamientos
negativos de tu mente. Yo cada día me levanto y me digo: «Me quiero y me perdono. Me
quiero, todo va a salir bien». Así atraerás pensamientos positivos y verás los resultados
más rápido. De todas formas si sigues sin sentirte bien puedes ir a hablar con Buda.
Algunos meses atrás me habría tomado esa frase como una ofensa. ¿Yo irle a hablar a
una estatua?, ¿a un ser inanimado, a un objeto de veneración? Yo no creo en esas
cosas… Sin embargo, esta vez le di una oportunidad a la curiosidad. Así que me despedí,
le di las gracias y bajé las escaleras aguantándome las lágrimas. Entré en la sala, estaba
un poco asustada porque las luces estaban apagadas y no había nadie. Dejé mis cosas y
el pañuelo que sentía que iba a necesitar en el cojín. Hice una primera reverencia
presentándome: «Hola, soy Alba, seguro que no me conoces y ni siquiera sé porque estoy
aquí pero me gustaría agradecerte haber venido». No pude contenerme, un mar de
lágrimas se asomó pero a su vez yo le seguía hablando a Buda, a mí misma. Con cada
reverencia me sentía mejor y mejor, respirando, dejando un espacio para la paz en mi
cuerpo. No podía dejar de llorar y angustiada, intentaba respirar profundamente. El hecho
de tener la cabeza en el suelo me permitió ser más vulnerable y me di la oportunidad de
perdonarme. Después de tantos años de venenos, me perdoné, tantos pensamientos
negativos que han invadido cada rincón de mi conciencia. Me estaba purificando, a la vez
que hacía un recorrido rápido sobre todas aquellas experiencias y hechos por los que me
tenía que perdonar.
También perdoné a los que en ese momento yo creía que me habían lastimado y en ese
preciso instante me di cuenta de que la única que me había hecho tanto daño había sido
yo misma. Yo había sido mi propia enemiga durante demasiado tiempo y lo peor de todo
es que no me había perdonado por el daño causado. A estas alturas de la vida y aún
seguía culpándome por muchas cosas.
Me sentó muy bien tener esa charla con mi interior, me purificó echar todo ese moco de
mi cuerpo, mocos infectados de dolor e ira. Había sido mucho tiempo, muchos años.
Demasiados días pensando lo mismo y reaccionando de la misma forma pasiva. «Mañana
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será otro día», me solía decir constantemente pero cuando el mañana llegaba volvía a
repetirse el ciclo de pensamientos negativos y venenosos.
Decidí hacer dos promesas aquella noche; la primera empezar a quererme de verdad y
no volver a hacerme daño y la segunda, ayudar a los demás a encontrar su pasión en la
vida y abrir sus mentes a otras culturas.
Mi cuerpo se sintió relajado, mi mente aliviada pero yo sabía que todavía tenía mucho
guardado dentro. Poco a poco irá saliendo, lo bueno es que me he dado cuenta. Será un
proceso lento pero no es algo que no haya hecho antes. Creo que tengo que contemplar
más y hoy me siento aprisionada y agotada. Mis ojos, cansados de tanto llorar necesitan
una tregua y estoy frustrada por el hecho de estar mala, otra vez. Me gustaría saber
porque se me inflama uno de los oídos todos los años en esta época pero creo que ya sé
la respuesta, es mi mente. La energía negativa que nada por todo mi cuerpo, envenenando
cada célula, es la culpable.
Como la mala sensación no cesaba fui al médico, esta vez uno chino. Como suponía,
tengo el oído inflamado y mocos en el pecho. Me han mandado unas gotas, nada que no
haya oído antes. Fue interesante ir a un médico chino pero al final me di cuenta de que
todos son iguales, según mi experiencia. Te miran cinco minutos y te mandan cuatro cosas
para que te tomes y luego ponen la mano. Por lo menos el jarabe es natural.
Provista de miles de medicamentos intento meditar, me cuesta porque mi cuerpo quiere
descansar pero me lo tomo con tranquilidad. Después de la meditación diaria compartimos
nuestros días clave de estos meses de programa, esto se acaba. Nos tumbamos en el
suelo con las cabezas juntas y apagan las luces. Me doy cuenta de que no quiero que esta
etapa llegue a su fin. No quiero por la experiencia que he tenido ni por todas las
grandísimas personas que he conocido. Pero, como todo, lo bueno debe acabar.
No estoy triste sino melancólica y no me arrepiento de nada. Creo que he aprovechado
al máximo cada minuto y aunque me gustaría no haber estado mala tantas veces es algo
que entre comillas no puedo controlar. Ceska, con la que tantas sabias palabras he
compartido, ve que estoy un poco decaída y viene a mi cama.
«No estés así. Nuestra vida es una película y nosotros los actores. Cada uno de
nosotros tiene un guión y no más de un guión. Por eso mismo, no deberíamos apegarnos a
él». Y se va. Suelta esas preciosidades por su boca y se va, como si nada. Ceska es así,
elegantemente discreta y pasiva pero de vez en cuando enriquece al mundo con su
sabiduría escondida.
En las clases de los últimos días me pierdo en la magnitud de las palabras vacías y a
veces me sorprendo diciéndome que perdemos un poco el tiempo. Mientras, yo pienso el
título de mi libro, ese libro que escribiré cuando vuelva. ¿Y si ya estoy escribiendo el libro
que me gustaría publicar? ¿Y si ya estoy escribiendo el libro que me encantaría leer? En
realidad el título no debería importarme, pues irá cogiendo fuerza y moldeándose, es algo
que vendrá con el tiempo. Mi sueño asiático, Por qué me rapé la cabeza, La belleza
asiática. ¿Cómo escogí títulos tan cursis? Vistos desde la distancia suenan a peli porno o a
novela rosa, algo de no muy buen gusto. Dejemos el título para el final mejor.
Los días se van yendo y yo me voy acercando más a la India, sin dejar de estar aquí.
Fue por fin un 7 de diciembre cuando disfruté plenamente de un servicio del dharma. No
quería escapar, quería quedarme, estaba presente. Mi arrogancia se sublevó ante mi
ímpetu, mi espiritualidad y mi presencia absoluta. Las ganas de disfrutar del ahora ganaron
la batalla al cansancio, a mi ego lloricón.
Disfruté como nunca de la parte en la que juntamos las palmas de las manos y damos
vueltas a la sala repitiendo la palabra Omitofo, Omitofo… lo encuentro inspirador y para
nada repetitivo. Hacemos muchas reverencias, unas diez o más pero no me importa
porque cada vez que me levanto me siento mejor, me siento en paz, en armonía, en
equilibrio. Me inclino, respiro hondo y mi cerebro recibe el oxígeno y la energía que
necesita para limpiar todo mi ser, todo mi xin. Me levanto, miro a Buda, ¡qué bello está con
las luces apagadas! Todo es místico y espiritual. Ahora sí empieza a cobrar sentido estar
aquí, por fin. Bueno no por fin, me ha costado llegar pero todo por lo que me he quejado
ahora cobra sentido. Todo proceso enseña una lección necesaria y valiosa en su debido
tiempo. Probablemente estaba aterrorizada por el hecho de mirarme a mí misma, por
buscar dentro de mí pues no quería enfrentarme a lo que iba a ver. Sufría todo el día;
antes, durante y después de la ceremonia, pensando que podría haber aprovechado más
ese tiempo. Era una pérdida innecesaria de energía.
---
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El despertador de Kimi, una melodía horrible que lograba despertar a todo el mundo
menos a ella, me levanta más pronto que de costumbre. Son las 4:40 de la mañana y la
oscuridad de la noche me confunde. Nos vestimos y bajamos sigilosamente pero tenemos
que esperar por Rister, el coordinador. Es lunes, nuestro día libre.
Esta ciudad no duerme y parece que algunos de sus ciudadanos tampoco. Salimos del
edificio y lo que veo es casi igual a lo que vi la noche anterior, gente por todas partes,
como si la obra de teatro siguiera funcionando y el telón se hubiera quedado atascado.
Cogemos un jeepney a la estación y desde allí un bus a eso de las 5:40 que tardó unas
dos horas en llegar a Batangas City. Nada más salir y más hambrientos que el perro de un
ciego nos abalanzamos sobre los vendedores de buko pie, la tarta de coco más buena de
la historia, típica de la zona de Laguna. Comer un trozo es llorar de placer, con su base de
galleta y por dentro, ¡coco fresco!
Con el coco todavía en la boca se nos acercan mil conductores de jeepney como
moscas para convencernos de que vayamos con ellos y es que para qué nos vamos a
mentir, la escena de nueve extranjeros con caras de no saber dónde estaban, despierta la
curiosidad y la picardía de muchos…
Por supuesto nos proponen unos precios al doble o al triple que a los lugareños y
conseguimos bajarlo hasta lo que a nosotros nos parece justo. Una vez en el jeepney me
doy cuenta de un olor muy familiar, ¡es el mar!, ¡esa humedad innegable! Respiro hondo y
sonrío, sé que hoy va a ser un día único ¿Acaso no todos lo son?
Transitamos por carreteras sinuosas e interminables pero veo el mar a lo lejos, con eso
me conformo. Nada más bajar en nuestro destino nos dicen que tenemos que pagar no sé
qué impuesto por ser turistas y decimos que nanai. Nos vamos a buscar las barcas para ir
después a hacer esnórquel. Bajamos a un complejo turístico que está en el mar, con casas
de madera y palmeras por todas partes. Quedamos con ellos en que después de subir la
montaña cogeremos una barca con ellos. Trato hecho.
Deambulamos hambrientos, de nuevo, por las pocas tiendecillas que sirven de sustento
a los escasos habitantes de la zona. Compramos sobre todo pan, más que nada porque no
encontramos otra cosa. Yo me compro un tomate, pan frito con azúcar y dos panecillos
dulces y litros y litros de agua, claro. La humedad aquí se siente mucho más.
Rister no quiere pan, como buen chino, así que almuerza noodles y dumplings
(empanadilla asiática) en el único bar que encontramos. Le esperamos con paciencia
aunque estamos deseando empezar la aventura.
Hace tanto calor que a los tres minutos de comenzar a andar siento que me voy a
deshidratar, sudo como un pollo. Todo está en la mente, sigamos. A los diez minutos las
vistas ya son increíbles, las palmeras decoran cada rincón de la montaña, más allá de
donde me alcanza la vista y el mar pinta un fondo que le sienta muy bien. Nos paramos en
la sombra y Rister ya empieza con su insistencia fotográfica, tan innata en su cultura:
«Venga, venga, ¡foto!, rápido, rápido».
¡Qué estrés de hombre! dudo que este muchacho disfrute de las experiencias, ¡siempre
anda tan ocupado haciendo fotos! Por el camino nos encontramos a varios filipinos
cogiendo cocos, me paro para saludarles y de paso pedirles un coco, estoy agotada. Me lo
cortan en el momento y me tomo mi tiempo para saborearlo. Primero el agua luego la
pulpa. La verdad es que consigo resucitar, me da mucha energía.
Seguimos andando y nos encontramos a varias familias que viven entre gallinas, basura
y perros. Una señora lava a su bebé en un cuarto mientras le canta, con la mayor ternura
del mundo. Yo observo el panorama y veo lo felices que son. Sencillamente simples. Dudo
que esos que se chocan día a día conmigo en el metro de Madrid y ni se disculpan valoren
esta felicidad de la que estoy siendo testigo. La felicidad de lo simple, la felicidad de vivir,
no de sobrevivir.
Y, ¿cómo no ser felices con semejantes vistas? Subimos la colina, respirando aire puro
y combatiendo el calor pegajoso. Nos encontramos a un niño con su perro escuchando
música romántica y con una cara melancólica, perdida en el horizonte. Cuando bajamos
seguía ahí, inamovible.
El recorrido es inmejorable, las palmeras se encargan de decorar cada tramo de tierra y
el mar se ve allá, al fondo. El último tramo es el que más cuesta porque está empinado
pero llegamos. Rister me sorprende con una frase que sigue el esquema creativo de la
caminata: «Hola naturaleza, ¡qué bonita te ves hoy!, ¿qué tal estás?». Caigo en la cuenta
de que hasta alguien que aparentemente siempre va con prisa por la vida disfruta de la
calma que aporta la naturaleza.
· 97
Al llegar a la cima apreciamos mucho la grandeza del paraje y a la vez nuestra propia
grandeza por haber llegado tan lejos. Encharcados en sudor y casi sin aliento
descansamos en lo alto del Monte Gulugod. La panorámica se despliega ante mí como en
un sueño lejano, algo que solo había visto en los documentales. El verde de la montaña y
el azul del mar se compaginan y se apoyan mutuamente para crear una escena digna de
admirar. Nada importa ya, hemos llegado a la cima, el universo se detiene ante nosotros.
Respiro, me doy una vuelta y corro con los caballos. La libertad es lo que tiene, que te
aporta la adrenalina suficiente para que los límites no te importen y los cruces de vez en
cuando. Rister nos sigue sorprendiendo con sus frases adecuadas para cada momento y
suelta con una dulzura e inocencia que antes parecían estar perdida con tanto estrés:
« ¡Mirad, estamos más cerca de las nubes!». Lo dice de una forma tan natural e inocente
que casi me derrito.
El poco aire que sopla me refresca por última vez y empezamos a bajar. Disfruto de
cada rincón, lo guardo en el disco duro y pienso que no tengo prisa en llegar pero que
debo tener cuidado con cada paso que doy. Consciente, disfruto del momento, estoy feliz.
La aventura no ha acabado. Alquilamos una barca que nos lleva a hacer esnórquel.
Tengo una cámara de agua que me dejó mi hermana pero al principio quiero hacerlo todo,
bajo de golpe, me emociono y casi me ahogo. ¡No seas ansias, Alba! Subo para respirar y
descansar. Vuelvo a bajar decidida y me sorprendo con la cantidad de peces distintos que
veo, de todos los tamaños y colores. Mientras sonrío advierto una estrella de mar ¡Azul!,
¡sí, sí, azul!
Sorprendida e ilusionada subo para contárselo a los demás. Intento hacer fotos de la
gente cerca de la estrella pero la cámara no es lo suficientemente buena y sale todo
borroso. La mejor cámara es mi propia mente… subo y la dejo de lado, paso de no
disfrutar de un lugar así. Nado y sigo nadando, perdida entre los peces de colores y su
mundo. ¡Hola pececillos!, ¿qué tal por aquí abajo?
Me cuesta despedirme, toca volver pero yo me quiero quedar ahí, cual sirena que añora
su hogar. Me despido de las olas, de momento. Después de coger varios triciclos, jeepneys
y autobuses llegamos al templo, estamos destrozados.
---
Aún cansados del día anterior nos sorprenden con la noticia de que tenemos que ir a
dos funerales de fieles que han fallecido. Es el primer funeral al que asisto (madera,
madera) y curiosamente tiene que ser en Manila, en una ceremonia budista. Al llegar ya
me impresiona la presencia de ese edificio mastodóntico de color gris que impone y que da
una imagen fría. Dentro nos acoge una gran recepción con muchas plantas, divididas a su
vez en capillas individuales.
A la entrada de cada habitación hay un objeto hecho con papel (esta vez un coche rojo),
que dicen, les acompañará en su otra vida. Suelen ser objetos que se han querido en esta
vida o sus favoritos. Después nos damos cuenta al comparar ambas ceremonias que el
tamaño y la ostentosidad de las figuras de papel están muy relacionados con el dinero que
el difunto tenía en vida.
Entramos al primero. Casi todo en la sala es amarillo, color que implica el
desprendimiento de los materiales mundanos. De las paredes cuelgan papelitos alargados
a modo de pancartas con caracteres chinos. Hay bancos a los dos lados, como en una
iglesia y al fondo se erige el altar con mucho colorido, donde de nuevo predomina el color
amarillo. Sé que no es agradable hablar de este tema pero me parece curioso y creo que
no mucha gente puede tener acceso a una ceremonia así (o que siquiera estén
interesados).
La ceremonia empieza, colocan algunos videos con recuerdos (momento incómodo) y
las monjas dirigen las plegarias. Digamos que es una ceremonia budista corriente a
diferencia del detalle, ínfimo (nótese la ironía) de que hay una foto enorme del difunto al
fondo y un féretro, claro. Al igual que siempre la ceremonia es en chino y no recuerdo qué
parte del Sutra leímos pero sí recuerdo con claridad que la familia iba vestida de blanco (no
de negro como en Occidente) y estaban todos en la fila del centro. Hay una parte de la
ceremonia en la que solo ellos hacen reverencias.
Me doy cuenta de que hay más gente del templo que familiares. Vero me dice que es
porque los familiares se turnan para el velorio de por la noche, al igual que en los funerales
filipinos. Recuerdo con sorpresa que había varias personas haciendo fotos por todas
partes. Yo me quedé a cuadros ¿Será algo socialmente aceptado en la comunidad china o
· 99
en la filipina? La mayoría de los que estaban presentes eran chinos o taiwaneses viviendo
en Filipinas por lo que ambas culturas podrían estar fusionadas en ese sentido.
Pero bueno, volvamos al tema. Después de una larga hora de cánticos (o eso creo
recordar) nos volvemos a levantar y la gente se dirige al fondo. La familia nos espera con
una bolsa llena de regalos. Sí, sí, regalos. Una bolsa grande para cada uno llena de
chocolate, galletas, zumos… vamos, ¡de todo! pero en cantidades industriales… Yo me
quedo más blanca de lo que estaba. ¿Voy a un funeral y encima me dan comida para
llevar?
Me pasó algo parecido en Rumanía donde (no me digáis cómo me meto en estos
embolaos) acabé por accidente en un funeral. A la entrada había bizcocho, café y otras
cositas y me amiga me dijo: « ¿Quieres?, ¡puedes coger algo!». «No, no», contesté yo,
«déjalo, se me ha quitado el hambre». Lo gracioso fue que salí de allí en cuanto pude y
entré por la otra parte de la iglesia ortodoxa, una de las tantas que hay en Sibiu. Lo que
veo no es nada común, hay más gente que de costumbre y está muy arreglada, ¡he
entrado en una boda! Me siento y veo la ceremonia, las imágenes bizantinas decoran las
paredes del templo. El cura con una barba prominente y una túnica negra oficia la misa,
regando el ambiente con un incensario de mano. Como no queríamos molestar nos fuimos
al rato. ¡Vaya día, un dos por uno; una boda y un funeral!
Con montañas de chocolatinas y dulces funerarios de por medio pienso de nuevo en la
importancia de la familia y lo que no sabía por ese entonces es que la vuelta sería más
dura que la despedida. Vuelta a lo que es la rutina, o a lo que parece ser, la que se me
impuso naturalmente, a la tranquilidad de mi casa y el ver pasar el tiempo de mi ciudad, me
siento extraña. Me siento melancólica pues parece que todo se derrumba a mi alrededor a
la vez que me convenzo de que estos años los debo disfrutar, disfrutar de los que están
conmigo.
Siento que los pierdo o será que me pierdo a mí misma. A cada paso que doy siento la
fragilidad de cada momento, de cada instante, en el que se te puede ir todo de las manos,
en el que todo puede cambiar. Todo cambia y hasta que no digiera esa misma ley natural y
universal no me encontraré en paz. No soy dueña de lo que pueda pasar ni puedo
controlar circunstancias ajenas. Entonces, ¿para qué preocuparme? Cuando pasan los
momentos más importantes siento que a la vez se me escurren de los dedos. Intento
amarrarlos pero hacen carreras para ver cuál se va antes. Son muy antojosos estos
sentimientos que quieren aferrarse pero no tienen a qué. La complejidad de la vida se
disfruta en los sencillos pasos, en la quietud de cada actividad.
Estoy allí, estoy aquí. Tengo que despedirme de los niños, los estudiantes bodi antes de
irme a India y yo quiero hacerlo especial. Voy a mi maleta y hago una colección de todos
aquellos obsequios y recuerdos que he ido guardando en estos tres meses. Son muchos
niños así que voy a necesitar varios. Les pido a mis compañeros que si tienen cosas que
no necesiten y estén en buen estado me las den.
Consigo reunir cuadernos, CD de música, colgantes, postales e incluso empaqueto una
camiseta de la que Annecar se había enamorado. Cuento a los niños en mi mente, espero
que no se me olvide ninguno. Les digo que a las cuatro quiero verlos en la azotea y que
tienen que venir todos, que quiero despedirme.
Cuando llego, me asombro de las caras de pena de treinta niños que me esperan. Lo
que no sabían es que volvería meses más tarde, que mi maleta se quedaba allí con ellos,
esperando el momento.
—Sentaos en círculo y cerrad los ojos, os voy a contar una historia. En España tenemos
una celebración que es muy especial para mí. En la noche del 5 de enero los Reyes Magos
nos hacen una visita y nos traen regalos. Pero para ello tenemos que limpiar los zapatos,
de lo contrario los Reyes se darán la vuelta y volverán por donde llegaron. ¿No queréis que
pase eso, verdad? Tenéis cinco minutos para limpiar vuestros zapatos, volver al círculo y
dejarlos en frente de vosotros—. Con gran entusiasmo se levantan, acelerados y decididos
para volver a su sitio a tiempo.
—Cerrad los ojos de nuevo. Imaginaos que estáis en España, un 5 de enero. Limpios
los zapatos, decides irte a la cama, es una noche especial. Tienes un poco de miedo
porque si los Reyes te ven despierto no te dejarán nada y cierras los ojos con fuerza
durante toda la noche—. Mágicamente y, sin yo decir nada, se agarran las manos con
fuerza e ilusión. Lo están sintiendo de verdad, lo he conseguido.
—Imaginaos que el sol ya está despertándose y pensáis, ¿ya se habrán ido los Reyes?,
¿podré levantarme?, ¿escucháis a los camellos irse? Tuc, tuc…—. Yo mientras me muevo,
sigilosamente, observo sus caras de emoción y dejo un detalle encima de cada zapato. —
¿Qué me habrán traído? piensas. Y después de tanto tiempo, ¡al fin puedes abrir los ojos!
· 101
Los abren con ganas y entusiasmo. ¡Ay, esas caras de ilusión! Con cosas tan sencillas
como chocolates, libros y una camiseta eran, ¡tan felices! Ojalá pudiese llevar esa
inocencia, esa magia a tantos niños malcriados que hay en mi país. Estos niños que ya no
son niños pero que no han perdido la frescura y la magia propias de la edad. Es precioso
ver su reacción y estar con ellos. Me agradecieron el detalle y se enseñaron unos a otros lo
que habían recibido con orgullo. Annecar vino emocionada con su camiseta nueva y me
dijo que iba a hacer todo lo posible por ser enfermera, tal y como habíamos hablado meses
atrás. Lloramos al despedirnos, uno a uno, con el dolor propio de la despedida. Aunque yo
sé que volveré no sé si algunos de ellos seguirán aquí. Estos niños siempre estarán
conmigo, sus sonrisas me acompañarán allá donde vaya.
Me desvanezco entre miles de recuerdos que se amontonan en mi maleta. Tengo que
recoger y guardar lo que considere necesario para un viaje que me llevará dos meses. Esa
maleta que me costó tanto arreglar antes de irnos a Taiwán, sigue ahí. « ¿Por qué llevas
tantas cosas?», me preguntaban entonces. El «por si acaso» del que siempre había
intentado huir me perseguía e insistía en que debía llevar eso y aquello y eso otro. Lo
relaciono con los problemas; llevar una maleta o mochila que pese demasiado interrumpe
de manera innecesaria un viaje, te hace sentir incómodo y la sensación de dejarla en
cualquier sitio lo antes posible se hace parte de tu rutina. Debo aligerar y aligerarme, dejar
espacio para nuevas experiencias. Debo irme.
Estoy más nerviosa que de costumbre. Vandana me estará esperando en el aeropuerto
de Delhi pero aun así un sentimiento de emoción y curiosidad bañado con una pizca de
miedo recorre mi cuerpo horas antes de irme. ¿Será India tal y como me la han pintado?
¿Será tan peligrosa? ¡Prefiero ir y descubrirlo! Feliz por empezar un nuevo capítulo;
entusiasmada por abrir otro cuaderno, esta vez uno de cuero precioso que me regaló mi
madre, salgo rumbo al aeropuerto. Aprovecho el trayecto para repasar memorias, ver fotos
y dejar Filipinas atrás, de momento.
Llego a Guangzhou por la noche, resignada y decidida a dormir en el aeropuerto ya que
el avión a India sale de madrugada. Pasaré una mala noche en el suelo pero nada que no
haya hecho antes y mañana ya estaré en India. Concienciada paso por inmigración y me
dicen que están esperándome para acompañarme al hotel.
— ¿Hotel? Pero si yo no he pagado ningún hotel…
—Tiene que ir al fondo, a aquella sala—me dice mientras me sella el pasaporte. Yo
pienso, ¡uyyyy otro sello en mi pasaporte!, ¡cómo me gustan!
—Pero, ¿es gratis? —recalco, por si las moscas.
—Sí, señorita.
— ¡Gracias! —contesto, aún aturdida por la buena nueva.
Me voy tan feliz, rauda cual guepardo, pensando que esa noche dormiré tranquila y a
gusto. Nos llevan al hotel a un grupo de turistas que como yo, tienen vuelo al día siguiente.
Entro en la habitación, blanca y limpia. Tiro la mochila, me descalzo y me pongo a saltar en
la cama. No me lo puedo creer, horas antes pensando que dormiría en el frío suelo de un
aeropuerto y ahora aquí estoy. Me asomo por la ventana, las luces de neón parecen
perseguirme y yo no quiero hacerme amiga de ellas, no me gustan. Cierro las cortinas para
no verlas. Me doy una buena ducha, arramplo con todo lo que encuentro y bailo desnuda
por la sala. Veo un poco la tele para ver cómo es la tele china pero es del estilo de la
filipina, todo rosa y melodramático.
Me voy a dormir. Horas después me despierta el teléfono: «Señorita Alba este es un
mensaje de despertador, son las 5 de la mañana». Me levanto renovada, con energía y
bajo las escaleras a ritmo de mi música de viajes. Dije adiós a Filipinas, dormí en China y
me voy a despertar en India, ¡menudo día!
Ya en el avión y después de haber desayunado dos veces empiezo a pensar en India.
Quedan cuatro horas para llegar y todavía no sé cómo expresar con palabras toda la
gratitud y paz que siento. Dejo atrás tres meses llenos de momentos increíbles y
desafiantes. Tres meses llenos de amor, compasión, lucha y crecimiento.
Ahora es cuando empiezo a entender, empiezo a sentir el poder de tomar mis propias
decisiones, aquellas decisiones que respeten mi cuerpo y mente. Sigo bendiciendo la
comida antes de probarla, no por la carga religiosa sino por la espiritual. Hay algo en ser
agradecida que hace que tu vida sea mucho mejor y fluya de forma más natural. Decido
además seguir sin comer carne pues ya me he acostumbrado y, ¡qué mejor sitio que India,
el paraíso para los vegetarianos!
· 103
India
L
lego al aeropuerto Indira Gandhi y no me lo creo. Sonrío por todas partes, a todo el
mundo. Se me hizo corto el viaje pensando en que me volvería a reunir con mi
amiga. Sin embargo, no me dejaron hacerlo tan rápido. Habían pasado treinta minutos y
las maletas no habían llegado. Tranquila, estás en India, será normal.
En medio de turistas desquiciados e indios tranquilos me voy a llamar a mis padres.
Para ello cambio dinero primero y la forma en que el hombre me da las rupias me parece
sospechosa. Viene otro señor a la vez y empiezan a hablar. Me da el recibo y me voy al
baño a contarlo. Hay algo que hace que me fíe poco, estoy en India y debo desconfiar de
todo y de todos.
Me meto en el baño y me doy cuenta de que no tengo el monedero en el que había
guardado todo el dinero. ¿Dónde está, dónde está? Uf, ¡qué buen recibimiento, ya me
acaban de robar! Con el corazón acelerado no sé qué hacer, es la primera vez que me
pasa. ¿Cómo he podido ser tan tonta? ¡El señor que estaba hablando con el cambista me
ha dado el pego y me acaba de robar!
Ya decidida a salir, indignada y sin saber muy bien a dónde ir, me giro para coger la
mochila y descubro que el monedero está ahí, tranquilo y reluciente encima del váter. Me
llevo la mano a la boca y respiro profundamente. ¿¡Qué acabo de hacer!? Acabo de juzgar
una situación dejándome llevar por el miedo y los prejuicios absurdos que me han hecho
creer sobre India. Relájate, Alba.
Salgo del baño todavía consternada y sintiéndome culpable por pensar así. Después de
este susto las dos horas que espero a que llegue mi mochila no se hacen tan largas. Llamo
a mi familia, les digo que estoy bien y que por fin ya estoy en India, ¡no me lo puedo creer!
También llamo a Vandana para decirle que esto va para largo. «No te preocupes,
¡bienvenida a India!», me dice.
Me doy una vuelta por el aeropuerto, hay algo en los dutyfree que me causa repulsión y
ganas de vomitar. Es un universo paralelo creado para satisfacer las necesidades de unos
turistas con sed de recuerdos que creen que pueden comprar momentos y en otros casos
disfrutar de las cosas de su país a precios desorbitantes. En fin, ¡hay gente pá tó!
La cinta hace el ruido típico y fuerte que inicia el comienzo de la llegada de las maletas.
Me acerco y empiezan a caer pero observo con curiosidad que el sistema es penoso. Si
pasa una maleta por debajo, de las que se quedan dando vueltas en la cinta, hay un
sistema de láser que no deja bajar más maletas, lo que hace el proceso inútil y mucho más
largo. Se acercan los encargados de seguridad y nos comunican que los transportistas
están de huelga, que hoy no tendremos nuestras maletas. Les pido una hoja de
reclamaciones y la relleno para el seguro, por lo menos está cubierto. Les doy la dirección
de Vandana y su número para que nos llamen al día siguiente. Me daba igual, ¡lo único
que quería era ver a Vandana!
Ya me iba entre apenada e ilusionada por ver a Vandana cuando veo un carro lleno de
maletas que se acerca. Mi mochila estaba ahí, resplandeciente y orgullosa. Ahí, brillante,
arriba del todo, como diciendo: « ¡Aquí estoy, cógeme y vámonos!» La cojo victoriosa; esa
mochila roja, fiel compañera que ha visitado conmigo tantos lugares recónditos y ha
viajado en todo tipo de transportes y me voy.
Salgo, ¡no hace tanto frío como esperaba! Busco a Vandana en el gran gentío. Nos
vemos, corremos una hacia la otra y nos fundimos en un abrazo y saltamos de emoción.
— ¡Estoy en India!
· 105
— ¡Sí, por fin! Ya te avisé, ¡India es para los valientes!
Nos vamos en taxi, lo que veo por la ventana parece no sorprenderme. Los triciclos
filipinos se sustituyen por autorickshaws pero la suciedad y el ruido permanente de la
ciudad siguen ahí. Hay gente pidiendo en la calle pero parezco estar inmunizada,
tristemente ya es algo normal para mí.
—Lo siento Vandana pero te voy a freír a preguntas. Siempre tuve dudas sobre India
pero ahora que estoy aquí voy a preguntarte mucho. ¿Ese turbante que lleva aquel señor
qué representa, por qué lo lleva?
—Pregunta lo que quieras, India es tan diversa que te sorprenderás en cada esquina.
No hay respuestas concretas en este país tan grande, recuerda. El turbante puede
significar muchas cosas, representar distintas religiones y creencias pero ese señor en
concreto es sij. El sijismo es una religión monoteísta y por lo que sé tienen que llevar el
turbante y nunca pueden cortarse el pelo ni la barba, de ahí su aspecto.
Agradezco su respuesta y sonrío para mí misma. No me puedo creer la suerte que
tengo de poder ver de cerca un país tan complejo e interesante a la vez de manos de una
india, ¡es increíble! Nos encontramos con una amiga suya y comemos en un sitio nepalítibetano que pica bastante aunque mi estómago parece tolerarlo, de momento.
—Tómate tu tiempo Alba, he pedido algo que no fuese muy picante para que te vayas
acostumbrando.
— ¿¡Qué esto no es picante!? —contesto entre roja y abrasada por dentro.
Disfruto lo que puedo del picante y aunque estoy confusa pues en dos días he estado en
tres países distintos me encanta el almuerzo. Me encanta compartir tiempo con los
lugareños, es la mejor forma de adentrarse en la cultura. Ver a Vandana hablar hindi con
su amiga me hace percibir otra forma de ser, otra amiga. Al contrario que mucha gente, no
me importa si hay gente hablando otros idiomas delante de mí aunque no los entienda
pues eso es precisamente lo que me llama la atención. Sus gestos son tan indios que
parezco estar en una película de Bollywood. Me encanta cómo mueven las cabezas de un
lado a otro porque sí. Un ejemplo:
—No creo que debas llevar a Alba a ese sitio, mejor que descanse.
—Sí, es verdad—contesta con un ligero movimiento de cabeza.
Puede ser sí y no, depende del contexto, del momento. Es algo confuso. Lo hacen en
ocasiones tan variadas como los filipinos hacen con sus cejas; para señalar, para hablar
sobre alguien, para sorprenderse, cuando no te entienden…
Su amiga es muy simpática y me recuerda a distintas personas que he ido
encontrándome a lo largo y ancho de este mundo. Hay algo en la mujer india que me
embruja. Esa exoticidad, esos ojos profundos y sonrisas abiertas de par en par.
Entrego a Vandana sus regalos, es su cumpleaños y le he traído un pájaro de juguete
filipino que sirve de cometa que compré a un señor en las calles de Intramuros y un
cuaderno de la tribu Mangyan. Todo está conectado, todo va hilándose de manera natural
y simple, porque cuando viajas la vida fluye de manera distinta.
Nos despedimos de su amiga y nos vamos a ver a otras dos. Estoy cansada pero valoro
tremendamente el hecho de estar conociendo a tantos indios. Y estas dos… ¡son tan, tan
indias! En la cafetería mientras yo disfruto de mi café las miro a las tres y honestamente no
sé diferenciar si estoy en una película o aquí, de verdad. Hablan de su colegio, de amigos
del pasado, de los motes y de lo que han cambiado.
Durante casi todo el tiempo soy ajena a la conversación pero me encanta verlas en
acción, siendo tan honestas las unas con las otras, de una forma en la que solo lo son
personas que se conocen desde hace mucho tiempo. Cambiando inconscientemente del
hindi al inglés, mezclando expresiones, acentos y palabras de una forma muy expresiva y
particular.
—Perdón Alba, no queríamos ser maleducadas.
—No pasa nada, ¡a mí me encanta escucharos!
Después de hablar un rato y de disfrutar tranquilamente del tiempo nos vamos a ver a
otra amiga, con quién me quedaré esta noche. Me despido de Vandana y Saghun me lleva
a su casa, a lo que parecen ser las afueras.
— ¿Me tengo que quitar los zapatos, verdad? —le pregunto antes de entrar.
—Sí, bueno, nosotros lo solemos hacer pero no pasa nada. Siéntete como en tu casa,
Alba.
· 107
Me lleva a su habitación y saludo a la que creo que es su hermana, una niña pequeña,
de unos doce años. Nos está haciendo la cena y aunque no tengo hambre, no quiero
resultar maleducada. Comemos y la hermana nos sirve. Espera un momento… No es su
hermana, ¡es la criada! Mundos distintos se convergen en mi ser, en mi pensamiento.
Intento no juzgar pero es difícil, estoy en otra cultura completamente distinta, ¿o quizás no
tanto? Me siento confundida pero lo acepto porque así es.
---
¿Dónde estoy? Me levanto confundida, extrañada. Aún desubicada y con la televisión en
un idioma ajeno de fondo, Shagun me da los buenos días. Planificamos cómo va a ser el
día. Yo me voy a quedar descansando mientras que Vandana nos compra los billetes para
ir las tres a Dharamshala, al norte de India (más al norte). Y yo que pensaba que este año
las Navidades serían «diferentes», en algún país tropical, pasando calor… pero el destino,
muy majo él, me tenía una maravillosa sorpresa: pasar esas fechas con las montañas
nevadas como postal. Irónicamente serían mis primeras Navidades blancas, de verdad.
Nos espera una noche tediosa en bus, con aire acondicionado a tope, que es algo que
no entendí la primera vez que me pasó en Venezuela y sigo sin entender. Para colmo el
conductor nos deleita con unas doce horas de música del Punjab pero yo lo tomo como
una nana y a pesar del estruendo, duermo más ancha que larga. En una de las paradas
que hacemos por el camino y de la que soy consciente miro aún medio adormilada al
conductor. Se ha parado para poner una pegatina de la diosa Ganesha, con cuerpo
humano y cabeza de elefante, en el cristal del bus. Sí, así, tranquilamente.
Llegamos de madrugada y el mero hecho de asomarme por la ventana es suficiente
para dejarme llevar por el paisaje, para que estas montañas me cautiven. Ha nevado y el
frío nos recibe, afortunadamente junto con el candor de su gente.
Unas amigas de Vandana nos reciben en un pueblo que está en la parte baja de la
ladera. Tienen un niño muy cariñoso que aunque no sabe inglés, o es muy tímido para
admitirlo, nos entendemos. Tengo un don para entablar relación con los niños allá donde
vaya pues el juego es algo internacional y me sale de forma natural.
Nos invitan a dormir, debajo de dos capas de cobertores gordos, pues aquí no existe la
calefacción (ni la estufa ni nada que se le parezca). Nos dan de comer chapati, un tipo de
pan plano y arroz con salsa de curry. Es la primera vez que como arroz con las manos y no
me atrevo a empezar hasta que veo cómo lo hacen las demás y copio la técnica simple
que consiste en usar el dedo índice y corazón como cuchara y servirte del pulgar para
empujar la comida. Os contaré un secreto: la comida sabe mejor así aunque inicialmente te
parezca sucio.
Cuando conseguimos entrar en calor, o mejor dicho, cuando llegamos a tener menos
frio, Vandana nos dice que deberíamos ir subiendo a Dharamshala. La zona se divide en
varios pueblos a distintas alturas e hicimos esa parada para que el cambio de nivel no
fuera tan brusco y pudiéramos descansar. Llegamos a la casa de Vandana, vecina de unos
tibetanos, de los muchos que pueblan la zona. Su casa es pequeña, de una sola pieza
pero acogedora, que invita a quedarse. Y eso sí, ¡tiene las mejores vistas con las que
jamás puedas soñar!
Por la mañana para seguir el buen hábito de la meditación salgo a la terraza y aunque
hace frío el sol me calienta por dentro y una manta gruesa se encarga de hacerlo por fuera.
Medito, cierro los ojos, siendo consciente de la gran aventura que llevo emprendida.
¡Cuánta suerte estoy teniendo! Me conecto y desconecto. Soy yo, aquí y ahora, disfrutando
de este sonido silencioso, de la tranquilidad más tranquila.
Abro los ojos y el sol ya empieza a saludarme, allá detrás de la montaña. Una serie de
montañas que testigo de mi presencia quieren presumir de bonitas con la salida del sol. Su
fachada se torna naranja, un color que se intensifica a lo largo de los minutos. No hay otro
lugar en el que me gustaría estar ahora. Ninguno. Desayuno en el suelo, acompañada de
pájaros que se despiertan y monjes que ya han empezado el día hace unas horas. El aire
fresco que viene de la montaña penetra en mi ser pero a la vez el candor del sol, de este
sol majestuoso, calienta mi cuerpo.
Pintar estas montañas no le haría justicia a este lugar así que prefiero guardármelo en el
baúl de sitios para recordar, ahí junto a tantos otros. Me pregunto si en ese baúl se pelean
los sitios más bonitos en los que he estado y se pavonean compitiendo por ser el mejor.
Me pregunto.
· 109
Serena entro al dormitorio, Vandana y Shagun siguen durmiendo. La sencillez de la
casa de Vandana me encanta. A pesar del frío que ha hecho esta noche no estoy
incómoda. Es acogedora y simple, todo lo que necesitas está en 20m². Cada vez aprecio
más lo simple, la sencillez.
El día pasa, con nuevos paisajes y costumbres, en la ciudad en la que el Dalái Lama
halló su residencia temporal y en la que los tibetanos encontraron parte de la paz y la
armonía que les arrebataron salvajemente en su país natal; ese país que muchos de sus
hijos no han visto ni verán. Maldita ineptitud de los de arriba que permite que a un pueblo
tan pacífico se les niegue vivir en paz en su propia tierra, por el antojo de unos cuantos.
---
¡Feliz Navidad! Me dice una voz extraña y confusa que me recuerda qué día es hoy, una
voz que no sabía ni que existiera. Salimos fuera, a aprovechar este día soleado. Hacemos
lo que se conoce como el qora en tibetano o parikrama en hindi, dar vueltas alrededor de
un templo, en el sentido de las agujas del reloj. Es un lugar para la meditación, el retiro
espiritual y la dedicación religiosa. Durante el trayecto siento una energía muy especial,
casi reveladora. Considero que la energía que se trasmite no depende tanto de la religión
que la cree sino que son las personas, los momentos y los lugares los que te evocan
simpatía y buenas vibras. La energía es universal.
El camino está decorado con banderas tibetanas, rezos budistas con imágenes de
dragones y leones que están colgadas entre los árboles, coloreando cada espacio,
mostrándote la senda a seguir. Enarboladas, las banderas de plegaria me saludan. Esos
cientos de banderines que se mueven al son del viento parecen estar celebrando una
fiesta secreta, una orgía de colores. Las banderas de oración se remontan al bön, una de
las tradiciones que había en el Tíbet antes de que llegara el budismo. Los fieles colgaban
banderas de color azul, blanco, rojo, verde y amarillo en representación de los cinco
elementos. Cuando el budismo llegó al Tíbet, adoptó las banderas del bön y añadió
iconografías y mantras propios. El propósito era otro, se situaban en el punto más alto
posible para que el viento las ondease, las purificase y a la vez pudieran llevar consigo las
bendiciones y buenos deseos que llevaban escritos.
Todas esas letras, plegarias y buenos deseos vienen a mí. Yo las respiro y sigo
caminando, inspirada, iluminada. Más adelante observo cómo los fieles dan vueltas a las
ruedas de plegaria sobre las que están escritas el mantra Om mani padme hum, que para
mayor coincidencia, es el mantra de Avalokiteśvara. Hay algo sobre este bodhisattva que
me atrae cada vez más. Las ruedas se giran mientras se recita ese mismo mantra pidiendo
que todos los seres vivos se liberen de todo sufrimiento. Yo les sigo y hago lo mismo.
Voy detrás de un señor de unos 90 años, mala en mano, que camina tranquilamente,
recitando para sí y dando vuelta a las ruedas. Ando y observo la paz que me brinda este
paraje. Camino y pienso, camino y no pienso. Camino y sigo caminando. Llegamos a un
punto en el que hay una rueda enorme. El señor me ve dudar, porque no sé para qué lado
girar y no quiero ofender. Me mira y me invita a entrar, enseñándome cómo hacerlo.
Damos unas cinco vueltas y en cada una de ellas la rueda choca con un tope que hace
sonar una campana.
Le sonrío y me voy. Me he quedado atrás, no encuentro a mis amigas así que voy hasta
el final del recorrido. Tampoco están. Como no están fuera decido entrar de nuevo pero al
revés, en sentido contrario. Cuando encuentro a Vandana me dice que no lo vuelva a
hacer, que es una falta de respeto y trae mala suerte hacer el parikrana en el sentido
contrario a las agujas del reloj. Una cosa más que he aprendido hoy.
La Navidad ha sido un tanto peculiar, distinta, como yo quería. La acabamos en un bar
en el que un Papa Noel tibetano bailaba al son de Michael Jackson. Sí, muy peculiar. Es la
primera que la paso fuera de casa y no echo especialmente de menos las comilonas, los
ruidos familiares y los anuncios navideños. Puede ser porque sé que al año que viene será
igual, nada habrá cambiado. Nada más lejos de la realidad pues en un año muchas cosas
pueden cambiar e incluso que alguien falte o que las cosas no sean como antes. Todo es
inconstante, ¿recuerdas?
---
Las mañanas son mágicas en este lugar. Me levanto y aunque hace frío me cojo una de
esas mantas polares y me voy a la terraza. Medito, hago taichí y sonrío al sol.
· 111
Vuelve a salir el sol y cada vez calienta más
Sale el sol y cada vez brilla más
Sale el sol y cada vez yo brillo más
Sale el sol y las montañas se despiertan
Se despiertan del letargo de la noche, del frío invernal
Se despiertan y me sonríen, me sonríen y me invitan a soñar.
Te despiertas y por arte de magia las montañas están ahí, esas montañas que parecen
no descansar de su belleza infinita. Ignorantes de su esplendor se despiertan cada
mañana como si nada, como si la belleza que llevan sobre sus hombros no les costara
nada. Este lugar me embruja en cada esquina; bares de distintas nacionalidades: coreano,
japonés, tibetano, tiendas místicas y rincones espirituales que te animan a ser mejor
persona. Tiendas con encanto, como la del señor que vende productos naturales y aún
hace las cuentas a papel y lápiz. El mismo hombre sin dientes pero con una sonrisa infinita
al que le compramos miel, avena y frutos secos.
O aquella tiendita de una señora tibetana que tiene de todo; cosas prácticas, útiles y a
quién le compramos bolsas de agua para calentarnos en estas noches gélidas. O la tienda
a la que no le falta detalle que ayuda a familias del Tíbet donde me volví loca y compré
varios cuadernos, un monedero y una funda para el cuaderno que toque. ¡El mejor regalo
de Navidad que me pude haber hecho!
O esa tienda de segunda mano donde tienen todo lo que el viajero necesita dejado por
otros que ya no lo necesitan; desde pantalones hippies cagaos a pasta de dientes o guías
de viaje. Rebuscando encontré un jersey muy abrigado que necesitaba, con motivos
navideños, ¡muy calentito y hippie! y unos vaqueros de mi talla. Esas dos cosas por 8
euros, ¡menudo apaño! El concepto de la tienda me parece muy lindo, donar cosas que ya
no necesitas en un lugar en el que los turistas se camuflan con los monjes tibetanos y los
lugareños.
Salimos a la calle y un sinfín de religiones y etnias me reciben, se mezclan para dar
lugar a un ambiente de respeto y tolerancia.
---
Son las 9 de la mañana, nuestro viaje empezó a las 7. Mágico, sin palabras. Llevada en
un coche con las montañas de fondo y la carretera de aliada. Escuchando música india y
observando la diversidad por la ventana; los niños que van al colegio, las mujeres
trabajando en el campo, los hombres montados en moto…
El conductor se llama Hari, un personaje donde los haya. No habla muy bien inglés y no
es amante de los turistas, esos que él dice que roban la esencia a su tierra, pero a su vez
es lo que le da de comer. Vive en un dilema constante y en un trabajo arduo. Tiene un
humor muy particular y sonríe a cada instante. Me entero de que hay una película sobre su
vida y que participó en el festival de cine de Dharamshala. El filme es sobre su matrimonio
concertado, un documental sobre las tradiciones que aún siguen vivas en la región y que
se entremezclan con las nuevas tecnologías. Antes de conocer a su mujer el día de su
boda, algo que está prohibido en este tipo de ceremonias, consigue su número de teléfono
y la llama todos los días. Como él dice: «Conseguí enamorarme de ella porque si hablas
con alguien todos los días, puedes enamorarte hasta de una piedra». Ese humor tan
característico no le abandonó ni en un tramo del trayecto.
La primera visita honorífica la hacemos a un convento de monjas budistas. La palabra
precioso se le queda corta a este lugar. El color naranja del edificio se funde sabiamente
con el blanco de la nieve que corona esas mismas montañas de lejos, allá majestuosas.
Nos adentramos sigilosamente, sin querer molestar ni disturbar el silencio del lugar. Ese
silencio acompañado del rito matutino que las monjas entonan en solitario o en grupo.
Libro sagrado en mano aprovechan la mañana para corear las palabras sagradas.
Mi cámara no quiere molestar pero se deleita intentando descifrar tanta belleza. Me
retiro a observar sin ser vista, a ser un objeto más del paisaje, a estar en el momento. Un
perro viene hacía mí, ensalzado y furioso y empieza a ladrarme pero yo me quedo quieta,
impasible. Sigue ladrando hasta que una de las monjas viene y lo espanta, me sonríe y se
acerca.
— ¿De dónde eres?
—De España.
· 113
— ¡Ah, qué bien!
— ¿Puedo ver el libro?—le pregunto emocionada y curiosa.
—Sí, claro, toma. Es muy difícil, está escrito en tibetano.
—No entiendo nada.
—No te preocupes, ¡ya lo entenderás en tu próxima vida!
Instantes después como por acto divino se me acerca el mismo perro que me había
ladrado unos minutos antes y me hace caricias con la cabeza. Ese misticismo en el
ambiente viene a recordarme lo que he aprendido en estos tres meses, lo que estoy
aprendiendo en Asia, este continente que no para de sorprenderme.
Nos vamos, la siguiente parada es un templo hinduista, el primero que visito. El templo
Baijnath es muy antiguo y distinto, con una shikara como cúspide. De los colores del
convento budista pasamos al gris de la piedra del templo hindú. Después de dejar los
zapatos y cualquier artículo que esté hecho con piel de animal, entramos. Al subir
debemos tocar las escaleras y pasarnos la mano por la frente en señal de respeto y de
recibimiento. Nada más entrar me fijo en una estatua que parece una vaca pero en
realidad es un toro, el toro Nandi. Le hacen reverencias y hablan al oído pues es de los
más venerados por los hindúes ya que es el animal que se asocia con el dios Shiva. Nandi
fue un gran fiel de Shiva además de su portero y vehículo. Por esa razón en todos los
templos de Shiva se encuentra una imagen de Nandi, por lo general sentado y mirando al
lugar sagrado donde se encuentra el dios.
En el templo principal hay una campana que se debe tocar al entrar en señal de respeto.
Una vez dentro la gente echa agua a los dioses en señal de ofrenda. A parte de la cámara
principal existe otra más pequeña donde el pujari, una especie de cura para los hinduistas,
te ofrece charnamrit, una leche dulce bendecida por los dioses. Te tienes que agachar
pues el pujari está sentado dentro de un cubículo muy estrecho y colocar la mano derecha
encima de la izquierda (importante porque si no se considera un acto de rechazo). Él se
encarga del resto; coge una cuchara diminuta, la coloca en el frasco y extrae una gota del
líquido que coloca suavemente sobre tu palma. Hay que beberlo directamente de la mano.
Sumida en distintas creencias, actos de culto y curiosidades religiosas sonrío porque sé
que esto es lo que valoro en mis viajes, descubrir lo aparentemente inalcanzable y
adentrarme en lo más profundo de la cultura.
En el DEER Institute, centro en el que se imparten clases de budismo, se nos abre otro
mundo. Meditamos en la terraza, viendo el movimiento de las banderas de rezos de
colores. Tenemos la oportunidad de ver los talleres de pinturas de templos budistas donde
los artistas están manos a la obra. Frescos de colores intensos; rojos, dorados y azules y
pancartas de las que se cuida el mínimo detalle, predominan en la sala.
Yendo a otro sitio decidimos coger a una señora que está haciendo dedo en la carretera.
Al minuto nos dimos cuenta del error que acabábamos de cometer, la señora era un
personaje. Katya es holandesa, lleva 35 años viviendo en India y nos cuenta el cambio que
ha sufrido la zona. En uno de los templos que visitamos, la descubro cogiendo un plátano
de la ofrenda que se hace en los templos, donada por los fieles y me la ofrece.
—Toma Alba, come.
—Katya, no lo quiero. Creo que eso no se puede hacer.
Pero ella ya estaba lejos, sin importarle nada, viviendo en su mundo. Me dijo que tengo
el chacra del cuello muy cerrado y debería hacer ejercicios para eliminar el dolor. Quizás
tenga razón esta gurú lejana que se nos coló en el trayecto sin quererlo. Sin duda la
anécdota más graciosa fue cuando estábamos en el coche y Katya le pregunta a Hari:
—Entonces Hari, ¿tú sabes cómo amar a una mujer?—le pregunta descaradamente sin
una relación aparente.
—No lo sé, estoy casado—contesta serio y confuso.
Y nos empezamos a reír, entre anécdotas que se esfumaron en el tiempo y sonrisas
contagiadas. Fue un buen día lleno de música del Punjab, de colores y sabores; de
curiosidades y aprendizajes.
Tras el viaje me levanto muy mala, sin ganas de comer, mareada y con nauseas. El oído
me duele infinitamente, vamos al médico porque no aguanto más. Me manda paracetamol
y yo ya estoy harta de bailar al son de pastillas químicas y visitamos a un médico tibetano,
para tener una segunda opinión. Shagun también está mala así que hacemos un 2x1. Me
· 115
mandan pastillas naturales ayurvédicas que dicen curarlo todo, desde las hemorroides
hasta el esguince de tobillo pasando por el dolor menstrual y la senectud.
Y yo, ¿qué hago? Pues le doy una oportunidad y además, me doy un masaje tibetano
en ese mismo centro. Salgo renovada después de un baño caliente y un masaje relajante.
Se acaba el tiempo en Dharamshala, esta tierra llena de espiritualidad, tolerancia y
respeto. Dejaré atrás la tranquilidad de una ciudad pequeña en auge, diseñada a veces
para los hippies que quisieron empezar una nueva vida y me adentraré de nuevo en la
selva de cemento que es Delhi.
A pocos minutos de que salga el bus les pregunto a Vandana y Shagun:
— ¿No deberíamos ir yendo?
—No, estamos en India. No te preocupes.
— ¿Seguro, suelen salir a deshora?—. Insisto con mi mentalidad europea como motor.
—Sí, da tiempo de sobra.
Yo ya no quiero insistir porque si ellas son de aquí y creen que aunque falten diez
minutos vamos de sobra pues me tranquilizaré. Shagun sigue haciendo la maleta y yo
salgo a la terraza, que aunque me recibe con frío me distrae y relaja. Ese manto de
estrellas que se expande sobre mí hace difícil mi despedida. Salimos de casa, con maletas
y mochilas preparadas. A los cinco minutos Vandana mira los tickets.
—Chicas, aquí dice que el bus sale a las 7:30 y ya son las 7:30.
— ¡Os lo he dicho!—contesto medio enfurecida e impotente. Decido relajarme y pensar
que será lo que tenga que ser.
— ¡Yo pensaba que salía a las 8!
Empezamos a correr, con la torpeza de la sinrazón y la prisa que caracteriza al que llega
tarde. Llegamos a la estación, el bus sigue ahí.
—Chicas, tomad vuestros billetes. ¿Dónde están? Si los tenía aquí…
No podíamos creer lo que acababa de ocurrir, habíamos perdido los billetes.
—Bueno, hay algo que nos está impidiendo coger ese bus así que dejémoslo ir—les dije
pacientemente.
Pasamos la noche en casa de la amiga de Vandana, una vez más nos reciben con los
brazos abiertos. La hermana incluso me invita a su boda pero yo no puedo ir porque
seguramente esté en Tailandia. Mientras, sigo repitiendo al son de la aventura que perder
aquel autobús era lo que tenía que pasar, reflexiono sobre lo que viajar me está
enseñando. ¡Deja que el camino sea tu gurú! El camino, lo que haces de él, es tu mejor
profesor y tú deberías ser su mejor alumno.
Esta semana en Dharamshala me sirvió para darme cuenta de que no quiero seguir
mala, ni por dentro ni por fuera. Quiero sanarme. Veronica ya me había hablado sobre la
meditación Vipassana, una forma de meditación basada en la observación de cada parte
de tu cuerpo para analizar los dolores, sentimientos y dejar que abandonen tu cuerpo. Así
que escribí a varios centros de la zona y el que me aceptó fue uno retirado en Jodhpur.
Pues vamos a Jodhpur, mismo. No tenía ni idea de cómo era la ciudad ni la zona solo
sabía que estaba más o menos cerca teniendo en cuenta la enormidad de la geografía
india.
Siguiente capítulo: cómo pasar el Año Nuevo en un bus de mala muerte en el rincón
más remoto de la India y no morir en el intento. Cogimos el único bus que había en el
último día del año, uno de los más antiguos y destartalados, con sillones rígidos y ventanas
medio rotas. Pero era lo que había, si quería llegar a tiempo al curso no quedaba otra.
Paso una noche con el ojo izquierdo entreabierto y el derecho medio asustado. Doy
alguna cabezada por aquí, otra por allá, me despierto sobre las doce de la noche con
antojo de uvas y viendo que nadie lo celebra me felicito el año a mí misma y me vuelvo a
dormir. Llegamos doce horas después a Delhi y no me da tiempo ni a ir al baño cuando me
estoy montando en el siguiente bus que va directo a Jodhpur. Me voy a pasar Año Nuevo
en un trayecto de veintiséis horas.
Me pierdo en las poesías del libro Kora, de Tenzin Tsundue, un poeta y activista
tibetano. Sus padres como miles de sus compatriotas fueron expulsados de su tierra y la
tristeza de no conocer su propio país se ve reflejada en sus palabras. Sus letras remarcan
la injusticia que vive un pueblo al que le desgarraron sus raíces. Y parece que ahora
· 117
mismo, en este bus, en el que las películas de Bollywood son la forma de entretenimiento
para la mayoría de los pasajeros, me esté hablando a mí.
Horizonte
Desde tu hogar has alcanzado
aquí, el Horizonte.
De un lado a otro
ahí vas.
De allí al siguiente
siguiente al siguiente
horizonte a horizonte
cada paso un horizonte.
Cuenta los pasos
y recuerda el número.
Recoge piedritas blancas
y hojas inquietantes.
Señala curvas
y acantilados alrededor
porque puede que los necesites
para regresar a casa.
Traducción de Jonathan Beltrán.
Es oficial y lo acepto, lo asumo y lo pienso detenidamente pues tengo muchas horas por
delante. Voy a pasar diez días sin hablar, sin escribir y sin tener contacto con el mundo. De
repente recibo una llamada que empieza por +34. ¿¡Mi familia!?
— ¿Hola?—me dice una voz femenina que suena entrecortada.
—Hola, ¿me escuchas?
—Sí, sí. ¡Hija mía! ¡Feliz año! ¿Dónde andas metida? ¿Qué es ese ruido de fondo?
— ¡Hola! ¡Feliz año, mamá! Estoy en el autobús y lo que oyes es una peli de Bollywood
de fondo muy graciosa. ¿Por qué me llamas con lo que cuesta?
— ¡Anda tía, no seas rata! Queríamos escuchar tu voz. Sabemos que vas a estar diez
días metida por ahí así que queríamos escucharte. Ten cuidado por allí, Alba.
—Yo también, la verdad es que es agradable escucharos, todavía no me ha felicitado el
año nadie aquí. No os preocupéis, estoy bien.
—Bueno que tengas buen viaje, luego te llamamos otra vez para ver qué tal llegas.
— ¡Vale, un beso!
Valoro este viaje más que nunca porque los míos me apoyan y aunque esté sola la
mayoría del tiempo ellos van conmigo. Hay tantos sitios a los que me gustaría llevarles que
la lista se hace infinita.
Lo que estaba diciendo; sé que la experiencia va a ser dura pero satisfactoria, estoy
segura. He sufrido y aprendido mucho estos meses, ahora sé que con este curso voy a
explorar a fondo mi paciencia y lo más profundo de mi mente polvorienta.
Las horas pasan, sorprendentemente extrañas, ni rápidas ni lentas. Llevo más de
dieciocho horas en un bus pero no me siento muy cansada. Salí un 31 de diciembre a las 7
de la tarde y llegamos a Delhi sobre las 7 y algo de la mañana del 1. Y aquí estoy, viendo
parte de India por la ventana; es alucinante percibir el cambio que sufre el paisaje en solo
unas horas.
Hay camellos donde antes había asfalto, niños volando cometas en vez de
autorickshaws y las cometas sustituyen a los cables de electricidad. La arena del desierto
ya se hace visible, el paisaje es inhóspito y observo un cambio en la piel de los autóctonos.
Desde la ventana veo cómo en cada parada se acerca una marabunta de hombres
buscando clientes que llevar en sus autorickshaws, taxis o vehículos variados. Se
acumulan estratégicamente en la puerta esperando cazar a la presa idónea, o cualquier
presa, qué más da. Me hace gracia verlo desde mi asiento y a la vez me voy
concienciando para cuando me toque bajar a mí.
· 119
Me encanta espiar a la gente en su día a día desde la ventana; compradores,
vendedores, niños yendo a la escuela… todo eso sin tener que bajarte. En parte me siento
segura aquí dentro por irónico que parezca, en mi burbuja protegida. Si me pongo a pensar
más a fondo sé que pueden pasar mil cosas y en India muchas han pasado pero, ¿y si no?
Por eso estos diez días me van a venir bien para estar en un sitio fijo, sin preocuparme
por el alojamiento o la comida. Diez días duros pero que me servirán para tomar un respiro
y seguir con la aventura.
Llego a la estación de Jodhpur, por fin y llamo al encargado del centro que dijo que me
iba a llevar en moto porque era de noche. Salgo del autobús, con el culo medio entumecido
y cansada. ¡Ahí vienen!
—Madame, ¿a dónde va?, ¿le llevo a un hotel?, ¡hotel barato!—me dicen
entusiasmados unos diez hombres a la vez.
—A ver, tranquilicémonos. Ya tengo alojamiento, necesito que me llevéis a este sitio—
les digo señalando la dirección que me habían dado.
—Sí, sí. Él sabe—me dice uno, el más espabilado y el que parece que corta el bacalao.
—Ok, pues vamos.
Recibo una llamada mientras estoy en el autorickshaw, atrapada en el medio de dos
coches que no paran de pitar y una vaca que está tumbada en el centro de la carretera. Y
el conductor que no encuentra la dirección. Mal momento para hablar por teléfono.
— ¿Sí?
— ¡Hija!, ¿ya has llegado?
—Mamá no te asustes, llámame en cinco minutos ahora mismo estoy buscando el lugar
en el que he quedado y hay una vaca en el medio de la carretera que no está por la labor
de ayudar.
Después de un buen rato buscando la dirección y preguntando a varias personas
llegamos. Vin me espera con su moto en la que me va a llevar al centro de meditación.
— ¿Qué tal el viaje?—me pregunta.
—Bueno, largo pero bien, he llegado eso es lo importante—. Me subo en la moto, una
enorme con la mochila estrambótica a cuestas que pesa casi más que yo. No le conozco y
me siento un poco incómoda en esa moto gigantesca pero me agarro a él pues la mochila
tira de mí para atrás. Salimos de la ciudad y de repente no veo nada más, solo el desierto
en la noche y un manto estrellado sobre nosotros. Hace un frío que pela, nos estamos
adentrando en el desierto y la escena se me torna cuanto menos graciosa. Mi móvil
empieza a sonar, ¿en serio? Hago malabares para coger el móvil y seguir agarrada y no
caerme para atrás con el peso de la mochila.
— ¿Sí?
— ¡Hola!—contesta mi padre.
— ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! no te lo vas a creer, papá. Estoy en una moto, en el medio del desierto;
con la mochila enorme colgando, una mano agarrada al conductor y otra al móvil. ¡Menuda
estampa!
—Me lo estoy imaginando, ¿qué más ves?
—Pues no mucho, alguna vaca de vez en cuando y desierto, solo desierto.
— ¡Qué guay, disfruta de la experiencia!
—Eso espero. Hablamos en diez días y, ¡no os preocupéis!
Llegamos al centro, literalmente en el medio de la nada. Me acompañan en la oscuridad
a una habitación individual. Nada más entrar me recibe una habitación simple, con una
cama. Al fondo está el baño, uno de esos en los que el váter comparte el mismo suelo que
la ducha, muy común en India. Uno de los voluntarios se despide y ahora sí, a partir de
ahora no puedo hablar. Tengo un poco de miedo de apagar la luz. Es la primera vez que
duermo sola en muchos meses y siempre ha habido algo en eso que me da respeto pero el
sueño me invade y me dejo dormir en el saco. Hace frío pero yo me desvanezco. Pongo la
alarma en cinco horas, aquí los días empiezan a las cuatro de la mañana.
A esa misma hora un ruido intenso y constante procedente de un megáfono me
despierta, un sonido al que tendría que acostumbrarme a partir de ese día. El día anterior
me dijeron que podría dormir hasta más tarde así que yo me levanto a las 6 y voy
directamente a desayunar.
· 121
El cielo todavía está oscuro pero crea una estampa preciosa, unas luces eternas allá a
lo lejos. Hace mucho frío, no tanto como en Dharamshala, pero lo hace. Entro al comedor y
al rato viene el resto de chicas. En las instalaciones también estamos divididos en chicos y
chicas. Yo no sé cómo reaccionar así que dejo a las demás que lo hagan primero y
observo.
La sala es mediana, con mesas a los lados y sillas mirando a la pared para que no haya
contacto visual entre nosotras. De la mesa donde está la comida la gente empieza a coger
en fila lo que necesiten. Hay arroz inflado, pan naan, porridge y sopa en un bol. Para
terminar hay té.
Agarro una bandeja redonda de aluminio y me pongo de todo, tengo hambre. Me siento
y mientras como escucho de fondo, del mismo megáfono, un canto que creo que es en
hindi. Cuando terminamos tenemos que limpiar nosotras mismas los cubiertos que hemos
ensuciado y ponerlos a secar.
Tenemos una hora para descansar pero yo arreglo la que va a ser mi morada durante
diez días, la pongo bonita, cuelgo una de las banderas de rezo tibetanas, unos elefantes
coloridos que compré para mi habitación y la mochila del mundo para no olvidar quién soy.
No he hablado con nadie pero parece que sí lo hubiera hecho porque las
conversaciones que tengo conmigo misma son tan vivas que parecen reales. Una
campana nos indica el comienzo de la clase. Meditamos de 8 a 9 con el profesor y un
casete. La sala es pequeña, a un lado están los hombres, a otro las mujeres y nos
tenemos que sentar en el suelo. Hay varios cojines a nuestra disposición y las mantas son
más que necesarias, además de ir con el abrigo puesto.
Nos dice que nos centremos en la respiración, algo que he oído muchas veces pero que
es difícil poner en práctica. Los primeros tres días debemos poner toda nuestra atención en
la respiración.
Mientras escribo en mi cuaderno me doy cuenta de que estoy rompiendo una de las
normas del curso. Pero no me siento mal, soy reacia a dejar mi cuaderno, ¡siempre va
conmigo!, ¿qué pasa si mi forma de aprovechar la experiencia es escribiendo?, ¿pasa algo
por plasmar día a día lo que está ocurriendo?
Quizás tengo miedo a estar sola con mi mente tanto tiempo, sin tener una forma en la
que procesar sus pensamientos. Puede ser que ponga la excusa de que necesito plasmar
mi creatividad de alguna forma para seguir en mi zona de confort, en lo que conozco y a lo
que estoy acostumbrada. No quiero engañarme a mí misma pero es mi primer día y quiero
tomármelo con tranquilidad. Las horas pasan lentas, impacientes y yo soy incapaz de estar
presente, en este momento, de controlar mi mente. Los pensamientos me llevan a otro
mundo de quejas, de incomodidad, de caprichos y ego. En una de las clases el profesor
nos llama uno a uno para preguntarnos qué tal estamos.
— ¿Qué tal lo llevas, Alba?—me dice susurrando.
—Me duele mucho la espalda y estoy incómoda pero en general bien.
—Aquí no tengo tu ficha. ¿Has pasado ya por administración?
—No, llegué ayer por la noche y no he tenido tiempo.
—Ve a la cocina y allí te dirán qué hacer.
Me dan ganas de preguntarle que si de verdad tengo que dar mi cuaderno, que soy
escritora, ¡cómo van a hacer esto a una escritora! pero me escucho decir semejante
sandez y me voy de allí. Me voy y ya me resulta raro hablar, me siento en parte mal pero
ahora sí que sí, aquí empieza.
«Alba, rellena este formulario y ahora tráeme todos los objetos electrónicos que tengas y
bolígrafos, cuadernos…». Me voy a mi habitación apenada, pensando en cómo voy a
sobrevivir sin escribir. Lo de hablar me da un poco igual pero, ¿escribir?, ¡es mi vida!
Entrego todo y me despido de mis palabras, que por unos días estarán merodeando en mí
y no podrán ser plasmadas en ningún lugar.
Los primeros días descubro un patrón de pensamientos que se suceden unos tras otros;
mis mayores dilemas son juzgar a los demás por lo que hacen y juzgarme a mí misma.
Entre medias, hay algunas memorias aleatorias del pasado, la mayoría buenas, que vienen
a despertarme.
Siento que poco a poco nos vamos adentrando. Todavía no creo que haya podido estar
dos horas seguidas sentada intentando no mover ni un ápice de mi cuerpo. Llegó un
momento en el que no aguanté y cambié varias veces de postura e incluso me dormí
· 123
porque no quería lidiar con el hecho de no poder estar con mis pensamientos a solas. El
hambre es otra cosa que me tiene atada a una ansiedad constante del futuro. Solo
comemos tres veces al día y entre horas yo me muero de hambre, tanto que llego a ver
comida hablándome y teniendo conversaciones entre ellos. Hoy un perrito caliente le
hablaba a un helado y se reían de mí porque no podía probar bocado. Y yo ahí observando
cómo me tratan, fiel testigo de su chulería.
¿Debería moverme? No puedo concentrarme, esto es horrible… Hay otros que respiran
muy fuerte y más rápido. De repente estoy en Lisboa, no sé por qué. Parezco despertar
ideas y pensamientos que estaban guardados allá dentro, están saliendo poco a poco.
¡Voy a ver a mi familia en tres semanas!, ¡no me puedo creer que vaya a ir a Tailandia!,
¡cuántos lugares preciosos me quedan por ver! Shhh, Alba, cállate. Concéntrate.
¡Inténtalo!, ¿no?
Los días pasan, recibo los días con amaneceres que controlo con la posición del sol y
me quedo embobada con los atardeceres que me dan una energía infinita. Estoy perdida
en el tiempo, no sé en qué día vivimos y me guío por los sonidos del centro para comer y
meditar. Así de simple y bonito.
Después de comer me suelo dar una vuelta por las instalaciones. No podemos hacer
deporte como correr, yoga o ejercicios pero andar sí. Y así desconecto. A veces me siento
asfixiada como en una cárcel y quiero salir corriendo, saltar ese muro que nos divide con la
finca de al lado e irme con las vacas que allí pastan.
En muchas ocasiones me agobio porque los pensamientos negativos me atosigan pero
cuando me pasa los agarro por el pescuezo y les digo que se vayan. Pasan los días y voy
entrando en lo más profundo de mi cuerpo y ser, la transformación se hace cada vez más
intensa. Empiezo a controlar mis pensamientos y ya no me es tan difícil estar erguida. Hay
momentos en los que al analizar la energía que fluye por mi cuerpo, siento oleadas de frío
que van desde la cabeza hasta los pies y vuelven. Es una sensación fresca, de liberación.
Los últimos días se me hacen más cortos, ya la rutina no es tan pesada. Concibo el
sueño de una forma casi celestial, durmiendo las horas necesarias para descansar, ni más
ni menos. Me despierto fresca y enérgica, con una sonrisa de oreja a oreja, dispuesta a
empezar el nuevo día.
El silencio se ha roto, es el último día y yo más que hablar quiero escribir.
Ansiosamente cojo la llave que abre el baúl de mis recuerdos, la llave que me permite
plasmar todo lo que siento e intentar poner en palabras lo que ha pasado por mi mente en
diez días. ¡Guau, diez días! No me lo puedo creer… Ha sido un proceso muy duro, no voy
a mentir, pero la paz que siento ahora mismo no la cambio por nada del mundo.
Mi voz me suena extraña y la noto más suave, más tranquila. Según salgo de la última
sesión, miro consternada y con emoción a Erica, la italiana. Esa chica que veía todos los
días cuando daba mi paseo de por la tarde y de la que ya me había creado una imagen, un
personaje. Es lo que tiene ver a alguien todos los días sin hablar con ellos, te creas
inconscientemente un personaje detrás de aquel silencio, de aquel cuerpo.
—No puedo creer que pueda hablar.
—Yo tampoco—contesta Erica.
Se forma un corrillo de chicas, las mismas a las que he visto durante diez días pero que
no conozco. Nos contamos entre risas por lo que hemos pasado y lo que pensábamos
unas de las otras. Es interesante, me dicen que parecía un niño inocente que va a la
escuela. Me río, no me disgusta del todo esa definición. Todos sonríen y brillan como si se
hubieran deshecho de una máscara o se hubieran librado de una carga muy pesada.
Siento que quiero escribir y hablar, escupir todo lo que pasa por mi mente. Y es que es
muy duro tenerte solo a ti misma para hablar… Cojo el móvil con ansiedad, ¡tengo que
hablar con Vandana!, ¡tengo que agradecerle el haber estado aquí! No me coge el teléfono
así que voy a hablar con el resto de compañeros… Todos radian de felicidad y yo no paro
de sonreír y de hablar.
Los días eran largos pero no pesados, solo distintos e intensos, muy intensos. Había
momentos en los que quería abrazar a mi familia, momentos en los que perdoné a varias
personas pero lo más importante, me perdoné a mí misma. Recuerdo el primer día en el
que yo toda emocionada y creída me siento a meditar y digo: «Bua, ya he hecho esto miles
de veces en el templo». Nada más lejos de la realidad ya que después de treinta minutos
me dolía todo, ¡todo! Hasta las pestañas…
Empeñada en que tenía que meditar en postura de medio loto, con una pierna encima
de la otra porque ya lo había hecho durante meses, me di cuenta de que tenía que hacerlo
· 125
poco a poco. ¡No es lo mismo sentarse durante veinte minutos y andar como hacíamos en
el templo a estar ahí una hora o dos seguidas!
Al principio lo que más me dolía era la espalda y la pierna derecha. Uno de los primeros
días la pierna me duele tanto que pienso que se va a romper, me arde por dentro y duele
cada centímetro. Quería gritar y salir de allí. Una desesperación seguida de frustración y
odio para conmigo misma mezclada con pensamientos negativos que aumentaban y no
ayudaban nada.
Había momentos en los que me recuperaba y me decía: «Venga, tú puedes, un ratito
más solo». Luego me ponía las gafas y miraba el reloj y descubría que solo habían pasado
algunos minutos. Ahí sí que me deprimía y bajaba la cabeza desesperadamente y la ponía
entre las piernas, en señal de entrega, de abandono.
«No quiero, no quiero», me repetía y confundía la situación en un caos de frases
desesperanzadoras: « ¿De verdad es esto lo que quiero?, ¿soy masoquista o qué?, ¿no
tuve suficiente con estar metida en un edificio durante tres meses? Esto no es para mí, o
yo no soy para esto…Quiero escapar, quiero comer y no podré hasta dentro de tres horas.
¡Aaaaaag!, ¿qué hago? Pues me duermo un rato para olvidar lo mal que se me da esto.
¡Qué desesperación! Me duele la espalda, la rodilla, los pies… no sé cómo colocarme, en
qué posición estar para que no me duela nada, para encontrar algo de paz, algo de
tranquilidad…»
Los dilemas me persiguen durante los primeros días y se repiten en círculos caprichosos
y constantes. No entendía por qué no podíamos escribir, mi ego se interponía entre el
curso y mis ganas de terminarlo. Yo soy artista, escribo. ¿Cómo voy a dejar de hacerlo?,
¡es una parte de mí!, ¡es como arrancarme un pedazo de mi ser!
Pero ahora entiendo todo… una de las cosas que no pude evitar fue decorar la
habitación, cosa que tampoco se debe hacer. Durante estos diez días debemos abandonar
cualquier rito religioso, creencia o rituales de cualquier tipo. De hecho tuve que dejar de
bendecir la mesa, algo a lo que ya me había acostumbrado. Nada de las banderas
tibetanas que había comprado, lo escondí todo y me resigné a las normas. Todo
escondido, fuera de la vista, sin distracciones. Otro día caí en la trampa de ponerme unos
pendientes de elefante que me había comprado pero tampoco podemos usarlos porque en
parte también son decoración.
Ese mismo día al meditar entendí el porqué de no tener cosas bonitas al alcance y es
que te apegas a la sensación que te produce su belleza. Haces esos objetos tuyos, algo de
lo que la meditación Vipassana huye porque los quieres poseer, proteger y admirar y eso
te produce una felicidad instantánea y artificial. En el fondo eso no es felicidad porque está
producido por algo ajeno a ti, la verdadera felicidad viene del bienestar interno. Si algo he
aprendido es que la felicidad no puede venir de objetos aunque yo siga erróneamente
buscando u obteniéndola de cosas de fuera; de estímulos, de sensaciones, de
experiencias…
Los primeros días también estaba un pelín obsesionada con cargar el móvil porque si no
lo tenía cargado no podría levantarme por la mañana a meditar. Nos dijeron que
lleváramos un despertador de los de toda la vida pero a mí se me pasó. Intenté mil formas
para que se quedase el cargador en su sitio y no se cayese al suelo ya que estaba alto en
la pared y quedaba colgando; probé con celofán, gomas… pero se acababa yendo. Lo
intenté durante días. A veces se cargaba un poco, lo suficiente para sonar al día siguiente.
Llegó un momento en el que me di cuenta de que no necesitaba la alarma, que dormía tan
bien que con la alarma del centro era suficiente. Después de varios días ni siquiera
necesitaba la alarma, me despertaba fresca y lista cinco minutos antes de que sonara. Los
últimos días me despertaba con una paz inmensa, con un cuerpo descansado que me
atrevo a decir no he sentido antes; con ganas de levantarme, de vivir mi vida.
Me acostaba y me levantaba con un hambre tremendo, con unas ganas enormes de
comer cualquier cosa, lo que fuera, me daba igual. Mi mente estaba en mi estómago todo
el rato. Las dos horas de meditación de por la mañana, de antes de desayunar eran
horrorosas. No quería quedarme ahí, no quería tranquilizarme. Mi mente se iba
descontrolada y desesperadamente al momento en el que abriría mi boca y por fin metiese
comida, fuese lo que fuese. Cuando llegaba a la cocina sonriendo y arrecida de frío me
servía de todo, lo que fuese. El té masala se convirtió en parte en mi adicción, otro de los
venenos de los que debemos liberarnos en el curso y para nuestra mejora en salud,
incorporar en nuestra vida diaria.
Llegó un momento en el que pensar durante tanto tiempo en comer me cansaba así que
me resisto y me tejo entre sueños. Minutos después me decía: « ¿Qué estoy haciendo?,
¡debería aprovechar esta oportunidad con sus pros y sus contras, con su todo!» lo
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intentaba y lo volvía a intentar. Pero, « ¡me duele todo!, ¡el estómago me cruje, llora!». Me
hundía, me desesperaba, volvía a crecer, a tener esperanza y nada… vuelta al mismo sitio.
Cuando el canto sonaba sabía que el suplicio había terminado, ese momento mágico,
idílico que señala que el fin de la clase está por llegar. Pero no, aún quedan treinta
minutos, o eso es lo que yo creo, de escuchar a un hombre cantar en pali con una voz muy
grave y a gente toser, sonarse los mocos o eructar. Ya no sabía cómo ponerme; cabeza
abajo, con la cabeza entre las piernas, con una pierna encima de la otra, medio cuerpo
encima de mis piernas… Me revuelvo en mi propia impaciencia y frustración. Por fin llega
el momento. «Sabate, mangele…», entona el casete rústico. ¡Sonido de los dioses más
lejanos y todopoderosos! La campana suena, es hora de zampar.
Ahí es cuando intento levantarme. A veces cuesta pues medio cuerpo o la teta
izquierda, por ejemplo, se te ha dormido durante el soporífero proceso de dos horas
interminables que parecen siglos. Suena como una tortura y así es; una tortura perpetua
ensalzada por los miedos, los valores, frustraciones y deseos de tu mente. Esa mente de la
que somos presos y que gracias a este cambio he podido abrir un poco más. Esa prisión
decorada por fuera con colores bonitos y demás artilugios para aparentar estar bien por
dentro, donde solo hay barrotes y suciedad. Una suciedad en la que nos revolcamos como
cerditos pensando estar limpios pero en realidad no lo estamos. Nos revolcamos más y
más, una y otra vez, pensando que hacemos lo correcto aunque en realidad solo estamos
alimentando nuestro propio ego. Ese ego crece y crece y se busca aliados y amiguitos con
los que jugar como la pereza, las excusas y los malos hábitos. Duele mucho combatir a
esos amigos pero el ego, ¡ay el ego! Es el peor de los enemigos porque a menudo se
disfraza, aparentando, fingiendo y te engaña, te ilusiona y siempre busca su propio interés.
El tercer día me dejé engañar por uno de sus amiguitos: las excusas. El oído me dolía
mucho, ¡cómo no si pensaba en el dolor y la molestia día y noche! Eran las cinco de la
tarde aproximadamente, me acerqué al profesor y le dije lo que me pasaba y le pregunté si
era posible saltarme la última sesión e irme a acostar pronto. Sentía mucho calor por
dentro y fiebre pero seguramente era mi mente que estaba jugando sucio. Ella quería que
parase porque estaba descubriendo verdades que no le interesaba que yo supiera, estaba
combatiéndolas desde abajo, observando, poco a poco.
—Tranquila, no tienes fiebre. Este curso te va a venir muy bien. Estos tres primeros días
son los peores, no te preocupes. Sigue meditando y observa las sensaciones. Todo va a ir
bien. — Una respuesta serena, tranquilizadora en la distancia pero en ese momento me
sentó como una patada en el… sí, ahí mismo.
—Gracias, lo intentaré.
¡Es un profesor de Vipassana, debería tener todas las respuestas a mis miedos, a mis
problemas!, ¡debería tener superpoderes para enseñarme qué hacer, cómo seguir!, ¡yo soy
la que estoy mala, no tú! Escúchame, estoy mala y te estoy hablando… ¡Oh, qué orgullo
más grande, qué ego más feo! Me fui a meditar, no quedaba otra.
«Mañana es un día muy importante, Alba. Hasta ahora hemos estado centrándonos solo
en la respiración pero mañana aprenderemos la técnica Vipassana de verdad.»
Tal y como se veía venir al día siguiente ya estaba mejor y vaya que si era un día
importante… Si fijar la atención en la respiración era difícil, concentrarse en el triángulo
que hay debajo de la nariz parecía una misión del Inspector Gadget o Doraemon.
La mente se iba, volaba, se recreaba y yo intentaba traerla a esa zona de mi cuerpo
pero, ¡no veas si se escurría la jodía! Cada hora parecía un mundo, la distancia entre
sesiones infinita. Poco a poco me iba acostumbrando a tener la sensación de estómago
vacío, un gran descubrimiento para los días venideros.
Mi parte favorita del día empezó a ser la clase de las enseñanzas del dhamma, lo que
hasta ahora yo conocía como dharma. Todas las tardes S.N. Goenka, el fundador del
programa, nos habla a través de una pantalla de televisión. ¡Qué hombre más sabio!, ¡ese
hombre sí que inspira! Te habla de una forma delicada, pausada y es tan gracioso con su
mujer al lado…
Por fin entendí muchos conceptos budistas que antes eran confusos o abstractos. Ojalá
nos lo hubiesen explicado así en FGS en vez de divagar tanto. Supongo que la diferencia
al hablar de lo mismo está en el punto de vista del monástico y del laico. Esta vez me
parecía que las teorías podían ser aplicadas a mi vida de una forma más sencilla y me
sentía más identificada, por eso precisamente lo entendía. Me empiezo a dar cuenta de la
diferencia de verdad entre el Mahayana y el Hinayana, este último lo siento más directo,
con menos rituales.
Estudiar las ideas del budismo en pali, su idioma original, el que usó Buda para la
transmisión de sus ideas, me llega más, percibo más su esencia. La impermanencia o
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anicca en pali la entiendo más que a su hermana wúcháng en mandarín, su historia es más
directa pues la observo cada día. Día a día veo el proceso de la impermanencia de primera
mano; todo surge, se desarrolla y se va. El dolor llega cada día, en cada sesión de
meditación pero al dejar de observarlo y al no apegarme a ese sentimiento, ya sea bueno o
malo, se esfuma.
De la meditación Zazen que practiqué en el templo, centrada en dejar ir a las emociones
y pensamientos paso a la Vipassana cuyo fin es observar cada parte de tu cuerpo. Según
la meditación Zazen no hay que conseguir nada, ni hay una dirección guiada, simplemente
hay que observar y abandonar. Ver cómo llegan los pensamientos y enseñarles la puerta,
dejarles ir según van llegando. Aunque ambas formas de meditar se centran en la
respiración y en estar concentrados en el momento presente, vivo Vipassana de una forma
más intensa. Es más duro ir analizando cada parte de tu cuerpo y observar las
sensaciones que van apareciendo pero al final me aporta más paz.
Cuando uno no puede hablar durante diez días observa cada detalle mucho más y de
una forma más intensa, más bonita. Las
sensaciones se experimentan más
profundamente, se valora más la brisa y el suelo donde pisas.
Cada mañana después de desayunar, a eso de las 7:40 el sol se levantaba. Sé que era
esa hora no porque llevase reloj sino porque desayunábamos a las 7 y a las 8 teníamos
clase. Era desayunar tranquilamente, fregar los platos, ir al baño, lavar algo de ropa si
tenía, salir y esperar unos minutillos, canturrear alguna canción que otra y ahí estaba, ese
maravilloso alba que se asomaba para darme los buenos días. Un día que para mí ya
había empezado hace cuatro horas. Lo observaba unos minutos y ya sabía cuándo tenía
que irme a clase según la altura del sol. Poder ajustarse al tiempo guiada por la naturaleza
es algo que me encantó de esta experiencia porque normalmente cuando me levanto el sol
ya está ahí, esperando a que me despierte.
Hablando de canciones… Al estar en silencio tanto tiempo y escuchando el eco de tu
voz, en el vacío de tu mente, te das cuenta de los pensamientos repetidos, los que no
cesan de venir a ti. A mí me pasaba con las canciones, cuando medito y estoy tranquila
miles de canciones suenan en mi cabeza, como si fuera una radio permanente. Cada una
de las canciones era idónea para el momento. Cuando me desmotivaba me sorprendía
cantando I don’t wanna close my eyes (no quiero cerrar los ojos) porque me negaba a
empezar de nuevo, me oponía a cerrar los ojos para meditar. Cuando conseguía animarme
cantaba Born to be wild (nacida para ser salvaje) y casi bailaba a su son. El subconsciente
me fascinaba con tales genialidades y yo me reía porque no las podía compartir con nadie.
Doy una última vuelta por las instalaciones aunque sé que recordaré cada esquina, cada
piedra, cada árbol. Disfruto de una buena ducha, durante estos días era tan difícil ducharse
que me lavaba a partes porque tanto el agua como el tiempo eran gélidos como el mismo
témpano. Me arreglo como si me fuese la vida en ello, ya es hora de irse, de dejar otra
bonita experiencia atrás.
Conozco a Brenda, una chica estadounidense que va a pasar unos días en Jodhpur y
decido irme con ella. A los cinco minutos me arrepentí un poco pues solo me contaba todo
lo triste que le había pasado en su vida y no había hueco para la alegría en esa mujer
cansada. Me recuerdo que todas las personas tienen algo que enseñarte y me voy con
ella. Nos quedamos en el mismo hostal y visitamos juntas la ciudad, sus colores me
asombran, sus olores me atraen y despiertan mis sentidos.
Esa misma noche tengo una pesadilla horrible muy viva, me despierto casi llorando,
angustiada y dolorida. Venía un huracán a la ciudad, no sé a cuál y todo el mundo a mi
alrededor entró en pánico. Ahí es cuando empecé a ver uno a uno todos los miedos más
profundos que tengo. Estaba con un grupo de gente y yo cogí el coche (un jeep de esos
estadounidenses sin marchas). Al principio el volante estaba a la derecha pero se cambió a
la izquierda. Mi primer miedo se presenta: no me cabe el culo en el asiento. Estaba muy
emocionada por poder conducirlo y que me vieran los demás, aquí es donde viene el ego y
la aceptación, así que me hice hueco como pude. Empecé a tocar botones, no sabía cómo
iba y di marcha atrás. Había dos chicos guiándome y uno de ellos decía mientras se
llevaba las manos a la cabeza: « ¡Uy, qué torpe!». Ahí está mi segundo miedo: las críticas
o comentarios que yo percibo como críticas (por mi gran ego) que recibo por parte de los
demás. Estoy demasiado tiempo en la mente de los demás en cada acción que tomo y eso
me cansa mucho, gasto demasiada energía. Empiezo a salir con el coche pero había
mucha gente por todas partes y de repente tengo unos patines puestos pero no tengo los
pies dentro sino encima. Veo de lejos a mi amiga Larraitz que los lleva bien puestos. A mí
me costaba más patinar pero aun así iba bien al ser cuesta abajo. Aquí relaciono lo que me
complico la vida en la mayoría de las situaciones, en vez de buscar la sencillez, lo simple.
De repente ya no tengo patines y voy andando, llego a una calle, intento salir pero hay
fuego y gente quemada, con medio cuerpo, parecen zombis y vienen hacia mí. Me doy la
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vuelta para buscar otra salida pero hay una mujer armada en lo que parece ser la frontera.
Alguien se acerca, le pregunta algo y ella le contesta «Ce?» (probablemente fuera polaca o
checa). Veo a Giovanni y le digo: « ¡Ah, esa debe ser la frontera!». Y me contesta de forma
muy irónica y arrogante: « ¿Ah sí?, ¡no me había dado cuenta!». La arrogancia se presenta
encarnada en el cuerpo de mi compañero y la rechazo, me voy de allí.
El sueño es muy intenso y me despierto pensativa. Me acuerdo de todos los detalles y
los escribo para no olvidarlos aunque es una sensación tan viva que me dura todo el día.
Todo está relacionado, todo tiene sentido. El camino está enfrente de mí, los miedos son
los que me impiden llegar. Lo considero un signo del destino caprichoso, la mejor forma sin
duda para cerrar esta fase, valorar el progreso que he tenido pero también darme cuenta
de que aún falta mucho por cambiar en mi día a día.
Jodhpur es una ciudad que embruja, una ciudad de colores intensos, sabores variados y
mucha historia. Caminar por sus calles es vivir esa propia historia. La fortaleza Mehrangarh
que se despliega allá a lo alto, por encima de las casas azules que iluminan la colina es
una construcción preciosa. Si admirarla desde lejos, desde sus pies ya es una auténtica
belleza, adentrarse es un lujo para los ojos. Una vez dentro siento que admiro cada detalle
mucho más, veo los colores más vivos y me encuentro más sosegada.
Hay mucha gente por todas partes, algo por lo que me agobiaría antes pero hoy estoy
radiante, esplendorosa. Sonrío y disfruto de cada momento. Es curioso que a cada diez
metros hay una persona o un grupo que quiere hacerse fotos con nosotras, destacamos
entre la multitud. La mayoría vienen tímidos y expectantes, como si fuésemos estrellas de
cine. Una vez que ya estamos en las redes sociales de todos, visitamos el templo que hay
dentro y observamos la ciudad desde la lejanía. Sus casas azules destacan
indudablemente en un mar de gente. La torre del reloj se presenta como un punto
neurálgico del que nacen estratégicamente todas las calles. Aquí arriba se intuyen algunos
sonidos provenientes del mercado y de los templos y se puede ver la velocidad a la que se
mueve esta ciudad.
Una vez abajo paseando por el centro, donde está todo el jaleo mercantil, la torre con el
reloj y todo el mejunje de colores, nos encontramos un puesto con un cartel que me
sorprende: «Aquí hay tortilla de patatas». ¿Cómo que hay tortilla de patatas?, ¿en India?
Me acerco a hablar con el dueño y me sorprende chapurreando español.
Vicky me cuenta, dentro de su diminuta tienda en la que apenas hay espacio para cuatro
sartenes y una infinita fila de cartones de huevos, que él es el primero que empezó este
negocio. «Luego me robaron la idea y ese de enfrente es el que aparece en el Lonely
Planet», me dice apenado. Como yo me dejo llevar más por mi instinto que por lo que
ponga en una guía, decido sentarme en uno de sus taburetes de plástico enanos y disfrutar
del sabor de una tortilla con especias en pan. Al otro lado de la plaza estaban los borregos
que tenían como dios una guía de viajes generalista.
—Hoy no queda tortilla de patatas pero tengo otras para ofrecerte—. Me enseña una
carta con tortillas variadas y huevos cocinados de mil maneras.
—No te preocupes, ahora me voy a comer una tortilla francesa pero mañana vendré a
desayunar.
Mientras espero, leo su libro de visitas. Casi todo el mundo habla sobre el sueño de
Vicky, que hay que ayudarle a que lo haga realidad. Él me invita a que vea cómo hace la
tortilla desde dentro y yo se lo agradezco.
— ¿Cuál es tu sueño Vicky?
—No pasa nada, da igual. Ya no importa.
—Debes seguir luchando, sea lo que sea —le digo, sin saber si estaba metiendo la pata
más que ayudándole.
Después de deleitarnos con una tortilla, de las mejores que he probado, nos dejamos
perder por el mercado. «Tened cuidado con vuestras pertenencias» nos advierten. Sin
embargo, lo único violento que vi fueron los colores tan vivos que decoran cada puesto de
fruta. Niños con ojos abiertos de par en par me observan y son una víctima fácil de mi
cámara. Mujeres con sacos de arroz en la cabeza, gente regateando y comerciantes
dicharacheros que intentan captar nuestra atención. Ese era todo el peligro que me
aguardaba. Seguimos andando, guiadas por nuestros pies infatigables.
—Yo prefiero ver las ciudades a pie, está todo más a tu alcance —le confieso a mi
compañera de viaje.
—Yo también. Siempre que puedo ando aunque no es fácil en algunos sitios de India.
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Nos adentramos por unas callejuelas que se alejan del mundanal turisteo que hay en el
centro. Yo quiero ver Jodhpur en sus adentros, en sus entresijos. Nos perdemos y
seguimos andando, con el instinto viajero encendido. Mis ojos no dan crédito a la diferencia
de colores que se expande más allá de donde me llega la mirada. Barberías, joyerías,
zapaterías, de verdad, para la gente de aquí. Atrás quedaron los turistas, aquí empieza lo
bueno. Me enamoro literalmente de unas sandalias de colores, que cuestan la mitad de
precio que en el centro, y las hago mías. El señor no sabía inglés pero su sabiduría zapatil
me ayudó en mi elección.
Seguimos andando, yo con zapatos nuevos, esos que tienes que colocarte cada vez
que entras en un nuevo país o en una cultura ajena. Entramos en templos pequeños en los
que los dueños o cuidadores nos invitan amablemente a pasar y nos explican la diferencia
entre unos dioses y otros y los distintos símbolos que se ven reflejados.
Ahora sí, somos el centro de atención. No lo es una cabra que vemos pasar con un
anorak de colores puesto, ni cuatro personas en una moto, no, somos nosotras, las
alienígenas, las recién llegadas. Nos metemos en lo que parece ser el barrio musulmán a
juzgar por los turbantes y las pequeñas mezquitas que se hacen ver disimuladamente.
Un grupo de niños nos persigue. Quieren tocarnos, hacerse fotos con nosotros y me
piden bolis. ¿Bolis?
«Debe ser que es lo que les dan los pocos turistas que vienen por aquí», me dice
Brenda. Una escena que desgraciadamente presenciaría meses más tarde en otro rincón
del continente. Les digo que lo siento que no tengo ningún bolígrafo aunque tenía uno
pero, ¿qué hago con los otros veinte niños? Nos hacemos miles de fotos, todos los niños
me parecen guapísimos e inocentes. Nada que temer. Llega un momento en el que todos
nos rodean y quieren salir en las fotos y verlas y llaman a más niños que se unen
instantáneamente a la algarabía infantil. Todos los niños de India deben estar rodeándonos
ahora mismo. Un señor de la zona, probablemente padre o abuelo de alguno de los niños
que nos estaban casi acosando se acerca y les dice lo que yo traduzco como un: « ¡Eeeh!,
¡dejad a las chicas en paz!» Fue muy eficaz ya que desaparecieron en un dos por tres.
Nos encontramos con un grupo de niños jugando al críquet en un terreno improvisado,
un juego muy tradicional en India, herencia de los ingleses. Observo cómo juegan hasta
que me animo a unirme. Voy a ver si puedo darle con el bate a la pelotita. Lo intentamos a
la primera, nada. Un segundo intento, nada, la bola parece esquivarme. A la tercera
consigo darle aunque no sé qué tengo que hacer después. Se ríen de mí, me río con ellos
y pasamos un buen rato al fin de cuentas. Dicen que el críquet es tan complicado que ni
los ingleses ni sus antiguas colonias llegan del todo a comprenderlo así que para ser mi
primera vez, no está mal del todo. Me despido sonriendo y seguimos nuestro camino.
—Ven, tienes que probar esto—me dice Brenda.
—Vale—.La sigo y me dejo llevar. Veo a un hombre sentado, entre un montón de dulces
y hojas, viendo la gente pasar, viendo la vida moverse. Nos sonríe y Brenda le pide dos
meetha paan.
—Esto es algo que refresca, es digestivo y te da energía.
El paan es la hoja del betel, una planta que dicen que cura y previene un sinfín de
enfermedades. El hombre saca dos hojas grandes similares a la de parra de una caja de
madera que parece de herramientas y empieza a ponerle cosas encima. Con un pincel
reparte algo parecido a una mermelada, le echa bolitas de anís y cosas indescriptibles de
varios colores. Lo envuelve y nos lo da. Es como si comieras una pasta de dientes muy,
muy dulce. Es interesante y refresca, eso sí.
---
Al día siguiente, horas antes de irme vamos a ver a Vicky, tal y como habíamos
acordado.
— ¿Dónde está esa tortilla de patatas, Vicky?—le digo sonriendo.
—Ya va, Alba. Especial para ti.
La tortilla es de patatas y con huevo, más finas que las que hacemos nosotros pero a
miles de kilómetros de tu casa todo lo que se le parezca sabe bueno. Una exaltación
patriótico-gastronómica no viene nada mal de vez en cuando. Se acercan dos argentinos,
se les oye desde lejos, como a todos los argentinos que merodean por la zona y les digo
que tienen que probar la tortilla, que está buenísima.
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Mientras, me pongo a leer el libro de visitas de nuevo, pensando en qué escribir ya que
Vicky había insistido en que lo hiciera. Ahí descubro el escrito de varias personas diciendo
que no es justo que él empezara el negocio y el puesto de enfrente se llevara la fama
simplemente porque aparecía en el Lonely Planet. Quizás ese sea su sueño, que se le
reconozca más su trabajo… Nunca lo sabré porque evitaba la mirada y yo no quise insistir.
Me despido de la ciudad en autoricksaw, uno decorado con fotos de artistas de
Bollywood y dioses hinduistas variopintos. Recojo mi mochila, que parece estar preñada
con tantos regalos que lleva dentro y me subo. Me voy y dejo atrás Jodhpur, una ciudad
preciosa. Voy a la estación de autobuses, a ver qué me espera. En India puede que
llegues y encuentres un bus que vaya a donde quieras ir o que tengas que esperar varias
horas así que es suerte, más que otra cosa.
Llego a la estación y me encuentro desubicada, no sé a dónde dirigirme con tanto
autobús y tanto pasajero suelto. Consigo encontrar la taquilla con cierta dificultad y compro
un billete a Pushkar. Corro para coger el autobús porque bueno, nunca se sabe cuándo
pasará el siguiente…Tengo tanta suerte que llega uno a los cinco minutos. Me subo
discretamente y con respeto para no llamar la atención pero creo que me ven a leguas de
distancia. El bus es uno de esos sin separación en los asientos, son bancos directamente.
Subo y busco mi asiento pero está ocupado. Intento poner la mochila en el compartimento
pero no cabe. Un chico que está dos filas más atrás me ayuda a dejarla en su
compartimento y me invita a sentarme a su lado. Bueno, ha sido amable así que me
sentaré con él.
Tiene unos treinta años, gafas de pasta, con un toque bollywodiense pero aun así
inspira cierta confianza. Aunque hablando con él ya empiezo a pensar en las malas
noticias que salen en la tele sobre la India, paso y me centro en la conversación, en saber
más sobre la cultura en la que estoy.
Hablamos sobre las costumbres de India, sobre el festival de literatura al que iría unos
días después, sobre amor y temas varios. Resulta que ha sido cantante para alguna
película de Bollywood, incluso me deja escuchar algunas de sus canciones. Es muy
servicial conmigo tanto que empiezo a sospechar un poco. ¿Quiere ayudarme o algo más?
En el camino Rahul me convence para que vaya a Jaipur porque es el festival de las
cometas y es solo hoy y es muy divertido. Yo no sé qué hacer porque ya tengo reservado
el hostal en Pushkar.
—Además puedes venir a mi casa y comer comida india de verdad—. ¿Suena bien, no?
Al fin y al cabo no todos los días se conoce a una familia india… Además se ofreció a
llevarme más tarde a la estación para coger el bus a Pushkar.
—Vale, está bien. Iré contigo—contesté. Paramos unas cuantas veces en pueblos de la
zona y mis ojos sorprendidos se pierden con tanto color. Que si sube un señor con
turbante y bastón, que si señoras con sharis cubriéndoles el cuerpo y niños por todas
partes. Llegó un punto en el que pensé que ya no cabía más gente en el autobús. Pero yo
misma me contesté: «Ilusa, siempre hay hueco para alguien más en Asia...».
Esa mañana había dejado Jodhpur con el festival de musulmanes, con fieles desfilando
orgullosos por todas partes con banderas de media luna y ahí estaba yo de camino al día
Sankranti en Jaipur. En un solo día había presenciado distintas culturas, en un mismo país.
Diversidad al máximo. Por eso me encantas, India. Tan diversa, tan especial y única.
Rahul me dice entusiasmado que quiere que vea las cometas volar, que es
impresionante ver a los niños subidos en las azoteas de las casas y volando cometas.
—Pero no creo que lleguemos a tiempo, está empezando a anochecer ¿no?
—Sí, sí, no te preocupes que llegamos.
Llegamos a otra estación, cogemos el siguiente autobús. Nos quedan dos horas de
camino y el sol está empezando a esconderse. Yo ya digo que tenga que ser lo que
sea...me da a mí que cometas ya no veo. Sin embargo, por el camino empiezo a ver niños
con sus cometas de colores, surcando los cielos. Empiezo a sonreír, simplemente por estar
ahí, por ser testigo de algo que una vez leí en un libro. Y ya no me importa si llegamos
tarde porque estoy aquí y ahora y para eso nunca es tarde.
Ya en la ciudad cogemos un auto y me lleva a su casa, con su familia. «Quiero que les
conozcas, quiero que conozcas a una familia india», me repite ilusionado. Por el camino
observo las cometas volar, algunas tienen hasta luces que se mezclan con las nubes de la
noche y eso hace que el momento sea más especial. También hay fuegos artificiales que
hacen la estampa más colorida.
Sin embargo, no se me podría haber pasado por la cabeza lo que iba a pasar instantes
después. Entramos en la casa y me presenta a la familia. Al rato, no me digáis cómo, me
encuentro rodeada de toda la familia, en círculo, observándome, como si fuese un animal
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exótico o una alienígena recién aterrizada. Me traen comida y té masala pero la situación
no mejora. Ahora no solo me estaban mirando sino que me estaban mirando mientras
comía. Yo comiendo zanahoria Halwa, un postre riquísimo hecho a base de zanahorias y
mucho azúcar y unas siete personas mirándome, observándome. No sabía dónde
meterme.
Imaginaos la siguiente escena: yo sentada en la cama de una habitación, en el centro y
alrededor de mí la familia entera observándome. Rahul a mi derecha, su padre y su madre
enfrente, su tía, su hermano y sus sobrinos a la izquierda. Todos mirándome, algunos
tímidos por preguntar pero no por mirar. La madre y la tía cuchicheaban y me miraban y yo
pensando: « ¡Eh, que estoy aquí, os estoy viendo!».
Yo diciendo: «Alba, dónde te has metido, seguro que si te quedas aquí a dormir (Rahul
se ofreció para que me quedara) al día siguiente te levantas con anillo en mano y te
quedas casada en India, para la eternidad. Todo esto es una trampa para preparar una
boda de conveniencia y aquí me quedo...». Mientras me preguntaba qué estarían hablando
los padres entre ellos, quizás analizan si soy buena esposa para su hijo, contentos por
haber encontrado por fin una moza para el muchacho. Confundida y aturdida solo me
queda apreciar el que fueran tan serviciales y simpáticos conmigo aunque no me digáis
que la situación no fue extraña cuanto menos.
En un principio Rahul me dice que me quede en su casa a dormir, que ya se ha hecho
de noche. De repente empieza a hablar con sus padres y al rato me dice que han pensado
que yo soy una huésped especial y que su casa no está a mi altura (esto suena un poco
raro o a excusa barata). Yo le digo que a mí no me importa dónde dormir pero ya sé por
dónde está yendo. Creo que desde el principio me ha estado mintiendo pero él me dice
que no me preocupe que conoce un hotel que está cerca y que me va a llevar.
Yo estoy confundida, no sé por qué me ha dicho que me iba a dejar dormir en su casa
cuando era que no... Con las mismas me fui a un hotel y llamé a Vandana para contarle
toda la historia rara que me acababa de ocurrir.
—Alba, no es normal que un indio invite a una chica a su casa a dormir y menos siendo
extranjera, no está bien visto. Seguramente los padres no lo vieron bien y él desde el
principio ya sabía que no podía.
— Yo es lo que pensé pero es que él insistió tanto que le creí.
— ¡Qué raro suena! pero bueno por lo menos estás a salvo.
—Pues sí...
Al viajar uno debe amoldarse a las circunstancias pero sobre todo, sobre todo, seguir el
instinto. Todos tenemos uno, simplemente hay que saber escucharlo. Si no tienes dudas,
sigue adelante, las aventuras siempre empiezan con la incertidumbre. ¡Namaste y buenas
noches!
Al día siguiente viendo que no hay festival ni ná me voy con las mismas a Pushkar. En el
autobús me disculpo ante India.
«Perdóname, India. Perdón por ver en cada uno de tus hombres un posible violador.
Perdón por ver violencia e intenciones sexuales en cada mirada. Perdón por que cada vez
que quiero comprar algo me sienta siempre engañada. Lo siento pero los medios de
comunicación me metieron ese miedo mucho antes de venir y me hicieron creer que solo
eres eso. Estoy contenta de poder haber mirado más allá y sentir la amabilidad, la
apreciación y la educación de su pueblo. India, ¡eres tan diversa y tan grande! India, ¡por
favor no pierdas tu naturaleza única! ¡India, sigue luchando, creyendo y pidiendo tolerancia
y democracia! A pesar de tu personalidad a veces avasalladora ya me advirtieron que eres
para los valientes y me has hecho más fuerte. Gracias, India. Namaste.»
No salgo de una aventura cuando ya me estoy metiendo en otra. Llego a Pushkar,
ciudad sagrada para los hinduistas. El hostal es muy tranquilo y el señor que está a cargo
me acoge con una amabilidad, una ternura y un saber estar envidiables. Tranquilamente
voy a mi habitación, coloco mis cosas y embobada observo el atardecer desde la terraza.
He llegado a donde tenía que estar. La ciudad se erige alrededor de un lago sagrado. Los
fieles acceden al río a través de los ghāṭ, unas escalinatas que les permiten acercarse para
lavarse o echar mantos de flores. Según el Padma Purana, una de las escrituras
hinduistas, el dios Brahma vio al demonio intentando matar a sus hijos y molestando a la
gente. Brahma le mató con su arma: la flor de loto. Durante la batalla los pétalos cayeron
en tres lugares, creando tres lagos en Pushkar: el de Jyeshta, el de Madya y el de
Kanishta. Cuando Brahma volvió a la tierra llamó a ese lugar «la flor (pushpa) que cayó de
la mano (kar) de Brahma», de ahí Pushkar. Así el lago se convirtió en un lugar de
peregrinación nacional.
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Toda esa magia me embruja pero dudo si salir porque son más de las seis de la tarde,
hora en la que anochece en la mayoría de los países asiáticos en los que he estado y no
suelo salir si no es con alguien de la zona porque es mejor prevenir que curar. El estruendo
callejero me llama, la luz y la vida que vienen de fuera me hacen sentir segura. No estoy
en una ciudad india cualquiera sino en una muy turística y es diferente. Pushkar tiene vida
alrededor del lago pero sobre todo en la calle principal, donde se agolpan todas las
cafeterías, tiendas y hostales.
Así que como algo y salgo a dar una vuelta sin ninguna otra intención que mirar,
observar. ¡Cuánto me equivocaba! La ciudad invita a salir, a disfrutar. Todas las luces
están encendidas y hay mucha gente por la calle; la mayoría vendedores y turistas.
Aunque sean turistas ver a gente comiendo, bebiendo o comprando a esas horas es una
delicia, un lujo que nunca antes había apreciado tanto.
A los escasos tres minutos de haber dejado el hotel se me aparece lo que últimamente
muchas personas en Occidente desean, un gurú. Este gurú sin embargo eran de los que
iban disfrazados de caradura y simpatía. Yo le sigo el juego, a ver dónde me lleva esto.
— ¿Acabas de llegar no?, ¿todavía no tienes pulsera?—me dice observando mi muñeca
mientras me enseña enérgicamente una pulsera de cuerda de colores que él mismo lleva.
—No, no tengo.
—Todo el mundo que llega por primera vez tiene que ponerse esta pulsera. Pushkar es
un lugar sagrado. Lo primero que tenemos que hacer es ir a saludar al lago y mostrarle tu
respeto. ¡Vamos, vente! —. Le sigo a una de las entradas al lago. Nos acercamos a la orilla
y nos sentamos. Él inicia lo que se supone es un ritual pero a mí no me importa si no es de
verdad pues la energía que desprende es única. Yo me guío más por las buenas vibras
que por las religiones. La luna llena me cuida a la izquierda, el lago enfrente y las luces de
las casas reflejándose en él. Es un momento glorioso. Recita unos versos que supongo
son en hindi, o en algún idioma inventado para los turistas. Me pinta una señal vertical en
la frente con su pulgar, bendice a mi familia y me pone unas flores en la mano que tengo
que tirar al lago después de repetir unas palabras. Hasta ahí todo va bien.
Tal y como lo veía venir llega el momento en el que me pide dinero porque dice ser
pobre y por el rito religioso que acabo de presenciar. Yo le contesto que la religión no
debería tener un precio fijado porque es la fe la que mueve a la gente. No puedes pedir
dinero por tener fe o por presenciar un rito.
«Bueno, no te preocupes, no hace falta. Vente conmigo y nos tomamos un té».
Lo siguiente que sé es que estaba subida en una moto rosa de un medio gurú con una
sudadera estridente de mil colores, como la que llevaba la cabra en Jodhpur. De verdad,
estas cosas solo me pasan a mí…Nos hacemos paso entre camellos, turistas y
autoricksaws y de nuevo empiezo a pensar cosas raras pero desenchufo a esa parte del
cerebro llamada cordura. Sí, esa que ya ha aparecido antes y me agua tantas fiestas.
Siento la brisa fresca en mi cara. Nos paramos en un restaurante israelí y me invita a un
chai. El sitio es muy bonito y tranquilo, nada que ver con la algarabía del centro.
Cuando pensaba que ya se acababa lo bueno va y me lleva a un sitio mejor. Lo que
descubro es un hostal medio hippie, medio okupa que invita a entrar. La luna está llena, la
fogata nos ilumina. Conozco a mucha gente, sobre todo de Israel. Me cuentan que
después del servicio militar que están obligados a hacer tanto chicos como chicas, la
mayoría de los jóvenes se van a India, por un tiempo o permanentemente. Se van
buscando una libertad que les quitaron durante dos años.
India, un 15 de febrero y yo rodeada de un gurú postizo, tres israelíes, tres hombres
viejunos medio hechiceros y una alemana que no para de mirarme. Ah y porros, claro.
Paso un buen rato alejada de la realidad, del bullicio y observo a la luna.
«No world, no tourists, no money (si no existiera el mundo no habría turistas y por tanto
no habría dinero)» me dice Shiva, el sagrado, cómo él se define. Qué listo el tío, este lo
mismo te hace un rito hinduista que te vende hierbecitas mágicas o te da una vuelta en
moto por toda la India.
Me acuesto sabiendo que ha sido probablemente una locura lo que he hecho pero estoy
en mi cama, a salvo, sintiendo la aventura dentro de mí. Me despierto con el sonido de un
templo, sonriente y vuelvo al lugar desde donde se puede ver el lago. Me voy a explorar, a
ver qué hay por ahí. Me abro paso entre vendedores insistentes y visito el templo Brahma,
que por alguna razón que desconozco está exento de turistas.
La fachada del templo, de color crema, se erige a lo alto de unas escaleras de mármol
que invitan a entrar. Dentro es donde tiene lugar la verdadera explosión de colores. La
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entrada conduce a un espacio abierto donde la protagonista principal es la mandapa, un
pabellón sostenido con pilares utilizado para los rituales públicos. El azul de los pilares
combina majestuosamente con el rojo de la shikara, de varios metros de altitud.
No tengo ni idea de los rituales así que sigo a los fieles y les copio. Tocamos la
campana uno a uno y el pujari nos obsequia con unas bolitas de anís que tenemos que
comer. Damos la vuelta al templo, en peregrinación, siguiendo un ritmo acompasado y
bajamos unas escaleras donde tenemos que dejar algunos de los caramelos en ofrenda a
los dioses. Hay dos personas poniendo esa raya tan peculiar en la frente de los que se
ofrezcan, la misma que me puso Shiva.
Sigo andando y alguien me recomienda ir al templo Savitri, el que descansa de forma
gloriosa allá en la colina, a lo lejos. Me hago caso de los consejos y camino. Después de
pasar miles de puestecillos en los que me preguntan unas quinientas veces que de dónde
soy llego a una zona desértica, con camellos y casi sin turistas. Empiezo a subir las
escaleras, poco a poco.
En la subida me voy encontrando a gente, todo el mundo me saluda y me sonríe. Sigo
subiendo, el calor se hace notar pero no tengo prisa por llegar. Disfruto de las vistas y veo
la ciudad hacerse más y más pequeña con cada escalón que subo. A las dos horas llego,
cansada pero con la recompensa única de disfrutar de esas increíbles vistas tras haber
hecho un gran esfuerzo. A lo lejos se ve el lago, rodeado por el incesante entretejido de
casas.
Entro al templo y por primera vez compro unos caramelitos blancos, una de las comidas
bendecidas más típicas que se ofrecen a los dioses, conocido como prasad y los dejo
como ofrenda además de encender dos palos de incienso. Salgo y me encuentro a un
mono que me mira fijamente, desafiándome.
« ¡Qué gracioso y qué mono! ». Al mismo tiempo tengo en cuenta las varias historias
violentas que me han contado con monos como protagonistas. Se me acerca y me pone la
mano, pidiéndome, de una forma casi ensayada. Un señor que andaba por allí me dice:
«Dale uno que si no es peor». ¡Bendito momento en el que le hice caso! Se lo doy
rezagada y de repente me veo rodeada no solo de él sino de todos sus amigos. Uno de
ellos me arranca la bolsa de la mano violentamente y se caen todos los caramelos al suelo.
Ese es el fin de la historia, los monos se pegaron un buen festín a mi costa, yo me quedé
como tonta y seguí mi camino. Me estuve riendo un rato yo sola y después empecé a bajar
la cuesta. Mi té masala me estaba esperando, había quedado con el dueño de una de las
pocas cafeterías que había antes de subir.
Bajo y sigo bajando. Me encuentro a los mismos niños que me habían pedido dinero al
subir. Me ofrecen un violín indio y el grupo de niños de entre 3 y 10 años empieza a tocar
música y a bailar para mí. Uno de ellos me da una pena tremenda, un candor triste se aloja
en mi pecho y decido ayudarles. Yo ya no sé diferenciar quién se quiere aprovechar y
quién necesita ayuda de verdad pero hay que estar muy mal para fingir una cara así.
Les compro el violín, se lo regalaré a mi hermana. Aunque está un poco roto siempre me
recordará a aquellos niños que danzaban al son de un baile hipócrita y diseñado para los
turistas. El más mayor de los niños, el que parecía que manejaba el cotarro, me dice que
gracias a mí su familia hoy comerá. Gracias, Madame. Sé que hay una barrera muy fina en
estos temas entre qué es lo correcto y qué no. También sé que así no les estoy ayudando
del todo, de esa forma en la que los occidentales les miramos con pena, tristeza o ganas
de adoptar a todo aquel que veamos que lo necesita. La realidad es mucho más compleja
que esa percepción pues ni todos los que están pidiendo lo necesitan ni van a necesitar
eso que tú crees que les falta.
Dejando la anécdota y reflexión de lado entro en la cafetería y me siento con un hombre
de Francia y una señora de Nueva Caledonia. Converso con ellos un rato hasta que se
fueron.
Jony, el dueño de la cafetería, y yo seguimos hablando. Me gusta la filosofía de este
hombre. Su máxima es: «Compartir, cuidar y aprender» y lo tiene escrito por todas partes.
Charlamos un rato más sobre religiones, países y conflictos humanos. Coincidimos en que
todos los conflictos se acabarían si nos respetásemos en nuestras diferencias. Me enseña
cómo hacer el té Masala; hierves la leche, le echas té negro y especias o como él lo llama
el «pellizco mágico». Las básicas son cardamomo, clavo, pimienta, anís estrellado,
jengibre y canela. Él dice que le echa unas diez pero que son secretas porque es una
herencia de su abuela que tiene ahora 95 años. Después se le echa azúcar y, ¡a beber!
¡Ay madre! No sé cómo he podido vivir sin este té… Tiene un sabor delicado, especial,
que recuerda a especias y a leche caliente, leche de la de verdad, de la que bebía de niña.
Le escribo en su libro de memorias, le compro un botecito de hierbas mágicas para
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disfrutarlo en casa y me voy más contenta que unas pascuas. Jony me lleva en moto al
centro y nada más bajarme un hombre que vende pulseras empieza a hablarme. ¿Cómo lo
hago?, ¿tengo un letrero en la frente que pone: «háblame, estoy sola»?
—Siéntate, siéntate. ¿Quieres un té?
—Bueno, acabo de tomarme un…—. No había terminado de pronunciar las palabras
cuando ya había desaparecido aquel hombre misterioso. Al minuto aparece con dos
vasitos en la mano. Hablamos durante un rato y me invita a comer con su familia a las
cinco de la tarde. —Sí, puedes venir y mi mujer te hace henna en las manos—. Ah, claro,
ya sé entonces lo que quiere…
Aquí todo el mundo se quiere aprovechar de mí, bueno no de mí, sino de la figura que
represento, una blanca occidental a quien ellos creen que le sobra el dinero. Soy un euro
con patas. Me voy sin saber si volveré a verle pero sigo andando. Tengo hambre pero paso
por una de las tiendas y me enamoro de las chaquetas. Quiero una para mí y otra para mi
madre. Pregunto el precio y le digo que es muy caro y me contesta con una tranquilidad
pasmosa: «Siéntate y hablémoslo». Ni he abierto la boca cuando se presenta con otra taza
de té para mí. Si no me da un ataque al corazón o una subida de azúcar hoy, no me dará
nunca. Aquí todo funciona con un té de por medias. Después de un rato hablando me doy
cuenta de que curiosamente siempre salen los mismos temas de conversación. Que si las
chicas europeas son abiertas, que las indias son aburridas y yo le paro el carro.
—Que la cultura sea distinta no quiere decir que las chicas blancas tengan relaciones
con cualquiera.
—No quería decir eso—. Pero en realidad sí lo quería decir. —quiero decir que sois
distintas.
—Bueno, sí, pero no somos todas iguales.
Acordamos un precio y me voy a buscar dinero porque aquí parece que vuela. De
camino voy pensando en qué concepto más retorcido tienen de las turistas que vienen aquí
y me da un poco de rabia. Enfrascada en la injusticia de los prejuicios, veo a dos chicas
que quieren hacerse una foto conmigo. Yo ilusa y viéndolo normal en India digo que sí.
Tras hacer la foto me apartan a un lado y me empiezan a poner henna en la mano.
— ¡Eh, yo no te he dicho que quiera!
—Por favor, no tener comida, ayúdame.
Yo ya no sé, parezco nueva en esto. Paso por un puesto donde un hombre me rescata.
—No te vayas con esas, ven aquí.
Me voy con él y me dice que tenga cuidado con ellas, que son gitanas. Se van y el señor
me hace un zumo de naranja.
— ¿Quieres comer algo de comida orgánica? Te llevo a un sitio si quieres.
Anduvimos un rato, mi estómago es el que lleva el timón. Me lleva a un bar de comida
israelí en el que me como algo en un pan de pita relleno de patatas fritas, berenjenas,
tahini y huevo que sabía a dioses (ups, perdón).
Mis andanzas por Pushkar terminan, no sin antes visitar al comerciante de abrigos. Ya
de camino a Jaipur recuerdo una expresión que se usa mucho en India que me encantaba
al principio pero que ya está empezando a cansarme. Shanti, shanti es algo parecido al
bahala na filipino (dejar algo a los dioses). Quiere decir que te tranquilices, que dejes el
futuro en manos del destino y que te centres en el presente. A veces mola pero otras no
tanto. Antes de irme el dueño del hostal me invita a un té porque dice que un día no se
empieza bien si no es con un té, ese es el shanti, shanti más puro y natural. Preocupada
porque el bus a Ajmer se fuera sin mí, salgo a medio correr. Llego a la estación y espero,
entre vacas y vendedores de fruta. Consigo cogerlo, para hacer 100 km tardamos cuatro
horas, sí cuatro. ¡Shanti, shanti tus c….! que si una vaca se cruza, que si tenemos que
esperar a que un tren kilométrico pase delante de nosotros y así sigue una larga lista.
Llegamos a Jaipur. He quedado otra vez con Rahul para que me lleve al festival y allí
encontrarme con Shagun. Decido quedarme en el mismo hotel en el que me quedé aquella
noche que prefiero no recordar. El recepcionista me pregunta cuando Rahul no está,
curioso e inquieto, que si es mi amigo, que qué hace y que si podía venir conmigo. ¿Pero
de qué vas? El límite entre ser educado y cotilla en esta sociedad se mezcló hace tiempo.
Se mezcló y juegan al escondite, a ver quién gana.
Hay algo en toda conversación con un hombre de la India que no me gusta. Sacan muy
rápido el tema del sexo y lo abiertos que somos en Europa. Yo siempre les contesto,
molesta y reivindicativa, que no es un tema que les incumba y que eso no se le pregunta a
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una chica (y de hecho ni en sus pensamientos más remotos se lo preguntarían a una
india).
Llego al festival de literatura de Jaipur, otro mundo se abre ante mí. Un paraíso para
escritores y amantes de las lenguas y las letras con puestos llenos de libros, coloquios y
entrevistas. Me quedo absorbida por una de las presentaciones en las que parecen
hablarme a mí y solo a mí. «Ser un escritor significa tener tu propio templo e implica que lo
puedes decorar a tu gusto. Sin embargo, la obra del traductor es entrar al templo,
observarlo y rendirle homenaje. Puedes afinarlo, adaptarlo pero nunca cambiarlo. El libro
es lo primero. Si no, ¡escribe tu propia novela!».
Reflexiono sobre estos dos personajes, entre los que me bandeo, entre los que me es
fácil viajar. Escribir sale de mí sin demasiada dificultad pero al traducir cualquier obra o
incluso mis propias palabras me cuesta ser objetiva pues me adentro en el texto y lo
interpreto a mi manera. Reflexiono ante la opinión de algunos expertos escritores y
traductores; les escucho y admiro a la vez.
Shagun me presenta a sus amigos y nos vamos a comer. Hay varios puestos de comida
en la feria pero ellos deciden ir al más exclusivo, un restaurante sofisticado que más bien
parece un club nocturno. Yo miro la carta, la vuelvo a mirar y me quedo aturdida con los
precios. ¿Estamos en la misma ciudad en la que ayer comí por un euro? Los precios no
bajan de seis y me digo: «Bueno, tengo hambre, por lo menos vendrá con mucha
cantidad». Para mi sorpresa el falafel que había pedido consistía en cinco trozos diminutos,
a más de un euro la pieza. Yo no sabía si salir corriendo o reírme. Me lo comí por
educación pero me quedé tal y como estaba. Que me haya gastado lo mismo en un plato
de comida minimalista que en un hotel en una de las ciudades más turísticas de India me
enfada. Así es India. Eso te da, eso te quita.
En Madrid no es nada pagar seis euros por una comida pero estamos en India. Me
siento un pelín incómoda con esta clase media, no me gusta y no aguanto la tontería de
clases. El no importarte qué gastarte en un país en el que más de la mitad de la población
no tiene qué comer ese día me irrita. También me molesta que algunos se quejen porque
no pueden viajar fuera porque supuestamente no tienen dinero.
— ¿Cómo haces para viajar tanto?, ¿no es muy caro? —me preguntan sus amigos
sorprendidos con mis hazañas viajeras.
—Bueno, yo no vengo a este tipo de sitios. No me gusta gastar el dinero en cosas que
no veo necesarias. También vengo de clase media pero miro en qué y cómo gasto mi
dinero, eso es todo—. Aturdidos me miran como si les hubiese revelado el secreto mejor
guardado de la historia. Es la pura verdad, no consigo entender al tipo de personas que
prefieren tener cosas que acumular experiencias. Me voy de India, esta dualidad moral y
de clases me marea.
India, así te dejo pero no llores. Prometo que volveré, eso te lo aseguro. India te dejo
pero tú nunca me dejarás. Escucha, acércate, te prometo que volveré. Me has encantado
con tus seis sentidos, con tus aromas, con tus paisajes y tu gente. Me has aportado
espiritualidad, misticismo y descubrimiento personal. ¿Qué más podría pedir? India, no
llores solo prométeme que vas a cuidar de ti, que cuidarás a tus mujeres y respetarás a los
turistas. Prométeme que nunca vas a perder tu encanto único y tu historia. A la vez te
recomiendo que mires al futuro, ese futuro que te espera y al que debes sonreírle de una
forma sincera. Sigue luchando, yo me tengo que ir…
India, donde descubrí que puedo estar callada durante diez días seguidos. India, donde
me encantó darme cuenta de que puedo hacer cosas antes de desayunar y no morir en el
intento. India, donde conocí a gente interesante, loca, enferma, machista, con otros puntos
de vista, religiones y tradiciones. India, donde realmente aprecié lo que es ser una mujer
libre. India, donde olí espiritualidad, tranquilidad y experimenté paz interior. India, donde
sentí lo que es la felicidad de verdad pero, ¡qué difícil es mantenerla! India, el país al que
sin haber puesto un pie ya sabía que volvería y volveré. India, el país de los sabores
magníficos y de los colores deliciosos. India, contrastes, mezcolanza, hipocresía, miseria.
India, tanto por descubrir…
Ahora que estoy en el avión camino a Bangkok es difícil resumir este mes en pocas
palabras o en palabras en general. Llegué con miedo, con mucho miedo. Viví con el eterno
miedo de que sería violada o robada.
Delhi es una locura pero después de la suciedad y ruido de Manila creo que puedo
enfrentar casi cualquier ciudad del mundo. Delhi, ciudad de ricos y pobres, de autoricksaw
y ferrari. Delhi, la ciudad donde el pobre intenta vivir día a día y el rico vive intentando,
intentando ser algo más, convertirse en otra persona, alcanzar más y más.
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Dharamshala, la ciudad más espiritual y multicultural en la que he estado, recorrer sus
calles es oler budismo, es sentir un Tíbet libre. Disfrutar de su gastronomía es saborear
una mezcolanza de razas y países. Dharamshala, solo espero que sepan cuidar de ti, de
verdad deseo que no te exploten y te sepan conservar. Por favor no te conviertas en
Pushkar número dos. Me encantó aquel viaje que hicimos en coche por Himalachan
Pradesh, los alrededores de Dharamshala, parando a comer en la carretera, haciéndome
fotos con niñas que estaban de picnic con el cole y entrando por primera vez a un templo
hinduista.
Jodhpur, tus atardeceres supieron poner una sonrisa en mi cara. Tus amaneceres
lograron que mi alma brillara por fin, después de tanto sufrimiento. Tu paisaje desértico es
toda una preciosidad y perderse por tus calles es toda una delicia. Jodhpur, ciudad de
marajás y palacios. Fue un placer desayunar dos días en frente de tu fortaleza. Todo un
honor.
Pushkar, ciudad llena de vicios y engaños. La ciudad de las mil caras, de la sonrisa
camuflada en money, money. Pushkar, me dejaste claro lo que no quiero en mi vida ahora,
me enseñaste valor y coraje. Por último, en el festival de literatura de Jaipur me di cuenta
del tipo de escritora que no quiero ser. No quiero ser una escritora de esas arrogantes,
sabelotodo y que habla por hablar para rellenar una agenda fijada por otros. Palabras
vacías para un público que te sigue o te admira ciegamente, sin sentido. No, no me
interesa.
Tailandia
M
iro por la ventana del avión, este avión que me acerca milla a milla a mi familia.
Allí me esperan mis tíos y mi primo, los que viven en Canarias. Da la casualidad
que en este momento de la vida, en este momento preciso y no en otro, los cuatro estamos
en Asia. Mis tíos acababan de llegar de España y mi primo de Vietnam, donde vive desde
hace unos años. Bajo y ahí están, esperándome. Tailandia, ¡aquí estamos!
Mi tío, que es mi padrino también, me ilustra desde el primer momento con su sabiduría
pacense-canaria. «La cosa no es buscarla, la cosa es tropezarla», me dice refiriéndose a
las oportunidades, que hay que andar para encontrarlas.
Venimos en un momento convulso en la historia de Bangkok. Las manifestaciones
tienen tomadas algunas zonas de la ciudad y según dicen en la televisión (a la que hay que
hacer cada vez menos caso) es muy peligroso. Yo no vi eso.
Al día siguiente vamos al centro y como no podemos coger un taxi porque algunas
calles están cortadas, decidimos andar y coger el metro. Andando y andando nos
encontramos con uno de los asentamientos. Hay cientos de tiendas de campaña, donde la
gente defiende su libertad de día y de noche, puestos de camisetas alineados a la protesta
y cualquier artículo que puedas imaginar con la bandera tailandesa. Al fondo, un escenario
enorme es testigo de la buena organización.
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Nos perdimos un poco en el metro pero después de unas horas dando vueltas, nos
bajamos y nos guiamos por un templo que está a lo lejos. Llegamos y lo contemplamos,
sus pagodas doradas, típicamente siamesas decoran cada más mínimo detalle. De nuevo
aquí me dejo llevar por un tipo de budismo distinto, con un arte que aparenta ser más
colorido, más humano, más cercano.
Seguimos andando con la intención de llegar al templo Wat algo. ¿Resultado? Nos
perdemos magistralmente por las calles de Chinatown. Nos metemos por unas callecitas
que nos permiten descubrir la magia de su gente, esos olores peculiares, el ruido, los
empujones acompañados de noodles y pato laqueado. Pero lo que más me gustó sin duda
fue ver a mis tíos disfrutar al ver cosas nuevas.
«Sin vosotros no nos hubiéramos atrevido a entrar aquí porque nos daría miedo y en
parte, asco. Es tan distinto el Bangkok que nosotros conocemos…», nos dicen medio
sorprendidos.
Seguimos andando asombrados con tanto color, haciéndonos fotos con chinotailandeses, viendo los puestos de comida, las tiendas de oro… Es otro mundo cuando te
adentras en el corazón de la jungla, el corazón mezclado con mooncakes, arroz glutinoso y
lamparitas de año nuevo.
No paramos de andar en todo el día, descubriendo, compartiendo y riéndonos. En pocas
horas cambio de estar sola por unas cuantas ciudades de la India a estar en Tailandia con
mi familia todo el día. Paro por un instante y me doy cuenta de que mi mente está
sobreactivada, será de hablar español tan seguido después de tanto tiempo. Según
converso incorporo inconscientemente gestos de los lugares que he visitado. Señalo con
las cejas como los filipinos y asiento moviendo la cabeza ligeramente de izquierda a
derecha, como los indios. A los ojos de los etnólogos debo de ser un espécimen cultural de
lo más variopinto.
En el desayuno bufé aprovecho para comer Aloo Chole, una comida india hecha con
patatas y salsa picante que solía desayunar, acompañada, cómo no, de pan indio,
chapathis (aplastado) o naan (un poco inflado). Para llenar mi estómago de recuerdos,
sabores y experiencias de un lugar que ya quedó atrás.
Pero ya no estoy allí, estoy aquí. En Bangkok, la ciudad en la que el 98% de las
personas te sonríen y el 100% te ayuda, a lo que sea, pero te ayuda. Como aquel día en el
que preguntamos a tres chicas dónde estaba un comercio al que teníamos que ir y sin
dudarlo pararon un taxi para nosotros y le dijeron al conductor que nos llevara. Los taxistas
son simpáticos, siempre intentan cobrarte de más pero eso está en la naturaleza comercial
asiática, te dan conversación y siempre sonríen. Uno de los que nos llevó se mojó y nos
dijo que en Tailandia no hay democracia, que debe haber un cambio para seguir adelante.
Por eso está la gente luchando en la calle, por su libertad y derecho a vivir en un país
democrático.
Para qué mentir, me gusta estar en este momento de la historia, ser testigo de lo que
está pasando aquí, verlo de primera mano. No guiarte por lo que dice la prensa sino vivirlo.
Aquí no hay violencia, solo veo familias unidas pidiendo un cambio. No veo los disparos
exagerados que salen en televisión, solo gente luchando por lo que le toca. Mi primo
decidió subirse voluntariamente a la plataforma improvisada que tienen en cada
asentamiento y cantar El Emigrante de Celtas Cortos y tuvo su minuto de gloria. La
humanidad es la humanidad, no importa el país.
Cuando le preguntaron que qué sabía de la política de Tailandia él contestó sabiamente:
«Yo los metería en un barco a todos y les dejaría que se fueran a la deriva». En el mismo
instante en el que la presentadora consiguió traducirlo al tailandés una masa de miles de
personas enloqueció en gritos y vítores. Mi primo se había hecho famoso.
La concentración es impresionante con una organización envidiable y un ambiente muy
bonito; un ambiente de unión, respeto y libertad. Hay puestos de comida gratuita,
conciertos y charlas de política durante todo el día.
Después de Taiwán, Tailandia me parece el país más desarrollado que he visto en Asia.
Según lo escribo me pregunto: ¿Qué es desarrollo? Las carreteras son impresionantes, el
metro está limpio y es muy rápido, hay edificios altos por todas partes. Pero, ¿es eso
desarrollo? Para mí desarrollo es una sociedad que mira al futuro con una sonrisa, pero
aun así vive en el presente. Desarrollo es un pueblo que respeta a otros pueblos pero sin
perder la esencia del suyo. En Tailandia, destacaría el candor de la gente que te viene a
ayudar tan pronto te ven desubicada o con dudas. Eso es desarrollo, no cuatro edificios
modernos que reinan los cielos.
Nos alejamos de la ciudad durante un día para disfrutar de las ruinas de Ayutthaya, la
antigua capital de Siam. La ciudad fue devastada por los birmanos y lo que queda hoy en
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día, es digno de admirar. Templos o wats por todas partes, para lo que algunos son
piedras, para mí es historia. Me fascina recorrer sus calles y ver lo grandioso que fue este
lugar, hoy en ruinas. La naturaleza pura invade las construcciones budistas adentrándose
sigilosamente en algunos casos en la estructura de los edificios.
Mi tío se cansa de ver «piedras» y yo seducida por el encanto de cada una de ellas,
pululo por cada templo, admirando cada obra de arte. Las estatuas de budas meditando
son testigo del maltrato que recibieron; algunas decapitadas, otras sin dedos. Malditas
guerras que destruyen lo más valioso de la tierra…
Aquí estoy, viviendo el presente. Evito los extremos como en una cuerda floja en la que
me mantengo con los brazos en cruz para no caerme. No me caigo aunque a veces
tropiezo pero sigo andando, sin mirar atrás. A veces por curiosidad giro la cabeza y pierdo
el equilibrio. « ¡Mira pá lante!» me dice mi voz interior, esa voz que antes no quería
escuchar o me ponía tapones para no escucharla.
A veces me impresiona lo rápido que me adapto a los sitios. Llevo viajando cuatro
meses y por el camino he encontrado varios sitios a los que llamar hogar, como ese templo
de ocho plantas escondido en el bullicio de la caótica Manila, la casa tan acogedora de
Vandana en el pre Himalaya o esa habitación-casa en el desierto de Jodhpur. Son sitios a
los que puedo llamar casas temporales porque te hacen sentir como en tu propio hogar,
cómoda y sin temores.
La impermanencia viene a recordarme que no baje la guardia. Impermanencia con letras
grandes. ¡Qué cagada! En unos días tenía previsto irme con mi primo a Vietnam, a pasar
unos días con él. Yo ya tenía el vuelo comprado y le pregunté con tiempo si necesitaba
algún tipo de visado (algo que siempre suelo investigar yo misma). Me dijo que no, que se
conseguía en el aeropuerto, igual que en Tailandia y yo me relajé. Me relajé, por primera
vez, en vez de comprobarlo. ¡Siempre compruebo las cosas mil veces! Resulta que para ir
a Vietnam se puede hacer de dos formas; o a través de una carta del gobierno y se hace el
visado una vez llegues al país, o de la forma tradicional, yendo a la embajada.
Cuando me di cuenta era fin de semana y la única forma de hacerlo era a través de una
agencia, pero todas estaban cerradas. Al lunes siguiente empezaba el Tet, el Año Nuevo
lunar, las vacaciones más largas del país y las más respetadas por los vietnamitas. Todo
está cerrado, nada funciona.
No pasa nada, tenía que pasar, Alba. El destino es así, te ayuda a aclararte, te guía, te
seduce y te hace víctima de una realidad más compleja. Disfruta de lo que te queda, se
dice esa muchacha aventurera. Ella no acababa de enterarse que momentos como el de
aquella noche son los que definen la calidad de vida. Estar con tus tíos y tu primo con los
que no me había reunido en años en un bar escuchando a un hombre cantar Carlos
Santana, a petición de mi tío. Sí, esto es la vida, estos momentos. El no importar qué hora
es y disfrutar porque sí, aunque por dentro sepas que la hora de decirse «adiós» o «hasta
luego» está por llegar. Siempre me he despedido de la gente que quiero con un «hasta
luego», me parece que crea una unión más duradera, la esperanza de volverse a ver. Sin
embargo, aquí me doy cuenta de que en el fondo da igual despedirse con un «adiós» o un
«hasta luego», que el dolor es el mismo. El dolor de no saber cuándo volverás a ver a esas
personas, el dolor de una madre despidiéndose de su hijo mayor, que vive a kilómetros de
distancia, o el de un padre que sueña con que haya un futuro mejor para su hijo, sea
donde sea.
Así que me quedo «aprisionada» en Tailandia. Esto ha pasado por algo, la vida quiere
enseñarme una lección, se la tenía guardada la muy… Me da miedo quedarme sola,
después de estar una semana con mi familia se me va a hacer raro no escuchar la risa
loca de mi tío.
«No te preocupes, Alba, ya encontrarás la forma de llegar a Vietnam. La vida es una
maravilla y pocas maravillas hay como nuestras vidas», se despide diciendo mi tío.
Subiendo las escaleras que les llevaban a la puerta de embarque, entona. «Adiós con el
corazón…» y mi primo y yo nos unimos en un sollozo eterno con una sonrisa camuflada.
Es nuestro último día en Bangkok y yo me pongo en contacto con todos los que creo
que pueden conocer a alguien aquí, en esta ciudad gigantesca. Mientras tanto, hablo con
mi primo sobre la vida, esa vida que todo el mundo comparte pero que poca gente valora o
sabe aprovechar. Una vida que tiene fecha de caducidad y por eso mismo hay que
exprimirla.
—Como el marinero que se sube a lo alto del mástil y decide dar un paso, saltar al
vacío. Así hiciste tú prima y por eso mismo estoy orgulloso de ti. Quizás puedas poner eso
en tu libro… La vida es lanzarse y la realidad, tu propia realidad, la creas tú. No te
busques, ¡créate!
· 153
Quizás sea eso lo que me haga falta, dejar de buscarme y empezar a crearme. No hace
falta buscarme porque estoy aquí y ahora, ¿no? que yo sepa no he ido a ninguna parte…
Crearte es distinto, supone construir desde las bases que tienes. Crearte es colorear,
pintar tu realidad, es vivir, vivirte. Pero, ¿por dónde empiezo? Pues por algún sitio, por
donde sea. Por ejemplo aquí, por ejemplo ahora. Sigue andando, ya lo encontrarás.
Sukumvhit street, la zona en la que nos alojamos, es la guirilandia pura y dura. Me
recuerda a sitios como Benidorm, zonas de Palma de Mallorca, Tenerife sur o St. Julians
en Malta. Todo está listo para la consumición del cliente, del turista. Es una ciudad creada
a viva imagen de otras que vienen a ser lo mismo. Un lugar con precios inflados y en el
que se crea un mundo a gusto del consumidor, con la comida adaptada y los souvenirs
preparados, no les vaya a dar una indigestión.
Abran sus carteras, señores, empieza la función. No olviden sacarse algún que otro
riñón para degustar nuestra deliciosa gastronomía, adaptada a su paladar refinado. Todo
para usted, querido turista consumidor. Venga, le exprimiremos cual naranja de la China o
le cortaremos en trocitos cual papaya tailandesa. No tenga miedo, también aceptamos
tarjeta de crédito y mil monedas, hasta las del Monopoly. Eso sí, no olvide comprar viagra
si quiere hacer feliz a su mujer o a la tailandesa que alquila por horas o cómprele un
juguetito de esos traviesos. No, mejor, ¡haga uso de una de nuestras prostitutas, vienen
limpias y listas para usar y no se quejan!
Escribo estas palabras y su sombra me asquea y me da nauseas. Me arrepiento o me
asusto de lo que digo pero lo siento, es la realidad de esta parte y de otras tantas del
mundo. Por las calles o en los hoteles no es difícil ver a hombres cincuentones (aunque
también jóvenes) con esas camisas horrendas hawaianas de colores estridentes, yendo de
la mano con tailandesas que parecen modelos de lo guapas que son. A mí me repulsa
verlos y me pregunto cuál será su razón. ¿La tendrán pequeña?, ¿le pondrá una asiática?
¿Le gustara dominar a alguien, creyendo que es económica o socialmente superior? Sea
lo que sea es muy triste.
Quiero irme de aquí pero como no conozco ningún otro lugar de la ciudad decido
quedarme en la seguridad de esta calle. Sí, es un poco de miedicas. Busco un sitio que se
ajuste más a mi presupuesto, y aunque no es tan barato, me quedo en un hostal mochilero
de estilo bohemio. Llamo a mi familia y les tranquilizo. Me da un poco de bajón pero en
unas pocas horas consigo tener alojamiento en casa de una AIESECa. Quién sabe, quizás
era eso lo que me tenía guardado el destino, descubrir algo más sobre la cultura
tailandesa. Es cuestión de cambiar de actitud.
¿Me he quedado encerrada en Bangkok en plenas elecciones? o ¿Tengo la oportunidad
de explorar más este país? ¿He perdido 170 euros y una semana de estar con mi primo? o
¿He ganado otra de experiencias en Bangkok? En este balance me doy cuenta de que la
vida no se puede medir ni en pérdidas ni en ganancias. Balanceándome, empiezo a andar
buscando la embajada de Vietnam, quiero saber si puedo solucionar algo. Llego, a día 27
de enero, para ver un cartel que me informa de una manera aplastante que no abrirán
hasta el día 5 de febrero. Me da a mí que esta semana no me voy yo a Vietnam…
No me voy a preocupar por ahora, estoy en Bangkok, voy a seguir andando. Como en
un mapa vi wat X y wat Y, fui a aquella zona que aunque no era lo que tenía pensado, no
había ni rastro de turistas y estaba muy a las afueras. Me doy una vuelta por los templos y
entro en uno que me llama la atención. Miro intrigada y saludo con una leve reverencia de
cabeza. Ojalá pudiera decir omitofo y asunto zanjado pero este budismo es distinto…
— ¿Qué buscas? —me dice un monje, sorprendido y curioso.
—Nada, no estoy buscando nada solo estoy echando un vistazo —contesto con una
sonrisa, intentando ser educada.
En Tailandia ya me han preguntado varias veces por la calle que qué busco, que a
dónde voy y yo les contesto que estoy andando, simplemente. Siempre ponen una cara de
asco y asombro, una cara que dice que no debería estar aquí. Yo sigo andando, sigo mi
camino, el camino que construyen mis pisadas, cada decisión tomada.
Vuelvo al hostal y recojo mi mochila, he quedado con la chica que me va a hospedar. En
el metro sentada me miro las manos y recuerdo lo que me dijo una de las alumnas del
templo: «Tienes unas manos muy bonitas, finas y sin heridas. Mira las mías, tienen callos
de tanto trabajar». Reflexiono sobre la razón que tenía, sobre mi vida. Desde que nací
tenía casi todo hecho, no tuve que preocuparme más que de estudiar algo en lo que ponía
mucho esmero y empeño pero era una vida fácil. Llegaba a casa, tenía comida y un techo
bajo el que dormir, algo a lo que millones de personas en el mundo no tienen acceso.
Observo los carteles, escucho las conversaciones. Llego a la estación donde había
quedado aunque yo ya me olía que no estaría esperándome. Que, ¿por qué? pues porque
· 155
estamos en Asia y pueden pasar mil historias por el camino. Tranquilamente me siento un
rato en una cabina de teléfono y le llamo pero nada, no funciona. Pruebo con un cero,
metiendo las monedas antes, después… nada. En la calle nadie habla inglés, ¡por fin estoy
en Tailandia! Doy con una pareja muy simpática que me deja su móvil. Le llamo y resulta
que es él, no ella y que va a tardar una hora y algo en llegar.
Me voy a una de esas tabernas tailandesas, con asientos de plástico pequeñitos y
decoración mínima. Aquí se viene a comer. Todo el mundo me mira pero eso es buena
señal, aquí no llega mucho occidental por lo visto. Me como unos noodles con verduras y
sepia (o eso creo) y un té de ciruela. Vuelvo a la cabina de teléfono, que es mi amiga a
partir de ahora y sigo esperando, bueno no, sigo observando. Los minutos pasan lentos,
dubitativos. Se acerca una chica moderna y le da una moneda a un niño que lleva pidiendo
desde que llegué. Esta es la mía, seguro que me ayuda.
— ¿Hablas inglés?
—Sí—me contesta extrañada.
— ¿Me podrías ayudar? Estoy esperando a un amigo desde hace un rato y me gustaría
saber dónde está pero la cabina no funciona.
—Sí, sí, claro, usa mi teléfono. Pero mejor, ¿por qué no te vienes a mi tienda que está
muy cerca de aquí y le esperas allí?
— ¿¡En serio!? ¡Muchas gracias!
Esta es la amabilidad tailandesa de la que yo hablaba. Entro en la tienda, una de
cosméticos y cremas de esas de baba de caracol y me siento agradecida. Escribo a Vip
para que sepa que estoy aquí y me relajo.
Cake me invita a un té de burbujas y mango con gambas. Después de hablar sobre
nuestras vidas y sus cremas (durante demasiado tiempo) aparece Vip. Me despido de
Cake y nos vamos a buscar a la madre al trabajo. Nos vamos a cenar y comemos de todo,
la mesa se llena de platos exóticos y con mezclas infinitas. Mango con gambas, que
descubro que se llama pad thai, albóndigas de cerdo, pollo frito… Me da a mí que aquí me
va a ser difícil no comer carne. Todo está riquísimo y afirmo lo que leí por ahí, la comida
tailandesa es buscar el equilibrio entre la mezcla de sabores; salado, dulce, agrio y picante.
La madre me dice que me coma el último trozo que así tendré un novio inteligente (según
supersticiones tailandesas) y aunque ya lo tengo, me lo como, nunca se sabe lo que puede
venir. A veces creo que le pongo los cuernos con Asia, ese continente resabiado con tanta
historia y diversidad que es imposible que te deje indiferente. Es fácil que te atrape, cual
primer amor de verano.
Después de la comilona nos vamos a casa y lo primero que me sorprende es que no
solo nos tenemos que descalzar sino lavar los pies rigurosamente antes de entrar. Creo
que no es solo algo cultural sino maniático de la señora pero bueno, donde fueres haz lo
que vieres.
Decido que me voy a tomar el día con tranquilidad, de relax. Necesitaba descansar,
sentía que me estaba resfriando un poco. No podía estar en un sitio mejor; con una
habitación para mí y fuera del Bangkok más ruidoso. En mi primer día solo salgo para
comer, ¡y menuda comida! parrillada pero a lo bruto, en un bufé donde te traen tu propia
piedra para asar; que sí pescado, marisco…
Mientras comemos, rodeada de tres tailandeses y una neozelandesa, decido preguntar
lo que llevaba toda la semana pensando pero no podía preguntar a ningún lugareño, ahora
es el momento.
—Espero no ofender pero tengo curiosidad. En España a la gente en general no le gusta
el rey. Aquí, ¿por qué todo el mundo le adora?
—El rey ayuda mucho a los pobres y vive una vida discreta, sin malgastar —me
contesta uno de los amigos, como de forma estudiada, automática y a la vez orgullosa.
Yo, a juzgar por la vestimenta que lleva no diría que lleva una vida modesta y el sistema
de monarquía es algo que me parece obsoleto y que no tiene cabida hoy en día pero les
escucho y respeto.
De vuelta a casa, llena hasta arriba de comida, la madre me pregunta curiosa.
—Fuiste a India ¿no?
—Sí.
— ¿Viste el Taj Mahal?
—No.
· 157
— ¿Por qué? —pregunta asombrada.
—Porque India es muy grande y diversa.
¿Por qué no le contesté la verdad?, ¿por qué no le dije que no quería ir? Demasiado
turístico para mi primer contacto con India, creo que India tiene mucho más que ofrecer.
Igual que Bangkok, todavía no he visto el Palacio del Rey ni el Templo del Buda Reclinado
y en realidad no me importa. Me alegra haber visto otros mil templos en los que no había ni
un turista.
---
De mis viajes y estancias saco una conclusión de vida o muerte: nunca te fíes de
alguien que no se toma su tiempo para desayunar tranquilamente. Lo digo en serio.
Desayunar es la forma más auténtica de recibir al nuevo día, es la forma más fácil de
llenarte de las vitaminas y proteínas que pide tu cuerpo. Empieza un nuevo día, con
tostaditas, fruta y café recién hecho. Tómate tu tiempo. Saborea desde el primer sorbo y
convéncete de lo bueno que va a ser ese día. Pero aquí nada, la prisa toma control sobre
el desayuno, no hay tiempo, la madre me lleva en coche, a mil por hora.
Cake se ofrece a llevarme a Pattaya, una zona costera a unas dos horas de Bangkok.
No es la primera vez que me monto en su coche y sé que me esperan dos horas enteritas
de rock cristiano protestante. Pertenece a una iglesia cuyo nombre prefiero no recordar y
me habla de una forma muy devota de los campamentos religiosos a los que va. Yo
curiosa me ofrezco a ir un día a su iglesia pero ella se niega rotundamente, alegando que
es solo para fieles. Así es como las religiones pierden adeptos, simplemente porque son
cerrados y además así hacen sospechar. ¿Por qué no te voy a dejar ir a una de mis
ceremonias si con eso consigo que conozcas todo lo bueno que tiene mi religión? Es como
querer ocultar algo oscuro…
Una farang (extranjera) española medio budista y una tailandesa protestante (el 95% de
la población es budista en Tailandia) en un coche, nada bueno puede salir de ahí.
Llegamos a la ciudad, un sitio que me recuerda a una versión más antigua de Benidorm,
con bares de chicas de compañía por todas partes y rusos ociosos por otra. Un lugar de
resorts, tiendas y comodidades varias.
Nos damos una vuelta, disfruto de la arena y del atardecer pero me parece una playa
extraña, solo hay turistas bañándose. Me doy un baño rápido, quiero recordar por lo menos
que me metí en el Golfo de Tailandia.
---
Los días pasan un poco raros aquí, me tiene vuelta del revés el cambio de planes.
Siento que quiero moverme más, me apetece ir a un parque y alquilar una bici. Vip me
recomienda un sitio al que ir pero la madre me acaba llevando a un parque que está muy
cerca de su oficina.
—Creo que hoy es mejor que te quedes aquí, así estás cerca de mi trabajo. Quédate en
este parque, puedes andar.
—Vale—le contesto resignada y contrariada.
Me siento manipulada y controlada, lo que yo quería, ¡era montar en bici! Me enfrasco
en la idea de que la madre quiere controlarme pero cambio el chip inmediatamente. ¿A una
persona que te está ofreciendo su casa, te da de comer y te lleva a todas partes? ¡Por
favor, no me seas gilipollas!
No es bueno enfrascarse pues solo consigues fijarte en el líquido no en el bonito frasco
que lo rodea. Quería montar en bici porque me apetece moverme porque aquí voy en
coche a todas partes y como más y más tarde de lo que lo he hecho en cualquier país
asiático. Una vez en el parque me doy una vuelta para ver si encuentro algo de comer.
Encuentro un puesto tipo chiringuito cerca de uno de los lagos. Aunque en el fondo yo
quería unas tostaditas con mantequilla y mermelada, lo más parecido que había era arroz
con verduras. Bueno, no está mal.
El parque es precioso, merodeo por los jardines de distintas nacionalidades, a cada cual
más bonito. Me echo una siesta debajo de un árbol ya que el calor me impide seguir
andando. Al despertarme descubro que tenía un compañero muy cerca de mí, un reptil
gigantesco y que se mueve torpemente. Lo observo en silencio y él, tranquilamente, se
mete al agua, como si nada.
· 159
Aquí bajo la sombra me pregunto el porqué de mi ansia de verlo todo en un país. Y digo
yo, ¿qué es todo? Descansando bajo este frondoso árbol puedo decirte lo que es todo.
Todo es estar en paz con uno mismo, todo es apreciar el color de las flores que te rodean,
todo es, ¡vivir! Me suele pasar que estoy en un sitio y ya quiero estar en otro. Planeando,
investigando para salir de ahí, siempre con un ideal, el ideal de qué tengo que ver y qué no
en vez de dejarme llevar por la corriente.
Vuelvo a mirar el lago y veo que hay arañas de agua en la superficie, como las que
había en mi pueblo, en el Guadiana. Me acuerdo de todas las veces que crucé nadando el
río con mi padre. Íbamos a la otra orilla, lo que ya era territorio portugués y para mí era
toda una aventura estar en otro país, un total descubrimiento, aunque fuesen los mismos
árboles y el mismo río el que decorase el ambiente. Lo desconocido y a veces ya familiar
se abría ante mí y veía desde lo lejano la otra orilla, aquella de la que había partido
minutos antes. Aventurera y orgullosa por la hazaña miraba a mi alrededor y sonreía
contenta. Ahora a kilómetros de distancia me doy cuenta de que es mi padre quien me
enseñó a explorar y a perderme, a no perder la esperanza y seguir buscando. Como
aquella vez que diseñó un mapa, solo para mí, en el que decía que había un tesoro
guardado en un lugar del campo. Allí fuimos a explorar, yo entusiasmada y nerviosa por
encontrar mi tesoro. Siguiendo las pistas pude encontrarlo escondido bajo una piedra. La
ilusión e inocencia es algo que no deberíamos perder nunca pues es así como se ve la
esencia de lo vivo, del ahora.
Que los tailandeses echan de comer a los peces porque trae buena suerte en tu
siguiente vida o que el día que naces viene determinado por un color (según el dios que
protege ese día) son cosas que no suelen aprenderse haciéndote autorretratos enfrente de
cada templo que ves. Se aprende observando, sentándote en la sociedad, integrándote e
interactuando con los lugareños. Ando por las calles, me pierdo y me encuentro en las
sonrisas de los paisanos, que me acogen y tranquilizan.
Es fin de semana y la madre, mi madre tailandesa, me lleva al parque Antiguo Siam, un
lugar enorme lleno de monumentos a escala real. Situados geográficamente tal y como
están en Tailandia, me pierdo en su verde, en su historia. Ahora sí, puedo ver los edificios
más característicos de todo el país en pocos kilómetros y sin moverme de Bangkok.
Voy en bici de un sitio a otro, me siento libre, por fin. Observo cada templo, cada
estructura, cada pintura budista. Lo observo y me sumo en la idea de su belleza, de la
realidad que veo ante mis ojos. ¿Cuál es la diferencia entre estos y los reales?, ¿qué es
real?, ¿acaso no es real lo que podemos ver, oler o tocar?, ¿no fueron los humanos
quienes los crearon en los dos casos? Fueron construidos con distintos propósitos pero el
resultado es el mismo. ¿Cómo definir lo real entonces? Viajo a Chiang Mai sin estar allí,
me doy vueltas por el norte de Tailandia, descubriendo sus secretos y sus jardines
privilegiados. Incluso hay monumentos que ya no existen en la realidad porque fueron
destruidos y aquí tengo la oportunidad de verlos.
No suelo ser fan de este tipo de sitios pero debo admitir que este me ha sorprendido con
creces; templos sobre lagos, creados a viva imagen de los originales, casitas hechas con
paja, budas reclinados… y yo sigo mi camino. Con la música de fondo y mi bici soy
imparable, bajo en todas partes, me meto por los recovecos de esta ciudad y soy feliz.
Entro en uno de los templos, que siguen siendo sagrados aunque sean réplicas y una
señora me explica cómo hacer para recibir uno de los deseos de los dioses. La
mezcolanza entre el budismo y la superstición se hace notar en los templos tailandeses.
Cojo un vaso de bambú con palos de la fortuna, lo meneo y consigo que uno de ellos caiga
al suelo. Ése es mi palo de la suerte, contiene el número 7 y yo sonrío pues mágica y
extrañamente es mi número favorito. Después voy a una caja donde hay varios deseos
según el número pero como la leyenda está en tailandés me quedo igual que estaba, con
las lecciones que yo quiera. Me despido con un khop khun kha y una leve reverencia
juntando las manos a la altura de mi nariz y sigo andando.
Después de varias horas de andanza, bicicleteo y templos vuelvo con mi madre
tailandesa y me lleva a comer. Comemos Pathongko (se pronuncia patuco) que
curiosamente es una masa parecida al churro, pero dividida en dos partes que están juntas
a la vez, como dos dedos. También me trae wan-yen, toneladas de hielo, sirope y azúcar
con cualquier cosa que esté escarchada; plátano, maíz e incluso judías o tomate. Algo que
me recordó al halo-halo filipino. Yo ya no quiero más pero la madre insiste y me trae más
comida, esta vez trozos de soja en sopa de miso, una pasta hecha con soja. Saturada y
con una sobredosis de azúcar me voy con Vip y sus amigos a cenar a Chinatown. ¿A
cenar, comida otra vez? es la víspera del Año Nuevo Chino y yo esperaba que hubiese un
poco de movimiento, un dragoncito por aquí por allá, nada. Puestos de comida, unos
detrás de otros, y gente comiendo, comiendo. Yo no puedo comer más y me doy una
vuelta por el barrio, decorado con lámparas rojas.
· 161
Al siguiente día me siento saturada, incómoda, me asquea tanto consumismo falso.
Quiero irme de aquí pero la embajada no está abierta todavía… Estoy en Siam,
escuchando al político de turno chillar como si nada (qué les gusta un altavoz bien alto)
entre monstruos de cemento. Me tomo un té frío para calmarme, hay algo en este
ambiente que me vuelve loca, me hace sentir incómoda, tal y como me pasó en algunas
partes de Taipéi.
Empiezo a entender por qué me siento enjaulada, me he visto inmersa en una rutina, en
una vida familiar, en el estancamiento de una vida monótona, en una ciudad en la que
después de haber visto «todo» aparentemente no queda nada para mí. Parte de esa rutina
es escuchar el himno nacional en la radio todos los días a las 8 de la mañana y a las 6 de
la tarde y es algo que ya no me sorprende en Asia. Aquí el patriotismo es diferente, es más
corriente, lo raro es no ser patriota. Recuerdo aquella vez que fui con el templo a la
celebración de la creación (o destrucción de otros pueblos y etnias) de China y sonó el
himno de la China comunista, sí, muy incómodo. O aquella en la que vimos una obra de
teatro y sonó el himno filipino al principio y todo el mundo se levantó y lo recitó al unísono.
Me extraña tanta exaltación nacional viniendo de un país en el que llevar tu propia bandera
es considerado ser radical.
En mis últimos días, avasallada, le dedico un poema a esta ciudad caótica en la que,
lejos de lo caórdico de Manila, no consigo encontrar su orden.
¡Ay me voy otra vez, ahí te dejo Bangkok con tus monstruos de cemento y tus zapatos
de tacón, yo no quiero quedarme atrapada en ti, por eso cuando vuelva, iré directamente a
Chiang Mai!
Bangkok, me quedé atrapada en tus entrañas por unos días,
Bangkok, me hiciste reflexionar sobre lo que me gusta pero sobre todo sobre lo que no
me gusta,
Bangkok, tus noches locas y tus días ocupados,
Bangkok, tuve suficiente,
Gracias por tu gente, por tu sonrisa pero tuve suficiente,
Y suficiente es siempre suficiente.
Que dicten tus pasos es como subir esas escaleritas que yo llamo para tontos, esas que
son tan anchas que tienes que dar unas zancadas enormes o dos pasitos diminutos. No
eres tú el que decides, otros factores lo hacen por ti. Así me sentí la mayoría de los días en
esta ciudad que despido. La madre de Vip intentaba controlar todo lo que hacía y lo que
no, aprisionándome en mis adentros. Recuerdo la palabra buhí que significa vida en
Bisaya, uno de los idiomas del sur de Filipinas. Es curioso porque es la raíz para formar la
palabra libertad, el acto de dejar algo libre (pagbuhi). Vida y libertad unidas por la misma
raíz, algo que tiene mucho sentido. Me despido pensativa y agradecida con un collar de
Phuang Malai en la mano, una flor que se usa para decorar, para rezos, ofrendas… Al final
de mis días en el país de la sonrisa me doy cuenta de que es jazmín, esa flor cuyo olor me
recuerda a mi España.
· 163
Vietnam
H
e andado tanto que parezco olvidar mis primeros pasos. Lo que empezó en
septiembre ya se está acabando en febrero, se me va, se me escapa. Aquí estoy
en Vietnam, en otro tipo de vida, en otra rutina. Tailandia y Vietnam se me parecen tanto
(lo que he visto ahora por lo menos) y me he metido tan de lleno en la vida cotidiana de un
grupo que no me ha dado tiempo a hacerme a la idea de que estoy en otro país. Un país
sobre el que hace unos dos años preguntaba sorprendida e intrigada a Vierka, una amiga
que hizo un voluntariado allí. Aquí estoy, ¡quién me lo iba a decir! Me encanta pasear en
moto, es como estar en una película, la película de tu vida. Es ver las cosas, el ambiente,
deprisa pero con una calma traída por la brisa. Es poder observar el ambiente en el que te
mueves de una forma peculiar, espontánea. La espontaneidad de la vida, ¡ten cuidado, no
te la pierdas!
De repente, después de visitar tantos países y de apreciar tantos ambientes parece que
nada me sorprende. No es que no me guste pero doy por sentado algunas cosas. Lo que
antes me parecía exótico ahora me parece normal, cotidiano. Encontrar a gente del lugar
vendiendo sus frutas por la calle, cómo sea y transportándolos de formas inimaginables es
algo que ya no llama mi atención.
Paso unos días muy bonitos con mi primo, a miles de kilómetros de distancia del lugar
donde nos criamos, al que pertenecemos. ¿A qué sitio pertenecemos, en realidad?,
¿dónde está eso? A veces siento que no encajo en este mundo de vicios, virtudes y
verdades, en este mundo que gira y gira y va a seguir girando aunque yo no esté. Este
mundo que se complica en lo sencillo y se simplifica en su diversidad. Ese mundo al que
pertenezco. Sí, ahí es donde pertenezco, ¡al mundo! «Yo soy de aquí, de donde piso» tal y
como entona la canción Mi hogar en cualquier sitio de Antonio Vega.
Paso unos días en Đà Nẵng y explorando los alrededores. La verdad es que basta con ir
en moto de un lado a otro para quedarte con la fotografía más bonita del país y
comprender cómo es la población. Los mercados, como en casi cualquier lugar del mundo,
se me presentan como lugares idílicos para retratar la realidad que me envuelve, la verdad
más verdadera y la cotidianidad más convulsa. Ando, paseo y me fundo con ellos, con los
mercaderes y los compradores, aún tímida. Intento retratar cada mirada pero los
momentos se me escapan porque la osadía de invadir su espacio se pelea con respetar su
intimidad.
La religión sigue estando muy presente en la sociedad vietnamita y el tipo de budismo
que se practica se me antoja conocido de nuevo, después de haberme encontrado con
muchas de sus variantes por el camino. En Vietnam empiezo a atar cabos que me parecen
difusos pero conectan. Una misma religión, distintas formas de vivirlo.
Conozco la zona histórica de Hội An, con su templanza asiática y su encanto único. Me
deslumbro ante tanta belleza. Hội An fue una zona de mercaderes muy importante y se
caracteriza por ser la ciudad marítima más antigua de Vietnam. Fue un puerto clave en la
ruta de la seda y por ella pasaron comerciantes de toda Asia y de Europa, dejando su
marca colonial. De gran ejemplo nos sirve el puente japonés, monumento clave en la
ciudad, construido por la comunidad de comerciantes japoneses en 1593 y ubicado en
pleno casco antiguo. Sus calles estrechas de color pálido y las tiendas de artesanía que
decoran la estancia crean un ambiente de otra época. Es tranquilo, aquí no llegan las
motos ni su ruido ensordecedor, aquí reina el silencio. Las casas de herencia francesa se
mezclan alegremente con templos y pagodas, todo tiene hueco en este entretejido mágico.
Al caer la noche los farolillos alumbran mágicamente cada rincón y se reflejan en el agua
tranquila de su pueblo. Qué paz, qué serenidad… Ya no sé si debería coger ese tren, ese
tren que me aleja de aquí…
· 165
Me monto en un tren con dirección al norte de Vietnam, no queda otra. Los
compartimentos son pequeños pero no incómodos. Nada que ver con las de aquel tren que
me llevó de Budapest a Viena en las que cabíamos seis personas, en esa aventura de
interrail que me permitió ver varias ciudades europeas. El convoy se mueve con gran
estruendo y el traqueteo me molesta al principio pero me sirve de nana en un punto dado
de la noche. Ahora sí que echo de menos mi camita, la cama en la que he soñado durante
tantos años. He dormido en tantas camas últimamente que quizás haya esparcido mis
sueños por ahí, sin necesidad. Han sido unos meses de explosión y de expansión; de
creatividad, ideas, sueños y realidades troncadas.
De Đà Nẵng a Hanói descubro el traqueteo de la soledad, una guarida que me aleja del
mundo. Quince horas me separan de otra realidad y yo divago entre los minutos muertos
de cada rincón. Me asomo por la ventana. Sentir el aire fresco mientras observo me
envuelve y me fundo en el verdor de su paisaje. Me cruzo con la mirada de algún
campesino rezagado que sigue con sus labores diarias o con niños que me saludan desde
la distancia. Veo el mar y la montaña, observo la vida pasar, mientras me adentro en la
espesura de esta nueva cultura.
¿Que qué se piensa en un tren que dura quince horas en el medio de la nada de una
dictadura comunista? Pues de todo, de todo. Hay tiempo para tantas cosas en un espacio
tan reducido…
1) Puedes mirar al paisaje durante un rato largo o larguísimo.
2) Hacer fotos hasta que el guardia viene y te dice que no se puede abrir las ventanas y
a mí me da un poco de rabia porque no lo entiendo y el paisaje se ve mejor con las
ventanas abiertas pero me resigno.
3) Hacer un video del tren, sobre todo del baño para enseñar a tu familia y amigos el
miedito que da con las luces apagadas.
4) Dormir la siesta hasta que se me cae la baba.
5) Pensar si mi amiga me estará esperando o no en Hanói (lo mismo que pienso en
cada ciudad o país al que voy).
6) Pensar que en Tailandia y Vietnam he ganado unos kilitos de lo bien que he comido o
de lo mucho que me han cebado.
Y luego, ¿qué? el tren ha salido con una hora de retraso y le doy vueltas un rato a la
cocorota pensando en cómo decirle a mi compañero de celda que me deje llamar a mi
amiga para avisarla de que llego tarde. ¿Debería intentarlo o dejarlo en manos del destino?
Estamos a 12 de febrero, son las 6 de la tarde. Me voy a tirar unas doce horas más en
tren hasta llegar a Hanói. Allí espero encontrarme con Vân y pasar el día con ella. Vân es
una chica que estudió en Finlandia y que conocí en Rumanía, en
un congreso
internacional. Curiosidades del destino, nos encontramos en su país de origen, ¡qué suerte
la mía!
Entre ideas y suposiciones decido preguntarle al señor que comparte cabina. «Perdone,
¿sabe cuándo llegamos a Hanói?», le pregunto en inglés. Nada, ni se inmuta. Intento con
el francés, tampoco. Pensé que la herencia francesa llegaría más allá del pan estilo
baguette pero no. Intento señas, nada. Mejor se lo dibujo. Pongo la hora a la que hemos
salido y escribo Đà Nẵng en el lado izquierdo de la hoja y dibujo una flecha que lo enlaza a
la hora de llegada y escribo Hanói. Escribo un 5 y lo tacho y pongo una interrogación al
lado. Quiero que me diga a qué hora vamos a llegar. Creo que ha entendido mi garabato,
escribe 6:30. Vale, ahora le tengo que decir que mi móvil no funciona aquí y que si es tan
amable de dejarme el suyo para llamar a mi amiga. Dibujo una persona a un lado, que se
supone soy yo y al otro lado mi amiga. Entre medias pinto un móvil, o algo parecido y lo
tacho. Consigue enterarse, no sé muy bien cómo y me deja su móvil. Yo le sonrío y se lo
agradezco a mi modo. Consigo hablar con Vân, ya estoy más tranquila. Prueba superada.
Llego a la estación, con la primera luz del día, con el alba. Me siento a esperar en la sala
porque he llegado antes de lo previsto. Salgo del edificio cuando es la hora y espero allí.
Vân llega al rato con una moto y con su padre en otra. Nos abrazamos, sorprendidas y me
lleva a su casa. Aunque es pronto las motos parecen no tomar ni un respiro en este país y
hay gente por todas partes.
Nos tomamos un Cà Phê Sữa, un café típico vietnamita, servido en una taza
transparente con una capa gruesa de leche condensada. Encima se coloca una especie de
azucarero metálico donde está el café, que cae gota a gota al vaso colocado debajo. El
café que te hace esperar, se hace de rogar. Y eso me encanta. Tiene un aroma y un sabor
únicos que me recuerdan un poco al sabor del cacao. Es espeso y denso y la leche
condensada compensa su fuerte personalidad. La experiencia fue tal que hasta le escribí
un poema a este delicado y aromático café.
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Gota a gota cae, haciendo que lo desees.
Gota a gota se mezcla con la leche como si se hicieran el amor uno al otro.
Gota a gota se para y la experiencia por la que has pasado culmina cuando tomas el primer
sorbo y te sumerges en un mundo de sabor infinito.
Hablamos de palabras en vietnamita, del pasado y del ahora, de lo que está por llegar.
Escribe discretamente mi nombre en vietnamita en una hoja de papel. Alba, el amanecer,
sería Binh Minh y Luna, Nguyêt. ¡Suena bien!
Damos vueltas por la ciudad en moto, ¡qué mejor forma de ver Hanói! En un principio
me asusta ver tanta moto junta pero confío porque el caos motoril en Vietnam parece
equilibrarse como por arte de magia, acompasarse en una sintonía grupal. Observo las
calles, las pancartas comunistas con la hoz y el martillo que decoran cada camino
sustituyen a la parafernalia monárquica que reinaba en Tailandia, de un color dorado que
recuerda a las procesiones más puras de la Semana Santa española. El manto que cubre
a la virgen más casta cubría esta vez al rey más longevo de la historia.
Paseamos por el lago Hoan Kiem situado en pleno casco urbano, un remanso de paz
dentro del jaleo urbanístico y motorístico de la ciudad. Un lugar romántico donde respirar,
un poco, dentro de este jaleo de ciudad.
Noto algunos parecidos en las costumbres entre Tailandia y Vietnam pero solo rozo la
superficie de la cultura así que no puedo comparar más allá. Descubro lagos, edificios de
origen francés, pagodas… Todo se mezcla, toda manifestación artística e histórica parece
ser aceptada para formar así un conjunto equilibrado, un todo balanceado.
Así dejo a Vietnam, con sus motos, su café aromático y su gente noble.
Filipinas, kumusta?
C
on la canción de Losing my religion, versionada tantas veces por el grupo de música
de mi primo y con la liberación de saber que Conchinchina estaba en Vietnam, me
despido de este país, vuelvo a Filipinas. La dulce melodía del tagalo me recibe y yo me
acomodo entre esas sonrisas que dejé atrás, a este lado del mar de la China. Me muevo
en el aeropuerto con la soltura de un lugareño y pido un taxi para que me lleve: «Kuya, sa
Ocampo Street, po» (a la calle Ocampo, por favor). Kuya significa literalmente hermano
mayor y se usa para dirigirse a cualquier hombre que sea mayor que tú, igual que Ate en el
caso de las mujeres. Usarlo parece acercar a la gente, creando igualdad. Me pongo
nerviosa al imaginar la cara de los estudiantes bodhi y de los voluntarios, la mayoría no
sabe que vuelvo, aunque sea solo por un tiempo.
Llego sigilosamente y sonriendo. Entro en el comedor, decorado especialmente para el
Año Nuevo Chino, y uno de los estudiantes me ve a lo lejos. Viene corriendo a abrazarme
mientras otro se encarga de correr la voz. ¡Ate, ate! entonan a la vez, unos sorprendidos,
otros casi llorando.
— ¿Qué haces aquí, ate?
—Nada, me apetecía veros—. Uno tras otro me preguntan dónde he estado, qué he
visto y qué es lo que más me ha gustado. Yo me vuelvo a encontrar en el bello dilema de
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no saber qué contestar. Confundida y aún aturdida por la belleza que mis ojos han visto en
tan poco tiempo, no sé qué decir. ¿Por dónde empiezo para que suene creíble?
Todo el mundo me avasalla con halagos y sonrisas. ¡Tienes mejor aspecto! ¡Estás más
delgada! ¡Pareces más serena! Me dicen casi peleándose en turnos por hablar conmigo.
Distintas personas, diferentes maneras de ver la vida y de verme a mí.
Yo me quedo con las sabias palabras de Máster Miao Roon, quien me extiende una nota
unas horas después de llegar, con esa cara de inocencia mezclada con candor y sabiduría.
Es una persona de admirar.
La abro cuando estoy en la habitación y la leo con ternura: «Alba, sabes, pareces más
madura e independiente. Estoy muy feliz de verte de nuevo. Máster Miao Roon». Guardo
sus palabras con amor y cariño, allí donde más las necesito y empiezo a preparar el
siguiente viaje.
Estoy en un sitio y ya quiero estar en otro, creando una incertidumbre y ansiedad de
futuro innecesaria. En el templo lo que antes me molestaba parece pasar inadvertido como
algo natural. Voy a las reuniones de BLIA, la organización internacional de budistas, y lo
soporífero se convierte en interesante.
El templo está sumido en celebraciones, la última es hoy para despedir los diez días de
celebraciones del Año Nuevo Chino. La azotea desde la que tantas veces me asomé se
convierte en un salón de fiestas improvisado; con un escenario enorme y mesas de boda.
Actuación tras actuación me sumo en el momento; rodeada de tantas culturas y
experiencias. Entre canciones en chino, danzas marciales y bailes de tribus chinas y
filipinas descubro el Pandang sa Ilaw, un baile folclórico típico de las islas que tiene su
origen en el fandango español. En realidad el mayor parecido está en el movimiento de
brazos con la diferencia de que llevan velas en la cabeza y en las manos a la vez que
bailan y hacen malabares.
Me despido por unos días, me voy a Palawan, una isla al sur dueña de la belleza con
letras grandes y de paisajes inolvidables. Christina, una amiga alemana que conocí por
noviembre en un congreso que se celebró en el templo, vivía allí y quería ir a visitarla.
Puerto Princesa, la capital, me recibe. El hostal es muy internacional y acogedor y está
cerca de la bahía, que me recuerda a las de la costa mediterránea española; amplias y que
invitan a pasear. No sé si ir a El Nido, al norte de la isla. Dicen que es precioso pero no me
apetece ir a otro sitio sola.
Paseando por la bahía le pregunto curiosa a Christina: « ¿Qué es la belleza?» Y no dejo
que conteste cuando me sumo en una respuesta filosófica. La belleza puede ser ese perro
que nos ladra o abrazar a alguien y sentirlo de verdad. La belleza no tiene por qué ser tan
estructurada. La belleza no es ir a El Nido para hacer fotos y decir que ya has estado allí
sino las experiencias que vives con la gente y la conexión con la naturaleza. Hoy me siento
desconectada y un poco asqueada. No sé qué me falta, quizás sea yo la que esté ausente,
quizás sea la melancolía típica del final de trayecto.
Acompaño a Chris en bici a la huerta ecológica donde trabaja, a unos cuarenta minutos.
Ir en bici te ayuda a ver las cosas de una forma diferente, a observar lo que está a tu
alrededor, a desvelar la verdad. Me siento viva mientras observo los triciclos, el gentío y los
comercios; las palmeras e incluso alguna pelea de gallos que otra. Adelanto a Chris,
entusiasmada, testigo de una epifanía fugaz, espontánea.
— ¡Ya sé lo que es la belleza!, ¡la belleza es una bici que te pueda llevar a cualquier
parte! —le grito entre el ruido de los coches.
— ¡Yo también lo creo! —me contesta sonriendo.
Esa misma noche, después de haber visitado varias zonas de la isla, nos sorprende una
música muy alta desde las habitaciones. Le digo a Chris que vayamos, que parece que se
lo están pasando bien.
La fiesta está en plena calle, en lo que parece ser un callejón que da a una casa. Hay
unas cuarenta personas sentadas en las mesas, comiendo y bebiendo y al fondo un
karaoke improvisado. Nos acercamos curiosas cuando de repente nos invitan a entrar. Sin
darnos cuenta nos traen unas sillas y platos llenos de caldereta, que a mí se me parece a
una menestra de verduras con carne. « ¡Serviros lo que queráis, es el cumpleaños de mi
padre!», nos dice enérgicamente una muchacha espabilada y con unas copas de más. Me
sacan a bailar y por un momento me siento como si estuviera en una boda española, en la
que todo el mundo baila como le da la gana y a nadie le importa. Bailo con los niños, con
las abuelas, ¡hasta me quisieron casar con uno de los más jóvenes!
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Durmiendo me siento dichosa a la vez que contrariada. No sé por qué me siento
preocupada, ansiosa. Parece que me da miedo ir a lugares nuevos sola. ¿Después de seis
meses, en serio? Me siento insegura en la incertidumbre. Sé que debería abrazarla, jugar
con ella pero quizás esté un poco cansada de explorar, de descubrir y de deambular.
Puede que necesite un respiro después de todo. Es peligroso cuando los paisajes dejan de
sorprenderte y las experiencias no llegan a completarte. Me siento perdida en las nubes de
la duda y del auto interrogatorio.
Para despejar esas nubes me subo en una furgo que me lleva a Sabang, tierra de mar
infinito, cascadas y aventuras inesperadas. No sabía si ir o no porque ya me advirtieron
que era un sitio muy turístico porque allí se encuentra el lago subterráneo más largo del
mundo. Cuando viajo mis ganas de evitar el gentío turístico y las de estar en un sitio
inigualable entran en conflicto y debo tomar decisiones rápidas pero esta vez que decido
darle una oportunidad al turisteo. Ofrecen miles de paquetes, de ovejitas turistas que van
unas detrás de otras. Todos mis respetos a quién le gusta viajar así pero yo preferí irme
sola, con los lugareños.
Tardamos unas cinco horas en llegar pero el viaje fue increíble, los pueblitos donde
íbamos parando y el paisaje eran espectaculares, de montañas de color verde y marrón
que se juntaban con las casitas típicas de la zona, hechas de bambú y de madera.
Allí estaba yo. La entrada al pueblo es bastante obvia y atractiva para turistas. Lo
primero que debe hacer toda persona que pise esta zona es ir a un puestecillo de medio
ambiente a pagar un impuesto para ir al lago subterráneo (después de haber pagado ya un
impuesto medioambiental que tienes que pedir con un día de antelación en Puerto
Princesa). Tras abonar la tarifa me dirigí al embarcadero de donde salían las barcas para
el lago. Eso sí, estaba plagado de turistas con sombreritos. Me acerqué a un barquero y
negocié con él para que me dejara ir con ellos en la barca (el resto de ellos ya lo habían
pagado junto con el paquete borreguero).
Mientras los estadounidenses, italianos y algún ejemplar más se hacen fotos con los
chalecos (de un color naranja fluorescente horroroso) haciendo posturitas yo observo mi
alrededor. Me pregunto si ellos son capaces de ver lo que yo estoy viendo o si pueden
siquiera apreciarlo. Los colores, la gente, el paisaje…
Con el chaleco salvavidas puesto nos subimos a la barca. Me niego a ser uno de ellos y
a la vez me digo: «Disfruta de este paisaje aunque la marea naranja disturbe la vista». Tras
unos minutos de belleza natural o minutos de sufrimiento del italiano que quería llevarse
todo grabado en su cámara de vídeo, depende de cómo se mire, llegamos a nuestro
destino.
En la entrada un cartel nos recuerda, por si acaso no lo sabíamos, que acabamos de
llegar al lago subterráneo de Palawan, declarado Patrimonio de la Humanidad por la
UNESCO. Si sigue sin quedarte claro adéntrate con la marabunta naranja de fotos
estúpidas, donde todo tipo de tiendas te da la bienvenida.
Sigo andando, por un camino hecho con tablas de madera, diseñado supongo por si
acaso la preciosa arena blanca daña los delicados pies de algún turista. Nos encontramos
con monos, y ahí es cuando empieza la feria. La gente corre como loca detrás de ellos,
para tocarlos, hacerles fotos o chillarles a la cara. Por un momento me cuesta distinguir
quién es el humano…trato de salir de ahí, sigo andando y me encuentro con la maravilla
que había venido a ver. El color turquesa de sus aguas me embruja, la forma de las
piedras y la cueva desdibujada al fondo me…
— ¡Rápido!, ¡sigan a su gruuupo!, ¡cojan un casco y pónganse a la cola!
—Pero, ¿qué es esto?, ¿el mercado?—me pregunto confusa.
¡Menuda forma de romper la magia del ambiente! La gente sigue haciendo fotos como si
le fuera la vida en ello; a las piedras, a la arena, a su hijo con el casco… Todos
apresurándose porque casi no había tiempo, no nos dejaban disfrutar del paraje único.
Pues a mí no me van a aguar la fiesta…Tranquila me subo a la barca, más pequeña esta
vez. La marabunta naranja sigue ahí, presente, a cada lado que miro un casco o chaleco
naranja irrumpe en el idílico paisaje así, sin pedir permiso.
Nos adentramos en la cueva, el barquero es muy simpático, nos cuenta casi cantando
las distintas formas que han adquirido las rocas mientras las ilumina con su linternita
mágica. Y el italiano dale que te pego con la camarita; nos deleita al son de Estooop,
estooop! a cada rato para que el hombre linterna deje el foco en el lugar que él quisiese,
cuándo él quisiese, para retratar ese momento tan único y oscuro con su cámara. Me
pregunto qué tipo de video enseñaría al llegar a casa…
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«Mai tu sei brava!» me dice la italiana (la mujer del hombre cámara) al contarle con mi
italiano españolizado que he estado seis meses viajando sola por Asia. « ¡A mí también me
gustaría hacerlo! pero me da miedo», añade.
El barquero nos cuenta unas cuantas historias sobre las especies que ahí habitan,
vemos unos murciélagos y unos escritos pintados de la gente que descubrió la cueva (esto
da un poco de miedito). Aunque ya había estado en varias cuevas anteriormente debo
admitir que ésta me impresionó sobre todo por la altura de una de las galerías y es que
tenía nada más y nada menos que treinta metros de altura. Estos sitios me causan un pelín
de respeto, claustrofobia y escalofríos, lugar de leyendas tenebrosas y monstruos
enfangados. A oscuras, con murciélagos merodeando y a saber qué otras extrañas
criaturas aguardan en sus aguas…Unos cuarenta minutos dura el recorrido y ya salimos.
El barquero me sonríe victorioso, ¡estamos vivos!
En la orilla nos espera el siguiente grupo, deseando sacar sus cámaras a relucir,
expectantes por contárselo a sus conocidos o publicarlo en las redes sociales. Yo dejo el
casco, me quito el chaleco y me voy a explorar, tiene que haber algún sitio donde no haya
turistas. Me apresuro, ya que nos han dicho que tenemos solo unos minutos hasta que el
barco zarpe de nuevo. Unos minutos para ir al baño, comprar recuerdos o hacerse fotos
con los monos. Paso de todo eso y me voy. Justo detrás del gentío descubro un sitio sin un
casco ensordecedor, sin un chaleco chirriante, solo la naturaleza pura, como estaba antes
de que convirtieran este lugar en destino turístico masivo. Me quedo con esa imagen
sobrecogedora, las de las olas del mar mansas que tranquilizan mi pena.
Volvemos a Sabang, tengo que buscar un lugar para dormir pero primero me voy a
comer, tranquilamente, andando llevada por la corriente, entre las casetas que están a las
afueras. No quiero ver a más turistas.
Veo un quiosco vacío y con un banco que me invita a sentarme. Le pregunto al hombre
que si tiene pan y queso o algo parecido y me lo como debajo de la caseta. Mientras,
observo a los niños llegar y comprar chuches, les sonrío y algunos se sientan a comer
conmigo.
Sin saber muy bien si mi instinto viajero se está agotando empiezo a caminar, buscando
un sitio donde dormir. Encuentro una cabaña libre en frente del mar, con hamacas y mesas
para disfrutar de los atardeceres, es idílico. Toda la primera línea de playa está llena de
este tipo de casas de madera. Cansada me acuesto y me sigo preguntando, me siento
sola. Me voy a dar una vuelta y ceno por segunda vez, el aburrimiento me puede. Me
tumbo en la playa y miro al cielo estrellado.
Estrella, tú que exististe una vez y hoy no
Estrella, yo que existo pero antes no, dime tu secreto.
Dime cómo lo haces porque yo a estas alturas no sé cómo estar conmigo misma.
¿Va a ser siempre así, como una montaña rusa?
La estrella, sin inmutarse, no se digna a contestar, quizás lo esté haciendo ahora pero
me llegue la respuesta en millones de años. Como no puedo esperar tanto me voy a dar
una vuelta por la playa, descalza. No entiendo por qué no hay gente andando por la orilla,
tranquilamente, con este clima tan bueno que hace. El sonido de las olas es la mejor de las
músicas, suena fuerte pero reconfortante. Supongo que la gente prefiere estar en la
conformidad de los bares de alterne, con la música que le pongan de fondo, no con la que
ellos eligen. Quizás no a todo el mundo le guste andar descalzo y sentir la tierra entre los
dedos, la esencia bajo sus pies. Quizás me empeñé tanto en caminar sin zapatos que
perdí la visibilidad de lo que hago y de la suerte que he tenido.
Al día siguiente, seguida por la dirección del viento me muevo en sentido contrario, voy
a la otra parte de la orilla. Descubro un barrio de lugareños, donde un grupo de niños juega
al baloncesto, las madres cuidan de sus hijos, algunos señores arreglan barcos de pesca y
el resto ve el tiempo pasar.
«Saan ka pupunta?» me preguntan los más osados. A los filipinos les encanta preguntar
a dónde vas, es una forma de cortesía mezclada con cotilleo. Yo les contesto que estoy
andando aunque me gusta más la versión de la zona: diyan lang (simplemente aquí).
Porque aquí es donde quiero estar a cada instante de mi vida, no en el pasado ni en futuro,
aquí. Sigo el camino y una niña intrigada y feliz viene a hablarme.
— ¿A dónde vas?
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— No sé, estoy andando.
— Deberías ir a la cascada, es muy bonita.
— ¿Hay una cascada?, ¿dónde?
— Sigue recto y la encontrarás.
Ando, pasando más cabañas tipo hotel, alguna que otra casa y al final llego a la playa;
un cartel afirma el consejo de aquella niña que apareció en mi camino mágicamente.
Bienvenidos a la cascada «La enseñanza de Buda», me anuncia escondido entre la
maleza, como si fuera un secreto.
Me descubro cantando una canción, así, espontánea. «Sigue caminando, aunque no
conozcas el camino. Sigue caminando, ten cuidado con cada pisada. Sigue, sigue, deja el
pasado atrás».
Me encuentro con varias personas que se regresan; un filipino y una canadiense
embarazada que sabe español porque aprendió en Granada y no ven la cascada por
ningún lado y se vuelven, desisten.
Encuentro un segundo cartel que dice: «Si te das cuenta de que tu mente se siente
tentada y atrapada en la codicia, domina y controla la tentación, sé el dueño de tu mente».
Muy sabias las palabras pero, ¿por dónde leñes se sube? No hay nada más señalizado y
al fondo lo único que se ve son piedras enormes que no parecen llevar a ningún sitio y a la
izquierda la frondosidad de la jungla autóctona. Sigo andando, esperando encontrar otro
cartel que me diga qué hacer. Me doy la vuelta y le pregunto a un jardinero, la única
persona que estaba por allí. Me dice que sí que la cascada está ahí, que siga recto y en la
primera roca a la izquierda para arriba. Me encuentro con una pareja de coreanos y el
señor me dice: «El cartel de Buda es muy gracioso y místico, yo me pregunto: “¿Para qué
necesitas controlar la mente para encontrar una cascada?”». Con las mismas se van y yo
me quedo sola, de nuevo.
Ya que estoy aquí y tengo tiempo, voy a intentarlo. Interpreto los carteles como un reto
personal, como un mensaje. Quizás Buda me haya dejado un último reto. Me quieres
enseñar algo, lo pillo. Algo para afianzar lo que aprendido sobre el budismo, sus
aprendizajes.
Empiezo a subir por un sitio que parece imposible pero donde se asoman trazos de
antiguas pisadas. Me cuesta un poco porque hay mucho barro pero me ayudo de las
ramas, no sé, hay algo que me dice que suba. Con esfuerzo sigo andando en cuesta,
resbalándome pero sin rendirme. La humedad es muy fuerte y respiro con dificultad, hay
mucho barro y estoy sudando por todas partes. Llega un momento en el que tengo miedo
de seguir subiendo, parece ser un largo trecho. Me siento y respiro, intento tranquilizarme.
Creo que lo he entendido, esto quiere decir que tengo que seguir el camino correcto,
aunque vea piedras en el camino tengo que seguir andando. Si te caes, sigue andando. Si
hay barro y te resbalas, sigue andando. Pero el problema es que aquí no siento que este
sea el camino a seguir así que aquí me quedo. He aprendido la lección, no quiero hacerme
daño. No quiero caerme aquí y que nadie lo sepa, empiezo a pensar sobre mi familia y me
angustio. Me doy cuenta de que soy muy cabezona, por quincuagésima vez. Me siento, no
aguanto más. Escucho al mar de fondo, ese mar que me ha empujado a que esté aquí,
esas olas que me han animado a que siguiese andando. Respiro, me tranquilizo y empiezo
a bajar pero es imposible bajar como he subido, me resbalo y tengo miedo de caerme y
hacerme daño. Nueva estrategia, me voy a caer de todas formas así que pongo mi culo en
el suelo y bajo como en un tobogán, no queda otra. Me clavo de todo, las ramas me
impiden seguir y me arañan, no quieren que me vaya.
« ¡Dejadme ir!». Empiezo a enfurecerme y sigo bajando. Al fondo veo el mar más de
cerca, ya queda menos. Con los brazos arañados y con barro por todas partes consigo
salir de allí. Salgo y me alegro de estar viva, de seguir respirando. Me limpio mis heridas
en el mar y un poco de mi orgullo, aclaro mis heridas de decepción con agua salada, limpio
mi ser y sigo andando. Me río de mí misma, qué brutita que soy a veces…
Por fin entiendo las enseñanzas de tantos meses atrás. Buda quería ponerme a prueba,
o quizás fuese yo, sin más, la que me di cuenta de cómo había estado actuando de forma
errónea todo este tiempo. Observa tus límites, tanto los que puedes derribar, como a los
que no puedes llegar. Delimitando tus posibilidades y analizando si se puede o no llevar a
cabo es la forma más efectiva de lograr lo que uno quiere y lo más importante, sin hacerse
daño.
Entiendo por qué no pude celebrar el Año Nuevo como se debía en India, o me perdí las
celebraciones del Año Nuevo Chino en Tailandia. Ya lo entiendo, sé que mi Año Nuevo
empieza ahora.
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Me voy al hostal con cabañas más próximo y celebro mi cabezonería con una San
Miguel en frente de la playa, cerveza que por cierto tiene su origen en Filipinas. Vuelvo a
Puerto Princesa, necesito descansar y sobre todo, darme una ducha. Escribo a Justine
para quedar, un chico que conocí en la fiesta de cumpleaños. Me dice que sí, que en un
rato nos vemos en el paseo de la bahía. Me encanta cómo los filipinos dicen: «Espera un
rato largo» (wait a while) y de verdad lo sienten porque es un rato y largo. No son como
algunos de sus vecinos que dicen: «Te veo en un segundo» o «Espera un momento» y
luego te hacen esperar horas, no. En este sentido son honestos, por lo menos. Como ya lo
sabía me doy una vuelta por la bahía y le digo que cuando llegue que me escriba, que no
tengo prisa. Según voy entrando un hombre que está dentro de una caseta de policía me
llama.
— ¡Buenas tardes! ¡Ven, ven! ¡No pasa nada! —Entro y el hombre, sentado al lado de
una policía que está viendo la tele, me cuenta que es un conductor de triciclos.
— Hola, encantada—les digo extrañada e intrigada.
Me siento con ellos y me preguntan las típicas frases de cortesía, que de dónde soy, a
dónde voy y que si estoy sola. Se sorprenden porque he viajado a tantos sitios sin
compañía.
—Madame, tienes mucha suerte de haber visitado 28 países—me dice Ame, la chica
policía mientras me mira asombrada como si yo tuviese algún tipo de superpoder. Escribo
a Justine.
—Estoy en la caseta de policía a la entrada.
— ¿Con la policía?, ¿qué te ha pasado? —me contesta preocupado.
Al rato llega sofocado, pensando que me había pasado algo y yo ahí, riéndome y
comiendo con los policías, que ahora eran diez. ¡Qué grupo más simpático! Me despido
por hoy aunque sabía que volvería a verles.
Vamos a Honda Bay, Justine me ha invitado a un cumpleaños. Me encanta cómo todo
va encajando por el simple y mero hecho de hablar con los lugareños, por haber decidido
entrar a aquel cumpleaños convertido en una fiesta de karaoke callejera improvisada.
Llegamos a casa de su tía, a quién le besa la mano en señal de respeto, tradición que aún
pervive en las islas como herencia de los hispanos.
En este sentido llama mi atención la fuerza con la que se mantienen las tradiciones que
están lejos del foco de donde todo se originó. La radicalización del origen está presente en
el catolicismo férreo de Latinoamérica, que aunque es menos conservador que en España,
tiene más adeptos. Y no hablemos de Filipinas, donde la Semana Santa es una de las más
sangrientas e intensas del mundo. Es algo que me sorprende de las conquistas de terreno
y de vidas, que imponen lo suyo de una forma tan autoritaria que lo que generan en la
población es ese extremo, esa radicalización.
Aquí estoy tranquilamente sentada en un mecedor a la entrada de una casa que está
tan incrustada en el mar que las olas juegan con su fachada. Justine prepara pescado frito
mientras sus tíos cocinan pancit con pollo, un tipo de noodle muy fino.
Vamos al cumpleaños de una niña de siete años y yo que pensaba que sería de algún
amigo de Justine… De repente me veo en una fiesta de una niña que está con un vestido
rosa chicle de princesa con perlas subida en un altar mandando desde su trono, separada
del resto. Solo se movió cuando trajeron la piñata, una estructura grande de la que cuelgan
palos y en cada uno de ellos, un juguete. Alguien la mueve de arriba abajo y los niños
tienen que saltar hasta agarrar uno de los juguetes. Eso es la fiesta, llegar y comer
básicamente. Para la próxima vez que vaya a un cumpleaños filipino (que por cierto fui a
dos en solo una semana, ¡menudo record!) tendré en cuenta lo mucho que comen. En
cuanto te ven con el plato vacío allá que te calcan algo de comida. Había lechón,
chucherías y pancit. Como no quería comer cerdo me puse morada a leche flan, con un
sabor casero y tradicional, que me transportó a mi país.
Como me aburría y no sabía qué hacer y al final decidí no ir a Corón porque no me
apetecía ir sola y estar con marabuntas de turistas, me fui al cine. Anduve durante unos
treinta minutos, viendo a herreros en sus tiendas tradicionales y puestos coloridos de fruta.
—Buenas, quiero una entrada para Starting Over Again.
—Madame, la película es en tagalo.
—Sí, no pasa nada, quiero verla.
—Madame, pero no tiene subtítulos.
—Que sí, que no pasa nada.
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La dependienta un poco reticente y mirándome extrañada acaba por venderme la
entrada. Me compro agua de coco y unas palomitas con salsa de barbacoa (dejo
constancia para no volver a comprar esa guarrada) y entro a la sala, creo que es la primera
vez que voy sola al cine. La película es una comedia romántica, una filipinada con tintes
americanos pero me gusta. Aunque hay veces que me pierdo, el argumento es bastante
sencillo y consigo entender la mayoría de las bromas. Con unos actores que se llaman
Piolo Pascual e Iza Calzado, ¿quién se lo va a tomar en serio?
Cuando acabo me voy a un puesto de zumos al que fui por primera vez con Chris. Le
sonrío a la dependienta y hablamos un rato, se acuerda de mí. Compro dos zumos y le
llevo uno a Ame, mi amiga la policía.
—Alba, ¡justo llegas para mi descanso de comida!, ¿te vienes a comer conmigo?
—Sí, claro. ¡Vamos! —. Me subo en la moto (de policía) y vamos a un restaurante típico
vietnamita.
Comemos chiangmao, unos noodles al estilo vietnamita y volvemos al puesto en el que
parece que lo único que hacen es calcular los turistas que pasan con un contador de
visitas. Uno de los policías me lleva a «casa» en moto. No, si encima tengo vigilancia
privada…
Me encanta cómo las chicas, jóvenes pero no tanto, se ruborizan por cualquier cosa,
con bromas relacionadas con el sexo, que parece ser un tema tabú. Se tapan la boca
como si fueran niñas pequeñas que acaban de hacer algo malo. Parecen quinceañeras,
quinceañeras con dos o tres hijos cada una. Yo les sigo el juego y les digo de broma que
es muy guapo el que me llevó en moto a casa, John Joseph, a quién empiezo a llamarle
Juan José.
—Mira, ahí está tu amor—me dicen sonrojadas, casi como si fuera pecado. Parece que
he vuelto al instituto.
Me siento a ver el último atardecer en Puerto Princesa y sigo sin entender por qué me
siento así. En Venezuela se están matando, no tienen libertad y yo preocupada por unos
kilos de más. En Ucrania se están matando y yo aquí intentando averiguar el porqué de mi
soledad. Miro al mar, tan bonito y sabio él, pero no consigo ver la claridad en su agua, no
la siento tan nítid. Mi última noche la paso en el Tikibar, un nombre que mezcla
estratégicamente las palabras titi (pene) y kiki (vagina), muy sugerente… Las canciones
entonadas por lo que a mí me parece una orquesta de las que rondan los pueblos se
suceden en cadenas que parecen animarme a cerrar el círculo.
Empezamos con un I’m going home to the place where I belong, «Me voy a casa, a
dónde pertenezco». La casa que ya echo de menos, la comida que me falta, mi gente que
extraño; el olor de sus bares, el griterío de su gente, la viveza de sus calles. Enlazamos
con la siguiente canción Losing my religion, «Perdiendo mi religión». De pequeña hice la
comunión y creía en Dios y todo pero llegó un momento en el que dije que no podría haber
nadie que permitiese que todas las maldades del mundo ocurrieran. Dejé mi fe religiosa a
un lado para centrarme en la fe de mi futuro, de mis estudios. Quizás entendiese la religión
de forma errónea, pidiendo algo que tenía que cambiar en mi interior, no con rezos y
plegarias. En Asia pasé por una etapa en la que pensé seriamente si ser budista pero
algunas de las normas establecidas me provocan la misma reticencia que el catolicismo. El
budismo, sin embargo, va más allá, es un estilo de vida, una filosofía. Por eso puedo
quedarme con las enseñanzas o prácticas que a mí me aportan beneficios, con la parte
espiritual no con la religiosa. Sin etiquetas. Desde entonces creo en las conexiones y en la
energía positiva como método de cambio interno y externo.
La última canción de la noche You gotta get up and try! «Tienes que levantarte e
intentarlo» me recuerda que debo seguir caminando y descubrir nuevos senderos.
Me despido con música en mis oídos. Esperando en el aeropuerto al avión que me lleve
a Manila pienso en mis días en Puerto Princesa, donde mis deseos de explorar se vieron
troncados con el turisteo masivo. Una vez en el avión de Puerto Princesa a Manila tuve la
suerte de sentarme al lado de una señora muy simpática con quien compartí algunas de
mis experiencias. Fue interesante escucharla porque ella formaba parte de una de las
generaciones que tuvo que aprender español en el colegio y por tanto sabía mucho sobre
mi cultura. En un momento muy indicado me dijo: «Permíteme decirte algo Alba, no te
tomes la vida tan a pecho». Fue conmovedor sentir la sabiduría que desprendía. Había
sido profesora de literatura durante toda su vida y fue un placer escucharla y más con las
vistas triunfales que tenía desde mi ventana, las de las islas tropicales que dejaba marchar.
Vuelvo a Manila, esa Manila ruidosa y sucia que al final acabaré echando de menos. Llego
al templo, hago la mochila, una muy escueta que me ayude a pasar mis últimos tres días
en este país. Hay algo de sabiduría en hacer la maleta, las cosas que metes son las que
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decides llevar contigo, igual que las memorias y experiencias que compartes con la gente.
Eres libre de decidir en cada momento de tus andanzas de qué puedes prescindir, de qué
te puedes desprender para quedarte libre y seguir con tu camino.
El viaje de seis meses llegaba a su fin. Solo me quedaba un último empujón y el hecho
de haber dejado tantos lugares y gente atrás infundía en mí un sentimiento de cansancio y
nostalgia. Llevaba viajando sola durante más de tres meses sin tener un lugar al que poder
llamar hogar. Llegó un punto en el que ir de un sitio a otro, tener que esperar y coger varios
medios de transporte y andar (así es cómo me gusta viajar) me desgastaban física y
mentalmente pero tenía que hacer un último esfuerzo.
Viajar cansa a veces. Viajar te reta y te expone a desafíos más intensos que en la vida
rutinaria. Porque no es lo mismo viajar que estar de vacaciones, donde te dan todo hecho y
vas en plan tranquilo. A mí me gusta ir a lugares escondidos y andar, andar mucho, hablar
y compartir con la gente. Me encanta integrarme lo más posible en la cultura que me
rodea, considero que la mejor forma de entender la complejidad de un nuevo lugar es
acercándose a los lugareños, sumergiéndose en su vida diaria.
Dudo por un momento si ir a donde quería ir, estamos a 24 de febrero y el avión de
vuelta a Madrid lo tengo el 28. Tengo tres días para descubrir un lugar nuevo pero la
fortaleza que había tenido durante tanto tiempo parece desvanecerse. Me tumbo en la
cama pensando qué hacer, mirando algunas de las fotos de las semanas pasadas cuando
de repente las palabras de mis padres se cuelan en mi mente. «Lucha por tus sueños,
Alba. Haz lo que te haga feliz». ¿No es viajar lo que me hace la persona más feliz del
mundo? Decisiva me voy aunque muy cansada y medio drogada por el viaje. Esperando
en el metro, en el tren y en la estación reflexiono sobre las colas pues son un paso muy
importante en cualquier viaje. Unos minutos pueden decidir que cojas ese autobús que te
lleve a donde tenías pensado o significar que no tengas donde dormir esa noche y que por
tanto tengas que quedarte ahí, hasta que venga otro. O cambiar de planes, claro. Las colas
para mí son un lugar para pensar, reflexionar y resumir las conversaciones que he tenido,
recordar a la gente a la que he conocido o tener alguna inspiración que otra. Las colas te
hacen esperar igual que las cosas buenas de la vida, las colas te enseñan paciencia.
Es mi propia aventura, no tengo prisa; lo que tenga que ser, será. Son mis últimos días
en este país, en el continente de la sonrisa. Consigo un asiento libre para el siguiente bus
en el que decido dormirme desde el principio aunque entre los vendedores ambulantes que
venden de todo y la televisión a todo volumen me cuesta un poco. Sueño con palabras en
filipino, ese idioma exótico que tanto me atrae, reconozco palabras como pasiensya,
school, alkalde, lamesa... De madrugada una pareja me despierta, estábamos llegando.
— ¿A dónde vas, chica? —. Una pregunta a la que ni sabía cómo contestar.
—Me voy a explorar a Tinglayan, a las montañas —les digo con los ojos entreabiertos y
bostezando.
—Sí pero, ¿dónde está eso?, ¿hay alguien esperándote?, ¿estás sola?
—Sí, estoy sola. No pasa nada, cogeré el primer bus que venga.
— ¿Un autobús hacia dónde? Vente con nosotros a la siguiente estación, es mejor.
A veces creo que hay alguien por ahí que me cuida, una mano mágica que me ayuda a
alcanzar mi meta. Debe ser la carretera que me habla, el viaje que me lleva con mi destino.
Me bajo con ellos, nos decimos adiós, les agradezco su ayuda y me dicen que tenga
cuidado. Está todo muy oscuro y me asusto un poco pero me convenzo diciendo: «No te
preocupes, Alba, solo unos minutos más y saldrá el sol».
Me compro un café en una máquina muy útil que hay casi en todos los rincones de
Filipinas por 5 pesos (0,08 €) y me siento con un hombre que estaba esperando a otro bus.
Por supuesto me pregunta: « ¿Estás sola, sin nadie?» ¡Qué sí!, ¡que estoy sola!, ¡dejadme
en paz! Empiezo a pensar si me siento sola o en soledad…
Llega el siguiente bus y me monto y desayuno lo que traigo conmigo. Según se va
despertando el país yo empiezo a retratarlo, como si estuviera posando. El paisaje desde
mi ventana es precioso, las palmeras entonan una melodía meliflua con el amanecer
naranja rojizo que tiñe el cielo. Dos señores se sientan a mi lado y me sacan conversación.
—Somos ilocanos de verdad, ¿sabías?
—Ilo ¿qué?
—Ilocanos, los nativos de estas tierras.
No tengo tiempo ni de seguir la conversación cuando él empieza a enseñarme fotos en
su móvil de una exposición cultural de fotos a la que fue.
· 183
—Mira, esto era Manila cuando no estaba tan poblada. Y éstas las tribus de la zona—
me decía mientras me enseñaba la foto de una indígena desnuda—. Ya no quedan más,
es una pena —me dice con tristeza.
Viendo que no domina la técnica del video con el móvil le enseño cómo hacerlos y me
graba uno saludándole. No para de sonreír este hombre, para él debo ser super exótica. Él
está feliz por compartir su historia conmigo y eso me hace esbozar una sonrisa. Hablar con
ellos hizo que mi viaje fuera más agradable. Aunque estaba cansada no me importaba
porque estaba aprendiendo con ese hombre tan sabio y agradable que no volvería a ver
nunca.
Llego a mi destino, me despido del bus, donde todos saben ya mi historia y a lo que he
venido. Empiezo a andar, a subir la colina, empinada como ella sola. Las gigantescas
montañas me reciben y saludan y el sol, testigo de su belleza, alumbra sin cesar. En el
camino me encuentro con un grupo de colegialas que se ofrecen a llevarme a Buscalan.
Ellas subiendo la cuesta como si nada y yo medio asfixiada y acalorada, me paro un
segundo para respirar la esencia pura de la naturaleza. Los arrozales se extienden ante
mí, las montañas son de un verde intenso y el camino se hace muy agradable a pesar del
calor. Los senderos traicioneros nos guían hasta el final del camino. Tras subir unas
escaleras llegamos a la aldea después de dos horas, una aldea que parece haberse
resistido a la imposición del mundo moderno y muestra sin temor sus tradiciones.
—Wang Od está durmiendo la siesta un rato, ¿quieres un poco de café mientras se
despierta? —me dice el sobrino.
—Vale, muchas gracias.
Lo saboreo con gusto, es un café muy aromático y natural, y pienso que en pocos sitios
me puede saber mejor que aquí, rodeada de montañas y gente auténtica. Alrededor de mí
hay cerdos, niños medio desnudos corriendo de un lado a otro y tranquilidad, la
tranquilidad de vivir en el ahora. Las más de veinte horas de viaje han merecido la pena.
Aquí estoy y sí, voy a hacerlo.
Wang Od se despierta, tranquila, serena, con la sabiduría y el aplomo de alguien que ha
visto mucho en la vida. Sale del pequeño saloncito de donde duerme y me sonríe. No
habla inglés pero esa mirada me lo dice todo.
No me puedo creer que la tenga enfrente. Me dijeron que tiene 94 años pero a mí no me
lo parece para nada. ¿Cuál será su secreto? Lleva un pañuelo en la cabeza y su cuerpo
está lleno de tatuajes por todas partes. Se sienta en el suelo y empieza a jugar con los
niños, para sentir su ternura no hace falta hablar ningún idioma.
Para la tribu kalinga los tatuajes simbolizan la belleza en las mujeres y la valentía en los
hombres, una tradición que sigue viva después de mil años. Me acuerdo de cuando me
hablaron por primera vez de ella, allá por septiembre de 2013 en el templo de Manila.
Cuando escuché su historia ya sabía que acabaría yendo al final de mi viaje, lo tenía claro.
—Entonces, ¿estás lista?
—Sí, creo que sí. Pero, ¿debería hacérmelo aquí o dónde? Es que aquí se ve
mucho…—. Balbuceo entre palabras de inseguridad, como dejando en sus manos una
decisión tan importante y a la vez esperando que su sabia respuesta fuera la indicada.
Me llevan a otro sitio en el que están listas las herramientas para la faena. Dos
banquetas, una cáscara de coco que sirve de recipiente para la tinta y una aguja y,
¡menuda aguja! Venga, ya no hay vuelta atrás… Mientras el sobrino le explica a Wang Od
el dibujo que quiero, el corazón se me acelera. La espiral formará parte de mi piel en unos
minutos, un símbolo que significa mucho para mí y que con este viaje de Asia ha cobrado
incluso más sentido.
Hay varios modelos tribales que se pueden elegir pero yo lo tenía claro desde el día en
el que descubrí que usaba ese símbolo cada vez que escribía o cuando dibujaba de vez en
cuando. También me di cuenta de que tenía muchos accesorios con ese símbolo,
colgantes, camisetas, mochilas...
Me siento en la banqueta y extiendo el brazo, prefiero no mirar. Vuelvo a mirar el clavo
que sirve de aguja, tiene unos cuatro centímetros y está hecho con una espina de una
planta que a su vez está unida a un palo de bambú. También se ayuda con una ramita de
calamansí, algo parecido a la lima que crece en Filipinas y que usan para aderezar la sopa.
Empieza a golpear el palo, cierro los ojos. Madre mía, esto sí que duele. Es un dolor que te
penetra, como cuando te pellizcan por mucho tiempo. Lo peor es que no se acaba cuando
dejan de pellizcar porque siguen y siguen. Me atrevo a mirar, mejor no pienses dónde ha
estado esa aguja. Mamá, deja de hablarme… ya sé que esto no es muy higiénico pero sal
de mi cabeza, no hay vuelta atrás.
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Mientras soporto el dolor agudo que me pincha los nervios pienso en la impermanencia,
esa máxima budista que me acompaña hasta hoy. Todo surge y desaparece. Nada es
constante, todo lo que existe en este mundo está sujeto a cambios, al igual que una
espiral. Nada es permanente, todo cambia siguiendo un ciclo constante. Negarse a aceptar
el cambio es resistirse al ciclo natural de la vida, ir en contra de la naturaleza. Intento
borrar la palabra «perfección» de mi mente y sustituirla tímidamente con la tinta de este
tatuaje por una palabra más importante: «impermanencia».
Nos empeñamos tanto en querer estar en otro sitio, en otro momento, que olvidamos la
magia del presente y el presente es lo único con lo que contamos. Siempre va a existir un
ahora en el que vivamos mientras que el mañana y el pasado se mantienen en el limbo
inalcanzable de la felicidad. Por tanto, intentar estar en otro lugar y otras circunstancias es
escapar de la realidad que te brinda el ahora.
Es algo simple y lógico, es algo que ya sabía pero no ponía en práctica y aún me cuesta
a veces. Es un tema que conocí más a fondo de la mano del budismo pues fue Buda quien
estableció el Camino Medio, un medio para aceptar el constante cambio de lo que nos
rodea, que en resumidas cuentas es el camino de la moderación. Esto no significa que uno
deba ser inmune o insensible a lo que pasa a su alrededor sino que los extremos nunca
son buenos. Los extremos nos llevan a perder el contacto con la realidad y a crear más
deseos y actos egoístas.
La moderación, sin embargo, supone la puesta en práctica de la sabiduría y el cultivo de
la mente sin que debamos reprimirnos. Implica la búsqueda del equilibrio. Con semejante
discurso interno consigo distraerme y no sentir tanto la permanencia de esa aguja
incesante. Con la muñeca hinchada pero feliz por la osadía, me doy una vuelta. Mirando
los campos de arroz y apreciando la belleza infinita que presume en los reflejos dorados
del atardecer, me despido. Tatuada queda mi intención de recordarme día a día que todo
puede cambiar en un instante y de vivir en el ahora.
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De vuelta en Madrid las iglesias se me antojan tristes, lúgubres, solitarias, sin color.
Atrás quedaron los colores vivos, intensos y las liturgias animadas. La gente se arrodilla
para sublevarse, pide y se exculpa por sus pecados. Las caras de felicidad se tornan en
rostros serios y sin vida. Aquí nadie se descalza.
Observo a la gente entrar y salir, observo sus zapatos; lustrosos, brillantes, algunos
desgastados o rotos. Los zapatos dicen tanto de ti… Hablan sobre los lugares que has
pisado, que has visitado. Retratan tu forma de caminar, tu estilo de vida. En cada templo
que visitaba; hinduista, budista o incluso mezquitas, la sentencia «Quítese los zapatos» me
recordaba que debía andar descalza. Sentencia que me siguió allá donde iba, allá donde
dejaba mi huella. Serendipia tras serendipia, andando descalza, me fui sumergiendo en un
mundo de descubrimientos y experiencias que en un principio no estaba buscando. Porque
como bien dicen los filipinos:
Saan ka punta ma?- ¿A dónde vas?
Diyan lang - Simplemente estoy aquí.
Aquí estoy, andando descalza.